miércoles, 30 de abril de 2014

Economía




Explotación Burguesa y Lucha del Proletariado


César Risso


LOS MECANISMOS QUE LA BURGUESÍA IMPLEMENTA, ya sea como actividad privada o como norma jurídica, persiguen siempre el mismo objetivo general: mantener a los obreros sojuzgados, para remunerarlos lo más bajo posible, y así reducir los costos de producción y permitir a la burguesía seguir extrayendo plusvalía.

Claro que la burguesía se hace propaganda como liberal, y esto se refleja en la letra, adhiriendo además a convenios internacionales. Pero la realidad se muestra esquiva a esta letra y auto propaganda. Esto se puede evidenciar en la remuneración mínima vital real, en la tasa de incumplimiento de la remuneración mínima vital, y en el exceso de horas trabajadas. Estas son algunas de las pruebas de los logros de la burguesía en cuanto a la explotación de la fuerza de trabajo.

Consideremos en primer lugar la remuneración mínima vital (RMV). Esta ha variado en términos nominales (soles corrientes) desde S/ 550 en el año 2009 hasta S/ 750 nuevos soles en el presente. Cuál ha sido la RMV real, es decir, su capacidad de compra o su capacidad de consumo. Esto permite verificar si mantiene, disminuye o aumenta su poder de compra. Este ha pasado de S/ 245,20 en el año 2009 hasta S/ 291,7 en el mes de marzo del presente año[1]. Estos datos muestran que mientras que en términos nominales la RMV creció en 36,36%, en términos reales el aumento fue de 18,96%. Esta situación corresponde a las variaciones de la remuneración de la fuerza de trabajo, que oscila alrededor del valor de la fuerza de trabajo. Pero resulta que la canasta básica familiar (CBF) es de S/ 1040. Esto nos permite apreciar como la RMV se mantiene por debajo de la CBF.

Si esta es la situación respecto  al monto de la RMV, veamos ahora la situación con respecto al cumplimiento de la misma. La tasa de incumplimiento de la RMV va desde el punto más bajo registrado en Lima con menos de 20% hasta Apurímac, con un tasa de incumplimiento de cerca de 80%, registrándose en varias regiones una tasa de incumplimiento de alrededor de 50%[2].

Vemos pues que la RMV le resulta incómoda en gran parte del país a la burguesía, a tal punto que se ve obligada a vulnerar su propia legislación. Si la RMV es insuficiente para reponer la fuerza de trabajo de los obreros, más precaria se torna su situación con el incumplimiento que ejecuta la burguesía. Esto se debe indudablemente a la agresión sufrida por la clase obrera en los regímenes que han venido aplicando la política más cruenta de la burguesía internacional, de liberalización de la economía, dejando la determinación de los precios al mercado. Así, entre el Estado burgués y el mercado burgués, se oprime a la clase obrera bajo estas dos modalidades.

Sabemos que la burguesía tiene varios mecanismos para aumentar la tasa de explotación (extracción de plusvalía). Una de estas modalidades se da a través de la plusvalía absoluta, que consiste en el aumento de la jornada de trabajo, o en el aumento de la intensidad de trabajo en la misma jornada.

“33.4% de los trabajadores en Lima Metropolitana (LM) y 31.5% de los trabajadores en el Resto Urbano (RU) se encontraban trabajando más de 60 horas semanales en el 2002 y sus jornadas promedio semanales eran de 71.7 y 74.3 horas respectivamente.”[3]

Esta información da cuenta de la situación del exceso de horas trabajadas en el Perú urbano. De modo que es fácil deducir cuál es la situación en el Perú rural.

Decimos exceso de horas trabajadas, tomando como referencia la fuente que considera como exceso trabajar más de 60 horas a la semana. Pero en realidad el exceso viene por el lado de la explotación del trabajador cuando en la jornada de trabajo sigue laborando por encima de las horas en las que crea un valor equivalente al que le van a remunerar. Por encima de este número de horas, todo lo creado pasa a manos de la burguesía. De modo que en una jornada legal o en las 48 horas de trabajo a la semana admitidas por la ley, ya hay exceso; entonces, por encima de 60 horas la situación es de sobre explotación de la fuerza trabajo.

Encontramos en las fuentes cotejadas la siguiente afirmación: “Por otro lado, también podría ser cierto que esta extensión en la jornada se considere un recurso necesario extremo para mantener la competitividad de empresas que enfrentan una intensa y creciente competencia local e internacional.”[4]

La conciencia burguesa se complica cuando registra la información de las condiciones laborales. En este caso se ha visto obligada a reconocer que la sobre explotación de la fuerza de trabajo es un recurso necesario, pero añade, para su tranquilidad, que es un recurso extremo, a pesar que la tercera parte de los trabajadores del Perú urbano enfrenta la situación de sobre explotación.

El autor trata de buscar una explicación pero expone una justificación, en el sentido de la urgencia y la necesidad de sobre explotar a los trabajadores para ser más competitivos, es decir, tener costos menores y, en consecuencia, seguir en el negocio para poder obtener más plusvalía.

Si agregamos a lo dicho, que la burguesía tiene otros mecanismos para extraer trabajo no remunerado del obrero, como la plusvalía relativa, con la cual al incorporar nueva maquinaria, el obrero crea el valor que recibe en menos tiempo, aumentando así el tiempo de la jornada laboral en la cual crea el valor que se apropia la burguesía, resulta que el movimiento obrero tiene que enfrentar situaciones cada vez más complicadas. Añádase a esto toda la propaganda burguesa a nivel mundial y nacional, por convencer a los obreros que están en el mejor de los mundos; además de la represión velada y abierta al movimiento obrero.

La alternativa de lucha del proletariado como clase consiste en enfrentar día a día a la burguesía, o en su defecto en enfrentar de una vez por todas a la burguesía como clase y sustituir el sistema económico capitalista, para superar toda forma de explotación.

Por ello, la clase obrera debe tomar conciencia de que “En el transcurso de su desarrollo, la clase obrera sustituirá la antigua sociedad civil por una asociación que excluya a las clases y su antagonismo, […]

“Mientras tanto, el antagonismo entre el proletariado y la burguesía es una lucha de clase contra clase, lucha que, llevada a su más alta expresión implica una revolución total. Además, ¿puede causar extrañeza que una sociedad basada en la oposición de las clases llegue, como último desenlace a la contradicción brutal, a un choque cuerpo a cuerpo?”

“No digáis que el movimiento social excluye el movimiento político. No hay jamás movimiento político que, al mismo tiempo, no sea social.” (C. Marx. Miseria de la Filosofía)

Notas

[1] Estadísticas del BCR. www.bcrp.gob.pe/
[2] Jaramillo Baanante, Miguel. AJUSTES DEL MERCADO LABORAL PERUANO ANTE CAMBIOS EN EL SALARIO MÍNIMO: La experiencia de la década del 2000. GRADE Documento de investigación Nº 63. Octubre 2012.
[3] Yamada, Gustavo. HORAS DE TRABAJO: determinantes y dinámica en el Perú Urbano. Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico. Febrero 2005.
[4] Idem. P. 44.




II Parte:
Resumen de El Capital de Marx:
Los Tres Libros

(Quinta Parte)

Diego Guerrero


LO QUE HOY EN DÍA SE CONOCE COMO EL CAPITAL se divide en un total de 17 secciones que se distribuyen así entre los tres libros[46] que componen la obra (el primero, publicado por Marx, en 1867; el II y el III, editados por Engels, tras la muerte de Marx, en 1885 y 1894, respectivamente):

Libro I: EL PROCESO DE PRODUCCIÓN DEL CAPITAL
Sección Primera: Mercancía y dinero
Sección Segunda: La transformación del dinero en capital
Sección Tercera: La producción del plusvalor absoluto
Sección Cuarta: La producción del plusvalor relativo
Sección Quinta: La producción del plusvalor absoluto y del relativo
Sección Sexta: El salario
Sección Séptima: El proceso de acumulación del capital

Libro II: EL PROCESO DE CIRCULACIÓN DEL CAPITAL
Sección Primera: Las metamorfosis del capital y el ciclo de las mismas
Sección Segunda: La rotación del capital.
Sección Tercera: La reproducción y circulación del capital social global

Libro III: EL PROCESO GLOBAL DE LA PRODUCCIÓN CAPITALISTA
Sección Primera: La transformación del plusvalor en ganancia y de la tasa de plusvalor en tasa de ganancia
Sección Segunda: La transformación de la ganancia en ganancia media
Sección Tercera: Ley de la baja tendencial de la tasa de ganancia
Sección Cuarta: Transformación de capital mercantil y de capital dinerario en capital dedicado al tráfico de mercancías y al tráfico de dinero (capital comercial).
Sección Quinta: Escisión de la ganancia en interés y ganancia empresarial. El capital que devenga interés.
Sección Sexta: Transformación de la plusganancia en renta de la tierra.
Sección Séptima: Los réditos y sus fuentes.

En este resumen tomaremos las 17 secciones como la unidad más adecuada al tamaño del mismo, y encabezaremos cada uno de los epígrafes que componen nuestras “secciones” con unas pocas palabras en negrilla que indican el número y el título de los capítulos originales resumidos en ellas.

Digamos, por último, antes de empezar con la lectura propiamente dicha, que invitamos al lector a seguir la sugerencia que hace Enrique Dussel en su comentario a los Grundrisse, el manuscrito de Marx que sirvió de larga preparación para El capital:

“Unas aclaraciones externas con respecto al texto que sigue. Recomendamos al lector seguir el adecuado orden en la lectura. En primer lugar, leer un parágrafo de esta obra (por ejemplo, el 1.1). De inmediato, y en segundo lugar, leer en los Grundrisse [aquí debemos sustituir ese título por El capital] las páginas correspondientes escritas por Marx mismo. En tercer lugar, volver nuevamente a nuestro parágrafo para retener el asunto.” (Dussel, 1985, p. 26).

Libro I: El Proceso de Producción del Capital
Sección Primera: Mercancía y dinero

El libro I de El capital se compone de siete secciones, que tratan, respectivamente, de la mercancía y el dinero, la transformación del dinero en capital, el plusvalor absoluto, el relativo, la relación entre ambos, el salario y la acumulación de capital. La primera sección se compone, a su vez, de tres capítulos, el primero de los cuales —titulado “La mercancía”— fue señalado muchas veces por Marx como el más importante y difícil de toda la obra. Ésta es la razón de que el resumen de este capítulo sea también el más largo de todo el libro. Los otros dos tratan sobre el proceso del intercambio y sobre el dinero.

I. La mercancía.

En este primer capítulo, el punto de partida es el siguiente: puesto que en la sociedad moderna, actual, capitalista, toda la riqueza aparece en forma de un montón o cúmulo de mercancías, el análisis debe empezar también con “la mercancía”. Lo más importante de la mercancía es su carácter dual, o doble, su naturaleza bifacética, que llega a desarrollar una antítesis interna que más tarde se expresará, en la circulación mercantil, como una antítesis externa. La mercancía es, por una parte, una simple cosa, y por otra parte una cosa que tiene precio. Ser cosa —o bien, un objeto exterior— es lo mismo que tener “valor de uso”, es decir, consiste en su cualidad o conjunto de propiedades naturales que se manifiestan en su utilidad, aunque dichas propiedades “naturales” estén al mismo tiempo determinadas históricamente. Por otra parte, su precio no es sino una forma de tener “valor de cambio”, algo que tiene una dimensión cuantitativa inmediata, que se puede y debe medir (aunque esas medidas se desarrollen también de forma históricamente cambiante).

Por tanto, el valor de uso de la mercancía es la “corteza natural” de la mercancía, su “cuerpo”, y constituye la riqueza material o el “contenido material de la riqueza”, por lo que debería ser el objeto de una disciplina especial, la merceología. Por su parte, el valor de cambio de la mercancía parece una contradicción (contradictio in adiecto, dice Marx) porque en realidad lo que se ve es que la mercancía no tiene uno sino múltiples valores de cambio. En efecto, cuando se dice que una unidad de la mercancía X equivale a una cantidad a de la mercancía Y, o a una cantidad b de la mercancía Z, etc., salta a la vista que todos estos valores de cambio no son sino “formas” de un contenido diferenciable, expresiones de un algo que es común, que es igual, algo de la misma magnitud presente a la vez en las dos cosas que se comparan en cada caso. Pero ese algo no puede ser una propiedad corpórea o sensible de la mercancía en cuanto cosa, porque todas las propiedades de este tipo que caracterizan a los distintos bienes sólo sirven para distinguirlos entre sí, no para igualarlos. Por consiguiente, si abstraemos de los diferentes valores de uso todas esas propiedades, y no dejamos ni un ápice o átomo de valor de uso, a las mercancías sólo les puede quedar una cosa en común: la propiedad de ser todas ellas producto del trabajo.

Ahora bien, el trabajo que es común a todas las mercancías es el trabajo humano indiferenciado, el trabajo abstractamente humano. Por tanto, la sustancia que se manifiesta en los valores de cambio es algo distinto del valor de cambio: es “el valor” de la mercancía. Y el valor de cada mercancía, este valor mercantil que subyace a los valores de cambio, es una sustancia social, la cristalización de esa sustancia social común. No es por tanto una sustancia natural sino supranatural, abstracta, suprasensible, y hace de cada mercancía no la mera cosa que es sino también una gelatina homogénea de trabajo, una crisálida social general con una objetividad espectral.

Pero en esta sustancia generadora de valor lo esencial es lo cuantitativo: la “magnitud” de su valor. Y esta magnitud viene determinada por la “cantidad de trabajo”, que a su vez se mide por la duración o tiempo de trabajo, expresada en las unidades habituales de tiempo (día, hora, año, etc.). Sin embargo, no es cualquier trabajo lo que se mide, sino el trabajo “de la misma fuerza humana de trabajo”, el trabajo requerido por cada mercancía como parte del realizado por el “conjunto de la fuerza de trabajo de la sociedad”, de forma que cada fuerza de trabajo individual se toma sólo con el carácter de una “fuerza de trabajo social media”, que opera exclusivamente con “el tiempo de trabajo socialmente necesario” en cada caso. Por consiguiente, la creciente fuerza productiva de cada trabajo concreto tendrá como consecuencia que la magnitud de valor de la mercancía resultante sea decreciente.

Es muy importante entender que todo lo anterior significa que, absolutamente siempre, cada mercancía se toma como simple “ejemplar medio de su clase”, así como el trabajo que se gasta en ella, de forma que si un tejedor manual de telas continuara trabajando manualmente mientras que el resto de los productores de tela lo hicieran mecánicamente, por medio de una máquina que modifica el proceso social de producción, o modo de producción de la mercancía, ocurriría lo siguiente: este productor continuaría necesitando x horas por unidad de tela, pero la sociedad, que ahora usa telares de vapor, sólo requeriría x/2 horas, de forma que también la mercancía de este productor individual pasará a contener sólo el trabajo gastado en x/2 horas.
Si bien esta dualidad de la mercancía es muy importante para Marx —debe tenerse en cuenta que, desde Aristóteles a Adam Smith y Ricardo, muchos autores distinguieron entre valor de uso y valor de cambio, pero ninguno entre valor de uso y valor, como hizo él—, este señala que era esencialmente conocida por los economistas que le precedieron. Sin embargo, Marx reivindica enérgicamente haber sido él el primero, en la historia de la economía política, en aclarar además la dualidad contenida en el trabajo representado en la mercancía, aspecto tan importante que para él constituye el eje sobre el que gira toda la economía.

El trabajo que crea la mercancía es ante todo “trabajo útil”, una actividad productiva específica condicionada por la división social del trabajo tal como ha sido desarrollada históricamente. Esta actividad específica nos muestra el cómo y el qué del trabajo, es lo que los ingleses llaman “work”, y es lo que, junto a la tierra (es decir, la naturaleza), crea la riqueza que resulta de todo lo producido. Marx suscribe aquí las famosas palabras de William Petty: que la riqueza tiene “un padre” y “una madre”: la hand (la mano, el trabajo) del trabajador y la land (tierra o naturaleza que se trabaja). Pero el trabajo es a la vez “labour”, es decir trabajo humano del que nos interesa saber sobre todo su cantidad, el cuánto. En este segundo sentido, el trabajo es tan sólo gasto de fuerza de trabajo humana, gasto productivo de cerebro, músculo, mano, órganos sensibles… humanos. No es trabajo específico de sastre o de tejedor, sino “trabajo humano puro y simple”.

Marx insiste en este trabajo a partir de la siguiente analogía fundamental. De igual forma que un mismo hombre puede trabajar al mismo tiempo como sastre y como tejedor, repartiendo su tiempo de trabajo entre los dos tipos de tareas, otro tanto ocurre con el “hombre social” cuando la sociedad desarrolla las condiciones para esta transformación. Pero en la sociedad moderna, capitalista, cuando la evolución de la demanda exige que el organismo social en su conjunto transfiera trabajo humano desde la labor de tejer a la de sastrería, o a la inversa, ocurre como en el caso del individuo anteriormente señalado. Por consiguiente, el trabajo resultante es también trabajo humano en general, o indiferenciado, cierta cantidad del trabajo medio simple que puede realizar cualquier hombre común y corriente en cuanto actividad normal de la vida. Y es precisamente este trabajo simple el único cuya cantidad le va a interesar a Marx en todo El capital, como él mismo se encarga de advertir aquí expresamente.

Por supuesto, no todos los trabajos son simples, también hay trabajo calificado o complejo, pero este queda reducido a trabajo simple cuando lo que importa es medir la cantidad de trabajo. En esos términos, el trabajo complejo sólo es trabajo simple “potenciado, o mejor multiplicado”, y esta reducción es algo que se produce constantemente en la práctica por medio de un proceso social que no por quedar a espaldas de los productores deja de ser menos real. Por consiguiente, Marx es muy claro aquí porque quiere evitar cualquier posible confusión: el trabajo del sastre o el trabajo del tejedor sólo son sustancia del valor chaqueta o del valor lienzo en tanto que ambos poseen la misma cualidad: la de ser simple trabajo humano, y consistir en puro gasto fisiológico del organismo de los hombres sociales.

Este carácter bifacético del trabajo es de fundamental importancia para entender, además, lo siguiente: es bien posible, y de hecho necesario, que aumente la riqueza material que se crea con el trabajo y que al mismo tiempo disminuya la magnitud de valor creado por él. Esto es posible porque dada cierta cantidad, x, de trabajo, ésta siempre será responsable, como hemos dicho, de la creación de la misma cantidad de valor; pero la mayor o menor productividad del trabajo útil y concreto en el que se manifiesta el trabajo humano puede hacer aumentar o disminuir el volumen de valores de uso por unidad de tiempo que resultan del proceso de la producción.

Tras el carácter doble de la mercancía y del trabajo mismo, Marx pasa a una tercera cuestión central de este capítulo I: la “forma de valor”, o el valor de cambio, a la que dedica la parte más extensa de su exposición (de hecho, en la edición de siglo XXI se incluye como apéndice al libro I la primera versión de lo que Marx escribiera sobre la forma de valor, no publicada en su momento). Aquí también se muestra el autor orgulloso de su aportación personal, como descubridor de la génesis de la forma dinero gracias a su análisis de la forma de valor, análisis que consiste precisamente en su desarrollo, que, como dirá más tarde, coincide con el propio “desarrollo de la forma mercancía”. En el desarrollo de la forma de valor, Marx escoge cuatro fases, y por esa razón divide en cuatro apartados el largo epígrafe que le dedica, a saber: las formas “simple”, “total”, “general “y “de dinero”.

A. La forma simple o singular de valor contiene, en realidad, “todo el secreto”. Esta forma es simplemente: x A = y B (1)

Las dos mercancías que se igualan así no desempeñan el mismo papel, sino que A tiene un papel activo, mientras que B interpreta un papel pasivo. Más en particular, la forma de valor tiene dos ingredientes: la “forma relativa” (A) y la “forma de equivalente” (B). Pero estos ingredientes son en realidad extremos excluyentes y contrapuestos, son dos “polos” de la misma expresión de valor. Por eso, se analizan sucesivamente, por separado, antes de volverlos a reunir en un análisis de conjunto.

En la forma relativa de valor, hay que distinguir su “contenido” de su “carácter cuantitativo” determinado, y Marx señala que hay que proceder empezando por el primero, y no, como sucede habitualmente, a la inversa. El contenido de esta forma de valor es sencillamente A = B, que es el “fundamento” de la ecuación (1), o ecuación de valor. Esto quiere decir que la dualidad intrínseca entre valor de uso y valor se manifiesta ahora como una antítesis externa: la figura del valor de uso A manifiesta su valor por medio de otra mercancía, la B, que figura aquí sólo como valor, o “espejo de valor”, de A. Esto tiene la mayor importancia para Marx. Ya que no se trata sólo de la creación de valor por medio del trabajo. Es verdad que el trabajo humano crea valor, pero no es valor, dice Marx. Para expresar el valor como gelatina de trabajo humano, hay que expresarlo en cuanto objetividad, es decir, en una cosa distinta. Por tanto, B es, en la relación de valor que representa A = B, un valor, mientras que fuera de dicha relación, cuando se considera a B por sí misma, esa cosa es simplemente, como en todas las mercancía, una “portadora de valor”.

Por eso es tan importante lo siguiente: en la relación de valor, en la “equiparación” de A con B, en su relación de intercambio, se va más allá de la pura abstracción de valor. Como hemos dicho, B es valor, y en cuanto valor A es igual a B, tiene su mismo aspecto, por lo que adopta de esta forma una forma distinta de su forma natural: su forma de valor. Esta forma relativa o relacional quiere decir que el cuerpo de B hace de espejo de valor de A, de la misma forma que Pablo puede ser para Pedro tan sólo la “forma en que se manifiesta el genus hombre” para él.

Pero, además del contenido, está en segundo lugar el “carácter determinado cuantitativo” de la ecuación de valor, pues la forma de valor no sólo expresa “valor en general” sino una determinada magnitud o cuantía del mismo. Esto quiere decir algo esencial: que se hace posible que el valor relativo varíe aunque su valor (su contenido en trabajo humano) siga siendo el mismo; o bien lo contrario: que el valor relativo puede mantenerse igual a pesar de haberse modificado el valor que subyace al valor relativo.

En cuanto a la forma de equivalente, sucede lo contrario: no contiene ninguna determinación cuantitativa del valor. Para Marx, su función es triple:
1) El valor de uso se convierte en la forma de manifestación de su contrario: el valor. Para entenderlo mejor, recurre al ejemplo del trozo de hierro, que se utiliza como pesa en la “relación ponderal” (de peso). O sea: aunque su cuerpo férreo tiene, por sí mismo, peso, y además un cierto peso, en cuanto polo de la relación ponderal esta pesa de hierro sólo es “figura de la pesantez”, y en toda la relación viene ya presupuesto que las dos cosas que se comparan tienen peso.
2) El trabajo concreto se convierte en la forma de manifestación de su contrario: el trabajo abstractamente humano.
3) El trabajo privado se convierte en la forma de manifestación de su contrario: trabajo bajo forma directamente social.

Y una vez considerados los dos polos de la forma simple o singular de valor (se entenderá luego mejor por qué liga Marx el adjetivo “simple” a la forma relativa, mientras que “singular” se vincula a la forma de equivalente), pasa a considerar la forma en su conjunto. Rinde primero homenaje al genio de Aristóteles, que supo ver que en esta forma se contiene la igualdad de las cosas que se comparan; pero señalando al mismo tiempo la raíz de la limitación de su análisis: no pudo llegar a descubrir el contenido del valor a partir del análisis de la forma de valor porque su contexto social se lo impedía. Para hacer posible este descubrimiento habría hecho falta que la Grecia clásica conociera lo que sólo ocurrió en la sociedad capitalista moderna: la conversión de todos los hombres en “poseedores de mercancía” y su igualación por medio de las leyes de la mercancía. Hubiera hecho falta, no la desigualdad humana y de las fuerzas de trabajo que existía en la sociedad esclavista de su época, sino la igualdad humana actual (en cuanto trabajadores) que genera el capitalismo, hasta hacer de ella una verdad aceptada con el carácter de un auténtico “prejuicio popular”.

B. La forma total o desplegada de valor se expresa en una fórmula mercantil modificada:

z A = u B = v C = w D = x E = etc. (2)

Marx llama ahora a la forma relativa (z A) “forma relativa desplegada”, y considera que la forma de equivalente (el resto de la fórmula) se descompone en tantas “formas particulares de equivalente” como miembros aparecen en la ecuación, razón por la cual considera que esta forma total es siempre incompleta y deficiente, y necesita su “inversión” en la forma que estudia a continuación: la “general”. Una particularidad de esta forma total es que, según Marx, hace evidente que es la magnitud de valor la que regula las relaciones de intercambio, y no al revés, puesto que ahora la pluralidad de valores de cambio de A aparecen todos directamente en la fórmula. Por consiguiente, basta con invertir la total para obtener la general.

C. La forma general de valor es general sencillamente porque es simple y común (unitaria):
 
Cada uno de los miembros de la izquierda son ahora una “forma relativa social general (o unitaria)”, y todos se expresan en lo que es el “equivalente general” (la mercancía A, cuya forma relativa propia, en caso de que necesitáramos expresarla, sería la forma total, a diferencia de lo que ocurre con las demás mercancías). Marx aprovecha aquí para recordar que el desarrollo histórico de la forma de equivalente es un resultado del desarrollo histórico de la forma relativa de valor, y que en la medida en que ambas se desarrollan se desarrolla asimismo la antítesis que expresan. Por consiguiente, es posible ahora conectar cada una de esas formas con su momento histórico: la forma simple se corresponde con el momento en que los intercambios son fortuitos, ocasionales, excepcionales; la forma total sucede cuando se ha vuelto habitual el intercambio de algún tipo particular de mercancía, por ejemplo, las reses; mientras que cuando domina la forma general podríamos decir que “la tarea de darse una forma de valor” se convierte en una obra común, y no en un asunto privado, del mundo de las mercancías.

La forma general requiere, por tanto, que la relación social se haga omnilateral, o multilateral, que se convierta en una “forma socialmente vigente”. Por tanto, sólo cuando la forma equivalente se circunscribe a una clase específica de mercancías adquiere esta forma su “consistencia objetiva”, su “vigencia social general”, y se ponen las condiciones para que esta forma se desarrolle, a su vez, en dirección a la siguiente (la forma dinero), y para que la mercancía que hace de equivalente general “devenga mercancía dinero”, es decir, funcione realmente como dinero.

D. La forma de dinero, cuyo germen existe ya realmente en la forma simple, no es sino una modificación de la anterior:
  
Por esta razón, estamos ahora ante una variación que, a diferencia de las dos anteriores, no es esencial, sino de grado, dada por la práctica social y consuetudinaria que hace que una mercancía específica —por ejemplo, el oro— que antes fue, como todas, sólo un equivalente singular y particular, haya pasado a convertirse en un equivalente realmente general.

En la fórmula anterior, se pueden sustituir los y gramos de oro por cualquiera de sus denominaciones monetarias nacionales, por ejemplo, la libra esterlina, de forma que ya no resulta misterio alguno la comprensión de la “forma de precio”. La forma de precio adoptada por el valor de una mercancía (por ejemplo, v C = 2 £) será, pues, la forma relativa simple de esa mercancía (expresada) en la mercancía dineraria.

Una vez acabado el repaso de las diferentes formas de valor, y antes de pasar a los otros dos capítulos que componen la primera sección de El capital —que en realidad pueden entenderse como una explicación más detallada de esta última “forma de dinero”—, Marx hace una interesante digresión por uno de sus temas favoritos, al que volverá más tarde una y otra vez: “el carácter fetichista de la mercancía, y su secreto”.

Este carácter fetiche de la mercancía —“fetichista”, “fantasmal”, “fantasmagórico”, “enigmático”, “misterioso”, “mágico”, “místico”, “fantástico”, “ilusorio”, “neblinoso”… son algunos de los adjetivos que usa para designarlo— se reduce esencialmente a algo simple: basándose en la apariencia, los mercaderes, hombres prácticos, y los economistas, sus teóricos o sicofantes, conceden carácter social a lo que sólo es lo natural de la mercancía (por ejemplo, llaman capital a lo que sólo es un medio de producción); y, a la inversa, toman por natural lo que no es sino su lado social y nada natural (por ejemplo, que la mercancía tenga precio se considera una propiedad natural más de la cosa—mercancía). El famoso “fetichismo” se reduce por tanto a este doble quid pro quo, que surge, no del cuerpo de la mercancía, que es fácil de comprender, sino de su forma, su propia forma mercantil, debido a la “peculiar índole social del trabajo que las produce”, es decir, debido a que los trabajos privados e independientes que las producen sólo se vuelven sociales, parte del todo al que realmente pertenecen, por medio del intercambio y el mercado.

Pero la escisión de la mercancía en cosa y valor sólo se produce realmente cuando, ya desde el momento de su producción, el producto del trabajo se convierte en mercancía, y el trabajo privado en doblemente social: ha de cumplir su parte en la división social del trabajo como algo natural, y ha de materializarse en una mercancía que pueda realizar su valor. Los productores no saben lo segundo; o más precisamente, “no saben” que al equiparar en el mercado sus productos heterogéneos están reduciendo a trabajo humano homogéneo sus trabajos específicos, “pero lo hacen”, y este carácter particular de ser valor lo conciben como algo universal. Sin embargo, un repaso de las distintas formas posibles de sociedad nos convencerá de lo específico de la forma mercantil.

También en una sociedad reducida a un solo individuo —la economía “de Robinsón Crusoe”— existe la necesidad de distribuir el trabajo social entre las distintas necesidades que deben cubrirse. Pero aquí las relaciones entre Robinsón y las cosas son “sencillas y transparentes”, por lo que el trabajo total se distribuirá directamente como algo social. Igualmente, en la sociedad medieval europea, la particularidad de los diferentes trabajos naturales individuales es compatible con su distribución social directa, de forma que las relaciones entre personas como productores se identifican con las relaciones sociales de tipo personal en qué consiste el feudalismo. Otro tanto sucede con el trabajo colectivo de la familia en la forma productiva basada en la producción familiar: el gasto de cada trabajo individual está determinado socialmente de forma directa como parte del conjunto natural del trabajo social de la unidad familiar. Y lo mismo sucederá en el cuarto caso alternativo analizado: en la sociedad colectiva global, o asociación de hombres libres, la distribución planificada del trabajo social será al mismo tiempo la distribución de los trabajos cualitativamente determinados de cada uno.

Por el contrario, sólo en la producción mercantil de tipo capitalista —pues Marx considera que las formas de producción mercantil anteriores al capitalismo sólo tuvieron un papel subordinado en el marco de modos de producción distintos que las dominaban (antiguo, asiático, etc.)— aparece el precio de las mercancías en la conciencia burguesa como una necesidad natural. Y ello porque “la apariencia objetiva de las determinaciones sociales del trabajo” se presenta como apariencia de una realidad que sus agentes no comprenden —quienes, por cierto, tienen la misma actitud hacia las formas sociales anteriores que cada religión respecto a las demás: sólo la propia se considera verdadera por ser la natural, mientras que las otras se creen falsas porque son artificiales—. Por ello es imposible que se planteen correctamente la pregunta crucial: ¿por qué? Más en concreto: ¿por qué adopta la producción en el capitalismo la forma mercantil o de valor?

Al no entender eso, los economistas piensan que el valor es un “atributo de las cosas”, mientras que el valor de uso les parece un “atributo del hombre” (la utilidad les parece sólo algo subjetivo, que implica al individuo que consume) que no depende tanto de sus propiedades como cosas; es decir: todo parece justo al revés.

Notas
[46] Se suele llamar “libro IV de El capital” al editado por Kautsky en 1905-10, con el título de Teorías sobre la plusvalía, a partir de la masa de manuscritos inacabados que Marx dejó como materia prima de su magnum opus.




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