domingo, 3 de diciembre de 2017

Humanismo y Revolución

Fourier, el Hombre*

Aníbal Ponce

ERA UN VIEJECILLO, movedizo y frágil, con una hermosa corona de cabellos blancos. La frente abovedada recordaba a Sócrates; y en los ojos azules, maliciosos o ausentes según las ocasiones, se encendían por momentos la chispa del humorista o la llamarada del profeta.

        Minucioso hasta la manía, correcto hasta el escrúpulo, descendía a la misma hora, todas las mañanas, de un modesto granero en la calle Saint Pierre Montmartre: sin una arruga la levita azul, sin una mancha la corbata blanca. Con la alegría de un niño que concurre a una parada, marchaba luego con paso vivo hasta las Tullerías y una vez allí, entre el montón de los curiosos, aguardaba emocionado el relevo de las tropas, feliz de tantos tambores, entorchados y clarines. Con el último redoble, retomaba el camino a su café favorito en el Palais Royal, rebosante de fuerza su corazón de buen francés, un buen francés de 1830, para quien solo existían en el mundo dos enemigos de temer: Inglaterra y los judíos.

        Sobre la mesa del café, la misma desde hacía muchos años, desplegaba enseguida una carta geográfica de Europa –que en gran parte tenía recorrida en su juventud andariega– y una vez que había soñado un largo rato, franqueando a sus anchas las fronteras y los ríos, comenzaba a leer uno por uno los periódicos que estaban a su alcance.

        Cuando muchacho había pasado, no sin brillo, por las humanidades, y algunos versos de Horacio y de Virgilio irrumpiendo en su memoria le sorprendían a veces con un rumor de alas. Pero de los estudios remotos solo había retenido, entre un puñado de recuerdos aislados, una agresiva antipatía por las aulas y los libros. En los cuarenta años que siguieron a su bachillerato, su única lectura la constituían los periódicos. A los grandes escritores de la época los conocía por extractos, referencias o resúmenes; y si por descuido le caía alguno entre las manos, precipitaba la lectura salteando al azar capítulos y párrafos. Las gacetas, en cambio, le daban regocijo, y como sabía descubrir el oculto sentido de las noticias y los sucesos, satisfacía de ese modo, en los posibles, su curiosidad de antiguo trotamundos condenado ahora a la quietud.

        Entre el mapa y los periódicos se le iba la mañana. Pero tan pronto se acercaba el mediodía abandonaba bruscamente las gacetas y emprendía nervioso el camino de su casa, hablando en alta voz, gesticulante y absorto. Casi de un salto trepaba hasta su habitación en el tejado: fría habitación de solterón envejecido, sin otra alegría que las macetas de flores, sin otra amistad que la de sus gatos discretos. Frente al espejo ponía en orden su cabellera crespa, cepillaba un poco su levita, daba un toque final a su corbata y se sentaba después a esperar la gran visita.

        Cada paso en la escalera le hacía saltar el corazón; cada golpe en la puerta le anudaba la garganta. Cinco años hacía que esperaba esa visita; cinco años más la continuó esperando en vano, hasta que un día del mes de octubre de 1837 –hace hoy exactamente un siglo– la conserje de la casa, sorprendida de no haberlo visto pasar esa mañana, le encontró muerto junto a su lecho, manchada por vez primera la corbata blanca, arrugada por vez primera la levita azul.

        Este hombre extraordinario –ignorante y megalómano, genial y medio loco– arrastró, como pocos, a lo largo de sus muchos años, la tragedia tremenda de las vidas dobles. Educado en un ambiente de comerciantes y especuladores que le repugnaba hasta las náuseas, había descubierto a los seis años –son palabras suyas– “el contraste que existe entre el comercio y la verdad”. Asqueado, a esa edad, de las mentiras que sorprendía en el negocio de sus padres, con todas precauciones se esforzaba en denunciarlas a la propia clientela que llegaba hasta la tienda. Pero un mal día, uno de los favorecidos por su misma franqueza cometió la indiscreción de ponerlo en descubierto, y ese día, claro está, el chiquillo recibió la más histórica paliza de su infancia. La humillación de aquel castigo, tan escandalosamente injusto desde el punto de vista de su moral precoz, le inspiró desde entonces no solo el odio del comercio, sino el deseo desesperado de evadirse, tan pronto fuera grande, de ese mundo del tráfico y del fraude.

        Dos veces lo intentó en la adolescencia: a los diecisiete años, en Lyon, a la puerta misma del banquero que debía comunicarle los secretos del oficio; a los diecinueve años, en Ruan, de casa de un negociante a donde la madre lo había consignado. Para su desdicha, inútiles fueron las dos deserciones: una fuerza más poderosa que su voluntad se oponía y doblegaba su rencor y su desprecio. Hijo de negociantes, nieto de especuladores, el muchacho sentía en torno suyo la tenaz opresión de la familia. Y la tercera vez que la madre lo condujo hasta la casa de un banquero se le apagaron las rebeldías. Comerciantes habían sido todos los Fourier de Besancon; comerciante sería también este último llegado. Y a partir de ese instante, hasta muy pocos años antes de su muerte, Charles Fourier vivió, odió y soñó enre comerciantes.

        Las mentiras que a los seis años descubrió en el negocio de sus padres las vio después centuplicadas abarcando con su malla a todo el mundo. La época de la Revolución y, aún más, la del Directorio, trajo una fiebre de especulación como nunca se había visto. Pero fue bajo el Imperio, con motivo del bloqueo continental que Napoleón impuso, cuando las cosas llegaron a su colmo. Las condiciones –lo recuerdan ustedes– no podían ser más duras; el comercio con Inglaterra quedó prohibido; las mercaderías inglesas, confiscadas. Para suplir la ausencia de materias primas, la joven industria de Francia recurrió a los sucedáneos más inverosímiles: la soda artificial, el vinagre de madera, el azúcar de remolacha, el café de achicoria, nacieron por entonces. Y al mismo tiempo, como hermanos gemelos, el mercader y el agiotista se apoderaban y destruían los aprisionamientos existentes para duplicar o triplicar el precio de los productos. La Compañía Oriental de Amsterdam  –la historia parece de hoy– quemó públicamente depósitos enteros de canela.

        Amante del buen vino y de la buena mesa, el ahora “viajante de comercio”, Monsieur Charles Fourier, sufría en sus gustos de gourmet con tantas falsificaciones como el moralista que llevaba escondido se indignaba con los acaparadores y agiotistas. Y es de imaginar lo que sería para el empleado estricto e impasible que había resuelto ser, no solo contemplar sino presidir, por cuenta de otros, algunas de esas maniobras que le encolerizaban, ¡Con qué sordo rencor ha narrado una vez la “infame operación” que le tocó dirigir en el Puerto de Marsella, y con qué temblor de humillación y de vergüenza debió escribir esta línea tan trágica en su mismo fatalismo resignado: “¡Yo he hecho un día arrojar al mar veinte mil quintales de arroz!”

        Con la valija del “agente viajero” que corre media Europa ofreciendo telas –“excelentes casimires y castores”, de “calidad Segovia” para las gentes de pro, de “calidad Berry” para la gente común– o desde el escritorio de la casa americana –Curtis and Lamb de Nueva York, rue du Mail núm. 29– en donde por 1500 francos al año atendía la correspondencia, Fourier llegó a conocer como muy pocos los más secretos entretelones del comercio, las más turbias especulaciones de la bolsa, la más sabia estrategia de la piratería y de la bancarrota. Perspicaz en la observación y certero en el descubrimiento de los rasgos grotescos, aquel viajante irreprochable y este cajero ejemplar fueron amontonando, a través de una experiencia directamente vivida, los materiales copiosísimos que elaborados en seguida por su ingenio harían más tarde de Fourier el más lúcido retratista de la burguesía mercantil y uno de los más grandes satíricos de la literatura universal.

        Con la misma letra caligráfica que ponía en sus libros de empleado de comercio –rasgos pequeños y elegantes, no menos pulcros y cuidados que su corbata y su levita– este enemigo del fraude y del abuso se sentaba a escribir todos los días, y tan pronto se libertaba de su empleo, la increíble montaña de cuadernos que hasta hoy solo en parte conocemos. Extraordinariamente preciso en los detalles, pero confuso en el desarrollo y en el plan, Fourier nos ha dejado en una prosa salpicada de expresiones originales, a menudo sibilinas, y a través de la más endiablada sucesión de preámbulos, cisámbulos, transámbulos, postámbulos, secciones, episecciones, preludios, interludios y postludios, la crítica más penetrante de la burguesía de su tiempo y la más rica galería de caracteres y de tipos. Frente a una clase social que algunos años atrás agitó como bandera “los derechos del hombre”, Fourier ponía al descubierto la infinita miseria material y moral que las grandes palabras encubrían. Rouget de l’Lsle, el músico que dio a la Revolución su gran canto de guerra, ¿no era el mismo Rouget de l’Lsle que varias décadas después compuso el Canto de los industriales? La revolución que se había iniciado con un llamado clamoroso a los “hijos de la patria” había terminado en beneficio exclusivo de los “hijos de la industria”… ¿Lo negaban acaso los mismos burgueses triunfadores cada vez que las circunstancias exigían una declaración terminante? En 1821, con motivo de una ley que restringía la importación de trigo y amenazaba, por lo tanto, con aumentar el precio del pan, un diputado declaró en plena Cámara que “la carestía del pan era un bien para los obreros, porque los obligaba a trabajar con más ardor para vivir”.

        Esa contradicción injuriosa entre la forma y la intención; esa simulación de altruismo y simpatía en el mismo momento en que se tramaba un novísimo atentado contra las masas sufridas, es lo que inspiraba a Fourier sus páginas mejores de una ironía acerba. La historia de la humanidad se divide para él en cuatro fases: el salvajismo, la barbarie, el patriarcado y la civilización. En las cuatro descubre, en vez del “progreso indefinido” –grato a los ideólogos de la burguesía–, un proceso ascendente y un proceso descendente ligado al contraste de las fuerzas opuestas: proceso universal de afirmaciones y de negaciones en que se descubre un eco de Hegel y un presentimiento de Marx. “Toda sociedad -asegura– lleva en sí la facultad de engendrar la que vendrá, y llega a la crisis del alumbramiento cuando ha alcanzado la plenitud de sus caracteres esenciales.” En la última fase de la historia humana, la “civilización” –que corresponde a la sociedad burguesa–, Fourier hace notar que el mundo se agita entre contradicciones que no sabe superar: “todo es vicioso en este mundo al revés” –dice. Y con una clara intuición de la dialéctica, subraya que en, “el sistema industrial”, “la pobreza nace de la misma abundancia”.

        Esas contradicciones de una sociedad que él conocía en sus detalles y describió como teórico –parasitismo del comercio, miseria de las masas, estragos de la competencia, tiranía de los acaparadores y los banqueros, sometimiento de los políticos, corrupción de los científicos– son las mismas contradicciones que denuncia en la manera como la burguesía “organiza” la familia y en el modo como impone a la mujer una situación indigna y subalterna. A Fourier se debe, por vez primera, el enunciado de este pensamiento generoso: se puede apreciar el grado de emancipación de la humanidad por el grado de emancipación de la mujer. Crítico implacable del matrimonio burgués, empavesado de principios morales y corrompido por el interés y el mutuo engaño, Fourier ha dejado el análisis más penetrante del envilecimiento del amor entre las manos de la burguesía. Con una gracia inapreciable ha puesto en claro el carácter de clase que corresponde a la moral y cómo frente a cada moral dogmática, que nadie cumple, hay mil “contramorales” que la desmienten. El dogma de la fidelidad en los esposos, renegado a cada paso en la diaria experiencia del matrimonio burgués, da a Fourier asunto más que suficiente para algunas consideraciones magistrales y le dicta como conclusión del largo análisis este aforismo famoso: “Así como en gramática dos negaciones equivalen a una afirmación, en los negocios conyugales dos prostituciones equivalen a una virtud”.

        La bancarrota y el adulterio, he ahí en su opinión “las dos mayores infamias” de la burguesía comercial. Pero como este hombre minucioso y puntual tenía hasta el fanatismo el amor de las clasificaciones –preámbulos, transámbulos, postámbulos– su análisis de la bancarrota terminó en una clasificación de los fallidos, como su análisis del adulterio en una clasificación de los cornudos. Su “Jerarquía de la bancarrota” –“serie libre” de órdenes y géneros con 36 especies–, como su “Jerarquía del cornudaje” -49 especies de “orden simple”, 31 de “orden compuesto” –, son dos páginas clásicas de la literatura costumbrista y entroncan con la ironía, la vivacidad y el desenfado, en la mejor tradición del siglo XVIII.

        Análisis cabal de la burguesía mercantil, sátira sin parangón de cornudos y fallidos, la obra de Fourier presenta otro aspecto, el más tentador y llamativo, en el cual han logrado su expresión –entre anticipaciones geniales y bobería pueriles– todos los sueños de las pequeñas burguesías asfixiadas, todas las ilusiones de los reformadores utopistas.

        A los seis años, lo vimos ya, Fourier había comenzado la crítica negativa de la burguesía mercantil; a los veintiséis se puso en el camino que a Campanella condujo a la Ciudad del sol, y que a él lo llevaría hasta su deslumbrante Falansterio. Pero como todo en Fourier tiene comienzos desusuales, anotemos también que si su crítica del “mundo al revés” nació de una paliza, su sueño del “mundo al derecho” nació de una manzana…

        Se encontraba un día en el restaurante Février, de París, en compañía nada menos que de Brillant-Savarin –incomparable amistad para un gourmet como él–, cuando vio que al futuro autor de la Fisiología del gusto se le cobraba catorce sueldos por una sola manzana. En sus recientes andanzas de agente de comercio, Fourier había atravesado ciudades no lejanas en donde por el mismo precio se hubiera podido comprar una centena. “Me quedé tan sorprendido -dice– de esta diferencia de precios entre regiones de igual temperatura, que comencé a sospechar un desorden fundamental en el mecanismo industrial, y de ahí nacieron las investigaciones que al cabo de cuatro años me hicieron descubrir la teoría de las series de los grupos industriales y, por consiguiente, las leyes del movimiento que Newton no alcanzó.”

        La manzana de Fourier, la manzana de Newton… Vamos acercándonos, ahora, a través de las mismas palabras del autor, hasta el mundo secreto en que Fourier vivió lo mejor de su vida y que en la extravagancia de esas líneas comienza a apuntar y a perfilarse. Porque este empleadillo de comercio, de una ignorancia aterradora, pero de un orgullo de alienado, ha venido a caer en la idea singular de que a través de esa manzana el mismísimo Dios se ha dignado sonreírle. Poseedor del libro de los Destinos comienza a ser, ahora, y lo seguirá siendo hasta su muerte, el cajero insospechable que durante doce horas al día se inclinará sin un mal gesto sobre los libros de comercio de una sucursal americana.

        La doble vida va a seguir adquiriendo proporciones gigantescas, pero ninguno de los dos mundos gravitará sobre el otro, y nadie hubiera sospechado, al conversar con él sobre negocios, que ese hombre correctísimo, tan exacto y medido en sus funciones mezquinas, era al mismo tiempo un visionario sin control que escondía amorosamente entre los pliegues de su alma el más extravagante de los delirios, la más prodigiosa de las locuras. Los cuadernos en que día a día derramaba sus observaciones y sus críticas comienzan a guardar ahora, y al mismo tiempo, la anotación pertinente y el designio alocado. Y como la dicha de ser el secretario de Dios le había traído el justificado temor de ser plagiado, una suspicacia cada vez más agresiva le va llevando a encerrarse en un aislamiento hostil para defender así sus extraños proyectos de humo y ventolera.

        En los años juveniles que vivió en Lyon debió vincularse, con seguridad, a algunas de las sectas místicas y sociedades ocultas que pululaba durante la Revolución y el Directorio. Por conversaciones, mucho más que por lecturas, debieron llegar hasta él las nuevas corrientes del pitagorismo en que desempeñaban un papel de primer plano todas las pretendidas correspondencias de los números que tanto han seducido y seducen todavía a los espíritus indisciplinados y a las imaginaciones aventureras. Una obra de ciencia justamente clásica, como que marcó una fecha en la concepción del universo, Las armonías del mundo, de Kepler, publicada casi dos siglos atrás, en 1619 –libro extraordinario y genial en que alternaban la mecánica más rigurosa y los sueños más locos– llegó hasta Fourier por esos mismos años, vaya Dios a saber de qué manera, y tuvo, como es lógico, una influencia tan decisiva sobre pitagórico tan infatuado, que el oscuro agente de comercio, habitualmente desdeñoso de los libros, no se desprendió jamás de ese tratado. ¿Qué le sedujo más en él? ¿Acaso las leyes de la elipsis, de las áreas y de las revoluciones, o aquellas otras desconcertantes fantasías en que el astrónomo Kepler se figuraba a los planetas conducidos por los ángeles hasta el místico concierto en donde Venus hacía de contralto, Júpiter de bajo. Mercurio de falsete? La respuesta no es dudosa. Para su incultura casi total y su inventiva desarreglada, Kepler solo podía actuar como un  estímulo que lo llevaría al descubrimiento de extravagantes “armonías”.

        Eso fue lo que ocurrió. Puesto que hay unidad en todo lo que existe, la “ciencia” de Fourier se propuso encontrar las analogías que vinculan en secreto a la totalidad de lo real, y le bastó, por supuesto, analizar a fondo una de las formas de existencia –la sociedad humana– para reconstruir el mismo plan de Dios. En la jerarquía del Universo -¿cómo no iba a existir una jerarquía del Universo, cuando la hay rigurosa y precisa hasta en los fallidos y los cornudos? – Fourier llegó a “comprobar” que hay estrechas correlaciones entre los hombres y los planetas, entre los planetas y los soles. El cuerpo del hombre es un fragmento del cuerpo del planeta; su alma, una emanación del alma planetaria, y aunque el hombre es la más pequeña de las “criaturas de armonía”, de él depende precisamente, a causa de esas correlaciones misteriosas, el orden, o la anarquía de los mundos. Cuando las sociedades no están reguladas en conformidad a las leyes de la atracción universal –que es lo que ocurre “en civilización”– el Universo sufre, se resiente y enferma. Pero bastaría que el hombre comprendiera las nuevas leyes de la “atracción pasional” que Fourier acababa de añadir a las de Newton –manzana por manzana– para que el Universo entero, de jerarquía en jerarquía, empezara a florecer en una juventud eterna. No solo el hombre conocería, por fin, la felicidad anhelada, sino que hasta nuevas plantas y animales y planetas aumentarían, desde entonces, eso que Fourier llamaba, con expresión muy suya, “el mobiliario del Universo”…

        ¿De qué manera transformar la sociedad humana para salir de una vez de los “limbos oscuros” y colaborar así con Dios en la recreación del Universo? Años y años trabajó en su “ley del doble impulso”: impulso “subversivo” contra impulso de “armonía”. Y en vez de llegar a la conclusión fácil y vulgar de que es necesario estrangular al “impulso subversivo”, Fourier –genial siempre hasta en el delirio– enunció esta verdad que Hegel descubría también en esos mismos años y que Marx habría de llevar hasta la plenitud de su riqueza: puesto que “no hay equilibrio sin fuerzas opuestas”, es necesario “utilizar las discordias, ya que es imposible”, es necesario “utilizar las discordias, ya que es imposible destruirlas”.

        Algunos artículos de periódicos, entre 1800 y 1804, anticipan los primeros esbozos de su solución. Pero es recién en 1808 cuando aparece su Teoría de los cuatro movimientos y de los destinos generales, con este subtítulo expresivo: “Prospecto y anuncio del descubrimiento”.

        Tan pronto retira de la imprenta los primeros ejemplares, escribe en uno de ellos una dedicatoria que es un himno y se lo envía a Napoleón. Napoleón no contesta. Es su primera decepción, la primera decepción de este visionario candoroso que se sabe destinado a transformar el universo y que no se explica cómo apenas terminada la lectura de su libro no vienen hasta él los recursos que precisa. Porque si bien ya está el Inventor, falta ahora lo que él llama el Candidato.

        Discípulos no le interesan. Le molestan más bien.; les desconfía. Con los años se le irán acercando hasta algunos hombres de la talla de Víctor Considerant; pero los recibe sin cordialidad. Para colmo, su admirador más fanático y su discípulo más fiel, Justo Muiron, padece de una sordera tan perfecta, que la señalan ya como a un ejemplo. ¿Se imaginan ustedes la impaciencia de un legislador del Universo obligado a hablar a gritos con un apóstol absolutamente sordo?

        Diez millones, ni uno más ni uno menos, es lo que Fourier necesita para llevar a la práctica la “primera sociedad en armonía” que su libro ha presentado con prospecto y descripción. ¿Para qué podrían servirle los discípulos, pobres como él casi todos, y, además, indisciplinados, difíciles y sospechosos? A falta de la réclame, que su estrechez no puede costear –¿cómo pagar 120 francos por cada cien líneas en los periódicos?–, tolera un poco a sus discípulos por la bulla que hacen en torno de su invento y por el auxilio económico que entre todos empiezan a prometer para sus libros. Pero los millones que precisa solo podría conseguirlos de un rey, de un ministro o de un filántropo.

        Después de Napoleón, ha empezado a escribir a todos los ministros del Imperio detalladas cartas de cuarenta páginas. Y aunque el resultado ha sido idéntico, cuando cae el Imperio repite análoga experiencia con los ministros de la restauración. No desespera por el nuevo fracaso. Conoce la suerte de los inventores y continúa tozudo llamando a la puerta de los grandes.

        En 1822 publica su segundo libro, el Tratado de la asociación doméstico-agrícola. En los años transcurridos desde que apareció la Teoría de los cuatro movimientos, el proyecto ha madurado, y está ahora tan a punto que Fourier no solo no tiene una sola duda sobre el éxito inmediato, sino que traza por anticipado el desarrollo de su “sociedad en armonía”.

        En ese mismo año de 1822 se harán los preparativos para el ensayo; en 1823 será la instalación definitiva; en 1824 el modelo será imitado por todos los civilizados; en 1825 vendrá la adhesión de los bárbaros y de los salvajes; en 1826, organización de la jerarquía en el mundo, y en 1827, colonización de los desiertos…

        Si su seguridad continúa inalterable, ha habido, sin embargo, un cambio en la táctica. Al final de su nuevo libro no lo espera todo, como antes, de un solo Candidato. Le bastaría, ahora, un hombre de importancia para ponerlo al frente de una suscripción. Ese hombre, que se transformaría de inmediato en “jefe accionista y fundador titular”, debe estar, tiene que estar, en la lista de cuatro mil figuras de relieve que Fourier ha compuesto con los personajes más representativos de América y de Europa: desde el duque de Devonshire, en Inglaterra, hasta el “libertador” Bolívar, en Colombia…

        A todos les escribió una gruesa carta o de algún modo trató de interesarlos. Y como les quería evitar, además, la molestia de una contestación, resolvió citarlos por los diarios en su propia casa, a las doce en punto de cualquier día que les fuera cómodo.

        Y he aquí que desde ese momento hasta su muerte, y tan pronto se acercaba el mediodía, los vecinos de su casa de Saint Pierre Montmartre lo veían llegar apresurado y, casi a saltos, subir las escaleras. Frente al espejo ordenaba, después, su cabellera; daba un toque final a la corbata, cepillaba la levita azul y se sentaba después a esperar la gran visita.

        Supongamos que un buen día el Candidato –hombre o mujer– hubiera llegado hasta su puerta, y que después de escuchar a Fourier, imposible saber por cuántas horas, hubiera aceptado convertirse en “jefe accionista y fundador titular del Falansterio”. Al día siguiente el sueño se hubiera echado a caminar sobre la tierra, y en 2300 hectáreas que el Inventor ya tenía en vista entre Poissy y Meulan, todo hubiera estado pronto para la primera “sociedad en armonía”, su famoso Falansterio.

        A qué se reduce lo más esencial del Falansterio, es lo que vamos a ver ahora antes de concluir.

        El análisis de la psicología humana había llevado a Fourier a reconocer en el hombre cinco pasiones sensitivas, cuatro afectivas y tres distributivas. Las pasiones sensitivas están ligadas a los cinco sentidos y nos inclinan al lujo. Las pasiones afectivas –amistad, amor, ambición y paternidad– nos llevan a formar agrupaciones. Las pasiones distributivas desatan, en cambio, los grupos formados por las pasiones anteriores y son, en el idioma de Fourier, las pasiones que llama “mariposeante”, “cabalista” y “composista”. La primera, mariposeante, es esa necesidad del cambio periódico que nos salva de la monotonía y el fastidio. La segunda, cabalista, corresponde al atractivo de la rivalidad y de la intriga. La tercera, composista, es la pasión exaltante que nace del goce simultáneo de varios placeres de los sentidos y del alma.

        En estado de “civilización” las doce pasiones conducen al hombre a una guerra permanente consigo mismo y con los demás. La ambición, por ejemplo, contraría a la amistad, y el interés personal nos mueve al fraude y la mentira.

        En estado de “armonía” la doble guerra desaparecerá. Asegurar al hombre su desarrollo pleno es lo que Fourier se propone como fin de su sociedad “natural e integral”.

        Para que todos disfruten de las pasiones ligadas a los cinco sentidos, es menester asegurar a todos un grado elevado de salud corporal y bienestar económico. La industria y la ciencia han creado precisamente los resortes necesarios para fundar un régimen social incompatible con la pobreza y la ignorancia.

        Las pasiones afectivas –amistad, amor, ambición, paternidad– exigen una atmósfera limpia de duplicidad y de prejuicios. La nueva sociedad no impondrá al hombre el hipócrita deber de dominar sus pasiones. Le quitará las trabas y utilizará para el bien de todos hasta las mismas pasiones que en otras épocas han sido reprobadas.

        Las pasiones distributivas, finalmente –mariposeante, cabalista y composista–, consideradas como vicios “en civilización”, asumirán “en armonía” una función directriz y tendrán por misión armonizar las pasiones afectivas y sensitivas no solo dentro del mismo individuo, sino en sus relaciones con los demás. De modo tal que cada uno, al seguir su propio interés, sirva al mismo tiempo los intereses de la masa.

        Salud, bienestar, libertad y armonía, es lo que Fourier se propone asegurar. El análisis de las pasiones le continuará ayudando en sus descubrimientos. De las doce pasiones fundamentales ha llegado a establecer, mediante sucesivas subdivisiones, una clasificación de los hombres en 405 caracteres. Pero como esos caracteres tienen matices diferentes, según los sexos –más fuertes en el hombre, más dulces en la mujer– el cuadro completo de los caracteres humanos asciende, por lo tanto, a 810. Mas como ya hemos visto que una sociedad ideal debe llevar en su seno un espécimen por lo menos de carácter humano, para sacar provecho de las diferencias, Fourier aconseja que sobre el terreno ya escogido –cortado de colinas y a lo largo de un río– 1600 personas como mínimo, 2000 como máximo –accionistas o no– tengan la gloria de formar la primera “falange” y de construir la primera “sociedad en armonía”.

        El Falansterio venía a ser, en resumidas cuentas, algo así como una colonia de agricultura, con dos o tres industrias adjuntas, y amplios edificios para la habitación, las fiestas, las comidas en común. La tierra es propiedad común, pero en el Falansterio subsisten las diferencias de fortuna, y, de acuerdo con esas diferencias, hay también habitaciones y salas desiguales. Dentro de la concepción de Fourier, las desigualdades de fortuna son una condición de la armonía social, pero el bienestar que se goza en la falange permite a la clase pobre un nivel de vida superior a la de la más desahogada pequeña burguesía de la “civilización”.

        Diferencias de fortuna, por otra parte, no quiere decir explotadores y explotados. En el Falansterio todo el mundo trabaja y todo el mundo se asocia espontáneamente según sus preferencias. Para facilitar los vínculos, una serie de distintivos llevados ostensiblemente por cada “societario” permite reconocer fácilmente el carácter y estrechar vínculos de mutua simpatía. Y como cada miembro del Falansterio formará parte de muchos grupos y pasará de uno a otro varias veces en el día, la “pasión mariposeante” hará del trabajo no un martirio, sino un juego entretenido y saludable.

        La pasión de la “cábala”, además, que “en civilización” solo lleva a la rivalidad mezquina, provocará “en armonía” la más generosa emulación. En el cultivo de la tierra y en la manufactura, no serán los individuos, sino los grupos, los que se lanzarán constantes “desafíos” de innegable provecho para todos. Y como ya hemos dicho que cada miembro pertenece a grupos muy distintos, los que eran rivales hace un rato serán camaradas una hora después.

        De acuerdo con los servicios prestados a la colectividad, el Falansterio honrará a sus “atletas industriales”, y en vez de estimular la vanidad subalterna, despertará en todos el anhelo de acrecentar el lujo y el bienestar de la falange.

        Deseoso de aprovechar en beneficio de la colectividad los gustos más variados, Fourier recurre, como experto psicólogo, a las desiguales afinidades de los tres sexos. No se alarmen ustedes: para Fourier, los niños son el tercer sexo… Y puesto ya sobre esta vía, aquel hombre endemoniado en el cual es difícil distinguir a veces al humorista y al orate, resuelve sus problemas con verdaderos hallazgos. ¿Quién va a querer ocuparse de esas sucias tareas a que nuestra vida nos obliga? ¿Quién va a tomar por su cuenta tantos oficios repugnantes y penosos? Puesto que es regla del Falansterio arrancarle al trabajo su traje de presidiario, Fourier entrega esas funciones a aquel de los tres sexos que más goza y se divierte con lo sucio y con lo innoble. Organizados en pequeñas hordas, los niños del Falansterio cumplirán el servicio de todos esos cuidados de la higiene social en que tanto se complacen: destrucción de alimañas, matanza de bestias para el consumo, limpieza de habitaciones y de los caminos.

        Ya señalamos, hace un rato, en homenaje a la memoria de Fourier, el elevado concepto del Inventor sobre el papel social de la mujer. Señalemos ahora, de pasada, la consideración que los niños le merecen. Porque esos mismos chiquillos que participan, de acuerdo con sus gustos, en la vida de la falange, reciben, tan pronto terminan sus breves jornadas de trabajo, la más variada y la más prolija de las educaciones: desde la gimnasia rítmica hasta las prácticas de los oficios en talleres miniaturas. Y puesto que no hace mucho se ha hablado en México de la urgencia de la enseñanza musical en las escuelas, releamos un siglo después de que Fourier las escribió estas líneas tan hermosas como exactas: “la ópera es una escuela de moral que educa a la juventud en el horror de todo lo que hiere la verdad, la justeza y la unidad. Ningún favor puede excusar al que falsea la voz o la medida, el gesto o el paso. El hijo de un príncipe debe someterse, en las figuras y en los coros, a la crítica motivada de la masa. Es en la ópera en donde aprende a subordinarse a las conveniencias unitarias, a los acordes generales. La ópera es, bajo este aspecto, la imagen del espíritu divino, el verdadero sendero de la moral”.

        Todos los sexos, todas las clases colaboran, pues, en el Falansterio, como que éste no es, al fin y al cabo, sino lo que ahora llamaríamos una federación de cooperativas que han incorporado todos los servicios sociales. Capital hay en la falange, pero no capitalistas en el sentido de explotadores y de ociosos. O para decirlo en el lenguaje grato de la pequeña burguesía, todo el mundo “en armonía” será capitalista, con lo cual el capital habrá dejado de ser una amenaza; las clases se habrán íntegramente fusionado y ya no habrá motivo, por lo tanto, para el laberinto de las discordias anteriores, con ”su escala ascendente de odios, su escala descendente de desprecio”.

        Detengo aquí la descripción del Falansterio. Si la compañía de Fourier resulta casi siempre tentadora, doblemente lo es cuando se pone a contar lo que ha de ocurrir “en armonía”. Tantos años vivió acariciando su proyecto, que al Falansterio lo pobló de seres imaginarios con bellos nombres de égloga: Filis y Aramita, Cloris y Celimanta, Galatea y Endimión… Criaturas de la imaginación que habían adquirido para él la plenitud del relieve corporal, y cuyos caracteres conocía y cuyas emulaciones animaba. Y como aquel mundo extraordinario –digno de Dickens o de Balzac– le planteaba casi a diario problemas nuevos, su Falansterio se complicaba sin cesar y adquiría cada vez más una alucinante realidad.

        Personajes de Pirandello antes de Pirandello, a solas conversaba por la calle con sus 1600 societarios, y tan pronto abandonaba de caja de la sucursal americana, se refugiaba, radiante, en su mundo de sueño. Nada le recordaba allí su existencia mezquina, su genialidad incomprendida, su sensualidad insatisfecha. Verdadero legislador y demiurgo, se paseaba a su antojo sobre ese plano de la fantasía en el que había traspuesto, con sus resentimientos personales, las esperanzas y los sueños de la pequeña burguesía en un momento de la historia en que aún no se conocían las soluciones verdaderas.

        Porque eso es lo que hace del Falansterio, de Fourier, algo más que el puro delirio de un reformador alienado y genial. Con maravilloso don de síntesis, Marx y Engels –que no ocultaron jamás cuánto lo amaban– han señalado en pocas líneas del Manifiesto comunista la exacta posición del Falansterio, junto a las otras utopías de su tiempo: “Ycaria”, de Cabet,; “colonias interiores”, de Owen, para no recordar nada más que a las ilustres.

        Hijos de una época en que el capitalismo comercial se afirmaba y que el proletariado de la gran industria, poco desarrollado, no había entrado todavía en lucha franca con la burguesía, los utopistas descubrieron los elementos que disgregaban ya a la sociedad en que vivían, pero no acertaron a reconocer en el proletariado su misión histórica revolucionaria. Remplazaron, por eso, la acción social por la propaganda personal, y como no se habían formado por entonces las premisas objetivas, que son condiciones necesarias de la liberación del hombre, forjaron por entero en su imaginación el mundo que habrá de venir y el camino que habría de llevarlos hasta él.

        Por la importancia que seguía asignando a la propiedad privada, por el papel predominante que reservaba a la agricultura, por su desconocimiento absoluto de las luchas de clase, por su fe en la posibilidad de llegar hasta “armonía” gracias a la generosidad de un millonario, y de transformar la faz del mundo mediante pequeñas colonias de economía cerrada, Fourier se incorpora a las filas nutridas de esos visionarios generosos a cuyo frente marcha el ilustre Tomás Moro, “canciller de Utopía”.

        Pero por su crítica lúcida de la sociedad “civilizada”, por su aguda comprensión de las contradicciones que la desgarran, y por su afirmación de que toda sociedad lleva la posibilidad de engendrar la que vendrá, Fourier se coloca entre los precursores del marxismo y lo anticipa a veces en sus concepciones oscuras y en su prosa desquiciada.

        El tiempo, claro está, no siguió corriendo en vano. Un joven filósofo hegeliano, que al principio había puesto su esperanza en un príncipe de Prusia, y un oscuro empleadillo de comercio, que sufría lo indecible en el ambiente hostil, se dieron a repensar, algunos años después de la muerte de Fourier, todas las doctrinas sociales, todas las doctrinas económicas. Y después de haberse desprendido de sus viejas creencias, elaboraron en un trabajo de muchos años la prodigiosa doctrina que nos ha dado a la vez el más exacto instrumento para comprender el mundo y la más precisa herramienta para transformarlo. En su escuela el proletariado ha aprendido que su liberación no depende del gesto de un millonario generoso o de la iniciativa de un presidente progresista y que no se puede pasar de la “civilización” a la “armonía” sino bajo el impulso revolucionario de las grandes masas.

        Los que a pesar de la experiencia de siglos continuaron esperando al personaje generoso que un buen día, a las doce en punto, aceptaría construir el Falansterio, ya están ahora bajo la ignominia del fascismo, con el doble martirio de lo que Fourier llamaba “la escala ascendente de los odios, la escala descendente del desprecio”.

        Los que a través de esa mismísima experiencia no se resignaron jamás a esperar al millonario, ya han instalado una “falange” de 160 millones de hombres sobre la sexta parte de la tierra. En ese “falansterio” gigantesco, como Fourier no lo soñó en sus momentos mejores, las mujeres y los niños viven con la misma dignidad del hombre “íntegro”; el bienestar cada vez más elevado ha desterrado, como en “armonía”, la enfermedad y la ignorancia; los “atletas industriales” se llaman udarniks y stajanovistas; la dicha de colaborar en una patria que es de todos ha dado al trabajo humano un ritmo que era hasta ayer inconcebible, y para que nada falte en este triunfo de la realidad sobre los sueños, ha bastado poner a las grandes masas en posesión de toda la técnica y de toda la cultura para que haya realizado lo que en el Sistema de Fourier parecía más absurdo: colonizar los desiertos y enriquecer con nuevas especies vegetales y animales, el “mobiliario de Universo”…

        Al siglo de la muerte de Fourier, orgullosos recogemos su obra en nuestra herencia cultural. Con un heroísmo tenaz acarició la utopía de “un hombre íntegramente liberado” que en su medio y en su hora resultaba irrealizable. Pero al mismo tiempo que volvemos a él los ojos agradecidos, repitamos, también, para marcar la altura de la edad en que vivimos, que el sueño que parecía una utopía ya es, en alguna parte de la tierra, una fresca realidad viviente. Sobre la orilla, al parecer inalcanzable, el robusto nadador ha puesto al fin su planta. Torpes son todavía los primeros pasos. Pero en alto lleva los brazos desnudos.

Literatura

Confesiones de Tamara Fiol ¿un novelón indigesto?

(Decimocuarta Parte)

Julio Carmona

        3.1 En El pacto con el diablo

        Vamos, pues, a analizar en este primer apartado el libro enunciado en el epígrafe. No será, desde luego, un análisis exhaustivo o pormenorizado. Tocaremos solo algunas ideas clave que demuestren lo arriba expresado. Ahí dice que busca «ofrecer material seguro y actualizado sobre las obras y autores tratados y contribuir al debate de las ideas» (p. 13). El comienzo de la frase citada es una «declaración de parte» del autor que se cumple, satisfactoriamente. El final, es una propuesta planteada al lector. Propuesta que es refrendada en la página 16, cuando dice que «corresponde al lector juzgar la pertinencia o no de mis enfoques», y, a pie juntillas, agrega: «pero sobre todo el espíritu con que fueron concebidos y escritos dichos trabajos.» Para decirlo con expresión popular, MG «está poniendo el parche antes de que salte el chupo», es decir, está advirtiendo que el espíritu de la época de Narración o de La generación del cincuenta: un mundo dividido (décadas de los sesenta y ochenta del siglo pasado, respectivamente) no es el mismo que el de El pacto con el diablo (2007); y esta diferencia de espíritu es la que, sobre todo, le interesa que sea tomada en cuenta al momento que se juzguen sus ensayos. Y, recogiendo ese espíritu de debate propuesto, es lo que haremos aquí. Pues bien, ahora, en la primera década del presente siglo (XXI), en el prólogo del libro aludido, EPD (2007), y refiriéndose a Mao Tse-Tung, MG escribe:

Aparte de sus concepciones ideológico-políticas, me interesó de Mao la limpidez y sencillez de su estilo, su conocimiento de la cultura clásica china y la libertad de espíritu que mostraba al citar, si el razonamiento lo requería, poemas y novelas (de Sueño en el pabellón rojo dijo que era uno de los cuatro aportes —los otros eran la brújula, el papel y la imprenta— que la China antigua había legado a la humanidad), y a historiadores y filósofos de las épocas esclavista o feudal, como Lao Tse, Confucio y Mencio. (p. 14).

Obviamente, así como al presente no se le puede cargar la culpa de los errores del pasado, los hombres del presente no pueden cargarles a todos los hombres del pasado los errores de su tiempo. Pero eso no quiere decir que se deje de precisar cuál es el carácter de clase de su pensamiento. Y Mao no incurrió en esa omisión, ni se propuso sobreponer «la limpidez y sencillez de su estilo» a «sus concepciones ideológico-políticas», porque Mao, como todo marxista, sabía que ambas van unidas, pues —al decir de Marx— ‘la forma es buena en tanto es la forma de su contenido.’ (Citado por Brecht, A-1973: 123).

        El hecho de no precisar el carácter de clase de las obras lleva a imprecisiones como la que se ve en esta pregunta que hace Víctor A. Belaunde frente al esquema marxista-clasista de los estudios literarios. Este autor parte de la siguiente proposición: Si el marxismo dice que en la Plena Edad Media europea existió literatura feudal —pregunta él: «¿En qué sitio quedan los cantos medioevales, revelación y síntesis del alma popular?» (A1991: 99). Y la explicación es esta: porque los juglares, autores de tales cantos y, por lo común, de origen popular, creían que los aristócratas eran puestos allí por Dios para dirigir a los pueblos en sus guerras a favor de los reyes. Y, entonces, Rodrigo Díaz de Vivar del Cantar de Mío Cid, el Roldán de la canción francesa del mismo nombre, y Sigfrido del cantar alemán de Los Nibelungos, no son sino los representantes literarios del orden feudal por el cual y en el cual realizaban sus hazañas, las mismas que eran asumidas como propias por el pueblo.149 Y lo mismo se puede decir del carácter aristocrático de la épica antigua, aun cuando sus autores no pertenecieran a la aristocracia, sino a la plebe, y aun cuando los pueblos asumieran a tales poemas como propios: caso típico de los poemas homéricos. Es decir que a Homero —por ejemplo— no se le puede condenar por su concepción del mundo ligada a la aristocracia griega (pese a que, es lo más probable, él no perteneciera a esa clase), porque también en su época —como ya dijimos que ocurría en el feudalismo— estaba generalizado el pensamiento de que los aristócratas descendían de los dioses, y el pueblo mismo se hacía partícipe de esta concepción. Esa concepción genérica del «pueblo» griego no quiere decir que hubiera dejado de haber hombres de ese pueblo que disintieran de ello, y este caso lo ilustra el mismo Homero con la figura de Tersites pero sin solidarizarse con él, presentándolo más bien de manera esperpéntica. O sea que, asumiendo esa comprensión de valorar de manera positiva el trabajo poético de Homero, ello no debe conducir a que se borre su identidad o carácter de clase, favorable a la aristocracia griega.

        Y por el hecho de que Mao se pronunciase respetando los valores de autores «de las épocas antigua o feudal» —como bien dice MG— no ha de concluirse que los estuviera poniendo en la misma clasificación que otros autores de pensamiento —digamos— proletario.150 Aunque se diga que ambos «escriben para la humanidad», pues esta, «la humanidad» —como tantas otras grandes palabras—, no es una sola en sociedades divididas en explotados y explotadores. Y estas categorías de «explotados y explotadores» no son abstracciones que flotan por encima de la realidad. Ellas se concretizan en individuos de carne y hueso, los cuales se caracterizan por tener un yo distinto del otro. En tal sentido, José Carlos Mariátegui, que es uno de los estudiosos de esa literatura que exacerbaba la preeminencia del «yo» (la literatura de la vanguardia), coincide con otros en precisar que es el individualismo, reflejado a través de la «manifestación del yo», el leitmotiv característico de la poesía moderna. Pero no el yo «tomado naturalmente como símbolo de “todos”» —que dice César Vallejo  (B-1973: 100)—, sino el «yo personal», con toda una carga existencial aplastante, que, en efecto, puede constatarse en la producción poética de muchos, si no de todos, los poetas que expresan una ideología burguesa o pequeñoburguesa. Esta caracterización del yo la propuso MG en uno de sus ensayos —aunque no de la mejor manera:

Por encima de las generaciones (sic) la literatura (y el arte y el pensamiento) surgida durante la crisis del siglo XX, para utilizar la tipificación del historiador Vicens Vives [a], posee características comunes que la diferencian de la literatura de los siglos anteriores [b]. Las vicisitudes del yo, he aquí uno de los temas centrales de la lírica y la novela de nuestra época [c]. En registro serio, cómico o tragicómico se dan estas tres posibilidades: el yo cautivo y solipsista, el yo en contienda con el mundo y el yo en busca de lo comunitario [d]: Eliot, Benn, el segundo Brecht, el último Vallejo; y en novela Joyce, Kafka y Beckett, y Hemingway, G. Greene y Malraux [e]. En la poesía peruana en lengua española, sea con el sistema del verso hispánico, francés o angloamericano, expresan estas aventuras y desventuras del yo poético miembros de diferentes generaciones como son el Vallejo de Trilce (sic), Westphalen, Eielson, Hinostrosa, Verástegui o Chirinos (B-1988: 29).
     
A propósito de esta incisión epistemológica (entendida como aporte de nuevos problemas a —o respuestas a viejos problemas de— la ciencia literaria) vamos a hacerle, por nuestra parte, algunas incisiones ya sugeridas con las letras entre corchetes:

a) Con esta aclaración: «para utilizar la tipificación del historiador Vicens Vives», se genera una ambigüedad, pues no se sabe si la tipificación de Vives se refiere a la frase «crisis del siglo XX» o a la siguiente ‘tripartición de las vicisitudes del yo’. De ser lo primero, valido estaría Pero Grullo, y si es lo segundo, creemos que dicha aclaración debió ir después de la ‘tripartición’. Por lo que respecta al signo «sic», consideramos que, siendo una frase incidental, debió ir seguida de una coma.

b) Cabe preguntar: ¿con quién más la literatura del siglo XX posee ‘características comunes’? No puede ser que las tenga con ella misma, pues, en ese caso, serían características «propias» y no «comunes». Si es con el ‘arte y el pensamiento del siglo XX’ se ha debido decir: ‘poseen características comunes’.

c) «Las vicisitudes del yo, he aquí uno de los temas centrales de la lírica y la novela de nuestra época.» De esta frase se desprende que «las vicisitudes del yo» es una sola característica. Y, como no se vuelve a mencionar ninguna otra característica, de ello se sigue que no se debió decir que ‘la literatura del siglo XX posee características comunes’, pues se debe mencionar a más de una de esas características, y precisar que son comunes a algo más que a solo la literatura.

d) Esta tripartición («el yo cautivo y solipsista, el yo en contienda con el mundo y el yo en busca de lo comunitario») resulta ser excesiva pues, con más precisión, se ha de convenir que la opción del ‘yo en contienda con el mundo’ es común a las otras dos, y, entonces, debió tratarse de bipartición.151 Y, en puridad de los hechos, la ‘contienda del yo poético con el mundo’ ha estado también presente en la literatura de los siglos anteriores, y no como en la cita se dice que por esa característica «se diferencia de los siglos anteriores». No en vano se dice que la poesía lírica es expresión de un yo. E, igualmente, por eso se hace derivar la novela moderna a partir de El Quijote de la Mancha, por tratar las peripecias de un individuo.

e) Si se quiere ejemplificar cada una de las ‘tres posibilidades o vicisitudes del yo’ se ha debido hacer con sendos escritores para cada una; pero si se menciona a cuatro escritores sin especificar a cuál de ellas corresponde cada quien, se genera otra ambigüedad: si se está dejando al lector la libertad de establecer esa relación, o si lo único que se quiere es decir que en todos ellos está presente la característica del yo. Y por lo que respecta al último «sic»: la falta de cursiva o de negrita en el título es del original.

Por lo que se refiere a César Vallejo, no es, pues, que ‘la vicisitud del yo’ esté presente solo en Trilce; pues debe reconocerse que también lo está en sus otras obras. Y tampoco se debe dejar sin precisar que esa ‘vicisitud del yo’ no corresponde a la posibilidad ‘solipsista’, aunque sí a la de ‘contienda con el mundo’ (común a toda la literatura) e igualmente a la posibilidad de ‘en busca de lo comunitario’. Porque, precisamente, esta búsqueda de lo comunitario en CV se da aun cuando se encuentre en prisión (se sabe que gran parte de los poemas de Trilce fueron escritos en prisión o sobre la base del recuerdo de ella), pues su afán es de comunicación con otro, y mejor si es con otros. Y eso se percibe en todos los poemas. Pongamos dos ejemplos:

Y si supiera si ha de volver;
y si supiera qué mañana entrará
a entregarme las ropas lavadas, mi aquella
lavandera del alma. Qué mañana entrará
satisfecha, capulí de obrería, dichosa
de probar que sí sabe, que sí puede
                            ¡CÓMO NO VA A PODER!
azular y planchar todos los caos. (Trilce, VI)

Oh piedra, almohada bienfaciente al fin. Amémonos
los vivos a los vivos, que a las buenas cosas muertas
será después. Cuánto tenemos que quererlas
y estrecharlas, cuánto. Amemos las actuali-
dades, que siempre no estaremos como estamos. (Trilce, LXX)

¿Que estos versos son herméticos? Sí. Pero en ellos no hay solipsismo. Como tampoco lo hay en los otros poemas de este libro, por más herméticos que sean (ni en los de los otros libros). No creemos que «hermetismo» tenga como correlato único el «solipsismo». De otra forma se estará cayendo en el más cerril de los formalismos. El hermetismo solipsista de un Eliot tiene motivaciones ideológicas diferentes del hermetismo solidario o, si se quiere, comunitario de César Vallejo. Ese olvido del factor ideológico clasista en la literatura —imperdonable en alguien que se reclama marxista— hizo que MG equiparara a Vallejo y a Eielson, que son dos poetas de tendencias opuestas. Veamos el caso. Analizando la obra poética de Jorge E. Eielson, en el libro comentado, Miguel Gutiérrez se pregunta:

«¿Es Eielson el gran poeta que la Generación del 50 ha dado al Perú? ¿Pero qué es ser un gran poeta? ¿Existen diferentes formas de grandeza? Desde luego no lo sería (no puede serlo) en la dimensión de Vallejo, que es el gran poeta de una lengua, de una clase y de un pueblo. ¿Entonces lo es a la manera de Martín Adán? Eielson es un poeta desgarrado, acaso de la estirpe de un Cavafis o de un Cernuda. Y Eielson —nos atreveremos a afirmar— no es inferior a ellos ni en capacidad para manejar esos “cuerpos gloriosos” que son las palabras ni en sensibilidad para asumir con hondura la conciencia de su marginalidad» (B-1988: 81).

De lo citado se colige que MG establece la diferencia entre Eielson y Vallejo, considerando que el primero se inserta en la ‘vicisitud del yo solipsista’, pues no es «el poeta de una lengua, de una clase y de un pueblo», como sí lo es Vallejo.152 Y, por eso, al final del capítulo, dice: «No, Eielson no es un gran poeta, pero sí, tal vez, el primero entre los excelentes poetas de su generación» (op. cit., pág. 84). Sin embargo, en El pacto con el diablo vuelve a tratar de la obra de Eielson (no solo poética), y —lo dice expresamente— con el fin de rectificar su apreciación anterior: ‘de que no era un gran poeta’153. Y dice que «Jorge Eduardo Eielson es un gran poeta, uno de los grandes poetas en lengua española del siglo XX» (op. cit., p. 333). Ahora bien, sería desfasado censurarlo por ese juicio; pero lo censurable, sí, es la conclusión a que llega después de ese aserto: que el sitio de Eielson «en el canon de la literatura peruana debe estar al lado o muy cerca de Vallejo» (Ibídem), y es censurable porque, en principio, en la literatura peruana — como en cualquier otra— no hay un solo canon; cuando se habla de solo un canon se debe reconocer que constituye una función de la sociedad en que se vive, impuesto por una pequeña porción de la sociedad a los demás, de acuerdo con los propios gustos e ideología de esa pequeña porción de la sociedad, que, como un árbitro de esos asuntos, ha determinado cuáles son las «normas» a seguir en literatura y arte. Siendo así, el «canon» varía desde la concepción estética misma de los involucrados: Eielson responde al canon de la estética formalista; Vallejo, al de la estética realista. Y, más aun, si a esas estéticas se las confronta con los intereses de cada clase del espectro social. Y esta precisión no debe conducir a poner a Eielson en una posición inferior a Vallejo. Lo que sí busca es precisar que tanto uno como otro son ‘grandes poetas en lengua española del siglo XX’, pero cada uno con una identificación de clase distinta, lo cual obliga a restringir la apreciación de MG cuando concluye que ‘Eielson debe estar al lado o muy cerca de Vallejo’. Y se debe decir que no es así: que no están juntos (al lado, uno del otro), no. Están separados. Porque sus obras responden a distintas estéticas, poéticas y políticas. Porque Vallejo —en múltiples ocasiones de su obra— se encargó de precisar que ‘él escribía para el analfabeto’, es decir, escribía para «el otro», que dejará de ser analfabeto a través de sus herederos en un mundo nuevo. Y Eielson también llegó a precisar la posición de su escritura dentro de esa humanidad: que él escribía para «el yo», es decir, para sí mismo o, lo que es lo mismo, para otro que como él se sienta encerrado «en una habitación tan oscura / sin puertas y sin ventanas / pero claveteada por dentro / sellada por fuera.»154

        Ahora bien, por nuestra parte, podemos explicar ese giro dado por MG, estableciendo que en su trayectoria intelectual se puede hablar también de un «primer y un segundo MG»: el de antes de los 90 y el de después de los 90. Y en esos casos de diáspora ideológica, hay que saber distinguir muy bien el grano de la paja, cuando —por ejemplo— se cita frases como la de «doctores del marxismo» de Vallejo. Sobre la base de ella no se puede acusar a Brecht de «doctor del marxismo» porque calificó al llamado —por otros, no por él— «padre de la poesía moderna», Charles Baudelaire, como «el poeta de la pequeña burguesía francesa»:

de una época [precisa Brecht] en que era indiscutible que los servicios de esbirro que ella había prestado a la gran burguesía con la sangrienta opresión de la clase obrera, no serían recompensados. Es el canto del gallo, que consta de tres estrofas. La pobreza en él es la pobreza del trapero; la desesperación, aquella del parásito; el escarnio, el del zángano (op. cit.: 306).

Lo que hace Brecht es ser fiel a los principios del marxismo: analizar la poesía desde la perspectiva de clase, y no obnubilarse con su «belleza formal», la misma que no se devalúa con su calificación clasista o identificación de clase o posición política. Y aun cabe cuestionarse si sería aplicable esa calificación de «doctor del marxismo» al mismo Vallejo cuando afirma lo siguiente: «No es poeta el que hoy pasa insensible a la tragedia obrera. Paul Valéry, Maeterlinck, no son» (A-1973: 75). Vallejo aquí está usando un lenguaje hiperbólico, y más sentimental que racional. La razón nos debe llevar a afirmar que Valéry y Maeterlinck sí son poetas, pero de sus respectivas clases sociales. La clase obrera consciente —el proletariado— no permitirá que se diga de Vallejo ‘que no es poeta’; no lo será de la burguesía o de una supuesta «literatura única peruana», pero sí lo es del proletariado y de las clases aliadas de este. Con todo, lo ostensible es que el «último MG» ha decidido darle más énfasis a lo poético que a lo político, en una entrevista que dio al diario Perú21, en el 2007 (mismo año de EPD), dice:

Hasta mis ensayos del 80 puse el acento en las ideas, en los esclarecimientos ideológicos y políticos. Claro, sin dejar de lado los aspectos formales y estructurales de los textos. Sin embargo, en los últimos diecisiete años he puesto énfasis en la dimensión del placer que produce el leer una obra. En cualquier caso, en ambas etapas, ya una tercera intención: deseo suscitar en el lector el amor a la literatura, ahora le doy más importancia a la dimensión estética, al placer que genera. (Diario Perú21, 2007).

Y, no obstante esa ostensible tendencia hedonista, MG sigue sosteniendo la posición —que el marxismo también asume— de que: «La lectura ideológica de un texto literario es absolutamente legítima, a condición de que no se descalifique en el plano estético una obra sólo por las opciones políticas del autor». Y, ciertamente, si alguien, llamándose marxista, hace lo contrario (descalificar lo poético por lo político), debe hacerse merecedor del calificativo de «doctor del marxismo». Pero de ahí a poner en el mismo nivel a dos escritores de tendencias opuestas (Eielson/Vallejo) hay gran distancia, y más todavía si se habla de «una sola literatura peruana», regida por un solo canon, con lo cual, pues, los escritores que bregan por una literatura clasista opuesta a la literatura burguesa, siempre van a correr el riesgo de ver devaluado su trabajo si va a ser medido con ese único canon que, justamente, ellos están tratando de eludir: la belleza por la belleza, el placer por el placer, la forma por la forma. Y es, a todas luces, esta última la posición asumida por el «último MG». Y tal parece que ha hecho carne en él, pues en un libro publicado en el año 2011, La cabeza y los pies de la dialéctica, vuelve a censurar a los críticos de filiación marxista, y con más virulencia:

… desde la muerte de Mariátegui existía un gran vacío en los estudios y la crítica de filiación marxista. Salvo encomiables excepciones, como algunos trabajos de Manuel Baquerizo, la crítica marxista, o la que se hacía pasar por tal, tenía un carácter dogmático y panfletario que revelaba incomprensión frente al hecho literario en sí mismo y desprecio por la labor de los escritores dedicados a la creación literaria (p. 15).

Obsérvese que pone el ejemplo positivo (Manuel Baquerizo), mas no hace lo mismo con los que denigra como ‘dogmáticos, panfletarios y hasta poco inteligentes y despóticos’, es decir, calificativos que debieran usarse contra los enemigos de clase, y no con quienes se ubican en el seno del pueblo, aunque se tenga discrepancia con ellos. Sin embargo, MG insiste en ser severo con los «dogmáticos marxistas» y complaciente con los «simpáticos reaccionarios»; por ejemplo de Mario Vargas dice: «En cuanto a mí, creo que Vargas Llosa es un gran novelista y un ensayista notable, irritante muchas veces por las ideas que defiende, pero siempre deleitable por su escritura» (p. 15). Y, lo que es más alarmante, dice que esas ideas de MV corresponden a las de la democracia, cuando en realidad provienen de la dictadura burguesa expresada a través de la ideología cara al escribidor: el neoliberalismo. Dice MG que MV en la actualidad se encuentra en la fase:

… de combate por la democracia desde una posición más bien libertaria, como lo viene haciendo en la coyuntura política por la que atraviesa el Perú.155

La apreciación de MG aplicada a la obra de escritores como Vargas Llosa o Eielson fuera plenamente válida, si con ella no estuviera, de paso, restringiendo valor a la obra de Romualdo, Rose, Scorza o Valcárcel, pues de estos dice, por ejemplo: «… la poesía social de Romualdo, como la del primer Rose, la de Scorza, la de Valcárcel, sin contar la de los epígonos, resulta insuficiente, limitada (…) En cualquier forma se trata de una poesía poco dialéctica, demasiado pasional y tal vez candorosa…» (La generación…, p. 76). «Sin contar con los epígonos», dice; o sea que si los poetas mencionados (Rose, Romualdo, Scorza, Valcárcel) son, para él, poetas menores; «los epígonos», prácticamente, «no son poetas». Y todo esto lo dice alguien que en el 2011 acusará a los críticos marxistas de ser ‘dogmáticos, panfletarios, poco inteligentes’ y, además, despóticos, pues revelaban «desprecio por la labor de los escritores dedicados a la creación literaria» (op. cit., p. 15. Ver cita supra). Se está cumpliendo, así, lo dicho antes: de la situación de desventaja en que quedan los poetas de las clases que luchan contra el sistema capitalista (incluida su poética), si a todos se los incluye en una sola «literatura peruana» para ser valorada con un solo canon estético; porque —como decía Aristóteles, citado por Marx—:

todo arte que tiene su objeto en sí mismo [que es el caso de la llamada «poesía pura»] puede considerarse infinito en su ambición, ya que trata de aproximarse cada vez más a dicho fin, a diferencia de las artes cuyo objeto exterior [que es el caso de la llamada «poesía social»] se alcanza enseguida», y Marx agrega: ‘Por haber confundido ambas expresiones artísticas, algunos han creído erróneamente que la elaboración formal y su incrementación hasta el infinito son el objetivo final del arte’. (Marx, 1972-1: 157).156

Adherirse al uso de un solo canon estético, pues, ha conducido a MG a reconocer su existencia de manera magistral en los escritores (del verso o la prosa) de ideología burguesa o pequeñoburguesa, atenuando la crítica a su ideología, como hemos visto hace con Vargas Llosa o Eielson; pero también lo conduce a restringir el mérito formal de los clasistas, y para justificar esta crítica apela, precisamente, a su planteamiento de ver a la poesía peruana como una sola, lo cual se ratifica con palabras del mismo MG, al aludir a las —según él— «deficiencias de la poesía social»: «… pasar por alto tales deficiencias —dice— revelaría una actitud patriarcal, de condescendencia, no de relaciones de igualdad» (La generación… p. 77). Y no. La actitud patriarcal no se elimina conciliando a los contrarios, tratándolos como iguales, sino actuando dialécticamente, vale decir: marcando sus diferencias a nivel de concepción del mundo y de ubicación en el mundo, juzgándolos en su época, que es algo que no hace MG. Por ejemplo, cuando hace un balance de la «poesía social de los años cincuenta», dice:

En arte no se puede recorrer dos veces el mismo camino —sea el de Brecht o el de Vallejo— y la poesía social, legítima en sí misma, debe seguir desarrollándose, pero partiendo de que el mundo y la lucha por el socialismo se han tornado infinitamente más complejos que en los años 50.

Es decir, aquello que recomienda a los poetas sociales posteriores a la generación del cincuenta, prácticamente se lo está haciendo como crítica a los mismos poetas del cincuenta. MG, pues, está clausurando el «canon literario» de la poesía social del cincuenta (y no vemos que haga lo mismo con el canon de la poesía pura). O sea que esa prescripción absolutista de que «en arte no se puede recorrer dos veces el mismo camino», es algo que debe verse con mayor flexibilidad, si el mismo MG lo admite en la relación de Washington Delgado y Bertolt Brecht o de Pablo Guevara y Dante Alighieri (La generación…), ¿por qué los poetas del futuro no pueden —o no deben— asumir esa relación con Brecht y Vallejo e inclusive con Romualdo, Rose, Scorza o Valcárcel sin que sea una relación mimética o servil? Si a todos ellos se los debe ver como parte integrante de una tradición viva y no como elementos desechables por el solo hecho de haberse constituido en pasado. Por otro lado, es verdad que «el mundo y la lucha por el socialismo se han tornado infinitamente más complejos», y, obviamente, en la actualidad no son los mismos que en los años cincuenta del siglo pasado, pero ¿se debe aplicar esa restricción a la base crucial que les da sustento: la lucha de clases? Una lucha de clases que, precisamente, da vitalidad a esa tradición política y poética de las clases explotadas. Lo que debe hacerse, en todo caso, es una depuración de lo tradicional (incluida la tradición purista) buscando la restauración de los mejores y auténticos valores del pasado, valores de los que son depositarios sus mejores y auténticos poetas —valga la redundancia—.

        El privilegiar un solo canon conduce a asumir riesgos, evitables; por ejemplo, adoptar una actitud metafísica, porque se instaura un absoluto: la poesía occidental; además de reconocer como inmutable a la literatura y la cultura burguesa que es la que domina en Occidente. De ahí que MG, abogue por un tópico de esa literatura: el permanente cambio formal, porque se estima que la forma es la que prima en lo poético. Y, desde esa perspectiva, se condena a todo aquel que muestra en su poesía los ecos del pasado, aunque sea un pasado valioso como es la tradición poética de lengua hispánica y, adoptando el cosmopolitismo propio de la vanguardia de comienzos del siglo XX (que ya va también para pasado valioso), se propugna que lo correcto es insertarse en la literatura inglesa, de preferencia, y después las otras, europeas o no. En este sentido, refiriéndose siempre a la generación del cincuenta, MG dice que no obstante algunos avances en la adopción de otras tradiciones diferentes a la hispánica, como la inglesa, francesa, para la generación del cincuenta «sin duda todavía no es el momento de la influencia de la poesía en lengua inglesa: este llegará con los poetas del 60, quienes además de introducir a Saint-John Perse, se abrirán a la poesía de otras culturas, como la china…» (op. cit.: 67), y se supone que con la influencia inglesa habría de llegar la liberación de lo hispánico y del «tiránico» endecasílabo; pero esto no es tan apodíctico, como lo demostraremos con el caso de uno de los más representativos usuarios del canon anglosajón, Antonio Cisneros. Veamos esa alusión hecha —con cierta ironía— al uso del endecasílabo español. Dice:

… la musicalidad y el ritmo [de la poética del 50] proceden del sistema hispánico del verso, sea de Arte menor o de Arte mayor, con el predominio despótico del endecasílabo (… cursiva nuestra, JC) (despotismo, tiranía, de la que ni el propio Vallejo pudo liberarse del todo).157

Y es esta una recusación del endecasílabo planteada muy al desgaire, sin ningún sustento que la justifique. Igual se puede decir de otros «metros»: el hexasílabo, el octosílabo, el dodecasílabo o cualquier otro. Con ello se sigue tratando un asunto puramente formal que no empece a lo poético. Un verso libre, de ascendencia inglesa, bien puede ser líricamente pedestre; por ejemplo: «El miedo es la iluminación, ¿verdad? / Y nos acostamos silenciosamente después del castigo / diario de los momentos presentes» (Manuel Velásquez Rojas158). Mientras que estos endecasílabos sí rezuman un hondo lirismo: «¿Quién ha dicho que en plena medianoche / no debe hacerse un canto de amor puro?» (Gustavo Valcárcel159). En verdad no se explica ese vilipendio al endecasílabo, si es un metro que se filtra —sin desmerecerlo— en el verso libre de, por ejemplo, Antonio Cisneros (también de estirpe anglosajona): «En el piso más alto de la casa —fuentes de mármol y rosas talismán— vive la vieja dama del imperio»; es la estructura de un solo verso libre, y se puede apreciar en él la existencia de tres miembros melódicos, separados los extremos (endecasílabos) por el que va en medio entre guiones (dodecasílabo).160 Veamos otro ejemplo, similar al de Cisneros. Los siguientes versos libres de Heraud: «Y es aquí cuando/ más me precipito./ Cuando puedo llegar/ a los corazones,/ cuando puedo/ cogerlos por la sangre,/ cuando puedo/ mirarlos desde/ adentro»161, versos estos que pueden adoptar la siguiente estructura: ‘Y es aquí cuando más me precipito (11), Cuando puedo llegar a los corazones (12), cuando puedo cogerlos por la sangre (11), cuando puedo mirarlos desde adentro’ (11). Esta situación ya la previó con sagacidad don Manuel González Prada. Decía el Maestro: «Lo que da forma a cada verso, lo que le infunde un aire peculiar o de familia, es la unidad rítmica, la continuidad en el ritmo [es decir] las pausas que periódicamente le dividan en partes capaces de ser dislocadas como otras especies de versos»162, que es lo que hemos visto ha ocurrido con los versos de Cisneros (el verso largo se subdivide en versos cortos) y de Heraud (los versos cortos se integran en versos largos), sin que la presencia del endecasílabo, en cada caso, cause desazón. Es decir, insistimos, el problema no es el endecasílabo. El quid del asunto está en la estructura rítmica, la misma que, si nos atenemos, a los conceptos de Dámaso Alonso sobre el ritmo de la prosa163, podemos —en relación con sus pausas fónicas— ver que en ella misma puede saltar la liebre del ritmo endecasílabo, como es el caso de la prosa que el propio MG usa —sin lirismo por cierto— en, por ejemplo, Confesiones de Tamara Fiol (que cito al azar):

Era un retrato de estudio que ella               11 sílabas
Se había tomado a los veintiocho años        11 sílabas
Pocos meses antes del accidente…              11 sílabas (p. 12).
¡No quiero saber nada de esa perra!           11 sílabas (p. 53)
Después del rock, la salsa era mi ritmo       11 sílabas
Y mis ídolos preferidos eran                        11 sílabas
Jimmy Hendrix y el primer Santana            11 sílabas
Pero no había bailado boleros…                   11 sílabas (p. 313).

El problema —repetimos— no es el endecasílabo o el octosílabo o el hexasílabo; y, a propósito, ya Rubén Darío, hacía la siguiente observación (al parecer a quienes despotricaban del hexámetro o hexasílabo): «En todos los países cultos de Europa se ha usado del hexámetro absolutamente clásico sin que la mayoría letrada y, sobre todo, la minoría leída se asustasen de semejante manera de cantar. En Italia ha mucho tiempo, sin citar antiguos, que Carducci ha autorizado los hexámetros; en inglés, no me atrevería casi a indicar, por respeto a la cultura de mis lectores, que la Evangelina de Longfellow está en los mismos versos en que Horacio dijo sus mejores pensares…» (es decir: en hexámetros).164 Insistimos, el problema no es del endecasílabo, el octosílabo o el hexasílabo, estos son basamentos formales que no deciden la suerte del poema. Cuánta razón tenía José Carlos Mariátegui165, cuando dijo que: «… no es el caso de hablar de modernismo. El modernismo no es solo una cuestión de forma, sino, sobre todo, de esencia. No es modernista el que se contenta de una audacia o una arbitrariedad externas de sintaxis o de metro. Bajo el traje huachafamente nuevo, se siente intacta la vieja sustancia.» Pero, además y por último, esa injusta valoración literaria comparada, a partir de un solo canon, lleva a MG a practicar cierto eclecticismo contradictorio, a reconocer primero que la novela Así se templó el acero de Ostrovski es un ‘libro conmovedor e intenso’ (p. 30 de EPD), pero en la p. 292, dice:

La defectividad, la masoquista degradación, la lenta caída en el vacío del joven Santiago Zavala no son consecuencia de la ominosa, corrupta y mediocre dictadura odriísta (que apenas lo rozó), ni del dogmatismo y chatura intelectual de los integrantes de la cédula (sic: ha debido decir ‘célula’) “Cahuide” del PCP, ardientes y enajenados lectores de una novela tan ‘primitiva y maniquea’ como Así se templó el acero…,

sin percatarse de que, en los años en que se sitúa Conversación en La Catedral, no podía ocurrir con esos personajes lectores de Así se templó el acero algo distinto que la admiración. Y esa apreciación que MG hace de MV lo lleva incluso a formular proposiciones como esta, controvertible por decir lo menos:

Vargas Llosa se convirtió en un escritor polémico, provocador, lo cual en sí mismo es legítimo y saludable en la medida que se atrevía a exponer su pensamiento en momentos en que el mundo aún giraba por el camino de las revoluciones. (EPD-2007: 15).

Es decir, según esa propuesta (resaltada con cursiva por nosotros), «el camino de las revoluciones» ya está clausurado. Porque, si esa época confrontacional de MV con la revolución se ubica en la década de los setenta, y vemos que es hacia el año 2007 que MG dice que en los setenta «el mundo aún giraba por el camino de las revoluciones», entonces parece decir que eso ya pertenece al pasado y el camino de la revolución ya ha sido clausurado. Una revolución de la que todavía en la década de los ochenta MG decía — avanzando en la lectura del libro— que habiendo caducado ya «la era de las revoluciones demo-liberales, y con el triunfo de la revolución bolchevique se había inaugurado la era de la revolución proletaria mundial y de las revoluciones de Nueva Democracia dirigidas por el proletariado» (p. 272), y, sin duda, MG se está refiriendo al camino de la revolución proletaria que — como la demoliberal— ya habría caducado hacia el 2007, porque si en los setenta «el mundo aún giraba por el camino de las revoluciones», después de entonces —se sugiere con ese «aún»–: ya no estaría ocurriendo eso (como si las revoluciones tuvieran fecha de producción y de caducidad).  Expuestas las cosas así, todo parece indicar que el prólogo de EPD constituye lo que podría llamarse una especie de ‘redefinición de la posición y concepción del mundo’ de su autor.166 Veamos lo que dice en la parte final de dicho prólogo:


Visto desde la perspectiva que confieren los años, el autor de los trabajos aquí reunidos es un individuo que, persistiendo en los principios básicos que han orientado su vida —su adhesión a la causa popular y al socialismo, y su distancia frente a los poderes que gobiernan el mundo—, no ha permanecido inmune ante los acontecimientos históricos, sociales y políticos que sacudieron al Perú y el mundo en las décadas finales del siglo pasado y comienzos del siglo XXI. Este proceso, naturalmente, ha influido en mi pensamiento y en mi escritura. Así, he morigerado en algo el tono confrontacional de mis exposiciones, he cuidado en matizar más mis planteamientos, he conferido más peso a la línea del placer que toda obra válida suscita, he acentuado cierto espíritu heterodoxo que siempre estuvo en mí y he añadido una razonable dosis de escepticismo a todas mis certezas sociales humanas.

Leído, con objetividad, este último párrafo del prólogo citado, se puede concluir que no es una declaración sino una abjuración167 de principios, empezando por eso de «la perspectiva que confieren los años», como si la vejez se convirtiera en salvoconducto para la evasión. Más deslumbrante es la frase de José Saramago: «Soy más viejo, por tanto más libre, por tanto más radical.» Y, en esa encrucijada del estilo usado por la juventud y por la vejez, Marx (ese fabuloso viejo) le decía a su amigo Engels:

Cuando releía de nuevo tu libro he advertido con dolor que nos hacemos viejos. ¡Con qué fragancia y pasión, con qué audaz previsión, sin dudas eruditas y científicas está escrito! La misma ilusión de que mañana o pasado mañana se podrá ver con los propios ojos el resultado histórico, infunde a todo tanto calor y optimismo, que nuestra manera posterior de escribir ‘en tonos sombríos’ produce un sentimiento de endiablado disgusto (A-1976: 324-325).

Y, volviendo al planteamiento de MG, este es expuesto  a través de  dos mecanismos sorprendentes en su estilo: a) el cambio de persona (que él mismo cuestionó en Arguedas168): ir de la primera persona a la tercera, para volver otra vez a la primera, y b) la proposición silogística, por la que se plantean las premisas condicionantes para llegar a una conclusión. Y, en el primer caso, eso le permite al autor tomar distancia de los hechos, para convertirse —desde la tercera persona— en «un individuo que persiste en sus principios (...) y no ha permanecido inmune» a la época que le tocó vivir; para —con el segundo mecanismo— llegar de esas ‘premisas condicionantes y con distanciamiento’, a las siguientes conclusiones —que ahora asume el autor, retomando la primera persona: ‘he morigerado en algo el tono confrontacional, he cuidado en matizar más mis planteamientos, he conferido más peso a la línea del placer, he acentuado cierto espíritu heterodoxo, he añadido una razonable dosis de escepticismo a todas mis certezas sociales humanas’.

        Es decir, de inmediato salta a la vista que hay una contradicción en ese planteamiento. En principio, al hablar de los acontecimientos «que sacudieron» al siglo pasado y que —él mismo lo reconoce— continúan en los comienzos del siglo XXI, ¿se puede decir que ya se han superado las causas que los originaron y originan, al extremo que se pueda ya morigerar el tono, matizar los planteamientos primigenios, desviarse hacia el esteticismo (que, obviamente, entraría en contradicción con un tono radical y con planteamientos maximalistas), y reconocer que nunca se ha sido ortodoxo o que, en todo caso, la ortodoxia reconocida a la época de Narración169 fue aparente, porque —dice— «he acentuado cierto espíritu heterodoxo que siempre estuvo en mí», y, peor todavía, que a toda esa metamorfosis de los arrestos optimistas de la juventud, se le cargue una concepción contraria: la ideología del escepticismo, y, para colmo, un escepticismo que alcanza «a todas —dice— mis certezas sociales humanas»? Si todo eso no es abjuración de los principios primigenios, es por lo menos lo que decía Marx: un «chalanear con los principios». Porque se puede hacer concesiones en las tácticas, pero no en los principios. Recordando esta posición marxista, Lenin dice:

La doctrina de Marx y Engels no es un dogma que aprendemos de memoria. Hay que tomarla como guía para la acción. Lo hemos dicho siempre y creo que hemos actuado en concordancia con ello, sin caer nunca en el oportunismo, sino modificando la táctica. Pero esto no es en modo alguno un abandono de la doctrina y de ningún modo se puede calificar de oportunismo. He dicho y lo repito una y otra vez, que la doctrina no es un dogma, sino una guía para la acción (En: «Prólogo» a Marx, Correspondencia, A-1976: 21.)

______________
(149) «Hemos de guardarnos bien de aventurarnos en frases como ‘todas las grandes obras de arte fueron populares’. Un pequeño cálculo nos mostrará que es del todo imposible calificar de grande únicamente lo que es popular, es decir, declarar la frase válida para todos los tiempos. Son necesarias circunstancias sociales muy bien determinadas para que el carácter de popular pueda ser tomado como criterio de grandeza» (Brecht, A-1973: 244).
(150) «Puede ser —dice Brecht— que en algunas de las declaraciones se señalaran criterios demasiado formales para el estilo realista, y puede que a más de un lector se le ocurriera, por ello, pensar que lo que se quería dar a entender es que un libro ha sido escrito de forma realista cuando ‘está escrito como las novelas realistas burguesas del siglo pasado’. Naturalmente esta no era la idea. Un escrito realista solo puede distinguirse de uno no realista confrontándolo con la realidad misma de la que trata. No hay formalidades especiales que observar. Será bueno tal vez presentar aquí al lector un escritor del pasado que escribió de modo diferente al de los novelistas burgueses y, sin embargo, hay que calificarlo de gran realista» (1973: 250.)
(151) «Es incuestionable —dice Guillermo de Torre— que existe una desintegración del individuo en todos los campos de la experiencia contemporánea, una escisión divergente: de un lado el yo colectivo, funcional, que se ensancha, y de otro el yo humano, realmente, personal, que se reduce, asaltado por técnicas, políticas, y masificaciones. La colectividad escinde el ser desde fuera; los procesos ideológicos y psicológicos, desde dentro» («Panorama actual de las literaturas», en: Cuadernos del idioma N° 8, Buenos Aires: Editorial CODEX, 1967, pp. 71-72).
(152) Eielson —diría J.C. Mariátegui— es de la estirpe de Eguren.
(153) Apreciación que MG explica en parte por «los factores ideológicos y hasta las turbulencias del momento político», y, en otro momento, reitera: «no puedo descartar las interferencias ideológicas que obraron en mi valoración de la poesía de Eielson» (B-2007: 323-324). El texto específico se titula: «En busca de Jorge Eduardo Eielson: rectificación obligada».
(154) «Poema para leer de pie en el autobús entre la Puerta Flamínea y El Tritone», en: Mirko Lauer y Abelardo Oquendo, Vuelta a la otra margen, Lima, Casa de la Cultura del Perú, 1970, p. 168. Y esta antología resulta ser un testimonio clarísimo de esa separación que hemos planteado aquí, en tanto en ella no se incluyen poemas de César Vallejo. Ello indica que los antólogos consideran que César Vallejo está en la margen opuesta a la de Eielson y los otros antologados.
(155) MG, «De marginales, heterodoxos, bufones de la corte y otros frente al poder», en: La cabeza y los pies de la dialéctica, B-2011: 408. Al parecer MG confunde «liberal» (el ideólogo burgués) con «libertario» (el ideólogo anarquista). Y, por más que se tratara de la debacle del gobierno de Fujimori (el artículo fue escrito en el año 2000), la participación de MV nunca fue de lucha por la democracia verdadera, popular, sino por la continuidad de la democracia burguesa, es decir, por la dictadura de la burguesía. Y eso es algo que un marxista no podía dejar de ver.
(156) La conclusión de Marx en el original se refiere a la economía, por eso hemos hecho una paráfrasis para adecuarla al arte y, por extensión, a la poesía.
(157) Esta cita la hacemos de la segunda edición de La generación… (B-2008: 79). Aquí se ha corregido un error de la primera edición, en esta dice: «(despotismo, tiranía, [de la] que ni el propio Vallejo pudo liberarse del todo)» (p. 62), la corrección corresponde al agregado que va aquí entre corchetes, agregado que faltaba en la primera edición; pero, aun así, persiste un error en la concordancia de género, pues ha debido decirse ‘despotismo, tiranía, del que (o, en todo caso, pudo decir: ‘de que’) Vallejo...’ Asimismo, es confuso el que «predominio despótico del endecasílabo» vaya después de «Arte menor o de Arte mayor», ya que el endecasílabo no puede estar en los dos.
(158) Manuel Velásquez Rojas, «La voz del tiempo», en: Alberto Escobar, Antología de la poesía peruana, Lima, Ediciones Nuevo Mundo, 1965, p. 189. (Fue sintomático que en la segunda edición de esta antología, el antólogo no volviera a seleccionar a este autor.)
(159) Gustavo Valcárcel, «Canto I» de Cantos del amor terrestre, México, Editorial Espacios, 1957.
(160) Antonio Cisneros, El libro de Dios y de los húngaros, Lima, Libre 1 Editores, 1968, p. 35.
(161) Javier Heraud, fragmento del poema 4 de El río, en: Poesías completas y homenaje, Lima, Ediciones de la Rama Florida, 1964, pp. 33-34.
(162) Manuel González Prada, Ortometría. Apuntes para una rítmica, Lima, UNMSM, 1977, p. 20.
(163) Cf. «Ritmo del verso y ritmo de la prosa», en: «La musicalidad de la prosa en Valle Inclán», Dámaso Alonso, Materia y forma en poesía, Madrid, Gredos, 1965, pp. 271-275.
(164) Rubén Darío, «Prólogo» a Cantos de vida y esperanza, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1964, p. 20.
(165) José Carlos Mariátegui, «Poetas nuevos y poesía vieja», en: Peruanicemos al Perú, Lima, Amauta, 1972, p. 18.
(166) «Durante años estudié los textos clásicos del marxismo, en especial las obras de Mariátegui y Mao TseTung», EPD, 13.
(167) «Retractarse, renegar, a veces públicamente, de una creencia o compromiso que antes se ha profesado o asumido» DRAE.
(168) Refiriéndose a Los ríos profundos, MG precisa que es muy crítico o aventurado «pasar abruptamente de un punto de vista a otro. Es decir, mientras más del sesenta por ciento del texto lo lleva en primera persona, en el resto pasa a tercera persona, algo que un escritor con formación más moderna no se permitiría» (Cf. Arroyo, A-1992: 115).
(169) «El tono de combate de mis artículos —muy acentuado en los tiempos de Narración— fue el resultado de mi adhesión al pensamiento marxista» (EPD, 13).



Respetuosa crítica a la crítica
Julio Carmona


Aludo en el título de este artículo a la estudiosa mexicana de la literatura Araceli Soní Soto, de quien he leído un artículo en torno a uno de los poemas de Trilce, de nuestro inmarcesible César Vallejo. Ella dice que Trilce dio impulso «a los cambios gestantes del movimiento literario de vanguardia en América Latina»[1]. Según esta autora, resulta que CV, sin saberlo, no solo perteneció a la vanguardia (por haber actuado en la misma época, como veremos que dice ella más adelante) sino que le da impulso a su gestación. (Pero cabe preguntarse, entre paréntesis: ¿cómo podía Trilce ‘impulsar los cambios gestantes de la vanguardia en América Latina’, si en su mismo país ‘nació en el mayor vacío’, y el interés —tardío— que despertó fue después de ser publicado en España, en los años treinta?) Pero, además, la autora agrega otras opiniones realmente traídas de los cabellos. Dice:

«Vallejo no recurre en esta ocasión al ensayo, al artículo o a la crítica para explicar y justificar el surgimiento del nuevo movimiento[2] y la necesidad de búsqueda de nuevas formas expresivas que los poetas de su generación intentaron infringir, sino que a través de un poema, el LV, nos hace comprender el porqué de la transgresión de las normas sintácticas, gramaticales, léxicas y fonéticas de la vanguardia, frente a los versos medidos, la perfección de los hemistiquios y la exquisitez de las expresiones, que por esas fechas, los poetas de la época comenzaron a valorar como un lenguaje de fórmula.»

Y, a continuación agrega que en su trabajo va a ubicar «a Trilce dentro del contexto literario en el cual surgió [es decir: lo va a ubicar dentro de la vanguardia y]; de este modo observaremos hasta qué punto responde a las características de la época, dado su hermetismo y su difícil comprensión» [o sea que está reduciendo a la vanguardia a las características de la experimentación formal cuyas consecuencias serían el hermetismo y la difícil comprensión]. Y también dice que: «El poema LV es tan sólo un ejemplo del estilo de Trilce y constituye un ejercicio metapoético, en el que están presentes dos estilos diferentes que tratan el mismo tema. El primero representa, al lado de Samain, la estética simbolista decadente y el segundo, el de vanguardia, cuyo ejemplo más notable es Trilce, al lado de César Vallejo». Pues bien, si dice que el poema LV «es tan solo un ejemplo del estilo de Trilce», se debe colegir que en Trilce hay otros ejemplos del estilo no solo de Trilce sino de CV, que no se reducen a la pura experimentación formal. Y esto lo reconoce la autora en lo sucesivo, pues dice que el poema LV

«Es un ejemplo palpable de los cambios gestantes en la vanguardia y más allá de ellapuesto que, como sabemos, Trilce trasciende las características formales de ese movimiento a favor de expresiones auténticas y vivenciales».

Pero, después de punto seguido agrega otra idea que es también discutible. Dice: «Ambos poetas, Samain y Vallejo aluden a la muerte, pero lo hacen de modo distinto». Sin embargo, si se lee el verso de Samain que CV cita en el poema (y es el siguiente: «el aire es quieto y de una contenida tristeza»), en este verso no veo por dónde aparece la muerte. Y aunque CV sí menciona a la muerte en su contraposición:

«Vallejo dice hoy la Muerte está soldando cada lindero a cada hebra de cabello perdido, desde la cubeta de un frontal, donde hay algas, toronjiles que cantan divinos almácigos en guardia, y versos anti sépticos sin dueño»,

lo que está confrontando no es propiamente (como dice la autora) dos maneras de comprender la poesía ni que ‘el poema constituya un ejercicio metapoético’, sino una manera de entender la vida. Samain la presenta como motivo de contemplación, que es «como ver llover»: ‘como un aire quieto y de una contenida tristeza’. Entonces con el símbolo del aire, más bien se puede decir que Samain está aludiendo a la vida, porque hasta el más acérrimo idealista no puede dejar de reconocer que sin el aire se acaba la vida, aunque, sí, el idealista aprecia a la vida pero como algo estático. Mientras que un poeta realista —y es el caso de CV— la ve en constante movimiento. Y nos dice que la única alternativa que tiene el hombre para constatar que se acerca al fin de la vida es el avance de su edad (es decir: su movimiento vital) y un símbolo de esta es el «cabello perdido» [valga hacer aquí la siguiente atingencia: que un poeta realista no tiene por qué enemistarse con los recursos poéticos que existen independientemente de sus creadores, como el símbolo o la metáfora], pero además de ese signo de avance en la edad (el cabello perdido), hay en el hombre todo un cúmulo de elementos materiales, comunes, domésticos (‘algas, toronjiles como almácigos en guardia’) que se van almacenando en la conciencia, actuando esta como «la cubeta de un frontal», y el último de esos elementos (que causa cierto desconcierto) es los «versos antisépticos sin dueño» que —recurriendo al significado de la palabra antiséptico: sustancia o medicamento que se emplea para destruir los gérmenes que infectan un organismo vivo o para evitar su existencia— se puede inferir que lo que salva al hombre de la muerte es su capacidad creadora: y los versos son la expresión de esa capacidad, y con esos ‘versos sin dueño’ se puede impedir el triunfo de la muerte, porque todo lo que crea el hombre no tiene dueño, y por eso decía arriba que los recursos poéticos existen independientemente de sus creadores. Y hacen que prevalezca el triunfo de la vida, vista como acción y no como contemplación, que es lo que denuncia CV en la concepción simbolista que él ilustra con el verso de Samain.


Porque, sí, en efecto, el poema de CV es una contraposición de visiones, pero no metapoéticas, ni mucho menos que sea para que CV proponga la poética vanguardista como pretende la autora.


Biografía del Hombre Caviloso y de Chanzas: Vallejo

Roque Ramírez Cueva


Existen hombres en el mundo cuya creación sirve para que otros, muchos, pigmeos pretendan alcanzar estaturas negadas, y no para reventarle cuetes, a la obra, como bien merecido lo tienen sus creadores. En ese propósito tales pigmeos, geniecillos se alucinan, osan emular al doctor Frankenstein e intentan construir su monstruo, sin poder entender que esos hombres de obra única y genial son ya “monstruos” en sí, si lo entendemos desde la visión desenfadada de los jóvenes. Los lectores conocemos, en este país, a varios remedos de creador del monstruo más popular salido del paraíso romanticista.

Desde esta premisa, vamos a percibir como nuestro poeta universal ha sido esquematizado de sufrido y taciturno por gente y poderes que lo hubiesen reconstruido –si pudieran- en un gentil hombre de letras, bohemio, sempiterno afligido y adusto, de triste figura como el caballero de Cervantes. Sin embargo, contrario a esa imagen, Vallejo fue un hombre mesurado, no locuaz como casi todo el clan de los hombres de la Sierra de antes de 1940, de vida aldeana aún, más la alegría andaba con él, por eso sonreía al describir los parajes y gente  andinos en su mundo letrado, ese sonreír queda impregnado por siglos sobre todo en sus versos: “¡papales, cebadales, alfalfares, cosa buena” (poema “Telúrica y Magnética”); estas dos últimas voces ufanan a ese ser parco, sobrio hombre de sierra y lo hacen sino carcajear, sonreír, al simbolizar los histriónicos “¡Oh, patrióticos asnos de mi vida!”, y la broma coprolálica de los campesinos norteños “¡y los demás, me las pelan!”. Los indicados pigmeos, ignorantes de asuntos relacionados con la escritura vital, obedientes al mandato de los censores, pretendieron despojarlo de esa faz divertida, irónica y sagaz.

Estas percepciones divergentes, se evidencian en el libro de Stephen M. Hart, titulado César Vallejo. Una Biografía Literaria. Lima, editorial Cátedra Vallejo, 2014. Traducido de la versión original César Vallejo. A Literary Biography, Tamesis Book, 2013; única en su especie, como bien nos hace recordar el firmante de la presentación de este volumen biográfico, Marco Martos, por ser la primera biografía completa que registra los sucesos vitales de Vallejo desde su nacimiento hasta su posteridad. El poeta Martos también nos hace notar que los hechos conocidos y difundidos sobre la ida y obra del poeta del “Perú al pie del orbe”, hasta antes del trabajo de Hart, son fragmentos inconexos publicados por distintos autores, obviamente con diferentes puntos de vista al reconstruir la vida del predilecto de Santiago de Chuco, desde el testimonio del amigo europeo Juan Larrea, hasta los datos vertidos por su viuda Georgette, pasando por otros que en su investigación menciona Hart.

Esta relación acerca de la existencia de nuestro poeta universal y Chuco santiaguino, importante por ser –ya dijimos- la primera biografía integral de César Vallejo, nos plantea preguntas cuando no dudas por la información obtenida de fuentes no objetivas. Como aquello del niño César marginado por la maledicencia prejuiciosa de creyentes pueblerinos, supuestamente, por el hecho de ser descendiente de un abuelo sacerdote. Es difícil demostrar cuál habría sido la comprensión y la actitud psicológica con que el niño asume la noticia de tener un abuelo Cura, y ¿si el niño se sintió marginado? Además, sí hubo cuestionamientos a su descendencia no necesariamente sus efectos perdurarían a lo largo de su existencia; ejemplo, el hecho de acceder a la universidad, luego integrar y codearse con la élite intelectual trujillana, en su juventud, lo colocaba en una situación social y cultural privilegiada y envidiada, respecto de sus compañeros y vecinos marginadores.

Bien sabemos los peruanos que buena parte de los escritores y artistas provincianos provenientes de hogares humildes, han pasado y pasan por estas circunstancias, una vez que se consolidan por su obra, son cuando menos sino invitados, saludados por la élite provinciana que, a pesar de no interesarle el arte ni la cultura, los asumen como logros del orgullo de sus terruños. De esta manera, después de todo, sólo se trató –de ser cierta la objeción- de chanzas o burlas de niños, y estas se acabaron cuando terminó la escuela y parte a otro lar, Huamachuco, a estudiar la secundaria y luego a Trujillo. En todo caso, es dura y cruel, e incluso se vuelve un gran problema, la marginación socio económica generada por los  latifundistas, la familia de éstos, por autoridades y funcionarios que respaldan el latifundismo antes, y hoy el capitalismo. Y de esto tampoco hay certeza que Vallejo la haya padecido en extremo.

Las fotografías de la familia Vallejo Mendoza muestran que la ropa vestida por sus miembros, no indica que hayan formado parte del último escalón en el ámbito social, visten sus mejores galas y no se les ve con pantalones, camisas y vestidos domingueros, propios de la usanza campesina. Usan trajes de librea y corbata michi, las mujeres no usan polleras de campesinas. Esta contradicción la deja advertir el mismo Stephen Hart al revelar que el padre de nuestro poeta tenía cierto estatus, llegó a ser gobernador del distrito, no se aclara si fue un Subprefecto (título dado a quien representa al estado), aparte de ser “abogado defensor”. Visto así, los niños Vallejo crecieron en un ambiente de resguardo económico –pequeña burguesía- que incluso les garantizaba acceder a la universidad, asunto difícil en la época por ser un nivel de estudios reservado a las élites latifundistas y mercantilistas, la pequeña burguesía accedió por el destacado talento de sus hijos, en contadas ocasiones.

Otro sustento dado al supuesto “trauma” padecido por Vallejo, es el hecho de que sus padres –por ser hijos de Cura- fueran enterrados fuera de los lindes del terreno del cementerio. Pudieron ser enterrados fuera del  campo santo por diversos hechos; por un litigio de tierras que le restó extensión al terreno; por un fenómeno climático que reacomodó el espacio del cementerio, etc. Veamos, la familia no fue estigmatizada por la Iglesia, todos fueron bautizados incluso César; y si fueron bautizados los padres e hijos, y fueron aceptados en el seno institucional de la Parroquia, ¿Cómo explicar que a la muerte del padre, fuera marginado enterrándolo fuera del terreno del cementerio? El Párroco no pudo haber influido porque fueron aceptados en las ceremonias católicas, los poblanos no podían imponerse a las decisiones de la Iglesia en esa época. Parece ser una especulación subjetiva de las fuentes consultadas por Hart.

En su niñez, dice Hart, Vallejo fue estimado, cuando no querido, por los vecinos y las familias de los vendedores alrededor de su vivienda. Si era estimado por los padres, los hijos de éstos y sus compañeros de juego y de clase, también lo iban a estimar por el ejemplo que recibían de sus mayores. Luego, la figura de paria y acomplejado social, por ser nieto de Curas, no tiene solidez. Entonces, en la primaria realizada en Santiago de Chuco es estimado; y la secundaria la realiza en Huamachuco, ciudad que lo mantiene alejado de las “maledicencias” de los santiaguinos, aunque no de los propios familiares, fuente oral y escrita interesada en presumir de tales presunciones.

No obstante, la biografía de Hart es detallada en información recogida de escritores como Izquierdo Ríos y Esteban Pavletich, Ciro Alegría y Spelucín. Sus datos nos cuentan las andanzas de Vallejo trabajando de maestro en la Sierra Central, en Cerro de Pasco, donde trabaría relación amical con el anarquista italiano Américo España, la primera influencia de un pensamiento rebelde asida por Vallejo, si es que antes no conoció en la Universidad de San Marcos, algún amigo o maestro que le hablara de ideas revolucionarias, de trasformaciones sociales. Su primer soneto lo publica en 1911 en la revista “El minero Ilustrado; y en este poema –hace notar Hart- ya se percibe el sello de experimentación lingüística que distinguirá a Vallejo, entre versos formales incluye la voz “soledumbre” de nítido uso y raigambre popular.

Volviendo al perfil triste con que algunos esbozan su retrato, según se advierte al inicio de estos apuntes. Espejo A. y Ciro Alegría lo describen como alguien que emana tristeza, no sabemos si por influencia de ese clisé tendencioso de opacarlo con esa supuesta melancolía que “desde siempre” lo envolvió; tal vez por la errada observación de fotografías (sabemos sólo son expresión fugaz de un momento) que muestran, antes que una actitud una incierta pose. En el fondo, confunden la expresión de un hombre pensativo, caviloso, en tanto estaría preocupado e inquieto por los acontecimientos, por la cruda realidad que experimentaba de continuo, a diario; o simplemente ocupaba su mente en las labores y exigencias del estudio. No olvidar que Hart en probada información lo recuerda como un brillante estudiante; y todos sabemos que no se es capacitado y sobresaliente por inspiración y talento nato, sino por –como dirían los abuelos- machacarle a los libros, esto es leer y analizar de constante, por ejercitar la reflexión crítica, por entrenar la memoria (actualizarla). El trabajo riguroso que demandó la elaboración de su tesis, así lo evidencia.

Si la información de Hart indica que Vallejo en su niñez fue parco, de apariencia adusta, a la vez que alegre, divertido y bromista; esta configuración no puede haber variado mucho de adulto, entendiendo que –tal como lo indica la psicología- la personalidad de las personas se forma y define hasta los 18 a 20 años de edad, y luego no se modifica, no cambia. Entonces la alegría se mantendrá junto con la adustez. Aparte que una persona puede ser de look (apariencia) adusto, parecer melancólico, a la vez que ser bromista, divertido con la familia y amigos más íntimos.

Esa expresión desgarradora que dicen percibir Ciro Alegría y Espejo A., son actitudes asumidas para respaldar un discurso oficial “políticamente correcto” que pretenden ver en la figura de César Abraham. Es una percepción sesgada como la de muchos que intentan establecer una relación entre el hombre caviloso y el desgarro de sus expresiones poéticas. Y, sí, en su poesía hay desgarro intenso pero sólo cuando la imagen poética lo necesita, como también hay optimismo, ironía y alegría, según el contenido y forma de sus versos lo exijan. Sin embargo, creemos que la opción de Ciro Alegría se aproxima más a la de un afecto solidario de querer compartir un desgarro humano cuya sensibilidad de escritor le obliga a condenar y entender, tal como las voces poéticas vallejeanas lo hacen.

La biografía de Hart incorpora la exégesis, la crítica literaria para ampliar desde otro ángulo, el de la lectura crítica, el dato histórico. Leamos, le dedica páginas, varias, al poema acerca la muerte de su hermano Miguel; y otras tantas, a los supuestos amores reales no ficticios del autor Vallejo, por lo cual intentan relacionar dichos amores reales con los personajes ficticios que mencionan sus voces poéticas. Esto es interesante para el lector no entrenado en la lectura de obras; sin embargo, por qué complacer en la presente biografía al lector llano, quien como el pedestre habitante de aldeas quiere esculcar la vida íntima del prójimo. ¿Por qué preocuparse de ser el descubridor de la identidad de los personajes ficticios  que supuestamente el autor los trasladó desde la vida real? Difícilmente, el poeta haría esa permuta simple de trasladar sus reales amores femeninos al ámbito de la ficción, sólo cambiando su nombre, ¿esa es la genialidad del poeta que tanto aplauden?

Seguimos preguntando, ¿qué es importante, interpretar la expresión y sentimientos y emociones de las voces poéticas; o relacionar la identidad y castidad fidedignas de los personajes femeninos de entre el entorno de las mujeres y doncellas que frecuentó Vallejo? En nuestra opinión de lego, se prioriza un interés  nimio de averiguar detalles superficiales del vecindario, y trasladarlos a los espacios relevantes de la literatura. Para muestra un botón: “…, y es probable que varios de los demás poemas de esa sección se refieran a su aventura amorosa con la misma mujer” (p.59). Acaso las biografías no se construyen en base a lo esencial y poco común de la vida de un hombre.

En ese interés pedestre por averiguar sobre las mujeres de carne y hueso que Vallejo conoció y pudo haber proyectado, rendido pleitesía en sus versos, se llega a dar un dato erróneo que Espejo Asturrizaga creemos  no contrastó. Este habla de “una joven dama llamada Murguía” (citado por Hart, p. 59). Al respecto, nosotros sabemos que, de entre los posibles nombres de uso en la época y lugar, no se van a encontrar mujeres llamadas Murguía. En cambio, lo que si tenemos claro es que Murguía es el apellido de familias prominentes situadas entre la élite y la plebe de Trujillo. En las últimas décadas del S. XX, y las dos primeras del presente, muchos de sus miembros han dado que hablar en los periódicos; aparte que hay una referencia fonética con José Murgia,  alcalde por 5 periodos y uno de gobernador en la Región La Libertad, 25 años en total. Esta información de las familias de apellido Murguía, puede habérsele pasado a Espejo A., porque en su época ella no fue comentario obligado de la comidilla de los trujillanos. Pero hace una década o lustro resulta difícil, por cuanto –para el caso de la investigación- el apellido de los Murguía sonaba de constante en la ciudad liberteña. Queremos creer que la omisión se deba a una dificultad del idioma español que no domina el investigador.

La exageración de una preocupación poco interesante en cuanto a ver plasmados los amores reales del poeta, en los versos de éste, la observamos al leer en varias páginas los lances y desazones que habría tenido César con una querida -amante- de Cura, quien fue su vecina del frente, llamada Gavina, y quien lo habría mantenido en angustias duplicadas por no conseguir sus favores sexuales y, luego, por la satisfacción de haberla gozado. Pero, el colmo se observa cuando el biógrafo inglés deduce, en su imaginario y no en los hechos, esas apetencias y goces sexuales en los versos del poeta, lo cual despertaría el desgarrador recuerdo del abuelo Cura amándose con su abuela laica, e incluso propone que si fue un suceso de repercusión empírica antes que literaria. (p.65) Y remata que los amores –supuestos para nosotros- del poeta con Otilia Vallejo (sobrina) y con Gavina Salamanca (la vecina) tienen una connotación enfermiza: “Ambas aventuras amorosas… confirmaron para Vallejo que el amor era algo ‘enfermo’ ” (pp. 67-68). Y al afán de informar sobre la relación entre Vallejo y su sobrina Otilia, se puede calificar que excede los detalles para aproximarse a lo obsesivo, se les menciona cuando no se les dedica largos párrafos desde la página 55 hasta la por lo menos 101.

El otro asunto en que Hart comulga con el discurso oficial de aquello llamado “políticamente correcto” junto a otros críticos de la obra y vida de Vallejo, es acerca de lo que el indagador inglés llama “angustia teológica”, a partir de concebir que  Vallejo se inquieta por los designios y encarnaciones divinos, por la omnipresencia de las sentencias de Dios, y su involucramiento en  los destinos humanos. Este juicio crítico acerca de las imágenes literarias relacionadas con las expresiones cristiano-católicas elaboradas en la poesía de nuestro poeta Chuco-santiaguino ya lo hemos sustentado en otro comentario (blogs, 2015), donde referimos dos circunstancias por las cuales el poeta recurre a las expresiones cristianas. Uno es porque hasta su juventud estuvo influenciado por la cultura campesina que se manifiesta a través de creencias religiosas –católicas-, y él responde a esa confesión de ideas. Dos, ya en Europa con su formación marxista Vallejo sigue apelando a imágenes poéticas de la interculturalidad donde se respalda en voces cristianas, con la intención clara de voltear sus significados y significantes y expresar una connotación si no distinta, opuesta al credo cristiano. Lo dijimos así:

“¿Cuál es la propuesta del creador? A partir de usar como recurso toda una simbología religiosa aceptada en todos los sub conscientes populares, por tanto en los lectores que tienen empatía con el cristianismo, que en América somos muchos o casi todos. Dichos símbolos son transmutados en sus acepciones, en su semántica, otorgándoles otras de tal modo que, connotativamente, expresen los temas ejes de dicho libro [España, aparta de mí este cáliz]: el sufrimiento del pueblo español (símbolo bisémico); y, siguiendo lecturas, lo comprendemos como la inmolación y rebeldía del pueblo hispano (símbolo polisémico).” Corchetes y negritas nuestros. (Blogs Redacción Popular y Creación Heroica, 2015).

Hart coincide con nosotros en ese transmutar las acepciones de las palabras, de que hace magia verbal Vallejo, sólo que el biógrafo habla de ponerla al revés, y la trasmutación implica una transformación de significados y significantes. Hart al interpretar el poema  “El poeta a su amada”, en la p. 70 dice, “…el poema parece abordar la idea del amalgamiento de lo religioso y el amor sexual, de manera tal que casi pone la idea al revés”. Esta afirmación la complementa en p. 71, “Este sentido de Vallejo, de poner la retórica de su época al revés, se confirma con la estrofa final de ‘El poeta a su amada’, la cual –en un viraje iconoclasta- se retira de la representación de la sexualidad para evocar una castidad casi infantil”. Nosotros hicimos esta proposición por Junio de 1999, en que una entrevista a Carlos Fuentes, publicada en el suplemento Culturas del diario La República, nos motivó a redactar un comentario refutando la supuesta tradición cristiana en la poesía de Vallejo; mas la idea nos la había sugerido antes el poeta Víctor Mazzi Trujillo.

Pese a la insistencia del  biógrafo inglés de describir los tiempos donde se apreciaría el desgarro, la tristeza que envuelven a César, se obligará a mostrar sus otros días de alegría y optimismo, ya asentado en Lima. Sabemos, es detallista en la descripción de los amores del poeta, y son correspondidos, sin martirios. En Lima se siente en una especie de “paraíso arcaico”, también se manifiesta “reidor” tal como le confiesa a su amigo Oscar Imaña (p. 85). Allí se ve con Valdelomar, conoce a Gonzales Prada, a Eguren, aun a Clemente Palma, ¿lo recuerdan? El que lo mandó a cosechar papas. Su buen ánimo es opacado sólo por la muerte de su madre. Y bueno, Hart insiste en relacionar los escarceos sexuales físicos de Vallejo con las referencias poéticas en Trilce.

Luego la biografía de Hart e extiende por varias páginas (de la 101 a 130) a relatar sucesos que lo llevarían a una injusta prisión;  a la publicación de Trilce y otros textos; un capítulo a su experiencia en la Ciudad Luz; su colaboración en España con el bando republicano; publicación de sus obras mayores, y sus amores parisinos; y el último capítulo, a sus días finales. Temas que trata a detalle y solvencia, los cuales leeremos en voz alta y firmada  en otra oportunidad.
CREACIÓN HEROICA