lunes, 1 de abril de 2024

Stalin

Millones de Muertos:

de Hitler y Hearst a Cinquest y Solzjenitsyn 

La historia de los supuestos millones de presos y muertos en los campos de trabajo y los muertos por el hambre en la Unión Soviética en los tiempos de Stalin. 

(1)

Mario Sousa 

En el mundo en que vivimos, ¿quién escapa de las terribles historias de muertes y supuestos asesinatos en los Gulag, campos de trabajo de la URSS? ¿Quién logra escapar de las historias de millones de muertos por el hambre y de los millones de opositores ejecutados en la Unión Soviética en los tiempos de Stalin? 

En el mundo capitalista se repiten infinitamente estas historias en los libros, en los periódicos, en las radios, la televisión, en el cine y el mito decenas de millones de víctimas que el socialismo habría causado, han crecido ilimitadamente en los últimos 50 años. Pero en realidad ¿de dónde provienen estas historias y cifras? ¿Quiénes están detrás de todo esto? Y otra pregunta: ¿qué hay de verdad en éstas historias? Por ejemplo: ¿cuál es la información existente en los archivos de la URSS que anteriormente eran secretos y que fueron abiertos en 1989 por Gorbatjov? Según los mitómanos, todas esas historias de millones de muertos en la Unión Soviética de Stalin se confirmarían el día en que los archivos fuesen abiertos. ¿Fue lo acontecido? ¿Fueron confirmados tales mitos? En el artículo a continuación mostraremos de dónde vienen y quiénes están detrás de estas historias de millones de muertos en campos de trabajo y por el hambre en la Unión Soviética de Stalin. 

El autor del texto, después de haber estudiado el resultado de las investigaciones efectuadas en los archivos de la URSS, nos informa con cifras concretas sobre el verdadero número de presos, años de prisión y verdadero número de muertos y condenados a muerte en la Unión Soviética. ¡La realidad es bien diferente a los mitos! 

El autor del texto, Mario Sousa es militante del Partido Comunista KPML(r) de Suecia y el artículo fue escrito en sueco para el periódico del partido Proletären (El Proletario), donde fue publicado en abril de 1998.

 

En línea recta a través de la historia: ¡De Hitler y Hearst a Conquest y Solzjenitsyn! 

En 1933, la situación política en Alemania sufrió transformaciones las cuales han dejado huellas en la historia mundial. El 30 de enero de aquel año, Hitler fue nombrado canciller y una nueva forma de gobernar comienza a delinearse con violencia y sin respeto por las leyes. 

Para consolidar el poder, los nazis convocaron a nuevas elecciones para el día 5 de marzo, utilizando toda la propaganda a su alcance para asegurar un resultado victorioso. 

El 27 de febrero -una semana antes de las elecciones- los nazis incendiaron el parlamento acusando a los comunistas de ser los autores del delito. El partido comunista fue prohibido y muchos militantes comunistas fueron arrestados. 

En las elecciones, los nazis obtuvieron 17,3 millones de votos y 288 diputados con un 48% del electorado. En Noviembre de 1932 habían obtenido 11,7 millones de votos y 196 diputados. 

Después de ilegalizar a los comunistas, los nazis comenzaron a perseguir a los socialdemócratas y al movimiento sindical. Los primeros campos de concentración fueron abiertos llenándose con hombres y mujeres de izquierda. 

Mientras tanto, continuaba aumentando el poder de Hitler en el parlamento con el apoyo de la derecha. El día 24 de marzo, Hitler logra la promulgación de una ley en el parlamento que le confirió poderes absolutos para gobernar Alemania durante 4 años sin necesidad de consulta parlamentaria. 

A partir de ese momento comenzaron las persecuciones abiertas a los judíos enviándolos a los campos de concentración en donde ya se encontraban comunistas y socialdemócratas de izquierda. 

Hitler continuó la carrera por el poder total rompiendo con todos los acuerdos internacionales de 1918 que imponían restricciones armamentistas e impedían la militarización de Alemania. El rearmamento de Alemania se aceleró. 

Esta era la situación política internacional cuando el mito de los millones de muertos en la Unión Soviética comenzó a crearse.

 

Ucrania: ¡Espacio vital de Alemania! 

Junto a Hitler en el gobierno alemán se encontraba Jossef Goebbels, Ministro de Propaganda y máximo responsable de inculcar en el pueblo alemán el sueño del nazismo: un pueblo de raza pura viviendo en la Gran Alemania y un país con un gran espacio vital. Una parte de este espacio -un territorio mucho mayor que Alemania- sería conquistado en el Este e incorporados a la nación alemana. 

En 1925, en el libro "Mein Kampf”, Hitler había señalado ya que Ucrania era parte del territorio alemán. Ucrania y otras regiones del Este de Europa pertenecerían a la nación alemana para ser utilizadas en forma “correcta”. Según la propaganda nazi, la espada alemana “liberaría” esas tierras para luego ¡hundir el arado alemán! Con las técnicas y las empresas alemanas, Ucrania se transformaría en una tierra productora de cereales para Alemania. Pero primero los alemanes tenían que liberar a Ucrania de los “seres humanos inferiores” que allí habitaban, los cuales -según la propaganda nazi- serían utilizados como fuerza de trabajo esclava en los hogares, en las fábricas, en la agricultura y en todos los lugares donde la economía alemana lo necesitase. La conquista de Ucrania y otras regiones de la Unión Soviética implicaba necesariamente la guerra en contra de la URSS y era necesario prepararla a largo plazo. Para estos efectos el Ministerio de Propaganda nazi dirigido por Goebbels inició en 1934 una campaña de supuesto genocidio hecho por los bolcheviques en Ucrania. Esta se trataba de una terrible catástrofe de hambre que habría sido provocada por Stalin para someter y obligar a los campesinos a aceptar una política socialista. El objetivo de la campaña nazi era la de preparar a la opinión pública mundial para la “liberación” de Ucrania por las tropas alemanas. A pesar de grandes esfuerzos y que los textos de la propaganda alemana fueron publicados en la prensa inglesa, la campaña nazi sobre el “genocidio” en Ucrania no fue un gran suceso a nivel mundial. Era evidente que Hitler y Goebbels necesitaban ayuda para respaldar las calumnias sobre la Unión Soviética. ¡La ayuda la encontraron en los EEUU de Norteamérica!

 

William Hearst, un amigo de Hitler. 

William Randholph Hearst era un multimillonario norteamericano que ayudó a los nazis en la guerra psicológica contra la URSS. Hearst era un redactor norteamericano conocido como “el padre” de la prensa amarilla y sensacionalista. William Hearst comenzó la carrera de redactor en 1885 cuando su padre, George Hearst (millonario de la industria minera, senador y redactor), le regaló la dirección del periódico San Francisco Daily Examiner. Así comenzó también el imperio periodístico de Hearst que de una manera definitiva dejaría huellas profundas en la vida diaria y en los conceptos de los norteamericanos. 

Después de la muerte de su padre, William Hearst vendió todas las acciones de la industria minera que heredó y comenzó a invertir el capital en los medios de comunicación. La primera compra que hizo fue el New York Morning Journal, un periódico de tipo tradicional que Hearst transformó totalmente en un diario sensacionalista. Las noticias eran compradas a cualquier precio y cuando no había crueldades o crímenes violentos para contar, los periodistas y fotógrafos debían de "arreglar” el asunto y justamente esta es una de las características de la "prensa amarilla”: escribir mentiras y crueldades arregladas como verdades. Las mentiras de Hearst lo hicieron millonario y una de las personas más importantes del mundo del periodismo, siendo en 1935 uno de los hombres más ricos del mundo con una fortuna avaluada en 200 millones de dólares. 

Después de la compra del Morning Journal, Hearst continuó comprando y fundando periódicos y semanarios por todos los EE UU. En la década de los años cuarenta, William Hearst era propietario de 25 periódicos, 24 semanarios, 12 emisoras de radio, 2 agencias de noticias, un servicio informativo para el cine, la empresa cinematográfica Cosmopolitan y mucho más. En 1948 compró una de las primeras estaciones de televisión de los EEUU, la WBAL-TV en Baltimore. La prensa de Hearst vendía ¡13 millones de ejemplares! y tenía cerca de ¡40 millones de lectores al día! ¡Casi un tercio de la población adulta de USA leía diariamente la prensa de Hearst! Y aún más, millones de personas en el mundo recibían la información de la prensa de Hearst a través de las agencias de noticias, películas y una serie de revistas que eran traducidas y editadas en grandes cantidades en todo el mundo. 

Las cifras anteriormente mencionadas muestran muy bien de qué manera el imperio de Hearst influenció la vida política norteamericana y la vida política del mundo en general durante muchos años. Entre otras cosas por ejemplo: en contra de la participación de EE UU al lado de la URSS en la Segunda Guerra mundial y las campañas anticomunistas de McCarty en la década de los años cincuenta. 

Las ideas de William Hearst eran extremadamente conservativas, nacionalistas y anticomunistas. Su política era una política de extrema derecha. En 1934 hizo un viaje a Alemania donde fue recibido por Hitler como invitado y amigo. Después de este viaje, los periódicos de Hearst se volvieron aún más reaccionarios y siempre con artículos en contra del socialismo, en contra de la Unión Soviética y en especial en contra de Stalin. 

Hearst intentó también utilizar abiertamente sus periódicos para hacer propaganda nazi a través de una serie de artículos de Herman Göring, la mano derecha de Hitler. Pero producto de las protestas de muchos lectores fue obligado a suspender la publicación y retiró los artículos de Göring. 

Después de visitar a Hitler, los periódicos sensacionalistas de Hearst salían llenos de "revelaciones” sobre acontecimientos terribles en la Unión Soviética. Asesinatos, genocidios, trabajo esclavo, lujo de los gobernantes y muerte para el pueblo eran a diario las grandes "noticias”. El material era entregado a Hearst por la Gestapo, la policía política de la Alemania nazi. 

En las primeras páginas de los periódicos había muchas veces caricaturas con imágenes falsas de la Unión Soviética donde Stalin era retratado como un asesino cuchillo en mano. No debemos olvidar que estos artículos eran leídos por ¡40 millones de personas en los EE UU y millones en otras partes del mundo!

 

El mito del hambre en Ucrania. 

Una de las primeras campañas de la prensa de Hearst en contra de la URSS fue los supuestos millones de muertos, víctimas del hambre en Ucrania. La campaña se inició el 18 de febrero de 1935 en el periódico Chicago American con un titular en la primera página: "Seis millones de muertos por el hambre en la Unión Soviética”. 

Utilizando material llegado desde Alemania nazi, el magnate de la prensa y simpatizante del nazismo William Hearst, comenzó a publicar historias fantásticas sobre un genocidio provocado por los bolcheviques con el resultado de millones de muertos por el hambre en Ucrania. 

La realidad era bien diferente. Lo que había sucedido en la Unión Soviética al comienzo de la década de los años treinta era una gran lucha de clases en que los campesinos pobres y sin tierras se levantaron en contra de los grandes terratenientes ricos -los Kulakos- e iniciaron la lucha por los colectivos agrícolas, Koljozes. Esta gran lucha de clases que envolvió directa o indirectamente a 120 millones de campesinos, causó inestabilidad en la producción agrícola y en algunas regiones la falta de productos alimenticios. La falta de comida debilitaba a las personas y contribuía a aumentar las víctimas de epidemias infecciosas. Este tipo de epidemias era un acontecimiento tristemente común en el mundo por aquella época.

     Entre 1918 y 1920 una epidemia conocida como la gripe española produjo millones de muertos en los EEUU y 20 millones murieron en Europa, pero nadie acusó a esos gobiernos de matar a sus ciudadanos. El hecho es que los gobiernos nada podían hacer en contra de epidemias de esa índole. 

Durante la Segunda Guerra mundial apareció la penicilina y las infecciones pudieron ser combatidas con éxito a fines de la década de los años cuarenta. 

Los artículos de la prensa de Hearst sobre los millones de muertos por el hambre en Ucrania que había sido "provocada por los comunistas” eran detallados y terribles. La prensa de Hearst utilizó todo a su alcance para hacer de las mentiras una realidad haciendo que la opinión pública en los países capitalistas se volviese fuertemente en contra de la Unión Soviética. Así se originó el primer mito de los millones de muertos en la URSS. 

Una ola de protestas contra el hambre "provocada por los comunistas” continuó en la prensa Occidental y nadie quiso escuchar los desmentidos de la Unión Soviética. ¡Las mentiras de la prensa de Hearst en 1934 tuvieron que esperar hasta 1987 para ser completamente desenmascaradas! Durante más de 50 años y basados en estas calumnias varias generaciones en todo el mundo fueron influenciadas para tener una visión negativa del socialismo y de la URSS.

 

El imperio de Hearst en 1998. 

William Hearst murió en 1951 en su casa de Beverly Hills, en California. Hearst dejó un imperio de las comunicaciones de masa que aún hoy continúa repartiendo por el mundo sus mensajes reaccionarios. La empresa The Hearst Corporation es una de las más grandes del mundo y cuenta con más de 100 compañías donde trabajan 15.000 personas. El imperio hoy día cuenta con periódicos, revistas, libros, radio, televisión, TV-Cable, agencias noticiosas y multimedia.

 

¡52 años para desenmascarar una mentira! 

La campaña de desinformación de los nazis referente a Ucrania no terminó con la derrota de la Alemania nazi en la Segunda Guerra mundial. Las mentiras nazis fueron retomadas por la CIA y el MI 5 británico y tuvieron siempre garantizado un lugar en la guerra de propaganda en contra de la Unión Soviética. 

Las campañas anticomunistas de Mc Carthy en los EEUU después de la Segunda Guerra mundial, también sobrevivieron a costa de “los millones de muertos por el hambre en Ucrania”. En 1953, fue publicado en los EEUU un libro sobre este tema bajo el título: “Black deeds of the Kremlin” (Los Sucesos Negros del Kremlin). La publicación fue pagada por refugiados ucranianos en los Estados Unidos. Gente que había colaborado con los nazis durante la Segunda Guerra mundial y que el gobierno de los Estados Unidos había otorgado asilo político presentándolos al mundo como demócratas. 

Cuando Reagan fue elegido presidente de los EEUU e inició su campaña anticomunista en la década de los años 80, se reanudó la propaganda de los "millones de muertos en Ucrania”. En 1984, un profesor de la Universidad de Harvard editó un libro con el título: "The Human life in Russia”, ("La vida humana en Rusia”) en el cual estaba incluido el material falso de la prensa nazi de Hearst de 1934.

       Así fueron reeditadas en 1984 las mentiras y falsificaciones nazistas de los años 30, pero ahora con la fachada respetable de una Universidad norteamericana. 

La historia no termina aquí. En 1986 se publicó otro libro sobre el tema con el título: "Haverst of sorrow”, escrito por el ex agente de la policía británica Robert Conquest que es hoy día profesor de la Universidad de Stanford en California. Por el "trabajo” con este libro recibió 80.000 dólares de la Asociación Nacional Ucraniana. Esta misma asociación pagó también una película cinematográfica en 1986 con el nombre: "The Harvest of Despair” que entre otras cosas utilizó el material de Conquest. A estas alturas, las cifras presentadas en los EEUU acerca de los "muertos por el hambre en Ucrania” eran ¡ya 15 millones! No obstante, el material presentado en la prensa, libros y películas norteamericanas era completamente falso. El periodista canadiense Douglas Tottle, demostró con rigor esa falsificación en su libro "Fraud, Famine and Fascism; The Ucrainian Genocide Myth From Hitler to Harvard”, editado en Toronto en 1987. Entre otras cosas, Tottle demostró que el material fotográfico presentado (fotografías horribles de niños desnutridos), fue sacado de publicaciones del año 1922 cuando millones de personas murieron en la guerra y por el hambre cuando 14 ejércitos extranjeros invadieron la URSS durante la guerra civil de 1918 a 1921. Douglas Tottle nos lleva también a las fuentes periodísticas de 1934. Los reportajes sobre el hambre y las reseñas de viajes de los periodistas nos muestran la mezcla de mentiras publicadas en la prensa de Hearst. El periodista que durante mucho tiempo había enviado reportajes y fotografías de las llamadas zonas de hambre, un cierto Thomas Walker, nunca había estado en Ucrania. El había visitado Moscú durante cinco días. Este hecho fue revelado por el periodista Louis Fisher por aquel tiempo corresponsal en Moscú del periódico norteamericano The Nation. Fisher reveló también que el periodista M. Parrott, un verdadero corresponsal en Moscú de la prensa de Hearst, había enviado reportajes que nunca fueron publicados sobre las cosechas con muy buenos resultados en 1933 en la URSS y sobre una Ucrania soviética en desarrollo. Tottle nos muestra también que el periodista que hacía los reportajes sobre el hambre para Hearst, el tal Thomas Walker, en realidad se llamaba Robert Green y era un condenado, ¡fugado de una prisión estatal de Colorado! Este Walker alias Green, fue recapturado cuando regresó a los EEUU y confesó ante un tribunal que él jamás había estado en Ucrania. Todas esas mentiras sobre los millones de muertos de hambre en Ucrania en los años treinta "provocada por Stalin” ¡solo vinieron a ser conocidas y comprobadas en 1987! El nazista Hearst, el agente de la policía Conquest y otros, han engañado a millones de personas con sus mentiras y falsos reportajes. Aún hoy día aparecen las historias del nazista Hearst en libros recién editados por escritores pagados por la derecha. 

La prensa de Hearst con una posición monopolista en muchas ciudades de los EEUU y con agencias de noticias en todo el mundo fue un gran megáfono de la Gestapo en el mundo. En un mundo dominado por el capital monopolista fue posible a la prensa de Hearst transformar las mentiras de la Gestapo en verdades en muchos periódicos, estaciones de radio y, más tarde, en la televisión de todo el mundo. 

Cuando la Gestapo desapareció, continuó la guerra sucia de propaganda contra del socialismo en la Unión Soviética, ahora patrocinado por la CIA. Las campañas anticomunistas en la prensa norteamericana continuaron al mismo nivel. Negocios como siempre; primero la Gestapo, después la CIA.




Stalin. Historia y Crítica de Una Leyenda Negra

(2)

Domenico Losurdo

En pos de una comparativa global

De modo que, más aún que la Guerra fría, es otro acontecimiento histórico el que imprime un giro radical a la historia de la imagen de Stalin; el discurso de Churchill del 5 de marzo de 1946 tiene un papel menos importante que otro discurso, el pronunciado diez años después, para ser más exactos el 25 de febrero de 1956, por Nikita Kruschov en ocasión del XX Congreso del partido comunista de la Unión Soviética.

Durante más de tres decenios este Informe, que dibujaba el retrato de un dictador enfermizamente sanguinario, vanidoso y bastante mediocre —o incluso ridículo— en el plano intelectual, ha satisfecho a casi todos. Permitía al nuevo grupo dirigente que gobernaba la URSS el presentarse como el depositario único de la legitimidad revolucionaria en el ámbito del país, del campo socialista y del movimiento comunista internacional, que miraba a Moscú como su centro neurálgico. Reforzado en sus antiguas convicciones y con nuevos argumentos a disposición para emprender la Guerra fría, también Occidente tenía razones para estar satisfecho o entusiasta. En los Estados Unidos la sovietología había manifestado la tendencia a desarrollarse alrededor de la CIA y otras agencias militares y de intelligence, previa eliminación de los elementos sospechosos de albergar simpatías por el país de la Revolución de Octubre24. Se había perfilado un proceso de militarización de la disciplina clave para el desarrollo de la Guerra fría; en 1949 el presidente de la American Historical Association había declarado: «No nos podemos permitir no ser ortodoxos», ya no se permitirá más la «pluralidad de objetivos y de valores». Es necesario aceptar «amplias medidas de alistamiento» puesto que la «guerra total, sea caliente o fría, nos recluta a cada uno de nosotros y nos llama a cumplir con nuestro deber. De esta obligación se libra tan poco el historiador como el físico»25. En 1956 no sólo no se disipa la fuerza de estas consignas, sino que a partir de entonces, una sovietología más o menos militarizada puede disfrutar de la comodidad y apoyo proveniente del mismo corazón del mundo comunista.

Es verdad; más que el comunismo en cuanto tal, el Informe Kruschov ponía bajo el dedo acusador a una única persona, pero en aquellos años era oportuno, también desde el punto de vista de Washington y de sus aliados, no ampliar demasiado el blanco, y concentrar el fuego sobre el país de Stalin. Con la firma del «pacto balcánico» de 1953, firmado con Turquía y Grecia, Yugoslavia se convirtió en una especie de miembro externo de la OTAN, y unos veinte años después también China cerrará con los EEUU una alianza de facto contra la Unión Soviética. Es a esta superpotencia a la que hay que aislar, y a la que se insta a realizar una "desestalinización" cada vez más radical, hasta quedar privada de toda identidad y autoestima, y tener que resignarse a la capitulación y a la disolución final.

Finalmente, gracias a las "revelaciones" provenientes de Moscú, los grandes intelectuales podían olvidar tranquilamente el interés, la simpatía e incluso la admiración con la que habían mirado hacia la URSS estaliniana. Además de estos, también los intelectuales que tenían en Trotsky su punto de referencia encontraron consuelo en aquellas "revelaciones". Durante mucho tiempo había sido este último quien había encarnado, a ojos de los enemigos de la Unión Soviética, la ignominia del comunismo, y el que había sido el representante privilegiado del "exterminador", es más, el «exterminador judío» (vid. infra, pp. 268); todavía en 1933, exiliado ya desde hacía algunos años, para Spengler, Trotsky continuaba representando al «bolchevique asesino de masas» (bolschewistischer Massenmórder)26. A partir del giro realizado en el XX Congreso del PCUS, en el museo de los horrores se colocó solamente a Stalin y sus colaboradores más estrechos. Sobre todo, ejerciendo su influencia bastante más allá del ámbito trotskista, el Informe Kruschov cumplía una función de consuelo en los ambientes de cierta izquierda marxista, que se sentía así exonerada de la penosa obligación de repensar la teoría del Maestro y la historia de los efectos desplegados por ella. Es cierto, en vez de extinguirse, en los países gobernados por comunistas el Estado se encontraba bastante sobredimensionado; lejos de disolverse, las identidades nacionales cumplían un papel cada vez más importante en los conflictos que llevarían al desmembramiento y entierro definitivo del campo socialista; no se vislumbraba signo alguno de superación del dinero o del mercado, que con el desarrollo económico acaso tendían a expandirse. Sí, todo era incontestable, pero la culpa era... ¡de Stalin y del "estalinismo"! Y por lo tanto no había razones para poner en discusión las esperanzas o certezas que habían acompañado a la revolución bolchevique y que remitían a Marx.

Pese a encontrarse en posiciones contrapuestas, estas áreas político ideológicas elaboraban una imagen de Stalin a partir de abstracciones colosales, arbitrarias. En la izquierda se procedía a una virtual eliminación de la historia del bolchevismo, y con mayor razón de la historia del marxismo, de aquél que durante más tiempo que ningún otro había ejercido el poder en el país surgido de la revolución preparada y llevada a cabo según las ideas de Marx y Engels. A su vez, los anticomunistas sobrevolaban con desenvoltura tanto la historia de la Rusia zarista como la historia de la Segunda guerra de los treinta años, en cuyo ámbito se coloca el desarrollo contradictorio y trágico de la Rusia soviética y de los tres decenios estalinianos. Y así cada una de las diferentes áreas político-ideológicas tomaba impulso del discurso de Kruschov para cultivar su propia mitología, ya se tratase de la pureza de Occidente, o de la pureza del marxismo y del bolchevismo. El estalinismo era el terrible término de comparación que permitía a cada uno de los antagonistas el autocelebrarse, por contraste, en su infinita superioridad moral e intelectual.

Basadas en abstracciones notablemente diferentes entre ellas, estas lecturas acababan sin embargo produciendo cierta convergencia metodológica. Al investigar el terror sin prestar demasiada atención a la situación objetiva, lo reducían a la iniciativa de una única personalidad o de una restringida clase dirigente, decidida a reafirmar por todos los medios su poder absoluto. A partir de tal presupuesto, si se podía comparar a alguna otra gran personalidad política, esta sólo podía ser la de Hitler; por consiguiente, para el fin de la comprensión de la URSS estaliniana, la única comparación posible era con la Alemania nazi. Es un motivo que se repite ya a finales de los años treinta con Trotsky, que recurre repetidas veces a la categoría de «dictadura totalitaria» y, en el ámbito de este genus, distingue, por un lado, la species «estalinista» y, por el otro, la «fascista» y sobre todo la hitleriana27, recurriendo a una contextualización que se convertirá después en el sentido común de la Guerra fría y en la ideología hoy dominante.

¿Es convincente este modo de argumentar, o conviene más bien recurrir a una comparativa global, sin perder de vista ni la historia de Rusia en su totalidad ni los países implicados en la Segunda guerra de los treinta años? Es verdad, de este modo se procede a una comparación entre países y líderes con características bastante diferentes entre ellas; pero tal diversidad, ¿debe explicarse exclusivamente a través de las ideologías, o juega también un papel importante la situación objetiva, es decir, la colocación geopolítica y el bagaje histórico de cada uno de los países implicados en la Segunda guerra de los treinta años? Cuando hablamos de Stalin, nuestro pensamiento nos lleva inmediatamente a la personalización del poder, al universo concentracionario, a la deportación de grupos étnicos enteros. Sin embargo, estos fenómenos y prácticas, ¿remiten solamente a la Alemania nazi, aparte de la URSS, o se manifiestan también en otros países, en modalidades diferentes según la mayor o menor intensidad del estado de excepción y de su duración más o menos extensa, incluidos aquellos con una tradición liberal más consolidada? Desde luego, no se debe perder de vista el papel de las ideologías; pero la ideología de la que Stalin se reclama heredero, ¿puede realmente equipararse a la que inspira a Hitler, o en este campo, llevada a cabo sin prejuicios, la comparación acaba produciendo resultados inesperados? En perjuicio de los teóricos de la "pureza", debe tenerse en cuenta que un movimiento o régimen político no puede ser juzgado en base a la excelencia de los ideales en los que declara inspirarse: en la valoración de estos mismos ideales no podemos pasar por alto la Wirkungsgeschichte, la «historia de los efectos» producidos por ellos; pero tal aproximación, ¿debe aplicarse globalmente, o solamente al movimiento que se inspiró en Lenin o Marx?

Estos interrogantes se muestran superfluos o incluso engañosos a aquellos que omiten el problema de la cambiante imagen de Stalin basándose en la creencia de que Kruschov habría sacado a la luz finalmente la verdad oculta. No obstante, daría muestra de una total despreocupación metodológica el historiador que quisiese considerar 1956 como el año de la revelación definitiva y última, sorteando descaradamente los conflictos e intereses que estimulaban la campaña de desestalinización y sus diversos aspectos, y que aún antes habían animado la sovietología de la Guerra fría. El contraste radical entre las diversas imágenes de Stalin debería animar al historiador no sólo a no absolutizar una sola, sino más bien a problematizarlas todas.

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Notas:

(24) Gleason 1995), p.121.

(25) Cohén 1986), p. 13.

(26) Spengler 1933), p. 86, nota 1.

(27) Trotsky 1988), p. 1285


Lógica dialéctica

El Análisis y su Esencia

M. M. Rosental

GENERALMENTE EL ANÁLISIS se define como la forma, el procedimiento, de descomposición de un todo en partes y como cognición de cada una de ellas; se contrapone a la síntesis, procedimiento de unión de las partes en un todo. Esto, en líneas generales, es cierto; pero aún no constituye la verdad completa ni la verdad más profunda acerca del análisis y la síntesis. Sólo cabe llegar a comprender su verdadera esencia cuando se toma en consideración el cuadro general del movimiento del conocer. Hemos dicho ya que el proceso del conocimiento se inicia con la representación global de los fenómenos que surgen en su conexión externa ante el sujeto cognoscente. El punto inicial del conocer es, siempre, algo concreto visto como no divisible en sus elementos componentes. Ver en la conexión externa de los fenómenos, en el torrente de su movimiento, lo que constituye su base, su esencia, lo que los liga en una unidad, es obra del conocimiento. Para ello es necesario dividir el todo en partes. En esto radica el inmenso valor cognoscitivo del análisis. Por tanto, el análisis es, realmente, la descomposición del todo en partes (mental o real, como por ejemplo en los experimentos físicos, químicos y otros).

No obstante, la descomposición del todo en partes no constituye un fin en sí. Si limitáramos a ello la esencia del análisis, lo concebiríamos de manera mecanicista. Descomponiendo de esta manera un todo, lo fosilizamos, y la cognición no alcanza su fin capital: descubrir la esencia interna y las bases de la diversidad de las cosas. Es, precisamente, esta faceta externa del análisis la única que ven ciertos idealistas (por ejemplo, los intuicionistas). Tales filósofos llegan a la conclusión de que el análisis sólo es capaz de dejar sin vida lo que la tiene y le contraponen la intuición como único medio para llegar al conocimiento de la esencia de las cosas.

Ahora bien, el análisis no se reduce simplemente a la descomposición de un todo en sus partes. La descomposición no es sino un recurso del que se vale el conocer para descubrir en la diversidad de fenómenos, en la multiplicidad de propiedades y facetas de la cosa, lo capital, lo esencial, que constituye la "base genética” de los mismos. Sin una desmembración semejante, no es posible alcanzar el objetivo señalado; ahora bien, el examen analítico del objeto no sólo no le deja sin vida, sino que, por el contrario, constituye el procedimiento —y es el único— que nos lleva al conocimiento del objeto en lo que tiene de "vital”. Por vivas que sean las percepciones inmediatas de la cosa como conjunto de muchas partes y propiedades, de muchos nexos y relaciones, el conocimiento que proporcionan nos será de poca utilidad si no conocemos los fundamentos de tales propiedades y facetas, su nexo decisivo y su relación básica con las otras cosas. La función más profunda del análisis estriba en proporcionar un conocimiento de la cosa en la unidad de sus aspectos y propiedades, en mostrar el fundamento que los enlaza en una unidad y que se revela en cualquier propiedad, en cualquier faceta de la cosa.

Veamos, por ejemplo, cómo procede V. I. Lenin en el análisis de un fenómeno tan complejo y diverso como el imperialismo. Lenin desintegra mentalmente este todo en sus caracteres básicos. Sabido es que reduce los caracteres del imperialismo a cinco. Pero Lenin no se limita a descomponer él fenómeno dado en sus partes componentes. Mediante su análisis, demuestra que el rasgo decisivo del imperialismo, la unidad que conecta todos sus aspectos y propiedades, la fuente de que fluyen todas las diversas manifestaciones del estadio imperialista del capitalismo, es el monopolio.

Ninguna inducción es idónea para descubrir y entrar en conocimiento de esa base. En casos análogos, la inducción no sirve más que de fase preparatoria para el examen analítico del fenómeno; es un recurso para acumular observaciones y hechos, ayuda a delimitar algunos caracteres y propiedades generales del proceso. Para descubrir la esencia del imperialismo, es necesario examinar el modo capitalista de producción en su desarrollo, es preciso encontrar su tendencia fundamental, ver que el monopolio brota del proceso en virtud del cual se concentran la producción y el capital, y es el resultado, la conclusión de dicho proceso.

El análisis llena el vacío que deja la insuficiencia de la inducción: el carácter problemático de sus conclusiones. Las casualidades no pueden ejercer una influencia esencial sobre el resultado del análisis, pues éste se orienta no sólo a tomar los hechos singulares en lo que tienen de común, sino en encontrar lo que tienen de esencial, su base. Por ejemplo, ninguna manifestación nueva del imperialismo puede dejar en suspenso su rasgo principal: el de ser el estadio, en el desarrollo del capitalismo, en que los monopolios adquieren esencial importancia. Los revisionistas contemporáneos han descubierto lo "nuevo” en el hecho de que el Estado burgués, en los países capitalistas, ha adquirido un mayor influjo sobre el curso de la vida económica de modo que concentra en sus manos un número cada vez mayor de empresas y otras palancas económicas; en el hecho de que el capitalismo, actualmente, ya es en alto grado capitalismo estatal. De ahí sacan conclusiones en el sentido de que el capitalismo deja de ser capitalismo y su estructura adopta un número cada vez mayor de facetas socialistas, se va transformando, insensiblemente, en socialismo.

No hay duda de que en los países burgueses se acentúan las tendencias del capitalismo de Estado. Mas este proceso, en primer lugar, no es nuevo. Lenin comprobó la existencia de este fenómeno ya cuando investigó el estadio imperialista del capitalismo. Del análisis de la esencia del imperialismo llegó a la conclusión de que los monopolios capitalistas vendrían a unirse con el Estado y el capitalismo monopolista estatal aumentaba. En segundo lugar, el hecho mismo de que se acreciente el peso específico de las empresas monopolistas estatales sólo puede comprenderse teniendo en cuenta la esencia del imperialismo, es decir, de su naturaleza monopolista. Desde luego, el capitalismo de Estado colectiviza la producción, en la sociedad burguesa, en mayor grado que la simple unión monopolista. Pero en esa colectivización no hay nada del modo de producción socialista; el hecho no es más que una tendencia general objetiva del desarrollo, en la época histórica presente y atestigua hasta qué punto ha madurado y se ha hecho necesario el paso del capitalismo al socialismo.

El enorme significado del análisis, del procedimiento analítico de investigación, estriba en que éste permite, por así decirlo, arrancar toda "máscara” a los fenómenos, liberarlos de la "apariencia” externa que tergiversa la esencia en que éstos se apoyan. En este sentido, el análisis ha de verse como instrumento de cognición de las contradicciones que se dan entre la esencia y la manifestación externa de las cosas. Ha de tenerse en cuenta, además, que la esencia de las cosas presenta muchas gradaciones y capas, es decir, hay una esencia menos profunda, más próxima a la superficie de las cosas, y una esencia más profunda, que explica los fundamentos más recónditos de las mismas. Si el análisis se detiene en alguna esencia de primer o segundo grado y no se adentra hasta la esencia más honda del fenómeno, el objeto que se investiga se nos presenta desfigurado.

Es interesante mostrar esta particularidad del análisis recurriendo al material contenido en los “Manuscritos económico filosóficos del año 1844” de Marx. Hacerlo así es tanto más importante cuanto que los enemigos actuales del marxismo, para falsificar el socialismo científico, intentan aprovechar el concepto de "enajenación” analizado en dicho trabajo. Dejando intencionadamente aparte el profundo contenido revolucionario que confirió Marx al concepto mencionado, intentan transformar la doctrina de Marx en una variedad del socialismo moral, "ético”.

En los "Manuscritos económico-filosóficos del año 1844”, Marx no hacía sino entrever el camino para llegar a comprender la explotación capitalista y concebir la teoría de que es necesario buscar la única fuente del beneficio capitalista en la parte no pagada del trabajo del obrero. Marx utiliza en este lugar el concepto de "trabajo enajenado”. Dicho concepto desempeñó un importante papel en el proceso del pensar encaminado a descubrir la base más profunda del modo de producción capitalista. En su trabajo, Marx subraya que la esencia del concepto de trabajo enajenado sólo puede ser descubierta como resultado de un complejo análisis de los fenómenos.

Veamos cómo Marx se vale del análisis para ir poniendo al descubierto, una tras otra, las capas del fenómeno hasta llegar a la esencia desde la cual podía explicar todos los aspectos del fenómeno en su conjunto, en su conexión y unidad.

Marx critica la economía política burguesa porque, al analizar las relaciones entre capitalista y obrero, entre capital y trabajo, no pasa del hecho de la propiedad privada. Esto no significa que Marx ponga en duda la importancia de la categoría de propiedad privada sobre los medios de producción para comprender el régimen de la economía burguesa. Con lo que Marx no está conforme es con que los economistas se detengan en la propiedad privada, con que no vean la esencia, la fuente de la que arranca la propiedad privada misma, a la que consideran, según palabras de Marx, como un proceso material, substancial, sin ver tras él a las personas ni las relaciones entre las mismas. Para ellos, el trabajo del hombre no es nada, la propiedad privada lo es todo1. Los economistas aludidos toman el hecho de la propiedad privada como tal y no lo explican, no prosiguen el análisis del mismo, por lo que quedan sin descubrir las causas del enriquecimiento capitalista.

¿Cómo estructura su análisis Marx?

Marx parte asimismo del hecho de la propiedad privada, pero lo somete a análisis profundo. Descompone la propiedad privada en sus partes y examina sus conexiones esenciales. La propiedad privada significa, ante todo, que el producto del trabajo no pertenece a quien trabaja, a quien lo produce, sino a otra persona. El análisis lleva a Marx a la conclusión de que al trabajador se le despoja del producto del trabajo. Cuanto más trabaja el obrero, indica Marx, tanto más rico se hace el mundo de los objetos que el obrero crea, pero tanto más pobre resulta su propio mundo interior, su vida. "El obrero pone en el objeto su vida, mas, en adelante, esa vida no le pertenece a él, sino al objeto. Por consiguiente, cuanto mayor es esa actividad suya, tanto más des-objetivado está el obrero. Lo que es el producto de su trabajo no es él. Por esto, cuanto mayor es dicho producto tanto menos es él mismo”2.

El resultado es que el producto del trabajo del obrero se convierte en una fuerza externa y ajena respecto al propio obrero y le domina. No es el obrero el que impera sobre los productos de su trabajo, sino viceversa. La economía burguesa, explica Marx, “oculta la enajenación en lo tocante a la propia esencia del trabajo, por el hecho de que no somete a examen la relación directa entre el obrero (el trabajo) y la producción”3.

Tenemos pues, que, mediante el análisis de la relación entre el productor y el producto de su trabajo, Marx pone al descubierto la esencia de la propiedad privada. Pero ésta no es todavía la esencia más profunda, sino, únicamente, el primer grado de profundización en la misma. Luego, Marx comprueba que la enajenación se manifiesta no sólo en el resultado del trabajo, es decir, en el producto, sino, además, en el trabajo mismo, en el seno de la misma actividad productiva. “El producto —escribe— no es más que el resumen de la actividad, de la producción. Por consiguiente, si el producto del trabajo es una expropiación, también la producción misma ha de ser la expropiación activa, la expropiación de la actividad, la actividad de la expropiación. En la enajenación del objeto del trabajo sólo se resume la enajenación, la expropiación que tiene lugar en la actividad del trabajo mismo”4.

Debido a esta enajenación, el trabajo del obrero no le proporciona a este último, ni satisfacción ni alegría. El obrero sólo se siente él mismo fuera del trabajo; en éste, es un ser sometido. Su trabajó no es libre, sino forzado, domina sobre él como fuerza que le es externa y extraña.

Después de llegar a este grado del análisis, Marx pone todavía más al desnudo la esencia de la propiedad privada sobre los medios de producción y llega al umbral mismo del problema de los problemas, el que trata de a quién pertenecen los resultados del trabajo y el trabajo mismo de los obreros.

La respuesta a la pregunta formulada, la obtiene Marx en el último grado del análisis. Marx se pregunta: si el producto del trabajo del obrero no pertenece a este último, sino que se le enfrenta como poder extraño, ¿a quién pertenece? Si, además, la actividad del obrero y su trabajo no pertenecen a este último y, por el contrario, constituyen una fuerza extraña y coercitiva para la esencia del mismo obrero, ¿a quién pertenecen? Marx responde a tales preguntas del modo siguiente: no se apropian del producto del trabajo y del trabajo mismo ni Dios ni la naturaleza, sino otras personas. “Cuando él el obrero. -M.R.) se comporta hacia su propia actividad como hacia una actividad impuesta, se comporta hacia ella como hacia una actividad que se halla al servicio, bajo la dominación, la coerción y el yugo de otro individuo...5. Este otro individuo es el capitalista.

Estas palabras de Marx, escritas hace más de cien años, siguen caracterizando aun hoy, con una claridad que no puede ser más diáfana, el mundo que los actuales ideólogos de la burguesía, como haciendo burla, denominan "mundo libre”.

De este modo Marx, en su trabajo de juventud, recurriendo al análisis, puso al descubierto la esencia de la propiedad privada. Resumiendo su examen analítico del problema, escribió: "Tenemos, pues, que el concepto de propiedad privada se obtiene mediante el análisis del concepto de trabajo expropiado...”6. Naturalmente, la propiedad privada y el trabajo enajenado se hallan relacionados entre sí, se encuentran en un estado de interacción. También puede considerarse la propiedad privada como la causa de la enajenación del trabajo, pero es precisamente esta última, es decir, la apropiación de trabajo ajeno, la fuente de la propiedad privada misma. De modo análogo, indica Marx, los dioses constituyen, al principio, no la causa, sino el efecto del desconcierto del entendimiento, aunque más tarde los dos factores se engendran mutuamente.

Marx tomó de Hegel y de Feuerbach el concepto de enajenación. Pero ¡con cuánta mayor profundidad lo analiza! Sus antecesores no pasaron de las envolturas ideológicas externas de los fenómenos sociales, mientras que Marx, mediante su análisis, descubre en el carácter del trabajo en el régimen capitalista la razón profunda de que al hombre se le despoje del fruto de su actividad. Marx pone de manifiesto que tal enajenación se halla históricamente condicionada; demuestra que en otras condiciones — concretamente: en las del régimen socialista— no puede darse. Son igualmente opuestas las conclusiones que Hegel y Marx inferían de ese concepto. El primero suponía que la enajenación, por su carácter puramente ideológico, puede ser superada en la esfera de la pura conciencia. Marx, en cambio, veía que la "autoenajenación” del hombre sólo podía eliminarse poniendo fin a las relaciones capitalistas.

Los ideólogos burgueses y revisionistas contemporáneos se aferran al concepto de "enajenación” para tergiversar las ideas del joven Marx y contraponerlas al marxismo en conjunto. De creerles, el sentido principal de dicho concepto, según Marx, radicaba en que cabía eliminar la enajenación del trabajo sin necesidad de una revolución socialista. Pero todos esos intentos, de "reelaborar” a Marx son vanos, pues en el trabajo que examinamos, Marx demuestra que únicamente la liberación política y social de los trabajadores, la aniquilación de la propiedad privada sobre los medios de producción y el cambio de carácter del trabajo colectivo, pueden proporcionarnos una base para superar la enajenación de todas las "fuerzas esenciales” del hombre. Las relaciones de la esclavitud existente bajo el régimen capitalista, escribió Marx, no son sino modificaciones y consecuencias de la relación económica entre el proletariado y la burguesía. De ahí que únicamente la emancipación social del obrero puede acabar con esas relaciones y dar la libertad al hombre, devolverle las fuerzas que el régimen capitalista le contrapone después de desposeerle de ellas.

Más tarde, sobre todo, en "El Capital”, Marx no estructura su análisis económico basándose en el concepto de trabajo enajenado. En la base de "El Capital” figura el concepto de plusvalía, sillar de la economía política del capitalismo. Pero el análisis del concepto de "enajenación” en una determinada etapa desempeñó su papel histórico. El significado principal de dicho análisis consistió en que, tras las relaciones de las cosas, puso al desnudo las relaciones sociales, de clase, entre las personas, y descubrió en el trabajo de los obreros, la fuente de la propiedad capitalista. "Cuando se habla de la propiedad privada —escribió Marx— la idea es que se trata de algo fuera del hombre. Cuando se habla del trabajo, se trata directamente del hombre mismo. Este nuevo planteamiento del problema ya encierra en sí su solución”7.

En "El Capital”, Marx generalizó la enajenación del trabajo —y, en general de las fuerzas del hombre— en el concepto de fetichismo de la mercancía, pero su descubrimiento de la plusvalía aclaró el misterio más profundo del modo capitalista de producción.

El ejemplo que acabamos de exponer muestra la enorme fuerza cognoscitiva del análisis, que penetra en la esencia de los fenómenos tras su apariencia externa, descubre, tras lo exterior de las cosas, la naturaleza verdadera de las mismas.

El análisis es un procedimiento de cognición que pone de manifiesto la naturaleza verdadera y la "base generadora” de las cosas; a diferencia de la inducción, puede proporcionarnos sólidos datos de partida para prever el desarrollo futuro. Dejando aparte el carácter problemático de la conclusión inducida respecto al futuro, la inducción es, en general, impotente cuando faltan aún los hechos singulares que permiten elevarse al grado de lo universal.

La situación es distinta con el análisis, que está basado no en el principio del paso formal de lo particular a lo general, sino en el conocimiento de la esencia, de la ley de los fenómenos. Gracias al análisis de las condiciones concretas de la sociedad moderna, al examen de las nuevas tendencias de desarrollo, de la lucha de fuerzas contrapuestas en el mundo de hoy, podemos inferir una conclusión acertada acerca de las posibilidades reales de desarrollo en el futuro.

Tenemos, pues, que cabe reducir a los puntos que a continuación indicamos la esencia y la importancia del análisis.

1. El análisis es un procedimiento de investigación que desempeña un papel inmenso en el proceso del pensar que va de la apariencia externa de los fenómenos a la esencia de los mismos, en el proceso en virtud del cual se supera la contradicción entre lo externo y lo interno. El análisis descompone un todo complejo en sus partes no sólo para mostrar de qué se compone el objeto, sino, además, para descubrir la esencia del mismo.

2. Como quiera que la esencia de las cosas presenta muchos grados, el pensamiento ha de llegar hasta la parte y el punto que no sólo pertenezcan a la esencia de las cosas, sino que constituyan su esencia más profunda, la base, la unidad de todos los aspectos de la cosa, y permitan explicar todos los complejos nexos y relaciones de los objetos. El análisis desempeña dicha función en el proceso del conocimiento. Cuando Marx vio en el trabajo enajenado la esencia del capitalismo, indicó que en todas las demás categorías del modo de producción burgués como son la competencia, el capital y el dinero, es necesario encontrar tan sólo una expresión determinada y desarrollada de dicha categoría fundamental8.

Sin la actividad analítica del pensar que nos lleva al descubrimiento de la base, de la unidad de todas las facetas de las cosas, sería imposible el movimiento de la cognición desde lo abstracto hacia la reproducción mental de lo concreto en toda su complejidad, cuestión de la que trataremos en el siguiente capítulo.

3. Los procedimientos de análisis son muy diversos. En las distintas ciencias, el procedimiento analítico de investigación se concreta en dependencia de la naturaleza de los objetos investigados. En el análisis posee un significado de singular importancia la disección de los complejos nexos y relaciones, entrelazados recíprocamente, de los objetos. Todo fenómeno se halla enlazado con otros fenómenos, del mismo modo que las distintas partes y propiedades de un fenómeno se hallan conectadas entre sí y se influyen mutuamente. El hecho de la interacción de los nexos y partes aludidos, hace posible que se tome por esencia del fenómeno algún aspecto que, aun siendo importante, no forma la "base generadora” del mismo. Por ejemplo, el ser social y la conciencia social se influyen recíprocamente, pero, como es notorio, incurriríamos en error si nos limitáramos a analizar dicha interinfluencia o si tomáramos como esencia de esta última la conciencia.

El análisis multilateral y la disección de las conexiones recíprocas son necesarios para superar, como decía Plejánov, el punto muerto de la interacción y percibir el nexo más esencial fuera del que las demás conexiones resultan incomprensibles.

No es raro que el nexo y la interacción de los fenómenos posean el carácter de un ciclo en el que es difícil encontrar el principio y el fin y todo se presenta tan entrelazado que parece imposible destacar alguna parte en calidad de base. Así ocurre, por ejemplo, con el movimiento del capital industrial, que se presenta en forma de capital monetario, productivo y mercantil. En el proceso del movimiento general, cada una de estas formas se convierte en otra, y todas se muestran equivalentes por las funciones que cumplen. Es más, diríase, a primera vista, que el capital dinero es más importante, dado que con él se inicia el ciclo rotatorio; es decir, el capitalista ha de poner en circulación, primero, capital dinero para que resulte posible el ciclo entero. Ello engendra la ilusión de que el dinero posee un milagroso poder de autocrecimiento. Ahora bien, el análisis de esas tres formas de capital muestra que sólo en la esfera de la producción, donde el capital aparece en forma de capital productivo, se encuentran las fuentes de su autocrecimiento y, por ende, la esencia de todo el movimiento del capital industrial. En casos análogos, únicamente la descomposición y disección del todo, el estudio de cada nexo singular, de su papel en el ciclo e interacción generales, hace comprensible el movimiento todo y su base real.

La concepción del análisis tal como acabamos de exponer se diferencia del modo cómo lo entienden diversas escuelas positivistas. Los seguidores de dichas escuelas, subrayan el carácter analítico de sus teorías lógicas. Reducen la esencia del análisis a la "elucidación” de las proposiciones de la ciencia negando la función capital del mismo: ser un procedimiento lógico para la investigación de la esencia de las cosas. "El concepto general de análisis —se dice en uno de los artículos de la colección de trabajos titulada «La revolución en la filosofía»— es un concepto de traducción o, mejor dicho, de paráfrasis, dado que la traducción se efectúa en la propia lengua y no de un idioma a otro; la traducción se hace de una forma menos clara a otra más clara o de una forma que induce a error a otra forma que no induce a error”9.

Además, los positivistas contemporáneos identifican lo analítico con lo tautológico. Se interpreta el análisis en el sentido kantiano de dicha palabra, como procedimiento que se circunscribe a aclarar nuestro saber sin ampliarlo.

Desde el punto de vista de la lógica dialéctica, como hemos visto, el análisis es algo incomparablemente más complejo y profundo que la concepción indicada. La lógica dialéctica no investiga los resultados del análisis, sino que lo estudia como proceso, como movimiento del pensar. Mediante el análisis, el pensamiento llega a conocer la esencia de las cosas, la unidad de fenómenos diversos. De ahí que sea un error afirmar que el análisis constituye un procedimiento sólo para explicar los conocimientos y no para ampliarlos. En este sentido, la división kantiana de los juicios en analíticos y sintéticos es artificial y carece de toda base. Esto se ve con meridiana claridad cuando investigamos las formas del pensar en su desarrollo. El análisis parte de los fenómenos y hechos singulares con el propósito de hallar y descubrir la esencia de los mismos. El alcanzar la esencia, que no se encuentra en la superficie de las cosas, es resultado de la actividad analítica del pensamiento. Tenemos, pues, que por medio del análisis no sólo aclaramos, sino que, además, ampliamos, profundizamos los conocimientos que poseemos acerca del mundo exterior. Cuando operamos con conceptos, ya elaborados, acerca de las cosas, entonces, efectivamente, el análisis de los conceptos dados no añade nada nuevo a su contenido. Pero no ha de olvidarse que en este resultado está inserto el camino que lo ha hecho posible. En calidad de ejemplo de juicio analítico, Kant adujo la siguiente proposición: "Todos los cuerpos son extensos” y entendía que el predicado está de antemano contenido en el sujeto, por lo cual el juicio dado no añade nada nuevo a nuestros conocimientos, lo único que hace es descomponer el sujeto en partes por medio del análisis: en el concepto de cuerpos —supone Kant— está de antemano contenida la propiedad de los cuerpos de ser extensos. Sin embargo, Kant pasaba por alto la circunstancia de que sólo podemos obtener un concepto cualquiera que sea —en el presente caso los de "cuerpo” y de "extensión”— mediante el análisis de múltiples fenómenos y, por consiguiente, el juicio "todos los cuerpos son extensos” "no añade nada” a nuestro saber sólo cuando está ya formulado. Pero el quid estriba en que el análisis nos ha llevado ya antes a dicho saber, es decir, nos ha puesto en conocimiento de que los cuerpos poseen extensión.

Tanto los juicios analíticos como los sintéticos sirven para ampliar nuestros conocimientos, para obtener conocimientos nuevos. El ejemplo citado por Kant en calidad de juicio sintético: "todos los cuerpos son pesados”, es tan analítico como el juicio acerca de la extensión de los cuerpos, dado que sólo gracias al análisis ha sido posible descubrir que dicha propiedad, el peso, es común a todos los cuerpos. Y, al contrario, el juicio "todos los cuerpos son extensos” es tan sintético como el juicio "todos los cuerpos son pesados”, pues nos da idea de un todo. El propio Kant afirmaba que donde el entendimiento no había unido nada con anterioridad, nada tenía para analizar, para descomponer. Tal es, precisamente, el motivo de que sea imposible delimitar metafísicamente los juicios analíticos de los sintéticos, atribuir valor absoluto a la diferencia que entre ellos existe. Más adelante examinaremos el problema concerniente a la interconexión que se da entre el análisis y la síntesis.

Sería igualmente un error ver la diferencia entre análisis y síntesis en el hecho de que el primero, contra lo que ocurre a la segunda, no necesita recurrir a la experiencia. Si, por medio del análisis, el pensamiento se mueve de la diversidad de los fenómenos a su unidad, de lo casual a lo necesario, de la inquieta transformación de los fenómenos a lo que hay en ellos de relativamente constante y firme, a lo que tienen de "invariante”10, sin generalizar la experiencia resulta tan imposible el análisis como la síntesis. En esencia, lo que distingue el análisis de la síntesis radica en otra cosa. Dicha diferencia resultará clara cuando examinemos el problema de la síntesis, cuando expliquemos el papel que ésta desempeña en la cognición.

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(1) Ver C. Marx y F. Engels, Selección de obras juveniles, Gospolitizdat, Moscú, 1956, pág. 570.

(2) Ibídem, pág. 561.

(3) C. Marx y F. Engels, Selección de obras juveniles, pág. 562.

(4) Ibídem, pág. 563.

(5) C. Marx y F. Engels, Selección de obras juveniles. pág. 568.

(6) Ibídem, pág. 569.

(7) C. Marx y F. Engels, Selección de obras juveniles, pág. 571.

(8) C. Marx y F. Engels, Selección de obras juveniles, pág. 570.

(9) The Revolution in Philosophy, London, 1956, pág. 99.

(10) M. Born, en el artículo La realidad física escribe: “Aceptamos el análisis para poder buscar en el torrente de los fenómenos algo constante que es, precisamente, la invariante” (Éxitos de las ciencias físicas, t. LXII, cuad. 2, junio de 1957, págs. 138-139).

Literatura

GABO Y LA «MANERA NUEVA DE PREPARAR GARBANZOS»

Julio Carmona

RECUERDO QUE LA NOTICIA sobre la desaparición física de Gabriel García Márquez, conmovió a unos más que a otros, en este archipiélago de opiniones que es la América Latina. Fue una noticia que generó como reacción en cadena un sinnúmero de textos de toda índole, la mayoría de ellos laudatorios —y bien merecidos— para nuestro afamado poeta (no hay que mezquinarle el título, y al hacerlo estoy obviando los textos reprobatorios). Visto así el panorama, sería redundante referirme en este artículo a sus méritos personales y artísticos. 

Hasta aquí di por concluido el introito a este texto. Pero lo hice antes de que apareciera en librerías su novela póstuma En agosto nos vemos. Y, por supuesto, no voy a tratar de ella aquí, sino de un comentario mezquino y de muy mal gusto cometido por César Hildebrandt. Casi casi llega a trapear el piso con los hijos del novelista por haber tenido el «despropósito» —según él— de publicar esa novela, llegando a la bajeza de sugerir que lo han hecho por móviles crematísticos o pecuniarios (esto me hizo recordar la no menos infeliz conjetura de Antonio Cisneros que, igual, acusaba a Georgette Vallejo por haber publicado los textos escritos para el teatro de su esposo). Pero Hildebrandt llega a decir que, poco menos, es una traición —casi un parricidio— de los hijos de García Márquez, porque —como si diera una primicia— dice el periodista que el mismo Gabo había dicho: «Este libro no sirve. Hay que destruirlo». Cuando los mismos hijos en un breve, pero alturado, introito del libro, reconocen su honda preocupación por haber decidido contravenir a esa «sentencia final» (así la llaman ellos). Y ahí mismo reconocen estar incurriendo «En un acto de traición, [y] decidimos anteponer el placer de sus lectores a todas las demás consideraciones» (incluidas las de los hildebrandts). Yo, como uno de esos lectores complacidos, les agradezco. 

Pero, en este año (2024, en el mes de abril) que se cumplen diez de la desaparición física de Gabo, creo pertinente (y hasta productivo) desarrollar un tema que no he visto que haya sido tratado por otros comentaristas de su obra, y es el siguiente: ¿cuál era el nivel de importancia que Gabriel García Márquez le asignaba a la literatura? Y la respuesta se puede encontrar en muchos de sus escritos. Y es de ahí, obviamente, de donde pienso extraer uno de esos indicios de respuesta a una visión garcíamarqueana de la literatura. Pero adelanto que es una visión contradictoria, mas no porque se niegue a sí misma, sino por su carácter dialéctico, de unidad de contrarios. 

En esta oportunidad, trato de ubicarme en uno de los múltiples asuntos que se desarrollan en el Macondo de Cien años de soledad. Aquel que involucra al grupo de adolescentes que acompañan a un Gabriel que algunos críticos han propuesto como representante del autor (por varios indicios que este da relacionados con otros de su biografía). Es un grupo de amigos que suele visitar al sabio y viejo librero Catalán. Se sabe de este casi al final de la novela, cuando el último Aureliano —Aureliano Babilonia— conversa con el fantasma de Melquíades quien le indica qué es lo que debe hacer para leer su manuscrito: aprender el sánscrito, y le precisa que el libro que ha de enseñarle ese idioma se encuentra en la librería del sabio catalán. Y es este sabio, prototipo del «escritor puro», en el mejor sentido de la expresión, que: «Estuvo media vida en la calurosa trastienda, garrapateando su escritura preciosista en tinta violeta y en hojas que arrancaba de cuadernos escolares, sin que nadie supiera a ciencia cierta qué era lo que escribía», fue él —digo— quien les transmite a los cuatro amigos y a Aureliano Babilonia, en particular, la primera definición de literatura que interesa para mi propósito. Y, precisamente, será Aureliano Babilonia quien la piense, conforme lo expone el narrador: «No se le había ocurrido [a Aureliano Babilonia] pensar hasta entonces que la literatura fuera el mejor juguete que se había inventado para burlarse de la gente (…). Había de transcurrir algún tiempo antes de que Aureliano se diera cuenta de que tanta arbitrariedad tenía origen en el ejemplo del sabio catalán, para quien la sabiduría no valía la pena si no era posible servirse de ella para inventar una manera nueva de preparar los garbanzos 

Y ya en ese convencimiento está el germen de lo que es la literatura para estos personajes (y para su alter ego, Gabriel García Márquez): que es arbitraria y, por ello, con tendencia a lo irreal, lo cual contradice al espíritu del hombre utilitario, quien no se da cuenta de que en esa arbitrariedad se encierra algo importantísimo: seguir preservando la vida, buscándole la novedad, la maravilla, que es su alimento para mantenerse invicta, es decir, para seguir siendo vida. Esta es una interpretación de aquella «manera nueva de preparar garbanzos»; asumirla de manera literal es quedarse en el callejón sin salida del hombre utilitario, aquel que se encorajina con el hijo que lee poesía (o hace dibujos por doquier) y le pronostica el peor de los futuros: «morirse de hambre». 

Y esa doble faz de la literatura de insignificancia/trascendencia, se verá graficada con la acción ya definitiva del sabio catalán. De él se dice que «Su fervor por la palabra escrita era una urdimbre de respeto solemne e irreverencia comadrera. Ni sus manuscritos estaban a salvo de esa dualidad.» Y se refiere que uno de los cuatro amigos de Aureliano Babilonia: «Habiendo aprendido el catalán para traducirlos, Alfonso se metió un rollo de páginas en los bolsillos, que siempre tenía llenos de recortes de periódicos y manuales de oficios raros, y una noche los perdió en la casa de las muchachitas que se acostaban por hambre. Cuando el abuelo sabio se enteró, en vez de hacerle el escándalo temido comentó muerto de risa que aquel era el destino natural de la literatura»; es decir: perderse en el burdel es el destino de la literatura; pero «el burdel» como símbolo de la vida. No en vano el maestro de Gabo (así reconocido por él en su discurso del premio Nobel) William Faulkner decía que el lugar ideal para escribir es el burdel: con un silencio sepulcral en el día y una explosión de vivencias infinitas en la noche. Y ese hecho de que la literatura se pierda en el burdel —es decir: en la vida— equivale a decir que el poeta no se va a desesperar porque su texto sea recordado por otros, sin que figure su nombre, pues eso es solo una muestra de que ha logrado enriquecer la vida, regalándoles a los seres humanos una «manera nueva de preparar los garbanzos». 

Pero la anécdota se completa con la reacción opuesta a aquella, rijosa, del burdel. Leemos: «En cambio, no hubo poder humano capaz de persuadirlo de que no se llevara los tres cajones cuando regresó a su aldea natal, y se soltó en improperios cartagineses contra los inspectores del ferrocarril que trataban de mandarlos como carga, hasta que consiguió quedarse con ellos en el vagón de pasajeros. “El mundo habrá acabado de joderse —dijo entonces— el día en que los hombres viajen en primera clase y la literatura en el vagón de carga”.» 

Lo dicho: esa «urdimbre de respeto solemne e irreverencia comadrera», se puede graficar con las dos caras de Jano, el dios de los romanos, que con su doble rostro evidencia la gemela naturaleza del ser humano; y en el caso la literatura para simbolizar que a Kafka no se le cree que la metamorfosis de su personaje, tal como él lo describe, se pueda dar en la realidad; pero sin mezquinarle importancia —y eso significa interpretar—:esa imagen representa al hombre enajenado de su humanidad; convertido en algo no-humano, en un insecto (ya sea una cucaracha o un escarabajo), aquel ser humano que se ve obligado a buscar su alimento en la basura. 

Y no hay que creerle mucho a la literatura porque también, subliminalmente, puede estar pretendiendo manipular las conciencias, insinuando, por ejemplo, que «toda violencia es mala» —como lo hace Mario Vargas Llosa en su, formalmente buena novela, La guerra del fin del mundo. Cuando —desde la dialéctica— se sabe que la violencia también tiene dos caras: la violencia que aniquila a los seres humanos convirtiéndolos en esclavos del capital, enajenándolos de su ser humano, negándoles su calidad de sujetos, degradándolos al nivel de cosas, de objetos; y el lado opuesto de esa «violencia»: la que esos seres humanos asumen, en una huelga, en una marcha, en la lucha definitiva contra ese sistema criminal. 

No es, pues, tampoco, como propuso Pier Paolo Pasolini, que Cien años de soledad no pasaba de ser una versión indigna de lo literario sin trascender las limitaciones del guion cinematográfico, y menos resultan certeras las insidiosas —y pretendidamente irónicas— críticas que le hiciera Fernando Vallejo, paisano de Gabo, esa especie de «Alonso Fernández de Avellaneda» (aquel que quiso ser el doble de don Miguel de Cervantes), y, en realidad, ambos críticos han pasado por alto esa visión dialéctica de la literatura, y que es sintetizada por la siguiente frase de Gabo: «Un escritor puede escribir lo que le dé la gana siempre que sea capaz de hacerlo creer.» Y este hacerlo creer no es un simple engaño que se le hace al lector; sí es darle algo nuevo para enfrentar la vida: «una manera nueva de preparar los garbanzos.»

CREACIÓN HEROICA