Los Niños Palestinos No Son Números
Mahmoud
Elalwani(*)
Han pasado
598 días desde que comenzó el último genocidio israelí contra Palestina
causando 53.977 víctimas, entre ellas 16.503 niños y más de 122.966 heridos.
Mientras,
Gaza es aniquilada ante los ojos del mundo en continuas masacres que recuerdan
algunas de las páginas más oscuras de la historia y en Cisjordania los campos
de refugiados son destruidos implacablemente. Los niños cubiertos de sangre no
eran parte del conflicto ni portaban armas, más bien llevaban sus pequeñas
bolsas soñando con un tranquilo día escolar o con un dulce después del
desayuno. Las madres que fueron asesinadas mientras abrazaban a sus hijos no
eran criminales, eran mujeres que intentaban proteger sus hogares y tejer
seguridad en el corazón de la tormenta.
En
un mundo lleno de agitación política e intereses contrapuestos, las tragedias a
menudo se reducen a fríos boletines informativos que arrojan cifras carentes de
sentimiento, contando a las víctimas como si fueran meras estadísticas en
papel, pero la dolorosa verdad es que en Gaza mueren personas, no números;
seres humanos con sueños y toda la vida por delante si no hubieran sido
destruidos por los misiles de la injusticia y el silencio del mundo.
Gaza
no cuenta sus muertos con números, las víctimas tienen nombres, rostros, sus
gritos resuenan en los rincones y sus ojos han muerto mirando al cielo pidiendo
clemencia, no rescate. Pero el mundo se conforma con las cifras, oye
diariamente “decenas de muertos” como una letanía y sigue adelante, inmunizado
y anestesiado como si nada estuviera pasando. ¿Cuántas madres han enterrado a
sus hijos una y otra vez? ¿Cuántos niños han dormido sobre las ruinas de sus
casas, abrazando el vacío del lugar y susurrando el nombre de sus madres que
nunca les respondieron? No eran simplemente “civiles muertos”, eran corazones
destinados a amar, a vivir, a reír, a crear, no para morir en este vergonzoso
silencio que se cierne sobre la conciencia de la humanidad.
Lo
más doloroso es que las masacres se transmiten en vivo ante una conciencia
global perezosa o ausente, ante el sonido de declaraciones mediocres y tímidas
denuncias que no disuaden al agresor ni protegen a los inocentes. ¿Se ha
convertido en algo normal ver el cadáver de un niño bajo los escombros? ¿Se ha
convertido la sangre palestina en un color familiar en las noticias, provocando
solo un suspiro pasajero?
En
Gaza las historias no terminan con los bombardeos, comienzan con aquellos que
sobrevivieron, cargando sobre sus hombros con las profundas heridas de su
patria y con los recuerdos de sus seres queridos. En cada hogar palestino hay
una historia no contada, un grito que no encuentra eco porque el mundo se
muestra sordo cuando se trata de justicia para los palestinos.
El
conflicto en Palestina fue iniciado por las principales potencias coloniales
hace más de un siglo. Los palestinos no están luchando solo contra Israel, que
es simplemente un representante de esas grandes potencias y que desempeña un
papel cuidadosamente definido. Nadie ganará esta guerra, todas las víctimas han
sido testigos del fracaso de los políticos, de la arrogancia de sus ideas y de
su obstinada negativa a asumir responsabilidades. Es imposible que los finales
sean siempre tan malos como los comienzos.
Aquellos
que son asesinados cada día no son simplemente “víctimas” de una lucha
política, son velas que se han apagado, cuadernos que han dejado de soñar y
abrazos vacíos; representan un dolor que no puede traducirse al lenguaje de las
estadísticas, sino al lenguaje de la humanidad que gran parte del mundo parece
haber olvidado. Recordemos siempre que los que mueren en Gaza mueren porque el
mundo decidió permanecer en silencio. No convirtamos sus heridas en cifras sino
en conciencias que nos despierten del sueño de la decepción.
Netanyahu
lideró las guerras más atroces del planeta y su final ya se puede intuir porque
la gente no quiere ver caudillos ni quiere volver a elegirlos, por mucho que
sean admirados, los dictadores se convierten en símbolos fallidos que recuerdan
al mundo la muerte y la tragedia de la guerra. El mundo, en su camino de cambio
constante, aún lleva las semillas de la justicia y de la igualdad a pesar de la
tiranía del imperio que está al borde del colapso y que caerá como otros han
caído a lo largo de la historia. Palestina es el corazón de la región y la
medida de su dignidad. No importa cuán feroz sea la agresión, ni cuán profunda
la complicidad, una causa justa como lo es la de Palestina, nunca morirá.
(*) Mahmoud
Elalwani es embajador del Estado de Palestina en Bolivia.
La Guerra de Dureza y Suavidad Del Siglo XXI
La guerra del poder blando no es una guerra dormida; es
ruidosa sin ser ruido, atractiva sin ser forzada
Mahmoud Elalwani(*)
Una vez que
finaliza la dura y despiadada guerra militar usando un ejército avanzado,
tanques, aviones, bombarderos, cohetes, drones, hambre, sed, asedio,
enfermedades y desplazamiento forzoso y causando miles de víctimas, comienza
“la guerra de poder blando”, una guerra sin manifestaciones, más tranquila y
más peligrosa que se mueve sigilosa como la brisa y deja huellas como un
huracán.
¿Cuál
es el poder blando que se ha convertido hoy día en la contraseña de la política
internacional? El norteamericano Joseph Nye, que ocupó altos cargos en la
administración Clinton, en 1990 estableció el concepto (que influyó en la
era Obama), lo presentó como la
capacidad de “hacer que los demás quieran lo que tú quieres” a través de
herramientas no militares, como son la cultura, el cine, la educación, los
medios de comunicación, la economía, valores e incluso la gastronomía. Es el
poder que no te asusta, sino que te tienta; no te obliga, te convence; no viene
con un látigo, viene con una rosa. Con un cambio del patrón de intervención
militar a una estrategia más sutil como es la influencia desde dentro, ya no es
necesario cambiar un sistema por la fuerza, basta con cambiar la sociedad misma
para que ésta demande el cambio. La gente debe aceptar lo que el imperio
quiere, sin sentir que se lo ha impuesto. En otras palabras, poner a la gente
de tu lado, que la gente te quiera y te siga.
El
poder blando no cambia el comportamiento directamente, sino que cambia el
“entorno en el que se desarrolla el comportamiento”. Actúa bajo la piel de la
sociedad, remodelando su estructura cognitiva, su identidad cultural y su
sistema de valores. Las encuestas, los resultados electorales y los estudios
psicológicos se han convertido en herramientas para medir su éxito, aunque
medirlos, como dice Nye, sigue siendo difícil porque su impacto es intangible y
depende de las percepciones de otros.
El poder
blando por sí solo no es suficiente, pero es necesario. Debido a que las
sociedades no pueden separarse fácilmente de su cultura, es una batalla
psicológica a largo plazo y sólo tiene éxito cuando se basa en una comunidad
cultural común entre el perpetrador y la víctima.
Si
el poder inteligente es la combinación de dureza y suavidad, una vez realizada
la primera fase (fase dura) debe seguir con la segunda (fase blanda) para
dominar el escenario. Quien no entiende que una canción puede derrocar a un
gobernante y que una idea puede desencadenar una revolución, vive en un mundo
que ya no existe.
La
guerra del poder blando no es una guerra dormida; es ruidosa sin ser ruido,
atractiva sin ser forzada. Cuando sus herramientas son el arte, el teatro, la
educación y la diplomacia, sus victorias no se miden por el número de muertos,
sino por el número de mentes cambiadas, incluso creyendo que la elección ha
sido por voluntad propia. ¿Quién nos liberará de la suavidad que nos puede
matar en silencio?
(*)
Mahmoud Elalwani es embajador del Estado de Palestina en Bolivia.
Gaza Entre el Palo de Israel y la Zanahoria de sus
Aliados
Mahmoud
Elalwani
Desde hace
más de 570 días, Netanyahu sigue ejerciendo toda su fuerza contra Gaza,
asesinando a más de 52.400 personas, provocando 118.014 heridos, con un balance
de 14000 desaparecidos, 15000 detenidos y dos millones de desplazados además de
la destrucción del 80% de la infraestructura, hospitales, universidades,
colegios, viviendas, carreteras, redes de luz, comunicación, agua etc…y ahora
está utilizando nuevamente la política de la hambruna para acelerar el
colapso catastrófico de las condiciones de vida de más de dos millones de
palestinos en la Franja de Gaza. A la luz de la continua agresión israelí y de
la escalada de destrucción y devastación integral, en medio de una política
sistemática de privación de alimentos, agua y medicinas a civiles indefensos a
través del cierre completo de los pasos fronterizos y de impedir la entrada de
la ayuda humanitaria acumulada en las fronteras de la Franja y en espera de
poder entrar en ésta.
La
ocupación está intensificando su guerra histérica y su locura; continúa
practicando el sadismo del asesinato y el genocidio en escenas horribles que el
mundo nunca antes había presenciado: atacando a civiles, quemando madres dentro
de tiendas de campaña y convirtiendo lugares de refugio en lugares de matanzas
masivas para forzar el desplazamiento de la población, atacando familias
enteras hasta su completa eliminación del registro civil en la ciudad de Gaza,
donde la mayoría de los cuerpos rescatados pertenecen a niños y mujeres
inocentes. No se trata de incidentes individuales ni aleatorios, sino que
constituyen un claro patrón de crímenes de guerra y de lesa humanidad, todos
ellos encuadrados dentro de una política sistemática de limpieza étnica y genocidio.
Las escenas que se están viendo, a pesar de todos los impedimentos para que no
trasciendan, reflejan la magnitud del crimen sistemático llevado a cabo por la
ocupación, con una cobertura internacional y un vergonzoso silencio de dicha
comunidad internacional.
Israel
está violando sus obligaciones bajo la Carta de las Naciones Unidas, las
Convenciones de Ginebra, el Derecho Internacional y otras normas
internacionales pertinentes. La conducta inhumana y brutal perpetrada por
Israel contra la población del territorio palestino ocupado no deja lugar a
dudas: consiste en una serie de actos internacionalmente ilegales de los que
Israel es estrictamente responsable y que también conllevan consecuencias para
otros Estados y organizaciones internacionales. La agresión y la guerra de
genocidio contra el pueblo palestino continúa en Gaza y Cisjordania. A pesar de
los intentos de Israel de intentar liquidar la causa palestina y de fragmentar
su patria con cientos de puestos de control militares, de la profanación diaria
de lugares sagrados islámicos y cristianos en Jerusalén para apoderarse de sus
tierras y desplazar a su pueblo, el ciudadano palestino se aferra a su tierra
santa y permanece firme en ella enfrentándose pacíficamente a la ocupación, a
los colonos, a los asentamientos y a sus planes hasta conseguir acabar con la
ocupación, se logre la libertad, la independencia nacional y se establezca el
Estado palestino independiente en las fronteras del 4 de junio de 1967, con
Jerusalén Oriental como su capital y se implemente el derecho al retorno de los
refugiados sobre la base de la Resolución 194 de la Asamblea General de las
Naciones Unidas. Es necesario abrir un horizonte político basado en la
legitimidad internacional que conduzca al fin de la ocupación, garantice la unidad
del territorio palestino en Cisjordania, incluidos Jerusalén y Gaza, y asegure
la unidad del sistema político, administrativo y jurídico en el Estado de
Palestina ocupado.
A
la luz de estos crímenes, la comunidad internacional debe garantizar la
formación de una comisión de investigación internacional independiente para
documentar los crímenes cometidos por las fuerzas de ocupación israelíes en la
Franja de Gaza y llevar a los perpetradores ante la justicia en la Corte Penal
Internacional.
Los
aliados de Israel quieren hacer de Gaza una Rivera del Oriente Medio enviando
armas de última tecnología y apoyo político, financiero y cobertura jurídica al
verdugo israelí para destruir Gaza y matar a su gente para poder llevar a cabo
ese proyecto macabro. La responsabilidad de estos aliados es clara, están
obligados a no reconocer la situación ilegal resultante de la ocupación
israelí, a no prestar ningún apoyo ni asistencia para su continuación y a
adoptar medidas eficaces para garantizar su fin. Así mismo, también es
imperativo exigir cuentas a los Estados que apoyan la ocupación por su
complicidad directa en crímenes de guerra y genocidio, deben apoyarse los
esfuerzos humanitarios y de derechos humanos para procesar a los dirigentes de
la ocupación y hacerlos responsables de sus crímenes.
En
última instancia, la comunidad internacional debe avanzar para detener el
genocidio, Naciones Unidas y otras organizaciones internacionales también
tienen responsabilidades fundamentales hacia el pueblo palestino, ya que están
obligadas a actuar de conformidad con los principios y propósitos de la Carta
de las Naciones Unidas, en particular el principio del derecho de los pueblos a
la libre determinación, el principio de la protección de los derechos humanos y
el cumplimiento del derecho internacional humanitario.
El
pueblo palestino sigue comprometido con la opción de una paz justa y duradera
basada en la aplicación de las resoluciones internacionales pertinentes. Todo
esfuerzo regional debe ser apoyado y es importante que todos los países del
mundo contribuyan para lograrlo, que participen efectivamente y se involucren
en la conferencia internacional de paz programada para celebrarse en la sede de
las Naciones Unidas el próximo 17 de junio, bajo la presidencia conjunta de
Francia y Reino de Arabia Saudita, con el fin de implementar las resoluciones
de legitimidad internacional.
(*) Mahmoud Elalwani es embajador del Estado de Palestina en
Bolivia.
Gaza y el Silencio de la Comunidad Mundial
El silencio ante los crímenes es
una complicidad camuflada
Mahmoud Elalwani(*)
Cuando se
cometen genocidios, se bombardea a niños y se entierran familias bajo los
escombros, el horror no está sólo en el sonido de las bombas y en el ruido
constante de los drones, también en el silencio ensordecedor de la comunidad
internacional que nunca ha sido neutral porque siempre ha tenido una postura
clara del lado del opresor. El mundo de hoy atraviesa una fase histórica
caracterizada por el colapso de los valores humanos y la ausencia espiritual,
de seguridad y de paz. Este es el resultado del declive de los principios sobre
los que se fundó la civilización moderna: la hermandad, la libertad, la
igualdad, la justicia y la racionalidad. Los seres humanos ya no son el centro
de atención sino más bien una simple herramienta en un sistema de consumo
dirigido por fuerzas que controlan la toma de decisiones a nivel global. Esta
realidad se evidencia claramente en la tragedia que vive el pueblo palestino,
particularmente en Gaza, donde se revela el verdadero rostro de las políticas
internacionales injustas que perpetúan la tiranía y la explotación.
La
guerra en Gaza es un claro ejemplo de esta dualidad: las masacres y los
desplazamientos se enfrentan con justificaciones endebles mientras las
instituciones internacionales adoptan un discurso vacío sobre los derechos
humanos. Lo que está sucediendo en Palestina no es sólo un conflicto local, es
una verdadera prueba para la conciencia del mundo y para el destino de la
humanidad. Si el sistema global continúa conspirando con la ocupación israelí y
suprimiendo los derechos legítimos del pueblo palestino, nos encaminamos a un
mayor colapso moral y de desintegración social. El mundo de hoy se encuentra en
una encrucijada, o bien restablecemos el respeto por los verdaderos principios
humanitarios o continuamos avanzando hacia un futuro gobernado por la fuerza
ciega del mal y por sus intereses miopes.
¿Qué
impide que las Naciones Unidas y
los principales consejos mundiales tomen decisiones decisivas para detener el
derramamiento de sangre en Palestina? ¿Acaso la justicia depende de los
intereses de las grandes potencias? ¿Las vidas de personas inocentes no valen
nada, sólo sirven a una agenda política determinada? Estas preguntas se repiten
con cada tragedia humana, la más amarga de las cuales es la que está sucediendo
en Palestina, particularmente en Gaza.
El
silencio ante los crímenes es una complicidad camuflada. Cuando se demoran las
decisiones, se retrasan las acusaciones y se equipara a la víctima con el
verdugo, el criminal obtiene de esta inacción su legitimidad. Es como si el
mundo le dijera: Haz lo que quieras, no nos interpondremos en tu camino. La
dolorosa ironía es que el mundo habla de “derechos humanos”, pero no protege a
los seres humanos. Cada minuto de retraso en adoptar una postura firme
significa más vidas perdidas, más niños que pierden a sus padres y más mujeres
que buscan a sus hijos entre los escombros. El opresor no necesita sólo apoyo
militar, el silencio del mundo le basta para continuar perpetrando sus crímenes
con tranquilidad.
El
silencio internacional es el arma más poderosa que se le da al opresor sin que
éste lo pida. Se trata de una colusión con una nueva cara y de un delito
cometido bajo la apariencia de legitimidad. Si el mundo no despierta de su
inacción, la historia registrará este silencio como una mancha indeleble de
vergüenza y recordará que quienes guardaron silencio ante el crimen fueron
cómplices de él.
Si
la comunidad internacional realmente quiere defender los valores humanitarios,
debe adoptar medidas concretas para poner fin al sufrimiento de los palestinos.
Se deben imponer sanciones internacionales a los que violen los derechos
humanos en Palestina, apoyar iniciativas jurídicas que busquen exigir
responsabilidades a los responsables de crímenes, proteger y fortalecer a los
medios de comunicación libres para garantizar la transmisión de la verdad sin
censura ni distorsión y contribuir a crear una conciencia mundial real sobre la
situación en Gaza, hay que ejercer presión política y diplomática para obligar
a las partes activas a sentarse a la mesa de negociaciones de acuerdo con las
leyes de legitimidad internacional.
¿Será
capaz la humanidad de recuperar sus valores y salvarse de caer en la trampa o
lo que está sucediendo en Gaza simplemente es el comienzo de un colapso más
amplio de un sistema que pretende ser civilizado mientras practica la barbarie?
La respuesta a esta pregunta no sólo afecta a Gaza, sino también al futuro de
la humanidad en su conjunto.
(*)
Mahmoud Elalwani es embajador del Estado de Palestina en Bolivia.
Ignoren las Artimañas de Keir Starmer, el Rastro de
Sangre de Gaza Lleva Directo
Hasta Su Puerta
Jonathan Cook
TRAS 19
MESES de recibir versiones engañosas de sus gobiernos sobre Gaza, el público
occidental ahora recibe un relato diferente, pero igualmente engañoso.
Con
la línea de meta a la vista para el programa israelí de
limpieza étnica genocida, el guion de Occidente sobre Gaza se está
reescribiendo a toda prisa. Pero no se equivoquen: se trata de la misma red de
mentiras interesadas. Como bajo la dirección de un director de orquesta
oculto, Gran Bretaña, Francia y Canadá
—aliados clave de EE.
UU.— estallaron esta semana en un coro de condenas a Israel.
Calificaron de
“desproporcionados” los planes de Israel de arrasar los últimos fragmentos de
Gaza que aún quedan en pie, mientras que la intensificación por parte de Israel
de la hambruna que ha azotado durante meses a más de dos millones de
civiles palestinos resultaba
“intolerable”.
El
cambio de tono estuvo precedido, como señalé en estas páginas la semana pasada,
por un lenguaje
nuevo y más duro contra Israel por parte de la prensa occidental.
El
relato de los medios de comunicación tradicionales tuvo que cambiar primero,
para que la repentina manifestación de preocupación moral y política por el
sufrimiento de Gaza por parte del primer ministro británico Keir Starmer, el
presidente francés Emmanuel Macron y el primer ministro canadiense Mark Carney
—tras más de un año y medio de indiferencia— no pareciera demasiado abrupta ni
extraña.
Actúan
como si se hubiera superado el genocidio israelí. Pero los genocidios no tienen
límites. Simplemente avanzan implacablemente hasta que se les detiene. Los
medios de comunicación y los políticos gestionan con cuidado cualquier
disonancia cognitiva para sus públicos.
Pero la
realidad más profunda es que las capitales occidentales siguen coordinando con
Israel y Estados Unidos sus “críticas” al genocidio israelí en Gaza, tal como
antes coordinaron su apoyo.
Así
lo reconoció un alto funcionario israelí al periódico israelí Haaretz.
Refiriéndose al repentino cambio de tono, declaró:
“Las últimas 24 horas formaron parte de una emboscada planificada de la que
sabíamos. Se trató de una secuencia coordinada de acciones previas a la reunión
de la UE en Bruselas, y gracias a los esfuerzos conjuntos de nuestros
embajadores y el ministro de Asuntos Exteriores, logramos moderar el
resultado”.
Los
lamentos son solo otra maniobra teatral, poco diferente de la anterior mezcla
de silencio y palabrería sobre el “derecho a defenderse” de Israel. Y tienen el
mismo propósito: ganar tiempo para que Israel “termine el trabajo”, es decir,
para completar su genocidio y limpieza étnica de Gaza.
Occidente
sigue promoviendo “debates” falsos, enteramente inventados por Israel, sobre si
Hamás está robando ayuda, qué constituye ayuda suficiente y cómo debería
entregarse.
Todo
esto pretende ser ruido para distraernos del único asunto relevante: que Israel
está cometiendo genocidio al masacrar y matar de hambre a la población de Gaza,
mientras que Occidente ha contribuido e instigado ese genocidio.
Ejercicio
de relaciones públicas
Con las
reservas de alimentos completamente agotadas por el bloqueo israelí, el jefe
humanitario de la ONU, Tom Fletcher, declaró
a la BBC el martes que unos 14.000 bebés podrían morir en
Gaza en 48 horas sin que les llegue ayuda inmediata.
El
pronóstico a largo plazo es aún más desalentador. El lunes el primer ministro
israelí, Benjamín Netanyahu, decidió permitir la entrada de una pequeña
cantidad de ayuda, y liberó
cinco camiones, algunos con fórmula infantil, de los miles de vehículos que
Israel ha retenido en los puntos de entrada durante casi tres meses. Esto
representa menos del 1% del número de camiones que, según los expertos, deben
ingresar diariamente solo para contener la letal hambruna.
El
martes, a medida que crecía el clamor, el número de camiones de ayuda
autorizados para entrar en Gaza ascendió, según se informa, a
casi 100, o menos de una quinta parte del mínimo indispensable. Al momento
de escribir este artículo, se informó que ninguna de las ayudas había llegado a
la población del enclave.
Netanyahu
dejó claro al público israelí —la mayoría del cual parece entusiasmado con que
continúe la hambruna artificial— que no lo hacía por ningún impulso
humanitario.
Se
trataba puramente de un ejercicio de relaciones públicas para mantener a raya a
las capitales occidentales, afirmó. El objetivo era aliviar las exigencias de
sus propios públicos a estos líderes para que penalizaran a Israel y detuvieran
la continua masacre de la población de Gaza.
O
como lo expresó Netanyahu:
“Nuestros mejores amigos en todo el mundo, los senadores más proisraelíes [en
EE. UU.]… nos dicen que están proporcionando toda la ayuda, las armas, el apoyo
y la protección en el Consejo de Seguridad de la ONU, pero que no pueden soportar
imágenes de hambruna masiva”.
El
ministro de finanzas israelí, Bezalel Smotrich, fue
aún más claro: “En nuestro camino hacia la destrucción de Hamás estamos
destruyendo todo lo que queda de la Franja de Gaza”. También habló de
“limpiar” el enclave.
“De
vuelta a la Edad de Piedra”
El público
occidental ha estado observando esta destrucción durante los últimos 19 meses,
o al menos han visto imágenes parciales, cuando los medios de comunicación
occidentales se han molestado en informar sobre la masacre.
Israel
ha erradicado sistemáticamente todo lo necesario para la supervivencia del
pueblo de Gaza: sus hogares, hospitales, escuelas, universidades, panaderías,
sistemas de agua y comedores comunitarios.
Israel
finalmente ha implementado lo que llevaba 20 años amenazando con hacer al
pueblo palestino si se negaba a ser sometido a una limpieza étnica en su
patria. Los
ha devuelto a la Edad de Piedra.
Una encuesta entre
los principales expertos mundiales en genocidio, publicada la semana pasada por
el periódico holandés NRC, revelaba que todos coincidían de forma
concluyente en que Israel está cometiendo genocidio en Gaza. La mayoría cree
que el genocidio ha llegado a su fase final.
Esta
semana, Yair Golan, líder del principal partido centrista de Israel y
exvicejefe del ejército israelí, expresó los mismos sentimientos de forma más
gráfica. Acusó al
gobierno de “matar bebés como pasatiempo”. Como era de esperar, Netanyahu acusó
a Golan de “antisemitismo”.
La
declaración conjunta de Starmer, Macron y Carney fue mucho más moderada, por
supuesto, y fue recibida por Netanyahu con una respuesta relativamente
discreta: que los tres líderes estaban dando a Hamás un “premio enorme”.
Su declaración señalaba:
“El nivel de sufrimiento humano en Gaza es intolerable”. Es de presumir pues
que, hasta ahora, han considerado “tolerable” el infierno que llevan padeciendo
los palestinos de Gaza desde hace año y medio.
David
Lammy, ministro de Asuntos Exteriores británico, quien en medio del genocidio
se alegró de ser fotografiado estrechando la
mano de Netanyahu, opinó en
el parlamento esta semana que Gaza se enfrentaba a una “nueva fase oscura”.
Es
una interpretación conveniente para él. En realidad, hace muchísimo tiempo que
es medianoche en Gaza.
Una
fuente diplomática europea de alto nivel involucrada en las conversaciones
entre los tres líderes declaró a la BBC que
su nuevo tono reflejaba una “sensación real de creciente ira política ante la
situación humanitaria, de que se está cruzando una línea y de que este gobierno
israelí parece actuar con impunidad”.
Esto
debería servir como recordatorio de que hasta ahora las capitales occidentales
no tenían ningún problema con todas las demás líneas cruzadas por Israel,
incluyendo la destrucción de la mayoría de las casas de Gaza, la erradicación
de los hospitales y otras infraestructuras humanitarias esenciales de Gaza, el
hacinamiento de civiles palestinos en zonas “seguras” para luego bombardearlos
allí, la matanza y mutilación de decenas
de miles de niños y la hambruna activa de una población de más de dos
millones de seres.
Nos
toman por tontos
Los tres
líderes occidentales amenazan ahora con tomar “más medidas concretas” contra
Israel, incluido lo que denominan “sanciones selectivas”.
Si
esto suena positivo, piénsenlo de nuevo. La Unión Europea y el Reino Unido
llevan décadas debatiendo si etiquetar los productos importados de los
asentamientos ilegales de Israel en la Cisjordania ocupada y cómo hacerlo. La
existencia de estos asentamientos en constante expansión, construidos sobre
territorio palestino robado y que bloquean la creación de un Estado palestino,
es un crimen de guerra; ningún país debería ayudarlos.
En
2019 el Tribunal de Justicia de la Unión Europea dictaminó que
debe quedar claro para los consumidores europeos qué productos provienen de
Israel y cuáles de los asentamientos.
Durante
todo este tiempo los funcionarios europeos nunca consideraron prohibir los
productos procedentes de los asentamientos, y mucho menos imponer “sanciones
selectivas” a Israel, a pesar de que la ilegalidad de estos es inequívoca. De
hecho, los funcionarios han difamado fácilmente a quienes piden boicots y
sanciones contra Israel llamándolos “odiadores de judíos” y “antisemitas”. Lo
cierto es que los líderes occidentales y los medios de comunicación del establishment nos
están tomando el pelo una vez más, como lo han hecho durante los últimos 19
meses.
“Más
medidas concretas” sugiere que ya se han impuesto medidas concretas contra
Israel. Se trata del mismo Israel que recientemente quedó segundo en el Festival de la Canción de
Eurovisión. Los manifestantes que piden la exclusión de Israel del
concurso, como ha ocurrido con Rusia por invadir Ucrania, son difamados y
denunciados.
Si los
líderes occidentales ni siquiera pueden imponer una sanción simbólica
significativa a Israel, ¿por qué deberíamos creer que son capaces de tomar
medidas sustanciales contra él?
No
existe voluntad de actuar
El martes
quedó más claro a
qué se refería el Reino Unido con “medidas concretas”. La embajadora
israelí fue citada para lo que, según nos dijeron, era una reprimenda. Debe
estar temblando aún.
Y
Gran Bretaña suspendió, es decir, retrasó,
las negociaciones sobre un nuevo acuerdo de libre comercio, una propuesta de
expansión de los ya extensos lazos comerciales de Gran Bretaña con Israel. Sin
duda, esas conversaciones pueden esperar unos meses. Mientras tanto, 17 de los
27 miembros de la Unión Europea votaron a favor de revisar la base legal del
Acuerdo de Asociación UE-Israel, que otorga a Israel un estatus comercial
especial, aunque es muy improbable que en realidad se necesite un consenso para
revocarlo.
Tal
revisión para comprobar si Israel muestra “respeto por los derechos humanos y
los principios democráticos” es una simple pérdida de tiempo. Las
investigaciones del año pasado demostraron que
estaba cometiendo atrocidades generalizadas y crímenes de lesa humanidad.
En
declaraciones al parlamento británico, Lammy declaró:
“Las acciones del gobierno de Netanyahu lo han hecho necesario”.
Hay
muchas “medidas concretas” bastante más serias que Gran Bretaña y otras
capitales occidentales podrían adoptar, y podrían haberlas adoptado hace muchos
meses.
Gran
Bretaña y la UE dieron un indicio el martes al anunciar amplias sanciones
adicionales contra Rusia, no por cometer
un genocidio, sino por dudar sobre un alto el fuego con Ucrania.
En
última instancia, Occidente pretende castigar a Moscú por negarse a devolver
los territorios que ocupa en Ucrania, algo que las potencias occidentales nunca
han exigido significativamente a Israel, a pesar de que este lleva décadas
ocupando los territorios palestinos.
Las
nuevas sanciones contra
Rusia se dirigen a las entidades que apoyan sus esfuerzos militares y sus
exportaciones de energía, además de las severas sanciones económicas ya
existentes y un embargo petrolero. No se propone nada, ni remotamente
comparable, para Israel.
El
Reino Unido y Europa podrían haber dejado de proporcionar a Israel las armas
necesarias para masacrar a los niños palestinos en Gaza. En septiembre Starmer
prometió reducir la venta
de armas a Israel en aproximadamente un 8%, pero su gobierno, en
realidad, envió
más armas para el genocidio israelí en los tres meses siguientes que
las que enviaron los conservadores en todo el período comprendido entre 2020 y
2023.
Gran
Bretaña también podría dejar de transportar armas de otros países y de realizar
vuelos de vigilancia sobre Gaza en nombre de Israel. La información de
seguimiento de vuelos mostró que una noche de esta semana el Reino Unido envió
un avión de transporte militar, capaz de transportar armas y soldados, desde
una base de la Real Fuerza Aérea en Chipre a Tel Aviv, y luego envió un avión
espía sobre Gaza para recopilar información de inteligencia que ayude a Israel
en su masacre.
Gran Bretaña
podría, por supuesto, emprender la «acción concreta» de reconocer el Estado de
Palestina, como ya lo han hecho Irlanda
y España, y podría hacerlo sin previo aviso.
El
Reino Unido podría imponer sanciones a ministros del gobierno israelí. Podría
declarar su disposición a ejecutar el arresto de Netanyahu por crímenes de
guerra, de acuerdo con la orden de arresto de
la Corte Penal Internacional, si visita Gran Bretaña. Y podría negar a Israel
el acceso a eventos deportivos, convirtiéndolo en un Estado paria, como se hizo
con Rusia.
Y,
por supuesto, el Reino Unido podría imponer amplias sanciones económicas a
Israel, como se hizo con Rusia.
Podría
también anunciar que cualquier británico que regrese del servicio militar en
Gaza se arriesga a ser arrestado y procesado por crímenes de guerra.
Todas
estas “acciones concretas”, y más, podrían implementarse fácilmente. Lo cierto
es que no hay voluntad política para hacerlo. Simplemente existe el deseo de
mejorar las relaciones públicas, de encubrir mejor la complicidad británica en
un genocidio que ya no se puede ocultar.
Lobo
al descubierto
El problema
para Occidente es que Israel se ha despojado ya de la piel de cordero con la
que las capitales occidentales lo han engalanado durante décadas.
Israel
es, evidentemente, un lobo depredador. Su comportamiento brutal y colonial
hacia el pueblo palestino está plenamente expuesto. No hay escondite.
Por
eso, Netanyahu y los líderes occidentales están ahora enfrascados en un tango
cada vez más difícil. El proyecto colonial, de apartheid y genocida de Israel
—el clientelismo militarizado de Occidente en el Oriente Medio, rico en
petróleo— necesita protección.
Hasta
ahora, esto ha implicado que líderes occidentales como Starmer desviaran las
críticas a los crímenes de Israel, así como la complicidad británica. Implicaba
recitar sin parar y sin pensar el “derecho de Israel a defenderse” y la
necesidad de “eliminar a Hamás”.
Pero
el fin del genocidio israelí consiste en matar de hambre a dos millones de
personas o expulsarlas de Gaza, sea lo que sea lo que ocurra primero. Ninguna
de las dos cosas es compatible con los objetivos que los políticos occidentales
nos han estado vendiendo.
Por
lo tanto, el nuevo relato debe acentuar la responsabilidad personal de
Netanyahu por la masacre, como si el genocidio no fuera el punto final lógico
de todo lo que Israel le ha estado haciendo al pueblo palestino durante
décadas.
La
mayoría de los israelíes también están conformes con el genocidio. Las únicas
voces disidentes significativas provienen de las familias de los rehenes
israelíes, principalmente por el peligro que el ataque israelí representa para
sus seres queridos.
El objetivo
de Starmer, Macron y Carney es crear un nuevo relato en el que afirman haberse
dado cuenta tardíamente de que Netanyahu ha “ido demasiado lejos” y que
necesita ser controlado. Luego podrán aumentar gradualmente la presión contra
el primer ministro israelí, presionar a Israel para que cambie de estrategia y,
cuando se resista o lo rechace, presionar a Washington para que tome “medidas
concretas”.
Este
nuevo relato, a diferencia del viejo, ya desgastado, puede estar dando vueltas
durante unas semanas o unos meses más, lo que podría ser suficiente para que la
limpieza étnica genocida de Gaza llegue a su fin, o lo suficientemente cerca
como para que resulte irrelevante.
Esa
es la esperanza —sí, la esperanza— en las capitales occidentales.
Sangre
en las manos
El nuevo
relato ficticio de Starmer, Macron y Carney tiene varias ventajas. Se lavan las
manos de Gaza. Es porque les engañaron. Resulta que fueron demasiado
caritativos. Las vitales luchas internas contra el antisemitismo los
distrajeron.
Todo
ello pone directamente la culpa en un hombre: Netanyahu.
Sin
él, el violento y altamente militarizado Estado de apartheid de Israel puede
continuar como antes, como si el genocidio fuera un lamentable paso en falso en
el impecable, por lo demás, historial de Israel.
Se
pueden exagerar nuevas supuestas amenazas “terroristas” —por parte del Líbano, Siria, Yemen e Irán— para arrastrarnos
de nuevo a los relatos optimistas sobre un valiente reducto occidental de
civilización que nos defiende de los bárbaros del Este.
El
nuevo relato ni siquiera exige que Netanyahu comparezca ante la justicia.
A
medida que surgen noticias sobre la verdadera magnitud de las atrocidades y el
número de muertos, un Netanyahu fingido de remordimiento puede apaciguar a
Occidente con el renovado discurso sobre la solución de dos Estados, una
solución cuya concreción se ha evitado durante décadas y puede seguir
evitándose durante bastantes décadas más.
Nos
veremos sometidos a más años de un “conflicto” entre Israel y Palestina que
finalmente está a punto de dar un giro.
Incluso
si un Netanyahu escarmentado se viera obligado a dimitir, cedería el testigo a
otro de los monstruos genocidas y supremacistas judíos que acechan entre
bastidores.
Tras
la destrucción de Gaza, la destrucción de la vida palestina en la Cisjordania
ocupada y Jerusalén Este simplemente tendrá que volver a un ritmo anterior, más
lento, el que le ha permitido mantenerse fuera del radar del público occidental
durante 58 años.
¿Realmente
resultará así? Solo en la imaginación de las élites occidentales. En realidad,
enterrar casi dos años de un genocidio demasiado visible para amplios sectores
del público occidental será una tarea mucho más complicada.
Demasiadas
personas en Europa y Estados Unidos han abierto los ojos en los últimos 19
meses. No pueden ignorar lo que se les ha transmitido en directo, ni ignorar lo
que pone de manifiesto sobre sus propias clases políticas y mediáticas.
Starmer
y compañía continuarán distanciándose enérgicamente del genocidio en Gaza, pero
no habrá escapatoria. Digan o hagan lo que digan, el rastro de sangre conduce
directamente hasta su puerta.
Jonathan
Cook es autor de tres libros sobre el conflicto palestino-israelí. Ha
ganado el Premio Especial de Periodismo Martha Gellhorn. Vivió en Nazaret
durante veinte años, de donde regresó en 2021 al Reino Unido. Sitio web y
blog: www.jonathan-cook.net
Fuente: Rebelión