sábado, 8 de febrero de 2014

Literatura

En el 2013: Se Recuerdan los Ciento Veintiún Años de Vida de César Vallejo, los Ciento Dieciocho de José Carlos Mariátegui, los Ciento Dos de José María Arguedas y los Setenta y Uno de Javier Heraud 



César Vallejo: ¿Un Yo Hipertrofiado?

Julio Carmona


El año 2012 se publicó el libro titulado Actas del Congreso Internacional de poesía hispanoamericana: de la vanguardia a la postmodernidad. Los editores (no la Editorial) son: Gladys Flores Heredia, José Morales Mena y Marco Martos Carrera. El libro reúne 27 artículos de igual número de autores que tratan el tema referido en el título: la poesía que va de la vanguardia a la postmodernidad en Perú e Hispanoamérica, y no es redundancia, pues lo cierto es que el texto ha sido dividido en dos partes: “Poesía peruana” y “Poesía hispanoamericana”.

En la librería de mi pueblo observé el libro y me resultó sugerente, en tanto en la carátula figura la clásica foto de César Vallejo (esa en que aparece con la mano en el mentón). Y supuse que por lo menos uno de los artículos trataba expresamente sobre él, pero no es así. Uno que otro hace su mención nominal. Y solo uno se extiende un poco más —sin hacerlo de manera exclusiva— tratando el tema del “Yo poético en la poesía hispanoamericana del siglo XX”, tema expurgado en la obra de cuatro o cinco poetas, entre ellos Vallejo. El artículo aparece bajo la firma de Marco Martos Carrera.

No obstante esa elusión de la presencia de Vallejo como parte de la vanguardia, el hecho de que presida su imagen la portada y que en el trabajo de Martos se diga de él que es “el poeta más experimental de la lengua castellana”, siendo este un tópico muy socorrido entre quienes sí, expresamente, lo señalan como vanguardista, todo eso me deja la sensación de que se sigue tratando de hacer que calce la poesía de nuestro poeta realista dentro del molde de la vanguardia, que viene a ser el pater familia del canon que impera en occidente. Sobre este canon ya he tenido oportunidad de leer otros artículos de Marco Martos, favorables a él.[1] Y no es que el planteamiento de Martos (y de todos quienes escriben sobre las “bondades” del vanguardismo) sea equivocado, tiene su lado de verdad. Lo que pasa es que responde a su verdad, pero no a la verdad. Porque con esa instauración de un solo canon, como dice Martos, se está dejando de lado la otra concepción literaria que no encaja en ese canon occidental derivado del vanguardismo (con toda la modernidad y postmodernidad que se le atribuye). Dice Marco Martos: “El tiempo es el juez literario más severo e inapelable. Un escritor que merece incorporarse al canon literario (…) es alguien que ha pasado la prueba de fuego de haber sido leído con placer por distintas generaciones.” (p. 255).

Lo que el juicio aludido pasa por alto es que ese tiempo ejerce su severidad en un espacio de dominación no solo temporal sino también social bajo el imperio de ciertas clases dominantes, económico, político y cultural, que controlan esas mismas clases; mientras las clases dominadas están obligadas a ir a remolque y sin poder manifestar sus preferencias estéticas porque padecen el apabullante predominio del orden establecido. Y, no hay que ser muy perspicaz para darse cuenta que las preferencias estéticas de las clases desposeídas también constituyen un canon que es silenciado, invisibilizado por el otro canon que proviene de la vanguardia y de la modernidad. Es la misma reacción que se da entre capitalismo y socialismo, al primero se le sigue dando la hegemonía de lo moderno a pesar de haberse instaurado varios siglos antes que el socialismo, es más se le adosan otros nombres, liberalismo y neoliberalismo, para hacerlo “más actual”, y al socialismo se lo considera obsoleto y se lo califica de “jurásico”.

Sobre esa base, y moviéndose siempre dentro del ámbito occidental, capitalista y neoliberal, de las clases dominantes (y sus sacerdotes culturales), Martos desarrolla la línea de pensamiento que va desde los griegos y pasa por el renacimiento hasta llegar a la postmodernidad en la que dice se da el predominio del “yo” y en el que la poesía ya no responde a urgencias temáticas o ecuménicas sino a los designios del individualismo. “No en vano —dice— los surrealistas, pero no solamente ellos [claro los de las otras escuelas de vanguardia también], subrayaron la importancia del subconsciente en la creación artística” (p. 258). Y llega a la conclusión de que, para la poesía, ya pasó la hora de ser escuchada, y se ha instaurado la hora de solo ser leída, el lector ya no es solidario, sino solitario. Ese es el “yo” que ahora predomina y que tuvo su punto de arranque en los comienzos del siglo XX, con la vanguardia, cuyo canon se ha instaurado como dominante. Por eso Martos solo menciona —como paradigmas— a autores de esa tendencia, aunque vengan del siglo XVIII o XIX, como es el caso de Novalis o Rimbaud. Dice Martos: “Desde los románticos como Novalis o los surrealistas como Breton, se cree, o se sabe, o se está seguro [obsérvese que no hay escapatoria: ‘o se cree o se sabe o se está seguro’], de la participación del inconsciente en la creación literaria a través de los sueños y de una serie de mecanismos estudiados hasta la saciedad, pero salvo la escritura propiamente automática, el poeta habla desde la conciencia en la que manifiesta su vida inconsciente.” (259). Y, finalmente, llega al meollo de su tema: “las máscaras del yo”.

Y una de esas máscaras es la de “los poetas sufridos por el castigo”. Es decir los poetas que se sienten transmisores del dolor humano, manifestado a través de su yo. Pero, hay que reconocerlo, Martos, a su vez, reconoce la procedencia de esa clasificación, una de ellas es el vals en replana del compositor peruano Mario Cavagnaro, “Yo la quería, patita”. Aunque él hace una transposición no muy ceñida a la idea original del vals, pues atribuye ese castigo a las vicisitudes del ser social, “por la propia experiencia cultural de siglos de marginación y sufrimiento de los grupos de origen andino y los estratos populares de las urbes” (p. 260), es decir, es un “sufrimiento como connatural al ser de los peruanos” (p. 261). Lo cual es poco menos que una exageración, puesto que no hay medida para calibrar el sufrimiento de los pueblos; muchos pueblos de América y del mundo reclamarían esa primogenitura connatural del sufrimiento. Pero, por otro lado, la frase del epígrafe —derivada del vals de Cavagnaro— no alude a ese sufrimiento, sino al de la relación amorosa, en la que el “castigador” (varón privilegiado en esas lides) trata con desdén a la mujer que se resigna a sufrir por su amor, y, por eso, el verso original del vals dice: “Y dicen que está la negra/ sufrida para el castigo”.

Y a partir de esa “transposición” de términos pasa a otra que –por lo menos para mi gusto– resulta desfasada, pues, como conclusión, dice: “Lo interesante es que esa concepción ha llegado a la poesía en la escritura de nuestro más caracterizado vate César Vallejo.” Y, como prueba, transcribe el poema inicial de Los heraldos negros. Y dice que “habla en verdad de la ley del sufrimiento que atañe a los seres humanos en general, pero hay un momento en que la voz del hablante se incluye en el discurso y el individuo que habla es uno más de los que son llamados por el sufrimiento.” (Ibíd.) Y luego pasa a hablar de otro poema que dice está “en ese manojo de poemas que dejó inéditos Vallejo” (cuando bien se sabe, ‘hasta la saciedad’, que esos poemas pertenecen al libro Poemas humanos) y enuncia el título pero también modificado, pues escribe: “Piedra negra sobre piedra blanca”, cuando el original es: “Piedra negra sobre una piedra blanca”. De inmediato, pasa a analizarlo y dice: “Este magnífico soneto, con las rimas casi perdidas, puede ponerse como ejemplo paradigmático de la poesía de Vallejo”. Y aquí hay que hacer dos rectificaciones. No es que las rimas estén “casi perdidas”, las rimas están “bien encontradas”, lo que pasa es que no son rimas consonantes sino asonantes, pero rimas al fin y al cabo. En todo caso, la incisión admisible es que Vallejo ha modificado la rima del soneto tradicional, no solo en lo que se refiere a su tipo, sino también a su estructura, en tanto, por ejemplo, en el primer cuarteto lo hace con versos pareados (aguacero/recuerdo; corro/otoño), etc. Y, por otro lado, si con lo de “ejemplo paradigmático” Martos alude a su tema “máscara del yo”, puede pasar; pero no, si se refiere a toda la poesía de Vallejo, pues otros poemas podrían esgrimirse en ese caso (pienso en “Intensidad y altura” o “Masa”).

Pero, claro, Martos lo que quiere es llegar a la conclusión de que si este poema es el paradigma del “sufrimiento individual” de Vallejo, entonces toda su poesía está representada por él, pues en toda se manifiesta ese “sufrimiento individual”. Pero este resulta ser un silogismo controvertible, por decir lo menos. Y eso es lo que se ve en la continuación del análisis. Dice: “El poeta más experimental de la lengua castellana usa con libertad las formas clásicas y habla de sí mismo en primera persona o tercera persona, diciendo su nombre y apellido con claridad meridiana, como lo había hecho en otro tiempo Walt Whitman; comparte con él la hipertrofia del yo.” Y aplicando la fórmula matemática escolar, Martos ha podido decir “l.q.q.d.”: lo que queríamos demostrar: la máscara del yo sufriente está quintaesenciada en Vallejo. Porque, a continuación, agrega: “Vallejo muestra la situación de un apaleado. El texto muestra la historia personal de un individuo desdichado, vidente de su propia muerte, inerme frente a los golpes y resignado frente al porvenir. (p. 263). Pero vayamos por partes. Eso del “yo hipertrofiado” —más adelante va a ser reconocido por Martos— no es una calificación que le pertenezca. Al referirse Martos a Emilio Adolfo Westphalen (otro paradigma de la poesía del canon occidental) dice que este al ser preguntado “por sus preferencias poéticas en el Perú del siglo XX, elegía y decía, la poesía de José María Eguren” (p. 268), es decir, otro de los referentes de la poesía pura, de la tendencia formalista, y de cuya poesía J. C. Mariátegui decía que era “Poesía de estancia y de interior” [es decir: también poesía del yo individual, aunque trate de duendes y de trances lúdicos, pero no analizada por Martos; y continúa Mariátegui] “Porque así como hay una música y una pintura de cámara, hay también una poesía de cámara. Que cuando es la voz de un verdadero poeta, tiene el mismo encanto.” Pero volvamos a lo de Westephalen, dice Martos que este al continuar su respuesta sobre sus preferencias poéticas: “juzgaba que Vallejo tenía un ‘yo hipertrofiado’.” ¿No sería esa –pregunto– la vendetta de Westphalen, ante lo expresado por vallejo, en un texto de su libro El Arte y la revolución: “Poesía e impostura: añadir que el ‘hacedor’ debe ser reemplazado por el conductor de vida social y de dolor derivado del capitalismo. Giraudoux –arte por el arte. Artistas de evasión – Eguren, Westphalen.” Esta es una nota a pie de página del texto titulado “Poesía e impostura”, que es una requisitoria contra la poesía individualista, purista del juego de palabras, y que termina de la siguiente manera: “Hacedores de colmos, se ve de lejos que nunca habéis muerto en vuestra vida.” 

Y podemos decir que tanto Westphalen como Martos yerran. El uso del “yo” con el calificativo de “hipertrofiado” fuera aceptable si se diera como opción usufructuaria del “culto del yo”, el mismo que Vallejo rechazaba, decía: “Hasta Maurice Barrés, precisamente el Barrés del ‘culto del yo’, ha aprovechado de América Latina”. Pero ese no fue el caso de Vallejo. Porque él propone el uso del “yo” como fundamento estético, dice: “–¿Es mejor decir ‘yo’? O mejor decir ‘El hombre’ como sujeto de la emoción –lírica y épica–. Desde luego, más profundo y poético, es decir ‘yo’ –tomado naturalmente como símbolo de ‘todos’—.” Entonces, lo que debe entenderse en el poema “Piedra blanca sobre una piedra negra” no es –como interpreta Martos– que Vallejo esté hablando de su muerte (“vidente de su propia muerte”), y no hay tal preanuncio de su muerte porque también Vallejo ha dicho que eso de adelantarse a los acontecimientos es una superchería: “la anticipación expresa y rotunda de hechos concretos, no pasa de un candoroso expediente de brujería barata y es cosa muy fácil. Basta ser un inconsciente con manía de alucinado. Así hacen las sibilas vulgares. No importa que se realice o no lo que anuncian.” Vallejo no trata de su sufrimiento personal; Vallejo no está proponiendo la suya como “la situación de un apaleado”, como dice Martos, que “El texto muestra la historia personal de un individuo desdichado, vidente de su propia muerte, inerme frente a los golpes y resignado frente al porvenir.” Si en algo está reflejada su vía crucis personal, es en función a que percibe en sí mismo el sufrimiento de los demás: ‘su yo es el símbolo de todos’. No es que “esté inerme frente a los golpes”, sino que esa alusión a los golpes que todos le dan, es una protesta contra el palo alevoso que viene de los opresores, y contra la soga resignada de los oprimidos. Y no es que el poeta esté “resignado frente al porvenir”, porque la última imagen del poema: ‘los caminos como testigos’ del sufrimiento humano, son las posibilidades de cambio en contra de esa opresión.

La comprensión que ha hecho Martos de este poema ha sido denotativa, y hasta literal, con la única y obvia intención de hacer calzar su tesis del ‘poeta sufrido por el castigo y del yo hipertrofiado’. Y sorprende que haya tomado esa vía interpretativa, porque él mismo ha señalado –al comienzo de su artículo– que “en tiempos relativamente recientes, ha aflorado y se ha impuesto la concepción de que la voz del poema es hasta cierto punto independiente de la persona que escribe.” (p. 258). Y este es el caso de Vallejo. No se puede hablar del “yo hipertrofiado” de un poeta que proclama a los cuatro vientos su solidaridad con los trabajadores y los pobres en general que, obviamente, ‘no están en un lecho de rosas’, y no hay otra forma de denunciar el dolor que gritando “ay”. No se puede decir eso de un hombre que proclamó a los cuatro vientos su adhesión al comunismo; de un hombre que marcó distancia respecto de los oportunistas que fueron la mayoría de los que adhirieron a las escuelas de vanguardia. Porque lo cierto es que la mayoría de ellos se percató de quién era el culpable de la desgracia social (con sus secuelas de hambre, miseria, guerra y represión): el capitalismo salvaje de toda la vida. Pero la mayoría de ellos, en lugar de adherir a la revolución social —ligada al marxismo— que era y es la única opción que garantiza la verdadera lucha por la instauración de un orden social nuevo, atacaron el arte y la cultura que era afín al capitalismo, y se avocaron a derrumbar los cimientos de esa cultura y ese arte: su estructura formal. Es algo que alcanza hasta el superrealismo, escuela de vanguardia que declaró su adhesión al marxismo. Vallejo lo indica así: “A la hora en que estamos, el superrealismo —como movimiento marxista— es un cadáver. (Como cenáculo meramente literario, —repito— fue siempre, como todas las escuelas, una impostura de la vida, un vulgar espanta-pájaros).” Y todas las escuelas de vanguardia no fueron más que fábricas de escandalosas e individualistas innovaciones formales, las mismas que finalmente se constituyeron en las bases del nuevo canon que, después, el capitalismo se encargó de promocionar como el único válido, porque no hace mella a los intereses de las clases dominantes, sino que más bien es convertido por éstas en el portador de su sello ideológico, con la discriminación de todo arte y cultura que se presenten como sus contrarios.

Y esa impronta de segregación aristocrática será heredada por la tendencia formalista que privilegia el medio (la forma) y olvida los orígenes (la conciencia que refleja la realidad) y también se desentiende del fin: la función social del arte. Y es así como la lírica, a partir de Baudelaire, Verlaine y Rimbaud, y sus continuadores vanguardistas, contará con una serie de procedimientos poéticos que, más que definir, sugerirán al lector lo que el poeta quiere comunicar. Estos procedimientos se multiplicarán durante los llamados «movimientos de vanguardia», que no son sino la expresión extrema del individualismo que patrocina y promueve la ideología neoliberal, con todos sus alegatos de “crisis de la razón”. Es una situación en la que el hombre se ha visto obligado a romper con un ritmo expresivo que se halla desprestigiado para desembocar en un ritmo frenético puramente experimental que, por lo tanto, desconoce su norte, y que en los últimos tiempos reclama el despertar de un nuevo barroquismo.

Y Vallejo era consciente de que el trabajo de la palabra no implica puro malabarismo formal o que sea solo patrimonio de las escuelas de vanguardia —como el canon lo tiene establecido, y por eso tratan de absorberlo a él—, y es en ese sentido que escribe lo siguiente: “La gramática, como norma colectiva en poesía, carece de razón de ser. Cada poeta forja su gramática personal e intransferible, su sintaxis, su ortografía, su analogía, su prosodia, su semántica. Le basta no salir de los fueros básicos del idioma. El poeta puede hasta cambiar, en cierto modo, la estructura literal y fonética de una misma palabra, según los casos. Y esto, en vez de restringir el alcance socialista y universal de la poesía, como pudiera creerse, lo dilata al infinito. Sabido es que cuanto más personal (repito, no digo individual) es la sensibilidad del artista, su obra es más universal y colectiva.” (El arte y la revolución).



[1] Valga señalar aquí que esa recurrencia temática Martos la hace extensiva a partes extensas de sus artículos. La primera parte del que aquí comentamos (cuatro extensos párrafos, bajo el subtítulo de “Primera cala”) figura también como primera parte del artículo “La poesía y el perfume de la oralidad”, que da inicio al libro En las fronteras de la poesía, título este —dígase de paso— casi homónimo del libro de Jacques Maritain, Fronteras de la poesía.


El Pulso Payador de Espinoza León


                                                                                      Roque Ramírez


La obra de Honorato de Balzac fue relevante para los lectores de su época y lo sigue siendo para agudos lectores de hoy, quienes además lo aman, porque, entre otros méritos, su narrativa principal reunida bajo el título La Comedia Humana se caracteriza sino por hacer un análisis con tomografía, por fotografiar con ojo sagaz, desnudando a la sociedad burguesa de entonces. Así, escrutando a Francia industrial, por tanto a Europa, con su lente crítica Balzac nos muestra las pasiones, las mea culpa, las intrigas por el imperio de la riqueza y, sobre todo, las miserias producidas por una burguesía que empujaba el carro de una calculadora y arrolladora sociedad industrialista, asestando los últimos estoques a los rasgos del ancien régimen (feudal), el cual aún perduraba en los títulos nobiliarios de una aristocracia en decadencia.

El autor de Papá Goriot, una de la novelas más conocidas en el Perú, expone estos puntos de vista no porque era un intelectual militante de ideas liberales (positivismo) progresistas, en las cuales se exige la restauración, como si lo propone Gustave Flaubert en Educación Sentimental, de los principios revolucionarios primigenios que llevaron a la burguesía al poder: Igualité, fraternité y liberté, los mismos que habían sido abandonados por dichos capitalistas emergentes, quienes enarbolaban como única bandera la posesión y acumulación del dinero. Sino que Balzac es, como todo genuino artista, una de las mejores semillas de su tiempo, estuvo arraigado a la sociedad que lo acunó, palpó la tragedia de los marginados clochards, de las gran masa obrera y artesanal, conoció desde dentro a los causantes de lo anterior, los nuevos ricos, es decir fue un agudo observador y como mejor semilla adquirió una intuitiva lucidez ideológica que le permitiría, aún a salto de mata debido a los apuros económicos y a la persecución de maridos coronados, construir ese enorme (más de sesenta novelas) y brillante proyecto llamada, repito, La Comedia Humana.

¿Por qué traer a colación las lecturas que nos inspira Balzac? Lo hacemos en razón de fundamentar la vida de Carlos Espinoza León, y, ¿por qué, no?, para sustentar parte de su obra. Carlos es un artista original nacido en la Provincia de Morropón, Piura, que en su niñez se vio motivado por Los Perros Hambrientos de Ciro Alegría, una de las primeras lecturas que lo invita al sueño de anhelar ser escritor de novelas, y, embebido del coplero regional más los relatos de fogón de los abuelos propios y los campesinos, empieza a adquirir esa capacidad intuitiva para narrar, perfil característico en muchos de nuestro escritores tal como lo hemos afirmado en el colofón del libro de C.A. Rivas Mitos y Leyendas de Lurín. Como una mejor, no digamos semilla, sino ave o mejor chilalo payador, absorbió los asuntos polémicos candentes de su niñez y los expone con una visión romanticista, siendo de ideario aprista él, obviamente del romanticismo propio de hombres con ideales utópicos (de nuestros tiempos), formación parecida al proceso que se había generado en la vida y obra de su maestro Ciro Alegría, el cual había simpatizado en su juventud con las ideas de Haya de la Torre, se inscribe y milita en el partido de tendencia derechista Acción Popular, no obstante llegó a simpatizar con la Revolución Cubana, de la cual da un grato testimonio en sus memorias, aparte de escribir esa gran novela llamada El Mundo es Ancho y Ajeno donde los puntos de vista acerca de la tenencia o propiedad de la tierra se sustentan con el mismo resplandor y brillo de los Siete Ensayos, etc, de
J.C.Mariátegui.

La formación que ha forjado a Carlos Espinoza León es contextual a su región y tiempo y es también característico de muchos escritores de su promoción, tal es el caso, en otro ámbito, Sullana, de Genaro Maza. Nos bastará entender su producción hasta el momento para corroborar lo dicho. Por ejemplo, en el relato La Justicia de Patrocinio” de G. Maza y en la novela breve (a mi parecer) El Cacique Blanco de C. Espinoza, el asunto literario de ambos tiene como marco a la injusticia ejercida por un poder sojuzgante, terrorífico y codicioso, el del gamolismo, frente a una rebeldía campesina que se opone como único modo de obtener justicia, de vindicar su derechos; sólo que en Maza se trata de una rebeldía predestinada con digresiones humanistas, mientras que en Espinoza León es individual y bíblica (al estilo de Moisés), es decir castigando al agresor; además ambos coinciden en mostrar una rebeldía carente de interés clasista, lo cual es válido porque esa era la justicia que el campesino enarbolaba. Los actos de rebeldía organizada que se le proponen al campesino le vienen de otro lado, del lado de los obreros comprometidos con su ideología, son parte de otros tiempos y otras circunstancias que ni Maza ni Espinoza tratan en su obra.

No en la que yo conozco, es posible, así lo deseamos, que Espinoza León se decida a culminar ese relato sobre Nacho, líder del Sutep en la región, cuyo borrador hemos leído y se ocupe en parte de esas rebeldías. Para información del lector, ambas rebeldías, anárquicas y organizadas, han sido muy bien engarzadas y expresadas en la saga narrativa de los Villar (Hombres de Camino, La violencia del Tiempo, La Destrucción del Reino) escritas por Miguel Gutiérrez.

Volviendo la vista a la obra de Carlos Espinoza, éste expone bajo su lupa, aparte de la cara despótica de la sociedad latifundista, los fieles y románticos rasgos del mundo campesino morropano, no sólo de épocas de haciendas sino también posteriores a ellos. El elemento que mueve su pluma es la humorada, no el dardo satírico del filósofo a lo Voltaire, ni el humor macondiano de García Márquez, el de Espinoza León es el humor popular cargado de ironía próximo a Galvez Ronceros, Espinoza lo vierte con detalles modosos ( en sus comportamientos) mediante el habla localista. El cuento “Los rastreadores” y otros relatos como “Páramo Rojo” que habla de otro bandolero, el Cátedro Ramírez, además de los cuentos el “Risitas” y “Eusebio Nunjar” son parte de ese romántico e irónico retrato que esboza Carlos Espinoza, en particular me atraen y causan admiración, estos dos últimos por las breves magníficas pinceladas con que retrata al campesino no bandolero. Así en “Risitas” nos muestra a una mujer campesina férrea y dulce que defiende su honra con coraje, el cuento hubiera resultado de los mejores si el protagonismo se hubiera centrado en Domitila; en “Eusebio Nunjar” otro hombre del délito también el protagonismo debió centrarse en el quinceañero campesiono que con astucia y valor defiende su vida y la de los suyos, aun así la pincelada es un buen atisbo de lo que afirmamos acerca del punto de vista romántico con que el autor asume su obra. Desde luego, hay deslices en algunos relatos que asumen el género de “leyenda” o “mitos”, lo cual hemos conversado personalmente con Carlos y no viene el caso mencionar aquí, hablo de deslices en su composición argumental y estructural a los cuales se les debe poner observación.

A propósito, enfatizando en el manejo lingüístico del habla regional y la valoración de conjunto de la obra, el narrador Gonzáles Viaña señala (en correo cultural s/f) que el canto del chilalo conjunto de relatos de Espinoza León “tiene el sentido de darle a esta región la plena vigencia de su espíritu y de su propia cultura”. Viaña alude a la fiel expresión gráfica, escritural si se quiere, que nuestro narrador logra de la oralidad lingüística del hombre de Morropón (toda la provincia), se refiere al rescate de las cumananas, a la construcción de algunas, a su ironía popular y, desde luego a la rebeldía. Entonces, como bien sugiere Viaña, nuestro paisano es una voz nacional, en narrativa, que expresa mucho de nuestra identidad peruana y que pretende ser ocultada porque su modelo literario no es el de la región Lima. Dentro de ese rescate de la sintaxis oral, voceo le llama Viaña, de un mundo campesino que se va perdiendo, del aporte a nuestra identidad tenemos que entender el relato “El Pitingo” que se acaba de publicar en estos díaz de Setiembre. En ”El Pitingo” lo multiétnico, lo pluricultural, la simbiosis religiosa, las oralidades lingüísticas diversas que caracterizan a nuestra región, definen y conforman a sus protagonistas y antagonistas.

Como bien afirma Miguel Gutiérrez, en Piura hubiéramos tenido, salvando tiempos y sociedades, al Guimaraes Rosa, autor de O’Sertao, de hoy sino fuera porque, señala el suscrito, el autor nació en una sociedad no industrial, pero particularmente porque los apuros económicos de maestro de escuela, una tragedia personal y sus inquietudes políticas no le permitieron horas ni estímulo para sumar otros factores importantes como la formación intelectual, fuere académica o autodidácta. Lo cual hubiera aportado mayor solidez formal, según el ritmo de instrumentos y técnicas narrativas que se manifestaban hasta los años 70. No obstante la obra de Espinoza León, de por sí, indudablemente tiene méritos de peso para festejar y gozar con la lectura de su obra.

Ciencias Sociales

La Recreación de la Realidad:
«Los Siete Ensayos»

(Octava Parte)


                                                               Jorge Oshiro
                  
La recreación de la realidad: Los Siete Ensayos

Mariátegui, Waldo Frank y Antonio Gramsci y la realidad
   nacional

El mejor método de reconstruir el pensamiento filosófico de Mariátegui es oponerlo dialécticamente con otras posiciones que se han realizado en la misma dirección. Esto es un imperativo que resulta de su misma obra. Una parte importante de su reflexionar, como se ha visto, es un meditar sobre las obras de los otros, es un diálogo abierto con los otros. Gran parte de su pensamiento lo encontramos proyectado en los otros. Para acercarnos mejor al pensamiento de Mariátegui sobre la realidad nacional y sus «Siete Ensayos» lo compareremos con dos autores, Waldo Frank, ya tratado en parte en el capítulo anterior, y Antonio Gramsci de «Alcuni temi della questione meridionale»


Waldo Frank y Nuestra América[1]

«Nuestra América» no es un libro de historia, ni tampoco de sociología, no quiere ser un libro que pertenezca a la categoría de los escritos científicos, a pesar de que en la elaboración de él el autor se basa rigurosamente en los hechos de la historia de su país, sus preocupaciones tienen repercusiones sociales y sus afirmaciones no atentan en ningún momento a los principios científicos, si se entiende por ello la fidelidad a la realidad estudiada.

Pero Waldo Frank no quiere describir simplemente esta realidad con tal o cual método porque esta realidad que él investiga "no existe aún". Ya en los comienzos de la investigación descubre él un hecho fundamental:

"I saw that America was a conception to be created".[2]

Y este es absolutamente el mismo punto de partida de Mariátegui con respecto a su país:

"El Perú", afirma él, es todavía una nacionalidad en formación".

Pero mucho más claramente en otro texto posterior:

"Se puede decir del Perú lo que Waldo Frank dice de Norte América: que es todavía un concepto por crear".

Por lo tanto para Frank y para Mariátegui el concepto de 'realidad' no se define simplemente por lo dado, por lo ya existente. Ambos son, en este sentido anti-positivistas.

La realidad para ellos es primeramente una 'realidad devenida', la realidad es siempre un producto de un proceso ("ist geworden", dice el filósofo alemán Ernst Bloch), producto complejo de toda una historia pero que a su vez 'se proyecta' hacia el futuro.Es decir, lo que llamamos "lo dado" en realidad es una realidad en movimiento, en proceso que incluye el pasado –lo dado es una proyección del pasado en el presente, el presente mismo que a su vez es siempre una proyección al futuro.

La realidad del positivismo científico es la realidad de lo existente, de las cosas; su única dimensión es la ex-sistencia, la existencia de la ex-terioridad. Es decir exterioridad a una conciencia pura, incorporal.

En este sentido la realidad científica positivista se basa necesariamente en una abstracción y en una negación: la negación del cuerpo viviente y todas sus pasiones. En su observación el científico elimina todo lo que no sea “objetivo”, es decir todo lo subjetivo, lo que nosotros llamamos sentimientos, emociones.

Pero esta primera negación trae consigo una segunda: la ciencia al buscar únicamente lo regular, lo permanente, lo que el científico llama  "ley", rechaza, desconoce, oprime todo el carácter multifacético de la realidad, su irregularidad, sus formas contradictorias, su forma indómita e indomable.[3]

Esta opresión del carácter irregular y multifacético de la realidad delata en la ciencia y sobre todo en el científico su íntimo deseo de dominación de esa realidad que él quiere objetivar. Otra es actitud del artista, según Waldo Frank como hemos visto ya en el precedente capítulo. En oposición al científico, nos decía en el «Redescubrimiento de América», que permanece fuera de la experiencia del sujeto cognoscente,

"El cuerpo del arte no consistirá  solamente, como en la ciencia, de lo que pueden ofrecer los sentidos físicos, sino del espíritu personal y la emoción del artísta".

La realidad del artista, por lo tanto, no puede ser objetiva entendido ésta como 'pura exterioridad'. Para él existe también otra dimensión tan real como la anterior, complementando o negando la 'ex-istencia' propone la propia 'in-sistencia', y en primera línea la insistencia de su cuerpo. Frank:

"Lo que el arte crea es siempre un cuerpo y este cuerpo es siempre el cuerpo del artista..., el cuerpo humano".

En oposición del científico el artista, el poeta, el creador por antonomasia, lejos de oprimir sus sentimientos, sus angustias, sus esperanzas, sus pasiones, sus ternuras, sus violencias, los propone como centro de su actividad, sin desconocer la dimensión externa de la realidad.

«Nuestra América» es más que un libro de un científico, la obra de un artista. Pero también de un pensador y un político, aunque no en el sentido usual del término, ni mucho menos en el sentido como lo entiende Mariátegui. Frank escribe en sus «Memorias»:

"¿Sabía yo lo que «Our America» era realmente? No un retrato objetivo de un país real, sino una convocatoria para que lo fuera. El libro era una herramienta de reclutamiento. Necesitaba un ejército, pero este se forjaría, estaba seguro, si había capitanes".

Más abajo sigue comentando Frank su propio libro y dice que el libro no es político.

"Pero a mi juicio, la política estaba en el hombre, y era el hombre el que contaba. Sabía que yo sólo era un poeta, una categoría extraña de poeta metafísico. Necesitaba de un gran auditorio y lo buscaba".

Estas consideraciones son importantes para valorar adecuadamente la obra y el pensamiento de Frank y no exigir de él lo que nunca quiso ser, un político profesional, ni mucho menos un hombre de partido.

Mariátegui tampoco perseguía escribir un libro objetivo sobre el Perú. Lo dice él mismo en la ya citada Advertencia a los Siete Ensayos:

"Otra vez repito que no soy un crítico imparcial y objetivo. Mis juicios se nutren de mis ideales, de mis sentimientos, de mis pasiones".

Y concluye estas posiciones con la advertencia:

"Tengo una declarada y enérgica ambición: la de concurrir a la creación del socialismo peruano. Estoy lo más lejos posible de la técnica profesoral y del espíritu universitario".

Dos frontales críticas se perciben aquí en estos dos pasajes:

·         La primera contra el espíritu imparcial, neutral del pseudo científico que al analizar la realidad peruana pretende estar por encima de las luchas sociales, porque cree ilusoriamente ser una conciencia descarnada y por lo tanto puede dejar de lado los ideales, los sentimientos y las pasiones propias de los hombres.

·         La segunda crítica se dirige contra la institución universitaria de los años veinte que seguía siendo un dominio de la oligarquía peruana y que estaba francamente de espaldas a la realidad peruana. Toda la inteligencia universitaria era por lo tanto descarnada pues no se sentía orgánicamente ligada al cuerpo social al que pertenecía realmente.

Recordemos nuestras dos triadas desarrolladas en un capítulo anterior. Para Mariátegui, pensador colectivo de la multitud, el proceso revolucionario no podía originarse dentro de las aulas universitarias, sino fuera de ellas, en la calle, en las fábricas, en el campos laborales.

La visión doble de la realidad en su forma de existencia y de insistencia es propia de la visión del artista, es decir, del creador.[4]

En este sentido es necesario comprender la compleja fórmula que Mariátegui nos ofrece de su versión del socialismo: debe será creación heroica. Pero esta creación heroica exige un estudio profundo de la historia. Pues la realidad, tanto como existencia como insistencia es un resultado de perseverancias pasadas, a las cuales hay que tomar seriamente en cuenta para poder ser eficaz.


6.1.1. Europa: un mundo en desintegración.

Waldo Frank comienza su «Our America» hablando de los pioneros y con esto hace comenzar la historia de su país en Europa. La presencia de los puritanos en tierras norteamericanas no fue en absoluto un producto del azar. El tema de «Nuestra América» (1919) lo vuelve a retomar, ampliándolo, profundizándolo, aclarándolo, en trabajos posteriores, en «Re-discovery of America» (1929) y en el «Primer Mensaje a la América Hispana» (1930). Para Waldo Frank la presencia y la forma de vida y su perseverancia de los puritanos en Norteamerica, de la misma manera que los viajes de Colón, de Pizarro o Cortez se debá a un proceso de desintegración de la cultura europea.

"Tomad a Europa como un cuerpo orgánico vivo. Si buscáis su corazón, su cerebro, su alma... en otras palabras, si buscáis la fuente de su energía y espíritu, habéis de llegar al Mar cuyas riberas fueron Egipto, Judea, Atenas, Roma. El Mediterráneo fue la matriz de Europa".

En toda su diversidad de diferentes culturas y de tiempos todo estos fenómenos forman un cuerpo orgánico vivo que va a encontrar su estadio más alto en la Edad Media con la creación de la República Cristiana Tolomea:

"Con selección cruel, rigurosa, el pensamiento y la forma del mundo mediterraneo se han unido aquí en un Todo que cada hombre comparte. Aristóteles, Platón, Plotino, los profetas, los patriarcas, los caballeros, los monjes, son los hombres que construyeron ese mundo... y todos los hombres vivieron en él".

El Papa Gregorio VII le dio corazón, Santo Tomás de Aquino le otorgó su lógica y el Dante y Petrarca cantaron su gloria. Los errores y las debilidades de este sistema fueron fatales:

"Pero su esplendor es inmortal, pues fue el primer intento consciente del hombre occidental de crear, con todo el hombre y todos los hombres, un Todo espiritual encerrado en un cuerpo".

La estética, la lógica, la economía, la sociología, la filosofía, la política y la religión formaba en esta Casa Europea, a pesar de todas sus diferencias y contradicciones, una unidad orgánica; había, según Frank, una Totalidad.

Los avances y crecimiento del mercado, de la ciencia y la tecnología van a eruir lentamente esta Casa Europea lentamente. Pero no se piense que hay nostalgia pasadista en el pensamiento de Frank.

El período siguiente, el de la destrucción es tan valioso como el anterior:

"Aunque es verdad que Copérnico, Newton, Kepler, Lutero, Calvino, Kant son los hombres que desmembraron la República Cristiana Tolomea; aunque es cierto que los descubridores, al crear nuevos conductos extraeuropeos, le quitaron su sangre y su comercio hasta destruir por último el todo económico de Europa, aceptamos su grandeza".

El desmembramiento europeo, producto de su decadencia, ocasionó el movimiento hacia afuera, la necesidad de búsqueda de nuevos mercados y la necesidad psicológica-cultural de buscar nuevas realidades. Este ambiente cultural propició en último término los viajes de descubrimiento y luego las conquistas y el movimiento de emigración:

"Un cuerpo se despedaza. Potente, aunque ya no intacto, su energía se desborda al exterior".

Había sido un universo que se dirigía hacia arriba. Ahora pasa a ser un universo múltiple dispuesto en sentido horizontal:

"Europa se desangra en el mar, su sangre va hacia las tierras desconocidas".

El futuro y la esperanza de Europa se fue trasladando al Nuevo Mundo. Y así llegaron con los nuevos habitantes de América del Norte nuevos ideales. Es decir que ellos pensaron que eran nuevos porque estaban en un nuevo continente. En realidad llevaban en sí los fragmentos culturales del Viejo Mundo. Por eso estaban condenados al fracaso:

"El fracaso de los padres de la colonia se debió a que carecían de los instrumentos necesarios para erigir su Sión. Los padres constituyentes también trabajaban con instrumentos y leyes que, sin saberlo, habían tomado del orden medieval: así edificaron con materiales gastados y deficientes".

¿En qué consistió este fracaso?. En el sentido que no lograron construir la casa cultural ansiada y que se redujeron al cambio y transformación de la realidad material convirtiendo todo el idealismo religioso en una pura búsqueda del factor material, sintetizada en el afán de ganancia y de poder. El afán de ganancia y de poder se convirtió en su única religión. En este sentido escribe Frank:

"América, el Nuevo Mundo, fue un mundo que nació viejo... América, tierra de resurrección, fue antes que nada una tumba para la cultura mediterránea".

Se fue creando así con creciente intensidad un mundo material cada vez más grande y al mismo tiempo se fue vaciando su mundo interior. Toda la fabulosa energía que tenían los primeros pobladores se agotaron en la transformación del mundo material con la ayuda de la máquina, debilitándose así el espíritu en forma considerable. Así se fue formando el mundo capitalista norteamericano bajo los dos ejes en que se mueve todo el sistema social: el poder y el dinero.


6. 2. Gramsci y la Cuestión Meridional

Como es sabido «Algunos temas sobre la Cuestión Meridional» fue el último escrito importante de Antonio Gramsci antes de su detención por el fascismo (1926). Fue por lo tanto la última reflexión del Gramsci militante y dirigente del PCI. La prisión rompió violenta y brutalmente la continuidad el desarrollo intelectual y espiritual del militante. Aislado de las masas y de sus compañeros de lucha, alejado de su familia, de su mujer Julia Schucht y de su hijo Delio, enfermo y frecuentemente en situaciones depresivas Gramsci retomó heroicamente su lucha, esta vez en la reflexión solitaria, en los «Cuadernos de prisión» cuatro años después de este trabajo -inconcluso- sobre «la Cuestión Meridional».

En muchos aspectos los Quaderni son las reflexiones, fragmentarias en su forma, orgánicas en su contenido, de la intensiva praxis política hasta 1926. Lo que no quiere decir que este primer período no haya sido meditada profundamente. Todo lo contrario. La cualidad excepcional de este revolucionario italiano reside precisamente en la unidad indisoluble de una existencia vivida intensamente y una reflexión de esa vida llevada con profundidad. En ningún autor revolucionario puede ser separada la obra de la biografía, mucho menos en el pensamiento de Gramsci, cuya vitalidad es ejemplar porque es expresión de una vida vivida en toda su intensidad y dolor. Un ejemplo ilustrativo de esta relación entre la vida y la obra es precisamente este trabajo sobre «la Cuestión Meridional».

Antonio Gramsci nació en un pequeño pueblo, Ales, en Cerdeña, al sur de Italia. Se sabe que esta zona meridional de Italia es una zona pobre, campesina y con muchos rasgos feudales. La región meridional italiana corresponde a la zona andina peruana.

Y siguiendo la transposición -mecánica, pero ilustrativa- Gramsci sería en términos peruanos un indio. Un indio de alguna provincia andina que terminado sus estudios secundarios va a la capital para comenzar sus estudios universitarios. La posición política inicial del joven Gramsci, anti-continental se asemejaba bastante a la posición política de algunos intelectuales peruanos mestizos, que querían la restauración del imperio incaico y la expulsión de todos los blancos del país.

El gran interés de Gramsci (y bajo su impulso, del «Ordine Nuovo») por este tema sobre la «Cuestión Meridional»,- que era para Italia lo que para los peruanos de la generación de Mariátegui y «Amauta», el problema del indio,- tenía naturalmente raíces biográficas.

Cuando el joven Gramsci llegó a Turín a fines de 1911, había cumplido en ese otoño, los veinte años, se encontró como en otro país, por el idioma, por el tamaño de la ciudad, por la intensidad de la vida citadina desconocida para él. Se sintió más que nunca provinciano y muy pronto comenzó a descubrir los prejuicios raciales de los italianos del norte contra los sureños. En su trabajo sobre la «Cuestión Meridional» escribe:

"Es conocida la ideología que en múltiples ramificaciones difunden los propagandistas de la burguesía entre las masas de norte: 'El Mediodía es el lastre que impide que progrese más rápidamente el desarrollo civil de Italia; los meridionales son seres biológicamente inferiores, semibárbaros o bárbaros completos, por destino natural".[5]

Este racismo abierto tocó violentamente la fina sensibilidad del joven estudiante sardo y el militante recordará  los argumentos más frecuentes:

"Si el Mediodía está  atrasado, la culpa no es del sistema capitalista o de cualquier otra causa histórica, sino de la naturaleza que ha hecho a los meridionales, holgazanes, inservibles, criminales, bárbaros..".

Esta ideología reaccionaria contra los sureños no se limitaba a los sectores conservadores y burgueses. Gramsci:

"El Partido socialista fue en gran parte el difusor de esta ideología burguesa en el proletariado septentrional; el Partido socialista convalidó toda la literatura meridionalista de la camarilla de escritores de la llamada escuela positivista, como los Ferri, los Serági, los Niceforo, los Orano y discípulos menores...".
       
Este primer contacto con el positivismo influyó poderosamente en el pensamiento filosófico de Gramsci que se caracterizó en uno de sus aspectos importantes precisamente por su categórico antipositivismo.

El elemento racial tendrá  por lo tanto importancia en su reflexión marxista y en su concepción de la lucha de clases; el problema del racismo tendrá  un lugar importante, considerando que eran los propios trabajadores de las grandes ciudades del norte de Italia que vivían bajo la influencia de este prejuicio; considerando por otro lado que los campesinos sureños consideraban a los obreros y los capitalistas como una unidad indiferenciable y que era ella causante de su miseria. Este estado de división abismal entre campesinos y obreros no era naturalmente un producto del azar. El era consecuencia precisamente de la estructura ideológica de dominación que predominaba en este país. Un ejemplo de división entre las clases explotadas de Italia lo da el caso de la brigada Sassari. Escribe Gramsci:

"La brigada Sassari había participado en la represión del movimiento insurreccional de Turín, en agosto de 1917; se tenía la seguridad de que nunca fraternizaría con los obreros, en razón de los recuerdos de odio de que toda represión deja en la masa...".

El testimonio de un obrero curtidor, originario también de Sassari ilustra admirablemente este estado de cosas.

"Me acerqué a un campamento de la plaza X (durante los primeros días los soldados sardos acamparon en las plazas, como en una ciudad conquistada) y hablé con un joven campesino que me recibió cordialmente porque era de Sassari, como yo. ¿Qué vinieron hacer a Turín? -Vinimos a tirar contra los señores que hacen huelga.- Pero los que hacen huelga no son los señores, sino los obreros y los pobres. -Aqui todos son señores: tienen cuello y corbata; ganan 30 liras por día. Yo conozco a los pobres y sé cómo están vestidos, en Sassari sí hay muchos pobres; todos nosotros que trabajamos con la azada, somos pobres y ganamos 1.50 por día" Y cuando el obrero le dijo que también era pobre, respondió el soldado: tu eres pobre porque eres sardo.Pero si hago huelga con los demás, ¿tirarás contra mí?. El reflexionó un momento y luego, poniéndome una mano en la espalda, me dijo: -Escucha, cuando hagas huelga con los demás, ¡Quédate en tu casa!.

Este soldado no era naturalmente una excepción, dice Gramsci.

El ejemplo mostraba claramente la importancia y la urgencia de un trabajo ideológico en esta dimensión. La revolución socialista en Italia sería imposible sino se lograra superar este grave abismo y encontrara una alianza entre los obreros del norte y del campesino del sur. Y este será  el núcleo central de La cuestión meridional.

El Perú también tenía (y tiene) su «Cuestión meridional». Era el mismo abismo que separaba a los costeños peruanos de los andinos en el Perú, como ya se ha podido apreciar en las páginas correspondientes. Un grave prejuicio racial se había expandido a lo largo de todo el virreinato y que se había prolongado en la República.

La actitud de los indígenas era proporcional al racismo del blanco y del criollo. Respondía con silencio, con distancia, con absoluta desconfianza. Lo mismo que Gramsci había reconocido Mariátegui de la imposibilidad de una revolución peruana sin la participación activa de los campesinos indígenas.

Gramsci y el «Ordine Nuovo» habían sido los primeros en reconocer este grave problema y la inmensa urgencia de superarlo. Ya en febrero de 1920 daban el toque de alarma:

"La burguesía septentrional ha sojuzgado a la Italia meridional y las islas, reduciéndolas a colonias explotadas; el proletariado septentrional al emanciparse de la esclavitud capitalista, emancipará  a las masas campesinas meridionales, sometidas a la banca y al industrialismo parasitario".

No era por lo tanto suficiente predicar la redistribución de la tierra entre el campesinado. Continuaba el Ordine Nuovo:

"¿Qué gana un campesino pobre con invadir una tierra inculta o mal cultivada?".

Sin máquinas, sin una vivienda en el lugar del trabajo, sin créditos para esperar la época de cosecha, el campesino puede poco o nada, e inmediatamente será  víctima del próximo usurero.  «Ordine Nuovo» reivindicaba los derechos de los campesinos pero dentro de un cuadro revolucionario:

"la tierra a los campesinos; pero queríamos que estuviese encuadrada en una acción revolucionaria general de las dos clases aliadas, bajo la dirección del proletariado industrial".

María A. Macciocchi afirma a este respecto que

"el aporte teórico decisivo de esta obra («La Cuestión Meridional») reside en el hecho de considerar a los campesinos y su lucha como uno de los componentes de la revolución proletaria".

Pero esta alianza obrero-campesina debía tener para Gramsci, como también en el caso peruano para Mariátegui un carácter muy específico: la dirección del proletariado industrial.


6.3. La economía peruana al comienzo del siglo XX

Para entender mejor los alcances de estas afirmaciones de Mariátegui, según las cuales se constata el robustecimiento de la burguesía, vamos a ilustrarlos con apoyo de las informaciones que nos da Ernesto Yepes del Castillo en su trabajo: «El desarrollo peruano en las primeras décadas del siglo XX» (1980).

Comencemos con una cita de un pasaje de los Siete Ensayos:

"... nuestra economía, convaleciente de la crisis post-bélica se organiza lentamente sobre bases menos pingües, pero más sólidas que las del guano y del salitre".

¿Cuáles son estas bases más sólidas de las que habla Mariátegui?. De la misma manera que el guano y el salitre, las nuevas bases vamos a encontrarlas en los sectores productivos orientados al mercado mundial. Encontramos, escribe Yepez, dos etapas bastantes marcadas:

o   la correspondiente a las dos primeras décadas del presente siglo (Siglo XX), con predominio de la producción agropecuaria: azúcar, algodón, caucho, lanas, totalizar n más del 59% del valor de las exportaciones peruanas...
o    la década de 1920, donde la minería va a tener un mayor desarrollo llegando a alcanzar una posición de preeminencia en el cuadro de las exportanciones nacionales".

Así, se encuentra en este período, con el auge de la exportación, una fracción propietaria agro-minera, comerciante, especuladora que empieza a consolidarse. El comercio exterior crece en esta época de forma acelerada. Si en el período 1902-1904 fue la expertación de 56,266 dólares y la importación 55,978 dólares tendremos en el período 1925-1929 un aumento diez veces mayor en la exportación, 534,820 en la exportanción y 363,951 de importación. En todo este período hay un crecimiento regular y con él el predominio cada vez más grande de esta fracción exportadora y con esto también el crecimiento de la influencia del capital extranjero (sobre todo norteamericano) del cual dependía directamente, esta fracción de la burguesía.

Para superar la tesis de la dualidad de la economía y por tanto de la sociedad peruana, costa capitalista y sierra feudal y arcaica, dice Yepes del Castillo:

"Desde muy temprano la región central andina había conocido un desarrollo minera y agropecuario relativamente intenso. Agrícolamente, era esta zona bastante diferenciada, explotada productivamene de acuerdo a la diversidad de sus pisos ecológicos. De toda la región, sin lugar a dudas, la parte más favorecida para el trabajo agrícola es aquella correspondiente al valle del Mantaro, valle que se extiende entre la cordillera occidental y central de los Andes, a través de aproximadamente 70 kilómetros.

Y luego en la misma página:

"La actividad agropecuaria, de un lado, y la minera del otro, serán las dos vias a través de las cuales se empezarán a desarrollar el capitalismo en los Andes centrales".

Pero la actividad principal donde finalmente se desarrollará  la mayor expansión mercantil, donde "bajo la fuerza del capital imperialista, se logrará redefinir más profundamente la estructura técnico-social de la región es la minería". El fenómeno de introducción capitalista en esta región del país más intensa es la aparición de la Cerro de Pasco Company:

"Con un capital de millones de dólares, adquiriendo centenares de minas, construyendo la más formidable infraestructura jamás creada hasta ese momento en el país por empresa minera alguna, la Cerro de Pasco levantará  una fundición en Tinyahuarco, primera, y en la Oroya, después, hacia la década de los 1920".

Yepes nos informa que esta gigantesca empresa llegará  a emplear cerca de 5 mil trabajadores en todos sus procesos productivos, una cantidad enorme para esos momentos y será  esta masa minera de donde nacerá , dice el historiador peruano:

"el núcleo más orgánico del moderno proletariado minero peruano".

Además de la minería encontramos en la región andina otras regiones económicas con crecimiento capitalista. Motivada por la creciente demanda mundial, por la mejora de la comunicación con los grandes centros de fabricación y de consumo, la producción lanera va a destacarse con nitidez. Se formaron a sí las llamadas Sociedades ganaderas, esto es, grandes unidades de explotación agropecuaria que concentraba capitales de grupos propietarios tanto capitalino como de interes de la región.

La producción agropecuaria en el sur tuvo otro signo. Su crecimiento no se debió al ingreso de nuevos capitales sino a la sobre-explotación de la fuerza de trabajo indio y el despojo de sus tierras. Comienza así todo un proceso de extensión de las tierras de las haciendas despojando ilegalmente las tierras de las comunidades campesinas, todo esto motivada por el aumento de la demanda del mercado mundial:

"De esta fecha data, según la opinión de la mayoría de los especialista, el crecimiento mayor de las haciendas -en detrimento de las comunidades - en zona como Azángaro, en Puno".

Pero la expansión capitalista mercantilista, como se sabe, fue mucho más intensa en la costa. También aquí fue destinada a la producción hacia el mercado mundial. Algodón y azúcar fueron los dos productos más importantes:

"la producción cañera estará  más próxima a lo que podría llamarse una explotación capitalista, en tanto que el algodón continuará  siendo cultivado -en buena parte- recurriendo a formas de trabajo no mercantil, principalmente el yanaconaje".

Estos grupos de trabajadores que no son libres, sino enganchados fueron el nervio productivo, la fuerza de trabajo en estos modernos complejos de producción. Será  en estos regimentos, reclutados por medios casi compulsivos, de donde década más tarde en forma nítida, se configurará  el moderno proletariado rural peruano. Paralelamente a este proceso surge el proletariado urbano:

"Lima irá  concentrando la mayor parte de las actividades comerciales, bancarias, y fabriles, al tiempo que, por su rol privilegiado en los niveles de reproducción social, desarrollará  una relativa amplia red de actividades de servicios-transporte, actividades portuarias, etc- incluyendo la administración pública".
       
El proletariado capitalino que nace en estas circunstancias será , dice Yepes, cuantitativamente reducido. Pero por su origen urbano -una buena parte de formación artesanal- por su desarrollo cultural, por su participación en el proceso de la vida política capitalina, que "el  escenario donde en realidad se agota la república civilista" le tocó en esos momentos históricos de cumplir jornadas decisivas a nombre de toda la clase obrera en formación y pasó no pocas veces a la cabeza de los momentos de luchas trascendentales que se desarrollaron durante estas décadas el movimiento popular peruano.

La participación activa de Mariátegui en estos momentos decisivos del desarrollo inicial del proletariado peruano va ser crucial en el propio desarrollo del pensador revolucionario peruano.

A través de estas últimas consideraciones vemos porqué el capital imperialista hegemoniza en último término toda la economía nacional. No llegó en este periodo al grado que tomó desde los años cincuenta, pero ya es clara su hegemónica presencia, tanto en la minería y la producción lanar en la sierra como en la producción de exportación de algodón y caña de azúcar, en las bancas y companías financieras así como también en las fábricas capitalinas. De la misma manera por el control de los medios de transporte (ferrocarril). Esto anuncia paralelamente la presencia concentrada del proletariado minero, agropecuario en la sierra y por otro lado, el proletriado agrícola y fábril en la costa.



[1] Esta es la continuación de la reflexión anterior sobre Frank.
[2] «Our America» "Yo veía que América es una concepción a ser creada"
[3] Tema eminentemente actual a través de la "teoría del caos".
[4] Por lo tanto no se entiende aquí el arte como una región específica del quehacer humano, como son la pintura, la música por ejemplo; entendemos por arte como 'poiesis' como el acto creador del hombre en tanto que comprende la realidad no solamente como dada, sino por crear, de allí su in-sistencia, y que esta actitud y la praxis pertinente también las podemos encontrar en el político, en el filósofo, en el religioso, en el literato, en el sociólogo, en el historiador, etc. en tanto que éstos no se conformen a aceptar pasivamente la realidad dada como definitiva y perfecta.

[5] «Algunos temas sobre la cuestión meridional» (1976:292). (Apéndice al libro de M.A. Macciocchi: «Gramsci y la revolución en Occidente»).

CREACIÓN HEROICA