viernes, 1 de febrero de 2019

Investigación


La Justificación del Uso de la Violencia Revolucionaria: Un Análisis de las Organizaciones Guerrilleras Peruanas de las Décadas de 1960 y 1980*
(Primera Parte)

Jan Lust

Resumen: Este artículo analiza la justificación del uso de la violencia revolucionaria por las organizaciones guerrilleras peruanas de las décadas de sesenta y de ochenta. Para una evaluación integral de su legitimación, se presenta las principales ideas y conceptos de Lenin, Castro, Guevara y Mao sobre la violencia revolucionaria y se los compara con los documentos de las organizaciones políticas-militares de estos años. Como estas organizaciones argumentaron que existía una situación revolucionaria (o prerrevolucionaria) y por lo tanto la violencia revolucionaria estaba justificada, se determina, en base de las condiciones objetivas y subjetivas de Lenin, si realmente existía una situación revolucionaria. Se concluye que la lucha armada en las décadas de sesenta y ochenta no fue legitimada si aplicamos el concepto situación revolucionaria de Lenin. Sin embargo, la realidad concreta de las décadas de sesenta y ochenta hacían muy difícil desarrollar estas evaluaciones durante estos mismos años. Reconozco que un análisis relativamente esquemático no sabe captar la efervescencia política, también importante para la toma de decisiones revolucionarias.

Palabras clave: Perú, MIR, ELN, PCP-SL, MRTA, violencia revolucionaria, situación revolucionaria.

LA IZQUIERDA REVOLUCIONARIA PERUANA tiene una historia marcada por el uso de la violencia política. Seis años después de la Revolución Cubana, guerrilleros del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y del Ejército de Liberación Nacional (ELN) iniciaron la lucha armada. Fueron vencidos en enero de 1966, después de siete meses de lucha.

        En 1980, con el retorno de la democracia tras una dictadura militar de 12 años, el Partido Comunista del Perú – Por el luminoso sendero de José Carlos Mariátegui (PCP-SL) inició su guerrilla que duró, según la organización, hasta el 1993 (un año después de la captura de sus principales líderes). En 1982, el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) empezó con sus acciones armadas. Aunque en 1996 el MRTA obtuvo fama mundial cuando ocupó la residencia del embajador japonés en la capital del Perú Lima, sin embargo, en 1992, la organización ya había entrado en un proceso de desarticulación cuando fue capturado su comandante Víctor Polay.

        Los guerrilleros de las décadas de sesenta y ochenta se basaron en los pensamientos de Lenin, Fidel Castro, Ernesto Guevara y Mao para justificar el uso de la violencia revolucionaria. Aunque no se puede comparar la situación política y económica en el Perú de la década de sesenta con la situación al final de la década de setenta y a principios de los años ochenta, es interesante observar que la izquierda revolucionaria armada en el Perú utilizó, en términos generales, las mismas razones y las mismas categorías políticas y económicas para justificar el uso de la violencia revolucionaria.

        El propósito de este artículo es analizar la justificación del uso de la violencia revolucionaria por el MIR, el ELN, el PCP-SL y el MRTA. Con el fin de elaborar una evaluación completa de su legitimación, consideramos necesario (i) indagar en los principales puntos de vista de Lenin, Castro, Guevara y Mao sobre la violencia revolucionaria; (ii) comparar estos puntos de visto con los documentos de las mencionadas organizaciones políticas-militares; y (iii) determinar si existía una situación revolucionaria en el país, como argumentaron estas organizaciones, que podría justificar el uso de la violencia revolucionaria.

        Este artículo está estructurado en 6 secciones. En la sección 1 exponemos los principales puntos de vista teóricos marxistas que formaron la base para la justificación del uso de la violencia revolucionaria por parte de las organizaciones guerrilleras peruanas. Secciones 2 y 3 presentan los puntos de visto del MIR, del ELN, del PCP-SL y del MRTA sobre el uso de la violencia revolucionaria. Secciones 4 y 5 tratan de determinar si en las décadas de sesenta, setenta y ochenta había o no había una situación revolucionaria en el país. En la sección 6 presentamos nuestras conclusiones.

1. El sustento teórico para el uso de la violencia revolucionaria

Las discusiones sobre el uso de la violencia para avanzar en un proceso hacia la destrucción del sistema capitalista y para instalar el socialismo o, en otras palabras, sobre el uso de la violencia revolucionaria, nunca han sido debates teóricos abstractos. Las organizaciones políticas revolucionarias que utilizaron la violencia revolucionaria se basaron en el desarrollo político, económico y social de sus países. Sin embargo, para legitimar el uso de la violencia revolucionaria la guerrilla peruana se ha sustentado, principalmente, en las ideas y conceptos de Lenin, Mao, Guevara y Castro.

        El análisis de la situación en el país determinaba si era no era necesario usar la violencia revolucionaria para la toma del poder. Es decir, el uso de la violencia revolucionaria está justificado cuando existe una situación revolucionaria. Según Lenin, una situación revolucionaria tiene “tres síntomas principales” (Lenin, 1977: 310). El primero es “cuando es imposible para las clases gobernantes mantener su dominación sin ningún cambio […] Para que estalle la revolución no basta, por lo general, que “los de abajo no quieran” (Lenin, 1977: 310) vivir como antes, sino que también es necesario que “los de arriba no puedan vivir” como hasta entonces” (Lenin, 1977: 310). El segundo síntoma es “cuando los sufrimientos y las necesidades de las clases oprimidas se han hecho más agudos que habitualmente” (Lenin, 1977: 310), y la tercera es “cuando, como consecuencia de las causas mencionadas, hay una considerable intensificación de la actividad de las masas, las cuales en tiempos “pacíficos” se dejan expoliar sin quejas, pero que en tiempos agitadas son compelidas” (1977: 310).

        Para que una situación revolucionaria pueda llevarse a una revolución, a las condiciones objetivas mencionadas tienen que juntarse las condiciones subjetivas; es decir, “la habilidad de la clase revolucionaria para realizar acciones revolucionarias de masas suficientemente fuertes como para destruir (o dislocar) el viejo gobierno, que jamás, ni siquiera en las épocas de crisis “caerá” si no se lo “hace caer” (Lenin, 1977: 310).

        Como Lenin, también Castro (1966a; 1966c) se ha referido a ciertas condiciones objetivas y subjetivas con relación a una situación o proceso revolucionario. Sin embargo, estas condiciones no tenían nada que ver con la concepción leninista. Como decía Hart Dávalos, uno de los líderes del Movimiento de 26 de Julio de Cuba,

En algunas oportunidades se ha confundido nuestra afirmación de que hay condiciones con la concepción leninista de situación revolucionaria. Cuando hablamos de condiciones no nos estamos refiriendo a lo que en el criterio estricto de Lenin se señalaba como situación revolucionaria. Si nos atenemos a lo que Lenin llamó situación revolucionaria, podríamos concluir que no existe tal situación en el continente. Ahora bien, en América Latina hay condiciones económicas, sociales y políticas para crear, con el desarrollo de la guerra popular, situaciones revolucionarias (1967: 10).

Lenin consideraba que el camino hacia el socialismo era violento. En su “Programa de la revolución proletaria” argumentaba que las “guerras de clases” eran necesarias “para alcanzar ese bello porvenir”. Según el líder de la Revolución Rusa,

Una clase oprimida que no aspirase a aprender el manejo de las armas, a tener armas, esa clase oprimida sólo merecería que se la tratara como a los esclavos. Nosotros, si no queremos convertirnos en pacifistas burgueses o en oportunistas, no podemos olvidar que vivimos en una sociedad de clases, de la que no hay ni puede haber otra salida que la lucha de clases. En toda sociedad de clases –ya se funde en la esclavitud, en la servidumbre, o, como ahora, en el trabajo asalariado–, la clase opresora, está armada. No sólo el ejército regular moderno, sino también la milicia actual –incluso en las repúblicas burguesas más democráticas–, como, por ejemplo en Suiza– representan el armamento de la burguesía contra el proletariado (1961: 801-802).

La guerra revolucionaria debe confluir con las aspiraciones de las masas oprimidas. Según Mao, si los objetivos políticos de la guerrilla “no coinciden con las aspiraciones de la gente” (Tse Tung, 2007: 43-44), no se pueda ganar su simpatía, su cooperación y su apoyo. La guerra de guerrillas “se deriva de las masas y se apoya en ellos” (Tse Tung, 2007: 43-44). Además, la guerrilla no “puede existir ni prosperar si se separa” de las “simpatías y cooperación” del pueblo. En relación con eso, Alberto Bayo (2005), el entrenador militar español de la guerrilla liderada por Castro, consideraba que la guerrilla siempre será derrotada cuando se levanta contra un gobierno que no es enemigo del pueblo o cuando no es una dictadura. También Castro pensaba que en democracia no se debe usar la violencia revolucionaria. En su discurso en la conmemoración del noveno aniversario del asalto al palacio presidencial el 13 de marzo de 1966, decía “que cuando en un país todas las vías no están cerradas –como ocurre en la inmensa mayoría de los pueblos de América Latina– la lucha armada revolucionaria no se pone a la orden del día” (1966b). Guevara, sin embargo, no descartaba que también en democracia se pueda usar la violencia revolucionaria. Decía que el combate podría empezar cuando se ha agotado “los medios pacíficos” (1977a: 71; 1977b: 229) de lograr la liberación del pueblo.

        La discusión en círculos marxistas sobre el momento del inicio de la guerra de guerrillas o del uso de la violencia revolucionaria para instalar el socialismo fue enriquecida por el debate sobre las calidades de la guerrilla. Según Guevara (1962), la lucha armada funcionaría como un catalizador que podría hacer “nacer una conciencia” […] de la necesidad de un cambio en una situación social dada y a la certeza de la posibilidad de ese cambio”, es decir, la conciencia necesaria para desarrollar la revolución. En 1966, Castro decía que

No hay mejor maestro de las masas que la misma revolución, no hay mejor motor de las revoluciones que la lucha de clases, la lucha de las masas contra sus explotadores. Y fue la propia Revolución, el propio proceso revolucionario quien fue creando la conciencia revolucionaria. […] No hay mejor maestro de las masas que la misma revolución, no hay mejor motor de las revoluciones que la lucha de clases, la lucha de las masas contra sus explotadores. Y fue la propia Revolución, el propio proceso revolucionario quien fue creando la conciencia revolucionaria. […] Y el verdadero revolucionario no espera que esos llamados factores subjetivos se den de una manera cabal (1966c).

2. El MIR y el ELN de la década de sesenta

En la década de sesenta dos organizaciones guerrilleras han desarrollado la lucha armada en el Perú. La lucha guerrillera empezó el 9 de junio de 1965 con las acciones del MIR liderado por Luis de la Puente y terminó en una derrota en enero de 1966. En septiembre de 1965 el ELN inició sus acciones militares. Ya en diciembre de 1965 la organización fue diezmada. El ELN tenía como comandante a Héctor Béjar. A continuación, presentamos los puntos de vista del MIR y del ELN respecto a las razones para usar la violencia como instrumento para la toma del poder.

MIR

El MIR fue una organización que surgió del partido Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA). La derechización del APRA, por un lado, y la Revolución Cubana, por otro lado, motivó a un grupo de apristas fundar una nueva organización, APRA Rebelde. El APRA Rebelde, sin embargo, fue precedido por el Comité Aprista de Defensa de los Principios Doctrinarios de la Democracia Interna que quería detener el proceso de la derechización del APRA. Bajo la influencia de la Revolución Cubana y la marxistización de la organización misma, pronto dejó todas las viejas posiciones apristas. Aunque el MIR se basó en el marxismo-leninismo, no fue una organización “maoísta”1.

        El MIR intentó construir seis frentes guerrilleros, sin embargo, solamente tres de ellos habían funcionado como frentes guerrilleros. El 9 de junio de 1965 la unidad guerrillera Túpac Amaru, liderada por Guillermo Lobatón, empezó con sus primeras acciones en el departamento de Junín. Asaltaron una mina y una posta policial, volaron un puente y atacaron una hacienda. En el departamento de Cuzco se encontraba el cuartel general de la guerrilla. La unidad guerrillera que actuó allí, Pachacútec, fue dirigida por De la Puente. En el departamento de Piura había el tercer frente guerrillero, Manco Cápac. Este lo dirigieron Gonzalo Fernández y Elio Portocarrero. Como secretario general del MIR, De la Puente tuvo la dirección general sobre las acciones guerrilleras.

        El MIR consideraba la lucha armada como el único medio que podía privar a la clase dirigente de su poder. Además, era esencial para el establecimiento del socialismo. Como decía De la Puente, “sin capturar el poder, sin llegar al gobierno revolucionariamente, no es posible transformar las infraestructuras de la sociedad” (1980: 97).

        La organización llegó a la conclusión que el camino hacia el socialismo no puede ser otro que violento. El MIR señalaba:

[…] es un engaño equivalente a una traición, crear paralelamente ilu­siones en cuanto a las posibilidades de un paso pacífico al socialismo. En estos países la revolución tiene que ser violenta. Y no podrá ser de otra manera porque en ninguna parte las contradicciones son más antagónicas. En ninguna parte tampoco las oligarquías y el imperialismo están más amenazados de muerte, lo que los lleva a las más feroces intransigencias. […] Decíamos alguna vez que si el pueblo del Perú en una campaña gigantesca y millonaria hubiera conocido y creído las plataformas de los distintos grupos de izquierda y hubiera votado mayoritariamente por revolucionarios; decíamos, que aún en ese caso hipotético, los problemas del Perú no hubieron podido ser encarados ni menos resueltos. [...] Es que el poder político es expresión del poder económico, contando con la garantía de la fuerza armada. El sistema imperante está perfectamente acondicionado con métodos, medios e instituciones, que sirven únicamente para defender los intereses de la minoría privilegiada. Es ilusorio, ingenuo, infantil pensar que la oligarquía y el imperialismo se van a dejar arrancar el poder real con sonrisas en los labios, pactos, componendas o nobles invocaciones2 (1971: 2, 14).

La izquierda fue culpable de que aún el pueblo tuviera confianza en el camino electoral. El MIR escribió que “si el pueblo participa –en las elecciones-, no es porque el pueblo crea en ellas. El pueblo participa porque hasta ahora no se le ha abierta otro camino” (1973: 8).

        Un análisis de las condiciones objetivas no fue necesario porque, según De la Puente, “ellas no solo están maduras, sino que lo han estado siempre. No creo que haya un país en América Latina, que presente las condiciones infra y supraestructurales, tan injustas, tan carcomidas, tan arcaicas como las nuestras” (1973: 8). Las condiciones subjetivas se desarrollarían durante la guerrilla. MIR: “La guerra irá creando las condiciones que faltan. [...] Una guerra de esta naturaleza, desencadenadora de todas las potencias heroicas de las masas, no necesita inevitablemente de tan mezquinos recursos para ir creando las condiciones revolucionarias. Si algunas faltan, ella misma las irá creando en el camino” (1973: 5).

        El MIR llevó a cabo su lucha guerrillera cuando en el Perú había un gobierno “democráticamente” elegido. Esto, según Lobatón, el número 2 del MIR, no tenía ninguna influencia sobre la validez de la lucha guerrillera. Él escribió:

        4ta. Enseñanza: Dadas las condiciones materiales se puede desencadenar la revolución violenta en cualquier momento; las condiciones subjetivas se van creando en el curso de la misma lucha. El Che Guevara señala una limitación: solo sería posible desencadenar con éxito la guerra de guerrillas cuando una dictadura militar haya cerrado todas las salidas democráticas en un país. Conviniendo en que esta es, naturalmente, la época más indicada, nosotros no descartamos de antemano toda posibilidad en alguna otra época. Por el contrario, estamos persuadidos de que las mismas guerrillas pueden contribuir a desvelar definitivamente el carácter de los regímenes pseudodemocráticos, delimitar con toda claridad los campos enemigos, y obligar a la reacción a vestir su auténtica vestidura: la dictadura militar (Lobatón y Eluau: S.F: 42).

ELN

El ELN fue fundado en septiembre de 1962. Surgió del deseo de jóvenes peruanos por seguir el ejemplo de la Revolución Cubana. Eran personas que habían salido por voluntad propia o que fueron expulsados del PCP. También había estudiantes becados por el gobierno cubano que, impresionados por los éxitos de su revolución, se motivaron para organizar la guerrilla. También había gente que vino de otras organizaciones.

        El desarrollo del ELN ha pasado por tres fases. El primer período es desde la salida en 1961 de algunos peruanos a Cuba con el objetivo de prepararse para la lucha armada hasta la primera derrota del ELN en mayo de 1963 en la ciudad de Puerto Maldonado. El proceso de reestructuración que se inició y culminó posteriormente en la creación del frente guerrillero Javier Heraud, en el departamento de Ayacucho en septiembre 1965, fue la segunda etapa. La tercera fase comenzó después de la derrota de la guerrilla en diciembre de 1965. Este último periodo está centrado principalmente en el intento de crear un nuevo foco guerrillero en el departamento de Puno, y estaba en relación directa con la guerrilla boliviana dirigida por el Che Guevara en los años 1966 y 1967.

        El ELN consideraba que “a la violencia ejercitada criminalmente y a diario por la oligarquía y el imperialismo debemos oponer la lucha armada del pueblo como único medio para tomar el poder e instaurar un régimen popular y socialista que ponga fin a la explotación del hombre por el hombre” (1965: 8). Según la organización, “preconizando vías pacíficas en un país que como el nuestro es aherrojado por una oligarquía económica y militarmente poderosa, habituada a ejercer la tiranía, el despotismo y el golpismo.” En 1968 Béjar escribió:

        En otras palabras, hay que decirle claramente al pueblo, que con elecciones -del año 1969- no se conquista el poder y que hacer de la recolección de votos, el objetivo fundamental no pasa de ser una tarea divisionista e ilusoria. No creo que la constitución de una fuerza política capaz de enfrentarse a los partidos de la burguesía sea, de por sí, un hecho negativo. Lo negativo es reemplazar la lucha política revolucionaria por la lucha electoral. Hay que distinguir entre el éxito inmediato y los principios. Ganar amigos, conquistar varias decenas de miles de votos para una candidatura de izquierda puede ser, efectivamente, un éxito. Pero suele ser un fracaso a largo plazo, una derrota de los principios frente a las limitaciones de una lucha circunscrita de antemano a un plano “legal” que es ilusorio y mentiroso para un pueblo que, como el nuestro, ha sido arrojado a la ilegalidad permanente. Quienes se lanzan entusiasmados a la construcción de una gran maquinaria electoral se niegan a reconocer que la tolerancia del poder oligárquico hacia la actividad electoral de la izquierda, está íntimamente ligada a la estabilidad del sistema en su conjunto, a su perdurabilidad; en la medida en que participemos en el juego y obtengamos pequeñas ventajas, contribuiremos al fortalecimiento de un régimen político que es, precisamente, el que debemos destruir (1968: 2).

EL ELN fue de opinión, como el MIR, que era posible crear las condiciones subjetivas faltantes para llevar a cabo la revolución. El comienzo de la lucha guerrillera durante un gobierno “democrático” fue justificado por el ELN en su primer manifiesto, publicado después del comienzo de sus acciones:

Desde que Belaúnde asumió la presidencia de la República, ningún cambio fundamental se ha producido en la situación desesperante de nuestro país y nuestro pueblo. […] Vivimos los momentos más cruciales de nuestra historia, las clases dominantes han impuesto la violencia total. Belaúnde sometido a los partidos conocidos por su política de ferocidad contra el pueblo, ha traicionado la independencia de nuestra soberanía nacional al haberse cobijado también, bajo las brutales garras del Departamento de Estado yanqui. El saqueo y la explotación inmisericorde de nuestro país no para, más aún, ello continúa. El pueblo reclama y dice: ¡Basta ya de saqueos y explotación! Siguiendo las tradiciones revolucionarias, que nos legaron Túpac Amaru, Pumacahua y otros abanderados, para desalojar a la ocupación colonial, hacemos nuestros los postulados de Liberación Nacional y la necesidad de crear su brazo armado (1967: 188-189).

3. El PCP-SL y el MRTA de la década de ochenta

En las décadas de setenta y ochenta dos organizaciones guerrilleras han desarrollado la lucha armada en el Perú. El PCP-SL inició su guerra popular el 17 de mayo de 1980, en la víspera de las elecciones presidenciales, con la quema de las ánforas y las cédulas de votación en el pueblo Chusci (departamento de Ayacucho). El MRTA inició oficialmente sus acciones en 1984. Ambas organizaciones fueron golpeadas fuertemente con la detención de sus líderes en 1992. Abimael Guzmán fue el líder de PCP-SL y Víctor Polay el comandante del MRTA. A continuación, presentamos los puntos de vista del PCP-SL y del MRTA respecto a las razones para usar la violencia como medio para que el pueblo peruano llega al poder.

El PCP-SL

El PCP-SL es el resultado de varias divisiones. En 1964 el Partido Comunista Peruano (PCP) se dividió en un partido que se orientaba a la Unión Soviética (Partido Comunista Peruano-Unidad) y otro a la República Popular de China (Partido Comunista del Perú-Bandera Roja). En el transcurso de la década de sesenta, el PCP-Bandera Roja se dividió en tres partidos: PCP-Bandera Roja, PCPPatria Roja y PCP-SL.

        En 1980, el PCP-SL comenzó una guerra de guerrillas contra el Estado y el capital. Su base principal era el departamento de Ayacucho. A mediados de la década de 1980 se creía que el PCP-SL tenía alrededor de 2.000 a 7.000 militantes (Wickham-Crowley, 1992: 212).

        El PCP-SL caracterizó el país como semi-feudal y semi-colonial. Por tal razón, la organización pensó que se necesitaba como primera fase de la revolución peruana una revolución nacional-democrática (Guzmán, 1974). Para que esta evolución pudiera tener éxito, debería estar dirigida por el partido comunista. La historia había demostrado, además, que esto era solamente posible mediante la lucha armada. De ahí que la principal tarea de la revolución en el Perú era iniciar la lucha armada (PCP-SL, 1979).

        EL PCP-SL (1979) consideraba la situación en el país como una situación revolucionaria. Refiriéndose a Mao, la organización creía que en el Perú siempre estaba existiendo una situación revolucionaria. PCP-SL:

         Pero, además, el Presidente Mao Tse Tung ha establecido una brillante distinción entre situación revolucionaria en desarrollo y situación revolucionaria estacionaria, como puede verse en el punto 3 del capítulo II de su obra “Por qué puede existir el poder rojo en China?” El Presidente Mao parte de que en un país semifeudal y semicolonial, como es el nuestro, siempre existe situación revolucionaria, o situación objetiva, como él llama, para el desarrollo de la lucha armada pero que ésta se da en dos formas: 1) situación revolucionaria estacionaria y 2) situación revolucionaria en desarrollo. Más aún, analizando sus planteamientos, podemos decir que una situación revolucionaria estacionaria puede ser convertida en situación revolucionaria en desarrollo por acción de las condiciones subjetivas sobre la situación objetiva; esto es muy importante de tener presente. Además hay que diferenciar el desarrollo desigual de la situación revolucionaria y tener en cuenta que ésta incluso puede darse en una región y que la propia acción revolucionaria puede generalizarla a todo el país y que, además, la lucha armada puede iniciarse en medio de un repliegue general de la revolución como lo prueba el levantamiento de la cosecha de otoño, de agosto 1927 en China (1979).

Aparte de referirse a Mao, también se refería a las condiciones objetivas y subjetivas de Lenin. Según el partido, las condiciones objetivas se cumplieron en el país. PCP-SL:

         ¿Puede decirse que tales condiciones no se dan en la actualidad en nuestro país, incluso desde hace muchos años? Es evidente que todas estas condiciones se dan en la sociedad peruana y, más aún, que tales condiciones en los últimos años han entrado en un proceso de profundo agravamiento; necesita demostrarse esto? necesita demostrarse que las “nueve décimas partes” especialmente el campesinado peruano, está sujeto a una creciente opresión y explotación?, necesita demostrarse que cada día más se agudiza la explotación y opresión del proletariado peruano?, necesita demostrarse el hambre, la miseria, la ausencia de derechos y los ultrajes al pueblo peruano? Todo esto es tan evidente que nadie lo puede negar y, más aún, para no ir más atrás, todo esto se ha agravado desde el año 68, desde la toma del Poder por el presente régimen y se ha agudizado hasta devenir en la insostenible situación que vivimos hoy, desde el año 75. ¿Alguien puede negar esta realidad que padece nuestra patria? Nadie. Nadie que se sujete al más elemental análisis objetivo de nuestra realidad (1979).

Según el PCP-SL, “Lenin definió lo que es una situación revolucionaria, lo que son condiciones objetivas de la revolución y las sintetizó en dos: 1) que los de abajo no quieran seguir viviendo como antes y 2) que los de arriba no puedan seguir administrando y gobernando como hasta entonces; estas dos condiciones son las que generan las movilizaciones de las masas, sus luchas y entre ellas el movimiento huelguístico del proletariado. No es, pues, que la movilización de las masas genere la situación revolucionaria si no al revés; la situación revolucionaria, o sea las condiciones objetivas de la revolución son la causa de las movilizaciones y éstas son su efecto” (1979). Y porque “la situación revolucionaria genera una crisis política en la base misma del Estado […] no es factible “una salida reformista de la situación” (1979). No son factibles parches ni remiendos, sino que sólo cabe una salida revolucionaria. En el documento “Desarrollemos la guerra de guerrillas”, el PCP-SL definió la situación revolucionaria como “los de arriba no pueden seguir mandando como ayer y los de abajo no quieren seguir viviendo como hasta hoy” (1982). Las condiciones subjetivas tenían que ver con “la clase y los instrumentos capaces de convertir la situación revolucionaria en violencia revolucionaria, lo que en nuestro país implica lucha armada, frente único, Partido que maneje a ambos, proletariado capaz de dirigir y cumplir su papel de clase dirigente y un campesinado capaz de levantarse en armas.”

        En base de estas conceptualizaciones el partido consideraba que existía una situación revolucionaria en el país. PCP-SL:

Si analizamos, por muy someramente que sea, pero a la luz del marxismoleninismo-pensamiento Mao Tse Tung, la situación objetiva, las condiciones objetivas del país, la situación de los de arriba que ya no pueden seguir gobernando ni administrando como lo hacían, y la situación de los de abajo que ya no pueden ni quieren seguir viviendo como hasta hoy y la creciente protesta popular, no podemos menos que concluir: en nuestro país existe situación revolucionaria en desarrollo y éste es el punto de partida para determinar toda política, estrategia y táctica que sirvan al proletariado, al pueblo y a la revolución. Y una situación así no puede ser base nunca para centrar la actividad política del pueblo en procesos electorales pues éstos, en circunstancias como las que vivimos, lo desorientan de su camino revolucionario (1979).

Aparte de la existencia de una situación revolucionaria, había otras razones para las cuales el PCP-SL consideraba el uso de la violencia revolucionaria legítimo. En primer lugar, pensaba que solamente a través del uso de las armas se podría llegar al poder. Además, el mundo estaba viviendo “la ofensiva estratégica de la revolución mundial, vivimos el barrimiento del imperialismo y la reacción de la faz de la Tierra en los próximos 50 a 100 años” y la sociedad estaba “marchándose a una sociedad militarizada” (Guzmán Reinoso y Yparraguirre Revoredo, 2014: 250). Entonces, “militarizando el Partido plasmamos un paso hacia la militarización de la sociedad que es la perspectiva estratégica para garantizar la dictadura del proletariado” (PCP-SL, 1988).

El MRTA

El MRTA fue fundado en 1982. Aunque la organización comenzó a operar oficial y públicamente en 1984, en el periodo 1982-1984 ejecutó diferentes acciones y organizó sus militantes política y militarmente.

        La organización habría contado con 1.000 a 10.000 militantes (Sterr, 1997; Strong, 1992; Polay, 2007). Cuando en 1992 Víctor Polay fue capturado, las acciones de la organización disminuyeron drásticamente.

        El objetivo del MRTA fue “la captura del poder y la construcción del socialismo” (1988: 38). Con el fin de tomar el poder, las fuerzas políticas-militares tuvieron que ser construidas. Esto, de acuerdo con el MRTA (1988), sólo era posible a través de la guerra revolucionaria.

        La lucha armada fue considerada como el principal elemento de la estrategia. “La guerra”, como escribe el MRTA, “es la única forma de ir constituyendo, en la lucha misma, la fuerza político-militar del pueblo y volcar la correlación de fuerzas entre las clases”. Sin embargo, no descartó otras formas de lucha (MRTA, 1988: 40-41).

        Al comienzo de la década de ochenta, el MRTA definió la situación política en el Perú como una situación prerrevolucionaria. En “Nuestra Posición”, un documento publicado en 1981 por los precursores del MRTA, se puede leer lo siguiente:

         Estamos en la antesala del recrudecimiento de los factores objetivos que signaron el periodo pre-revolucionario. Nuestra impotencia como izquierda nos llevó a su desaprovechamiento y a que las clases dominantes impusieron su opción electoral. Esta perspectiva nos indica que aparte de la construcción del destacamento de vanguardia, se requiere en este periodo iniciar la acumulación de la fuerza militar como instrumento inherente en la lucha por el poder. (MRTA, 1990: 27)

El MRTA no definió lo que es una situación revolucionaria sino proporcionó una descripción general de los elementos que llevó el MRTA a concluir que existe una situación prerrevolucionaria en el país. En el documento “El MRTA y las tareas en el periodo pre-revolucionario” del segundo Comité Central de febrero de 1985, la organización mencionó algunos elementos “por los que sustentamos el periodo pre-revolucionario”. Enumeraba factores internacionales como “la crisis más profunda del capitalismo”, “la persistencia de la crisis y el estancamiento y/o retroceso en algunos casos de las economías” en América Latina, “la proletarización de las masas campesinas y de la pequeña burguesía funcionaria, creando favorables condiciones para una alianza entre estas clases”, “la consolidación de la revolución cubana y los avances de Nicaragua”, y “la profundización del ascenso de masas y el fortalecimiento de la lucha anti-dictatorial y democrática en el cono sur”. Cuando se refirió al Perú mencionó, en términos generales, “una crisis profunda de las clases dominantes”, “no existe capacidad dirigente entendida como una clase o sector con proyecto alternativo”, “la burguesía está incapacitada para resolver los problemas fundamentales para el desarrollo del país”, la “clase obrera y masas populares que vienen demostrando sus cualidades tanto combativas como importantes experiencias de conducción del poder popular en los frentes de defensa”, y el “descontento de las llamadas capas intermedias también se produce en estos periodos y la burguesía se encuentra incapacitada para seguir manejando estos sectores” (MRTA, 1990: 69-70).

        La primera reunión del Comité Central en enero de 1984 consideraba que las condiciones objetivas de la revolución se aceleraban (MRTA, 1990: 54). En su segunda reunión la organización confirmó que “la situación económica y política ha empeorado para las masas. Se ratifica en consecuencia la validez y la vigencia del periodo pre-revolucionario prolongado y que la forma de acumular fuerzas es mediante la lucha armada de manera prioritaria” (MRTA, 1990: 47). El MRTA (1990) debería contribuir a que la situación prerrevolucionaria se transformaba en una situación revolucionaria.

        En el período prerrevolucionario era necesario que se acumulara las fuerzas revolucionarias. MRTA: “El avanzar en el terreno estratégico implica la incorporación del pueblo al proceso de guerra que vive el país. Es decir, organizar la violencia revolucionaria de masas” (1990: 69). Además, decía que “en un periodo pre-revolucionario la tarea de los revolucionarios es madurar este período hacia una situación revolucionaria. En nuestro país sólo es posible mediante la lucha armada. En esa perspectiva lo fundamental de nuestra actividad debe estar centralizada en el desarrollo de la lucha político-militar” (1990: 69).

        La principal razón para el uso de la violencia revolucionaria fue la situación prerrevolucionaria. Sin embargo, en relación con esta situación había otras razones. En primer lugar, se consideraba que los medios legales para la lucha revolucionaria estaban agotándose (MRTA, 1990). En segundo lugar, el gobierno de Beláunde había pérdida legitimidad (MRTA, 1990). Tercero, el desarrollo de la lucha armada podría generar una conciencia revolucionaria (MRTA, 1990), y en cuarto lugar la organización pensaba que para la toma del poder se debe organizar la violencia revolucionaria (MRTA, 1990). La militarización del país al comienzo de la década de ochenta (Polay, 2007) fue la quinta razón. Como decía el MRTA “El actual clima de violencia represiva tiene que ser enfrentado. No es posible que la policía siga ensañándose impunemente con la población indefensa” (1990: 57).

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(*) Jan Lust, (Perú). Universidad Ricardo Palma janlust@ymail.com.
(1) Ver Lust (2013) sobre la lucha revolucionaria en la década de sesenta.
(2) Ver la similitud con un discurso de Castro (1967: 168): “Se quejan que los burgueses y los oligarcas los aplasten con sus campañas, como si esa fuera cosa de sorprender a nadie. Lo primero que tiene que comprender un revolucionario es que las clases dominantes han organizado el Estado de manera de poder mantenerlo por todos los medios. Y se valen no sólo de las armas, se valen no sólo de las armas físicas, no sólo de fusiles, sino se valen de todos los instrumentos para influir, para engañar, para confundir. Y los que creen que les van a ganar en unas elecciones a los imperialistas no son más que unos ingenuos; y los que creen que incluso el día que ganan unas elecciones los van a dejar tomar posesión, no son más que unos superingenuos”.

Filosofía


Relación Entre Objeto y Sujeto*

A. Vostrikov

EL PROBLEMA DEL OBJETO Y DEL SUJETO, de lo objetivo y de lo subjetivo, es en esencia el mismo de la materia y la conciencia, solo que tomado en otro sentido. Sin embargo, requiere un estudio especial, ya que la cuestión consiste en que la relación entre objeto y sujeto tiene una serie de aspectos específicos que se enfocan de distinta manera en nuestra literatura filosófica. Por lo general se considera como objeto lo que existe fuera e independientemente de la conciencia, es decir, la realidad objetiva, la materia; y como sujeto, al hombre que conoce. Todo lo que arranca del objeto se llama objetivo y lo que pertenece al sujeto, subjetivo. Esto es verdad solo en sus rasgos generales. Si se estudia con más atención el problema de la correlación de objeto y sujeto se evidencian aspectos que no encuadran de ningún modo en los marcos de las ideas comunes sobre esa cuestión.

        Ante todo, podrá ponerse un signo igual entre lo objetivo y lo material, entre lo subjetivo y lo ideal, como a menudo se hace? Creemos que no puede hablarse de una total coincidencia de lo objetivo con lo material, y de lo subjetivo con lo ideal en todas las circunstancias. Si tomamos la definición de materia, en este sentido coinciden plenamente los conceptos de lo objetivo con lo material. Pero el concepto de lo objetivo se emplea en otros sentidos, donde lo objetivo no puede considerarse como material. Por ejemplo, las representaciones y conceptos del hombre, las leyes de la ciencia, al ser un reflejo del mundo objetivo tienen un contenido y significado objetivos. Pero ni las representaciones, ni los conceptos, ni las leyes de la ciencia son materiales, porque solo existen en la conciencia del hombre como imágenes o fotografías del mundo exterior y por eso se refieren no a los fenómenos materiales, sino a los ideales. De aquí se desprende que si todo lo material es objetivo, no todo lo objetivo es material. Lo material es aquello que existe fuera de la conciencia e independientemente de ella. Y todo lo que de un modo u otro existe en nuestra conciencia, es reflejo del mundo material y constituye lo ideal.

        Pero si en nuestra conciencia hay un contenido objetivo, que no depende del sujeto, por consiguiente la conciencia, como reflejo ideal de lo material, no puede ser reducida a lo subjetivo ni confundirse con él. La conciencia, o lo ideal, es la unidad entre lo subjetivo y lo objetivo. Su fuente es la realidad objetiva y todo lo que proviene del mundo material existente fuera de nosotros forma el contenido objetivo de la conciencia. Al mismo tiempo, ese contenido de la conciencia no es la realidad objetiva misma, la materia, sino apenas su reflejo por el sujeto, es decir, existe en la mente del hombre en forma de imagen subjetiva del mundo objetivo. Por eso lo ideal, considerado como lo material transformado por el sujeto, contiene, además del contenido objetivo que proviene de fuera, del mundo exterior, todo lo que proviene del sujeto mismo. Son sus determinados sentimientos, vivencias, emociones, objetivos, la autoconciencia, que quedan orgánicamente comprendidos en la conciencia del hombre como sus elementos inseparables. La subjetividad de la conciencia, de lo ideal, implica que la conciencia, pertenece a un determinado sujeto, al hombre, el cual refleja el mundo objetivo no pasivamente, no de modo indiferente, sino activa, dinámica y adecuadamente, cuando todo este reflejo se vive en cierto modo por el sujeto, se vincula de modo especial a sus sentimientos y pensamientos.

        Desde luego, todo lo que viene del sujeto, el aspecto dinámico, creador y adecuado de su conciencia no puede ser interpretado en el espíritu idealista, como algo “tomado fuera del mundo”, no dependiente del mundo. “En realidad, los fines de los hombres son engendrados por el mundo objetivo y lo presuponen…”38. Empero, todo lo que emana del sujeto, aunque se halla engendrado por el mundo objetivo, depende de él, constituye una pertenencia solo del hombre como sujeto, pero no del propio mundo objetivo. Porque es el hombre el que siente, vive, toma conciencia en el proceso de la interacción con el mundo exterior. “No hay otros sentidos que los humanos, es decir, los ‘subjetivos’ –porque razonamos desde el punto de vista del hombre y no del duende”.39 Lo objetivo y lo subjetivo se presentan como aspectos de la conciencia, de lo ideal, inseparables el uno del otro. Y esto encuentra su expresión en la definición de la conciencia como imagen subjetiva del mundo objetivo.

        De aquí se desprende que, por supuesto, sería incorrecto remplazar el problema de la relación entre objeto y sujeto con el de lo objetivo y subjetivo, que se refiere a la caracterización de la conciencia misma. En la conciencia, lo objetivo y lo subjetivo no actúan como contraposiciones de las cuales una podría ser primaria, otra secundaria. La conciencia en su conjunto es secundaria con respecto al objeto, al mundo exterior.

        El problema del objeto y del sujeto se complica por la circunstancia de que el hombre es un sujeto con relación al mundo exterior y al mismo tiempo es un objeto, una parte de la naturaleza. A veces se intenta resolver este problema mediante el enfoque “ontológico” demostrando que dizque en el plano ontológico el sujeto está fundido, o simplemente identificado, con el objeto, al paso que en sentido gnoseológico aquél se contrapone a éste. En realidad el hombre como sujeto en cualquier relación con el objeto, con el mundo exterior, encontrándose en interacción con éste, se contrapone a él no por su aspecto físico o corporal, sino subjetivamente, por su conciencia, por su capacidad de tomar conciencia, de sentir, vivir, pensar, relievarse del mundo exterior y contraponerse a él. Gracias a la conciencia, el hombre se contrapone al mundo objetivo como sujeto y al mismo tiempo entra en interacción con él, orientadamente lo cambia. En caso contrario, el hombre se colocaría frente al mundo exterior en la misma relación que los animales.

        El objeto y el sujeto constituyen materia de estudio filosófico solo en sus mutuas relaciones, es decir, únicamente en el aspecto del problema gnoseológico fundamental: el de la relación de la conciencia y materia, entre lo ideal y lo material. En este sentido el objeto es lo primario y el sujeto, lo secundario. Pero tan pronto remontamos los lindes del problema de saber qué es lo primario y estudiamos al hombre junto con la conciencia que le es inherente como una parte integrante de la naturaleza, inmediatamente se torna claro que la contraposición entre sujeto y objeto es muy relativa. Para sí mismo, el hombre es sujeto; para los demás, objeto, esto es, parte de la naturaleza. Como decía con razón Feuerbach, lo que para mí es subjetivo, de suyo es objetivo.

        Empero el carácter relativo de la contraposición entre objeto y sujeto más allá de la gnoseología no puede comprenderse como si en este caso se identificaran, como si no solo el objeto sino el sujeto se pudieran estudiar como realidad objetiva. Esto no puede hacerse porque el hombre se convierte en sujeto precisamente gracias a la conciencia, la cual le da la posibilidad de diferenciarse del mundo objetivo, de contraponérsele y al mismo tiempo de influir activamente sobre él y cambiarlo. En otros términos, el nexo entre objeto y sujeto en todas sus relaciones es apenas una manifestación más de la relación entre materia y conciencia. En este sentido lo objetivo y lo subjetivo no puede reducirse a lo fisiológico y lo síquico, vale decir, al problema que se estudia en la fisiología de la actividad nerviosa superior en el plano científico-natural.

        En la solución del problema de las relaciones entre objeto y sujeto, entre lo objetivo y lo subjetivo, se evidencian abruptamente dos líneas gnoseológicas totalmente contrapuestas: El materialismo y el idealismo (el subjetivismo): “El materialismo: reconocimiento de los ‘objetos en sí’ o fuera de la mente; las ideas y las sensaciones son copias o reflejos de estos objetos. La doctrina opuesta (el idealismo): Los objetos no existen ‘fuera de la mente’; los objetos son ‘combinaciones de sensaciones’.”40

        Para el materialismo el objeto existe fuera e independientemente del sujeto. Para el idealismo no hay objeto sin sujeto. Los idealistas reconocen el objeto solo como objeto de conocimiento, solo como lo que es dado en la actividad cognoscitiva del sujeto. Más allá del sujeto que conoce no existe ningún objeto. En verdad, las diversas corrientes del idealismo subjetivo exponen diferentes criterios sobre la concepción de la “objetivo”. Los neokantianos, por ejemplo, consideran que ese criterio es la conciencia trascendental. Según este punto de vista el mundo objetivo no es lo que existe fuera e independientemente de la conciencia del hombre, sino lo que es dado en la conciencia humana universal, trascendental. Ser objetivo, en la concepción neokantiana, significa ser indispensable en la conciencia de cada sujeto que conoce. “Limpiando el kantismo” de la “cosa en sí”, han colocado al mundo objetivo en total dependencia de la conciencia. Los kantianos han demostrado por todos los medios que dizque hablar de realidad y objetividad del mundo, sin relacionarlos con el sujeto es un absurdo tan grande como “preguntar a qué distancia se encuentra Moscú sin relacionarlo con ningún otro punto”. La dependencia del mundo objetivo con respecto a la “conciencia trascendental”, según su afirmación, es el único “rasgo de realidad” y de que “la conciencia trascendental crea el mundo”. Los neokantianos consideran como primario la conciencia junto con sus principios apriorísticos lógicos.

        Como se sabe, los machistas, por la línea del extremo subjetivismo, fueron hasta el solipsismo. Despojaron la filosofía kantiana no solo de la “cosa en sí”, como hicieron los neokantianos, sino también del apriorismo. Los machistas resolvieron el problema del objeto y del sujeto mediante la total identificación del objeto con el sujeto, con la conciencia individual. Ciertamente, Bogdánov, por ejemplo, se inclinaba hacia la concepción neokantiana, se esforzaba por interpretar el concepto de lo “objetivo” como de “significación universal”. Según Bogdánov, la objetividad del mundo físico reside en que existe “no para mí personalmente, sino para todos”, en que en general es la experiencia “socialmente concordante”, “socialmente organizada”. Es una definición falsa de raíz, idealista, de lo objetivo. “…el mundo físico existe independientemente de la humanidad y de la experiencia humana; el mundo físico existía en tiempos en que no podía haber ninguna “sociedad”, ninguna ‘organización’ de la experiencia humana, etc.”41

        El objeto (el mundo exterior) en la concepción leninista existe independientemente de “todos”, vale decir, divorciado de la conciencia individual, de la trascendental y de la social. La conciencia, el sujeto, por el contrario, no existen sin el objeto, sin el mundo objetivo. Tal es la opinión materialista.

        La concepción neokantiana, y en particular la machista sobre el objeto y el sujeto, se presenta hoy como en muchas corrientes de la filosofía burguesa contemporánea, aunque con diversas modalidades. Por ejemplo, si los pragmatistas afirman que el objeto y el sujeto siempre están dados juntos, no existe el uno sin el otro y solo se distinguen dentro de la experiencia, los neopositivistas declaran que el objeto solo es dado en las observaciones del sujeto y que únicamente puede hablarse de la realidad del objeto en un sentido operacional, esto es, solo cuando efectuamos operaciones de medición. Este punto de vista neopositivista en las relaciones entre objeto y sujeto se expresa con especial claridad en el llamado idealismo instrumental. Es sabido que en la mecánica cuántica los instrumentos desempeñan una función especial en la observación de los micro-objetos. El instrumento, en el proceso de observación, entra en acción recíproca con el micro-objeto y ejerce sobre él determinada influencia. Mediante los instrumentos, en el proceso del experimento se lleva a cabo el nexo del sujeto (del investigador) con los micro-objetos, de los cuales juzga según las indicaciones de los instrumentos. Sobre esta base algunos científicos de Occidente llegan a la conclusión de que “sin instrumento no hay objeto”, así como también que las propiedades físicas del objeto, y el objeto mismo, son creados por el experimento que realiza el sujeto que conoce.

        De esta deducción incorrecta se extrae a su turno una conclusión idealista más amplia sobre la dependencia del objeto del micromundo con respecto al sujeto que lo conoce. Se demuestra que solo puede hablarse de la realidad del micro-objeto, cuando el sujeto lo observa o lo mide. Por ejemplo, de la realidad del electrón, según este punto de vista, solo puede hablarse en el grado en que, mediante la cámara de Wilson, puedan observarse las huellas del camino que lleva a cabo y que pueden fijarse en un disco fotográfico. Resulta así que la realidad física de los micro-objetos es solo el conjunto de las operaciones de medición o de resultados experimentales. Los micro-objetos mismos surgen en el proceso de observación por el sujeto, fuera de cuya dependencia no puede hablarse de su realidad.

        Contra la moderna tendencia neopositivista, la esencia idealista, en la solución del problema de la realidad en la física cuántica, se pronuncian de un modo u otro no solo nuestros científicos sino también los más prestantes físicos de Occidente, tales como M. Born, V. Heizenberg, Pauli y otros. Empero, las tesis de algunos de ellos son muy vagas y, desde luego, están lejos de ser consecuentes. Esto lo demuestra, por ejemplo, el libro de Heisenberg, “La física y la filosofía”.

        Este libro es interesante en el sentido de que expresa claramente la necesidad que tiene el científico especialista de la asimilación científico-filosófica de los problemas contemporáneos de la ciencia. En varios lugares el autor se declara insatisfecho con la filosofía positivista y anota que tal esquema del pensamiento es en conjunto “demasiado limitado para la descripción de la naturaleza”. Al mismo tiempo, el desconocimiento del materialismo dialéctico no le permite redimirse directa y definitivamente de las concepciones positivistas e idealistas, en el espíritu de las cuales se esfuerza varias veces por resolver el problema de la realidad en la mecánica cuántica. Heisenberg dice en su obra que “la observación juega un papel decisivo en el suceso nuclear y que la realidad se diferencia en dependencia de si la observamos o no”.42

        Dice en otro lugar: “…lo que observamos no es la naturaleza misma, sino la naturaleza que se presenta en la forma en que se expresa gracias a nuestro modo de plantear los problemas”.43 Al mismo tiempo anota que “de algún modo hay que hablar de la estructura del átomo, y no solo de los hechos a los que se refieren, por ejemplo, los puntos negros en el disco fotográfico a las gotas de agua en la cámara de Wilson”.44

        La inconsecuencia de Heisenberg, como la de algunos otros científicos, se explica en buena medida porque confunden el problema de la realidad objetiva de los fenómenos físicos, incluyendo los microscópicos, con la cuestión de las condiciones en donde estos fenómenos se observan. Porque el hecho de que los micro-objetos, a diferencia de los macro-objetos, no se observan directamente; que tal cosa solo sea posible mediante instrumentos, no significa que sin estos no existan los micro-objetos o que ellos sean creados por los instrumentos en el proceso de la observación. El nuevo papel del instrumento en la investigación de los fenómenos del micromundo no suprime el problema de la realidad objetiva de los micro-objetos. Indica simplemente el cambio sustancial de nivel, condiciones y medios del conocimiento de la realidad objetiva, las peculiaridades de la investigación de la materia en su nivel atómico. Lo nuevo en la física cuántica, en comparación con la clásica, estriba en que en el proceso de la observación experimental el instrumento y el micro-objeto se presentan en tal interacción que el instrumento ejerce influjo sobre el objeto y, por consiguiente, sobre el experimento. Por eso no implica en modo alguno que el micro-objeto dependa del sujeto que lo observa.

        La mutua relación entre el instrumento y el micro-objeto es un fenómeno físico, por eso no puede enfocársele como interrelación entre sujeto y objeto. En el proceso del experimento del micro-objeto cambia no porque el sujeto lo mida y observe, sino en virtud de la influencia física que sobre él ejerce el instrumento objetivo y real utilizado por el investigador. La medición y la observación mismas actúan al respecto como un momento del conocimiento del objeto materialmente existente, independiente del sujeto.

        La concepción positivista de la dependencia del micro-objeto con respecto al sujeto que conoce ni se desprende en manera alguna de la física cuántica. Pero aquella utiliza algunos de sus principios para fundamentar el enfoque subjetivo-idealista de los fenómenos del micromundo. Los micro-objetos que estudia la física cuántica poseen propiedades especiales en comparación con los macro-objetos; por ejemplo, sus movimientos resultan ser más complejos que el movimiento puramente mecánico. El movimiento de los macrocuerpos, como es sabido, se subordina a las leyes de la mecánica clásica. A este movimiento están ligados conceptos como trayectoria, órbita, la determinación simultánea de las coordenadas de los cuerpos que se desplazan en el espacio. Al movimiento de las micropartículas, en razón de su contradictoria naturaleza corpusculo-ondular, son inaplicables los conceptos de trayectoria, así como las ideas de que posee al mismo tiempo coordenadas e impulso. A diferencia de los procesos mecánicos, el movimiento de las micropartículas se subordina a las leyes de la mecánica cuántica. A la contradictoria naturaleza corpúsculo-ondular de las micropartículas se halla vinculada la correlación de las indeterminaciones, la cual significa que las micropartículas no son susceptibles simultáneamente de una definición precisa por su situación y por su velocidad. La definición de las partículas en un sentido, en el de la situación por ejemplo, torna imposible al mismo tiempo su rigurosa determinación en el otro, en la velocidad, y viceversa.

        De aquí se sacó la conclusión subjetiva e idealista de que son inaplicables al micromundo los conceptos de la realidad objetiva y de la causalidad. Interpretando subjetivamente la correlación de las indeterminaciones como resultado de una fundamental falta de control de la interacción entre el micro-objeto y el instrumento, se demuestra que en la mecánica cuántica puede hablarse de la realidad del micro-objeto, así como de su impulso y de la coordenada, únicamente con respecto al observador. El objeto resulta real solo cuando lo observa el sujeto mediante el instrumento. En pocas palabras, sin sujeto, según este punto de vista, no hay objeto. Semejantes deducciones idealistas son ante todo el resultado de una confusión totalmente inaceptable del concepto filosófico de la realidad objetiva con las representaciones que sobre ella tienen las teorías físicas sobre los diversos niveles de su investigación. Porque una cosa es el problema de la correlación de las indeterminaciones, de las conexiones entre micro-objeto e instrumento, y otra, la cuestión de las relaciones entre objeto y sujeto. En el primer caso se trata de problemas físicos, en el segundo, de la cuestión gnoseológica fundamental. No puede remplazarse una cosa con la otra. Esto conduciría ineluctablemente a la confusión y al idealismo en última instancia.

        El problema de la correlación de objeto y sujeto es, esencialmente, el de la prioridad de la materia y el carácter secundario de la conciencia. El objeto y el sujeto en la comprensión materialista se encuentran en una correlación tal, en donde el objeto existe independientemente del sujeto, mientras que el sujeto no puede existir sin el objeto. Por eso no puede considerarse la relación entre objeto y sujeto en el mismo sentido en que se analiza la correlación, por ejemplo, de la forma y el contenido, de la esencia y el fenómeno, de la causa y el efecto, de la casualidad y la necesidad, donde existe una interdependencia y donde lo uno sin lo otro carece de sentido. Sin embargo, en ciertos casos hay quienes aceptan la absurda sustitución del problema de las correlaciones entre sujeto y objeto o el de la materia y la conciencia, por la cuestión de la correlación, por ejemplo, entre la esencia y el fenómeno. Así pues, en el artículo “El problema de la ‘realidad física’ en la escuela de Copenhaguen”, escribe S. Suvórov: “Por la manera como los filósofos responden al problema de las correlaciones entre esencia y fenómeno, se evidencia su pertenencia a una u otra dirección en filosofía”.

        Esta aseveración solo puede introducir confusión en la comprensión del criterio de la división de las corrientes filosóficas y de la relación misma entre esencia y fenómeno. Esta afirmación debe entenderse en el sentido de que, según el autor, algunos filósofos toman como primario la esencia y como secundario el fenómeno; otros, al contrario, o simplemente confunden el fenómeno con la esencia. Se acepta también que la esencia puede existir en el fenómeno, fuera del fenómeno. En realidad, la esencia y el fenómeno son dos aspectos indisolubles de los objetos y procesos del mundo objetivo, pues no existe el uno sin el otro. Por eso no puede equipararse la relación entre esencia y fenómeno con la existente entre materia y conciencia o entre sujeto y objeto. Desde el punto de vista de la solución materialista al problema cardinal de la filosofía, la esencia y el fenómeno, como aspectos de la realidad objetiva son primarios en igual medida con respecto a la conciencia del sujeto.

        En el análisis del problema del objeto y del sujeto se aduce en algunos trabajos la diferenciación del concepto de objeto y ser. Se anota que la noción de objeto está ligada a la caracterización gnoseológica del problema fundamental de la filosofía y la de ser, a la ontológica. Según esta opinión, si el ser existe de suyo sin relación al sujeto, como objeto existe solo para el sujeto. Así, por ejemplo, S. L. Rubisntéin, criticando al idealismo subjetivo cuando niega la existencia del ser independientemente del sujeto con base en que como objeto el ser existe solo para el sujeto, escribe: “Lo que no es cierto no es que como objeto algo exista solo como objeto para el sujeto; lo que es falso es que el ser existe solo como objeto para el sujeto. El ser existe independientemente del sujeto, pero como objeto tiene relación con el sujeto. Las cosas que existen independientemente del sujeto, se convierten en objetos a medida que el sujeto entra en vinculación con la cosa y ella actúa en el proceso de conocimiento y de acción como cosa para nosotros. El ser, el mundo material, se convierte en realidad objetiva en el sentido del objeto para el sujeto, en el curso de la evolución, cuando en el proceso de su desarrollo surgen los individuos capaces de conocer a dicho ser”.45

        Por supuesto, el objeto y el sujeto están interrelacionados mutuamente; de otro modo no podría presentarse el problema de la correlación de objeto y sujeto. Pero no podemos estar de acuerdo, por razones de principio, con el enfoque que Rubistéin hace de esta correlación. Este modo de abordar el problema conduce en fin de cuentas a la confusión de dos puntos de vista diametralmente opuestos sobre el objeto y el sujeto: El idealista, para el cual no hay objeto sin sujeto; y el materialista, que considera que el objeto existe independientemente del sujeto.

        Resolver el problema de la correlación de objeto y sujeto solo en el plano de la vinculación indisoluble que hay entre ellos, sin mostrar que el objeto exista fuera e independientemente del sujeto, que el sujeto no existe sin el objeto, es dar pábulo al idealismo. De la opinión de Rubinstéin atrás citada se colige que él no solo no se opone a la tesis de que “como objeto nada existe solo para el sujeto”, sino que él mismo defiende esa afirmación. Asimismo, se pronuncia contra la aseveración de que “el ser existe solo como objeto para el sujeto”. Resulta que el ser existe de suyo sin el sujeto, y el ser como objeto existe solo en relación con el sujeto. Desde este punto de vista no es posible hablar del objeto antes de la aparición del sujeto.

        De tal suerte que las tentativas de resolver el problema de la correlación de sujeto y objeto de modo distinto que como problema de la relación entre conciencia y ser, conduce inevitablemente a conclusiones que no pueden calificarse de correctas.

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(*) Tomado de A. Vostrikov, Teoría del conocimiento del materialismo dialéctico. Ediciones Suramérica. Bogotá, 1970.
(38) V. I. Lenin: Obras, t. 38, pág. 183.
(39) Ibídem, t. 14, pág. 111.
(40) Ibídem, pág. 25.
(41) Ibídem, pág. 23.
(42) V. Heisenberg: Física y filosofía, pág. 32.
(43) Ibídem, pág. 36.
(44) Ibídem, pág. 151.
(45) S. L. Rubinstéin: El ser y la conciencia, pág. 57.

CREACIÓN HEROICA