lunes, 1 de julio de 2019

Materialismo histórico

Acerca del Materialismo Histórico: Dilucidación Preliminar*
Advertencia a la Segunda Edición

Antonio Labriola

LAS IDEAS NO CAEN DEL CIELO ni nosotros recibimos el bien de dios en sueños.

        La mutación en los modos del pensamiento que por último ha producido la doctrina histórica de la cual se hace aquí el balance y la exposición preliminar, se ha ido desarrollando, primero con lentitud y después con creciente rapidez, precisamente en este periodo del devenir humano en que tuvieron lugar las grandes revoluciones político-económicas, o sea, en esta época que, mirada en las formas políticas, dícese liberal, pero que, mirada en su fondo, por efecto del dominio del capital sobre la masa proletaria, es la época de la producción anárquica. La mutación en las ideas, hasta la creación de nuevos métodos de concepción, ha ido reflejando paso a paso la experiencia de una nueva vida. Como ésta, en las revoluciones de los dos últimos siglos, se ha ido despojando poco a poco de las envolturas mítica y religiosas a medida que ha ido adquiriendo conciencia práctica y precisa de sus condiciones inmediatas y directas, , así el pensamiento que esta vida resume y teoriza se ha despojado a su vez de los presupuestos teológicos y metafísicos para encerrarse, al fin, en esta prosaica exigencia: en la interpretación de la historia hay que limitarse a la coordinación objetiva de las condiciones determinantes y de los efectos determinados. La concepción materialista señala el ápice de esta nueva dirección en el hallazgo de las leyes histórico-sociales, por cuanto no es un caso particular de una genérica sociología o de una genérica filosofía del estado, del derecho y de la historia, sino la solución de todas las dudas y todas las incertidumbres que acompañan a las otras formas de filosofar sobre las cosas humanas, y el inicio de la interpretación integral de éstas.

        Es cosa fácil, pues, especialmente por el modo en que se han dedicado a ello algunos vulgares criticastros, andar buscando los precursores de Marx y Engels, que han sido los primeros en precisar los fundamentos de esta doctrina. ¿Y cuándo se le ha ocurrido a alguno de sus seguidores, aun los de más estricta observancia, hacer pasar a esos dos pensadores por hacedores de milagros? Antes bien, si place andar buscando las premisas de la creación doctrinal de Marx y Engels, no bastará detenerse en aquellos que se dicen precursores del socialismo hasta Saint-Simon y más allá, ni en los filósofos y principalmente en Hegel, ni en los economistas que han puesto de manifiesto la anatomía de la sociedad que produce las mercancías: precisa remontarse a toda la formación de la sociedad moderna y luego, por último, declarar triunfalmente que la teoría es un plagio de las cosas que explica.

        Porque, en verdad, los precursores efectivos de la nueva doctrina fueron los hechos de la historia moderna, que ha llegado a ser tan perspicua y reveladora de sí misma desde que se operó en Inglaterra la gran revolución industrial de fines del siglo pasado y en Francia tuvo lugar la gran dilaceración social que todos sabemos, las cuales, mutatis mutandi, se han ido reproduciendo después en diversa combinación y en formas más aplicables a todo el mundo civilizado. ¿Y qué otra cosa es, en el fondo, el pensamiento sino el conciente y sistemático complemento de la experiencia, y qué es ésta sino el reflejo y la elaboración mental de las cosas y los procesos que nacen y se desarrollan fuera de nuestra voluntad o por obra de nuestra actividad, y qué otra cosa es el genio sino la individual, consecuente y aguda forma de ese pensamiento, que por sugestión de la experiencia surge en muchos hombres de la misma época, pero que en la mayor parte de ellos queda fragmentario, incompleto, incierto, oscilante y parcial?

        Las ideas no caen del cielo; antes bien, como cualquier otro producto de la actividad humana, se forman en circunstancias dadas, en una precisa madurez de tiempo, por la acción de determinadas necesidades y las reiteradas tentativas de dar satisfacción a éstas, y con el hallazgo de tales o cuales medios de prueba que son como los instrumentos de su producción y elaboración. También las ideas suponen un terreno de condiciones sociales y tienen su técnica: y el pensamiento es también una forma de trabajo. Apartar aquéllas y éste, o sea, las ideas y el pensamiento, de las condiciones y el ámbito de su propio nacimiento y desarrollo, es desfigurar su naturaleza y significado.

        Mostrar cómo la concepción materialista de la historia ha nacido precisamente en condiciones dadas, esto es, no como opinión personal y discutible de dos escritores, sino como una nueva conquista del pensamiento por la inevitable sugestión de un nuevo mundo que se está generando, o sea, la revolución proletaria, fue el tema de mi primer ensayo. Lo que es como decir que una nueva situación histórica se ha completado con su congruente instrumento mental.

        Ahora bien, imaginar que esta producción intelectual pudiese tener lugar en todo tiempo y lugar es como elevar a regla de las propias investigaciones el absurdo. Trasferir las ideas caprichosamente del terreno de las condiciones históricas en que han nacido a cualquier otro terreno, es como tomar por base del razonamiento lo simple irracional. ¿Y por qué no se debiera imaginar igualmente que la ciudad antigua, en la cual nacieron el arte y la ciencia griegos y el derecho romano, aun siendo ciudad antigua de democracia con esclavos, alcanzase y desarrollase de igual modo todas las condiciones de la técnica moderna? ¿Por qué no creer que la corporación artesana medieval, permaneciendo tal cual era en su marco fijo, se encaminase a la conquista del mercado mundial sin las condiciones de la competencia ilimitada que comenzaron precisamente a socavarla y negarla? ¿Por qué no imaginar un feudo, que aunque permaneciendo feudo, sea empresa de producción exclusiva de mercancías? ¿Por qué Miguel de Lando no habría escrito el Manifiesto de los comunistas? ¿Por qué no se podría pensar que los hallazgos de la ciencia moderna podrían haber nacido en el cerebro de los hombres de otro lugar y tiempo, esto es, antes de que determinadas condiciones hicieran nacer determinadas necesidades, y a la satisfacción de éstas hubiera que proveer con una reiterada y acumulada experiencia?

        Nuestra doctrina supone el desarrollo amplio, claro, conciente y apremiante de la técnica moderna y con ésta la sociedad que produce las mercancías en los antagonismos de la competencia, la sociedad que supone como su condición inicial y como medio indispensable a su perpetuación la acumulación capitalista en la forma de la propiedad privada, la sociedad que produce y reproduce de continuo los proletarios y para regirse tiene necesidad de revolucionar incesantemente sus instrumentos, comprendiendo el estado y los engranajes jurídicos de éste. Esta sociedad que, por las leyes mismas de su movimiento, ha puesto al desnudo su propia anatomía, produce de rechazo la concepción materialista. Como ha producido en el socialismo su negación positiva, así ha generado en la nueva doctrina histórica su negación ideal. Si la historia es el producto no arbitrario, sino necesario y normal, de los hombres en cuanto se desarrollan, y se desarrollan en cuanto socialmente experimentan, y experimentan en cuanto perfeccionan y refinan el trabajo, y acumulan y conservan los productos y resultados de éste, la fase de desarrollo en que ahora vivimos no puede ser la última y definitiva, y los contrastes a ésta inherentes y congénitos son las fuerza productoras de nuevas condiciones. Y he aquí cómo el período de las grandes revoluciones económicas y políticas de estos dos últimos siglos ha madurado en la mente estos dos conceptos: la inmanencia y constancia del proceso en los hechos históricos y la doctrina materialista, que en el fondo es la teoría objetiva de las revoluciones sociales.

        No hay duda que remontarse a través de los siglos y reconstruir estudiadamente con el pensamiento el desarrollo de las ideas sociales, aunque no hay de ello documento en los escritores, es cosa que resulta todavía bastante instructiva y ayuda sobre todo a acrecentar en nosotros la conciencia crítica, tanto de nuestros conceptos como de nuestros procedimientos. Tal regreso de la mente a sus premisas históricas, cuando no nos lleva a extraviarnos en el empirismo de una ilimitada erudición o nos induce a la tentación de establecer apresuradamente vanas analogías, ayuda sin duda a dar flexibilidad y eficacia de persuasión a las formas de nuestra actividad científica. En el conjunto de nuestras ciencias se halla ahora, por vía de hecho y por aproximada continuidad de tradición, lo óptimo de cuanto fue encontrado, inferido y probado, no en los tiempos modernos, sino en los de la antigua Grecia, con la cual comienza, precisamente, de modo definitivo para todo el género humano, el desarrollo ordenado del pensamiento conciente, reflejo y metódico. No nos sería dado dar un solo paso en la investigación científica sin el uso de los medios desde hace tiempo hallados y prestos, como por ejemplo, para proponer algunos de los más generales, la lógica y la matemática. Tener una opinión contraria sería como decir que cada generación debe comenzar desde el principio, aniñándose.

        Pero ni a los antiguos autores, en el angosto ámbito de sus repúblicas de ciudad, ni a los escritores del renacimiento, inciertos siempre entre un imaginado retorno a lo antiguo y la necesidad de aferrar intelectualmente el mundo nuevo, que estaba en gestación, fue dado llegar al análisis preciso de los elementos últimos de los cuales resulta la sociedad, que el genio insuperado de Aristóteles no vio ni comprendió más allá de los confines en que se despliega la vida del hombre urbano.

        Las investigaciones sobre la estructura social, considerada en sus modos de origen y proceso, se hace viva y aguda, y asume aspectos multiformes en los siglos XVII y XVIII, cuando se formó la economía y, junto a ésta, bajo los varios nombres de derecho natural, ensayos sobre el espíritu de las leyes y contrato social, se abrió camino la tentativa de resolver en causas, en factores, en datos lógicos y psicológicos, el multiforme y no siempre claro espectáculo de una vida en que se preparaba la más grande revolución que se conoce. Estas doctrinas, cualquiera que fuese el intento subjetivo y el ánimo de los autores –como es el caso antitético del conservador Hobbes y del proletario Rousseau–, fueron todas revoluciones en la sustancia y en los efectos. En el fondo, en todas se encuentran siempre, como estímulo y como motivo, las necesidades materiales y morales de la era nueva, que por las condiciones históricas eran las de la burguesía: y por esto convenía combatir, en nombre de la libertad, a la tradición, la iglesia, el privilegio, las clases fijas, o sea los órdenes y clases y por consiguiente el estado que de éstos era o parecía autor, y además los privilegios del comercio, las artes, el trabajo y la ciencia. Por esto se miró al hombre en abstracto, o sea, a los individuos emancipados y liberados, por virtud de abstracción lógica, por sus vínculos históricos y de necesaria dependencia social, y en la mente de muchos el concepto de la sociedad se vino como a reducir a un átomo y, antes bien, pareció natural, además, creer que la sociedad misma no era sino una suma de individuos. Las categorías abstractas de la psicología individual se vieron como lanzadas hacia adelante o puestas en la cima de la explicación de todos los hechos humanos; y he aquí como en todos estos sistemas y lucubraciones no se habla sino de miedo, de amor propio, de egoísmo, de obediencia voluntaria, de tendencia a la felicidad, de originaria bondad del hombre, de libertad de contratar, y también de conciencia moral, de instinto y sentido moral y otras cosas semejantes abstractas y genéricas, como las que fueron suficientes para explicar la historia concreta existente y para crear otra completamente nueva.

        En el momento en que toda la sociedad entraba en una estrepitosa crisis, el horror a lo antiguo, a lo rancio, a lo tradicional, a lo organizado desde hacía siglos, y el presentimiento de una renovación de toda la existencia humana, generaron por último un oscurecimiento total en las ideas de necesidad histórica y necesidad social, o sea, en esas ideas que, aludidas apenas por los filósofos antiguos y venidas después a tanto desarrollo en nuestro siglo, en ese período de racionalismo revolucionario no tuvieron sino raros representantes, como Vico, Montesquieu y, en parte, Quesnay. En esta situación histórica, que hace nacer una literatura aguda, ágil, subvertidora, penetrante y popularísima, está la razón de lo que Luis Blanc, con cierto énfasis, llamó individualismo, con cuya palabra otros después de él han creído dar expresión a un hecho permanente de la naturaleza humana que puede servir, sobre todo, como argumento decisivo contra el socialismo.

        ¡Singular espectáculo, o más bien singular contraste! El capital, una vez que se hubo formado, tendía a vencer toda otra forma precedente de producción, rompiendo sus vínculos y salvando los impedimentos, esto es, tendía a ser el señor directo o indirecto de la sociedad, como de hecho ha llegado a ser en la mayor parte del mundo, del que después nacieron, junto a todos los modos de la miseria moderna y de nueva jerarquía en que ahora vivimos, las más estridentes antítesis de toda la historia, o sea, la actual entre la anarquía de la producción en el complejo de la sociedad y el férreo despotismo del modo de producir en cada empresa, fábrica o industria. ¡Pues bien, los pensadores, filósofos, economistas y divulgadores del siglo XVIII no veían sino libertad e igualdad! Todos razonaban del mismo modo, todos partían de las mismas premisas, ya concluyesen que la libertad debía obtenerse de un gobierno de pura administración o fuesen francamente democráticos y aun comunistas. El reino próximo de la felicidad estaba a la vista de todos como indudable advenimiento, una vez que fuesen cortados los vínculos e impedimentos que al hombre, por naturaleza bueno y perfectible, habían impuesto la forzada ignorancia y el despotismo de la iglesia y el estado. Estos impedimentos no parecían condiciones y términos en los cuales los hombres se hubiesen hallado por las leyes de su desarrollo y por la trama inevitable del movimiento antagónico, por lo incierto y flexible de la historia, como nos parecen finalmente a nosotros por la preponderancia del historicismo objetivo; antes bien, parecían simples estorbos del que el uso recto de la razón debía liberarnos. En este idealismo, que llega a su ápice en algunos de los héroes de la Gran Revolución, retoñó una fe ilimitada en el seguro progreso de todo el género humano. Por primera vez el concepto de humanidad aparece en toda su extensión y sin mezcla de ideas o presupuestos religiosos. Los más resueltos de todos estos idealistas fueron precisamente los materialistas extremos, como aquellos que, negando todo objeto a la fantasía religiosa, asignaban a la felicidad esta tierra como seguro dominio, aunque la razón cerrase la vía.

        Pero las ideas fueron maltratadas bárbaramente por las prosaicas cosas, como ocurrió entre fines del siglo pasado y comienzos de éste. Bastante dura fue la lección de los hechos, de la cual derivaron las más tristes desilusiones, y de ello siguió luego una radical repugnancia en los espíritus. Los hechos, en una palabra, resultaron contrarios a toda esperanza, lo que si primero produjo cansancio en los desengañados no pudo menos que suscitar deseo y necesidad de nueva investigación. Es sabido como Saint-Simon Y Fourier, en los cuales, a principios de siglo, se produce, en formas unilaterales de la genialidad prematura, la reacción contra los resultados inmediatos de la gran revolución político-económica, se levantaron resueltamente, el primero contra los juristas y el segundo contra los economistas.

        De hecho, removidos los impedimentos a la libertad que fueron propios de otros tiempos, se habían presentado otros nuevos y a menudo más graves y más dolorosos, y como la felicidad igual para todos no había cristalizado, la sociedad permanecía en su forma política, tal como antes, o sea, una organización de las desigualdades. La sociedad debe ser, pues, algo por sí fijo, algo natural, un semoviente complejo de relaciones y condiciones que desafía los buenos propósitos subjetivos de sus componentes y pasa por alto las ilusiones y los designios de los idealistas. Sigue, pues, su propia marcha, de la cual será lícito abstraer leyes de proceso y desarrollo, ¡pero a la cual no es dado imponérselos! Por tal conversión de las mentes, el siglo XIX se anunció con la vocación de ser el siglo de la ciencia histórica y la sociología.

        El pensamiento invadió y penetró, de hecho, todo campo de la actividad humana con el principio del desarrollo. En este siglo fue hallada la gramática histórica y reinventada la clave para explorar la génesis de los mitos. En este siglo fueron descubiertas las huellas embriogenéticas de la prehistoria y puestas por primera vez en serie de proceso las formas políticas y jurídicas. El siglo XIX se anunció como el siglo de la sociología en la persona de Saint-Simon, en el cual, como ocurre a los autodidactas y los precursores geniales, se encuentran confusos y juntos los gérmenes de muchas tendencias contradictorias. A este respecto la concepción materialista es un resultado; pero un resultado que es la realización de todo un proceso de formación, y como resultado y realización es también la simplificación de toda la ciencia histórica y de toda la sociología, porque nos remite de los derivados y las condiciones complejas a las funciones elementales. Y esto ha acontecido por la directa sugestión de una nueva y estruendosa experiencia.

         Las leyes de la economía, como son por sí y por sí se explican, habían triunfado sobre todas las ilusiones, habíanse mostrado directoras de la vida social. La gran revolución industrial, operada primero en Inglaterra a la luz del día o más bien en el siglo de las luces, hacía entender que las clases, si no están en la naturaleza, no son tampoco consecuencia del azar o del arbitrio; antes bien nacen histórica y socialmente dentro y en torno de una determinada forma de producción. ¿Y quién, en verdad, no había visto surgir ante sus ojos a los nuevos proletarios, de la ruina económica de tantas clases de pequeños propietarios, de pequeños campesinos y artesanos, y quién no era capaz de advertir el método de tal nueva creación de un nuevo estado social a que tantos hombres venían a quedar reducidos por la fuerza? ¿Quién no era capaz de advertir que el dinero convertido en capital había logrado en breve lapso mayorear por la atracción que ejerce sobre el trabajo de los hombres libres, en los cuales la necesidad de darse libremente como mercancía había sido desde mucho antes preparada con cuidadosos métodos de derecho y por las vías de una violenta o indirecta expropiación? ¿Quién no ha visto surgir las nuevas ciudades en torno a las fábricas y ceñirse a su perímetro la desoladora miseria, que ya no era un caso de singular desventura, sino la condición y las formas de la riqueza? Y en esa miseria de nuevo estilo eran muchas las mujeres y los niños, salidos por primera vez de una ignorada existencia para figurar en el escenario de la historia como siniestra ilustración de la sociedad de los iguales. ¿Y quién no sentía –existiese o no la sedicente teoría del reverendo Malthus– que el número de coexistentes que este modo de organización económica puede contener, si bien a veces es insuficiente para quien por la suerte favorable de la producción tiene necesidad de brazos, otras veces es abundante y por ello no ocupable y pavoroso? Se hacía, además, cosa evidente que la rápida y violenta transformación económica operada ruidosamente en Inglaterra había resultado allí porque ese país se había podido crear, frente al resto de Europa, un monopolio hasta entonces nunca visto, y para regir este monopolio había sido necesaria una política sin escrúpulos, la cual permitía a todos de una vez traducir a prosa el mito ideológico del estado que habría de ser tutor y pedagogo del pueblo.

        En la visión inmediata de tales consecuencias de la nueva vida se originó el pesimismo, más o menos romántico, de los laudatores temporis acti, desde De Maistre a Carlyle. La sátira del liberalismo invade las mentes y la literatura a principios de este siglo. Comienza esa crítica de la sociedad en la cual está el inicio de toda la sociología. Precisaba ante todo vencer la ideología que habíase acumulado y expresado en las muchas doctrinas del derecho natural y el contrato social. Precisaba ponerse de nuevo frente a los hechos que las rápidas vicisitudes de un proceso tan intenso imponían a la atención en formas tan nuevas y pavorosas.

        He aquí a Owen, el inigualable bajo todos los aspectos; pero por eso especialmente él fue tan clarividente sobre las causas de la nueva miseria como ingenuo al investigar los modos de vencerlas. Precisaba llegar a la crítica objetiva de la economía, que aparece por primera vez, en formas unilaterales y reaccionarias, en Sismondi. En ese período de tiempo, en que se cambiaban las condiciones de una nueva ciencia histórica, nacen y atraen sobre sí la atención muy diversas formas de socialismo utópico, unilateral y francamente extravagantes que no llegaron nunca a los proletarios porque estos no tenían conciencia política o porque, teniéndola, se movían a saltos, como en las conspiraciones y revueltas francesas de 1830-1848, o giraban en el terreno práctico de las reformas inmediatas, como es el caso de los cartistas. Y, no obstante, todo este socialismo, aunque utópico, fantástico e ideológico, era una crítica inmediata y a menudo genial de la economía, una crítica unilateral que necesitaba el complemento científico de una general concepción histórica.

        Todas estas formas de crítica parcial unilateral e incompleta desembocaron efectivamente en el socialismo científico. Éste no es ya la crítica subjetiva aplicada a las cosas, sino el hallazgo de la autocrítica que está en las cosas mismas. La crítica verdadera de la sociedad es la sociedad misma, que por las condiciones antitéticas de los contrastes en que se apoya genera por sí misma la contradicción, y ésta vence luego por el paso a una nueva forma. La solución de las presentes antítesis es el proletariado, sépanlo o no los mismos proletarios.

        Así como en ellos su propia miseria ha llegado a ser la condición evidente de la sociedad presente, también en ellos y en la miseria está la razón de ser la nueva revolución social. En este paso de la crítica del pensamiento subjetivo, que examina desde afuera las cosas e imagina poder corregirlas por su cuenta, a la inteligencia de la autocrítica que la sociedad ejerce sobre sí misma en la inmanencia de su propio proceso, solamente en esto consiste la dialéctica de la historia que Marx y Engels, sólo en cuanto eran materialistas, extrajeron del idealismo de Hegel. Y a fin de cuentas poco importa si de tales ocultas y complicadas formas del pensamiento no saben darse cuenta los literatos que no conocen otra significación de la palabra dialéctica sino la del artificio sofístico, ni los doctos y eruditos que no son nunca aptos para superar el conocimiento empíricamente disgregado de los simples particulares.

        Pero el gran vuelco económico que ha ofrecido los materiales de que está compuesta la sociedad moderna, en la cual ha llegado, al fin, a su casi completo desarrollo el imperio del capitalismo, no habría logrado tan rápida y sugestiva enseñanza si no hubiese sido luminosamente ilustrado por el movimiento vertiginoso y catastrófico de la revolución francesa. Puso ésta en plena evidencia, como en trágica representación, todas las fuerza antagónicas de la sociedad, porque se abrió camino entre las ruinas y señaló en breve lapso, precipitadamente, todas las fases de su nacimiento y ordenamiento.

        Nace la revolución de los impedimentos que la burguesía debía vencer con la violencia, después de que pareció evidente que la transición de la vieja a la nueva forma de producción –o de propiedad, como dicen por necesidad de jerga profesional los juristas– no podía tener lugar por las vías más tranquilas de las reformas sucesivas y graduales. Y por eso fue levantamiento, contradicción y confusión de todas las viejas clases del ancien régime, rápida y vertiginosa formación al mismo tiempo de nuevas clases en el brevísimo pero singularmente intenso período de sólo diez años, que en comparación con la ordinaria historia de otros países y tiempos parecen siglos. En esta comprensión de vicisitudes de siglos en tan breve número de años se simplificaron los momentos y los aspectos más característicos de la sociedad nueva o moderna, con tanto mayor evidencia cuanto que la pugnaz burguesía había creado por sí misma tales medios y órganos intelectuales, que poseía en la teoría de su propia obra la conciencia refleja de su movimiento.

        La violenta expropiación de una parte no pequeña de la vieja propiedad, esto es, de la que estaba inmovilizada en el feudo, en los patrimonios reales y principescos y en la mano muerta, con los derechos reales y personales que de ello derivaban por mil vías, puso a disposición del estado, convertido por necesidad de las cosas en un terrible y omnipotente gobierno de excepción, una masa extraordinaria de medios económicos, y éstos, por un lado, dieron lugar a la singular economía de los asignados, anulados luego por sí mismos, y por otro dieron lugar a la formación de nuevos propietarios, que fueron deudores de los chances del agiotismo y las contingencias de la intriga y la especulación, de su fortuna. ¿Y quién hubiera osado jurar sobre la cabeza de la sagrada y atávica institución de la propiedad apoyándose el título reciente y averiguado de ésta tan evidentemente en el conocimiento de las afortunadas contingencias? Si nunca había pasado por la cabeza de tantos enojosos filósofos, comenzando por los sofistas, que el derecho fuera una útil y cómoda hechura del hombre, esta proposición de aborrecidos heréticos podía parecer ahora verdad simple e intuitiva aun para el último de los andrajosos de los suburbios de París. ¿No habían ellos, los proletarios, junto al resto del pueblo, dado el impulso a la revolución general con los movimientos anticipados de abril de 1789, y no se vieron luego como arrojados de nuevo del escenario de la historia después del fracaso de la revuelta de prarial de 1795? ¿No habían ellos llevado en hombros a todos los fogosos oradores de la libertad y la igualdad, no habían tenido en la mano la Comuna parisiense, que fue durante un tiempo el órgano impulsor de la Asamblea y de toda Francia, y no acaban por último en la amarga desilusión de haberse creado con sus propias manos los nuevos amos? En la conciencia fulmínea de tal desilusión está el móvil psicológico, rápido e inmediato de la conspiración de Babeuf, la cual, por eso precisamente, es un gran hecho de la historia y tiene en sí todos los elementos de la tragedia objetiva.

        La tierra, que el feudo y la mano muerta habían como vinculado a un cuerpo, a una familia, a un título, liberada de sus vínculos, se había convertido en mercancía, para que fuese base e instrumento de producir mercancías, y habíase convertido de golpe en mercancía tan plegable, dócil y adaptable que se prestaba a circular en los símbolos de muchos pedazos de papel. Y en torno a estos símbolos, tan multiplicados sobre las cosas que debían representar que por último terminaron en nada, surge gigante el negocio, como surge de todas partes sobre las espaldas de la miseria de los más míseros y entre las anfractuosidades de la precipitada y sinuosa política, diestro sobre todo en sacar partido de la guerra y sus gloriosos triunfos. Hasta los rápidos progresos de una técnica acelerada por las urgentes circunstancias dieron materia y ocasión a la prosperidad de los negocios.

        Las leyes de la economía burguesa, que son las de la producción individual en el campo antagonista de la competencia, se rebelaron furiosas, con todos los medios de la violencia y la insidia, contra la arbitrariedad idealista de un gobierno revolucionario, el cual, fuerte en la certeza de salvar la patria y más aún con la ilusión de fundar eternamente la libertad de los iguales, creyó que era cosa fácil o posible suprimir el agiotismo con la guillotina, eliminar los negocios con la clausura de la bolsa y asegurar al pueblo humilde la existencia fijando el máximo de los precios de los artículos de primera necesidad. Las mercancías, los precios y los negocios reivindicaron con violencia su propia libertad contra los que querían legislar e imponerles su moral.

        El termidor, cualesquiera que fuesen las intenciones personales de los termidorianos, viles, medrosos o ilusos, fue, tanto en las causas ocultas como en sus efectos no remotos, el triunfo de los negocios sobre el idealismo democrático. La constitución de 1793, que señala el límite extremo a que puede llegar el pensamiento democrático, no se había puesto en ejecución. La grave presión de las circunstancias, la amenaza del exterior, las diversas formas de rebelión en el interior, desde la girondina a la vandeana, habían hecho necesario un gobierno de excepción, que era el Terror, nacido del miedo. A medida que los peligros desaparecían, desaparecía la necesidad del terror; pero la democracia se quiebra frente a los negocios, en los cuales nacía la propiedad de los propietarios nuevos. La constitución del año III consagró el principio del moderantismo liberal, del cual ha salido todo el constitucionalismo del continente europeo, pero ante todo fue la vía para llegar a la garantía de la propiedad nueva. Cambiar los propietarios salvando la propiedad, ésta es la consigna, ésta es la palabra de orden, la bandera que desafió por años, desde el 10 de agosto de 1792, tanto las insurrecciones violentas como los atrevidos designios de aquellos que intentaron fundar la sociedad en la virtud, en la igualdad, en la espartana abnegación. El Directorio fue el trámite a través del cual la revolución llega a negarse a sí misma como conato idealista; y con el Directorio, que fue la corrupción confesada y profesada, se convierte en realidad el lema: ¡cambian los propietarios, pero la propiedad está a salvo! Y por último hacía falta levantar de tanta ruina un edificio estable, la fuerza verdadera; ésta se encontró en un singular aventurero de insuperada genialidad a quien la fortuna había sonreído, y sólo él poseía la virtud de poner el dique de la conveniente moral a aquella fábula gigantesca, porque en él no había sombra ni traza de escrúpulos morales.

        Todo se vio en aquella sucesión de acontecimientos. Los ciudadanos, armados para la defensa de la patria, victoriosos más allá de los confines de la circundante Europa, a la cual llevan, con la conquista, la revolución, se convierten en soldadesca para oprimir la libertad en su patria. Los campesinos, que en un ímpetu de imperiosa sugestión produjeron dentro de las tierras de feudo la anarquía de 1789, tornados soldados, pequeños propietarios o pequeños arrendatarios, después de haber sido durante un cuarto de hora los centinelas de la revolución, recayeron en la silenciosa y estúpida quietud de su vida tradicional que, muda y paralítica, sirve de sustrato seguro al llamado orden social. Los pequeños burgueses de ciudad, miembros de las corporaciones, al poco tiempo se acomodaron a ser, en el campo de la carrera económica, los libres vendedores de la mano de obra. La libertad de comercio exigía que todo producto llegase a ser libremente comerciable y superaba, pues, el último impedimento logrando que el trabajo se convirtiese también en libre mercancía.

        Toso se cambió en aquel tiempo. El estado, que había parecido por siglos a tantos ilusos una sagrada institución o un divino mandato, dejando la cabeza de su soberano bajo la fría acción de un instrumento técnico, perdió con ello la consagración y se hizo profano. Tornábase él mismo, el estado, un aparato técnico en que la jerarquía era sustituida por la burocracia. Y para que no hubiera allí presunción de antiguos títulos que dieran razón de privilegio para ocupar un cargo, este nuevo estado podía llegar a ser presa del que lo tomase; estaba, en suma, a pública subasta para que los ambiciosos afortunados fueran los únicos garantes de la propiedad y de los nuevos y viejos propietarios. El nuevo estado, que tuvo necesidad del 18 Brumario para llegar a ser una ordenada burocracia apoyada en el militarismo victorioso, este estado que completaba la revolución en el momento que la negaba, no podía dejar de tener su texto, y lo tuvo en el Código civil, que es el libro de oro de la sociedad que produce y vende mercancías. No en vano la jurisprudencia generalizada había conservado y comentado por siglos, en la forma de una disciplina científica, aquel derecho romano que fue, es y será la forma típica y clásica del derecho de toda sociedad de mercancías, hasta que el comunismo quite del medio la posibilidad de venderlas y comprarlas.

        La burguesía, que por la incidencia de tantas y tan singulares circunstancias hizo la ruidosa revolución con el concurso de tantas otras clases y semiclases, después de breve tiempo desparecidas casi todas de la escena política, aparece en los momentos de más viva contradicción como empujada por motivos e inspirada por una ideología que serían completamente diferentes de los efectos que sobrevivieron y positivamente se perpetuaron. Esto hace que, en el calor de las luchas, la vertiginosa mutación de sustrato económico aparezca como disimulada por los ideales y oscurecida por el tejido de tantos propósitos y designios, de los cuales surgen actos de maldad y heroísmo inauditos y corrientes de ilusiones y duras pruebas de desengaños. Nunca se aposentó tan poderosa en los pechos humanos la fe en el ideal del progreso. Liberar al género humano de la superstición o de la religión, hacer de cada individuo un ciudadano y de cada particular un hombre público, éste es el inicio, y luego, en línea de este programa, compendiar en la acción de pocos años esa revolución que a los más idealistas de ahora parece obra de muchos siglos por venir, éste es el idealismo de entonces. ¿Y por qué debía repugnar a éstos la pedagogía de la guillotina?

        Tal poesía, grandiosa si no deleitosa, dejó tras sí una prosa bastante dura. Fue la prosa de los propietarios que debían la propiedad a la fortuna y fue la de la alta finanza y los proveedores enriquecidos, de los mariscales, de los prefectos, de los periodistas, artistas y literatos mercenarios; fue la prosa de la corte del singular mortal a quien las cualidades del genio militar injertadas en la índole bandidesca habían sin duda conferido el derecho de escarnecer como ideólogo a quienquiera que admirase el hecho desnudo y crudo que en la vida puede ser, como era para él, la simple brutalidad del triunfo.

        La Gran Revolución apresuró el curso de la historia en buena parte de Europa. De ella partió todo lo que llamamos liberalismo y democracia moderna, salvo los casos de errada imitación de Inglaterra, y hasta el establecimiento de la unidad de Italia, que fue y seguirá siendo quizá el último acto de la burguesía revolucionaria. Fue esa revolución el ejemplo más vivo y más ilustrativo de cómo una sociedad se transforma y de cómo las nuevas condiciones económicas se desarrollan, y desarrollándose coordinan en grupos y clases a los miembros de la sociedad. Fue la prueba palpable de cómo se encuentra el derecho cuando hace falta como expresión y defensa de determinadas relaciones y de cómo se crea el estado y se disponen sus medios, fuerzas y órganos. Y se vio cómo las ideas germinan en el terreno de las necesidades sociales y cómo los caracteres, las tendencias, los sentimientos, las voluntades, o sea, para decirlo en pocas palabras, las fuerzas morales, se producen y desarrollan en condiciones circunstanciadas. En una palabra, los datos de la ciencia social fueron, por así decirlo, aprontados por la sociedad misma, y no es de maravillarse que la revolución, que fue precedida ideológicamente por la forma más aguda de doctrinarismo racionalista que se conozca, haya terminado después dejando atrás la necesidad intelectual de una ciencia histórica y sociológica antidoctrinaria, como en buena parte ha logrado hacerse en este siglo nuestro que ahora toca a su fin.

        Y aquí, por las cosas que he dicho y por las sabidas generalmente, sería inútil recordar nuevamente cómo a Owen hacen juego Saint-Simon y Fourier, y repetir por qué vías se ha originado el socialismo científico. Lo importante está en dos puntos, o sea: que el materialismo histórico no podía nacer sino de la conciencia teórica del socialismo, y que él puede ahora explicar su propio origen con sus principios propios, lo que es la prueba máxima de su madurez.

        No está por fuera de lugar la frase con que comienza este capítulo: las ideas no caen del cielo.

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(*) Antonio Labriola. Acerca del materialismo histórico: dilucidación preliminar. Advertencia a la segunda edición. Aparatdo VII. En La concepción materialista de la historia. Editorial de ciencias sociales. Instituo del libro, La Habana, 1970.

Literatura

Vallejo Para No Iniciados IX
Poética versus biología: un terreno sinuoso

Julio Carmona

LEYENDO EL TRABAJO de Dominic Moran, «Fuentes de Trilce XXXVI»1, se plantea en él que, en dicho poema, se hace la propuesta de una poética. Y, en efecto, leído y releído el poema, no puedo hacer menos que admitir dicha sugerencia. Yo no soy renuente a reconocer los aciertos de los críticos en sus interpretaciones y/o valoraciones. Es más no acostumbro a descalificar lo que opinan sobre la poesía de un poeta: cada quien —como yo mismo— es responsable de sus aciertos y de sus ridículos. No obstante, soy renuente a admitir, con la misma tolerancia, que del poema se saquen conclusiones sobre el estado de ánimo del poeta en sí o sobre su ecuanimidad, o que se llegue a conclusiones que equiparen lo dicho por el poeta de la realidad con las emociones que él tenía de esa realidad antes o al momento de escribir sobre ella (esto, a mi entender, deviene especulación si no «adivinación», impertinentes).

        Hay una regla común en la crítica literaria: que no es lo más recomendable sacar conclusiones interpretativas a partir de fragmentos aislados de un poema. Por lo tanto, voy a hacer un análisis en su totalidad del poema estudiado por Dominic Moran. Y de acuerdo con lo expresado arriba, no dejo de reconocer que es respetable el planteamiento de este autor sobre las fuentes que atribuye a CV en relación con las teorías biológicas de Ernst Haeckel y Charles Darwin, como sustentadoras de una concepción de la realidad, y admito también que CV, al parecer, pudo haber tenido acceso a las obras de esos autores, en especial las que el autor dice que giran en torno a ciertas partes del cuerpo como elementos que la evolución biológica no ha suprimido no obstante ser injustificada su presencia (como es el caso del dedo meñique o las tetillas del hombre). Es más, ratifico mi adhesión a la consideración de que el texto analizado constituye uno de los poemas —entre otros— de Trilce que tiene las características de una poética. Dice Moran: «Varios críticos han observado con razón que Tr. XXXVI es una especie de manifiesto o “Arte poética”» (op. cit.: 56). Partiré yo de esta premisa. Pero lo haré para deslindar del tipo de poética que Moran dice estar ilustrando. Es así que cito la última parte de su artículo (que es continuación de la cita precedente):

«Espero haber demostrado —dice— que es un “Arte poética” revolucionaria abocada a marcar el comienzo de una nueva época, en la que no solo se anuncia sino que también se efectúa estilísticamente la transición de la anticuada estética modernista a una nueva estética “científica”. Apropiándonos de un par de términos de la teoría de los actos de habla, podríamos calificar al poema de “emisión realizativa” o “acto perlocutivo”, que simultáneamente pone en práctica lo que describe. » (Ibíd.).

Desde luego, no comparto todo lo expresado en esta cita, pero sí me hago partícipe de la observación de Moran, de que en el poema, como poética, no solo se enuncia una concepción poética sino que se la pone en práctica con el poema mismo. Transcribo la primera estrofa:

«Pugnamos ensartarnos por un ojo de aguja,
enfrentados, a las ganadas.
Amoniácase casi el cuarto ángulo del círculo.
¡Hembra se continúa el macho a raíz
de probables senos, y precisamente
a raíz de cuanto no florece!

Comencemos por los dos primeros versos. Moran dice que «El famosísimo verso inicial de Tr. XXXVI sexualiza de forma deliberadamente provocadora la advertencia de Cristo, de que “Es más fácil que un camello pase por un ojo de aguja que el que un rico entre en el reino de Dios”» (op. cit.: 48). Y, en realidad, a mí me parece que la ‘provocación deliberada’ viene del crítico. Porque si él mismo ha dicho que el poema es un texto que propone una poética, pregunto: ¿qué tienen que ver con esta el ‘camello’ y el ‘ojo de la aguja’ para ser interpretados como símbolos sexuales? Y transcribo aquí  la parte conclusiva de la interpretación de Moran sobre lo sexualizado de esta estrofa:

«… y de allí en adelante nos encontramos con una serie de referencias afines (“enfrentados”, “a las ganadas”, «conflicto/ de puntas que se disputan»), todas las cuales indican una actividad sexual violenta e incluso bestial» (Ibíd.).

Lo que yo destaco, más bien, es la relación que hay entre este poema y otro de Poemas humanos que también tiene visos de postular una poética: «Intensidad y altura», por la razón de que en ambos se trata del plural de primera persona: nosotros, para aludir al enfrentamiento entre las dos tendencias literarias (de realismo y formalismo) cuyas características del orden y la aventura son resaltadas por Guillermo de Torre, cuando dice que son «los dos extremos polares de la línea evolutiva trazada por el espíritu innovador durante los últimos lustros, en el lapso interbélico»2, e inclusive, para ilustrar mejor esta clasificación, de Torre dice haberla tomado de un poema de Apollinaire, y cita de él estos versos: «Je juge cette longue querelle de la tradition et de l'invention / de l'ordre et de l'aventure.» («Yo juzgo esta larga disputa de la tradición y de la invención / del orden y la aventura»). Pudiéndose entender que los poetas de ambos «polos» están en ‘pugna, enfrentados y a las ganadas’ por demostrar cada quien que son los que logran pasar por ese ‘ojo de aguja’. Y si se coteja el poema «Intensidad y altura» se ve que el locutor poético propone lo que él quiere hacer al escribir, o lo que él cree que debe ser la poesía, y opone a esto el resultado de lo que no quiere hacer, o lo que no es la poesía:

Quiero escribir pero me sale espuma
 ……………………………………..
Quiero laurearme pero me encebollo

Volviendo a la primera estrofa del poema XXXVI, en el tercer verso se lee: «Amoniácase casi el cuarto ángulo del círculo», y el locutor poético no hace sino complementar a los versos precedentes en el sentido de que se estaría exacerbando esa pugna con el despropósito de «buscar la cuadratura del círculo», es como si «casi» se estuviera logrando esa avidez, que es equivalente a creer que se está haciendo lo que hace el amoniaco con el agua, cuya disolución es hacedera y para múltiples usos, según la química.3

        Y los versos siguientes de la estrofa dan a entender que quienes pretenden eso, con actitud obsesiva, se convierten en seres partenogenéticos, que tienen en sí mismos la posibilidad de autogenerarse, por ser andróginos: macho/hembra a la vez, y dice que se asumen así ‘a raíz de tener probables senos’ (órganos atrofiados en el hombre: elemento este que le sirve a Moran para establecer la fuente de Darwin/Haeckel, pues son ellos que tratan este tema, pero que —bien visto— es un tópico común en el imaginario social). Y frente a esa tendencia poética de llegar a esos extremos de individualismo (en lucha estéril por ser los elegidos de dios) se desprende que el locutor poético se siente alejado de ella, pues concluye que esa es ‘precisamente la raíz de cuanto no florece’. Paso a analizar ahora la segunda estrofa:

¿Por ahí estás, Venus de Milo?4
Tú manqueas apenas, pululando
entrañada en los brazos plenarios
de la existencia,
de esta existencia que todaviiza
perenne imperfección.
Venus de Milo, cuyo cercenado, increado
brazo revuélvese y trata de encodarse
a través de verdeantes guijarros gagos,
ortivos nautilos, aunes que gatean
recién, vísperas inmortales.
Laceadora de inminencias, laceadora
del paréntesis.

«¿Por ahí estás, Venus de Milo?», pregunta el locutor poético, porque la Venus es el paradigma estético del arte griego, clásico, ordenado, y está en el ambiente: en los “brazos plenarios de la existencia”, aunque en él apenas se la vislumbra. Y al preguntar: ¿por dónde está?, la respuesta implícita es: —Por ahí—, ese «por ahí» es tan vago, tan inasible: «tan ala, tan salida, tan amor» (como dice de su madre el locutor poético en «Los pasos lejanos» de Los heraldos negros), que hasta da pena. Pero, ¿por qué se encuentra así la Venus de Milo? Porque su estado de «orden» ha sido quebrado más de una vez. Porque la tendencia de la «aventura» la tiene postergada. Pero, antes de proseguir con este análisis, cito la interpretación que hace Moran:

«Puesto que el poema acentúa la naturaleza arbitraria y sin fin directriz de la lucha por la vida, en la que nada llega nunca a un estado de plenitud o permanencia, [a] cabría preguntarnos por qué Vallejo representa a la manca Venus de Milo mecida en los “brazos plenarios de la existencia”. [b] ¿No incurre así en una contradicción que socave la coherencia fundamental del poema?» [c]  (Ibíd.).

a) En principio, me parece apresurado —cuando recién se ha terminado de analizar la primera estrofa— concluir que el poema (lejos de su condición de poética) esté acentuando «la naturaleza arbitraria y sin fin directriz de la lucha por la vida». Esto es lo que le atribuye el crítico para hacer calzar al poema con la concepción científica de Darwin/Haeckel, la misma que puede ser cierto que fuera conocida por el poeta, pero que no necesariamente ha sido asumida por él, y menos que esa sea la orientación que propone el poema, ya que la constatación de que existe una realidad contradictoria, ello no implica que esta se dé como irreversible, y menos que este pensamiento se quiera prescribir como propio del poeta o del poema.

b) Por este lado, considero que —en principio— no es que el locutor poético esté haciendo la representación de la Venus mecida en los «brazos plenarios de la existencia». La Venus está representada en su incapacidad, ella «manquea» apenas (por la indefensión en que la han dejado los movimientos de aventura), pero aun tiene la capacidad de pulular (bullir, moverse, diseminarse) ¿dónde?: ‘en las entrañas de los brazos plenarios de la existencia’; es decir: la Venus tiene «la inmanente dignidad de la existencia»5, «de esta existencia» —enfatiza CV— «que todaviiza / perenne imperfección»: no es que la existencia sea imperfecta desde siempre y para siempre, sino que prolonga el todavía de la imperfección, o sea que sí es una existencia perfectible.

c) Entonces, no es que Vallejo haya incurrido «en una contradicción que socave la coherencia fundamental del poema». Lo que en todo caso debe preguntarse el crítico es lo siguiente: ¿No estaré pidiendo que el poema tenga coherencia con lo que yo interpreto?, si lo que debe exigirse el crítico es hacer que su interpretación sea coherente con el poema que analiza.

Hasta aquí he analizado los seis primeros versos de la segunda estrofa del poema XXXVI de Trilce, en cotejo con la interpretación de Moran. Los versos que siguen, relacionados siempre con la Venus de Milo, no hacen sino confirmar la propuesta vallejiana de una poética del equilibrio6, porque no es como dice Moran al final de su artículo que esté desechando «la anticuada estética modernista [en transición] a una nueva estética “científica”», porque CV sabe que la estética modernista era usufructuaria del clasicismo griego, y ve en este, a través de la figura de la Venus de Milo, una apoyatura para «todaviizarlo». Luego, el locutor poético pasa, a partir del verso sétimo, de la segunda persona (tú: que es como se dirigía a la Venus en los versos anteriores) a la tercera persona (ella: que es como la presenta ahora a los lectores). Y así la presenta: ‘revolviéndose con su cercenado, increado brazo, tratando de encodarse’, dando a entender que no ha desaparecido, que se resiste a desaparecer, con su brazo cercenado (aquel que los movimientos de aventura insisten en cercenar), que es al mismo tiempo un brazo increado, que necesita ser creado (o recreado), y con ese muñón todavía tiene ímpetu para «encodarse», para tomar impulso. Y lo hace «a través de verdeantes guijarros gagos, / ortivos nautilos, aunes que gatean / recién, vísperas inmortales». Y cabe preguntarse: ¿sobre quiénes dice el locutor poético que se impulsa la manca?: sobre «verdeantes guijarros gagos». No lo hace sobre piedras graníticas sino sobre trocitos de ellas que, además están a la intemperie enverdecidos por la humedad del campo y sin ser bien hablados, sino tartamudos, gagos. Y lo hace sobre «ortivos nautilos», es decir, ‘moluscos marinos’ (nautilos) que salen de la oscura profundidad del mar hacia el orto del sol (ortivo alude al orto o salida de un astro), y, finalmente, se impulsa sobre «aunes», es decir, sobre poetas que aun no son, que gatean «recién, vísperas inmortales», pero que son los futuros poetas que quedarán para siempre: «vísperas inmortales». Y lo interesante es ver que estos proyectos de poetas se relacionan con la última estrofa del poema «Oración del camino» de Los heraldos negros, que aquí cito:

«Queda un olor de tiempo abonado de versos,
para brotes de mármoles consagrados que hereden
la aurífera canción»,

es decir, que el pasado revive en el presente, con nuevos brotes, herederos de la canción. Y, es más, también se puede ilustrar con los versos iniciales del poema LXXVII de Trilce:

Graniza tanto, como para que yo recuerde
y acreciente las perlas
que he recogido del hocico mismo
de cada tempestad.

La relación temática es obvia. «Graniza tanto», es decir hay tantas agresiones, tanta intolerancia que el locutor poético siente que eso ocurre para hacerle recordar que él ha sufrido esas embestidas que sufren los poetas noveles, y eso es un aliciente para que el locutor poético se sienta en la obligación de acrecentar los logros de la poesía que otros han ido forjando sin mezquindades y que él sabe que ha «recogido del hocico mismo / de la tempestad». Entonces, la Venus de Milo es la «Laceadora de inminencias, laceadora / del paréntesis», que esa estética antigua (representada por la Venus) todavía está a la caza no de «eminencias» sino de inminencias, de aquelloque está próximo a ocurrir o es muy próximo en el tiempo’, y ¿por qué es «laceadora del paréntesis»?, porque ella está allí, en cada pausa, en cada detención o parada que se realiza en medio de la actividad poética. A continuación analizaré la última estrofa (dejando en suspenso la penúltima). Confutando, primero, lo que hace Moran con ella. Por eso, creo pertinente citarla (lo que no hace Moran):

Tal siento ahora al meñique        
demás en la siniestra. Lo veo y creo
no debe serme, o por lo menos que está
en sitio donde no debe.
Y me inspira rabia y me azarea
y no hay cómo salir de él, sino haciendo
la cuenta de que hoy es jueves.
¡Ceded al nuevo impar
                              potente de orfandad!

Sobre la base científica de Haeckel y Darwin, dice Moran: «Según se cuente, el meñique coincide con el día jueves, el quinto día de la semana, y así el más inútil de las excrecencias corporales adquiere un propósito, por más modesto que este sea». Y continúa Moran: «Huelga decir que esta asociación entre los días de la semana y los dedos de la mano es completamente arbitraria [a], pero resulta suficiente para sacar al poeta de su acceso de “rabia” e inducirlo a formular la exhortación desafiante con que pone fin al poema» [b].

a)  Leída la cita, y en relación con lo que sigue, hay cierta ambigüedad en esta alerta, pues se presta a interpretación: 1. Que la relación entre ‘dedos y días es una asociación hecha por el poeta’ o 2. Que es hecha por quien hace la crítica, y que, en ambos casos, es ‘arbitraria’. Ahora bien, si es por lo segundo, yo digo que toda interpretación es arbitraria, hasta la que —supuestamente— más se acerca a la idea original del poema, puesto que quien debe dirimir esta controversia es el poeta, y él ya no está para hacerlo.

b) Ahora bien, lo dicho en esta alerta, precisamente, está haciendo lo que recusé al comienzo de este artículo: de cargar al poeta —literalmente— un estado de ánimo: «rabia», por ejemplo. Y —peor aun— si se está insinuando que con la interpretación (reconocida como «arbitraria») se puede «sacar al poeta de su acceso de “rabia”», pues no se puede decir que esa interpretación sea la que coincide exactamente con los referentes que cargaba el poeta a sus versos. Si lo que se está haciendo es la interpolación de un sentido accesorio, extra-poético y «arbitrario», no se ha de aventurar sugerir que dicha interpretación es la que induce al poeta (?) «a formular la exhortación desafiante con que pone fin al poema».

Lo que yo creo que se debe sacar en claro respecto del dedo meñique es que, en esa situación de rivalidad por obtener la calificación de poeta, este se siente como el dedo meñique en su mano: desamparado, desterrado del ámbito de la poesía. No se olvide que —según los biógrafos de CV— en Trujillo sufrió vejaciones no solo verbales sino materiales (agresión física), y en Lima, un desinterés agresivo. Y así como él cree que su dedo meñique ‘no debe serle’: que está demás en su mano, es decir «que está en sitio donde no debe», igualmente el locutor poético advierte su ausencia (o presencia indeseada) en esa realidad que denuncia. Y es esa situación de rivalidad —que deja, en la mayoría de los casos, en tampoco deseada orfandad a los poetas noveles— la que ‘le inspira rabia’; pero «inspirar» no es estar ya con rabia, sino que se siente en el ánimo el despertar de un sentimiento como el aludido: es esa situación de rivalidad la que le inspira ese sentimiento de rabia. Y por eso lo morigera y dice que ‘lo azarea’, es decir, lo enoja, lo enfada (que es lo que significa «azarear» y no es lo mismo que sentir rabia). Y lo más terrible es que ese «sitio» en que se está y no se debería estar, constituye un callejón sin salida porque «no hay cómo salir de él». Pero obsérvese que —como ya dije antes— el locutor poético atenúa, modera esa situación, y agrega que sí hay una salida: «haciendo la cuenta de que hoy es jueves», es decir, un sitio en el que el tiempo es un eterno retorno: ayer, hoy y mañana, siempre son iguales: siempre jueves.7 Pero eso no es lo que CV propone como solución, sino como lo hace en «Intensidad y altura»:

¡Vámonos! ¡Vámonos! Estoy herido;
Vámonos a beber lo ya bebido, (…)

Es decir, que la solución es hacer un llamado a los litigantes, en especial a sus opuestos en concepción poética: «¡Ceded al nuevo impar!»: No opongáis resistencia al poeta novel, al «nuevo impar», que no es igual a ellos como individuos. Y además les dice que no pierdan de vista que el estar en orfandad no es estar en derrota, porque esta también potencia: y el «nuevo impar» debe sentirse «potente de orfandad». Y es así que lo ha sugerido en la penúltima estrofa que, ahora sí, transcribo para después analizarla.

Rehusad, y vosotros, a posar las plantas
en la seguridad dupla de la Armonía.
Rehusad la simetría a buen seguro.
Intervenid en el conflicto
de puntas que se disputan
en la más torionda de las justas
el salto por el ojo de la aguja!

En los dos primeros versos el locutor poético hace la distinción de dos grupos de interlocutores: sus afines y sus contrarios: un ustedes (ausente en el verso, que serían sus afines) y el «vosotros» (presente en el verso, como sus contrarios). Y hasta en el tercer verso se dirige a ambos y les dice que ‘la seguridad de la Armonía’ no es segura, y menos que sea igual (dupla) para ambos. Y lo mismo se debe hacer con la simetría: tampoco es una realidad segura o que deba tenerse como inamovible. No se olvide que tanto la armonía como la simetría son puntos de base de la tendencia del orden. Y el locutor poético no se enfeuda con ella. Y lo interesante es que lo vuelve a plantear en el poema LXXVII. Dice:

para dar armonía,
hay siempre que subir ¡nunca bajar!
¿no subimos acaso para abajo?

Sí. En esta encrucijada temporal, la Venus de Milo está abajo con su grandeza. Entonces no se tiene por qué quedarse con ella: ¡hay que subir! Porque si seguimos junto a la Venus de Milo estaremos bajando a su estar. Y se debe asumir que ‘se sube para abajo’, porque si en este nuevo tiempo se sube por encima de donde está la Venus de Milo, seguramente se alcanzará una altura considerable que también tendrá su declive. Esta propuesta vallejiana del subir para abajo, tiene su antecedente en la poesía mística española. Sea esta muestra poética de Santa Teresa de Jesús:

Aquella vida de arriba
que es la vida verdadera,
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva;
Muerte, no me seas esquiva,
viva muriendo primero,
que muero porque no muero.8

¿Y no fue, acaso, que así ocurrió con CV: que subió a dónde hoy se encuentra cuando bajó a la tumba? Pasando ahora al otro verbo imperativo: «Intervenid» (que suena casi a una orden) es mucho más categórico que «rehusad», y se puede colegir que lo usa para exhortar a sus afines, pidiéndoles que intervengan en el conflicto «de puntas que se disputan»: de opuestos que antagonizan «en la más torionda de las justas», o sea: en la más genésica de las contiendas: no se pierda de vista que se trata de la creación (o procreación) poética, y «torionda», según el diccionario: «Se aplica al ganado vacuno que está en celo, en especial a la vaca». Y en la justa de la poesía, quien está en celo es ella: la poesía. Se trata entonces de ensartarla como al ojo de una aguja. Y, recién aquí, es admisible que tenga razón Jorge Guzmán (parafraseado por Moran) cuando dice que «el verbo ensartar lleva connotaciones sexuales especialmente vulgares, sobre todo en un contexto hispanoamericano» (op. cit.: 48).

        Sin embargo y para concluir, queda por aclarar lo dicho por Moran respecto de que «Varios críticos han observado con razón que Tr. XXXVI es una especie de manifiesto o “Arte poética”, pero ninguno ha logrado explicar exactamente qué tipo de “Arte poética” es, o cuál sería su propósito fundamental». La expresión «varios críticos» es muy vaga, y no se puede constatar lo que dice Morán respecto de su fracaso por «explicar exactamente qué tipo de “Arte poética” es» ni sobre «cuál sería su propósito fundamental». Pero sí se puede opinar sobre lo que Moran dice haber resuelto sobre el particular. Dice que «es un “Arte poética” revolucionaria abocada a marcar el comienzo de una nueva época». Y en esto estamos de acuerdo porque el resultado de esa poética, que no solo enuncia su concepción de la poesía sino que la realiza, se demuestra con el testimonio contundente de su obra total. Sin embargo en lo que sí discrepo de Moran es que diga que esa poética «efectúa estilísticamente la transición de la anticuada estética modernista a una nueva estética “científica”». Sobre la primera parte de esta cita en lo que respecta a «la anticuada estética modernista» ya he adelantado algo arriba que aquí puedo complementar, respecto del calificativo de «anticuada» aplicado a la estética modernista, porque todavía no lo era al momento de ser escrito el poema tratado, y en este —justamente, lo he dicho— se valora su nexo con la poesía de la «clásica era» (que, aun hoy, puede —como también lo precisaba Marx— «procurarnos goces estéticos y [que] se consideren en ciertos casos como norma y modelo inaccesibles»9). Pero, aparte ese desliz venial, lo que sí me parece exagerado y hasta inapropiado es el otro calificativo que Moran adosa a la «poética» del poema en cuestión, como tránsito a una estética “científica” (las comillas son de Moran). Porque estoy seguro que él sabe que toda estética y toda poética lo son: como ciencias del arte y de la poesía, respectivamente. Pero son ciencia de su propio objeto no porque estén relacionadas con las ciencias de la naturaleza o, específicamente, la biología que es lo que se filtra de lo expuesto por Moran al sustentar sus alcances en los vínculos que él dice haber descubierto entre las teorías de los biólogos Haeckel y Darwin y el trabajo poético de César Vallejo, al extremo de llegar a decir que «El argumento determinante a favor de esta interpretación es —me permito sugerir— la deuda profunda que tiene con el pensamiento de Haeckel, deuda que he intentado identificar y dilucidar a lo largo de estas páginas» (op. cit.: 56). Y yo creo que las deudas son reconocidas por los propios deudores o por los acreedores (y en ambos casos es imposible que se pueda dar), pero no por terceros. Y en el caso de CV, su poema habla por sí solo. Cualquier interpretación sobre él es arbitraria —incluida la mía, y, por supuesto también la de Moran.
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(1) En: Varios, (2014). Vallejo 2014. Actas del Congreso Internacional Vallejo Siempre. Lima: Editorial Cátedra Vallejo, p. 52.
(2) Guillermo de Torre (1960). La aventura y el orden. Buenos Aires: Losada. p. 11.
(3) «El amoniaco o amoníaco es un gas que disuelto en agua puede usarse en infinidad de casos, especialmente como limpiador del hogar. Sus propiedades lo convierten en un producto muy apropiado para eliminar suciedad y manchas de numerosas superficies».
(4) CV, a un año y un mes de estar en París, escribió esto: «Entre la Manca de Milo y una madre que da a dos manos el seno a su bebé, yo, naturalmente, me inclino entre ambas: las dos puede ser la mujer al mismo tiempo». («Las mujeres de París», de 1924, en: César Vallejo (1987). Desde Europa. Lima: Fuente de Cultura Peruana. p. 26. En esta cita, reafirma su vocación por una poética/estética de equilibrio.
(5) «Todo cuanto existe, digno es de entrar en la obra de arte, porque todo goza de la inmanente dignidad de la existencia. El arte no distingue cosa sucia o inferior. La distinción de cosa sucia podrá venir del estómago. Lo de cosa inferior, del cerebro. El corazón no tiene nada que ver en estas diferenciaciones. Un gran dolor, un inmenso placer, hacen olvidar lo sucio y lo inferior, nivelándolo todo en emoción», César Vallejo (1973). El arte y la revolución. Lima: Mosca Azul, p. 51.
(6) Un equilibrio que se puede ilustrar con la siguiente precisión de Baudelaire: «La modernidad es lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente, que es la mitad del arte, cuya otra mitad es lo eterno y lo inmutable» (cit. por Guillermo de Torre, op. cit: 12). De lo que se trata dirá De Torre, citando a Unamuno, es de «la eternización de la momentaneidad» (op. cit.: 110).
(7) El día jueves es un tópico muy socorrido en el imaginario de CV. Por ejemplo, en Contra el secreto profesional (y en otros momentos) dice: «Mi amargura cae jueves» (1973, Lima, Mosca azul: 78). Es el tópico de la permanencia de lo fugaz de que trata Guillermo de Torre, cuando recuerda el soneto de Quevedo en dos momentos de su ya citado libro, dice: «Siempre he recordado aquel soneto de Quevedo que comienza: “Busca en Roma a Roma, ¡oh peregrino!” Y concluye así: “¡Oh Roma!, en tu grandeza, en tu hermosura, / huyó lo que era firme y solamente / lo fugitivo permanece y dura…”» (pp. 12 y 110).
(8) Cit. por Helmut Hatzfeld (1955). Estudios literarios sobre mística española. Madrid: Gredos. p. 243.
(9) Carlos Marx (1976). Contribución a la crítica de la economía política. México: Ediciones de Cultura Popular. p. 272. Y, asimismo, Marx, le dice en carta a su padre: «Quisiéramos erigir un monumento a lo ya vivido en otro tiempo, para que vuelva a conquistar en nuestro sentimiento el lugar insumido por este para la acción» En: Marx y Engels, Sobre arte.

CREACIÓN HEROICA