jueves, 14 de noviembre de 2013

Ciencias Sociales



La Recreación de la Realidad:
«Los Siete Ensayos»

(Quinta Parte)

Jorge Oshiro


C. César Vallejo

Se sabe que con la poesía de Rubén Darío (1867-1916) comenzó la América Hispánica a cantar con propia voz. Y obtuvo esta propia voz después de haber roto con el tradicionalismo colonialista. Ya no le interesaba copiar lo que se producía en España. El poeta nicaragüense rompe el cordón umbilical (cultura española) y apoyándose en la cultura europea desde la tradición greco-latina hasta el parnasianismo y  el simbolismo francés logra liberarse  del círculo de la enajenación colonialista.

Vallejo sigue los rumbos trazado por Darío y no es un azar que sus primeros versos de «Los Heraldos Negros» tengan todavía el sello del modernismo rubendariano. Pero esto es solamente el primer paso.

Vallejo va a superar muy rápidamente la etapa cosmopolita y va a hacer su introspección en la sustancia de la peruanidad, en esa sustancia oprimida y deprimida por siglos. Mariátegui:

"Vallejo es el poeta de una estirpe, de una raza. En Vallejo se encuentra, por primera vez en nuestra literatura, sentimiento indígena virginalmente expresado".

El sentimiento, como la emoción y la pasión son expresiones reales, son formas de in-sistencia (interioridad) de la vida, polo complementario a la ex-sistencia (exterioridad) de las cosas.

Y cuando Mariátegui habla del sentimiento está  refiriéndose a un cuerpo viviente, que vive, que sufre; el sentimiento no es otra cosa que la afirmación (vital) del cuerpo, tanto individual como social.

Vallejo traduce no solamente el sentimiento del indio, sino el "sentimiento virginal del indio". El poeta ha logrado traducir en versos la esencia del espíritu indígena, su emoción original.[1] No fue el primer intento, pero fue el primero que logró este propósito.

"Melgar -signo larvado, frustrado- en sus yaravíes es aún un prisionero de la técnica clásica, un gregario de la retórica española".

·         Es decir, no era suficiente tomar y cantar el tema indígena. Era necesario romper también con las formas tradicionales de expresión. Era necesario crear el propio lenguaje.

"...a partir de este sembrador (Vallejo JO) se inicia una nueva época de la libertad, de la autonomía poética, de la vernácula articulación verbal" (op.cit.).

·         Era necesario un nuevo lenguaje para expresar una nueva emoción (nueva para la literatura peruana, milenaria para la tradición andina).

·         El nuevo Perú, el nuevo peruano requería también de un nuevo lenguaje poético.

"Al poeta no le basta traer un mensaje nuevo. Necesita traer una técnica y un lenguaje nuevos también".

Por lo tanto la superación del viejo sistema expresivo de la poesía era una necesidad vital, no una arbitrariedad del poeta. La poesía de Vallejo no es siempre una poesía fácil. Pero si no es fácil, en cambio es profunda.

Dentro de la dimensión de la literatura mundial, «Los Heraldos Negros» pertenece al ciclo simbolista. Pero el simbolismo, según Mariátegui, ha sido de todos los tiempos. Y por otro lado no hay otra forma poética mejor dotada que el simbolismo para interpretar con acierto el espíritu andino:

"El indio, por animista y por bucólico, tiende a expresarse en símbolos e imágenes antropomórficas o campesinas".

La poesía de Vallejo no se agota con el simbolismo, tiene además elemento dadaísta, expresionista, suprarealista:

"El valor sustantivo de Vallejo es el creador. Su técnica está  en continua elaboración".
(...)

"Mas lo fundamental, lo característico en su arte es la nota india. Hay en Vallejo un americanismo genuino y esencial".

Vallejo no ha buscado en lo tradicional la materia de su poesía.

"la palabra quechua, el giro vernáculo no se injertan artificiosamente en su lenguaje".

Su poesía no es elaborada desde el plano de la conciencia; Vallejo no es el poeta que busca temas en los Andes.

"Su poesía y su lenguaje emanan de su carne y su  ánima. El sentimiento indígena obra en su arte quizá  sin que él lo sepa ni lo quiera".
       
 El sentimiento indígena obra en su arte porque el poeta se sitúa en esta región cultural de la realidad peruana hasta entonces oprimida. El sentimiento indígena obra en su arte porque Vallejo como unidad corporal está  integrado a otra 'unidad corporal' mayor que lo envuelve. En este sentido puede afirmar Mariátegui que el quechua, el giro vernáculo

"son en él producto espontáneo, célula propia, elemento orgánico".

Integrado al 'cuerpo cultural andino' Vallejo expresa naturalmente los rasgos existenciales propios de esta cultura. Para Mariátegui el rasgo más característico de este cuerpo social es el sentimiento de nostalgia.

Basándose en las afirmaciones de Luis E. Valcarcel dice que la tristeza del indio no es sino nostalgia,

"Vallejo es ascendradamente nostálgico. Tiene la ternura de la evocación".

Pero esta nostalgia no es pasadista; Vallejo no siente la nostalgia del Imperio Incaico. La nostalgia vallejana es

"una protesta sentimental o una protesta metafísica; nostalgia del exilio; nostalgia de la ausencia".

Todo hace pensar que lo metafísico en Mariátegui no es un fenómeno de la inteligencia sino del cuerpo. El exilio es una forma de dolor, pero el dolor vallejiano es meta-físico porque trasciende el dolor corporal de Vallejo-individuo para convertirse en dolor universal, el dolor de todos los cuerpos, el dolor de todos sus hermanos:

"Vallejo intepreta a la raza en un instante en que todos sus nostalgias, punzadas por un dolor de tres siglos, exacerban".

Toda nostalgia es un dolor existencial de una ausencia y la nostalgia metafísica de Vallejo es la protesta contra la ausencia de Ser. La búsqueda de Vallejos se acerca a la búsqueda del propio Mariátegui, por eso él puede comprender al poeta en su plenitud.

En otro pasaje escribe Mariátegui:

"Vallejo tiene en su poesía el pesimismo del indio".

Pero en este pesimismo se encuentra siempre un fondo de piedad humana,

"no hay nada en él de satánico ni de morboso",

"es el pesimismo de un  ánima que sufre y expía"

comenta nuestro autor citando a Pierre Hamp.

"No traduce una romántica desesperanza del adolescente turbado por la voz de Leopardi o de Schopenhauer".

Esta es una directa alusión autobiográfica de Mariátegui. Es una referencia a su propia juventud de Juan Croniqueur. Pero es una referencia sin nada de satánico ni de morboso. Mariátegui se piensa a sí mismo con la serenidad con la certeza de haber superado aquella etapa.

Así como el panteísmo y el fatalismo indio, el fatalismo de Vallejo no es un concepto, es un sentimiento. Es un sentimiento que se acerca al fatalismo cristiano y místico,

"se presenta lleno de ternura y caridad…"

"Pero no se confunde nunca con esa neurastenia angustiada que conduce al suicidio a los lunáticos personajes de Andreiev y Arzibachev".

El pesimismo lunático, neurasténico es un narcisismo irrefrenable, desencantado y desesperado. El pesimismo vallejiano es de otra esencia:

"Vallejo siente todo el dolor humano. Su pena no es personal. Su alma está  triste hasta la muerte de la tristeza de todos los hombres"[2].
       
Pero también de la tristeza de Dios. Porque para el poeta, nos dice Mariátegui,

"No sólo existe la pena de los hombres".[3] "Es tanta su piedad humana que

a veces se siente responsable de una parte del dolor de los hombres.[4]
       
El romanticismo del siglo XIX fue esencialmente individualista, el romanticismo, en cambio del siglo veinte es

"espontánea y lógicamente socialista, unanimista".

En este sentido el poeta peruano no sólo es expresión del mundo indígena, también pertenece a su siglo.La poesía de Vallejo representa para Mariátegui el comienzo de una nueva sensibilidad, el descubrimiento de una nueva dimensión, la dimensión profunda de la realidad nacional. La poesía de Vallejo es, dice Mariátegui, siempre

"alma  ávida de infinito, sedienta de verdad. La creación en él es al mismo tiempo, inefablemente dolorosa y exultante".

Es un poeta místico porque como Walt Whitman busca la Totalidad pero no en la alegría sino en el dolor y de la misma manera que Mariátegui busca superar el dolor y la muerte en la solidaridad de los hombres, en la solidaridad de las multitudes como el célebre poema «Masa» lo muestra.


D. El indigenismo

La corriente literaria predominante en los años veinte era el indigenismo. Y esto se explica porque

"el indigenismo literario traduce un estado de  ánimo, un estado de conciencia del Perú nuevo".

La Nueva Generación, la generación de Mariátegui, re-descubrió el Perú porque reivindicó al indio, su tierra (su paisaje) y su cultura. El nuevo peruano comenzó a descubrir su yo profundo en ese Perú profundo secularmente oprimido. Este descubrimiento que fue ante todo una lucha político-social no pudo dejar de expresarse en la literatura, porque ésta es la conciencia (imaginaria) de esta realidad.

La reivindicación del indio y su dimensión cultural comenzó a plantear un nuevo problema. Se había oprimido larga y profundamente este aspecto sustancial de la realidad peruana. Pero a lo largo de los siglos, acompañando esta opresión fue desarrollándose, sobre todo a lo largo de la costa, una cultura más occidental, más española que peruana, a pesar de que el país se hayaba independizado políticamente desde hace más de 100 años.

Y precisamente el descubrimiento de la realidad indígena lo hizo un sector rebelde y revolucionario de esta cultura. Esta generación había roto con la alienación inicial, había hecho sus experiencias en el extranjero, se había hecho cosmopolita y en un tercer momento descubría su realidad interior y contradictoria. Y aquí comienza la lucha ideológica contra dos frentes.

·         El primer frente era la lucha contra el espíritu pasadista y conservadora, que insistía en la realidad colonial del Perú, que no pudiendo ya negar la realidad del indio y de su cultura, trataba de conservar el status quo dando determinadas concesiones: más escuelas, más educación, mejora de las relaciones con el aparato burocrático estatal, mayor humanismo.

·         Por otro lado la lucha se iniciaba contra aquellos que veían en la realidad profunda del Perú el único Perú, y pretendían desconocer todo lo que no era indio y trataba de volver a los tiempos del Imperio.[5]

Era otra forma de pasadismo por su carácter ahistórico. Mariátegui se ubicó entre aquellos que propugnaban la síntesis cultural, la única solución realista posible a un problema explosivo. En este sentido escribía él:

"Los indigenistas auténticos...colaboran, conscientemente o no, en una obra política y económica de reivindicación -no de restauración ni resurrección".

Y contra toda desfiguración agrega que el indio no representa únicamente un tipo, un tema, un motivo, un personaje:

"Representa un pueblo, una raza, una tradición, un espíritu".

Por lo tanto no es solamente un color, un tema ni tampoco un elemento étnico entre otros. Es mucho más que eso:

"Lo que da derecho al indio a prevalecer en la visión del peruano de hoy es, sobre todo, el conflicto y el contraste entre su predominio demográfico y su servidumbre -no sólo inferioridad -social y económica".

La presencia mayoritaria indígena, tres o cuatro millones, dice nuestro autor, en un panorama mental de cinco millones, no debe sorprender a nadie que

"este pueblo siente la necesidad de encontrar el equilibrio que hasta ahora le ha faltado en su historia".

Mariátegui reitera que la reivindicación del indio

"tiene fundamentalmente el sentido de reivindicación de lo autóctono".

Y no puede compararse con la reivindicación de lo criollo, y añade al cual no reemplaza ni subroga:

"El criollismo, aparte de haber sido demasiado esporádico y superficial, ha estado nutrido de sentimiento colonial. No ha constituído una afirmación de autonomía".

Para Mariátegui el criollismo es todavía expresión de una conciencia enajenada, colonialista, de una conciencia dependiente, exterior:

"El criollo peruano no ha acabado aún de emanciparse espiritualmente de España. Su europeización -a través del cual debe encontrar, por reacción, su personalidad- no se ha cumplido sino en parte".
       
El período cosmopolita no había sido desarrollado suficientemente. Y este período es para nuestro autor de gran necesidad, de tal manera que sin él, el criollo no podrá  comprender su realidad por lo tanto no podrá  comprenderse:

"Una vez europeizado, el criollo de hoy difícilmente deja de darse cuenta del drama del Perú".

Es esta europeización, es decir esta conciencia de la totalidad lo que le va llevar a la conciencia de su alienación y va a reconocer la necesidad de re-descubrir la realidad profunda del Perú, ese si-mismo:

"Es él precisamente el que reconociéndose a sí mismo como un español bastardeado, siente que el indio debe ser el cimiento de la nacionalidad".

El criollo necesita al indio para regenerarse, es en la cultura indígena que Mariátegui siente el fundamento de la nueva identidad. Es el punto de partida, no el punto de llegada. O como dice Mariátegui, es el cimiento pues: somos una nacionalidad en formación. El indio por propia fuerza es aún débil para reivindicar solo sus derechos de ser. De allí que diga Mariátegui:

"Si el indio ocupa el primer plano en la literatura y el arte peruanos no será , seguramente, por su interés literario o plástico, sino porque las fuerzas nuevas y el impulso vital de la nación tienden a reivindicarlo".

¿Quiénes son estas fuerzas nuevas y qué es este impulso vital que reivindica al indio? Entramos así a la segunda parte del análisis nuestro de Los Siete Ensayos.


[1] Ver arriba Ensayo IV. Apéndice 4.4. La concepción mariateguiana de la Naturaleza.

[2] Es notorio la profunda intensidad del sentimiento de comunidad adleriana en la poesía de Vallejo
[3] "Siento a Dios que camina/ tan en mí, con la tarde y con el mar./ Con él nos vamos juntos. Anochece./ Con él anochecemos. Orfandad./ Pero yo siento a Dios. Y hasta parece/ que él me dicta no sé qué buen color./ Como un hospitalario, es bueno y triste;/mustia un dulce desdén de enamorado:/debe dolerle mucho el corazón".
[4] "Todos mis huesos son ajeno / yo tal vez los robé!/ Yo vine a darme lo que acaso estuvo / asignado para otro;/ y pienso que, si no hubiera nacido,/ otro pobre tomara este café!/ Yo soy un mal ladrón...A dónde iré!".

[5] Ver abajo cap. 6.2.3.La alianza campesino-obrero. (Los "milenaristas")

Literatura



“El Carnicero de Lyon, Un Itinerario de muerte”


Julio Carmona

Cuando alguien escribe sobre un acontecimiento cruel, negativo y hasta absurdo ocurrido en el pasado, yo suelo ponerme en guardia. Y esto me lo hizo ver Belén Gopegui –escritora vasca, de obra silenciada, obviamente, entre nosotros– en una excelente crítica que le hace a La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa. Novela esta que, después de leída, hace exclamar a algunos: ¡Qué horrorosa la tiranía de Rafael Leonidas Trujillo en República Dominicana, ocurrida antaño!; pero otros preguntamos: ¿y las atrocidades de Busch y de Obama, hogaño?

Y lo mismo suele ocurrir con La guerra del fin del mundo, del mismo Vargas: ¡Qué terrible violencia la de los canudos y la del ejército brasileño en los últimos años del siglo XIX! ¿Y la violencia de los sionistas en Palestina y de los mismos civilizados occidentales en los países árabes, en los siglos XX y XXI?

E igual ocurre con las versiones cinematográficas o narrativas de la segunda guerra mundial y sus más destacados protagonistas: los ingleses, los franceses y –como diría Piero– los americanos, y en el lado opuesto el nazi-fascismo con, por supuesto, Hitler y Mussolini (los soviéticos son actores de segunda, extras, metiches y –bueno– con una sola vela en el entierro). Con la reiteración de ese hecho siempre me tinca que se busca hacer un juego de espejos: ¡cuántos millones de judíos muertos! Y entonces surge la conclusión del silogismo: los muertos del presente, localizados en países aislados, hacen un número exiguo, comparados con aquel holocausto. Es más cómodo ver la paja en ojo ajeno. Es como si se dijera que los horrores del pasado minimizan los del presente.

Y, ante esa superposición de imágenes, a uno le dan ganas de retrucar: Oye, pero si en esa época no existía Israel como país o Estado; los países agredidos, y con más millones de muertos, fueron casi todos los Estados europeos (con excepción del Vaticano, aliado entonces de Hitler; y no olvidemos que fue Mussolini quien le dio status de Estado, en 1929; independiente de Italia. Los Pactos de Letrán son firmados por la Santa Sede y Benito Mussolini, primer ministro del Reino de Italia con poderes dictatoriales).

Y hago reflexión de todo esto, después de leer la novela El carnicero de Lyon, de Manuel Lasso, peruano residente en USA. Sin lugar a dudas, existe un solo personaje con ese apelativo que da título a la novela. Y no es otro que Klaus Barbie, el tristemente célebre miembro de las huestes hitlerianas que tantos crímenes cometiera no solo en Lyon, Francia, sino por todos los lugares por donde sus botas –equivalentes a los cascos de Atila– no dejaban crecer la yerba. Y mi primera reacción fue como aquella: ¿y ahora dónde lo pongo, si ya sabemos quién fue y cómo actuó y a cuántas personas asesinó? Y estuve tentado de abandonar la lectura. Pero –y es virtud del novelista– el personaje histórico y su anécdota pasaron a un segundo plano; el informe periodístico, el dato sociológico, las cifras estadísticas se esfumaron para dar paso a la acción y la pasión del personaje literario. Las palabras (como las imágenes en movimiento del cine) dan vida a otro ser. Del personaje histórico se nos dice que mató a cientos de personas en Europa o en Bolivia o en Perú, y nos horrorizamos por la magnitud del siniestro; pero al personaje literario lo vemos torturar y eliminar a sus víctimas, empero además lo vemos reírse de eso, vanagloriarse de eso y adorar a los jefes que le dieron la orden, y justificarse a sí mismo y, de paso, a ellos, con el rostro impasible y la conciencia sucia con la cruz gamada destilando sangre.

Pero la inveterada costumbre de no dejarnos obnubilar por la destreza técnica del narrador, nos lleva a preguntarnos, otra vez, ¿y ahora dónde lo pongo? Y es entonces que surge la responsabilidad del lector literario. ¿Me contento con la simple anécdota?, ¿es esa la intención de esta novela, y es que está tomando el tema como pretexto para hacer alarde de su virtuosismo técnico? o, por último, ¿hay un mensaje oculto, subyacente en esa estructuración? De ser así, ¿cuál es ese mensaje?: ¿otra vez “llorar sobre leche derramada” para minimizar la sangre vertida hoy con similar ensañamiento por otros carniceros, clones siniestros de aquel de Lyon? 

Y lo que hago es interpretar, a partir de los elementos proporcionados por la misma novela. Y veo abrirse una doble perspectiva. Por un lado, la que sugiere el propio protagonista, de convertirse en modelo para otros esbirros en América (especialmente, Bolivia y Perú), es decir, buscar el amparo de regímenes similares al suyo para que lo blinden y serles útil en sus respectivos países. Por eso, cuando se entera que los servicios de inteligencia de Israel le siguen los pasos como perros de presa: “Klaus siguió tosiendo, muy rubicundo, inhalando el aire con un silbido y con los ojos que se le salían, pero dio un último tosido y se calmó. Pensó que si la Mossad iba a secuestrarlo en La Paz o en Lima tendría que ponerse en los tobillos un collar con púas de acero como los de su doberman, para que a sus captores no les fuese tan fácil aprisionarlo.”

Y, por otro lado, se abre la otra perspectiva (a la vez sorpresiva) de las luchas populares (que tienen un único cordón umbilical que las une en todo el mundo), a partir del capítulo 15, se abre un nuevo frente narrativo: los republicanos españoles que, casi paralelamente, llegan a refugiarse en América. Y se constituyen en adoctrinadores de esas luchas (no olvidemos la participación de Alberto Bayo Giroud en los preparativos de la revolución cubana). Y uno de esos españoles, Iván Gonzales –protagonista del capítulo 15–, encuentra apoyo en el peruano Anselmo Sánchez y en su hija Manuela, siendo esta última quien tiene en sus manos la oportunidad de ajusticiar al “carnicero de Lyon”, convertido en “carnicero de Lima” (empleándose como fámula en casa de este), luego de que su padre fuera victimado por la policía secreta “peruana” asesorada por Klaus Barbie. La performance de este no solo lo convierte en “el carnicero de Lima”, sino de toda América Latina. Cada una de nuestras dolidas repúblicas ha tenido un Klaus Barbie en su historia. Es pertinente mencionar sólo a los más feroces: Rafael Leonidas Trujillo, Rep. Dominicana (1930-1961); Anastasio Somoza, Nicaragua (toda una dinastía: 1937-1956); Gustavo Rojas Pinilla, Colombia (1953-1957); Francois Duvalier, Haití (1957-1971); Carlos Castillo Armas, Guatemala (1954-1957); Fulgencio Batista, Cuba (1952-1959); Humberto Branco, Brasil (1964-1967); Hugo Banzer, Bolivia (1971-1978); Alfredo Stroessner, Paraguay (1954-1989); Juan María Bordaberry, Uruguay (1972-1976); Jorge Rafael Videla, Argentina (1976-1981); Augusto Pinochet, Chile (1973-1990); Alberto Fujimori, Perú (1990-2000). Sin mencionar, por obvios, a los que han gobernado USA, lo cierto es que cada cual se empeñó en ser una “versión mejorada” de su común padre putativo.

Pero Manuelita Sánchez y su padre y los milicianos españoles y todos los mártires de esos carniceros en Nuestra América son nuestros padres y madres apodícticos. Nosotros somos herederos de las víctimas de esos carniceros. Si muchos de ellos fracasaron en su intento justiciero (como es el caso de Manuelita Sánchez, en la novela), con ese solo intento queda abierta la posibilidad de que otras Manuelitas Sánchez continúen con ese objetivo supremo de alcanzar justicia (sin olvido ni perdón) en contra del nazi-fascismo, porque si bien el “carnicero de Lyon” murió viejo y loco en su cárcel perpetua, sus herederos siguen adosando a su actividad carnicera el nombre de los pueblos que luchan por acabar con la ideología de los Hitlers y Mussolinis que gobiernan el mundo como líderes del ultra capitalismo liberal: el más feroz carnicero de la Historia Universal.



Parte Dos  del Cacique Blanco.
El Encuentro del Héroe  y  los Ámbitos del Antagonista

Roque Ramírez

El libro que comentamos se publicó por primera vez el año 1981, su autor el narrador Carlos Espinoza León (Piura- Perú.1941) lo ha reeditado varias veces debido a que ha tenido una calurosa acogida entre los lectores piuranos. Y esta nueva edición hubiera sido una más si de por medio no hubieran ocurrido eventos que han permitido ampliar el texto original, por tanto alterar su formato.  En realidad se trata de que los creadores han coincidido en sacar de dudas, si es que esto es factible, a los lectores respecto de obras finiquitada por sus autores, porque en el fondo dejaron con la miel en los labios a los lectores, al final de sus narraciones. Entre otros, este es el caso de C.E.L., quien buscó al protagonista anónimo de su relato por décadas, y cuando el héroe fue a su encuentro decidió escribir la parte II de su relato.

Lo reseñamos porque consideramos es una obra que se ubica en el campo realista de dicho género literario. Y si bien no es ideal para la crítica capitalina o académica, tiene sus méritos. Leamos. En el argumento de esta narración se cuenta la historia de un capataz del todo poderoso latifundismo, apellidado Pelayos, quien embestía contra todo tipo de derechos, pisoteando sembríos y cosechas, por tanto esperanzas de sobrevivencia digna. Un caporal parte del engranaje del latifundio que viola no por cierto mozas castas como sí casi todo código de leyes, convirtiéndose en un personaje no actante pero si actuante del poder opresor  con toda la bestialidad que su condición dominante y racista le permite.

En pocos años instaura el terror, mete miedo, pero todo temor es relativo, tanto que las mujeres son las que inician por  reacción  su rebeldía campesina dándole a probar un juerte hondazo, dicha reacción de los acosados campesinos se consuma con la muerte del mencionado antagonista, el Pelayos, a manos de un tirador experto en tiro de rifle.

Entonces, desde que se hilan los hechos y se va tejiendo la historia única, se muestra al lector una dinámica actividad ideológica, a pesar que cualquier interpretador de palabras sólo las repase con el propósito de entretenerse. La latencia de hechos opresivos está allí literalmente, es bullente, lo bastante para que el ojo interpretador asuma empatías vindicativas con los personajes a los que se les intenta pisotear.

Y, claro que sí, el narrador no ha tenido la intencionalidad de convertir a sus personajes en herramienta ideológica, en el informe narrativo de la parte dos lo precisa y enfatiza, mas ya sabemos que en el proceso de creación de novelas o relatos el autor no tiene el pleno control de los mismos, ciertas situaciones escapan a su voluntad. Por eso los payadores del final de la parte uno contradicen a su creador en las letras de su breve canto, expresando esas opciones de rebeldía anárquica ante la inminente pérdida del  honor:

“Cuando hay voluntad se puede
Tumbar hasta las montañas
Si con honor ¡ay! se quiere
Vivir todas las mañanas”

El Cacique Blanco (Lengash, editores,  Piura.2013), en su parte uno y parte dos, es un relato bastante extenso que parece una novela breve, pero no lo es por el diseño de su plano compositivo. Está conformado por una historia en torno a un personaje central con un solo tema: eliminar las acciones de injusticia. Esto lo ha fundamentado muy bien el escritor Julio Carmona, en la presentación del libro, en setiembre de este año.

La prosa de Carlos Espinoza León no es lírica en sus descripciones, sin embargo nos muestra los paisajes andinos del Alto Piura con el suficiente derroche de exhibiciones, detalle a detalle. A ello se suma lo ya señalado con certeza por el narrador Gonzales Viaña, quien afirma que nuestro autor C.E.L., tiene ingenio de mano para transcribir a la oralidad, sin perder lo genuino, el dialecto usado por sus personajes campesinos altopiuranos (ponencia nuestra  Chimbote, 2006)1; y en este caso, dicha fidelidad de transcripción también la ejerce con el modo seseante del hablar del personaje antagonista central, el Pelayos, un español de cepa. A propósito, los diálogos, breves por cierto, adquieren  la necesaria pericia que demanda toda buena prosa, gracias a la recreación cantarina de los modismos empleados en ese hablar campesino ya mencionado en líneas anteriores. En este asunto del lenguaje no se le pueden escatimar reconocimiento, sin pecar de injusto al autor comentado.

Aunque no complicada, la estructura de su narración lineal es sólida, si nos atenemos al entarimado propio de su diseño compositivo. En el mismo que se percibe un destello del relato épico, por lo cual no hay predominio de lo heroico en la parte uno; es en la parte dos que se llega a saber de un heroísmo asumido por Claro Choquehuanca, por efecto colateral no propuesto sino impuesto por el ánimo colectivo, alguien debía ponerle punto final a las afrentas y alguien expiar culpas externas. En este caso no tan ajenas, porque como Fuenteovejuna, en todos los hogares de Poclús los moradores pecaban y pensaban, sin un ápice de duda, eliminar el símbolo de la expoliación latifundista, en la persona del tal Pelayos.

Carlos Espinoza, vuelve a publicar su narración porque, además que se hacía necesaria una reedición pulcra y cuidada para las generaciones que no le habían visto publicado un buen libro, ha ampliado su relato, el cual como en todo informe bélico no podía conformarse con el parte uno sino que requería de un parte dos.

Este parte dos, es un informe narrativo incorporado al parte uno, en el que el archivo del tiempo ha permitido un encuentro entre el personaje prototipo real, no el literario, y el creador. Lo cual le permite saber al interpretador de palabras que hay detrás del final de un relato considerado finiquitado. Muchas narraciones nos dejan con la incógnita, entonces las interrogantes se plantean y, desde luego, se responden como en el micro relato de Elías Preciado  “La conciencia”:

“Después de muchos años, entre el pálido rescoldo de sus recuerdos, revivió aquel día justiciero, de aquel último disparo:
¡Nadie podía matarlo¡
-¡Mentira, todos podían hacerlo!
¿Tú, lo seguiste?
-Lo seguían todos, estaba pedido. El pueblo lo pedía.
¿Y, lo emboscaste?
-No, él se emboscó solo. Su destino lo guio y lo encontró.
¿Pero, tú disparaste  a matarlo?
-Yo, no. Fue el gatillo y la bala.
¿Tú, lo mataste?
-¡No!
A punto de perder la paciencia, su rostro ya se teñía de brasas en sus
ojos:
-Entonces ¿Quién diablos lo mató?
Su conciencia.”

En esta parte dos, además se debaten varias ideas: los veredictos de la (in) justicia de jueces y comisarios totalmente  opuestos a los justos anhelos justicieros, junto a esto se suma el pisoteo de los derechos humanos y la maquiavélica alternativa de sancionar justicia considerando que sacrificando un chivo expiatorio quedan restablecidos los principios de autoridad y del derecho. Siendo lo central de estas ideas la natural confrontación de las relaciones entre campesinos y latifundistas, si bien no inferida con la hondura que exige tal relevancia, es eficazmente exhibida ante el lector.

Los folios de este parte dos permiten hurgar en los orígenes andinos del personaje héroe, clandestino, a pesar de su corporeidad y ubicuidad, junto a las procedencias exóticas e hispanas del antagonista y de otros inmigrantes. Convenciendo implícitamente a nuestra memoria que la barbarie viene de fuera. Y como que así es, para el campesinado del Mundo es ancho y ajeno, de Redoble por Rancas, de los Ríos Profundos, y de cualquiera de nuestras regiones, conviviendo en comunidad solidaria, la invasión y agresión siempre llegó de más allá de sus fronteras, el poder central limeño o allende los mares.

Por último, quiero incidir en la valiente actitud de Victoria Gonza, quien decide saltar la valla de la impotencia para osar hacerle frente al feroz capataz y sus secuaces del abuso, asestándole el juerte huaracazo ya mencionado antes de estas líneas. Un saludo a  C.E.L por ofrecernos ambos partes del Cacique Blanco. Sus lectores le son fieles no tanto por simpatía como si por la vigencia de la temática de la ruralidad en tanto nunca nos convertimos en los decadentes citadinos autómatas propios de las sociedades industriales, simplemente porque no dejamos de ser sociedades pre capitalistas, y el latifundio está de regreso vía las empresas agrícolas dizque industriales (ponencia nuestra,2009)2. Hace algunas semanas atrás, en una reciente entrevista que le hacen a Edgardo Rivera Martínez3, ante una pregunta de por qué sigue escribiendo sobre el mundo andino (enfatizamos de predominio rural) si “la urbe  y la cultura cosmopolita lo invaden todo”; el autor de País de Jauja responde “Lo andino es la columna vertebral en países como el nuestro”. En próximo comentario a otro joven escritor piurano, nos explayaremos en el tema de la vigencia de la ruralidad dentro del proceso literario peruano.

Notas: 
1 Ponencia presentada en el VI Congreso Nacional de Escritores “Manuel Baquerizo” realizado en la Ciudad de Chimbote. Octubre, 2006.                                                                                                                               2 Ponencia presentada en el VI Congreso Nacional de Escritores “Manuel Baquerizo” realizado en la Ciudad de Huamachuco. Octubre 2009.
3   Entrevista a Edgardo Rivera Martinez “El aire sigue limpio y clarísimo”. Revista Somos, Suplemento de diario El Comercio. Año XXVI / Nº  140. 12/10/2013.
CREACIÓN HEROICA