lunes, 7 de abril de 2014

Historia




Garcilaso Frente al Colonialismo Hispánico

(Sexta y Última Parte)


                                         Emilio Choy


El pensamiento indígena estuvo sometido muchas veces, para poderse  expresar, a la influencia de los que justificaron la matanza de indios. El noble Tito Cusi Yupanqui, indio de pura cepa, tuvo que repetir que la matanza se debió a la actitud sacrílega de Atahualpa. Huamán Poma, critico insobornable de los abusos del clero, tampoco llegó a condenar la actitud de Valverde, posiblemente ello se debió a que, igual que muchos, consideró la matanza como un mandato de la divinidad, en vista de la supuesta rebeldía da Atahualpa.

No sólo lo indio, tampoco el mestizaje basta, para comprender a Garcilaso. Es su utopismo el que, a pesar de la admiración que siente por el progreso introducido por la conquista y la colonia, lo impele a despertar repulsión en los lectores, por la matanza y el saqueo, y esta fase negativa de la conquista, quizá la siente más que el indio, el utopista que ansía construir una sociedad mejor y lo empuje a investigar y luchar contra la teología y su escolástica colonialista. Luchar contra ella era debilitar el imperio y la dominación española. Para ello introdujo esclarecimientos para que el indio, los mestizos y criollos, procurasen construir una sociedad mejor de la que los utopistas contemporáneos del inca Garcilaso habían delineado como posible. El creyó factible, ya que nos describe un colectivismo idealizando el practicado por los incas, asemejarlo a las maravillosas sociedades descritas por los utopistas.

En esta mezcla contradictoria de elementos de la época, dedica la obra Diálogos de amor a personajes retrógrados, y tiene que aceptar lo misional como fundamento de la conquista para poder defender lo progresivo en la obra de los conquistadores como los Pizarro y los rebeldes como Carvajal. Estas figuras representan las fuerzas ascendentes del renaci­miento trasladadas al Perú, Las que sedientas de reinvertir los capitales que habían acumulado, matan y asuelan los pueblos porque están alienados, domina en ellos el espíritu burgués, pero su justificatjvo legal lo da la teología feudal. Frente a esta contradicción de la conquista, está el utopismo humanista la de Garcilaso que ansia la emancipación del indio no sólo porque en sus venas corre la sangre materna, sino que como utopista soñaba con el mejoramiento de la sociedad como un todo, única ruta posible para la liberación total de su Patria.

La crítica de Garcilaso a Valverde y a los conquistadores, por la matanza, se puede inferir en el curso de varios capítulos. La defensa abierta le sirve para enfatizar la injusticia de la masacre. Frente al ultimátum que Valverde espe­tó al inca, éste se rindió incondicionalmente, porque Atahualpa ante la amenaza de ser muerto en caso de resistirse, y como los vaticinios de su antecesor se estaban cumpliendo, de que blancos y barbudos llegarían para poner fin al imperio, no presentó oposición alguna. Pero los españoles ansiosos de lograr botín a toda costa (11), comenzaron a robar a los indios y a los ídolos que estaban en la plaza. Los nativos resistieron no con ánimo de matar a sus asaltantes, sino instintivamente para no dejarse arrancar las joyas. Entonces se produjo el tumulto y la matanza se inició. Con resistencia de parte del inca, la matanza era justificable para el cusqueño, pero sin resistencia alguna, como "mansos corderos" ellos fueron masacrados; y no porque el inca tuviera miedo, sino porque estaba bajo la presión de un vaticinio que influía en su conducta que, sin ser determinante, anulaba su poder de resistencia. Además si el sacerdote había conseguido amansar al inca y éste había dado orden, que era ley, de no ha­cer daño alguno a los españoles, nos parece que era una manera hábil de quitar toda justificación a una masacre de esa magnitud. Valverde si no incitó, pudo haber ordenado con energía

el cese de la matanza, pero prefirió marcharse dejando la cruz abandonada. Ante el asesinato de una mu­chedumbre pacífica, es evidente si no la culpabilidad, la connivencia del sacerdote que no se opone a ella. A los españo­les no les bastaba la sumisión y el logro de tributos, necesita­ban llevar o cabo el saqueo y el exterminio de una parte de la nobleza que estaba al lado de Atahualpa, para así lograr fortalecer el bando rival de Huáscar. El principio de dividir para imperar, utilizando la rivalidad de ambos ban­dos incaicos en lucha, no estuvo ausente en la política de los conquistadores. Necesitaban destruir, imponer el terror entre los indios como acostumbraban hacerlo en !as Antillas y Centro América, para dominarlos. La sumisión de los que se rendían no les era suficiente, con ella exterminaban; sin ella mejor, porque podían justificar legalmente la matanza.

                Garcilaso pretendió mostrar la conquista como sistema de robo y opresión que, de todas maneras, requería del ex­terminio de poblaciones para imponerse. La crueldad de la masacre la relata el cusqueño con gran habilidad. Fuese orden de la divinidad o conveniencia política de los conquistadores encabezados por su teólogo, el hecho es que estuvo bien planeado y los sermones sirvieron corno introducción a la tragedia. En su emocionante narración sobre la actitud de las víctimas, nos dice:
   
"los españoles los hirieron cruelmente, aunque no se defendían, mas de ponerse delante, para que no llegasen al inca; al fin llegaron con gran mortandad de los indios; y el primero que llegó fue don Francisca Pizarro y echando mano de la ropa dio con él (inca) en el suelo […] Los indios viendo preso su rey y que los españoles no cesaban de herir y matar, huyeron todos y no pudieron salir por donde habían entrado, porque los de a caballo habían tomado aquellos puestos, fueron huyendo hacía una pared de las que cercaban aquel gran llano, que era de cantería muy pulida, y se había hecho en tempo del gran inca Pachacútec […] y con tanta fuerza e ímpetu cargaron sobre ella, huyendo de los caballos, que derri­baron más de cien pasos de ella".

Aquí dice un autor "que aquel muro y sus piedras se mostraron más blandos y piadosos que los corazones de los espa­ñoles, pues se dejaron caer por dar salida y lugar a la huida de tantos indios, viéndolos encerrados con angustias de la muerte". (Cap. XXVIH.


Hasta los muros incaicos cedieron, lo que no cedió fue la crueldad que azuzaba la codicia del botín. Si los españo­les eran crueles ¿cuál debió ser la misión de Valverde como buen cristiano? Frenarlos ¿pero cómo oponerse a una ma­tanza que era indispensable para la prosperidad del Evange­lio? El meticuloso planteamiento de la matanza de indios fue evidente, para cuya realización los largos sermones fueron el indispensable prólogo. Valverde no incita, pero el Inca nos revela algo peor: al preparar el clima favorable para la masacre, el sacerdote la preside, no como Nerón, sino corno teólogo que incapaz de razonar está atado a un ritual que siente la historia como un misterioso ordenamiento que la divinidad impuso a los indios en el momento en que se ini­ció la pérdida de nuestra continuidad histórica.

Notas
[11] Apenas terminó Valverde la segunda parte del sermón de    Cajamarca.

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