domingo, 1 de diciembre de 2024

Historia

La Historia Como Proceso Creador*

V. Gordon Childe

EL IDEALISTA GERMANO HEGEL fue el primero (aparte de ciertas anticipaciones del italiano Vico) en anunciar un concepto de la historia parecido al que sugiere la reseña precedente. Proclamó la realidad del cambio, del devenir, y negó validez a cualquier otro factor, y prometió presentar la historia como un proceso racional y ordenado pero creador de la emergencia de nuevos valores. Sin embargo, desmintió sus propias promesas cuando reintrodujo en la historia, aunque con diferente nombre, un orden teológico exterior.

Hegel afirmó que la historia se limita a revelar la autorrealización de la Idea Absoluta eterna, con arreglo a las leyes trascendentes de la lógica pura, de modo que, en lugar de crear nada nuevo, el proceso se encaminaba inevitablemente hacia un fin predeterminado. (Así, el resultado final de la historia política sólo podía ser una monarquía constitucional como la que efectivamente cristalizó en Prusia en 1868.) Hegel afirma que la “historia humana es un proceso de evolución que, debido a su propia esencia, no puede reconocer finalidad inteligible en el descubrimiento de ninguna «verdad absoluta»”. Pero en realidad su sistema “se presentó precisamente como la suma total de esta verdad absoluta” (Engels, Anti-Duhring, 51).

Correspondió a Marx y a Engels desembarazar a esta concepción de su misticismo teológico, y formular, bajo la forma del materialismo dialéctico, una concepción de la historia liberada del transcendentalismo y de la dependencia respecto de leyes exteriores. “Para la filosofía dialéctica nada es final, absoluto, sagrado. Ella revela el carácter transitorio de todo y en todo; ante ella nada puede sostenerse, excepto el ininterrumpido proceso de transformación y de extinción, de interminable desarrollo de lo inferior a lo superior. Y la propia filosofía dialéctica no es otra cosa que el reflejo de este proceso en la materia pensante” (Engels, Ludwig Feuerbach, 22).

Aceptemos esta concepción de la historia como un proceso creador; reconozcamos que la historia no está sometida a leyes exteriores impuestas desde fuera. De todo ello no se deduce que el proceso sea desordenado, ni la imposibilidad de la ciencia histórica, ni la exclusión del juicio racional. El ordenamiento en el espacio de puntos que se excluyen mutuamente no es el único tipo de orden; la regularidad del mecanismo de relojería no es el criterio exclusivo de un proceso ordenado. Un retrato es una composición ordenada, a pesar de que el análisis de las figuras geométricas regulares no agotará el orden aprehendido por el espectador. El desarrollo de una criatura viva es un proceso ordenado; podemos entender las interconexiones entre sus diversas etapas, así como la coherencia de todos los miembros de la criatura. La constante decadencia y renovación de las células componentes, los movimientos espasmódicos de la criatura, sin duda pueden parecer caóticos a una mirada superficial a través del microscopio; a decir verdad, falta el orden estático de la geometría. El examen más profundo revela el orden propio de la vida.

Ahora bien, si la historia no sigue una ruta prescrita, y por el contrario traza su propio camino a medida que avanza, la búsqueda de un término es, naturalmente, tarea vana. Pero el conocimiento del curso seguido en el pasado será útil guía para establecer la dirección probable de la etapa siguiente. “Nadie, ni siquiera el artista puede anticipar exactamente el aspecto del retrato acabado. Pero concurrirán a determinarlo el modelo, los colores utilizados y el carácter del artista” (Bergson). Estos datos bastan al cliente para elegir a este artista y no a aquél, según el tipo de parecido que desea ver reproducido; pero no aseguran la satisfacción frente al resultado. Si conoce el linaje y observa atentamente el desarrollo de un potrillo, el criador puede anticipar con cierto grado de confianza las futuras cualidades del animal, y sus probables “formas” adultas.

El orden histórico es mucho más sutil que el de un cuadro, y la integración harto más complicada que la de cualquier criatura viva. No existen fórmulas generales ni diagramas abstractos capaces de reflejar cabalmente dicho orden; sólo puede reproducirse en la totalidad concreta de la historia misma, que ni un libro ni una biblioteca entera, por rica que fuese, podrían contener. Afortunadamente, ciertos aspectos del proceso histórico reflejan este orden con más sencillez que el resto, y Marx señaló que esos aspectos son, precisamente, los más decisivos.

En el caso de la anatomía humana, el diagrama del esqueleto puede ser aprendido más fácilmente que el de los músculos o el de los vasos sanguíneos (y, por supuesto, mucho más fácilmente que la estructura del sistema nervioso). Es posible discernir un orden de la estructura ósea, aunque alcanzamos a comprenderlo cabalmente cuando los huesos están revestidos de carne y animados de vida consciente. A decir verdad, el esqueleto sostiene la carne, los músculos, el sistema vascular y el cerebro. No los explica -la formulación inversa quizás se acerque más a la verdad- pero sin el esqueleto, el resto no podría existir ni ser lo que es. Además, hasta cierto punto los huesos desnudos ofrecen indicios que permiten también la reconstitución de las partes blandas. Sobre la base de las articulaciones y de las uniones ligamentosas de los huesos fósiles del hombre de Neanderthal, Boule se aventuró a reconstruir la correspondiente musculatura. Si bien debemos reconocer que la reconstrucción tuvo carácter de ensayo, y fue posible sólo porque existen semejanzas entre el hombre de Neanderthal y el ser humano moderno, cuya musculatura conocemos por observación directa.

Ahora bien, el aspecto más sencillo del orden histórico es el que utilizamos como ilustración en el capítulo II, la ampliación progresiva del control de la humanidad sobre la naturaleza exterior a través de la invención y del descubrimiento de herramientas y de procesos más eficientes. Marx y Engels fueron los primeros en observar que este desarrollo tecnológico es el fundamento del conjunto histórico, porque condiciona y limita las restantes actividades humanas. Pues para poder actuar, los hombres deben vivir. Pero las invenciones y los descubrimientos del tipo que hemos mencionado en el capítulo II son los “medios de producción” a disposición de la sociedad, y constituyen el equipo que permite a los seres humanos procurarse alimento, calor, abrigo, y todo lo que, de tanto en tanto, consideran necesario para la vida y para la reproducción y multiplicación de la especie. Con arreglo a la concepción materialista de la historia, la posibilidad del cambio histórico depende de las transformaciones sufridas por este conjunto de instrumentos, los medios de producción.

De lo anterior se deduce inmediatamente el paso siguiente. Una nueva herramienta es, sin duda, fruto de la invención de un individuo. Pero, como explicamos en la página 18, la fabricación y el uso de una herramienta es normalmente un asunto de carácter social, del que participan cierto número de individuos. Indudablemente, toda la actividad productiva, en cuyo desarrollo se utilizan herramientas o máquinas para la provisión y distribución de alimentos, de calor y de otros elementos necesarios para la vida humana, en todas las sociedades conocidas y en todos los períodos históricos registrados es y ha sido social, e implica la cooperación de grupos más o menos numerosos de personas. Independientemente de nuestra voluntad, si queremos una hogaza de pan debemos asegurar la cooperación de nuestro panadero, y a través de él la ayuda de una interminable cadena de personas, hasta llegar a los cultivadores del trigo de Manitoba y de Iowa. Del mismo modo, el cazador de la Antigua Edad de la Piedra, en la Europa del período glacial, debía unirse al resto de su clan en el esfuerzo colectivo de caza si quería cenar carne de mamut.

Digamos de pasada que estas relaciones pueden ser absolutamente impersonales. Es posible que nuestro panadero sea un amigo, o un miembro de la misma congregación, pero en esencia se trata de un proveedor de pan, y por nuestra parte somos sus clientes. Fundamentalmente, la relación gira alrededor de la hogaza de pan, y, de todos modos, ésta es el único vínculo entre nosotros y los desconocidos agricultores de Iowa. Las relaciones que se establecen entre los hombres para la obtención de alimentos y de otros bienes, y para la distribución del producto, reciben el nombre de relaciones de producción.

El cazador de la Antigua Edad de la Piedra necesitaba la ayuda de los miembros del clan durante la caza del mamut, aunque sólo fuese porque el equipo utilizado entonces era muy débil, de modo que un individuo aislado poco podía hacer frente a un rebaño de mamutes. Armado de un rifle moderno, un solo europeo puede derribar fácilmente a un elefante, y desde este punto de vista es más independiente que su precursor paleolítico. Pero ha adquirido ese grado de independencia en la caza a costa de su dependencia respecto de todos los individuos ocupados en la producción y distribución de rifles y de municiones para el deporte. Se ha visto obligado a concertar relaciones impersonales e involuntarias con todas esas personas desconocidas, con el fin de obtener la herramienta que hace de él un cazador superior al salvaje de la Edad de la Piedra.

En 1859 Marx resumió así los dos puntos que acabamos de explicar: “En la producción social de sus medios de vida, los hombres entran en relaciones definidas, necesarias e independientes de su propia voluntad; estas relaciones de producción corresponden a una etapa determinada del desarrollo de sus fuerzas materiales de producción. La suma total de estas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, el fundamento real sobre el cual se levanta una superestructura legal y política, y al cual corresponden formas particulares de la conciencia social... Con la transformación del fundamento económico toda la inmensa superestructura se transforma más o menos rápidamente. Cuando consideramos estas transformaciones, debemos distinguir entre las condiciones materiales económicas de la producción, que pueden ser determinadas con la precisión propia de la ciencia natural, y las formas legales, políticas, religiosas, artísticas, filosóficas, en una palabra, ideológicas, por medio de las cuales el hombre cobra conciencia del conflicto entre los medios de producción y las relaciones de producción”.

Así, el marxismo afirma que todas las constituciones, las leyes, las religiones, y todos los así llamados productos espirituales de la actividad histórica del hombre, están determinados, en último análisis, por las fuerzas materiales de producción -máquinas y herramientas- conjuntamente, por supuesto, con los recursos naturales y con la capacidad para aprovecharlos. De ese modo, la concepción materialista ofrece una clave para el análisis de los datos de la historia y crea la posibilidad de reducir los fenómenos históricos a un orden fácilmente comprensible.

Esta clave no debe ser usada servilmente. Una reseña bastante superficial de la historia revelará trágicas contradicciones entre la tecnología progresista y las instituciones políticas o religiosas moribundas. En primer lugar, “en cierto estadio de su desarrollo, las fuerzas productivas de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, es decir, en términos legales, con las relaciones de propiedad, en cuyo marco han operado hasta entonces”. De formas de desarrollo de las fuerzas de producción que eran, estas relaciones se convierten en obstáculos de su ulterior desenvolvimiento.

Por ejemplo, en la Edad del Bronce, cuando el único metal disponible para la construcción de herramientas eficientes era el costoso cobre, o el bronce, más costoso aún, cada campesino individual, que vivía de la agricultura, sólo podía producir un pequeño excedente, fuera de lo que necesitaba para alimentarse y alimentar a su familia. Sólo mediante la combinación y concentración de estos reducidos excedentes era posible acumular un fondo o capital que permitiera la importación de los metales indispensables (es decir, para sostener a los mineros fundidores, herreros y obreros del transporte, que no cultivaban su propio alimento) y la realización de obras reproductivas. La necesaria concentración se vio asegurada satisfactoriamente bajo el régimen de las antiguas monarquías orientales, en las que el rey de origen divino y una clase muy poco numerosa de nobles terratenientes se apropiaban, bajo la forma de impuestos y de rentas los minúsculos excedentes producidos por centenares de miles de campesinos. Estas relaciones de propiedad suministraron condiciones apropiadas para el desarrollo de la producción, hasta que fue posible disponer de un metal industrial más barato, el hierro.

Luego, las antiguas relaciones de producción resultaron innecesarias y anticuadas, dado que un excedente menor bastaba para obtener las herramientas de metal, y que la abundancia de éstas aumentaba al mismo tiempo la productividad del trabajo, y por lo tanto el excedente que cada uno podía producir. Pero en Egipto, por ejemplo, el sistema de la Edad del Bronce, consolidado durante más de dos mil años, cobró caracteres de rigidez y persistió, y con él las herramientas y los procesos adaptados al antiguo y costoso material. De modo que cuatro siglos después del comienzo de la Edad del Hierro hallamos al herrero egipcio utilizando todavía las torpes herramientas de la Edad del Bronce (el martillo de piedra sostenido con la palma desnuda, tenazas en forma de pinzas agrandadas, etcétera) cuando ya sus colegas griegos hacía mucho tiempo que utilizaban artefactos bastante modernos (martillos de hierro especiales, con mango de madera, tenazas con bisagras, yunques de metal). En nuestro tiempo el abandono o la supresión de invenciones, la incapacidad para utilizar todas las posibilidades productivas del equipo industrial existente, la destrucción de cosechas, han sido considerados síntomas o consecuencias de una contradicción parecida entre las fuerzas de producción y las relaciones de producción.

En tales circunstancias, para posibilitar el desarrollo de nuevos progresos técnicos, para derribar los obstáculos, sostuvieron Marx y Engels, era necesario realizar una revolución. Ésta puede ser necesaria en el sentido de deseable o esencial para el progreso ulterior, pero no es inevitable. En los regímenes de despotismo teocrático de Mesopotamia, Egipto y China, las relaciones de producción adecuadas a las fuerzas productivas de la Edad del Bronce se mantuvieron hasta entrada la Edad del Hierro. Estorbaron muy eficazmente la explotación de las nuevas fuerzas representadas por el hierro, y como consecuencia de ello también se estancó la tecnología. También se estancó toda la vida de estas sociedades; a su tiempo, las dos primeras perecieron. Desde el punto de vista del análisis marxista, de esta experiencia histórica sólo podemos deducir el siguiente dilema: revolución o parálisis. La historia no ofrece un desarrollo ininterrumpido hacia un objetivo predeterminado. La concepción materialista implica que, para que la ciencia y la tecnología progresen, las relaciones de producción deben guardar cierta armonía con aquéllas. En caso contrario, el progreso científico e industrial se detendrá también, y por lo tanto se paralizarán todas las actividades incluidas en la superestructura ideológica.

En segundo lugar, la correlación entre la superestructura ideológica y las relaciones de producción ciertamente no es automática. Sin embargo, dicha superestructura -instituciones, creencias, ideales- es en realidad indispensable para el propio proceso productivo. Puede afirmarse que las instituciones por intermedio de las cuales se ha establecido y organizado la necesaria cooperación de los hombres para la producción no debieron su eficacia al reconocimiento general y espontáneo de su utilidad biológica o de sus ventajas económicas. Siempre fueron santificadas mediante ideologías y embellecidas con arreos simbólicos.

Por ejemplo, parece seguro que la monarquía de los faraones en el Egipto de la Edad del Bronce funcionó tan eficazmente y duró tanto tiempo no sólo ni esencialmente porque los cultivadores reconocieran que el gobierno de los faraones los protegía, efectivamente, de sus enemigos, les daba provechosos consejos respecto de los momentos oportunos para arar y sembrar, aseguraba la conservación de los canales de irrigación y organizaba la provisión de metal y de otras importaciones necesarias, sino más bien el pueblo egipcio creía fervientemente que el faraón era un dios, y porque experimentaba hacia él auténtica lealtad y devoción religiosas.

Por lo tanto, podemos decir que las relaciones de producción deben ser lubricadas con el sentimiento. Para que se conviertan en motores de la acción, deben revestir en la mente humana el carácter de ideas y de ideales. Y una vez que han sufrido dicha transformación, cobran cierta realidad histórica independiente. Es indudable que ninguna ideología, ningún sistema de creencias y ninguna fe puede sobrevivir permanentemente a menos que armonice con las fuerzas productivas y sea compatible con el desarrollo de las mismas. En caso contrario, la sociedad decaerá eventualmente, y con ella perecerán los ideales que alentó (precisamente como desaparecieron los dioses y las religiones de los babilonios, de los mayas y de los incas).

Pero el ajuste de cuentas puede demorarse mucho. La relación entre la ideología y las fuerzas productivas puede ser un tanto lejana. “Hacemos nuestra propia historia”, escribió Engels, “pero la hacemos en condiciones y con arreglo a premisas muy definidas. Entre ellas, las de carácter económico, son decisivas en último análisis; pero las políticas, etc., y ciertamente las propias tradiciones que pesan sobre la mente humana ejercen influjo, aunque no decisivo” (1890, Bloch, S. W., 382).

Entretanto, las ideologías, los credos religiosos, la lealtad nacional y otros factores semejantes pueden estorbar seriamente el progreso aun en la esfera científica y tecnológica, al paso que si han de eliminarse los obstáculos al progreso levantados por las anticuadas relaciones de propiedad que el derecho y las costumbres sancionan, y la mitología o la religión santifican, es preciso echar mano de lemas y de banderas apropiados. La historia abunda en ejemplos de los obstáculos opuestos por las supersticiones a la ciencia y a sus aplicaciones. El decreto de exclusión pronunciado por la Iglesia contra la teoría de Copérnico y la oposición del Islam a la imprenta son casos bien conocidos. En el mismo sentido, el desarrollo del capitalismo burgués se vio retardado por la prohibición eclesiástica de cobrar intereses por el dinero, y por numerosas prácticas e instituciones de la Iglesia Católica. Es comprensible, pues, que la batalla contra la economía feudal y en favor del capitalismo moderno (e incidentalmente por la liberación de la investigación científica) haya debido ser librada y ganada en primer término en la esfera religiosa, durante el periodo de la Reforma.

En el mismo sentido, “lejos de negar el significado y la función histórica de las ideas sociales, de las teorías, de las opiniones y de las instituciones políticas, el materialismo histórico subraya la función y la importancia de estos factores en la vida de la sociedad, y en su historia. Pero distingue entre diferentes tipos de ideas y de teorías. Hay ideas y teorías antiguas, cuya vigencia objetiva ha desaparecido, y que sirven los intereses de las fuerzas sociales moribundas. Su significado reside en su capacidad para estorbar el desarrollo y el progreso de la sociedad. Y hay ideas nuevas y avanzadas, puestas al servicio de las fuerzas avanzadas de la sociedad. Su significado reside en el hecho de que facilitan el progreso de la sociedad, y es tanto mayor cuanto más precisamente reflejan las necesidades del desarrollo de la vida material de la sociedad. Ciertamente, las nuevas ideas y teorías sociales surgen sólo cuando el desarrollo de su vida material ha planteado nuevas tareas ante la sociedad. Pero una vez que han surgido se convierten en una fuerza extraordinariamente potente, que promueve el progreso material de la sociedad. Aquí precisamente se manifiesta la tremenda fuerza organizadora, movilizadora y transformadora de las nuevas ideas, de las nuevas teorías, de las nuevas instituciones políticas” (José Stalin, Materialismo Dialéctico e Histórico, pág. 9 y siguientes).

Dentro de estas dos limitaciones, el materialismo histórico destaca el orden subyacente del proceso histórico, que es esencialmente un proceso de transformación. Indudablemente, en general y en último análisis la transformación histórica puede ser presentada y analizada bajo la forma de actos creadores concebidos por voluntades individuales; así como el progreso en el campo de la ciencia y de la tecnología puede ser reseñado como una serie de invenciones y de descubrimientos realizados por hombres de ciencia y por artesanos individuales (pág. 16). Las formas biográficas populares de la historia presentan estos actos creadores como el fruto de motivos o de conflictos de motivos.

El materialismo histórico no afirma que los únicos motivos de los actos humanos sean los del interés económico personal, más o menos esclarecido; el “Hombre Económico” fue una monstruosa abstracción conjurada por la imaginación de los humanistas italianos y de los primeros economistas ingleses (pág. 80). Menos todavía acepta que los motivos surjan del vacío, como los espíritus de las prácticas mágicas. De todos modos, no toma partido en la vacía controversia entre libre albedrío y predestinación, inventada por los teólogos.

En realidad, la historia marxista no se interesa mucho por los motivos. A decir verdad, los motivos apenas se prestan al auténtico análisis histórico. ¿Acaso hoy, pocos años después de ocurrido el hecho, alguien sabe exactamente cuáles fueron los motivos que impulsaron a Chamberlain a estampar su firma en la capitulación de Munich: ambición personal y deseo de convertirse en der Fuhrer Gross Britanniens; temor personal de que se demostrara su propia incapacidad; temor patriótico ante la posible quiebra del Imperio; temor de clase por el destino de la plutocracia y de la oligarquía en el caso de una guerra contra sus protagonistas y en alianza con los soviets revolucionarios; un deseo auténticamente humanitario de evitar la guerra, considerada el peor de todos los males? ¿Y cómo contestará el historiador una pregunta semejante con respecto a un acto realizado hace seiscientos años? Precisamente acabo de leer cuatro exposiciones mutuamente contradictorias de los motivos y las intenciones que animaron la política económica de Eduardo III, escritas por otras tantas autoridades: Cunningham, Stubbs, Tout y Unwin.

En todo caso, los actos históricos, lo mismo que las invenciones, están determinados en dos sentidos. En primer lugar, y para usar las palabras de Engels5 “los hombres hacen su propia historia, pero siempre en circunstancias muy definidas que la condicionan, y sobre la base de relaciones preexistentes. Entre estas últimas, las relaciones económicas, por mucho que puedan estar influidas por las de carácter político e ideológico, son en último análisis decisivas”. Lenin6 reconoce que “toda historia se construye con los actos de individuos, los cuales son, sin duda, figuras activas”. Podemos ver en estos actos el resultado de decisiones y de elecciones. Pero dichas elecciones se encuentran estrictamente limitadas por las circunstancias, entre las cuales las más rígidas y concretas son los instrumentos y los procesos materiales utilizables en un momento dado para la ejecución de las decisiones. Napoleón no tuvo necesidad de decidir si invadiría a Inglaterra a través de un túnel construido bajo el canal, mediante submarinos, por vía aérea o con barcos de superficie. Hitler pudo considerar las cuatro posibilidades.

Esta es la primera limitación. Como dice Marx: “Los hombres no están en libertad de elegir sus fuerzas productivas; pues cada fuerza productiva es una fuerza adquirida, el producto de la actividad previa” (es decir, un descubrimiento o invención). “Por consiguiente, las fuerzas productivas son el resultado de la energía humana aplicada prácticamente, pero en sí misma esta energía está condicionada por las circunstancias en que se encuentran los hombres, por las fuerzas productivas ya conquistadas, por la estructura social preexistente y que ellos no crearon: pues dicha formación social es el producto de las generaciones anteriores. Debido a este sencillo hecho -que cada una de las sucesivas generaciones se encuentra en posesión de las fuerzas productivas conquistadas por la generación anterior que le sirven de materia prima para una nueva producción- toma forma una historia de la humanidad que se ha hecho tanto más historia de la humanidad cuanto más se han extendido las fuerzas productivas del hombre y, en consecuencia, sus relaciones sociales” (Carta a Annenkov, 1846, S. W., 373).

Naturalmente, estas observaciones son aplicables también, con apropiadas modificaciones, a las ideas y a las instituciones políticas y religiosas, a las formas de expresión artística, al lenguaje mismo, a los hábitos de conducta, a los apetitos. Incluso un Lutero parte de las ideas que le han sido trasmitidas a través de las Sagradas Escrituras, con todos sus comentaristas escolásticos, por una parte y de los ritos y de las instituciones del catolicismo germano del siglo XVI por la otra. Shakespeare emplea el lenguaje bien diferenciado producido por cinco siglos de uso desde la época de la Conquista, las convenciones elaboradas en los dramas anteriores, desde las tragedias de Esquilo a los autos sacramentales, una gama de temas de linaje igualmente venerable, etc. Cualquier decisión individual se encuentra determinada por los hábitos de acción formados por las anteriores decisiones, y por la imitación consciente o inconsciente de la sociedad del actor, la cual incluye hoy todos los personajes históricos y ficticios que él conoce gracias a la lectura, al cinematógrafo, etc. De modo que todos los “actos de voluntad” están relacionados con todas las anteriores voliciones, y al mismo tiempo condicionados por éstas; voliciones tanto del agente individual como de todos los restantes individuos que han contribuido a la formación del mercado histórico y de la sociedad a la cual pertenece involuntariamente.

En segundo lugar, un acto aislado, ejecutado por un individuo, en el secreto y en la soledad de su habitación, y conservado allí no tiene mayor significado histórico que el de la invención enterrada (desconocida e inaplicable) junto con su autor. La historia se ocupa sólo de los actos socialmente efectivos. Por lo tanto, como dice Lenin (Collected Works, XI, 439), “cuando se juzga la actividad social de un individuo, el problema real es el siguiente: ¿Qué garantía existe de que esta actividad no será un acto aislado, perdido en una muchedumbre de actos opuestos?”.

Los libros de historia abundan en casos de tentativas fracasadas de esfuerzos frustrados y de vanas empresas. Quien ha intentado desarrollar cierta actividad social, aunque sólo haya sido en un club atlético, en un consejo de parroquia, o en una filial del sindicato, sabe cuán a menudo dicho resultado desmiente las esperanzas y las anticipaciones de quienes promovieron la acción. En los más amplios dominios de la organización urbana, nacional e internacional las dificultades son proporcionalmente mayores. Y en estas últimas esferas de la disparidad entre la intención y el resultado puede asumir proporciones trágicas. Los desastrosos efectos de la prohibición en los Estados Unidos fueron precisamente todo lo contrario de lo que se propusieron quienes trabajaron muy duramente con el fin de promover “una gran reforma”, y de los votantes que los apoyaron. La gran mayoría del electorado deseaba sinceramente disminuir la intoxicación aunque a menudo sólo en los demás, y por motivos poco estimables: nadie deseaba aumentar las ganancias de los pistoleros, ni fomentar la venta de venenos, ni alentar el consumo de alcohol en los adolescentes ¡pero ése fue precisamente el resultado obtenido!

“La historia se hace ella misma de modo tal que el resultado final proviene siempre de conflictos entre gran número de voluntades individuales. Hay pues, innumerables fuerzas que se entrecruzan, una serie infinita de paralelogramos de fuerza que dan origen a una resultante: el hecho histórico. A su vez, éste puede considerarse como producto de una fuerza que tomada en conjunto, trabaja inconscientemente y sin volición. Pues lo que desea cada individuo es estorbado por otro resultando algo que nadie querría. Así es que la historia se realiza a la manera de un proceso natural”. (Engels Bloch. S. W 382).

“El conflicto de innumerables voluntades en el dominio de la historia produce un estado de cosas absolutamente análogo al que se observa en el dominio de la naturaleza inconsciente. La acción se propone ciertos fines pero los resultados producidos por dicha acción no son los que se habían buscado o cuando corresponden al objetivo perseguido en definitiva tienen consecuencias muy distintas de las que se habían anticipado” (Engels, Ludwig Feuerbach, 457). “Los propios hombres hacen su historia pero hasta ahora no la hacen con una voluntad colectiva o de acuerdo con un plan colectivo, ni siquiera dentro de una sociedad perfectamente definida. Sus esfuerzos se entrechocan, y por esta misma razón todas esas sociedades son gobernadas por la necesidad la que es complementada por, y aparece bajo la forma de azar” (Engels a Starkenber, S. W., 392).

Naturalmente, podemos imaginar, como lo hace Engels en la última cita, un orden histórico absolutamente racional, del que se habrán eliminado los conflictos, las contradicciones entre las fuerzas productivas y las relaciones de propiedad, con lo que resultará una sociedad donde los hombres cooperarán consciente y voluntariamente en el esfuerzo colectivo destinado a desarrollar las fuerzas productivas y las actividades creadoras que dichas fuerzas liberan. Ese orden no sería estático, sino consciente e intencionalmente creador. Por consiguiente, podría ser considerado el verdadero comienzo de la historia racional. De ahí que Marx denomine a todo cuanto lo precede “capítulos de la etapa prehistórica de la sociedad humana” (en el prefacio a su Crítica de la Economía Política, S. W., 357).

Sin embargo, dicho orden no es la realidad oculta tras la historia conocida, como en el caso de las Ideas de Platón, de la Ciudad de Dios agustiniana, o de la Idea Absoluta de Hegel. Es, sin duda, una meta apropiada, pero la historia no nos conduce fatal e inevitablemente hacia ella.

Nada garantiza que nuestra sociedad no haya de desaparecer, como en el caso de los mayas, o que no se fosilice, como los chinos, y tampoco nada garantiza que el Homo Sapiens no haya de extinguirse, exactamente como el Archaeopterix o el Hipparion.

En todo caso, el orden histórico que podemos observar no ha alcanzado aún dicha racionalidad consciente. Por otra parte, las “leyes del movimiento” que Marx y Engels descubrieron en la historia no describen, como parecerían sugerirlo algunos pasajes de sus escritos, un orden mecánico, en el cual el único cambio posible sería el cambio de posición en el espacio. Tal fue, ciertamente, el orden natural planteado por Laplace, y Huxley y otros destacados hombres de ciencia del siglo pasado. Es una idea que ya no plantean ni siquiera los físicos modernos; y aunque así lo hicieran, carecería de valor para la historia.

Poca utilidad tiene la analogía entre las que ahora consideramos leyes estadísticas (descriptivas de la conducta de gran número de partículas en la masa) y las leyes históricas. Si nosotros mismos, agentes de la historia, nos colocamos en el lugar de las partículas, poca luz podremos arrojar sobre los hechos que nos conciernen prácticamente. Por otra parte, este tipo de concepción mecanicista no constituye una legítima inferencia extraída de la doctrina darwinista, y tampoco es aceptable para los biólogos modernos. En realidad, ello implicará negar la realidad del cambio histórico, precisamente la misma postura que Engels censura en Hegel.

Por consiguiente, las leyes de la historia no son otra cosa que descripciones abreviadas del modo de realización de los cambios históricos. No determinan ni gobiernan estos cambios. Sirven para limitar la gama de factores incalculables, sin excluirlos totalmente. En 1871 el propio Marx, insistió en que “la historia del mundo poseería una naturaleza por demás mística si los accidentes no desempeñaran ningún papel. Los accidentes se integran naturalmente en el curso general del desarrollo, y son compensados por otros accidentes. Pero la aceleración y la retardación dependen en gran medida de estos accidentes, entre los cuales corresponde incluir un accidente como el carácter del pueblo que primero se pone a la cabeza del movimiento” (Cartas al doctor Kugelmann, 125).

Por lo tanto, estas leyes históricas no constituyen el orden histórico, pero nos ayudan a reconocer las interrelaciones entre los acontecimientos que efectivamente constituyen dicho orden. El materialismo dialéctico, por ejemplo, revela la existencia de una suerte de “selección natural”, que asegura la “supervivencia” de las sociedades humanas “más aptas”. Pero la prueba de aptitud no es el éxito de las naciones en las guerras de destrucción o en la competencia comercial, como los racistas y los nacionalistas de la economía han pretendido sostener, a través de una perversión del darwinismo. Es algo positivo: la armonía entre los medios de producción por una parte y las relaciones de propiedad, conjuntamente con la superestructura política, religiosa y artística por la otra. Una sociedad puede progresar, y por consiguiente vivir y sobrevivir únicamente en la medida en que las relaciones de producción -es decir, todo el sistema económico y político- favorecen el desarrollo de la ciencia, el progreso de las invenciones y la expansión de las fuerzas productivas.

Ninguna teoría de la historia puede anticipar los nuevos descubrimientos que la ciencia realizará, ni las fuerzas productivas que de ese modo serán puestas a disposición de la sociedad ni precisamente qué instituciones políticas y qué organizaciones económicas permitirán la explotación de dichas fuerzas productivas. Analizada desde el Punto de vista del materialismo histórico, la historia demostrará de qué modo las instituciones y las concepciones del pasado han estado relacionadas con los desarrollos tecnológicos y científicos.

Pero esto último tampoco permitirá explicar la forma precisa asumida en casos particulares:

por qué, para tomar el ejemplo de Engels, “entre los muchos y pequeños Estados del norte de Alemania, Brandeburgo habría de convertirse en el gran poder que representó las diferencias económicas, lingüísticas y, después de la Reforma, también religiosas entre el Norte y el Sur” (S. W., 382).

Ni es necesario que así sea. La ciencia histórica no pretende convertirse en una suerte de astrología capaz de predecir el desenlace de cierta competencia o de tal o cual batalla, para beneficio de especuladores del deporte o de la guerra. Por otra parte el estudio de la historia permitirá al ciudadano sensato establecer la pauta que el proceso ha ido entretejiendo en el pasado. Y de allí deducir su probable desarrollo en el futuro inmediato. Un gran estadista de nuestro tiempo ha anticipado con éxito el curso de la historia mundial y suya es la cita que hemos incluido como ejemplo de la historiografía marxista

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(*) V. Gordon Chile, Teoría de la historia, capítulo VII. En http://www.elaleph.com/

(5) Carta a Starkenberg, 1894, Selected Works, 392.

(6) Collected Works, XI, 620.


Saludo a Julio Carmona

Saludo a Julio Carmona

La Revista Creación Heroica saluda vivamente a nuestro poeta y crítico literario Julio Carmona por la publicación de sus estudios Vallejo para no iniciados I y II, correspondientes al análisis de los poemarios Los Heraldos Negros y Trilce, de nuestro gran poeta proletario y universal, César Vallejo. Invitamos a los estudiantes secundarios, universitarios y trabajadores a leer y estudiar estos libros que nos facilitan la lectura de los poemas de César Vallejo. Esperamos con entusiasmo la publicación de los otros tomos de estudio de la obra vallejiana.






 

 


Literatura

Borges, ¿Un Conciliador Entre Realismo y Formalismo?

Julio Carmona

DESPUÉS DE HABER PUBLICADO en tres números sucesivos anteriores de CREACIÓN HEROICA, tres artículos con el tema de la tradición y la poesía, en el sentido de no ser «únicas», es decir, que exista una sola tradición ni una sola poesía, sino más de una, de acuerdo con la posición de cada ser humano según su ubicación en el intrincado contexto de la lucha de clases, recordé haber tratado antes el mismo tema (concomitante) en otro artículo que aquí retomo (con su título primigenio) para que el lector pueda ver si existe esa relación complementaria.

Yo estoy convencido de que muy pocos (entre los interesados por los temas de la estética y la poética) ignoran que la historia del arte y de la poesía es la historia de una lucha de contrarios que, vista dialécticamente, deviene unidad de contrarios. Es un tema tan antiguo como el arte y la poesía mismos. Y en su devenir ha ido adoptando diversas denominaciones: clásico/barroco, clásico/romántico, «arte comprometido»/«arte por el arte», orden/aventura, social/puro, etc. En el desarrollo de la lectura de este artículo se apreciará el uso de las dos últimas nomenclaturas, en su contradicción y en su conciliación.

Sobre esa oposición de «lo puro» y «lo social» he leído lo manifestado por Jorge Luis Borges en su sugerente cuento «El duelo», del libro El informe de Brodie (1970). El título mismo del cuento enuncia el tema de dicha oposición, en paralelo con la anécdota narrada: la rivalidad entre dos personajes femeninos, cuyo final —y final del cuento también— es el siguiente:

«En aquel duelo delicado que solo adivinamos algunos íntimos no hubo derrotas ni victorias, ni siquiera un encuentro ni otras visibles circunstancias que las que he procurado registrar con respetuosa pluma. Solo Dios (cuyas preferencias estéticas ignoramos) puede otorgar la palma final. La historia que se movió en la sombra acaba en la sombra»1.

No hay que ser demasiado perspicaz para darse cuenta de que el duelo entre las protagonistas es el pretexto del texto. En el fondo y paralelamente, el duelo a resaltar por el lector intérprete es la oposición aludida al principio entre las dos tendencias que polarizan al arte desde tiempos inmemoriales (que es «la sombra» que no termina). Esa relación antitética es una unidad de contrarios, en la que ambos se estimulan y se acicatean, sin buscar su aniquilamiento sino su síntesis dialéctica con la preexistencia de uno y la persistencia del otro. Y como —según Borges— no se sabe si hay dios que dirima el conflicto, este seguirá debatiéndose «en la sombra».

Y, en esa confrontación de contrarios, Borges —hay que decirlo— toma partido. Pongo un ejemplo, del mismo texto: De manera subliminal (o a través del narrador) alude a un «Congreso Internacional de Plásticos Latinoamericanos» a realizarse en la ciudad de Cartagena. Y escribe:

«El temario —séanos perdonada la jerga— era de palpitante interés: ¿puede el artista prescindir de lo autóctono, puede omitir o escamotear la fauna y la flora, puede ser insensible a la problemática de carácter social, puede no unir su voz a la de quienes están combatiendo el imperialismo sajón, etcétera, etcétera?» (p. 394).

Todo lo expresado ahí es una caricatura de la posición «social» del arte, y, en este caso, de sus impulsores. Y en párrafo previo había vuelto a «enfrentar» a dichas posiciones (y digo había vuelto, pues más adelante trataré del otro enfrentamiento precedente), pero, en esta vez, lo hace así:

«Hacia el año sesenta, “dos pinceles a nivel internacional” —séanos perdonada esta jerga2— se disputaban un primer premio. Uno de los candidatos, el mayor, había consagrado solemnes óleos a la figuración de gauchos tremebundos, de una altitud escandinava; su rival, harto joven, había logrado aplausos y escándalo mediante la aplicada incoherencia» (p. 393).

Es decir, Borges —sin decirlo abiertamente— mediante el recurso de la ironía o la caricatura desmerece al «arte social» (viejo, truculento, racional), y exalta al «arte puro» (joven, vanguardista). Y otra perla de esa parcialización es la siguiente:

«Los diarios habían puesto a su alcance páginas de Lugones y del madrileño Ortega y Gasset [no solo puristas sino fascistas —acotación mía, JC]; el estilo de esos maestros —continúa Borges— confirmó su sospecha de que la lengua [española] a la que estaba predestinada [una de las protagonistas] es menos apta para la expresión del pensamiento o de las pasiones que para la vanidad palabrera» (p. 391).

No hay que ser muy zahorí para percibir en esa sugerida denigración del idioma español, una devaluación de los escritores hispanoamericanos que con esa lengua tendrán pocas posibilidades de expresar su pensamiento o sus sentimientos, y solo se quedarán en una palabrería hueca. Y la siguiente observación de Borges que corrobora lo que acabo de precisar, es la siguiente: «Todo, según se sabe, ocurre inicialmente en otros países y a la larga en el nuestro». Es decir, un fatalismo insalvable. Y no solo en el arte sino en «todo». Nada se puede hacer en los países hispanoamericanos que no sea calco y copia de lo que se hace en otros países, especialmente los anglosajones, en particular, y los europeos en general.

Pero, luego, Borges hace una descripción del antagonismo tendencial, de «lo puro» y «lo social»: «La secta de pintores, hoy tan injustamente olvidada, que se llamó concreta o abstracta, como para olvidar su desdén de la lógica y del lenguaje, es uno de tantos ejemplos». Y cabe preguntar: ¿de qué es ejemplo ‘la secta concreta o abstracta’? Lo es de su falta de originalidad, porque provino de lo que se había hecho en USA o en Europa. Y, otra pregunta, ¿qué es lo que caracterizaba a esa secta?: «su desdén de la lógica y del lenguaje», como si la pintura —sea cual fuere su técnica— no fuera un lenguaje y dejara de tener una lógica (en su armonía o desarmonía de colores, por ejemplo). Y continúa Borges hablando de esa secta, la misma que —dice:

«Argumentaba, creo, que de igual modo que a la música le está permitido crear un orbe propio de sonidos, la pintura, su hermana, podría ensayar colores y formas que no reprodujeran los de las cosas que nuestros ojos ven. Lee Kaplan escribió que sus telas, que indignaban a los burgueses, acataban la bíblica prohibición, compartida por el islam, de labrar con manos humanas ídolos de seres vivientes. Los iconoclastas, argüía, estaban restaurando la genuina tradición del arte pictórico, falseada por herejes como Durero o como Rembrandt. Sus detractores lo acusaron de haber invocado el ejemplo que nos dan las alfombras, los calidoscopios y las corbatas. Las revoluciones estéticas proponen a la gente la tentación de lo irresponsable y lo fácil» (pp. 391-392).

La parte final de esta cita: «Las revoluciones estéticas proponen a la gente la tentación de lo irresponsable y lo fácil», abre la posibilidad de interpretar lo dicho en el título de este artículo: el Borges conciliador, si se entiende por ella que está minimizando a la «revolución estética del vanguardismo», pues da —por fin— voz a «sus detractores» que la acusaban de recurrir a lo fácil, dice: «las alfombras, los calidoscopios y las corbatas», y a lo «irresponsable»: el inodoro de Marcel Duchamp, por ejemplo.

Y esta conclusión interpretativa se confirma con lo que, finalmente, Borges (a través del discurso de una de las protagonistas) dice que: «no existe una oposición entre lo tradicional y lo nuevo, entre el orden y la aventura, y que la tradición está hecha de una trama secular de aventuras», que es —al parecer— la propia actitud conciliadora de Borges. Y, pues, él parece advertir que los contrarios se unen porque “todos pensamos que el azar nos ha deparado un ámbito mezquino y que los otros son mejores» (p. 393), aunque también se puede dar vuelta a la frase, y decir que hay quienes empiezan ‘pensando que son los mejores y que los otros no han sido beneficiados por el azar’. Y esos, al final, serían los orígenes de las desavenencias estéticas. Pues, así como los que eligen una «postura moderna» lo hacen insertándose en su tradición urbana, sus contrarios son mentes urbanas que sienten nostalgia y asumen «El culto a los gauchos y el Beatus ille» (p. 393). Y, por eso —dice Borges—: «Presumo que en el cielo los bienaventurados opinan que las ventajas de ese establecimiento han sido exageradas por los teólogos que nunca estuvieron ahí. Acaso en el infierno los réprobos no son siempre felices» (p. 394).

En resumen: Borges llega a la conciliación, porque ese es el sello de su literatura, que no se aleja de la realidad (totalmente) pero lo hace con técnicas y presupuestos formalistas. De ahí que haya escrito al inicio del cuento:

«Los hechos ocurrieron en Buenos Aires y ahí los dejaré.3 Me limitaré a un resumen del caso, ya que su lenta evolución y su ámbito mundano son ajenos a mis hábitos literarios. (…) Debo advertir al lector que los episodios importan menos que la situación que los causa y sus caracteres» (p. 390).

De esa manera Borges se adosaba un cobertor que le permitiría eludir la acusación de ser réprobo de aquello que en este cuento él ha presentado como ‘una metáfora militar que, entonces en boga, se llamaba vanguardia’. Y tampoco sería réprobo del realismo pues este ‘fue ajeno a sus hábitos literarios’. Por eso no debe causar sorpresa el ver que tirios y troyanos lo consideren su maestro, aunque unos digan que lo es solo en la forma, pasando por alto su condición de réprobo del vanguardismo, y también sus posiciones políticas tan cercanas al fascismo.

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(1) Jorge Luis Borges (2011). Cuentos completos. Lima: Penguin Random House Grupo Editorial, p. 395.

(2) La reiteración de este disculparse no es gratuita como cuestión de fondo; pero sí es redundante en su forma, no solo porque después utilizará la misma expresión, sino porque en este caso las comillas salen sobrando ya que la expresión no es de quien escribe la frase, como sí se justifica en el otro caso en que no va entrecomillada. Se pide disculpas por lo que uno hace, no por lo que hacen otros. Si fuera esto último se tiene que precisar que son disculpas ajenas.

(3) Algo similar dice en otro cuento: «Mi relato será fiel a la realidad o, en todo caso, a mi recuerdo personal de la realidad, lo cual es lo mismo.» (cuento «Ulrica», de El libro de la arena, op. cit., p. 435).


Creación

Arde la Franja

Fidel Antonio Orta(*)

Acaba de morir un niño. Yace vertical bajo la sed de metales puntiagudos. Dios no pudo hacer nada. Había bombas en el cielo. Bombas en la tierra. Bombas en el agua turbia de la costa… Columnas de humo nublan con miedo todos los puntos del paisaje. Ojos sin refugio. Sangre trasladando camillas. Cadáveres envolviendo sábanas. ¿Alguien me escucha? Gritos blancos. Gritos negros. Madres que ahora se han quedado huérfanas de hijos ¡Silencio! La voz del tiempo convoca a la oración. Pero el niño no deja de mirarme.

Acaba de morir un niño. La prensa dice que es palestino. Dice después que nadie lo conoce. Dice más tarde que tiene siete años. Dios no pudo hacer nada. A esa hora la intemperie cargaba sobre su espalda fragmentos de escuelas, mezquitas y hospitales… Arde la Franja. Veo cenizas sosteniendo ataúdes. Veo la boca abierta de los techos. ¿Alguien me escucha? Ruinas. Escombros. Bultos de hambre. Hasta los olivos se han quedado sin memoria ¡Silencio! La voz del tiempo convoca a la oración. Pero el niño no deja de mirarme.

Acaba de morir un niño. Su escaso llanto perfora la distancia. Maldiciones. Rezos en fuga. Falsas treguas acribillando el amor. Dios no pudo hacer nada. Sombras con tijeras eran las dueñas del espacio… Ciudades, aldeas, campamentos y túneles acumulan el espanto de remotas tinieblas. ¿Alguien me escucha? Brazos mudos, ciegos, sordos. Brazos sordos, mudos, ciegos. Basta ya de truenos. Vengan cantos, vengan parques, vengan azules los pájaros del sol. ¡Silencio! La voz del tiempo convoca a la oración. Pero el niño no deja de mirarme.

La Habana, Cuba, 21 de noviembre de 2023.

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(*) Fidel Antonio Orta es escritor cubano, poeta, narrador, ensayista y profesor universitario. Cursó estudios superiores de Periodismo.

Fuente: Poema tomado de La Jiribilla https://www.lajiribilla.cu/arde-la-franja/


domingo, 3 de noviembre de 2024

Política

Ramón García Ante la Reunión de Barranco* 

Eduardo Ibarra 

El «ensayo más que artículo» (frase de Ramón García que expresa su permanente actitud de hacerse el interesante), titulado La reunión de Barranco y el Partido Socialista,(1) data del 7 de octubre de 1987, o sea, de cuatro años después de publicados los pocos números de la revista Punto de Vista (en los que el mencionado comenzó a plantear posiciones revisionistas) y apenas siete meses antes de silenciar cuestiones cardinales de la Reunión Fundacional del Partido Socialista del Perú, así como de negar algunos puntos de los dos apartados finales de su propio ensayo.(2)

Como es lógico, empezaremos por analizar una cuestión medular: el marxismo-leninismo. En su aludido texto, García menciona más de una vez los «Principios Programáticos del Partido Socialista», pero evita señalar algo que era necesario puntualizar, pues se trata, ni más ni menos, del principio fundamental del documento: la base de unidad del Partido («El Partido Socialista del Perú… adopta [el marxismo-leninismo] como su método de lucha»); y, esta evitación es un verdadero silenciamiento de la cuestión que, precisamente, determinó que el Partido Socialista fuera un partido de clase, opuesto al partido-amalgama de Haya, así como al «vanguardismo genérico e indefinido de los oportunistas habituales» (los socialistas reformistas).

Este silenciamiento explica que a la fracción de Luciano Castillo García la calificara por la procedencia geográfica de sus miembros («grupo norteño», le llama), y no por sus posiciones ideológicas y políticas, que eran, como se sabe bien, las del revisionismo,(3) que, de esta forma, quedó por fuera de su exposición; y explica, además, que al mencionar el libro Defensa del marxismo, se inhiba completamente de precisar que esta defensa es, justamente, una defensa del marxismo contra los ataques del revisionismo.

Por otro lado, García sostiene, de manera más o menos sibilina, la falacia de que el nombre de la revista Nuestra Época fue determinado por vivir la humanidad una nueva época, la época del imperialismo y de la revolución proletaria.(4) Pero esto es falso de toda falsedad, como tuvimos la oportunidad de demostrarlo, documentadamente, en nuestro libro La creación heroica de Mariátegui y el socialismo peruano. Planteamiento de la cuestión. Pero hay más. En el artículo «El socialismo peruano» García reduce el marxismo-leninismo a una simple consigna, y en el artículo «El partido de Mariátegui» niega el marxismo-leninismo con el pretexto de que «los ismos están demás para el marxismo», y, aplicando esta sofistería a nuestra realidad, sostiene que el término marxismo-leninismo «solo se encuentra dos veces en la obra de JCM». De este modo termina negando abiertamente lo que en su ensayo había silenciado.(5)

Sobre la base de esta doble negación, García procedió a tergiversar la verdad ideológica y orgánica del PSP. Como es de conocimiento general, en la Reunión de Barranco Mariátegui acordó el marxismo-leninismo como la base de unidad del Partido Socialista del Perú, y, sucede que García ha suplantado este acuerdo por un marxismo a secas. En la Conferencia Comunista de 1929 Julio Portocarrero y Hugo Pesce suplantaron la concepción de Mariátegui de la «célula secreta de los siete» por una concepción que consideraba la misma como permanente e ideológicamente diferenciada de las demás instancias partidarias, y, ocurre que García ha asumido esta patraña.(6) Mariátegui proyectó un partido de masas marxista-leninista, y, acontece que García ha suplantado este proyecto con el suyo propio de un partido de masas doctrinariamente variopinto. De esta manera, pues, puso de manifiesto su oposición a la línea de la Reunión de Barranco, a la Creación Heroica de Mariátegui, al Socialismo Peruano.

Por otra parte, García habla en su texto de la renuncia de Mariátegui a su cargo de Secretario General del Partido, pero tergiversando las verdaderas causas de esta decisión; así, sostiene que la misma fue tomada por Mariátegui debido a la lucha interna en el Partido: concretamente, afirma que la «circunstancia» del arribo de Ravines al país en febrero de 1930 «para organizar el Partido Comunista del Perú» y la «necesidad de enfrentar», «en condiciones favorables», «la desviación de derecha de Martínez y la desviación de izquierda de Ravines», fueron los motivos por los cuales Mariátegui resolvió su renuncia y su viaje. De esta guisa tuerce completamente la verdad histórica y, sobre esta base, insinúa una analogía, que él cree conveniente a su intención, entre la renuncia y el decidido viaje de Mariátegui a Buenos Aires y su propia renuncia y su instalación en el extranjero en 1975.

Analicemos, pues, su sibilina insinuación. Como está dicho, la renuncia de Mariátegui fue a su cargo en el CC, no al Partido; en cambio, García renunció a su cargo y solicitó una licencia de un año, cumplido el cual no hizo honor a su palabra, convirtiéndose así su renuncia en una renuncia al Partido, es decir, en una deserción. De este modo siguió la huella de Luciano Castillo, no la de Mariátegui. Pero, además, mientras en 1930 Mariátegui era la cabeza del marxismo-leninismo en el Partido, en 1975 García era la cabeza del liquidacionismo de «izquierda»; mientras en 1930 el acoso y el cerco a Mariátegui dificultaban tremendamente su actividad política, en 1975 nadie acosaba ni perseguía a García, salvo el fantasma de un «baño de sangre» que solo existía en su aterrada imaginación; mientras en 1930 Mariátegui continuaba luchando decididamente contra la fracción de Castillo y defendió con ejemplar valor sus posiciones en una discusión con Ravines, en el IV Pleno del CC del Partido (octubre de 1974), García capituló ante las posiciones de Guzmán al votar por ellas y, por lo tanto –y como es obvio–  en contra de las suyas propias.

Al abandonar el país apenas cuatro meses después del IV Pleno, García llevaba el fardo de su liquidacionismo y, por eso, no puede extrañar a nadie que, luego, comenzara a plantear, en cartas y documentos, posiciones que jamás se había atrevido a sostener mientras fue militante del Partido; que en el bienio 1982-1983, en la revista Punto de vista mantuviera posiciones que lo emparentaban, ya entonces, con el revisionismo jruschoviano-brezhneviano, y que, algo después y hasta hoy mismo, se haya desbordado contra el marxismo-leninismo y la Creación Heroica de Mariátegui. Este extravío ideológico y político tuvo, finalmente, su natural corolario en su propuesta de «una organización de proyección nacional» con todo tipo de oportunismo y revisionismo, y, algo más tarde, en su intento de fusionar su grupo con el partido de Jorge del Prado.

Cualquier marxista informado y sin temor alguno de mirar cara a cara la verdad, tiene que reconocer que lo apuntado sobre el aludido extravío (incluyendo el etcétera), es un flagrante abandono del pensamiento de Mariátegui.

García dice también en su texto que Mariátegui iba a viajar «para empeñar la lucha» contra Martínez y Ravines «en condiciones favorables», pero esto es falso. Lógicamente, dada la situación de la lucha interna del Partido, ya en Buenos Aires Mariátegui hubiera tenido que desenvolver la lucha contra el derechismo y el izquierdismo de los mencionados personajes, al mismo tiempo que continuar la lucha por la construcción del Partido y el socialismo, pero los motivos de su viaje fueron otros.(7) A diferencia de Mariátegui, García dejó el país de la noche a la mañana y, después de un tiempo, desplegó una torpe lucha contra el marxismo-leninismo, el principio de integrar la verdad universal con la práctica concreta de la revolución peruana, la táctica revolucionaria, el partido de clase, el Socialismo Peruano. Todo esto con desembozo en unos casos y, en otros, con oblicuidad.

Si, como cree García, los asistentes a la Reunión de Barranco (incluidos, pues, Luciano Castillo y Chávez León) «participaron con sobrecogedora emoción», es difícil imaginarse que, ahora, activistas que no hayan perdido toda capacidad de orientarse ideológica y políticamente, puedan participar «con sobrecogedora emoción» en cualquier reunión que tuviera por finalidad aprobar la negación de García del marxismo-leninismo, su despropósito de ser más peruanos que marxistas, su reformismo de intentar reestructurar el Estado burgués en sus bases municipales, su «desagravio» y «reivindicación» del socialismo reformista, su tergiversación de la filiación ideológica de Mariátegui, su falsificación de la verdad ideológica y orgánica del Partido Socialista del Perú, su negación del carácter marxista-leninista de la Creación Heroica de Mariátegui y del Socialismo Peruano, su proyecto de un partido doctrinariamente heterogéneo, en suma, su revisionismo liquidacionista.

Sí, «ahora más que nunca está vigente el dilema planteado por Mariátegui en Aniversario y Balance: Capitalismo o Socialismo», pero, también ahora más que nunca, está vigente asimismo el dilema marxismo o revisionismo planteado por Mariátegui en Defensa del marxismo.

Y, todo marxista consecuente, sabe que no se puede luchar contra el capitalismo, sin luchar al mismo tiempo contra el revisionismo. Esto lo entendía Mariátegui perfectamente.

 

*El presente texto es el capítulo X del libro Defensa de la Creación Heroica de José Carlos Mariátegui, aún inédito. 

Notas

[1] Este texto fue publicado en la red y en forma de folleto.

[2] Ver sus artículos «El lexicón octubrino», «El socialismo peruano», «El movimiento comunista», «El partido de Mariátegui», todos de mayo de 1988 y publicados en la red; asimismo, es menester ver su artículo «Aniversario 80 (5)». En este artículo, incorporado a su folleto «La creación heroica de José Carlos Mariátegui. 80 aniversario», García tergiversó la verdad ideológica y orgánica del Partido Socialista del Perú, como hemos visto en un capítulo precedente.

[3] No es casual que Castillo terminase fundando un sedicente partido socialista, adscrito a la Segunda Internacional.

[4] En el artículo «El socialismo peruano», García planteó, ya desembozadamente: «Este concepto [el concepto de época] que [Mariátegui] lo tuvo muy nítido apenas supo de la Revolución de Octubre, lo subrayaría en el primer período socialista peruano, Nuestra Época”. 

[5] «El movimiento comunista».

[6] Ver el capítulo VIII de este libro.

[7] Ver el capítulo XVI de este libro.

                                                                                                                                                                                                              

La Reconstitución y la Política Concreta II 

E. I. 

1. En un artículo que algunos activistas de la izquierda peruana deben recordar, Lastra recurrió a algunas falacias a fin de justificar su seguidismo con respecto a la tergiversación del aniversario de la Creación Heroica de Mariátegui que, en oportunidad de la existencia del mal llamado “Comité 80”, manejaba el grupo liquidacionista.

Decía en ese artículo nuestro articulista que era un aporte del suscrito haber identificado el primer escrito marxista de Mariátegui (El cisma del socialismo, marzo de 1921), pero que (con ese pero característico del ecléctico), en la medida en que las realizaciones más importantes del maestro son los 7 Ensayos y el PSP, entonces el aniversario de su Creación Heroica es en las fechas de la aparición de dicho libro (noviembre de 1928) y de la fundación de dicho partido (octubre del mismo año), y, así, se sumó al coro tergiversador del grupo mencionado arriba, como consecuencia de lo cual aquello del “aporte” resultó apareciendo apenas como una frase con la que buscó estar bien con dios y con el diablo.

En una nota al pie del libro La poesía clasista. Poesía y lucha de clases en el Perú contemporáneo, Julio Carmona dejó escrito:


El conciliador, como el traidor, no sólo es vapuleado por sus copartidarios, también es visto con recelo por sus adversarios. De ningún modo el querer ‘estar bien con Dios y con el diablo’ ofrece garantía de fidelidad (p. 19).

Este es el caso de Lastra, precisamente: por su afán acomodaticio, ecléctico, conciliador, ha sido criticado constantemente por sus copartidarios a fin de que se corrija (sin ningún resultado positivo, sin embargo), y, al mismo tiempo, es recelado y hasta vapuleado por sus adversarios (sin ninguna razonable reacción de su parte, lo que da cuenta de una acentuada debilidad).

Reconocer una fecha como el aniversario de la Creación Heroica de Mariátegui responde a la pregunta de cuándo comenzó esta Creación, y no, por supuesto, a la pregunta de cuáles son sus expresiones más altas. Esta es una verdad elemental al alcance de cualquier persona con dos adarmes de seso. Pero no me extenderé aquí sobre esta cuestión, pues, para una comprensión amplia y precisa de la misma, el lector puede ver el libro La creación heroica de Mariátegui y el socialismo peruano. Planteamiento de la cuestión.


Como se ha podido ver, la afirmación que comento data de octubre de 2012, y esto permite decir que, a pesar de sus reclamos favorables al partido de clase, Lastra participó del cuarto seminario liquidacionista porque suponía que, hombro con hombro con los liquidadores, estaba construyendo “un proyecto común”.


2. En 2010, en plenas conversaciones sobre la organización de la tendencia, Lastra reveló, súbitamente, que hacía un tiempo se había infiltrado en el grupo liquidacionista que encabeza Ramón García a fin de “sacar de allí algunos elementos”.

Como dicen los abogados, a confesión de parte relevo de pruebas.

Pues bien, el entrismo es vieja política oportunista de los Bakunin, los Trotski, etcétera. Precisamente esta política ha sido practicada por Lastra.

Pero, contrariamente a sus intenciones, no ganó a un solo elemento y, por último, terminó siendo expulsado.

Como dicen los abogados, a confesión de parte relevo de pruebas.

Por cuanto tempranamente nuestro personaje marginó al CRJCM del proyecto orgánico que se inició en 2010, no pudimos criticarlo internamente de semejante acción.

Hoy, no tenemos más remedio que hacerlo públicamente, pues el entrismo es una práctica inadmisible en la izquierda peruana y en la izquierda de cualquier país del mundo.

El entrismo de Lastra es, pues –para decirlo con algo de justificada ironía– una expresión específica de sus afectos, de la construcción con oportunistas de un proyecto común.

Todo lo expuesto hasta aquí, demuestra que, en último análisis, Lastra se encuentra definitivamente atrapado por su discurso extraviado y oportunista.

Y, el contenido de ese enredo, analizado en el presente artículo y en otros publicados anteriormente, prueba que nuestro retórico personaje ha abandonado completamente la Reconstitución del Partido de Mariátegui.


3. Pretendiendo justificar su frentismo, Lastra escribió:


¿Qué es dirigir en el sentido marxista-leninista-maoísta? ¿Cuál es la justa relación entre diferentes niveles de organización? Ustedes no resuelven bien estas interrogantes. Por ello opinan como queda escrito en el punto 4. Todavía tienen fuerte influencia del método y estilo de “correa de transmisión” y de el (sic) método y estilo de “organismos generados”. Lo correcto, dadas las condiciones concretas que enfrentamos hoy, es proponer, sustentar y persuadir no solo con la palabra, sino sobre todo y fundamentalmente con el ejemplo. No podemos tratar a […] como si fuera un “organismo generado” ni aplicarle la “correa de trasmisión”. Por eso, comprenderán ustedes que resulta totalmente fuera de lugar su convicción de que la decisión de lo que debe hacer o no […] se deba determinar en un organismo político superior. La decisión debe tomarse siempre en el espacio donde debe de asumir y afrontar las consecuencias de sus determinaciones y acuerdos. Y sobre esa base cabe cumplir la función dirigente. Esto es, nunca debemos actuar impositivamente” (carta al CRJCM del 31.10.12).


Quienquiera que cale en la letra chica de la cita, puede percatarse de que ahí se niega la hegemonía del proletariado en el frente unido. En efecto, Lastra reduce la relación partido-frente a la sola cuestión de las decisiones en el frente, y, confiando en que los lectores sean víctimas de prejuicio respecto a los dos tipos de organización que menciona, termina escamoteando la hegemonía del proletariado.


Es decir, olvida, o pretende hacer olvidar, que la hegemonía del proletariado se expresa más bien en el hecho de que la línea del partido relativa a la lucha común contra el enemigo común, logra consenso en el frente.


Al mismo tiempo, olvida o pretende hacer olvidar, que los organismos generados, llamados también organizaciones propias, fueron una iniciativa del partido bolchevique para el trabajo de masas en determinadas condiciones, y que las correas de transmisión, llamadas también palancas, fueron parte del engranaje general de la dictadura del proletariado, y que ninguno de los dos tipos de organización fue concebido ni actuado como un espacio donde el partido pudiera actuar “impositivamente”.


Pues bien, como es obvio, en el frente no caben, bajo ninguna circunstancia, los métodos coercitivos sino los métodos democráticos. Esto es claro para cualquier marxista.


Pero ¿qué dice Lastra al respecto? Pues que “Lo correcto, dadas las condiciones concretas que enfrentamos hoy, es proponer, sustentar y persuadir”.


“Dadas las condiciones concretas que enfrentamos hoy”, es decir que, según nuestro personaje, los métodos democráticos solo son legítimos en las condiciones actualmente dadas, y, en consecuencia, sugiere, sin querer queriendo, que en otras condiciones (y las condiciones siempre cambian), tales métodos perderían vigencia, y, por eso, tendrían que ser reemplazados por otros: obviamente, por los métodos antidemocráticos.


Este es el espíritu democrático de Lastra. Esta es su comprensión de la democracia en el frente unido. Este es su “nunca debemos actuar impositivamente”.


En el frente, cualquier decisión tiene que acordarse en el frente. Esto es una verdad de Perogrullo. Pero la línea del partido relativa a la lucha común contra el enemigo común, se acuerda en el partido. Esto también es una verdad de Perogrullo. Lastra, sin embargo, finge no saberlo.


Más aún. Cada tendencia participante en el frente establece internamente su línea relativa a la lucha común contra el enemigo común, y es en el espacio del frente donde estas líneas se confrontan, y donde, por lo tanto, una de ellas prevalece completa o relativamente. Esto es inevitable.


De manera que, en el frente puede darse la hegemonía del proletariado, entendida, claro está, como la hegemonía del marxismo-leninismo en lo relativo a los diversos aspectos de la lucha común contra el enemigo común, o, en su defecto, la hegemonía de alguna otra tendencia.


La “Universidad Socialista José Carlos Mariátegui”, la revista Pizarra Socialista y la “Asamblea Nacional de los Pueblos del Perú y el Tawantinsuyu”, son espacios de frente unido.


Por eso, surge naturalmente la siguiente pregunta: ¿cuál tendencia ha alcanzado la hegemonía en tales espacios?


En los dos números publicados de Pizarra Socialista (vocero de la USJCM), se han publicitado, bajo expresiones específicas, la tesis de Ravines sobre la cuestión nacional y, además, han sido apoyados incondicionalmente los procesos reformistas que tienen lugar en algunos países suramericanos.


Es claro que ninguna de esas posiciones pertenece originalmente al grupo de Lastra, sino al grupo desprendido del PCP-Unidad.


La aludida tesis de Ravines fue publicitada en el primer número de Pizarra Socialista, y, como era lógico, los marxistas esperábamos que en el segundo número esa tesis fuera rebatida con la tesis de Mariátegui sobre la cuestión nacional y el Perú Integral. Pero esto no ocurrió.


En la “Declaración del I Concejo de la Asamblea Nacional de los Pueblos del Perú y el Tawantinsuyu”, se presenta a nuestro pueblo como dividido en “pueblo peruano” y “pueblo tawantinsuyano”. Esto es una expresión específica de la tesis de Ravines.


Los marxistas, como es natural, esperábamos que en el seno de la misma Asamblea se planteara una crítica sustentada de semejante punto de vista. Pero esto tampoco ocurrió.


Así, pues, el suscrito tuvo que realizar la crítica correspondiente, la cual fue publicada, en la edición de octubre de la revista digital CREACION HEROICA, como post scriptum del ensayo Mariátegui y el “problema del indio”, el cual hace parte ahora del libro inédito Defensa de la creación heroica de José Carlos Mariátegui.


En el segundo número, dedicado centralmente a publicitar incondicionalmente los procesos reformistas de Venezuela y Ecuador, el grupo de Lastra apareció asumiendo tal incondicionalidad.

Frente a este hecho, en el artículo Socialismo proletario y socialismo pequeño burgués, publicado en la edición de noviembre pasado de la revista digital mencionada arriba, el suscrito hizo la crítica correspondiente. Esta crítica está referida a tres cuestiones: 1) la convivencia de los mencionados procesos, dizque revolucionarios, con la gran burguesía intermediaria del imperialismo; 2) el respeto supersticioso a la democracia burguesa que lleva a los dirigentes a exponer en una elección el destino de sus propios gobiernos; 3) la ilusión de un tránsito pacífico al socialismo.


Los hechos demuestran, pues, que en la USJCM, en Pizarra Socialista y en la “Asamblea Nacional de los Pueblos del Perú y el Tawantinsuyu”, ha hegemonizado la línea del grupo desprendido del PCP-Unidad y de algún grupo partidario del más trasnochado indigenismo.


Si estos grupos se sienten con derecho a plantear sus posiciones partidarias en los indicados espacios de frente unido (cosa que no discuto aquí), la pregunta es por qué el grupo de Lastra no se siente con igual derecho a plantear lo que se supone son sus posiciones relativas a la cuestión nacional (cosa que sí discuto).


¿Dónde está, pues, el “proponer, sustentar y persuadir” de nuestro personaje? En ninguna parte.


Por lo tanto, se constata que, si en política nacional Lastra ha abdicado ante la tesis de Ravines sobre la cuestión nacional, en política internacional ha abdicado ante el nacionalismo burgués y el socialismo pequeño burgués en el gobierno de algunos países suramericanos.


Así, pues, la hegemonía del grupo desprendido del PCP-Unidad en los espacios de frente mencionados arriba, ha sido facilitada por la política de conciliación-abdicación del grupo de Lastra.


Es decir, Lastra reniega la hegemonía del proletariado no solo en la teoría, sino también en la práctica, y, por eso, su “proponer, etcétera”, no pasa de ser una cortina de humo con la que pretende ocultar su recalcitrante frentismo, su oposición a la hegemonía del proletariado, su prosternación ante el reformismo, su abdicación ante posiciones discrepantes peligrosas, su completo abandono del camino propio de la Reconstitución del Partido de Mariátegui.


La lucha teórica activa es la filosofía del proletariado, mientras la política de “dejar hacer, dejar pasar”, es típica filosofía burguesa.


En el terreno del trabajo frenteunionista, unidad y lucha es política marxista, mientras lucha sin unidad es oportunismo de izquierda y unidad sin lucha es oportunismo de derecha.


Este oportunismo de derecha es el sello de las ideas y la práctica de Lastra.


Pues bien, en un artículo de hace algunas semanas, Miguel Aragón escribió: “El frente unido no… es una “correa de trasmisión”.


Es expresiva, pues, la coincidencia entre el derechista Lastra y el liquidador Aragón: con la misma monserga niegan ambos la hegemonía del proletariado en el frente unido: el primero silenciando que esta hegemonía es una cuestión de línea (partido) y consenso (frente); el segundo negando que actualmente sea necesario el partido.


Y, échese el acucioso a buscar quién ha copiado a quién.


4.   Lastra dice:


Este punto nos lleva a deslindar con el estilo sectario en el trabajo político. Pero antes, ¿cómo determinar si una participación es correcta o incorrecta? ¿Es una cuestión meramente principista o es una cuestión de estrategia y táctica política donde los principios se aplican dialécticamente? La experiencia del marxismo-leninismo-maoísmo indica que es lo segundo. Esto en general, por supuesto. Respecto del trabajo político sectario tenemos suficiente experiencia nacional que vano sería redundar en ello. Solo invito a que no se olvide esta experiencia de trabajo político sectario, que generalmente se daba bajo el pretexto de realizar un trabajo político purista, con lo cual la aplicación de la política de frente único quedaba solamente en cliché. Recordemos como Guzmán llamaba durante toda la década del 70 a no participar de los “Paros Nacionales revisionistas” porque eran convocados por el PCP-U revisionista. Recordemos como la izquierda legalista condenaba los “Paros Armados” porque eran convocados por el infantilismo-terrorismo. Veamos como el Magisterio tiene tres sindicatos en uno: SUTEP, CONARE dentro del SUTEP y un nuevo CONARE dentro de CONARE-SUTEP. “Razones ideológicas” no les falta a ninguna de las tendencias que promueven estas divisiones. Nuestra tendencia no puede reproducir estas prácticas erradas del trabajo político. Claro, el seminario que promueve la tendencia derechista-revisionista no tiene el impacto de los ejemplos anotados. Ustedes también tienen sus “razones ideológicas” que los lleva a poner la participación o no en ese seminario como una cuestión de vida o muerte; es decir, cismática. ¿POR QUÉ? Analicen y se verán en una posición que lleva el estilo sectario en el trabajo político. IMAGINENSE ustedes sustentando el punto 5 de su posición sectaria ante el reducido público que asiste a ese seminario: “no voy porque ese seminario es revisionista”. Simplemente quedarían en ridículo. Un seminario es un espacio de debate no vinculante orgánicamente. Así lo entiende cualquier público sensato. Si la tendencia derechista-revisionista cree que con eso va a fundar su partido amalgama ESE ES SU PROBLEMA.  A lo más que puede ser útil usar ese espacio, sería para reafirmar nuestra superioridad ideológica, teórica, política y orgánica, desinflando mucho más de lo que se encuentra ya desinflado el proyecto revisionista. Lo contrario de participar en ese seminario sería boicotearlo. ¿Eso es lo que podrían proponer, acaso? Toda abstención contradice la política revolucionaria del m-l-m” (ibídem).


Como se puede ver, Lastra habla de un “trabajo político sectario” y de un “trabajo político purista”. Como él no es, según cree, ni sectario ni purista, porque “La experiencia del marxismo-leninismo-maoísmo”, doctrina a la que dice estar asimilado, le enseña, según cree también, que los activistas de todas las tendencias de la izquierda peruana tienen que participar en todos los eventos y en todas las acciones de todas las tendencias sin excepción, ha llegado a la absurda conclusión de que “Toda abstención contradice la política revolucionaria del m-l-m”, y, con este absurdo, quiere convencerse a sí mismo de que estuvo bien su participación en el seminario revisionista que tenía como objetivo exclusivo y excluyente liquidar el partido de clase.


El vocablo cismático da cuenta de la separación de alguien de una autoridad reconocida. En consecuencia, es claro que, si Lastra sugiere que los que no asistimos a dicho seminario procedimos como cismáticos, es porque él, asistente inútil (inútil para su propio proyecto), le reconocía al grupo liquidacionista autoridad sobre su persona.  


¡El “marxista-leninista–maoísta” Lastra le reconocía autoridad al grupo que quería y quiere liquidar el partido de clase!


Es necesario recordar, por lo demás, que quien nos acusa de cismáticos en relación al grupo liquidacionista, en 2011 marginó al CRJCM causando así un cisma en la tendencia, y, en el trabajo frenteunionista que era Ediciones Creación Heroica, causó otro cisma en 2013 al censurar el libro El partido de masas y de ideas de José Carlos Mariátegui.


Más todavía, por cuanto Lastra calificó de boicoteadores a quienes no asistimos al seminario revisionista, diciendo que “Lo contrario de participar en ese seminario sería boicotearlo”, hay que recordar también que en 2010 boicoteó la publicación de la revista digital CREACIÓN HEROICA.


¡El bo¡coteador de una revista que entonces él mismo consideraba de su tendencia, se pasó alrededor de una década poniéndole el hombro al proyecto de liquidar el partido de clase!


Finalmente, es necesario recordar también que nuestro personaje no asistió al quinto seminario del grupo liquidacionista, y, así, según su propia lógica, se reveló ¡como un cismático, como un boicoteador!


El CRJCM tiene poderosas razones ideológicas que le han permitido mantener su independencia en todo orden de cosas respecto al grupo liquidacionista. Por eso jamás le ha reconocido a este grupo ninguna autoridad, y, por eso, mal puede Lastra calificarnos de cismáticos.


Como se sabe, cuando la mayoría del Grupo de Propaganda y Organización Socialistas pretendió convertirse en partido, Mariátegui no sólo que planteó una justa crítica, sino que además se apartó, y, no apuntaló con su presencia ninguna reunión con dicha pretensión.


Cuando Haya de la Torre intentó convertir en partido al frente llamado Apra, Mariátegui deslindó posiciones con el intento de manera resuelta y definida, y, no apuntaló con su presencia ninguna reunión de los hayistas.


¡Qué sectario había sido Mariátegui! ¡Qué cismático! ¡Qué boicoteador!


Pues bien, ¿por qué el “mariateguista” Lastra, después de que el grupo liquidacionista pretendió convertir en partido el frente mal llamado “Comité 80”, participó en el cuarto seminario revisionista que tenía exactamente el mismo propósito de liquidar el partido de clase?


Porque, según dice, “Un seminario es un espacio de debate no vinculante orgánicamente”. Un espacio de debate, pues, pero, ocurre que Lastra no debatió, es decir, no criticó precisamente lo que hubiera tenido que criticar: la intención del seminario de liquidar el partido de clase. Por lo tanto, al no hacer esto, su participación resulta incomprensible. Por eso, durante las primeras sesiones del seminario, su persona apenas apareció como un aderezo funcional al objetivo liquidacionista.


De esa forma puso en evidencia su incomprensión del antagonismo entre marxismo y liquidacionismo, su debilidad de espíritu ante el proyecto de liquidar el partido de clase, su irresistible propensión a ponerles buena cara a los oportunistas.


En fin, si, por una parte, su demagógico discurso le sirve para hacer creer que no es sectario ni cismático ni boicoteador, y que, por el contrario, es muy amistoso, condescendiente y unitario, por otra parte, su práctica lo desenmascara más bien como un ecléctico, un conciliador, un mero frentista y, al mismo tiempo, como un sectario, un cismático, un boicoteador con respecto a la tendencia de la cual se reclama.

5.  Lastra dice: “Reconocerse ser parte de una tendencia, grupo, partido o secta no es que sea negativo por el solo hecho del significado de esas palabras. Lo valorativo está en la praxis política del integrante y de su colectividad, que puede ser positiva o negativa. Por ejemplo, no es MALO ser “marxista”, “marxista-leninista”, “marxista-leninista-maoísta”; tampoco lo es ser “guevarista”, “mariateguista”, “trotskista”, “fidelista”, etc. Lo positivo y negativo de cada colectividad se verá en su praxis política. Los antecedentes son solo una referencia a tener en cuenta. Con toda la importancia y consecuencias que esos antecedentes puedan significar, lo decisivo es el comportamiento actual y las perspectivas de esas tendencias, grupos, partidos y sectas políticas” (artículo fechado el 10 de octubre de 2011 y publicado en el blog Camino Socialista dos días después).

Lastra dice, pues, que la filiación doctrinal de las diversas tendencias no es algo negativo. Por eso precisa que no es malo ser, por ejemplo, “marxista”, “trotskista” o cualquier otra cosa.

Es claro que, con el término “marxista”, Lastra se refiere, concretamente, al grupo liquidacionista de derecha que, como bien se sabe, se autoproclama “marxista”, así a secas.

Así, pues, resulta que, según su óptica, ser liquidador no es nada negativo, pues “Lo valorativo [del liquidacionismo] está en [su] praxis política”.


Pero ocurre que “la praxis política” del liquidacionismo es, precisamente, liquidar el partido de clase, y esto, obviamente, es algo profundamente negativo, decididamente antiproletario y completamente contrarrevolucionario.


Sin embargo, Lastra, con su “no es que sea negativo”, pretende silenciar dicha realidad.


En Aniversario y balance, Mariátegui señaló que las “designaciones” de las diversas tendencias “distinguen prácticas y métodos”. Distinguen prácticas, es decir, Mariátegui sabía perfectamente que cada tendencia tiene prácticas diferentes, derivadas, obviamente, de sus distintas filiaciones doctrinales.


Pero, en el colmo de la inepcia, Lastra cree que la filiación doctrinal de las diversas tendencias es cosa del pasado (sus “antecedentes”, dice), y que, por eso, tienen la misma práctica política (“lo decisivo es el comportamiento actual”), y, así, sin ningún escrúpulo, ha levantado la falacia con la que pretende justificar su política de paz con las desviaciones del marxismo.


Así, pues, desde el ángulo de esa política de paz, resulta incomprensible la lucha de Mariátegui contra todas las expresiones ideológicas, políticas y orgánicas no proletarias, y, en general, la lucha más que centenaria de los marxistas de todo el mundo contra todas las desviaciones de izquierda y de derecha.  


Lastra ha puesto, pues, al desnudo su absoluta incomprensión de la relación entre filiación doctrinal y práctica política, y, así, ha puesto en evidencia que ha renegado el aserto mariateguiano de que las diversas tendencias tienen diferentes prácticas y métodos.


En conclusión, es Lastra –y no sus amigos oportunistas– quien ha dejado en el pasado su filiación (“marxismo-leninismo-maoísmo” y mariateguismo), y es así como puede entenderse su eclecticismo y su conciliacionismo con toda forma de oportunismo y revisionismo (incluido el liquidacionismo, forma específica y extrema de revisionismo).


6. Lastra dice: “Yo jamás trataré de forma infraterna a nadie con el que polemice. O sea, polemizaré desde los afectos, más aún, si son compañeros con los cuales compartimos espacios de trabajo común, pero que divergimos en otras cuestiones. Tanto más será mi afecto si compartimos la adhesión a la misma doctrina y construimos un proyecto común” (carta al CRJCM del 31.10.12).


Como se ve, Lastra confiesa, sin avergonzarse, que comparte la misma doctrina con oportunistas y liquidacionistas (“Tanto más será mi afecto si compartimos la adhesión a la misma doctrina”).


Así, pues, por arte de birlibirloque, Lastra convierte en “marxista-leninista-maoístas” a los activistas de tales tendencias. O al revés: se convierte, él, en “marxista”, “marxista-leninista”, “guevarista”, “trotskista”, “fidelista”, todo en uno.


Como se ha podido ver, la afirmación que comento data de octubre de 2012, y esto permite decir que, a pesar de sus reclamos favorables al partido de clase, Lastra participó del cuarto seminario liquidacionista porque suponía que, hombro con hombro con los liquidadores, estaba construyendo “un proyecto común”.


De Marx a Mao y de Mariátegui a sus actuales continuadores, los marxistas no polemizamos “desde los afectos”, SINO PRECISAMENTE DESDE EL MARXISMO.


Con su polemizar “desde los afectos”, Lastra antepone lo sentimental a lo doctrinal, o sea, al marxismo le antepone sus afectos por los oportunistas, con quienes, como se ha visto, se siente en unidad doctrinal y comprometido en un proyecto común.


Pero, como en otros casos, ahora también es necesario comparar su discurso con su práctica.


En relación a los oportunistas, Lastra se muestra muy afectuoso, aunque, en puridad de verdad, lo que hace es nada más que mostrarse muy adulador, muy mimoso, muy lagotero.


Lagotero es el que hace zalamerías para congraciarse con alguien o lograr algo. A Lastra le gusta congraciarse con todo tipo de oportunista a fin de lograr aparecer como “unitario”, como “el hombre del frente unido”.


Veamos ahora la otra cara de su impostura. En su última explosión contra el suscrito, Lastra se gastó estas afectuosas expresiones: “egotista”, “jactancioso”, “obtuso”, “¡Puf!”, “cháchara jactanciosa”, etcétera.


Esta es su polémica “desde los afectos”. Este es su “jamás trataré de forma infraterna a nadie con el que polemice”. Este es su “Tanto más será mi afecto si compartimos la adhesión a la misma doctrina”.


Así, pues, su polemizar “desde los afectos” no pasa de ser, por un lado, una frasecilla con la que pretende justificar su actitud lagotera respecto a los oportunistas, y que, por otro lado, no le alcanza para ocultar su actitud insultante con respecto al suscrito.

05.12.2014.

 

La Reconstitución y la Política Concreta III 

E. I. 

La Reconstitución es un proceso de construcción ideológica, teórica, política y orgánica del partido conforme al modelo de partido legado por José Carlos Mariátegui, a efecto de que cumpla su papel de dirigir la revolución.

En los “Principios programáticos del Partido Socialista”, Mariátegui dejó sentado:


El marxismo-leninismo es el método revolucionario de la etapa del imperialismo y de los monopolios. El Partido Socialista del Perú, lo adopta como su método de lucha. (Ideología y política, p. 160).

Por eso, en la reunión del CC del 4 de marzo de 1930, se aprobó una moción donde aparece esta afirmación incuestionable:


El P.S. es un partido de clase, y por consiguiente, repudia toda tendencia que signifique fusión con las fuerzas u organismos políticos de las otras clases. Condena como oportunista toda política que plantee la renuncia momentánea del proletariado a su independencia de programa y de acción, que en todo momento debe entenderse íntegramente. (Martínez de la Torre, Apuntes para una interpretación marxista de historia social del Perú, t. II, p. 487).

Como se ve, el PSP fue un partido de clase, pues estuvo adherido al marxismo-leninismo.

Marxista-leninista consecuente, Mariátegui desarrolló en el trabajo de masas una intensa y extensa crítica de todas las concepciones ideológicas, políticas y orgánicas no proletarias que circulaban en su tiempo y, de ese modo, pudo alcanzar la hegemonía en el frente unido.

Sin una base ideológica común el partido apenas sería una unidad mecánica. Por eso, su unidad orgánica tiene que ser la materialización de su unidad ideológica. Solo así puede tener unidad de pensamiento y acción. Esta es una necesidad absoluta de la Reconstitución.

El trabajo del partido entre las masas, tanto de arriba como de abajo, tiene como guía ideológica el marxismo-leninismo y como base teórica el pensamiento de Mariátegui. Solo así puede alcanzarse la necesaria unidad de pensamiento y acción del binomio partido-masas. Esta unidad es una necesidad absoluta de la Reconstitución.

Pues bien, hoy como ayer, es necesario desarrollar en el trabajo de masas una crítica intensa y extensa de todas las concepciones ideológicas, políticas y orgánicas no proletarias. De otro modo no se puede construir un partido proletario arraigado en las masas, es decir, no puede alcanzarse la hegemonía en el frente unido, o sea, no puede haber Reconstitución.

En el plano ideológico, hay que llevar adelante la lucha contra el dogmatismo y el revisionismo, principalmente contra el revisionismo.(1)

El partido necesita desarrollar un trabajo intelectual con plan y equipo propios; necesita medios de propaganda y de agitación propios; necesita realizar un trabajo de masas propio; etcétera.

En todos los planos, el partido requiere un camino propio en su construcción. Sin este camino propio, no hay ni puede haber Reconstitución.

Por lo tanto, sin una dirección firme en lo ideológico, solvente en lo teórico, audaz en lo político y potente en lo orgánico, no es posible la Reconstitución.

Pues bien, ocurre, sin embargo, que Jaime Lastra, atrapado en una concepción frentista, se pasó alrededor de ocho años haciendo de furgón de cola del plan partidario del grupo revisionista que encabeza Ramón García. Tercamente, se negó durante años a seguir el consejo de darle una organicidad a la tendencia.

Cuando finalmente en 2010 cedió ante la presión, visitó esta ciudad y tomamos algunos acuerdos que pisoteó tan pronto regresó a Lima. Desde entonces actuó un proyecto ajeno a los acuerdos y extraño a la Reconstitución, como veremos en seguida.

Durante su breve estadía en esta ciudad en el indicado año, se opuso a la aparición de la revista digital CREACIÓN HEROICA con el pretexto de que publicara nuestra producción literaria en un blog del grupo revisionista a fin “de no dispersar el trabajo de propaganda”.

De ese modo expresó su concepción pobremente frentista, precisamente con respecto al revisionismo, peligro principal en la construcción del partido y en el trabajo de masas, no obstante que tiene en sus narices la aserción de Mariátegui según la cual el frente no es una amalgama ideológica. Obviamente, cualquier marxista puede percatarse de que con esa concepción de Lastra no hay ni puede haber Reconstitución.

En 2012 Lastra y Mauricio Domínguez participaron en un seminario organizado por el grupo revisionista que tenía por objetivo exclusivo y excluyente la fundación de un partido doctrinariamente heterogéneo, es decir, que pretendía liquidar el partido de clase.

Así, pues, en lugar de desenmascarar el siniestro designio liquidacionista y denunciarlo ante el Socialismo Peruano, ambos se prestaron a ponerle el hombro al evento.

Como no podía ser de otro modo, uno y otro fueron criticados con toda justicia y con toda justeza en el artículo Algo más que una respuesta a Miguel Aragón.

A propósito, no conocemos ninguna autocrítica de Domínguez, pero tampoco ningún intento de justificarse; el silencio ha sido hasta hoy su reacción ante nuestra crítica.


Pero Lastra, en lugar de autocriticarse, en una carta al COMITÉ DE RECONSTITUCIÓN JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI (CRJCM) del 31.10.12, intentó, más o menos indirectamente, justificar su oportunismo aduciendo que lo que pasa es que no es sectario, y aprovechó la oportunidad para acusarnos de sectarios.(2)


Pues bien, explicando el frente unido sindical de la clase obrera, Mariátegui señaló:


Formar un frente único es tener una actitud solidaria ante un problema concreto, ante una necesidad urgente. (Ideología y política, p. 109).


Obviamente, este juicio puede hacerse extensivo a otros planos de la lucha de clases, como al plano político por ejemplo y, por lo tanto, puede decirse que en todos los casos tanto el sectarismo como el no sectarismo son cuestiones que pueden ser identificados únicamente en relación a la solidaridad o no solidaridad con respecto a un problema concreto, a una necesidad urgente, o, para decirlo de otro modo, en relación a si hay o no una determinada comunidad de objetivo que obligue o no a una acción común.


En el plano metodológico, esa constatación exige analizar concretamente tanto el sectarismo como el no sectarismo, y no a referirse abstractamente a ambas cuestiones, como hace Lastra.


Por lo tanto, en la medida en que los miembros del CRJCM no somos solidarios con el objetivo de liquidar el partido de clase, no teníamos por qué participar del seminario liquidacionista y, por esto, mal se nos puede acusar de sectarios.


Ahora bien, ¿en qué pudo consistir la solidaridad de Lastra y Domínguez con el grupo revisionista que había organizado el seminario con el exclusivo y excluyente objetivo de liquidar el partido de clase? Es en torno a este objetivo, y no a ninguna otra cosa, que puede detectarse el sectarismo o no sectarismo de cualquier activista o tendencia. Cualquier otro argumento que prescinda del objetivo del evento, es pura fraseología.


Por eso, no se entiende en absoluto que personas partidarias, al menos de la boca para afuera, del partido de clase, le hayan puesto el hombro a un evento que tenía por objetivo liquidar el partido de clase.


Así, pues, las razones de esa bochornosa participación hay que buscarlas en otro lugar: en el frentismo a ultranza de Lastra y Domínguez, en sus debilidades personales y, en el caso específico del primero, en su conocida actitud conciliadora y aduladora con respecto a oportunistas y revisionistas. Pero, desde luego, cualquier marxista puede darse cuenta de que ninguna de estas “razones” es marxismo.


Ahora bien, en la medida en que Lastra aduce no ser sectario, habría que preguntar: ¿por qué, entonces, se retiró finalmente de las sesiones del evento? ¿Por qué, posteriormente, no participó del quinto seminario del grupo liquidacionista? ¿Por qué en esta oportunidad no aplicó “dialécticamente” los principios? ¿Se olvidó de las enseñanzas de la nociva “experiencia de trabajo político sectario”? ¿No cayó entonces en “un trabajo político purista”? ¿No quedó así su “política de frente único” “solamente en cliché”? ¿No fue su abstención una de esas “prácticas erradas del trabajo político”? ¿No fue su inasistencia expresión del “estilo sectario en el trabajo político”? ¿No era que “Un seminario es un espacio de debate no vinculante orgánicamente”? ¿Su abstención no fue como pararse y decir “no voy porque ese seminario es revisionista”? ¿No es así como tiene que entenderlo “cualquier público sensato”? ¿Así no quedó Lastra “en ridículo”?


No cabe duda: el no sectario terminó enredado en la gruesa telaraña de su propia cháchara fanfarrona.


Es necesario desenmascarar el sentido de la siguiente afirmación que aparece en la carta de Lastra:


Lo contrario de participar en ese seminario sería boicotearlo. ¿Eso es lo que podrían proponer, acaso? Toda abstención contradice la política revolucionaria del m-l-m”.


Lastra se refiere al quinto seminario del revisionismo peruano. Como se ve, primero sostiene que no participar en tal evento, sería boicotearlo. ¡Qué horror! ¡Cómo puede alguien atreverse a “boicotear” un seminario que tiene como objetivo liquidar el partido de clase! Después, dice que toda abstención contradice, etcétera, es decir que, según él, la política revolucionaria del “marxismo-leninismo-maoísmo” ¡exige ponerle el hombro a un seminario que tiene como objetivo exclusivo y excluyente la liquidación del partido de clase! Finalmente, contra su cacareada “política de frente único”, terminó él mismo absteniéndose de participar en el mencionado seminario.(3) ¡Entiéndalo quien pueda!


Si desde hace una década o más Lastra actúa un frentismo a ultranza con el grupo revisionista, ahora lo practica también con otras tendencias: en el segundo número de la revista Pizarra Socialista, que dirige, ha publicitado ampliamente el “socialismo bolivariano” y la “revolución ciudadana”.


El CRJCM apoya la política de todos los gobiernos que de alguna forma y en alguna medida se opongan al imperialismo en algunos aspectos, pero no compartimos la publicitada teoría del “socialismo del siglo XXI” (Heinz Dieterich Steffan), así como tampoco el discurso nacionalista burgués de la “revolución ciudadana”.


Más allá de toda fraseología, el “socialismo del siglo XXI” es socialismo pequeño burgués que vende la vieja tesis revisionista de la transición pacífica y que concibe el socialismo como una cuestión de distribución “equitativa” de la riqueza y no como la liquidación de la propiedad privada de la gran burguesía y la socialización de sus medios de producción. Por eso, después de casi quince años de chavismo, la contradicción fundamental en la sociedad venezolana continúa siendo entre el capital y el trabajo, es decir, continúa allí extensamente la explotación de la fuerza de trabajo de las clases populares, o sea, Venezuela sigue siendo un país capitalista.


Por otro lado, el nacionalismo burgués de la “revolución ciudadana” no ha cambiado ni puede cambiar absolutamente el carácter capitalista de Ecuador.(4)


En relación al “socialismo del siglo XXI”, la “revolución ciudadana” y otras experiencias semejantes, no olvidamos nosotros esta luminosa enseñanza de Mariátegui:


Sin prescindir del empleo de ningún elemento de agitación anti-imperialista, ni de ningún medio de movilización de los sectores sociales que eventualmente pueden concurrir a esta lucha, nuestra misión es explicar y demostrar a las masas que sólo la revolución socialista opondrá al avance del imperialismo una valla definitiva y verdadera. (Ob. cit., p. 91).


¿Dónde están, en las páginas de Pizarra Socialista, la necesaria explicación y la necesaria demostración de que solo la revolución socialista inspirada en el marxismo-leninismo, y no el socialismo pequeño burgués ni el nacionalismo burgués, pueden oponer al imperialismo una valla verdadera? ¿Dónde está la crítica a las concepciones ideológicas no proletarias del “socialismo bolivariano” y de la “revolución ciudadana”? ¿Dónde está este deslinde necesario?


En ninguna parte. Por eso está por verse a qué tipo de socialismo se refiere el título de la revista.


Mariátegui señaló:


El frente único no anula la personalidad, no anula la filiación de ninguno de los que lo componen. No significa la confusión ni la amalgama de todas las doctrinas en una doctrina única. (Ob. cit., p. 108).


Como lo sabe cualquier marxista (y tal vez sobre todo cualquier “maoísta”, pues Mao es uno de los grandes teóricos del frente unido), todo trabajo frentista supone unidad y lucha, solidaridad y crítica.


Pero, como hemos visto, en Pizarra Socialista se publicita el socialismo pequeño burgués y el nacionalismo burgués sin que sean confutados absolutamente, y esto prueba que no es una revista de frente unido sino una revista-amalgama, en la que, visiblemente, sacan partido concepciones no proletarias. Esta amalgama no sirve en absoluto a la Reconstitución.


En lugar de llevar adelante una resuelta lucha contra el revisionismo, Lastra concilia vergonzosamente con este peligro principal de la Reconstitución.


En lugar de llevar adelante una amplia crítica a todas las concepciones ideológicas, políticas y orgánicas no proletarias, Lastra hace un venenoso revuelto de todas ellas más su falso marxismo-leninismo-maoísmo.


Por eso, puede decirse, como conclusión, que tanto su conciliacionismo con respecto al grupo liquidacionista como su cocinado con el “socialismo bolivariano” y la “revolución ciudadana”, son expresiones de la ideología realmente existente en su cabeza.

 

Notas

[1] Tanto en la construcción del partido como en el trabajo entre las masas, el peligro principal es el revisionismo. Esto es indiscutible.

[2] La aludida carta respondía a una mía del 16.10.12, en la que le alcancé algunas críticas a varios aspectos de su práctica. La acusación que me hace de sectario es una repetición ciega de la acusación que me hizo Miguel Aragón a raíz de mi crítica a Lastra y Domínguez, y que fuera rápidamente desmontada en el artículo Algo más que una respuesta a Miguel Aragón. En el presente artículo no analizaré todos los métodos criollos que Lastra toma prestados de Manuel Velásquez (ver Acerca de la demagogia de una carta abierta).

[3] No sólo contra su “política de frente único”, sino también contra su “m-l-m”, pues, según se ha visto, dice que “toda abstención contradice la política revolucionaria del m-l-m”. ¡Este es el m-l-m monstruosamente adulterado por Lastra! ¡Este es el m-l-m que trata de imponer a su grupo! ¡Este es el m-l-m que utiliza para encubrir su desviación de derecha!

[4] En pleno genocidio de Israel contra el pueblo de la Franja de Gaza, en una entrevista Correa se desbordó en elogios a los judíos y a Israel, con lo cual puso en evidencia por quién late realmente su corazón.

11.02.2015.

 

 

La Reconstitución y el Trabajo Orgánico 

E. I. 

I

El proceso de Constitución del PSP dio cuenta de dos estilos en el trabajo orgánico del Grupo Organizador del PSP: el de José Carlos Mariátegui, y el de otros militantes como Julio Portocarrero, Hugo Pesce, etcétera.

Para introducirnos al tema, es necesario reseñar algunos hechos correspondientes al debate entre José Carlos Mariátegui y Haya de la Torre, pues entonces se expresaron tanto el correcto estilo de trabajo orgánico del primero como los métodos criollos del segundo.

Como se sabe, en enero de 1928, Haya intentó convertir al Apra en el Partido Nacionalista Libertador del Perú. Entonces Mariátegui señaló:


Por mi parte, siento el deber urgente de declarar que no adheriré de ningún modo a este partido nacionalista peruano que, a mi juicio, nace tan descalificado para asumir la obra histórica en cuya preparación hasta ayer hemos coincidido. Creo que nuestro movimiento no debe cifrar su éxito en engaños ni señuelos. La verdad es su fuerza, su única fuerza, su mejor fuerza. No creo con Uds. que para triunfar haya que valerse de “todos los medios criollos”. La táctica, la praxis, en sí mismas son algo más que forma y sistema. Los medios, aun cuando se trata de movimientos bien adoctrinados, acaban por substituir a los fines. (Martínez, Apuntes para una interpretación marxista de historia social del Perú, t. II, p. 297).

Martínez comentó años después:


La transformación del Apra de “alianza” en “partido”, encontró en Mariátegui y los que lo acompañaban, una desaprobación sincera y explícita. Cerraba toda posibilidad de colaboración. Con una “alianza” era posible entenderse. Con un “partido”, no. (Ob, cit., p. 295).

Y agregó:


Hasta entonces, Mariátegui había tenido una actitud de espera. Deseaba que la actividad de Haya de la Torre se aclarara, se definiese. La algazara hecha en el extranjero en torno al Partido Nacionalista Peruano, que se hacía aparecer, como hemos visto, como organizado en el Perú, decidió a Mariátegui a encarar una situación falsa y llena de peligros. (Ob. cit., p. 296).

Con fecha 10 de julio de 1928, el maestro envió a los diversos grupos que formaban el Apra una carta colectiva en la que se lee:


2º-Los elementos de izquierda que en el Perú concurrimos a su formación [del Apra], constituimos de hecho –y organizaremos formalmente– un grupo o Partido Socialista, de filiación y orientación definidas… (ob. cit, p. 301).

Martínez señaló posteriormente:


Mientras el grupo de compañeros que trabajábamos silenciosamente al lado de Mariátegui, analizaba objetivamente la situación, sin apasionamiento personal, sin vanidades egotistas (…) Haya de la Torre no podía aceptar la discusión en el plano en que la situaba el grupo de Lima. Sabía que no podría defenderla. Esta fue desviada a otro terreno. Apeló al gastado método de acusar al grupo de Lima de obedecer órdenes de Moscú, que le atacaba en vista de no hacerse comunista. Que Mariátegui le tenía envidia. Que Martínez de la Torre traía contra él, en el terreno político, resentimientos de familia. Lo que era un debate sobre teoría, táctica y estrategia, como lo demuestran los documentos reproducidos, se desviaba al campo personal. (Ob. cit., pp. 298-302).

Puestos ante el debate los diversos grupos, uno vacilaba y otro asumía posiciones oportunistas, pero la “célula de París” se situó en el terreno del debate de ideas y tomó una posición definida y resuelta por el proyecto de Mariátegui:


La célula de París, por ejemplo, ha tomado, en general, una posición marxista. La de Buenos Aires nos presenta desviaciones de derecha (…) La de México se ha caracterizado por una oscilación permanente, repetidas veces oportunista y demagógica. (Ob. cit., p. 326).

En 1948 Martínez dejó señalado que, después del debate con Haya,


Mariátegui [llegó] a la conclusión de que todo acuerdo era imposible, procediendo, en consecuencia, a realizar los trabajos preparatorios para la fundación del partido de clase proletario… Discutió este proyecto con los camaradas más allegados a él. (Ob. cit., p. 396).

Así, los elementos de izquierda, aludidos por Mariátegui en la carta colectiva, se reunieron finalmente en La Herradura el 16 setiembre de 1928 y en Barranco el 7 de octubre del mismo año y, de este modo, quedó fundado el PSP.

La Reunión de La Herradura fue una reunión preparatoria de la fundación clandestina del PSP. En esta Reunión, Martínez “presentó” los “puntos de vista” de José Carlos Mariátegui (ver ob. cit., p. 397), que se expresaron en los Acuerdos de la Reunión de La Herradura y, luego, en los Acuerdos de la Reunión de Barranco. Esto quiere decir que, en “la célula inicial del Partido”, se actuaba entonces con probidad.

La principal lección del debate entre Mariátegui y Haya es que el primero centró los términos del debate y, de esta forma, contribuyó al esclarecimiento de los activistas, mientras el segundo desvió el debate a un terreno extraño a las ideas en conflicto y de este modo intentó meter confusión. 

II 

En mayo de 1929, antes de salir las delegaciones al Congreso Constituyente de la Confederación Sindical Latino Americana y a la Primera Conferencia Comunista Latinoamericana,


… se verificó una reunión de las mismas con Mariátegui y Martínez de la Torre, en las que se estudió detenidamente la situación del país y los puntos de vista del Comité Organizador del Partido Socialista. (Ob. cit., p. 402).

Pero, como se sabe, en la Primera Conferencia Comunista Latinoamericana, Julio Portocarrero y Hugo Pesce tergiversaron “los puntos de vista del Comité Organizador del Partido Socialista”, es decir, el proyecto de Mariátegui de un partido de masas marxista-leninista.

Así, mientras en los “Principios programáticos del Partido Socialista” Mariátegui señaló que


El marxismo-leninismo es el método revolucionario de la etapa del imperialismo y de los monopolios. El Partido Socialista del Perú, lo adopta como su método de lucha (ob. cit., p. 399),

Julio Portocarrero, con la complicidad de Pesce, decía en la mencionada Conferencia:


El partido socialista se basa en nuestro Grupo, el cual es enteramente afín con la ideología de la Internacional Comunista (ibídem, p. 423). Y también: “¿El Partido Socialista es la expresión de nuestro pensamiento, de nuestra línea? El partido socialista lo hemos constituido como táctica, como medida de ligazón con las masas. No venimos a decir que el partido socialista es la expresión profunda de los que luchamos por los intereses del proletariado” (ibídem, p. 422).

Peor todavía: los “Principios programáticos”, escritos y acordados por Mariátegui en octubre de 1928, fueron suplantados por la delegación peruana por el programa preparado por Ravines a nombre de la “célula de París” (ver ibídem, p. 484).

Estos hechos demuestran que, en el trabajo orgánico del PSP, Portocarrero y Pesce y, no mucho después, otros militantes también, empezaron a recurrir a métodos criollos.

Así, pues, la principal lección, por ejemplo negativo, de la participación de Portocarrero y Pesce en la Primera Conferencia Comunista Latinoamericana, es su deslealtad con respecto a los acuerdos del Comité Organizador del Partido Socialista. 

III 

Como hemos visto, cuando Haya pretendió convertir al Apra en partido, Mariátegui desarrolló una consecuente crítica al intento oportunista, y de este modo esclareció los términos del debate permitiendo la toma de posición de los diversos grupos que formaban el APRA: entonces los hayistas quedaron tan aislados que cabían en un sofá.

Ahora bien, cuando el grupo que encabeza Ramón García intentó convertir en partido el frente mal llamado “Comité 80”, el Comité de Reconstitución José Carlos Mariátegui (CRJCM) desarrolló una consecuente crítica al intento liquidacionista, y de esta forma esclareció los términos del debate: entonces empezaron a madurar las condiciones que finalmente llevaron al grupo de García al aislamiento.(1)

Pero, mientras el CRJCM luchaba contra la forma extrema de revisionismo como es el liquidacionismo, desenmascarando su negación del marxismo-leninismo; su tergiversación de la historia del Socialismo Peruano; su falsificación de la identidad ideológica de José Carlos Mariátegui, de su Creación Heroica, del Partido Socialista del Perú; su reformista “camino municipal al socialismo”; su negación del partido de clase y su falsificación del concepto mariateguiano de un partido de masas y de ideas; su egotismo burgués y su servilismo; sus métodos criollos y su doble moral; Lastra participaba alegremente en los eventos del grupo liquidacionista que tenían como propósito destruir el partido de clase; copiaba muchas de sus posiciones; pretendía diluir el trabajo de nuestra tendencia en un falso trabajo frenteunionista; no se pronunciaba contra el egotismo burgués, el servilismo y la doble moral que caracterizan a los liquidadores, y, finalmente, no desenmascaraba sus métodos criollos, llegando incluso a justificar algunos de ellos y aun a utilizar otros.

Pero, además, pisoteaba los acuerdos tomados para dar curso a la organización de la tendencia; ocultaba documentación (las cartas que ahora publicamos completas y otros escritos); eludía y sofocaba el debate de ideas; se negaba, sin contestar siquiera a la invitación, a colaborar con la revista digital CREACIÓN HEROICA; etcétera.        

Criticado, entonces, con toda razón, recurrió a los más burdos métodos criollos. Entre ellos hay uno que, como verá el lector en las cartas adjuntas, lo pinta de cuerpo entero como un elemento inescrupuloso: tituló como “Propuesta unitaria de Jaime y Eduardo” o como “Documento unitario de los 10 puntos”, un documento no consensuado en absoluto, es decir, un documento de su exclusiva y excluyente autoría, y, de esta forma, engañó y manipuló a los miembros del grupo en curso de organizarse.

Mariátegui señaló que Lenin ganó su autoridad por la superioridad de su pensamiento; Lastra, en cambio, como se ha podido ver, ganó su condición de cabeza del grupo por la utilización de métodos criollos: la mentira, el engaño, la imposición, la manipulación, la marginación del CRJCM.

Pero, además, aventureramente planteó que “entre abril-junio 2011 debe realizarse una Conferencia Nacional que selle la unidad alcanzada bajo lineamientos básicos” (sic) y que “el mes de octubre de 2011 deberá ser la fecha propicia para el V Congreso” (sic) (carta al suscrito del 02.11.10).(2)

¿Comprende el lector? Ciertamente el “humilde” Lastra acariciaba la ambición de ser el Secretario General (o tal vez el Presidente) del Partido. ¡Jaime Lastra jefe del Partido de Mariátegui Reconstituido!

Pues bien, la desesperación de Lastra por realizar eventos para los cuales no reúne, aun ahora, ni de lejos las condiciones teóricas necesarias, expresa su absoluta incomprensión de lo que es la Reconstitución.

Como es su costumbre, ante mi crítica nuestro personaje desvió el debate al diversivo terreno de la fraseología: “¡Qué bien conocer tus puntos de vista!”; “es bueno saber de las opiniones tuyas” “¿Jugamos al gran bonetón?”; “¿Qué guardo silencio?”; “¿Qué no contesto?”; “en mi bandeja solo tengo dos correos tuyos fechados el 28 de setiembre y el 10 de octubre del 2010”; “mi actitud de trabajar la propuesta colectivamente”; “nadie impone a nadie”; “no hay que confundir presunciones con realidades”.

Esta fue toda su respuesta al contenido de mis cartas, que, como también verá el lector, comprendía el esclarecimiento de hechos puntuales, indesmentibles, pero que Lastra pretende escamotear con una notoria charlatanería.

Es decir, nuestro personaje hizo a un lado el estilo de debate y el estilo de trabajo orgánico de Mariátegui, y, así, exactamente como Haya, desvió el debate, y, exactamente como Portocarrero y Pesce, procedió con deslealtad respecto a los acuerdos tomados.

La principal lección de esta práctica es que ningún colectivo marxista puede depositar su confianza en un elemento arbitrario, inescrupuloso, autoritario en las propias filas y, en un marco más amplio, conciliador con respecto al oportunismo.

Pero reseñemos algunos hechos más a fin de que el lector perciba con mayor profundidad la conducta ramplona y la rabiosa oposición al CRJCM de nuestro personaje.

1. En el colmo del servicio a los oportunistas, el aludido llegó a decir en un artículo –los activistas de su grupo deben recordarlo perfectamente– que siendo las ideas lo más importante, se inhibía de mencionar a los autores de los planteamientos que estaba criticando, excusándolos así de la responsabilidad de introducir ideas nocivas al seno del pueblo. Para no extenderme sobre el punto, invito cordialmente al lector a leer el adjuntado fragmento del artículo La impotencia del grupo revisionista.

2. Pasando por encima de su grupo, participó por decisión personal en el cuarto seminario del revisionismo peruano, lo cual, además de significar una conculcación del centralismo democrático, ilustra una práctica que tiene como fondo la necedad de que el frente dirige al partido (3).


3. Retórico como es, en carta al CRJCM del 31.10.12 (carta con plétora de criollos recursos polémicos y, por eso mismo, fácilmente desmontable), dio este singular ejemplo de su conocida actitud demagógica: “A lo más que puede ser útil usar ese espacio [el quinto seminario del revisionismo peruano], sería para reafirmar nuestra superioridad ideológica, teórica, política y orgánica, desinflando mucho más de lo que se encuentra ya desinflado el proyecto revisionista”.


¡”Reafirmar nuestra superioridad”! ¡“Desinflando mucho más de lo que se encuentra ya desinflado el proyecto revisionista”! Pero ¿cuál es la realidad de las cosas? Veamos esto.


No existe ni puede existir ninguna superioridad ideológica del oportunismo de derecha que representa Lastra sobre el liquidacionismo de derecha que representa Ramón García.


Puesto que nuestro personaje ha llegado incluso a la desvergüenza de copiar un montón de posiciones del grupo liquidacionista, tampoco no existe ni puede existir ninguna superioridad teórica suya con respecto al mismo.


Al mostrarse ecléctico, conciliador y promotor del frentismo más burdo, igualmente no existe ni puede existir ninguna superioridad política suya sobre el grupo de García, que, con su administración municipal de la economía capitalista, promueve el reformismo.


¿Superioridad orgánica? Pero si, como lo sabe todo el que quiere saberlo, Lastra ha empobrecido a su grupo imponiéndole una línea oportunista de derecha, y esto tampoco comporta ni puede comportar ninguna superioridad sobre el grupo de García, empobrecido también por su liquidacionismo de derecha.


Finalmente: ¿la participación de Lastra en los eventos liquidacionistas, significó, por casualidad, así sea en mínima medida, que se desinflara el proyecto de un partido-amalgama que se procesaba en dichos eventos?


Es un hecho que la mencionada participación no contribuyó en absoluto a desinflar el aludido proyecto, sencillamente porque nuestro personaje nunca fue capaz de desarrollar una solvente crítica al mismo en los planos ideológico, teórico, político y orgánico, limitándose, por el contrario, a asumir posiciones eclécticas, conciliadoras, encubridoras, blandengues con respecto al liquidacionismo.(4)

No obstante no haber realizado ninguna crítica de conjunto del liquidacionismo y, por el contrario, haberse colgado de muchas de sus posiciones, en un artículo fechado el 10.10.2011 y publicado en el blog Camino Socialista, Lastra, todo embaucador, afirmó: “Debemos deslindar los campos de manera resuelta y definida sí, naturalmente, por supuesto”.

Pero, naturalmente, por supuesto, la sumaria reseña hecha en el presente apartado basta para ver en qué consistió su deslinde resuelto y definido con relación al grupo liquidacionista.

Por lo tanto, puede decirse que la afirmación examinada, no pasa de ser un caso de autoadulación que revela el creídismo de Lastra.

4. En ocasión de la presentación del folleto Mao y Mariátegui, nuestro Lastra se empeñó en hacer participar en la mesa a uno de los elementos más descompuestos del grupo liquidacionista, enemigo deslenguado del suscrito, quien, además, hacía poco había denostado contra el libro y agraviado a su autor (y que, además, presentaba el antecedente de haber aprovechado la presentación de otro libro del suscrito para calumniarlo cobardemente). Pero, por supuesto, César Risso se opuso con firmeza a la proterva intención, y Daniel Chumpitaz hizo lo mismo y, en consecuencia, Lastra se quedó con los crespos hechos.

5. No me extenderé sobre su actitud de recurrir al método burgués de la censura y de hacer a un lado el método proletario del debate de ideas, pues basta señalar que esta expresión de mediocridad mostró a nuestro personaje como funcional al oportunismo.


6. La deshonestidad de Lastra es un hecho de conocimiento común. Su recalcitrante renuencia a la autocrítica –lo cual viene de siempre– es una expresión de ello. Entre muchísimas otras, una expresión más o menos reciente de lo mismo, es su artículo Egotismo en el socialismo peruano, el cual, como han podido ver todos los que tienen ojos para ver, está colmado de mentiras, maniobras, trucos, calumnias, diversivos, insultos, etcétera, recursos todos desmontados en el artículo El temperamento criollo de Jaime Lastra.


Pues bien, el silencio en el que Lastra se ha sumido a partir de la publicación de nuestros mencionados artículos en la revista digital CREACIÓN HEROICA, no es otra cosa que expresión, por un lado, de su incapacidad para sostener un debate de ideas, y, de otro, de su secreto sentimiento de que, de aceptar el debate, lo único que conseguiría es hundirse aún más ante los ojos de la izquierda peruana (si es que tales ojos pueden ver su existencia).

 

IV 

Ciertamente en el trabajo orgánico se expresa más netamente que en cualquier otro plano la ideología realmente existente en la cabeza de los activistas. Así, pues, la apretada reseña realizada aquí del estilo de trabajo orgánico de Lastra –y por añadidura de su estilo de debate y de su estilo de relaciones externas– demuestra que la ideología que realmente tiene en la cabeza es una ideología extraña al marxismo.

Y, como es claro, la Reconstitución del Partido de Mariátegui solo es posible poniendo al mando el marxismo-leninismo y el pensamiento mariateguiano, y erradicando los métodos criollos tanto en las relaciones internas como en las externas. 

Notas

[1] Aislamiento con respecto a las tendencias que pretendió tragarse, incluido el PCP-Unidad, con el cual realizó un seminario a fin de fusionarse con él en un solo partido, obteniendo, sin embargo, un resultado negativo. El aislamiento del grupo liquidacionista con respecto a las masas es un hecho que viene de hace décadas.

[2] Programar la realización de eventos partidarios según el calendario revolucionario, es una concepción burocrática que Lastra ha copiado de Ramón García, quien, como es de conocimiento general, es el padre de esta concepción por cuanto concibe la construcción de su partido (fundación, etcétera) en función de las efemérides y no del desarrollo de la lucha de clases. Hasta en esto, pues, Lastra copia a García.

[3] Desde luego, este no es el único hecho que ilustra semejante barbaridad. Así, por ejemplo, en ocasión de la presentación de uno de los libros del suscrito, cocinó las condiciones de la misma en un organismo de frente unido y después trató de imponerlas a la fracción.

[4] El único artículo de deslinde teórico de cierto mérito escrito por Lastra es aquel en el cual defendió el partido de clase: Lenin, el ¿Qué hacer? y el partido de clase. Pero con la limitación de que no significó un solo paso adelante en la teoría de tan importante cuestión. Peor todavía: con su propuesta de constituir una dirección con los liquidadores, prácticamente Lastra ha terminado renegando del partido de clase.

 

12.02.2015.
CREACIÓN HEROICA