sábado, 1 de agosto de 2020

Movimientos Sociales

ESPINAR RESISTE EN LA DEFENSA DE LAS TIERRAS, FUENTES DE AGUA

Y VIDA DE LOS COMUNEROS.

 

Desde hace 40 años el pueblo de Espinar viene sufriendo la destrucción de sus tierras ancestrales llevando a la casi extinción de las comunidades con el arrebato de sus tierras agrícolas y de pastoreo como consecuencia del saqueo indiscriminado de los recursos naturales por parte de las  Transnacionales, perdiéndose miles de vidas a causa del envenenamiento de los ríos y el aire. Con la instalación de la compañía minera Antapaccay propiedad de la suiza GLENCORE esta situación se ha visto agravada aún más con la apertura del corredor minero que sale desde Apurímac, pasando por las provincias de Chumbivilcas y Espinar en Cusco hasta la costa en Arequipa.

Con el ambicioso proyecto “Antapaccay Expansión Tintaya Integración Coroccohuayco” las comunidades rurales han perdido más del 90% de sus tierras. Hoy día, con la ampliación del proyecto a través de la Modificación del Estudio de Impacto Ambiental (MEIA) promovido por GLENCORE y aprobado por el Servicio Nacional de Certificación Ambiental para las Inversiones Sostenibles (SENACE) la Minera  -con las garantías que le ofrece el Estado- pretende seguir maximizando sus ganancias despojando y expulsando a nuestros comuneros y ampliando el proyecto 25 años sin considerar a las comunidades originarias de Tintaya Marquiri, Huancané Bajo, Alto Huancané, Anta Collana, Cala Cala, Huano Huano, Huarca, Huisa Ccollana, Huisa  y Suero y Cama que se encuentran justo dentro del área de influencia directa e indirecta de la mina, ubicándose frente a ella, cruzando el río salado que divide a las comunidades.

Producto de la lucha del pueblo, la minera Antapaccay aceptó otorgar el 3% de sus utilidades anuales, las cuáles serían destinadas a mejorar las condiciones de vida de los espinarenses mediante “proyectos de desarrollo para fortalecer sus principales actividades productivas” en el marco del Comité de Gestión del Convenio Marco. Sin embargo, lo único que se desarrolló fue la pobreza, contaminación, saqueo y represión al pueblo. A pesar de que en la actual crisis sanitaria, pese a acatar todas las restricciones impuestas en la emergencia sanitaria y cuarentena, las familias de Espinar están al borde del colapso por la carencia de recursos golpeados por la crisis económica y la misma pandemia, situación que los obligó a solicitar a la minera un aporte adicional mediante un bono humanitario de 1 000 soles para cada familia, la minera se opuso tajantemente, con la excusa de que aquel bono no sería el propósito del convenio marco, negándose  a transferir los fondos. Así cuando la población requiere más apoyo, la sed de ganancias de las transnacionales se vuelve más insaciable. A pesar de que el gobierno regional del Cusco, por concepto de regalías, Canon y participaciones ha sido la región con mayores transferencias directas a nivel nacional, ello no se ha traducido en un aumento en el nivel de sus condiciones de vida; sí en cambio en el incremento de las arcas de los gobiernos regionales, provinciales y distritales, potenciando la red de clientela y corrupción que se ha formado en torno al manejo de estos fondos, incluidos los del Convenio Marco.

Ante el justo reclamo del pueblo, el gobierno nacional en vez de intermediar en favor de las comunidades, ha salido en la protección de la minera Antapaccay, enviando a las fuerzas policiales para proteger a la empresa y reprimir con disparos al cuerpo a los comuneros. Los pobladores se han colocado en la carretera de acceso a la mina para impulsar una huelga  indefinida con el propósito de hacer retroceder a la empresa y el gobierno atienda su pedido. Renovemos hace un llamado al pueblo peruano y todas las organizaciones para respaldar la justa y pujante resistencia del pueblo de  Espinar. A la vez responsabilizamos a la minera y el actual gabinete por cualquier tipo de vulneración de la integridad física y la vida de los miembros de las comunidades originarias.

Movimiento Nacional Renovemos

23/07/2020

¡Abajo la  represión contra las comunidades ancestrales!

¡Viva la huelga indefinida del valiente pueblo de Espinar!

¡No a la criminalización de la protesta, abajo el  hostigamiento penal contra los dirigentes!

¡Seguir luchando por la reactivación de la economía familiar del pueblo!

¡El bono universal es un derecho!

¡No a la destrucción de nuestros territorios, fuentes de agua y  vida de los comuneros!

¡Viva el derecho posesorio de las tierras ancestrales!

 

Educación

La Educación en la Comunidad Primitiva*

Aníbal Ponce

LOS TRABAJOS DE MORGAN1 sobre los indios norteamericanos –celebrados por Marx hasta el extremo de inspirarle un libro que apenas si tuvo tiempo de esbozar pero que Engels consiguió, en gran parte, reconstruir2–demostraron la existencia de un comunismo de tribu como origen prehistórico de todos los pueblos conocidos.

        Colectividad pequeña, asentada sobre la propiedad común de la tierra, y unida por vínculos de sangre3, eran sus miembros individuos libres, con derechos iguales, y que ajustaban su vida a las resoluciones de un consejo formado democráticamente por todos los adultos, hombres y mujeres, de la tribu. Lo que se producía en común era distribuido en común e inmediatamente consumido. El escaso desarrollo de los instrumentos de trabajo impedía producir más de lo necesario para la vida diaria, y por lo tanto, acumular.

        Aun en tribus contemporáneas, como en las del sudoeste de Vitoria, ocurre a veces que no hay más instrumento de producción que una grosera hacha de piedra. Con semejantes recursos se comprende que la tribu gastara las horas de cada día en reemplazar a duras penas lo que en el día anterior había consumido. Si el nivel de una sociedad se aprecia por el dominio que ha logrado sobre la naturaleza, es evidente que el nivel de las comunidades primitivas no podía ser más inferior. Esclava de la naturaleza, la comunidad persistía pero no adelantaba.

* * *

 La ejecución de determinadas tareas que un solo miembro no podía realizar impuso precozmente un comienzo de división del trabajo de acuerdo a las diferencias entre los sexos, pero sin el más mínimo sometimiento de parte de las mujeres. Como bajo el mismo techo eran muchos los que vivían –a veces, la tribu íntegra– la dirección de la economía entregada a las mujeres no era como entre nosotros un asunto privado, sino una verdadera función pública, socialmente tan necesaria como la de proporcionar los víveres a cargo de los hombres. Entre los bosquimanos actuales, por ejemplo, las mujeres no sólo cuidan del campamento sino que recogen además las larvas, hormigas, langostas, etc., que forman parte de su alimentación, y son tan conscientes de la igualdad de sus derechos con el hombre que, según cuenta Paul Descamps, no dan hormigas a sus esposos cuantas veces fracasan éstos en las cacerías...4

        Si en la comunidad primitiva las mujeres estaban con respecto a los hombres en un mismo plano de derechos5, los niños no les iban a la zaga. Hasta los siete años, a partir de los cuales debía ya vivir a sus expensas, el niño acompañaba a los adultos en todos los trabajos, los compartía en la medida de sus fuerzas y recibía como recompensa iguales alimentos que los otros. La educación no estaba confiada a nadie en especial, sino a la vigilancia difusa del ambiente. Gracias a una insensible y espontánea asimilación de su contorno, el niño se iba conformando poco a poco dentro de los moldes reverenciados por el grupo. La diaria convivencia con el adulto le introducía en las creencias y las prácticas que su medio social tenía por mejores. Desde las espaldas de la madre, colgado dentro de un saco, asistía y se entremezclaba a la vida de la sociedad, ajustándose a su ritmo y a su norma, y como la madre marchaba sin cesar de un lado para otro y la lactancia duraba varios años, el niño adquiría su primera educación sin que nadie lo dirigiera expresamente6.

        Más adelante, los adultos explicaban a los niños, cuando las ocasiones lo exigían, cómo debían conducirse en determinadas circunstancias. En el lenguaje grato a los educadores de hoy, diríamos que en las comunidades primitivas la enseñanza era para la vida por medio de la vida: para aprender a manejar el arco, el niño cazaba; para aprender a guiar una piragua, navegaba. Los niños se educaban participando en las funciones de la colectividad. Y porque participaban en las funciones sociales se mantenían, no obstante las diferencias, a un mismo nivel que los adultos.

        Durante el aprendizaje, los niños no eran nunca castigados. “Se los deja crecer con todas sus cualidades y defectos. Los niños son mimados por la madre, y si en algún momento de impaciencia llegan a ser castigados, el padre a su vez castiga a la impaciente”7. Entregados a su propio desarrollo –o bildung, como dirían siglos más tarde Goethe y Humboldt–, los niños no dejaban por eso de convertirse en adultos acordes con la voluntad impersonal de su ambiente: adultos tan idénticos a todos los otros miembros de la tribu que Marx decía con justicia que aún se encontraban ligados a la comunidad, por un verdadero “cordón umbilical”8.

        Este hecho me parece de una importancia tal como para merecer que nos detengamos un instante. Si los padres dejaban a los niños en completa libertad, ¿cómo todos los adultos resultaban después idénticos? Si no existía ningún mecanismo educativo especial, ninguna “escuela” que imprimiera a los niños una mentalidad social uniforme, ¿en virtud de qué la anarquía de la infancia se transformaba en la disciplina de la madurez? Estamos tan acostumbrados a identificar la Escuela con la Educación y a ésta con el planteo individualista en que intervienen siempre un educador y un educando, que nos cuesta no poco reconocer que la educación en la comunidad primitiva era una función espontánea de la sociedad, en un conjunto a igual título que el lenguaje o la moral. Y así como resulta evidente que el niño no debe concurrir a ningún instituto para aprender a hablar, debe resultarnos no menos evidente que en una sociedad en la cual la totalidad de los bienes están a disposición de todos, puede bastar la silenciosa imitación de las generaciones anteriores9 para ir llevando hacia un mismo cauce común las inevitables desigualdades en los temperamentos.

        ¿Diremos, por eso, que el primitivo no recibía una educación de acuerdo a su “naturaleza”? Si por “naturaleza” se quiere expresar la “esencia” del hombre tal como aparecería al substraerlo de las influencias sociales, salta a los ojos lo absurdo de la pregunta. Jamás, en ningún momento, se ha dado un hombre con tales condiciones. El hombre en cuanto es hombre es social, es decir, está siempre modelado y configurado por un ambiente histórico, del cual es imposible desprenderlo.

        El hombre de las comunidades primitivas, tenía, él también, su concepción del mundo, aunque nunca la hubiera formulado expresamente. Esa concepción del mundo, que a nosotros nos parece pueril, reflejaba, por un lado, el ínfimo dominio que el primitivo había alcanzado sobre la naturaleza, y por el otro, la organización económica de su tribu, estrechamente vinculada a ese dominio. Puesto que en la organización de la comunidad primitiva no se conocían ni rangos ni jerarquías, el primitivo supuso que la Naturaleza estaba organizada en igual forma: su religión fue por eso una religión sin dioses. Los primitivos creían, en efecto, en fuerzas difusas que impregnaban a todo lo existente, de la misma manera como las influencias sociales impregnaban a todos los miembros de la tribu10.

        De esa concepción del mundo –la única posible en una sociedad rudimentaria en que todos los miembros ocupaban un sitio igual en la producción– derivaba lógicamente el ideal pedagógico al cual los niños debían ajustarse. El deber ser, en el cual está la raíz del hecho educativo, les era sugerido por su medio social desde el momento mismo de nacer. Con el idioma que aprendían a hablar recibían una cierta manera de asociar o de idear; con las cosas que veían y con las voces que escuchaban, se impregnaban de las ideas los sentimientos elaborados por las generaciones anteriores, se sumergían de manera irresistible en un orden social que los influenciaba y los moldeaba. Nada veían, nada sentían sino a través de las maneras consagradas en su grupo. Su conciencia era un fragmento de la conciencia social, y se desenvolvía dentro de ella. De modo tal que antes de que el niño bajara de las espaldas de la madre había recibido, de manera confusa todavía, pero con relieves ponderables, el ideal pedagógico que su grupo consideraba fundamental para la propia existencia. ¿En qué consistía ese ideal? En adquirir, hasta hacerlo imperativo como una tendencia orgánica, el sentimiento profundo de que no había nada, absolutamente nada, superior a los intereses y a las necesidades de la tribu11.

        Si deseáramos ahora ir marcando jalones que serán decisivos para el desarrollo de este curso, podríamos decir que en una sociedad sin clases, como la comunidad primitiva, los fines de la educación derivan de la estructura homogénea del ambiente social, se identifican con los intereses comunes al grupo y se realizan igualitariamente en todos sus miembros de manera espontánea e integral: espontánea en cuanto no existe ninguna institución destinada a inculcarlos; integral en cuanto cada miembro se incorpora más o menos bien todo lo que en dicha comunidad es posible recibir y elaborar.

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Este concepto de la educación como una función espontánea de la sociedad mediante la cual la prole se asemeja a los adultos12, exacto en la comunidad primitiva, dejó de serlo en cuanto la comunidad primitiva se fue transformando lentamente en sociedad dividida en clases13.

        La aparición de las clases sociales tuvo probablemente un doble origen: el escaso rendimiento del trabajo humano y la sustitución de la propiedad común por la propiedad privada14.

        1º) Dijimos ya que en la comunidad primitiva una rudimentaria división del trabajo distribuyó precozmente las tareas de acuerdo con el sexo y con la edad. Pero no quedaron ahí las diferencias. La distribución de los productos, la administración de la justicia, la dirección de la guerra, la inspección del régimen de riego, etc., exigieron poco a poco ciertas formas de trabajo social algo diferentes del trabajo propiamente material. Con las rudimentarias técnicas de entonces, era éste de tal modo agotador que el individuo que se dedicaba al cultivo de la tierra, pongamos por caso, no podía desempeñar al mismo tiempo ninguna de las otras funciones que exigía la vida de la tribu. La aparición, pues, de un grupo de individuos liberados del trabajo material era una consecuencia inevitable de la ínfima productividad de la fuerza humana de trabajo15.

        Aunque bajo la tutela de la comunidad, puesto que no se les reconocía ninguna preeminencia, los “funcionarios” que recibieron en custodia determinados intereses sociales, derivaron de estos últimos una cierta exaltación de poderes. El encargado de distribuir los víveres, por ejemplo, disponía de algunos hombres que cuidaban de los depósitos, y no es difícil concebir de qué manera su relativa preeminencia se fue convirtiendo en una verdadera hegemonía. Importa a nuestro objeto destacar, sin embargo, que las clases sociales que llegaron a ser después “privilegiadas”, empezaron desempeñando funciones útiles. Su relativa supremacía fue al principio un hecho libre y admitido, de origen en cierto modo espontáneo. Cualquier desigualdad de inteligencia, de habilidad o de carácter justificaba una diferencia que podía a la postre engendrar un sometimiento.

        En el puño de una maza milenaria encontrada en Hierakonpolis (Egipto), hay una figura de rey excavando un canal de riego con sus propias manos16, y si se examinan con alguna atención los más viejos cantos de la literatura egipcia se verá siempre que el faraón es celebrado como el que riega y cultiva. La íntima relación del rey de Egipto con la agricultura nos demuestra cómo sus funciones derivaron en gran parte de la necesidad de centralizar el control de los riegos. Cuanto más se extendió la práctica de represar las aguas, más se debió acentuar la urgencia de un organismo que tuviera a su cargo la difícil misión de dirigir y controlar, pues la apertura de las compuertas a destiempo podía hacer que las aguas descendieran antes de la saturación adecuada de los terrenos altos, y destruyeran, de pasada, las defensas a menor nivel. Tareas complicadas, sin duda alguna, que exigían una vasta experiencia, y un exacto conocimiento del calendario solar.

        Lo que dijimos del guardián de los víveres, lo que acabamos de decir del director de los riegos, se aplica en igual forma a los otros funcionarios que representaban a la tribu en su diario contacto con los poderes misteriosos. Las fuerzas místicas que el primitivo suponía en las cosas y en los seres, tenían el carácter caprichoso y el humor difícil. Complicadas ceremonias y ritos precisos eran por eso como las antecámaras ineludibles por las cuales se debía atravesar para abordarlas17. Un “funcionario” –sacerdote, médico y mago- tan necesario como los demás, aconsejaba, protegía y curaba a los hombres de la tribu. Como en los otros funcionarios, también, asomaba en él ese nuevo rasgo que se irá acentuando más en la comunidad que se transforma: la dirección del trabajo se separa del trabajo mismo; las fuerzas mentales de las fuerzas físicas.

        2º) Pero esta división de la sociedad en “administradores” y “ejecutores” no hubiera conducido a la formación de las clases tal como hoy las conocemos, si otro proceso paralelo no se hubiera realizado al mismo tiempo. Las modificaciones introducidas en la técnica –especialmente, la domesticación de los animales y su aplicación a la agricultura como auxiliares del hombre–, acrecentaron de tal modo las fuerzas del trabajo humano que la comunidad empezó a crear desde entonces más de lo necesario para su propio sustento. Un excedente de productos apareció así; el intercambio de los mismos hasta entonces exiguo18, adquirió un vuelo que fue subrayando necesariamente las diferencias de “fortuna”. Cada uno de los productores, aligerado un poco de trabajo, se dio a producir no sólo para sí, sino también para cambiar con las tribus vecinas. La posibilidad del ocio apareció por vez primera: ocio fecundo, henchido de consecuencias remotísimas que no sólo permitió fabricar otros instrumentos, buscar materias primas, sino reflexionar además sobre esas técnicas, es decir, crear los rudimentos más groseros de los que se llamará después, ciencia, cultura, ideologías.

        El trabajo del hombre, al aumentar su rendimiento, adquirió cierto valor. En otros tiempos, cuando la producción era exigua y el cultivo consistía, por ejemplo, en sembrar algunos granos después de arañar la tierra entre la cepa de los árboles cortados19, el aumento de la natalidad era severamente reprimido20, y tan incapaz se mostraba la comunidad para asegurar la alimentación de sus miembros más allá de cierto número, que cuando una tribu vencía a otra se apoderaba de las riquezas pero exterminaba a la totalidad de los enemigos, porque incorporarlos a la propia tribu hubiera sido para ella una catástrofe. Mas tan pronto como el bienestar de la tribu se acentuó bajo el impulso de las nuevas técnicas, los prisioneros de guerra empezaron a ser apetecidos, y por eso se les dejó vivir, a condición de que se convirtieran en esclavos. Cuanto más crecían los ganados más aumentaba también la demanda de individuos que los cuidaran, y como la reproducción de aquellos es más rápida que la de la especie humana es evidente que la tribu con su propia natalidad no podía satisfacer a esa exigencia21. Incorporar individuos extraños a la tribu para hacerlos trabajar dentro de ella, era ahora, al mismo tiempo, necesario y posible.

        Inútil decir que el trabajo con esclavos aumentó el excedente de productos de que la colectividad disponía y que los “administradores”, como representantes de ella, intercambiaban con tribus vecinas o lejanas. Las cosas continuaron así hasta que las funciones de los “organizadores” se volvieron hereditarias y la propiedad común de la tribu –tierras y ganados– pasó a ser propiedad privada de las familias que la administraban y defendían. Dueñas de los productos a partir de ese momento, las familias dirigentes se encontraron al mismo tiempo, dueñas de los hombres22.

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Semejante transformación tiene para nosotros una importancia grande. En la sociedad primitiva la colaboración entre los hombres se fundaba en la propiedad común y en los vínculos de sangre; en la sociedad que comenzó a dividirse en clases, la propiedad se hizo privada y los vínculos de sangre retrocedieron ante el nuevo vínculo que la esclavitud inauguró: el que engendra el poder del hombre sobre el hombre. Desde ese instante los fines de la educación dejaron de ir implícitos en la estructura total de la comunidad. O para decirlo en otra forma: con la desaparición de los intereses comunes a todos los miembros iguales de un grupo y su substitución por intereses distintos, poco a poco antagónicos, el proceso educativo hasta entonces único se escindió; la desigualdad económica entre los “organizadores” –cada vez más explotadores– y los “ejecutores” –cada vez más explotados– trajo necesariamente la desigualdad en sus educaciones respectivas. Las familias directoras que organizaban la producción social y tenían en sus manos la distribución y la defensa, organizaron y distribuyeron también, según sus intereses, no sólo los productos, sino los ritos, las creencias y las técnicas que los miembros de la tribu debían recibir. Liberadas del trabajo material, su ocio no fue al principio ni estéril ni injusto. Con los instrumentos rudimentarios de la época no se podía concebir que alguien se entregara a funciones necesarias, pero no productivas, sino a condición de que otros muchos trabajaran por él. Pero si la aparición de las clases sociales era una consecuencia inevitable de la productividad escasa de la fuerza humana de trabajo, no es menos cierto que los que se libertaron del trabajo material aprovecharon la ventaja para defender su situación: cerrando sus conocimientos en vista de prolongar la incompetencia de las masas, y de asegurar al mismo tiempo, la estabilidad de los grupos dirigentes.

        En los primeros tiempos de la comunidad primitiva cualquiera podía ser, momentáneamente, juez o jefe; ahora que la estructura social empezaba a complicarse se requerían para determinadas funciones ciertos conocimientos que los poseedores empezaron a apreciar como fuente de dominio. Los allegados a cada uno de los “organizadores” tenían evidentemente sobre los demás una mayor facilidad para aprender esa misión. Por tal motivo, los funcionarios representantes de los intereses comunes solían ser elegidos dentro de una misma familia. Cada “organizador” educaba a sus parientes para el desempeño de su cargo, y predisponía al resto de la colectividad para que los eligieran23. Con el tiempo esa elección se hizo innecesaria: los “organizadores” designaban a quienes debían sucederles, y en esa forma, las funciones directrices se volvieron patrimonio de un grupo reducido que defendía celosamente sus secretos. Para los desposeídos, el saber del vulgo; para los poseedores, el saber de iniciación.

        Las ceremonias de la iniciación constituyen el primer esbozo de un proceso educativo diferenciado, y por lo mismo ya no espontáneo sino fuertemente coercitivo. Representan el rudimento de los que será después, la escuela al servicio de una clase. Los magos, los sacerdotes, y los sabios –depositarios, primero; dueños, después, del saber de la tribu- asumen poco a poco, junto a la función general de consejeros, la otra más restringida de iniciadores. Cada tribu ha ido recogiendo a través de los años una larga experiencia que fue cristalizada en tradiciones y mitos. Mezcla caótica de saber auténtico y de supersticiones religiosas constituía, tal como era, el reservorio espiritual que protegía al grupo no sólo en su lucha contra la naturaleza sino también contra los grupos rivales. En las ceremonias de la iniciación, los sacerdotes explicaban a los más selectos de los jóvenes de la clase dirigente el significado oculto de esos mitos y la esencia de esas tradiciones. Pruebas rudas, dolorosas, a veces mortales, las precedían y acompañaban con la intención de poner a prueba el temple de los futuros directores y subrayar de manera impresionante24 el carácter intransferible de lo enseñado.

        Desde el punto de vista educativo, iniciados y no iniciados están desde entonces a niveles bien distintos, y aun dentro de la misma clase superior lo está también el niño con respecto al adulto. No sólo recibe ya desigual enseñanza, sino desigual alimento. La jerarquía según la edad se acompaña también de una sumisión autoritaria que destierra el tratamiento benévolo a la infancia y abre paso a la reprimenda y los castigos.

        Cuando la comunidad primitiva no se había aún dividido en clases, cuando la vida social era siempre igual a sí misma y difería poco de individuo a individuo, la misma simplicidad de las prácticas morales las colocaba sin esfuerzo sobre el camino del hábito, haciendo innecesaria la disciplina. Pero ahora que las relaciones de dominio a sumisión han entrado en la tribu; ahora que la vida social se ha complicado hasta diferir bastante de individuo a individuo según el lugar que cada uno ocupa en la producción, resulta evidente también que ya no es posible entregar la educación de los niños a la espontánea dirección de su contorno. Sobre 104 sociedades primitivas que el etnógrafo Steinmetz ha estudiado sólo en 13 la educación era severa. Pero lo interesante es comprobar que esos trece pueblos estaban relativamente más civilizados que los otros25.

        La educación sistemática, organizada y violenta comienza en cuanto la educación pierde su primitivo carácter homogéneo e integral26.

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        La primitiva concepción del mundo como una realidad, mística y natural a la vez, por la cual circulan fuerzas difusas, es reemplazada ahora por otra concepción en la cual se refleja la misma idea de rango que ha aparecido en la estructura económica de la tribu: dioses dominadores y creyentes sumisos dan un matiz original a las nuevas creencias de la tribu. Creencias tan directamente ligadas a la esencia de las clases sociales, que la prolongación de la vida más allá de la tumba –común a todos al principio- se vuelve más tarde un privilegio de los nobles27.

        Privilegio, ni que decirlo, que la educación impuesta por los nobles tiene a su cargo difundir y reforzar. Una vez constituidas las clases sociales se vuelve un dogma pedagógico su conservación, y cuanto más la educación conserva lo establecido más se la juzga adecuada. Todo lo que inculca no tiene ya como antes la finalidad del bien común, sino en cuanto es “bien común” puede ser una premisa necesaria para mantener y reforzar a las clases dominantes. Para éstas las riquezas y el saber; para las otras, el trabajo y la sumisión.

        El hecho se repite, con una regularidad impresionante, en los orígenes de todas las culturas hacia las cuales dirigimos nuestros ojos; lo mismo entre los polinesios, que entre los incas, que entre los chinos. Cuenta Letourneau que en los archipiélagos de la Polinesia, los primeros europeos que llegaron oyeron decir a los miembros privilegiados de la tribu, “que les parecía muy bien instruir a sus propios hijos, pero que en lo relativo a los hijos del pueblo, destinados a vivir siempre en estado servil y a no tener por lo tanto ni propiedad ni servidores, la instrucción era absolutamente inútil”28. ¿Qué otra cosa pensaban las clases dirigentes de los incas cuando confesaban por boca de Yupac Yupanqui que no es lícito que se enseñen a los hijos de los plebeyos las ciencias que pertenecen a los nobles para que así “gentes bajas no se eleven y ensoberbezcan y menoscaben y apoquen la república; bástele que aprendan los oficios de sus padres, que el mandar y gobernar no es de plebeyos y que es hacer agravio al oficio y a la república, encomendársele a gente común”?29. ¿No es acaso también la misma voz que había resonado, varios siglos atrás, entre los sabios taoístas de la China para quienes no se debía dar al populacho el saber que suscita los deseos, mas sí procurarles “músculos sólidos y voluntad escasa, estómago satisfecho y corazón vacío”?30

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Siguiendo de modo paralelo a la transformación de la propiedad, la situación social de la mujer sufrió también un vuelco. En la comunidad primitiva, en que imperaba el matrimonio por grupos o el matrimonio fácilmente disoluble, la paternidad era naturalmente difícil de reconocer, y la filiación, por eso, se transmitía por el lado de la madre. El matriarcado acompaña siempre a esas formas de comunidades asentadas en la propiedad común del suelo. Pero cuando la domesticación de los animales trajo un aumento en la riqueza social, sabemos ya que la propiedad privada fue desalojando a la colectiva: las tierras fueron repartidas entre los “organizadores”, y una multitud de transformaciones resultó de ese hecho. Para asegurar la perpetuidad de la riqueza privada a través de las generaciones y en beneficio exclusivo de los propios hijos –no de los hijos de todos como hubiera ocurrido si el matriarcado hubiera substituido- la filiación paterna reemplazó a la materna, y una nueva forma de familia, la monógama, apareció en el mundo. Con ella la mujer pasó a un segundo plano, y quedó encerrada en funciones domésticas que dejaron de ser sociales. La mujer había estado en igualdad de derechos con el hombre cuando desempeñaba como éste funciones útiles a la comunidad; perdió esa igualdad y entró a la servidumbre en cuanto quedó adscripta al cuidado del esposo y de los hijos, y segregada por lo mismo del trabajo productivo social. Su educación pasó a ser una educación apenas superior a la de un niño.

        En esa la familia patriarcal, que se organizó sobre la base de la propiedad privada, Marx señaló con agudeza que estaban ya en minúsculo todas las contradicciones de nuestro mundo de hoy: un esposo autoritario que representa a la clase que oprime, y una esposa sumisa que representa a la clase oprimida.

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Antes de abandonar la educación de este “hombre primitivo” en el momento de su transición al “hombre antiguo”, señalemos como rasgo que nos interesa en especial, esta observación de gran valor: en el instante en que aparece la propiedad privada y la sociedad de clases, vemos asomar también como consecuencias necesarias la religión con dioses, la educación secreta, la autoridad del padre, la sumisión de las mujeres y los niños, la separación entre trabajadores y los sabios. Sin dejar todavía de prestar funciones socialmente útiles, la administración de las cosas se ha transformado en opresión de los hombres; la función de dirección en poder de explotación. Los defensores armados de las obras de riego o de los depósitos de víveres pasaron a ser los servidores armados del patriarca, del rey, o del “saquem”. El soberano y su familia, los funcionarios y los magos, los sacerdotes y los guerreros formaron desde entonces una clase compacta con intereses comunes opuestos en gran parte a los intereses del grupo.

        Algo hacía falta, sin embargo: una institución que no sólo defendiese la nueva forma privada de adquirir riquezas frente a las tradiciones comunistas de la tribu, sino que legitimase y perpetuase la naciente división en clases, y el “derecho” de la clase poseedora a explotar y dominar a los desposeídos. Esa institución era el Estado y apareció31.

        Instrumento poderoso en manos de la clase explotadora, el Estado tuvo en el jefe supremo su representante y su cumbre. Estaba en interés de los poseedores revestirlo de un nimbo religioso. Guerreros y escribas, sacerdotes y artistas –cada cual en lo suyo– contribuyeron a crearlo; y aunque ellos, personalmente, no tenían la más mínima duda sobre la naturaleza del gran jefe, y no vacilaban en echarlo abajo cuantas veces lo vieran inservible o cobarde –como hicieran los chancas de nuestra América con el inca Urco, hijo del Sol32– no es menos cierto que fomentaban bajo todas las formas la sumisión supersticiosa de la plebe. Desde la pirámide imponente a la ceremonia pomposa todo confluía a reforzar ese prestigio, y a infundir en el alma de las masas el carácter divino de las clases poseedoras. Crecían éstas, por entonces, de los medios poderosos de que disponen hoy sus herederos: del diario de seis ediciones que se desparrama por millares; del cable telegráfico que sólo transmite de un hemisferio a otro las únicas noticias que pueden servir sus intereses. Pero los detalles en apariencia más triviales se cargaban aun en las sociedades más alejadas de las nuestras, con un intenso significado de dominio. Las creencias en la superioridad de las clases dirigentes se marchitarían, en efecto, si no fueran periódicamente reavivadas. Un minucioso observador de los actuales aborígenes del noroeste de la Melanesia, el profesor Malinowski, de la Universidad de Londres, nos cuenta esta escena que él mismo ha presenciado: “El ceremonial, importante y complejo –dice–, que acompaña las manifestaciones de respeto para con las gentes de calidad, reposa sobre la idea de que un hombre de noble linaje debe permanecer siempre en un nivel físicamente superior al de las gentes que no son de su clase. En presencia de un noble todo hombre de clase inferior debe bajar la cabeza, o inclinarse hacia adelante, o arrodillarse, según el grado de su inferioridad. Bajo ningún pretexto se debe levantar la cabeza de manera que sobresalga por encima de la del jefe. La casa del jefe se encuentra guarnecida de pequeños estrados; durante las reuniones de la tribu, el jefe se sitúa en uno de ellos, y todos los asistentes circulan libremente, manteniéndose siempre en un nivel inferior al suyo. Cuando un plebeyo tiene que pasar ante un grupo de nobles sentados en tierra, debe gritarles desde lejos: ¡tokay! (de pie); inmediatamente los jefes se ponen de pie, mientras el otro pasa arrastrándose ante ellos. Pudiera creerse que, dada la complicación harto embarazosa de ese ceremonial, las gentes habrían de sentirse frecuentemente tentadas de sustraerse a él. No hay tal. No pocas veces me aconteció, hallándome sentado en la aldea conversando con el jefe, el ver a éste levantarse instantáneamente al oír gritar: ¡tokay!, cosa que se repetía cada cuarto de hora, poco más o menos, obligando al jefe a levantarse y permanecer de pie, mientras el plebeyo pasaba lentamente, inclinado hasta el suelo”33.

        Mas no sólo las ceremonias del protocolo contribuían a educar a las masas en la mansedumbre y el respeto. La religión, el arte y la sabiduría las hipnotizaban diariamente con una misma apoteosis de las clases gobernantes. No sólo existía una escritura sagrada y otra profana, una música de los grandes y otra de los miserables, una inmortalidad para aquellos y una mortalidad para éstos, sino que hasta el dibujo del cuerpo humano variaba de acuerdo al rango social de la figura. Uno de los más grandes egiptólogos modernos, Ehrmann, asegura que los pintores egipcios representaban a los simples mortales empleando una técnica naturalista, mientras que estilizaban en cambio, el cuerpo de los poderosos; el pecho amplísimo, por ejemplo, era un rasgo que sólo estaba permitido en los dibujos de los nobles, y tan alto sentido debía tener en su intención social, que el dibujante no disminuía esas proporciones ni aun cuando la perspectiva lo exigiera34.

        Para comprender de qué manera la educación impartida por la clase dominante sofocaba con sus recursos variados las posibles rebeldías de las clases dominadas, ya hemos visto cómo actuaban la religión y el arte. Pero como a nosotros nos interesa, en especial, la conducta de los “consejeros” e “iniciadores” de la tribu, escojamos un hecho que nos deje bien grabado al final de esta clase cómo la sabiduría unió sus destinos, desde temprano, al destino de las clases opresoras. Saben ustedes que en Egipto, un dispositivo, admirable para la época, llamado nilómetro, permitía conocer con bastante exactitud el crecimiento de las aguas del río y pronosticar el volumen de la futura cosecha. De acuerdo a esos informes, mantenidos en secreto, los sacerdotes aconsejaban a los labradores. Las clases inferiores recibían así un servicio extraordinario que la propia ignorancia en que vivían, determinada por un trabajo sin descanso, hubiera sido incapaz de realizar. Pero aquel nilómetro servía además a las clases dirigentes, de dos maneras que convergían a lo mismo. Por un lado, cuanto más abundante se anunciaba la cosecha tanto más la autoridad redoblaba los impuestos35. Por otro lado, aquellas indicaciones precisas sobre la inminencia del crecimiento de las aguas –que sólo la autoridad estaba en condiciones de poseer- prestaban al soberano el ascendiente de las divinidades: en el momento oportuno el faraón arrojaba al Nilo sus órdenes escritas, y entonces -¡oh!, entonces- las aguas obedientes empezaban a subir...

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(*) Aníbal Ponce, Educación y lucha de clases. Capítulo I: La educación en la comunidad primitiva. Ediciones El viento del mundo, Buenos Aires, quinta edición, 1973.

(1) Morgan: La Sociedad primitiva, traducción castellana en dos volúmenes, edición de la Universidad de La Plata, Argentina, 1935.

(2) Engel: El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado, editorial “Claridad”. Buenos Aires. En el prólogo a la primera edición de 1884 decía Engels que su libro venía a ser la ejecución de un testamento, en cuanto trataba de suplir a duras penas y sobre notas de Marx, el libro que éste no pudo terminar.

(3) La palabra gens con que Morgan designaba a esas comunidades, significa “engendrar”, y alude al carácter de un grupo que se jacta de una ascendencia común.

(4) Descamps: Etat social des peuples sauvages, p. 129, editor Payot, París, 1930.

(5) “Una de las ideas más absurdas que nos ha transmitido la filosofía del siglo XVIII es la de decir que en el origen de la sociedad la mujer fue la esclava del hombre. Entre todos los salvajes y entre todos los bárbaros de los estados medio e inferior, en gran parte hasta entre los del estado superior, la mujer no sólo tiene una posición libre sino también muy considerada”. Engels: Origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado, pág. 46.

(6) Letourneau: L’evolution de l’education dans les diverses races humaines, aditores Vigot freres, pá. 39, París, 1898.

(7) Descamps: ob. cit., pág. 82.

(8) Marx: El capital, tomo I, pág. 54, traducción de Justo, editor Marinoni, Buenos Aires, 1918, segunda edición.

(9) “Bajo el régimen de tribu la educación tiene por característica esencial el ser difusa y suministrada por todos los miembros del clan indistintamente. No hay maestros determinados ni inspectores especiales para la formación de la juventud: son todos los ancianos, es el conjunto de las generaciones anteriores las que desempeñan ese papel”. Durkheim: Education et Sociologie, pág. 31. editor Alcan, Páris, segunda edición.

(10) Creo innecesario recordar aquí los trabajos clásicos de Durkheim Levy-Bruhl y su escuela. Confirman ampliamente las interpretaciones marxistas, tal como Bujarin lo ha indicado. La théorie du materialisme historique, pág. 218 “Editions Sociales Internationales”, París, 1927.

(11) En la sesión del 2 de junio de 1929, en la Sociedad Francesa de Filosofía, con motivo de la discusión a propósito del “alma primitiva”, Levy-Bruhl destacó bien que en las sociedades “inferiores” la unidad fundamental “no está en el individuo sino en el grupo del cual se siente formar parte. En algunas sociedades esta solidaridad toma un carácter casi orgánico”. Ver Bulletin de la Societé Francaise de Philosophie, agosto-septiembre de 1929. Claro está que en esas condiciones es absurdo hablar de “subordinación del individuo a la sociedad” como hacen muchos –Aupiais entre ellos-, por la simple razón de que la noción de individuo no se ha formado todavía.

        Marx tenía razón pues, cuando decía que “al principio de la civilización no son personas particulares, sino familias, tribus, etc., las que están unas enfrente de otras” (ver El Capital, tomo I, pág. 289, de la traducción de Justo), aunque se equivocaba al creer que la familia fue anterior a la tribu, como él mismo lo reconoció después.

(12) Ernesto Kriech ha dedicado páginas enteras a la educación espontánea que brota de la convivencia. Ver Bosquejo de la ciencia de la educación, edición de la “Revista Pedagógica”, Madrid, 1928, páginas 29, 34, 67. Su incomprensión del marxismo le ha impedido, sin embargo, desenvolver con exactitud su pensamiento. Cuanto ha dicho sobre la influencia de la “comunidad”, inobjetable si se refiere a la comunidad primitiva, carece de valor para las comunidades no homogéneas como son todas las sociedades divididas en clases. Exactamente lo mismo puede decirse de Wynechen y Durkheim, aunque el último haya sospechado las diferencias de educación según las clases.

(13) El capítulo LII de El capital, (tomo XIV, págs. 219-221 de la traducción de Monitor), lleva por títulos “Las Clases” y en él se planteaba Marx esta pregunta: ¿Qué es lo que forma una clase? Sabido es que, por desdicha, el manuscrito de El Capital quedó ahí interrumpido.

        Bujarin define las clases sociales como “un conjunto de personas que desempeñan una misma función en la producción y que tienen en la producción idénticas relaciones con las personas y los medios de trabajo”. (Le materialisme historique, pág. 299).

        De manera más didáctica y expresiva, Lenin ha definido las clases sociales en la siguiente forma: “¿Qué son las clases en general? Es lo que permite a una fracción de la sociedad apropiarse del trabajo de la otra. Si una fracción de la sociedad se apropia todo el suelo, tenemos la clase de los propietarios de la tierra y la clase campesina. Si una fracción de la sociedad posee las usinas, las acciones y los capitales, mientras la otra trabaja en las usinas, tenemos la clase de los capitalistas y la clase de los proletarios”. (Discurso en el III Congreso Panruso de la Unión de las juventudes comunistas, el 4 de octubre de 1920. Publicado en Lenin y la Juventud, edición del Secretariado Sudamericano de la Internacional Juvenil Comunista. Buenos Aires, 1929).

(14) Ver Engels: Anti Duhring, págs. 190 y 308, traducción de W. Roces, editorial Cenit, Madrid, 1932. En igual sentido, Bujarin, La théorie du materialisme historique, pág. 309.

(15) “Sólo cuando los hombres se han levantado de su primitivo estado animal y su trabajo ya está, por lo tanto, asociado en cierto grado, sobrevienen relaciones en que el sobretrabajo del uno es la condición de la existencia del otro. Al principio de la civilización, las fuerzas productivas adquiridas por el trabajo son pocas, pero también lo son las necesidades, que se desarrollan junto con los medios de satisfacerlas. Además, la proporción de la parte social que vive del trabajo ajeno, respecto de la masa de los productores inmediatos, es en esos principios insignificante”, Marx, El Capital, tomo I, pág. 395, traducción de Justo. El subrayado es mío.

(16) Gompertz: La panera de Egipto, pág. 86, editorial Granada, Madrid. Los primitivos reyes pastores de los chinos eran también “los reguladores del tiempo”. Ver Richard Wilhelm: Histoire de la civilisation chinoise, pág. 67, traductor Lepaje, editor Payot, París, 1931.

(17) Robinson: Introductin a l’historie des religions, pág. 25-26 traductor Georges Roth, editor Payot, París, 1929.

(18) “El cambio de mercancías principia allí donde las comunidades terminan: en sus puntos de contacto con comunidades extrañas o con miembros de comunidades extrañas. Pero una vez que para la vida exterior las cosas se transforman en mercancías, por contragolpe se transforma también en ellas para la vida comunal interna… Entre tanto, la necesidad de objetos de uso extranjero va poco a poco arraigándose. La continua repetición del cambio hace de él un proceso social regular. Con el transcurso del tiempo, por lo menos una parte de los productos es producida intencionalmente a los fines del cambio. Desde ese momento… se consolida la separación entre la utilidad de las cosas para la necesidad inmediata y su utilidad para el cambio: su valor de uso se separa de su valor de cambio”. Marx, El Capital, tomo I, pág. 60, traducción de Justo.

(19) Así sembraban maíz los indios de Norteamérica cuando llegaron los conquistadores. No mucho más perfecta era la “taklla” que usaban los incas, para cavar el suelo apoyando el pie sobre unos palos en cruz.

(20) Descamps. Ob. cit., pág. 45.

(21) Engels: Origen de la familia, de la propiedad y del Estado, págs. 51-52.

(22) “Ese remanente de un fondo social de producción y de reserva, base de todo progreso social, político e intelectual, pasó a ser patrimonio de una clase privilegiada que obtuvo en ese mismo momento y por ese medio la hegemonía política y la jefatura espiritual. Engels: Anti-Duhring, pág. 208.

(23) Bogdanoff: Economía política, pág. 39, traducción de M. Pumarega ediciones “Citimo”, Madrid, 1931.

(24) “En las fiestas de la iniciación cuando el muchacho ingresa entre los hombres, lógrase esta finalidad (hacerle conocer las obligaciones sociales superiores, A.P.), no sólo físicamente por procedimientos mágicos sino inculcando las costumbres prescriptas por la tribu, sobre todo el respeto y obediencia a los viejos, en el alma del joven, sensibilizada a toda clase de impresiones por medio de ayunos y vigilias. Y esta sugestión no pierde fuerza en el transcurso todo de la vida.” Graebner: El mundo del hombre primitivo, pág. 38, traducción Vela, edición “Revista de Occidente”, Madrid. 1925.

(25) Citado por Durkheim: L’education morale, pág. 210, edición Alcan, París.

(26) Saverio de Dominicis: Scienza Comparata della Educazione, págs. 325 y 470, edición Benzo Streglio, Torino.

(27) “Es sabido, desde hace tiempo, que los polinesios, que incluso en el aspecto social diferencian clases nobles e innobles, espirituales y no espirituales, atribuyen a estas distintas clases destino diferentes después de la muerte. El vulgo está destinado en una vida ulterior a un submundo sombrío, mientras que las almas de los nobles y los caciques suben hasta los dioses... En un lugar de la Polinesia, en Tonga, la separación todavía es mayor. Sólo a los nobles se les concede alma inmortal. Para el resto del pueblo, todo termina con la muerte.” Graebner: El mundo del hombre primitivo, pág. 78. El subrayado es mío.

(28) Letourneau: ob. cit. pág. 122. El subrayado no está en el texto.

(29) Prescot: Historia de la conquista del Perú con observaciones preliminares sobre la civilización de los incas, pág. 33, editores Gaspar y Roig. Madrid, 185, tercera edición.

(30) Wilhelm: Historie de la civilisation chinoise, pág. 163.

(31) Engels: El origen de la familia, de la propiedad privada del Estado, pág. 101.

(32) Baudin: El imperio de los incas y la conquista española, pág. 13, edición de la Universidad del Litoral, Argentina, 1932.

(33) Malinowski: La vida sexual de los salvajes del noroeste de la Melanesia, pág. 36, traducción de Ricardo Baeza, editor Morata, Madrid, 1932.

(34) Citado por Bujarin: Le materialisme historique, pág. 209.

(35) Ni qué decir que la comunidad primitiva ignoraba los impuestos.


Literatura

Vallejo Para No Iniciados XXII: La Dialéctica Materialista Vallejiana

 

Julio Carmona

VARIOS AUTORES HAN ESTUDIADO el uso de la dialéctica en la poesía de César Vallejo. La mayoría de ellos, sin embargo, lo hace sin precisar que la dialéctica (como método filosófico o como técnica literaria) no es una sola, indivisible o esclerotizada. Partiendo de la filosofía (que es la «madre del cordero») la dialéctica se bifurcó en caminos contrarios (no pudo ser de otra forma: obedeciendo a su propia naturaleza regida por la contradicción), correspondientes, cada uno, a sus tendencias irreconciliables: idealista y materialista. Y, desde luego, en su asimilación a la poética, igualmente, esa diáspora también obedece a la misma contradicción que, en la ciencia de la literatura, ha dado en llamarse: formalismo y realismo, respectivamente.

       Un ejemplo magistral del uso de la dialéctica en la poesía idealista/formalista se puede apreciar en el poema de Jorge Eduardo Eielson, titulado «He aquí el amor», que transcribo:

 

He aquí el amor.

Repito:

He aquí el amor.

 

Pero mejor hablaremos de esta puerta.

Una puerta es una puerta

a la que yo golpeo día y noche

a la que yo golpeo día y noche

a la que yo golpeo día y noche.

Y aunque nadie responda,

y aunque nadie responda,

y aunque nadie responda,

el aire es el aire de todos los días,

las plantas son verdes como siempre

y el mismo cielo esférico me envuelve

lunes, martes. Miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo.

 

¿Pero qué puedo yo decir del amor?

¿Qué puedo yo decir del amor? 

¿Qué puedo yo decir del amor?

 

En cambio esta puerta es indudable;

por ella entro y salgo día y noche

hacia los verdes campos que me esperan,

hacia el mismo cielo esférico y perenne.

 

¿Pero qué puedo yo decir del amor?

¿Qué puedo yo decir del amor? 

¿Qué puedo yo decir del amor?

 

Mejor sigo hablando de esta puerta.

En este poema se pueden observar los tres términos de la dialéctica idealista: tesis (amor) antítesis (puerta) y síntesis (el mundo natural). Y la contradicción (o lucha de contrarios) se da entre la existencia —evidente— del amor, que se constata en la percepción que de él tiene el locutor poético, y lo confirma explícitamente, pues dice, de manera reiterativa: «He aquí el amor». Pero hay un obstáculo para su realización: una puerta que se lo impide; y es la puerta de su subconsciente; pues esta le permite salir y entrar al mundo exterior y, no obstante, le niega establecer un vínculo con el amor. Entonces, la síntesis de esa contradicción tendría que ser el encuentro con el otro (el prójimo o la prójima), con quien no se establece el nexo por la contradicción no resuelta, la puerta de la consciencia, a la que, finalmente, se ha acostumbrado el locutor poético, y hasta que no se resuelva la contradicción, ‘mejor sigue hablando de esa puerta’. Como dice Antonio Cornejo Polar —en un conversatorio sobre la narrativa de Mario Vargas Llosa—: «hay algún nivel de crítica —cierto que una crítica tal vez más moral que social— una crítica basada en el escepticismo: las cosas están mal y van a seguir estando mal y no hay manera de sobrevivir con dignidad en el Perú»1.

        Sin embargo, como decía José Carlos Mariátegui refiriéndose a la novelista Sigrid Undset, que: «Alguno de sus críticos la estima como la más notable intérprete del alma femenina. Pero [esclarece JCM] esto no es exacto sino a condición de que se defina y precise los límites históricos, temporales, de la interpreta­ción. [Y JCM determina que] Sigrid Undset es una novelista de la pequeña burguesía» (Signos y obras, 1959-tomo 7: 145), igualmente se puede decir de Eielson, que no basta identificarlo con la dialéctica idealista/formalista, sin antes definir ‘los límites históricos, temporales, de esa interpreta­ción’. Eielson es un poeta de la pequeña burguesía. Que denuncia el encierro en que lo mantiene la sociedad capitalista. Pero no se atreve a vislumbrar la salida, la fuerza que pueda romper esa cerrazón: esa puerta de su ensimismada soledad; porque —lo dice también JCM: «Disgustado del orden burgués, el artista [de, por lo común, extracción e ideología pequeñoburguesa] se declara escéptico o desconfiado respecto al esfuerzo proletario por crear un orden nuevo» (op cit.: 14). Y Eielson —uno de los paradigmas, tal vez el más importante2, de la poesía formalista del Perú— él, tal vez también, comulgaba con lo expresado por el personaje de Jorge Luis Borges —el otro paradigma de los formalistas—: «que a un gentleman solo pueden interesarle causas perdidas…» (Cuento «La forma de la espada»3.

        Ahora bien, para acceder a la poética dialéctica vallejiana tiene que hacerse ya no manejando la concepción idealista/formalista, sino su contraria, la concepción materialista/realista. Y tampoco se ha de soslayar otro aspecto propio de la personalidad del autor que algunos críticos pretenden reducir a una simple manifestación retórica: el uso reiterativo de la paradoja o la antítesis que sirven para unir elementos contrarios «como el odio de Dios», que, en general, ya CV usó en sus primeros poemas (con una orientación idealista y —también contradictoriamente— realista). Pero digo que ese recurso de la contradicción no debe reducirse a una simple manifestación retórica, como para el caso de CV lo hace, por ejemplo, Emilio Adolfo Westphalen:

 

«No sé si será este el lugar para observar la predilección muy unamuniana de Vallejo por la paradoja  4 lo que él considera una actitud dialéctica que resuelve en la equiparidad de los contrarios. [a] No sé si se trata en verdad de una equiparidad de los contrarios o más bien de la cancelación de dos inexactitudes. [b] Esta tendencia de Vallejo es muy antigua. En Escalas — libro en prosa de 1923 — ya escribía: Nadie es delincuente nunca. O todos somos delincuentes siempre. Con el transcurrir del tiempo — como ha señalado Roberto Paoli — al hablar de la “poética clásico-barroca” de los Poemas humanos — se acentúa el expresionismo lingüístico» [c] (2004: 568-569. Cursiva del autor).5

Voy a analizar por separado cada una de las —que llamo— alertas o letras encerradas entre corchetes.

 

a)   En primer lugar, digo que es poco creíble la aserción de EAW acerca de «la predilección muy unamuniana de Vallejo», dado que solo se refiere, en abstracto, al recurso retórico de la «paradoja», que no tiene por qué ser atribuida como de propiedad de Unamuno, máxime si CV no tiene a este autor en muy buena estima. Por ejemplo, en el primer número de Favorables París Poema, en 1926, a tres años de haber llegado a Europa, escribe: «La juventud literaria de España y América carece en estos momentos de maestros. Ni Unamuno, el más fuerte de los viejos escritores, logra inspirar una dirección a los muchachos. Ningún joven le ama hasta erigirle en mentor. ¿Dónde se ha invocado siquiera una palabra de Unamuno, como pauta de generación? ¿Dónde están los dos apóstoles de Unamuno? ¿Dónde está ese Estado Mayor que vea en él al orientador? Cuando habla se le aplaude; cuando grita o blasfema o va a la cárcel, se le aclama y se le echa flores, pero no suscita el hombre o los hombres que, bajo su contagio de iluminado, embracen todo el peso, toda la responsabilidad del porvenir. La propia admiración y entusiasmo que Unamuno despierta en la generalidad de las gentes, prueba su mediocridad» (1987: 139-140).

 

b)   En la siguiente expresión sobre la «unidad de los contrarios», se ve que EAW hace prevalecer su posición nihilista frente a la vida, por la cual no es que una verdad pierda su dominio al ser negada por una nueva verdad, negación que no necesariamente significa «eliminación», sino superación; para EAW no se trata «de una equiparidad de los contrarios» sino «de la cancelación de dos inexactitudes», con lo cual se afilia a un escepticismo idealista que no admite la existencia de verdades en la realidad sino el predominio del caos absoluto que, por supuesto, niega a la misma realidad, con lo cual se está negando a sí mismo, pues ni lo que él dice sería verdad (aunque hay que reconocer su honestidad en relación con este aserto, pues en su silogismo ha dicho que ‘no sabe en verdad’ si lo que él niega es verdad). Como respondiendo a ese nihilismo y escepticismo de EAW respecto de las verdades dialécticas, CV dice:

 

«Cada vez que hay una revolución social, destinada a establecer la igualdad de los hombres, la gente se pregunta, con malicia los escépticos e interesados en mantener la desigualdad social, y con ingenuidad los que esperan y luchan por la igualdad:

¿Ha suprimido la revolución a los sirvientes?

No y sí los ha suprimido [la equiparidad de los contrarios, la que con sorna niega EAW]. En Rusia todos son sirvientes o nadie es sirviente de nadie» (1965: 17-18).6


Debo reconocer que EAW ha dicho que CV aplicaba esta concepción dialéctica desde que estaba en Perú. Transcribo esa parte: «En Escalas — libro en prosa de 1923 — ya escribía: Nadie es delincuente nunca. O todos somos delincuentes siempre.» (Cursiva de EAW). Y el mismo CV reconoce su aplicación de la dialéctica a su trabajo literario; en diálogo con Georgette —dice— «Pasamos a la dialéctica en general. Aludo a Trilce y su eje dialéctico de orden matemático» (y agrega) «“Escalas”: o instrumento y conocimiento: el rigor dialéctico del mundo objetivo y subjetivo» (1973-1: 99).7

 c)   Por último, cabe analizar la última oración:

 

«Con el transcurrir del tiempo — como ha señalado Roberto Paoli — al hablar de la “poética clásico-barroca” de los Poemas humanos — se acentúa el expresionismo lingüístico».

 

Diré, primero, de la opinión de Roberto Paoli —que utiliza en su apoyo EAW—: que ella también constituye una «unidad (o equiparidad) de contrarios»: lo clásico y lo barroco, a la que falta añadir la fase conclusiva o superación de la antinomia del proceso dialéctico: el nuevo realismo de CV. En segundo término, al decir Paoli que en el trabajo poético de CV «se acentúa el expresionismo lingüístico», no se está haciendo otra cosa que confirmar la premisa que planteé al comienzo de este tema de la paradoja en CV, la misma que, dije, se usa para reducir ese trabajo a un puro «malabarismo formal». Pero uno de los aportes rescatables del expresionismo es su propensión a exagerar la visión desencantada que el poeta (o artista, en general) refleja del mundo. Y bien se sabe que tanto el expresionismo como el dadaísmo son los padres putativos de los ismos que se suelen resumir bajo la nuda denominación de vanguardismo, y no es ofensa decir que todos ellos participan de la misma concepción ideológica de EAW: el nihilismo y el escepticismo frente a la realidad. Y a todos ellos CV los puso en su sitio con este texto:

 

Hacedores de símbolos, presentaos desnudos en público y sólo entonces aceptaré vuestros pantalones.

Hacedores de imágenes, devolved las palabras a los hombres.

Hacedores de metáforas, no olvidéis que las distancias se anuncian de tres en tres.8

Hacedores de linduras, ved cómo viene el agua por sí sola sin necesidad de esclusas; el agua, que es agua para venir, mas no para hacernos lindos.

Hacedores de colmos, se ve de lejos que nunca habéis muerto en vuestra vida. (1973-2: 63)9.

Moraleja: CV preconizó la estética del equilibrio que, en lenguaje dialéctico-materialista, es la unidad de contrarios, y cuya síntesis artística es el nuevo realismo. 

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(1) Antonio Cornejo Polar, «Vargas Llosa, pre y post» (Conversatorio: Antonio Cornejo Polar, Washington Delgado, Mirko Lauer, Marco Martos, Abelardo Oquendo. En: Hueso Humero N° 1, Lima: abril / junio, 1979, p. 46).

(2) Tanto así que hasta fue asumido por un narrador de izquierda (auto-declarado marxista) como fue Miguel Gutiérrez. En su libro El pacto con el diablo incurre en dos exageraciones: 1) Determina que en la literatura peruana existe un solo cano, y 2) que en ese canon incluye a Eielson junto a Vallejo. Dice: «Sí, Jorge Eduardo Eielson es un gran poeta, uno de los grandes poetas en lengua española del siglo XX, cuyo sitio en el canon de la literatura peruana debe estar al lado o muy cerca de Vallejo». (2007: 333).

(3) Borges, Jorge Luis (2011). Cuentos completos. Lima: Peguin Random House Grupo Editorial.

(4) Nótese que este guion es usado por EAW como signo de puntuación que reemplaza a los más comunes: coma o punto y coma.

(5) Westphalen, Emilio A. (2004). Poesía completa y ensayos escogidos. Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú.

(6) Vallejo, César (1965). Rusia ante el segundo plan quinquenal. Lima: Labor.

(7) César Vallejo, (1973-1). Contra el secreto profesional. Lima: Mosca Azul.

(8) Expresión dialéctica: «las distancias se anuncian de tres en tres», de atrás para adelante o de adelante para atrás = pasado-presente-futuro = tesis-antítesis-síntesis.

(9) Y en nota a pie de página se lee lo siguiente: «Poesía e impostura: añadir que el “hacedor” debe ser reemplazado por el conductor de vida social y de dolor derivado del capitalismo. Giraudoux —arte por el arte. Artistas de evasión —Eguren, Westphalen» [N. de CV.] César Vallejo (1973-2). El arte y la revolución. Lima: Mosca Azul.


CREACIÓN HEROICA