viernes, 4 de septiembre de 2026

Filosofía

La Concepcion del Objeto y de las Tareas de la Filosofía a la Luz de los Trabajos de

Engels

P. V. Kopnin

LOS TRABAJOS DE ENGELS desempeñan un enorme papel —como lo subrayó con fuerza Lenin— en la formación y el desarrollo de la filosofía del materialismo dialéctico e histórico. Con la modestia que le era inherente, escribió en una de las notas aclaratorias de su trabajo Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana: “Que antes y durante los cuarenta años de mi colaboración con Marx tuve una cierta parte independiente en la fundamentación y, sobre todo, en la elaboración de la teoría, es cosa que ni yo mismo puedo negar. Pero la parte más considerable de las principales ideas directrices, particularmente en el terreno económico e histórico, y en especial su formulación nítida y definitiva, corresponden a Marx. Lo que yo aporté —si se exceptúa, todo lo más, un par de especialidades— pudo haberlo aportado también Marx sin mí. En cambio, yo no hubiera conseguido jamás lo que Marx alcanzó’’.1

La ciencia que se ocupa de la historia de la filosofía marxista-leninista, operando sobre la base de los principios leninistas para su estudio, ha establecido que Engels ocupa un lugar mucho más importante en la formación y la elaboración de la teoría —que ostenta legítimamente el nombre de Marx— en comparación con lo que él mismo evaluara en términos muy modestos. Esto se refiere, en especial, a la filosofía. Se puede correr el riesgo de afirmar que sin obras tales como el Anti-Dühring, Dialéctica de la naturaleza y Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, no cabe concebir a la filosofía marxista, el materialismo dialéctico e histórico, como una doctrina integral. Ello, principalmente en lo que respecta a partes como la teoría del materialismo dialéctico, incluida la gnoseología, las investigaciones acerca de la dialéctica sobre la base de la generalización de los datos de las ciencias naturales del siglo XIX, etcétera.

No es casual que los pensadores burgueses contemporáneos y sus seguidores revisionistas pretendan quebrantar la filosofía marxista despojándola de la contribución que le hizo Engels. Si se consideran erróneas sus ideas o —como dicen algunos— “no marxistas” y aun “desnaturalizadoras” del marxismo, resulta entonces efectivamente mutilada la filosofía marxista, puesto que aquéllas completaron en gran medida los puntos de vista de Marx y dieron un poderoso impulso al desarrollo de las ideas filosóficas marxistas de finales del siglo pasado y de la primera mitad del presente. Estas ideas están vivas también en la actualidad y en torno de ellas se libra una aguda lucha entre las concepciones antagónicas del mundo que reflejan la lucha actual de clases en la sociedad.

 

1. ¿Es posible concebir una filosofía científica?

El estudio del objeto y del contenido del materialismo dialéctico ocupa un lugar destacado en el patrimonio filosófico engelsiano. El planteó este problema en estrecha relación con la comprensión de la filosofía en general y con su destino histórico. Las ideas de Engels sobre el objeto de la filosofía suscitan en la actualidad la atención general y provocan diferentes reacciones en los estudiosos contemporáneos. Se halla muy difundida entre los marxólogos burgueses la idea de que su concepción de la filosofía se aparta de los puntos de vista de Marx al respecto. La diferencia entre Marx y Engels en lo referente a sus enfoques de la filosofía —desde el punto de vista de los principios— tendría su origen primario en el pluralismo, el cual habría encontrado un reflejo más pleno en las actuales corrientes del pensamiento marxista. Tal diferencia se percibiría en lo siguiente: 1) Marx se habría ocupado preferentemente de los problemas de la filosofía de la sociedad mientras que su compañero habría desplazado el centro de la filosofía de la dialéctica de la vida social a la dialéctica de la naturaleza; 2) Engels habría reflejado el cientificismo en la filosofía mientras que Marx habría sido el portador del humanismo; 3) según Engels la filosofía sería la ciencia de las leyes más generales mientras que para Marx se trataría de la toma de conciencia del hombre sobre sí mismo; 4) Engels habría sido un materialista dialéctico mientras que Marx habría sido “un economista objetivista”, “un humanista-naturalista”, que empleó el término “materialismo” no en el sentido ontológico, sino simplemente como una expresión metafórica, y (5) la concepción filosófica engelsiana sería una prolongación de las tradiciones del materialismo iluminista francés, sobre todo en su versión holbachiana, al tiempo que el auténtico marxismo sería ante todo “el fruto y la continuación del idealismo clásico alemán”.

Nuestros adversarios ideológicos caracterizan la concepción filosófica de Engels como positivista, la cual habría servido de fuente teórica del dogmatismo y de las ulteriores deformaciones de la filosofía marxista. De aquí la tendencia manifestada, por ejemplo, por algunos filósofos yugoslavos agrupados en torno de la revista Praxis, a depurar a la filosofía marxista de las ideas engelsianas —y, junto con ellas, de las de Lenin— para arribar de este modo al “auténtico” Marx. "Es triste consignar —razona M. Kangra— cómo Engels interpretaba a Hegel, basándose en los aspectos más débiles de su Enciclopedia y en su concepción de la dialéctica. El resultado fue la Dialéctica de la naturaleza, incompatible con las premisas y con las ideas filosóficas esenciales de Marx. Hay que decir que esta línea tiene su raíz en la vieja metafísica... El fruto de todo esto es, pues... el llamado materialismo dialéctico e histórico”.2

Es así como las ideas del coautor del Manifiesto Comunista y el sentido de la filosofía marxista en general y, en particular, sobre el materialismo dialéctico, se convirtieron en un terreno de lucha que afecta a muchos campos de la actualidad ideológica.

Cuando se trata de dos pensadores como Marx y Engels y se procede a analizar el carácter y las particularidades de sus ideas filosóficas, no puede dejar de considerarse una circunstancia tan importante como la siguiente. En la elaboración de la concepción materialista dialéctica del mundo, cada uno de ellos, a la par que trabajaban en problemas generales, concentró su atención en algunas cuestiones específicas por cuyo estudio tenía mayor vocación. Por ejemplo, a Engels le atraían más la gnoseología y la dialéctica en el campo de las ciencias naturales mientras que a Marx lo seducían lo problemas económicos e históricos. Y esto no perjudicó en lo más mínimo la actividad teórica de ambos en la fundación de una concepción del mundo cualitativamente nueva y unitaria. Por el contrario, dicha circunstancia les dio la posibilidad de incluir en el campo de su análisis un material mucho más rico, proveniente de diferentes dominios de la ciencia, les permitió abarcar todas las facetas de la concepción materialista dialéctica del mundo.

No existe ninguna diferencia de principios entre ellos en la concepción del objeto mismo de la filosofía y en los fundamentos básicos de su elaboración, y no puede haber en el marxismo diferentes escuelas, distintas orientaciones, que se distinguen entre sí de manera cardinal en lo que respecta al punto de partida para enfocar y concebir el significado, el contenido y las tareas de la concepción científica del mundo, de sus leyes y categorías esenciales. Cuando surgen orientaciones de este tipo, ello revela un apartamiento de la concepción marxista y científica del mundo en dirección a alguna escuela filosófica burguesa.

Entre los fundadores del socialismo científico existe una profunda unidad en los principios básicos, en la concepción del objeto y las tareas de la filosofía. Uno de los principios rectores para Engels era la idea de que la filosofía, en su desarrollo, debía transformarse y convertirse en ciencia. El mismo, con toda su labor, posibilitó la transformación de la filosofía en un sistema de conocimientos científicos. La idea de la necesidad de que la filosofía se convierta en una ciencia está contenida en la propia definición engelsiana del materialismo dialéctico.

No sólo el materialismo dialéctico sino que toda la filosofía marxista plantea y resuelve sus problemas de una manera propia de la ciencia. El autor de Dialéctica de la naturaleza puso de relieve la diferencia entre la filosofía científica y la no científica, tomando en calidad de ejemplo los últimos razonamientos de E. Dühring.

Este consideraba que el objeto de la filosofía estaba dado por los principios de todo conocimiento y voluntad y por ello pretendía construir una filosofía que derivase de principios establecidos a priori, mediante el método especulativo, a la manera de los mejores modelos del pasado. Esta concepción de la filosofía fue sometida a crítica por Engels no en lo referente a la idea de que la filosofía formula principios, sino en lo que respecta a cómo lo hace y al significado de tales principios desde el punto de vista del modo científico de concebir la realidad.

"...Su análisis —escribe Engels acerca de Dühring— versa sobre  principios extraídos del pensamiento y no del mundo exterior, sobre los principios formales que deben aplicarse a la naturaleza y la humanidad y de  acuerdo con los cuales, en  consecuencia, deben conformarse la naturaleza y el hombre”.3 En la ciencia, los principios se desprenden no de la cabeza (el pensamiento) sino de la realidad mediante el uso de la cabeza,  “los principios no son el punto de partida de las investigaciones sino su resultado final... no son la naturaleza y el hombre quienes se ajustan a principios sino, por el contrario, los  principios son justos sólo en tanto que corresponden a la naturaleza y a la historia”.4

En relación con ello es que utiliza términos tales como “La filosofía como tal”, “la vieja filosofía” o “La filosofía como disciplina separada”. El empleo de esos términos tiene en vista no el contenido concreto de tal o cual sistema filosófico del pasado sin un determinado método del arte mismo de filosofar. Desde el punto de vista de algunas tesis aisladas, estos sistemas pueden tener cierto significado positivo, acertar en lo referente al verdadero desarrollo de determinados fenómenos de la naturaleza y la sociedad, pero está viciado el método general mismo para encarar la resolución de los problemas filosóficos y para la toma de conciencia de éstos (la metodología) porque sobre la base de él no es posible una concepción científica de la realidad. El desarrollo de dicha “vieja filosofía”, en lo fundamental, discurrió en dos direcciones vinculadas entre sí: la mística y la especulativa. La primera buscaba el camino hacia la verdad al margen de la razón; la segunda, reconocía el conocimiento racional; sin embargo, como señala Engels, sus representantes lo encaraban como “ideólogos puros”, que operaban a partir no de los hechos sino de principios construidos en la cabeza.

Desde tales posiciones, los representantes de la orientación especulativa arribaron a la creación de “sistemas filosóficos” sobre la base de algunos principios establecidos en forma apriorística. Este "demiurgo”, al no poseer el conocimiento concreto de toda la naturaleza y la historia, pero pretendiendo construir un sistema filosófico omnímodo que pudiese servir para todos los tiempos y para todos los pueblos, “se vio precisado a llenar la innumerable cantidad de lagunas con verdaderas invenciones: es decir, se vio obligado a fantasear en forma irracional, a ocuparse con ideologizaciones”.5

Engels consideraba que a mediados del siglo XIX, esta "filosofía como tal” (“la vieja filosofía”, “la filosofía como disciplina separada”) se extinguió por sí misma, llegó a su punto final. Ya no había más necesidad de una filosofía de ese tipo, se había   tornado innecesario cualquier “sistema” filosófico. “Cuando queremos inferir el tal esquematismo universal no de la cabeza, sino sólo mediante la cabeza, partiendo del mundo real, y los principios del ser partiendo de lo que es, no necesitamos filosofía alguna, sino conocimientos positivos del mundo y de lo que en él ocurre; y lo que entonces resulta no es tampoco una filosofía, sino una ciencia positiva”.6 Sin embargo, no era enemigo de los “sistemas” en general en el campo del conocimiento, sobre todo en el de la filosofía. La ciencia que funda una teoría necesariamente construye un sistema de conceptos; pero de este modo sólo pone de relieve el sistema de vínculos existentes entre los fenómenos que estudia y, por consiguiente, se disuelve la filosofía en tanto creadora de sistemas especulativos.

Tales ideas provocan los más variados comentarios en los medios filosóficos burgueses contemporáneos y se consideran, a menudo, como la evidencia de las supuestas posiciones positivistas engelsianas o de sus presuntas afinidades con ellas. Su “positivismo” fue una invención de los marxólogos burgueses, adoptada luego por algunos filósofos extranjeros que subjetivamente se consideran marxistas, los cuales   construyen sus concepciones sobre la base de la contraposición de las ideas de Marx a las de Engels.

Ya no hay más lugar para la filosofía: ¿qué significa esto? ¡Si es lo mismo que afirmaron los positivistas, los cuales destacaron el reemplazo de la filosofía por las ciencias positivas! En efecto, existe una semejanza exterior entre las reflexiones positivistas y las concepciones de Engels. Pero la filosofía mística y puramente especulativa está presta a declarar como positivista a cualquier concepción del mundo que opere sobre la base de un enfoque científico de la realidad. La concepción marxista de la filosofía, la cual fue desarrollada también por Engels, se distingue de manera radical no sólo de los sistemas especulativos sino también del desdén positivista hacia las peculiaridades del conocimiento filosófico. El positivismo no ha ahorrado palabras para desenmascarar el    carácter metafísico de la filosofía especulativa, pero no estaba en condiciones de superar, desde el punto de vista práctico, a esta concepción del mundo porque no ofrecía ninguna alternativa, al limitarse meramente a una pobre e inútil negación de la filosofía anterior.

Engels planteó el problema de un modo totalmente distinto. Al negar una filosofía, trabajaba en la elaboración de otra, liberada de los vicios del apriorismo, del "sistema”, etcétera. Para él, el fin de la vieja filosofía no significa de ningún modo la desaparición de toda filosofía, no significa su reemplazo por la suma de las distintas disciplinas científicas. Surge una nueva filosofía que se funda en el conocimiento positivo del mundo, la cual, por la propia fuerza que ello le proporciona, no se contrapone a las ciencias sino que ella misma se constituye en una forma de comprensión científica del universo. El materialismo dialéctico como negación "no es la mera restauración —escribe en su Anti-Dühring— del viejo materialismo, sino que se inserta en los permanentes fundamentos del primero todo el contenido mental de una evolución bimilenaria de la filosofía y de la ciencia natural, así como de esa misma historia de dos mil años. La filosofía es pues, aquí 'superada', es decir, ‘tanto superada cuanto conservada’; superada en cuanto a su forma, conservada en cuanto a su contenido real”.7

Por lo tanto, la filosofía es superada en lo que respecta a su forma, al tiempo que se conserva en lo que hace a su contenido real. La forma de la filosofía como disciplina separada de un enfoque científico de la realidad desaparece con el pasado; no se necesita ninguna filosofía que esté ubicada por encima de las demás ciencias. No obstante ello, una filosofía de esta índole subsiste aún hoy en el mundo burgués contemporáneo; pero, desde el punto de vista histórico, ha dejado de tener vigencia real y ha perdido su base racional de sustentación. Su lugar ha sido ocupado por la filosofía como conocimiento sustancial y positivo del mundo. Es decir, que se trata de una concepción del mundo, la cual no sólo conserva su significación sino que ve abrirse ante sí un vasto cauce para su desarrollo. Todo aquello que en la filosofía precedente tenía relación con la comprensión de un conocimiento de ese tipo se ha mantenido, se ha conservado en la nueva filosofía. A decir verdad, el conocimiento positivo que hallaba su lugar en la vieja filosofía no puede transferirse en su totalidad al materialismo dialéctico porque la filosofía de la antigüedad reunía todo el saber de su época, cosa que hoy ya no puede ocurrir. Una gran parte de la filosofía se desplazó hacia los dominios especializados de la ciencia, separándose de la filosofía y constituyendo determinadas disciplinas científicas. “Desde el momento — escribe Engels— en que se presenta a cada ciencia la exigencia de ponerse en claro acerca de su posición en la conexión total de las cosas y del conocimiento de las cosas, se hace precisamente superflua** toda ciencia de la conexión total. De toda la filosofía anterior no subsiste al final con independencia más que la doctrina del pensamiento8 y de sus leyes, la lógica formal y la dialéctica. Todo lo demás queda absorbido por la ciencia positiva de la naturaleza y de la historia”.9

Esta tesis se ha prestado a las más diversas interpretaciones. Las más difundidas son aquellas que sostienen que Engels   limita la filosofía al estudio del pensamiento y, por consiguiente, fuera de la lógica formal y de la dialéctica no hay nada más en la filosofía ni puede haberlo. La realidad objetiva es el objeto únicamente de las disciplinas científicas especiales que versan sobre la naturaleza y la historia. Es indudable que esta interpretación, según la cual Engels sólo se diferencia de todo positivismo por el hecho de que, según él, la doctrina filosófica del pensamiento no se limita a la lógica formal sino que implica también e incluye en su interior a la dialéctica, no corresponde al espíritu de las concepciones engelsianas de la filosofía, tal como ellas surgen del conjunto de sus obras.

Ante todo, Engels no restringió a la dialéctica misma dentro de los límites de la doctrina del pensamiento sino que siempre entendió y señaló que se la debía definir como la ciencia de las leyes generales del movimiento, de todo movimiento y no sólo de aquél referido a las ideas, como la ciencia de las leyes más generales “del movimiento y la evolución de la naturaleza, la sociedad humana y el pensamiento”,10 y no sólo esto. Además, nunca restringió a la propia filosofía marxista a los límites de la dialéctica; con frecuencia hablaba acerca del materialismo moderno, el cual “es... sencillamente dialéctico...,”11 En fin, para él, el materialismo dialéctico no está separado del histórico, de la concepción materialista de la historia, merced a la cual "se descubría el camino para explicar la conciencia del hombre a partir del ser del hombre, en vez de explicar, como  se había hecho hasta entonces, el ser del hombre partiendo de su conciencia”.12

En la vieja filosofía había algunas ideas que conservaban una significación racional en todas sus partes. Al subrayar el papel del viejo materialismo, Engels veía en su contenido un elemento permanente de verdad filosófica: los filósofos materialistas del pasado, en primer término, trazaron una justa línea filosófica en la concepción de la naturaleza y en lo que respecta al tratamiento de la sociedad, a veces en algunos momentos, se aproximaron a la concepción materialista de la historia. Pero, junto a estas ideas que tenían un sentido racional, en la vieja filosofía se conformó una doctrina independiente del pensamiento bajo la denominación de lógica formal y, asimismo, de dialéctica. En este caso, es particularmente evidente el resultado alcanzado por el movimiento de las ideas filosóficas, puesto que el análisis del modo de pensar y conocer se proyectó con fuerza hacia adelante, en especial gracias a los esfuerzos de Aristóteles y Hegel.13

Al subrayar en reiteradas oportunidades la idea de que “cuando las ciencias naturales e históricas asimilan la dialéctica, sólo entonces toda la costra filosófica —con la excepción únicamente de la teoría del pensar— se torna superflua**, se disuelve en las ciencias positivas”,14 F. Engels de ninguna manera se proponía disminuir la importancia de los resultados alcanzados por el pensamiento filosófico anterior, y reducir la filosofía misma pura y simplemente al estudio del pensamiento. Ante todo, entendía por “costra filosófica” no un determinado resultado concreto del conocimiento de la naturaleza y de la sociedad que hubiesen logrado los filósofos del pasado, en particular los materialistas, sino un método de filosofar, apartado de la ciencia, especulativo, la construcción de un   sistema de la naturaleza (también de un sistema de la historia y de un Derecho) derivado de una filosofía de la naturaleza. En efecto, de este sistema pasa a ocuparse la ciencia positiva, desembarazándose de dicha “costra”. ¿Cómo entender el hecho de que la “ciencia positiva” viene a ocupar el lugar de la vieja filosofía? El positivismo contrapone las ciencias positivas a la filosofía, entendiendo bajo esa denominación a las ciencias naturales y a la sociología concreta. A veces también se comprende su pensamiento en términos semejantes: ha llegado el fin de la filosofía; únicamente subsisten la teoría del conocimiento (la lógica formal y la dialéctica) y las disciplinas concretas de las ciencias naturales y humanas.

En realidad, la idea engelsiana es absolutamente distinta. El lugar de la filosofía, la cual, a pesar de algunos resultados positivos, estaba lastrada por un método no científico, lo ocupan las ciencias naturales e históricas. La ciencia de la historia tiene muchas ramas diferentes, secciones, entre las cuales se halla la filosofía misma, con su objeto y su método específicos.

En otras palabras, el reemplazo de la vieja filosofía, la premarxista, por la ciencia no sólo significa el establecimiento de las diferentes disciplinas de las ciencias naturales y humanas, sino también la transformación de la filosofía misma en una disciplina científica positiva sobre la naturaleza y la historia. Es decir, en el campo de la indagación tendiente a obtener un conocimiento objetivo y verdadero de las cosas y los procesos reales y sus leyes. En este sentido, la filosofía no debe distinguirse ni un ápice de las demás ciencias y necesita romper definitivamente con el misticismo y la especulación infundada. Pero, bajo tales condiciones la filosofía se mantiene en tanto dominio específico e independiente del conocimiento. Su objeto, sus tareas y sus funciones en la sociedad están determinados sobre la base de su situación peculiar respecto de las demás ciencias y formas de la conciencia social.

La historia indica que en el proceso de desarrollo de la filosofía se han enfrentado dos tendencias: la científica y la anticientífica. La primera apuntó a convertir a la filosofía en una variedad de la comprensión científica de la realidad mientras que la segunda, por el contrario, dirigió sus esfuerzos hacia el divorcio de la filosofía de las ciencias y hacia su contraposición. Esta tendencia anticientífica se expresó en forma particularmente neta en la línea irracionalista de la filosofía burguesa de fines del siglo XIX y de la primera mitad de la presente centuria. La “especificidad” del conocimiento filosófico, la peculiaridad de su objeto y su método, fueron erigidas en premisas sobre cuya base se realizó el divorcio entre la filosofía y las ciencias, no obstante que ya a mediados del siglo XIX esas particularidades fueron claramente precisadas.

El positivismo, que pretendía desarrollar la idea de la cientificidad de la filosofía dentro del marco de la concepción burguesa del mundo, aspiraba a introducirla dentro de un dominio especial del conocimiento, asimilando el objeto y el método de la filosofía a un campo parcial del conocimiento. Se propusieron distintas variantes de esta reducción: la filosofía está llamada sólo a ordenar, clasificar y sistematizar los conocimientos, a construir “un sistema general de conceptos del hombre” (Comte); la filosofía debe seguir ocupándose de la lógica de la ciencia, del análisis de su lenguaje (Carnap), etcétera. Los fenomenólogos, los representantes de la “filosofía de la vida” y los existencialistas tomaron la imposibilidad de una reducción de esa índole como prueba de la justeza de la contraposición entre la filosofía y el conocimiento científico, como índice del acierto de establecer una separación entre ambos. El marxismo —y, en particular, Engels— plantea el problema de una manera absolutamente distinta de lo que lo hacen los positivistas y los irracionalistas. Sólo una filosofía de este tipo puede servir como arma segura para la comprensión y la transformación práctica del mundo, la cual se desarrolla en el cuadro de una concepción científica de la realidad. Pero, en tales condiciones, la filosofía conserva su peculiaridad en tanto sistema del conocimiento científico que opera en calidad de determinada forma de la conciencia social.

___________

(*) Engels y la filosofía de Hegel, varios autores. Academia de ciencias de la URSS. Editorial PAIDOS, Buenos Aires. 1975.

(**) La expresión que aparece en el texto es “superfina”, pero consideramos que es un error de traducción.

(1) C. Marx y F. Engels: Obras Completas, Moscú, t. XXI, págs.  300-301, nota. Véase F. Engels: Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, en C. Marx y F. Engels: Obras Escogidas, Buenos Aires, Cartago, 1957, pág. 702, nota.

(2) Praxis, 1966, n° 6, págs. 772-773.

(3) C. Marx y F. Engels: Obras Completas, Moscú, t. XX, pág. 33.

(4) Ibídem, pág. 34.

(5) Ibídem, pág. 630.

(6) Ibídem, pág. 36. Véase E. Engels: Anti-Dühring. México, Grijalbo, 1964, pág. 23.

(7) 7 C. Marx y F. Engels: Obras Completas. Moscú, t. XX, pág.  142. Véase F. Engels: Anti-Dühring. México, Grijalbo, 1964, pág. 129.

(8) El autor se refiere aquí a la teoría del conocimiento. [T.]

(9) Ibidem, pág. 11.

(10) Ibidem, pág. 131.

(11) Ibidem, pág. 11.

(12) C. Marx y F. Engels: Obras completas. Moscú, t. XX, pág. 26. Véase F. Engels: Anti-Dühring. México, Grijalbo, 1964, pág. 12.

(13) “...La investigación de las formas del pensamiento, de las categorías lógicas es una tarea muy grata y necesaria. Luego de Aristóteles, sólo Hegel se abocó a la resolución sistemática de este cometido” (C. Marx y F. Engels: Obras completas. Moscú, t. XX, pág. 566).

(14) Ibídem, pág. 526.

Literatura

Una Interpretación del Poema III de España, aparta de mí este cáliz

Julio Carmona

Solía escribir con su dedo grande en el aire:

«¡Viban los compañeros! Pedro Rojas»,

de Miranda de Ebro, padre y hombre,

marido y hombre, ferroviario y hombre,

padre y más hombre, Pedro y sus dos muertes.

 

Papel de viento, lo han matado: ¡pasa!

Pluma de carne, lo han matado: ¡pasa!

¡Abisa a todos los compañeros pronto!

 

Palo en el que han colgado su madero,

lo han matado;

¡lo han matado al pie de su dedo grande!

¡Han matado, a la vez, a Pedro, a Rojas!

 

¡Viban los compañeros

a la cabecera de su aire escrito!

¡Viban con esta b del buitre en las entrañas

de Pedro

y de Rojas, del héroe y del mártir!

 

Registrándole, muerto, sorprendiéronle

en su cuerpo un gran cuerpo, para

el alma del mundo,

y en la chaqueta una cuchara muerta.

Pedro también solía comer

entre las criaturas de su carne, asear, pintar

la mesa y vivir dulcemente

en representación de todo el mundo.

Y esta cuchara anduvo en su chaqueta,

despierto o bien cuando dormía, siempre,

cuchara muerta viva, ella y sus símbolos.

¡Abisa a todos compañeros pronto!

¡Viban los compañeros al pie de esta cuchara para siempre!

 

Lo han matado, obligándole a morir

a Pedro, a Rojas, al obrero, al hombre, a aquél

que nació muy niñín, mirando al cielo,

y que luego creció, se puso rojo

y luchó con sus células, sus nos, sus todavías, sus hambres, sus pedazos.

 

Lo han matado suavemente

entre el cabello de su mujer, la Juana Vásquez,

a la hora del fuego, al año del balazo

y cuando andaba cerca ya de todo.

 

Pedro Rojas, así, después de muerto,

se levantó, besó su catafalco ensangrentado,

lloró por España

y volvió a escribir con el dedo en el aire:

«¡Viban los compañeros! Pedro Rojas».

Su cadáver estaba lleno de mundo.

 

Introducción

El número III de este poema indica que, además de él, no hay otro título específico (como sí se da con los dos previos: I «Himno a los voluntarios de la República», y II «Batallas»). Empero, pienso que a ese poema III cuando se lo menciona (independientemente del libro) brota, por su propio peso, el nombre del personaje: Pedro Rojas. Aunque en el mismo libro hay otros personajes que alientan la vida de sus respectivos poemas: Ernesto Zúñiga (poema VI) y Ramón Collar (poema VIII), pero Pedro Rojas es el personaje poético más increíble como símbolo de un pueblo que no muere, a pesar de todos los pedros rojas que murieron por él. Más, incluso, que el hombre anónimo del poema «Masa» que no muere porque es el mismo pueblo, vivo, que no lo deja morir. Paso, enseguida, a interpretar el poema:

Solía escribir con su dedo grande en el aire:

«¡Viban los compañeros! Pedro Rojas»,

de Miranda de Ebro, padre y hombre,

marido y hombre, ferroviario y hombre,

padre y más hombre, Pedro y sus dos muertes.

 

Lo que sorprende al lector, en el primer verso, no es que haya un personaje que tenga la costumbre de escribir, sino que lo haga en el aire y con su dedo grande. Y el lector puede decir: «cosa de poetas», y pasa al segundo verso en el que se precisa qué es lo que ese personaje escribe: «¡Viban los compañeros! Pedro Rojas». Ah, caramba ―insiste el lector― este sujeto no escribe en su casa y en un papel, sino en la calle, al aire libre, y se trata de una consigna política, pues el poema (y todo el libro) está situado en el contexto de la guerra civil española, y Pedro Rojas está vivando a sus compañeros, y lo hace con una falta ortográfica «viban», lo cual quiere decir que es un hombre del pueblo (sin preparación académica). Entonces, lo más probable es que ese hombre lo que hace son pintas en la calle, y el lugar indicado para ello son las paredes; y, si es así, lo más seguro es que está escribiendo su frase con una brocha, la misma que se convierte en «su dedo grande» (que, después, será «pluma de carne»). Y cuando el locutor poético dice que lo hace «en el aire», es porque el aire tiene la costumbre de arrastrar los papeles que están en el suelo y tienen escritura, y en este caso son las personas que pasan ―como el aire― y se llevan lo escrito con la arenga de dar vivas a los compañeros que están en los campos de batalla, y es una manera de hacer que los transeúntes tomen conciencia de esa realidad que puede parecer extraña porque no se percibe en la ciudad. Y lo más contundente de todo es que ese mensaje escrito tiene la firma del escritor: Pedro Rojas, que se está jugando la vida, es decir, que está firmando su sentencia de muerte, porque se puede decir, entonces, que es identificable y, por tanto, hombre muerto, como habrá de confirmarse después.

Y en los versos siguientes se expone la condición civil de Pedro Rojas, cuyo lugar de procedencia es «Miranda de Ebro» (Región de España de carácter industrial, especialmente, ferroviario, lo cual resalta su condición de obrero), y que tiene una familia, y su ser «padre» y «marido» respalda su condición de «hombre», y, para mayor constancia de su ser obrero, es, más exactamente: ferroviario, y esa doble constancia, de tener familia y de ser obrero, su muerte de hombre, será también doble; por eso el locutor poético concluye su descripción así: «Pedro y sus dos muertes».

Papel de viento, lo han matado: ¡pasa!

Pluma de carne, lo han matado: ¡pasa!

¡Abisa a todos compañeros pronto!

 

Con el símbolo «papel de viento», el locutor poético convierte a la pared, en la que está el mensaje de Pedro Rojas, en el papel que los transeúntes lo llevarán para que se divulgue la noticia de que «lo han matado» (ya que era una muerte anunciada), y, por eso, le dice «¡pasa!» con premura, que lo haga rápido. Y, al mismo tiempo, al «dedo grande» ―la brocha con la que Pedro Rojas materializó su mensaje, y es su «pluma de carne» ― igualmente le dice que debe difundir la infausta noticia. Y, por eso, el locutor poético, revive el estilo de Pedro Rojas (con faltas ortográficas) y escribe: «¡Abisa a todos compañeros pronto!» Obsérvese que la palabra «compañeros» no va precedida del artículo «los», y lo hace así para que esa forma indeterminada involucre a todo el pueblo, sin distinción ideológica.

Palo en el que han colgado su madero,

lo han matado;

¡lo han matado al pie de su dedo grande!

¡Han matado, a la vez, a Pedro, a Rojas!

El primer verso de esta estrofa es una reminiscencia de la cruz cristiana («Palo» que es el símbolo de la gendarmería, de la opresión) y en el que han clavado su cuerpo («madero» la madera es más que el palo: el hombre es más que sus asesinos), constituyendo todo esto el lugar en el que se ha perpetrado ese crimen, y es apelado también por el locutor poético para que tome conciencia de lo ocurrido, que no es poca cosa: «lo han matado», y como testigo de ese suceso está «su dedo grande»: su brocha. Y otra vez se anuncia la duplicidad de su muerte: han matado a Pedro, el obrero, nombre con el que era conocido por todos; pero también han matado a Rojas que es el apellido con que formó su hogar y con el que firmó su sentencia de muerte, y el que heredan sus hijos y su mujer.

¡Viban los compañeros

a la cabecera de su aire escrito!

¡Viban con esta b del buitre en las entrañas

de Pedro

y de Rojas, del héroe y del mártir!

 

En los dos primeros versos de esta estrofa (y hasta en el tercero), el locutor poético reitera el estilo con faltas ortográficas del personaje Pedro Rojas, quien pusiera a los compañeros en el lugar preferencial de su aire escrito: la cabecera, para pedir que sigan viviendo, porque su vida representa la libertad de ese aire.

Y, de inmediato, el locutor poético explica la falta de ortografía: «¡Viban con esta b del buitre en las entrañas…», y el lector interpreta que la «b del buitre» está en el centro de la palabra «Viban» que son las entrañas de esa palabra; pero también resultan ser las entrañas de Pedro Rojas, en representación de Prometeo, el personaje de la mitología griega que fue el primero en sentir amor por la humanidad toda, y se sacrificó por ella para darle la libertad del albedrío, la capacidad de decidir por ella misma y que no dependa su destino de la voluntad de los dioses en el cielo y de los poderosos en la tierra, recibiendo Prometeo el castigo de estos, que consistía en que un buitre le devorara las entrañas per omnia saecula saeculorum: por todos los siglos de los siglos. Es entonces, que en Pedro Rojas se está repitiendo el sacrificio de Prometeo, en representación de todos los trabajadores en lucha contra los señores del poder. Y este sacrificio lo resume su doble muerte: como héroe de su clase y como mártir de su hogar.

Registrándole, muerto, sorprendiéronle

en su cuerpo un gran cuerpo, para

el alma del mundo,

y en la chaqueta una cuchara muerta.

Pedro también solía comer

entre las criaturas de su carne, asear, pintar

la mesa y vivir dulcemente

en representación de todo el mundo.

Y esta cuchara anduvo en su chaqueta,

despierto o bien cuando dormía, siempre,

cuchara muerta viva, ella y sus símbolos.

¡Abisa a todos compañeros pronto!

¡Viban los compañeros al pie de esta cuchara para siempre!

 

Para sorpresa de sus asesinos (pues son ellos los que hurgan en su ropa, haciendo el registro al que están facultados): «sorprendiéronle / en su cuerpo un gran cuerpo, para / el alma del mundo», porque su cuerpo es el cuerpo que le falta al alma del mundo: porque los héroes y mártires son los que mantienen viva el alma del mundo (y un mundo que necesita de héroes y mártires para vivir es un alma sin cuerpo, por el gran esfuerzo que hacen los poderosos para que esto sea así). Pero esos asesinos, asalariados del poder, descubrieron además «una cuchara muerta», que es el símbolo del hambre: un objeto que no se usa es un objeto muerto: una cuchara muerta no cumple con su objetivo de ser usada para comer, y si no hay qué comer: hay hambre. 

La «cuchara muerta» es el símbolo del hambre del mundo, y, en el caso de Pedro Rojas, su cuchara muerta significa, además, el hambre de sus hijos; es una cuchara que estando vivo la tenía para usarla él mismo y también para «las criaturas de su carne», no solo de su casa sino del mundo; porque, él estando vivo, como todas «las criaturas de su carne» solía asear, pintar / la mesa», acciones que son remedo (pintura) del aseo y la mesa (reales) de los poderosos y los pudientes (me viene a la memoria la imagen de la comida, consistente en un zapato, en la película de Chaplin, El pibe); sin embargo, Pedro Rojas, como símbolo de los trabajadores, suele «vivir dulcemente / en representación de todo el mundo» (el mundo de los pobres). O sea que la cuchara era parte de la vida de Pedro Rojas, y anduvo con ella, dice el locutor poético, «despierto o bien cuando dormía, siempre», ya sea que estuviera muerta (sin uso) o «viva, ella y sus símbolos»: el hambre y la pobreza. Por eso, la muerte de Pedro Rojas debe ser conocida por todos, porque él también está muriendo en representación de todos los de su clase. Y el grito del escrito de Pedro Rojas debe hacerse unánime: «¡Viban los compañeros al pie de esta cuchara para siempre!»

Lo han matado, obligándole a morir

a Pedro, a Rojas, al obrero, al hombre, a aquél

que nació muy niñín, mirando al cielo,

y que luego creció, se puso rojo

y luchó con sus células, sus nos, sus todavías, sus hambres, sus

pedazos.

 

Cuando el locutor poético escribe «Lo han matado, obligándole a morir» el lector puede pensar que hay una flagrante redundancia; pero también puede pensar que hay dos maneras de matar a alguien, una, poniéndolo en una prisión de por vida, y, dos, usando un arma. En el primer caso, no lo obligan a morir; pero lo que ha ocurrido con Pedro Rojas es el segundo: que lo han obligado a morir. Y, es una muerte doble, como se ha reiterado desde el principio del poema, por eso dice que han matado a Pedro (el obrero), a Rojas (el padre), dos en uno: el hombre, aquel que, como todos, «nació muy niñín» y, como para él todo era grande, nació «mirando al cielo» (esto también se puede interpretar como que desde niño le enseñaron a creer en el dios del cielo); pero, igual como todos los hombres, «luego» creció, aunque —no como todos—: «se puso rojo» se volvió comunista y, con la adopción de esa ideología, «luchó con sus células», es decir, lo hizo con todo su organismo, y fue una lucha dialéctica consigo mismo: negando lo que hay que hacer, que es luchar con sus dudas, porque «todavía» no ha llegado el momento, porque es luchar con «sus hambres» (si lo pierdo todo) y también con «sus pedazos», es decir, luchar con todo lo que le queda después de haber perdido todo.

Lo han matado suavemente

entre el cabello de su mujer, la Juana Vásquez,

a la hora del fuego, al año del balazo

y cuando andaba cerca ya de todo.

 

La expresión «Lo han matado suavemente» parece contradecir lo leído antes: «obligándole a morir»; pero no hay contradicción: lo obligan a morir torturándolo con agresiones pertinaces, tercas, obstinadas («suavemente»); pero lo peor es que esas torturas fueron hechas frente a su mujer que solo tenía su cabello para protegerlo: «Lo han matado (…) entre el cabello de su mujer la Juana Vásquez,» y eso ha ocurrido «a la hora del fuego», cuando los compañeros se batían, a fuego cruzado, con los fascistas; «al año del balazo», cuando recién empezaba a organizarse la república y se da el levantamiento de las huestes franquistas, «y cuando andaba cerca ya de todo», es decir, cuando se creía haber alcanzado lo más esperado hasta entonces: liberarse del estado feudal, monárquico y despótico. Porque no se trataba de instaurar el socialismo, sino de defender lo conquistado: la república burguesa.

Pedro Rojas, así, después de muerto,

se levantó, besó su catafalco ensangrentado,

lloró por España

y volvió a escribir con el dedo en el aire:

«¡Viban los compañeros! Pedro Rojas».

Su cadáver estaba lleno de mundo.

 

Hay expresiones que sintetizan lo expuesto en esta estrofa, por ejemplo: «Si volviera a nacer, haría lo mismo». Y este es el caso de Pedro Rojas, que adelanta lo que ocurrirá en el poema «Maza», solo que de manera inversa: que se vuelve a la vida por la fuerza del mundo. En este poema es Pedro Rojas quien vive por los demás, no es porque todos lo quieren; es porque él quiere a todos; por eso se levanta, después de muerto, «besa su catafalco ensangrentado», llora «por España» y vuelve «a escribir con el dedo en el aire: / «¡Viban los compañeros! Pedro Rojas». No podía, no debía morir definitivamente, porque él representa a todos, porque todos son él: porque en su cuerpo se sorprende un gran cuerpo de todos para el alma del mundo (versos 18, 19 y 20). El mundo siempre necesitará de héroes como Pedro Rojas, mientras haya injusticia: mientras todos no estén parados a la misma altura, para –así– recién saber quién es el más alto (Brecht).


Creación

Un Poema de Cobo Borda*

              

En un Bolsillo de Nerval

                             

Hoy me ausentaré de mí, me excusaré de mi

(presencia

diré adiós a mi envoltura

y seré más amigo de ese otro ser que me amortaja.

Hoy tengo una cita:

me encontré con el reflejo que me busca,

con el cuchillo que me acecha;

dibujaré con más amor mi herida

para que allí anides y te pierdas.

Hoy salgo de mí, me digo adiós,

dejé mi rostro como prueba de partida,

me evaporo entre la bruma y resucito.

Camino hacia la huella que se borra,

me persigo por los senderos del bosque:

soy el ladrido y la fuga sin fin del jabalí;

también la flecha y el salto del venado.

Me encuentro en la mosca que me bebe.

Desaparezco entre un farol que agiganta la niebla

y sigo siendo la bufanda que me ahorca.

“Hoy no me esperes porque la noche será negra y

                                                            (blanca”. 

 

*Poeta colombiano. Nació en 1948. Fue director de la revista Eco. En 1974 publicó el poemario Consejos para Sobrevivir.

sábado, 1 de agosto de 2026

Política

El Socialismo Peruano

y la Lucha Electoral 

(Primera Parte) 

Eduardo Ibarra 

ES UN HECHO incontrovertible que desde hace cuatro décadas aproximadamente, el movimiento comunista internacional se encuentra reducido a su mínima expresión. En esta situación los partidos y grupos marxista-leninistas parecen haber descubierto la lucha electoral como la forma mediante la cual podrían recuperar fuerzas y superar su aislamiento. Por eso es necesario analizar la actividad de partidos y grupos en las elecciones generales habidas en el Perú al menos en lo que va de la última década, así como la teoría que sustenta dicha actividad. 

Examinemos algunos antecedentes que derivaron en la indicada situación de aislamiento. El ascenso del revisionismo al poder en la URSS y otros países entre las décadas de los cincuenta y los sesenta, significó el ascenso de la burguesía al poder y la consecuente restauración del capitalismo sobre todo bajo la forma de capitalismo monopolista de Estado. El paso de la URSS y otros países de su órbita de influencia al capitalismo tipo occidental, no fue sino el resultado de aquella restauración del capitalismo. Las dificultades económicas en las que estuvieron sumidos en los años ochenta la URSS y los demás países aludidos, no tuvo salida por la vía de la recuperación del poder por el proletariado y una política económica socialista coherente, sino en la implosión de la dictadura de las burguesías burocráticas que terminaron llevando a sus respectivos países al campo capitalista encabezado por el imperialismo norteamericano, con la sola excepción de la Unión Soviética, la cual, por una serie de factores endógenos y exógenos que no es posible analizar en estas líneas, no terminó incorporándose al campo capitalista-imperialista. Así surgió la Federación Rusa, pero, como es de conocimiento común, sin la participación de una serie de naciones que habían sido parte de la URSS. 

Así, pues, es claro que el revisionismo facilitó la configuración de un mundo unipolar con el imperialismo estadounidense a la cabeza. En esta situación la propaganda global de la reacción mundial impuso en vastos sectores de las masas del mundo, la tramposa idea del “fracaso del socialismo”, la falaz idea de la “superioridad del capitalismo” y la absurda idea del “fin de la historia” y, sobre esta base, la inútil intención de imponer un “pensamiento único”. 

De esta forma el proletariado no solo perdió el poder en la URSS y otros países, sino que, desde los años noventa del siglo pasado, perdió también, en el marco de las masas del mundo, la lucha de ideas (aunque solo relativa y  temporalmente). 

En el Perú, la acción armada del PCP-SL, que a algunos les pareció oportuna, se reveló más o menos pronto como una aventura militar sin perspectiva cierta de victoria. En el año de 1980 no existía en el Perú una situación revolucionaria que justificara la lucha militar aludida: las luchas de las masas habían entrado en un franco descenso el año anterior. Esta situación fue silenciada con la idea de Guzmán (¿tomada del MRI?) según la cual en el Perú la situación revolucionaria es permanente, y que, por lo tanto, bastaba que el partido estuviese preparado. Así, el romanticismo revolucionario llevó al PCP-SL a lanzar una lucha armada en las condiciones del retorno en el país del régimen democrático burgués, en cuyas condiciones era previsible que no podía prosperar hasta la victoria. El resultado de esta aventura es que, habiendo contado al principio con cierto apoyo de masas en Ayacucho y algunas otras zonas, las necesidades de la expansión de la lucha armada llevaron al PCP a desarrollar una política autoritaria con respecto a las propias masas, para terminar, como es sabido, reprimiéndolas sin más. La realidad de los llamados “Comités Populares”, finalmente conocida por testimonios de personas que fueron parte de los mismos, confirma el extravío del PCP-SL. Después, fracasada la aventura militar, fue inevitable que, en una parte mayoritaria del pueblo peruano, se instalara un primitivo sentimiento anticomunista, que intelectuales pequeño burgueses, llamados “senderólogos”, completaron con algunas ideas antimarxistas, especialmente con respecto a la violencia revolucionaria, desbordadamente actuada por el PCP-SL. Toda esta situación desfavorable al socialismo se puso de manifiesto en los resultados de las ulteriores elecciones generales. Después, las organizaciones que se reclaman marxista-leninistas se mostraron en una situación tal que, hasta hoy mismo, no tienen posibilidad de intervenir en la lucha electoral con un programa revolucionario que haga factible la propaganda y la organización socialistas y, distintamente a ello, intervienen en dicha lucha en alianza con organizaciones reformistas que no representan la identidad fundamental de los intereses de clase del pueblo peruano, sino únicamente el interés momentáneo de evitar la victoria de una organización que representa el neoliberalismo. De esta forma la estrategia revolucionaria se disuelve en una táctica reformista y el programa revolucionario en un programa igualmente reformista. 

Es sabido que en el siglo XIX Federico Engels trazó una táctica para la democracia alemana de las últimas décadas de dicho siglo, táctica sustentada detalladamente en el prólogo al libro de Carlos Marx La lucha de clases en Francia: 1848-1850, y abordada en términos generales en el Origen de la familia, la propiedad privada y el estado (ver el capítulo XV de nuestro libro Defensa de la creación heroica de José Carlos Mariátegui). 

Si se lee bien, Engels subraya que la premisa de la lucha electoral del Partido Obrero Socialdemócrata Alemán, es su condición de partido de clase, de partido marxista. En nuestro país, esta premisa es ineludible, a condición, claro está, de que sea adaptada a cada situación concreta que se configura en nuestra realidad.  

Pues bien, en el Perú –así como en otros países– las masas trabajadoras, acicateadas por la experiencia de la explotación capitalista bajo el modelo neoliberal, se agrupó en frentes programáticamente reformistas y, como es lógico, con una membresía que no veía más allá de la lucha contra el modelo neoliberal. En estas condiciones, algunas organizaciones que se reclaman marxista-leninistas, se sumaron a dichos frentes y, hasta las últimas elecciones generales, esta incorporación ha sido el signo de su participación electoral. Con diversos resultados en las sucesivas elecciones, en la del año 2021 el frente Perú Libre alcanzó la victoria llevando a Pedro Castillo al gobierno. Pero esta victoria presentaba, entre otras cosas, la nota de no ser una victoria revolucionaria sino una victoria contra Fuerza Popular, organización neoliberal encabezada por Keiko Fujimori. La naturaleza reformista del gobierno de Castillo no tuvo expresiones relevantes y, en cambio, dio muestras de la arraigada debilidad del reformismo ante los intereses de la gran burguesía. El golpe de Estado contra Castillo puso de manifiesto algo peor: la incapacidad de las masas de enfrentarse, como hubiera correspondido según un entendimiento libresco de la teoría del termómetro del sufragio, al golpe de Estado de la reacción. Es decir, no se llegó ni de lejos al “punto de ebullición”. Si la victoria de Perú Libre dio cuenta de la lucha antineoliberal de las masas, la incapacidad de las mismas de luchar contra el golpe de Estado dio cuenta de su limitación. No obstante, considerando los hechos desde el punto de vista del proceso histórico de larga duración, la lucha electoral y, en general, las luchas políticas actuales, con todas sus evidentes limitaciones, constituyen los prolegómenos de la solución revolucionaria en la lucha contra el propio régimen capitalista. Para que esto sea así efectivamente, solo hace falta que se cumpla la premisa de contar con una vanguardia marxista-leninista y que, en el seno de las masas, la idea revolucionaria prevalezca sobre la idea reformista y el frente unido que las unifique cumpla con el principio de la correspondencia necesaria entre su programa revolucionario y su membresía. 

En las últimas elecciones generales, organizaciones que se reclaman marxista-leninistas han participado en frentes renunciando a sus propios programas, aunque una de ellas ha presentado un programa que merece ser analizado en sus puntos principales, lo que haremos más adelante. Es el caso del frente Venceremos que, como se sabe, obtuvo el 0.84 por ciento en la primera vuelta, porcentaje que expresa su situación electoral deficitaria. Como se sabe, en la segunda vuelta el frente Venceremos se alineó con la candidatura de Roberto Sánchez (como lo hicieron otros frentes), pero todo lo que ocurrió, una vez más, es que el frente que compitió con Keiko Fujimori, es un frente en el cual existe correspondencia entre el programa reformista y la membresía reformista, frente por el cual votaron incluso las corrientes marxista-leninistas, siempre en la lógica de la lucha contra el neoliberalismo, representado esta vez por Fujimori, sierva absoluta del imperialismo yanqui, encabezado actualmente por el gobierno de Trump, guerrerista a escala planetaria y que, en América Latina, implementa la doctrina Monroe con un agregado de su cosecha, y que, además, ha organizado con países de este continente un bloque de gobiernos proyanquis: el llamado “Escudo de las Américas”. 

¿Cómo superar esta situación en que los marxista-leninistas están reducidos a votar a favor del reformismo que, como está probado, no lucha por el cambio del sistema capitalista? ¿Cómo tramontar esta situación que, de hecho, significa posponer la bandera de la revolución a favor de la bandera del reformismo? ¿Qué hay que hacer para construir un frente en el que se concrete la correspondencia necesaria entre su programa revolucionario y su membresía? 

Como se sabe, el imperialismo yanqui prepara una cumbre de sesenta países aliados en la que, según ha anunciado, aprobará la política de lucha contra la izquierda en el sentido más dilatado del término, es decir, contra todo aquello que le huela a comunismo y progresismo, y que resultará en que cada uno de los sesenta países tiene que liquidar las fuerzas contrarias a los intereses del imperialismo (no solo ya del imperialismo yanqui, sino del imperialismo en general). Es pues un “plan Cóndor” de alcance mundial que, sin duda, apelará a la represión más brutal y a la persecusión más indiscriminada. Obviamente, esto es una aplicación de la “Estrategia de seguridad nacional estadounidense” (7 de diciembre de 2025). También juega aquí el proyecto “Palantir”, cuyo objetivo es el control de la población mundial y cuya aplicación está ya en curso. Por supuesto, todos estos delirantes planes del imperialismo yanqui son una realidad que hay que tener muy en cuenta en el análisis de nuestro tema.

 

17.07.2026.


CREACIÓN HEROICA