jueves, 4 de junio de 2026

Stalin

Stalin. Historia y Crítica de una Leyenda Negra

(28)

Domenico Losurdo

Del «democratismo socialista» al Gran terror

 

Superada la «noche de San Bartolomé» que supone la colectivización forzada de la agricultura, con los terribles costes sociales y humanos que ésta conlleva, parece resurgir la política aperturista que ya conocemos. Después de la victoria sobre los kulaks, observa Kaganovich en septiembre de 1934 -es necesario «pasar completamente a la legalidad» y «educar a nuestra población en la conciencia socialista del derecho»; sí, sin la educación masiva de «160 millones de personas en el espíritu y conciencia del derecho» no es posible realizar «la consolidación de nuestra legalidad»355. Todavía más necesario por el hecho de que -afirma Stalin- en la URSS «no existen ya clases antagonistas». Y por lo tanto, no hay más motivos para retrasar la introducción del «sufragio universal, directo e igual, con voto secreto», «sufragio universal sin ninguna restricción»356. Deben ser por lo tanto rechazadas las enmiendas a la nueva Constitución, que proponen «privar de derechos electorales a los sacerdotes, a los ex-Guardias Blancos, a todos los "ex" y personas que no desarrolla un trabajo de utilidad pública». Y no tiene sentido tampoco querer conceder a estos grupos «solamente el derecho de elegir, sin el de ser elegidos»; del mismo modo en que conviene rechazar la propuesta de «prohibir la celebración de las ceremonias religiosas». Es posible ya avanzar hacia el «democratismo socialista»357.

 

No se trata solamente de propaganda, que desde luego juega aquí un papel importante. Estamos frente a una perspectiva que suscita una dura polémica con Trotsky, que identifica en el «liberalismo de Stalin» el abandono del «sistema de consejos» y el retorno a la «democracia burguesa», dentro de la cual, eliminadas las diferencias de clase, el sujeto es el «ciudadano» en su abstracción. Se entiende este giro: «la primera preocupación de la aristocracia soviética es la de desembarazarse de los Soviets de obreros y de los soldados del Ejército rojo»358.

 

Es clara la antítesis entre las dos perspectivas. Una vez sorteado el peligro que supone para la independencia del país un campo atrasado, hegemonizado por los kulaks y capaz de bloquear el flujo de suministros hacia la ciudad y el ejército, y quedando fijada la dictadura ejercida por el partido comunista, Stalin no tiene ningún interés en intensificar ulteriormente el conflicto político y social. Es el mismo apremio por la industrialización a marchas forzadas el que lo empuja a solicitar la promoción a puestos de responsabilidad en la fábrica y en la sociedad de elementos «sin partido». Es inadmisible asumir respecto a ellos una actitud de rechazo: «no hay nada más estúpido ni más reaccionario»; «nuestra política no consiste en absoluto en la transformación del partido en una casta cerrada», es necesario realizar el máximo esfuerzo en ganar para la causa del desarrollo industrial y tecnológico del país a especialistas, ingenieros y técnicos de la «vieja escuela»359.

 

Por otro lado, no es posible promover el desarrollo industrial y tecnológico sin incentivar también en el plano material la formación de obreros y técnicos especializados; de aquí la polémica contra la «nivelación "izquierdoide" de los salarios». Sólo tomando distancias de una tosca igualación retributiva es posible introducir una «organización del trabajo» más eficiente y acabar con la fluctuación de la fuerza-trabajo, sobre todo la más cualificada que se desplaza de una fábrica a otra en busca de una remuneración mejor y menos reducida. Además del igualitarismo y el desánimo de los trabajadores más cualificados y productivos, la política de incentivos debe acabar también con la falta de responsabilidad colectiva para introducir sin embargo el principio de «responsabilidad personal»360.

 

Es precisamente en este momento cuando maduran las condiciones para el estallido de la tercera guerra civil, la que diezmará las mismas filas bolcheviques. La postura de Trotsky es muy dura respecto a lo que define como «neo-NEP». Sí, en el PCUS se está produciendo un «giro a la derecha» cada vez más acentuado, con el favorecimiento de los «estratos superiores del pueblo» y el contraataque de los kulaks: la burocracia «está lista para hacer concesiones económicas a los campesinos, a sus intereses y a sus tendencias pequeño-burguesas». Más en general: también el «giro hacia el mercado», «cálculo monetario» y el aumento consiguiente del coste de la vida; lejos de avanzar hacia el socialismo y hacia la superación de las desigualdades y de la división en clases, la sociedad soviética está cada vez más caracterizada por «nuevos procesos de estratificación en clases»361. A esta involución en el plano interno correspondería, en lo que respecta a la política internacional, la renuncia a toda perspectiva revolucionaria e internacionalista por parte de la «burocracia conservadora y mezquinamente nacional de la Unión Soviética»362.

 

Ahora «¡el único principio-guía es el statu quo!», como se confirma por «el ingreso de la Unión Soviética en la Sociedad de naciones»363.

 

Obviamente, ni a Stalin ni a Trotsky se les escapa la gravedad creciente de la situación internacional, pero diferentes y contrapuestas son las respuestas que proporcionan al problema. En primer lugar se trata de concentrarse en el desarrollo económico y tecnológico de Rusia, retejiendo en la medida de lo posible las fracturas provocadas por la Revolución de octubre y por la colectivización del campo, y presentando al partido comunista como guía de la nación en su conjunto. La condición de estabilidad y equilibrio así alcanzada en el interior puede permitir al mismo tiempo impulsar una política de alianzas en el plano internacional apta para garantizar la seguridad de la URSS- Para Trotsky, sin embargo, por impetuoso que pueda ser el desarrollo industrial de la Rusia soviética, ésta podrá derrotar la agresión de los países imperialistas más avanzados sólo si cuenta con el apoyo del proletariado en los países agresores364. Por tanto, el acomodamiento con la burguesía en el plano interior e internacional no solamente constituye una traición sino que impide al país de Octubre atraer hacia sí al proletariado revolucionario internacional, único capaz de salvarlo. El choque entre estas dos perspectivas es inevitable. Kírov es asesinado el 1° de diciembre de 1934; el pacto franco-soviético es del 2 de mayo de 1935: entre estas dos fechas se coloca la amplia intervención arriba citada de Trotsky (¿A dónde está llevando la burocracia estalinista a la URSS?) que es publicado el 30 de enero de 1935 y que es una dura requisitoria contra la «neo-NEP» interna e internacional.

 

_________

(355) En Chlevnjuk (1998), p.  174.

(356) Ibid, p. 88 (= Stalin, 1952, p. 642).

(357) Ibid, pp. 87 y 89 (= Stalin, 1952, pp. 641 y 643).

(358) Trotsky (1988), pp. 653 y 664.

(359) Stalin (1971-73), vol. 13, pp. 61-2 y 69 = Stalin, 1952, pp. 427-8 y 434).

(360) lbid, pp. 51-5 (= Stalin, 1952, pp. 419-22).

(361) Trotsky (1988), pp. 568 y 570-5

(362) Trotsky (1997-2001), vol. 3, p. 437.

(363) Trotsky (1988), p. 569.

(364) lbid, pp. 930-1.

 

Filosofía

Bernstein y el Materialismo

Jorge Plejanov

EN EL NÚMERO 34 de “Neue Zeit” el señor Bernstein ha publicado la segunda parte de sus “Problemas del socialismo”, y en ellas analiza "en qué medida es realista el socialismo contemporáneo y en qué medida es una ideología”1. El método que aplica el autor a esta investigación me parece absolutamente inapropiado. Por tal motivo, me propongo criticar este método en un artículo ulterior. Aquí me interesa tan sólo el llamado del señor Bernstein —la vuelta a Kant “hasta cierto punto”. “Profano en la teoría del conocimiento —dice el señor Bernstein— no pretendo aportar a la cuestión tratada nada más que un pensamiento de profano. Pero me siento obligado a reconocer que mi interés directo por Kant ha sido suscitado por un artículo de Konrad Schmidt en el erudito apéndice del “Vorwaerts”2.

Impulsado, pues, y apoyado por la prosa filosófica del señor Konrad Schmidt, Bernstein comunica a los otros profanos que “un materialismo puro o absoluto es exactamente tan espiritualista como un idealismo puro o absoluto. Ambas posiciones se limitan a dar por supuesto, aunque desde puntos de vista diferentes, que el pensamiento y la existencia son idénticos. Al fin de cuentas, estas posiciones sólo se diferencian por sus formas de expresión. Por el contrario, los nuevos materialistas apoyan sus principios tan resueltamente en el punto de vista de Kant como lo han hecho la mayoría de los más grandes investigadores de la naturaleza en nuestros días”.

Estas conclusiones son sumamente interesantes. Pero ¿qué es este “materialismo puro o absoluto”? El señor Bernstein no tiene respuesta a esto; en vez de responder, cita en una nota la definición de uno de los “nuevos” materialistas, que habla totalmente “en el sentido de Kant”: “Sólo creemos en el átomo”3.

Evidentemente, según la opinión del señor Bernstein, los materialistas “puros o absolutos” no podrían aceptar de ninguna manera el pensamiento que se acaba de citar, y la forma en que se expresa: “¿En qué medida” encuentra un apoyo este concepto de Bernstein en la historia de la filosofía? That is the question. Este es el problema.

¿Dónde debemos situar a Holbach? ¿Entre los materialistas “puros” o entre los “nuevos”? Evidentemente, entre los primeros. Pero ¿qué pensaba Holbach sobre la materia?

Las citas siguientes habrán de aclararnos este punto.

“No conocemos la esencia de ningún objeto, si por la palabra esencia entendemos algo que constituye la naturaleza propia de éste; conocemos tan sólo la materia a través de las sensaciones y las ideas que suscita en nosotros; a continuación nosotros la juzgamos, bien o mal, de acuerdo con la constitución de nuestros órganos”4 (Holbach).

Y más adelante:

“Para nosotros es materia lo que excita de alguna manera nuestros sentidos externos —y las propiedades que atribuimos a las diversas sustancias dependen de las distintas impresiones o cambios que ellas producen en nosotros”5.

He aquí otra cita breve y característica:

“No conocemos ni la esencia ni la verdadera naturaleza de la materia, aunque estamos en condiciones de definir algunas de sus propiedades y cualidades de acuerdo a la forma en que obra sobre nosotros”6

Interroguemos ahora a otro materialista “puro”: Helvecio, ¿Tiene la materia la capacidad de sentir? Helvecio contesta a esta pregunta —de la cual se ocuparon muchos filósofos franceses del siglo XVIII, y a la cual habremos de volver más adelante— de la siguiente manera: “Sobre este punto se ha discutido mucho tiempo. Tan sólo muy tarde se ha llegado a formular la pregunta —¿sobre qué se discute exactamente?— y a tener de la palabra “materia” un concepto más exacto. Si en esta discusión se hubiera comenzado por definir exactamente el sentido de la palabra materia, entonces habríamos descubierto que los hombres, por así decirlo, son los creadores de la materia"7. Esto me parece mucho más claro que la expresión: “Sólo creemos en el átomo”.

Yo he expuesto las ideas filosóficas de Holbach y Helvecio en mi libro Ensayos Sobre la Historia del Materialismo. Por esta razón no he de ocuparme ahora más detalladamente de tales ideas. Tan sólo habré de observar que para Helvecio la existencia de los cuerpos fuera de nosotros es únicamente verosímil. Helvecio se burla de las “fantasías filosóficas”. En su opinión, debemos marchar junto a la observación y detenernos en el momento en que ésta ya no es posible, teniendo el valor de ignorar lo que aún no se puede conocer.

Robinet, autor del libro De la Nature, señala: “Nosotros, por nuestra naturaleza, no somos capaces de conocer lo que constituye la esencia de un objeto; dada nuestra constitución no contamos con medio alguno para conocerla. El conocimiento de las esencias (des essences) está más allá de nuestras fuerzas”.

En otra parte de la obra citada, Robinet escribe: “Sobre su propia esencia el alma no sabe más que sobre las otras esencias. Tan poco puede penetrar dentro de sí misma como dentro de la masa del cuerpo a ella unido, cuyas fuerzas de crecimiento no siente y no se ve”. ¿Acaso no está esto dicho plenamente en el sentido de Kant?

Escuchemos ahora a La Mettrie, ese enfant perdu de la filosofía materialista, un hombre que asustaba a los más audaces por su audacia. La Mettrie observa:

“La esencia del alma del hombre y de los animales nos es desconocida y siempre lo será, del mismo modo que la esencia de la materia y del cuerpo... Pero si bien no tenemos ninguna idea de la esencia de la materia, en cambio nos vemos forzados a reconocer las cualidades que descubrimos en la materia con nuestros sentidos externos”8.

En su Abrégé des Systémes La Mettrie escribe, al hacer una crítica de la filosofía de Spinoza:

“Nuestra alma no llega a conocer los objetos exteriores: tan sólo conoce algunas propiedades aisladas de ellos, totalmente relativas y abstractas. En último término, la mayoría de nuestros sentidos o nuestras ideas dependen hasta tal punto de nuestros órganos que también los primeros cambian cuando los últimos experimentan, por su parte, cambios”9.

En este punto, uno de los materialistas más “absolutos”, como vemos, habla también plenamente en “el sentido de Kant”. Y ante semejantes declaraciones resulta cómica en sumo grado la proposición “Sólo creemos en el átomo”, que el señor Bernstein cita como algo absolutamente "nuevo”.

¿Es posible que el señor Bernstein imagine que Friedrich Engels no sabía que sólo creemos en el átomo? Hay que suponer que Engels sabía esto perfectamente10. Pero esto no le impidió combatir a la filosofía kantiana y escribir las siguientes líneas en su trabajo sobre Feuerbach: “Y si los neo-kantianos intentan remozar en Alemania la concepción de Kant, y los agnósticos quieren hacer lo mismo con la concepción de Hume en Inglaterra (donde no ha llegado nunca a morir del todo) estos intentos hoy, cuando aquellas doctrinas han sido refutadas en la teoría y en la práctica desde hace tiempo, representan científicamente un retroceso, y prácticamente no son más que una manera de aceptar el materialismo por debajo de cuerda y renegar de él públicamente”11.

¿Es posible que el señor Bernstein aduzca en contra de esto que el mismo Engels no ha comprendido claramente el punto tratado?

El señor Bernstein ha vivido muchos años en la cercanía de Friedrich Engels,12 pero no ha comprendido la filosofía de éste. Él, que ha estado en condiciones de hurgar con ambas manos en el rico tesoro del gran pensador, ha debido leer un articulito cuasi-filosófico del señor Konrad Schmidt para interesarse en las cuestiones filosóficas y formularse la pregunta: ¿en qué consiste exactamente la filosofía de mi maestro? Lo que es peor aún, le ha bastado enterarse de un par de paralogismos del señor Schmidt para echar por la borda toda esta filosofía. No es verosímil, pero así es. ¡Es muy penoso para la doctrina de Marx y Engels! ¡Y es muy penoso, principalmente, para el mismo señor Bernstein!

Pero, sea como fuere, no tenemos el más mínimo deseo de seguir el consejo de este “crítico” cuando nos invita a “volver a Kant”. Por el contrario, somos nosotros quienes le hacemos un llamado: ¡de vuelta... al estudio de la filosofía!

Al recomendarnos “la vuelta a Kant”, el señor Bernstein intenta apoyarse en el artículo del señor Stern: El materialismo económico y el materialismo de las ciencias naturales, publicado en Neue Zeit.13 Stern es incomparablemente más competente en el terreno filosófico que Bernstein, y sus artículos han merecido la plena atención de nuestros lectores.

Mientras el señor Bernstein “hasta cierto punto” nos lleva de vuelta a Kant, el señor Stern nos habla del viejo Spinoza y propone la vuelta a la filosofía de este noble y genial pensador judío. Esto es otra cosa, algo mucho más razonable que la invitación del señor Bernstein. En verdad, tiene importancia y es interesante la investigación del problema que consiste en saber si hay algo común entre las ideas filosóficas de Marx y Engels y las de Spinoza.

Ante todo, para tener la posibilidad de responder correctamente a esta pregunta, debemos aclarar cómo entiende la auténtica esencia del materialismo el señor Stern. Stern escribe:

"El materialismo de las ciencias naturales, cuyo representante fue en la antigua Grecia Demócrito y su escuela, en el siglo pasado los enciclopedistas y en nuestros tiempos Karl Vogt, Ludwig Büchner, etc., y el materialismo económico de Marx y Engels, a pesar de tener un nombre en común, representan dos teorías distintas, vinculadas a distintas zonas del pensamiento. La primera incluye la explicación de la naturaleza, en particular la de la relación entre la materia y el espíritu; la segunda propone una explicación de la historia, de la marcha y los acontecimientos de la misma y, en tal forma, constituye una teoría sociológica”.

No es así de ningún modo.

En primer lugar, la filosofía de los “enciclopedistas” no se limitaba a investigar la relación entre la materia y el espíritu; por el contrario, intentaba al mismo tiempo explicar la historia por medio de una concepción materialista. En segundo lugar, Marx y Engels fueron materialistas no sólo en el terreno de la investigación histórica, sino que también lo fueron respecto de la concepción de la relación entre el espíritu y la materia. Finalmente, es del todo erróneo poner en la misma canasta al materialismo de los “enciclopedistas” y al de Vogt y de Büchner. También puede decirse que estos dos materialismos son “dos teorías completamente distintas”.

"El pensamiento básico de la filosofía natural materialista —continúa diciendo Stern— se expresa al decir que la materia es algo absoluto y existe eternamente; todo lo espiritual (lo psíquico: sentimientos, percepciones, voluntad, pensamiento) es un producto de la materia. La materia encierra fuerzas infinitas (Stoff und Kraft) que, sus líneas generales pueden equipararse al movimiento, también eterno. Gracias a la interacción de las diversas fuerzas en los complejos organismos animales, surge en ellos el espíritu, el cual desaparece asimismo al extinguirse el organismo. Todo es transitorio —también lo son los deseos y las acciones de los hombres— está regido por la ley de causalidad y depende de causas materiales”.

De esta manera se presenta a Stern la doctrina materialista. ¿Está en lo cierto? ¿Es posible aplicar, por ejemplo, estas definiciones suyas al materialismo de los enciclopedistas?

Conviene previamente, antes de responder, hacer la observación de que, en este caso, la designación de “enciclopedistas” es totalmente inexacta y se presta a confusiones. De ningún modo puede decirse que todos los enciclopedistas hayan sido materialistas. Por otro lado, en la Francia del siglo XVIII hubo materialistas que no escribieron ni una sola línea de la Enciclopedia14. Basta como prueba nombrar al mismo La Mettrie.

Sea dicho esto de pasada. Lo esencial consiste aquí en que ni los materialistas entre los “enciclopedistas” ni La Mettrie pensaban que todas las fuerzas de la materia podían ser reducidas al movimiento. El señor Stern, evidentemente, ha sido inducido a un error por las palabras de personas que, a pesar de su desconocimiento de la historia del materialismo, no pueden privarse del placer de hablar de él. Esto se puede demostrar inmediatamente del modo más irrecusable.

En esta ocasión he de empezar por ceder la palabra a La Mettrie.

El lector ya sabe que el concepto de materia de La Mettrie está totalmente alejado —como el cielo de la tierra— de cualquier tipo de dogmatismo. Pero de todos modos debemos detenernos un poco más en su filosofía.

La Mettrie era simplemente un cartesiano, que de modo consecuente pensaba y enriquecía su inteligencia con todos los conocimientos biológicos de su tiempo. Descartes había afirmado que los animales no son otra cosa que máquinas, es decir, que en ellos no existe en absoluto eso que se llama vida psíquica. La Mettrie cree bajo palabra la opinión de Descartes y observa que, si Descartes tiene razón, entonces el hombre no es más que una máquina, puesto que no hay ninguna diferencia esencial entre el hombre y el animal. De aquí el título de su célebre libro, L’Homme Machine (El hombre máquina). Pero como el hombre no está desprovisto en ningún modo de vida psíquica, La Mettrie llega más adelante a la conclusión de que también los animales están dotados de vida psíquica. De aquí proviene el título de otra de su obra: Les animaux plus que machines. Por otra parte, La Mettrie pensaba que el mismo Descartes, en secreto, compartía esta opinión. “Pues si bien franca y claramente nos asegura que entre el hombre y los animales existe una diferencia esencial, es evidente que esto constituye una simple escapatoria, una figura estilística, etc.” Y aunque La Mettrie define al hombre como una máquina, al proceder así no quiere de modo alguno que ‘‘todas las fuerzas de la materia puedan ser reducidas al movimiento”. Por el contrario, con esto desea expresar Mettrie algo completamente distinto. En su opinión, el pensamiento es una de las propiedades de la materia. “Hasta tal punto — escribe—; me parece el pensamiento no separado de la materia organizada, que lo tengo nada más que por una propiedad de esta última, como la electricidad, la fuerza motriz, la impenetrabilidad, la dilatación, etcétera”.15

El señor Stern, sin duda, afirmará basándose en esto que para La Mettrie el pensamiento es tan sólo una propiedad de la materia orgánica, y que en esto radica precisamente el talón de Aquiles de todo materialismo. “Es totalmente inexplicable —escribe en el artículo citado— el modo en que aparece la sensación (elemento básico de la vida psíquica) en la célula viva de repente, como un disparo de revólver; es menester llegar a la conclusión que también a los cuerpos inorgánicos les es inherente un psiquismo mínimo y simple que crece y se complica a medida que se asciende por la escala de los seres vivientes.” Así es. Pero La Mettrie nunca ha afirmado lo contrario. Aquí se limita a plantear la cuestión, sin decidirse a darle respuesta definida. “Es menester convenir —escribe— en que no sabemos si la materia posee una capacidad directa de sensación o tan sólo una capacidad de adquirirla por influencia de cambios que son propios tan sólo de los cuerpos orgánicos”.16

En su obra L’Homme plante (El hombre planta) expresa La Mettrie su pensamiento de modo algo distinto y esto lo vuelve más definido. “Entre todos los seres vivos — escribe— el hombre es el más dotado de alma, como tenía que ser, y la planta es el ser que posee el grado mínimo de alma.” En este pensamiento radica esencialmente toda la teoría de la materia animada. Pero La Mettrie desecha esta teoría, arguyendo que “el alma” de los vegetales y minerales es algo absolutamente rudimentario. “¿De qué alma me habláis? —exclama— ¡Un alma que no tiene ningún impulso, ningún deseo, ninguna pasión, ningún defecto o virtud, y que no se ve afectada por ninguna preocupación respecto de las necesidades del cuerpo!”.17

El señor Stern pasa a comentar el XIII Teorema de la Segunda Parte de la Ética de Spinoza, en donde se dice que todos los individuos (individua) están animados en diverso grado (quamvis diverais gradibus)18.

El lector comprende ahora que para La Mettrie tiene una importancia decisiva el grado de animación. Un ser inanimado era para él un ser en el cual la capacidad de sensación no se había elevado hasta un cierto mínimo. Y si La Metrie declara que “el pensamiento” es el fruto de la organización, al expresarse así quiere decir que tan sólo en los "individuos” orgánicos se encuentran las formas relativamente elevadas de “animación”.

Es por tal motivo que no veo ninguna diferencia esencial entre el spinozismo y el materialismo de La Mettrie.

¿Cómo se presenta el problema para los "enciclopedistas”?

“La primera capacidad que encontramos en el hombre viviente, y que es menester separar de todas las otras —dice Holbach— es la sensibilidad (es decir, la sensación. N. del A.)

“Por incomprensible que nos parezca a primera vista esta capacidad, descubrimos de todos modos, al realizar una investigación más ceñida, que tal capacidad es un producto de la naturaleza y de las propiedades de un cuerpo orgánico, del mismo modo que la fuerza de la gravedad, el magnetismo, la elasticidad, etc., son productos de la naturaleza o propiedades de los cuerpos... Algunos filósofos sostienen que la sensación es una propiedad general de la materia; en el caso dado sería inútil investigar de dónde procede esta propiedad suya, que nos es conocida a través de sus manifestaciones. Si aceptamos semejante hipótesis, es posible entonces diferenciar dos clases de percepciones, del mismo modo que en la naturaleza se distinguen dos clases de movimiento —uno conocido bajo el nombre de fuerza viva y otro que se llama fuerza de inercia— una clase activa o viva de percepción, y otra pasiva o inerte. En el último caso la animación de la sustancia se produciría tan sólo en ausencia de obstáculos que le impidan ser activa y receptiva. En una palabra: la percepción representa ya una propiedad que puede ser trasmitida, como el movimiento, y adquirida mediante la organización, ya una propiedad inherente a toda materia. En un caso y en el otro el receptáculo no puede ser una sustancia incorpórea, como se concibe al alma humana”.19

El señor Stern puede ver por sí mismo que la filosofía materialista de Holbach no tiene nada en común con la doctrina que él atribuye a los "enciclopedistas”.

Holbach sabía muy bien que no todas las fuerzas de la materia pueden ser reducidas al movimiento y nada tiene que decir en contra de la hipótesis de “una materia inanimada”; pero Holbach no se detiene en esta hipótesis, pues su atención es atraída por otra tarea. Holbach se esfuerza, ante todo, por presentar pruebas de que no es necesario presuponer la existencia de una sustancia incorpórea para explicar los fenómenos de la vida psíquica...20.

Demos un paso más. Holbach no fue el único autor del “sistema de la naturaleza”. Diderot fue un notable colaborador de esta obra. Diderot era materialista, ¿Qué clase de materialismo era el de este hombre, a quien con más derecho que a ningún otro se puede dar el nombre de “enciclopedista”?

Diderot demostró tener vínculos con Spinoza en el breve artículo “Spinosiste”, impreso en el tomo decimoquinto de la Enciclopedia.

"No se debe —escribe Diderot— confundir a unos y otros, a los viejos con los nuevos spinozistas. Los últimos parten del principio fundamental de que la materia es capaz de sentir y afirman este pensamiento poniendo el ejemplo del huevo, un cuerpo sin vida, en estado de transformación continua, invariable bajo el influjo de un calor creciente, que se convierte en un ser vivo dotado de sensación, y también se refieren al crecimiento de cada animal, que en un principio es tan sólo un simple punto y sólo gracias a la asimilación de sustancias vegetales y otras, que le sirven de alimento, aumenta de tamaño y llega a ser un cuerpo vivo y sensible. De aquí se extrae la conclusión de que existe tan sólo la materia y de que su existencia constituye la explicación suficiente de todos los fenómenos. En lo referente al resto, ellos sustentan firmemente todas las conclusiones del antiguo spinozismo.”

De todo esto no se desprende claramente cuál es la opinión de Diderot sobre la primacía del nuevo spinozismo en comparación con el antiguo. Pero es absolutamente indudable que Diderot consideraba al spinozismo una doctrina justa, y que no temía las conclusiones que se derivan de ella. En términos generales, puede decirse que Karl Rosenkranz tenía toda la razón cuando escribía en su conocido libro Obras y Vida de Diderot (t. 1, pág. 149): “Un spinozismo secreto —que se inicia especialmente con Boulainvilliers— se puede reconocer en todos los franceses que han pasado del sensualismo al materialismo...”

¿Y cuál es la actitud de los materialistas del siglo XIX hacia el problema que nos interesa?

Ludwig Feuerbach consideraba con mucha prevención a los materialistas franceses del siglo XVIII. “No hay nada más falaz —escribe— que atribuir el origen del materialismo alemán al Système de la Nature o incluso al paté de foie trufado de La Mettrie”.21 De todos modos, el mismo Feuerbach tenía ambos pies plantados sobre el terreno del materialismo francés.

Así, por ejemplo, escribe en su trabajo Del espiritualismo y del materialismo: “Para el pensador abstracto... el pensamiento es un acto independiente del cerebro, pero para el médico es una actividad cerebral”22. Es esto justamente lo que deseaba demostrar La Mattrie en su obra L’Homme machine. “La medicina, la patología general, constituyen la patria y el origen del materialismo”, escribe Feuerbach un poco más adelante23. Exactamente lo mismo afirma La Mettrie. Todos saben que la propia enfermedad sirvió a La Mettrie de punto de partida para sus reflexiones sobre la relación entre alma y cuerpo.

“Pero la medicina no constituye el origen de un materialismo descabellado y abstracto, sino... de un materialismo inmanente que se sostiene en nombre del ser humano —dice Feuerbach—. Justamente este es el punto de vista de Arquímedes en la discusión entre materialismo y espiritualismo, dado que en tal discusión no se habla, al fin de cuentas, de La divisibilidad o no divisibilidad de la materia, sino de la divisibilidad e indivisibilidad del hombre... No de la materia que se encuentra fuera del hombre, sino de la materia que se encuentra en el cerebro humano. En una palabra, en esta discusión se habla tan sólo —cuando se lleva a cabo con la participación de la cabeza— de la cabeza del hombre”24

Del mismo modo consideran esta disputa La Mettrie, Holbach y muchos otros materialistas entre los “enciclopedistas”. Y justamente por haber sido esta su opinión es que ellos, salvo excepciones muy escasas, adoptaron una actitud bastante indiferente hacia la teoría de la “animación” de esa materia que “se encuentra en el cerebro humano”. El punto de vista de Feuerbach al respecto también era el de los materialistas franceses.

Al mismo tiempo, es indiscutible que Feuerbach deseaba marchar junto con los materialistas hasta un punto determinado, y no más allá. Feuerbach declaró repetidas veces que la verdad no estaba para él “ni en el materialismo, ni en el idealismo, ni en la filosofía, ni en la psicología”! ¿De dónde provenía este rechazo de la teoría, que constituye esencialmente su visión peculiar?

Engels lo ha explicado: “Feuerbach identificaba al materialismo con la forma peculiar que adquirió esta visión del mundo en un determinado momento histórico: exactamente en el siglo XVIII.” En lo que se refiere propiamente al materialismo francés, Feuerbach lo confundía “con esa versión degradada y vulgarizada de materialismo del siglo XVIII que sigue existiendo en las cabezas de los naturalistas y médicos y que se encontraba en la década 1850-60 en Büchner, Vogt y Moleschott”25. Voy más lejos que Engels y digo: “Feuerbach no sabía que en el siglo XIX él era el auténtico restaurador del materialismo del siglo XVIII, y un representante de dicho materialismo con todos sus méritos y con todas sus insuficiencias”26.

Feuerbach sostenía la opinión —compartida en la actualidad por el señor Stern— de que los materialistas franceses reducían todas las fuerzas de la materia al movimiento. Yo ya he demostrado que este punto de vista es absolutamente falso y que al respecto los materialistas franceses no fueron más “materialistas” que el mismo Feuerbach. Pero el rechazo por parte de Feuerbach del materialismo francés merece mucha atención, puesto que caracteriza tan fuertemente su propia concepción del mundo como la concepción del mundo de Marx y Engels.

Según Feuerbach, el origen del conocimiento es, en psicología, totalmente diferente de su origen en fisiología. Pero ¿en qué consiste la diferencia entre estas dos fuentes del conocimiento? Feuerbach nos da una respuesta muy característica. “Lo que para mí es, subjetivamente, un acto espiritual, tiene también en sí mismo un carácter objetivo, es un acto material, perceptible”27. Como vemos, esto es Lo mismo que dice el señor Stern: “Así, por ejemplo, el hambre —considerada desde un punto de vista material— es una insuficiencia de ciertos jugos corporales; considerada desde el punto de vista psíquico, el hambre es una sensación de insatisfacción; la hartura, desde un punto de vista material, la supresión de una insuficiencia del organismo y, desde el punto de vista psíquico, es una sensación de satisfacción.” El señor Stern es, pues, un spinozista. Ergo... Feuerbach también participa del punto de vista de Spinoza.

Y, en realidad, no cabe ninguna duda de que Feuerbach fue tan spinozista como lo fue en su tiempo Diderot.

Basta releer las obras de este filósofo con cierta atención, basta tener tan sólo un concepto claro del desarrollo de la filosofía moderna —empezando con Spinoza y terminando con Hegel— para no dudar de esto ni un solo minuto. “Spinoza es el verdadero culpable de la actual filosofía especulativa, Shelling es su restaurador y Hegel su realizador” —dice en uno de sus más notables trabajos—28. “El secreto”, el verdadero sentido del spinozismo —según Feuerbach— es la naturaleza. “¿Qué significado tiene, después de un prolijo examen, eso que Spinoza llama lógica o metafísicamente la sustancia y —teológicamente— Dios? No otra cosa que la naturaleza”. Este es el lado más fuerte de Spinoza y constituye su “importancia y mérito históricos”. (La naturaleza es también “el secreto” de Feuerbach. N. del A.) Pero Spinoza no estaba en condiciones de romper con la teología. “La naturaleza no es para él la naturaleza; la esencia sensible y antiteológica de la naturaleza es para él tan sólo una esencia abstracta, metafísica y teológica... Spinoza convierte a la naturaleza en una divinidad.” En esto consiste su insuficiencia fundamental. Feuerbach corrige esta insuficiencia del spinozismo reemplazando el sive por el aut. “No el «Deus sive natura», sino el «Aut Deus aut natura» es la palabra verdadera; cuando se identifica a Dios con la naturaleza... nos quedamos sin Dios y sin naturaleza y tan sólo con un místico anfibio hermafrodita”29.

Ya hemos visto que justamente fue este el reproche de Diderot al spinoziamo en el artículo “Spinozist” de la Enciclopedia. El señor Stern puede sostener que Spinoza no merecía este reproche, pero esto aquí no nos atañe. Aquí nos ocupamos de dar una respuesta al problema que consiste en saber qué relación tiene la filosofía de Feuerbach con la filosofía de Spinoza. La respuesta debe rezar así:

La filosofía materialista de Feuerbach fue engendrada por el spinozismo, del mismo modo que la filosofía de Diderot.

Pasemos ahora a Marx y Engels.

Estos escritores fueron durante algún tiempo entusiastas adherentes de Feuerbach. Engels escribía: “Todos estábamos en éxtasis (después de la aparición de La Esencia del Cristianismo. N. del A.) y todos nos volvimos en ese entonces discípulos de Feuerbach. Con qué entusiasmo saludó Marx la nueva concepción y cuán fuertemente influyó sobre él —a pesar de todos sus reparos críticos— puede apreciarse en el libro La Sagrada Familia.30

Pero ya en febrero de 1845 el penetrante genio de Marx descubrió la “falla principal” del materialismo de Feuerbach. Esa falla principal consiste en que en este filósofo “el mundo objetivo real, percibido por los sentidos, es considerado tan sólo bajo la forma de un objeto o de una visión, y no bajo su aspecto práctico, no de modo subjetivo”31. Esta crítica se convirtió en el punto de partida de una nueva fase en el desarrollo del materialismo y llevó a la explicación materialista de la historia. El prefacio a la Crítica a la Economía Política contiene lo que podría llamarse los “prolegómenos a toda sociología futura que pueda presentarse como ciencia”.

Pero debe observarse que la crítica de Marx-Engels no ataca el punto de vista fundamental del materialismo de Feuerbach, sino todo lo contrario.

Cuando Engels escribe que “es menester expulsar del campo de los materialistas a todos aquellos que tienen a la naturaleza por el comienzo fundamental”32 (ver su trabajo Ludwig Feuerbach), no hace más que repetir las palabras de Feuerbach: “La relación verdadera del pensamiento con la existencia consiste tan sólo en que la existencia es el sujeto y el pensamiento es el predicado; el pensamiento es un producto de la existencia, y ésta no lo es de aquél.”33 Y como el punto de vista de Feuerbach era el punto de vista de un spinozista, resulta claro que la concepción filosófica de Engels, identificable con la suya, no podía ser diferente.

Hablando estrictamente, la tesis según la cual el pensamiento deriva de la existencia y no la existencia del pensamiento, no está de acuerdo con la doctrina de Spinoza. Pero el “pensamiento” al cual se hace referencia aquí es “la conciencia humana”, es decir, “la forma más elevada de pensamiento” y hacer anteceder la existencia a este pensamiento no excluye de ninguna manera la “materia animada”. Para convencerse de ello basta leer la página 236 del segundo tomo de las Obras de Feuerbach, y las páginas 21 y 22 del trabajo de Engels sobre Ludwig Feuerbach. Todos conocen el desprecio con que se ha expresado Engels del materialismo de Karl Vogt, Moleschott, etc. Justamente es este el materialismo al cual se le puede reprochar que reduce todas las fuerzas de la materia al movimiento. Estoy convencido de que la publicación de los manuscritos que constituyen la herencia literaria de Marx y de Engels habrá de arrojar nueva luz sobre este punto34. Mientras esto no ocurra, habré de afirmar con plena convicción que Marx y Engels en el período de su evolución nunca abandonaron el punto de vista de Spinoza35. Y esta convicción mía se basa, entre otras cosas, en el testimonio personal de Engels.

En el año 1889, después de visitar la Exposición Internacional de París, me dirigí a Londres con el propósito de entablar conocimiento personal con Engels. Tuve el placer de mantener con él, durante una semana entera, prolongadas conversaciones sobre diferentes temas prácticos y teóricos. En una ocasión, nuestra conversación tocó temas filosóficos. Engels juzgó con severidad el hecho de que Stern hablara de modo impreciso sobre “la filosofía materialista de la naturaleza”. “Entonces — pregunté yo—, en su opinión, el viejo Spinoza tenía razón al decir que el pensamiento y la extensión no son otra cosa que dos atributos de una sustancia igual.” “Por supuesto —contestó Engels—, el viejo Spinoza tenía toda la razón”.

Si mis recuerdos no me engañan, a nuestra conversación asistió el conocido químico Schorlemmer y P. B. Axelrod. Schorlemmer ya no está entre nosotros, pero el otro participante aún goza de buena salud y, en caso de necesidad, no se negará a confirmar la exactitud de mi versión.

Debo añadir aún dos palabras. En su prefacio al trabajo sobre Feuerbach se refiere Engels, entre otras cosas, a la “sopa ecléctica” que se brinda a los oyentes de las universidades alemanas bajo el nombre de filosofía36. Durante la vida de Engels esta notable sopa aún no había sido ofrecida a los obreros alemanes. Ahora Konrad Schmidt se ha puesto a distribuirla entre ellos. Justamente es el gusto de esta sopa que ha “excitado” tan felizmente al señor Bernstein. Konrad Schmidt ha creado una escuela. Por lo tanto, no es superfluo un análisis de esta sopa ecléctica mediante un reactivo enérgico: la filosofía de Marx y Engels. Es lo que habré de hacer en un artículo venidero.37

__________

(1) Se refiere al artículo de Bernstein “Das realistische und das ideologische Moment dea Sozialismus. Probleme dea Sozialismus’', 2, serie II. (“El aspecto realista y el aspecto ideológico del socialismo. Problemas del socialismo*'), publicado en “Die Neue Zeit”, nº 34, del 27 de mayo de 1898, págs. 225-232, y n’ 39, del 25 de junio, págs. 338-395.

(2) Se refiere al comentario de Konrad Schmidt sobre un libro de M. Kronenberg, “Kant, Sein Leben und seine Lehre", Manchen, 1897 (Kant: su vida y su doctrina, Munich, 1897), publicado en la tercera separata del “Vorwaerts” del 17 de octubre de 1897.

(3) Bernstein cita el libro de Strecker, “Welt un Menschheit" (Mundo y humanidad).

(4) Ver Holbach, “Sistema de la naturaleza" (ed. rusa), 1940, p. 273. La numeración de Plejánov es errónea: en la versión original la cita no está en la p. 1, sino en la p. 91.

(5) Ibíd., p. 25.

(6) Ibíd., p. 289.

(7) Ver Helvecio, “Del espíritu" (ed. rusa), 1938, págs. 22-23. Ibíd., II, p. 116 (ed. de 1781).

(8) Ver La Mettrie, "Tratado del alma” (Obras escogidas) (ed. tusa), 1925, págs. 45 y 47.

(9) Ver La Mettrie, “Resumen de los sistemas filosóficos" (Obras escogidas) (ed. rusa), pág. 159.

(10) Plejánov atribuye aquí erróneamente a Engels la aceptación de la idea de que sólo creemos en el átomo. Engels, del mismo modo que Marx, se basaba en la teoría materialista del reflejo, la cual reconoce la cognoscibilidad de la materia en su esencia. Plejánov hace una concesión al agnosticismo en esta formulación, que se une en él a otro error: la aseveración de que nuestras representaciones no son copias, reflejos de las cosas, sino jeroglíficos, signos de loa objetos.

(11) Ver K. Marx y F. Engels, “Obras", t. II (ed. rusa), 1955, pág. 352.

(12) E. Bernstein fue desde 1881 redactor del órgano del partido Socialdemócrata alemán —el "SozialDemokrat”—, que se editaba en Zúrich. En 1888 Bernstein se trasladó a Londres, en donde por influencia del trade-unionismo y la literatura económica burguesa empezó a inclinarse hacia el revisionismo. Su primera intervención abierta como “crítico” del marxismo se produjo hacia fines de la última década del siglo.

(13) Jakob Stern, “Der okonomische und der naturphilosophische Materialismos”, “Die Neue Zeit", 1897, Bd. II, n’ 36, 5-VI, S. 301-304.

(14) La “Enciclopedia o Diccionario de las Ciencias, las Artes y los Oficios” fue publicada en la segunda mitad del siglo XVIII (1751-1780). Diderot y D’Alembert se propusieron como objetivo de la lucha contra el “viejo orden” y el clericalismo, el desarrollo de una ciencia, una filosofía y un arte progresistas.

(15) Ver La Mettrie, Él hombre máquina (Obras escogidas), (ed rusa), pág. 226.

(16) Ver La Mettrie, Tratado del alma (Obras escogidas), (ed. rusa), pág. 55.

(17) Ver La Mettrie, El hombre planta (Obras escogidas), (ed. rusa), pág. 245.

(18) Ver B. Spinoza, Ética (ed. rusa), 1932, pág. 47.

(19) Ver Holbach, “Sistema de la naturaleza", 1940 (ed. rusa), págs. 65-66.

(20) En el texto alemán se lee: “La existencia de lo que el cristianismo llama alma".

(21) Ver L. Feuerbach, “Sobre el esplritualismo y el materialismo" (Obras filosóficas escogidas), (ed. rusa), t. I, 1955, pág. 508.

(22) Ibíd., págs. 512-513.

(23) Ibíd., pág. 517.

(24) Ibíd.

(25) Citas del estudio de Engels, "Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana".

(26) En el texto alemán la frase continúa así: “...su odio noble, orgulloso, revolucionario a toda “teología" y su inclinación hacia el idealismo cuando se trata de explicar fenómenos y procesos sociales".

(27) Ver L. Feuerbach, "Contra el dualismo del cuerpo y el alma, la carne y el espíritu” (Obras filosóficas escogidas), (ed. rusa), t. L págs. 213-214.

(28) Todas las citas de esta página y la anterior han sido tomadas del cuarto tomo de las “Obras de Feuerbach", en la edición alemana publicada en Leipzig en 1847, de su trabajo “Geschichte der neuero Philosophie von Bacon, von Verulam, bis Benedict Spinoza, VII, Benedict Spinoza”.

(29) Ibid.

(30) Ver F. Engels, “Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana”.

(31) K. Marx, “Tesis sobre Feuerbach".

(32) Ver K. Marx y F. Engels, “Obras escogidas", t. II (ed. rusa), pág. 350.

(33) Ver L. Feuerbach, “Tesis fundamentales para la reforma de la filosofía” (Obras filosóficas escogidas), (ed. rusa), t. I, pág. 128.

(34) Ver K. Marx, “Tesis de doctorado. La diferencia entre la filosofía de la naturaleza de Demócrito y la filosofía de la naturaleza de Epicuro".

(35) Plejánov, al subrayar aquí el punto de partida común del materialismo promarxista y el actual materialismo (al encarar el problema fundamental de la filosofía) no discrimina las diferencias esenciales que separan al marxismo del materialismo pre-marxista. Al respecto comete un error cuando vincula el materialismo de Spinoza al punto de vista filosófico de Marx y Engels. En su ensayo “Sobre la supuesta crisis del marxismo”, Plejánov dice que "...el materialismo actual no representa nada más que un spinozismo más o menos consciente de sí”.

(36) Ver K. Marx y F. Engels, “Obras escogidas” (ed. rusa), t. II, pág. 340.

(37) En el texto alemán se menciona el título propuesto para este futuro artículo; “Friedrich Engels y Konrad Schmidt”.


lunes, 1 de junio de 2026

Literatura

Un Análisis e Interpretación del Poema I de Trilce

 

Julio Carmona

I

Quién hace tanta bulla, y ni deja

testar las islas que van quedando.

 

Un poco más de consideración

en cuanto será tarde, temprano,

y se aquilatará mejor

el guano, la simple calabrina tesórea

que brinda sin querer,

en el insular corazón,

salobre alcatraz, a cada hialóidea

grupada.

 

Un poco más de consideración,

y el mantillo líquido, seis de la tarde

DE LOS MÁS SOBERBIOS BEMOLES.

 

Y la península párase

por la espalda, abozaleada, impertérrita

en la línea mortal del equilibrio. 

Después de propuesto el poema para su lectura, paso a analizarlo y a interpretarlo de forma pormenorizada. 


Quién hace tanta bulla y ni deja

testar las islas que van quedando. (1) 

(1) Si es que se acepta lo expresado por algunos críticos de que este poema constituye una propuesta de poética1, la parte inicial del primer verso: «Quién hace tanta bulla», la interpreto así: que hay mucho ruido por parte de quienes acaparan las vitrinas de lo que se presenta como «nueva poesía». Y esta propuesta tendría —por similitud— un antecedente en el poema «Retablo», de Los heraldos negros, que dice: «por fin escapo al ruido» de los epígonos del modernismo, que no permiten hacer un testamento a los poetas más conscientes de su ser; mientras que aquella poesía ruidosa no queda, y, finalmente, no queda ni como nueva ni como antigua: mucho ruido y pocas nueces. Y, por lo del testamento, hay otra correspondencia con el poema «Oración del camino» (LHN), cuando dice: «Queda un olor de tiempo abonado de versos, [islas de esta estrofa, y guano de la estrofa siguiente2] / para brote de mármoles consagrados que hereden [testar] / la aurífera canción», es decir: que el tiempo futuro sea un campo fértil para ser abonado por versos que hagan brotar a poetas consagrados que habrán heredado la canción de mayor valor. Y la relación es válida, máxime si las tres muestras coinciden con los siguientes versos del poema LXXVII (último) de Trilce: «Graniza tanto, como para que yo recuerde / y acreciente las perlas / que he recojido [sic3] del hocico mismo / de cada tempestad». Y, en ese rechazo a lo superfluo y adhesión a lo fructífero, el locutor poético de Trilce, dice percibir todavía ese ruido de granizada que le hace recordar lo que había experimentado con su primer libro (Los heraldos negros) que no tuvo una acogida auspiciosa4, y que su deber es acrecentar con su segunda obra los poemas de valor que él ha recogido en los pleitos enconados de cada etapa de cambio que ha habido en el mundo literario. 


Un poco más de consideración

en cuanto será tarde, temprano, (2)

y se aquilatará mejor

el guano, la simple calabrina tesórea

que brinda sin querer, (3)

en el insular corazón,

salobre alcatraz, a cada hialóidea

grupada. (4) 

(2) Dice José Pascual Buxó5 que la palabra consideración, «definida académicamente como la “acción y efecto de pensar” [que es la asumida por Keith McDuffie6], acepta, además, la acepción que el DRAE concede al adjetivo considerado, a) “que recibe de los demás, muestras de atención y respeto”, y a desconsiderado, b) «que ni da ni recibe tales muestras». Y Buxó agrega que «En Trilce I lo que el poeta pide es precisamente eso, respeto; es decir, silencio en vez de “bulla”». Y esto se hace perentorio pues es temprano, por el comienzo del siglo XX, y significaría estar en tardanza de seguir martillando sobre el mismo fierro frío de los versos (ya) bullangueros de la tradición romántico/modernista (contra la que el locutor poético ha dado sus primeros combates en Los heraldos negros). 

(3) Ya en el numeral (1) cité estos versos del poema «Oración del camino»: «Queda un olor de tiempo abonado de versos, / para brote de mármoles consagrados que hereden / la aurífera canción», y que, comparados con los versos analizados en este numeral, se puede ver la correspondencia, en tanto ‘los versos abonados de tiempo’ se relacionan con la acción de ‘aquilatar mejor —en este tiempo nuevo— ese guano (ese abono), de la simple calabrina tesórea’7, es decir: que ese tesoro (tesórea) se ha convertido en simple cadáver (calabrina)’, y que es, en «Oración del camino», «la aurífera canción» (la canción de oro que se hereda), y que se «brinda sin querer», porque ya no puede hacerlo  quien podría quererlo: el paradigma Rubén Darío, que ya ha muerto.8 

(4) Y donde se aquilatará mejor será «en el insular corazón», o sea: el corazón de los herederos. No se pierda de vista que ya en el segundo poema de Los heraldos negros, «Deshojación sagrada» (al que le dimos también condición de poética9), el locutor poético le dice a la «Luna (…) tú eres talvez (sic) mi corazón gitano /que vaga en el azul llorando versos»10; pero el insular corazón es, también, un «salobre alcatraz», frase metafórica esta cuyo sustantivo «alcatraz» no solo alude al ave marina y, por ende, se corresponde con su adjetivo «salobre», sino que, por otro lado, se relaciona con la locución árabe hispánica que significa «de andares ufanos» (DRAE), y perfectamente aplicable a ese ‘corazón de poeta’ que dice: «Canta, lluvia, en la costa aún sin mar» (LXXVII). Y es así que el aquilatamiento lo hace el corazón desde dos perspectivas —ateniéndose al DRAE—: a) si «grupada» se relaciona con «volver grupas», es decir, «volver atrás» para recoger la herencia, y b) si se usa su exacta acepción: «golpe de aire o de agua impetuoso y violento» se podrá relacionar su sentido con la «tempestad» del verso de Trilce LXXVII: «Graniza tanto, como para que yo recuerde / y acreciente las perlas / que he recojido del hocico mismo / de cada tempestad». Y si a esa visión de «grupada» se agrega su adjetivo «hialoidea»11, daría por resultado que sería una acción ‘parecida al vidrio o que tiene sus propiedades: transparente y feble o frágil y quebradiza’, es decir, que debe hacerse con mucho cuidado. 


Un poco más de consideración, (5)

y el mantillo líquido, (6) seis de la tarde

DE LOS MÁS SOBERBIOS BEMOLES. (7) 

(5) Este verso reitera el llamado que ha hecho el locutor poético en el primer verso de la segunda estrofa (numeral 2): ‘pide respeto; es decir, silencio en vez de bulla’. 

(6) Si no se olvida el verso citado en el numeral (4) del poema (LXXVII): «Canta, lluvia, en la costa aún sin mar», se puede colegir que esa lluvia está aludiendo al trabajo del poeta que está forjando ya su continente, su «costa», pero que aun le falta lo esencial, el mar, para enrumbar a mayores puertos. Y esa lluvia (como final del poemario) ya tiene la visualización de un manto desarrollado; mientras que en el inicio del mismo poemario no pasa de ser un «mantillo líquido», un aguacero, como el típico de la costa limeña, o llovizna, que no llega a ser lluvia. 

(7) Un mantillo líquido que se ubica a las seis de la tarde, es decir, luego de haber transcurrido el tiempo de Los heraldos negros: de seis de la mañana a las doce del día, y, desde entonces, hasta las seis de la tarde en que empieza Trilce, el locutor poético se encuentra frente a lo que «se tiene por muy grave y dificultoso»: tener bemoles (frase coloquial: DRAE), es decir que no son cualesquiera bemoles, son: «los más soberbios bemoles», la tarea más ardua que se ha impuesto: romper con la herencia ruidosa, bullanguera de ese momento, y asumir su nueva poética que con este poemario ofrece. Y esta ardua tarea la explica así a su amigo Antenor Orrego: «Dios sabe hasta dónde es cierta y verdadera mi libertad. Dios sabe cuánto he sufrido para que el ritmo no traspasara esa libertad y cayera en libertinaje» (Orrego, 2018: 244).


Y la península párase

por la espalda, (8) abozaleada, impertérrita

en la línea mortal del equilibrio. (9) 

(8) Y si el poeta se considera como parte no integrada de «la costa aún sin mar», entonces, se lo puede figurar como una «península» que, desde su aislamiento: donde le han puesto un bozal (abozaleado) pretendiendo silenciarlo, él se para, se yergue por la espalda de esa costa, y hay una correspondencia con los siguientes versos del poema VIII: «Pero un mañana sin mañana,/ entre los aros de que enviudemos,/ margen de espejo habrá/ donde traspasaré mi propio frente/ hasta perder el eco/ y quedar con el frente hacia la espalda». 

(9) Pero él o esa «península párase» impertérrita (esto se dice de alguien a quien nada intimida), y lo hace al borde del abismo, como le dijo a Orrego: «Dios sabe hasta que bordes espeluznantes me he asomado, colmado de miedo, temeroso de que todo se vaya a morir a fondo para que mi pobre ánima viva» (Ibíd.).

 

ANOTACIONES al margen del poema I 

Una lectura muy socorrida de este poema dice que refleja la acción de defecar12, sobre la que Keith McDuffie dice que no «parece acertado calificar el poema como el acto de defecar (…), explicación ésta de André Coyné»13. Y, en lugar de ella, el mismo McDuffie propone esta otra: «Se trata de nada menos que de la poética fundamental de Trilce, el planteamiento de una nueva dimensión existencial más allá de la existencia actual y la proyección del poeta hacia ese plano ideal» (Op. cit.: 204). 

No hay duda de que es una poética, puesta, justo, al comienzo del libro con características de introducción. Y este poema como tal poética (entre otros de CV) lo he adelantado ya, ha sido formulado así por otros estudiosos (entre los que cabe destacar a Julio Ortega14); pero, sin falsas modestias, los planteamientos con que lo sustento aquí son de mi responsabilidad, pues los usados por los dos autores mencionados (McDuffie y Ortega), como así también sus conclusiones, difieren de los míos. Yo no podría coincidir con lo que resume Keith McDuffie, que CV esté planteando «una nueva dimensión existencial más allá de la existencia actual y la proyección del poeta hacia ese plano ideal» (op. cit.); contrariamente, yo considero que si bien CV entra en conflicto con el mundo existente (como lo hace cualquier hijo del pueblo y, más aun, con sensibilidad de poeta) no es para sustituirlo por una existencia ideal hacia la que se estaría proyectando. Y tanto no es así en Trilce si —ya desde Los heraldos negros— su opción es por una identificación con el mundo real que él denuncia de estar mistificado o mixtificado15, lo cual implica avizorar un cambio real en el mundo real. Tratando de la dialéctica, dice CV que es «instrumento y conocimiento: el rigor dialéctico del mundo objetivo y subjetivo. Su grandeza y su miseria o impotencia» (1973-1: 99). No es, pues, que él se evadiera de la existencia real (por considerarla absurda e irracional) sino que, siendo consciente de su desequilibrio, que «es su miseria o impotencia» él destaca «su grandeza», desde la que él vislumbra un cambio real, y no su personal «salvación» para la que se construiría una «existencia ideal». Y tampoco puedo conciliar con los criterios formalistas tanto de Ortega como de Juan Jacobo Bajarlía, que Keith McDuffie resume así: 


«Estas palabras no sólo corroboran la valoración de Bajarlía de la poesía de Vallejo como una interrogación constante sobre el ser y la esencia de las cosas, lo que Julio Ortega denomina un incesante conocer (…), sino que señalan también el papel de las contradicciones, o sea, del absurdo, en la poesía de Vallejo, aspecto fundamental de su poética. Ortega ve el papel del absurdo como el vencimiento de un mundo de dicotomías para conquistar una realidad plural y por lo tanto única y total, mientras Bajarlía lo ve como un juicio sobre la irracionalidad del mundo, y por lo tanto, la comunicación de un conocimiento poético por la imagen inventada. Es la resolución de contradicciones en lo más interior del ser del poeta. El poeta se busca a sí mismo para alcanzar la plenitud que le niega el mundo» (op. cit.: 196). 

Es decir, que coinciden con la mayoría de analistas formalistas que, por hacer calzar la poesía de CV (especialmente la de Trilce) con el vanguardismo de entreguerras, le adosan las características de la irracionalidad y del absurdo, centrándose en el estudio del lenguaje per se o exclusivamente en él.16 Planteamiento este que se puede confutar con el poema XLV.

____________

(1) El texto que adquiere la denominación de «poética» es considerado como la «explicación» que el poeta hace de lo que es para él la poesía o, al menos, su poesía. Dice McDuffie: «Trilce I es literalmente un ejemplo del poema, curioso pero de ninguna manera raro en la poesía moderna, en el que el poeta se contempla a sí mismo en el acto de crear poesía.» (Ibíd.).

(2) Relacionar también con el poema XXV (verso 17-18): «islas guaneras».

(3) Existe una hipótesis según la cual CV trató de seguir las propuestas lingüísticas de don Manuel González Prada, quien sugería cambiar la letra «g» por la «j» en sonidos como el de esta palabra. Jorge Luis Borges, a su vez, refiriéndose a la carta de uno de sus personajes, dice que «La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por y, j por g.» («Funes el memorioso», en: 2015. Cuentos completos. Lima: Penguin Random House. p. 165).

(4) Jorge Basadre dice que: «Vallejo pasó casi inadvertido con sus libros “Los heraldos negros” (1918) y “Trilce” (1922)» (2003: 40). Y esa inadvertencia es confirmada por el mismo CV en carta dirigida a Antenor Orrego: «… el libro ha caído en el mayor vacío…» (2002: 46).

(5) Capítulo 3, de la tesis de José Pascual Buxó, titulada César Vallejo. Crítica y contracrítica. 1992. Universidad Nacional Autónoma de México, Ciudad Universitaria, México. En PDF.

(6) «Consideración viene a ser el acto poético de meditar, semejante al asunto o materia de un libro espiritual que se ha de considerar y meditar.» (Keith McDuffie, op. cit.: 200). Esta es una acepción que es cuestionada por José Pascual Buxó, pues aduce que hay otra en el mismo DRAE más apropiada (como se verá a continuación).

(7) «Calabrina, arcaísmo que significa cadáver o esqueleto» (Keith McDuffie, op. cit.: 198), y el mismo autor refiriéndose a tesórea dice que es un neologismo que hace alusión a tesoro (199).

(8) Darío murió en 1916. Y ya sus epígonos lo único que hacían era desacreditar el movimiento modernista por él liderado.

(9) Cf. Carmona (2020), Vallejo para no iniciados I. Una lectura de Los heraldos negros.

(10) El «azul» era color representativo de la poesía en la época de Heraldos…, baste recordar «La niña de la lámpara azul» de José María Eguren.

(11) Keith McDuffie acota: «Hialóidea grupada, frase que ilustra el empleo frecuente de términos técnicos en Trilce, puede compararse a la tempestad de LXXVII; representa la extensión de la imagen básica de un ambiente marítimo, la transformación de un fenómeno meteorológico en una vivencia poética» (op. cit.: 199). Por su parte, CV convirtió esta palabra grave (hialoidea) en esdrújula (hialóidea). Él tenía sus razones eufónicas, de «eufonía o sonoridad agradable que resulta de la acertada combinación de los elementos acústicos de la palabra».

(12) Esta interpretación la hace suya Miguel Gutiérrez. Dice: «… en cuanto a irreverencia, Trilce es un desbordamiento de fuego y risa quemante, como que el libro se abre con un poema cuyo tema es un acto de defecación» (2008: 229).

(13) André Coyné, César Vallejo y su obra poética (Lima, 1957), pp. 82-83. (Nota del autor citado).

(14) «Como tal [poética, dice Keith McDuffie], se relaciona estrechamente con el poema final del libro, tal como lo interpreta Julio Ortega, poema con que termina la obra y que simboliza el anhelo todavía no realizado del poeta de alcanzar la visión ideal». (Ibíd.). No conozco el libro de Ortega.

(15) Saturado de misticismo, y convertido en la mixtura de dos dimensiones real e ideal.

(16) Mario Montalbetti, dice que: «Todavía nadie sabe qué fue lo que dijo Vallejo en Trilce, pero sabemos qué le hizo al lenguaje» (http://www.vallejoandcompany.com/el-trabajo-de-la-poesia-no-es-comunicar-entrevista-a-mario-montalbetti/). Con lo dicho por este autor se insinúa que lo único que debe buscarse en la poesía de Trilce es ‘lo que CV le hizo al lenguaje’.

 


CREACIÓN HEROICA