jueves, 1 de enero de 2026

Stalin

Stalin. Historia y Crítica de una Leyenda Negra

(23)

Domenico Losurdo

Del universalismo abstracto a la acusación de traición

Echemos ahora una mirada de conjunto a las imputaciones alrededor de la acusación contra la «traición». Formulando el problema en términos filosóficos, podríamos decir que pese a ser entre ellos sensiblemente diferentes, y pese a ser formulados a partir de posiciones ideológicas y políticas bastante variadas, estas imputaciones comparten una visión del universalismo que sería oportuno ahora examinar.  Animada   por  la  exigencia   de  contrarrestar y  superar  el egoísmo  doméstico de la familia burguesa que, concentrando la mirada exclusivamente en su círculo restringido, soslaya las tragedias que se desarrollan en su exterior, Kollontai llama a los comunistas  a cultivar un sentimiento de responsabilidad universal, superando,  también en lo que respecta a la prole, la distinción entre «tuyo» y «mío», y luchando  junto a otros por aquello que  es  común  a todos, por  lo que  es  «nuestro».  Hemos visto a Trotsky llamar la atención precisamente sobre las consecuencias catastróficas que se producen cuando los padres ignoran la responsabilidad particular que tienen para con sus hijos. Es decir, saltando el momento de obligación de asistencia al círculo de parientes más estrechos, sin partir en primer lugar de una obligación particular e ineludible, la responsabilidad universal se revela vacua e incluso se convierte en un instrumento de evasión. En este sentido, según Lenin, la teoría de Kollontai era «antísocialx».300

Pero mientras la hacen valer en relación al problema de la familia, los dirigentes bolcheviques tienden a olvidar la unidad de universal y particular cuando afrontan la cuestión nacional. En el momento de su fundación la Tercera Internacional parte del presupuesto de un partido internacional del proletariado, llamado a realizar la emancipación universal de la humanidad, sin dejarse confundir por los «intereses denominados "nacionales"»301; hemos visto a Kollontai teorizar de manera similar una suerte de familia universal en cuyo ámbito lo «mío» y lo «tuyo» se disuelven sin residuos en lo «nuestro». Ulteriormente, la Tercera Internacional pasará por un complicado proceso de aprendizaje que la conducirá, con el Informe de Dimitrov al VII Congreso de 1935, a denunciar como peligrosa toda forma de «nihilismo nacional», ¿Pero el redescubrimiento de   la nación no es una traición al internacionalismo? Si para Kollontai la permanencia de la institución de la familia y la atención particular dirigida a los propios  hijos son sinónimo  de mezquindad egoísta y de desinterés por la  suerte  de  todos   los  niños   del  mundo,  para  Trotsky  «examinar  las  perspectivas  de  la revolución social dentro  de los límites  de una nación»  significa ceder  o ser indulgentes  con el «social-patriotismo» y el social-chovinismo, responsable entre otras cosas de la carnicería de la Primera guerra mundial.  Así también «la idea de una evolución socialista que se cumpla e incluso se complete en un sólo país» es un «punto de vista que es fundamentalmente nacional- reformista, ni revolucionario ni internacionalista.302 Son declaraciones de 1928; diez años después es fundada la Cuarta Internacional, que retoma (y radicaliza ulteriormente) el universalismo abstracto de los comienzos y que por lo tanto se autodefine «partido mundial de la revolución socialista».

Sería fácil aplicar contra Trotsky la crítica por él utilizada en la polémica con Kollontai. Así como no constituye una superación real del egoísmo doméstico el ignorar y evitar las responsabilidades particulares que se tienen respecto a los propios hijos y los más cercanos parientes, del mismo modo no es en absoluto sinónimo de internacionalismo perder de vista el hecho de que las posibilidades y tareas concretas de transformación revolucionaria se colocan en primer lugar sobre un terreno nacional determinado. El distanciamiento e indiferencia respecto al país en el que se vive puede asumir perfectamente un significado todo menos progresista: en la  Rusia zarista Herzen, un autor apreciado por Lenin, señalaba   que la aristocracia era bastante «más cosmopolita que la  revolución»; lejos de tener una base nacional, su dominio  descansaba en la negación de la posibilidad misma de una base nacional, en la «profunda división [...] entre las clases  civilizadas y los campesinos», entre una élite bastante restringida e inclinada a comportarse como una raza  superior y la inmensa  mayoría de la poblacíón.303 Sin liquidar la racialización de las clases subalternas y sin afirmar las ideas de nación y responsabilidad nacional  no se es revolucionario.

Esto Stalin lo tiene bastante en cuenta, como ejemplifica el discurso pronunciado el 4 de febrero de 1931. Se presenta en tal ocasión como un líder revolucionario e internacionalista, que  es  al  mismo  tiempo   un  estadista  y  un  líder  nacional  ruso,  dedicado   a  resolver  los problemas que  la  nación  arrastra desde  hace  tiempo:  «nosotros bolcheviques, que hemos hecho tres  revoluciones, que  hemos  conseguido   salir victoriosos  de una  dura guerra civil», tenemos que hacernos  cargo también  del problema de superar el tradicional retraso industrial y la fragilidad  militar de Rusia. «En el pasado no teníamos patria y no podíamos tenerla»304; con el derrumbe del viejo régimen y la llegada del poder soviético el nihilismo nacional es más insensato que nunca, la causa de la revolución es al mismo tiempo la causa de la nación. El acento parece ahora desplazarse de la lucha de clase (con su dimensión internacionalista) a la edificación económica nacional. Pero más exactamente, en la concreta situación política que se ha creado, la lucha de clases se muestra como la tarea de realizar para el país del socialismo un desarrollo económico y tecnológico, poniéndolo así en situación de enfrentarse a los terribles desafíos venideros y aportar una   contribución real a la causa internacionalista de la emancipación. La lucha de clases no solamente asume una dimensión nacional sino que parece adoptar, en la Rusia soviética, la forma de una tarea banal y prosaica: «en el período de reconstrucción la técnica decide todo»; y por tanto es necesario «estudiar la técnica» y hacerse «dueños de la ciencia».  En realidad, esta nueva tarea no es menos   difícil y exaltante que la conquista del Palacio de Invierno: «los bolcheviques deben conquistar la técnica» y convertirse ellos mismos en «especialistas»; desde luego, es un objetivo todo menos fácil de alcanzar, pero «no hay fortalezas que los bolcheviques no dan asaltar»305.  La política previa a la Gran guerra patriótica encuentra su primera expresión en los años en los que la Rusia soviética se emplea a fondo en un gigantesco esfuerzo de industrialización y refuerzo de la defensa nacional.

Hemos visto a Stalin subrayar en la víspera de la agresión nazi la necesidad de conectar «el sentimiento nacional y la idea de patria», «un sano nacionalismo, correctamente entendido, con el internacionalismo proletario» (supra p.  30). En la situación concreta que se había producido tras la ofensiva expansionista del Tercer Reich, la marcha de la universalidad pasaba a través de las luchas concretas y particulares de los pueblos decididos a no dejarse reducir a la condición de siervos al servicio del hitleriano Pueblo de Señores, lo que en realidad hacía avanzar el internacionalismo era la resistencia de las naciones amenazadas más directamente por los planes de   esclavización del imperialismo nazi. Pero ya tres años antes, como confirmación del hecho de que estamos en presencia de un proceso de aprendizaje favorecido o impuesto por la necesidad concreta de desarrollar luchas de resistencia nacionales contra el imperialismo, Mao Tse-Tung declara: «Separar el contenido del internacionalismo de su forma nacional es la praxis de aquellos que no entienden nada de internacionalismo. En cuanto a nosotros, sin embargo, debemos ligarlos estrechamente. Para este propósito se han cometido en nuestras filas graves errores que deben ser corregidos con la máxima dedícación"306. En términos similares Gramsci distingue entre «cosmopolitismo» e «internacionalismo», que sabe y de hecho debe saber ser al mismo tiempo «profundamente nacional».

Además del rechazo a la familia nuclear y la teorización de una suerte de paternidad y maternidad colectivas («nuestros hijos»), a nivel político general el universalismo abstracto se deja ver con claridad en la propuesta de una «dirección colectiva», vista una vez más como la disolución de las responsabilidades personales y de los cargos desempeñados   a nivel individual. No es casual que Kollontai forme parte durante cierto tiempo de la Oposición obrera, cuyos eslóganes a nivel de fábrica y en los diversos puestos de trabajo en el partido y el sindicato, en la administración y en el Estado, son: «poder de un órgano colectivo», «voluntad colectiva», «pensamiento común», «gestión colectiva». En este contexto debe ser colocada la esperanza mesiánica de la completa disolución de la distinción entre «mío» y «tuyo» también en el ámbito económico, con la consiguiente condena, más que de un determinado sistema de producción y distribución de la riqueza social, de la «economía del dinero» y del mercado, de la propiedad privada en cuanto tal, por muy limitada y estrecha que pueda ser. En todos estos casos la universalidad anhelada es la que se presenta inmediatamente en su incontaminada pureza, sin pasar a través de la mediación y entrelazamiento con la particularidad. Y es este culto a la universalidad abstracta el que encuentra la traición cada vez que la particularidad ve reconocidos sus derechos o su fuerza.

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(300) Carr (1968-69), vol. l,p. 31.

(301) Agosti (1974-79), vol. 1, 1, p. 30.

(302) Trotsky (1969b), pp.  21 y 72.

(303) Herzen (1994), pp. 176-7; cfr. Losurdo (2002), cap.  22, § l.

(304) Stalin (1971-73), vol. 13, pp. 33 y 36(= Stalin, 1952, pp.  409 y 412).

(305) lbid, p. 38 (= Stalin, 1952, p. 414).

(*) Esta expresión, recuperada por Losurdo del imaginario político alemán (Herrenvolk-Defikratie), es explicada en profundidad en anteriores publicaciones. Cfr. Losurdo [2002 y 2005 castellana: Contrahistoria del liberalismo, Editorial El Viejo Topo, 2007] y Losurdo, Democrazia o bonapartismo. Trionfo e decadenza del suffragio universale, Ed. Bollati Boringhieri, 1993.  [N. del T.]

(306) Mao Tsé-Tung (1969-75), vol. 2, p. 218.

(307) Carr (1968-69), vol. l, p. 31; en Kollontai (1976), p.  200.


Filosofía

Marx y Engels y el Materialismo Dialéctico*

Jorge Plejánov

UNO DE LOS MAYORES méritos de Marx y Engels a propósito del materialismo, es el de haber creado un método justo. Concentrando todos sus esfuerzos en la lucha contra el elemento especulativo de la filosofía de Hegel, Feuerbach no había apreciado ni utilizado debidamente el elemento dialéctico. A este propósito Feuerbach declaraba:

“La verdadera dialéctica no es un monólogo del pensador solitario consigo mismo; es un diálogo entre el yo y el ”.

En primer lugar, la dialéctica no tenía en Hegel el valor de “un monólogo del pensador solitario consigo mismo”, y, en segundo lugar, la observación de Feuerbach definió de manera justa el punto de partida, pero no el método de la filosofía. Han sido Marx y Engels quienes han llenado esta laguna habiendo comprendido que, aun combatiendo la filosofía especulativa de Hegel, era necesario no ignorar su dialéctica. Algunos críticos afirman que desde los primeros tiempos que siguieron a su ruptura con el idealismo, Marx manifestaba una gran indiferencia ante la dialéctica. Pero tal opinión, que parece exacta a primera vista, se halla desmentida por el hecho señalado más arriba, de que ya en los Deutsch-französische Jahrbücher, Engels se ocupaba del método dialéctico como del alma misma del nuevo sistema.

En todo caso, la segunda parte de la Miseria de la Filosofía no deja ninguna duda sobre el hecho de que Marx, en la época de su polémica con Proudhon, apreciaba perfectamente el valor del método dialéctico y sabía servirse de él. En esta discusión, la victoria de Marx fue la de un hombre que sabía pensar dialécticamente sobre otro que no había sabido comprender la esencia de aplicar el método dialéctico al análisis de la sociedad capitalista. Y esta misma segunda parte demuestra que la dialéctica, que en Hegel tenía un carácter puramente idealista, que se conserva también en Proudhon en la medida en que éste la había asimilado habría sido colocada por Marx sobre un fundamento materialista.1

Mas luego, caracterizando su dialéctica materialista, Marx escribía: “Para Hegel, el proceso del pensamiento, al que él convierte incluso, bajo el nombre de idea, en sujeto con vida propia, es el demiurgo de lo real, y esto la simple forma externa que toma cuerpo. Para mí, lo ideal no es, por el contrario, más que lo material traducido y traspuesto a la cabeza del hombre”2. Esta característica presupone un acuerdo completo con Feuerbach, primero en cuanto concierne a la opinión sobre la “idea” de Hegel, y, después, en lo que se refiere a las relaciones entre el ser y el pensar. Sólo un hombre convencido de la verdad del principio fundamental de la filosofía de Feuerbach: no es el pensar el que condiciona al ser, sino el ser el que condiciona el pensar, era capaz de “poner sobre sus pies” la dialéctica hegeliana.

Mucha gente confunde la dialéctica con la doctrina de la evolución. La dialéctica es, en efecto, una doctrina de la evolución. Pero difiere esencialmente de la “vulgar teoría de la evolución”, que descansa fundamentalmente sobre el principio de que ni la naturaleza ni la historia dan saltos y que todos los cambios se realizan en el mundo gradualmente. Hegel ya había demostrado que comprendida así la teoría de la evolución era inconsistente y ridícula.

“Cuando se quiere representar la aparición o desaparición de alguna cosa [dice Hegel en el primer tomo de su Lógica] se las representa ordinariamente como una aparición o desaparición graduales. Sin embargo, las transformaciones del ser no consisten solamente en el cambio de una cantidad en otra, sino también en el de la cantidad en calidad, e inversamente; cambio que, al suponer la sustitución de un fenómeno por otro, constituye una ruptura de la progresividad”.

Y cada vez que hay ruptura de la progresividad se produce un salto en el curso del desarrollo. Hegel demuestra después por una serie de ejemplos con qué frecuencia se producen saltos en la naturaleza, lo mismo que la historia, y pone de manifiesto el error ridículo que sirve de base a la vulgar “teoría de la evolución”.

“En la base de la doctrina de la progresividad [escribe] se encuentra la idea de que lo que surge existe ya efectivamente y permanece imperceptible únicamente a causa de su pequeñez. Lo mismo cuando se habla de desaparición gradual de un fenómeno, se supone que esta desaparición es un hecho cumplido y que el fenómeno que ocupa el lugar del precedente existe ya, pero que no son perceptibles todavía ni uno ni otro... Pero de esta manera se suprime de hecho toda aparición y toda desaparición. Explicar estas fases de un fenómeno dado, por la progresividad de la transformación es referir todo a una tautología engorrosa, puesto que es considerar como realizado de antemano (es decir, como ya aparecido o desaparecido) lo que está en vías de aparecer o desaparecer”3.

Marx y Engels han adoptado enteramente esta concepción dialéctica de Hegel sobre la inevitabilidad de los saltos en el proceso del desarrollo. Engels trata de ella de una manera detallada en su polémica con Dühring, y en esta ocasión la “pone sobre sus pies”, es decir, sobre una base materialista.

Así, por ejemplo, demuestra que el paso de una forma u otra no puede cumplirse sino por medio de un salto4. Encuentra, a este respecto, en la química moderna la confirmación del principio dialéctico de la transformación de la cantidad en calidad. En general, las leyes del pensamiento dialéctico son confirmadas, según él, por las propiedades dialécticas del ser. Aquí todavía, el ser condiciona el pensar.

Sin entrar en una caracterización más detallada de la dialéctica materialista (sobre sus relaciones con la que se puede llamar lógica elemental, paralelamente a la matemática elemental, ver nuestro prefacio a nuestra traducción del folleto Ludwig Feuerbach), recordaremos al lector que la teoría, que no veía en el proceso de la evolución más que modificaciones progresivas, y que dominó en el curso de estos últimos veinte años, ha comenzado a perder terreno aun en el dominio de la biología, donde era casi universalmente reconocida.

A este respecto, los trabajos de Armando Gautier y de Hugo De Vries parecen marcar una época. Basta decir que la teoría de las mutaciones de Vries no es otra cosa que la teoría de la evolución de las especies por saltos. (Ver su obra, en dos tomos, Die Mutationstheorie, Leipzig, 1901-1903; su informe Die Mutationen und die Mutationsperioden bei der Entstehung der Arten, Leipzig, 1901, así como sus conferencias en la Universidad de California, editadas en traducción alemana, con el título de Arten und Variatäten und ihre Entstehung durch die Mutation, Berlín, 1906).

Según la opinión de este eminente naturalista, el lado débil de la teoría de Darwin sobre el origen de las especies es precisamente la idea de que tal origen puede ser explicado por cambios graduales. Muy interesante y justa es igualmente la observación de De Vries cuando comprueba que la teoría de los cambios graduales que domina en la doctrina del origen de las especies ha ejercido una influencia desfavorable sobre el estudio experimental de las cuestiones de esta naturaleza.

Conviene agregar que en los medios naturalistas modernos, y muy particularmente entre los neolamarckianos, se observa una difusión rápida de la teoría de la materia animada, considerada por algunos como en oposición directa con el materialismo (ver, por ejemplo, el libro de R. H. Francé: Der heutige Stand der Darwin’schen Frage, Leipzig. 1907), que no representa, en realidad, si es comprendida de manera justa, sino la traducción en el lenguaje naturalista moderno, de la doctrina materialista de Feuerbach, de la unidad del ser y del pensar, del objeto y del sujeto5. Se puede afirmar con toda certidumbre que Marx y Engels habrían demostrado el más vivo interés por esta corriente que se manifiesta en las ciencias naturales, y que, a decir verdad, está todavía, por el momento muy insuficientemente estudiada.

Alejandro Herzen dijo, con razón, que la filosofía de Hegel, considerada por muchos como conservadora, a primera vista, es una verdadera álgebra de la revolución. Sin embargo, en Hegel esta álgebra permanecía sin ninguna aplicación a las cuestiones palpitantes de la vida práctica. El elemento especulativo tenía necesariamente que introducir el espíritu de conservadurismo en la filosofía del gran idealista. Algo muy diferente ocurre con la filosofía materialista de Marx. El “álgebra” revolucionaria aparece allí en toda la potencia invisible de su método dialéctico. Marx dice:

“La dialéctica mistificada llegó a ponerse de moda en Alemania, porque parecía transfigurar lo existente. Reducida a su forma racional, provoca la cólera y es el azote de la burguesía y de sus portavoces doctrinarios, porque en la inteligencia y explicación positiva de lo que existe abriga a la par la inteligencia de su negación, de su muerte forzosa; porque, crítica y revolucionaria por esencia, enfoca todas las formas actuales en pleno movimiento, sin omitir, por tanto, lo que tiene de perecedero y sin dejarse intimidar por nada”6.

Si se considera la dialéctica materialista desde el punto de vista de la literatura rusa, se puede decir que ella fue la primera que suministró un método necesario y suficiente para la solución de la cuestión del carácter racional de todo lo que existe, cuestión que tanto había atormentado a nuestro genial Bielinsky. Sólo el método dialéctico de Marx, aplicado al estudio de la vida rusa, nos ha demostrado lo que había de real en esta última y lo que solamente parecía serlo.

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(*) Jorge Plejánov, Cuestiones fundamentales del marxismo, parte V. Tomado de http://www.abertzalekomunista.net. Alejandría Proletaria. Valencia, agosto de 2017. germinal_1917@yahoo.es

(1) [1910] Ver la Miseria de la filosofía, segunda parte, primera y segunda observación [Miseria de la filosofía, Editorial Aguilar, Madrid, 1971, páginas 154-162]. Hay que observar, sin embargo, que Feuerbach también había criticado la dialéctica hegeliana desde el punto de vista materialista. “¿Qué puede decirse [se preguntaba] de una dialéctica que está en contradicción con el origen y la evolución de la Naturaleza? ¿Cuál es, pues, su “necesidad”? ¿Cuál la “objetividad” de una psicología, de una filosofía que hace abstracción de la única objetividad categórica e imperativa, fundamental y sólida, la objetividad de la naturaleza física, y que va hasta situar la verdad absoluta, la perfección del espíritu, el fin de los fines de la filosofía en el alejamiento completo de la naturaleza física, en la subjetividad absoluta y no limitada por ningún “no yo” de Fichte, por ninguna “cosa en sí” de Kant.” (K. Grün, tomo I, página 399).

(2) [Carlos Marx, El Capital, Tomo I, FCE, México, 1972, página XXIII].

(3) En lo que se refiere a la cuestión de los “saltos” ver nuestro trabajo El infortunio del señor Tijomirov, San Petersburgo, edición de M. Malyj, páginas 6-14. [De próxima publicación en Alejandría Proletaria].

(4) [1910] “Pese a toda la paulatinidad, la transición de una forma de movimiento a otra es siempre un salto, una inflexión decisiva. Tal es el caso de la transición entre la mecánica de los cuerpos celestes y la de las masas menores situadas en uno de ellos; también la transición de la mecánica de las masas a la mecánica de las moléculas, la cual incluye los movimientos que estudiamos en lo que suele llamarse propiamente física: calor, luz, electricidad, magnetismo; así también tiene lugar la transición entre la física de las moléculas y la de átomos (la química), con un salto decisivo; y aún más visiblemente es éste el caso en la transición de la acción química común al quimismo de la albúmina, al que llamamos vida. Dentro de la esfera de la vida los saltos se hacen cada vez más escasos e imperceptibles. Otra vez es Hegel el que tiene que corregir al señor Dühring.” [F. Engels, Anti-Dühring, Editorial Grijalbo, México, 1968, página 54].

(5) Sin hablar de Spinoza, es necesario no olvidar que muchos materialistas franceses del siglo XVIII se inclinaban hacia la teoría de la “materia animada”.

(6) [Carlos Marx, El Capital, Tomo I, FCE, México, 1972, página XXIV].


Entrevista

Entrevista a Julio Carmona

(Segunda parte)

 

Creación Heroica: Muy esclarecedora tu respuesta a la primera pregunta. Ahora quiero cambiar de objeto. En 2007 publicaste el libro El mentiroso y el Escribidor. Teoría y práctica literarias de Mario Vargas Llosa, una crítica bien fundamentada de la narrativa y la ensayística del extinto escritor, es decir de su ficción y de los presupuestos teóricos de la misma. En este libro sostienes la tesis de que la literatura vargasllosiana se caracteriza por su naturalismo, no por el realismo que, por otro lado, explicas muy bien. ¿Puedes darnos algunos ejemplos de la manera en que las “reacciones mentales y respuestas” (para decirlo con una frase que utilizas en tu libro Vallejo para no iniciados. Una lectura de los heraldos negros), resultantes del impacto que la realidad produjo en Vargas Llosa y que se refleja en su narrativa, no permiten decir de la misma lo que has dicho en tu mencionado libro de la poesía vallejiana: que ella vincula el “impacto personal” recibido por el poeta de la realidad “con una intuida percepción humana extensiva”, pues en aquella narrativa se observa una percepción distinta y aun opuesta? 

Julio Carmona: Si se parte desde los principios marxistas, toda incisión que se haga en cualquier tema de las ciencias sociales y del arte en particular, no se puede prescindir del materialismo histórico y este, como dice Mariátegui, obliga a tratar esos temas «en relación con el hecho fundamental, la lucha de clases» (Ideología y política, p. 23). Para dirimir, entonces, la diferencia que hay (o que pueda haber) entre las formas de concebir el mundo y la literatura de dos autores, en el caso de la pregunta: Mario Vargas y César Vallejo, no puede dejar de tomarse en cuenta ese hecho fundamental: la lucha de clases. Y, como decía Lenin, para conocer a una persona, uno no puede dejarse llevar por lo que ella diga de sí misma ni por la ropa que viste sino por la forma en que actúa en su entorno social; y, en esa actividad, no pueden dejar de reflejarse sus intereses y sus inclinaciones clasistas.

Y, asimismo, al tratar temas de la literatura y el arte, no se puede soslayar el otro principio, imprescindible, que es la teoría del reflejo, principio básico de la filosofía marxista o el materialismo dialéctico. Y, aplicando ambos principios a la pregunta formulada, puedo decir que, en el caso de Mario Vargas, en su juventud, él empezó acercándose al materialismo participando en una célula del Partido Comunista, lo cual podría tomarse como aquello que decía arriba, de no aceptar lo que las personas digan de sí mismas, porque esa afiliación partidaria no es la que lo llevó a definirse como persona.

La concepción clasista profunda que dominaba en él era la de la burguesía, en tanto provenía de una familia de rango aristocrático, venida a menos y, como se sabe, la ideología aristocrática se mimetizó en la ideología burguesa; pero como, económicamente, esa aristocracia no puede acceder al estatus burgués como dueña de los medios de producción, entonces se refugia en el ámbito social, ideológico y cultural de la pequeña burguesía. Y, bien se sabe, la pequeña burguesía que no llega a asumir una posición clasista ligada con la ideología proletaria, siempre estará moviéndose en la cuerda floja haciendo equilibrio entre su máxima aspiración de lograr ascender a la riqueza de la clase burguesa o, en el peor de los casos, de descender a la pobreza de la clase trabajadora.

Y Mario Vargas Llosa es el caso típico del pequeñoburgués arribista que, sí, logró su objetivo social, de ser adulado por el orden establecido, y, asimismo, alcanzó su objetivo económico convirtiéndose en «dueño de su medio de producción» con su «empresa» de publicar libros por encargo, con el descalabro de su concepción de la vida y de su arte mismo. Los marxistas no creemos en profecías, pero asentando los pies en la realidad, bien podemos afirmar que esa obra de Mario Vargas, cada vez, se irá devaluando más y más, hasta que quede de él, solo un número en la lista de los premios nobel (tantos hay que ya nadie lee).

En el caso de César Vallejo la progresión de su desarrollo se dio en sentido inverso. Su ubicación social original también es pequeñoburguesa, pero de condición económica pobre, más cercana al campesinado. De ahí que su formación ideológica inicial esté ligada a una visión del mundo idealista; sin embargo, no alejada de los intereses y sufrimientos de los trabajadores, de los ofendidos y humillados (para decirlo con frase de Dostoievski). Eso le sirvió de base para mantener una posición de desconfianza respecto de los valores de las «clases altas», valores que otros miembros de la pequeña burguesía asumen como propios. Y eso no pasó en su caso. Él mismo describe esa actitud de la siguiente manera:

Permítaseme una nota personal: Yo estoy en el número de los escritores hispano-americanos no oficiales. Mi vida podrá ser todo lo modesta y lacrada de faltas que se quiera, pero procuro vivirla siempre honestamente, es decir, sin traicionarme ni traicionar a los demás. No es que yo desdeñe por sistema y a priori ese oficialismo. Lo desdeño porque, después de haberme asomado a él, cediendo a mi inquietud, lo he hallado desagradable, opuesto a mi manera de ser y, sobre todo, superior a mis fuerzas y aptitudes cortesanas. Los banquetes, los bailes, las reuniones con lecturas y té, violentan a tal punto mi sensibilidad, que antes que ello prefiero sufrir una epidemia, con todas sus consecuencias (Desde Europa: 191).

Y esa actitud es algo que se refleja en su obra primigenia (Los heraldos negros, Trilce). Por eso, cuando se imbuyó de la ideología proletaria esta encontró un terreno fértil para fructificar, no solo en su posición política sino en su creación artística, que es parte de la literatura que se insertará en la cultura del futuro que ya se está gestando y que, sin elucubración profética, será proletaria.

Ahora bien, llevado el cuestionamiento al nivel estrictamente literario, si se siguen —en este terreno— sus respectivas evoluciones, se ve que en el caso de Mario Vargas, tal vez influido por un estímulo partidario, decidió bucear en la realidad (movido también por la propia laceria económica de su familia) y sus primeras novelas son reflejo de esa confrontación, en las que, de todas maneras (como han precisado algunos críticos) él se mueve como «pez en el agua» (para usar una expresión suya) al desarrollar los personajes de la pequeña burguesía y hasta de la burguesía y sus ambientes, mientras que, en el caso de los sectores populares, son los menos tratados y, cuando esto ocurre, su reacción refleja no es la más incisiva (y esto ya no se diga de sus últimas producciones, después de sus cuatro primeros libros). Por eso, se puede decir que él recurrió a una parafernalia realista, mas no por convicción sino por necesidad. De ahí que su desarrollo literario devino naturalista, es decir, superficial, un realismo de hojarasca. Como dice Mariátegui, refiriéndose al naturalismo de Zola que sigue unido al realismo burgués anterior a él, solo que desde una perspectiva pequeñoburguesa; y, coincidiendo con Bertolt Brecht, llega a decir que «el primer deber de la nueva literatura es negarse a todo retorno. Lo mismo al retorno a Zola que al retorno a Stendhal» (El artista y la época, p. 157).

Como contrapartida, César Vallejo, desde su inicial idealismo o, justamente, por este, trata de experimentar, especialmente en su narrativa, con formas fantásticas o metafísicas. Lo que no ocurre, totalmente, en su poesía de Los heraldos negros, en la que destaca su acercamiento a la realidad. Y en Trilce que, no obstante su carácter experimental en la forma, no se arroja al vacío puramente formalista, y se mantiene fiel a la realidad (lo cual no quiere decir que la copie fotográficamente) sino que no se enajena de ella. Trilce es, también un libro realista. Y en su etapa última (en los años treinta, ya cercano a su muerte) retoma ese realismo que no abandonó nunca, llevándolo a un nivel superior.

 

Creación Heroica: ¿Qué conceptos te suscitan los artículos “Autopsia del surrealismo” de Vallejo? ¿y los artículos “El grupo suprarrealista y «Clarté»”, “El balance del suprarrealismo” y “El suprarrealismo y el amor” de Mariátegui? ¿Encuentras coincidencias y diferencias entre el texto de Vallejo y los de Mariátegui?

Julio Carmona: Voy a invertir el orden de la pregunta. Comenzando por el primer gran artículo de José Carlos Mariátegui, «El grupo suprarrealista y Clarté», publicado el año 1926, es decir, a dos años de fundada la escuela vanguardista, el suprarrealismo (1924). Es un texto laudatorio no solo por su importancia literaria sino también por las firmas que le dan sustento: André Breton, Luis Aragón, Paul Eluard. Pero se nota que esa euforia del Amauta tiene que ver con la proyección política que ha asumido, elevándolo JCM de escuela a movimiento. Dice: «un movimiento y una doctrina. (…) Por su espíritu y por su acción se presenta como un nuevo romanticismo» (es decir lo eleva casi casi a nivel de tendencia, como ocurrió con el romanticismo en relación con el clasicismo). Y aun agrega: «Por su repudio revolucionario del pensamiento y la sociedad capitalistas, coincide históricamente con el comunismo en el plano político» (op. cit: 43). Es esta asunción política de los miembros del grupo la que Mariátegui releva, y, por eso, en otro momento, destaca que el suprarrealismo no destruye al realismo, sino que lo renueva.

Sin embargo —después de seis años de la fundación (1924) de la escuela que estimuló su primera expectativa— en 1930, Mariátegui publica su «Balance del suprarrealismo», justo en el mismo año que César Vallejo también publica su «Autopsia del superrealismo». Hay que observar la diferencia en la denominación: de suprarrealismo a superrealismo. Es evidente que quien estaba más al tanto de la evolución (e involución) del mencionado grupo era César Vallejo. Y lo más probable es que el Amauta leyera el artículo de Vallejo (lo publicó en Amauta), pues en el balance morigera su primer entusiasmo y llega a decir que en algunas frases del «Segundo manifiesto» escrito por André Breton, hay algunas que son —dice— de «una entonación infantil que, en el punto a que ha llegado históricamente este movimiento, como experiencia e indagación, no es ya posible excusarle», es decir, el Amauta también le extendió su certificado de defunción, que es lo que César Vallejo, a su vez, hace en su artículo «Autopsia del superrealismo», que, en realidad, no solo atañe a él sino que alcanza a todos los movimientos de vanguardia aparecidos en las dos primeras décadas del siglo veinte.

Pero el movimiento surrealista (es así como se redujo el nombre) es el que más sobresalió, y esto es justamente lo que Vallejo toma en cuenta. Y ocurrió esa relevancia generalizada (como lo precisa Vallejo y es por lo que lo valora Mariátegui), porque dio un salto cualitativo respecto de los otros, al adherirse (de palabra) al marxismo. Aunque esto fue fugaz, porque su punto de partida era la enemistad que tenían sus miembros contra el sistema capitalista, íntimamente ligado con la ideología burguesa.

Y ese aversión a la burguesía (que, además, era compartida, por algunos miembros de los otros grupos) los llevó a centrar sus ataques no, propiamente, con los planteamientos del marxismo que pone como objetivo principal: prepararse para hacer la revolución que acabe con el dominio social, económico, cultural del capitalismo, sino que enfilaron su puntería contra el arte clásico que la burguesía había entronizado como canon insustituible, es decir, como dice Mariátegui, «un arte que corteje y adule su gusto mediocre» (op. cit.: 12).

Las escuelas de vanguardia, y entre ellas el surrealismo (finalmente, los mismos mentores de la escuela, sintetizaron así este apelativo y a su revista la titularon La revolución surrealista) le dieron más énfasis a la experimentación formal que acabase con el arte figurativo y meramente decorativo en que había devenido el clasicismo, que había tenido dos opositores previos: el barroco al iniciarse el siglo XVII y el romanticismo de comienzos del siglo XIX, de tal suerte que el movimiento vanguardista no es dueño de la experimentación formal ni de la ruptura estética, es decir que estas, experimentación y ruptura, no son de su exclusiva pertenencia. Por eso cuando algunos críticos le niegan a Vallejo su propia capacidad experimental, y revoluciona la poesía en lengua española, quieren encasillarlo dentro del vanguardismo, solo porque uno y otro actuaron en la misma época, lo que deberían revisar con más asiduidad son sus conocimientos de historia literaria.

Lo más interesante de todo esto es que Vallejo y Mariátegui coincidieron en sus prescripciones realistas, llegando a oponer a la tendencia formalista el impulso de un nuevo realismo que, en ambos casos, no llegó a consolidar en un trabajo específico de teoría literaria. Y esta es tarea para los mariateguistas que nos movemos en ese ámbito del arte y la literatura.


Creación

Un Poema de Thiago de Mello*

La Vida Verdadera

(fragmento) 

 

En las aguas de mi infancia

perdí el miedo al remolino.

Por eso avanzo cantando.

Estoy al centro del río,

en el medio de la plaza.

Pongo los pies en la tierra,

sé que estoy en mi lugar,

como la olla en el fuego,

la estrella en la oscuridad.

 

¿Lo que ha pasado, no cuenta? indagarán

las bocas desprovistas.

Nunca deja de valer.

Lo que pasó nos enseña

Con su miel y con su garra.

Por eso es que ahora voy así

en mi camino. Públicamente andando.

No, no es nuevo mi camino.

Lo que de nuevo yo tengo

es la manera de andar.

Aprendí

(lección del camino)

a recorrerlo cantando

como me conviene a mí

y a los que van conmigo.

 

Pues ya no camino solo

Aquí tengo pues mi vida:

hecha a la imagen del niño

que sigue y sigue cruzando

por los campos generales

y que reparte su canto

como su abuelo

repartía el cacao

haciendo de la cosecha

la isla del Buen Socorro.

 

Hecha a la imagen del niño

pero semejante al hombre,

con todo lo que hay en él de primavera

de valiente esperanza y rebeldía.

 

Vida, casa encantada,

Vivo en ella, vive en mí.

Te quiero así verdadera,

oliendo a mango y jazmín.

Que me seas deslumbrada

como ternura de mujer

rodando por la campiña.

 

Vida, limpio mantel,

vida sobre la mesa,

vida brasa vigilante,

vida piedra y espuma,

trampa urdida de amapolas,

sol dentro del mar,

estiércol, rosa de amor:

la vida.

 

Pero hay que merecerla.

 

*Nació en 1926 en Bom Socorro, Brasil. Obras: Silencio y Palabra (1951); Narciso Diego (1952); La Leyenda de la Rosa (1955); Canción del Amor Armado (1966). Ha sido traducido al castellano por Pablo Neruda y Enrique Lihn, entre otros poetas. (Nota de la Redacción).

 

CREACIÓN HEROICA