La
"concepción nacionalsocialista del mundo”, Síntesis Demagógica de la Filosofía
del Imperialismo Alemán*
Georg
Lukács
COMO VEMOS, bajo esa forma
de una llamada filosofía para intelectuales decadentes y reaccionarios y de una
propaganda de guerra para los filisteos chovinistas desenfrenados, se dibujan
ya claramente, casi acabados, los trazos de la "concepción
nacionalsocialista del mundo”. Ya sólo queda llevarlos de los salones, de los
cafés y los cuartos de estudio a la calle. Este último paso en la trayectoria
de la más extrema reacción alemana es el que dan Hitler y sus gentes.
Aprovechan y destacan, para ello, plenamente, los méritos de Chamberlain.
Rosenberg escribe un libro especial sobre él; y en otra ocasión, ya después de
la toma del poder, para prevenir a los "simpatizantes” del fascismo y
darles una pauta, declara que el nacionalsocialismo sólo reconoce como sus
verdaderos antecesores a Ricardo Wagner, Nietzsche, Lagarde y Chamberlain.92
Pero no por ello debe
sobrestimarse la importancia de Chamberlain. Éste sólo representa la penúltima
síntesis literaria de las tendencias más reaccionarias del pensamiento, en la
trayectoria alemana (e internacional). El fascismo alemán es una condensación
ecléctica de todas las tendencias reaccionarias, que, por el desarrollo
específico de Alemania, se impuso aquí de un modo más vigoroso y más decidido
que en otros países. El número de estas tendencias es ilimitado y las
diferencias entre ellas presentan, a veces, a pesar del carácter reaccionario
común, un relieve muy considerable.
Las condiciones especiales
de desarrollo de Alemania, de las que ya hemos hablado y a las que ahora sólo
podremos remitirnos bajo algunos conceptos generales (la guerra de los Treinta
Años, el absolutismo de los pequeños Estados, el desarrollo tardío del
capitalismo, la fundación del Imperio por Bismarck, con el predominio de los
junkers prusianos, el seudoparlamentarismo y el mantenimiento del gobierno
personal de los Hohenzollern, etc.) trajeron como consecuencia el que apenas
existiera una sola tendencia ideológica burguesa que no se orientara, bajo una
forma u otra, hacia la adaptación a la realidad alemana, hacia la
reconciliación con ella; que no presentara, por tanto, su lado reaccionario. Y
cuando, en el período imperialista, se renovaron las doctrinas de los filósofos
del período clásico (Kant, Fichte, Schelling, Hegel), los pensadores burgueses,
con certero instinto de clase, se asimilaron precisamente e hicieron pasar a primer
plano sus lados reaccionarios, procurando "depurar” a las viejas filosofías
de sus fundamentos y tendencias progresivos.
Así, a Kant se le
"depuró” concienzudamente de sus vacilaciones entre el materialismo y el
idealismo (Lenin); así, la escuela neokantiana reaccionaria de Rickert se valió
del irracionalismo del Schelling de la última época para seguir desarrollando
el neokantismo. Así, Eduard von Hartmann se ocupó de renovar la filosofía del
último período de Schelling, cuyo carácter reaccionario habría de manifestarse
todavía con mayor fuerza y mayor eficacia, al propagarse más tarde la
influencia de Kierkegaard. Así, se valieron los neohegelianos de la
reconciliación de Hegel con la realidad prusiana para hacer de él un precursor
de Bismarck y convertir, en general, su filosofía —"depurada” a fondo de
toda dialéctica— en la concepción del mundo de la conservación del atraso
alemán y la síntesis de todas las tendencias reaccionarias. Y a esto hay que
añadir los pensadores que desde el primer momento se revelan, por sus
tendencias fundamentales, como pensadores reaccionarios: Schopenhauer, los
románticos (sobre todo, Adam Müller, Górres y otros) y Nietzsche. El fascismo
recoge la herencia global del desarrollo reaccionario de Alemania, y se vale de
ella para fundamentar un bestial imperialismo hacia el interior y hacia el
exterior.
El nacionalsocialismo es la
gran apelación a los peores instintos del pueblo alemán; sobre todo a aquellas
cualidades negativas que a lo largo de los siglos habían ido desarrollándose en
él, como consecuencia de las revoluciones frustradas y de la ausencia de un
desarrollo y una ideología democráticos en el país. (Engels habla de "la
sumisión lacayuna que se ha apoderado de la conciencia nacional alemana desde
la humillación de la guerra de los Treinta Años”.)93 La forma
moderna de esta lacayuna sumisión es el total desconocimiento de que, pese al
crecimiento del capitalismo alemán y a la potencia militar exterior del Imperio
alemán prusianizado, seguía manteniéndose en el interior, casi intacta, la
"miseria alemana” consabida.
Sin embargo, en la mayoría
de los ideólogos se trata de mucho más que de no advertir esta situación. Va
desarrollándose cada vez más, por el contrario, una ideología que ve en este
mantenimiento de la tradicional "miseria alemana”, en el
seudo-constitucionalismo del Imperio bismarckiano, en la conservación intacta
del predominio del prusianismo reaccionario, de los junkers, del militarismo y
de la burocracia prusianos, una forma más alta de sociedad y de Estado que la
alcanzada en los países occidentales como resultado de las revoluciones
burguesas.
Como es sabido, durante el
período imperialista surge en los países democráticos occidentales, al
agudizarse las contradicciones y las limitaciones de la democracia burguesa,
una crítica cada vez más extensa y más descarada de la democracia en general.
Pero mientras que, en Rusia, esta crítica va convirtiéndose, con los demócratas
revolucionarios, sobre todo con Chernichevski, en un aniquilamiento ideológico
del liberalismo, y mientras que los bolcheviques Lenin y Stalin, durante el
período imperialista, utilizan la crítica marxista consecuente de la democracia
burguesa para desarrollar la teoría de la dictadura del proletariado y de la democracia
proletaria fundamentada por Marx, concretando con ello, más de lo que Marx
había podido hacerlo, la teoría del paso del capitalismo al socialismo, la
crítica de la democracia, en la Europa occidental, sólo se mueve entre los dos
polos extremos y falsos de las más extrema reacción y del anarquismo o el
sindicalismo en el movimiento obrero.
Los ideólogos alemanes del
período imperialista acogen, alborozados, esta crítica, pero la utilizan
simplemente para presentar mentirosamente a la Alemania prusianizada como una
forma social y estatal superior, que marca los caminos del futuro y supera las
contradicciones propias de la democracia. Y de esta utilización de la crítica
occidental de la democracia surge la ideología del agresivo imperialismo
alemán, la teoría de la "misión” de Alemania, llamada a señalar a la
humanidad la ruta hacia el futuro, y todo ello precisamente sobre la base de
mantener en pie todas las instituciones retrógradas nacidas de la "miseria
alemana”.
Esta forma específica de la
"misión” de Alemania siembra, además, un gran desconcierto en todas las
tendencias del pensamiento intencionalmente progresivas o que se hallan, por lo
menos, animadas por la intención de combatir a la reacción más extrema. La
ciega, servil y mecánica tendencia a doblegarse ante la autoridad del Estado
vigente en cada momento corre parejas con la idealización de las formas
políticas y sociales del atraso alemán, entorpece el desarrollo de Alemania por
los cauces de una democracia burguesa, lleva al país por derroteros
completamente falsos y se traduce en el apoyo ideológico (no siempre
deliberado) de aquellas tendencias reaccionarias en las que el atraso alemán
responde a sus intereses naturales de clase.
Este carácter contradictorio
de la trayectoria de Alemania era ya claramente visible en las reformas
steinianas, y especialmente en el propio Stein. Se manifiesta, asimismo, en la
teoría burocrático-estamental del Estado de la última época de Hegel, en su
tergiversación de la certera idea de que la Reforma había representado una
especie de revolución burguesa en Alemania, para llegar, partiendo de aquí, a
la falsa conclusión de que la revolución democrática alemana había alcanzado ya
sus objetivos. Y, con la teoría lassalleana del Estado, que llegó a influir
bastante, penetra incluso en el movimiento obrero, abriendo paso aquí a un
legalismo oportunista —sin paralelo, en tales proporciones—, a una verdadera
adoración del Estado como tal.
La extrema ideología
reaccionaria, que al principio se había plasmado discursivamente en el ala
derecha del romanticismo, en estrecha relación con los círculos más retrógrados
de la reacción de los junkers en Prusia, recibe así una poderosa ayuda, al paso
que la resistencia crítico-democrática con que se encuentra, el
desenmascaramiento crítico-democrático de la ideología reaccionaria era, en
Alemania, mucho más débil que en cualquier otro país del mundo. Y, si
exceptuamos los períodos de influencia directa de Marx y Engels, esto que
decimos se refiere incluso al movimiento obrero alemán. En su crítica del
Programa de Erfurt, Engels formula serias advertencias contra la
socialdemocracia alemana, que, en la lucha contra la reacción y por la
democratización del país, se olvida de sus tareas más importantes y alimenta
incluso ilusiones en el sentido de que "ese viejo establo de puercos pueda
convertirse de la noche a la mañana, alegremente, en la sociedad socialista.”94
La crítica de Engels iba
dirigida contra aquellas ilusiones alemanas que admitían la posibilidad de que
la Alemania real entonces existente "evolucionara” hacia el socialismo; es
decir, que pudiera "evolucionar” así un país que aún no se había
democratizado y que tenía ante sí todas las tareas de la democratización,
incluso la verdadera creación de la unidad de la nación alemana, el problema
central de la transformación democrática del país, como tareas revolucionarias.
En estas condiciones, el poner a la orden del día el problema de la marcha
hacia el socialismo sólo podía servir, en opinión de Engels, para desviar al
país de las grandes tareas de la democratización revolucionaria, cuya
realización constituiría, cabalmente, la única preparación certera, objetiva y
subjetiva, para el socialismo, en Alemania.
Esta crítica pasó
desapercibida, en el movimiento obrero alemán. Surgieron, así, los falsos
extremos de una "reconciliación” con la Alemania imperialista
antidemocrática, de una parte, y de otra la predicación abstracta del
socialismo, saltando abstractamente por encima de las tareas revolucionario-democráticas.
Entre los ideólogos descollantes de la socialdemocracia alemana, en el período
imperialista, podemos afirmar que fue Franz Mehring el único en quien se
mantenían realmente vivas las tradiciones de la lucha revolucionaria contra la
reacción prusiana. Lenin advirtió muy pronto esta trayectoria, y la criticó
acerbamente: "La tradición republicana se ha debilitado mucho entre los
socialistas de Europa... y no pocas veces este debilitamiento de la propaganda
republicana lleva consigo el que no se presione con fuerza hacia la victoria
total del proletariado. No en vano Engels, en 1891, al criticar el proyecto del
Programa de Erfurt, llamaba la atención de los obreros alemanes, con toda
energía, hacia la importancia de la lucha por la república y hacia la
posibilidad de que también en Alemania llegara a adquirir esa lucha un sentido
actual."95
En estas condiciones, toda
la ideología burguesa va viéndose totalmente absorbida por las formas y los
contenidos reaccionarios. El agnosticismo y la mística dominan, incluso, el
pensamiento de ideólogos burgueses que, políticamente y en lo fundamental, se
orientan hacia el progreso. Y hasta la teoría racista va penetrando en estos
círculos; baste con señalar el ejemplo de Rathenau, que más tarde habría de
caer bajo las balas de los asesinos fascistas. Y, paralelamente con estos,
discurre, como hemos visto, la corriente de modernización de la ideología
reaccionaria de los junkers. Tampoco este proceso forma, naturalmente, una
unidad. Las viejas formas y las viejas consignas ("Por Dios, por el Rey y
por la Patria”; "La esencia alemana curar al mundo”; hay que plegarse a la
ortodoxia protestante, etc.) se mantienen en pie hasta en plena República de
Weimar y conservan su fuerza en determinados círculos, cuantitativamente
limitados, de la pequeña burguesía. (Basta con citar la propaganda de los
nacional-alemanes, los "Cascos de Acero”, etc.) Pero, junto a ello, surge
y se hace cada vez más fuerte la necesidad de troquelar ahora los contenidos
reaccionarios más extremos y las metas más agresivas del imperialismo alemán en
los moldes que permitan ganar a las extensas masas de la pequeña burguesía, los
campesinos, los intelectuales e incluso los obreros para los objetivos interiores
y exteriores de dicho imperialismo.
La derrota de Alemania en la
primera Guerra Mundial imperialista planteó dos complejos de problemas,
íntimamente relacionados entre sí, que vinieron a hacer posible esta
reconstrucción de la extrema ideología reaccionaria, esta "modernización”
de sus consignas, con vistas a ganar para ellas a las grandes masas populares.
El primer complejo fue la indignación nacional provocada por el Tratado de
Versalles. El oportunismo de la socialdemocracia y la debilidad de los
comunistas no permitieron liberar al pueblo alemán de las cargas humillantes
del pasado, de las consecuencias de la guerra, por la vía de una revolución
llevada radicalmente hasta el final, como se había hecho en Rusia. Y el fracaso
de la revolución de 1918 trajo como consecuencia el que las masas cayeran, en
sus aspiraciones nacionales, cada vez más de lleno bajo una dirección
imperialista reaccionaria. La lucha contra el Tratado de Versalles y la
consigna de la liberación nacional, al abortar como la consigna de la
unificación revolucionario-democrática de la nación alemana, fue convirtiéndose
cada vez con mayor fuerza en la renovación del agresivo imperialismo alemán.
El segundo complejo, que
aparece entrelazado por todas partes con el primero y viene a reforzar la
acción de éste, es el desengaño de las masas ante los resultados sociales de la
revolución de 1918. Las esperanzas de las masas, hasta muy adentro de la
pequeña burguesía y de la intelectualidad, habían alcanzado por aquel entonces,
una tensión extraordinaria. Su desengaño, al comprobar que el régimen de la
coalición de los junkers y los grandes capitalistas, bajo la bandera de la
República de Weimar, seguía pesando sobre ellas tan abrumadoramente como antes,
no podía por menos de ser catastrófico. La gran crisis económica de 1929 y la
política económica y social resueltamente reaccionaria desplegada por la
democracia weimariana durante la crisis, imprimió todavía mayor violencia a
aquel desengaño. Pero, al mismo tiempo, se reveló que todos los movimientos encaminados
a restablecer simplemente el estado de cosas anterior a la guerra (a la
restauración de los Hohenzollern) no estaban llamados a adquirir influencia
entre las masas. Surgió así, en el campo de la extrema reacción, la necesidad
de una demagogia social: de enmascarar las metas del agresivo imperialismo
alemán bajo las formas de la "revolución nacional y social.
Los hechos de Hitler y de
sus cómplices y auxiliares no fueron otra cosa que la satisfacción de estas
necesidades de existencia de los círculos más reaccionarios de los junkers y
grandes capitalistas alemanes. El hitlerismo dio satisfacción a estas
necesidades, al sacar de los salones y los cafés, para lanzarla a la calle, la
ideología reaccionaria más extremista, modernizada a tono con las exigencias de
los tiempos.
La ideología de Hitler es,
sencillamente, la utilización cínicamente refinada y extraordinariamente hábil
de esta combinación de factores. El propio Hitler y sus más cercanos
colaboradores se hallaban muy bien dispuestos por su pasado para cumplir esta
misión. Hitler había sido, en Viena, uno de los seguidores de la demagogia
social antisemita de Lueger y más tarde, en Alemania, espía de la Reichswehr.
Su principal ideólogo, Rosenberg, fue discípulo de las Centenas Negras en la
Rusia zarista y, con posterioridad, confidente alemán también. Ambos
personajes, como tantos y tantos otros dirigentes del fascismo alemán, eran
mercenarios sin escrúpulos y sin conciencia del imperialismo alemán más
reaccionario, campeones demagógicos de la política prusiano-alemana de agresión
y de opresión. Es inútil, por tanto, buscar en ellos ni un atisbo de buena fe ideológica:
se mantienen en una actitud perfectamente cínica, escéptica e indiferente ante
su propia "doctrina”, de la que se valen —apoyándose como verdaderos
virtuosos en las retardatarias y degeneradas cualidades del pueblo alemán
señaladas más arriba, fruto del desarrollo histórico del país— al servicio de
los fines del capitalismo imperialista alemán, de los grandes capitalistas y
los junkers, de la prusianización de Alemania, de su expansión y de su lucha
por la hegemonía mundial.
Los líderes fascistas, que
en sus discursos y escritos ensamblan con una grandilocuencia falsa y repelente
su demagogia social y nacional y que no apean de los labios, cuando hablan ante
el público, las palabras honor, lealtad, fe, espíritu de sacrificio, etc., se
expresan, cuando se hallan en la intimidad, con una sonrisa cínicamente
despectiva de sus propias revelaciones y manifestaciones. Todavía es
relativamente poco lo que hoy conocemos de este material íntimo acerca de los
líderes fascistas.96 Sin embargo, a través, por ejemplo, de lo mucho
que ha divulgado Rauschning, el dirigente nazi de Danzig huido al extranjero,
de su trato íntimo con Hitler y otros líderes, podemos formarnos una imagen
bastante concreta acerca de la situación.
Citaré aquí solamente unos
cuantos ejemplos característicos. En una de las conversaciones de Rauschning
con Hitler, salió a colación el dogma central del fascismo alemán, la teoría
racista. Hitler, según nos cuenta su antiguo confidente, se expresó acerca de
este tema en los siguientes términos: "La nación es una expresión política
de la democracia y del liberalismo. Tenemos que desembarazamos de esta falsa
construcción y sustituirla por la concepción de la raza, que aún no está
desgastada políticamente ... Yo sé perfectamente... que, científicamente
hablando, no existe tal cosa... Lo que ocurre es que, como político, necesito
una idea que permita acabar con los fundamentos históricos anteriores, para
implantar en vez de ellos un orden antihistórico completamente nuevo y dar a
este orden una base intelectual.” El objetivo era la destrucción de las
fronteras nacionales. "Con ayuda de la idea de la raza, podrá el
nacionalismo llevar a cabo su revolución y volver del revés el mundo.”97
Como se ve claramente por estas palabras, la teoría racista no era, para
Hitler, más que el pretexto ideológico para hacer atractivo y plausible a los
ojos de las masas la conquista y el sojuzgamiento de toda Europa, la
destrucción nacional de los pueblos europeos.
La teoría racista lleva
aparejada, como es sabido, la investigación de los primeros orígenes del pueblo
alemán. Los fascistas proclaman esto como una de las partes más importantes de
su doctrina y crean, incluso, ciencias especiales destinadas al estudio de
estos problemas. Cuál es su actitud ante esta ciencia suya, propia y peculiar,
nos lo hace saber una conversación mantenida por Rauschning con Himmler, el
jefe de la Gestapo. Himmler, que acababa de prohibir las lecciones sobre
prehistoria de un profesor alemán en Danzig, se expresa en los términos
siguientes acerca de dicha prohibición: "Me tiene sin cuidado que la
verdad real y efectiva acerca de la prehistoria de las tribus germánicas sea
ésa o sea otra. La Ciencia procede de una hipótesis a otra, hipótesis que
cambian cada dos o tres años. No hay, pues, ninguna razón para que el partido
no pueda establecer también su propia hipótesis como punto de partida, aunque
se halle en contradicción con las ideas científicas imperantes. Lo único
importante y por lo que el Estado paga a esas gentes [a los profesores, G. L.]
es que las ideas que se profesen acerca de la historia fortalezcan a nuestro
pueblo en su necesario orgullo nacional.”98
Bien sabido es, asimismo, el
lugar central que el antisemitismo ocupa en la "concepción
nacionalsocialista del mundo”, en la propaganda hitleriana. Sin embargo, cuando
Rauschning, hablando de esto con Hitler, se atrevió a preguntarle
simplistamente si se proponía exterminar a los judíos, el Führer le contestó:
"No. Si los suprimiéramos, tendríamos que volver a inventarlos. Es
importante tener siempre delante un enemigo visible, corpóreo, y no simplemente
abstracto.” Y cuando, en la misma plática, salió a relucir el tema de las
célebres "Actas de los Sabios de Sión", sobre los que tanto hincapié
hacía la agitación progromista de los hitlerianos, y como quiera que Rauschning
mostrara dudas acerca de la autenticidad de dicho documento, el Führer replicó:
"Se me da un ardite de que el relato sea o no históricamente cierto. Si no
lo es. mejor, pues resulta tanto más convincente."99
No sería difícil seguir
poniendo ejemplos de éstos, aun a base del limitado material de que disponemos
para documentarnos acerca de las convicciones íntimas de los líderes del
hitlerismo. Creo, sin embargo, que basta y sobra con lo expuesto para ilustrar
la cínica actitud de Hitler y sus cofrades ante sus propias "teorías”.
Añadiremos tan sólo que, también en una conversación con Rauschning, Hitler no
tuvo empacho en calificar de tontería y mentecatez otra de las tesis centrales
de su propia demagogia social, el llamado "socialismo prusiano”.100
Todo lo anterior permite ver
claramente cuáles son los fundamentos de la "metodología"
nacionalsocialista. Y no es difícil tampoco complementar sus rasgos recurriendo
a las obras de Hitler. Nos limitaremos también en esta cuestión a señalar
algunos puntos fundamentales, a la luz de los cuales se verá con claridad cómo,
para Hitler y los adláteres que le rodean, no se trata simplemente de teorías
falsas y peligrosas, que deban ser refutadas con ayuda de argumentos
intelectuales, sino de una mescolanza de las doctrinas reaccionarias más
diversas, amalgamada con una demagogia desvergonzada y cuyo valor depende
solamente de la medida en que permita a Hitler aturdir a las masas.
Este tipo de propaganda
parte, en Hitler, de un desprecio soberano por el pueblo. "El pueblo —dice
Hitler— tiene, en su inmensa mayoría un temperamento y una actitud tan
femeninos, que su modo de pensar y de actuar no se gobierna tanto por la fría
reflexión como por las reacciones sentimentales.” En estas palabras del Führer se expresan, como
podemos comprobar, los resultados de la "teoría aristocrática del
conocimiento” del período imperialista y de la filosofía social de la
"desorbitación”, traducidos al lenguaje de la demagogia práctica.
Y en este punto de vista se
sitúa Hitler para elaborar sus métodos de propaganda. Se trata de sustituir el
convencimiento por la sugestión, de crear por todos los medios una atmósfera
sofocante de fe ciega, de histerismo de hombres crédulos y desesperados. Y
también aquí vemos cómo la lucha de la filosofía de la vida contra la razón
—independientemente de lo que Hitler llegara a conocer de ella— es la
concepción del mundo que sirve de base a la pura técnica de la demagogia. La
"originalidad” de Hitler consiste en haber sido el primero a quien se le
ocurrió aplicar la técnica de la publicidad norteamericana a la política y la
propaganda alemanas. Lo que se propone es aturdir y seducir a las masas. En el
Mein Kampf confiesa que persigue una meta demagógica: quebrantar el libre
albedrío y la capacidad de los hombres de pensar por cuenta propia. Y lo único
que le preocupa y que se detiene a estudiar concienzudamente es con ayuda de
qué ardides puede conseguirlo.101
Por este camino, entra
Hitler en todos los posibles detalles externos de la sugestión y de la
sugestionabilidad de las masas. Pondremos, también aquí, un solo ejemplo:
"En todos estos casos —dice—, se trata de menoscabar la libre voluntad del
hombre. Y esto se refiere ante todo, como es natural, a las asambleas en que se
reúnen personas de orientación contraria y en las que se trata de formar, a
todo trance, una voluntad nueva. Por la mañana e incluso de un día para otro,
parece como si las fuerzas volitivas de estos hombres se resistiesen con todas
sus fuerzas contra el intento de imponerles una voluntad ajena y una opinión
extraña. Por la noche, en cambio, se someten mucho más fácilmente a la fuerza
dominadora de una voluntad más vigorosa. Pues en verdad que toda asamblea de
esta clase es como un palenque en que luchan dos fuerzas contrapuestas. Al arte
oratoria descollante de un temperamento dominante de apóstol le será más fácil
ganar para la nueva voluntad a hombres cuya fuerza de resistencia ha sido ya
debilitada del modo más natural que a quienes se hallan todavía en plena posesión
de sus energías espirituales y volitivas.”102
Y con el mismo cinismo se
manifiesta Hitler acerca del programa de su propio partido. Reconoce que, de
vez en cuando, al cabo del tiempo, puede ser objetivamente necesario introducir
en él ciertas modificaciones. Se declara, sin embargo, de antemano y por
principio contrario a ellas: "Pero, cualquier intento en ese sentido
resulta ser casi siempre fatal. Sólo sirve para poner a discusión lo que
debiera ser considerado como firme e inconmovible... ¿Cómo se quiere hacer que
la gente crea con fe ciega en la exactitud de una doctrina, si a cada paso se
introducen en la estructura exterior de ella cambios que inducen a la
inseguridad y a la duda?”103
Esta técnica de la
propaganda hitleriana guarda relación con uno de los pocos puntos sinceros de
la "concepción del mundo” profesada por Hitler: éste es un adversario
irreductible de la verdad objetiva y también en la vida combate por doquier
todo lo que sea objetividad. Se siente a sí mismo como el agente de unas
posiciones capitalistas, cuyas metas trata de alcanzar con una técnica de
propaganda implacablemente hábil, conscientemente colocada al margen de toda
verdad o de toda exactitud objetivas. En este sentido, es un discípulo
verdaderamente hábil de la técnica publicitaria norteamericana. En sus
disquisiciones sobre la técnica propagandística, se expresa a veces de un modo
sin querer grotesco este temperamento suyo íntimo: "¿Qué se diría, por
ejemplo, de un anuncio que, proponiéndose ensalzar una marca nueva de jabón,
llamase también buenos a otros jabones?... Exactamente lo mismo ocurre con la
propaganda política.”104
Y tampoco esta mescolanza de la filosofía alemana de la vida y la técnica publicística norteamericana tiene nada de casual. Una y otra "son formas de expresión del período imperialista. Ambas apelan al desconcierto, a la desorientación de las gentes de esta época, a su condición de cautivos del sistema de las categorías del capitalismo monopolista convertido en fetiche, a su sombrío estado de sumisión y de tormento y a su incapacidad para liberarse de él. La diferencia está en que el sistema publicístico norteamericano apela al hombre medio y, concretamente, a sus necesidades vitales más directas, en las que se mezclan la estandarización objetiva por obra del capitalismo monopolista y el vago anhelo de mantener "su propia personalidad”, dentro de este marco. En cambio, la filosofía de la vida apela, por medio de rodeos muy complicados, a la élite de la intelectualidad, en la que es mucho más candente, aunque se halle —objetivamente— no menos condenada al fracaso, la lucha interior contra la estandarización. De aquí que la técnica publicitaria sea desde el primer momento cínico-demagógica, como forma de expresión directa del capitalismo monopolista, mientras que la filosofía de la vida se mantiene durante largo tiempo, de buena fe, o por lo menos con medios indirectos, en el terreno seudocientífico y seudoliterario. Pero una y otra participan —objetivamente—, por encima de todas las diferencias de la repulsa de toda objetividad, de la apelación unilateral a los sentimientos, a las vivencias, etc., del intento de eliminar la razón y el discernimiento racional y de desacreditarlos.
Es, pues, una determinada necesidad
social la que hace que los resultados y el método de la filosofía de la vida sean
llevados a la calle con ayuda de los medios técnicos de la publicidad norteamericana.
Y, al identificarse en la persona de Hitler la filosofía de la vida y el capitalismo
monopolista, es lógico que la técnica más desarrollada de este capitalismo, la
técnica norteamericana, se combine con la ideología más desarrollada del capitalismo
monopolista y la reacción, con la ideología alemana. Y la simple posibilidad de
esta conjunción, de esta unidad, revela ya cómo toda la barbarie, todo el
cinismo, etc., del período hitleriano sólo pueden comprenderse y criticarse
partiendo de la economía, de la estructura social, de las tendencias de
desarrollo social del capitalismo monopolista. Todo intento de concebir el
hitlerismo como la renovación de cualquier vieja barbarie pasa por alto los que
constituyen precisamente los rasgos esenciales específicos y decisivos del
fascismo alemán.
Sólo a través de esta
técnica publicística, cínica y sin escrúpulos, puede comprenderse y exponerse
certeramente la llamada ideología de los fascistas hitlerianos. Éstos se
preguntan siempre, en efecto: ¿para qué sirve un pensamiento?, ¿qué utilidad
reporta éste?, sin preocuparse en lo más mínimo de su verdad objetiva, más aún,
rechazando la verdad objetiva apasionadamente y con el mayor desprecio. (En lo
que coinciden plenamente con la filosofía moderna, desde Nietzsche, pasando por
el pragmatismo, hasta nuestros días.) En este punto, esta robusta y burda
técnica publicitaria confluye, sin embargo, con los resultados de la filosofía
imperialista de la vida, con la concepción del mundo de los intelectuales más
"refinados” de nuestro tiempo. En efecto, el irracionalismo agnosticista,
que se ha venido desarrollando en Alemania desde Nietzsche, Dilthey y Simmel
hasta Klages, Heidegger y Jaspers conduce, como resultado final, a una repulsa
igualmente apasionada de la verdad objetiva, ni más ni menos que en Hitler,
aunque en éste por otros motivos y con otros fundamentos.
La confluencia del
irracionalismo de la filosofía de la vida con la "concepción del mundo”
del fascismo no entraña, pues, determinados resultados de la teoría del
conocimiento, que sólo se destinan, por su sutileza difícilmente comprensible a
reducidos círculos intelectuales, sino que se produce dentro de la atmósfera
espiritual general de la duda radical en cuanto a la posibilidad de un
conocimiento objetivo, en cuanto al valor de la razón y el entendimiento, al
amparo de la fe ciega en los "datos” intuitivistas e irracionalistas que
repugnan al entendimiento y la razón; en una palabra: dentro de la atmósfera de
una credulidad histérico-supersticiosa, con la circunstancia, además, de que
este oscurantismo de la lucha contra la verdad objetiva, contra la razón y el
entendimiento, se presenta como la última palabra de la ciencia moderna, de la
teoría del conocimiento "más avanzada”.
Estas tendencias afines en
cuanto a la creación de una atmósfera intelectual propicia al auge y al
entronizamiento de los absurdos fascistas, explica por qué el ideólogo mayor
del nacionalsocialismo, Rosenberg, abriga ciertas simpatías por los más
caracterizados representantes de la filosofía irracionalista de la vida; cita,
por ejemplo, con gran elogio a Spengler y Klages, aunque rechace el contenido
concreto de sus doctrinas y considere toda su actuación como superada por el
nacimiento del nacionalsocialismo. Aunque el irracionalismo de la filosofía de
la vida fuese indispensable para el fascismo como atmósfera espiritual, es de
suyo demasiado refinado, demasiado aéreo, demasiado sutil, se halla demasiado vinculado
indirectamente a los fines del capitalismo monopolista alemán, para que se le
pueda utilizar directamente al servicio de las finalidades demagógicas. Hace
falta, para ello, recurrir a aquella combinación de la filosofía de la vida y
la teoría racista que encontrábamos en Chamberlain. Es aquí donde Hitler y
Rosenberg encuentran los medios discursivos directamente utilizables para sus
fines demagógicos: de una parte, una "concepción del mundo” para la
intelectualidad alemana reaccionariamente corroída y, de otra parte, el
fundamento para una robusta y brutal demagogia, para una doctrina al parecer
generalmente inteligible, con la que se puede aturdir y engañar a las masas
desesperadas, extraviadas y que buscan un camino de salvación.
De Chamberlain tomaron los
nazis la teoría "interior” de la raza, la determinación de las
características raciales a base de la intuición. Aunque la propaganda airee
mucho las llamadas características filosóficas (la forma del cráneo, el color
del cabello, los ojos, etc.), lo esencial se reserva, sin embargo, a la vía
intuitiva. Uno de los filósofos oficiales del hitlerismo, Ernst Krieck, expresa
muy abiertamente esta actitud ante la biología: "La concepción biológica
del mundo —dice— significa algo sustancialmente distinto que la fundamentación
de la concepción del mundo por la ciencia especial llamada biología.” Y por eso
también Rosenberg, en sus escritos programáticos, habla mucho más del
"alma” que de las características raciales objetivas. Lo que razona
mediante esta aseveración: "Alma...significa raza, vista interiormente.”106
Es la continuación directa de la teoría racial chamberlainiana.
En éste como en todos los
demás criterios de mayor importancia, vemos que Rosenberg es un discípulo
concienzudo de Chamberlain. Niega, al igual que éste, la causalidad; y, como
éste, rechaza toda indagación de la génesis. Niega, lo mismo que su maestro, la
existencia de una historia general de la humanidad: sólo tienen historia las
razas, cada una de por sí, especialmente los arios, los germanos. Pero también
su historia es puramente aparente, pues en realidad lo bueno de la raza es
inmutable. Rosenberg dice, acerca de esto: "La primera grande y suprema
realización mítica ya no se perfecciona, en lo esencial, si no que asume
simplemente otras formas. El valor que a un dios o a un héroe se le infunde es
lo eterno, tanto para bien como para mal... Puede morir una forma de Odín...
Pero Odín, es decir, el arquetipo eterno de las anímicas fuerzas primigenias
del hombre nórdico, vive hoy lo mismo que hace 5,000 años.” Y resume del modo
siguiente las con secuencias de esta tesis: "El último saber posible de
una raza se contiene ya en su primer mito."107
Llega así a su término la
lucha interna mantenida en la filosofía de la vida entre la tipología
objetivamente histórica, antropológica, y el intento de erigir precisamente
sobre esta base una teoría de la historia enemiga de toda ley e irracionalista.
Y, como es natural, tal y como el terreno había sido preparado, de una parte y
sobre todo, por Chamberlain y, de otra parte y por otros caminos, por Spengler,
Klages, Heidegger, etc., el pleito termina con la victoria del antihistoricismo
y la liquidación conceptual de la historia. Se revela aquí a la luz del día,
con meridiana claridad, la imposibilidad teórico-objetiva de concebir metodológicamente
la historia si se elimina de ella la idea de progreso. Y cuando Rosenberg barre
radicalmente con todo el seudohistoricismo del período imperialista, no hace más
que sacar, a su manera mítico-demagógica, las consecuencias lógicas de una
situación ya implícitamente contenida en la cautelosa antinomia de un Dilthey.
Esta concepción de la raza,
coincidente no sólo con Chamberlain, sino también con Gobineau, trae como
consecuencia necesaria el que todo lo que sea cambio se considere como una
corrupción, a consecuencia de la mezcla racial. De ahí que Rosenberg haga suya,
alborozado, la idea chamberlainiana del "caos de pueblos”, con sus dos
peligros fundamentales: Roma y el judaísmo. Y de ahí también que, al igual que
Chamberlain, considere como el punto flaco central del germanismo el que no
posea una religión "adecuada”.
Carece de interés, dada la
total intrascendencia de Rosenberg como pensador, detenerse a investigar dónde
se limita éste a copiar al pie de la letra a Chamberlain y dónde modifica su
pensamiento. Lo importante en él es cómo encarrila las frases literarias
reaccionarias de su maestro hacia el programa de acción de la demagogia
nacional y social. En este sentido, lo más importante es la agudización de la
teoría activista de Chamberlain, por oposición al fatalismo de Gobineau y del
darwinismo social. Hitler y Rosenberg toman de Chamberlain tres puntos de vista
fundamentales: en primer lugar, el concepto del caos de pueblos y de la lucha
en contra de él; en segundo lugar, la capacidad de regeneración de las razas,
y, en tercer lugar, la teoría racista como un sustitutivo de la religión a tono
con los nuevos tiempos. Y, al mismo tiempo, agudizan y simplifican demagógicamente
los tres complejos en interés de la política agresiva del imperialismo alemán.
Por lo que al primer punto
se refiere, tanto en Rosenberg como en Chamberlain ocupan el judaísmo y Roma el
centro de la lucha, como los enemigos principales. Con la diferencia de que,
ahora, esta lucha ya no se libra con las "nobles” armas literarias, como
al principio sobre todo la sostenía Chamberlain, inclinándose a cada paso ante
tales o cuales judíos y católicos "descollantes”, sino que se desencadena
una demagogia pogromista descarada y sin escrúpulos.
Ya en Chamberlain vemos que
los judíos son los portadores de la funesta idea de la igualdad. Ahora, se
equiparan el capitalismo y el socialismo como emanaciones de esta perniciosa
idea y contra ambos se dirigen los tiros, como los exponentes actuales del caos
de los pueblos. También aquí desemboca el río de una vieja tradición
reaccionaria en la demagogia social del hitlerismo. Como es sabido, las
contradicciones del sistema capitalista engendran en todas partes, durante el
siglo XIX, un movimiento romántico-anticapitalista. Al principio, este
movimiento presenta méritos científicos relativamente considerables, por su
ingeniosa crítica de estas contradicciones, que en Sismondi llega, incluso, a
poner de relieve la necesidad de las crisis económicas bajo el capitalismo; y,
en el campo social, nos encontramos con algo parecido en el joven Carlyle.
La revolución del Cuarenta y
ocho, la aparición del socialismo científico y sil fusión con la clase obrera
revolucionaria hacen cambiar rápidamente la fisonomía del anticapitalismo
romántico. Como ideología que era de la pequeña burguesía, este movimiento
miraba desde el primer momento hacia atrás (en Sismondi, hacia la producción
simple de mercancías de los tiempos anteriores al capitalismo; en el joven
Carlyle hacia la Edad Media, como la "economía ordenada”, por oposición a
la anarquía capitalista). Esta tendencia regresiva queda adherida al aspecto
puramente ideológico del desarrollo ulterior del anticapitalismo romántico,
tanto más cuanto que la tendencia muy cercana a él a contraponer la
civilización y la cultura entraña necesariamente una crítica de la ausencia de
cultura del capitalismo, desde el punto de vista de las culturas del pasado.
Sin embargo, la necesidad de adoptar también una posición ante el socialismo,
como ante la tendencia que sobrepone la sociedad al capitalismo, introduce un
cambio de rumbo esencial: el principio del "orden" tiende a buscarse
y se encuentra cada vez más en el mismo capitalismo, claro está que sin
renunciar del todo a aquella crítica de la cultura capitalista que iba a buscar
su pauta al pasado; pero, ahora, se trata de sacar del propio gran capitalismo
la fuerza capaz de sobreponerse a la anarquía. Tal es ya la posición en que se
sitúa Carlyle después de la revolución del Cuarenta y ocho. Pero la formulación
más categórica de esta doble tendencia contradictoria la da, en vísperas del período
imperialista, como hemos visto, Federico Nietzsche.
Dos consecuencias se
desprenden de esta situación social y de la situación espiritual por ella
determinada. La primera es que hay que distinguir, en el capitalismo, los
"lados buenos" de los "malos". Este punto de vista lo
encontramos ya en Proudhon, y los apologistas liberales vulgares se esfuerzan
siempre por presentar los lados "malos” del capitalismo como aspectos
casuales de este régimen, llamados a desaparecer. Ahora bien, esta tendencia
sólo puede llegar a convertirse en parte integrante del anticapitalismo
romántico al aparecer aquella apologética indirecta que defiende el sistema
capitalista apoyándose precisamente en los "lados malos", de cuyo
desarrollo se espera que llegue a acabar un día con la anarquía del capitalismo
liberal vulgar y traiga consigo un nuevo "orden”; es decir, en otras
palabras, al convertirse el anticapitalismo romántico en una ideología del
capitalismo imperialista. Y, en segundo lugar —y en íntima relación con el
cambio de rumbo anterior—, la repulsa contra el socialismo se vincula a esta
nueva posición que se adopta ante el capitalismo: el socialismo se hace
aparecer, ahora, como la continuación y el desarrollo de aquellas tendencias
anticulturales, hostiles a la personalidad del hombre, que se combaten y
rechazan en el capitalismo y cuya eliminación real se confía en que lleve a
cabo el imperialismo, el capitalismo "reglamentado".
Contribuye a facilitar este
giro de las cosas el hecho de que, con el derrumbamiento de la economía
clásica, hayan desaparecido del campo de la intelectualidad burguesa, en
materia de economía, todo saber y toda cultura. La antítesis económica de
capitalismo y socialismo cae, por tanto, fuera de su órbita de conciencia, y
como el socialismo trata de vencer al capitalismo en un camino reservado al
futuro, es decir, progresivamente, en la línea de un desarrollo superior de las
fuerzas productivas, problemas que estos ideólogos sólo enfocan desde el punto
de vista de la técnica y, cuando mucho, en el plano de la división del trabajo,
fácilmente se llega por aquí a la identificación del capitalismo (rechazado) y
el socialismo.
Uno de los primeros que
formuló esta identificación, y de un modo impresionante por cierto, fue
Dostoyevski (en su obra De entre las sombras de una gran ciudad). Y, en el
campo filosófico, también Nietzsche hubo de proclamar con mucha eficiencia esta
idea, al englobar bajo el nombre de democracia todo lo que había de reprobable
en el capitalismo. Y lo mismo hicieron, siguiendo sus huellas, Spengler y
otros. Como vemos, también en este punto recoge Rosenberg la herencia de una
larga trayectoria de posiciones extraviadas, lo que le permite utilizar
fácilmente estas actitudes al servicio de sus fines demagógicos... Así,
Rosenberg declara la guerra "a los últimos caóticos exponentes del
imperialismo económico-liberal de los mercaderes, cuyas víctimas, empujadas por
la desesperación, hicieron el juego al marxismo de los bolcheviques, para dar
cima a la obra iniciada por la democracia: exterminar la conciencia de la raza
y de la nación”.108 Y en otro pasaje: "La autoridad arracial
reclama la anarquía de la libertad. Roma y el jacobinismo, bajo sus formas
antiguas y en sus manifestaciones posteriores más puras, en Babeuf y en Lenin,
se condicionan, en su interior, mutuamente.”109
Esta concepción de la
historia constituye, para Rosenberg, el fundamento ideológico de la demagogia
social. Con su lucha contra el capital, el marxismo, según Rosenberg, falsea el
verdadero planteamiento del problema y obra en interés del judaísmo
internacional. La teoría racista debe, por el contrario, preguntarse "en
manos de quién se encuentra este capital y mediante qué principios es
gobernado, dirigido o vigilado. Esto es lo importante y lo decisivo".110
La teoría racista permite simplificar todos los complicados razonamientos del
anticapitalismo romántico, reduciéndolos al problema de la raza a que
pertenecen los capitalistas. La demagogia social del fascismo se propone
mantener en pie el capitalismo monopolista reaccionario alemán y salvarlo del
peligro revolucionario a que lo empuja la gran crisis económica. De ahí la
distinción establecida por Rosenberg y de ahí también la que Feder traza entre
el capital desfalcador y el capital creador. De este modo, se encauza por los
carriles del antisemitismo, con ayuda de la demagogia social de la teoría
racista y valiéndose del hecho de que las masas no proletarias ven su
explotador directo en el capital monetario y comercial, la indignación que en
las grandes masas provoca su explotación por el capitalismo monopolista.
Y, al mismo tiempo, la
concepción chamberlainiana del caos de pueblos sirve como fundamento para
justificar la agresión imperialista. Se presentan como un "caos racial”
los Estados contra los que el imperialismo alemán abriga, sobre todo,
apetencias de conquista. Tal, principalmente, Rusia. Y también Francia aparece
como un exponente de ese caos de pueblos; "apenas se la puede considerar
ya como un Estado europeo, pues es más bien, hoy, una prolongación del África,
gobernada por judíos".111 Y también Hitler considera a Francia
como "un Estado africano dentro de Europa”. Como se ve, Hitler y Rosenberg
"fundamentan” las ambiciones agresivas del imperialismo alemán basándose
en los "principios” de la teoría racista. Y tal vez tenga cierto interés
observar que la llamada concepción del mundo de los fascistas es también en
este punto un simple ardid publicitario y que, si se tratara de vender otra
mercancía, se sustituiría este cartel de propaganda por otro de signo
contrario. Así, vemos cómo Rosenberg, por los días en que los nazis confiaban
en llegar a crear una coalición europea contra Rusia a base del "pacto de
las cuatro potencias”, "olvidó”, de la noche a la mañana todo lo que había
escrito acerca de "negrificación” y el "enfangamiento” de los
franceses; de pronto, la Francia a la que quería atraerse como aliado circunstancial
había dejado de ser un país "bastardeado” para convertirse en un país de
campesinos, cuyo rasgo fundamental y decisivo era "la adoración de la
tierra”,112 es decir, algo francamente positivo, a los ojos de la "concepción
del mundo nacionalsocialista".
En cuanto al segundo
problema, el de la regeneración de las razas, Hitler la reconoce expresamente.
"Eso implica —dice el Mein Kampf— un proceso natural, aunque lento,
de regeneración, que va eliminando poco a poco las contaminaciones raciales,
mientras quede un fondo racial de elementos putos y no se produzca un nuevo
bastardeamiento.”113 Con lo cual el fascismo se adhiere a los
teóricos optimistas del problema racial, como Chamberlain y Woltmann. Pero,
para éstos, el problema de la salvación de una raza pura era, simplemente, un
complejo de medidas higiénico-raciales. Estas medidas (fiscalización y
prohibición de matrimonios, etc.) las hace suyas también el fascismo, pero su
aplicación se convierte, puesta en sus manos, en instrumento de una pavorosa y
arbitraria tiranía. Hitler sabe perfectamente que con las medidas craneanas,
los árboles genealógicos, etc., se puede demostrar todo lo que se quiera. De
ahí que el sistema de tales medidas no sea, bajo el hitlerismo, otra cosa que
un medio de coacción y de chantaje. No en vano dice Ernst Krieck, el teórico
del racismo: "La raza se mide por el modo y el grado en que se es capaz de
servir a la comunidad vital de la raza y la nación.”114 Lo que vale
tanto como afirmar que, en el sistema fascista, la pureza racial es, de una
parte, condición necesaria para medrar y hasta para llevar una vida
medianamente soportable y que, de otra parte, depende enteramente del capricho
de los jerarcas fascistas el decidir quiénes han de ser considerados
racialmente puros y quiénes no. A los ojos de un Goebbels, no contaban para
nada ni el aspecto más sospechoso ni el árbol genealógico más oscuro; en
cambio, quien se atreviese a disentir o a manifestar la menor duda ante
cualquier problema era clasificado inmediatamente como bastardo y se exponía a
verse condenado sin más como "judaizado”, desde el punto de vista
espiritual y caracterológico.
Es fácil darse cuenta, pues,
de por qué el fascismo adoptó el criterio "interior”, intuicionista, de
Chamberlain, para la determinación de la raza. Cuando se propaga la teoría
racista en los grandes mítines, es conveniente operar con las características
raciales "exactas”, discernibles por los sentidos y fácilmente
comprensibles. En cambio, para el aparato gubernamental del despotismo
fascista, el criterio más indicado, precisamente por ser el más arbitrario, es
aquel criterio "interior”, señalado por Krieck.
De este modo, el manejo de
la regeneración y la conservación de la pureza racial se convierte en un
instrumento apto para mantener en un estado de obediencia servil a todo el
pueblo alemán; es decir, para fomentar sistemáticamente aquella falta de
firmeza, aquel servilismo, aquella ausencia de valor civil que han sido siempre
las características de la "miseria alemana”, pero que jamás habían
alcanzado tal apogeo como bajo el fascismo, gracias a la política racista de
Hitler.
Es característico en cuanto
al desarrollo de esta moral fascista el hecho de que ya Chamberlain destaque la
lealtad como la cualidad moral específica del hombre germánico, poniendo como
ejemplo —cosa muy característica también— a los soldados mercenarios alemanes
que, a cambio de una soldada, desempeñaron a lo largo de toda Europa un papel
tan cruel e ignominioso, y siempre al servicio de causas contrarrevolucionarias
y represivas. Los viejos demócratas alemanes anatematizaban este período de los
mercenarios como una de las vergüenzas históricas de Alemania. Chamberlain, en
cambio, lo destaca como el período en el que más brilla su cualidad moral
decisiva. Y cuando Krieck habla del hombre heroico, define su naturaleza en los
siguientes términos: "El destino reclama del hombre heroico el honor del
que es capaz de cumplir todas las órdenes."115
Pero no con ello se completa
la significación de este complejo para el hitlerismo. Este tipo de moral se
utiliza, ante todo, para implantar y entronizar en la misma Alemania el
despotismo ilimitado de una minoría. Dice Rosenberg, traduciendo libremente una
idea de Chamberlain, que ningún pueblo, ni siquiera el alemán, forma una unidad
racial. De donde se sigue que hay que asegurar por todos los medios la
dominación de los mejores, de la raza más pura (de la raza nórdica). Rosenberg
afirma que en Alemania existen, por lo menos, cinco razas, pero que sólo
"la raza nórdica” es la que "da auténticos frutos culturales". Y
prosigue: "El destacar la raza nórdica no significa sembrar en Alemania el
odio racial, sino, por el contrario, reconocer conscientemente la existencia de
un nexo de pura sangre en el seno de nuestra nacionalidad...
El día en que se cegase sin
remedio el manantial de la sangre nórdica, Alemania marcharía hacia la
catástrofe, se hundiría en un caos totalmente carente de carácter.”116
El exponente de esta sangre
nórdica es, según Rosenberg, por supuesto, el mismo movimiento
nacionalsocialista; en él se halla la "nueva nobleza"; está formado
por un 80% de elementos nórdicos; "conservarse" en él significa
bastante más que "las estadísticas per capita”.117 Se
revela aquí, al mismo tiempo, la modernización de la reacción por la teoría
racista. El fascismo viene a salvar el predominio de los junkers prusianos,
pero los convierte simplemente en una parte de la nueva nobleza, obligando a
los viejos parásitos a compartir su parasitismo con otros nuevos, con los
jerarcas del movimiento nazi. Y para que ninguna de las dos partes integrantes
de esta nobleza racial salga perjudicada, el fascismo procura extender hasta el
máximo la zona de explotación confiada a ambas. Tal es la "nobleza de sangre
y de conducta” que Rosenberg proclama, como instaurada sobre la base de la
pureza racial.
Ya en las anteriores líneas
nos hemos referido, de pasada, a la verdadera meta, a la meta superior del
fascismo alemán: a la dominación de los alemanes sobre el mundo entero. El
fascismo hereda todas las viejas quimeras y pretensiones de dominación forjadas
por el peor chovinismo alemán, pero para llevarlas mucho más allá. Y, al
examinar este problema en relación con la "concepción nacionalsocialista
del mundo”, debemos fijamos, ante todo, en su carácter aristocrático y en su
fundamentación seudo-biológica. Dice Hitler, hablando de la teoría racista, que
esta teoría parte del valor superior o inferior de las distintas razas. Y
"se siente obligada por esté conocimiento, y conforme a la voluntad eterna
que gobierna el universo, a impulsar el triunfo de los mejores y los más
fuertes y a exigir la sumisión de los peores y los más débiles. Rinde con ello,
y por principio, homenaje a la concepción aristocrática de la naturaleza y cree
en la vigencia de esta ley hasta en el último de los seres vivos”.118
Ya en Nietzsche y en el
darwinismo social era la fundamentación biológica de la dominación de las
clases explotadoras y de los pueblos colonizadores una ideología de la
inhumanidad, puesto que presentaba a los oprimidos como seres de una naturaleza
distinta por principio, "biológicamente” destinados a la explotación y a
la esclavitud. Pues bien, esta tendencia es llevada todavía más allá por
Hitler. "Una de las premisas más esenciales para la formación de las
culturas superiores es —dice Hitler— la existencia de hombres inferiores...; es
indudable que la primera cultura de la humanidad no se debió tanto a la
domesticación de los animales como al empleo de hombres inferiores.”119
El ario, el germano es, a
los ojos de la teoría racista, un ser cualitativamente distinto, desde todos
los puntos de vista, de las demás razas humanas. Éstas no hablan una lengua
común en ninguno de los campos de las actividades del hombre; es por principio
imposible que se entiendan, a menos que sobrevenga una corrupción, una
contaminación de la raza pura. Cualquier sentimiento de la más leve humanidad
para con los enemigos del fascismo —que, según la teoría interior de la raza,
quedan clasificados eo ipso entre las razas inferiores— constituye, en
quien experimente semejante emoción, un síntoma claro de impureza racial. El
fascismo educa, así, a todo el pueblo alemán, por principio, en la escuela de
la inhumanidad, o, mejor dicho —si recordamos nuestras manifestaciones
anteriores—, coloca a todo el pueblo bajo una presión despótica que obliga a
todos a comportarse de un modo bestialmente inhumano, que instituye premios a
la inhumanidad y amenaza con proscribir de la "comunidad nacional”,
poniendo precio a su cabeza, a cuantos incurran en una conducta humana.
Esta división cualitativa de
los hombres en razas superiores e inferiores informa toda la "concepción
nacionalsocialista del mundo". En el campo de la filosofía, ya nos
habíamos encontrado con esta teoría en Chamberlain, y Rosenberg se encarga de
aplicar concienzudamente sus sugestiones en todos los campos de la teoría del
conocimiento, de la estética, etc. Pero esto no es más que la fundamentación
ideológica de la espantosa práctica seguida por el nacionalsocialismo, desde el
primer momento, en contra de los mejores hombres del pueblo alemán y de otros
pueblos y que desde la guerra mundial ha concitado contra él el odio, el asco y
el pavor de toda la humanidad. Y tiene absoluta razón Rosenberg cuando, después
de destacar los méritos de Chamberlain, dice: "La historia universal,
concebida como historia racial, es la renuncia actual a esta teoría
decadente de la humanitas.”120
A lo que ello conduce es a
que los alemanes consideren como una bestia a todo el que, de fronteras
adentro, discrepe del fascismo y, de fronteras afuera, a cuantos pertenezcan a
otro pueblo; unas veces, como bestias de tiro y otras veces como reses
destinadas al matadero. El tipo hitleriano-rosenbergiano de la agresión imperialista
alemana instituye, por tanto, bajo la forma de la teoría racista, un verdadero
canibalismo moderno, al que llama su "concepción del mundo"; saca
todas las posibles consecuencias bárbaras contenidas en la reaccionaria
doctrina de la desigualdad de la teoría racista, y las lleva hasta el extremo
de la máxima bestialidad. De aquí que Hitler y Rosenberg critiquen
continuamente el chovinismo y el nacionalismo de viejo tipo. Crítica que tiene,
por otra parte, mucho de demagogia para atraerse a las masas descontentas con
el régimen de los Hohenzollern y a las que no sería fácil convencer de la
vuelta a él. (Debilidades de la propaganda de los nacional-alemanes.) Pero esta
crítica va dirigida, sobre todo, a acentuar todavía más el chovinismo a la
ofensiva; según ella, el viejo nacionalismo de los Hohenzollem no era lo
bastante agresivo, pecaba de exceso de humanidad y de indecisión.
Hitler se manifiesta en
contra de los viejos planes de colonización y expansión de la monarquía de los
Hohenzollern. Critica, sobre todo, con especial dureza el propósito de
asimilarse por la fuerza, mediante la germanización, a los pueblos
conquistados. Lo que hay que hacer, según él, es exterminarlos. No se
comprendía, dice, "que la germanización sólo puede llevarse a cabo sobre
la tierra, pero nunca sobre los hombres".121 Lo que vale tanto
como sostener que el Imperio alemán debe extenderse, conquistar tierras
fértiles y expulsar o exterminar a la población que encuentre en ellas. El
programa de la política -exterior de Hitler había sido formulado ya mucho antes
de la toma del poder, en estos términos: "La política exterior del Estado nacional
debe asegurar la existencia en este planeta de la raza aglutinada dentro del
Estado, estableciendo una relación sana, vital y natural entre la cifra y el
crecimiento de la nación, de una parte, y de otra la magnitud y la calidad del
suelo."122
Esta teoría del
"espacio vital” de los fascistas sirvió de base para la criminal agresión
de la Alemania hitleriana contra la Unión Soviética. Quien lea el Mein Kampf
de Hitler se dará clara cuenta de que este plan forma parte del movimiento
fascista ya desde el primer momento. (Y tampoco en este punto carece de interés
comprobar qué actitud mantiene la jerarquía fascista ante su propia teoría. Ya
hemos visto que el llamado fundamento teórico sobre que descansan tanto la
estructura interior como la agresión exterior del Estado hitleriano es la
dominación de la "sangre nórdica”. De aquí que Hitler y Rosenberg
coquetearan siempre con los pueblos del Norte, "descendientes de un tronco
común” Pero cuando en el transcurso de la Guerra Mundial se vio que no se
sometían voluntariamente al "nuevo orden” europeo, que no se prestaban a
dejarse "quislingizar” de buen grado, Rosenberg, en una circular expedida
conjuntamente por él y por Martín Bormann, el secretario de Hitler, declaró de
la noche a la mañana que aquellos pueblos no eran arios de pura sangre, sino
una mescolanza de pueblos, una raza bastardeada, con elementos finlandeses y
mongoles, eslavos, celto-galos, etc. Mientras tanto, el "Eje"
Berlín-Roma-Tokio proclamaba a los aliados japoneses como "los prusianos
del Oriente”. Como vemos, también en este punto es la teoría racista, para
Hitler y Rosenberg, un simple instrumento de propaganda, es decir, la
"publicidad de una marca de jabón”, del agresivo imperialismo alemán.)
He aquí cómo Hitler y
Rosenberg proclaman, con insuperable cinismo la bestialidad de la conquista del
mundo por Alemania. Y, dentro de Alemania, las botas de los S. A. y los S.
S se encargarán de pisotear a cuantos se atrevan a oponerse a estos
diabólicos planes: en primer lugar, al movimiento obrero y, con él, a todo lo
que represente aunque sólo sea un atisbo de razón, de ciencia y de humanidad. Y,
para crear la atmósfera necesaria en que pueda llevarse a cabo la educación” de
las masas alemanas para estas bestialidades, se extrae del pasado y se pone de
nuevo en circulación todo lo que hay en él de reaccionario, de chovinista y de
inhumano. En relación con esto debemos ahora examinar el tercer complejo de
problemas: la restauración del plan chamberlainiano de la adecuada religiosidad
germánica. La dominación despótica del nacionalsocialismo no puede tolerar
junto a sí a ningún otro poder ideológico. La "concepción
nacionalsocialista del mundo” debe necesariamente convertirse en un sustitutivo
de la religión.
Para ello, es esencial,
también aquí, la tendencia de modernización que se manifiesta ya en
Chamberlain. Rosenberg, que es personalmente un intelectual decadente y
degenerado, posee un buen olfato para ventear los extravíos ideológicos que
apuntan en Alemania, entre los intelectuales, después de la catastrófica
derrota que sigue a la primera Guerra Mundial imperialista: la crisis de las
viejas religiones y, a la par con ella, la apremiante necesidad de una nueva
fe, una nueva superstición, cuyos signos característicos son la credulidad, el
oscurantismo y la búsqueda confusa. Por eso escribe: "Millones de gentes
vagan, desorientados, entre las huestes del caos marxista y los creyentes de
las Iglesias: completamente destrozados por dentro a merced de confusas
doctrinas y ambiciosos profetas, pero en gran parte impulsados también por un
vigoroso anhelo de nuevos valores y nuevas formas.”123 Hasta un
reaccionario de viejo cuño tan redomado como el destronado emperador había
escrito en 1923 a Chamberlain: "La Iglesia ha fracasado."124
El movimiento
nacionalsocialista afirma, pues, por doquier su pretensión de fundar una nueva
religión. Claro está que, antes de la toma del poder, Hitler se muestra, en
este punto, muy cauteloso, para no enajenarse a los devotos de las regiones
históricas, a quienes trata de atraerse; proclama, por ello, la libertad
religiosa, la neutralidad del movimiento nacionalsocialista en materia de
religión. Pero, ya en el poder, demuestra claramente, con los hechos, con la
opresión del catolicismo, con la ofensiva contra la Iglesia protestante, con la
persecución desatada contra los católicos y los ortodoxos protestantes reacios
al hitlerismo, cómo interpreta éste la libertad religiosa.
Sin embargo, estas
tendencias se manifestaban ya claramente en los escritos de Rosenberg
anteriores a la toma del Poder por Hitler; como ya hemos dicho, Rosenberg hace
suyo el plan de germanización del cristianismo, trazado por Lagarde y
Chamberlain. El Antiguo Testamento debe ser abolido como texto sagrado;125
la proclamación de Jesucristo como germano era ya un punto programático de la
renovación chamberlainiana de la religión. Con Rosenberg, Jesucristo se calza
ya las botas de las S. A.: "Jesús se nos aparece hoy como un señor
consciente de sí mismo.”126 Y Rosenberg dispone, al mismo tiempo,
que este cristianismo arianizado y "desjudaizado” se convierta en dócil
instrumento de la política imperialista del fascismo: "Pero un movimiento
religioso alemán que quiera convertirse en un movimiento nacional debe declarar
que el ideal del amor al prójimo tiene que supeditarse incondicionalmente a la
idea del honor nacional."127
Lo que Hitler y Rosenberg
entienden por "honor nacional" se desprende claramente de cuanto
dejamos expuesto. Para crear este sustitutivo fascista de la religión,
Rosenberg hace culminar su teoría racista en el mito de la grandeza germánica,
procurando también aquí unificar eclécticamente todas las tendencias
reaccionarias de un siglo entero, desde el romanticismo feudal hasta la
filosofía imperialista de la vida. "Una de las más grandiosas empresas de
nuestro siglo consiste en dar forma como Iglesia Alemana a los anhelos del alma
de la raza nórdica, bajo el signo del mito nacional.”128
Y el propio Hitler declaraba
en 1932, ante Rauschning: "Sólo se puede ser o germano o cristiano. No es
posible ser las dos cosas a la vez... No es posible convertir a Jesucristo en
ario, esto es un absurdo.” (No deja de ser interesante, una vez más, observar
cómo Hitler piensa acerca de los esfuerzos teórico-racistas de sus filósofos de
la vida, Chamberlain y Rosenberg.) Y continúa: "¿Qué podemos nosotros
hacer? Lo mismo que hizo la Iglesia católica, cuando impuso su fe a los
paganos: conservar lo que es útil, cambiando su sentido.”129
Todas estas tendencias del
fascismo alemán, demagógicas en la forma y en cuanto al contenido y la esencia
arbitrarias y despóticas, se concentran en su teoría del Estado y en su
práctica estatal. Como es sabido, la trayectoria de Alemania, en los tiempos
modernos, discurrió -por otros caminos que la de la Europa occidental y también
la de Rusia. Mientras que la desintegración del feudalismo hacía nacer, allí,
los Estados nacionales unitarios, en Alemania, la disolución del feudalismo
traía consigo el desgarramiento del Estado. Por eso decía Lenin, con razón, que
el problema central de la revolución burguesa, en Alemania, es la creación de
la unidad nacional. Y esta situación lleva aparejadas, en la trayectoria
alemana, una serie de consecuencias muy peculiares, todas ellas desfavorables y
que van Unidas al fortalecimiento de la reacción.
En primer lugar, tenemos
que, en Alemania, él absolutismo no acusa aquellos rasgos progresivos que
podemos observar en él donde quiera que se presenta como órgano de implantación
de un Estado basado en la unidad nacional. En segundo lugar, esta trayectoria
va unida a un desarrollado retrasado y débil de la clase burguesa, a una tenaz
conservación de las supervivencias feudales y al predominio político de la
nobleza. Y, en tercer lugar, la revolución democrático-burguesa es, aquí, más
débil y más confusa y se halla más expuesta a extravíos reaccionarios que en
otras partes, puesto que tiene como objetivo fundamental la instauración del
poder central aún inexistente, y no la transformación democrático-progresiva
del que ya existe.
Estos rasgos fundamentales
dominan también, como es natural, el desarrollo de la ideología alemana. He
aquí lo que dice Marx, hablando de las consecuencias del retrasado desarrollo
de c lase de Alemania, que va aparejado a esta trayectoria a que acabamos de
referirnos: "Consecuencia necesaria de ello fue que, durante la época de
la monarquía absoluta, que aquí nació bajo una forma completamente raquítica y
semipatriarcal, la esfera especial a la que correspondió, en virtud de la
división del trabajo, la administración de los intereses públicos adquiriera
una independencia verdaderamente anormal, llevada todavía más allá
posteriormente, con la moderna burocracia. El Estado se erigió así en un poder
aparentemente independiente, y esta posición, que en otros países fue solamente
pasajera —una etapa de transición— sigue durando en Alemania hasta hoy.”130
Así, pues, mientras que en
otros países la ideología del absolutismo, aunque haga del Estado un Leviatán,
refleja claramente la lucha de clases y los intereses de clase y la posición y
función del Estado ante estas luchas —nunca de un modo completo o consciente,
claro está—, en Alemania surge, como consecuencia del atraso que dejamos
esbozado, la teoría del Estado como encarnación de la idea absoluta, teoría que
degenera en la mística y en la deificación del Estado. (Todo lo cual aparece
también claramente visible en la filosofía del derecho de Hegel.)
Las tendencias reaccionarias
del siglo XIX y del XX se mueven, en gran parte, en esta línea. La deificación
del Estado es, sin disputa, uno de los fundamentos ideológicos de aquella
crítica retrógrada de las democracias occidentales y de aquella glorificación
del atraso de Alemania, a que nos hemos referido ya repetidas veces. Y en esta
trayectoria ideológica cabe un papel bastante importante al neohegelianismo
imperialista, el cual se apoya en los aspectos retardatarios de la filosofía de
Hegel, y los sub raya. El fascismo no es, sin embargo, la simple continuación
de las tendencias reaccionarias usuales, sino el punto de culminación,
cualitativamente caracterizado, de la trayectoria reaccionaria de Alemania;
Dimitroff tiene razón cuando dice que el fascismo no significa simplemente el
cambio de un gobierno burgués por otro, sino algo más: un cambio de sistema.
Con esta situación aparece
muy íntimamente relacionada la demagogia fascista ante el problema del Estado.
En este punto, como en todos los demás, Hitler asume una posición demagógica,
seudo-revolucionaria, para explotar en provecho de su propaganda la desilusión
de las masas ante el desarrollo estatal anterior del país, su divorcio del
Estado. En sus ataques contra el sistema estatal vigente y contra sus
defensores ideológicos, se muestra muy radical y hasta "revolucionario”.
"No puede haber —dice— una autoridad del Estado como un fin en sí, pues
ello equivaldría a declarar intangible y sagrada toda tiranía en este mundo...
No debe olvidarse, en términos generales, que no es la conservación de un
Estado, y menos aún la de un gobierno, el fin último de la existencia del
hombre, sino el velar por su propia naturaleza. Y cuando ésta se halla en
peligro de verse oprimida o incluso destruida, el problema de la legalidad
queda relegado a un lugar secundario. ... El derecho del hombre está por encima
del derecho del Estado...”131 Y de estas premisas se sigue, según
Hitler, "que el Estado no constituye un fin, sino un medio. Es,
evidentemente, la condición previa para una cultura humana superior, pero no su
causa. Ésta radica, por el contrario, exclusivamente en la existencia de la
raza capacitada para la cultura”.132
En esta demagogia de Hitler,
cubierta con los afeites revolucionarios, se expresa, al mismo tiempo, su
extremo antidemocratismo. También, claro está, bajo una forma falazmente
demagógica, aprovechándose de todos los absurdos reaccionarios acumulados por
los ideólogos del imperialismo alemán para tratar de razonar la superioridad de
la atrasada Alemania frente a las democracias occidentales. Como es natural,
Hitler coloca para ello en el centro de su agitación, lo mismo que cuando se
trata de determinar el Estado mismo, la desenfrenada demagogia racista. La
democracia es, para él, como ya lo era para Chamberlain, una institución
judaizada: "Sólo el judío puede ensalzar una organización tan sucia y
mentirosa como él mismo."133 Sin embargo, Hitler no opone a la
denostada democracia judío-occidental la vieja monarquía alemana, como solían
hacerlo los reaccionarios a la antigua usanza, sino que inventa como etiqueta
para encubrir su proyectado despotismo una nueva consigna demagógica: la de la democracia
germánica.
Frente a la democracia judía
aparece —dice— "la verdadera democracia germánica, que consiste en la
libre elección del Führer y que lleva aparejada la obligación, por parte de
éste, de asumir la plena responsabilidad por sus actos y su conducta. No hay en
ella ninguna clase de votaciones de la mayoría sobre asuntos concretos, sino
solamente la designación de un solo hombre, que, una vez designado, responde
con bienes y vida de sus decisiones”.134 (También el contenido de
esta demagogia hitleriana tiene tras de sí una larga historia. Nos limitaremos
a recordar, a este propósito, la conversación de Max Weber con Ludendorff, que
citábamos más arriba.) En otro pasaje de su obra, da esta definición todavía
más clara de lo que es la "democracia germánica”: Autoridad de todo
Führer hacia abajo y responsabilidad hacia arriba.135 Cualquiera
que conozca un poco la historia alemana se dará cuenta de que este llamado
principio de la democracia germánica no es otra cosa que la fórmula refundida y
modernizada del axioma sobre que descansaba la organización militar del rey
Federico II de Prusia, cuando decía que los soldados debían temer a sus
sargentos más que al enemigo.
No puede perderse de vista,
naturalmente, que esta llamada nueva teoría hitleriana del Estado tiene
profundas raíces en la trayectoria del Estado prusiano-alemán y en su
ideología. La concepción hitleriana del Führer es, sencillamente, la variante
modernizada y plebiscitaria de la vieja concepción prusiana del rey, de la
teoría del "gobierno personal” de monarca, responsable de sus actos
solamente ante Dios. Y guarda también cierta relación con la teoría de la
restauración de Haller, quien concebí, el Estado como el patrimonio privado del
rey, administrado autocrática mente por éste; con la teoría del Estado de
Stahl, el conservador prusiano tan influido filosóficamente por el Schelling de
la última época, y con la concepción del rey romántico-reaccionario de Prusia
Federico Guillermo IV, de quien fueron mentores Haller y Stahl y que jamás se
avino a tolerar que entre el rey y el pueblo se interpusiera "un pedazo de
papel” (la Constitución), menoscabando la libertad autocrática de acción de un
monarca inspirado por Dios.
La "democracia
germánica” es, por supuesto, la tajante negación de la igualdad de los hombres.
"El degenerado mundo burgués —dice Hitler— no acaba de darse cuenta de que
se trata, realmente, de un pecado de lesa razón; de que es una quimera criminal
creer que puede amaestrarse a un mono antropoide de nacimiento hasta hacer de
él un abogado, mientras millones de hombres pertenecientes a la más alta raza
cultural se ven obligados a permanecer en puestos completamente indignos.”136
Pero aún es, si cabe, más brutal el cinismo con que Rosenberg formula esta
doctrina de la desigualdad sustancial de los hombres, con arreglo a la teoría
racista. En 1932, con motivo del proceso Potempa, en que fueron condenados a
muerte algunos bestiales asesinos de obreros del movimiento nazi, a quienes
Hitler expresó sus simpatías en un telegrama, Rosenberg declaró lo siguiente:
"Se revela claramente aquí el abismo de diferencia que separa para siempre
nuestro pensamiento y nuestro sentimiento del derecho de los del liberalismo y
la reacción. Característico del derecho hoy vigente, contra el que se resisten
todos los sanos instintos de conservación del pueblo, es el postulado de que un
hombre es igual a otro.”137
Se trata, a primera vista,
simplemente de una charlatanesca y Vacua demagogia para explotar la desilusión
causada a las masas por el Tratado de Versalles y espolearlas a la acción
seudo-revolucionaria y en realidad contrarrevolucionaria. Pero lo que aquí se
ventila, es en rigor, algo mucho más importante. El Estado hitleriano viene a
dar realidad —una realidad espantosa— a todos los sueños reaccionarios sobre la
"omnipotencia” del Estado. Jamás ha habido un Estado tan desmedidamente
poderoso, que haya podido inmiscuirse de una manera tan completa y absoluta en
todas las manifestaciones de vida del hombre. Pero, bien entendido, que tampoco
en este caso se trata de simples abusos arbitrarios, sino de la propia
naturaleza diabólicamente tiránica del Estado fascista.
El orden popular
nacionalsocialista —dice el Secretario de Estado Stuckart— "abarca en
amplias proporciones la existencia terrenal del hombre alemán". Lo que
quiere decir, sin eufemismos, que ese Estado tiene derecho a ingerirse, a su
antojo, en todas y cada una de las manifestaciones de vida del individuo. Y el
fascismo hitleriano rechaza por principio toda protección de los derechos
individuales, toda garantía jurídica. Esto sería también, a juicio suyo,
liberalismo. La concepción liberal del Estado —sigue diciendo Stuckart—
"colocaba al individuo y a la sociedad en contraposición al Estado, por
cuanto que... creía necesario tomar medidas para liberar a la persona de las
trabas de un Poder estatal demasiado absorbente y garantizar sus derechos
personales contra los abusos del estado”.138 El fascismo alemán aniquila
estas garantías jurídicas personales del individuo.
La demagógica y
seudo-revolucionaria polémica contra las viejas teorías del Estado se trueca,
pues, a la toma del poder por Hitler, en la instauración del más acabado
despotismo de la pandilla hitleriana, sin que nada se interponga ante sus
desmanes. La "teoría del Estado” del hitlerismo se propone, ante todo, dar
un fundamento "teórico” a este desenfrenado y arbitrario despotismo y
acabar, en el estado fascista, teórica y prácticamente, con todo lo que sea
derecho y seguridad jurídica. Rosenberg formula claramente y sin tapujos la
concepción fascista del derecho, apoyándose para ello en un supuesto principio
jurídico de la antigua India: "Derecho es —dice— lo que los hombres arios
consideran justo.”139
Hitler se había manifestado
ya, programáticamente, antes de la toma del poder, en contra de la igualdad
jurídica dentro del Estado, al sostener que el Estado futuro distinguiría entre
los individuos de raza pura y los privados totalmente de derechos. Principio
que el Estado fascista implanta más tarde, tomando como base la teoría racista
"interior”. El Secretario de Estado Stuckart, a quien hace poco citábamos,
explica abiertamente que la concesión de los derechos de ciudadanía se atiene,
caso por caso, "al examen individual de la dignidad de cada uno”, pero sin
que "las leyes digan expresamente quién debe considerarse como miembro de
la comunidad de sangre”.140 La decisión se confía al capricho
omnímodo de la pandilla de los jerarcas hitlerianos.
El fascismo trata de
fundamentar también esta arbitrariedad en el terreno de los
"principios", apelando demagógicamente, una vez más, a la indignación
y al despecho que la igualdad jurídica puramente formal del derecho suscita en
las masas, en el Estado democrático, en clamoroso contraste con la desigualdad
material de las grandes masas. El nuevo Reich —dice Stuckart— "no es ya un
Estado de derecha sino el Estado de una concepción del mundo, basado en la
moral alemana”. Y, a continuación, expone, a la luz de la evolución jurídica
del Estado hitleriano, cómo en él van viéndose privadas de sentido todas las
categorías jurídicas tradicionales, incluyendo la de la Constitución: "El
concepto formal de la Constitución ha perdido su razón de ser en el Reich
alemán.”141
Esta situación de absoluta
privación de derechos de la población, de entrega incondicional de ésta al
despotismo de la pandilla de las jerarquías hitlerianas, trata de justificarse
diciendo que el Estado nacionalsocialista da al traste con los viejos conceptos
de la neutralidad y la objetividad "burguesas” del Estado anterior. De
nuevo se trata de explotar la indignación de las masas contra la farisaica
actitud superpartidista del Estado tradicional, para hacer plausible el
despotismo fascista como un paso hacia adelante. Otro Secretario de Estado
fascista, el Presidente del Tribunal Supremo del Estado Roland Freisler, dice,
a este propósito: el Estado "se convierte conscientemente en soldado de la
concepción nacionalsocialista del mundo en el pueblo alemán... Punto de partida
y meta de toda acción, en este Estado, no es el individuo, sino el pueblo, en
su eterna sucesión de generaciones.142
De este modo, y según la
propaganda fascista, se realiza la "democracia germánica” en el terreno
institucional. Que esta "democracia” no es, en realidad, otra cosa que la
total aniquilación de toda influencia del pueblo en las decisiones del Estado
lo indican bien claramente nuestras consideraciones anteriores. La propaganda
nazi se empeña, sin embargo, en presentar este estado de esclavización, este
avasallamiento convertido en institución, como la politización general del
pueblo. Otto Dietrich, jefe del departamento de prensa del Reich, nos ofrece
una clara imagen de cómo ven y practican los nazis esta "democracia
germánica”, esta incorporación del pueblo a la política. "El
nacionalsocialismo —dice este jerarca fascista— no pide al individuo que
intervenga en la política. Este arte queda reservado a unos cuantos individuos
competentes y elegidos para ello. Pero exige que cada miembro del pueblo alemán
piense y sienta políticamente.” Y este pensamiento político "no es algo
complicado, confuso y científicamente problemático, sino algo sencillo, claro y
unitario". Dietrich explica a continuación en qué consiste. El
"Führer” —aclara— es "el ejecutor de la voluntad del pueblo”, pero no
por elección, sino en virtud "de aquella voluntad inmanente de
autoafirmación que es inherente, por razones de sangre a cada pueblo”.143
Volvemos a encontrarnos,
pues, con que la máscara de la "democracia germánica" no hace más que
encubrir la dictadura despótica del "Führer (es decir, por mediación de
éste, de la parte más reaccionaria y más agresiva del capitalismo monopolista
alemán). En ninguna parte se vi expresada la inaudita esclavización y la
sumisión ciega y absoluta a que esto conduce tan claramente como en la
introducción de esa colección de trabajos de la que hemos tomado las anteriores
citas de Stuckart, Freisler y Dietrich, y en la que leemos lo que sigue:
"Toda verdadera decisión se halla en manos del Führer; y si éste decide de
otro modo que como se expone en esta obra —de carácter oficial— no es que el
nacionalsocialismo haya cambiado de manera de pensar, sino que los autores no
han sabido interpretar bien la verdadera posición nacionalsocialista ante estos
problemas concretos.”144
Esta dictadura de los
jerarcas nazis sólo puede engendrar una clase de hombres: los lacayos y
usufructuarios de la parte más reaccionaria y más agresiva de la reacción
imperialista alemana. Su "democracia germánica” incuba el más repugnante
tipo de una calaña de hombres rastreramente serviles para con los de arriba y
brutal y cruelmente tiránicos para con los de abajo. Los elementos de este tipo
de hombre los había ido creando ininterrumpidamente en el pueblo alemán la
consabida "miseria alemana”. Quien estudie la literatura alemana
progresiva, verá constantemente fustigado en ella este repelente tipo humano
(Baste citar como ejemplo El súbdito, la novela de Heinrich Mann, en que
se presenta, con demoledora sátira, al exponente guillermino de esa calaña de
gentes.) Pero lo que hasta ahora surgía, por así decirlo, espontáneamente del
atraso alemán y de su idealización ideológica, se convierte con el fascismo en
el producto consciente de la "educación” hitleriana.
No en vano Hitler y
Rosenberg, en las obras que dan la pauta de la "concepción fascista del
mundo”, se ocupan prolijamente de los problemas de la moral y la educación.
Chamberlain consideraba como el centro de la moral ario-germánica, según hemos
visto, el concepto de la lealtad; para Rosenberg, este concepto cardinal es el
del honor. Qué entienden ellos por "honor” se deduce claramente de lo que
llevamos expuesto. El "honor” rosenbergiano es una frase grandilocuente y
vaga, que sólo sirve para encubrir demagógicamente el perfecto amoralismo de
los hitlerianos. También acerca de este amoralismo se expresa sin tapujos
Hitler, en sus conversaciones privadas con Rauschning, recogidas por éste:
"Los lugares comunes de la moral son indispensables para las masas. Nada
sería más erróneo para un político que adoptar la postura del superhombre
amoral... Yo no haré, por supuesto, una cuestión de principio el obrar
amoralmente, en el sentido convencional de la palabra. Lo que ocurre es que yo
no me atengo a ninguna clase de principios; eso es todo.”145
Cómo se representa Hitler,
concretamente, su "obra educativa” lo expone él mismo de un modo harto
inequívoco, también en sus, pláticas con Rauschning. Como éste le expusiera
algunos reparos acerca de los malos tratos que se daba a los recluidos en los
campos de concentración, Hitler le replicó: "La brutalidad inspira
respeto... El hombre común y corriente de la calle sólo respeta la fuerza
brutal y la falta de conciencia... El pueblo necesita ser mantenido en un
saludable temor. Desea temer a algo. ... ¿Por qué murmurar acerca de la
brutalidad e indignarse ante las torturas? Las masas lo desean. Desean algo que
les infunda el escalofrío del pánico.”146
Pero éste no es más que uno
de los lados de la "obra educativa” del hitlerismo, el lado que mira a las
grandes masas. Para las altas jerarquías fascistas, rige, bajo Hitler, otra
consigna "moral”, la consigna de la corrupción sin freno, la consigna de
"¡Enriqueceos!” También acerca de esto se expresa el "Führer” con
toda franqueza y todo cinismo, ante Rauschning: "Yo concedo a los míos
toda libertad... Haced lo que se os antoje, pero no os dejéis atrapar... ¿O es
que íbamos a sacar el carro del atranco para irnos luego a casa con las manos
vacías?” Pero la consigna de "¡Enriqueceos!” tiene, además, para Hitler,
otra ventaja de carácter "educativo”: conociendo los crímenes y las
tropelías de los miembros inseguros del partido, se los tiene más fácilmente en
la mano. Y surge, así, en el seno de la "élite del partido" un
sistema de espionaje y denuncia mutuos: "Todos se hallan en manos de otros
y nadie es ya dueño de sí mismo. He ahí el resultado apetecido de la consigna
de "¡Enriqueceos!”147
Y, como todo el "Tercer
Reich” descansa sobre una jerarquía formada por el Caudillo y la hueste y esta
estructura va desde el "Jefe de Manzana” hasta el Führer-Canciller, el
cínico método hitleriano, con su mezcla de corrupción y brutalización, puede
degradar moralmente a las más extensas masas del pueblo alemán. Les da a
escoger entre convertirse en verdugos corrompidos o resignarse a ser víctimas
de las torturas y el terror. Y de esta presión sistemática surge,
inevitablemente, ese tipo bestial del soldado hitleriano bajo cuyas
monstruosidades ha sufrido Europa entera, hasta que las victorias del Ejército
Rojo pusieron una camisa de fuerza a su vesania furiosa.
El barbarismo es, para los
hitlerianos, un principio. He aquí cómo se expresaba acerca de esto Hitler, ante
Rauschning, por los días de sus conflictos con los nacional-alemanes de
Hugenberg: "Esas gentes me consideran como un bárbaro sin educación...
¡Sí, somos bárbaros! Y queremos serlo. Éste es, para nosotros un título de
honor. ¡Nosotros rejuveneceremos al mundo!148 (Ya sabemos que
este pensamiento, corroborado en la Guerra Mundial imperialista, fue expresado
primeramente por Nietzsche.) Qué clase de "rejuvenecimiento” era éste lo
pusieron de manifiesto, con sus hechos pavorosos, el régimen hitleriano en
Alemania y el ejército de Hitler en toda Europa. Pero estos hechos —no nos
cansaremos de repetirlo— no deben ser considerados como "excesos”, sino
como los resultados lógicos e inevitables del régimen hitleriano, como lo que
Hitler cabalmente se proponía conseguir. Es ésta otra de las metas de su
sistema acerca de las que se manifiesta con toda franqueza en las
conversaciones privadas que venimos citando: "Mi doctrina es dura. Hay que
matar en ellos [en los jóvenes educados por Hitler, G. L.] toda
debilidad. En las fortalezas de mi Orden se criará un a juventud ante la que
retrocederá, tembloroso, el mundo. Una juventud vehemente, activa, señorial,
impávida, brutal: a eso es a lo que yo aspiro. Una juventud que no conozca ni
las debilidades ni la indulgencia. Quiero ver brillar un día en sus ojos el
resplandor del orgullo y de la independencia de la bestia de presa... De este
modo, exterminaré miles de años de domesticación de la humanidad. Y entonces,
poseeré un material humano puro y noble. Y con él podrá crearse la nueva
organización.” No por la vía intelectual, por supuesto: "El saber es
funesto para mis jóvenes.”149 "Lo que ellos necesitan es
disciplina, y no deben conocer el miedo a la muerte.”150 Así
descubre Hitler, y lo pone de manifiesto sin tapujos, el verdadero contenido de
las charlatanerías demagógicas de Rosenberg acerca del "honor”.
Y hay que decir que, en este
terreno, sí logró Hitler llevar a la práctica sus objetivos. Aunque sus planes
aventureros de imponer a todo el mundo civilizado la dominación de Alemania
fracasaran estrepitosamente, no puede negarse que consiguió, en cambio, llevar
la corrupción y la brutalización a una parte considerable del pueblo alemán. Se
valió para ello, como hemos visto, de todas las teorías oscurantistas y
reaccionarias surgidas al calor del atraso de Alemania, utilizándolas
hábilmente, con un cinismo demagógico y en la medida en que le convenía. Supo
fomentar hasta el máximo, conscientemente, todos los instintos a un tiempo
serviles y bestiales que habían ido desarrollándose en el ambiente de la
miseria alemana, para poner en pie las hordas que asolaron a Europa.
"Pero, aunque no lográsemos conquistarlo, arrastraríamos con nosotros a la
destrucción a medio mundo, y no consentiríamos que nadie triunfase sobre
Alemania. El año 1918 no se repetirá. Jamás capitularemos.”151
Tanto da que el suicidio del
criminal contra el mundo, de Hitler, se interprete o no como una capitulación.
Lo que sí puede asegurarse es que el año 1945 no ha sido un nuevo 1918. El
derrumbamiento de la Alemania hitleriana no es una simple derrota, por muy
grave que ella sea, un simple cambio de sistema, sino el final de toda una
trayectoria. Ha venido a dar al traste con la falsa instauración de la unidad
alemana que comenzó inmediatamente después de derrotada la revolución de 1848,
para consumarse en 1870-71, y replantea en términos completamente nuevos este problema
central de la nación alemana. Más aún, puede afirmarse que toda la historia
frustrada de Alemania se pone ahora a revisión. Un hombre que tenía tan poco de
extremista radical como Alejandro de Humboldt lo decía ya hace unos cien años:
Alemania equivocó su camino con la derrota de la guerra de los campesinos; y a
ella hay que retrotraerse para encontrar el rumbo certero; lo que ha sucedido
de entonces acá ha sido una consecuencia necesaria. Pero no una consecuencia
necesaria en el sentido de una ontología al margen del tiempo, sino en el plano
muy concreto y muy real de la propia historia alemana. Con lo que este
razonamiento viene a coincidir con la ingeniosa afirmación de Franz Mehring de
que la batalla de Jena fue la toma alemana de la Bastilla, repetida también
infructuosamente —añadimos nosotros— en 1918 Y la segunda repetición de este
hecho histórico en 1945 plantea a todos los alemanes honrados y capaces de
pensar por cuenta propia la exigencia concreta de sacar de la conciencia de
esta realidad todas las consecuencias políticas, sociales e ideológicas que en
ella se encierran; es decir, de llevar a cabo desde dentro el asalto a la
Bastilla impuesto desde fuera, de extirpar radicalmente de los caminos que
llevan hacia el futuro del pueblo alemán la funesta herencia de su Edad Media.
Pero esto no es, ni mucho
menos, un ocaso, como demagógicamente proclamaba Hitler, sino, por el
contrario, el comienzo del renacimiento. "Sería ridículo —decía ya en 1942
Stalin— confundir a la p andilla hitleriana con el pueblo alemán, con el Estado
alemán. Las experiencias de la historia enseñan que los Hitler vienen y van,
pero el pueblo alemán, el Estado alemán, queda."152
En este libro, nos hemos
ocupado del lado ideológico de esta trayectoria, y aún más concretamente, del
que se refiere a la filosofía y a la concepción del mundo. Visto a través de
este prisma, el año 1945 significa, ante todo, lo siguiente: al convertirse el
irracionalismo, la destrucción total y por principio de la razón, en la
concepción oficial del mundo de un gran país y al tener que medirse este país
con un adversario social e ideológico, con la Unión Soviética socialista,
sufrió una derrota aplastante. Una derrota total, a tono con el carácter total
de la guerra librada. El hitlerismo no resucitará bajo la forma en que llegó a
desarrollarse, esto es evidente. Pero nadie puede negar que siguen
manifestándose todavía hoy —y hasta diríamos que con recrudecida intensidad—
las fuerzas imperialistas que lo fomentaron y lo auparon. (De la fundamental
diferencia existente en cuanto a la situación, pese a la semejanza de las
tendencias económico-sociales que siguen manteniendo su continuidad, hablaremos
en el Epílogo.)
Aquí, después de haber
expuesto el paso del irracionalismo alemán de la teoría a la práctica y la
necesaria hecatombe de esta diabólica culminación histórico-universal de una
trayectoria filosófica, sólo resta señalar lo que nos hemos propuesto demostrar
a lo largo de todo el libro, a saber: que tanto esta culminación como esta
hecatombe fueron al go históricamente necesario; pero no, claro está, en un
sentido fatalista. Del mismo modo que Hitler no se hundió política y
militarmente como consecuencia de tales o cuales decisiones erróneas —y, por
tanto, evitables—, sino por la naturaleza misma de su sistema, así también el
irracionalismo encontró, como concepción del mundo, su forma práctica adecuada
en el hitlerismo y se fue a pique, con Hitler, bajo la forma que le
correspondía.
Y nuestra exposición, al
poner de manifiesto el cinismo nihilista de Hitler y sus compadres y demostrar
que ni siquiera ellos creían en las doctrinas que demagógicamente predicaban y
ponían en práctica, lejos de refutar aquella afirmación, no hace más que
confirmarla. En efecto, es precisamente esto lo que pone de manifiesto de un
modo insuperable la unidad dialéctica entre el cínico nihilismo y la aventurera
credulidad exenta de todo espíritu crítico, la frívola superstición, que todo
irracionalismo lleva implícita y que encontró en Hitler, simplemente, una
expresión inadecuada.
Sería rebajar la importancia
histórica de la suerte de Alemania (y con ella de la suerte de la filosofía
irracionalista) el hacer hincapié, al enjuiciar a Hitler, exclusivamente en su
bajo nivel moral e intelectual. Es claro que semejante juicio no faltaría a la
verdad. Pero no debe perderse de vista que este descenso de nivel responde, a
su vez, a una necesidad histórica. Desde Schelling y Schopenhauer, el camino
desciende verticalmente, pasando por Nietzsche, Dilthey, Spengler, etc., hasta
llegar a Hitler y Rosenberg. Pero este descenso vertical se limita a expresar
adecuadamente la propia esencia y la necesidad de desarrollo del
irracionalismo.
Y de esta necesidad forma
parte integrante el adversario contra el que se estrella prácticamente y en el
terreno político y militar el nacionalsocialismo: la Unión Soviética
socialista. Aquí, sólo nos interesa el lado filosófico del problema. Hitler,
como el realizador práctico del irracionalismo, fue el ejecutor testamentario
de Nietzsche y de toda la trayectoria filosófica posterior a él y que arranca
de él. Y ya se puso de manifiesto, en su lugar oportuno, hasta qué punto era
necesario que el irracionalismo se volviera, en Nietzsche, contra el
socialismo. En aquel lugar, quedó esclarecido cómo el irracionalismo tenía que
tropezar, al llegar a este punto, con un adversario desconocido, incognoscible
para él e inasequible a su comprensión. Por muy grande que fuera la diferencia
de nivel espiritual y cultural entre el filósofo Nietzsche y el demagogo Hitler
—diferencia en la que se expresa también, como subrayábamos, la necesidad del
desarrollo histórico—, es precisamente ante este problema decisivo donde se reducen
y tienden a desaparecer las diferencias de nivel en cuanto al conocimiento y la
comprensión del adversario; hasta podríamos decir que esas diferencias son, aquí,
nulas, como lo revela la aplicación práctica de la filosofía irracionalista a
través de la política de Hitler.
El aniquilamiento o la
restauración de la razón no es problema académico para filósofos profesionales.
A lo largo de este libro, hemos tratado de demostrar cómo la actitud ante la
razón, la tendencia a afirmar o negar ésta, el reconocimiento o la repudiación
de su efectividad, se proyectan de la realidad a la filosofía, y no a la
inversa, de la filosofía a la realidad. La razón es negada o se proclama su
impotencia (Scheler) tan pronto como la realidad misma, la vida vivida por el
pensador, no muestra un movimiento de avance hacia un futuro digno de ser
afirmado, ninguna perspectiva de porvenir que descuelle sobre el presente. El
fundamento de todas las posiciones hostiles a la razón reside, por tanto,
objetivamente, en el curso de la misma trayectoria histórico-social y,
subjetivamente, en la actitud del individuo de que se trate, según que tome
partido por lo que agoniza, por lo que declina, o por lo nuevo, por lo que
nace. (Y reiteradamente hemos puesto de relieve cómo el llamado
superpartidismo, lo que se cree estar por encima de los partidos, sentirse en
un plano superior con respecto a ellos no es, en realidad, otra cosa que
abrazar la causa de lo que perece.)
Por eso —quiéralo o no el
individuo y tenga o no conciencia de ello—, toda actitud en pro o en contra de
la razón va insuperablemente unida, hoy, a su enjuiciamiento del socialismo. No
siempre ha sido así. Hasta 1848, las luchas espirituales giraban
fundamentalmente en torno a la lucha entre el progreso democrático-burgués
alentado por la Revolución francesa y el statu quo absolutista-feudal.
Los frentes de lucha aparecen dispuestos de otro modo desde los combates de
junio de 1848, especialmente desde la Comuna de París, y muy sobre todo a
partir del Gran Octubre de 1917. Sépalo o no el individuo, en todas sus
decisiones influye, ahora, la lucha entre el socialismo y el capitalismo
monopolista. Y cuanto su concepción del mundo expresa — por muy abstractamente
gnoseológica u ontológica que su forma sea— se halla condicionado en última
instancia por esta actitud suya.
Fácilmente se comprende que
la decisión histórico-universal que ha venido a poner término a la segunda
Guerra Mundial no puede pasar desapercibida ante nadie que tome en serio los
problemas relacionados con su concepción del mundo, que no se contente con
vaguedades sentimentales o se deje caer en trampas lógicas. Nadie qué vea las
cosas como realmente son puede por menos de darse cuenta de que, tras un
período de dominación de casi un siglo, la concepción irracionalista del mundo,
llevada a la práctica y convertida en sistema de gobierno, ha sufrido una
derrota aplastante en el terreno de los hechos y en el de las ideas; de que la
concepción del mundo del socialismo, muchas veces ahogada en el silencio y
otras tantas refutada —al parecer, definitivamente—, ha alcanzado una victoria
inscrita en la historia universal por el heroísmo de los pueblos soviéticos,
inspirados teórica y prácticamente en esa concepción del mundo. Es la victoria
de la razón —plasmada concreta y prácticamente— sobre los mitos del irracionalismo,
aventados ahora al mundo de lo espectral y lo diabólico.
Claro está que las
reflexiones ideológicas que esta nueva situación del mundo sugiere
inexcusablemente a todo hombre que quiera pensar de un modo honrado, no lleva
consigo, obligadamente, la adhesión a los partidos que mantienen la teoría del
marxismo-leninismo y aspiran a realizarla. El problema aquí planteado no es
tanto de carácter directamente político como de orientación general para toda
persona, en el presente.
Y si es cierto que Fa
mayoría de los filósofos, en el período que hemos venido estudiando, no
llegaron a comprender este problema, sino que, lejos de ello, laboraron con
todas sus fuerzas por oscurecerlo, no lo es menos que los mejores artistas y
escritores de su tiempo se vieron arrastrados por el empuje de su corriente.
Este movimiento no ha cesado desde el día en que Zolá declaró que, al abordar
un problema real, cualquiera que éste fuese, tropezaba siempre con el
socialismo. Podríamos atar como exponentes de ello, sin pretender ni mucho
menos ofrecer una lista competa, nombres como los de Courbet y William Morris,
Anatole France y Romain Rolland, Bernard Shaw y Theodor Dreiser, Heinrich y
Thomas Mann. En su mayoría, estos artistas y escritores no llegaron a ser nunca
socialistas, por su concepción del mundo. Pero todos ellos —y esto es lo que
hace que sus obras, desde los cuadros de Courbet hasta el Doctor Faustus
de un hombre tan profundamente burgués como Thomas Mann, se destaquen sobre el fondo
de la decadencia pesimista-nihilista de las gentes de su tiempo—, sin dejarse
arrastrar por el miedo, la angustia o el odio, por los mitos obsesivos y
tergiversadores, por la evasión de la realidad, se han atrevido a mirar cara a
cara, sin prejuicios, al socialismo, a la gran fuerza de progreso del presente,
a la fuerza que abre los caminos de nuestro futuro.
También éste es,
ciertamente, un fenómeno internacional. Pero encierra una significación muy
especial para la cultura alemana. Y no sólo porque, desde 1945, este debate
constituye un problema cotidiano y candente para Alemania, sino, sobre todo,
porque —claro está que en la más íntima trabazón con la situación general
espiritual de nuestro tiempo— se trata de poner fin a un largo estado
patológico de la cultura alemana, que alcanzó precisamente bajo el hitlerismo y
en la etapa de su preparación su punto más alto y más agudo de crisis: los
alemanes no sabían qué hacer de su propio gran pasado, no acertaban a extraer
de él fuerzas de fecunda creación, como otros grandes pueblos. Y es que habían
matado la médula de su gran tradición clásica, degradándola así, de una parte,
en un pasado medio enterrado entre las sombras del ayer, en un recuerdo
académicamente desvanecido y, de otra parte, fortaleciendo el veneno activo del
presente con la tergiversación y el falseamiento reaccionarios de aquella
tradición.
Se trata aquí, para decirlo
en pocas palabras, de lo que representa la obra de Carlos Marx y Federico
Engels, como fermento vivo y vivificador de una auténtica cultura alemana.
Desde un punto de vista objetivamente histórico, esta obra —aunque por su
contenido y su método represente un salto cualitativo con respecto a todo el
pensamiento anterior— es la culminación espiritual de todas las tendencias
progresivas que habían venido laborando por la liberación y por la
nacionalización del pueblo alemán.
El hecho de que la obra de
preparación espiritual de la revolución democrático-burguesa, en Alemania
—desde Lessing hasta Heine y desde Kant hasta Hegel y Feuerbach—, culmine en la
síntesis clásica de la teoría de la revolución proletaria representa,
históricamente hablando, un punto de apogeo que todos los pueblos del mundo
debieran admirar en la trayectoria alemana. Pero, subjetivamente, este punto de
apogeo ha pasado desapercibido, hasta ahora, en la cultura de Alemania. Marx no
llegó a convertirse en un factor activo y fecundador de la cultura de su
pueblo. Y, al matarse así la médula de esta trayectoria cultural, el gran
pasado de Alemania no tenía más remedio que estancarse académicamente,
descender al plano de la charlatanería profesoral y, de otro lado, fundirse,
envuelto en los vapores nebulosos de la decadencia, en una —falsa y dañina—
unidad reaccionaria. No de otro modo puede explicarse que una trayectoria de la
cultura alemana como la que conocemos: Goethe-Schopenhauer-WagnerNietzsche, vaya
a desembocar en Hitler, permitiendo a éste hablar en nombre del gran pasado de este
pueblo.
Piénsese —para subrayar y
esclarecer el contraste— en cuál fue la trayectoria cultural de Rusia. Tras
Pushkin y Gogol, vienen los grandes teóricos democrático-revolucionarios,
Belinski y Herzen, Chemichevski y Dobroliubov. La obra de estos pensadores hizo
posible que el país de Tolstoi pudiera asimilarse, incorporándolo también a la
propia cultura nacional, el pensamiento de Lenin y Stalin, como grandes figuras
fecundadoras y señaladoras de caminos. Para los rusos, el socialismo y la
compenetración con la propia cultura nacional representa una unidad orgánica, y
no un doloroso antagonismo, como para tantos y tantos entre los mejores
alemanes del siglo pasado.
Lo repetimos: no hace falta,
ni mucho menos, ser socialista para sentir este problema como un problema
candente y contribuir de un modo activo a su solución. Thomas Mann escribía, ya
en la década del veinte: Dije una vez que las cosas sólo marcharían bien en
Alemania y que ésta sólo se encontraría a sí misma el día en que Carlos Marx
leyera a Federico Hölderlin, encuentro este que, por lo demás, está a punto de
producirse. Me olvidé de añadir que una toma unilateral de conocimiento sería necesariamente
infecunda."153 Thomas Mann señalaba muy claramente, con ello,
ya antes de la catástrofe hitleriana, el camino para la solución de los problemas
de Alemania y de su cultura.
Esta revisión del pasado de
Alemania en nombre de su futuro es indispensable, si se quiere que el tercer
asalto a la Bastilla, impuesto desde fuera, se convierta por fin en la obra
propia de los alemanes. Hemos hablado y hablamos aquí, del aspecto cultural, y
sobre todo del aspecto filosófico del problema. Pero nos hemos esforzado
también en señalar cómo todos estos problemas (hasta los más abstractos) brotan
de la vida social y acaban por convertirse en factores nada desdeñables de su
desarrollo: sin una perspectiva de futuro, no puede conocerse el pasado ni
hacer de él una fuerza fecunda para el presente; sin el certero esclarecimiento
del pasado, no puede haber una perspectiva nacional concreta del futuro.
El presente libro se propone
incitar a esta labor, al rompimiento definitivo y consciente con la funesta
herencia de la miseria alemana y —mediante la elaboración crítica de la rica
herencia progresiva, que aún distamos mucho de conocer en toda su plenitud— a
la construcción de un futuro real y auténticamente alemán. Ya sabemos que el
romper con una tradición falsa y el limpiar el campo para edificar sobre él no
es, ni mucho menos, una labor fácil. Las tradiciones
reaccionario-irracionalistas de más de un siglo no pueden superarse, con la
mejor voluntad del mundo, en días o en meses. Pero no hay otro camino, si se
quiere recobrar la salud. La razón perdida, la razón destruida, sólo puede
recobrarse en la realidad misma, influyendo en ella y dejándose influir por
ella. Y, para poder llegar a la realidad, no hay más remedio que romper con
aquella falsa tradición del irracionalismo. La cosa es difícil, pero no
imposible. Recordemos las palabras que Goethe pone en boca de su Fausto:
Pero los espíritus, dignos
de contemplar profundamente, adquieren ilimitada confianza en lo ilimitado.*
___________
(*) Geog Lukács, El
asalto a la razón (La trayectoria del irracionalismo desde Scheilling hasta
Hitler), Capítulo VII, El darwinismo social, el racismo y el fascismo;
parte V: La “concepción nacionalsocialista del mundo”, síntesis
demagógica de la filosofía del imperialismo alemán. Ediciones Grijalbo, S.
A. Barcelona-México, D. F., 1968.
** Versos 6117-18.
(92) Rosenberg, Gesialten
der Idee, 2ª ed., Munich, 1936, p. 18.
(93) Engels, Anti-Dühring,
trad. esp., ed. cit., p. 196
(94) Carta de Engels a
Kautski, 29-VI-1891.
(95) Lenin, Obras
completas, ed. rusa, t. XII, pp. 151 s.
(96) Téngase en cuenta que
estas consideraciones fueron escritas todavía durante la segunda Guerra Mundial.
(97) H. Rauschning, The
voice of Destruction, Nueva York, 1940, p. 232.
(98) Ibid., p. 227.
(99) Ibid., p. 237 s.
(100) Ibid., p. 152.
(101) Hitler, Mein Kampf,
Munich, 1934, t. J, p. 201.
(102) Op. cit., t,
II, pp. 5311.
(103) Op cit., t. II,
p. 511.
(104) Op cit., t. I,
p. 200.
(105) E. Krieck, Völkisch-polititche
Anthropologie, Leipzig, 1936, t. II, p. 2.
(106) Rosenberg, Der
Mythus Jet 20. Jabrhunderts, 2ª ed., Munich, 1931, p. 22.
(107) Op. cit., pp.
636 y 641.
(108) Op cit., p.
433.
(109) Op cit., p.
499.
(110) Op cit., pp.
547 s.
(111) Op cit., p.
606.
(112) Rosenberg, Krisis
und Neubau Europa, Berlín. 1934, pp. 10 s.
(113) Hitler, Mein Kampf,
ed. cit., t. II, p. 443.
(114) E. Krieck, Volkisch-politische
Anthropologie, ed. cit., p. 544.
(115) Ibíd., p. 59.
(116) Rosenberg, Der
Mythus des 20. Jahrhunderts, ed. cit., p. 544.
(117) Ibíd., p. 559.
(118) Hitler, Mein Kampf,
ed. cit., t. II, p. 421.
(119) Op cit., t. I,
p. 323.
(120) Rosenberg, Der
Mythus des 20. Jahrhunderts, ed. cit, p. 588.
(121) Hitler, Mein Kampf,
ed. cit., t. II, p. 428.
(122) Op. cit., t.
II, p. 728.
(123) Rosenberg, Der
Mythus des 20. Jahrhunderts, ed. cit., p. 564.
(124) Chamberlain, Briefe,
ed. cit., t. II, p. 265.
(125) Rosenberg, Der
Mythus des 20. Jabrhunderts, ed. cit., p. 566.
(126) Ibíd.
(127) Ibíd., p. 570.
(128) Ibíd., pp. 575 s.
(129) Rauschning, op cit.,
pp. 49 r.
(130) Marx-Engels, Die
deutsche Ideologie, ed. cit., p. 198.
(131) Hitler, Mein Kampf,
ed. cit., t. I, pp. 104 s.
(132) Op cit., t. II,
p. 431.
(133) Op cit., t. I,
p. 99.
(134) Ibid.
(135) Op cit., t. II,
p. 501.
(136) Op cit., t. II,
p. 479.
(137) Rosenberg, Blut und
Ehre, Munich, 1934, p. 71.
(138) Grundlagen, Aufbau
und Virtschaftsordnung desnationalsozialistischen Staates, bajo la dirección
de H. H. Lammers, Secretario de Estado y Jefe de la Cancillería del Reich, y H.
Pfundtner, Secretario de Estado en el Ministerio del Interior, Berlín, 1936,
cuad. 15, pp. 16 s.
(139) Rosenberg, Der
Mythus des 20. Jahrhunderts, ed. cit., p. 539.
(140) Grundlagen,
etc., cuad. 15, p. 25.
(141) Ibíd., p. 18.
(142) Op cit., cuad.
17, pp. 61.
(143) Op. Cit.,
Introducción, p. 9.
(144) Op. cit., cuad.
2, p. 9.
(145) Rauschning, Op. cit.,
p. 281.
(146) Ibíd., p. 83.
(147) Op cit.,
Introducción, p. 9.
(148) Ibíd., p. 86.
(149) Ibíd., p. 252.
(150) Ibíd., p. 121.
(151) Ibíd.
(152) Stalin, Orden del día
de 23 de febrero de 1942.
(153) Thomas Mann, Die
Forderung des Tages, Berlín, 1930, p. 196.
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