viernes, 1 de septiembre de 2023

Política

A Propósito de Algunas Ideas Erróneas 

Eduardo Ibarra 

3. ¿Es cierto que en ninguna parte Mariátegui plantea la nacionalización de la tierra? No, no es cierto. El texto «Principios de política agraria nacional» (julio de 1927), es una exposición de los principios generales de lo que hubiera sido, ya entonces, el programa agrario del Partido Socialista del Perú. En este texto, Mariátegui escribió: 


1.-El punto de partida, formal y doctrinario, de una política agraria socialista no puede ser otro que una ley de nacionalización de la tierra. (Peruanicemos al Perú, p. 149). 

La cita liquida pues toda tentativa de negar que Mariátegui no hubiera sostenido la nacionalización de la tierra como punto de partida de una política agraria socialista. 

        Desde luego, lo de una política agraria socialista requiere  explicación, así como lo que sigue en el texto mariateguiano y que transcribimos enseguida, exige especificación: 


Pero, en la práctica, la nacionalización debe adaptarse a las necesidades y condiciones concretas de la economía del país. El principio, en ningún caso, basta por sí solo. (Ibídem). 

Sin embargo, tanto lo uno como lo otro constituyen en suma un problema distinto al que nos ocupa ahora, y que, de otro lado, demanda tratamiento aparte.


 

De Cómo Ramón García Pretende Reivindicar el Socialismo Reformista

E. I.

Después de escribir que «la vida política de JCM tiene ahora dos etapas: una es la señalada por Eduardo Ibarra: “una primera, no marxista”, de 1918 a 1920, el socialismo reformista, y que incluye a Nuestra Época. La segunda es la señalada desde hace hace ocho décadas por Eudocio Ravines, el socialismo amautista (por Amauta, continuación de Nuestra Época)», Ramón García agrega al final de su artículo «Acerca del centenario del socialismo peruano»,1 estas dos exclamaciones: 1) «¡Es la comprensión que tienen Ibarra y Ravines del Socialismo Peruano!»; 2) «¡Por eso ha costado ocho décadas su reivindicación, su desagravio!»

Así las cosas, es notorio que García cita fuera de contexto una frase nuestra referida a la etapa inicial de la «orientación socialista» de Mariátegui y, como hemos visto, la alinea con la «comprensión» que tenía Ravines del marxismo de Mariátegui, y esto le facilitó escribir la primera de las exclamaciones citadas arriba. De esta forma dolosa pretende causarle al lector la impresión de que negamos el marxismo mariateguiano, al mismo tiempo que intenta presentarse a sí mismo como reivindicador de Mariátegui, lo que sugiere con su segunda exclamación.2

Es conocido el hecho de que García utiliza el método de descontextualizar algunas afirmaciones de los críticos de sus posiciones a efecto de hacerlas susceptibles de manipulación, y que lo mismo hace con textos del propio Mariátegui.3 Como acabamos de ver, contra nosotros ha utilizado una vez más este método antimarxista. ¿Por qué, pues, García no citó nuestra frase en su contexto o, mejor, por qué no hace la prueba de citar en sus respectivos contextos nuestras varias afirmaciones sobre el proceso de la «orientación socialista» del maestro? Porque, sin duda, si lo hiciese no podría sostener su calumnia, pues, a más de enfrentarse a nuestros argumentos, se vería obligado a confrontarse con las opiniones del propio Mariátegui sobre su inicial socialismo a lo Araquistain, con el inevitable resultado de que saldría muy mal parado. Por eso no es casual que no haya comentado nunca las puntualizaciones mariateguianas sobre el tipo de socialismo que caracterizó a Nuestra Época.

¿Qué pretende «reivindicar» García en realidad? ¿Es García, acaso, «reivindicador» de Mariátegui? Dilucidemos estas cuestiones.

La etapa que va de Nuestra Época hasta el momento previo a la asunción del marxismo-leninismo por Mariátegui en la segunda mitad de 1920 y la etapa que comienza en este período y llega hasta abril de 1930, conforman lo que él mismo denominó su «orientación socialista».

Pues bien, es necesario subrayar que fue el propio Mariátegui quien distinguió dos etapas en su proceso ideológico, cosa que es silenciada por García. En efecto, el maestro escribió sin dejar margen a dudas:

En Lima, algunos escritores que del estetismo d’annunziano importado por Valdelomar habíamos evolucionado al criticismo socializante de la revista España, fundamos hace diez años Nuestra Epoca… (7 ensayos, pp. 253-254).

Como vemos, Mariátegui no dice «habíamos evolucionado al marxismo», sino que, de forma clara, precisa, accesible a cualquier persona, dice que algunos de los escritores que habían evolucionado del estetismo d’annunziano al «criticismo socializante», fundaron la revista Nuestra Época. ¿Y qué era, pues, el «criticismo socializante» de Nuestra Época? Desde luego, no era marxismo. Está claro que, para cualquier marxista que proceda de manera informada y, además, de forma honrada, el «criticismo socializante» que caracterizó a Nuestra Época representaba, sobre poco más o menos, el reformismo de la Segunda Internacional.

Asimismo, apuntó el maestro:

… terminado el experimento “colónida”, los escritores que en él intervinieron, sobre todo los más jóvenes, empezaron a interesarse por las nuevas corrientes políticas. Hay que buscar las raíces de esta conversión en el prestigio de la literatura política de Unamuno, de Araquistain, de Alomar y de otros escritores de la revista España; en los efectos de la predicación de Wilson, elocuente y universitaria, propugnando una nueva libertad; y en la sugestión de la mentalidad de Víctor M. Maúrtua cuya influencia en el orientamiento socialista de varios de nuestros intelectuales casi nadie conoce. Esta nueva actitud espiritual fue marcada también por una revista, más efímera aún que Colónida: Nuestra Epoca. (Ob. cit., p. 284).

O sea, también Nuestra Época marcó la nueva actitud espiritual caracterizada por la literatura política de Unamuno, Araquistain, Alomar y otros escritores de la revista España, la predicación del presidente estadounidense Wilson y el socialismo reformista de Víctor M. Maúrtua.

Además, dejó sentado:

De Nuestra Epoca (julio de 1918) se publicaron sólo dos números, rápidamente agotados. En ambos números, se esboza una tendencia fuertemente influenciada por España, la revista de Araquistain, que un año más tarde reapareció en La Razón, efímero diario cuya más recordada campaña es la de la Reforma universitaria (7 ensayos, 1994, p. 254, nota).

De esta forma definió todo el período que va de Nuestra Época al momento previo a su asunción del marxismo-leninismo, señalando su signo ideológico: el criticismo socializante. Así delimitó una primera etapa de su «orientación socialista».

Veamos, ahora, en su ligazón interna, las siguientes afirmaciones mariateguianas:

… el pensamiento de González Prada, que no impuso nunca límites a su audacia ni a su libertad, dejó a otros la empresa de crear el socialismo peruano. (Ob. cit., p. 261).

A mi vuelta al Perú, en 1923, en reportajes, conferencias en la Federación de Estudiantes, en la Universidad Popular, artículos, etc., expliqué la situación europea e inicié mi trabajo de investigación de la realidad nacional, conforme al método marxista. (José Carlos Mariátegui, Correspondencia [1915-1930], Empresa Editora Amauta, Lima, 1984, t. II, p. 331; en adelante, Correspondencia).

En Lima, donde se ha constituido el primer núcleo de industrialismo, es también donde, en perfecto acuerdo con el proceso histórico de la nación, se ha balbuceado o se ha pronunciado la primera resonante palabra del marxismo. (7 ensayos, p. 253).

… en los días en que se cajeaba en Nº 4 de “Claridad”, Mariátegui asume su dirección. El Nº 5 señala el principio de un franco orientamiento doctrinario en el que “Claridad” abandona el tono estudiantil. (Ideología y política, 1986, p. 101).4

Hace año y medio propuse la organización de una especie de seminario de estudios económicos y sociológicos, que proponga en primer término la aplicación del método marxista al conocimiento y definición de los problemas del Perú. (Martínez, Ricardo, Apuntes para una interpretación marxista de historia social del Perú, t. II, p. 272).

El marxismo-leninismo es el método revolucionario de la etapa del imperialismo y de los monopolios. El Partido Socialista del Perú, lo adopta como su método de lucha. (Ideología y política, p. 160).

Es claro que, con estas afirmaciones, Mariátegui demarcó una segunda etapa de su «orientación socialista», subrayando el marxismo-leninismo como el signo ideológico de la misma. Esto significa que, también según Mariátegui, la empresa de crear el Socialismo Peruano correspondió a su labor marxista-leninista: «A mi vuelta al Perú, en 1923… inicié mi trabajo de investigación de la realidad nacional, conforme al método marxista»; «En Lima… se ha pronunciado la primera resonante palabra del marxismo»; «el principio de un franco orientamiento doctrinario»; «la aplicación del método marxista al conocimiento y definición de los problemas del Perú»; «El marxismo-leninismo es el método revolucionario de la etapa del imperialismo y de los monopolios. El Partido Socialista del Perú, lo adopta como su método de lucha» (cursivas nuestras).

Así, pues, la distinción que hizo Mariátegui de dos etapas en el proceso de su «orientación socialista», es muy sencilla de entender. Sin embargo, arrastrado por su necesidad de tergiversar a Mariátegui a fin de abonar sus posiciones oportunistas, García falsifica el signo ideológico de la etapa inicial de la mencionada orientación (pretendiendo encontrar en ella marxismo, cosa que no contuvo), al mismo tiempo que niega el ulterior marxismo-leninismo del maestro.5 Esta falsificación y esta negación constituyen un agravio a Mariátegui.

Mariátegui acordó y redactó la base de unidad del Partido Socialista del Perú:

El marxismo-leninismo es el método revolucionario de la etapa del imperialismo y de los monopolios. El Partido Socialista del Perú, lo adopta como su método de lucha. (Ideología y política, p. 160).

Pero, movido por su previa negación del marxismo-leninismo, García minimiza el acuerdo programático del PSP recurriendo al método estadístico del renegado Kautsky:6

El término [el término marxismo-leninismo] sólo se encuentra dos veces en la obra de JCM… («El movimiento comunista», artículo publicado en la red).

De esta forma, García niega la filiación marxista-leninista de la obra organizativa cumbre de Mariátegui: el Partido Socialista del Perú. Esto es otro agravio a Mariátegui. Pero este agravio encierra algo más que pasamos a explicar. Con el acuerdo del Partido Socialista sobre el marxismo-leninismo, ya citado, Mariátegui dio prueba fehaciente de su filiación marxista-leninista, lo que explica que, con su declaración de ser «marxista convicto y confeso», lo que sostuvo es que era marxista-leninista convicto y confeso. Pero sin ser capaces de llegar a este fondo de la declaración de Mariátegui dirigida al público en general, inspirados en García y con su venia, los demás liquidadores levantan la letra de dicha declaración, para, en la dirección del marxismo a secas del inspirador, negar su verdadero significado, es decir, la filiación marxista-leninista de Mariátegui. Sin embargo, es obvio que, por mucho que los liquidadores se obstinen en silenciar esta filiación, la misma es un hecho histórico que tiene su prueba en el programa mismo del Partido («Principios programáticos del Partido Socialista»), y que, en consecuencia, existe sin mengua ninguna ante los ojos del mundo entero. En el escenario descrito, se desprende que García y sus repetidores insinúan que, mientras como ciudadano Mariátegui era solamente marxista, como militante y Secretario General del Partido era marxista-leninista; es decir, sugieren que Mariátegui adolecía de doblez. Esto es un agravio más a Mariátegui.

El maestro acordó y redactó él mismo lo siguiente:

3º- La lucha política exige la creación de un partido de clase, en cuya formación y orientamiento se esforzará tenazmente por hacer prevalecer sus puntos de vista revolucionarios clasistas. (Martínez, Ricardo, Apuntes).

… no cejaré en el empeño de dar vida a un partido de masas y de ideas, el primer gran partido de masas y de ideas de toda nuestra historia republicana. (Carta de Mariátegui a César Vallejo, en Anuario Mariateguiano, nº 1, Empresa Editorial Amauta, Lima, 18989, p. 15).

De esta forma dejó en claro que su proyecto de un partido de masas y de ideas era de un partido de clase, un partido marxista-leninista de arriba abajo.

Pero García tergiversa el aludido proyecto mariateguiano:

El PSP tenía dos niveles: internamente funcionaba como “facción orgánica y doctrinariamente homogénea” (como “célula secreta de los siete”; externamente aspiraba a ser “el primer gran partido de masas e ideas (sic) de toda nuestra historia republicana. (La creación heroica de José Carlos Mariátegui, p. 22).

Como vemos, repitiendo a Julio Portocarrero y Hugo Pesce, García dice que el partido proyectado por Mariátegui era un partido con dos niveles orgánicos doctrinariamente disímiles entre sí, es decir, un partido doctrinariamente heterogéneo, o sea, no un partido de clase, no un partido marxista-leninista. Esto es un nuevo agravio a Mariátegui.

Sobre el porqué del nombre de Partido Socialista del Perú, Mariátegui escribió:

En Europa, la degeneración parlamentaria y reformista del socialismo ha impuesto, después de la guerra, designaciones específicas. En los pueblos donde este fenómeno no se ha producido, porque el socialismo aparece recién en su proceso histórico, la vieja y grande palabra conserva intacta su grandeza. (Ideología y política, 1986, p. 249; cursivas nuestras).

De acuerdo con las condiciones concretas actuales del Perú, el Comité concurrirá a la constitución de un partido socialista, basado en las masas obreras y campesinas organizadas. (Martínez, Ricardo, Apuntes para una interpretación marxista de historia social del Perú, t. II, p. 398; en adelante, Apuntes; cursivas nuestras).

No obstante, silenciando estos categóricos conceptos, García esgrime el siguiente sofisma:

… si el socialismo es el llamado a reemplazar el capitalismo, se entiende entonces el porqué del nombre de Partido Socialista («El movimiento comunista», artículo publicado en la red).

Esto es otro agravio a Mariátegui.

Mariátegui sostuvo:

Por los caminos universales, ecuménicos, que tanto se nos reprochan, nos vamos acercando cada vez más a nosotros mismos.

Es decir, por los caminos de la verdad universal del marxismo-leninismo y de la revolución proletaria, los marxistas peruanos nos vamos acercando cada vez más a nosotros mismos, a la comprensión de nuestros problemas concretos, a nuestra emancipación política y económica.

Pero, levantando una declaración del Mariátegui socialista a lo Araquistain («¡Bueno! ¡Muy bolcheviquis y muy peruanos! ¡Pero más peruanos que bolcheviquis!»),7 García pretende que hay que ser más peruanos que marxistas, tergiversando así la relación entre lo particular peruano y lo universal proletario y, por lo tanto, cayendo en un estrecho nacionalismo pequeño burgués.8 Esto es un agravio más a Mariátegui.

Etcétera, etcétera, etcétera.

Este triple etcétera indica que hemos considerado únicamente los principales agravios cometidos por García contra Mariátegui, lo que aquí ha sido suficiente para poner al desnudo su descarrío moral y político.

Ahora, pues, pueden contestarse los interrogantes planteados en el cuarto parágrafo del presente artículo.

Como es claro, al tergiversar a Mariátegui y utilizarlo como coartada en su afán por «desagraviar» y «reivindicar» el socialismo reformista, lo que hace García es traficar con el fundador del Socialismo Peruano.9 De este modo aparece como el mayor agraviador de Mariátegui en los últimos treinta años más o menos.

Si para desagraviar a Mariátegui con respecto a la negación de su marxismo-leninismo por Ravines fue necesario algo más de tres décadas (no ocho, como dice García),10 para reivindicarlo de los agravios del propio García apenas fue necesario menos de un quinquenio.

En su célebre discurso «Rectifiquemos el estilo de trabajo en el partido», Mao sostuvo:

Creo que debemos trabajar honestamente; sin una actitud así nada se puede realizar en el mundo. (Obras escogidas, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Pekín, t. III, p. 41).

Pero ocurre que, como hemos visto, en su afán por acomodar a Mariátegui a sus posiciones oportunistas, García ha actuado con absoluta deshonestidad. Para hacer sugestivas sus falsificaciones de las posiciones de Mariátegui, así como para descalificar a sus críticos, García hace frases, trucos, literatura. Con estos artificios ha engañado y continúa engañando a sus parciales, pero, más allá de ellos, difícilmente puede alcanzar el mismo resultado (García no termina de entender que sus métodos criollos son conocidos y están bastante desgastados). Ahora todo lo que puede hacer y, en verdad, todo lo que hace para defender sus indefendibles posiciones antimariateguianas (y antimarxistas en general, dicho sea de paso), es limitarse a escribir para sus partidarios a fin de no perderlos. ¡No vaya a ser que, de pronto, sean capaces de pensar!

No es algo menor señalar, por último, que, con sus agravios a Mariátegui y la utilización oportunista que hace de él, García se ha cubierto de oprobio para siempre.

23.08.2022.

__________

(1) El aludido artículo fue refutado en el capítulo IV de nuestro libro La creación heroica de Mariátegui y el socialismo peruano. Planteamiento de la cuestión.

(2) García plantea en términos de agravio, desagravio y reivindicación la calificación de la posición de cada cual con respecto a Mariátegui; por eso, para que nos entienda, utilizaremos tales términos en el análisis concreto de su posición concreta con respecto a Mariátegui.

(3) El lector puede ver especialmente el artículo «El juego de manos del creídismo» (publicado en la red en 2007); los capítulos IV y V, la nota 66 del capítulo I y la nota 1 del capítulo III del libro El partido de masas y de ideas de José Carlos Mariátegui; los capítulos II, V y VI y la nota 21 del capítulo II del libro El partido de Mariátegui hoy: Constitución, nombre, reconstitución; y, finalmente, el post-scriptum y la nota 14 del capítulo I del libro La creación heroica de Mariátegui y el socialismo peruano.

(4) Ya en nuestro libro La creación heroica de Mariátegui y el socialismo peruano, subrayamos que la aludida frase «principio de un franco orientamiento doctrinario», aunque referida a un hecho específico, es pasible de ser aplicada al conjunto de la acción de Mariátegui. En consecuencia, se hace evidente que «el principio» de dicho orientamiento es la conferencia «La crisis mundial y el proletariado peruano», pronunciada el 15 de junio de 1923. Es imposible negar, entonces, que la frase «principio de un franco orientamiento doctrinario» da cuenta de una ruptura en el curso de la «orientación socialista» de Mariátegui, ruptura que, como se sabe, tiene lugar en el plano teórico con el artículo «El cisma del socialismo», y que, más tarde, se confirma en el plano de la acción con la mencionada conferencia.

(5) García da a entender que en el Mariátegui de Nuestra Época se amalgaman el socialismo reformista y el socialismo marxista: «Mariátegui era ya marxista antes de ser marxista», dice en un desafortunado juego de palabras, como ha quedado demostrado en nuestro libro La creación heroica de Mariátegui y el socialismo peruano. En este libro, por otro lado, hemos subrayado la verdad comprobada de que, si Ravines negaba el marxismo-leninismo de Mariátegui desde su posición dogmática, García lo niega desde su posición revisionista. Así, pues –y como hemos visto– García falsifica todo el proceso de la «orientación socialista» del maestro (suponiendo marxismo en la revista Nuestra Época, e intentando de esta forma «reivindicar» el socialismo reformista; y negando el posterior marxismo-leninismo de Mariátegui con aquello de que el término marxismo-leninismo «solo se encuentra dos veces en la obra de JCM» (ver su artículo «El movimiento comunista»), y pretendiendo de este modo amalgamar a marxistas y socialistas reformistas en un mismo partido.

(6) Lenin llamó la atención sobre el método de Kautsky para descalificar el concepto de dictadura del proletariado: «En una sola palabra de Marx se apoya ese punto de vista [el punto de vista de la dictadura del proletariado]…: así lo dice [Kautsky] textualmente en la pág. 20 [de su folleto La dictadura del proletariado]»; «… decir que es “una sola palabra” y hasta una “palabreja”, este famoso razonamiento de Marx [sobre la dictadura del proletariado], que resume toda su doctrina revolucionaria, es burlarse del marxismo, es renegar de él plenamente.» (Contra el revisionismo, recopilación, Editorial Progreso, Moscú, s.f., p. 393). Pues bien, a más de recurrir a este risible método kautskiano, cualquiera que sepa leer la letra chica puede constatar que García califica el marxismo-leninismo de «desperdicio», de «carroña» (ver su artículo El pedestal de cristal, publicado en la red en 2007). Si con estos términos de desprecio reniega del marxismo-leninismo, no es de extrañar que se burle del marxismo-leninismo de Mariátegui, que reniegue plenamente de él.

(7) García levanta esta declaración como «la orientación cardinal del socialismo peruano», en inocultable oposición al principio marxista de integrar la verdad universal del marxismo-leninismo con la práctica concreta de la revolución peruana. Esta sola posición da ya la medida del oportunismo de García.

(8) Para una información más amplia sobre este nacionalismo pequeño burgués, el lector puede consultar la nota 31 de nuestro folleto «Mariátegui y la realidad peruana», segunda edición.

(9) Al proceder de esa forma y, al mismo tiempo, imputar a sus críticos de agraviar a Mariátegui, lo que hace García es desviar la atención de sus propios agravios y presentarse como el reivindicador del maestro. La mención de Ravines, cosa que hace en su artículo que comentamos en estas líneas, le sirve como barato recurso contra nosotros.

(10) Egotista como es, García cree que el Socialismo Peruano (¡el Socialismo Peruano, ni más ni menos!) ha debido esperar ocho décadas para que él desagravie a Mariátegui. Es decir, como un mago de circo provinciano, ¡pretende pasar sus agravios a Mariátegui como desagravios! ¿No es esto el colmo de la maniobra, del temperamento criollo, del desprecio por la inteligencia de los demás?


Economía

Propaganda a la Crisis Económica Como Política Para Agravar la Explotación de los Trabajadores

Cesar Risso

LA BURGUESÍA PRETENDE que los trabajadores asalariados y, a través de ellos, las clases trabajadoras en general, concuerden en la necesidad de recibir menos remuneraciones, o de aceptar condiciones materiales de existencia peores. Esto es, debido a la caída de la inversión y la consecuente recesión en la que nos encontramos, con el resultado lógico de la disminución de las ganancias, los trabajadores seamos racionales y nos sometamos a la situación que ha provocado la propia burguesía.

No tiene otro sentido la intensa propaganda de la crisis que estamos atravesando. La burguesía ha pasado rápidamente de la negación de la crisis económica a la propaganda de la misma.

Cuando a la burguesía no le va bien en sus negocios, porque la rentabilidad de su inversión ha disminuido, es decir, la tasa de explotación, o la cuota media de ganancia, ha disminuido, como corresponde a las leyes del desarrollo del capitalismo, entonces pretenden convencernos de la necesidad de aceptar una menor remuneración. Para expresarlo en los términos de la economía burguesa en base a la situación actual, se trata de que la inflación, que reduce la capacidad de compra y de consumo de las clases trabajadoras, no se compense con un aumento de remuneraciones.

Pero esta actitud de hacer entrar en razón a los trabajadores para no aumentar las remuneraciones (salario nominal) y en consecuencia reducir su remuneración real, es una política permanente de la burguesía.

Por ejemplo, en las negociaciones colectivas, la patronal muestra los estados financieros a los representantes de los trabajadores, señalando la mala situación de la empresa, y por lo tanto planteando la imposibilidad de mejorar la situación de los trabajadores. Esta maniobra tiene como sustento la adulteración de la verdadera situación de la empresa, pero de la mano con esto, y para que funcione esta maniobra, parten del compromiso de los trabajadores con la empresa.

Para dar sustento a esta política, en la que comprometen a los trabajadores en la búsqueda de la mejora económico-financiera de la empresa en la que trabajan, plantean que el “capital humano” es fundamental para el crecimiento de la empresa. Así, a través del desarrollo “teórico” acerca de la empresa, lo que hacen es racionalizar la necesidad de los empresarios de contar con el apoyo de los trabajadores, planteando por ejemplo, que la empresa tiene como clientes no solo a los consumidores de los bienes y servicios (mercancías) que produce, sino también al gobierno, interesado en que le vaya bien a la empresa para recibir más impuestos; a los proveedores, que necesitan que a la empresa le vaya bien para que les sigan comprando los insumos; a los trabajadores, para que tengan donde laborar y obtener sus remuneraciones, etc. De modo que los trabajadores tienen que preocuparse para que sean más explotados para que la burguesía pueda disfrutar de mayores ganancias.

A esto se reduce la propaganda burguesa de la actual crisis económica.

Por supuesto que el gobierno interviene en esta propaganda, planteando que es necesario otorgarles beneficios tributarios y otras condiciones favorables a las empresas, para que la inversión aumente, y esto permita a la larga el crecimiento económico de nuestro país, y así mejorar la situación de todos. En consecuencia, tenemos que aceptar las medidas de las empresas que afectan nuestro bienestar material, y también tenemos que estar de acuerdo con la política burguesa del gobierno que da medidas para favorecer aun más a las empresas, perjudicando a los trabajadores en su conjunto a nivel nacional.

Las propuestas hechas por las diferentes entidades que representan a la burguesía apuntan a generar confianza para la inversión. Esto se traduce en una serie de ventajas para las empresas privadas. Pero esta confianza, que no es otra cosa que adaptar las leyes a las necesidades de las empresas para que exploten en mejores condiciones a los trabajadores, resultan inocuas, puesto que, en los periodos de crisis económica, al no poder obtener las ganancias esperadas, no por las leyes sino por encontrarse en la fase del ciclo económico en que disminuye la tasa de ganancia, solo ofrece el espectáculo de un ataque a los trabajadores empeorando sus condiciones materiales de existencia.

Tomemos como ejemplo solo un aspecto del impacto de la crisis económica en los trabajadores que ganan el sueldo mínimo legal.

Si consideramos el dato de la inflación del mes de agosto, los precios en promedio (índice de precios al consumidor a nivel nacional) aumentaron en 0,40%, mientras que la inflación acumulada de enero-agosto es de 3,58%.1 Esto significa que, a la fecha de hoy, con 1025 soles se puede comprar lo que antes se compraba con 990 soles. Evidentemente la inflación reduce la capacidad de compra de los trabajadores. La situación es más grave aun puesto que los trabajadores ven afectados sus ingresos por los descuentos de ley, reduciendo los 1025 soles a aproximadamente a 897 soles, al que si le aplicamos el efecto de la inflación quedaría reducido a 866 soles.

Sin embargo, consideremos solo el precio del limón. Esto nos permitirá ver con mayor claridad el impacto de la inflación en las remuneraciones de los trabajadores y la necesidad del aumento de estas para mantener por lo menos el nivel de compra.

Si consideramos que hasta hace unos días se podía adquirir un kilo de limón a S/2,5 y ahora se consigue a S/15, entonces el impacto en la capacidad de compra de quienes reciben como remuneración el salario mínimo, es el siguiente: dividiendo el salario mínimo legal por el precio del limón de S/2,5 se tiene que se podía comprar 410 kilos de limones; pero al precio de S/15 se puede comprar 68 kilos de limones. Es decir que la capacidad de compra disminuye considerablemente. De modo que la inflación es la disminución de los ingresos reales, lo que significa que los trabajadores pueden comprar menos de lo que antes compraban, y en consecuencia su consumo baja. Las consecuencias sobre la salud de los trabajadores y sus familias son evidentes.

Si este es el impacto sobre la vida de los trabajadores, cómo es posible que los empresarios soliciten, y exijan, que los trabajadores comprendan y acepten la necesidad de las empresas de reducir los costos, y que por lo tanto los trabajadores no pidan el aumento de sus remuneraciones. Mientras que para la burguesía lo que está en juego es el aumento de sus ganancias, para los trabajadores lo que está en juego es su vida y la de su familia.

Las propuestas de los empresarios en la negociación colectiva no deben ser atendidas por los representantes de los trabajadores. Mientras siga vigente el capitalismo en el Perú, la lucha debe tener como uno de sus objetivos, por lo menos, sostener la capacidad de compra de sus remuneraciones.

Este aspecto está reflejado en el análisis de Carlos Marx:

Estas pocas indicaciones bastarán para poner de relieve que el propio desarrollo de la industria moderna contribuye por fuerza a inclinar la balanza cada vez más en favor del capitalista y en contra del obrero, y que, como consecuencia de esto, la tendencia general de la producción capitalista no es a elevar el nivel medio de los salarios, sino, por el contrario, a hacerlo bajar, o sea, a empujar más o menos el valor del trabajo a su límite mínimo. Pero si la tendencia de las cosas, dentro de este sistema, es tal, ¿quiere esto decir que la clase obrera deba renunciar a defenderse contra las usurpaciones del capital y cejar en sus esfuerzos por aprovechar todas las posibilidades que se le ofrezcan para mejorar temporalmente su situación? Si lo hiciese, veríase degradada en una masa uniforme de hombres desgraciados y quebrantados, sin salvación posible. Creo haber demostrado que las luchas de la clase obrera por el nivel de los salarios son episodios inseparables de todo el sistema de salarios, que en el 99 por 100 de los casos sus esfuerzos por elevar los salarios no son más que esfuerzos dirigidos a mantener en pie el valor dado del trabajo, y que la necesidad de forcejear con el capitalista acerca de su precio va unida a la situación del obrero, que le obliga a venderse a sí mismo como una mercancía. Si en sus conflictos diarios con el capital los obreros cediesen cobardemente, se descalificarían sin duda para emprender movimientos de mayor envergadura.2

Pero esta lucha no puede hacer perder de vista el objetivo histórico del proletariado, por ello, a renglón seguido de lo afirmado por Carlos Marx en la cita anterior, añade lo siguiente:

Al mismo tiempo, y aun prescindiendo por completo del esclavizamiento general que entraña el sistema de trabajo asalariado, la clase obrera no debe exagerar ante sus propios ojos el resultado final de estas luchas diarias. No debe olvidar que lucha contra los efectos, pero no contra las causas de estos efectos; que lo que hace es contener el movimiento descendente, pero no cambiar su dirección; que aplica paliativos, pero no cura la enfermedad. No debe, por tanto, entregarse por entero a esta inevitable guerra de guerrillas, continuamente provocada por los abusos incesantes del capital o por las fluctuaciones del mercado. Debe comprender que el sistema actual, aun con todas las miserias que vuelca sobre ella, engendra simultáneamente las condiciones materiales y las formas sociales necesarias para la reconstrucción económica de la sociedad. En vez del lema conservador de: «¡Un salario justo por una jornada de trabajo justa!», deberá inscribir en su bandera esta consigna revolucionaria: «¡Abolición del sistema de trabajo asalariado!»2

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(1) Fuente: https://m.inei.gob.pe/media/MenuRecursivo/boletines/08-agosto-variacion-de-los-indicadores-de-precios-de-la-economia.pdf

(2) Marx, Carlos. Trabajo asalariado y capital.

(3) Ibid.

Internacionales

La Izquierda Frente a los Peligros de Octubre y Noviembre1

Claudio Katz2

LA IRRUPCIÓN DE MILEI INTRODUCE TRES CERTEZAS y una incógnita para la izquierda en el plano electoral. La primera certeza proviene de lo ocurrido en la región. Si Milei llega al balotaje repetirá lo sucedido con Bolsonaro en Brasil, Kast en Chile y Hernández en Colombia. En esas situaciones el grueso de la izquierda latinoamericana convocó a votar contra los derechistas.

Los sectores más radicales adoptaron esa postura, sin ocultar sus cuestionamientos a la tibieza e inconsecuencia de los candidatos finalmente triunfantes. Esa acertada decisión apuntó a frenar las agresiones contra las conquistas democráticas que propicia la ultraderecha. Con plena conciencia de ese peligro (o por mero instinto de supervivencia), la izquierda latinoamericana promovió el sufragio contra los exponentes de la oleada reaccionaria.

Es evidente que la derrota de esos personajes contribuye a neutralizar la venganza conservadora contra el ciclo progresista de la última década. Esa contención limita los atropellos contra los oprimidos y genera escenarios más favorables para batallar por la igualdad, la justicia y la democracia.

Lo ocurrido en Ecuador ofrece un contraejemplo de ese rumbo. Allí prevaleció el llamado al voto nulo en la segunda vuelta, entre el progresista Arauz y el derechista Lasso. Esa postura facilitó el triunfo de un millonario, que en su breve gestión consumó una degradación mayúscula del país.

Gran parte de la izquierda optó en ese caso por una equivocada equiparación de los dos candidatos, presentándolos como expresiones análogas de una misma dominación burguesa. Desconoció que la frustración de las expectativas populares generada por muchos exponentes del progresismo, no se asemeja a la sangrienta represión que propician sus rivales de la derecha. Una variante más aguda del mismo desacierto se verificó en Perú, cuando un sector de la izquierda convalidó con su voto, el operativo fujimorista para derrocar a Castillo. Esa inconducta confirmó las graves consecuencias de perder la brújula.

Estos antecedentes recientes brindan pautas para definir la postura de la izquierda, si Milei llega al balotaje. Ningún dirigente político suele anticipar su preferencia frente a esos desenlaces por comprensibles razones de competencia electoral. Pero en la militancia es muy oportuno discutir desde ya el tema, en lugar de improvisar definiciones a último momento. 

Esa clarificación es importante porque la principal fuerza de izquierda, el FIT-U, carece de una respuesta homogénea frente a ese dilema. Sus cuatro integrantes adoptaron actitudes muy variadas (y contrapuestas) ante esas situaciones. Seguir los ejemplos de Brasil, Chile o Colombia y evitar los errores cometidos en Ecuador o Perú debería ser la primera certeza del próximo escenario electoral. 


DEFINICIONES A LA VISTA

Milei canaliza con mensajes de ultraderecha el hartazgo con el desastre que afronta el país. Fue fabricado por los medios de comunicación y no cuenta con la base ideológico-social de Kast o el sostén evangélico-militar de Bolsonaro. Capturó adhesiones con exabruptos y sus seguidores expresan más enojo que convicciones de alguna índole. El resultado de ese combo es totalmente incierto.

Bullrich lidera la derecha convencional con posturas más agresivas que sus antecesores. Sustituyó la falsa promesa de felicidad que propagaba Macri por una épica del ajuste. El fracaso de Larreta confirmó que la centroderecha tradicional ha perdido gravitación.

Massa es la figura más conservadora de la coalición oficial. Es el artífice del ajuste en curso y arrastra una oscura trayectoria de compromisos con la embajada de Estados Unidos y con los grupos más concentrados del poder económico local.

Su liderazgo sintoniza con tendencias de la nueva oleada progresista. Evo, Chávez o Cristina han sido mayoritariamente sustituidos por representantes más próximos al establishment. Pero esa significativa modificación no altera el carácter de las coaliciones, que compiten con la restauración conservadora. Con una dirigencia adaptada al status quo, AMLO, Lula, Petro o Arce continúan encabezando frentes que disputan supremacía con la derecha.

Massa es un caso muy peculiar porque podría comandar una regresión menemista y reproducir contra el kirchnerismo, la andanada que consumó Lenin Moreno contra el correísmo. Pero mientras integre una coalición con Cristina, Kicillof, De Pedro y Grabois formará parte del desdibujado espectro que confronta electoralmente con los sectores reaccionarios. Por esa razón relegó sus preferencias por Estados Unidos, retomó los proyectos de inversión y financiación con China e impulsó la incorporación de Argentina a los BRICS, que Washington objeta frontalmente.

La principal diferencia de Massa con Milei y Bullrich no se localiza en la esfera económica. Los tres promueven diferentes versiones del ajuste y prepararán para el próximo mandato aumentos de tarifas, recortes de salarios y contracciones del gasto social supervisadas por el FMI.

Milei propicia demoler los salarios y expropiar a los sectores medios con la dolarización. Bullrich promueve ese atropello con el bimonetarismo, la reducción de las retenciones y una unificación cambiaria que asemeja al ¨blindaje¨ del 2001. Massa alienta la continuidad del deterioro enmascarado y en cuotas que implementa actualmente.

La diferencia entre los tres candidatos se ubica en el plano político-democrático. Bullrich y Milei proclaman sin ningún disimulo, que intentarán liquidar los convenios colectivos y las indemnizaciones, con un ataque directo al derecho de organización de los movimientos populares.

El asesinato de Molares y el salvajismo exhibido en Jujuy constituye el anticipo de un plan, que incluye indultos a los militares y anulación del aborto. Son amenazas muy creíbles en boca de un desorbitado cavernícola, cuya coequiper elogia a Videla y propone cerrar el museo de la Memoria. Bullrich es una abanderada del neoliberalismo represivo que pondera los disparos a los ojos de las manifestaciones, exalta el estado de sitio y convoca a ilegalizar los sindicatos combativos.

La brutalidad consumada en Perú es el modelo de los candidatos derechistas, que pretenden pulverizar al principal movimiento obrero sindicalizado de la región, destruir organizaciones sociales muy activas y quebrantar una fuerza democrática que reintegra nietos y mantiene vivo el repudio a la última dictadura.

Massa no está situado en ese plano. Silenció lo ocurrido en Jujuy, es afín a la mano dura de Berni, tiene gran amistad con los escuálidos de Guaidó, pero forma parte de un frente que no pregona la represión. La topadora en Guernica no se compara ni remotamente, con la furia de palos, balas y encarcelamientos que preparan Milei y Bullrich.

Partiendo de estas caracterizaciones cabe postular dos actitudes diferentes frente a los eventuales balotajes de octubre. Si la disputa final opone a Bullrich con Milei, correspondería promover el voto en blanco para deslegitimar cualquiera de las dos gestiones. Ambos presidentes anticipan una agresión frontal contra el pueblo que debería ser resistida desde el propio sufragio.

Por el contrario, si esa confrontación de noviembre incluye a Massa, lo acertado sería convocar al rechazo de la derecha en las urnas. Esa formulación ha sido frecuentemente utilizada por la izquierda para promover el voto contra el enemigo principal, sin mencionar al candidato favorecido. Se evita de esa forma explicitar el sostén a personajes muy objetables. Si las figuras contra Bullrich o Milei fueran Cristina o Kicillof, no habría ningún inconveniente en apoyarlos con su nombre.

En el caso de Massa ese aval en un balotaje debería ser acompañado con todos los cuestionamientos a su gestión. No es incompatible sostener esas críticas con votarlo contra un liberfacho y una abanderada del asesinato de Maldonado. Esa postura es la segunda certeza de los próximos comicios. 


DIPUTADOS DEL FIT-U

En octubre serán elegidos los diputados que integrarán un Congreso notoriamente derechizado. Ese cambio en ambas Cámaras es muy celebrado por los poderosos, que apuestan a lograr una rápida aprobación de las leyes de ajuste. La batalla en las calles contra esa agresión requerirá sólidos voceros de la resistencia dentro del recinto (y en los medios de comunicación).

Por esa razón es importante ampliar la bancada del FIT-U.

Ese sector está compuesto por honestos luchadores que han demostrado solvencia y valor para enfrentar el ajuste. Tienen probadas credenciales para actuar en la batalla que se avecina. En Jujuy volvieron a ratificar su valentía. Pusieron el cuerpo en las protestas, en lugar de enviar los simples mensajes de apoyo que difundieron otros dirigentes.

Esa actitud de la izquierda contrasta con gran parte de los legisladores que promueve el oficialismo. Ese grupo está integrado por incontables panqueques. La fuga de altos funcionarios a Milei (Francos) y a Bullrich (Aracre) anticipa lo que podrían hacer esos arribistas, si el viento continúa soplando hacia la derecha.

En las PASO, el FIT-U obtuvo un porcentaje muy semejante a los últimos comicios del mismo tipo. Su guarismo fue bajo, pero quedó entre las cinco listas en carrera para octubre. Afrontó la dificultad objetiva que genera la canalización ultraderechista del descontento social.

Ese resultado ha dado lugar a insólitos reproches a la izquierda por no haber capturado esa indignación, como si debiera ser siempre la receptora natural de todos los malestares. El cuestionamiento omite que la conducta de los votantes no está predeterminada y depende de cambiantes escenarios políticos.

El FIT-U no es responsable del auge internacional de figuras reaccionarias, que corporizan el rechazo a los desastres generados por el neoliberalismo. Tampoco es el causante de ese efecto en Argentina. En todo caso el principal culpable de ese desbarranque ha sido un gobierno impotente, que suscita la indignación de toda la población.

La izquierda lucha contra la corriente y confronta con las agresiones de los poderosos, que financian a Bullrich, instalaron a Milei y convalidan a Massa. El voto por el FIT-U es la respuesta positiva a la desazón que genera el nuevo contexto electoral.

Algunas corrientes radicalizadas rehúyen ese apoyo propiciando el voto en blanco, pero sin considerar el sentido actual de esa opción. La conducta que en el 2001 formaba parte de la rebeldía popular, ahora expresa apatía y despolitización. Es una reacción pasiva frente al ajuste, que simplemente desalienta la resistencia, refuerza la desesperanza y favorece la tramposa igualación de ¨todos los políticos¨.

La ampliación de la bancada que encabeza Bregman serviría también para explorar nuevas respuestas al fin de un ciclo político. El protagonismo que tuvieron en las últimas dos décadas el kirchnerismo y el macrismo afronta un serio cuestionamiento con imprevisibles desenlaces. Para evitar el pantano del pesimismo, hay que abordar el nuevo escenario con menos raptos emocionales y mayor reflexión política. El sostén a los diputados del FIT es la tercera certeza de la próxima elección.


INCÓGNITAS EN JUEGO

Un problema más complejo plantea la posibilidad que Massa no llegue al balotaje. Esa eventualidad está a la vista con la simple repetición de lo ocurrido en las PASO o con un imparable aluvión de Milei en la primera vuelta. Si Massa continúa con el ajuste redoblado que exige el FMI cavará su propia fosa como candidato. Ya comenzó esa sepultura con la devaluación que prometió soslayar y terminó aceptando. La resistencia a esa política explica el gran ausentismo en las urnas.

Para revertir ese escenario sería necesaria una reacción democrática semejante a la registrada contra Vox en España. Pero allí, un gobierno adelantó las elecciones para disputar los votos y aquí Alberto no existe, Cristina mantiene un calculado silencio y Massa carece de credibilidad.

Nadie sabe si ese contexto persistirá en los próximos dos meses. La enorme volatilidad de los votantes y la paridad en las encuestas convierten a la elección de octubre en una segunda vuelta anticipada. La conveniencia de que Massa llegue al balotaje plantea un dilema adicional a la izquierda.

Una disyuntiva semejante afrontó el PSOL en Brasil. Ese partido siempre presentó candidaturas propias y apoyó al PT en la ronda final. Pero en la última compulsa optó por otro curso. Decidió sostener a Lula en las dos instancias electorales, renunciando a la presentación de sus propios postulantes. Esa resolución fue tomada ante el peligro creado por la eventual reelección de Bolsonaro. La llegada de Milei presenta ciertas similitudes con ese escenario.

Batallar contra un gobierno de la derecha -auspiciando al mismo tiempo la ampliación de la bancada de izquierda- podría ser una respuesta para el caso argentino. Esa combinación podría implementarse con un corte de la boleta. Sería un recurso para frenar la presidencia de Milei y Bullrich, enviando al mismo tiempo un mensaje de censura a Massa por el ajuste en curso.

A diferencia del PSOL esta opción no puede ser adoptada por el FIT-U, porque esa formación nunca ha compartido vínculos con fuerzas progresistas locales semejantes al PT brasileño. Por esa razón, seguirá con la intensa campaña que encabeza Bregman para ampliar su número de legisladores.

Pero esa actividad podría combinarse con llamados paralelos al corte de boleta, dirigidos al votante del peronismo y a los sectores que priorizan evitar un gobierno de Bullrich o Milei.

Ambas campañas podrían ser complementarias, tenderían a dialogar con públicos diferentes y estarían encabezadas por figuras de distinto tipo.

A diferencia de las tres certezas anteriores, en esta eventualidad hay muchos interrogantes a dilucidar, tomando en cuenta que la izquierda no elige los formatos electorales en los que interviene. Son problemas tácticos propios de las disyuntivas complejas y deben ser procesados con debates políticos.

La pertenencia a la izquierda no es sinónimo de voto invariable. En los sindicatos, por ejemplo, es muy frecuente la revisión constante de las alianzas. Se acuerdan pactos para una elección, que son sustancialmente modificados frente a otros comicios. El sufragio no es acto de identidad o fidelidad hacia un grupo de pertenencia. Es una opción política definida en función de cambiantes coyunturas.

 

TRASFONDO ESTRATÉGICO

En la tradición de los cuatro partidos que conforman el FIT-U, siempre ha primado la postura del voto en blanco en los balotajes y el sufragio por la boleta propia. Los argumentos para sostener esta actitud subrayan que todos los candidatos de burguesía son iguales (o semejantes) y que cualquier diferenciación entre ellos -con criterios de ¨mal menor¨- conduce a la frustración de la ciudadanía y a la derrota del movimiento popular. Pero esta objeción no demuestra que la viabilidad de la alternativa contrapuesta.

Es muy sencillo presentar ejemplos de decepciones con las políticas seguidas por el progresismo. Basta con repasar lo ocurrido con Alberto en Argentina, Boric en Chile o Castillo en Perú. Pero esos desengaños no ilustran un mejor resultado de la propuesta que promueve el FIT-U. Ese logro está pendiente y corresponde debatir cuáles serían los caminos para alcanzarlo.    La mera impugnación del “mal menor” no es muy sensata. Todas las conquistas parciales de salarios o los avances democráticos pueden ser vistos como un ¨segundo mejor¨. No dejan de ser adversidades bajo el capitalismo, pero constituyen ponderables conquistas frente a su carencia anterior. Y lo mismo vale para los regímenes constitucionales frente a las dictaduras o los gobiernos progresistas frente a sus pares reaccionarios. Son logros que se consiguen sin consumar el ideal socialista, pero ninguno es despreciable por su distancia con el objetivo histórico de la izquierda.

Es totalmente cierto que el voto por un candidato ajeno o enemigo de la izquierda entraña serias amenazas para la construcción de ese espacio. Pero la superación de esos peligros no transita por el simple embanderamiento con candidatos de incuestionable pureza socialista. Hay que evaluar cada escenario y sopesar las distintas opciones, en función de una estrategia de poder.

En los partidos que comandan el FIT-U ese ordenador de largo plazo es la dinámica de la revolución socialista. Con esa lógica se impugna cualquier voto a candidatos ajenos al propio espacio, argumentando que daña la apuesta anticapitalista. Milei, Bullrich y Massa son vistos como equivalentes por la misma razón que Lula es asemejado a Bolsonaro, Boric a Kast y Petro a Hernández. Todos quedan situados en el mismo segmento burgués y cualquier diferenciación entre ellos es observada como un obstáculo para recrear el modelo leninista de 1917. Este razonamiento -en coexistencia con otras experiencias del mismo tipo- es válido en los períodos revolucionarios de distinta escala (nacional, regional o global). Pero confronta con la inexistencia de dinámicas de este tipo en las últimas décadas. La ausencia de una adaptación a esta nueva realidad impide concurrir a las urnas con algún proyecto creíble.

Es evidente que nadie vota al FIT-U con la expectativa de facilitar su llegada próxima, futura o lejana al gobierno. Ese frente no se presenta a sí mismo como opción presidencial y no concurre a los comicios para salir victorioso.

Esa carencia podría superarse con la hipótesis de conquistar el gobierno, para disputar el poder en un largo periodo de transición. Una política de ese tipo requeriría reconocer la diferencia cualitativa que separa la lucha por la supremacía en un gobierno, un régimen político, un estado y una sociedad.

La diferenciación de esas instancias permitiría concebir ciertos rumbos socialistas que el FIT-U no considera. La promoción de acuerdos electorales de envergadura para conquistar intendencias o gobernaciones, no figura por ejemplo en su agenda. La reevaluación de esas metas permitiría replantear alianzas desechadas con otros sectores, como el kirchnerismo crítico.

En ese tipo de estrategia se inscriben las certezas y la incógnita expuestas en este artículo. Considerar un voto que empalme el rechazo a un gobierno de derecha con más diputados de la izquierda es una iniciativa que crea puentes con las corrientes radicalizadas del oficialismo. Esa conexión permitiría a su vez imaginar nuevos reagrupamientos para el futuro.

En las PASO, la sumatoria de la lista alternativa dentro de Unión por la Patria (Grabois) y las diversas candidaturas de izquierda (FIT-U más otras fuerzas semejantes) logró un caudal muy significativo. En términos electorales ya existe, por lo tanto, un influyente conglomerado de fuerzas que comparten luchas en el movimiento popular. El debate sobre los comicios de octubre-noviembre puede abrir un nuevo horizonte para la izquierda.

 

31-8-2023

 

RESUMEN

La experiencia latinoamericana confirma la conveniencia de votar contra la derecha en la segunda vuelta. En el caso argentino esa postura exige registrar las diferencias entre los postulantes. Reforzar la bancada de izquierda contribuirá a la resistencia social y a concebir un nuevo proyecto estratégico.

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(*) Tomado de: https://katz.lahaine.org/b2-img/LAIZQUIERDAFRENTEALOSPELIGROSDEOCTUBREYN.pdf

(1) Este artículo sintetiza ideas expuestas entrevistas y desarrolladas en el libro: Las encrucijadas de América Latina. Derecha, progresismo e izquierda en el siglo XXI, Batalla de Ideas, (próxima aparición).

(2) Economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA, miembro del EDI. Su página web es: www.lahaine.org/katz

Lógica

 

Los Caracteres del Concepto y los Denominados Conceptos Negativos

Iván I. Chupajin

SEGÚN LA CONCEPCIÓN de la lógica, los caracteres del concepto son los elementos que forman su contenido. Dicho contenido es tomado de la realidad objetiva. Por consiguiente, tales caracteres son, en fin de cuentas, los rasgos y propiedades de los objetos expresados en conceptos. En vista de que el concepto es siempre universal, es decir, que refleja los diversos objetos particulares, no puede contener elementos que reflejen propiedades del objeto particular, que no sean propias de otros.

Pero tampoco se reflejan en el concepto particular todos los caracteres particulares de una especie dada de objetos. Por lo común se acepta que los conceptos reflejan solo ciertos rasgos generales esenciales de los objetos. En efecto, nadie ha dicho aún, por ejemplo, que el lóbulo de la oreja -reconocido como parte de todo hombre- sea un rasgo del concepto “hombre”, que forme parte del contenido del mismo.

Los rasgos de los objetos, tales como el que acabamos de señalar, se consideran no esenciales, y no pueden ser incluidos en el contenido del concepto. Esto significa que los caracteres fundamentales de los objetos se refieren a su esencia, a lo que es la base de un conjunto de otras propiedades de los objetos.

Los caracteres fundamentales tomados en su conjunto son suficientes para expresar el contenido esencial de los objetos, y cada uno de esos rasgos es un elemento indispensable de la esencia de la esencia del objeto. Con frecuencia se emplea en lógica el término “objeto” en una acepción amplia, tanto para denotar los objetos en su sentido propio, como para significar sus propiedades. No se puede objetar ese empleo del término, mientras no induzca a confusión.

Sin embargo, al analizar el problema de los caracteres del objeto que el concepto refleja -y no los que se refieren a las propiedades particulares-, no debemos mezclar las categorías de “cosa” u “objeto” con la de “propiedad”.

Cuando se llega a esa confusión, en los libros de lógica se suele afirmar que puede haber multitud de conceptos sobre el mismo objeto, pues en este último es dable separar muchos grupos de caracteres esenciales, cada uno de los cuales formará el contenido de un concepto particular sobre el mismo objeto. Semejante formulación no es correcta.

Al fin de aclarar con mayor facilidad este error, veamos el ejemplo con el que el profesor Asmus ilustra su opinión de que sobre un solo objeto puede haber una multitud de conceptos.1

Afirma que “si bien el agua vertida en un cántaro es el mismo cuerpo, el mismo objeto, tanto para el pintor como para el físico y el químico, el concepto sobre este objeto no será el mismo para el físico que para el químico. Para el físico el agua es un líquido que a +4° Celsius tiene la máxima densidad, a 100° Celsius y presión atmosférica normal hierve, a una presión menor (en las montañas elevadas), hierve a temperatura más baja, a 0° se congela, etc., etc.”2

En esta exposición de su idea sobre los caracteres esenciales, el autor ni siquiera se pregunta si los conceptos relativos al agua son homogéneos, desde el punto de vista de las categorías de “cosa” y “propiedad”, tanto para el físico como para el químico; pero debería plantearse ese interrogante. Al respecto surge también otro problema: para definir la naturaleza del fenómeno dado, ¿qué forma de movimiento de la materia estamos considerando cuando hablamos del fenómeno del agua?

El agua es ante todo un fenómeno químico, una combinación de elementos químicos. Para caracterizar el agua, es preciso señalar las propiedades químicas que en conjunto forman la esencia del fenómeno dado. Las otras propiedades, de las que se puede señalar una cantidad innumerable, expresadas en conceptos, no formarán el contenido del concepto “agua”, sino el de unas u otras de sus propiedades. Cabe decir, por lo demás, que la ciencia ha establecido, para ciertos fenómenos, conceptos exactos, reconocidos como los únicos correctos, y que ningún científico ha considerado que pudiera existir muchos conceptos sobre ellos. Ejemplo de ello son “nación”, “relaciones de producción”, “proletariado”, etc. Es evidente la imposibilidad de tener muchos conceptos sobre cada uno de dichos objetos. Por ejemplo: después de haber denotado los caracteres del concepto “nación” no se preguntar qué otro se podría formar aún, que tuviera un carácter científico en el mismo grado que aquel cuyos caracteres se señalan habitualmente.

Se entiende que respecto de la nación pueden expresarse los conceptos de contenido más diverso, que reflejen sus propiedades, sus nexos con otros fenómenos, el proceso de su desarrollo, etc., pero el concepto de “nación” solo puede ser uno.

Plantear el problema en el sentido de que en el objeto hay siempre una multitud de facetas, y por añadidura esenciales en tal o cual sentido, resulta insuficiente, puesto que falta establecer los aspectos decisivos, fundamentales, de todo fenómeno del mundo objetivo. Por supuesto, en el objeto pueden darse aspectos cuyo estudio corresponde a ciencias especiales. Por consiguiente, en cierto sentido, los diversos aspectos de los objetos, estudiados por ciencias distintas, son para ellas de carácter esencial.

El hombre, por ejemplo, es objeto de investigación para diversas ciencias; cada una de ellas estudia un aspecto del mismo, pero sin embargo, existe una sola definición de hombre. Esta definición, que señala sus rasgos característicos (pertenencia a los organismos vivos, capacidad de crear herramientas, lenguaje articulado) revela el contenido del concepto “hombre”.

En la historia de la lógica se mencionó con frecuencia la relatividad del concepto de “caracteres esenciales del objeto”, aludiendo a que en un caso son esenciales ciertos rasgos, y en otro caso tales otros.

Por ejemplo, si se considera al hombre desde el punto de vista de su capacidad para realizar un trabajo pesado, serán esenciales sus características de su fuerza física. Si se lo examina en lo referente a su aptitud para integrar un conjunto musical, ya no serán esenciales los rasgos antedichos. Esta es la concepción que, en esencia, expresa el profesor Asmus. Y resulta incomprensible por qué califica de idealista al punto de vista análogo de Wedienski.

“Los lógicos idealistas -escribe Asmus- trataban de señalar el criterio de diferenciación de las propiedades esenciales y accidentales; pero los buscaban en el puro deseo subjetivo del ser pensante de diferenciar dentro del objeto un aspecto u otro de su contenido. Así, por ejemplo, según la definición del kantiano A. I. Wedienski, las propiedades esenciales son aquellas que «resultan más importantes al examinar un objeto dado o un grupo dado de objetos desde el punto de vista en que deseamos conocerlos»”3

Objetivamente no hay aquí diferencia sustancial alguna entre las concepciones de Asmus y las de Wedienski sobre los caracteres esenciales. El primero, en el ejemplo del agua, ha tratado en el fondo de demostrar que el objeto tendrá distintos caracteres esenciales, según el aspecto bajo el cual se lo conozca.

El mismo punto de vista está expresado en las palabras de Wedienski, citadas por Asmus. Esto no significa evidentemente que el primero no haya expuesto concepciones a todas luces idealistas en torno de los caracteres esenciales del concepto. Como ejemplo se puede mencionar la siguiente afirmación contenida en el libro La lógica como parte de la teoría del conocimiento: “Se afirma que el rasgo esencial es aquel cuya presencia es necesaria para la esencia del objeto, y que el accidental solo es admitido, pero no exigido por ella. Este sería un medio perfectamente adecuado para distinguir el rasgo esencial del accidental, siempre que la ciencia conociera la esencia de las cosas, lo cual no ocurre. Y puede advertirse a qué distancia estamos de ese conocimiento, aunque solo fuera por el hecho que la discusión entre materialismo, espiritualismo dualista y panpsiquismo está lejos aún de haber concluido, y la gnoseología incluso afirma que jamás concluirá”.4

Se advierte aquí que para Wedienski la gnoseología más veraz era la kantiana, según la cual la esencia de los fenómenos del universo es incognoscible. Esto, por cierto, es idealismo. Las ideas de Asmus están en contradicción con este aserto, pero no en lo que respecta a las palabras de Wedienski, que cita, como podemos comprobar en el siguiente juicio: “La diferencia entre los rasgos esenciales y accidentales tiene un carácter relativo. Caracteres del mismo objeto serán en un caso esenciales, y en otro accidentales. Los rasgos esenciales para conocer un objeto en un sentido, pueden ser absolutamente accidentales para conocerlo en otro aspecto, y viceversa”.5

Pero esta aseveración, que en el fondo coincide con la de Wedienski -criticada por Asmus- es incorrecta en algunos aspectos.

Como ya se dijo, el objeto tiene en verdad muchas facetas y propiedades que pueden ser en un sentido esenciales, y en otro accidentales. Pero cuando el problema consiste en formar un concepto sobre el objeto en su conjunto, en señalar a qué categoría, a qué clase pertenece -por ejemplo, a una especie determinada de animales o plantas-, es decir, cuando hay que determinar qué lugar ocupa en la clasificación de los objetos del mundo concreto, es absurdo responder en tal caso que por un lado pertenece a los abedules, y por otro a los cuerpos sólidos, o algo por el estilo. Por el contrario, debemos puntualizar con exactitud la especie de los objetos referida a determinado género.

Los caracteres del concepto que es la especie en el sentido lógico de la palabra, se referirán al objeto en su conjunto, expresando su naturaleza, su esencia; reflejará los rasgos generales y esenciales de una serie de objetos. No existen conceptos que reflejen solo un objeto único en su individualidad. Y esta concepción, que a nuestro parecer es desde todo punto de vista correcta, ya fue desarrollada por Aristóteles. En sus Categorías, al hablar de los géneros y las especies, llamaba especies a los conceptos que pueden formularse sobre muchas cosas individuales (por ejemplo, el de “hombre”, que puede expresarse con respecto a cada hombre individual), pero no denominaba especies a las cosas aisladas, ni a sus reflejos en el pensamiento. Porfirio de Tiro, comentarista de las Categorías de Aristóteles, manifestó esta misma opinión.

Asimismo es incorrecta la posición que Asmus establece entre los caracteres esenciales del concepto, que expresan la esencia del objeto, y los caracteres diferenciales referidos a este último. Dice lo siguiente: “Las propiedades que son esenciales solo para la diferenciación de un objeto concreto del pensamiento con respecto a otros, se denominan en lógica propiedades diferenciales. Todo grupo de propiedades diferenciales de un objeto pertenece, en primer lugar, a cada objeto caracterizado por dichas propiedades, y en segundo lugar, únicamente a los que ellas caracterizan”.6

Más adelante afirma que el problema inicial que surge en el conocimiento del objeto, es su diferenciación respecto de los otros, después de lo cual debe delimitarse el grupo de propiedades fundamentales, que determina a todos los demás. Este grupo de propiedades puede designarse -según el autor- grupo de propiedades esenciales en sentido absoluto, y constituirá el contenido de los conceptos referentes a la esencia de los objetos.

Por consiguiente, hay conceptos que reflejan la esencia de los objetos, y otros sus caracteres externos. Si se acepta este punto de vista, debe considerarse incorrecta la definición -admitida generalmente- del concepto como forma del pensamiento que expresa los caracteres generales y esenciales de los fenómenos del mundo objetivo, aunque el autor del libro no llegue a formular esta conclusión. Según Asmus hay conceptos que reflejan solo un grupo de caracteres diferenciales del objeto, pero no su esencia, y existen otros que sí la reflejan.

En realidad, todo concepto manifiesta la esencia de los objetos (el término “objeto” se toma en lógica en un sentido amplio), y en el concepto diferenciamos un objeto de otro por sus esencias.

Se dijo, por ejemplo, que el lóbulo de la oreja es un rasgo que puede diferenciar al hombre de los otros seres vivos. Sin embargo, ¿podría afirmarse que constituye una propiedad esencial del hombre? Por supuesto que no; y es comprensible que dicho rasgo no entre en el contenido del concepto “hombre”.

Los caracteres del concepto “lóbulo de la oreja” no son esenciales, ni diferenciales para el concepto “hombre”; son caracteres esenciales y al mismo tiempo diferenciales del concepto “lóbulo de la oreja”. Por consiguientes, la oposición entre los caracteres diferenciales y esenciales del concepto carece de todo sentido.

Los caracteres esenciales y diferenciales, si pertenecen al concepto, son los mismos, pero considerados bajo diversos aspectos. Así, por ejemplo, al comparar los conceptos “economía capitalista” y “economía mercantil simple”, podemos designar diferenciales a ciertos caracteres que distinguen el contenido de uno y otro, aunque son también al mismo tiempo esenciales, puesto que en su conjunto reflejan la esencia de los objetos correspondientes.

Un signo externo del objeto, por ejemplo alguna marca hecha en un árbol para reconocerlo, no puede ser considerado como rasgo del concepto. No cabe duda que no tendrá relación alguna con el concepto de árbol dado. Los caracteres que forman parte del contenido del concepto, nunca pueden ser accidentales para éste.

Para que quede bien en claro la característica general de los rasgos del concepto, debemos examinar el criterio de esencialidad.

Este problema se plantea a veces en la bibliografía sobre lógica sin diferenciar con nitidez los dos sentidos en que la expresión “criterio de esencialidad” puede emplearse. Por un lado explica qué es lo que debe considerarse como propiedad esencial o accidental, es decir, en qué se diferencia la propiedad esencial de la accidental para el objeto mismo, y por el otro qué es lo esencial para un objetivo determinado en la práctica humana.

Pero ambos aspectos se diferencian del problema de la práctica del hombre como criterio de verdad de nuestros conocimientos, en lo que respecta a diferenciar en el objeto los caracteres esenciales de los accidentales. Tal problema surge cuando necesitamos convencernos de que nuestra imagen sobre la diferenciación de las propiedades esenciales y accidentales en el objeto dado, corresponde a la realidad.

Propiedad fundamental es la que se refiere a la esencia del objeto. Por lo demás, el criterio de esencialidad es la práctica del hombre, que determina el nexo del objeto con lo que el hombre necesita, y resuelve en el caso dado el problema, como criterio de verdad de nuestros conocimientos.

Por consiguiente:

1.   Los caracteres del concepto son el reflejo de los caracteres de los objetos.

2.   Se refieren siempre no a un objeto singular, sino a todo el conjunto de objetos y fenómenos que forman un grupo denotado como especie en el sentido lógico.

3.   Son el reflejo de las propiedades esenciales de los objetos.

4.   Un grupo de caracteres esenciales de los objetos, al manifestarse en el pensamiento, puede constituir el contenido del concepto sobre el objeto en su conjunto, o el de determinada faceta del mismo. El primero puede ser predicado de un juicio que responda al siguiente interrogante: ¿qué es el objeto dado o en qué consiste su esencia? El segundo será predicado de un juicio en el que se trate de la esencia de alguna faceta o propiedad del objeto.

En las obras soviéticas sobre el tema se analizan con frecuencia, respecto de las relaciones entre los conceptos, los denominados conceptos contrarios, y para definirlos se parte habitualmente del reconocimiento de la existencia de conceptos negativos.

Así por ejemplo, al definir los conceptos contrarios, el profesor Strogóvich escribe: “Los conceptos se denominan contrarios cuando uno contiene ciertos caracteres determinados, mientras que el otro los niega; esta negación constituye todo el contenido del segundo. Conceptos tales como «malo» y «no-malo» son contrarios, porque el contenido del concepto «no-malo» es la negación del carácter de la maldad, contenido en el concepto de «malo».”7

Pero estas tesis de Strogóvich niegan los caracteres esenciales del concepto. Y frente a ellas nos preguntamos por qué el autor presenta en su definición de los conceptos contrarios, un rasgo que en realidad es solo inherente a los juicios; a saber, la afirmación o negación de algo sobre algo.

Además, dichas tesis contradicen también la regla según la cual la definición del concepto no debe ser negativa. Esta regla, por supuesto, sobreentiende que el contenido de cada concepto expresa los rasgos inherentes a los objetos que la conciencia refleja. Pero resulta que los llamados conceptos contrarios negativos no pueden satisfacer esta regla.

Por ello, algunos lógicos formulan la reserva de que ésta no es válida para los conceptos negativos, mientras que otros no expresan reserva alguna, y dejan sumido en la perplejidad al lector, que debe devanarse los sesos para saber si las reglas de la definición de los conceptos tienen validez general, o admiten excepciones.

Según nuestra opinión, cabe considerar que dicha “contradicción” se origina en la admisión de conceptos negativos y contrarios, cuando en verdad no hay fundamento alguno para reconocer ese género de conceptos. Como ya lo señaló con justeza Hegel, con el nombre de contenido del concepto se proporciona en realidad una explicación superficial del sentido, del significado de la palabra; pero no es lo mismo. En efecto, tomemos la combinación de palabras “si llueve”. ¿Denota esta combinación un concepto? En caso afirmativo, ¿cuál es?, y por fin, ¿cuál es el contenido de ese concepto?

Al parecer es imposible aceptar lo primero, y en virtud de ello pierden todo sentido las otras dos preguntas. Pero la combinación de estas palabras en la oración, por cierto, denota algo. La idea expresada en ellas está inconclusa, no obstante es una idea. Una idea, aunque inconclusa, debe reflejar la realidad. El contenido y el carácter de esta idea inconclusa pueden ser diversos, según el contexto, o más exactamente lo que enuncian las palabras que, junto con dicho grupo, expresan la idea acabada. Este grupo de palabras puede indicar las condiciones que traen como resultado necesario otro fenómeno, o un hecho determinado (la existencia de la lluvia) que provoca otro fenómeno.

Puede servir para trasmitir o comunicar la condición, de acuerdo con lo cual un individuo resuelve realizar una acción; como vemos, por ejemplo, en la siguiente oración: “Si llueve, escribiré una carta a mi amigo”. Por lo demás, en este último caso también le da sentido, significación, el hecho de que exprese la existencia de un fenómeno, en relación con el cual se plantea el cumplimiento de la tarea trazada. De modo análogo se puede hablar sobre la significación de las palabras “no-él”, “no-hombre”, aunque nada pueda saberse de cuál es el concepto que denota cualquiera de estas combinaciones. Veamos otro ejemplo. Cuando decimos: “Este fenómeno nos resulta incomprensible”, la expresión “este fenómeno” tiene sentido para nosotros; por consiguiente, tiene significación. Pero aquí no se puede hablar de un concepto, si nos atenemos de modo riguroso a la definición según la cual el concepto refleja los caracteres esenciales del fenómeno, porque en esta oración decimos francamente que el fenómeno no ha sido comprendido por nosotros y que, por consiguiente, aún nos espera la tarea de expresarlo en un concepto.

Sin embargo, de este fenómeno aún no comprendido, aún no concebido en un concepto, podemos afirmar que no se refiere a ciertos objetos que se ajustan a un concepto rigurosamente determinado. Así, por ejemplo, podemos aseverar que este fenómeno es no-hombre, no-planta, etc. Se entiende que la expresión ”no-hombre” no será un concepto, pues su significado no se explicará mediante la indicación de los caracteres esenciales del objeto, sino de mismo modo en que se dilucida el sentido de la expresión “este fenómeno”, es decir, señalando los límites dentro de los cuales se puede utilizar tal expresión, teniendo en cuenta su construcción gramatical y el contenido del concepto “hombre”.

En relación con este último, dicha expresión puede formularse mediante sinónimos tales como “no es hombre”, o “no forma parte de la clase de los hombres”, etc. Por consiguiente, en este caso solo podemos interpretar qué denota esta expresión, pero no preguntarnos cuáles son los caracteres esenciales del concepto dado, lo que prueba que éste no existe. El concepto debe reflejar siempre el contenido real de los objetos. Pero aquí la expresión solo sirve para negar al objeto la idea de los caracteres del concepto “hombre”. Dicha expresión revela este significado cuando en tal o cual objeto fija la ausencia de los mencionados caracteres del concepto “hombre”. Sin esta condición, dicha combinación de palabras no expresa una idea acabada, como tampoco lo hace la expresión “si llueve”. Por regla general, los lógicos no reconocen a esta última como expresión de un concepto, ni tampoco de un juicio.

De modo análogo, la expresión “no-hombre” tampoco denota un concepto, ni un juicio. Pero si se enuncia junto con un objeto al cual se niega la propiedad de hombre, resulta, por ejemplo, la siguiente proposición: “El mono no es hombre”. Esta oración es ya la expresión de un juicio negativo, contrario respecto del juicio “algunos monos son hombres”.

Pero no se puede decir que los conceptos “hombre” y “no-hombre” sean contrarios, por cuanto, como ya se señaló, no existen los conceptos negativos.

Si se reconociera este género de conceptos, habría que admitir, por ejemplo, que en la dialéctica, junto a las categorías de realidad, necesidad y casualidad, existen las de no-realidad, no-casualidad, no-necesidad. Pero a nadie se le ha ocurrido establecer estas dos series de categorías, en una de la cuales se enumeran las que tienen una expresión verbal sin la partícula “no”, mientras que en la otra figuran las mismas categorías, denotadas por idénticas palabras, agregando a cada una de ellas dicha partícula.

Y esto no se hace porque de tal adición no surge ningún concepto nuevo de carácter original.

Sin duda, una causa de que sean aceptados los conceptos negativos y contrarios es que en los tratados de lógica no se da la adecuada ubicación al examen de la operación lógica llamada división del concepto.

El análisis de esta operación incluye por lo común el problema de la denominada división dicotómica, y esta circunstancia a simple vista puede parecer una objeción a la tesis antes expuesta sobre la existencia de los conceptos negativos y contrarios. Pues la esencia de la división dicotómica se explica por lo común como una división de cierto concepto A en los conceptos B y “no-B”, y el “no-B”, a su vez, en los dos siguientes: C y “no-C”, por ejemplo.

Tal esquema -por medio del cual en la bibliografía sobre lógica se suele presentar el proceso de división de ciertos objetos en clases- al mismo tiempo que designa a esta operación con el nombre de división de los conceptos, puede inducir a la idea de que dividimos los conceptos en positivos y negativos.

Pero no es difícil convencerse, al examinar un ejemplo concreto, que dicha división dicotómica no demuestra la existencia de los conceptos negativos.

Afirmamos, por ejemplo, que los animales vertebrados se dividen en mamíferos y no mamíferos. ¿Qué significa esto desde el punto de vista del proceso real del conocimiento? Significa que del concepto “animales vertebrados”, hemos separado el concepto de mamíferos vertebrados, y formado el correspondiente concepto “mamíferos”. Al mismo tiempo comprobamos que hay vertebrados no comprendidos en el concepto “mamíferos”. Pero afirmar tal cosa no significa haber creado un concepto sobre ellos.

A menudo en la historia de la lógica, la operación denominada comúnmente división de los conceptos, no se incluye en la sección que trata de los conceptos. Y esto se ha hecho de modo correcto, porque esta operación se refiere a los métodos de estudio de los objetos concretos, o de las clases de objetos, y responde al propósito de disponerlos en un orden determinado, en un sistema, para su mejor estudio. Esta operación no debe entenderse literalmente como división de los conceptos, porque en ese caso significaría que dividimos en especies conceptos que incluso pueden no existir.

Por consiguiente, la expresión que resulta de unir “no” con determinada palabra, o con un grupo de ellas, no puede denotar un concepto; si así fuera correspondería reconocer que los conceptos pueden formarse sobre la base de la falta de conocimientos acerca de cuáles son los rasgos inherentes al objeto. Y esto significaría que en nuestros razonamientos hemos incurrido, en cierto aspecto, en errores análogos a los de Max Stirner, criticados por Marx y Engels. En este caso tenemos presente lo siguiente. En La ideología alemana, Marx y Engels desenmascaran los “malabarismos lógicos” de Stirner, y analizan en particular el artificio lógico8 que se realiza simultáneamente: 1) mediante el empleo arbitrario de la palabra “no”, ora con un significado, ora con otro, y 2) al desplazar la negación, que al comienzo forma parte de la cópula, primero al sujeto y luego al predicado. Los autores de La ideología alemana ilustran esta manipulación se Stirner con el siguiente ejemplo:

Yo no soy el pueblo

El pueblo es no-yo

Yo soy no-pueblo

Stirner identifica esta última ecuación, por su sentido, con la afirmación “yo soy la negación del pueblo”.

Con referencia al problema de los conceptos negativos, nos interesa en particular uno de los comentarios formulados por Marx y Engels a propósito de estas ecuaciones de Stirner. Consiste en la indicación de que Stirner ni siquiera necesitaba para las mencionadas ecuaciones tener “ni la menor idea del pueblo; bastaba con saber que Yo y el pueblo «son nombres totalmente distintos para expresar cosas totalmente diferentes»; bastaba con que estas dos palabras no tuviesen ni una sola letra en común”.9

Por consiguiente, al unir la partícula “no” a una expresión cualquiera, no denotamos un nuevo concepto.

Merced a esta operación se obtiene una combinación de palabras, que fuera de determinado contexto no se puede interpretar con el mismo significado. Cuando tal combinación de palabras (por ejemplo, “no-B”) se tomara fuera del contexto, podemos suponer que es: 1) una indicación incompleta de la idea que cierto fenómeno, desconocido para nosotros, es diferente del que se denota como B; 2) una denotación inconclusa de la idea comprendida en el esquema “X es no-B”; 3) una expresión incompleta del sentido de la afirmación tautológica “B no es no-B” (bajo “no-B” podemos concebir lo que se nos ocurra); 4) una expresión negativa de algo que tiene una expresión positiva correspondiente, de idéntico sentido (guerra injusta – guerra de rapiña); 5) una denotación inconclusa de la idea que falta de una propiedad determinada del objeto está relacionada con la ausencia (o la presencia) de alguna otra propiedad suya, como por ejemplo en la tesis “el «no-ingeniero» no puede dirigir este sector del trabajo”. Se podrían señalar aun otras significaciones particulares de combinaciones de palabras con la partícula “no”, pero es innecesario, pues los casos enumerados pueden dar motivo, en mayor grado que otros, a que surja la falsa idea de que existen conceptos negativos; aunque en realidad no hay conceptos negativos de clase alguna en los casos mencionados, como surge de las observaciones anteriores.

El modo incorrecto de abordar la operación denominada de trasformación del juicio, por la cual el juicio negativo se convierte en afirmativo, y viceversa, puede llevar a la idea de que existen conceptos negativos.

En verdad, si se admite que esa interpretación de la operación de trasformar los juicios es correcta, y que el predicado de un juicio es siempre un concepto, debemos considerar, por ejemplo, que al trasformar la proposición “las ballenas no son peces”, en “la ballena es no-pez” se obtiene un nuevo juicio, cuyo predicado es el concepto negativo de “no-pez”.

La misma lógica nos obliga a extraer esta conclusión, si se admite que, no solo se modifica la forma verbal del juicio, sino también su forma lógica.

Sin embargo, si esta forma en realidad se modificara, el sentido de este juicio se convertiría en el opuesto del inicial.

El cambio real de la forma lógica del juicio significaría en tal caso que inicialmente concebimos en el predicado la presencia de alguna determinación (si el juicio fuese afirmativo), y que después de la trasformación empezamos a pensar que en el mismo objeto falta otra determinación. Pero en verdad esto no ocurre en los casos de la denominada conversión de los juicios, pues solo se modifica la forma verbal de estos últimos. Así, por ejemplo, el sentido del juicio negativo consiste en concebir la ausencia de cierta determinación del objeto, pero se puede expresar verbalmente, tanto en forma afirmativa como negativa: la expresión “S no es P” se puede reemplazar, conservando su sentido, “S no es no-P”, y estas dos afirmaciones son equivalentes a la afirmación “S carece de la determinación P”. ¿Qué deducimos de esto? Que las formas afirmativa y negativa de las proposiciones pueden servir para expresar la misma forma lógica negativa del juicio.

De igual modo, al emplear la forma verbal “S no es no-P” en lugar de la expresión “S es P”, no pasamos de la idea que existe en el objeto del juicio la determinación P a la idea que falta alguna otra determinación, sino que seguimos pensando que en el objeto existe la determinación P. Por ello se formula la tesis según la cual la doble negación equivale a una afirmación. Esto significa que la doble negación expresa, al igual que una afirmación, que al objeto del juicio le corresponde cierta determinación.

Cuando se habla de una doble negación, ya es evidente que no se puede referir a ella el denominado concepto negativo “no-P”, pues si admitiéramos que la negación se refiere a éste, no sería doble, como se advierte por el esquema correspondiente del juicio “S no es no-P”.

El hecho de que en presencia de dos premisas afirmativas en la segunda figura el silogismo categórico, la conclusión resulta imposible cuando convertimos una de ellas en un juicio negativo, es una demostración indirecta de la idea según la cual la conversión de los juicios solo modifica su forma verbal. Si tomamos premisas tales, que de ellas surge lógicamente una conclusión, ésta aparecerá con la misma necesidad si sometemos una e incluso ambas premisas a una conversión.

Los autores que admiten la existencia de conceptos negativos afirman que ellos se fija la ausencia de los rasgos de ciertos objetos, pero tal concepto se expresa verbalmente por esta misma palabra, es decir, “ausencia” y -dicho sea de paso- nadie considera que el concepto así denotado sea negativo.

Además, el reconocimiento de los conceptos negativos no concuerda con los caracteres generales de la formación de los conceptos, expuestos en la bibliografía sobre lógica y filosofía en general.

La base de este proceso es la práctica, pues los hombres comienzan “a obrar activamente, a dominar mediante los actos ciertos objetos del mundo exterior, para satisfacer de este modo sus necesidades (es decir, que comienzan por la producción),10 antes de llegar a diferenciar “teóricamente” los objetos exteriores que sirven para satisfacer sus necesidades de todos los demás.

Este vínculo directo entre el desarrollo de la práctica humana y la formación de los conceptos es característico, por cierto, para los estadios iniciales del desarrollo del pensamiento humano. Luego el nexo se torna más complejo, pero en principio sigue siendo el mismo, es decir, que en los estadios más elevados del desarrollo del pensamiento, los conceptos se elaboran sobre la base de la práctica humana, que se resume en conceptos. La lógica enseño que este proceso de formación de los conceptos se realiza con la ayuda de ciertos procedimientos lógicos, tales como el análisis y la síntesis, la abstracción de los caracteres esenciales y la generalización.

De todos estos momentos, el reconocimiento de los conceptos negativos no concuerda, en primer lugar, con el de la abstracción, que consiste en excluir lo accidental del objeto y retener en la conciencia, para la formación del concepto, los caracteres esenciales que existen en él, y no los que faltan, como correspondería hacer de acuerdo con la definición habitual del denominado concepto negativo. Asimismo, es difícil que el reconocimiento de los conceptos negativos concuerde con otros procedimientos lógicos de la formación del concepto.

De todo lo enunciado en este parágrafo, se deduce que:

1.   No existe fundamento alguno para contraponer los caracteres esenciales y los diferenciales del concepto, puesto que los segundos son, al mismo tiempo, esenciales. No hay otros caracteres distintivos del concepto, es decir, accidentales.

2.   En los manuales de lógica, incluso en los más recientes, se señala correctamente que los elementos (caracteres) que forman el contenido del concepto, reflejan en su conjunto las diversas propiedades y facetas de los objetos de la realidad objetiva. Este aserto se halla en contradicción con la división de los conceptos en positivos y negativos. En realidad, los conceptos negativos no existen en el sentido en que por lo común se habla de ellos en lógica.

3.   Numerosos autores se refieren con frecuencia a los conceptos negativos cuando examinan los conceptos contrarios y la división dicotómica de los conceptos. Pero los que se han dado en llamar conceptos contrarios, no se vinculan, en realidad, con los conceptos negativo y positivo. En esos casos se trata simplemente de la subdivisión de cierta clase de objetos, en aquellos que poseen o no determinada propiedad. En los hechos, la operación denominada división dicotómica de los conceptos tiene idéntico significado. Pero existen algunas diferencias: al examinar la división dicotómica de los conceptos, importa el modo de obtener determinados resultados, y en los conceptos contrarios, cuáles son las características del resultado que se obtiene al dividir la clase de objetos en dos subclases. (La diferencia entre estas últimas consiste en que en una subclase los objetos poseen determinada propiedad, y en la otra no).

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(*) Ivan I. Chupajin. Teoría del concepto .Cap. I: Particularidades del concepto como reflejo de la realidad objetiva. 2. Los caracteres del concepto y los denominados conceptos negativos. Ediciones Nuestro Tiempo, Buenos Aires, 1964.

(1) Ver V. F. ASMUS, Lógica, ed. Política del Estado, Moscú, 1947, pág. 33.

(2) Ibidem.

(3) Lógica, bajo la dirección de D. Gorski y P. Tavants, ed. Política del Estado, Moscú, 1956, pág. 33 [en castellano: Ibid., ed. Grijalbo, México, 1959, pág. 44.]

(4) A. WEDIENSKI, La lógica como parte de la teoría del conocimiento, San Petersburgo, 1912, pág. 59.

(5) V. F. ASMUS, ob. Cit., pág. 36.

(6) ASMUS, ob. Cit., pág. 38.

(7) M. S. STROGÓVICH, Lógica, ed. Política del Estado, Moscú, 1949, pág. 99.

(8) MARX – ENGELS, Obras, t. III, págs. 266-267 [en castellano ver La ideología alemana, ed. Pueblos Unidos, Montevideo, 1959, pág. 305.]

(9) Ibid., pág. 268 [en castellano: ed. cit., pág. 306.]

(10) MARX – ENGELS, Obras, t. XV, pág. 461.

CREACIÓN HEROICA