lunes, 2 de febrero de 2026

Ideología

La "concepción nacionalsocialista del mundo”, Síntesis Demagógica de la Filosofía del Imperialismo Alemán*

Georg Lukács

COMO VEMOS, bajo esa forma de una llamada filosofía para intelectuales decadentes y reaccionarios y de una propaganda de guerra para los filisteos chovinistas desenfrenados, se dibujan ya claramente, casi acabados, los trazos de la "concepción nacionalsocialista del mundo”. Ya sólo queda llevarlos de los salones, de los cafés y los cuartos de estudio a la calle. Este último paso en la trayectoria de la más extrema reacción alemana es el que dan Hitler y sus gentes. Aprovechan y destacan, para ello, plenamente, los méritos de Chamberlain. Rosenberg escribe un libro especial sobre él; y en otra ocasión, ya después de la toma del poder, para prevenir a los "simpatizantes” del fascismo y darles una pauta, declara que el nacionalsocialismo sólo reconoce como sus verdaderos antecesores a Ricardo Wagner, Nietzsche, Lagarde y Chamberlain.92

Pero no por ello debe sobrestimarse la importancia de Chamberlain. Éste sólo representa la penúltima síntesis literaria de las tendencias más reaccionarias del pensamiento, en la trayectoria alemana (e internacional). El fascismo alemán es una condensación ecléctica de todas las tendencias reaccionarias, que, por el desarrollo específico de Alemania, se impuso aquí de un modo más vigoroso y más decidido que en otros países. El número de estas tendencias es ilimitado y las diferencias entre ellas presentan, a veces, a pesar del carácter reaccionario común, un relieve muy considerable.

Las condiciones especiales de desarrollo de Alemania, de las que ya hemos hablado y a las que ahora sólo podremos remitirnos bajo algunos conceptos generales (la guerra de los Treinta Años, el absolutismo de los pequeños Estados, el desarrollo tardío del capitalismo, la fundación del Imperio por Bismarck, con el predominio de los junkers prusianos, el seudoparlamentarismo y el mantenimiento del gobierno personal de los Hohenzollern, etc.) trajeron como consecuencia el que apenas existiera una sola tendencia ideológica burguesa que no se orientara, bajo una forma u otra, hacia la adaptación a la realidad alemana, hacia la reconciliación con ella; que no presentara, por tanto, su lado reaccionario. Y cuando, en el período imperialista, se renovaron las doctrinas de los filósofos del período clásico (Kant, Fichte, Schelling, Hegel), los pensadores burgueses, con certero instinto de clase, se asimilaron precisamente e hicieron pasar a primer plano sus lados reaccionarios, procurando "depurar” a las viejas filosofías de sus fundamentos y tendencias progresivos.

Así, a Kant se le "depuró” concienzudamente de sus vacilaciones entre el materialismo y el idealismo (Lenin); así, la escuela neokantiana reaccionaria de Rickert se valió del irracionalismo del Schelling de la última época para seguir desarrollando el neokantismo. Así, Eduard von Hartmann se ocupó de renovar la filosofía del último período de Schelling, cuyo carácter reaccionario habría de manifestarse todavía con mayor fuerza y mayor eficacia, al propagarse más tarde la influencia de Kierkegaard. Así, se valieron los neohegelianos de la reconciliación de Hegel con la realidad prusiana para hacer de él un precursor de Bismarck y convertir, en general, su filosofía —"depurada” a fondo de toda dialéctica— en la concepción del mundo de la conservación del atraso alemán y la síntesis de todas las tendencias reaccionarias. Y a esto hay que añadir los pensadores que desde el primer momento se revelan, por sus tendencias fundamentales, como pensadores reaccionarios: Schopenhauer, los románticos (sobre todo, Adam Müller, Górres y otros) y Nietzsche. El fascismo recoge la herencia global del desarrollo reaccionario de Alemania, y se vale de ella para fundamentar un bestial imperialismo hacia el interior y hacia el exterior.

El nacionalsocialismo es la gran apelación a los peores instintos del pueblo alemán; sobre todo a aquellas cualidades negativas que a lo largo de los siglos habían ido desarrollándose en él, como consecuencia de las revoluciones frustradas y de la ausencia de un desarrollo y una ideología democráticos en el país. (Engels habla de "la sumisión lacayuna que se ha apoderado de la conciencia nacional alemana desde la humillación de la guerra de los Treinta Años”.)93 La forma moderna de esta lacayuna sumisión es el total desconocimiento de que, pese al crecimiento del capitalismo alemán y a la potencia militar exterior del Imperio alemán prusianizado, seguía manteniéndose en el interior, casi intacta, la "miseria alemana” consabida.

Sin embargo, en la mayoría de los ideólogos se trata de mucho más que de no advertir esta situación. Va desarrollándose cada vez más, por el contrario, una ideología que ve en este mantenimiento de la tradicional "miseria alemana”, en el seudo-constitucionalismo del Imperio bismarckiano, en la conservación intacta del predominio del prusianismo reaccionario, de los junkers, del militarismo y de la burocracia prusianos, una forma más alta de sociedad y de Estado que la alcanzada en los países occidentales como resultado de las revoluciones burguesas.

Como es sabido, durante el período imperialista surge en los países democráticos occidentales, al agudizarse las contradicciones y las limitaciones de la democracia burguesa, una crítica cada vez más extensa y más descarada de la democracia en general. Pero mientras que, en Rusia, esta crítica va convirtiéndose, con los demócratas revolucionarios, sobre todo con Chernichevski, en un aniquilamiento ideológico del liberalismo, y mientras que los bolcheviques Lenin y Stalin, durante el período imperialista, utilizan la crítica marxista consecuente de la democracia burguesa para desarrollar la teoría de la dictadura del proletariado y de la democracia proletaria fundamentada por Marx, concretando con ello, más de lo que Marx había podido hacerlo, la teoría del paso del capitalismo al socialismo, la crítica de la democracia, en la Europa occidental, sólo se mueve entre los dos polos extremos y falsos de las más extrema reacción y del anarquismo o el sindicalismo en el movimiento obrero.

Los ideólogos alemanes del período imperialista acogen, alborozados, esta crítica, pero la utilizan simplemente para presentar mentirosamente a la Alemania prusianizada como una forma social y estatal superior, que marca los caminos del futuro y supera las contradicciones propias de la democracia. Y de esta utilización de la crítica occidental de la democracia surge la ideología del agresivo imperialismo alemán, la teoría de la "misión” de Alemania, llamada a señalar a la humanidad la ruta hacia el futuro, y todo ello precisamente sobre la base de mantener en pie todas las instituciones retrógradas nacidas de la "miseria alemana”.

Esta forma específica de la "misión” de Alemania siembra, además, un gran desconcierto en todas las tendencias del pensamiento intencionalmente progresivas o que se hallan, por lo menos, animadas por la intención de combatir a la reacción más extrema. La ciega, servil y mecánica tendencia a doblegarse ante la autoridad del Estado vigente en cada momento corre parejas con la idealización de las formas políticas y sociales del atraso alemán, entorpece el desarrollo de Alemania por los cauces de una democracia burguesa, lleva al país por derroteros completamente falsos y se traduce en el apoyo ideológico (no siempre deliberado) de aquellas tendencias reaccionarias en las que el atraso alemán responde a sus intereses naturales de clase.

Este carácter contradictorio de la trayectoria de Alemania era ya claramente visible en las reformas steinianas, y especialmente en el propio Stein. Se manifiesta, asimismo, en la teoría burocrático-estamental del Estado de la última época de Hegel, en su tergiversación de la certera idea de que la Reforma había representado una especie de revolución burguesa en Alemania, para llegar, partiendo de aquí, a la falsa conclusión de que la revolución democrática alemana había alcanzado ya sus objetivos. Y, con la teoría lassalleana del Estado, que llegó a influir bastante, penetra incluso en el movimiento obrero, abriendo paso aquí a un legalismo oportunista —sin paralelo, en tales proporciones—, a una verdadera adoración del Estado como tal.

La extrema ideología reaccionaria, que al principio se había plasmado discursivamente en el ala derecha del romanticismo, en estrecha relación con los círculos más retrógrados de la reacción de los junkers en Prusia, recibe así una poderosa ayuda, al paso que la resistencia crítico-democrática con que se encuentra, el desenmascaramiento crítico-democrático de la ideología reaccionaria era, en Alemania, mucho más débil que en cualquier otro país del mundo. Y, si exceptuamos los períodos de influencia directa de Marx y Engels, esto que decimos se refiere incluso al movimiento obrero alemán. En su crítica del Programa de Erfurt, Engels formula serias advertencias contra la socialdemocracia alemana, que, en la lucha contra la reacción y por la democratización del país, se olvida de sus tareas más importantes y alimenta incluso ilusiones en el sentido de que "ese viejo establo de puercos pueda convertirse de la noche a la mañana, alegremente, en la sociedad socialista.”94

La crítica de Engels iba dirigida contra aquellas ilusiones alemanas que admitían la posibilidad de que la Alemania real entonces existente "evolucionara” hacia el socialismo; es decir, que pudiera "evolucionar” así un país que aún no se había democratizado y que tenía ante sí todas las tareas de la democratización, incluso la verdadera creación de la unidad de la nación alemana, el problema central de la transformación democrática del país, como tareas revolucionarias. En estas condiciones, el poner a la orden del día el problema de la marcha hacia el socialismo sólo podía servir, en opinión de Engels, para desviar al país de las grandes tareas de la democratización revolucionaria, cuya realización constituiría, cabalmente, la única preparación certera, objetiva y subjetiva, para el socialismo, en Alemania.

Esta crítica pasó desapercibida, en el movimiento obrero alemán. Surgieron, así, los falsos extremos de una "reconciliación” con la Alemania imperialista antidemocrática, de una parte, y de otra la predicación abstracta del socialismo, saltando abstractamente por encima de las tareas revolucionario-democráticas. Entre los ideólogos descollantes de la socialdemocracia alemana, en el período imperialista, podemos afirmar que fue Franz Mehring el único en quien se mantenían realmente vivas las tradiciones de la lucha revolucionaria contra la reacción prusiana. Lenin advirtió muy pronto esta trayectoria, y la criticó acerbamente: "La tradición republicana se ha debilitado mucho entre los socialistas de Europa... y no pocas veces este debilitamiento de la propaganda republicana lleva consigo el que no se presione con fuerza hacia la victoria total del proletariado. No en vano Engels, en 1891, al criticar el proyecto del Programa de Erfurt, llamaba la atención de los obreros alemanes, con toda energía, hacia la importancia de la lucha por la república y hacia la posibilidad de que también en Alemania llegara a adquirir esa lucha un sentido actual."95

En estas condiciones, toda la ideología burguesa va viéndose totalmente absorbida por las formas y los contenidos reaccionarios. El agnosticismo y la mística dominan, incluso, el pensamiento de ideólogos burgueses que, políticamente y en lo fundamental, se orientan hacia el progreso. Y hasta la teoría racista va penetrando en estos círculos; baste con señalar el ejemplo de Rathenau, que más tarde habría de caer bajo las balas de los asesinos fascistas. Y, paralelamente con estos, discurre, como hemos visto, la corriente de modernización de la ideología reaccionaria de los junkers. Tampoco este proceso forma, naturalmente, una unidad. Las viejas formas y las viejas consignas ("Por Dios, por el Rey y por la Patria”; "La esencia alemana curar al mundo”; hay que plegarse a la ortodoxia protestante, etc.) se mantienen en pie hasta en plena República de Weimar y conservan su fuerza en determinados círculos, cuantitativamente limitados, de la pequeña burguesía. (Basta con citar la propaganda de los nacional-alemanes, los "Cascos de Acero”, etc.) Pero, junto a ello, surge y se hace cada vez más fuerte la necesidad de troquelar ahora los contenidos reaccionarios más extremos y las metas más agresivas del imperialismo alemán en los moldes que permitan ganar a las extensas masas de la pequeña burguesía, los campesinos, los intelectuales e incluso los obreros para los objetivos interiores y exteriores de dicho imperialismo.

La derrota de Alemania en la primera Guerra Mundial imperialista planteó dos complejos de problemas, íntimamente relacionados entre sí, que vinieron a hacer posible esta reconstrucción de la extrema ideología reaccionaria, esta "modernización” de sus consignas, con vistas a ganar para ellas a las grandes masas populares. El primer complejo fue la indignación nacional provocada por el Tratado de Versalles. El oportunismo de la socialdemocracia y la debilidad de los comunistas no permitieron liberar al pueblo alemán de las cargas humillantes del pasado, de las consecuencias de la guerra, por la vía de una revolución llevada radicalmente hasta el final, como se había hecho en Rusia. Y el fracaso de la revolución de 1918 trajo como consecuencia el que las masas cayeran, en sus aspiraciones nacionales, cada vez más de lleno bajo una dirección imperialista reaccionaria. La lucha contra el Tratado de Versalles y la consigna de la liberación nacional, al abortar como la consigna de la unificación revolucionario-democrática de la nación alemana, fue convirtiéndose cada vez con mayor fuerza en la renovación del agresivo imperialismo alemán.

El segundo complejo, que aparece entrelazado por todas partes con el primero y viene a reforzar la acción de éste, es el desengaño de las masas ante los resultados sociales de la revolución de 1918. Las esperanzas de las masas, hasta muy adentro de la pequeña burguesía y de la intelectualidad, habían alcanzado por aquel entonces, una tensión extraordinaria. Su desengaño, al comprobar que el régimen de la coalición de los junkers y los grandes capitalistas, bajo la bandera de la República de Weimar, seguía pesando sobre ellas tan abrumadoramente como antes, no podía por menos de ser catastrófico. La gran crisis económica de 1929 y la política económica y social resueltamente reaccionaria desplegada por la democracia weimariana durante la crisis, imprimió todavía mayor violencia a aquel desengaño. Pero, al mismo tiempo, se reveló que todos los movimientos encaminados a restablecer simplemente el estado de cosas anterior a la guerra (a la restauración de los Hohenzollern) no estaban llamados a adquirir influencia entre las masas. Surgió así, en el campo de la extrema reacción, la necesidad de una demagogia social: de enmascarar las metas del agresivo imperialismo alemán bajo las formas de la "revolución nacional y social.

Los hechos de Hitler y de sus cómplices y auxiliares no fueron otra cosa que la satisfacción de estas necesidades de existencia de los círculos más reaccionarios de los junkers y grandes capitalistas alemanes. El hitlerismo dio satisfacción a estas necesidades, al sacar de los salones y los cafés, para lanzarla a la calle, la ideología reaccionaria más extremista, modernizada a tono con las exigencias de los tiempos.

La ideología de Hitler es, sencillamente, la utilización cínicamente refinada y extraordinariamente hábil de esta combinación de factores. El propio Hitler y sus más cercanos colaboradores se hallaban muy bien dispuestos por su pasado para cumplir esta misión. Hitler había sido, en Viena, uno de los seguidores de la demagogia social antisemita de Lueger y más tarde, en Alemania, espía de la Reichswehr. Su principal ideólogo, Rosenberg, fue discípulo de las Centenas Negras en la Rusia zarista y, con posterioridad, confidente alemán también. Ambos personajes, como tantos y tantos otros dirigentes del fascismo alemán, eran mercenarios sin escrúpulos y sin conciencia del imperialismo alemán más reaccionario, campeones demagógicos de la política prusiano-alemana de agresión y de opresión. Es inútil, por tanto, buscar en ellos ni un atisbo de buena fe ideológica: se mantienen en una actitud perfectamente cínica, escéptica e indiferente ante su propia "doctrina”, de la que se valen —apoyándose como verdaderos virtuosos en las retardatarias y degeneradas cualidades del pueblo alemán señaladas más arriba, fruto del desarrollo histórico del país— al servicio de los fines del capitalismo imperialista alemán, de los grandes capitalistas y los junkers, de la prusianización de Alemania, de su expansión y de su lucha por la hegemonía mundial.

Los líderes fascistas, que en sus discursos y escritos ensamblan con una grandilocuencia falsa y repelente su demagogia social y nacional y que no apean de los labios, cuando hablan ante el público, las palabras honor, lealtad, fe, espíritu de sacrificio, etc., se expresan, cuando se hallan en la intimidad, con una sonrisa cínicamente despectiva de sus propias revelaciones y manifestaciones. Todavía es relativamente poco lo que hoy conocemos de este material íntimo acerca de los líderes fascistas.96 Sin embargo, a través, por ejemplo, de lo mucho que ha divulgado Rauschning, el dirigente nazi de Danzig huido al extranjero, de su trato íntimo con Hitler y otros líderes, podemos formarnos una imagen bastante concreta acerca de la situación.

Citaré aquí solamente unos cuantos ejemplos característicos. En una de las conversaciones de Rauschning con Hitler, salió a colación el dogma central del fascismo alemán, la teoría racista. Hitler, según nos cuenta su antiguo confidente, se expresó acerca de este tema en los siguientes términos: "La nación es una expresión política de la democracia y del liberalismo. Tenemos que desembarazamos de esta falsa construcción y sustituirla por la concepción de la raza, que aún no está desgastada políticamente ... Yo sé perfectamente... que, científicamente hablando, no existe tal cosa... Lo que ocurre es que, como político, necesito una idea que permita acabar con los fundamentos históricos anteriores, para implantar en vez de ellos un orden antihistórico completamente nuevo y dar a este orden una base intelectual.” El objetivo era la destrucción de las fronteras nacionales. "Con ayuda de la idea de la raza, podrá el nacionalismo llevar a cabo su revolución y volver del revés el mundo.”97 Como se ve claramente por estas palabras, la teoría racista no era, para Hitler, más que el pretexto ideológico para hacer atractivo y plausible a los ojos de las masas la conquista y el sojuzgamiento de toda Europa, la destrucción nacional de los pueblos europeos.

La teoría racista lleva aparejada, como es sabido, la investigación de los primeros orígenes del pueblo alemán. Los fascistas proclaman esto como una de las partes más importantes de su doctrina y crean, incluso, ciencias especiales destinadas al estudio de estos problemas. Cuál es su actitud ante esta ciencia suya, propia y peculiar, nos lo hace saber una conversación mantenida por Rauschning con Himmler, el jefe de la Gestapo. Himmler, que acababa de prohibir las lecciones sobre prehistoria de un profesor alemán en Danzig, se expresa en los términos siguientes acerca de dicha prohibición: "Me tiene sin cuidado que la verdad real y efectiva acerca de la prehistoria de las tribus germánicas sea ésa o sea otra. La Ciencia procede de una hipótesis a otra, hipótesis que cambian cada dos o tres años. No hay, pues, ninguna razón para que el partido no pueda establecer también su propia hipótesis como punto de partida, aunque se halle en contradicción con las ideas científicas imperantes. Lo único importante y por lo que el Estado paga a esas gentes [a los profesores, G. L.] es que las ideas que se profesen acerca de la historia fortalezcan a nuestro pueblo en su necesario orgullo nacional.”98

Bien sabido es, asimismo, el lugar central que el antisemitismo ocupa en la "concepción nacionalsocialista del mundo”, en la propaganda hitleriana. Sin embargo, cuando Rauschning, hablando de esto con Hitler, se atrevió a preguntarle simplistamente si se proponía exterminar a los judíos, el Führer le contestó: "No. Si los suprimiéramos, tendríamos que volver a inventarlos. Es importante tener siempre delante un enemigo visible, corpóreo, y no simplemente abstracto.” Y cuando, en la misma plática, salió a relucir el tema de las célebres "Actas de los Sabios de Sión", sobre los que tanto hincapié hacía la agitación progromista de los hitlerianos, y como quiera que Rauschning mostrara dudas acerca de la autenticidad de dicho documento, el Führer replicó: "Se me da un ardite de que el relato sea o no históricamente cierto. Si no lo es. mejor, pues resulta tanto más convincente."99

No sería difícil seguir poniendo ejemplos de éstos, aun a base del limitado material de que disponemos para documentarnos acerca de las convicciones íntimas de los líderes del hitlerismo. Creo, sin embargo, que basta y sobra con lo expuesto para ilustrar la cínica actitud de Hitler y sus cofrades ante sus propias "teorías”. Añadiremos tan sólo que, también en una conversación con Rauschning, Hitler no tuvo empacho en calificar de tontería y mentecatez otra de las tesis centrales de su propia demagogia social, el llamado "socialismo prusiano”.100

Todo lo anterior permite ver claramente cuáles son los fundamentos de la "metodología" nacionalsocialista. Y no es difícil tampoco complementar sus rasgos recurriendo a las obras de Hitler. Nos limitaremos también en esta cuestión a señalar algunos puntos fundamentales, a la luz de los cuales se verá con claridad cómo, para Hitler y los adláteres que le rodean, no se trata simplemente de teorías falsas y peligrosas, que deban ser refutadas con ayuda de argumentos intelectuales, sino de una mescolanza de las doctrinas reaccionarias más diversas, amalgamada con una demagogia desvergonzada y cuyo valor depende solamente de la medida en que permita a Hitler aturdir a las masas.

Este tipo de propaganda parte, en Hitler, de un desprecio soberano por el pueblo. "El pueblo —dice Hitler— tiene, en su inmensa mayoría un temperamento y una actitud tan femeninos, que su modo de pensar y de actuar no se gobierna tanto por la fría reflexión como por las reacciones sentimentales.”  En estas palabras del Führer se expresan, como podemos comprobar, los resultados de la "teoría aristocrática del conocimiento” del período imperialista y de la filosofía social de la "desorbitación”, traducidos al lenguaje de la demagogia práctica.

Y en este punto de vista se sitúa Hitler para elaborar sus métodos de propaganda. Se trata de sustituir el convencimiento por la sugestión, de crear por todos los medios una atmósfera sofocante de fe ciega, de histerismo de hombres crédulos y desesperados. Y también aquí vemos cómo la lucha de la filosofía de la vida contra la razón —independientemente de lo que Hitler llegara a conocer de ella— es la concepción del mundo que sirve de base a la pura técnica de la demagogia. La "originalidad” de Hitler consiste en haber sido el primero a quien se le ocurrió aplicar la técnica de la publicidad norteamericana a la política y la propaganda alemanas. Lo que se propone es aturdir y seducir a las masas. En el Mein Kampf confiesa que persigue una meta demagógica: quebrantar el libre albedrío y la capacidad de los hombres de pensar por cuenta propia. Y lo único que le preocupa y que se detiene a estudiar concienzudamente es con ayuda de qué ardides puede conseguirlo.101

Por este camino, entra Hitler en todos los posibles detalles externos de la sugestión y de la sugestionabilidad de las masas. Pondremos, también aquí, un solo ejemplo: "En todos estos casos —dice—, se trata de menoscabar la libre voluntad del hombre. Y esto se refiere ante todo, como es natural, a las asambleas en que se reúnen personas de orientación contraria y en las que se trata de formar, a todo trance, una voluntad nueva. Por la mañana e incluso de un día para otro, parece como si las fuerzas volitivas de estos hombres se resistiesen con todas sus fuerzas contra el intento de imponerles una voluntad ajena y una opinión extraña. Por la noche, en cambio, se someten mucho más fácilmente a la fuerza dominadora de una voluntad más vigorosa. Pues en verdad que toda asamblea de esta clase es como un palenque en que luchan dos fuerzas contrapuestas. Al arte oratoria descollante de un temperamento dominante de apóstol le será más fácil ganar para la nueva voluntad a hombres cuya fuerza de resistencia ha sido ya debilitada del modo más natural que a quienes se hallan todavía en plena posesión de sus energías espirituales y volitivas.”102

Y con el mismo cinismo se manifiesta Hitler acerca del programa de su propio partido. Reconoce que, de vez en cuando, al cabo del tiempo, puede ser objetivamente necesario introducir en él ciertas modificaciones. Se declara, sin embargo, de antemano y por principio contrario a ellas: "Pero, cualquier intento en ese sentido resulta ser casi siempre fatal. Sólo sirve para poner a discusión lo que debiera ser considerado como firme e inconmovible... ¿Cómo se quiere hacer que la gente crea con fe ciega en la exactitud de una doctrina, si a cada paso se introducen en la estructura exterior de ella cambios que inducen a la inseguridad y a la duda?”103

Esta técnica de la propaganda hitleriana guarda relación con uno de los pocos puntos sinceros de la "concepción del mundo” profesada por Hitler: éste es un adversario irreductible de la verdad objetiva y también en la vida combate por doquier todo lo que sea objetividad. Se siente a sí mismo como el agente de unas posiciones capitalistas, cuyas metas trata de alcanzar con una técnica de propaganda implacablemente hábil, conscientemente colocada al margen de toda verdad o de toda exactitud objetivas. En este sentido, es un discípulo verdaderamente hábil de la técnica publicitaria norteamericana. En sus disquisiciones sobre la técnica propagandística, se expresa a veces de un modo sin querer grotesco este temperamento suyo íntimo: "¿Qué se diría, por ejemplo, de un anuncio que, proponiéndose ensalzar una marca nueva de jabón, llamase también buenos a otros jabones?... Exactamente lo mismo ocurre con la propaganda política.”104

Y tampoco esta mescolanza de la filosofía alemana de la vida y la técnica publicística norteamericana tiene nada de casual. Una y otra "son formas de expresión del período imperialista. Ambas apelan al desconcierto, a la desorientación de las gentes de esta época, a su condición de cautivos del sistema de las categorías del capitalismo monopolista convertido en fetiche, a su sombrío estado de sumisión y de tormento y a su incapacidad para liberarse de él. La diferencia está en que el sistema publicístico norteamericano apela al hombre medio y, concretamente, a sus necesidades vitales más directas, en las que se mezclan la estandarización objetiva por obra del capitalismo monopolista y el vago anhelo de mantener "su propia personalidad”, dentro de este marco. En cambio, la filosofía de la vida apela, por medio de rodeos muy complicados, a la élite de la intelectualidad, en la que es mucho más candente, aunque se halle —objetivamente— no menos condenada al fracaso, la lucha interior contra la estandarización. De aquí que la técnica publicitaria sea desde el primer momento cínico-demagógica, como forma de expresión directa del capitalismo monopolista, mientras que la filosofía de la vida se mantiene durante largo tiempo, de buena fe, o por lo menos con medios indirectos, en el terreno seudocientífico y seudoliterario. Pero una y otra participan —objetivamente—, por encima de todas las diferencias de la repulsa de toda objetividad, de la apelación unilateral a los sentimientos, a las vivencias, etc., del intento de eliminar la razón y el discernimiento racional y de desacreditarlos.

Es, pues, una determinada necesidad social la que hace que los resultados y el método de la filosofía de la vida sean llevados a la calle con ayuda de los medios técnicos de la publicidad norteamericana. Y, al identificarse en la persona de Hitler la filosofía de la vida y el capitalismo monopolista, es lógico que la técnica más desarrollada de este capitalismo, la técnica norteamericana, se combine con la ideología más desarrollada del capitalismo monopolista y la reacción, con la ideología alemana. Y la simple posibilidad de esta conjunción, de esta unidad, revela ya cómo toda la barbarie, todo el cinismo, etc., del período hitleriano sólo pueden comprenderse y criticarse partiendo de la economía, de la estructura social, de las tendencias de desarrollo social del capitalismo monopolista. Todo intento de concebir el hitlerismo como la renovación de cualquier vieja barbarie pasa por alto los que constituyen precisamente los rasgos esenciales específicos y decisivos del fascismo alemán.

Sólo a través de esta técnica publicística, cínica y sin escrúpulos, puede comprenderse y exponerse certeramente la llamada ideología de los fascistas hitlerianos. Éstos se preguntan siempre, en efecto: ¿para qué sirve un pensamiento?, ¿qué utilidad reporta éste?, sin preocuparse en lo más mínimo de su verdad objetiva, más aún, rechazando la verdad objetiva apasionadamente y con el mayor desprecio. (En lo que coinciden plenamente con la filosofía moderna, desde Nietzsche, pasando por el pragmatismo, hasta nuestros días.) En este punto, esta robusta y burda técnica publicitaria confluye, sin embargo, con los resultados de la filosofía imperialista de la vida, con la concepción del mundo de los intelectuales más "refinados” de nuestro tiempo. En efecto, el irracionalismo agnosticista, que se ha venido desarrollando en Alemania desde Nietzsche, Dilthey y Simmel hasta Klages, Heidegger y Jaspers conduce, como resultado final, a una repulsa igualmente apasionada de la verdad objetiva, ni más ni menos que en Hitler, aunque en éste por otros motivos y con otros fundamentos. 

La confluencia del irracionalismo de la filosofía de la vida con la "concepción del mundo” del fascismo no entraña, pues, determinados resultados de la teoría del conocimiento, que sólo se destinan, por su sutileza difícilmente comprensible a reducidos círculos intelectuales, sino que se produce dentro de la atmósfera espiritual general de la duda radical en cuanto a la posibilidad de un conocimiento objetivo, en cuanto al valor de la razón y el entendimiento, al amparo de la fe ciega en los "datos” intuitivistas e irracionalistas que repugnan al entendimiento y la razón; en una palabra: dentro de la atmósfera de una credulidad histérico-supersticiosa, con la circunstancia, además, de que este oscurantismo de la lucha contra la verdad objetiva, contra la razón y el entendimiento, se presenta como la última palabra de la ciencia moderna, de la teoría del conocimiento "más avanzada”.

Estas tendencias afines en cuanto a la creación de una atmósfera intelectual propicia al auge y al entronizamiento de los absurdos fascistas, explica por qué el ideólogo mayor del nacionalsocialismo, Rosenberg, abriga ciertas simpatías por los más caracterizados representantes de la filosofía irracionalista de la vida; cita, por ejemplo, con gran elogio a Spengler y Klages, aunque rechace el contenido concreto de sus doctrinas y considere toda su actuación como superada por el nacimiento del nacionalsocialismo. Aunque el irracionalismo de la filosofía de la vida fuese indispensable para el fascismo como atmósfera espiritual, es de suyo demasiado refinado, demasiado aéreo, demasiado sutil, se halla demasiado vinculado indirectamente a los fines del capitalismo monopolista alemán, para que se le pueda utilizar directamente al servicio de las finalidades demagógicas. Hace falta, para ello, recurrir a aquella combinación de la filosofía de la vida y la teoría racista que encontrábamos en Chamberlain. Es aquí donde Hitler y Rosenberg encuentran los medios discursivos directamente utilizables para sus fines demagógicos: de una parte, una "concepción del mundo” para la intelectualidad alemana reaccionariamente corroída y, de otra parte, el fundamento para una robusta y brutal demagogia, para una doctrina al parecer generalmente inteligible, con la que se puede aturdir y engañar a las masas desesperadas, extraviadas y que buscan un camino de salvación.

De Chamberlain tomaron los nazis la teoría "interior” de la raza, la determinación de las características raciales a base de la intuición. Aunque la propaganda airee mucho las llamadas características filosóficas (la forma del cráneo, el color del cabello, los ojos, etc.), lo esencial se reserva, sin embargo, a la vía intuitiva. Uno de los filósofos oficiales del hitlerismo, Ernst Krieck, expresa muy abiertamente esta actitud ante la biología: "La concepción biológica del mundo —dice— significa algo sustancialmente distinto que la fundamentación de la concepción del mundo por la ciencia especial llamada biología.” Y por eso también Rosenberg, en sus escritos programáticos, habla mucho más del "alma” que de las características raciales objetivas. Lo que razona mediante esta aseveración: "Alma...significa raza, vista interiormente.”106 Es la continuación directa de la teoría racial chamberlainiana.

En éste como en todos los demás criterios de mayor importancia, vemos que Rosenberg es un discípulo concienzudo de Chamberlain. Niega, al igual que éste, la causalidad; y, como éste, rechaza toda indagación de la génesis. Niega, lo mismo que su maestro, la existencia de una historia general de la humanidad: sólo tienen historia las razas, cada una de por sí, especialmente los arios, los germanos. Pero también su historia es puramente aparente, pues en realidad lo bueno de la raza es inmutable. Rosenberg dice, acerca de esto: "La primera grande y suprema realización mítica ya no se perfecciona, en lo esencial, si no que asume simplemente otras formas. El valor que a un dios o a un héroe se le infunde es lo eterno, tanto para bien como para mal... Puede morir una forma de Odín... Pero Odín, es decir, el arquetipo eterno de las anímicas fuerzas primigenias del hombre nórdico, vive hoy lo mismo que hace 5,000 años.” Y resume del modo siguiente las con secuencias de esta tesis: "El último saber posible de una raza se contiene ya en su primer mito."107

Llega así a su término la lucha interna mantenida en la filosofía de la vida entre la tipología objetivamente histórica, antropológica, y el intento de erigir precisamente sobre esta base una teoría de la historia enemiga de toda ley e irracionalista. Y, como es natural, tal y como el terreno había sido preparado, de una parte y sobre todo, por Chamberlain y, de otra parte y por otros caminos, por Spengler, Klages, Heidegger, etc., el pleito termina con la victoria del antihistoricismo y la liquidación conceptual de la historia. Se revela aquí a la luz del día, con meridiana claridad, la imposibilidad teórico-objetiva de concebir metodológicamente la historia si se elimina de ella la idea de progreso. Y cuando Rosenberg barre radicalmente con todo el seudohistoricismo del período imperialista, no hace más que sacar, a su manera mítico-demagógica, las consecuencias lógicas de una situación ya implícitamente contenida en la cautelosa antinomia de un Dilthey.

Esta concepción de la raza, coincidente no sólo con Chamberlain, sino también con Gobineau, trae como consecuencia necesaria el que todo lo que sea cambio se considere como una corrupción, a consecuencia de la mezcla racial. De ahí que Rosenberg haga suya, alborozado, la idea chamberlainiana del "caos de pueblos”, con sus dos peligros fundamentales: Roma y el judaísmo. Y de ahí también que, al igual que Chamberlain, considere como el punto flaco central del germanismo el que no posea una religión "adecuada”.

Carece de interés, dada la total intrascendencia de Rosenberg como pensador, detenerse a investigar dónde se limita éste a copiar al pie de la letra a Chamberlain y dónde modifica su pensamiento. Lo importante en él es cómo encarrila las frases literarias reaccionarias de su maestro hacia el programa de acción de la demagogia nacional y social. En este sentido, lo más importante es la agudización de la teoría activista de Chamberlain, por oposición al fatalismo de Gobineau y del darwinismo social. Hitler y Rosenberg toman de Chamberlain tres puntos de vista fundamentales: en primer lugar, el concepto del caos de pueblos y de la lucha en contra de él; en segundo lugar, la capacidad de regeneración de las razas, y, en tercer lugar, la teoría racista como un sustitutivo de la religión a tono con los nuevos tiempos. Y, al mismo tiempo, agudizan y simplifican demagógicamente los tres complejos en interés de la política agresiva del imperialismo alemán.

Por lo que al primer punto se refiere, tanto en Rosenberg como en Chamberlain ocupan el judaísmo y Roma el centro de la lucha, como los enemigos principales. Con la diferencia de que, ahora, esta lucha ya no se libra con las "nobles” armas literarias, como al principio sobre todo la sostenía Chamberlain, inclinándose a cada paso ante tales o cuales judíos y católicos "descollantes”, sino que se desencadena una demagogia pogromista descarada y sin escrúpulos.

Ya en Chamberlain vemos que los judíos son los portadores de la funesta idea de la igualdad. Ahora, se equiparan el capitalismo y el socialismo como emanaciones de esta perniciosa idea y contra ambos se dirigen los tiros, como los exponentes actuales del caos de los pueblos. También aquí desemboca el río de una vieja tradición reaccionaria en la demagogia social del hitlerismo. Como es sabido, las contradicciones del sistema capitalista engendran en todas partes, durante el siglo XIX, un movimiento romántico-anticapitalista. Al principio, este movimiento presenta méritos científicos relativamente considerables, por su ingeniosa crítica de estas contradicciones, que en Sismondi llega, incluso, a poner de relieve la necesidad de las crisis económicas bajo el capitalismo; y, en el campo social, nos encontramos con algo parecido en el joven Carlyle.

La revolución del Cuarenta y ocho, la aparición del socialismo científico y sil fusión con la clase obrera revolucionaria hacen cambiar rápidamente la fisonomía del anticapitalismo romántico. Como ideología que era de la pequeña burguesía, este movimiento miraba desde el primer momento hacia atrás (en Sismondi, hacia la producción simple de mercancías de los tiempos anteriores al capitalismo; en el joven Carlyle hacia la Edad Media, como la "economía ordenada”, por oposición a la anarquía capitalista). Esta tendencia regresiva queda adherida al aspecto puramente ideológico del desarrollo ulterior del anticapitalismo romántico, tanto más cuanto que la tendencia muy cercana a él a contraponer la civilización y la cultura entraña necesariamente una crítica de la ausencia de cultura del capitalismo, desde el punto de vista de las culturas del pasado. Sin embargo, la necesidad de adoptar también una posición ante el socialismo, como ante la tendencia que sobrepone la sociedad al capitalismo, introduce un cambio de rumbo esencial: el principio del "orden" tiende a buscarse y se encuentra cada vez más en el mismo capitalismo, claro está que sin renunciar del todo a aquella crítica de la cultura capitalista que iba a buscar su pauta al pasado; pero, ahora, se trata de sacar del propio gran capitalismo la fuerza capaz de sobreponerse a la anarquía. Tal es ya la posición en que se sitúa Carlyle después de la revolución del Cuarenta y ocho. Pero la formulación más categórica de esta doble tendencia contradictoria la da, en vísperas del período imperialista, como hemos visto, Federico Nietzsche.

Dos consecuencias se desprenden de esta situación social y de la situación espiritual por ella determinada. La primera es que hay que distinguir, en el capitalismo, los "lados buenos" de los "malos". Este punto de vista lo encontramos ya en Proudhon, y los apologistas liberales vulgares se esfuerzan siempre por presentar los lados "malos” del capitalismo como aspectos casuales de este régimen, llamados a desaparecer. Ahora bien, esta tendencia sólo puede llegar a convertirse en parte integrante del anticapitalismo romántico al aparecer aquella apologética indirecta que defiende el sistema capitalista apoyándose precisamente en los "lados malos", de cuyo desarrollo se espera que llegue a acabar un día con la anarquía del capitalismo liberal vulgar y traiga consigo un nuevo "orden”; es decir, en otras palabras, al convertirse el anticapitalismo romántico en una ideología del capitalismo imperialista. Y, en segundo lugar —y en íntima relación con el cambio de rumbo anterior—, la repulsa contra el socialismo se vincula a esta nueva posición que se adopta ante el capitalismo: el socialismo se hace aparecer, ahora, como la continuación y el desarrollo de aquellas tendencias anticulturales, hostiles a la personalidad del hombre, que se combaten y rechazan en el capitalismo y cuya eliminación real se confía en que lleve a cabo el imperialismo, el capitalismo "reglamentado".

Contribuye a facilitar este giro de las cosas el hecho de que, con el derrumbamiento de la economía clásica, hayan desaparecido del campo de la intelectualidad burguesa, en materia de economía, todo saber y toda cultura. La antítesis económica de capitalismo y socialismo cae, por tanto, fuera de su órbita de conciencia, y como el socialismo trata de vencer al capitalismo en un camino reservado al futuro, es decir, progresivamente, en la línea de un desarrollo superior de las fuerzas productivas, problemas que estos ideólogos sólo enfocan desde el punto de vista de la técnica y, cuando mucho, en el plano de la división del trabajo, fácilmente se llega por aquí a la identificación del capitalismo (rechazado) y el socialismo.

Uno de los primeros que formuló esta identificación, y de un modo impresionante por cierto, fue Dostoyevski (en su obra De entre las sombras de una gran ciudad). Y, en el campo filosófico, también Nietzsche hubo de proclamar con mucha eficiencia esta idea, al englobar bajo el nombre de democracia todo lo que había de reprobable en el capitalismo. Y lo mismo hicieron, siguiendo sus huellas, Spengler y otros. Como vemos, también en este punto recoge Rosenberg la herencia de una larga trayectoria de posiciones extraviadas, lo que le permite utilizar fácilmente estas actitudes al servicio de sus fines demagógicos... Así, Rosenberg declara la guerra "a los últimos caóticos exponentes del imperialismo económico-liberal de los mercaderes, cuyas víctimas, empujadas por la desesperación, hicieron el juego al marxismo de los bolcheviques, para dar cima a la obra iniciada por la democracia: exterminar la conciencia de la raza y de la nación”.108 Y en otro pasaje: "La autoridad arracial reclama la anarquía de la libertad. Roma y el jacobinismo, bajo sus formas antiguas y en sus manifestaciones posteriores más puras, en Babeuf y en Lenin, se condicionan, en su interior, mutuamente.”109

Esta concepción de la historia constituye, para Rosenberg, el fundamento ideológico de la demagogia social. Con su lucha contra el capital, el marxismo, según Rosenberg, falsea el verdadero planteamiento del problema y obra en interés del judaísmo internacional. La teoría racista debe, por el contrario, preguntarse "en manos de quién se encuentra este capital y mediante qué principios es gobernado, dirigido o vigilado. Esto es lo importante y lo decisivo".110 La teoría racista permite simplificar todos los complicados razonamientos del anticapitalismo romántico, reduciéndolos al problema de la raza a que pertenecen los capitalistas. La demagogia social del fascismo se propone mantener en pie el capitalismo monopolista reaccionario alemán y salvarlo del peligro revolucionario a que lo empuja la gran crisis económica. De ahí la distinción establecida por Rosenberg y de ahí también la que Feder traza entre el capital desfalcador y el capital creador. De este modo, se encauza por los carriles del antisemitismo, con ayuda de la demagogia social de la teoría racista y valiéndose del hecho de que las masas no proletarias ven su explotador directo en el capital monetario y comercial, la indignación que en las grandes masas provoca su explotación por el capitalismo monopolista.

Y, al mismo tiempo, la concepción chamberlainiana del caos de pueblos sirve como fundamento para justificar la agresión imperialista. Se presentan como un "caos racial” los Estados contra los que el imperialismo alemán abriga, sobre todo, apetencias de conquista. Tal, principalmente, Rusia. Y también Francia aparece como un exponente de ese caos de pueblos; "apenas se la puede considerar ya como un Estado europeo, pues es más bien, hoy, una prolongación del África, gobernada por judíos".111 Y también Hitler considera a Francia como "un Estado africano dentro de Europa”. Como se ve, Hitler y Rosenberg "fundamentan” las ambiciones agresivas del imperialismo alemán basándose en los "principios” de la teoría racista. Y tal vez tenga cierto interés observar que la llamada concepción del mundo de los fascistas es también en este punto un simple ardid publicitario y que, si se tratara de vender otra mercancía, se sustituiría este cartel de propaganda por otro de signo contrario. Así, vemos cómo Rosenberg, por los días en que los nazis confiaban en llegar a crear una coalición europea contra Rusia a base del "pacto de las cuatro potencias”, "olvidó”, de la noche a la mañana todo lo que había escrito acerca de "negrificación” y el "enfangamiento” de los franceses; de pronto, la Francia a la que quería atraerse como aliado circunstancial había dejado de ser un país "bastardeado” para convertirse en un país de campesinos, cuyo rasgo fundamental y decisivo era "la adoración de la tierra”,112 es decir, algo francamente positivo, a los ojos de la "concepción del mundo nacionalsocialista".

En cuanto al segundo problema, el de la regeneración de las razas, Hitler la reconoce expresamente. "Eso implica —dice el Mein Kampf— un proceso natural, aunque lento, de regeneración, que va eliminando poco a poco las contaminaciones raciales, mientras quede un fondo racial de elementos putos y no se produzca un nuevo bastardeamiento.”113 Con lo cual el fascismo se adhiere a los teóricos optimistas del problema racial, como Chamberlain y Woltmann. Pero, para éstos, el problema de la salvación de una raza pura era, simplemente, un complejo de medidas higiénico-raciales. Estas medidas (fiscalización y prohibición de matrimonios, etc.) las hace suyas también el fascismo, pero su aplicación se convierte, puesta en sus manos, en instrumento de una pavorosa y arbitraria tiranía. Hitler sabe perfectamente que con las medidas craneanas, los árboles genealógicos, etc., se puede demostrar todo lo que se quiera. De ahí que el sistema de tales medidas no sea, bajo el hitlerismo, otra cosa que un medio de coacción y de chantaje. No en vano dice Ernst Krieck, el teórico del racismo: "La raza se mide por el modo y el grado en que se es capaz de servir a la comunidad vital de la raza y la nación.”114 Lo que vale tanto como afirmar que, en el sistema fascista, la pureza racial es, de una parte, condición necesaria para medrar y hasta para llevar una vida medianamente soportable y que, de otra parte, depende enteramente del capricho de los jerarcas fascistas el decidir quiénes han de ser considerados racialmente puros y quiénes no. A los ojos de un Goebbels, no contaban para nada ni el aspecto más sospechoso ni el árbol genealógico más oscuro; en cambio, quien se atreviese a disentir o a manifestar la menor duda ante cualquier problema era clasificado inmediatamente como bastardo y se exponía a verse condenado sin más como "judaizado”, desde el punto de vista espiritual y caracterológico.

Es fácil darse cuenta, pues, de por qué el fascismo adoptó el criterio "interior”, intuicionista, de Chamberlain, para la determinación de la raza. Cuando se propaga la teoría racista en los grandes mítines, es conveniente operar con las características raciales "exactas”, discernibles por los sentidos y fácilmente comprensibles. En cambio, para el aparato gubernamental del despotismo fascista, el criterio más indicado, precisamente por ser el más arbitrario, es aquel criterio "interior”, señalado por Krieck.

De este modo, el manejo de la regeneración y la conservación de la pureza racial se convierte en un instrumento apto para mantener en un estado de obediencia servil a todo el pueblo alemán; es decir, para fomentar sistemáticamente aquella falta de firmeza, aquel servilismo, aquella ausencia de valor civil que han sido siempre las características de la "miseria alemana”, pero que jamás habían alcanzado tal apogeo como bajo el fascismo, gracias a la política racista de Hitler.

Es característico en cuanto al desarrollo de esta moral fascista el hecho de que ya Chamberlain destaque la lealtad como la cualidad moral específica del hombre germánico, poniendo como ejemplo —cosa muy característica también— a los soldados mercenarios alemanes que, a cambio de una soldada, desempeñaron a lo largo de toda Europa un papel tan cruel e ignominioso, y siempre al servicio de causas contrarrevolucionarias y represivas. Los viejos demócratas alemanes anatematizaban este período de los mercenarios como una de las vergüenzas históricas de Alemania. Chamberlain, en cambio, lo destaca como el período en el que más brilla su cualidad moral decisiva. Y cuando Krieck habla del hombre heroico, define su naturaleza en los siguientes términos: "El destino reclama del hombre heroico el honor del que es capaz de cumplir todas las órdenes."115

Pero no con ello se completa la significación de este complejo para el hitlerismo. Este tipo de moral se utiliza, ante todo, para implantar y entronizar en la misma Alemania el despotismo ilimitado de una minoría. Dice Rosenberg, traduciendo libremente una idea de Chamberlain, que ningún pueblo, ni siquiera el alemán, forma una unidad racial. De donde se sigue que hay que asegurar por todos los medios la dominación de los mejores, de la raza más pura (de la raza nórdica). Rosenberg afirma que en Alemania existen, por lo menos, cinco razas, pero que sólo "la raza nórdica” es la que "da auténticos frutos culturales". Y prosigue: "El destacar la raza nórdica no significa sembrar en Alemania el odio racial, sino, por el contrario, reconocer conscientemente la existencia de un nexo de pura sangre en el seno de nuestra nacionalidad...

El día en que se cegase sin remedio el manantial de la sangre nórdica, Alemania marcharía hacia la catástrofe, se hundiría en un caos totalmente carente de carácter.”116

El exponente de esta sangre nórdica es, según Rosenberg, por supuesto, el mismo movimiento nacionalsocialista; en él se halla la "nueva nobleza"; está formado por un 80% de elementos nórdicos; "conservarse" en él significa bastante más que "las estadísticas per capita”.117 Se revela aquí, al mismo tiempo, la modernización de la reacción por la teoría racista. El fascismo viene a salvar el predominio de los junkers prusianos, pero los convierte simplemente en una parte de la nueva nobleza, obligando a los viejos parásitos a compartir su parasitismo con otros nuevos, con los jerarcas del movimiento nazi. Y para que ninguna de las dos partes integrantes de esta nobleza racial salga perjudicada, el fascismo procura extender hasta el máximo la zona de explotación confiada a ambas. Tal es la "nobleza de sangre y de conducta” que Rosenberg proclama, como instaurada sobre la base de la pureza racial.

Ya en las anteriores líneas nos hemos referido, de pasada, a la verdadera meta, a la meta superior del fascismo alemán: a la dominación de los alemanes sobre el mundo entero. El fascismo hereda todas las viejas quimeras y pretensiones de dominación forjadas por el peor chovinismo alemán, pero para llevarlas mucho más allá. Y, al examinar este problema en relación con la "concepción nacionalsocialista del mundo”, debemos fijamos, ante todo, en su carácter aristocrático y en su fundamentación seudo-biológica. Dice Hitler, hablando de la teoría racista, que esta teoría parte del valor superior o inferior de las distintas razas. Y "se siente obligada por esté conocimiento, y conforme a la voluntad eterna que gobierna el universo, a impulsar el triunfo de los mejores y los más fuertes y a exigir la sumisión de los peores y los más débiles. Rinde con ello, y por principio, homenaje a la concepción aristocrática de la naturaleza y cree en la vigencia de esta ley hasta en el último de los seres vivos”.118

Ya en Nietzsche y en el darwinismo social era la fundamentación biológica de la dominación de las clases explotadoras y de los pueblos colonizadores una ideología de la inhumanidad, puesto que presentaba a los oprimidos como seres de una naturaleza distinta por principio, "biológicamente” destinados a la explotación y a la esclavitud. Pues bien, esta tendencia es llevada todavía más allá por Hitler. "Una de las premisas más esenciales para la formación de las culturas superiores es —dice Hitler— la existencia de hombres inferiores...; es indudable que la primera cultura de la humanidad no se debió tanto a la domesticación de los animales como al empleo de hombres inferiores.”119

El ario, el germano es, a los ojos de la teoría racista, un ser cualitativamente distinto, desde todos los puntos de vista, de las demás razas humanas. Éstas no hablan una lengua común en ninguno de los campos de las actividades del hombre; es por principio imposible que se entiendan, a menos que sobrevenga una corrupción, una contaminación de la raza pura. Cualquier sentimiento de la más leve humanidad para con los enemigos del fascismo —que, según la teoría interior de la raza, quedan clasificados eo ipso entre las razas inferiores— constituye, en quien experimente semejante emoción, un síntoma claro de impureza racial. El fascismo educa, así, a todo el pueblo alemán, por principio, en la escuela de la inhumanidad, o, mejor dicho —si recordamos nuestras manifestaciones anteriores—, coloca a todo el pueblo bajo una presión despótica que obliga a todos a comportarse de un modo bestialmente inhumano, que instituye premios a la inhumanidad y amenaza con proscribir de la "comunidad nacional”, poniendo precio a su cabeza, a cuantos incurran en una conducta humana.

Esta división cualitativa de los hombres en razas superiores e inferiores informa toda la "concepción nacionalsocialista del mundo". En el campo de la filosofía, ya nos habíamos encontrado con esta teoría en Chamberlain, y Rosenberg se encarga de aplicar concienzudamente sus sugestiones en todos los campos de la teoría del conocimiento, de la estética, etc. Pero esto no es más que la fundamentación ideológica de la espantosa práctica seguida por el nacionalsocialismo, desde el primer momento, en contra de los mejores hombres del pueblo alemán y de otros pueblos y que desde la guerra mundial ha concitado contra él el odio, el asco y el pavor de toda la humanidad. Y tiene absoluta razón Rosenberg cuando, después de destacar los méritos de Chamberlain, dice: "La historia universal, concebida como historia racial, es la renuncia actual a esta teoría decadente de la humanitas.”120

A lo que ello conduce es a que los alemanes consideren como una bestia a todo el que, de fronteras adentro, discrepe del fascismo y, de fronteras afuera, a cuantos pertenezcan a otro pueblo; unas veces, como bestias de tiro y otras veces como reses destinadas al matadero. El tipo hitleriano-rosenbergiano de la agresión imperialista alemana instituye, por tanto, bajo la forma de la teoría racista, un verdadero canibalismo moderno, al que llama su "concepción del mundo"; saca todas las posibles consecuencias bárbaras contenidas en la reaccionaria doctrina de la desigualdad de la teoría racista, y las lleva hasta el extremo de la máxima bestialidad. De aquí que Hitler y Rosenberg critiquen continuamente el chovinismo y el nacionalismo de viejo tipo. Crítica que tiene, por otra parte, mucho de demagogia para atraerse a las masas descontentas con el régimen de los Hohenzollern y a las que no sería fácil convencer de la vuelta a él. (Debilidades de la propaganda de los nacional-alemanes.) Pero esta crítica va dirigida, sobre todo, a acentuar todavía más el chovinismo a la ofensiva; según ella, el viejo nacionalismo de los Hohenzollem no era lo bastante agresivo, pecaba de exceso de humanidad y de indecisión.

Hitler se manifiesta en contra de los viejos planes de colonización y expansión de la monarquía de los Hohenzollern. Critica, sobre todo, con especial dureza el propósito de asimilarse por la fuerza, mediante la germanización, a los pueblos conquistados. Lo que hay que hacer, según él, es exterminarlos. No se comprendía, dice, "que la germanización sólo puede llevarse a cabo sobre la tierra, pero nunca sobre los hombres".121 Lo que vale tanto como sostener que el Imperio alemán debe extenderse, conquistar tierras fértiles y expulsar o exterminar a la población que encuentre en ellas. El programa de la política -exterior de Hitler había sido formulado ya mucho antes de la toma del poder, en estos términos: "La política exterior del Estado nacional debe asegurar la existencia en este planeta de la raza aglutinada dentro del Estado, estableciendo una relación sana, vital y natural entre la cifra y el crecimiento de la nación, de una parte, y de otra la magnitud y la calidad del suelo."122

Esta teoría del "espacio vital” de los fascistas sirvió de base para la criminal agresión de la Alemania hitleriana contra la Unión Soviética. Quien lea el Mein Kampf de Hitler se dará clara cuenta de que este plan forma parte del movimiento fascista ya desde el primer momento. (Y tampoco en este punto carece de interés comprobar qué actitud mantiene la jerarquía fascista ante su propia teoría. Ya hemos visto que el llamado fundamento teórico sobre que descansan tanto la estructura interior como la agresión exterior del Estado hitleriano es la dominación de la "sangre nórdica”. De aquí que Hitler y Rosenberg coquetearan siempre con los pueblos del Norte, "descendientes de un tronco común” Pero cuando en el transcurso de la Guerra Mundial se vio que no se sometían voluntariamente al "nuevo orden” europeo, que no se prestaban a dejarse "quislingizar” de buen grado, Rosenberg, en una circular expedida conjuntamente por él y por Martín Bormann, el secretario de Hitler, declaró de la noche a la mañana que aquellos pueblos no eran arios de pura sangre, sino una mescolanza de pueblos, una raza bastardeada, con elementos finlandeses y mongoles, eslavos, celto-galos, etc. Mientras tanto, el "Eje" Berlín-Roma-Tokio proclamaba a los aliados japoneses como "los prusianos del Oriente”. Como vemos, también en este punto es la teoría racista, para Hitler y Rosenberg, un simple instrumento de propaganda, es decir, la "publicidad de una marca de jabón”, del agresivo imperialismo alemán.)

He aquí cómo Hitler y Rosenberg proclaman, con insuperable cinismo la bestialidad de la conquista del mundo por Alemania. Y, dentro de Alemania, las botas de los S. A. y los S. S se encargarán de pisotear a cuantos se atrevan a oponerse a estos diabólicos planes: en primer lugar, al movimiento obrero y, con él, a todo lo que represente aunque sólo sea un atisbo de razón, de ciencia y de humanidad. Y, para crear la atmósfera necesaria en que pueda llevarse a cabo la educación” de las masas alemanas para estas bestialidades, se extrae del pasado y se pone de nuevo en circulación todo lo que hay en él de reaccionario, de chovinista y de inhumano. En relación con esto debemos ahora examinar el tercer complejo de problemas: la restauración del plan chamberlainiano de la adecuada religiosidad germánica. La dominación despótica del nacionalsocialismo no puede tolerar junto a sí a ningún otro poder ideológico. La "concepción nacionalsocialista del mundo” debe necesariamente convertirse en un sustitutivo de la religión.

Para ello, es esencial, también aquí, la tendencia de modernización que se manifiesta ya en Chamberlain. Rosenberg, que es personalmente un intelectual decadente y degenerado, posee un buen olfato para ventear los extravíos ideológicos que apuntan en Alemania, entre los intelectuales, después de la catastrófica derrota que sigue a la primera Guerra Mundial imperialista: la crisis de las viejas religiones y, a la par con ella, la apremiante necesidad de una nueva fe, una nueva superstición, cuyos signos característicos son la credulidad, el oscurantismo y la búsqueda confusa. Por eso escribe: "Millones de gentes vagan, desorientados, entre las huestes del caos marxista y los creyentes de las Iglesias: completamente destrozados por dentro a merced de confusas doctrinas y ambiciosos profetas, pero en gran parte impulsados también por un vigoroso anhelo de nuevos valores y nuevas formas.”123 Hasta un reaccionario de viejo cuño tan redomado como el destronado emperador había escrito en 1923 a Chamberlain: "La Iglesia ha fracasado."124

El movimiento nacionalsocialista afirma, pues, por doquier su pretensión de fundar una nueva religión. Claro está que, antes de la toma del poder, Hitler se muestra, en este punto, muy cauteloso, para no enajenarse a los devotos de las regiones históricas, a quienes trata de atraerse; proclama, por ello, la libertad religiosa, la neutralidad del movimiento nacionalsocialista en materia de religión. Pero, ya en el poder, demuestra claramente, con los hechos, con la opresión del catolicismo, con la ofensiva contra la Iglesia protestante, con la persecución desatada contra los católicos y los ortodoxos protestantes reacios al hitlerismo, cómo interpreta éste la libertad religiosa.

Sin embargo, estas tendencias se manifestaban ya claramente en los escritos de Rosenberg anteriores a la toma del Poder por Hitler; como ya hemos dicho, Rosenberg hace suyo el plan de germanización del cristianismo, trazado por Lagarde y Chamberlain. El Antiguo Testamento debe ser abolido como texto sagrado;125 la proclamación de Jesucristo como germano era ya un punto programático de la renovación chamberlainiana de la religión. Con Rosenberg, Jesucristo se calza ya las botas de las S. A.: "Jesús se nos aparece hoy como un señor consciente de sí mismo.”126 Y Rosenberg dispone, al mismo tiempo, que este cristianismo arianizado y "desjudaizado” se convierta en dócil instrumento de la política imperialista del fascismo: "Pero un movimiento religioso alemán que quiera convertirse en un movimiento nacional debe declarar que el ideal del amor al prójimo tiene que supeditarse incondicionalmente a la idea del honor nacional."127

Lo que Hitler y Rosenberg entienden por "honor nacional" se desprende claramente de cuanto dejamos expuesto. Para crear este sustitutivo fascista de la religión, Rosenberg hace culminar su teoría racista en el mito de la grandeza germánica, procurando también aquí unificar eclécticamente todas las tendencias reaccionarias de un siglo entero, desde el romanticismo feudal hasta la filosofía imperialista de la vida. "Una de las más grandiosas empresas de nuestro siglo consiste en dar forma como Iglesia Alemana a los anhelos del alma de la raza nórdica, bajo el signo del mito nacional.”128

Y el propio Hitler declaraba en 1932, ante Rauschning: "Sólo se puede ser o germano o cristiano. No es posible ser las dos cosas a la vez... No es posible convertir a Jesucristo en ario, esto es un absurdo.” (No deja de ser interesante, una vez más, observar cómo Hitler piensa acerca de los esfuerzos teórico-racistas de sus filósofos de la vida, Chamberlain y Rosenberg.) Y continúa: "¿Qué podemos nosotros hacer? Lo mismo que hizo la Iglesia católica, cuando impuso su fe a los paganos: conservar lo que es útil, cambiando su sentido.”129

Todas estas tendencias del fascismo alemán, demagógicas en la forma y en cuanto al contenido y la esencia arbitrarias y despóticas, se concentran en su teoría del Estado y en su práctica estatal. Como es sabido, la trayectoria de Alemania, en los tiempos modernos, discurrió -por otros caminos que la de la Europa occidental y también la de Rusia. Mientras que la desintegración del feudalismo hacía nacer, allí, los Estados nacionales unitarios, en Alemania, la disolución del feudalismo traía consigo el desgarramiento del Estado. Por eso decía Lenin, con razón, que el problema central de la revolución burguesa, en Alemania, es la creación de la unidad nacional. Y esta situación lleva aparejadas, en la trayectoria alemana, una serie de consecuencias muy peculiares, todas ellas desfavorables y que van Unidas al fortalecimiento de la reacción.

En primer lugar, tenemos que, en Alemania, él absolutismo no acusa aquellos rasgos progresivos que podemos observar en él donde quiera que se presenta como órgano de implantación de un Estado basado en la unidad nacional. En segundo lugar, esta trayectoria va unida a un desarrollado retrasado y débil de la clase burguesa, a una tenaz conservación de las supervivencias feudales y al predominio político de la nobleza. Y, en tercer lugar, la revolución democrático-burguesa es, aquí, más débil y más confusa y se halla más expuesta a extravíos reaccionarios que en otras partes, puesto que tiene como objetivo fundamental la instauración del poder central aún inexistente, y no la transformación democrático-progresiva del que ya existe.

Estos rasgos fundamentales dominan también, como es natural, el desarrollo de la ideología alemana. He aquí lo que dice Marx, hablando de las consecuencias del retrasado desarrollo de c lase de Alemania, que va aparejado a esta trayectoria a que acabamos de referirnos: "Consecuencia necesaria de ello fue que, durante la época de la monarquía absoluta, que aquí nació bajo una forma completamente raquítica y semipatriarcal, la esfera especial a la que correspondió, en virtud de la división del trabajo, la administración de los intereses públicos adquiriera una independencia verdaderamente anormal, llevada todavía más allá posteriormente, con la moderna burocracia. El Estado se erigió así en un poder aparentemente independiente, y esta posición, que en otros países fue solamente pasajera —una etapa de transición— sigue durando en Alemania hasta hoy.”130

Así, pues, mientras que en otros países la ideología del absolutismo, aunque haga del Estado un Leviatán, refleja claramente la lucha de clases y los intereses de clase y la posición y función del Estado ante estas luchas —nunca de un modo completo o consciente, claro está—, en Alemania surge, como consecuencia del atraso que dejamos esbozado, la teoría del Estado como encarnación de la idea absoluta, teoría que degenera en la mística y en la deificación del Estado. (Todo lo cual aparece también claramente visible en la filosofía del derecho de Hegel.)

Las tendencias reaccionarias del siglo XIX y del XX se mueven, en gran parte, en esta línea. La deificación del Estado es, sin disputa, uno de los fundamentos ideológicos de aquella crítica retrógrada de las democracias occidentales y de aquella glorificación del atraso de Alemania, a que nos hemos referido ya repetidas veces. Y en esta trayectoria ideológica cabe un papel bastante importante al neohegelianismo imperialista, el cual se apoya en los aspectos retardatarios de la filosofía de Hegel, y los sub raya. El fascismo no es, sin embargo, la simple continuación de las tendencias reaccionarias usuales, sino el punto de culminación, cualitativamente caracterizado, de la trayectoria reaccionaria de Alemania; Dimitroff tiene razón cuando dice que el fascismo no significa simplemente el cambio de un gobierno burgués por otro, sino algo más: un cambio de sistema.

Con esta situación aparece muy íntimamente relacionada la demagogia fascista ante el problema del Estado. En este punto, como en todos los demás, Hitler asume una posición demagógica, seudo-revolucionaria, para explotar en provecho de su propaganda la desilusión de las masas ante el desarrollo estatal anterior del país, su divorcio del Estado. En sus ataques contra el sistema estatal vigente y contra sus defensores ideológicos, se muestra muy radical y hasta "revolucionario”. "No puede haber —dice— una autoridad del Estado como un fin en sí, pues ello equivaldría a declarar intangible y sagrada toda tiranía en este mundo... No debe olvidarse, en términos generales, que no es la conservación de un Estado, y menos aún la de un gobierno, el fin último de la existencia del hombre, sino el velar por su propia naturaleza. Y cuando ésta se halla en peligro de verse oprimida o incluso destruida, el problema de la legalidad queda relegado a un lugar secundario. ... El derecho del hombre está por encima del derecho del Estado...”131 Y de estas premisas se sigue, según Hitler, "que el Estado no constituye un fin, sino un medio. Es, evidentemente, la condición previa para una cultura humana superior, pero no su causa. Ésta radica, por el contrario, exclusivamente en la existencia de la raza capacitada para la cultura”.132

En esta demagogia de Hitler, cubierta con los afeites revolucionarios, se expresa, al mismo tiempo, su extremo antidemocratismo. También, claro está, bajo una forma falazmente demagógica, aprovechándose de todos los absurdos reaccionarios acumulados por los ideólogos del imperialismo alemán para tratar de razonar la superioridad de la atrasada Alemania frente a las democracias occidentales. Como es natural, Hitler coloca para ello en el centro de su agitación, lo mismo que cuando se trata de determinar el Estado mismo, la desenfrenada demagogia racista. La democracia es, para él, como ya lo era para Chamberlain, una institución judaizada: "Sólo el judío puede ensalzar una organización tan sucia y mentirosa como él mismo."133 Sin embargo, Hitler no opone a la denostada democracia judío-occidental la vieja monarquía alemana, como solían hacerlo los reaccionarios a la antigua usanza, sino que inventa como etiqueta para encubrir su proyectado despotismo una nueva consigna demagógica: la de la democracia germánica.

Frente a la democracia judía aparece —dice— "la verdadera democracia germánica, que consiste en la libre elección del Führer y que lleva aparejada la obligación, por parte de éste, de asumir la plena responsabilidad por sus actos y su conducta. No hay en ella ninguna clase de votaciones de la mayoría sobre asuntos concretos, sino solamente la designación de un solo hombre, que, una vez designado, responde con bienes y vida de sus decisiones”.134 (También el contenido de esta demagogia hitleriana tiene tras de sí una larga historia. Nos limitaremos a recordar, a este propósito, la conversación de Max Weber con Ludendorff, que citábamos más arriba.) En otro pasaje de su obra, da esta definición todavía más clara de lo que es la "democracia germánica”: Autoridad de todo Führer hacia abajo y responsabilidad hacia arriba.135 Cualquiera que conozca un poco la historia alemana se dará cuenta de que este llamado principio de la democracia germánica no es otra cosa que la fórmula refundida y modernizada del axioma sobre que descansaba la organización militar del rey Federico II de Prusia, cuando decía que los soldados debían temer a sus sargentos más que al enemigo.

No puede perderse de vista, naturalmente, que esta llamada nueva teoría hitleriana del Estado tiene profundas raíces en la trayectoria del Estado prusiano-alemán y en su ideología. La concepción hitleriana del Führer es, sencillamente, la variante modernizada y plebiscitaria de la vieja concepción prusiana del rey, de la teoría del "gobierno personal” de monarca, responsable de sus actos solamente ante Dios. Y guarda también cierta relación con la teoría de la restauración de Haller, quien concebí, el Estado como el patrimonio privado del rey, administrado autocrática mente por éste; con la teoría del Estado de Stahl, el conservador prusiano tan influido filosóficamente por el Schelling de la última época, y con la concepción del rey romántico-reaccionario de Prusia Federico Guillermo IV, de quien fueron mentores Haller y Stahl y que jamás se avino a tolerar que entre el rey y el pueblo se interpusiera "un pedazo de papel” (la Constitución), menoscabando la libertad autocrática de acción de un monarca inspirado por Dios.

La "democracia germánica” es, por supuesto, la tajante negación de la igualdad de los hombres. "El degenerado mundo burgués —dice Hitler— no acaba de darse cuenta de que se trata, realmente, de un pecado de lesa razón; de que es una quimera criminal creer que puede amaestrarse a un mono antropoide de nacimiento hasta hacer de él un abogado, mientras millones de hombres pertenecientes a la más alta raza cultural se ven obligados a permanecer en puestos completamente indignos.”136 Pero aún es, si cabe, más brutal el cinismo con que Rosenberg formula esta doctrina de la desigualdad sustancial de los hombres, con arreglo a la teoría racista. En 1932, con motivo del proceso Potempa, en que fueron condenados a muerte algunos bestiales asesinos de obreros del movimiento nazi, a quienes Hitler expresó sus simpatías en un telegrama, Rosenberg declaró lo siguiente: "Se revela claramente aquí el abismo de diferencia que separa para siempre nuestro pensamiento y nuestro sentimiento del derecho de los del liberalismo y la reacción. Característico del derecho hoy vigente, contra el que se resisten todos los sanos instintos de conservación del pueblo, es el postulado de que un hombre es igual a otro.”137

Se trata, a primera vista, simplemente de una charlatanesca y Vacua demagogia para explotar la desilusión causada a las masas por el Tratado de Versalles y espolearlas a la acción seudo-revolucionaria y en realidad contrarrevolucionaria. Pero lo que aquí se ventila, es en rigor, algo mucho más importante. El Estado hitleriano viene a dar realidad —una realidad espantosa— a todos los sueños reaccionarios sobre la "omnipotencia” del Estado. Jamás ha habido un Estado tan desmedidamente poderoso, que haya podido inmiscuirse de una manera tan completa y absoluta en todas las manifestaciones de vida del hombre. Pero, bien entendido, que tampoco en este caso se trata de simples abusos arbitrarios, sino de la propia naturaleza diabólicamente tiránica del Estado fascista.

El orden popular nacionalsocialista —dice el Secretario de Estado Stuckart— "abarca en amplias proporciones la existencia terrenal del hombre alemán". Lo que quiere decir, sin eufemismos, que ese Estado tiene derecho a ingerirse, a su antojo, en todas y cada una de las manifestaciones de vida del individuo. Y el fascismo hitleriano rechaza por principio toda protección de los derechos individuales, toda garantía jurídica. Esto sería también, a juicio suyo, liberalismo. La concepción liberal del Estado —sigue diciendo Stuckart— "colocaba al individuo y a la sociedad en contraposición al Estado, por cuanto que... creía necesario tomar medidas para liberar a la persona de las trabas de un Poder estatal demasiado absorbente y garantizar sus derechos personales contra los abusos del estado”.138 El fascismo alemán aniquila estas garantías jurídicas personales del individuo.

La demagógica y seudo-revolucionaria polémica contra las viejas teorías del Estado se trueca, pues, a la toma del poder por Hitler, en la instauración del más acabado despotismo de la pandilla hitleriana, sin que nada se interponga ante sus desmanes. La "teoría del Estado” del hitlerismo se propone, ante todo, dar un fundamento "teórico” a este desenfrenado y arbitrario despotismo y acabar, en el estado fascista, teórica y prácticamente, con todo lo que sea derecho y seguridad jurídica. Rosenberg formula claramente y sin tapujos la concepción fascista del derecho, apoyándose para ello en un supuesto principio jurídico de la antigua India: "Derecho es —dice— lo que los hombres arios consideran justo.”139

Hitler se había manifestado ya, programáticamente, antes de la toma del poder, en contra de la igualdad jurídica dentro del Estado, al sostener que el Estado futuro distinguiría entre los individuos de raza pura y los privados totalmente de derechos. Principio que el Estado fascista implanta más tarde, tomando como base la teoría racista "interior”. El Secretario de Estado Stuckart, a quien hace poco citábamos, explica abiertamente que la concesión de los derechos de ciudadanía se atiene, caso por caso, "al examen individual de la dignidad de cada uno”, pero sin que "las leyes digan expresamente quién debe considerarse como miembro de la comunidad de sangre”.140 La decisión se confía al capricho omnímodo de la pandilla de los jerarcas hitlerianos.

El fascismo trata de fundamentar también esta arbitrariedad en el terreno de los "principios", apelando demagógicamente, una vez más, a la indignación y al despecho que la igualdad jurídica puramente formal del derecho suscita en las masas, en el Estado democrático, en clamoroso contraste con la desigualdad material de las grandes masas. El nuevo Reich —dice Stuckart— "no es ya un Estado de derecha sino el Estado de una concepción del mundo, basado en la moral alemana”. Y, a continuación, expone, a la luz de la evolución jurídica del Estado hitleriano, cómo en él van viéndose privadas de sentido todas las categorías jurídicas tradicionales, incluyendo la de la Constitución: "El concepto formal de la Constitución ha perdido su razón de ser en el Reich alemán.”141

Esta situación de absoluta privación de derechos de la población, de entrega incondicional de ésta al despotismo de la pandilla de las jerarquías hitlerianas, trata de justificarse diciendo que el Estado nacionalsocialista da al traste con los viejos conceptos de la neutralidad y la objetividad "burguesas” del Estado anterior. De nuevo se trata de explotar la indignación de las masas contra la farisaica actitud superpartidista del Estado tradicional, para hacer plausible el despotismo fascista como un paso hacia adelante. Otro Secretario de Estado fascista, el Presidente del Tribunal Supremo del Estado Roland Freisler, dice, a este propósito: el Estado "se convierte conscientemente en soldado de la concepción nacionalsocialista del mundo en el pueblo alemán... Punto de partida y meta de toda acción, en este Estado, no es el individuo, sino el pueblo, en su eterna sucesión de generaciones.142

De este modo, y según la propaganda fascista, se realiza la "democracia germánica” en el terreno institucional. Que esta "democracia” no es, en realidad, otra cosa que la total aniquilación de toda influencia del pueblo en las decisiones del Estado lo indican bien claramente nuestras consideraciones anteriores. La propaganda nazi se empeña, sin embargo, en presentar este estado de esclavización, este avasallamiento convertido en institución, como la politización general del pueblo. Otto Dietrich, jefe del departamento de prensa del Reich, nos ofrece una clara imagen de cómo ven y practican los nazis esta "democracia germánica”, esta incorporación del pueblo a la política. "El nacionalsocialismo —dice este jerarca fascista— no pide al individuo que intervenga en la política. Este arte queda reservado a unos cuantos individuos competentes y elegidos para ello. Pero exige que cada miembro del pueblo alemán piense y sienta políticamente.” Y este pensamiento político "no es algo complicado, confuso y científicamente problemático, sino algo sencillo, claro y unitario". Dietrich explica a continuación en qué consiste. El "Führer” —aclara— es "el ejecutor de la voluntad del pueblo”, pero no por elección, sino en virtud "de aquella voluntad inmanente de autoafirmación que es inherente, por razones de sangre a cada pueblo”.143

Volvemos a encontrarnos, pues, con que la máscara de la "democracia germánica" no hace más que encubrir la dictadura despótica del "Führer (es decir, por mediación de éste, de la parte más reaccionaria y más agresiva del capitalismo monopolista alemán). En ninguna parte se vi expresada la inaudita esclavización y la sumisión ciega y absoluta a que esto conduce tan claramente como en la introducción de esa colección de trabajos de la que hemos tomado las anteriores citas de Stuckart, Freisler y Dietrich, y en la que leemos lo que sigue: "Toda verdadera decisión se halla en manos del Führer; y si éste decide de otro modo que como se expone en esta obra —de carácter oficial— no es que el nacionalsocialismo haya cambiado de manera de pensar, sino que los autores no han sabido interpretar bien la verdadera posición nacionalsocialista ante estos problemas concretos.”144

Esta dictadura de los jerarcas nazis sólo puede engendrar una clase de hombres: los lacayos y usufructuarios de la parte más reaccionaria y más agresiva de la reacción imperialista alemana. Su "democracia germánica” incuba el más repugnante tipo de una calaña de hombres rastreramente serviles para con los de arriba y brutal y cruelmente tiránicos para con los de abajo. Los elementos de este tipo de hombre los había ido creando ininterrumpidamente en el pueblo alemán la consabida "miseria alemana”. Quien estudie la literatura alemana progresiva, verá constantemente fustigado en ella este repelente tipo humano (Baste citar como ejemplo El súbdito, la novela de Heinrich Mann, en que se presenta, con demoledora sátira, al exponente guillermino de esa calaña de gentes.) Pero lo que hasta ahora surgía, por así decirlo, espontáneamente del atraso alemán y de su idealización ideológica, se convierte con el fascismo en el producto consciente de la "educación” hitleriana.

No en vano Hitler y Rosenberg, en las obras que dan la pauta de la "concepción fascista del mundo”, se ocupan prolijamente de los problemas de la moral y la educación. Chamberlain consideraba como el centro de la moral ario-germánica, según hemos visto, el concepto de la lealtad; para Rosenberg, este concepto cardinal es el del honor. Qué entienden ellos por "honor” se deduce claramente de lo que llevamos expuesto. El "honor” rosenbergiano es una frase grandilocuente y vaga, que sólo sirve para encubrir demagógicamente el perfecto amoralismo de los hitlerianos. También acerca de este amoralismo se expresa sin tapujos Hitler, en sus conversaciones privadas con Rauschning, recogidas por éste: "Los lugares comunes de la moral son indispensables para las masas. Nada sería más erróneo para un político que adoptar la postura del superhombre amoral... Yo no haré, por supuesto, una cuestión de principio el obrar amoralmente, en el sentido convencional de la palabra. Lo que ocurre es que yo no me atengo a ninguna clase de principios; eso es todo.”145

Cómo se representa Hitler, concretamente, su "obra educativa” lo expone él mismo de un modo harto inequívoco, también en sus, pláticas con Rauschning. Como éste le expusiera algunos reparos acerca de los malos tratos que se daba a los recluidos en los campos de concentración, Hitler le replicó: "La brutalidad inspira respeto... El hombre común y corriente de la calle sólo respeta la fuerza brutal y la falta de conciencia... El pueblo necesita ser mantenido en un saludable temor. Desea temer a algo. ... ¿Por qué murmurar acerca de la brutalidad e indignarse ante las torturas? Las masas lo desean. Desean algo que les infunda el escalofrío del pánico.”146

Pero éste no es más que uno de los lados de la "obra educativa” del hitlerismo, el lado que mira a las grandes masas. Para las altas jerarquías fascistas, rige, bajo Hitler, otra consigna "moral”, la consigna de la corrupción sin freno, la consigna de "¡Enriqueceos!” También acerca de esto se expresa el "Führer” con toda franqueza y todo cinismo, ante Rauschning: "Yo concedo a los míos toda libertad... Haced lo que se os antoje, pero no os dejéis atrapar... ¿O es que íbamos a sacar el carro del atranco para irnos luego a casa con las manos vacías?” Pero la consigna de "¡Enriqueceos!” tiene, además, para Hitler, otra ventaja de carácter "educativo”: conociendo los crímenes y las tropelías de los miembros inseguros del partido, se los tiene más fácilmente en la mano. Y surge, así, en el seno de la "élite del partido" un sistema de espionaje y denuncia mutuos: "Todos se hallan en manos de otros y nadie es ya dueño de sí mismo. He ahí el resultado apetecido de la consigna de "¡Enriqueceos!”147

Y, como todo el "Tercer Reich” descansa sobre una jerarquía formada por el Caudillo y la hueste y esta estructura va desde el "Jefe de Manzana” hasta el Führer-Canciller, el cínico método hitleriano, con su mezcla de corrupción y brutalización, puede degradar moralmente a las más extensas masas del pueblo alemán. Les da a escoger entre convertirse en verdugos corrompidos o resignarse a ser víctimas de las torturas y el terror. Y de esta presión sistemática surge, inevitablemente, ese tipo bestial del soldado hitleriano bajo cuyas monstruosidades ha sufrido Europa entera, hasta que las victorias del Ejército Rojo pusieron una camisa de fuerza a su vesania furiosa.

El barbarismo es, para los hitlerianos, un principio. He aquí cómo se expresaba acerca de esto Hitler, ante Rauschning, por los días de sus conflictos con los nacional-alemanes de Hugenberg: "Esas gentes me consideran como un bárbaro sin educación... ¡Sí, somos bárbaros! Y queremos serlo. Éste es, para nosotros un título de honor. ¡Nosotros rejuveneceremos al mundo!148 (Ya sabemos que este pensamiento, corroborado en la Guerra Mundial imperialista, fue expresado primeramente por Nietzsche.) Qué clase de "rejuvenecimiento” era éste lo pusieron de manifiesto, con sus hechos pavorosos, el régimen hitleriano en Alemania y el ejército de Hitler en toda Europa. Pero estos hechos —no nos cansaremos de repetirlo— no deben ser considerados como "excesos”, sino como los resultados lógicos e inevitables del régimen hitleriano, como lo que Hitler cabalmente se proponía conseguir. Es ésta otra de las metas de su sistema acerca de las que se manifiesta con toda franqueza en las conversaciones privadas que venimos citando: "Mi doctrina es dura. Hay que matar en ellos [en los jóvenes educados por Hitler, G. L.] toda debilidad. En las fortalezas de mi Orden se criará un a juventud ante la que retrocederá, tembloroso, el mundo. Una juventud vehemente, activa, señorial, impávida, brutal: a eso es a lo que yo aspiro. Una juventud que no conozca ni las debilidades ni la indulgencia. Quiero ver brillar un día en sus ojos el resplandor del orgullo y de la independencia de la bestia de presa... De este modo, exterminaré miles de años de domesticación de la humanidad. Y entonces, poseeré un material humano puro y noble. Y con él podrá crearse la nueva organización.” No por la vía intelectual, por supuesto: "El saber es funesto para mis jóvenes.”149 "Lo que ellos necesitan es disciplina, y no deben conocer el miedo a la muerte.”150 Así descubre Hitler, y lo pone de manifiesto sin tapujos, el verdadero contenido de las charlatanerías demagógicas de Rosenberg acerca del "honor”.

Y hay que decir que, en este terreno, sí logró Hitler llevar a la práctica sus objetivos. Aunque sus planes aventureros de imponer a todo el mundo civilizado la dominación de Alemania fracasaran estrepitosamente, no puede negarse que consiguió, en cambio, llevar la corrupción y la brutalización a una parte considerable del pueblo alemán. Se valió para ello, como hemos visto, de todas las teorías oscurantistas y reaccionarias surgidas al calor del atraso de Alemania, utilizándolas hábilmente, con un cinismo demagógico y en la medida en que le convenía. Supo fomentar hasta el máximo, conscientemente, todos los instintos a un tiempo serviles y bestiales que habían ido desarrollándose en el ambiente de la miseria alemana, para poner en pie las hordas que asolaron a Europa. "Pero, aunque no lográsemos conquistarlo, arrastraríamos con nosotros a la destrucción a medio mundo, y no consentiríamos que nadie triunfase sobre Alemania. El año 1918 no se repetirá. Jamás capitularemos.”151

Tanto da que el suicidio del criminal contra el mundo, de Hitler, se interprete o no como una capitulación. Lo que sí puede asegurarse es que el año 1945 no ha sido un nuevo 1918. El derrumbamiento de la Alemania hitleriana no es una simple derrota, por muy grave que ella sea, un simple cambio de sistema, sino el final de toda una trayectoria. Ha venido a dar al traste con la falsa instauración de la unidad alemana que comenzó inmediatamente después de derrotada la revolución de 1848, para consumarse en 1870-71, y replantea en términos completamente nuevos este problema central de la nación alemana. Más aún, puede afirmarse que toda la historia frustrada de Alemania se pone ahora a revisión. Un hombre que tenía tan poco de extremista radical como Alejandro de Humboldt lo decía ya hace unos cien años: Alemania equivocó su camino con la derrota de la guerra de los campesinos; y a ella hay que retrotraerse para encontrar el rumbo certero; lo que ha sucedido de entonces acá ha sido una consecuencia necesaria. Pero no una consecuencia necesaria en el sentido de una ontología al margen del tiempo, sino en el plano muy concreto y muy real de la propia historia alemana. Con lo que este razonamiento viene a coincidir con la ingeniosa afirmación de Franz Mehring de que la batalla de Jena fue la toma alemana de la Bastilla, repetida también infructuosamente —añadimos nosotros— en 1918 Y la segunda repetición de este hecho histórico en 1945 plantea a todos los alemanes honrados y capaces de pensar por cuenta propia la exigencia concreta de sacar de la conciencia de esta realidad todas las consecuencias políticas, sociales e ideológicas que en ella se encierran; es decir, de llevar a cabo desde dentro el asalto a la Bastilla impuesto desde fuera, de extirpar radicalmente de los caminos que llevan hacia el futuro del pueblo alemán la funesta herencia de su Edad Media.

Pero esto no es, ni mucho menos, un ocaso, como demagógicamente proclamaba Hitler, sino, por el contrario, el comienzo del renacimiento. "Sería ridículo —decía ya en 1942 Stalin— confundir a la p andilla hitleriana con el pueblo alemán, con el Estado alemán. Las experiencias de la historia enseñan que los Hitler vienen y van, pero el pueblo alemán, el Estado alemán, queda."152

En este libro, nos hemos ocupado del lado ideológico de esta trayectoria, y aún más concretamente, del que se refiere a la filosofía y a la concepción del mundo. Visto a través de este prisma, el año 1945 significa, ante todo, lo siguiente: al convertirse el irracionalismo, la destrucción total y por principio de la razón, en la concepción oficial del mundo de un gran país y al tener que medirse este país con un adversario social e ideológico, con la Unión Soviética socialista, sufrió una derrota aplastante. Una derrota total, a tono con el carácter total de la guerra librada. El hitlerismo no resucitará bajo la forma en que llegó a desarrollarse, esto es evidente. Pero nadie puede negar que siguen manifestándose todavía hoy —y hasta diríamos que con recrudecida intensidad— las fuerzas imperialistas que lo fomentaron y lo auparon. (De la fundamental diferencia existente en cuanto a la situación, pese a la semejanza de las tendencias económico-sociales que siguen manteniendo su continuidad, hablaremos en el Epílogo.)

Aquí, después de haber expuesto el paso del irracionalismo alemán de la teoría a la práctica y la necesaria hecatombe de esta diabólica culminación histórico-universal de una trayectoria filosófica, sólo resta señalar lo que nos hemos propuesto demostrar a lo largo de todo el libro, a saber: que tanto esta culminación como esta hecatombe fueron al go históricamente necesario; pero no, claro está, en un sentido fatalista. Del mismo modo que Hitler no se hundió política y militarmente como consecuencia de tales o cuales decisiones erróneas —y, por tanto, evitables—, sino por la naturaleza misma de su sistema, así también el irracionalismo encontró, como concepción del mundo, su forma práctica adecuada en el hitlerismo y se fue a pique, con Hitler, bajo la forma que le correspondía.

Y nuestra exposición, al poner de manifiesto el cinismo nihilista de Hitler y sus compadres y demostrar que ni siquiera ellos creían en las doctrinas que demagógicamente predicaban y ponían en práctica, lejos de refutar aquella afirmación, no hace más que confirmarla. En efecto, es precisamente esto lo que pone de manifiesto de un modo insuperable la unidad dialéctica entre el cínico nihilismo y la aventurera credulidad exenta de todo espíritu crítico, la frívola superstición, que todo irracionalismo lleva implícita y que encontró en Hitler, simplemente, una expresión inadecuada.

Sería rebajar la importancia histórica de la suerte de Alemania (y con ella de la suerte de la filosofía irracionalista) el hacer hincapié, al enjuiciar a Hitler, exclusivamente en su bajo nivel moral e intelectual. Es claro que semejante juicio no faltaría a la verdad. Pero no debe perderse de vista que este descenso de nivel responde, a su vez, a una necesidad histórica. Desde Schelling y Schopenhauer, el camino desciende verticalmente, pasando por Nietzsche, Dilthey, Spengler, etc., hasta llegar a Hitler y Rosenberg. Pero este descenso vertical se limita a expresar adecuadamente la propia esencia y la necesidad de desarrollo del irracionalismo.

Y de esta necesidad forma parte integrante el adversario contra el que se estrella prácticamente y en el terreno político y militar el nacionalsocialismo: la Unión Soviética socialista. Aquí, sólo nos interesa el lado filosófico del problema. Hitler, como el realizador práctico del irracionalismo, fue el ejecutor testamentario de Nietzsche y de toda la trayectoria filosófica posterior a él y que arranca de él. Y ya se puso de manifiesto, en su lugar oportuno, hasta qué punto era necesario que el irracionalismo se volviera, en Nietzsche, contra el socialismo. En aquel lugar, quedó esclarecido cómo el irracionalismo tenía que tropezar, al llegar a este punto, con un adversario desconocido, incognoscible para él e inasequible a su comprensión. Por muy grande que fuera la diferencia de nivel espiritual y cultural entre el filósofo Nietzsche y el demagogo Hitler —diferencia en la que se expresa también, como subrayábamos, la necesidad del desarrollo histórico—, es precisamente ante este problema decisivo donde se reducen y tienden a desaparecer las diferencias de nivel en cuanto al conocimiento y la comprensión del adversario; hasta podríamos decir que esas diferencias son, aquí, nulas, como lo revela la aplicación práctica de la filosofía irracionalista a través de la política de Hitler.

El aniquilamiento o la restauración de la razón no es problema académico para filósofos profesionales. A lo largo de este libro, hemos tratado de demostrar cómo la actitud ante la razón, la tendencia a afirmar o negar ésta, el reconocimiento o la repudiación de su efectividad, se proyectan de la realidad a la filosofía, y no a la inversa, de la filosofía a la realidad. La razón es negada o se proclama su impotencia (Scheler) tan pronto como la realidad misma, la vida vivida por el pensador, no muestra un movimiento de avance hacia un futuro digno de ser afirmado, ninguna perspectiva de porvenir que descuelle sobre el presente. El fundamento de todas las posiciones hostiles a la razón reside, por tanto, objetivamente, en el curso de la misma trayectoria histórico-social y, subjetivamente, en la actitud del individuo de que se trate, según que tome partido por lo que agoniza, por lo que declina, o por lo nuevo, por lo que nace. (Y reiteradamente hemos puesto de relieve cómo el llamado superpartidismo, lo que se cree estar por encima de los partidos, sentirse en un plano superior con respecto a ellos no es, en realidad, otra cosa que abrazar la causa de lo que perece.)

Por eso —quiéralo o no el individuo y tenga o no conciencia de ello—, toda actitud en pro o en contra de la razón va insuperablemente unida, hoy, a su enjuiciamiento del socialismo. No siempre ha sido así. Hasta 1848, las luchas espirituales giraban fundamentalmente en torno a la lucha entre el progreso democrático-burgués alentado por la Revolución francesa y el statu quo absolutista-feudal. Los frentes de lucha aparecen dispuestos de otro modo desde los combates de junio de 1848, especialmente desde la Comuna de París, y muy sobre todo a partir del Gran Octubre de 1917. Sépalo o no el individuo, en todas sus decisiones influye, ahora, la lucha entre el socialismo y el capitalismo monopolista. Y cuanto su concepción del mundo expresa — por muy abstractamente gnoseológica u ontológica que su forma sea— se halla condicionado en última instancia por esta actitud suya.

Fácilmente se comprende que la decisión histórico-universal que ha venido a poner término a la segunda Guerra Mundial no puede pasar desapercibida ante nadie que tome en serio los problemas relacionados con su concepción del mundo, que no se contente con vaguedades sentimentales o se deje caer en trampas lógicas. Nadie qué vea las cosas como realmente son puede por menos de darse cuenta de que, tras un período de dominación de casi un siglo, la concepción irracionalista del mundo, llevada a la práctica y convertida en sistema de gobierno, ha sufrido una derrota aplastante en el terreno de los hechos y en el de las ideas; de que la concepción del mundo del socialismo, muchas veces ahogada en el silencio y otras tantas refutada —al parecer, definitivamente—, ha alcanzado una victoria inscrita en la historia universal por el heroísmo de los pueblos soviéticos, inspirados teórica y prácticamente en esa concepción del mundo. Es la victoria de la razón —plasmada concreta y prácticamente— sobre los mitos del irracionalismo, aventados ahora al mundo de lo espectral y lo diabólico.

Claro está que las reflexiones ideológicas que esta nueva situación del mundo sugiere inexcusablemente a todo hombre que quiera pensar de un modo honrado, no lleva consigo, obligadamente, la adhesión a los partidos que mantienen la teoría del marxismo-leninismo y aspiran a realizarla. El problema aquí planteado no es tanto de carácter directamente político como de orientación general para toda persona, en el presente.

Y si es cierto que Fa mayoría de los filósofos, en el período que hemos venido estudiando, no llegaron a comprender este problema, sino que, lejos de ello, laboraron con todas sus fuerzas por oscurecerlo, no lo es menos que los mejores artistas y escritores de su tiempo se vieron arrastrados por el empuje de su corriente. Este movimiento no ha cesado desde el día en que Zolá declaró que, al abordar un problema real, cualquiera que éste fuese, tropezaba siempre con el socialismo. Podríamos atar como exponentes de ello, sin pretender ni mucho menos ofrecer una lista competa, nombres como los de Courbet y William Morris, Anatole France y Romain Rolland, Bernard Shaw y Theodor Dreiser, Heinrich y Thomas Mann. En su mayoría, estos artistas y escritores no llegaron a ser nunca socialistas, por su concepción del mundo. Pero todos ellos —y esto es lo que hace que sus obras, desde los cuadros de Courbet hasta el Doctor Faustus de un hombre tan profundamente burgués como Thomas Mann, se destaquen sobre el fondo de la decadencia pesimista-nihilista de las gentes de su tiempo—, sin dejarse arrastrar por el miedo, la angustia o el odio, por los mitos obsesivos y tergiversadores, por la evasión de la realidad, se han atrevido a mirar cara a cara, sin prejuicios, al socialismo, a la gran fuerza de progreso del presente, a la fuerza que abre los caminos de nuestro futuro.

También éste es, ciertamente, un fenómeno internacional. Pero encierra una significación muy especial para la cultura alemana. Y no sólo porque, desde 1945, este debate constituye un problema cotidiano y candente para Alemania, sino, sobre todo, porque —claro está que en la más íntima trabazón con la situación general espiritual de nuestro tiempo— se trata de poner fin a un largo estado patológico de la cultura alemana, que alcanzó precisamente bajo el hitlerismo y en la etapa de su preparación su punto más alto y más agudo de crisis: los alemanes no sabían qué hacer de su propio gran pasado, no acertaban a extraer de él fuerzas de fecunda creación, como otros grandes pueblos. Y es que habían matado la médula de su gran tradición clásica, degradándola así, de una parte, en un pasado medio enterrado entre las sombras del ayer, en un recuerdo académicamente desvanecido y, de otra parte, fortaleciendo el veneno activo del presente con la tergiversación y el falseamiento reaccionarios de aquella tradición.

Se trata aquí, para decirlo en pocas palabras, de lo que representa la obra de Carlos Marx y Federico Engels, como fermento vivo y vivificador de una auténtica cultura alemana. Desde un punto de vista objetivamente histórico, esta obra —aunque por su contenido y su método represente un salto cualitativo con respecto a todo el pensamiento anterior— es la culminación espiritual de todas las tendencias progresivas que habían venido laborando por la liberación y por la nacionalización del pueblo alemán.

El hecho de que la obra de preparación espiritual de la revolución democrático-burguesa, en Alemania —desde Lessing hasta Heine y desde Kant hasta Hegel y Feuerbach—, culmine en la síntesis clásica de la teoría de la revolución proletaria representa, históricamente hablando, un punto de apogeo que todos los pueblos del mundo debieran admirar en la trayectoria alemana. Pero, subjetivamente, este punto de apogeo ha pasado desapercibido, hasta ahora, en la cultura de Alemania. Marx no llegó a convertirse en un factor activo y fecundador de la cultura de su pueblo. Y, al matarse así la médula de esta trayectoria cultural, el gran pasado de Alemania no tenía más remedio que estancarse académicamente, descender al plano de la charlatanería profesoral y, de otro lado, fundirse, envuelto en los vapores nebulosos de la decadencia, en una —falsa y dañina— unidad reaccionaria. No de otro modo puede explicarse que una trayectoria de la cultura alemana como la que conocemos: Goethe-Schopenhauer-WagnerNietzsche, vaya a desembocar en Hitler, permitiendo a éste hablar en nombre del gran pasado de este pueblo.

Piénsese —para subrayar y esclarecer el contraste— en cuál fue la trayectoria cultural de Rusia. Tras Pushkin y Gogol, vienen los grandes teóricos democrático-revolucionarios, Belinski y Herzen, Chemichevski y Dobroliubov. La obra de estos pensadores hizo posible que el país de Tolstoi pudiera asimilarse, incorporándolo también a la propia cultura nacional, el pensamiento de Lenin y Stalin, como grandes figuras fecundadoras y señaladoras de caminos. Para los rusos, el socialismo y la compenetración con la propia cultura nacional representa una unidad orgánica, y no un doloroso antagonismo, como para tantos y tantos entre los mejores alemanes del siglo pasado.

Lo repetimos: no hace falta, ni mucho menos, ser socialista para sentir este problema como un problema candente y contribuir de un modo activo a su solución. Thomas Mann escribía, ya en la década del veinte: Dije una vez que las cosas sólo marcharían bien en Alemania y que ésta sólo se encontraría a sí misma el día en que Carlos Marx leyera a Federico Hölderlin, encuentro este que, por lo demás, está a punto de producirse. Me olvidé de añadir que una toma unilateral de conocimiento sería necesariamente infecunda."153 Thomas Mann señalaba muy claramente, con ello, ya antes de la catástrofe hitleriana, el camino para la solución de los problemas de Alemania y de su cultura.

Esta revisión del pasado de Alemania en nombre de su futuro es indispensable, si se quiere que el tercer asalto a la Bastilla, impuesto desde fuera, se convierta por fin en la obra propia de los alemanes. Hemos hablado y hablamos aquí, del aspecto cultural, y sobre todo del aspecto filosófico del problema. Pero nos hemos esforzado también en señalar cómo todos estos problemas (hasta los más abstractos) brotan de la vida social y acaban por convertirse en factores nada desdeñables de su desarrollo: sin una perspectiva de futuro, no puede conocerse el pasado ni hacer de él una fuerza fecunda para el presente; sin el certero esclarecimiento del pasado, no puede haber una perspectiva nacional concreta del futuro.

El presente libro se propone incitar a esta labor, al rompimiento definitivo y consciente con la funesta herencia de la miseria alemana y —mediante la elaboración crítica de la rica herencia progresiva, que aún distamos mucho de conocer en toda su plenitud— a la construcción de un futuro real y auténticamente alemán. Ya sabemos que el romper con una tradición falsa y el limpiar el campo para edificar sobre él no es, ni mucho menos, una labor fácil. Las tradiciones reaccionario-irracionalistas de más de un siglo no pueden superarse, con la mejor voluntad del mundo, en días o en meses. Pero no hay otro camino, si se quiere recobrar la salud. La razón perdida, la razón destruida, sólo puede recobrarse en la realidad misma, influyendo en ella y dejándose influir por ella. Y, para poder llegar a la realidad, no hay más remedio que romper con aquella falsa tradición del irracionalismo. La cosa es difícil, pero no imposible. Recordemos las palabras que Goethe pone en boca de su Fausto:

Pero los espíritus, dignos de contemplar profundamente, adquieren ilimitada confianza en lo ilimitado.*

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(*) Geog Lukács, El asalto a la razón (La trayectoria del irracionalismo desde Scheilling hasta Hitler), Capítulo VII, El darwinismo social, el racismo y el fascismo; parte V: La “concepción nacionalsocialista del mundo”, síntesis demagógica de la filosofía del imperialismo alemán. Ediciones Grijalbo, S. A. Barcelona-México, D. F., 1968.

** Versos 6117-18.

(92) Rosenberg, Gesialten der Idee, 2ª ed., Munich, 1936, p. 18.

(93) Engels, Anti-Dühring, trad. esp., ed. cit., p. 196

(94) Carta de Engels a Kautski, 29-VI-1891.

(95) Lenin, Obras completas, ed. rusa, t. XII, pp. 151 s.

(96) Téngase en cuenta que estas consideraciones fueron escritas todavía durante la segunda Guerra Mundial.

(97) H. Rauschning, The voice of Destruction, Nueva York, 1940, p. 232.

(98) Ibid., p. 227.

(99) Ibid., p. 237 s.

(100) Ibid., p. 152.

(101) Hitler, Mein Kampf, Munich, 1934, t. J, p. 201.

(102) Op. cit., t, II, pp. 5311.

(103) Op cit., t. II, p. 511.

(104) Op cit., t. I, p. 200.

(105) E. Krieck, Völkisch-polititche Anthropologie, Leipzig, 1936, t. II, p. 2.

(106) Rosenberg, Der Mythus Jet 20. Jabrhunderts, 2ª ed., Munich, 1931, p. 22.

(107) Op. cit., pp. 636 y 641.

(108) Op cit., p. 433.

(109) Op cit., p. 499.

(110) Op cit., pp. 547 s.

(111) Op cit., p. 606.

(112) Rosenberg, Krisis und Neubau Europa, Berlín. 1934, pp. 10 s.

(113) Hitler, Mein Kampf, ed. cit., t. II, p. 443.

(114) E. Krieck, Volkisch-politische Anthropologie, ed. cit., p. 544.

(115) Ibíd., p. 59.

(116) Rosenberg, Der Mythus des 20. Jahrhunderts, ed. cit., p. 544.

(117) Ibíd., p. 559.

(118) Hitler, Mein Kampf, ed. cit., t. II, p. 421.

(119) Op cit., t. I, p. 323.

(120) Rosenberg, Der Mythus des 20. Jahrhunderts, ed. cit, p. 588.

(121) Hitler, Mein Kampf, ed. cit., t. II, p. 428.

(122) Op. cit., t. II, p. 728.

(123) Rosenberg, Der Mythus des 20. Jahrhunderts, ed. cit., p. 564.

(124) Chamberlain, Briefe, ed. cit., t. II, p. 265.

(125) Rosenberg, Der Mythus des 20. Jabrhunderts, ed. cit., p. 566.

(126) Ibíd.

(127) Ibíd., p. 570.

(128) Ibíd., pp. 575 s.

(129) Rauschning, op cit., pp. 49 r.

(130) Marx-Engels, Die deutsche Ideologie, ed. cit., p. 198.

(131) Hitler, Mein Kampf, ed. cit., t. I, pp. 104 s.

(132) Op cit., t. II, p. 431.

(133) Op cit., t. I, p. 99.

(134) Ibid.

(135) Op cit., t. II, p. 501.

(136) Op cit., t. II, p. 479.

(137) Rosenberg, Blut und Ehre, Munich, 1934, p. 71.

(138) Grundlagen, Aufbau und Virtschaftsordnung desnationalsozialistischen Staates, bajo la dirección de H. H. Lammers, Secretario de Estado y Jefe de la Cancillería del Reich, y H. Pfundtner, Secretario de Estado en el Ministerio del Interior, Berlín, 1936, cuad. 15, pp. 16 s.

(139) Rosenberg, Der Mythus des 20. Jahrhunderts, ed. cit., p. 539.

(140) Grundlagen, etc., cuad. 15, p. 25.

(141) Ibíd., p. 18.

(142) Op cit., cuad. 17, pp. 61.

(143) Op. Cit., Introducción, p. 9.

(144) Op. cit., cuad. 2, p. 9.

(145) Rauschning, Op. cit., p. 281.

(146) Ibíd., p. 83.

(147) Op cit., Introducción, p. 9.

(148) Ibíd., p. 86.

(149) Ibíd., p. 252.

(150) Ibíd., p. 121.

(151) Ibíd.

(152) Stalin, Orden del día de 23 de febrero de 1942.

(153) Thomas Mann, Die Forderung des Tages, Berlín, 1930, p. 196.


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