viernes, 3 de julio de 2026

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Documentos Internos Revelan que la «Junta de Paz» de Trump Está Actuando Para Acabar con la Autodeterminación Palestina 

Jeremy ScahillJawa Ahmad* 

POCO DESPUÉS de la autocomplaciente gira del presidente Donald Trump por haber «puesto fin» a la guerra de Gaza el pasado mes de octubre —repleta de ceremonias en las que diversos reyes, emires y presidentes lo elogiaron—, Israel dejó claro que no tenía intención alguna de respetar los términos del acuerdo. Continuó matando a los palestinos casi a diario y comenzó a limitar la entrada a la Franja de los productos de primera necesidad acordados y estipulados en el acuerdo de alto el fuego. 

No obstante, Trump dio un golpe maestro al mes siguiente al conseguir que el Consejo de Seguridad de la ONU respaldara su plan para Gaza. En una medida sin precedentes, el Consejo respaldó el despliegue de una fuerza internacional que no operaría bajo la bandera de la ONU, sino que estaría comandada y controlada por Trump y su «Consejo de Paz» privado —al que los Estados podrían adherirse por mil millones de dólares y obtener la condición de miembro permanente—. En términos generales, Trump podría revestir los futuros edictos de su junta con la apariencia de legitimidad de la ONU. 

Mientras Israel ampliaba constantemente sus ataques militares contra Gaza y hacía avanzar a sus fuerzas de ocupación más profundamente en el enclave, en lugar de retirarlas y reposicionarlas según lo acordado, los responsables de Hamás declararon a Drop Site que no tuvieron noticias de la Junta de Paz hasta marzo. 

Desde entonces, las negociaciones sobre el futuro de Gaza se han quedado estancadas en un limbo diplomático. A pesar de la pompa y la solemnidad orquestadas por la Casa Blanca tras la firma del acuerdo y de la promesa de Trump de garantizarlo, Estados Unidos se ha negado a exigir a Israel que cumpla con ninguna de sus obligaciones. Aunque Hamás cumplió con su parte del acuerdo y entregó a Israel a todos sus cautivos, tanto vivos como muertos, Israel ha violado repetidamente casi todas las cláusulas del acuerdo y ha matado a más de 1.000 palestinos desde la firma del acuerdo en Sharm El-Sheikh, Egipto. 

Las conversaciones que han tenido lugar se han centrado de forma abrumadora en los intentos de la Junta de imponer cambios que los palestinos nunca aceptaron, transformando de hecho un acuerdo de alto el fuego limitado en un acuerdo político más amplio basado en el desarme de la resistencia palestina y el abandono de su lucha de liberación nacional. En un informe presentado al Consejo de Seguridad de la ONU en mayo, la Junta calificó el desarme de la resistencia palestina como «el único factor que desbloquea todos los demás elementos del plan». La propuesta de la Junta, de aplicarse, dejaría a Gaza únicamente con una fuerza policial local encargada de hacer cumplir la ley a nivel interno y sin fuerzas de resistencia capaces de defender Gaza frente a la ocupación israelí o los continuos ataques. 

Ahora, con la cobertura mediática occidental y regional firmemente centrada en Irán y en el ataque israelí al Líbano, las actuales negociaciones entre los palestinos y la Junta de Paz han sido ignoradas casi por completo. 

Sin embargo, la Junta sigue intentando socavar cualquier posibilidad de creación de un Estado palestino mediante una «hoja de ruta» de 15 puntos que presentó por primera vez a Hamás y a otras facciones de la resistencia palestina en abril. Drop Site News ha obtenido dos documentos de la última ronda de negociaciones entre los palestinos y la Junta de Trump. El primero es el texto completo de las enmiendas propuestas por los negociadores palestinos a la hoja de ruta de la Junta para abordar una serie de cuestiones, incluida la exigencia de que Hamás, la Yihad Islámica Palestina y sus aliados se sometan a un desarme total. El documento revisado se entregó a la Junta el 13 de junio. El segundo documento es la respuesta entregada a la parte palestina la semana pasada por Nickolay Mladenov, el «Alto Representante» de la Junta de Paz. 

En conjunto, las dos versiones de la hoja de ruta ofrecen una visión detallada del grado en que el equipo de Trump está intentando socavar la insistencia palestina en que cualquier acuerdo a largo plazo debe incluir una vía clara hacia la creación de un Estado, que Gaza y la Cisjordania ocupada sean tratadas como un único territorio palestino, y que se preserven los derechos del pueblo palestino a resistir la ocupación y la anexión israelíes. 

«Lo que estamos viendo es un intento, a la sombra de un genocidio, de desmantelar la resistencia palestina mediante todo este tipo de condiciones previas», afirmó Abdullah Al-Arian, profesor asociado de Historia en la Universidad de Georgetown en Catar. «La interpretación de este acuerdo está en manos de actores que, en su mayoría, se sienten obligados a priorizar la seguridad de Israel». 

Mladenov, exministro de Defensa y de Asuntos Exteriores de Bulgaria, ocupó el cargo de coordinador especial de la ONU para el proceso de paz en Oriente Medio entre 2015 y 2020. Actualmente es director general de una academia de investigación que forma a diplomáticos de los Emiratos Árabes Unidos, el aliado árabe más cercano de Israel. Hasta su nombramiento en el consejo de Trump, Mladenov también fue investigador visitante en el Washington Institute for Near East Policy, un centro de estudios proisraelí fundado por veteranos del AIPAC. 

En algunas negociaciones recientes con Hamás, Mladenov ha contado con la colaboración de un asesor de alto rango de Trump, el rabino Aryeh Lightstone, un firme defensor de Israel que desempeñó un papel clave en los Acuerdos de Abraham de 2020. 

En su borrador, los negociadores palestinos insisten en que la resolución de la cuestión de las armas sólo puede abordarse como parte de un «proceso que garantice el derecho del pueblo palestino a establecer un Estado palestino y a ejercer su derecho a la autodeterminación». El borrador de la Junta se limita a afirmar que el desarme palestino «creará las condiciones para una vía creíble». 

Los documentos revelan también cómo la Junta de Trump ha adoptado una táctica israelí que se remonta a décadas: exigir compromisos detallados a los palestinos en cuestiones de seguridad y armamento, mientras que sólo ofrece vagas sugerencias sobre posibles compromisos israelíes y no proporciona a la parte palestina ningún recurso sustantivo en caso de que Israel incumpla los términos. 

«La última respuesta de Mladenov refleja la falta de voluntad de la ocupación para alcanzar un acuerdo, a pesar de que el movimiento ha cumplido con todas las exigencias que se le han planteado y de la considerable flexibilidad que ha demostrado en diversos asuntos, incluida la cuestión de las armas», declaró a Drop Site un alto cargo de Hamás. Solicitó mantener el anonimato, ya que las facciones palestinas aún no han remitido su respuesta oficial a Mladenov. «En su forma actual, este documento es inaceptable y no puede servir de base para un acuerdo». 

En una declaración facilitada a Drop Site tras la publicación de este artículo, un portavoz de la Junta de Paz afirmó que la organización «rechaza la afirmación de que sus esfuerzos estén diseñados para favorecer los intereses de una de las partes frente a la otra». Añadió: «La hoja de ruta está diseñada para transformar un frágil alto el fuego en una realidad duradera que permita a los palestinos de Gaza vivir con seguridad, dignidad y estabilidad. Esto requiere avances en materia de gobernanza, ayuda humanitaria, reconstrucción, recuperación económica y medidas de seguridad capaces de impedir que se reanude el conflicto». 

Los responsables de Hamás afirman que las facciones palestinas están revisando actualmente la respuesta de Mladenov a las condiciones que propusieron. Hazem Qassem, portavoz de Hamás en Gaza, señaló que las enmiendas propuestas en el borrador palestino y en una serie de reuniones recientes celebradas en El Cairo fueron bien acogidas por los mediadores regionales de Catar, Egipto y Turquía. «Los mediadores expresaron una clara satisfacción con las respuestas de las facciones palestinas y las consideraron posiciones positivas que podrían servir de base para alcanzar un acuerdo global», afirmó Qassem en un comunicado: «Mladenov sigue abordando el asunto desde una perspectiva cercana a la postura israelí, una visión que quedó reflejada en las propuestas que presentó durante su reciente reunión», argumentó, y añadió que los intentos de Mladenov de modificar los términos acordados previamente con los mediadores han «obstaculizado los esfuerzos por alcanzar un acuerdo definitivo». 

 

Un marco para la rendición 

Los negociadores palestinos han sostenido que, desde la firma del acuerdo de octubre, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y los responsables de la Junta, en particular Mladenov, han introducido nuevas condiciones que nunca formaron parte de los términos originales, incluidas las exigencias de que las facciones de la resistencia palestina entreguen sus armas como condición para que prosiga la reconstrucción y antes de que las fuerzas israelíes completen su retirada de la Franja de Gaza. En mayo, Mladenov y Lightstone amenazaron en una carta dirigida a los responsables palestinos con que, si Hamás se negaba a acatar el edicto de desarme, los términos del alto el fuego se considerarían «nulos y sin efecto», lo que allanaría el camino para que Israel reanudara sus operaciones militares a gran escala y suspendiera el envío de ayuda a Gaza. 

«Está claro que Mladenov está transmitiendo la visión israelí del acuerdo e intentando imponérnosla —bajo la amenaza de una nueva guerra—, la continuación de la actual catástrofe humanitaria y los continuos asesinatos», afirmó el alto cargo de Hamás. «Este documento no es un marco para un acuerdo; más bien, es un intento de imponer la rendición que Netanyahu no logró conseguir mediante la guerra». 

Israel ha cometido al menos 3.338 violaciones del alto el fuego desde el acuerdo de octubre de 2025, según informes palestinos compartidos con los mediadores y obtenidos por Drop Site —una media de aproximadamente 13 violaciones al día—. Más de 1.000 palestinos han perdido la vida y más de 3.200 han resultado heridos en los ataques israelíes contra Gaza desde que el acuerdo entró en vigor. Israel también ha seguido atacando y asesinando a miembros de la resistencia palestina, entre ellos al comandante del ala militar de Hamás y a su sucesor, con diez días de diferencia entre uno y otro. Ha restringido severamente la circulación de los palestinos y la entrada de suministros humanitarios en Gaza, permitiendo que sólo el 36% de la cantidad acordada de ayuda entre en la Franja. Las fuerzas israelíes también han seguido ampliando hacia el oeste la «línea amarilla» que separa las zonas que ocupan en Gaza. Netanyahu se comprometió recientemente a ampliar la ocupación israelí hasta el 70% de Gaza y afirmó que el objetivo final es conquistar todo el territorio. 

«Se podrían haber hecho tantas cosas desde octubre de 2025 para detener a Israel. En octubre de 2025, éramos el único pueblo del mundo que tenía que negociar el fin de un genocidio. Y aquí estamos ahora, en junio de 2026, todavía negociando el fin del genocidio», declaró a Drop Site Diana Buttu, una abogada palestina especializada en derechos humanos que ejerció como asesora de la Organización para la Liberación de Palestina durante las negociaciones de Oslo entre 2000 y 2005. «Lo sorprendente esta vez es que ni siquiera estamos negociando el fin del genocidio con el país que lo está perpetrando. Es que ahora estamos negociando el fin del genocidio con un subcontratista». 

En público —y en sus reuniones con Mladenov y otros responsables de la Junta— Hamás y otras facciones palestinas señalan constantemente el hecho de que el acuerdo de octubre de 2025 se centró exclusivamente en un alto el fuego, el intercambio de rehenes, la entrada de suministros humanitarios y productos de primera necesidad y los repliegues israelíes por fases. Desde el pasado mes de octubre, los negociadores de Hamás han sostenido que no tienen el mandato exclusivo para negociar cuestiones que afectan al núcleo de la lucha de liberación palestina. Argumentaron que las discusiones sobre el destino de las armas en poder de los grupos de resistencia y el futuro político a largo plazo de Gaza deben negociarse con todas las facciones políticas palestinas a través de un proceso democrático. 

Aunque no era un requisito del texto original del acuerdo de alto el fuego, Hamás aceptó formalmente renunciar a la autoridad de gobierno en Gaza ante el Comité Nacional para la Administración de Gaza (CNAG), un comité tecnocrático compuesto por expertos palestinos no partidistas. Hamás y la Yihad Islámica Palestina formaron grupos de trabajo en Gaza para facilitar el traspaso de competencias al CNAG. Israel, sin embargo, ha impedido que el comité entre en Gaza y ha afirmado falsamente que el acuerdo exige que Hamás se desarme por completo como condición para que se apliquen los términos del acuerdo original. 

«Queremos que este comité administrativo esté presente en Gaza y lleve a cabo su labor allí. Ya se ha hecho todo lo necesario para que este comité pueda funcionar», declaró Osama Hamdan, un destacado líder de Hamás, a Drop Site en mayo. Añadió que Hamás había creado un mecanismo para el traspaso de poderes que garantizaba la seguridad de los miembros del comité y les facilitaba la asunción del control de la policía. «A pesar de que se ha constituido y aprobado, Israel sigue negándose a permitir su entrada, y Mladenov no ha logrado convencer a los israelíes ni obligarlos a ello». 

En el documento revisado, Mladenov condiciona la entrada del CNAG en Gaza y el inicio de sus funciones a la aceptación por parte de los palestinos de la «hoja de ruta» y a la finalización, en un plazo de 14 días tras el acuerdo, del calendario y los mecanismos de aplicación de la segunda fase, en particular en lo que respecta al desarme palestino. 

Israel insiste en que conserva la autoridad para asesinar a líderes y combatientes palestinos por el mero hecho de ser altos cargos de Hamás o de haber participado en los ataques del 7 de octubre. «Prometí que todos y cada uno de los artífices de la masacre y de la toma de rehenes serían eliminados hasta el último, y estamos muy cerca de completar esta misión», proclamó Netanyahu dos días después de que Israel asesinara a Izz Al-Din Al-Haddad, comandante de las Brigadas Qassam, el brazo armado de Hamás, el 15 de mayo. 

Ni Mladenov ni ningún otro miembro de la junta han condenado los continuos asesinatos que Israel está llevando a cabo contra dirigentes del mismo partido con el que firmó un alto el fuego. A pesar de la campaña abierta de asesinatos de Israel contra los líderes de Hamás en Gaza, las facciones de la resistencia palestina han seguido respetando los términos del alto el fuego. 

Aunque tanto Hamás como Israel firmaron el documento de octubre de 2025 que obligaba a ambas partes a detener «todas las operaciones militares, incluidos los bombardeos aéreos y de artillería y las operaciones de ataque selectivo», Mladenov señaló específicamente a la parte palestina en su documento revisado, afirmando que «Hamás y las facciones palestinas cesarán inmediatamente todas las actividades militares». 

En lugar de exigir responsabilidades a Israel, las referencias públicas de Mladenov a las violaciones del alto el fuego suelen evitar cualquier mención al autor. El alto el fuego «se está manteniendo, aunque no de forma perfecta. Hay violaciones. Algunas de ellas son graves. Significan que se sigue matando a civiles», declaró Mladenov ante el Consejo de Seguridad de la ONU en un informe del 26 de mayo, sin mencionar a Israel, antes de establecer una equivalencia entre los ataques del 7 de octubre y el posterior genocidio en Gaza que, según estimaciones conservadoras, se ha cobrado la vida de más de 80.000 palestinos. 

«En este momento, el principal obstáculo para la plena aplicación sigue siendo la negativa de Hamás a aceptar el desarme verificado, a renunciar al control coercitivo y a permitir una auténtica transición civil en Gaza», añadió Mladenov. 

«El Alto Representante ha expresado en repetidas ocasiones su preocupación por las violaciones del alto el fuego y las consecuencias humanitarias de la continuación de las hostilidades», afirmó el responsable de la Junta de Paz. «El papel de la Junta no es atribuir culpas, sino ayudar a garantizar que los compromisos asumidos por todas las partes se traduzcan en hechos sobre el terreno». 

El 19 de abril, Mladenov presentó a Hamás una «hoja de ruta» de 15 puntos que, según él, tenía por objeto regir la siguiente fase de la aplicación de un acuerdo más amplio. Aunque él ha descrito públicamente la propuesta como un mecanismo de estabilización, verificación y creación de instituciones, los responsables palestinos sostienen que, en la práctica, reescribe los términos del acuerdo original al condicionar la reconstrucción, el autogobierno y la retirada israelí al desarme palestino, al tiempo que no obliga a Israel a cumplir sus obligaciones de la primera fase, entre las que se incluyen el cese de los ataques, permitir la entrada en Gaza de las cantidades acordadas de ayuda, reabrir por completo el paso fronterizo de Rafah y permitir los primeros esfuerzos de reconstrucción. 

«De hecho, han conseguido que la vida de los palestinos gire únicamente en torno a la seguridad de Israel, y eso es todo, nada más. Y esta situación va a seguir por este camino sin fin», afirmó Buttu. «Incluso si las facciones palestinas firmaran un papel en blanco y dijeran: ‘Decidnos lo que vosotros queréis’, los israelíes seguirían negociando sobre ese papel en blanco». 

La cuestión de mayor trascendencia abordada en los documentos intercambiados obtenidos por Drop Site se refiere al futuro de las armas palestinas. Trump y Netanyahu han afirmado falsamente que Hamás está violando el acuerdo al no entregar inmediatamente sus armas e Israel ha esgrimido esto, en ocasiones, como justificación para continuar sus ataques contra Gaza. 

En su respuesta del 13 de junio a Mladenov, Hamás y las facciones palestinas propusieron un proceso gradual para el registro y almacenamiento de armas pesadas, en paralelo a la retirada israelí de Gaza y supeditado a la finalización de la primera fase del acuerdo, la entrada del Comité Nacional para la Administración de Gaza (CNAG), el despliegue de la Fuerza Internacional de Estabilización (FIE) y el desmantelamiento de las milicias armadas respaldadas por Israel en la Franja. Sin embargo, el texto revisado de Mladenov modificó sustancialmente tanto el alcance como la secuencia del proceso. 

La propuesta palestina se limita a las «armas pesadas» y se centra en su registro y almacenamiento según un calendario acordado, bajo la supervisión conjunta del CNAG y las facciones y organizaciones palestinas. Los líderes de la resistencia han declarado a Drop Site que Israel es consciente de que no poseen armas potentes y acusan a Israel de utilizar la cuestión del desarme como pretexto para exigir un ritual público de rendición. Según las evaluaciones tanto israelíes como estadounidenses, las reservas de cohetes y misiles de Hamás y la Yihad Islámica Palestina quedaron agotadas o destruidas en gran medida durante la guerra. 

«Prácticamente no hay armas pesadas en Gaza», reconoció Netanyahu en febrero. «No hay artillería. No hay tanques. No hay nada». Como parte de su campaña para despojar por completo a los palestinos de cualquier arma que pudiera utilizarse para defender Gaza de los ataques israelíes, Netanyahu presentó los fusiles de asalto como la mayor amenaza. «El arma pesada, la que causa más daño, se llama AK-47», declaró. «Cometieron la peor masacre contra el pueblo judío desde el Holocausto con AK-47». 

Altos responsables de la resistencia han expresado en repetidas ocasiones su disposición a «congelar» y almacenar las armas como parte de una tregua a largo plazo que, en última instancia, conduciría al establecimiento de un Estado palestino con su propio ejército. 

En su respuesta oficial a la iniciativa de Trump que condujo al acuerdo de alto el fuego de octubre de 2025, Hamás argumentó que ni ellos ni ninguna facción por sí sola posee la autoridad para negociar la entrega de las armas del pueblo palestino, sosteniendo que la resistencia es un derecho garantizado por el derecho internacional y que cualquier acuerdo futuro relativo a las armas debe alcanzarse mediante un consenso nacional palestino. «Las armas presentes en Gaza son, ante todo, armas de voluntad», declaró en aquel momento Mohammed Al-Hindi, cofundador de la Yihad Islámica Palestina, a Drop Site. 

Sin embargo, en su respuesta a Hamás la semana pasada, Mladenov amplió la disposición sobre el desarme para convertirla en un proceso de «almacenamiento y desmantelamiento» de las armas. Su texto también amplió el alcance más allá de las armas pesadas para incluir los depósitos de armas, los túneles, las instalaciones de producción militar y las armas almacenadas en ellos. Y lo que es más significativo, añadió una condición final que estipula que, una vez completado el proceso, Hamás y otras facciones palestinas ya no «poseerán, almacenarán, controlarán ni tendrán acceso a ningún tipo de armas». Las revisiones transforman la disposición de un mecanismo que regula categorías específicas de armas en el contexto de una tregua a largo plazo en una hoja de ruta para el desmantelamiento integral de la resistencia armada palestina. 

«La seguridad no es una exigencia israelí en la hoja de ruta; es una necesidad palestina», afirmó el responsable de la Junta de Paz. «Ningún esfuerzo de reconstrucción, autoridad de gobierno, programa de recuperación humanitaria o inversión internacional podrá tener éxito si Gaza sigue siendo vulnerable a un nuevo conflicto». 

Los cambios introducidos por Mladenov en las cláusulas de desarme cobran aún más relevancia cuando se leen junto con sus revisiones de las disposiciones que regulan la Fuerza Internacional de Estabilización (FIE) —las tropas multinacionales que estarían bajo el mando y la supervisión de la Junta de Paz de Trump— y la retirada de las fuerzas israelíes. 

El borrador de Hamás concebía a la FIE principalmente como una fuerza de separación que apartara a las tropas israelíes de las zonas administradas por el CNAG, supervisara el cumplimiento del alto el fuego y protegiera el suministro de productos de primera necesidad. Mladenov mantuvo esas funciones, pero amplió considerablemente el mandato de la fuerza. Aunque la propuesta establece que la FIE no llevaría a cabo operaciones policiales ni intervendría en asuntos relacionados con la sociedad palestina, al mismo tiempo le asigna a la fuerza la función de formar a la policía palestina, así como de «apoyar el proceso de desarme». El borrador de Mladenov no explica en qué consistiría ese apoyo, pero varios países a los que Trump y la Junta han intentado reclutar como participantes en la FIE han declarado explícitamente que no participarían en una misión destinada a desarmar o enfrentarse a las fuerzas de resistencia palestinas. 

Hamás propuso que las fuerzas israelíes se retiraran por fases «hasta situarse fuera de las fronteras de la Franja de Gaza», y que la FIE ocupara posiciones en las zonas desocupadas por las fuerzas israelíes. Hamás afirmó que, en paralelo a las fases verificadas de la retirada israelí, cumpliría con los términos acordados en relación con su armamento. La respuesta de Mladenov, sin embargo, limita la retirada israelí únicamente al «perímetro de Gaza» y afirma que sólo tendría lugar si se produjeran «avances verificados» en el proceso de desmantelamiento del armamento. 

A medida que avanzaban estas negociaciones, Israel ha ampliado su ocupación de Gaza y ha arrasado por completo con excavadoras la zona situada al este de la «línea amarilla» que controla. Tal y como informó Drop Site en mayo, Israel ha construido y fortificado 38 bases militares en el este de Gaza, ha pavimentado las carreteras que conducen a ellas y ha erigido 25 kilómetros de enormes terraplenes de tierra para dividir físicamente Gaza. Desde la perspectiva de los negociadores palestinos, estas no son las acciones de una parte que tenga previsto retirarse, sino el restablecimiento de una ocupación a largo plazo.

«Los mediadores y el garante estadounidense deben asegurar que la ocupación respete el acuerdo que ya ha firmado», afirmó el alto cargo de Hamás. «Mladenov, por su parte, debería salir de la esfera de influencia israelí, adoptar un enfoque más objetivo y demostrar un mayor respeto por el derecho internacional». 

Al-Arian señaló que la administración Trump ha abandonado en gran medida el proceso de negociación sobre Gaza y que los funcionarios estadounidenses casi nunca lo mencionan públicamente. Esto ha permitido a Israel marcar la agenda, no sólo a través de sus representantes en la mesa de negociaciones, sino también rechazando las condiciones que los palestinos y los mediadores defienden. «Estamos hablando de un proceso que, en esencia, va en piloto automático; no hay muchas cosas que se impulsen principalmente desde las altas esferas de la política o la toma de decisiones estadounidenses», afirmó Al-Arian. «Gran parte de esto se delega en elementos del lobby israelí, en el propio Gobierno israelí y en sus más acérrimos defensores dentro del Gobierno de EE. UU.». 

A pesar de la grave realidad humanitaria, de las declaraciones públicas de Israel sobre su intención de ocupar Gaza y de las violaciones generalizadas del acuerdo de alto el fuego original, el eje central de las negociaciones sigue siendo el desarme de la resistencia palestina. «Esto es muy revelador del enfoque que han adoptado los estadounidenses, los israelíes y, en la práctica, el mundo entero, que consiste en dar prioridad absoluta a la seguridad israelí. ¿Y al final a quién le importan los palestinos?», afirmó Buttu. «Han ignorado por completo el genocidio, han ignorado por completo el panorama general de lo que les está sucediendo a los dos millones de personas que se encuentran en Gaza. Y si no nos ponemos de acuerdo en cada palabra y en cada detalle, los palestinos simplemente seguirán muriéndose de hambre».

 

El veto eterno de Israel 

Mientras que tanto los negociadores palestinos como Mladenov señalan el «Plan de Paz Integral para Gaza» de 20 puntos del presidente Trump y la Resolución 2803 del Consejo de Seguridad de la ONU como el marco que guía la aplicación, la versión de Hamás hace mayor hincapié en los objetivos nacionales palestinos y en la participación política. 

El borrador de Hamás establece que el proceso debe conducir a la autodeterminación y a la creación de un Estado palestino «de conformidad con el derecho internacional y las resoluciones pertinentes de las Naciones Unidas». La versión de Mladenov elimina ambas referencias y, en su lugar, describe el resultado como «la creación de las condiciones para una vía creíble» hacia la autodeterminación y la creación de un Estado. 

También surgen diferencias en las disposiciones que regulan la administración de posguerra. El borrador de Hamás establece que la gobernanza en Gaza se llevará a cabo de acuerdo con el principio de «una autoridad, una ley palestina y un arma». La CNAG, según escribieron los negociadores palestinos, «garantizará los derechos fundamentales y las libertades públicas —tanto individuales como colectivas— consagrados en las convenciones internacionales y los principios de derechos humanos, incluida la igualdad y la no discriminación por motivos de género, religión, color, raza o afiliación política». 

La respuesta de Mladenov mantiene la formulación sobre la autoridad unificada y el control de las armas, pero elimina la referencia a la ley «palestina», sustituyéndola por el compromiso de actuar de conformidad con «las leyes palestinas pertinentes, las normas internacionales pertinentes y los principios de buena gobernanza». Además, eliminó las referencias de los negociadores palestinos al respeto de los derechos humanos y a la no discriminación, y afirmó sin rodeos: «Sólo el personal autorizado por el CNAG podrá poseer armas». 

El texto revisado por Mladenov transforma el acuerdo, que antes era una hoja de ruta hacia los objetivos políticos palestinos, en un marco centrado en la administración, la supervisión y las medidas de seguridad. Mientras que la propuesta de Hamás vincula repetidamente la aplicación del acuerdo con la autodeterminación palestina, la creación de un Estado y una gobernanza dirigida a nivel nacional, la versión de Mladenov enmarca en gran medida esos resultados como posibilidades condicionales que dependen del cumplimiento por parte de los palestinos de una serie de criterios de seguridad y gobernanza. 

Los negociadores palestinos dejaron claro que quieren que el comité tecnocrático palestino del CNAG sea reconocido como una autoridad de gobierno de transición que permanecerá en el poder hasta que se celebren elecciones en todos los territorios palestinos. «Hamás y las facciones palestinas acuerdan ceder y transferir el gobierno de Gaza al Comité Nacional para la Administración de Gaza. El Comité gozará de plena independencia en el desempeño de sus funciones, y no habrá injerencia en sus asuntos durante el período de transición», escribieron. 

En su borrador, los negociadores palestinos sugirieron que se facultara al CNAG para «cumplir todas las obligaciones y compromisos legales derivados de la actual administración de la Franja de Gaza». El borrador de Mladenov omite esta frase y establece, en su lugar, que el CNAG será «responsable únicamente de las obligaciones financieras contraídas a partir de la fecha en que asuma el control». 

El borrador modificado de Mladenov relega al comité palestino a un papel de administrador que actúa en nombre de la Junta, y establece que el CNAG «deberá, al asumir sus responsabilidades y siempre que sea posible, preservar la continuidad de las funciones civiles y administrativas esenciales, así como de los registros civiles». Según el plan de 20 puntos de Trump, el CNAG no será un órgano de gobierno independiente, sino que operará bajo la «supervisión y control» de Trump y su junta. La Junta de Paz «recurrirá a las mejores normas internacionales para crear una gobernanza moderna y eficiente que sirva a la población de Gaza y favorezca la atracción de inversiones», afirma el plan. 

Los negociadores palestinos presentaron una propuesta clara para reunificar la gobernanza de Gaza y Cisjordania, señalando que la Junta de Paz se encargaría de «supervisar la transferencia ordenada de la gobernanza» a la CNAG, que, en última instancia, devolvería el poder a la Autoridad Palestina como parte de un proceso «que conduzca al establecimiento de un Estado palestino y a la consecución de la autodeterminación». Incluyeron un texto en el que se instaba a la Junta a cooperar con las Naciones Unidas para garantizar la retirada israelí de Gaza y se reiteraba que el mandato de la Junta expira a finales de 2027. 

El borrador de Mladenov ignora por completo todos estos puntos, limitándose a afirmar que Hamás y otras facciones palestinas acuerdan ceder el poder a la CNAG y que «no intervendrán en sus asuntos». 

El borrador de Mladenov no menciona en absoluto a la Autoridad Palestina. «Incluso la única entidad, el único órgano político palestino que ha alcanzado legitimidad internacional y que ha colaborado directamente con Israel, está siendo ignorada en este acuerdo como parte de esa estrategia para garantizar que no haya continuidad con ningún tipo de órgano palestino», afirmó Al-Arian. «Lo que tenemos es un proceso que, en esencia, intenta garantizar los intereses de Israel y asegurar una especie de proceso frustrado sin un final a la vista, similar a lo que vimos durante tres décadas con Oslo», añadió. «Esto se reduce en gran medida a algo que hemos visto históricamente, y es que Israel ha mantenido un importante poder de veto sobre cualquier proceso de negociación». 

El plan de 20 puntos de Trump establecía que su Junta privada gobernaría Gaza de forma indefinida hasta que una Autoridad Palestina reformada «pudiera recuperar de forma segura y efectiva el control de Gaza». 

Los dos textos difieren también en cuanto a quién supervisará la reconstrucción de Gaza. La propuesta de Hamás sitúa la reconstrucción bajo la supervisión del CNAG y la vincula explícitamente a los planes adoptados por la Liga Árabe y la Organización de Cooperación Islámica, integrando el proceso en marcos políticos árabes e islámicos más amplios. La revisión de Mladenov sustituye esas referencias por un plan de reconstrucción elaborado conjuntamente por la Junta de Paz y el CNAG, que depende de ella, lo que reduce el papel de las instituciones regionales palestinas y respaldadas por el mundo árabe, al tiempo que amplía la influencia de los mecanismos de reciente creación vinculados a Trump y a su Junta. 

Paralelamente a su continuo bombardeo y expansión territorial, Israel ha recurrido cada vez más a una red de milicias palestinas que operan en zonas bajo control israelí en Gaza. Al menos cinco de estos grupos, creados entre abril y septiembre de 2025, han surgido en todo el enclave, sumando en total unos pocos cientos de combatientes. Estas milicias, que operan en su mayor parte detrás de la «línea amarilla», han recibido armas, información de inteligencia, apoyo logístico y, en algunos casos, tratamiento médico en Israel. 

El apoyo de Israel a las milicias fue reconocido públicamente por el primer ministro Benjamin Netanyahu el pasado mes de junio, cuando afirmó que el Gobierno había «activado» a poderosos clanes locales en Gaza, siguiendo el consejo de «funcionarios de seguridad», para que colaboraran en la lucha contra Hamás. 

Entre los grupos más destacados se encuentran las Fuerzas Populares, lideradas originalmente por Yasser Abu Shabab antes de su muerte en diciembre y ahora dirigidas por Ghassan al-Dahini en el este de Rafah; la Fuerza de Ataque contra el Terror, liderada por el exoficial de seguridad de la Autoridad Palestina Hussam al-Astal en Jan Yunis; y las Fuerzas de la Patria Libre, bajo el mando de Shawqi Abu Nuseira, en el centro de Gaza. Varios de los líderes y miembros de estas milicias tienen antecedentes de actividades delictivas, saqueos y contrabando de ayuda humanitaria —incluso durante el genocidio—, colaboración con Israel, así como vínculos con grupos extremistas, entre ellos el ISIS. 

Las milicias han intensificado sus incursiones, asesinatos y secuestros, al tiempo que han establecido controles armados en coordinación con las fuerzas israelíes. Los palestinos que han atravesado Rafah desde el alto el fuego han denunciado haber sido detenidos por hombres armados afiliados a las Fuerzas Populares y haber sido objeto de acoso, palizas y robos. En los últimos meses, las milicias han lanzado repetidas operaciones en zonas cercanas a la «línea amarilla», incluyendo asesinatos selectivos de agentes de policía y ataques llevados a cabo bajo cobertura aérea israelí. En abril, combatientes vinculados a las Fuerzas de la Patria Libre de Abu Nuseira llevaron a cabo un asalto al campo de refugiados de Al-Maghazi en el que murieron al menos diez palestinos. Otra incursión en el mismo campo, en mayo, se saldó con la muerte de cinco palestinos. 

Algunas de las milicias han afirmado que su objetivo es establecer enclaves donde los civiles vivan bajo su dominio, en zonas bajo control israelí al este de la Franja de Gaza. En la práctica, sin embargo, la gran mayoría de los aproximadamente dos millones de residentes de Gaza siguen concentrados en alrededor del 30% de la Franja que linda con el mar. Un líder de una milicia declaró anteriormente al Times of Israel que las milicias se ven a sí mismas como parte de una «nueva Gaza» que surgiría tras el fin del régimen de Hamás.

La propuesta de Hamás exige el desmantelamiento inmediato de las milicias y la confiscación de sus armas tras la aplicación del acuerdo, con un Comité Internacional de Verificación encargado de confirmar la finalización del proceso. El borrador de Hamás incluye además disposiciones destinadas a regularizar la situación de los miembros de las milicias que deseen reintegrarse en la sociedad palestina. Mladenov, sin embargo, propuso abordar el desarme de estas fuerzas respaldadas por Israel —que muchos palestinos consideran criminales escuadrones de la muerte— de manera similar a como se hace con los movimientos de resistencia palestinos. Su propuesta permitiría a las milicias respaldadas por Israel desmantelar y almacenar gradualmente sus armas según un calendario acordado, bajo la autoridad del CNAG. 

Los responsables de Hamás afirman que desconocen cuándo entregarán las facciones palestinas su respuesta a Mladenov, pero Qassem declaró que están «formulando una respuesta unificada y responsable que dé prioridad a los intereses del pueblo palestino y respalde los esfuerzos para poner fin a la guerra genocida que se está librando en la Franja de Gaza». 

Buttu señaló que la historia demuestra que, independientemente de cómo respondan los negociadores palestinos —e incluso si llegan a un acuerdo con Mladenov y Trump—, Israel seguirá imponiendo sus propias reglas y lanzando ataques cuando le plazca. Al obligar a los palestinos a someterse a un laberíntico proceso burocrático sujeto al veto permanente de Israel, las condiciones de vida en Gaza seguirán deteriorándose. 

«Israel puede seguir así durante meses y meses, seguirá llevando las riendas y no le importa nada. De hecho, en cierto modo les conviene que esto se prolongue durante meses y meses, porque así podrán simplemente continuar con sus ataques con la excusa de que las conversaciones siguen en curso», afirmó Buttu. «Es como si no hubiera pasado nada en los últimos dos años y medio. Siguen utilizando la comida como arma. Siguen utilizando la asistencia sanitaria como arma. Todo sigue igual. Así que el statu quo no es precisamente dinámico. De hecho, está empeorando con el tiempo. ¿A quién beneficia eso, si no es a Israel?». 

Mientras continúan las negociaciones, Israel ha seguido adelante con la construcción de infraestructuras militares en el este de Gaza. Al-Arian cree que el objetivo principal de Israel sigue siendo la eliminación total de la Franja como territorio palestino, por lo que la postura de Israel de prolongar las negociaciones tiene como fin garantizar que esa agenda avance. 

«Todo esto beneficia a los intereses israelíes, que a largo plazo consisten en encontrar una forma de llevar a cabo una limpieza étnica de la población, volver a ocupar el territorio y, posiblemente, repoblarlo», afirmó Al-Arian. «Por desgracia, el panorama es bastante sombrío si no hay ningún tipo de intervención externa».

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(*) Jeremy Scahill es periodista de Drop Site News y fue cofundador de The Intercept. Es reportero de investigación, corresponsal de guerra y autor de Dirty Wars: The World Is a Battlefield y Blackwater: The Rise of the World’s Most Powerful Mercenary Army. Ha informado desde Afganistán, Iraq, Somalia, Yemen, Nigeria, la antigua Yugoslavia y otros lugares del mundo. 

Jawa Ahmad es investigador de temas de Oriente Próximo en Drop Site News.

Texto en inglés: Drop Site Newstraducido por Sinfo Fernández. 

Fuente: https://vocesdelmundoes.com/2026/06/26/exclusiva-documentos-internos-revelan-que-la-junta-de-paz-de-trump-esta-actuando-para-acabar-con-la-autodeterminacion-palestina/


Los Intelectuales

El Compromiso del Intelectual

Paul A. Baran

¿QUÉ ES UN INTELECTUAL? La respuesta más lógica parecería ser esta: una persona que trabaja con su intelecto, proveyendo a su subsistencia (o, si no necesita preocuparse de esas cosas, por mero interés personal), mediante el empleo de su cerebro más bien que de sus músculos. Empero, por simple y directa que sea, esta definición resulta completamente inadecuada, si se la considera en términos generales. Por ser aplicable a cualquiera que no realice labores físicas, no se ajusta a lo que la mentalidad común entiende por “intelectual”.

Indudablemente, las expresiones vulgares que califican al “cráneo” de nuestros días, imaginándolo como el clásico profesor de la melena larga y revuelta, sugiere que en algún punto de la conciencia del público existe una noción diferente. Esa noción distingue a cierta categoría de personas ubicadas en un estrato más angosto que el de aquéllos que “trabajan con el cerebro”.

No se trata de un juego de palabras. La existencia de estos dos conceptos distintos refleja una condición social bien diferenciada, cuya comprensión puede acercarnos a apreciar mejor el puesto y la función del intelectual en la sociedad. Porque la primera definición, con todo lo amplia que es, se aplica exactamente a un vasto grupo de personas que constituye un importante sector de la sociedad: los individuos que trabajan con su mente y no con sus músculos, que viven de sus ideas y no de sus manos. A éstos les llamaremos trabajadores intelectuales. Son los médicos, los directivos de empresa y los propagadores de cultura, los bolsistas y los profesores universitarios. No hay nada de peyorativo en esta generalización; no más de lo que puede haber en el concepto "todos los americanos", o en "todas las personas que fuman en pipa".

La sostenida proliferación de ese grupo de trabajadores intelectuales representa uno de los frutos más espectaculares del desarrollo histórico hasta el presente. Refleja un aspecto de importancia crucial en la división social del trabajo, que arranca desde la temprana cristalización de un clero profesional y culmina con el avance del capitalismo: nos referimos a la separación entre la actividad mental y la manual, entre los "cuellos duros" y los "cuellos azules".

Tanto las causas como las consecuencias de esta separación son complejas y profundas. Posibilitada por la expansión continua de la productividad, y contribuyendo poderosamente a ella, se ha convertido al mismo tiempo en una de las facetas principales de la desintegración progresiva del individuo, esto es, de lo que Marx llamaba la "alienación del hombre de sí mismo". Esta alienación se expresa no sólo en el efecto desarticulador y distorsionante de dicha separación sobre el crecimiento y desarrollo armónico del individuo —efecto que no se mitiga, sino que tan sólo se disimula en el hecho de que los intelectuales puedan hacer algún "ejercicio físico" y los trabajadores manuales tengan acceso ocasional a la "cultura"—, sino también en la radical polarización de la sociedad en dos campos excluyentes, aunque no desvinculados entre sí.

Tal polarización, que se interpone en el centro del antagonismo entre las clases sociales, genera una espesa niebla ideológica capaz de oscurecer los desafíos reales que enfrenta la sociedad. Esa niebla crea problemas tan falsos y abismos tan destructivos como los que resultan del prejuicio racial o la superstición religiosa. Porque todos los trabajadores intelectuales tienen un evidente interés común: no ser confinados a la más laboriosa, menos remunerativa y —ya que son ellos quienes fijan las pautas de la respetabilidad— menos respetable actividad manual. Guiados por este interés, tienden a enaltecer su propia posición, a exagerar la dificultad de su trabajo y la complejidad de las aptitudes que se requieren para realizarlo, y sobrevalorar la importancia de la educación formal, los títulos académicos, etc. Siempre buscando proteger su posición, se colocan en contra de la labor manual, se identifican con los trabajadores intelectuales que forman la clase dirigente y se consustancian con el orden social que los ha elevado a aquella situación, creando y protegiendo sus privilegios.

Así, dentro del capitalismo, es clásico que el trabajador intelectual sea el fiel servidor, el agente, el funcionario y el vocero del sistema capitalista. Inevitablemente concibe el estado de cosas existente como un estado natural, y se interroga sobre él sólo dentro del área limitada de su preocupación inmediata.

Esta preocupación se refiere al trabajo que tenga entre manos. Puede que esté satisfecho con el nivel de costos de la fábrica que posee o administra o en la cual está empleado, y posiblemente busque la forma de reducirlo. En otros casos su cometido será "vender" a la opinión pública un nuevo jabón o un candidato político, y en tal supuesto cumplirá su función cuidadosa y científicamente. Quizá no le satisfaga el conocimiento alcanzado sobre la estructura del átomo, en cuyo caso dedicará su energía prodigiosa y su talento a encontrar modos y medios de expandir aquel conocimiento. Alguien se sentirá inclinado a calificarlo como un técnico, pero es fácil que este término sea mal entendido. Como presidente de un consorcio, el trabajador intelectual puede tomar resoluciones ponderadas que afecten a la economía nacional, así como a la labor y las vidas de miles de personas. Como funcionario importante del gobierno, puede influir decisivamente en el curso de los asuntos internacionales. Y como titular de una gran fundación u organización científica le cabe determinar la dirección y los métodos de investigación de gran cantidad de hombres de ciencia durante un prolongado periodo.

Es evidente que todo esto no se ajusta a la definición del "técnico", que generalmente identifica a individuos cuya tarea no es ya formular políticas sino llevarlas a la práctica, no fijar objetivos, sino buscar los métodos para alcanzarlos, no bosquejar los grandes proyectos, sino cuidar de los detalles pequeños. Y aun así, la designación de "técnico" se acerca más de lo que sugeriría el uso común de la palabra a lo que quiero significar con la expresión “trabajador Intelectual”.

Porque, repito, el propósito de la labor y el pensamiento del trabajador intelectual es la tarea particular que tiene en sus manos. Es la racionalización, el dominio y el manejo de cualquier aspecto de la realidad que constituye su preocupación inmediata. En este aspecto difiere muy poco —si algo difiere— del trabajador manual que modela láminas de metal, realiza el montaje de un motor o coloca los ladrillos de una pared. Para decirlo en términos negativos, el trabajador intelectual no se dirige, como tal, al significado de su trabajo, a su sentido, a su ubicación dentro de la total estructura de la actividad social. Y aun dicho en otros términos, no le preocupa la relación que tenga el segmento de realización humana dentro del cual le toca operar, con los otros segmentos y con la totalidad del proceso histórico. Su modo "natural" es ocuparse de sus propios asuntos y, si es concienzudo y ambicioso, alcanzar toda la eficacia y el éxito posibles. En cuanto a lo demás, dejar que los otros también se ocupen de lo suyo, sea lo que sea. Habituado a pensar en términos de adiestramiento, experimentación y competencia, el trabajador intelectual considera que el ocuparse de esa totalidad es una especialidad entre tantas. Tal es, en su concepto, la "esfera" de los filósofos, los funcionarios religiosos o los políticos así como la "cultura" o los "valores" constituyen la esfera de los poetas, artistas y sabios.

No es que cada trabajador intelectual se formule explícitamente y sustente a conciencia este punto de vista. Pero tiene casi podría decirse una afinidad instintiva con las teorías que lo originan y racionalizan. Una de ellas es el conocido y prestigiado concepto de Adam Smith de que, en el mundo, cada uno de los que cultivan su propio jardín contribuyen al florecimiento de los jardines de todos. A la luz de esta filosofía, la relación con la totalidad se desplaza del centro de la preocupación del individuo y lo afecta en todo caso muy marginalmente en su capacidad como ciudadano. Y la fuerza e influencia de esta filosofía derivan de la muy importante verdad que encierra: la de que, bajo el capitalismo, el todo se ubica ante el individuo como un proceso totalmente objetivado e irracionalmente impulsado por fuerzas oscuras que él mismo es incapaz de discernir y sobre las que no puede actuar.

La otra teoría que refleja la condición y satisface los requisitos del trabajador intelectual es el concepto de separación entre los medios y los fines, del divorcio entre la ciencia y la tecnología por un lado, y la formación de objetivos y valores, por el otro. Esta posición, cuyo vetusto arraigo iguala por lo menos a la de Adam Smith, ha sido hábilmente descripta por C. P. Snow como un "medio de retraerse"1. Según las propias palabras de Snow, “aquellos que buscan retraerse, dicen: nosotros producimos las herramientas. Allí concluimos. Queda para ustedes el resto del mundo; los políticos, determinarán cómo se han de usar las herramientas. Ellas pueden emplearse para propósitos que la mayoría de nosotros consideramos malos. Si es así, lo lamentamos mucho, pero como hombres de ciencia eso no nos concierne”. Y lo que vale para los científicos se aplica con igual fuerza a todos los demás trabajadores del intelecto.

No es necesario decir que el "retraimiento" conduce, en la práctica a la misma actitud de "ocuparse de sus propios asuntos" propugnada por Smith. Es lo mismo pero definido de manera distinta. Y cada actitud permanece esencialmente inmodificada por la disposición actualmente generalizada a depositar la fe personal en el gobierno más bien que en el principio del laissez faire; a sustituir por la mano invisible de Dios la más concreta, si no necesariamente la más beneficiosa, mano del estado capitalista. El resultado es el mismo: la preocupación por el todo parece irrelevante al individuo, y éste, al dejar la preocupación a otros, acepta eo ipso la estructura existente del todo como algo dado, al mismo tiempo que suscribe los criterios de racionalidad prevalecientes, los valores dominantes, y los encasillamientos socialmente forzados de la eficiencia, las realizaciones, el éxito.

Es en la relación con los problemas presentados por el proceso histórico total donde debe buscarse la brecha decisiva que separa a los intelectuales de los trabajadores del intelecto2. Porque lo que señala al intelectual y lo distingue de los trabajadores del intelecto, así como de todos los demás, es que su preocupación por el proceso histórico total no es un interés de naturaleza tangencial, sino que toma cuerpo en su pensamiento e influye notablemente en su trabajo. Por supuesto, ello no implica que el intelectual, en su actividad diaria, mantenga permanente contacto con todo lo que se refiere a la evolución histórica. Esto sería naturalmente un imposible. Lo que sí quiere decir es que el intelectual vive buscando sistemáticamente relacionar cualquier área específica en la que pueda estar trabajando, con los demás aspectos de la existencia humana. Estamos aquí frente a un esfuerzo por interconectar cosas que para los trabajadores del intelecto, ubicados en la estructura de las instituciones capitalistas e imbuidos de la ideología y la cultura burguesas, aparecen necesariamente colocadas en compartimientos separados del conocimiento y el trabajo de la sociedad. Por cierto, es este esfuerzo por interrelacionar lo que constituye una de las características sobresalientes del intelectual. Y, del mismo modo, es este esfuerzo lo que identifica a una de las principales funciones del intelectual en la sociedad: servir como símbolo y como mentor del hecho fundamental de que los aspectos aparentemente autónomos, desarticulados y separados de la existencia social bajo el capitalismo —la literatura, el arte, la política, el ordenamiento económico, la ciencia, las condiciones culturales y físicas del pueblo— solamente pueden ser comprendidos (e influidos) si se los visualiza claramente como partes de la totalidad global del proceso histórico.

Este principio, “la verdad es el todo”, para usar una expresión de Hegel, lleva implícita la ineludible necesidad de negarse a aceptar como cosa dada, o considerarla inmune al análisis, cualquier parte aislada del todo. Sea que la investigación se refiera a la desocupación en un país, al atraso y la miseria en otro, al estado de la educación en este instante o al desarrollo de la ciencia en cualquier momento futuro, nunca el conjunto de las condiciones que prevalezcan en la sociedad podrá tomarse como algo dado e irreversible; nunca se considerará como un problema "extraterritorial". Y resulta de todo punto inadmisible abstenerse de poner al desnudo las complejas relaciones entre cualquier fenómeno que constituye un problema, y aquello que es incuestionablemente la entraña vital del proceso histórico: la dinámica y la evolución del orden social en sí mismo.

Todavía más importante es advertir las consecuencias de la costumbre, cultivada con tesón por los ideólogos burgueses, de considerar que los llamados "valores" contenidos en el pueblo están fuera del alcance de la observación científica. Porque estos "valores" y "juicios éticos" que para los trabajadores del intelecto son sustancia intocable, no llueven del cielo. Ellos constituyen aspectos y resultados importantes del proceso histórico y no basta limitarse a tomar conocimiento de los mismos, sino que deben examinarse con relación a su origen y a la función que les cabe en el desarrollo histórico. En rigor, la desfetichización de los "valores", "juicios éticos" y demás, la identificación de las causas sociales, económicas y físicas de su surgimiento, cambio y desaparición, así como la revelación de los intereses específicos a los cuales sirven en determinado momento, representan la mayor contribución individual que pueda hacer un intelectual a la causa del progreso humano.

Y esto suscita un nuevo problema. Al interpretar que sus funciones consisten en la aplicación de los medios más eficaces para lograr determinados fines, los trabajadores del intelecto adquieren una visión agnóstica de los fines en sí mismos. En su carácter de especialistas, administradores y técnicos, creen que nada tienen que ver con la formulación de los objetivos, no se sienten calificados para expresar su preferencia por un objetivo u otro. Como se dijo más arriba, admiten que pueden tener ciertas preferencias como ciudadanos pero sostienen que ellas no importan ni más ni menos que las preferencias de los demás ciudadanos. Y como expertos, científicos o sabios, se abstienen de refrendar uno u otro de tales “juicios de valor”.

Debe quedar perfectamente claro que tal abstención involucra en la práctica el apoyo del statu quo, la colaboración con aquéllos que buscan obstruir cualquier cambio en el orden de cosas existente encaminado a lograr un orden mejor. Es esta “neutralidad ética” la que ha llevado a más de un economista, sociólogo o antropólogo a declarar que en tanto que hombre de ciencia, no puede expresar opinión alguna sobre si sería mejor o peor para los pueblos de los países subdesarrollados entrar por las rutas del crecimiento económico, y es en nombre de la misma “neutralidad ética” que eminentes hombres de ciencia han dedicado sus energías y su talento a la invención y al perfeccionamiento de la guerra bacteriológica.

A esta altura podría objetarse que estoy desviándome de la cuestión, ya que el problema surge precisamente de la imposibilidad de deducir en forma exclusiva por medio de la evidencia y la lógica qué es bueno y qué no lo es, o qué contribuye al bienestar humano en lugar de conspirar contra él. Por más fuerza que tenga este argumento, está decididamente fuera de la cuestión. Puede admitirse sin dificultad que no hay posibilidades de llegar, con respecto a lo que es bueno y lo que es malo para el progreso humano, a un juicio que sea absolutamente válido sin limitaciones de tiempo y espacio. Pero tal juicio absoluto y universalmente aplicable es lo que podría llamarse un objetivo falso, y el insistir en él refleja uno de los aspectos de una ideología reaccionaria. La verdad es que lo que constituye una oportunidad para el progreso humano, para el mejoramiento de la vida del hombre, y asimismo lo que conduce o ayuda a su realización, difiere entre un período y otro de la historia, y entre una y otra región del mundo. Los interrogantes relativos a cuáles son los juicios convenientes no han sido nunca interrogantes abstractos o especulativos acerca de lo "bueno" y lo "malo" en general. Han constituido siempre problemas concretos colocados entre los compromisos de la sociedad a causa de las tensiones, contradicciones y cambios del proceso histórico. Y en ninguna época ha existido la posibilidad o, digamos mejor, la necesidad de llegar a soluciones absolutamente válidas En todo tiempo se percibe un desafío a la utilización de la ciencia, el conocimiento y la experiencia acumulados por la humanidad para lograr la mayor aproximación posible a lo que constituye la mejor solución bajo condiciones determinadas.

Pero si fuéramos a seguir a los partidarios del "retraimiento" y a los de la "neutralidad ética", dados a ocuparse de sus propios asuntos, estaríamos impidiendo que el estrato social que precisamente tiene (o debe tener) el mayor conocimiento, la educación más compleja y la más grande posibilidad de explorar y asimilar la experiencia histórica, pudiera proveer a la sociedad de la orientación humana y la inteligente guía que le son tan necesarias en cada coyuntura concreta de su trayectoria. Si, como lo destacó hace poco un eminente economista, "todas las opiniones posibles cuentan, ni más ni menos, tanto como la mía", ¿cuál es, entonces, la contribución que los científicos y trabajadores del intelecto de toda clase pueden y están dispuestos a hacer al bienestar de la sociedad? La respuesta de que tal contribución consiste en el "saber hacer" para aplicarlo a la realización de cualesquiera objetivos que la sociedad elija, no es en absoluto satisfactoria. Pues debería resultar obvio que las "elecciones" de la sociedad no se producen por milagro, que la sociedad es guiada hacia ciertas "elecciones" por los intereses que cuentan con la posibilidad de ejercer la necesaria presión. La renuncia del trabajador intelectual a intervenir en los resultados de esas "elecciones" está lejos de producir un vacío en el área de la formación de los valores. Lo que hace en realidad es dejar el campo libre a los charlatanes, pillos y otros muchos seres cuyos designios serán cualquier cosa menos humanitarios.

No está demás mencionar otro argumento que enarbolan algunos de los más firmes “neutralistas éticos”. Observan, algunas veces con grandilocuencia, que después de todo no puede en manera alguna establecerse, sobre la base de la evidencia y la lógica, que haya alguna virtud en ser humanitario: ¿Por qué no van a sufrir hambre algunos pueblos, si su sufrimiento ayuda a otros a disfrutar de la abundancia, la dicha y la libertad? ¿Por qué debe uno luchar por una vida mejor para las masas en lugar de poner buen cuidado en proteger los intereses propios? ¿Por qué debemos preocuparnos de "arrojar margaritas a los cerdos", como se dice vulgarmente, si tal preocupación nos acarrea inconvenientes o incomodidades? ¿No es la postura humanitaria en sí misma un "juicio de valor" carente de base lógica?

Hace unos treinta años, en una asamblea pública, me hizo estas preguntas un líder estudiantil nazi (el cual con el tiempo se convirtió en miembro prominente de la SS y funcionario de la Gestapo), y la mejor respuesta que pude darle entonces sigue siendo hoy la respuesta mejor que soy capaz de imaginar: una discusión de fondo sobre los asuntos humanos sólo puede llevarse a cabo con seres humanos; uno pierde su tiempo si pretende hablar con bestias sobre asuntos referidos a las personas.

Este es el problema sobre el cual no puede transigir un intelectual. Los desacuerdos, las discusiones y las luchas enconadas son inevitables y por cierto indispensables para discernir la naturaleza -y los medios de realización- de las condiciones necesarias para la salud, el desarrollo y la felicidad del género humano. Pero la adhesión al humanismo, la insistencia en el principio de que la búsqueda del progreso humano no requiere justificación científica o lógica, constituye lo que podría llamarse los cimientos axiomáticos de todo esfuerzo intelectual significativo, unos cimientos sin cuya aceptación ningún individuo puede considerarse ni ser tenido como un intelectual.

Aunque los escritos de C. P. Snow no dejan dudas de que él aceptaría sin reservas este punto de partida, se diría que en su opinión el compromiso del intelectual puede reducirse a la obligación de decir la verdad. (¡Vale la pena hacer notar aquí que tampoco existe una base de evidencia o de lógica para respaldar la afirmación de que la verdad es preferible a la mentira!) En rigor, el principal motivo de su admiración por los hombres de ciencia es la devoción de éstos por la verdad. "Los científicos —dice en el discurso aludido anteriormente— quieren descubrir qué hay. Sin ese deseo no hay ciencia. Es la fuerza motora de toda la actividad. Ella induce al científico a profesar un sacrosanto respeto por la verdad, a cada palmo de su trayectoria. Esto es, si quiere usted descubrir qué es lo que hay, no debe engañarse a sí mismo ni engañar a los demás. No debe mentirse a sí mismo. En términos más crudos, no debe usted falsear sus experimentos" (subrayados en el original). Y si bien estas normas nos acercan mucho a la formulación del compromiso básico del intelectual, están lejos de considerar la totalidad del problema. Porque el problema no es meramente establecer si se dice la verdad, sino qué cosa constituye la verdad en un caso determinado, sobre qué se la dice y sobre qué se la calla.

Aún en la esfera de las ciencias naturales resultan de importancia estos problemas, y existen poderosas fuerzas en acción que canalizan las energías y capacidades de los hombres de ciencia en ciertas direcciones, anulando o esterilizando los resultados de su trabajo en otros. Cuando se extiende a cuestiones relacionadas con la estructura y la dinámica de la sociedad, el problema asume una significación singular. Porque una afirmación cierta sobre un hecho social puede (y es lo más probable) transformarse en una mentira si el hecho a que se refiere es desprendido del todo social del que forma parte integral; es decir, si el hecho es aislado del proceso histórico que le dio origen. Así, en este campo, lo que constituye una verdad frecuentemente se busca y se dice (sin arriesgar la seguridad propia) con referencia a cuestiones que realmente no importan, y la búsqueda y enfatización de esa clase de verdad se convierte en poderosa arma ideológica de los defensores del statu quo. Por el otro lado, la actitud de decir la verdad sobre lo que importa, buscar la verdad acerca del todo, y descubrir las causas sociales e históricas y las interrelaciones de las distintas partes del todo, es sistemáticamente desacreditada por anticientífica y especulativa, y se la castiga incluso mediante la discriminación profesional, el ostracismo social y la intimidación directa.

El deseo de decir la verdad es por lo tanto sólo una de las condiciones necesarias del intelectual. La otra es la valentía, la disposición a continuar la investigación racional, hasta dondequiera que ella conduzca, y a acometer “la crítica despiadada de todo lo existente, despiadada en el sentido de que no ha de echarse atrás ni por asustarse de sus propias conclusiones ni por conflictos con cualquier poder que sea" (Marx). Un intelectual es de tal modo, en esencia, un crítico social, una persona cuya preocupación es identificar, analizar, y por esa vía contribuir a superar, los obstáculos que se oponen a un orden social mejor, más humano y más racional. Como tal se convierte en la conciencia de la sociedad y en el vocero de cuantas fuerzas progresistas contenga ésta en un período cualquiera de la historia. Y como tal es inevitablemente considerado un "creador de problemas", una "molestia", por la clase dirigente que procura conservar el statu quo, así como por los trabajadores del intelecto a su servicio, que acusan al intelectual de ser utópico o metafísico en el mejor de los casos, y subversivo o sedicioso en el peor.

Cuanto más reaccionaria es una clase dirigente, más evidente resulta que el orden social sobre el cual reina se transforma en un impedimento para la liberación humana, y más se aprecia que su ideología está contaminada por el anti-intelectualismo, el irracionalismo y la superstición. Del mismo modo, en estas condiciones, se hace cada vez más difícil para el intelectual resistir a las presiones sociales desatadas contra él, evitar la rendición frente a la ideología dominante y no sucumbir en el cómodo y lucrativo conformismo de los trabajadores intelectuales. Bajo condiciones tales se hace cuestión de suprema importancia y urgencia el insistir en la función y subrayar el compromiso del intelectual. Porque es bajo tales condiciones que cae dentro de su esfera, como una responsabilidad y a la vez como un privilegio, la tarea de salvar de la muerte la tradición de humanismo, raciocinio y progreso que constituye la herencia más valiosa legada a nuestra sociedad por la evolución histórica de la humanidad entera.

Puede acusárseme de identificar al intelectual con un verdadero héroe y reprocharme que no es razonable exigir a las personas que resistan a todas las presiones de los intereses creados, que pongan el pecho a los peligros que amenazan su bienestar individual, por servir la causa del progreso humano. Estoy de acuerdo en que no sería razonable exigir esto, ni lo pretendo. La historia nos enseña que muchos individuos, aún en las edades más oscuras y bajo las condiciones más severas, fueron capaces de trascender sus intereses propios y privados, y subordinar estos a los intereses de la sociedad considerada como un todo. Ello requirió siempre mucha valentía, mucha integridad y mucha inteligencia. Todo lo que cabe esperar por ahora es que nuestro país produzca también su "cuota" de hombres y mujeres dispuestos a defender el honor del intelectual contra toda la furia de los intereses dominantes y contra todos los embates del agnosticismo, el oscurantismo y la inhumanidad.

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(*) Tomado de https://omegalfa.es/downloadfile.php?file=libros/el-compromiso-del-intelectual.pdf, y cotejado con el texto del mismo título como parte de la publicación Excedente económico e irracionalidad capitalista, Cuadernos de Pasado y Presente N° 3, Siglo XXI. 3ra edición, 1973, Argentina.

(**) Paul Baran 1910-1964) es quizá el economista marxista que aborda con mayor profundidad el problema del desarrollo económico. Es de hecho un precursor en el que se basaron las posteriores teorías de la dependencia. En su libro de 1957 "La Economía Política del Crecimiento" explora las razones del subdesarrollo analizándolo en relación con el imperialismo y el colonialismo. Analiza y muestra la diferente problemática a la que se enfrentan los países subdesarrollados, con la que se encontraron países como Japón y Australia. Distingue el papel de los sectores agrícola e industrial en los países subdesarrollados considerando que el desarrollo debería venir del sector industrial pero concluyendo que ese desarrollo no es posible por la falta de un mercado interior y por la competencia simultánea de los países desarrollados. Paul Baran trabajó en la Universidad de Stanford, en la que fue notablemente discriminado por sus ideas.

(1) Discurso pronunciado ante la Asociación Norteamericana para el Progreso de la Ciencia, en Nueva York, el 27 de diciembre de 1960 y publicado en Monthly Review de febrero de 1961. Los subrayados son del original.

(2) Para evitar un posible malentendido digamos que los trabajadores intelectuales pueden ser (y algunas veces lo son) intelectuales, y que los intelectuales son frecuentemente trabajadores del intelecto. Digo frecuentemente, porque más de un trabajador industrial, artesano o granjero puede ser (y lo ha sido a menudo en algunas situaciones históricas) un intelectual sin necesidad de ser un trabajador del intelecto.


CREACIÓN HEROICA