sábado, 1 de noviembre de 2014

Economía



Latifundismo Capitalista en el Perú

César Risso

El problema de la tierra en el Perú exige partir del análisis y propuesta realizados por José Carlos Mariátegui, con la finalidad de esclarecer la situación actual.

La condición de marxista que esgrimió J. C. Mariátegui no fue una actitud postiza, sino expresión de su verdadera posición doctrinal. Aunque algunos lo califican de marxista heterodoxo, pretendiendo descentrarlo de su verdadera filiación ideológica, y con ello negar su marxismo ortodoxo, en tanto método y principios, con el fin de amoldarlo al positivismo que reina actualmente en las ciencias sociales.

        Así pues, la base del análisis de J. C. Mariátegui es el marxismo. Sobre esto no puede haber discusión, pues en la nota de advertencia a los 7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana, dice: “Toda esta labor no es sino una contribución a la crítica socialista de los problemas y la historia del Perú”, añadiendo que tenía la ambición de “concurrir a la creación del socialismo peruano”; y en El Problema de la Tierra de la misma obra escribe: “Me ha correspondido a mí, marxista convicto y confeso, su constatación.”

J. C. Mariátegui utilizó las categorías económicas marxistas para analizar los diversos problemas del Perú. Particularmente en el problema de la tierra, señaló que “El régimen de propiedad de la tierra determina el régimen político y administrativo de toda nación. El problema agrario –que la República no ha podido hasta ahora resolver–, domina todos los problemas de la nuestra. Sobre una economía semifeudal no pueden prosperar ni funcionar instituciones democráticas y liberales.” (JCM. 7 Ensayos).

Siguiendo el mismo criterio, hay que señalar ahora que el régimen económico que domina en nuestro país es el capitalista. Pero también debemos reconocer que no es el único, puesto que en la sierra existen actualmente más de seis mil comunidades campesinas, y 1469 comunidades nativas. Estos dos regímenes comunales son de carácter colectivista, donde el trabajo remunerado es casi inexistente. Son organizaciones económicas llamadas de producción y autoconsumo, es decir, que producen bienes, no mercancías, salvo excepcionalmente, pues tienen un pequeño remanente que intercambian vía trueque o por dinero.

Esta es la estructura económica sobre la que se levanta la actual política del Gobierno en relación a la propiedad de la tierra, fundamentándose en las siguientes acciones: “En la costa, se ganan tierras de cultivo al desierto mediante costosas obras de irrigación. Detrás de cada uno de estos proyectos hay estudios, planes, acuerdos financieros, movilización de grandes recursos, realización de grandes obras de infraestructura, complejos temas logísticos. Por su magnitud e importancia económica, hay grandes decisiones políticas y complejos juegos de intereses de inversionistas y del Estado.” (Fernando Eguren. En Revista “Somos Norte”  N° 192, de Diciembre de 2010).

Estos megaproyectos de irrigación tienen por finalidad favorecer a inversionistas interesados en lucrar con la tierra, aprovechando la valorización provocada por estas grandes inversiones públicas. En el caso de Chavimochic, “apenas algo más de una decena de propietarios son los dueños de las cerca de 40 mil hectáreas ganadas al desierto. Está previsto que las tierras de Olmos sea entregada en su mayoría en lotes de 1,000 hectáreas (a US$ 4,250 la hectárea).” (Fernando Eguren. En Revista “Somos Norte”  N° 192, de Diciembre de 2010).

Esta situación nos informa de la creación de “neolatifundios” en el Perú, lo cual nos obliga a precisar lo siguiente: “Las expresiones de la feudalidad sobreviviente son dos: latifundio y servidumbre. Expresiones solidarias y consustanciales, cuyo análisis nos conduce a la conclusión de que no se puede liquidar la servidumbre, que pesa sobre la raza indígena, sin liquidar el latifundio.” (JCM. 7 Ensayos).

Estas expresiones de J. C. Mariátegui se han tomado para sustentar que en el Perú seguirá existiendo la servidumbre mientras existan latifundios. Sin embargo el mismo Mariátegui explicó que “La concentración capitalista crea también, con la absorción de la pequeña propiedad por las grandes empresas, su latifundismo. Pero en el latifundio capitalista, explotado conforme a un principio de productividad y no de rentabilidad, rige el salariado, hecho que lo diferencia fundamentalmente del latifundio feudal.” (JCM. Respuesta al cuestionario Nº 4 del Seminario de Cultura peruana).

         De modo que ha habido latifundismo feudal y hay latifundismo capitalista. El primero, del cual hace el análisis J. C. Mariátegui, se caracteriza porque “El bracero que recibe un magro pedazo de tierra, con la obligación de trabajar en las tierras del señor, sin otra paga, no es otra cosa que un siervo. ¿Y no subsiste acaso la servidumbre en la cruda y característica forma del "pongazgo"? Ninguna ley autoriza, ciertamente, la servidumbre. Pero la servidumbre está ahí evidente, viva, casi intacta. Se ha abolido muchas veces los servicios gratuitos; pero los servicios gratuitos subsisten, porque no se ha abolido, económicamente, la feudalidad.” (JCM. Respuesta al cuestionario Nº 4 del Seminario de Cultura peruana).

Mientras que “En las haciendas de la costa, rige el salariado. Por la técnica de la producción y por el régimen de trabajo, nuestras haciendas de azúcar y algodón, son empresas capitalistas.” (JCM. Respuesta al cuestionario Nº 4 del Seminario de Cultura peruana).

Por lo tanto, de acuerdo a la concepción marxista esgrimida por J. C. Mariátegui, la diferencia entre el sistema económico capitalista y el sistema económico feudal está dado por las relaciones entre el propietario y el trabajador, esto es, por las relaciones sociales de producción. En el caso del feudalismo el trabajador es un siervo que recibe una porción de tierra a cambio del trabajo en las tierras del latifundista (no discutimos aquí la forma en la que el siervo paga por la porción de tierra cedida por el latifundista feudal, que puede ser en trabajo, en producto o en dinero); en cambio, en el caso del capitalismo, lo característico es que el trabajador es un asalariado.

Para enfrentar el problema de la tierra J. C. Mariátegui planteó en su tiempo lo siguiente:

“1.- El punto de partida, formal y doctrinal, de una política agraria socialista no puede ser otro que una ley de nacionalización de la tierra”

“2.- En contraste con la política formalmente liberal y prácticamente gamonalista de nuestra primera centuria, una nueva política agraria tiene que tender, ante todo, al fomento y protección de la "comunidad" indígena. El "ayllu", célula del Estado incaico, sobreviviente hasta ahora, a pesar de los ataques de la feudalidad y del gamonalismo, acusa aún vitalidad bastante para convertirse, gradualmente, en la célula de un Estado socialista moderno.”

“3.- El crédito agrícola, que sólo controlado y dirigido por el Estado puede impulsar la agricultura en el sentido más conveniente a las necesidades de la agricultura nacional, constituiría dentro de esta política agraria el mejor resorte de la producción comunitaria.” (JCM. Principios de Política Agraria Nacional. En Peruanicemos al Perú).
 
En la agricultura capitalista, los rasgos determinados por el marxismo, que nos deben orientar en el análisis del problema de la tierra, consisten en dos posibilidades: que el propietario de la tierra y el capitalista sean dos personas distintas, o que el capitalista puede ser a la vez el propietario de la tierra.

Si el propietario de la tierra la alquila al capitalista, este invierte su capital, contratando a los obreros, quienes crearán la plusvalía. Esta se divide entre el propietario, bajo la forma de alquiler o renta, y el capitalista bajo la forma de ganancia. Así, de toda la plusvalía creada por el trabajador asalariado, una parte va a parar a las manos del propietario de la tierra bajo la forma de renta, que paga el capitalista arrendatario; en tanto que el remanente queda en manos del capitalista bajo la forma de ganancia. En el caso en que el capitalista es simultáneamente el propietario de la tierra, se queda con toda la plusvalía.

La renta capitalista de la tierra tiene dos formas, la renta diferencial y la renta absoluta. La primera corresponde a la diferencia entre las peores tierras y las tierras medias y mejores, que se determina por tres aspectos: la diferente fertilidad de las tierras, la situación de las tierras respecto al mercado, y el rendimiento de las inversiones adicionales en la tierra. En cambio, la renta absoluta consiste en el alquiler que paga el capitalista al propietario de la tierra para poder explotarla.

En la lucha concreta, las reivindicaciones inmediatas tienen que ver con la mejora de las condiciones laborales y el aumento de las remuneraciones. Pero la lucha histórica del proletariado por el socialismo, consiste justamente en la propuesta de José Carlos Mariátegui, teniendo en cuenta que las relaciones feudales han sido superadas, y que en consecuencia la lucha debe ser contra la burguesía.

     En la réplica a Luis Alberto Sánchez, Mariátegui fue categórico: “La reivindicación que sostenemos es la del trabajo. Es la de las clases  trabajadoras, sin distinción de costa ni de sierra, de indio ni de cholo. Si en el debate -esto es en la teoría diferenciamos el problema del indio, es porque en la práctica, en el hecho, también se diferencia. El obrero urbano es un proletario: el indio campesino es todavía un siervo. Las reivindicaciones del primero, -por las cuales en Europa no se ha acabado de combatir- representan la lucha contra la burguesía; las del segundo representan aún la lucha contra la feudalidad. El primer problema que hay que resolver aquí es, por consiguiente, el de la liquidación de la feudalidad, cuyas expresiones solidarias son dos: latifundio y servidumbre. Si no reconociésemos la prioridad de este problema, habría derecho, entonces sí, para acusarnos de prescindir de la realidad peruana. Estas son, teóricamente, cosas demasiado elementales. No tengo yo la culpa de que en el Perú -y en pleno debate ideológico- sea necesario todavía explicarlas.” (JCM. Replica a Luis Alberto Sánchez. En Ideología y Política).








El Capitalismo Senil y el Nuevo Caos Mundial

(Segunda Parte)


Samir Amin


El Apartheid a Escala Mundial

El nuevo imperialismo colectivo de la tríada y la ambición hegemónica de los Estados Unidos, que está indisolublemente ligada a aquél, han desarrollado evidentemente su propia concepción del gobierno del mundo en el doble plano de su orden económico y de su orden geopolítico.

        La idea de que los asuntos del mundo no pueden dejarse librados únicamente a las relaciones de fuerza de las naciones y que la construcción progresiva de elementos de un orden supranacional se impone como única alternativa a la ley de la jungla es ciertamente simpática por sí misma y merece apoyo. Por otra parte, la ONU había sido creada con ese espíritu, y la Asamblea General y el Consejo de Seguridad se instituyeron sobre la base de una Carta que prohibía recurrir a la guerra como medio de resolver conflictos políticos. Inmediatamente después de concluida la Segunda Guerra Mundial, en el terreno de la regulación de la vida económica internacional, los Estados Unidos explotaban las ventajas con que se los había beneficiado: ya fuera la de imponer organizaciones situadas de entrada bajo su mando directo (las organizaciones de Bretton Woods) o la de decidir actuar por fuera del marco de la ONU (el Plan Marshall para Europa, cuyo famoso “Punto IV” abría la posibilidad de una ayuda de los Estados Unidos a los países del Tercer Mundo que aceptaran colocarse en el bando antisoviético). Luego, el peso creciente de los países del Tercer Mundo influyó en la creación de instituciones especializadas, la CNUCED entre otras, cuyo objetivo era corregir los desequilibrios fundamentales generados por la expansión capitalista. Esta página de la historia ya pertenece al pasado.

1. Desde 1975, en respuesta a la presión ejercida en aquella época por el Movimiento de los No Alineados, el presidente Giscard d’Estaing tomaba la iniciativa de inventar el “G-7”, cuya composición expresa perfectamente la idea del imperialismo colectivo. La transformación del GATT al término de la “Ronda de Uruguay” y la creación de la Organización Mundial del Comercio (OMC) se sitúan en el corazón de la nueva concepción de la governance [control] económica del mundo por parte del imperialismo colectivo.

La OMC estuvo, en efecto, concebida precisamente con el propósito de reforzar las “ventajas comparativas” del capital transnacional y darle legitimidad. Los derechos de propiedad industrial e intelectual fueron formulados de modo tal que eternizaran los monopolios de las empresas transnacionales, garantizaran sus superganancias y crearan obstáculos prácticamente insalvables a todo intento de industrialización autónoma de las periferias. La OMS no es una organización encargada de reglamentar el comercio9 mundial (es decir, el comercio que se realiza traspasando las fronteras de los Estados), como parecería sugerirlo su nombre. Sus funciones van mucho más allá. La OMC propone unificar las reglas relativas a la gestión de los mercados internos y al mercado mundial, suprimir toda distinción entre ellas, en nombre de un concepto extremo del libro intercambio como no había habido nunca antes en la historia. El resultado solo puede ser una reorganización de los sistemas productivos para mayor ventaja de los más fuertes, es decir, del capital transnacional. La OMC se propone pues organizar la producción a escala mundial (y no solamente el comercio mundial), y organizarla, no en función de las exigencias del desarrollo (es decir, de “alcanzar la meta”, al menos parcialmente, para los más pobres), sino en función de la maximización de las ganancias de las empresas transnacionales, que, por supuesto, exige un endurecimiento de la asimetría de las estructuras productivas y su desigualdad. El proyecto de gobierno económico del mundo por parte de la OMC es un proyecto ultrarreaccionario en el sentido pleno del término: volver a formas anteriores de la división internacional del trabajo. Ésta es la razón por la cual creo que la OMC es verdaderamente el nuevo Ministerio de las Colonias del G-7 (el imperialismo colectivo). Pues esta institución cumple, respecto del conjunto de las periferias, una función idéntica: impedir que las colonias lleguen a convertirse en competidores, prohibiéndoles a los Estados (de la periferia, en realidad) el derecho de legislar y regular las actividades del capital de las metrópolis que opera en territorio de esos Estados…

        La lógica que gobierna el capitalismo realmente existente es la de la protección sistemática de los monopolios de los más poderosos. El trillado discurso de la economía (la teoría de un capitalismo imaginario) referente a las “virtudes” de la libertad de comercio no es más que un discurso de propaganda en el sentido lato del término, es decir, una mentira. Soy –junto con Braudel (y no somos muchos más)– de los que no definen el capitalismo a través del concepto de “mercado”, como lo quiere la vulgata liberal, sino por medio de la idea del poder que está más allá del mercado.

        Los medios que emplean esos poderes que están más allá del mercado son tan diversos como permiten imaginar las circunstancias del ejercicio de la fuerza. La propiedad intelectual, por ejemplo –interpretada por jueces ad hoc propuestos por la OMC–, puede permitirle a una empresa (transnacional, por supuesto) apropiarse de un saber campesino establecido y “no protegido” (las virtudes de una variedad de arroz) imponiendo su monopolio de comercialización de las semillas de la especie en cuestión, ¡incluso a los agricultores que practican su cultivo desde hace siglos! ¡Los indios tendrán que comprarles las semillas de arroz basmati a una compañía norteamericana! Este y algunos casos semejantes, estudiados entre otros por Vandana Shiva (5), revelan una faceta de quienes toman las decisiones económicas principales del mundo contemporáneo que no difiere mucho de la de los jefes de la mafia que practicaban el rackett, es decir, el comercio obligatorio. Analogía de naturaleza acerca de la cual remito al lector a los trabajos de Carlo Vercellone. (6)

        El escándalo de los laboratorios farmacéuticos que intentan beneficiarse con un acceso libre y exclusivo al mercado mundial, prohibiendo la producción competitiva de medicamentos más barato en los países del Sur, ofrece un buen ejemplo de este apartheid a escala mundial: sólo los pueblos de los países ricos tendrán derechos a una atención eficaz, mientras que a los pueblos del Sur, sencillamente, se les niega el derecho a la vida. Del mismo modo, el proyecto de la OMC de “liberalizar” la agricultura reduce a la nada las políticas de seguridad alimenticia de los países del Sur y condena a centenares de millones de sus habitantes a la miseria y, como consecuencia, a la migración a los barrios paupérrimos urbanos, lo cual no les permite abrigar ninguna esperanza de integrarse a alguna actividad económica. (7)

        Esta e4s la lógica que se repite en el proyecto de la OMC: hacer aprobar una “ley internacional de negocios” (international business law) y darle preeminencia sobre todas las demás dimensiones de la legislación, nacional e internacional. El proyecto escandaloso del AMI (Acuerdo Multilateral para las Inversiones), tramado en secreto por la OCDE (Organización de Cooperación y Desarrollo), también participa de esta lógica.

        Las funciones de las demás instituciones internacionales es sencillamente respaldar las estrategias definidas en la OMC por sus dirigentes políticos. Tal es el caso del Banco Mundial, pomposamente calificado de think tank, encargado de formular las estrategias de desarrollo, que en realidad no es ninguna otra cosa más que una especie de Ministerio de Propaganda del G-7 responsable de la redacción de los discursos; mientras que las decisiones económicas importantes se toman en el marco de la OMC y se le confía a la OTAN la dirección política y militar de los negocios. El FMI es más importante, aunque menos de lo que se supone con frecuencia. Puesto que se ha adoptado como regla general el sistema de los cambios flexibles, y puesto que la gestión de las relaciones entre las divisas principales (el dólar, el euro-marco, el yen) escapan al FMI, esta institución es sólo una especie de Autoridad Monetaria Colonial cuya gestión está asegurada por el imperialismo colectivo de la tríada.

Notas
[5] Vandan Shiva, Éthique et agro-industrie, Harmattan, 1996.
[6] Carlo Vercellone, La mafia comme expression endogène de l’accumulsation du capital, Matisse, Univ. París I, 2001.
[7] Marcel Mazoyer y Laurence Rondart, Histoire des agricultures du monde, Seuil, 1997.

Literatura



Criticando al Crítico


Julio Carmona


Antonio Cornejo Polar, en su apreciación sobre «lo nacional» en JCM[1], empieza recusando los trabajos que abundan en citas para exponer o precisar el pensamiento de JCM, a los que acusa de «solidificar» dicho pensamiento, y los equipara incluso a «la argumentación escolástica basada —dice— en los “criterios de autoridad”», y concluye que esa «es la manera más segura de traicionar la vitalidad creadora del magisterio de Mariátegui.» (p. 49).

Sin embargo, se puede aducir en defensa del sistema de citas que no necesariamente conduce a «solidificar» (anquilosar, reificar) el pensamiento estudiado; con él se puede buscar la fidelidad con el pensamiento del autor estudiado, pues de lo contrario sus ideas deberán ser parafraseadas o interpretadas con el riesgo de la tergiversación o la manipulación. Y esto creemos estarlo detectando en el texto aquí comentado. Por ejemplo, para referirse al tema específico de la literatura peruana[2] dice de JCM —sin citarlo— que tiene la «explícita voluntad [de] contribuir al surgimiento y consolidación de una literatura nacional peruana».

Y, de hecho, ACP ha realizado una paráfrasis de la frase que figura en el prólogo a 7 Ensayos..., en donde se lee: «Tengo una declarada y enérgica ambición: la de contribuir a la creación del socialismo peruano.» Y al haber hecho esa transposición de términos mezclando dos conceptos distintos y distantes (que es una manera de citar impropia) ha incurrido en el error que empezó recusando. Y es esta una práctica usual en ACP, pues hemos visto que hace lo mismo con una frase de Marx, dice: «… Mariátegui no se limitó a constatar un hecho y a interpretarlo en su proceso histórico; por el contrario, asumió ante él, como ante toda la realidad peruana, una actitud proyectiva y encauzadora: también en este caso no se trataba solo de comprender el mundo, se trataba de cambiarlo». La frase transmutada de Marx es la siguiente: «Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.»[3]

Obviamente, no estamos diciendo que esta técnica de paráfrasis usada por ACP sea inválida, sino, en todo caso, hacemos ver que tampoco el «sistema de citas» lo es —como sí lo pretendía él—; es más, para ratificar la validez de dicho sistema y, justamente, con perspectiva positiva de magisterio, recurro a la autoridad de un maestro del intelecto de Nuestra América, el cubano Juan Marinello, quien en prólogo a un libro que recoge varias obras del argentino Aníbal Ponce, advierte un reparo a la profusión de citas que hace el maestro, y dice: «A veces, es cierto, quisiéramos camino más desembarazado y expedito —menos notas al pie de la página—, pero no olvidemos que un definidor de su talla y responsabilidad se ve forzado a destacar fuentes y raíces válidas a lectores que no las tienen a mano ni a su diario servicio. El trato con las obras citadas por Ponce puede ser la base de una buena cultura filosófica y sociológica, y no es ajeno el autor a la urgencia de ofrecer ese bagaje.»[4]

Y, reiteramos que, contrariamente a lo dicho por ACP, la elusión de las citas textuales puede estar sesgando el pensamiento del autor tratado. Y es lo que creemos detectar en lo hecho y dicho por ACP, puesto que JCM en ningún momento del séptimo ensayo —ni tampoco en otro de sus textos— dice tener la explícita voluntad de «contribuir al surgimiento y consolidación de una literatura nacional peruana», pues, en todo caso, tendría que haberlo hecho produciendo literatura y no metaliteratura. Esta se encarga de estudiar a aquella, que es producida por los literatos, y son estos los que contribuyen a su surgimiento o consolidación. JCM lo que se propone explícitamente es someter a juicio (en la acepción jurídica del término) a la literatura peruana; y, para cumplir su objetivo, precisa que en ella no hay unidad, por el contrario, dice que se la puede estratificar en tres períodos: colonial, cosmopolita y nacional; es decir, que dentro de la literatura peruana en general ubica a la nacional, en particular, con lo cual está planteando su diferenciación, y su no homogeneidad, ergo, no se puede confundir literatura peruana, con literatura nacional, como una sola y misma cosa.

Por cierto, esa diferenciación no es ajena a ACP, y esto se desprende de la lectura total de su texto; más aun, la constatación de esa disyunción —que, dice, se halla en JCM— lo lleva a esbozar una de sus propias tesis para estudiar la literatura peruana, su totalidad contradictoria[5], su heterogeneidad: «… queda en pie —dice ACP en el texto aquí comentado— una nueva alternativa para comprender nuestra literatura sin mutilar su pluralidad. No es que desaparezca el criterio de unidad, pero se le relativiza mediante un tratamiento histórico que permite pensar tanto en su paulatino y difícil logro, cuanto en el variado y problemático proceso que le antecede. Hoy se sabe que la unidad no se plasmó y hasta se puede pensar legítimamente que ese no es un objetivo deseable, pero, inclusive así, y gracias precisamente al pensamiento de Mariátegui, ahora se puede asumir como objeto de reflexión la heterogeneidad esencial de una literatura que no puede ser más unitaria que la desmembrada realidad de la que nace. En otras palabras: mientras la unidad no sea real (y pudiera ser que nunca lo sea del todo) la crítica no tiene por qué seguir violentando la naturaleza múltiple de nuestro proceso literario, buscando e imponiendo una unidad falaz y necesariamente empobrecedora…» (op. cit.: 55. Cursiva nuestra).

Obviamente, esa heterogeneidad de la literatura peruana ya se encuentra destacada en los planteamientos teórico-críticos de JCM. Y aquella unidad falaz y empobrecedora —como la llama ACP— no pasará de ser un anhelo, un deseo, un ideal. Como hemos visto en su última cita, ACP reconoce lo difícil si no imposible que es realizar o aspirar a esa «unidad», y es algo que en relación con el pensamiento de Mariátegui dice ser apodíctico, máxime si se reconoce que ese pensamiento está íntimamente imbricado a su concepción política revolucionaria, leamos lo anotado por ACP: «… cuando Mariátegui define en términos estrictamente históricos lo que entiende por nacional en la literatura peruana, cuando habla en concreto de un “período nacional”, está realizando una operación abiertamente ideológica: es nacional la literatura que asume, expresa y defiende los ideales e intereses del pueblo peruano. No otra cosa significan las siguientes y luminosas palabras de Mariátegui “lo más nacional de una literatura es siempre lo más hondamente revolucionario”.» (op. cit.: 59).

Empero, cuando ACP —seguramente para no citar textualmente a JCM— reemplaza su esquema de estudio clasista, por el de la heterogeneidad, deja abierta la posibilidad de esa unidad que ha puesto en duda, y, es más, aspira a ver realizada la existencia de una «literatura nacional peruana». Veamos cómo lo dice: «la aceptación de la pluralidad heterogénea implica una doble e importantísima reivindicación: la del carácter nacional y la del estatuto artístico de todos los sistemas literarios que efectivamente se producen en el Perú, aunque no tengan relación estable con el sistema y proceso de la literatura que normalmente monopoliza este nombre.» Y concluye el párrafo estableciendo que las manifestaciones literarias de toda índole producidas en el Perú «son literatura, de una parte, y son literatura nacional peruana, de otra.» (op. cit.: 56). Es decir, ya unificó lo que dijo que era casi imposible de unificarse. Y es «unificación» que no se puede sustentar con citas de JCM. Pregunto: ¿por eso sería que ACP recusaba el sistema de citas?


Poesía de Willy Gómez Migliaro. Sentimiento y Destino Humano en el Libro Nuevas Batallas

Roque Ramírez Cueva

La creación de poesía se relaciona con un lenguaje que tiene en la palabra el instrumento que da forma al discurso expresivo cargado de sentimientos y emociones o a metatextos sin significantes. Los poetas que apelan al sentimiento desde una visión del mundo se desenvuelven dentro del campo realista de la literatura, y los poetas que esbozan textos sin llegar a la expresión del texto mismo se conducen en el campo formalista.

Desde esta premisa, leeremos la poesía de Willy Gómez en su nuevo libro Nuevas Batallas (Lima, 2014). No es un asunto unilateral decisión impertinente del lector sino compartido por el creador. Desde el epígrafe nuestro autor propone su poética estética en donde se lee que en una accidentada geografía, la cual no es agreste tanto por su estrato geológico como si por lo social, cohabita siempre la guerra, los ejércitos conllevan sus pasiones. ¿Qué accidentes? ¿Qué pasiones?

Obviamente las desigualdades abisales entre los unos y los otros, las ideologías de ambos. Casi nadie objetará sobre los ejércitos como representaciones que nos advierten de grupos sociales en conflicto, no cualquier grupo sino en su condición  de clase. Panorama de experiencias cotidianas al cual se enfrenta la voz poética, quien no es abstracta, la cual deviene de neuronas creadoras que se proponen decodificar el texto discursivo, incluso el metatexto de los poemas reunidos en el presente libro. En él hace notar sobre escrituras no genuinas, de mero protocolo, tenidas a pesar de ello como canon literario en general ni siquiera como canon de la forma.

Los versos de Willy Gómez muestran una composición desestructurada, hecha de retazos al modo de la labor de las arpilleras o al estilo –escoja usted- de los hacedores de puentes  colgantes que, con pequeñas fibras, conforman   extensas y gruesas cuerdas. En la tarea de la  escritura son signos que no enhebran una natural continuidad, se fragmentan, se manifiestan como hebras de matices variados. Teñidos intensos que alteran sentidos, teñidos tenues que logran el efecto del contraste a la retina  de un observador atento. Nudos no tanto desteñidos como de color indescriptible.

El poeta no se intimida si se trata de desmentir leyendas no urbanas, mas si de nuestras glorias históricas como a nuestro conmovedor e incendiario (de la palabra) Gonzales Prada, afirmando categóricamente que aun en todo cuerpo en descomposición -y la sociedad de este nuevo siglo que llamamos peruana, aún no se define lo peruano, “jiede”-  la esperanza brilla, en principio tenue hasta el momento de su nitidez. No pierde el optimismo porque conoce la reversibilidad de los fenómenos, sobre todo si los puntos de vista acerca del mundo son dialécticos.

En estos afanes, la voz poética no entreteje sola, permite que se le sume un noble espíritu, desde luego no etéreo. Ambos develan  ámbitos agrestes, sucesos no irreales, life facts, one dark life, el transcurso de una fase terrestre, no selenita, con tiempos oscuros, es decir los eclipses de la sociedad. A propósito recuerdo, cuando nos frecuentábamos, que Willy Gómez nació y creció como poeta durante los decadentes y tenebrosos  años 80 y 90. Por eso afirmo que él no quiso ni intentó  en momento alguno levantar sus construcciones  desentendiéndose de esos entornos, en la filosofía total se les llama contextos.

Desde  luego, alguien dizque no intencionado le saldrá al paso a decirle de modo sesgado “en estas décadas el esnobismo, o sea mira ve, es aplaudir la forma en los textos literarios”. Se autotildan de exquisitos cuando son saltimbanquis de los cánones y el demodé. Alguien que inmodestamente se crea eximio lo rodeará con discursos solemnes, “de esa manera se sacrifican los altos niveles de la poesía”. ¿Cuáles niveles? ¿los del parnaso y la musicalidad lírica? O como dice José Ma Valverde (1), ¿“las brillantes  piezas líricas desconectadas  de un destino humano integral”? (los signos de interrogación de la cita son nuestros)

A tales puristas, formalitos ellos, no les place entender que, parafraseando a  Amado Alonso (2), la poesía, además de intuición musical, es sentimiento. Ambos conexos fluidamente entre sí. Y Willy Gómez enfatiza en ese sentimiento  solidario de tradición humanista e iconoclasta, el cual es acompañado de lenguajes distintos,  irredentos e irreverentes. El más cercano referente es la poesía de Juan Ramírez Ruiz. Nuestro poeta en Nuevas Batallas, concluimos, releva un sentimiento entero sin desentenderse de la forma lírica. Basta un verso, “construir un bramido de oleaje al respirar amor” (p. 4).

El primer poema nos describe indeseados  ámbitos de calma tensa, las experiencias en un hospital donde se espera el rayo de esperanza que revierta las circunstancias en torno a nuestros seres amados. Se oyen rumores, quizá se perciben pensamientos de otro país compartido por el amor. Claro, la esperanza asoma en medio de temores que decodifican “la acción de olvidar su propia violencia”, no la de la insensibilidad que se palpa en el nosocomio. Fuera de ahí hay una áspera (valga el redunde) violencia heredada de los tiempos oscuros.

En particular, además hay una preocupación de experimentar otras formas de generar lenguajes al buscar que se transforme el ser que se ama. Ese ser amado no es otro que la palabra y sus galas. Lo cual exige sacrificios que se esfuercen por voltear lenguajes gastados y proponer otra velada artística, “la nuestra” dice la voz poética.

El ambiente del nosocomio con su cotidianidad de intervenciones quirúrgicas es propicio para entrever el uso de un metalenguaje que permita implícitamente describir y entender las tareas de construir nuevos cuerpos usando partes diversas. Dicho de otro modo, incisiones de bisturí y zurcidos que permitan cambiar envejecidas formas y obtener  remozado fondo, los mismos que serán parte de una disputa de confrontaciones, no de técnicas si de concepciones opuestas. De incisión en incisión  el sentimiento aumenta porque puedes fenecer o gozar de los deliquios del amor, “del beso tomado, desde el abrazo que atrae”. (p.5).

Willy Gómez es sutil en su escritura sin dejar de ir al fondo del asunto. En ese tránsito de experiencias y trajines surgen los temas que escosen, como la búsqueda de justicia ante amores desaparecidos nunca hallados.   

Todo es una labor de taxidermia que devela el amor y el dolor restituyendo averías. A través de ella se elaboran lenguajes reconstituyéndolos desde las áureas vetas aldeanas, proponiéndose la meta de tratar saltar esa valla lingüística narrativa que encierra los límites de la desteñida poesía conversacional que va camino a echar canas.

Hasta aquí ya nos dimos cuenta que los temas y subtemas se superponen, se cortan y se continúan. Por ello perder algo querido, tenido en honda estima, duele, el modo de culminar ese dolor es darle vuelta al escenario, transitar otras comarcas donde los lenguajes no se enreden, no sean parte de una nueva Babel, donde fluyan sin densidades.

Para culminar esta primera parte,  sólo voy a referirme a un fragmento del discurso en el segundo poema. En dichos versos el poeta enfatiza en la esperanza como fondo intertextual de temas no menores como el hallazgo de otros tiempos de breve luz, con rayos que  penetran los hogares, algunas estancias y lares. Aquellos testigos que lograron salir algo ilesos parcialmente del pozo oscuro, se asombran de “una maquinaria de guerra [que]  desvió su lucha fundamentalista” (p.8) so pretexto de un horizonte que ni siquiera vislumbraban como propio.

Aquí entonces, se está incursionando como ningún otro bardo se ha atrevido, salvo César Vallejo respecto de la guerra civil en España, en versar acerca del conflicto interno que experimentó la población peruana a partir de 1980 hasta 1992. Todos sabemos que en otros géneros como el ensayo y la narrativa se abunda y se sigue enjuiciando o testimoniando sobre el tema. En poesía, la disposición a enfrentarse con dicha temática casi no se da, salvo en poesía inédita o en algún otro poeta que lo asume tangencialmente. En Gómez Migliaro está siendo una prioridad que se aprecia desde sus anteriores poemarios, empezando por Moridor y en el penúltimo Construcción Civil.

Es un enfrentamiento que envolvió  –así lo siente la voz  poética- a nuestra sociedad en una larga noche oscura, donde los principales ejecutores pasaron de ser de protagonistas a un antagonismo que los llevó a desdecir sus propios principios e ideales por los cuales iniciaron una guerra contra el Estado peruano, y terminaron confundiéndose con el accionar de masacres de este.

En otra oportunidad redondearemos el comentario de Nuevas Batallas, obra que nos impide ser breves. No obstante ser una obra no extensa, sin embargo obliga a una lectura comentada global, total, y afirmo que es y será parcializada. Al respecto, Pierre de Barberis (3), es preciso al decir (¿influenciado por Marx?), “…toda crítica, de un modo o de otro, confiesa, incluso por lo que calla”. Y el libro de Willy Gómez Migliaro no merece que se silencie. Desde la distancia un abrazo al poeta fratelo.

NOTAS 
[1] MACHADO,  Antonio. Nuevas Canciones y de un cancionero apócrifo. Edit. Castalia-Hyspamerica. Chile 1986. Edición, introducción y notas de José  Ma Valverde.
[2] ALONSO, Amado. Materia y Forma en Poesía.3ra edición.  Edit. Gredos. Madrid 1965.
[3] BARBERIS, Pierre, y otros. Literatura e Ideologías. Serie Comunicación 18. Edit.  Alberto Corazón. Madrid, 1972.


[1] «Apuntes sobre la literatura nacional en el pensamiento crítico de Mariátegui», en: Varios (1980). Mariátegui y la literatura. Lima: Amauta, pp. 49-60.
[2] Para JCM los términos de «nacional» y de «peruana» no son sinónimos, conversión sinonímica que, al final, veremos que sí hace ACP.
[3] La cita de ACP la hemos tomado de Tomás Escajadillo, «Ciro Alegría, José María Arguedas y el indigenismo de Mariátegui». En: Varios (1980). Mariátegui y la literatura. Lima: Amauta, pp. 61-106. La cursiva es de Tomás Escajadillo, y él hace la siguiente referencia hemerográfica: ACP, «Para una interpretación de la novela indigenista». En: Casa de las Américas N° 100, La Habana, enero-febrero 1977, p. 42.
[4] Aníbal Ponce (1975). Obras. La Habana: Casa de las Américas, p. 10. Prólogo de Juan Marinello.
[5] Cf. Antonio Cornejo Polar (1989). La formación de la tradición literaria en el Perú. Lima: Centro de Estudios y Publicaciones.
CREACIÓN HEROICA