sábado, 1 de febrero de 2025

Stalin

Nota:

El artículo que sigue a continuación (cuya segunda parte publicamos ahora), es un esfuerzo por comprender materialistamente la personalidad ideológica, política e histórica de José Stalin. No es necesario estar de acuerdo con todas sus afirmaciones para entender que su tesis central, la excepcionalidad de Stalin en la historia de la humanidad (construcción de la primera sociedad socialista de la historia), es una verdad que solo la ignorancia más supina de los hechos o, en su defecto, la más severa estulticia puede negar. Sin embargo, tenemos un par de observaciones al artículo. La primera se refiere a la masacre de Katyn (Polonia). Ya Ella Rule, militante del Partido Comunista de Gran Bretaña (marxista-leninista), demostró con pruebas testimoniales, exámenes grafológicos e investigaciones de patólogos, que la mencionada masacre fue ejecutada por los nazis. La segunda se refiere a la afirmación final del artículo: “… los seres humanos tanto pueden, llevados por inconfesables motivaciones, aportarle a la humanidad grandes bienes como, movidos por los mejores y los más bellos ideales imaginables hacer germinar los más espantosos de los males.” Aplicada a Stalin, precisamente como se hace en el artículo que comentamos, esa afirmación, expresada así en general, abstractamente, no es convincente: ¿en qué consisten “los más espantosos de los males” resultantes de la conducción de Stalin? Solo en tres cosas: 1) los excesos en la represión durante la necesaria represión a los contrarrevolucionarios; 2) al no contar con antecedente histórico alguno que ilustrara omnicomprensivamente sobre la lucha de clases en el socialismo, no haber caído en cuenta de que era necesario movilizar lo más ampliamente posible a la masas populares a fin de modificar las circunstancias y educar a los hombres que modifican las circunstancias en el sentido de transformar su concepción del mundo, avanzar en la lucha contra la burguesía, en la prevención del revisionismo, en la consolidación de la dictadura del proletariado, en la lucha por la realización del comunismo; 3) en cierto dogmatismo. Tan difícil era resolver el problema de la continuación de la revolución bajo la primera experiencia de dictadura del proletariado estable, que, incluso seis años después del XX Congreso del PCUS, los comunistas chinos, con Mao a la cabeza, escribían que “Después de la eliminación de las clases no se debió continuar subrayando la agudización de la lucha de clases…” (“Acerca de la experiencia histórica de la dictadura del proletariado”), es decir, sostenían que las clases habían sido eliminadas en la URSS. Además, no compartimos tampoco afirmaciones como las siguientes: “[Lenin] dio un audaz golpe de estado y se entronizó en el poder, pero es innegable que hacia el final de su vida ya no tenía un programa político inequívoco y que, con tal de mantenerse en su posición de líder supremo (y de la cual era extraordinariamente celoso), estaba dispuesto a llegar a acuerdos con fuerzas sociales retrógradas y a pactar con quien fuera necesario hacerlo, enemigos incluidos. Su famosa Nueva Economía Política es el mejor testimonio de ello”; “Stalin logró lo inconcebible: desplazó a Lenin”; “Se cuenta que, durante su sepelio [de la primera esposa de Stalin], Stalin le confió a un amigo lo siguiente: ‘Con ella se acabaron mis últimas ternuras para con los hombres’” (runrún que no puede tomarse en serio); “Stalin fue implacable. La vieja guardia leninista y el Alto Mando del Ejército Rojo, Katyn y Berlín, los kulaks y la oposición bujarinista, por no citar más que unos cuantos casos, podrían fácilmente testificar al respecto”; “mientras más amor por el género humano lo imbuía, menos compasión tenía por sus congéneres.” 

01.01.2024.

Comité de Redacción. 

 

Stalin: El Incomprendido 

(Segunda parte) 

Alejandro Tomasini Bassols 

Yo pienso que, después de lustros de sistemática desfiguración (y, por ende, incomprensión) histórica ha llegado el momento de hacerle un poco de justicia a Stalin. Para ello, lo primero que hay que hacer es desligarlo de Lenin, quien a final de cuentas le sirvió como catalizador y canal para su propio desempeño político. Lenin, lo sabemos, dio un audaz golpe de estado y se entronizó en el poder, pero es innegable que hacia el final de su vida ya no tenía un programa político inequívoco y que, con tal de mantenerse en su posición de líder supremo (y de la cual era extraordinariamente celoso), estaba dispuesto a llegar a acuerdos con fuerzas sociales retrógradas y a pactar con quien fuera necesario hacerlo, enemigos incluidos. Su famosa Nueva Economía Política es el mejor testimonio de ello. Pero se topó con Stalin, quien venía con otra trayectoria, esto es, una trayectoria de contacto directo con los obreros reales y no nada más con la figura teórica del explotado, con la policía real pisándole los talones y no cómodamente organizando desde Suiza la sublevación. Y Stalin logró lo inconcebible: desplazó a Lenin y al poco tiempo, y sin mayores trabajos, a Trotsky. Se produjo entonces un corte en la historia de Rusia, y en verdad del mundo, porque lo que con Stalin ya al frente del gobierno como líder indiscutido se inició fue algo completamente nuevo, ni más ni menos que la invención y la construcción de la Unión Soviética. Por ello, dan ganas de decir: “A Lenin lo que es de Lenin, a Stalin el socialismo real”. Así, eso que pasó a la historia como ‘Unión Soviética’ es la gran creación de José Stalin. En este sentido, tal vez sólo Alejandro sea comparable a él. Lo que Stalin forjó, en efecto, y a un costo –es cierto– gigantesco, fue una cultura que no tenía precedentes, un sistema totalmente nuevo de relaciones de propiedad y humanas, una nueva concepción del hombre, un arte nuevo y todo ello, ¡oh paradoja!, en nombre precisamente de Lenin: estadios Lenin, avenidas Lenin, montañas Lenin, metro Lenin, museos Lenin, escuelas Lenin, etc. No es a otro sino a Stalin a quien Lenin debe su transformación en semidiós. Así, pues, el primer gran logro de magnitudes seculares que se le puede atribuir a Stalin fue la creación de la primera gran sociedad socialista de la historia. Desde mi perspectiva, la civilización soviética fue un sueño de la historia, un sueño que en mi opinión alcanzó su zenit en 1935, que fue (dicho sea de paso) cuando el filósofo más grande de todos los tiempos, Ludwig Wittgenstein, pasó tres meses en lo que ya para entonces era un pujante país. Y el segundo gran logro histórico de Stalin, uno que no le rebate ni el más reaccionario de los torys, es el de haber derrotado al ejército más poderoso de la época: la Wermacht hitleriana. A mí me parece incuestionable que ser creador de una cultura nueva y derrotar a un enemigo de la talla de Adolfo Hitler es haberse hecho acreedor a un puesto singular, único, en la historia de la humanidad. 

La vida personal de Stalin fue tan fascinante como su vida pública. Particularmente impresionante resultan su modestia, su total indiferencia frente al lucro, el glamour y demás productos de sociedades parasitarias y desiguales. Tuvo dos esposas, una de ellas, la primera, una mujer de una rara belleza que lo adoró apasionadamente. Murió de tifo, durante la guerra civil, después de dos años de casados. Se cuenta que, durante su sepelio, Stalin le confió a un amigo lo siguiente: “Con ella se acabaron mis últimas ternuras para con los hombres”. La segunda esposa, y esto último está ahora plenamente acreditado, se suicidó en el Kremlin, después de una tormentosa cena con amigos. O sea, contrariamente a lo que siempre se insinuó, es ya un hecho establecido que no fue Stalin quien la mató. Se sabe, además, que este lamentable desenlace le resultó a Stalin sumamente doloroso. Tuvo dos hijos y, el gran amor de su vida, una hija, Svietlana Alliluyeva (autora, por cierto, de un conmovedor y muy recomendable librito intitulado ‘Veinte cartas a un amigo’). Winston Churchill, probablemente el representante más decidido de todo lo opuesto al stalinismo, cuenta en sus memorias cómo, durante su primer viaje a Moscú (a donde llegó vestido de overol), después de las conversaciones con Stalin éste invitó a la delegación inglesa a su parte residencial en el Kremlin. Churchill narra cómo de pronto apareció Svietlana, una niña todavía. Se vivía entonces uno de los peores períodos de la Gran Guerra Patria. Stalin abrazó a su hijita de un modo tal que Churchill no pudo más que ofrecer en su libro una lectura sorprendentemente tierna de la escena. Ni mucho menos era, pues, Stalin el hombre desprovisto de afectos, filiales o maritales, que nos han pintado. Lo que sí es un hecho es que, por fuerte que fuera su amor filial, nunca lo antepuso a los supremos intereses históricos que lo animaban. Por eso, y con gran dolor (hay testimonios de ello) nunca accedió a intercambiar a su hijo, oficial del Ejército Rojo hecho prisionero por los alemanes, por oficiales germanos. Es, si no me equivoco, en relación con este triste acontecimiento que profirió su famosa tautología, tan llena de sentido: “La guerra es la guerra”. 

Una faceta particularmente brillante de la personalidad de Stalin es la del diplomático. Puede sostenerse que, si su gran creación finalmente se derrumbó, ello no se debió a “dificultades intrínsecas” al sistema, sino a situaciones imprevisibles e imposibles de controlar por él. En este punto, me parece importante trazar una cierta distinción, no reconocida generalmente por nadie. El dirigente de Alemania Oriental, Eric Honnecker, profirió alguna vez una frase impactante. Dijo: “La Unión Soviética dejó de existir por una traición llamada Perestroika”. Creo que en un sentido tenía razón, pero en otro, más profundo, no. Lo que quiero decir es lo siguiente: la genuina Unión Soviética, la verdadera construcción de Stalin, murió el 22 de junio de 1941 cuando, sin declaración de guerra, de la manera más artera posible y violentando un pacto de no agresión firmado tan sólo un par de años antes, fue alevosamente invadida por tres millones de soldados y todo su territorio occidental, desde Bielorrusia hasta Moscú y de Estonia hasta el Caúcaso, literalmente arrasado. El país de Stalin sufrió entonces una profunda transformación y rápidamente se convirtió en otra cosa, i.e., en un sistema esencialmente burocrático y policíaco. Pero dicha transformación ya no tuvo su origen ni en el sistema mismo ni en Stalin. El gran aniquilador de la obra de Stalin (por lo cual importantes historiadores ingleses, como David Irving, lo reivindican cada vez con más fuerza) fue, a pesar de su derrota militar, Adolfo Hitler. Deberíamos, por lo tanto, hablar no de una sino de dos “Uniones Soviéticas”: la que Stalin construyó y que duró hasta la Segunda Guerra Mundial y la que sobrevivió hasta la rendición de Michail S. Gorbachov. Mientras vivió, antes y después de la brutal e históricamente torpe agresión nazi, Stalin supo defender su creación como un padre a su hijo: obligó a los mandamases del Imperio Británico a reconocer oficialmente a la Unión Soviética, llevó a Hitler a buscar un tratado de no agresión (lo cual le dio todavía dos años de respiro), recuperó tierras ancestralmente ligadas al imperio del zar (los Países Bálticos y Finlandia), impulsó la labor internacional por la paz, propició el triunfo de Mao, sin el cual China muy probablemente sería hoy una gigantesca colonia maquiladora y bananera (recuérdese tan sólo la guerra de los boxers, de principios del siglo pasado) e impuso un sistema cuyos valores palpitan todavía en la mente de millones de personas, dentro y fuera de lo que fue su país, y que lo seguirán haciendo. Todo eso es una construcción que sólo ingenieros sociales muy avezados estarían en posición de elaborar. 

Sería absurdo negar que bajo Stalin y en su nombre se cometieron multitud de tropelías. Hay que decirlo: Stalin fue implacable. La vieja guardia leninista y el Alto Mando del Ejército Rojo, Katyn y Berlín, los kulaks y la oposición bujarinista, por no citar más que unos cuantos casos, podrían fácilmente testificar al respecto. Pero es obvio que limitarse a argumentar desde la perspectiva de las víctimas sería meramente ignorar el fundamental hecho de que lo que se fraguaba en aquel inmenso país era un cierto proyecto histórico, independiente por completo de Stalin, y que él fue poco a poco surgiendo como el elegido para llevarlo a cabo, lo cual puntualmente hizo. El cumplimiento de su misión exigió el sacrificio de mucha gente y ciertamente no me atrevería a minimizar el sufrimiento del pueblo soviético. Sin embargo, también aquí hay matices que es importante no pasar por alto. Muy probablemente (aunque debo decir que nunca he leído nada concreto al respecto), durante sus años de rebelde clandestino o durante la guerra civil como comisario al mando de ejércitos, Stalin personalmente habrá ejecutado a más de un enemigo. Ya en el poder, nunca. Ciertamente eliminó a la oposición, interna y externa, mediante complejos mecanismos burocráticos para los cuales obtuvo siempre el apoyo (y las firmas) de los otros miembros del grupo en el poder. Pero esto nos lleva de regreso a sus condiciones reales de existencia: era en ellas en donde él tenía que actuar y esas condiciones eran de vida odiosa, terrible, de lucha sin cuartel. Ese era el medio en el que él se movía. Nada más absurdo, por lo tanto, que esperar o exigir de alguien así actitudes de predicador. Stalin fue exitoso en situaciones de infierno, en las que nunca quisiéramos encontrarnos, pero lo que debería repugnarnos más que su conducta son las condiciones mismas, el hecho de que los humanos sean susceptibles de conformar situaciones como esas, en las que la gente tiene que actuar en forma inhumana para sobrevivir y para realizarse. Cuando se sabe cómo se tomaban las decisiones y sobre todo cómo se implementaban, se llega a entender que no había muchas alternativas. Por ello, sostengo que es sólo cuando se tiene presente el panorama real que la crítica a Stalin (o a cualquier otro hombre de historia) es digna de ser tomada en cuenta. La pregunta que siempre se debe uno hacer es: si yo me hubiera encontrado en la situación de Stalin y hubiera tenido que enfrentar los dilemas y las encrucijadas que él enfrentó ¿cómo habría procedido? Si alguien, conociendo los detalles del caso, presenta vías de conducta diferentes y realistas, entonces su crítica a Stalin, o a cualquier otro de los grandes conquistadores de la historia, puede ser valiosa y habrá de ser atendida. De lo contrario, se estará de regreso a la visión hollywoodense del asunto y ésta, huelga decirlo, no nos interesa. 

Hay un sentido en el que la figura de Stalin es profunda y paradójicamente trágica. Ninguna de sus grandes biografías, pero en especial la (para mi gusto) mejor, esto es, la del almirante neozelandés y gran sovietólogo británico, Ian Grey, permiten dudas al respecto. Stalin no era un hombre que pasara su existencia en pos de beneficios personales, alguien que quisiera “disfrutar la existencia”, “pasarla bien”, elevar sus niveles de consumo, mejorar su “calidad de vida”, etc. No. Independientemente de que estemos de acuerdo con él o no y del balance final que hagamos de su actuación, no hay más remedio que admitir que Stalin era de esos extraños hombres que trabajan para el mundo, para la humanidad, que dedican su vida a luchar en contra de la humillante desigualdad social, de la degradante hambruna, de la miseria humana. Y es aquí que surge lo trágico de su destino, pues mientras más se esforzaba él en ello, más terrible resultaba su lucha; mientras más bienestar quería promover, más coherente en la dureza se hacía; mientras más amor por el género humano lo imbuía, menos compasión tenía por sus congéneres. Eso es tragedia de dimensiones homéricas. Confieso que no sé qué lección extraer de la vida de José Stalin. 

Tal vez debamos contentarnos con la banal constatación de que los seres humanos tanto pueden, llevados por inconfesables motivaciones, aportarle a la humanidad grandes bienes como, movidos por los mejores y los más bellos ideales imaginables hacer germinar los más espantosos de los males. 

5 de marzo de 2001.



Stalin. Historia y Crítica de Una Leyenda Negra

(12)

Domenico Losurdo

El asesinato de Kírov: ¿complot del poder o terrorismo?

El grupo dirigente que asume el poder en octubre de 1917 se muestra desde el comienzo profundamente dividido acerca de las cuestiones más importantes de la política interna e internacional. Apenas contenida mientras Lenin está en activo, tal fractura se hace irremediable una vez desaparecido el líder carismático. ¿Se mantiene limitado el choque al ámbito político-ideológico?

Ya han pasado los tiempos en los que, en relación al caso de Sergei M. Kírov dirigente de primerísima línea del PCUS asesinado a tiros frente a la puerta de su oficina por un joven comunista, Leonid Nikolaev, el 1 de diciembre de 1934 en Leningrado, se podía escribir que «no hay ninguna duda ya sobre el hecho de que el asesinato haya sido organizado por Stalin y realizado por sus agentes de policía». La versión y las insinuaciones contenidas en el Informe secreto habían suscitado una patente perplejidad ya a mediados de los años noventa181. Pero ahora disponemos del trabajo de una investigadora rusa, publicada también en francés en una colección dirigida por Stéphane Courtois y Nicolás Werth, esto es, los editores del Libro negro del comunismo. Estamos por lo tanto en presencia de un trabajo que se presenta con credenciales antiestalinistas más que probadas; y sin embargo, pese a negar que tras el asesinato hubiese una amplia conspiración, destroza la versión contenida o sugerida en el Informe secreto al XX Congreso del PCUS. La narración de Kruschov se revela como mínimo «inexacta» ya sólo a partir de una serie de detalles; por otro lado, su autor «sabía que necesitaba argumentos de peso para provocar un shock psicológico en los seguidores del "padrecito de los pueblos"»; de hecho, la tesis del «complot de Stalin contra Kírov respondía admirablemente a esta necesidad»182.

Las relaciones reales de colaboración y amistad establecidas entre el líder y su colaborador emergen con claridad del retrato que la investigadora rusa traza acerca de Kírov:

Este hombre abierto no amaba ni la intriga, ni la mentira, ni el engaño. Stalin tuvo que apreciar estos rasgos de carácter que fueron la base de sus relaciones. Según los testimonios de sus contemporáneos, Kírov era en efecto capaz de hacerle objeciones a Stalin, de atravesar su espíritu suspicaz y su tosquedad. Stalin lo entusiasmaba sinceramente y confiaba en él. Apasionado de la pesca y la caza, enviaba a menudo a Moscú pescado fresco y caza mayor. Stalin tenía tal confianza en Kírov, que le invitó varias veces a ir a la sauna con él, "honor" que él otorgaba a un sólo mortal, el general Vlassik, jefe de su guardia personal.183

Hasta el final, nada interviene para turbar esta relación, como se confirma en las investigaciones de otro historiador ruso: de los archivos no surge ningún elemento que apunte hacia una divergencia política o una rivalidad entre los dos. Aún más ridícula es esta tesis por el hecho de que Kírov participa sólo ocasionalmente «en la actividad del más alto órgano de poder del partido», el Politburó, concentrándose más bien en la administración de Leningrado.184

Pero, si «la idea de una rivalidad que opusiese Kírov a Stalin no se apoya en nada», da que pensar la reacción de Trotsky:

El cambio hacia la derecha en la política exterior e interior no podía sino alarmar a los elementos del proletariado con una mayor consciencia de clase [...]. También la juventud se ve golpeada por una profunda inquietud, sobre todo la parte que vive cerca de la burocracia y observa su arbitrariedad, sus privilegios y su abuso de poder. En esta atmósfera sofocante detonó el disparo de arma de fuego de Nikolaev [...]. Es extremadamente probable que él quisiese protestar contra el régimen existente en el partido, contra la incontrolabilidad de la burocracia o contra el viraje a la derecha.

Transparente es la simpatía o la comprensión hacia el perpetrador y explícitos el desprecio y el odio reservados a Kírov. Lejos de compadecerlo como víctima del dictador del Kremlin, Trotsky lo etiqueta como el «dictador hábil y sin escrúpulos de Leningrado, personalidad típica de su corporación»185. Y más in crescendo: «Kírov, sátrapa brutal, no suscita en nosotros compasión alguna»186— La víctima es un individuo contra el que crecía desde hacía un tiempo la cólera de los revolucionarios:

Quienes recurren al nuevo terror no son ni las viejas clases dominantes ni los kulaks. Los terroristas de los últimos años son reclutados exclusivamente en la juventud soviética, en las filas de la organización juvenil comunista y del partido187.

Al menos en este momento —entre 1935 y 1936— no se habla en modo alguno del atentado contra Kírov en términos de montaje. Sí, se afirma que todo ello puede ser instrumentalizado por la «burocracia en su conjunto», pero se subraya al mismo tiempo, no sin complacencia, que «cada burócrata tiembla frente al terror» proveniente de abajo188. Si también se ven privados de la «experiencia de la lucha de clases y de la revolución», estos jóvenes inclinados a «colocarse en la ilegalidad, a aprender a combatir y templarse para el porvenir» constituyen un motivo de esperanza.189 Trotsky apela a la juventud soviética, que ya comienza a sembrar el miedo entre los miembros de la casta dominante, llamándola a una nueva revolución que presiente cercana. El régimen burocrático ha desencadenado «la lucha contra la juventud», como ya denuncia en el título de uno de los párrafos centrales de La revolución traicionada. Ahora los oprimidos derrocarán a los opresores:

Cualquier partido revolucionario encuentra sobre todo apoyo en la joven generación de la clase ascendente. La senilidad política se expresa en la pérdida de la capacidad para arrastrar a la juventud [...]. Los mencheviques se apoyan en los estratos superiores y más maduros de la clase obrera, no sin encontrar en ello motivos de orgullo y no sin mirar por encima del hombro a los bolcheviques. Los acontecimientos mostraron despiadadamente su error: en el momento decisivo, los jóvenes arrastraron a los hombres maduros e incluso a los viejos190.

Es una dialéctica destinada a repetirse. Por inmaduras que puedan ser las formas que esta asuma inicialmente, la revuelta contra la opresión siempre tiene un valor positivo. Después de haber reafirmado su desprecio y odio hacia Kírov, Trotsky añade:

Permanecemos neutrales frente a aquél que lo ha asesinado solamente porque ignoramos sus móviles. Si supiésemos que Nikolaev ha golpeado intencionadamente en un intento de vengar a los obreros cuyos derechos pisoteaba Kírov, nuestras simpatías irían sin reservas para el terrorista. Como los «terroristas irlandeses» o de otros países, también los terroristas «rusos» merecen respeto191

Inicialmente, las investigaciones de las autoridades se dirigen hacia los «Guardias blancos». De hecho, en París estos círculos estaban bien organizados: habían conseguido efectuar «cierto número de atentados en territorio soviético». En Belgrado actuaban círculos parecidos: la revista mensual que publicaban especificaba, en el número de noviembre de 1934, que con el fin de «derrocar a los dirigentes del país de los soviets» convenía «utilizar el arma del atentado terrorista». Entre los dirigentes a eliminar figuraba precisamente Kírov. Y sin embargo, estas investigaciones no llevan a resultados; las autoridades soviéticas comienzan entonces a mirar hacia la oposición de izquierdas.192

Como hemos visto, quien avala la nueva pista es Trotsky, que no se limita a subrayar la ebullición revolucionaria de la juventud soviética sino que aclara además que quienes recurren a la violencia no son y no pueden ser clases definitivamente derrotadas y por tanto ya próximas al abandono:

La historia del terrorismo individual en la URSS caracteriza fuertemente las etapas de la evolución general del país. Al alba del poder de los Soviets, los Blancos y los socialistas-revolucionarios organizan atentados terroristas en una atmósfera de guerra civil. Cuando las viejas clases propietarias han perdido toda esperanza de restauración, el terrorismo cesa. Los atentados de los kulaks, que se han prolongado hasta los últimos tiempos, han tenido un carácter local; completaban una guerrilla contra el régimen. El terrorismo más reciente no se apoya ni en las viejas clases dirigentes ni en los campesinos ricos. Los terroristas de la última generación se reclutan exclusivamente en la juventud soviética, entre los jóvenes comunistas y en el partido, a menudo también entre los hijos de los dirigentes.

Si las viejas clases despachadas antes por la Revolución de octubre y después con la colectivización de la agricultura se han resignado, no ocurre lo mismo respecto al proletariado, protagonista de la revolución y momentáneamente bloqueado y oprimido por la burocracia estalinista. Es esta última la que debe temblar: el atentado contra Kírov y la difusión del terrorismo entre la juventud soviética son el síntoma del aislamiento y de la «hostilidad» que rodean y alcanzan a los usurpadores del poder soviético.

Es cierto, Trotsky se apresura a precisar que el terrorismo individual no es realmente eficaz. Pero se trata de una precisión no del todo convincente y, quizás, no del todo convencida. Mientras, en las condiciones en las que se encuentra la URSS, se trata de un fenómeno inevitable: «El terrorismo es la trágica realización del bonapartismo»193. Además, si tampoco es capaz de resolver el problema, «el terrorismo individual tiene sin embargo la mayor importancia como síntoma, por cuanto caracteriza la dureza del antagonismo entre la burocracia y las vastas masas populares, más concretamente entre los jóvenes». En todo caso se va incrementando la masa crítica para una «explosión», es decir para un «cataclismo político», destinado a infligir al «régimen estalinista» una suerte análoga a la sufrida por el régimen «en cuya cúspide se encontraba Nicolás II»194.

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(181) Thurston 1996), pp. 20-3.

(182) Kirilina 1995), pp. 223 y 239.

(183) Ibid, p. 193.

(184) Chlevnjuk 1998), pp. 365-6.

(185) Ibid, p. 986 = Trotsky, 1968, p. 263).

(186) Trotsky 1967), p. 75.

(187) Trotsky 1988), p. 655

(188) Ibid.

(189) Ibid, p. 854 = Trotsky, 1968, p. 149).

(190) Ibid, p. 851 = Trotsky, 1968, p. 146).

(191) Trotsky 1967), p. 75

(192) Kirilina 1995), pp. 67-70.

(193) Ibid, p. 655.

(194) Ibid, pp. 856-61 = Trotsky, 1968, pp. 152-5).


Filosofía

Las Ideas No Caen del Cielo*

Antonio Labriola

LAS IDEAS no caen del cielo ni nosotros recibimos el bien de dios en sueños.

La mutación en los modos del pensamiento que por último ha producido la doctrina histórica de la cual se hace aquí el examen y la exposición preliminar, se ha ido desarrollando, primero con lentitud y después con creciente rapidez, precisamente en este periodo del devenir humano en que tuvieron lugar las grandes revoluciones político-económicas, o sea, en esta época que, mirada en las formas políticas, dícese liberal, pero que, mirada en su fondo, por efecto del dominio del capital sobre la masa proletaria, es la época de la producción anárquica. La mutación en las ideas, hasta la creación de nuevos métodos de concepción, ha ido reflejando paso a paso la experiencia de una nueva vida. Como ésta, en las revoluciones de los dos últimos siglos, se ha ido despojando poco a poco de las envolturas míticas y religiosas a medida que ha ido adquiriendo conciencia práctica y precisa de sus condiciones inmediatas y directas, así el pensamiento que esta vida resume y teoriza se ha despojado a su vez de los presupuestos teológicos y metafísicos para encerrarse, al fin, en esta prosaica exigencia: en la interpretación de la historia hay que limitarse a la coordinación objetiva de las condiciones determinantes y de los efectos determinados. La concepción materialista señala el ápice de esta nueva dirección en el hallazgo de las leyes histórico-sociales, por cuanto no es un caso particular de una genérica sociología o de una genérica filosofía del estado, del derecho y de la historia, sino la solución de todas las dudas y todas las incertidumbres que acompañan a las otras formas de filosofar sobre las cosas humanas, y el inicio de la interpretación integral de éstas.

Es cosa fácil, pues, especialmente por el modo en que se han dedicado a ello algunos vulgares criticastros, andar buscando los precursores de Marx y Engels, que han sido los primeros en precisar los fundamentos de esta doctrina. ¿Y cuándo se le ha ocurrido a alguno de sus seguidores, aun los de más estricta observancia, hacer pasar a esos dos pensadores por hacedores de milagros? Antes bien, si place andar buscando las premisas de la creación doctrinal de Marx y Engels, no bastará detenerse en aquellos que se dicen precursores del socialismo hasta Saint-Simon y más allá, ni en los filósofos y principalmente en Hegel, ni en los economistas que han puesto de manifiesto la anatomía de la sociedad que produce las mercancías: precisa remontarse a toda la formación de la sociedad moderna y luego, por último, declarar triunfalmente que la teoría es un plagio de las cosas que explica.

Porque, en verdad, los precursores efectivos de la nueva doctrina fueron los hechos de la historia moderna, que ha llegado a ser tan perspicua y reveladora de sí misma desde que se operó en Inglaterra la gran revolución industrial de fines del siglo pasado y en Francia tuvo lugar la gran dilaceración social que todos sabemos, las cuales, mutatis mutandi, se han ido reproduciendo después en diversa combinación y en formas más apacibles en todo el mundo civilizado. ¿Y qué otra cosa es, en el fondo, el pensamiento sino el conciente y sistemático complemento de la experiencia, y qué es ésta sino el reflejo y la elaboración mental de las cosas y los procesos que nacen y desarrollan fuera de nuestra voluntad o por obra de nuestra actividad, y qué otra cosa es el genio sino la individual, consecuente y aguda forma de este pensamiento, que por sugestión de la experiencia surge en muchos hombres de la misma época, pero que en la mayor parte de ellos queda fragmentario, incompleto, incierto, oscilante y parcial?

 

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Las ideas no caen del cielo; antes bien, como cualquier otro producto de la actividad humana, se forman en circunstancias dadas, en una precisa madurez de tiempo, por la acción de determinadas necesidades y las reiteradas tentativas de dar satisfacción a éstas, y con el hallazgo de tales o cuales medios de prueba que son como los instrumentos de su producción y elaboración. También las ideas suponen un terreno de condiciones sociales y tienen su técnica: y el pensamiento es también una forma de trabajo. Apartar aquéllas y éste, o sea, las ideas y el pensamiento, de las condiciones y el ámbito de su propio nacimiento y desarrollo, es desfigurar su naturaleza y significado.

Mostrar cómo la concepción materialista de la historia ha nacido precisamente en condiciones dadas, esto es, no como opinión personal y discutible de dos escritores, sino como una nueva conquista del pensamiento por la inevitable sugestión de un nuevo mundo que se está generando, o sea, la revolución proletaria, fue el tema de mi primer ensayo. Lo que es como decir que una nueva situación histórica se ha completado con su congruente instrumento mental.

Ahora bien, imaginar que esta producción intelectual pudiese tener lugar en todo tiempo y lugar es como elevar a regla de las propias investigaciones el absurdo. Trasferir las ideas caprichosamente del terreno y las condiciones históricas en que han nacido a cualquier otro terreno, es como tomar por base del razonamiento lo simple irracional. ¿Y por qué no se debiera imaginar igualmente que la ciudad antigua, en la cual nacieron el arte y la ciencia griegos y el derecho romano, aun siendo ciudad antigua de democracia con esclavos, alcanzase y desarrollase de igual modo todas las condiciones de la técnica moderna? ¿Por qué no creer que la corporación artesana medieval, permaneciendo tal cual era en su marco fijo, se encaminase a la conquista del mercado mundial sin las condiciones de la competencia ilimitada que comenzaron precisamente a socavarla y negarla? ¿Por qué no imaginar un feudo, que aunque permaneciendo feudo, sea empresa de producción exclusiva de mercancía? ¿Por qué Miguel de Lando no habría escrito el Manifiesto de los comunistas? ¿Por qué no se podría pensar que los hallazgos de la ciencia moderna podrían haber nacido en el cerebro de los hombres de otro lugar y tiempo, esto es, antes de que determinadas condiciones hicieran nacer determinadas necesidades, y a la satisfacción de éstas hubiera que proveer con una reiterada y acumulada experiencia?

Nuestra doctrina supone el desarrollo amplio, claro, conciente y apremiante de la técnica moderna y con ésta la sociedad que produce las mercancías en los antagonismos de la competencia, la sociedad que supone como su condición inicial y como medio indispensable a su perpetuación la acumulación capitalista en la forma de la propiedad privada, la sociedad que produce y reproduce de continuo los proletarios y para regirse tiene necesidad de revolucionar incesantemente sus instrumentos, comprendido el estado y los engranajes jurídicos de éste. Esta sociedad que, por las leyes mismas de su movimiento, ha puesto al desnudo su propia anatomía, produce de rechazo la concepción materialista. Como ha producido en el socialismo su negación positiva, así ha generado en la nueva doctrina histórica su negación ideal. Si la historia es el producto no arbitrario, sino necesario y normal, de los hombres en cuanto se desarrollan, y se desarrollan en cuanto socialmente experimentan, y experimentan en cuanto perfeccionan y refinan el trabajo, y acumulan y conservan los productos y resultados de éste, la fase de desarrollo en la que ahora vivimos no puede ser la última y definitiva, y los contrastes a ésta inherentes y congénitos son las fuerzas productoras de nuevas condiciones. Y he aquí cómo el período de las grandes revoluciones económicas y políticas de estos dos últimos siglos ha madurado en la mente estos dos conceptos: la inmanencia y constancia del proceso en los hechos históricos y la doctrina materialista, que en el fondo es la teoría objetiva de las revoluciones sociales.

 

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No hay duda que remontarse a través de los siglos y reconstruir estudiadamente con el pensamiento el desarrollo de las ideas sociales, aunque no hay de ello documento en los escritores, es cosa que resulta todavía bastante instructiva y ayuda sobre todo a acrecentar en nosotros la conciencia crítica, tanto de nuestros conceptos como de nuestros procedimientos. Tal regreso de la mente a sus premisas históricas, cuando no nos lleva a extraviarnos en el empirismo de una ilimitada erudición o nos induce a la tentación de establecer apresuradamente vanas analogías, ayuda sin duda a dar flexibilidad y eficacia de persuasión a las formas de nuestra actividad científica. En el conjunto de nuestras ciencias se halla ahora, por vía de hecho y por aproximada continuidad de tradición, lo óptimo de cuanto fue encontrado, inferido y probado, no en los tiempos modernos, sino en los de la antigua Grecia, con la cual comienza, precisamente, de modo definitivo para todo el género humano, el desarrollo ordenado del pensamiento conciente, reflejo y metódico. No sería dado dar un solo paso en la investigación científica sin el uso de los medios desde hace tiempo hallados y prestos, como por ejemplo, para proponer algunos de los más generales, la lógica y la matemática. Tener una opinión contraria sería como decir que cada generación debe comenzar desde el principio, aniñándose.

Pero ni a los antiguos autores, en el angosto ámbito de sus repúblicas de ciudad, ni a los escritores del renacimiento, inciertos siempre entre un imaginado retorno a lo antiguo y la necesidad de aferrar intelectualmente el mundo nuevo, que estaba en gestación, fue dado llegar al análisis preciso de los elementos últimos de los cuales resulta la sociedad, que el genio insuperado de Aristóteles no vio ni comprendió más allá de los confines en que se despliega la vida del hombre urbano.

La investigación sobre la estructura social, considerada en sus modos de origen y proceso, se hace viva y aguda, y asume aspectos multiformes en los siglos XVII y XVIII, cuando se formó la economía y, junto a ésta, bajo los varios nombres de derecho natural, ensayos sobre el espíritu de las leyes y contrato social, se abrió camino la tentativa de resolver en causas, en factores, en datos lógicos y psicológicos, el multiforme y no siempre claro espectáculo de una vida en que se preparaba la más grande revolución que se conoce. Estas doctrinas, cualquiera que fuese el intento subjetivo y el ánimo de los autores -como es el caso antitético del conservador Hobbes y el proletario Rousseau-, fueron todas revolucionarias en la sustancia y en los efectos. En el fondo, en todas se encuentran siempre, como estímulo y como motivo, las necesidades materiales y morales de la era nueva que por las condiciones históricas eran las de la burguesía: y por esto convenía combatir, en nombre de la libertad, a la tradición, la iglesia, el privilegio, las clases fijas, o sea los órdenes y clases y por consiguiente el estado que de éstos era o parecía autor, y además los privilegios del comercio, las artes, el trabajo y la ciencia. Por esto se miró al hombre en abstracto, o sea, a los individuos emancipados y liberados, por virtud de abstracción lógica, por sus vínculos históricos y de necesaria dependencia social, y en la mente de muchos el concepto de la sociedad se vino a reducir a un átomo y, antes bien, pareció natural, además, creer que la sociedad misma no era sino una suma de individuos. Las categorías abstractas de la psicología individual se vieron como lanzadas hacia adelante o puestas en la cima de la explicación de todos los hechos humanos; y he aquí como en todos estos sistemas y lucubraciones no se habla sino de miedo, de amor propio, de egoísmo, de obediencia voluntaria, de tendencia a la felicidad, de originaria bondad del hombre, de libertad de contratar, y también de conciencia moral, de instinto y sentido moral y otras cosas semejantes abstractas y genéricas, como las que fueron suficientes para explicar la historia concreta existente y para crear otra completamente nueva.

En el momento en que toda la sociedad entraba en una estrepitosa crisis, el horror a lo antiguo, a lo rancio, a lo tradicional, a lo organizado desde hacía siglos, y el presentimiento de una renovación de toda la existencia humana, generaron por último un oscurecimiento total en las ideas de necesidad histórica y necesidad social, o sea, en esas ideas que, aludidas apenas por los filósofos antiguos y venidas después a tanto desarrollo en nuestro siglo, en ese período de racionalismo revolucionario no tuvieron sino raros representantes, como Vico, Montesquieu y, en parte, Quesnay. En esta situación histórica, que hace nacer una literatura aguda, ágil, subvertidora, penetrante y popularísima, está la razón de lo que Luis Blanc, con cierto énfasis, llamó individualismo, con cuya palabra otros después de él han creído dar expresión a un hecho permanente de la naturaleza humana que puede servir, sobre todo, como argumento decisivo contra el socialismo.

¡Singular espectáculo, o más bien singular contraste! El capital, una vez que se hubo formado, tendía a vencer toda otra forma precedente de producción, rompiendo sus vínculos y salvando los impedimentos, esto es, tendía a ser el señor directo o indirecto de la sociedad, como de hecho ha llegado a ser en la mayor parte del mundo, del que después nacieron, junto a todos los modos de la miseria moderna y de nueva jerarquía en que ahora vivimos, las más estridentes antítesis de toda la historia, o sea, la actual entre la anarquía de la producción en el complejo de la sociedad y el férreo despotismo del modo de producir en cada empresa, fábrica o industria. ¡Pues bien, los pensadores, filósofos, economistas y divulgadores del siglo XVIII no veían sino libertad e igualdad! Todos razonaban del mismo modo, todos partían de las mismas premisas, ya concluyesen que la libertad debía de obtenerse de un gobierno de pura administración o fuesen francamente democráticos y aun comunistas. El reino próximo de la felicidad estaba a la vista de todos como indudable advenimiento, una vez que fuesen cortados los vínculos e impedimentos que al hombre, por naturaleza bueno y perfectible, habían impuesto la forzada ignorancia y el despotismo de la iglesia y el estado. Estos impedimentos no parecían condiciones y términos en los cuales los hombres se hubiesen hallado por las leyes de su desarrollo y por la trama inevitable del movimiento antagónico, por lo incierto y flexible de la historia, como nos parecen finalmente a nosotros por la preponderancia del historicismo objetivo; antes bien, parecían simples estorbos de que el uso recto de la razón debía liberarnos. En este idealismo, que llega a su ápice en algunos de los héroes de la Gran Revolución, retoñó una fe ilimitada en el seguro progreso de todo el género humano. Por primera vez el concepto de humanidad aparece en toda su extensión y sin mezcla de ideas o presupuestos religiosos. Los más resueltos de todos estos idealistas fueron precisamente los materialistas extremos, como aquellos que, negando todo objeto a la fantasía religiosa, asignaban a la felicidad esta tierra como seguro dominio, aunque la razón cerrase la vía.

Pero las ideas fueron maltratadas bárbaramente por las prosaicas cosas, como ocurrió entre fines del siglo pasado y comienzos de éste. Bastante dura fue la lección de los hechos, de la cual derivaron las más tristes desilusiones, y de ello siguió luego una radical repugnancia en los espíritus. Los hechos, en una palabra, resultaron contrarios a toda esperanza, lo que si primero produjo cansancio en los desengañados no pudo menos que suscitar deseo y necesidad de nueva investigación. Es sabido cómo Saint-Simon y Fourier, en los cuales, a principios de siglo, se produce, en formas unilaterales de la genialidad prematura, la reacción contra los resultados inmediatos de la gran revolución político-económica, se levantaron resueltamente, el primero contra los juristas y el segundo contra los economistas.

De hecho, removidos los impedimentos a la libertad que fueron propios de otros tiempos, se habían presentado otros nuevos y a menudo más graves y más dolorosos, y como la felicidad igual para todos no había cristalizado, la sociedad permanecía en su forma política, tal como antes, o sea, una organización de las desigualdades. La sociedad debe ser, pues, algo por sí fijo, algo natural, un semoviente complejo de relaciones y condiciones que desafía los buenos propósitos subjetivos de sus componentes y pasa por alto las ilusiones y los designios de los idealistas. Sigue, pues, su propia marcha, de la cual será lícito abstraer leyes de proceso y desarrollo, ¡pero a la cual no es dado imponérselos! Por tal conversión de las mentes, el siglo XIX se anunció con la vocación de ser el siglo de la ciencia histórica y la sociología.

El pensamiento invadió y penetró, de hecho, todo campo de la actividad humana con el principio del desarrollo. En este siglo fue hallada la gramática histórica y reinventada la clave para explorar la génesis de los mitos. En este siglo fueron descubiertas las huellas embriogenéticas de la prehistoria y puestas por primera vez en serie de proceso las formas políticas y jurídicas. El siglo XIX se anunció como el siglo de la sociología en la persona de Saint-Simon, en el cual, como ocurre a los autodidactas y los precursores geniales, se encuentran confusos y juntos los gérmenes de muchas tendencias contradictorias. A este respecto la concepción materialista es un resultado; pero un resultado que es la realización de todo un proceso de formación, y como resultado y realización es también la simplificación de toda la ciencia histórica y de toda la sociología, porque nos remite de los derivados y las condiciones complejas a las funciones elementales. Y esto ha acontecido por la directa sugestión de una nueva y estruendosa experiencia.

 

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Las leyes de la economía, como son por sí y por sí se explican, habían triunfado sobre todas las ilusiones, habíanse mostrado directoras de la vida social. La gran revolución industrial, operada primero en Inglaterra a la luz del día o más bien en el siglo de las luces, hacía entender que las clases, si no están en la naturaleza, no son tampoco consecuencia del azar o del arbitrio; antes bien nacen histórica y socialmente dentro y en torno de una determinada forma de producción. ¿Y quién, en verdad, no había visto surgir ante sus ojos a los nuevos proletarios, de la ruina económica de tantas clases de pequeños propietarios, de pequeños campesinos y artesanos, y quién no era capaz de advertir el método de tal nueva creación de un nuevo estado social a que tantos hombres venían a quedar reducidos por la fuerza? ¿Quién no era capaz de advertir que el dinero convertido en capital había logrado en breve lapso mayorear por la atracción que ejerce sobre el trabajo de los hombres libres, en los cuales la necesidad de darse libremente como mercancía había sido desde mucho antes preparada con cuidadosos métodos de derecho y por las vías de una violenta o indirecta expropiación? ¿Quién no había visto surgir las nuevas ciudades en torno a las fábricas y ceñirse a su perímetro la desoladora miseria, que no era ya un caso de singular desventura, sino la condición y las formas de la riqueza? Y en esa miseria de nuevo estilo eran muchas las mujeres y los niños, salidos por primera vez de una ignorada existencia para figurar en el escenario de la historia como siniestra ilustración de la sociedad de los iguales. ¿Y quién no sentía -existiese o no la sedicente teoría del reverendo Malthus- que el número de coexistentes que este modo de organización económica puede contener, si bien a veces es insuficiente para quien por la suerte favorable de la producción tiene necesidad de brazos, otras veces es abundante y por ello no ocupable y pavoroso? Se hacía, además, cosa evidente que la rápida y violenta trasformación económica operada ruidosamente en Inglaterra había resultado allí porque ese país se había podido crear, frente al resto de Europa, un monopolio hasta entonces nunca visto, y para regir este monopolio había sido necesaria una política sin escrúpulos, la cual permitía a todos de una vez traducir a prosa el mito ideológico del estado que habría de ser tutor y pedagogo del pueblo.

En la visión inmediata de tales consecuencias de la nueva vida se originó el pesimismo, más o menos romántico, de los laudatores temporis acti, desde De Maistre a Carlyle. La sátira del liberalismo invade las mentes y la literatura a principios de este siglo. Comienza esa crítica de la sociedad en la cual está el inicio de toda la sociología. Precisaba ante todo vencer la ideología que habíase acumulado y expresado en las muchas doctrinas del derecho natural y el contrato social. Precisaba ponerse de nuevo frente a los hechos que las rápidas vicisitudes de un proceso tan intenso imponían a la atención en formas tan nuevas y pavorosas.

He aquí a Owen, el inigualable bajo todos los aspectos; pero por eso especialmente él fue tan clarividente sobre las causas de la nueva miseria como ingenuo al investigar los modos de vencerlas. Precisaba llegar a la crítica objetiva de la economía, que aparece por primera vez, en forma unilaterales y reaccionarias, en Sismondi. En ese período de tiempo, en que se cambiaban las condiciones de una nueva ciencia histórica, nacen y atraen sobre sí la atención muy diversas formas de socialismo utópico, unilateral y francamente extravagantes que no llegaron nunca a los proletarios porque éstos no tenían conciencia política o porque, teniéndola, se movían a saltos, como en las conspiraciones y revueltas francesas de 1830-1848, o giraban en el terreno práctico de las reformas inmediatas, como en el caso de los cartistas. Y, no obstante, todo este socialismo, aunque utópico, fantástico e ideológico, era una crítica inmediata y a menudo genial de la economía, una crítica unilateral que necesitaba el complemento científico de una general concepción histórica.

Todas estas formas de crítica parcial unilateral e incompleta desembocaron efectivamente en el socialismo científico. Éste no es ya la crítica subjetiva aplicada a las cosas, sino el hallazgo de la autocrítica que está en las cosas mismas. La crítica verdadera de la sociedad es la sociedad misma, que por las condiciones antitéticas de los contrastes en que se apoya genera por sí misma la contradicción, y ésta vence luego por el paso a una nueva forma. La solución de las presentes antítesis es el proletariado, sépanlo o no los mismos proletarios.

Así como en ellos su propia miseria ha llegado a ser la condición evidente de la sociedad presente, también en ellos y en la miseria está la razón de ser la nueva revolución social. En este paso de la crítica del pensamiento subjetivo, que examina desde fuera las cosas e imagina poder corregirlas por su cuenta, a la inteligencia de la autocrítica que la sociedad ejerce sobre sí misma en la inmanencia de su propio proceso, solamente en esto consiste la dialéctica de la historia que Marx y Engels, solo en cuanto eran materialistas, extrajeron del idealismo de Hegel. Y a fin de cuentas poco importa si de tales ocultas y complicadas formas del pensamiento no saben darse cuenta los literatos que no conocen otra significación de la palabra dialéctica sino la del artificio sofístico, ni los doctos y eruditos que no son nunca aptos para superar el conocimiento empíricamente disgregado de los simples particulares.

 

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Pero el gran vuelco económico que ha ofrecido los materiales de que está compuesta la sociedad moderna, en la cual ha llegado, al fin, a su casi completo desarrollo el imperio del capitalismo, no habría logrado tan rápida y sugestiva enseñanza sino hubiese sido luminosamente ilustrado por el movimiento vertiginoso y catastrófico de la revolución francesa. Puso ésta en plena evidencia, como en trágica representación, todas las fuerzas antagónicas de la sociedad, porque se abrió camino entre las ruinas y señaló en breve lapso, precipitadamente, todas las fases de su nacimiento y ordenamiento.

Nace la revolución de los impedimentos que la burguesía debía vencer con la violencia, después de que pareció evidente que la transición de la vieja a la nueva forma de producción -o propiedad, como dicen por necesidad de jerga profesional los juristas- no podía tener lugar por las vías más tranquilas de las reformas sucesivas y graduales. Y por eso fue levantamiento, contradicción y confusión de todas las viejas clases del acien régime, rápida y vertiginosa formación al mismo tiempo de nuevas clases en el brevísimo pero singularmente intenso período de solo diez años, que en comparación con la ordinaria historia de otros países y tiempos parecen siglos. En esta comprensión de vicisitudes de siglos en tan breve número de años se simplificaron los momentos y los aspectos más característicos de la sociedad nueva o moderna, con tanto mayor evidencia cuanto que la pugnaz burguesía había creado por sí misma tales medios y órganos intelectuales, que poseía en la teoría de su propia obra la conciencia refleja de su movimiento.

La violenta expropiación de una parte no pequeña de la vieja propiedad, esto es, de la que estaba inmovilizada en el feudo, en los patrimonios reales y principescos y en la mano muerta, con los derechos reales y personales que de ello derivaban por mil vías, puso a disposición del estado, convertido por necesidad de las cosas en un terrible y omnipotente gobierno de excepción, una masa extraordinaria de medios económicos, y éstos, por un lado, dieron lugar a la singular economía de los asignados, anulados luego por sí mismos, y por otro dieron lugar a la formación de nuevos propietarios, que fueron deudores de los chances del agiotismo y las contingencias de la intriga y la especulación, de su fortuna. ¿Y quién hubiera osado jurar sobre la cabeza de la sagrada y atávica institución de la propiedad apoyándose el título reciente y averiguado de ésta tan evidentemente en el conocimiento de las afortunadas contingencias? Si nunca había pasado por la cabeza de tantos enojosos filósofos, comenzando por los sofistas, que el derecho fuera una útil y cómoda hechura del hombre, esta proposición de aborrecidos heréticos podía parecer ahora verdad simple e intuitiva aun para el último de los andrajosos de los suburbios de París. ¿No habían ellos, los proletarios, junto al resto del pueblo, dado el impulso a la revolución general con los movimientos anticipados de abril de 1789, y no se vieron luego como arrojados de nuevo del escenario de la historia después del fracaso de la revuelta de prarial de 1795? ¿No habían ellos llevado en hombros a todos los fogosos oradores de la libertad y la igualdad, no habían tenido en la mano la Comuna parisiense, que fue durante un tiempo el órgano impulsor de la Asamblea y de toda Francia, y no acaban por último en la amarga desilusión de haberse creado con sus propias manos los nuevos amos? En la conciencia fulmínea de tal desilusión está el móvil psicológico, rápido e inmediato de la conspiración de Babeuf, la cual, por eso precisamente, es un gran hecho de la historia y tiene en sí todos los elementos de la tragedia objetiva.

La tierra, que el feudo y la mano muerta habían como vinculado a un cuerpo, a una familia, a un título, liberada de sus vínculos, se había convertido en mercancía, para que fuese base e instrumento de producir mercancías, y habíase convertido de golpe en mercancía tan plegable, dócil y adaptable que se prestaba a circular en los símbolos de muchos pedazos de papel. Y en torno a estos símbolos, tan multiplicados sobre las cosas que debían representar que por último terminaron en nada, surge gigante el negocio, como surge de todas partes sobre las espaldas de la miseria de los más míseros y entre las anfractuosidades de la precipitada y sinuosa política, diestro sobre todo en sacar partido de la guerra y sus gloriosos triunfos. Hasta los rápidos progresos de una técnica acelerada por las urgentes circunstancias dieron materia y ocasión a la prosperidad de los negocios.

Las leyes de la economía burguesa, que son las de la producción individual en el campo antagonista de la competencia, se rebelaron furiosas, con todos los medios de la violencia y la insidia, contra la arbitrariedad idealista de un gobierno revolucionario, el cual, fuerte en la certeza de salvar la patria y más aún con la ilusión de fundar eternamente la libertad de los iguales, creyó que era cosa fácil o posible suprimir el agiotismo con la guillotina, eliminar los negocios con la clausura de la bolsa y asegurar al pueblo humilde la existencia fijando el máximo de los precios de los artículos de primera necesidad. Las mercancías, los precios y los negocios reivindicaron con violencia su propia libertad contra los que querían legislar e imponerles su moral.

El termidor, cualesquiera que fuesen las intenciones personales de los termidorianos, viles, medrosos o ilusos, fue, tanto en las causas ocultas como en sus efectos no remotos, el triunfo de los negocios sobre el idealismo democrático. La constitución de 1793, que señala el límite extremo a que puede llegar el pensamiento democrático, no se había puesto en ejecución. La grave presión de las circunstancias, la amenaza del exterior, las diversas formas de rebelión en el interior, desde la girondina a la vandeana, habían hecho necesario un gobierno de excepción, que era el Terror, nacido del miedo. A medida que los peligros desaparecían, desaparecía la necesidad del terror; pero la democracia se quiebra frente a los negocios, en los cuales nacía la propiedad de los propietarios nuevos. La constitución del año III consagró el principio del moderantismo liberal, del cual ha salido todo el constitucionalismo del continente europeo, pero ante todo fue la vía para llegar a la garantía de la propiedad nueva. Cambiar los propietarios salvando la propiedad, ésta es la consigna, ésta es la palabra de orden, la bandera que desafió por años, desde el 10 de agosto de 1792, tanto las insurrecciones violentas como los atrevidos designios de aquellos que trataron de fundar la sociedad en la virtud, en la igualdad, en la espartana abnegación. El Directorio fue el trámite a través del cual la revolución llega a negarse a sí misma como conato idealista; y con el Directorio, que fue la corrupción confesada y profesada, se convierte en realidad el lema: ¡cambian los propietarios, pero la propiedad está a salvo! Y por último hacía falta levantar de tanta ruina un edificio estable, la fuerza verdadera; ésta se encontró en un singular aventurero de insuperada genialidad a quien la fortuna había sonreído, y solo él poseía la virtud de poner el dique de la conveniente moral a aquella fábula gigantesca, porque en él no había sombra ni traza de escrúpulos morales.

Todo se vio en aquella sucesión de acontecimientos. Los ciudadanos, armados para la defensa de la patria, victoriosos más allá de los confines de la circundante Europa, a la cual llevan, con la conquista, la revolución, se convierten en soldadesca para oprimir la libertad en su patria. Los campesinos, que en un ímpetu de imperiosa sugestión produjeron dentro de las tierras del feudo la anarquía de 1789, tornados soldados, pequeños propietarios o pequeños arrendatarios, después de haber sido durante un cuarto de hora los centinelas de la revolución, recayeron en la silenciosa y estúpida quietud de su vida tradicional que, muda y paralítica, sirve de sustrato seguro al llamado orden social. Los pequeños burgueses de ciudad, miembros de las corporaciones, al poco tiempo se acomodaron a ser, en el campo de la carrera económica, los libres vendedores de la mano de obra. La libertad de comercio exigía que todo producto llegase a ser libremente comerciable y superaba, pues, el último impedimento logrando que el trabajo se convirtiese también en libre mercancía.

Todo se cambió en aquel tiempo. El estado, que había parecido por siglos a tantos ilusos una sagrada institución o un divino mandato, dejando la cabeza de su soberano bajo la fría acción de un instrumento técnico, perdió con ello la consagración y se hizo profano. Tornábase él mismo, el estado, un aparato técnico en que la jerarquía era sustituida por la burocracia. Y para que no hubiera allí presunción de antiguos títulos que dieran razón de privilegio para ocupar un cargo, este nuevo estado podía llegar a ser presa del que lo tomase; estaba, en suma, a pública subasta para que los ambiciosos afortunados fueran los únicos garantes de la propiedad y de los nuevos y viejos propietarios. El nuevo estado, que tuvo necesidad del 18 Brumario para llegar a ser una ordenada burocracia apoyada en el militarismo victorioso, este estado que completaba la revolución en el momento en que la negaba, no podía dejar de tener su texto, y lo tuvo en el Código civil, que es el libro de oro de la sociedad que produce y vende mercancías. No en vano la jurisprudencia generalizada había conservado y comentado por siglos, en la forma de una disciplina científica, aquel derecho romano que fue, es y será la forma típica y clásica del derecho de toda sociedad de mercancías, hasta que el comunismo quite del medio la posibilidad de venderlas y comprarlas.

La burguesía, que por la incidencia de tantas y tan singulares circunstancias hizo la ruidosa revolución con el concurso de tantas otras clases y semiclases, después de breve tiempo desaparecidas casi todas de la escena política, aparece en los momentos de más viva contradicción como empujada por motivos e inspirada por una ideología que serían completamente diferentes de los efectos que sobrevivieron y positivamente se perpetuaron. Esto hace que, en el calor de las luchas, la vertiginosa mutación del sustrato económico aparezca como disimulada por los ideales y oscurecida por el tejido de tantos propósitos y designios, de los cuales surgen actos de maldad y heroísmo inauditos y corrientes de ilusiones y duras pruebas de desengaños. Nunca se aposentó tan poderosa en los pechos humanos la fe en el ideal del progreso. Liberar al género humano de la superstición o de la religión, hacer de cada individuo un ciudadano y de cada particular un hombre público, éste es el inicio, y luego, en la línea de este programa, compendiar en la acción de pocos años esa revolución que a los más idealistas de ahora parece obra de muchos siglos por venir, éste es el idealismo de entonces. ¿Y por qué debía repugnar a éstos la pedagogía de la guillotina?

Tal poesía, grandiosa si no deleitosa, dejó tras sí una prosa bastante dura. Fue la prosa de los propietarios que debían la propiedad a la fortuna y fue la de la alta finanza y los proveedores enriquecidos, de los mariscales, de los prefectos, de los periodistas, artistas y literatos mercenarios; fue la prosa de la corte del singular mortal a quien las cualidades del genio militar injertadas a la índole bandidesca habían sin duda conferido el derecho de escarnecer como ideólogo a quien quiera que no admirase el hecho desnudo y crudo que en la vida puede ser, como era para él, la simple brutalidad del triunfo.

La Gran Revolución apresuró el curso de la historia en buena parte de Europa. De ella partió todo lo que llamamos liberalismo y democracia moderna, salvo los casos de errada imitación de Inglaterra, y hasta el establecimiento de la unidad de Italia, que fue y seguirá siendo quizá el último acto de la burguesía revolucionaria. Fue esa revolución el ejemplo más vivo y más ilustrativo de cómo una sociedad se trasforma y de cómo las nuevas condiciones económicas se desarrollan, y desarrollándose coordinan en grupos y clases a los miembros de la sociedad. Fue la prueba palpable de cómo se encuentra el derecho cuando hace falta como expresión y defensa de determinadas relaciones y de cómo se crea el estado y se disponen sus medios, fuerzas y órganos. Y se vio cómo las ideas germinan en el terreno de las necesidades sociales y cómo los caracteres, las tendencias, los sentimientos, las voluntades, o sea, para decirlo en pocas palabras, las fuerzas morales, se producen y desarrollan en condiciones circunstanciadas. En una palabra, los datos de la ciencia social fueron, por así decirlo, aprontados por la sociedad misma, y no es de maravillarse que la revolución, que fue precedida ideológicamente por la forma más aguda de doctrinarismo racionalista que se conozca, haya terminado después dejando atrás la necesidad intelectual de una ciencia histórica y sociológica antidoctrinaria, como en buena parte ha logrado hacerse en este siglo nuestro que ahora toca a su fin.

Y aquí, por las cosas que he dicho y por las sabidas generalmente, sería inútil recordar nuevamente cómo a Owen hacen juego Saint-Simon y Fourier, y repetir por qué vías se ha originado el socialismo científico. Lo importante está en dos puntos, o sea: que el materialismo histórico no podía nacer sino de la conciencia teórica del socialismo, y que él puede ahora explicar su propio origen con sus principios propios, lo que es a prueba máxima de su madurez.

No está por eso fuera de lugar la frase con que comienza este capítulo: las ideas no caen del cielo.

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(*) Hemos colocado el título atendiendo al sentido del acápite transcrito, que corresponde al punto VII del escrito Acerca del materialismo histórico: dilucidación preliminar, de Antonio Labriola. El texto ha sido tomado de La concepción materialista de la historia, Editorial de Ciencias Sociales del Instituto del libro, La Habana, 1970.


Literatura

El Nuevo Realismo una Nueva Opción Para la Nueva Crítica Clasista

Segunda parte

Julio Carmona

En la primera parte de este escrito relacionado con un texto de Winston Orrillo, lo que sorprende en la propuesta de nuestro autor aquí confutada: de atribuir a JCM el desahucio de todo el realismo decimonónico, sin distinguir su visión dialéctica de ver en esa época un realismo falso y uno verdadero y que este se seguía proyectando en su sucesor, que él denomina nuevo realismo, decíamos que esto nos sorprende en WO porque en el desarrollo de su exposición sobre el tema, sí dice percibir «esta concepción dialéctica de Mariátegui sobre la controvertida vanguardia», porque, en efecto, JCM destaca la existencia de aspectos positivos y otros negativos en el movimiento vanguardista. Dice WO que a la vanguardia: «No la rechaza de plano, y más bien señala lo que en ella es deletéreo —su iconoclastia meramente nihilista, su tendencia al individualismo asfixiante, su histrionismo— pero también destaca su crítica al orden burgués, que no se resuelve solamente como una cuestión técnica» (op. cit.: 182). Sin embargo, en esta comprensión de WO respecto de la dialéctica del Amauta, vuelve a caer en exageración al señalar que esa misma diferenciación la aplica al modernismo, y, más aun, lo hace precisando que en eso coincide con José Martí. Dice:

«… es bueno que reparemos en una excelente y desmitificadora caracterización del modernismo, máxime si ya hemos hablado de él [del modernismo] al referirnos a Martí».

Resulta, entonces, que WO se está refiriendo al modernismo que lideró Rubén Darío. Y, en realidad, la cita que hace nuestro autor para sustentar esa ‘desmitificación del modernismo’ y que atribuye a JCM, no tiene que ver con el rubendariano. Veamos:

«Y no es el caso de hablar de modernismo. El modernismo no es sólo una cuestión de forma, sino, sobre todo, de esencia. No es modernista el que se contenta de una audacia o una arbitrariedad externas de sintaxis o de metro. Bajo el traje huachafa­mente nuevo, se siente intacta la vieja sustancia. ¿Para qué transgredir la gramática si los ingredientes espirituales de la poesía son los mismos de hace veinte o cincuenta años? “Il faut étre absolument moderne”, como decía Rimbaud; pero hay que ser mo­derno espiritualmente. Aquí se respira, generalmente, en los dominios del arte y la inteligencia, un pasadismo incurable y enfermizo. Nuestros poetas se refugian, voluptuosamente, en la evocación y en la nostal­gia más pueriles, como si su contorno actual careciese de emoción y de interés» (1972-11, págs. 18-19).

Es evidente que JCM asigna la denominación de «modernismo» a los movimientos ligados a la vanguardia, porque esta pertenece al «mundo moderno», al que ha aludido en el párrafo anterior al de la cita. Ahí dice: «Es cierto que el mundo moderno anda neurasténico y un poco cansado, pero la neurastenia de las grandes urbes es de otro género y es además muy compleja, muy honda y muy pintoresca.» (Ibíd.)1 De tal suerte, pues, decíamos, que el encontrar similitud en la visión que del modernismo tenía Martí con la del que tenía JCM resulta también exagerado puesto que ambos están tratando de dos modernismos distintos. Lo cual tampoco debe conducir a verlos separados de manera abismal, porque en ambos se verifica la presencia de un elemento común, el cosmopolitismo, y este —dice JCM «que puede parecer a algunos un rasgo común de una y otra época literaria— nos conduce al autoctonismo. Además, el cosmopolitismo de ahora es distinto del de ayer, también cosa de boulevard, emoción de París» (1959-7: 127). Ha de entenderse, pues, que el cosmopolitismo, con su aceptación de nuevas fuentes, sirve también de puente para recalar en lo propio, como ocurrió con el modernismo —sigamos llamándolo— rubendariano, y como ocurrió también con los aportes en ese sentido del vanguardismo, pero ello de ningún modo obliga a tratarlos como una sola y misma entidad.

Es más, en lo que corresponde al mundo moderno JCM también lo denomina «modernidad», de los cuales hace derivar el concepto de modernismo, para insertar en él la producción de sus manifestaciones artísticas. De ahí que diga:

«… ningún género literario ha envejecido lo bastante para no ser susceptible de feliz manejo, de acertada y natural inserción en la modernidad.2 El diálogo, instrumentalmente, como elemento de la novela o del teatro, no había podido decaer nunca; pero específicamente, en su autonomía de forma artística, había sufrido cierto relegamiento. El pensamiento, el discurso moderno son, sin embargo, absolutamente dialécticos, polémicos. Y el diálogo, en su tipo clásico, encuentra razones de subsistir y prosperar. El diálogo, sobre todo, logra mejor su desarrollo y su atmósfera con el excitante de la velocidad. El mismo diálogo clásico es siempre algo peripatético» (1959-7, pág. 59).

En esta cita se considera al «diálogo» como un género literario. Y como tal tiene autonomía, aunque en el caso de la novela y el teatro sea considerado como un “elemento” suyo. Y en esta ampliación de la nomenclatura de los géneros está agregando a «la biografía como género literario, señalado ya por muchas pequeñas obras maestras» (1959-7, pág. 61). Pero —hay que advertirlo— estas variaciones taxonómicas no deben dar pie para considerar a JCM como un «heterodoxo» de la literatura. Es, en todo caso, un renovador.

Una vez esclarecidos los tópicos precedentes, volvemos a una cita de WO cuya transcripción hemos hecho arriba, suprimiendo su primera parte que dice: «… antes de pasar al estudio de lo que JCM consideraba el verdadero realismo —el que advendrá con la revolución proletaria— es bueno que reparemos» [… aquí continúa la cita que hicimos arriba]. Y, por nuestra parte, también decimos que es bueno reparar en aquello «de lo que JCM consideraba el verdadero realismo» y si, bien es cierto, ya hemos visto que él habla de un verdadero realismo para —justamente— deslindarlo del sedicente o falso, no es que esté llegando a la conclusión de «que advendrá con la revolución proletaria», porque esta aseveración la hace WO deduciéndola de la siguiente cita:

«El verdadero realismo llega con la revolución proletaria, cuando en3 el lenguaje de la crítica literaria, el término “realismo” y la categoría artística que designa, están tan desacreditados, que se siente la perentoria necesidad de oponerle los términos de “suprarrealismo”, “infrarrealismo”.», etc. (1970-3, pág. 166).

La expresión «revolución proletaria» no se refiere a la revolución en acto (es decir la revolución fáctica triunfante), sino como impronta de la época, es decir, que corresponde a la época del imperialismo y de la revolución proletaria, justo una época en que para la crítica literaria «el término “realismo” y la categoría artística que designa, están tan desacreditados, que se siente la perentoria necesidad de oponerle los términos de “suprarrealismo”, “infrarrealismo”, etc.» El nuevo realismo (que es así como lo llama JCM) se está gestando en ese entorno. Por eso antes, en el mismo texto de la cita precedente, dice: «En primer lugar, hay que advertir que El Cemento no es una obra de propaganda. Es una novela realista, en la que Gladkov no se ha propuesto absolutamente la seducción de los que esperan, cerca o lejos de Rusia, que la revolución muestre su faz risueña, para decidirse a seguirla» (Ibíd.) Ahí alude a la revolución rusa, ya en desarrollo. Y el realismo de Gladkov —dice JCM— se realiza en esa efervescencia revolucionaria, sin esperar a que se manifieste su mayor estabilidad. Y los demás países en los que no ha triunfado ninguna otra revolución, no obstante esto, están inmersos en la época de la revolución proletaria, y en los países de esta época se está gestando el «verdadero realismo», el «nuevo realismo» con la impronta de la revolución proletaria. Del mismo modo que el realismo burgués se fue gestando en las entrañas del régimen feudal, en donde la nueva clase que apareció ahí, la burguesía, no tuvo que esperar hasta el triunfo de la revolución francesa para sentar las bases de su cultura y literatura.4 Para los mercaderes de la Edad Media —dice Jacques Le GOFF:

«… no se trataba tanto de cumplir una función artística, como cumplir una función social mediante la beneficencia. En muchos casos, se trataba también de controlar medios muy poderosos de influencia sobre el pueblo: control de la literatura, para inspirar poemas y escritos favorables a su persona, su profesión y su política; control del arte, cuyos temas debían responder a sus intenciones y a sus aspiraciones; y, por encima de todo, medio de contentar al pueblo dándole materia de admiración y de diversión, para evitar que se interesara demasiado en la política o reflexionara sobre su condición social» (LE GOFF, 1966: 120-121).

Y, más adelante, este autor dice que no es sencillo hacer la caracterización interna de la literatura medieval. No obstante, hace algunas sugerencias sobre el particular:

«Literatura burguesa, se ha llamado a ciertos géneros que se desarrollan en los medios urbanos a partir del siglo xii. Pero necesitaríamos estudios precisos para definir lo que en las fábulas, las máximas y las moralejas revela un espíritu nuevo aportado por una clase social nueva. Una moral a ras de tierra, hecha de prudencia y de buen sentido práctico y ligada a la preservación del dinero, de la propiedad, de la familia y de la salud —una moral de poseedores y de comerciantes—; el gusto mismo de moralizar, que habría que distinguir de la prédica religiosa, no en la forma, lo cual es fácil, sino en el espíritu, lo que es más difícil, porque ¿acaso no hay moralistas predicadores y predicadores de moral burguesa? El amor al detalle realista y familiar aportado por una clase aficionada al decorado material de la vida y sensible a las apariencias, el amor a lo cómico, a la ironía algo pesada e inclusive a lo burlesco; y la farsa medieval que, más que popular, es quizás burguesa con su burla de las condiciones sociales y su crítica a menudo poco caritativa del prójimo. Una literatura de gentes que viven pared de por medio, que se observan, se espían y se denigran como competidores» (op. cit.: 132. Cursiva nuestra).

Es en ese sentido que JCM habla de un «realismo proletario»: en oposición a «realismo burgués», en tanto la burguesía representa el polo de la época del imperialismo, y el proletariado representa al polo contrario de la revolución proletaria. Por eso dice que:

«Los españoles trajeron un género narrativo bien desarrollado que del poema épico avanzaba ya a la novela. Y la novela caracteriza la etapa literaria que empieza con la Reforma y el Renacimiento. La novela es, en buena cuenta, la historia del individuo de la sociedad burguesa; y desde este punto de vista no está muy desprovisto de razón Ortega y Gasset cuando registra la decadencia de la novela. La novela renacerá, sin duda, como arte realista, en la sociedad proletaria; pero, por ahora, el relato proletario, en cuanto expresión de la epopeya revolucionaria, tiene más de épica que de novela propiamente dicha» (Mariátegui, 1980-2: 237-238).5

Coincide esta cita con lo expresado hasta aquí: que no se ha de esperar a que se instaure la sociedad proletaria, con su revolución en acto, para que se produzca —ahora, en la época de la revolución proletaria— una literatura que refleje la ideología de la clase proletaria. No olvidemos que este tópico de la literatura proletaria, fue tema de discusión y debate ideológico en el tiempo de JCM, y recogido por él en la revista Amauta. Y es obvio que él estaba a favor de esa denominación. Y la reconoció como propia del esquema de estudio marxista de la literatura, esquema que clasifica a esta en literatura feudal o aristocrática, literatura burguesa y literatura proletaria. Y la razón para que no lo usara en su estudio de nuestra literatura (en el sétimo ensayo, específicamente) es porque en esa época, las tres primeras décadas del siglo XX, tanto la burguesía como el proletariado, como clases en sí, eran una extensión de la aristocracia feudal y del campesinado, respectivamente, y no habían alcanzado su condición de clases para sí, es decir, que hubieran asumido sus ideologías clasistas en su exacta dimensión. Por eso, cuando WO escribe lo siguiente:

«Este realismo verdadero —“realismo proletario” la (sic) llama JCM— (sic) realismo socialista es su nombre, será el producto de una clase: el proletariado»6 (op. cit.: 184),

creemos que nuestro autor ha incurrido en una suerte de «abuso de confianza», al pretender «corregirle la plana al maestro», puesto que, si está reconociendo que el maestro llama ‘realismo proletario al realismo verdadero’, no es lo más respetuoso sentenciar: «realismo socialista es su nombre» (ni siquiera como un afán de «actualización»), máxime si es por demás sabido que en la época que le tocó actuar a JCM ese término o concepto (realismo socialista) todavía no había sido acuñado, y además si —como el mismo WO lo reconoce— ya está definida la defección en que devino. Y esto es impertinente con mayor razón si, más adelante, vuelve a insistir en que el nuevo realismo propuesto por JCM, debe ser llamado «realismo socialista, aunque Mariátegui no lo llame explícitamente así» (y, por supuesto JCM no lo llama así ni siquiera implícitamente), y el hecho se agrava porque el mismo WO dice que él hace esa propuesta de llamar ‘realismo socialista a lo que JCM llama realismo proletario o nuevo realismo’:

«más allá de las deformaciones que esta denominación adquiriera luego, y que no vamos a discutir aquí, pues las pruebas que JCM da sobre lo que él entiende por realismo (con su alta dosis de fantasía, con su ficción intrínseca) son suficientemente concluyentes» (op. cit.: 184);

y cabe preguntar, ¿qué es lo suficientemente concluyente: que JCM hubiera estado de acuerdo con llamarlo «realismo socialista»? (esto no pasaría de ser una ucronía), ¿que la «alta dosis de fantasía y ficción intrínseca» es propia del realismo socialista? (y esto no sería otra cosa que una exageración nada concluyente). Ahora, por lo que concierne a aquella afirmación de WO —no de JCM— que el «realismo verdadero o proletario será el producto de una clase: el proletariado», es también discutible, si es que nos atenemos a lo dicho por los clásicos del marxismo Marx y Engels:

«Pequeños industriales, pequeños comerciantes y rentistas. Artesanos y campesinos, toda la escala inferior de las clases medias de otro tiempo, caen en las filas del proletariado; unos, porque sus pequeños capitales no les alcanzan para acometer grandes empresas industriales y sucumben en la competencia con los capitalistas más fuertes; otros, porque su habilidad profesional se ve despreciada ante los nuevos métodos de producción. De tal suerte, el proletariado se recluta entre todas las clases de la población» (MARX C. 1968, págs. 42-43).

Y JCM lo sabía y él mismo se consideraba un compañero de los obreros, un proletario a su vez, al escribir lo siguiente a esos sus compañeros: «Estas líneas de saludo no son pauta sino una opinión. La opinión de un compañero intelectual que se esfuerza por cumplir, sin fáciles declamaciones demagógicas, con honrado sentido de su responsabilidad, disciplinadamente, su deber» (1969-13, pág. 116).

¿Alguien podrá regatearle a JCM su condición de proletario, es más: de primer proletario peruano? De tal suerte, pues, que el realismo verdadero o proletario (pero nuevo realismo, al fin) no será producto de la clase obrera, proletariado en sí, sino de todos los que reclute el proletariado, como clase para sí, entre las otras clases.

Y, bueno, en definitiva, con lo expuesto hemos podido destacar en el libro de WO el tema del nuevo realismo que, decíamos al comienzo de este apartado, es lo que, en gran medida constituye «el aspecto positivo», que nuestro respetado maestro aporta al estudio de la literatura en José Carlos Mariátegui.

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(1) «… hay cuatro notas distintivas en la poesía moderna. Su material propio es el sueño. Su fondo, la ciudad. La situación en que se halla el poeta es la soledad. Y la acción que emprende, abierta o furtivamente, es la rebelión» (REVOL, 1960, pág. 34). Aunque a estas notas habría que agregar otra que el mismo autor ha relevado previamente: esas notas —dice— explican y justifican «esa voluntad de hermetismo que es una actitud esencial de la poesía moderna» (op. cit.: 29).

(2)      «Debe reconocerse que no existe forma alguna de desgracia que sea demasiado baja para una representación literaria» (AUERBACH, 1996, pág. 466). Y Bertolt Brecht acota: «La literatura proletaria procura aprender lo formal de viejas obras. Es natural. Es sabido que no se pueden saltar buenamente fases previas. Lo nuevo debe superar a lo viejo, pero debe tener lo viejo superado en sí, debe “abolirlo”. Conviene darse cuenta de que existe hoy un nuevo aprendizaje, un aprendizaje crítico, reformador, revolucionario. Hay cosas nuevas, pero estas surgen de la lucha con lo viejo, no sin ello, no del aire libre. Muchos olvidan el aprendizaje o lo tratan despectivamente, como cosa de pura fórmula, y algunos tratan el momento crítico como cosa de pura fórmula, como algo que se da por supuesto» (BRECHT, 1973, págs. 228-229).

(3) En la cita de WO se ha suprimido esta preposición «en».

(4) Dice JCM: «Así como en la entraña del orden feudal se gestó el orden burgués, en la entraña del orden burgués debía gestarse el orden proletario» (1964-1, pág. 130). Y Marx dice: «El feudalismo tenía también su proletariado: la servidumbre, que encerraba todos los gérmenes de la burguesía» (MARX C. , 1961, pág. 349).

(5) «Uno de los rasgos más caracterizados de la nueva literatura rusa es su épica. El género épico, que en Occidente ha muerto, en Rusia resucita renovado. Los relatos de Babel, los poemas de Tijonov, son las más vigorosas afirmaciones de este renacimiento.» (1959-6, pág. 162). Para confrontar con las opiniones de Miguel Gutiérrez relacionadas con el tema de la épica.

(6) El primer «sic» precisa que el artículo correspondiente era «lo», y el segundo alude a que el cierre de los guiones debió ir después de «es su nombre».


CREACIÓN HEROICA