domingo, 1 de enero de 2023

Escribir la verdad

Cinco Dificultades Para Quien Escribe la Verdad*

Bertolt Brecht

Introducción

QUIEN HOY PRETENDA COMBATIR la mentira y la ignorancia y escribir la verdad, debe superar, cuando menos, cinco dificultades. Debe tener el valor de escribir la verdad, aunque en todas partes la sofoquen; la sagacidad de reconocerla, aunque en todas partes la desfiguren; el arte de hacerla manejable como arma; el juicio de escoger aquéllos en cuyas manos resultará más eficaz; la maña de propagarla entre éstos. Tales dificultades son grandes para quienes escriben bajo el fascismo, pero existen también para los desterrados o prófugos y son válidas hasta para los que escriben en los países de la democracia burguesa.

 

El valor de escribir la verdad

Parece hecho obvio que quien escribe, escriba la verdad, es decir, que no la sofoque o la calle, o no diga cosas falsas; que no se pliegue ante los poderosos ni engañe a los débiles. Cierto, es bastante difícil no plegarse ante los poderosos y bastante ventajoso engañar a los débiles. Desagradar a los poseedores, significa renunciar a la propiedad. Renunciar al pago por el trabajo hecho, puede querer decir renunciar al trabajo y rechazar la fama entre los potentados, significa a menudo rechazar toda fama. Hacerlo requiere valor.

Los tiempos en que la opresión es grande son casi siempre tiempos en que se discurre mucho sobre cosas grandes y elevadas. Se necesita valor, en tales tiempos, para hablar de cosas pequeñas y mezquinas, como la alimentación y la vivienda de los trabajadores, mientras alrededor se dice que sólo el espíritu de sacrificio cuenta. Cuando se ensalza continuamente a los campesinos, es valeroso hablar de máquinas y forrajes a buen precio, capaces de facilitar aquel trabajo tan elogiado. Cuando todos los altoparlantes vociferan que es mejor el hombre sin conocimientos ni instrucción, que el instruido, se necesita valor para preguntar: ¿mejor para quién? Cuando se habla de razas perfectas e imperfectas, es valeroso preguntarse si el hambre, la ignorancia y la guerra no producen cierta deformidad.

Asimismo se necesita valor para decir la verdad sobre sí mismo, sobre nosotros mismos, los vencidos. Muchos que son perseguidos, pierden la facultad de reconocer los propios defectos. La persecución parece la más grave injusticia; los perseguidores, ya que persiguen, son los malvados; ellos, los perseguidos, son perseguidos por su bondad. Pero esta bondad fue golpeada, vencida, esposada; luego era bondad débil, defectuosa, insostenible, que no contaba, porque no es lícito admitir como propia de la bondad la debilidad, como se admite que la lluvia debe ser mojada. Decir que los buenos fueron vencidos, no por buenos, sino por débiles, requiere valor.

La verdad no puede escribirse sino en lucha contra la mentira ni puede expresarse de modo genérico, elevado, ambiguo. A tal especie, esto es, genérica, elevada, ambigua, pertenece exactamente la mentira. Hablar de alguien que dijo la verdad, implica que antes algunos, muchos, o uno solo, dijeron algo distinto, una mentira o cuestiones genéricas; él en cambio dijo la verdad, esto es, algo práctico, concreto, irrefutable, precisamente lo que se necesitaba.

Poco valor se necesita en cambio para lamentarse, en general, de la maldad del mundo, del triunfo de la brutalidad y para sacudir la amenaza que flota sobre el espíritu, cuando se vive en una parte del mundo en que eso aún se permite. Muchos se comportan entonces como si estuvieran bajo el tiro de los cañones, cuando sólo están bajo el tiro de los binóculos. Van gritando sus vagas reivindicaciones en el mundo amigo de la gente inocua; demandan, genéricamente, la justicia, pero nunca hicieron nada por tenerla y piden genéricamente la libertad, la de obtener parte de aquel botín antes largamente repartido con ellos. Encuentran verdadero sólo cuanto les suena bien. Si la verdad tiene que ver con cifras, con hechos, si es cuestión árida, cuyo hallazgo exige pena y estudio, entonces no les corresponde, nada tiene que los embriague. Sólo exteriormente se comportan como los que dicen la verdad. El mal que sufren es no saber la verdad.

 

La sagacidad de reconocer la verdad

Ya que es difícil reconocer la verdad, que por doquier sofocan, muchos creen que escribirla o no escribirla es problema de carácter; creen que basta el valor; y olvidan la segunda dificultad: encontrar la verdad. En ningún caso se podrá decir que encontrarla sea fácil.

En primer lugar, no es fácil darse cuenta de cual verdad vale la pena decir. Hoy, por ejemplo, ante los ojos del mundo entero, los Estados de gran civilización se sumergen, uno tras otro, en la extrema barbarie, y además todos saben que la guerra interna, conducida con los medios más despiadados, puede, de un día a otro, transformarse en otra exterior, reduciendo quizá nuestro Continente a montón de escombros. Ésta, sin duda, es una verdad; pero, naturalmente, existen además otras verdades. También es cierto que las sillas sirven para sentarse, y que la lluvia cae de arriba para abajo. Muchos poetas escriben verdades de esta especie, similares a pintores que cubrieran con naturalezas muertas las paredes de un barco que se hunde. Nuestra primera dificultad, para ellos no existe, a pesar de tener la conciencia en su sitio. Sin dejarse turbar por los potentados, pero no menos imperturbables para oír los gritos de quienes sufren la violencia, avanzan vendiendo sus imágenes. La absurdidad de su comportamiento les provoca «profundo» pesimismo, que venden caro y resultaría más justificado en los otros, frente a tales maestros y tales ventas. Y, es necesario decirlo, no es tan fácil reconocer que las suyas son verdades del género de aquéllas sobre las sillas y la lluvia: ya que, por lo general, suenan bien distinto, como si fuesen verdades que se refirieran a las cosas importantes; y la creación artística consiste, precisamente, en conferir importancia a una cosa.

Sólo mediante cuidadosa observación se puede reconocer que no dicen sino que la silla es silla y que nadie puede hacer nada si la lluvia cae de arriba para abajo.

Esta gente no sabe encontrar la verdad que vale la pena escribir. Otros, al contrario, se ocupan realmente de las tareas más urgentes, no temen a los potentados ni a la pobreza y no obstante todo, no encuentran la verdad. Les faltan las nociones más necesarias. Están llenos de viejas supersticiones, de prejuicios famosos, cuya feliz formulación se remonta a las más lejanas edades. Para ellos el mundo es demasiado complicado: no conocen los hechos ni ven las relaciones.

Además de la intención se requieren nociones accesibles y métodos que se pueden aprender. Aquellos que en nuestra época escriben informes complicados sobre grandes cambios, deben conocer el materialismo dialéctico, la economía y la historia. Son nociones adquiribles en los libros, mediante enseñanza práctica, aun cuando no sea inmediata la aplicación necesaria. Muchas verdades, partes de verdades o situaciones de hecho que llevan a encontrar la verdad, se pueden descubrir con más facilidad. Cuando se busca, es bueno tener método, pero se puede encontrar aun sin método y hasta sin buscar. En esta forma casual quedará, sin embargo, casi excluida la posibilidad de representar la verdad, de tal manera que los hombres, gracias a tal representación, sepan cómo deben obrar.

La persona que anota sólo pequeños hechos, no está en capacidad de hacer manejables los problemas de este mundo. Pero la verdad tiene este fin y ningún otro. Aquella persona no está a la altura de escribir la verdad.

Cuando uno está listo para escribir la verdad y es capaz de reconocerla, quedan aún tres dificultades por superar.

 

El arte de hacer a la verdad manejable como arma

La verdad debe ser dicha para sacar de ella determinadas conclusiones sobre el propio comportamiento. Como ejemplo de verdad que no permite sacar conclusiones, o sólo conclusiones equivocadas, sirve la opinión, largamente difundida, según la cual las condiciones deplorables que reinan en ciertos países provienen de la barbarie. Tales opiniones miran el fascismo como ola de barbarie, que sumerge ciertos países, como catástrofe natural.

Según esta opinión el fascismo es la nueva tercera fuerza, al lado del capitalismo y del socialismo (y por encima de ellos); por tanto, no sólo el movimiento socialista, sino también el capitalismo, continuarían existiendo sin el fascismo, etc. Ésta es, evidentemente, una afirmación fascista, una capitulación ante el fascismo. El fascismo es una fase histórica, en la cual entró el capitalismo y, por lo mismo, es algo viejo y nuevo a la vez. En los países fascistas el capitalismo no existe sino como fascismo y el fascismo no puede ser combatido sino como capitalismo, como la forma más escueta, más descarada, más opresiva y engañosa del capitalismo.

¿Cómo alguien que quisiera combatir el fascismo, podría decir la verdad sobre él, si no quiere decir nada contra el capitalismo que lo engendra? ¿Cómo convertir en practicable esta verdad?

Aquellos que están contra el fascismo, sin estar contra el capitalismo, que se lamentan de la barbarie que origina la barbarie, se parecen a los que quieren comer su tajada de ternera, pero no quieren que se mate a la ternera. Quieren comerse la ternera, pero no quieren ver sangre. Basta que el carnicero se lave las manos antes de llevar la carne. No están contra las relaciones de propiedad que causan la barbarie, sino sólo contra la barbarie. Protestan contra la barbarie, en países donde existen, precisamente, las mismas relaciones de propiedad, pero donde los carniceros se lavan aún las manos antes de servir la carne.

Las acusaciones explícitas contra ciertas medidas bárbaras pueden ser eficaces durante cierto tiempo, mientras aquellos que las oyen estén seguros de que medidas similares no serán nunca aplicadas en sus países. Algunos países están en capacidad de mantener sus relaciones de propiedad con medios menos brutales que otros. La democracia presta tales servicios, para los cuales otros necesitan usar la violencia; garantiza la propiedad de los medios de producción. El monopolio de las fábricas, las minas, la tierra, crea en todas partes condiciones bárbaras; sólo que allí son menos visibles. La barbarie se hace evidente tan pronto se precisa la violencia abierta para proteger el monopolio.

Algunos países que no se han visto aún obligados, para salvaguardar estos monopolios, a renunciar también a las garantías formales del Estado constitucional y a cosas agradables como el arte, la filosofía y la literatura, escuchan con particular complacencia a los huéspedes que acusan a su propia patria de haber renunciado a tales comodidades, ya que esto puede ser útil en la guerra que prevén. ¿Reconocen la verdad los que, por ejemplo, exigen en voz alta la lucha despiadada contra Alemania: «porque es la verdadera patria del mal en nuestra época, la sucursal del infierno, la morada del anticristo»? Cabe decir que se trata de gente estulta, impotente y nociva. La conclusión de tales vaniloquios sería, en realidad, querer exterminar Alemania: todo el país, con todos sus hombres, ya que el gas, cuando mata, no escoge culpables.

Las personas superficiales, que no conocen la verdad, se expresan en forma genérica, elevada e imprecisa. Estúpidamente acusan a «los» alemanes, se lamentan «del» mal, y, en el mejor de los casos, el que los escucha no sabe qué hacer. ¿Decidir, quizá, no ser alemán? ¿El infierno desaparecería si fuese bueno? También los discursos sobre la barbarie originada por la barbarie, son de la misma especie. Al oírlos, la barbarie viene de la barbarie, y desaparece con la civilización, que viene de la instrucción. Todo esto se expresa en forma bastante genérica, no en vista de conclusiones sacadas de la acción y en el fondo no se dirige a nadie.

Semejante modo de representar las cosas muestra pocos eslabones de la concatenación casual y presenta ciertas fuerzas motrices como incontrolables. Tal método de representar las cosas contiene mucha oscuridad, detrás de la cual se encuentran las fuerzas que generan la catástrofe. ¡Un poco de luz, y aparecerán hombres en la base de la catástrofe! Ya que vivimos en una época en que el destino del hombre es el hombre.

El fascismo no es catástrofe natural, cuya clave se puede hallar simplemente en la «naturaleza» del hombre. Pero hasta de las catástrofes naturales se puede hablar en forma digna del hombre, en forma de hacer un llamado a su energía combativa.

Después del gran terremoto que destruyó a Yokohama, en muchas revistas norteamericanas se veía la extensión de ruinas. Debajo, decía: «steel stood» (el acero quedó) y, en realidad, quien veía sólo las ruinas en la primera ojeada, por estar más atento a la lectura del texto, notaba algunos edificios muy altos que quedaron de pie. Entre todas las posibles maneras de hablar de un terremoto, sin comparación, la más importante es la de los ingenieros, que calculando los deslizamientos del terreno, la violencia de las sacudidas, el calor desarrollado, etc., llegan a nuevas construcciones antisísmicas.

Quien quiera describir el fascismo y la guerra, las grandes catástrofes que no son catástrofes naturales, debe alcanzar una verdad susceptible de traducirse en la práctica. Debe demostrar que se trata de catástrofes en contra de la enorme masa de los que trabajan sin medios propios de producción, provocadas por los poseedores de tales medios de producción.

Cuando se quiere escribir con eficacia la verdad sobre ciertas condiciones deplorables, se requiere escribirla de tal manera que se puedan reconocer las causas evitables. Cuando las causas evitables se reconocen, las condiciones deplorables pueden combatirse.

 

El juicio de escoger a las personas en cuyas manos la verdad se hace efectiva

Gracias a la secular rutina que rige el comercio de los escritos, en el mercado de las opiniones y de las figuraciones, es decir, gracias al hecho de que el escritor no debía ya cuidarse de vender sus escritos, se afirmó en el escritor la convicción de que su cliente o comitente, el mediador, se ponía a disposición de todos sus escritos. Él pensaba: yo hablo, y quien me quiera escuchar, me escuchará. En realidad, él hablaba, y quien podía comprarlo, lo escuchaba; sus palabras no eran oídas por todos, y quien las oía, no quería oírlas todas. De esto se ha hablado con insistencia, aunque no bastante; sólo cabe subrayar que «escribir para alguien» se cambió en «escribir».

La verdad no se puede, simplemente, «escribir»; es indispensable escribirla para alguien que sepa usarla. El conocimiento de la verdad es un proceso que escritores y lectores tienen en común. Para decir cosas buenas, se necesita saber escuchar bien y oír cosas buenas. La verdad debe ser dicha con medida y oída con medida. Y, para nosotros, que escribimos, es importante saber a quién la decimos y quién la dice.

La verdad sobre ciertas condiciones deplorables debemos decirla a los que bajo tales condiciones sufren más que todos los otros, y de ellos la debemos aprender. No basta hablar a las personas que poseen opinión configurada; es necesario también hablar a las que, dada su situación, convendría dicha opinión. Nuestro auditorio cambia constantemente.

También se puede hablar a los verdugos, cuando no se les paga más por colgar o cuando su profesión se vuelve demasiado peligrosa. Los campesinos bávaros estaban contra cualquier tipo de subversión, pero cuando la guerra duró demasiado y sus hijos, al volver a casa, no encontraron trabajo en las granjas, comenzaron a ser subversivos.

Es importante para quienes escriben encontrar el tono justo para decir la verdad. Lo que comúnmente se oye está dicho en el tono débil y lamentoso, de personas incapaces de matar una mosca. Quien lo oye, encontrándose en la miseria, se siente más miserable. Así hablan muchos hombres que tal vez no son nuestros enemigos, sino más bien compañeros de lucha. La verdad es combativa: no sólo combate la mentira, sino a determinadas personas que la propagan.

 

La maña de propagar la verdad entre muchos

Hay muchos, orgullosos de tener el valor de decir la verdad, felices de encontrarla, cansados, quizá, del fatigante trabajo de darle forma manejable, impacientes de verla en posesión de aquéllos cuyos intereses defienden, a quienes no parece necesario usar de particular maña para divulgarla. Así el esfuerzo de su trabajo se desvanece. En todos los tiempos se usó la astucia para difundir la verdad, cuando la sofocaban o la desfiguraban.

Confucio falsificó un viejo y patriótico calendario histórico. Sólo sustituyó ciertas palabras. Donde decía: «El soberano de Kun hizo matar al filósofo Wan, por decir esto y aquello». Confucio, en lugar de «matar», ponía «asesinar». Si decía que el tirano tal, de los tales, cayó víctima de un atentado, ponía «ajusticiado». Con esto, Confucio inició una nueva forma de juzgar la historia.

Los que en nuestros días en lugar de «pueblo» dicen «población» y en lugar de «suelo» dicen «propiedad territorial», evitan dar crédito a muchas mentiras: porque despojan las palabras de su marchito misticismo. El término «pueblo» significa cierta unidad e indica intereses comunes; debería, por tanto, usarse sólo cuando se habla de diversos pueblos, único caso imaginable de comunidad en intereses. La población de un territorio dado tiene intereses diversos, y hasta opuestos, esta verdad pretenden sofocarla. También los que dicen «suelo» y hacen perceptible a las narices y los ojos el campo que describen y hablan de su olor de tierra y su color, favorecen la mentira de los potentados; porque, en el terreno, la fertilidad no tiene importancia y menos el amor o el cuidado que el hombre le prodiga. Lo importante en verdad es el precio del trigo y el precio del trabajo. Los que sacan utilidades de la tierra no son los mismos que sacan los granos y el olor de tierra que emana de los campos, se ignora en las Bolsas, que huelen a cosas bastante diferentes. «Propiedad territorial» es, al contrario, el termino justo; con él es menos fácil embrollar.

En donde reina la explotación, el término disciplina debe sustituirse por obediencia, ya que la disciplina es también posible sin los potentados, por lo mismo, tiene más nobleza que la sumisión. La expresión dignidad humana es mejor que el término honor, así el hombre solo no puede desaparecer con tanta facilidad del campo visual. Se conoce la clase de ralea que suele adelantarse a defender el honor de un pueblo; y con cuanta prodigalidad los saciados dispensan honores a quienes los sacian, sufriendo hambre.

La maña de Confucio se puede usar aún hoy. Él sustituía los juicios injustos, sobre ciertos acontecimientos nacionales, por otros justos.

El inglés tomas Moro, en una utopía, describe un país cuyas condiciones de vida eran justas: ¡bastante diverso del suyo, pero semejante en muchas cosas, menos en las condiciones de vida!

Lenin, amenazado por la policía del zar, quería describir la opresión y los abusos de la burguesía rusa en la isla de Sajalín. Escribió «Japón» en lugar de «Rusia», «Corea» en lugar de «Sajalín», y el escrito no fue prohibido, ya que el Japón era enemigo de Rusia. Muchas cosas que en Alemania no se pueden decir sobre Alemania, son lícitas, cuando se habla de Austria.

Muchas mañas son posibles para eludir la suspicaz vigilancia del Estado.

Voltaire combatió la creencia en los milagros de la Iglesia, escribiendo un poema galante sobre la Doncella de Orleans. Describió milagros que sin duda sucedieron para que en el ejército, la corte y entre monjes, Juana permaneciese virgen. Con la elegancia de su estilo, al describir aventuras eróticas, inspiradas en la vida lujosa de los poderosos, inducía a éstos a abandonar la religión, que les proveía de medios para tal vida disoluta. Además, consiguió la oportunidad de hacer llegar por vías ilegales sus trabajos a aquéllos a quienes estaban destinados; sus lectores pertenecían a las clases dominantes, pero lo divulgaban y toleraban su difusión, traicionando así a la policía que protegía sus diversiones.

El gran poeta Lucrecio dice de modo explícito que pone gran confianza en la belleza de sus versos, para la difusión del ateísmo epicúreo.

La alta calidad literaria puede, en forma efectiva, constituir la pantalla para ciertos escritos. Pero, a menudo, despierta también sospechas. Este caso se da, por ejemplo, cuando se sirve de la vilipendiada novela policiaca para introducir, como quien no quiere la cosa, la descripción de condiciones deplorables. Descripciones similares justificarían, sin duda, la novela policiaca.

El gran Shakespeare redujo el tono literario, por razones bastante menos importantes cuando, a conciencia, imprimió aquella forma débil e ineficaz al discurso con que la madre de Coriolano afronta al hijo a punto de atacar la ciudad paterna. Ella quería que Coriolano detuviese la marcha de su plan, no a causa de argumentos válidos o de profunda emoción, sino por cierta inercia que lo hacía ceder a una vieja costumbre.

En Shakespeare encontramos también un ejemplo de verdad difundida con maña, en el discurso de Antonio junto al cadáver de César. Antonio reitera que el asesino de César, Bruto, es hombre honorable, pero a la vez narra su delito que describe en forma más eficaz a la usada para describir al reo; el orador se deja vencer por los hechos mismos, dándoles mayor elocuencia que «a sí mismo».

Un poeta egipcio, que vivió hace cuatro mil años, se sirvió de método similar. Era época de grandes luchas de clases. La clase dominante se defendía con gran trabajo de su múltiple adversario —la parte de la población dominada hasta entonces. En el poema, un sabio se presenta en la corte reinante, exhortando a la lucha contra el enemigo interno. Larga, insistentemente, describe el desorden causado por la insurrección de las clases oprimidas. La descripción dice:

¿No es así? Los nobles llenos de dolor, los humildes, de gozo.

Cada ciudad dice: arrojad a los fuertes de nuestro medio.

¿No es así? Las oficinas públicas abiertas; los registros tomados; los esclavos se vuelven amos.

¿No es así? El primogénito de notables no se reconoce; el niño de la señora se convierte en hijo de su esclava.

¿No es así? Los ciudadanos atados a ruedas de molino. Salen los que nunca vieron el día.

¿No es así? Despedazan los cofres de ébano para sacrificios; con la preciosa madera de Sesnem hacen lechos.

Mirad, en una hora la residencia sometida.

Mirad, los pobres se enriquecen.

Mirad, el que no tenía pan, ahora posee granero; cuyas provisiones son bienes de otro.

Mirad, cómo beneficia al hombre el alimento.

Mirad, el que no tenía trigo, ahora posee graneros; los que pedían trigo a los pobres, ahora lo distribuyen.

Mirad, el que no tenía yugo de bueyes, ahora posee manada; el que no tenía buey para arar, posee rebaños.

Mirad, el que no podía construirse un cuarto, posee cuatro paredes.

Mirad, los consejeros tratan de refugiarse en los pajares; el que no osaba descansar sobre la muralla, ahora tiene lecho.

Mirad, el que nunca construyó barca para sí, ahora tiene naves; no pertenecen al propietario que va a verlas.

Mirad, los que tenían vestidos, ahora se cubren con harapos; el que nunca tejía para sí, ahora tiene lino finísimo.

El rico duerme sediento; el que antes pedía las gotas de sus vasos, ahora posee cerveza fuerte.

Mirad, el que no sabía nada de música, ahora tiene arpa; el que no cantaba, ahora estima la música.

Mirad, el solitario, que dormía sin compañera, ahora encuentra mujer; los que se miraban el rostro en el agua, ahora poseen espejo.

Mirad, los que dirigían los negocios del país, caminan sin encontrar qué hacer.

A los grandes no les entregan mensajes; el que antes los llevaba, ahora manda a otro…

Mirad, hay cinco hombres, mandados por sus amos.

Ahora dicen: caminad; nosotros llegamos.

Es evidente que esta descripción presenta el desorden que parecía muy deseable a los explotados. Pero sería difícil inculpar al poeta. Su condena del desorden es explícita, aunque no resiste…

En un panfleto, Jonathan Swift propuso, para traer el bienestar al país, salar a todos los niños de los pobres y venderlos como carne. Hizo cálculos exactos, que demostraban cómo se podía economizar, siempre y cuando se prescindiera de escrúpulos. Swift se hacía tonto. Defendía con mucho celo y precisión cierto modo de pensar que detestaba; aplicándolo en este ejemplo desenmascaraba toda la infamia. Cualquiera podía ser más inteligente que Swift, o al menos más humano, sobre todo los que hasta entonces no consideraban las consecuencias que resultan de ciertas opiniones.

La propaganda para que las personas razonen y piensen por cuenta propia, en cualquier campo que se haga, siempre sirve a la causa de los explotados. Esta propaganda es altamente necesaria. Bajo los gobiernos que prodigan abusos, razonar se considera cosa vil.

Se juzga vil lo útil a los explotados. Asimismo se considera despreciable la ansiedad continua por comer hasta saciarse; se condena el desprecio a los honores prometidos a los defensores del país, donde aguantan hambre; las dudas ante el conductor que lleva a la ruina; la aversión al trabajo que no nutre a quien lo hace; rebelarse contra la imposición del comportamiento insensato; el desinterés por la familia, que no necesita interés. Se insulta a los hambrientos por su voracidad, a los que nada tienen que defender por su cobardía, a los que dudan de su opresor por las dudas sobre su propia fuerza, a los que quieren hacerse pagar el trabajo que realizan por su pereza, etc.

Bajo gobiernos similares, pensar, en general, se considera cosa vil y desacredita. No se enseña a pensar y donde el pensamiento se manifiesta, se persigue. No obstante, siempre hay campos donde se puede señalar, sin peligro, los buenos efectos de la razón; campos donde la dictadura la necesita.

Se puede mostrar, por ejemplo, los éxitos de la razón en el campo de la ciencia militar y la técnica. También para remediar las insuficiencias de la reserva lanar, gracias a la organización y la invención de sustitutos, se necesita la razón. El empeoramiento de los alimentos, el adiestramiento de los jóvenes para la guerra, exigen razón; esto se puede describir. En cambio puede evitarse con maña la exaltación de la guerra, del impensado fin de tanto esfuerzo cerebral; el razonamiento que deriva de la pregunta: «¿Cuál es el mejor modo de llevar la guerra?», puede llevar a la pregunta: «¿Tiene sentido esta guerra?»; y se puede llegar también a la pregunta: «¿Cuál es el mejor medio de evitar una guerra insensata?».

Cierto, en la práctica resulta imposible formular tales preguntas en público. ¿Es imposible disfrutar del modo de pensar que se propaga, es decir, hacerlo eficaz? Al contrario: es posible.

Para que en época como la nuestra sea posible la explotación, que permite a la parte de la población (más pequeña) explotar a la otra (más grande), es indispensable una actitud particular de la población, actitud fundamental que debe extenderse a todos los campos.

Un descubrimiento en el campo de la zoología, como el del inglés Darwin puede, de un momento a otro, convertirse en peligro para los explotadores; no obstante, sólo la iglesia se ocupó de ello, mientras que la policía de nada se dio cuenta.

En estos últimos años los experimentos de los físicos llevan a ciertas conclusiones en el campo de la lógica, que sin duda representan peligro para toda la serie de dogmas al servicio de la explotación.

Hegel, el filósofo estatal de Prusia, que acometió difíciles búsquedas en el campo de la lógica, procuró a Marx y a Lenin, los clásicos de la revolución proletaria, métodos de incalculable valor.

Las diversas ciencias se desarrollaron con bastante complejidad, pero en forma desigual y el Estado es incapaz de vigilar cada punto. Los precursores de la verdad pueden escoger un campo de batalla relativamente inobservado.

Todo depende del hecho de que se enseñe un modo justo de razonar, una forma de razonar que interrogue por cada cuestión y cada acontecimiento, desde su lado transitorio y mutable. Los poderosos son muy hostiles a los grandes cambios. Quisieran que todo permaneciera como está, posiblemente durante mil años; ¡que la luna se detuviese, que el sol no girase más! Entonces ninguno tendría hambre ni pretendería comer por la tarde. Después de que ellos disparen, el enemigo no debe poder disparar, su golpe debe ser el último. Considerar las cosas dándole importancia a su lado transitorio, es buen sistema para reanimar a los explotados. Mostrar que en cada cosa, en cada estado de cosas, surge y crece una contradicción: también es hecho que se necesita oponer a los vencedores.

Parecido modo de razonar (esto es, la Dialéctica, la doctrina del ser en devenir) se puede ejercitar en sectores de investigación que, durante un tiempo, escapan a los potentados.

Se puede aplicar a la biología y a la química. Pero también describiendo el destino de una familia se puede aplicar, sin dejarlo notar mucho. La relación de cada objeto con muchos otros, que cambian continuamente, es pensamiento peligroso para las dictaduras y puede expresarse de muchos modos, sin dar pretexto a la policía. Una descripción minuciosa de todas las circunstancias, todos los procesos en que se encuentra implicado un hombre que abre una tabaquería, puede ser golpe serio para la dictadura.

Todos los que piensen un poco, encontrarán por qué. Los gobiernos que conducen las masas humanas a la miseria deben evitar que en la miseria se piense en los gobiernos. Entonces hablan mucho del destino. El destino —no los gobiernos— es responsable de la miseria. Se arresta a quien trate de descubrir las causas de la miseria, antes de que desenmascare al gobierno. Aún es posible oponerse, en general, a los discursos sobre el destino; se puede mostrar que el hombre hace su destino.

También a esto se puede llegar de diversos modos. Por ejemplo, se puede relatar la historia de una granja, digamos una granja de campesinos islandeses. Todo el pueblo dice que la granja está maldita. Una campesina se tiró en el pozo, un campesino se colgó. Un buen día hay un matrimonio: el hijo del campesino se casa con una muchacha que aporta como dote algunas tierras. Y la maldición desaparece. El pueblo no está de acuerdo al juzgar este feliz acontecimiento. Unos lo atribuyen al excelente carácter del joven campesino; otros, a las tierras que la joven aportó como dote, y que permiten a la granja producir.

Hasta con una poesía que describe un paisaje se puede hacer algo, si se incorporan a la naturaleza las cosas creadas por el hombre.

La maña se necesita para que la verdad se difunda.

 

Conclusión

La gran verdad de nuestro siglo (cuyo mero reconocimiento no basta, pero que si no se reconoce impide encontrar otras verdades importantes) es ésta: que nuestro Continente se hunde en la barbarie, porque las relaciones de propiedad de los medios de producción se mantienen mediante la violencia.

¿De qué serviría un escrito valeroso, que mostrase la barbarie de las condiciones en que estamos por caer (lo que es cierto), si no se desprenden las razones por las cuales nos encontramos en tales condiciones? Debemos decir que los hombres son torturados porque no cambian las relaciones de propiedad. Claro, si lo decimos, perdemos muchos amigos, que están contra la tortura, porque creen que las relaciones de propiedad se pueden mantener aún sin ella (lo que es falso).

Debemos decir la verdad sobre las condiciones bárbaras en nuestro país, y que se puede hacer lo posible por hacerlas desaparecer, o sea, algo que permita cambiar las relaciones de propiedad.

Debemos decirla, sobre todo, a los que sufren más que nadie estas relaciones de propiedad, que tienen el más grande interés en cambiarlas: a los obreros y a quienes se pueden convertir en sus aliados, porque efectivamente no poseen medios de producción, aunque están interesados en las ganancias.

En fin, debemos proceder con maña.

Debemos superar estas cinco dificultades al mismo tiempo, porque no podemos indagar la verdad sobre la barbarie de ciertas condiciones, sin pensar en los que sufren tal estado de cosas; y mientras —combatiendo cada impulso de pusilanimidad — tratamos de descubrir las verdaderas relaciones, mirando a los que están preparados para utilizar el conocimiento de ellas, debemos también pensar en ofrecerles la verdad, de tal modo que se convierta en arma en manos suyas, y con tanta maña, que el enemigo no descubra ésta.

Tal se requiere, cuando se pide al escritor escribir la verdad**.

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(*)Tomdo de Cinco dificultades para quien escribe la verdad - Bertolt Brecht - Descargar epub y pdf gratis | Lectulandia

(**) La primera versión de este artículo apareció en el diario parisino realizado en alemán por exiliados alemanes Pariser Tageblatt, el 12 de Diciembre de 1934, bajo el título «Dichter sollen die Wahrheit schreiben» (Los poetas han de contar la verdad). La versión final del ensayo de Brecht fue publicada en la revista antifascista Unsere Zeit en Abril de 1935. En 1938 el ensayo fue reeditado para su difusión clandestina por la Alemania hitleriana.

Literatura

Vallejo para no Iniciados: Al Maestro con Cariño III

Julio Carmona

ESTE ES UN TERCER ARTÍCULO que escribo sobre algunos comentarios que, en este caso: en torno al marxismo, he leído en un texto de Marco Martos (en lo sucesivo, MM, 2014. Poéticas de César Vallejo. Lima: Editorial Cátedra Vallejo). Comencemos con este: «El marxismo está vinculado con el romanticismo y con la utopía social» (p. 14). Y sobre ese vínculo que MM asigna al marxismo con el romanticismo y la «utopía social», se podría decir —con frase de J.C. Mariátegui— que «esto no es exacto sino a condición de que se defina y precise los límites temporales e históricos» de dichos términos.

Si bien en la época que vivió Marx (siglo XIX) el romanticismo constituyó un movimiento no solo artístico-literario (que es como más se le conoce) sino que abarcó otras disciplinas de las ciencias sociales (y hasta las naturales); sin embargo, eso no quiere decir que, por coincidencia epocal, hubiese «vínculos» entre el romanticismo y el marxismo. En principio, porque el sustento ideológico, la concepción del mundo del romanticismo, es el idealismo y la metafísica. Y hasta un estudiante del primer año de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos sabe que el idealismo (y su método metafísico) fue objeto de negación dialéctica por parte del marxismo. Es decir, si entre ellos hay algo en común para decir que están «vinculados», se tiene que concluir que su vínculo es de rechazo, de negación, como el agua con el fuego o como el agua y el aceite. Y esta diáspora explica que la preferencia literaria y artística de Marx no fuera, precisamente, la que lo acercase al romanticismo, sino a su opuesto: el realismo (que renació en esa época).

Por otro lado, decir que el marxismo está vinculado con la «utopía social» es tergiversar la esencia materialista del marxismo, pues este no se alimenta de «idealidades» (y la utopía lo es) sino de realidades. Precisamente, Marx, antes de detenerse a explicar lo que será el socialismo o el comunismo, empezó por explicar lo que era y es el capitalismo, y para llegar al estudio de esa realidad se remontó a sus orígenes, investigando sobre los hechos concretos de la economía y la evolución de la sociedad desde sus etapas más antiguas.1 Y, por supuesto, así como las formas de producción anteriores al capitalismo tuvieron defectos que fueron superados por el devenir histórico; sin embargo, a su turno, el capitalismo conservó algunos de esos defectos que eran de su conveniencia y generó otros con los que se mantiene hasta ahora; y es a partir de esos defectos conservados por el capitalismo (y los suyos propios) que Marx proyectó su cambio con una nueva forma de producción: la socialista (que después sería puesta en práctica por la Unión Soviética). Todo ello, pues, no tiene nada de utópico. Y, más bien, la expresión «utopía social» se halla más cercana del socialismo utópico, que fue una ideología política combatida por los padres del socialismo científico, Marx y Engels, este último tiene precisamente un texto titulado Del socialismo utópico al socialismo científico, en el que no comulga para nada con esa ideología utópica que se mueve en el plano de la fantasía o la especulación metafísica, sin poner los pies en la realidad.

Luego de esa aventurada (o desventurada) comparación del marxismo con el romanticismo y la utopía, MM continúa diciendo que el marxismo: «Encandila a millones y millones de personas en todo el mundo hablando del progreso desde la esclavitud hasta el reino futuro de la justicia definitiva. Hace un parangón entre la doctrina teológica de la caída del hombre, del pecado original y de la redención final, y los términos sociales e históricos

Tanto en esta cita como en la anterior lo que se extraña es la inexistencia de citas que refrenden lo aseverado, y es mayor la extrañeza porque se hace usando conceptos —por decir lo menos— inapropiados. Decir que el marxismo «encandila a millones y millones de personas» es como que esas personas se dejan impresionar de manera irreflexiva. Y lo cierto es que el marxismo, además de ser una doctrina con principios científicamente sustentados, ofrece un método (el dialéctico materialista) que permite a cualquier persona a no dejarse «encandilar» por fuegos fatuos o artificiales, como ocurre con las ideologías del capitalismo, sino a reflexionar frente a los problemas que acucian su preocupación cotidiana. Entonces no es que el marxismo encandile a esos millones de personas «hablando del progreso desde la esclavitud hasta el reino futuro de la justicia definitiva»; estas frases no hacen sino tergiversar la esencia de la propuesta marxista, porque no es lo mismo «progreso» que superación dialéctica. El progreso, por supuesto, se da, pero a través de avances coyunturales que no cambian la esencia del orden establecido.2 Y lo que propugna el marxismo no es su cambio formal sino esencial. El progreso es un complemento del reformismo. La superación o transformación de la realidad es lo que el marxismo propugna con la revolución. Y todos los cambios sociales en los modos de producción habidos hasta antes del capitalismo se han dado con revoluciones no con progresos reformistas. Y, por supuesto, la frase con la que sigue su discurso MM, de que el marxismo «hace un parangón entre la doctrina teológica de la caída del hombre, del pecado original y de la redención final, y los términos sociales e históricos» es poco menos que un despropósito. Nada más alejado de la teología que el marxismo. No en vano Marx llamó a la religión «el opio del pueblo», de ningún modo (ni como figura literaria) existe un texto marxista en el que se encuentre algo parecido a ese «parangón».

Y de patinada en patinada, MM sigue falseando la realidad del marxismo. A pie juntillas de lo ya citado, agrega: «Marx tuvo la dificultad de admirar la magnificencia de la antigua Grecia como la más alta cima alcanzada por el ser humano y al mismo tiempo abominar la esclavitud que estaba en el desarrollo primario de la economía griega». Lo que se podría suponer de ese intríngulis es que «la dificultad» de Marx fue debatirse entre admirar la genialidad de los griegos y lamentar («abominar» dice MM) su modo de producción esclavista; lo que se debe seguir de este razonamiento es que Marx no supo resolver esa contradicción. Pero, para quien ha leído a Marx, de primera mano y no a través de exégetas contrarios a él (como es el caso de MM que lo hace a través de George Steiner, pues, a pesar de haber hecho él esa cita de Marx, indica que la ha tomado del libro de George Steiner, Nostalgia del absoluto), esa aparente contradicción fue plenamente resuelta por Marx al precisar que «Las determinaciones naturales subjetivas y objetivas, tribus, razas, etc., deben de tomarse, como es justo, como punto de partida.»

O sea que Marx constató la existencia del modo esclavista en la antigüedad; pero no abominó de él, porque fue una realidad propia de la época que el mismo desarrollo histórico de la humanidad se encargó de «modificar» (hasta llegar a la esclavitud moderna, actual3). Y, de esa constatación, Marx continúa hablando del arte, y dice: «En cuanto al arte, ya se sabe que los períodos de florecimiento determinados no están, ni mucho menos, en relación con el desarrollo general de la sociedad, ni, por consiguiente, con la base material, el esqueleto, en cierto modo, de su organización» (Marx, 1961, Crítica de la economía política. México: Editora Nacional. p. 239). Es decir que, en una sociedad económicamente atrasada, como la griega, se pudo desarrollar un arte y una cultura altamente desarrollados, que aun, modernamente pueden «procurarnos goces estéticos» y pueden considerarse «en ciertos casos como norma y modelo inmarcesibles» (op. cit., p. 240). E inversamente, puede darse el caso de que en una sociedad altamente desarrollada, como la capitalista, el arte se encuentre —también en algunos casos— en un nivel de decadencia altamente alarmante. O sea que no hay tal supuesta «dificultad» que hubiera tenido Marx para explicar las relaciones sociales y sus intercambios entre la estructura social y la superestructura ideológica de la antigüedad o de cualquier otro tipo de sociedad.

Lo que sorprende es que, siguiendo linealmente la lectura del texto de MM, uno se da cuenta de que sus interpretaciones, explicaciones o especulaciones no le son propias; es decir, que no está opinando sobre una lectura directa de los textos marxistas, sino que lo hace a través de una lectura de George Steiner. Sin embargo, empieza diciendo de Marx que:

«En sus escritos de 1844 dijo: “Supongamos que el hombre es hombre y su relación con el mundo es una relación humana. Entonces se puede cambiar amor con amor. Entonces se puede cambiar confianza solamente por confianza” (Cf. Marx ápud Steiner 2001).»

Obsérvese, primero, que la palabra «ápud» es una preposición que se usa para señalar algo que está en la obra, o en el libro de alguien. Entonces, la cita de Marx la ha tomado del libro de Steiner. Y MM, a pie juntillas, agrega: «Suena bíblico, ¿no? Pero el hombre, según el mismo Marx, vive un estado de caída, solo pensando en el dinero; y el dinero es la aptitud, en sus propias palabras, “alienada” del hombre. El dinero es humanidad alienada del hombre.» Y, realmente, no sé si este complemento que hace MM a la cita de Marx corresponde también a Steiner (no poseo ese libro); pero, sea como fuere (complemento explicativo de MM o de Steiner), es una manipulación grosera de la cita que se hace de Marx, sacándola de su contexto; porque el texto de Marx (que sí lo tengo) para nada dice que «el hombre (…) vive un estado de caída, solo pensando en el dinero» (y MM ha intercalado: «según el mismo Marx»). Y, más aún, amplía el infundio: «el dinero es la aptitud, en sus propias palabras, “alienada” del hombۚre», o sea que, según Marx (a través de MM) ‘el hombre tiene una aptitud alienada’, que el hombre está apto para ser alienado. Y lo que dice Marx es que la alienación le viene de fuera, no que él tenga esa aptitud. Textualmente, Marx explica:

«... el dinero, en cuanto concepto existente y activo del valor, confunde y cambia todas las cosas, es la confusión y el trueque universal de todo, es decir, el mundo invertido, la confusión y el trueque de todas las cualidades naturales y humanas» (Manuscritos. Economía y filosofía. Madrid: Alianza Editorial: p. 181).

Y, después de un párrafo extenso, con ejemplos de ese desfase, Marx concluye con la cita que de él ha hecho MM, y, si se observa bien, lo que plantea ahí es una hipótesis, una abstracción subjetiva de la objetividad concreta. Es decir: si el hombre no hubiera sido alienado por el dinero, y fuera verdaderamente humano, podría esperar recibir amor y confianza si es que él diera eso: amor y confianza. Por lo tanto, lo dicho por Marx no tiene nada de bíblico, es una observación totalmente objetiva de la realidad social. El error, pues no está en Marx sino en MM, como también —para terminar con él— está en la siguiente antojadiza y absolutamente equivocada especulación de lo que —según él— es el marxismo:

El marxismo pide a sus adherentes un compromiso total y ofrece a cambio una explicación completa de la función del hombre en la realidad biológica y social. Sin embargo, la más importante predicción marxista no se ha cumplido: el derrumbe del capitalismo. Antes, por el contrario, lo que ha desaparecido es la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, el llamado socialismo realmente existente, y la China, el otro gigante socialista, manteniendo el lenguaje revolucionario, incorporando a su práctica conductas y procedimientos de origen capitalista» (op. cit., 14-15).

Primero, que el marxismo no pide a nadie adhesión y compromiso total a su doctrina, porque no es un dogma de fe, sino de reflexión. Y ya es decisión de quien aplica sus principios y método el seguirlos con objetividad y sin tergiversaciones. Precisamente, cuando Marx se enteró de que había algunos «adherentes» que tergiversaban lo dicho por él y se llamaban «marxistas», él dijo su famosa frase: «Así, yo no soy marxista».

Segundo, hay que decir que la subjetividad es mala consejera cuando con ella se pretende reemplazar la objetividad de un autor, en este caso Marx, diciendo que el marxismo ofrece «una explicación completa de la función del hombre en la realidad biológica y social» (¡?), y peor aun si se hace no desde su misma fuente sino bebiendo esas adulteraciones de intérpretes nada confiables como Steiner quien, es por demás sabido, no fue marxista o si lo fue, por lo tomado de él por MM, es mejor decir, con Marx, yo tampoco soy marxista.

Tercero, y, por supuesto, como MM se cree a sí mismo (o le cree a Steiner) todo lo que ha desbarrado, entonces, llega a la conclusión de que el marxismo ha fracasado, porque «la más importante predicción marxista no se ha cumplido: el derrumbe del capitalismo». Y, por supuesto, ningún marxista (y mucho menos los fundadores de sus tesis principistas) fueron adivinos ni prestidigitadores de feria para andar haciendo predicciones de ninguna especie. Y mucho menos predijeron «el derrumbe del capitalismo». Todo lo contrario. Ellos dijeron que para el mayor desarrollo de la sociedad socialista se tiene que aprovechar los logros más avanzados del capitalismo, y que, en los países, atrasados se tenía que fomentar ese desarrollo. Por eso es que en la Unión Soviética se impulsó el desarrollo industrial, económico y cultural en un país heredado del zarismo que se encontraba en la mayor parte de su territorio lastrado de feudalismo. Fue así que en menos de 30 años (de 1917, triunfo de la revolución socialista, a 1945, derrota del nazi-fascismo) ahí se sentaron las bases de una sociedad socialista, hasta llegar a ser la segunda potencia mundial, en franca competencia con el líder del sistema capitalista (USA), con más de 150 años, si se cuenta desde la revolución francesa hasta el fin de la segunda guerra mundial.

Y, cuarto, entonces, en lugar de hacer especulaciones metafísicas para explicar el receso de la Unión Soviética, lo que se tiene que observar es lo que los marxistas sostienen: que una revolución socialista en un país no está segura con su triunfo, mientras exista otro u otros países capitalistas que buscan su derrota. No fue el sistema socialista el que fracasó —como dicen sus enemigos o sus oficiosos detractores— sino que lo hicieron fracasar —en ese país específico, Rusia— sus enemigos externos e internos.

Pero el mismo MM entra en contradicción pues ha dicho «que lo que ha desaparecido es la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, (es decir, agrega MM) el llamado socialismo realmente existente»; sin embargo, en seguida dice que es «la China, el otro gigante socialista», total, ¿no es que había «desaparecido (…) el llamado socialismo realmente existente»? Y, precisamente, a propósito de China, MM no solo lo reconoce —sin quererlo— como ‘otro gigante socialista realmente existente’, sino que China también está demostrando que no se trata de «derrumbar al capitalismo» sino de aprovechar sus logros, lo que dialécticamente se conoce como: la negación de la negación. Dice Marx:

«El monopolio del capital se convierte en traba del modo de producción que ha florecido junto a él y bajo su amparo. La centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo llegan a tal punto que se hacen incompatibles con su envoltura capitalista. Esta se rompe. Le llega la hora a la propiedad privada capitalista. Los expropiadores son expropiados. (…) la producción capitalista engendra, con la fuerza inexorable de un proceso de la naturaleza, su propia negación. Es la negación de la negación. Esta no restaura la propiedad privada, sino la propiedad individual, basada en los progresos de la era capitalista: en la cooperación y en la posesión colectiva de la tierra y de los medios de producción creados por el propio trabajo» (Marx y Engels, en: Obras escogidas. Moscú: Progreso, 1969, p. 246. Cursiva mía).

 

__________

(1) En palabras del mismo Marx: «Por lo tanto, no analizamos aquí una forma particular del capital, ni la diversidad de capitales particulares, ni sus diferencias respectivas. Observamos su génesis. Ese movimiento dialéctico no es sino la expresión ideal del devenir real del capital. Podemos considerar las relaciones ulteriores como desarrollos producto de este germen. Pero antes, a fin de evitar toda confusión, tenemos que señalar la forma determinada en cierto punto de su desarrollo para hacer su análisis» (Fundamentos de la crítica de la economía política. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales. 1970. p. 221).

(2) Dice Marx: «Todos los progresos de la civilización, es decir, todo aumento de las fuerzas productivas sociales o, si se prefiere, de las fuerzas productivas del trabajo mismo, no enriquecen al obrero sino al capitalista, y esto al mismo título que los resultados de la ciencia, de los descubrimientos, de la división y de la combinación del trabajo, del mejoramiento de los medios de comunicación, de la acción del mercado mundial o del uso de las máquinas. Todo ello aumenta únicamente la fuerza productiva del capital, y como el capital se halla en oposición con el obrero, todo ello no hace más que acrecentar su dominación material sobre el trabajo» (Fundamentos…, op. cit., p. 219).

(3) Esta evolución de la esclavitud, Marx la describe así: «… la riqueza autónoma supone el trabajo forzado inmediato (o sea: la esclavitud) o, si no, el trabajo forzado bajo forma inmediata (es decir, el trabajo asalariado)» [o sea la esclavitud moderna]. (Fundamentos…, op. cit., p. 234).

Creación

Un Poema de Jorge Enrique Adoum*

  

Danzante del Destino

                                       

Preguntan de dónde soy,

y no sé qué responder:

de tanto no tener nada

no tengo de dónde ser.

 

Un día me iré a quemar

todo el trigo del dolor:

entonces ha de haber patria,

ahora hay tierras del patrón.

 

Debajo del campo verde

harta sangre hay en el suelo:

yo no sabré a donde voy

pero sé de dónde vengo.

 

El indio que cae sabe

cuánta tierra al fin le toca

pues reconoce el sabor

de otros indios en la boca.

 

*Poeta ecuatoriano (1926-2009). Además de poeta, Jorge Enrique Adoum fue novelista, dramaturgo y ensayista. Tradujo a poetas como, Nazim Hikmet, Langston Hughes, Yannis Ritsos y Mao Zedong. Libros: Ecuador Amargo (1949), Informe Personal sobre la Situación (1973), No Son Todos los que Están (1979), El Amor Desenterrado (1993), Poesía Hasta Hoy (2008). (Nota del Comité de Redacción).

sábado, 3 de diciembre de 2022

Política

La Obra de Mao Zedong y el Revisionismo Chino 

(Primera Parte) 

Eduardo Ibarra

I

El Comité Central del Partido Comunista de China, el Comité Permanente de la Asamblea Popular Nacional de la República Popular de China, el Consejo de Estado de la República Popular de China y la Comisión Militar del Comité Central del Partido Comunista de China, adoptaron el 8 de octubre de 1976 la «Decisión sobre la publicación de las obras escogidas de Mao Tsetung y sobre los preparativos para la publicación de las obras completas de Mao Tsetung».

En esta «Decisión» se dice:


Durante más de medio siglo, conforme al principio de integrar la verdad universal del marxismo-leninismo con la práctica concreta de la revolución, el gran líder y maestro el Presidente Mao Tsetung heredó, defendió y desarrolló el marxismo-leninismo en los diversos aspectos y enriqueció el tesoro teórico del marxismo, al dirigir las grandes luchas por cumplir la revolución de nueva democracia y realizar la revolución y construcción socialistas en nuestro país, en las grandes luchas contra las líneas oportunistas de derecha y de “izquierda” en el seno del Partido, y en las grandes luchas contra el imperialismo, contra el revisionismo contemporáneo que tiene como centro a la camarilla renegada revisionista soviética y contra los reaccionarios de diversos países. Las obras del Presidente Mao son imperecederos documentos del marxismo-leninismo. La publicación de las obras del Presidente Mao tiene gran importancia inmediata y significado histórico de largo alcance para que el pueblo de las diversas nacionalidades de nuestro país cumpla el legado del Presidente Mao y lleve hasta el fin la causa revolucionaria proletaria y para la causa de la liberación del proletariado y de las naciones y pueblos oprimidos del mundo entero, y constituye un gran acontecimiento en la historia del desarrollo del marxismo. Debemos esforzarnos de manera seria y concienzuda por realizarla bien. («Gloria eterna al gran líder y maestro el presidente Mao Tsetung”, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Pekín, 1976, p. 31).

En abril de 1977 apareció la primera edición del V tomo de las Obras escogidas de Mao, con una «Nota Aclaratoria” firmada en marzo del mismo año por la «Comisión del Comité Central del Partido Comunista de China para la Recopilación y Publicación de las Obras del Presidente Mao Tsetung».

        En esta «Nota» se afirma:


En cumplimiento de la decisión del Comité Central del Partido Comunista de China, sale ahora el quinto tomo de Obras Escogidas de Mao Tsetung y se publicarán, sucesivamente, los tomos siguientes. (Obras escogidas de Mao Tsetung, t. V, ELE, Pekín, 1977, p. 5)

En el mismo lugar se sostiene lo siguiente sobre el contenido del V tomo:


La más grande contribución teórica del camarada Mao Tsetung en este período [inaugurado por la fundación de la República Popular de China] consiste en que, habiendo sintetizado de manera sistemática la experiencia histórica de la dictadura del proletariado en nuestro país y en el terreno internacional y habiendo analizado las contradicciones, las clases y la lucha de clases en la sociedad socialista a la luz del concepto fundamental de la dialéctica materialista –la unidad de los contrarios–, elucidó las leyes del desarrollo de la sociedad socialista y creó la gran teoría de la continuación de la revolución bajo la dictadura del proletariado. Las nuevas ideas y conclusiones del camarada Mao Tsetung sobre la revolución proletaria y la dictadura del proletariado han enriquecido enormemente el arsenal teórico del marxismo-leninismo en los dominios de la filosofía, la economía política y el socialismo científico. Ellas no sólo han señalado a nuestro pueblo el camino fundamental a seguir para consolidar la dictadura del proletariado, prevenir la restauración capitalista y construir el socialismo, sino que encierran un significado mundial grandioso y de largo alcance (ibídem, pp. 5-6).

La publicación del V tomo de las Obras escogidas de Mao fue todo lo que hizo la mencionada Comisión, la cual no solo no ha publicado hasta hoy los tomos siguientes de tales Obras escogidas, sino que tampoco dio inicio a la publicación de las Obras completas de Mao. Y, como es obvio, desde la fecha de la «Decisión» citada arriba hasta el día de hoy, han pasado 45 años. ¡Casi medio siglo!(1)

Pero se entiende que ello haya ocurrido, pues luego de copar completamente el CC del PCCh, en la VI Sesión Plenaria del XI Comité Central de este partido (27 de junio de 1981), los revisionistas aprobaron, por unanimidad, una «Resolución» donde se afirma:


El VIII Congreso Nacional del Partido, que se celebró en septiembre de 1956, fue todo un éxito. El Congreso señaló: En nuestro país se ha establecido, en lo fundamental, el sistema socialista; debemos seguir luchando por… la realización total de las transformaciones socialistas y la liquidación final del sistema de explotación del hombre por el hombre y por la eliminación de las fuerzas remanentes de la contrarrevolución, pero la contradicción principal en el país ya no es entre la clase obrera y la burguesía, sino la contradicción entre las demandas del pueblo por un rápido desarrollo económico y cultural y el grado de desarrollo económico y cultural que no puede satisfacer esas demandas; la tarea principal de todo el pueblo consiste en concentrar los esfuerzos en el desarrollo de las fuerzas productivas sociales, en la industrialización del país y en la satisfacción gradual de las crecientes demandas materiales y culturales del pueblo; aunque existe todavía la lucha de clases y es necesario seguir fortaleciendo la dictadura democrática popular, la tarea fundamental de ésta última ya pasó a ser la protección y el desarrollo de las fuerzas productivas en las nuevas relaciones de producción.… La línea trazada por el VIII Congreso fue correcta y señaló el rumbo tanto para el desarrollo de la causa socialista como para la construcción del Partido en el nuevo período.

En la X Sesión Plenaria del VIII CC del Partido, celebrada en septiembre de 1962, el camarada Mao Zedong exageró la lucha de clases existente dentro de una esfera determinada de la sociedad socialista, considerándola como algo absoluto. Así pues, desarrolló sus puntos de vista, que ya habían sido expuestos luego de la lucha contra los derechistas en 1957, en el sentido de que la contradicción entre el proletariado y la burguesía seguía siendo la contradicción principal en nuestra sociedad y llegó a afirmar que, a lo largo de todo el período del socialismo, la burguesía no dejaría de existir y de pretender la restauración de su dominación, y que en esto se hallaba el origen del revisionismo en el seno del Partido.

La “revolución cultural” que transcurrió desde mayo de 1966 hasta octubre de 1976, acarreó al Partido, al Estado y al pueblo el más grave revés y pérdida conocidos desde la proclamación de la Nueva China. Fue iniciada y dirigida por el camarada Mao Zedong. Los argumentos principales esgrimidos por el camarada Mao Zedong fueron como sigue: Un nutrido grupo de representantes de la burguesía y revisionistas contrarrevolucionarios se habían infiltrado en el Partido, el gobierno, el ejército y los diversos sectores del campo cultural. La dirección de la gran mayoría de las entidades ya no estaba en manos de marxistas y de las masas populares. Los dirigentes seguidores del camino capitalista en el seno del Partido habían formado en el CC un cuartel general burgués, el cual se atenía a una línea política y organizativa revisionista y tenía colocados sus agentes tanto en las provincias, municipios y regiones autónomas como en los departamentos centrales. Las luchas realizadas en el pasado no habían logrado solucionar el problema y sólo se podría recuperar el poder usurpado por los dirigentes seguidores del camino capitalista desplegando una revolución cultural orientada a movilizar a las grandes masas para exponer de manera abierta y de abajo hacia arriba ese cuadro sombrío en todos sus aspectos. Se trataba, en esencia, de una revolución política para el derrocamiento de una clase por otra. Semejante revolución debería realizarse varias veces más en el futuro. Estos argumentos fueron expuestos principalmente en la “Circular del 16 de Mayo”, considerada como documento programático de la “revolución cultural”, y en el informe político ante el IX Congreso Nacional del Partido. Se los consagró en los términos conocidos como “teoría sobre la continuación de la revolución bajo la dictadura del proletariado”, de manera que la fórmula “la continuación de la revolución bajo la dictadura del proletariado” revistió un sentido específico. Estos erróneos argumentos de desviación izquierdista del camarada Mao Zedong para iniciar la “revolución cultural” se salieron evidentemente de la órbita del pensamiento Mao Zedong, que es la integración de los principios universales del marxismo-leninismo con la práctica concreta de la revolución china.

Los sucesos de la “revolución cultural” demuestran que los principales argumentos que el camarada Mao Zedong esgrimió para iniciarla no correspondían ni al marxismo-leninismo ni a la realidad de China, por cuanto la valoración que hizo de la situación de las clases en nuestro país y de la situación política del Partido y el Estado en aquel período fue completamente errónea.

Bajo el sistema socialista no existe ni base económica ni base política para realizar una llamada gran revolución política que conlleve el “derrocamiento de una clase por otra”.

El IX Congreso Nacional del Partido legalizó la errónea teoría y práctica de la “revolución cultural” … Fue errónea la orientación del IX Congreso Nacional del Partido en los terrenos ideológico, político y organizativo.

En 1970-1971, la camarilla contrarrevolucionaria de Lin Biao intentó arrebatar el Poder supremo y montar un golpe de Estado armado contrarrevolucionario. Este suceso fue una consecuencia de la “revolución cultural”, que había echado abajo toda una serie de principios básicos del Partido, y fue una expresión objetiva del fracaso de esa revolución tanto en la teoría como en la práctica… El X Congreso Nacional del Partido siguió con los errores de izquierda del IX Congreso…

Con respecto a la “revolución cultural”, un grave error de desviación izquierdista, de carácter general y de larga duración, el camarada Mao Zedong debía cargar con la responsabilidad principal. Sin embargo, el error del camarada Mao Zedong fue, en fin de cuentas, un error cometido por un gran revolucionario proletario.

Después de una amplia y concienzuda labor de investigación, hemos rehabilitado al camarada Liu Shaoqi…

Se ha abolido la llamada “gran competencia de ideas, gran apertura de opiniones, gran debate y dazibao”, desfavorables para el fomento de la democracia socialista.

En modo alguno permitiremos la repetición de ningún caos tipo “revolución cultural”, sean cuales fueren los límites en que ocurra. (Resolución sobre algunos problemas en la historia del PCCH (1949-1981), ELE, Beijing, 1981, pp. 25-26, 33-34, 36-37, 37-38, 40, 42-43, 46, 60, 61, 89-90) 

Así, pues, el XI Comité Central del PCCh «desagravió» el VIII Congreso de este partido «reivindicando» la tesis revisionista según la cual la contradicción principal en China ya no es entre el proletariado y la burguesía, sino «entre las demandas del pueblo por un rápido desarrollo económico y cultural y el grado de desarrollo económico y cultural que no puede satisfacer esas demandas». 

Pero además –y en consonancia con lo anterior– aquello de que «La más grande contribución teórica del camarada Mao Tsetung [en el período del socialismo] consiste en que… creó la gran teoría de la continuación de la revolución bajo la dictadura del proletariado» («Nota aclaratoria»), fue sustituido por la afirmación según la cual esta teoría es una «desviación izquierdista, de carácter general y de larga duración», una «errónea teoría y práctica», un «caos». («Resolución»). 

        Por eso la «rehabilitación» de Liu Shaoqi era cosa que caía por su propio peso. Y lo mismo la abolición de la «gran competencia de ideas, gran apertura de opiniones, gran debate y dazibao». 

Así las cosas, la afirmación según la cual «el error del camarada Mao Zedong fue, en fin de cuentas, un error cometido por un gran revolucionario proletario», se revela como uno de esos trucos propios de los revisionistas de todos los tiempos: simular ponderación para liquidar mejor el pensamiento revolucionario y, en el caso de que tratamos, el pensamiento de Mao. ¿Acaso este pensamiento no ha sido reemplazado por el pensamiento de Deng Xiaping? 

Por eso la dirección revisionista china dice que «Bajo el sistema socialista no existe ni base económica ni base política para realizar una llamada gran revolución política que conlleve el “derrocamiento de una clase por otra”.» 

Con base en esta conjetura, los revisionistas chinos prometen que «En modo alguno [permitirán] la repetición de ningún caos tipo “revolución cultural”, sean cuales fueren los límites en que ocurra.» 

Estas afirmaciones son expresivas de una oposición rabiosa a la más grande contribución de Mao al marxismo-leninismo: la teoría de la continuación de la revolución bajo la dictadura del proletariado, así como son igualmente expresivas del camino restauracionista que tiene como órbita la teoría revisionista de las fuerzas productivas. 

Analicemos, pues, a la luz de la teoría marxista, estas afirmaciones de los revisionistas chinos.


10.01.2021.

CREACIÓN HEROICA