Stalin.
Historia y Crítica de una Leyenda Negra
(23)
Domenico
Losurdo
Del universalismo abstracto
a la acusación de traición
Echemos ahora una mirada de
conjunto a las imputaciones alrededor de la acusación contra la «traición».
Formulando el problema en términos filosóficos, podríamos decir que pese a ser
entre ellos sensiblemente diferentes, y pese a ser formulados a partir de
posiciones ideológicas y políticas bastante variadas, estas imputaciones
comparten una visión del universalismo que sería oportuno ahora examinar. Animada
por la exigencia
de contrarrestar y superar
el egoísmo doméstico de la
familia burguesa que, concentrando la mirada exclusivamente en su círculo restringido,
soslaya las tragedias que se desarrollan en su exterior, Kollontai llama a los
comunistas a cultivar un sentimiento de
responsabilidad universal, superando,
también en lo que respecta a la prole, la distinción entre «tuyo» y «mío», y luchando
junto a otros por aquello que
es común a todos, por
lo que es «nuestro».
Hemos visto a Trotsky llamar la atención precisamente sobre las
consecuencias catastróficas que se producen cuando los padres ignoran la
responsabilidad particular que tienen para con sus hijos. Es decir, saltando el
momento de obligación de asistencia al círculo de parientes más estrechos, sin
partir en primer lugar de una obligación particular e ineludible, la
responsabilidad universal se revela vacua e incluso se convierte en un
instrumento de evasión. En este sentido, según Lenin, la teoría de Kollontai
era «antísocialx».300
Pero mientras la hacen valer
en relación al problema de la familia, los dirigentes bolcheviques tienden a
olvidar la unidad de universal y particular cuando afrontan la cuestión
nacional. En el momento de su fundación la Tercera Internacional parte del
presupuesto de un partido internacional del proletariado, llamado a realizar la
emancipación universal de la humanidad, sin dejarse confundir por los
«intereses denominados "nacionales"»301; hemos visto a
Kollontai teorizar de manera similar una suerte de familia universal en cuyo
ámbito lo «mío» y lo «tuyo» se disuelven sin residuos en lo «nuestro».
Ulteriormente, la Tercera Internacional pasará por un complicado proceso de
aprendizaje que la conducirá, con el Informe de Dimitrov al VII Congreso de
1935, a denunciar como peligrosa toda forma de «nihilismo nacional», ¿Pero el
redescubrimiento de la nación no es una
traición al internacionalismo? Si para Kollontai la permanencia de la
institución de la familia y la atención particular dirigida a los propios hijos son sinónimo de mezquindad egoísta y de desinterés por
la suerte de
todos los niños
del mundo, para
Trotsky «examinar las
perspectivas de la revolución social dentro de los límites de una nación» significa ceder o ser indulgentes con el «social-patriotismo» y el
social-chovinismo, responsable entre otras cosas de la carnicería de la Primera
guerra mundial. Así también «la idea de
una evolución socialista que se cumpla e incluso se complete en un sólo país»
es un «punto de vista que es fundamentalmente nacional- reformista, ni
revolucionario ni internacionalista.302 Son declaraciones de 1928;
diez años después es fundada la Cuarta Internacional, que retoma (y radicaliza
ulteriormente) el universalismo abstracto de los comienzos y que por lo tanto
se autodefine «partido mundial de la revolución socialista».
Sería fácil aplicar contra
Trotsky la crítica por él utilizada en la polémica con Kollontai. Así como no
constituye una superación real del egoísmo doméstico el ignorar y evitar las
responsabilidades particulares que se tienen respecto a los propios hijos y los
más cercanos parientes, del mismo modo no es en absoluto sinónimo de
internacionalismo perder de vista el hecho de que las posibilidades y tareas
concretas de transformación revolucionaria se colocan en primer lugar sobre un
terreno nacional determinado. El distanciamiento e indiferencia respecto al país
en el que se vive puede asumir perfectamente un significado todo menos
progresista: en la Rusia zarista Herzen,
un autor apreciado por Lenin, señalaba
que la aristocracia era bastante «más cosmopolita que la revolución»; lejos de tener una base
nacional, su dominio descansaba en la
negación de la posibilidad misma de una base nacional, en la «profunda división
[...] entre las clases civilizadas y los
campesinos», entre una élite bastante restringida e inclinada a comportarse
como una raza superior y la inmensa mayoría de la poblacíón.303 Sin
liquidar la racialización de las clases subalternas y sin afirmar las ideas de
nación y responsabilidad nacional no se
es revolucionario.
Esto Stalin lo tiene
bastante en cuenta, como ejemplifica el discurso pronunciado el 4 de febrero de
1931. Se presenta en tal ocasión como un líder revolucionario e
internacionalista, que es al
mismo tiempo un
estadista y un
líder nacional ruso,
dedicado a resolver
los problemas que la nación
arrastra desde hace tiempo:
«nosotros bolcheviques, que hemos hecho tres revoluciones, que hemos
conseguido salir
victoriosos de una dura guerra civil», tenemos que hacernos cargo también
del problema de superar el tradicional retraso industrial y la
fragilidad militar de Rusia. «En el
pasado no teníamos patria y no podíamos tenerla»304; con el derrumbe
del viejo régimen y la llegada del poder soviético el nihilismo nacional es más
insensato que nunca, la causa de la revolución es al mismo tiempo la causa de
la nación. El acento parece ahora desplazarse de la lucha de clase (con su
dimensión internacionalista) a la edificación económica nacional. Pero más
exactamente, en la concreta situación política que se ha creado, la lucha de
clases se muestra como la tarea de realizar para el país del socialismo un
desarrollo económico y tecnológico, poniéndolo así en situación de enfrentarse
a los terribles desafíos venideros y aportar una contribución real a la causa
internacionalista de la emancipación. La lucha de clases no solamente asume una
dimensión nacional sino que parece adoptar, en la Rusia soviética, la forma de
una tarea banal y prosaica: «en el período de reconstrucción la técnica decide
todo»; y por tanto es necesario «estudiar la técnica» y hacerse «dueños de la
ciencia». En realidad, esta nueva tarea
no es menos difícil y exaltante que la
conquista del Palacio de Invierno: «los bolcheviques deben conquistar la
técnica» y convertirse ellos mismos en «especialistas»; desde luego, es un
objetivo todo menos fácil de alcanzar, pero «no hay fortalezas que los
bolcheviques no dan asaltar»305.
La política previa a la Gran guerra patriótica encuentra su primera
expresión en los años en los que la Rusia soviética se emplea a fondo en un
gigantesco esfuerzo de industrialización y refuerzo de la defensa nacional.
Hemos visto a Stalin
subrayar en la víspera de la agresión nazi la necesidad de conectar «el
sentimiento nacional y la idea de patria», «un sano nacionalismo, correctamente
entendido, con el internacionalismo proletario» (supra p. 30). En la situación concreta que se había
producido tras la ofensiva expansionista del Tercer Reich, la marcha de la
universalidad pasaba a través de las luchas concretas y particulares de los
pueblos decididos a no dejarse reducir a la condición de siervos al servicio
del hitleriano Pueblo de Señores, lo que en realidad hacía avanzar el
internacionalismo era la resistencia de las naciones amenazadas más
directamente por los planes de
esclavización del imperialismo nazi. Pero ya tres años antes, como
confirmación del hecho de que estamos en presencia de un proceso de aprendizaje
favorecido o impuesto por la necesidad concreta de desarrollar luchas de
resistencia nacionales contra el imperialismo, Mao Tse-Tung declara: «Separar
el contenido del internacionalismo de su forma nacional es la praxis de
aquellos que no entienden nada de internacionalismo. En cuanto a nosotros, sin
embargo, debemos ligarlos estrechamente. Para este propósito se han cometido en
nuestras filas graves errores que deben ser corregidos con la máxima dedícación"306.
En términos similares Gramsci distingue entre «cosmopolitismo» e
«internacionalismo», que sabe y de hecho debe saber ser al mismo tiempo
«profundamente nacional».
Además del rechazo a la
familia nuclear y la teorización de una suerte de paternidad y maternidad
colectivas («nuestros hijos»), a nivel político general el universalismo
abstracto se deja ver con claridad en la propuesta de una «dirección
colectiva», vista una vez más como la disolución de las responsabilidades
personales y de los cargos desempeñados
a nivel individual. No es casual que Kollontai forme parte durante
cierto tiempo de la Oposición obrera, cuyos eslóganes a nivel de fábrica y en
los diversos puestos de trabajo en el partido y el sindicato, en la
administración y en el Estado, son: «poder de un órgano colectivo», «voluntad colectiva»,
«pensamiento común», «gestión colectiva». En este contexto debe ser colocada la
esperanza mesiánica de la completa disolución de la distinción entre «mío» y
«tuyo» también en el ámbito económico, con la consiguiente condena, más que de
un determinado sistema de producción y distribución de la riqueza social, de la
«economía del dinero» y del mercado, de la propiedad privada en cuanto tal, por
muy limitada y estrecha que pueda ser. En todos estos casos la universalidad
anhelada es la que se presenta inmediatamente en su incontaminada pureza, sin
pasar a través de la mediación y entrelazamiento con la particularidad. Y es
este culto a la universalidad abstracta el que encuentra la traición cada vez
que la particularidad ve reconocidos sus derechos o su fuerza.
_____________
(300) Carr (1968-69), vol.
l,p. 31.
(301) Agosti (1974-79), vol.
1, 1, p. 30.
(302) Trotsky (1969b),
pp. 21 y 72.
(303) Herzen (1994), pp.
176-7; cfr. Losurdo (2002), cap. 22, §
l.
(304) Stalin (1971-73), vol.
13, pp. 33 y 36(= Stalin, 1952, pp. 409
y 412).
(305) lbid, p. 38 (= Stalin,
1952, p. 414).
(*) Esta expresión,
recuperada por Losurdo del imaginario político alemán (Herrenvolk-Defikratie),
es explicada en profundidad en anteriores publicaciones. Cfr. Losurdo [2002 y
2005 castellana: Contrahistoria del liberalismo, Editorial El Viejo
Topo, 2007] y Losurdo, Democrazia o bonapartismo. Trionfo e decadenza del
suffragio universale, Ed. Bollati Boringhieri, 1993. [N. del T.]
(306) Mao Tsé-Tung
(1969-75), vol. 2, p. 218.
(307) Carr (1968-69), vol.
l, p. 31; en Kollontai (1976), p. 200.