sábado, 1 de agosto de 2026

Política

El Socialismo Peruano

y la Lucha Electoral 

(Primera Parte) 

Eduardo Ibarra 

ES UN HECHO incontrovertible que desde hace cuatro décadas aproximadamente, el movimiento comunista internacional se encuentra reducido a su mínima expresión. En esta situación los partidos y grupos marxista-leninistas parecen haber descubierto la lucha electoral como la forma mediante la cual podrían recuperar fuerzas y superar su aislamiento. Por eso es necesario analizar la actividad de partidos y grupos en las elecciones generales habidas en el Perú al menos en lo que va de la última década, así como la teoría que sustenta dicha actividad. 

Examinemos algunos antecedentes que derivaron en la indicada situación de aislamiento. El ascenso del revisionismo al poder en la URSS y otros países entre las décadas de los cincuenta y los sesenta, significó el ascenso de la burguesía al poder y la consecuente restauración del capitalismo sobre todo bajo la forma de capitalismo monopolista de Estado. El paso de la URSS y otros países de su órbita de influencia al capitalismo tipo occidental, no fue sino el resultado de aquella restauración del capitalismo. Las dificultades económicas en las que estuvieron sumidos en los años ochenta la URSS y los demás países aludidos, no tuvo salida por la vía de la recuperación del poder por el proletariado y una política económica socialista coherente, sino en la implosión de la dictadura de las burguesías burocráticas que terminaron llevando a sus respectivos países al campo capitalista encabezado por el imperialismo norteamericano, con la sola excepción de la Unión Soviética, la cual, por una serie de factores endógenos y exógenos que no es posible analizar en estas líneas, no terminó incorporándose al campo capitalista-imperialista. Así surgió la Federación Rusa, pero, como es de conocimiento común, sin la participación de una serie de naciones que habían sido parte de la URSS. 

Así, pues, es claro que el revisionismo facilitó la configuración de un mundo unipolar con el imperialismo estadounidense a la cabeza. En esta situación la propaganda global de la reacción mundial impuso en vastos sectores de las masas del mundo, la tramposa idea del “fracaso del socialismo”, la falaz idea de la “superioridad del capitalismo” y la absurda idea del “fin de la historia” y, sobre esta base, la inútil intención de imponer un “pensamiento único”. 

De esta forma el proletariado no solo perdió el poder en la URSS y otros países, sino que, desde los años noventa del siglo pasado, perdió también, en el marco de las masas del mundo, la lucha de ideas (aunque solo relativa y  temporalmente). 

En el Perú, la acción armada del PCP-SL, que a algunos les pareció oportuna, se reveló más o menos pronto como una aventura militar sin perspectiva cierta de victoria. En el año de 1980 no existía en el Perú una situación revolucionaria que justificara la lucha militar aludida: las luchas de las masas habían entrado en un franco descenso el año anterior. Esta situación fue silenciada con la idea de Guzmán (¿tomada del MRI?) según la cual en el Perú la situación revolucionaria es permanente, y que, por lo tanto, bastaba que el partido estuviese preparado. Así, el romanticismo revolucionario llevó al PCP-SL a lanzar una lucha armada en las condiciones del retorno en el país del régimen democrático burgués, en cuyas condiciones era previsible que no podía prosperar hasta la victoria. El resultado de esta aventura es que, habiendo contado al principio con cierto apoyo de masas en Ayacucho y algunas otras zonas, las necesidades de la expansión de la lucha armada llevaron al PCP a desarrollar una política autoritaria con respecto a las propias masas, para terminar, como es sabido, reprimiéndolas sin más. La realidad de los llamados “Comités Populares”, finalmente conocida por testimonios de personas que fueron parte de los mismos, confirma el extravío del PCP-SL. Después, fracasada la aventura militar, fue inevitable que, en una parte mayoritaria del pueblo peruano, se instalara un primitivo sentimiento anticomunista, que intelectuales pequeño burgueses, llamados “senderólogos”, completaron con algunas ideas antimarxistas, especialmente con respecto a la violencia revolucionaria, desbordadamente actuada por el PCP-SL. Toda esta situación desfavorable al socialismo se puso de manifiesto en los resultados de las ulteriores elecciones generales. Después, las organizaciones que se reclaman marxista-leninistas se mostraron en una situación tal que, hasta hoy mismo, no tienen posibilidad de intervenir en la lucha electoral con un programa revolucionario que haga factible la propaganda y la organización socialistas y, distintamente a ello, intervienen en dicha lucha en alianza con organizaciones reformistas que no representan la identidad fundamental de los intereses de clase del pueblo peruano, sino únicamente el interés momentáneo de evitar la victoria de una organización que representa el neoliberalismo. De esta forma la estrategia revolucionaria se disuelve en una táctica reformista y el programa revolucionario en un programa igualmente reformista. 

Es sabido que en el siglo XIX Federico Engels trazó una táctica para la democracia alemana de las últimas décadas de dicho siglo, táctica sustentada detalladamente en el prólogo al libro de Carlos Marx La lucha de clases en Francia: 1848-1850, y abordada en términos generales en el Origen de la familia, la propiedad privada y el estado (ver el capítulo XV de nuestro libro Defensa de la creación heroica de José Carlos Mariátegui). 

Si se lee bien, Engels subraya que la premisa de la lucha electoral del Partido Obrero Socialdemócrata Alemán, es su condición de partido de clase, de partido marxista. En nuestro país, esta premisa es ineludible, a condición, claro está, de que sea adaptada a cada situación concreta que se configura en nuestra realidad.  

Pues bien, en el Perú –así como en otros países– las masas trabajadoras, acicateadas por la experiencia de la explotación capitalista bajo el modelo neoliberal, se agrupó en frentes programáticamente reformistas y, como es lógico, con una membresía que no veía más allá de la lucha contra el modelo neoliberal. En estas condiciones, algunas organizaciones que se reclaman marxista-leninistas, se sumaron a dichos frentes y, hasta las últimas elecciones generales, esta incorporación ha sido el signo de su participación electoral. Con diversos resultados en las sucesivas elecciones, en la del año 2021 el frente Perú Libre alcanzó la victoria llevando a Pedro Castillo al gobierno. Pero esta victoria presentaba, entre otras cosas, la nota de no ser una victoria revolucionaria sino una victoria contra Fuerza Popular, organización neoliberal encabezada por Keiko Fujimori. La naturaleza reformista del gobierno de Castillo no tuvo expresiones relevantes y, en cambio, dio muestras de la arraigada debilidad del reformismo ante los intereses de la gran burguesía. El golpe de Estado contra Castillo puso de manifiesto algo peor: la incapacidad de las masas de enfrentarse, como hubiera correspondido según un entendimiento libresco de la teoría del termómetro del sufragio, al golpe de Estado de la reacción. Es decir, no se llegó ni de lejos al “punto de ebullición”. Si la victoria de Perú Libre dio cuenta de la lucha antineoliberal de las masas, la incapacidad de las mismas de luchar contra el golpe de Estado dio cuenta de su limitación. No obstante, considerando los hechos desde el punto de vista del proceso histórico de larga duración, la lucha electoral y, en general, las luchas políticas actuales, con todas sus evidentes limitaciones, constituyen los prolegómenos de la solución revolucionaria en la lucha contra el propio régimen capitalista. Para que esto sea así efectivamente, solo hace falta que se cumpla la premisa de contar con una vanguardia marxista-leninista y que, en el seno de las masas, la idea revolucionaria prevalezca sobre la idea reformista y el frente unido que las unifique cumpla con el principio de la correspondencia necesaria entre su programa revolucionario y su membresía. 

En las últimas elecciones generales, organizaciones que se reclaman marxista-leninistas han participado en frentes renunciando a sus propios programas, aunque una de ellas ha presentado un programa que merece ser analizado en sus puntos principales, lo que haremos más adelante. Es el caso del frente Venceremos que, como se sabe, obtuvo el 0.84 por ciento en la primera vuelta, porcentaje que expresa su situación electoral deficitaria. Como se sabe, en la segunda vuelta el frente Venceremos se alineó con la candidatura de Roberto Sánchez (como lo hicieron otros frentes), pero todo lo que ocurrió, una vez más, es que el frente que compitió con Keiko Fujimori, es un frente en el cual existe correspondencia entre el programa reformista y la membresía reformista, frente por el cual votaron incluso las corrientes marxista-leninistas, siempre en la lógica de la lucha contra el neoliberalismo, representado esta vez por Fujimori, sierva absoluta del imperialismo yanqui, encabezado actualmente por el gobierno de Trump, guerrerista a escala planetaria y que, en América Latina, implementa la doctrina Monroe con un agregado de su cosecha, y que, además, ha organizado con países de este continente un bloque de gobiernos proyanquis: el llamado “Escudo Americano”. 

¿Cómo superar esta situación en que los marxista-leninistas están reducidos a votar a favor del reformismo que, como está probado, no lucha por el cambio del sistema capitalista? ¿Cómo tramontar esta situación que, de hecho, significa posponer la bandera de la revolución a favor de la bandera del reformismo? ¿Qué hay que hacer para construir un frente en el que se concrete la correspondencia necesaria entre su programa revolucionario y su membresía? 

Como se sabe, el imperialismo yanqui prepara una cumbre de sesenta países aliados en la que, según ha anunciado, aprobará la política de lucha contra la izquierda en el sentido más dilatado del término, es decir, contra todo aquello que le huela a comunismo y progresismo, y que resultará en que cada uno de los sesenta países tiene que liquidar las fuerzas contrarias a los intereses del imperialismo (no solo ya del imperialismo yanqui, sino del imperialismo en general). Es pues un “plan Cóndor” de alcance mundial que, sin duda, apelará a la represión más brutal y a la persecusión más indiscriminada. Obviamente, esto es una aplicación de la “Estrategia de seguridad nacional estadounidense” (7 de diciembre de 2025). También juega aquí el proyecto “Palantir”, cuyo objetivo es el control de la población mundial y cuya aplicación está ya en curso. Por supuesto, todos estos delirantes planes del imperialismo yanqui son una realidad que hay que tener muy en cuenta en el análisis de nuestro tema.

 

17.07.2026.


Reconstitución

Nota: 

Publicamos a continuación el apartado 6 del capítulo XVII del libro Defensa de la Creación Heroica de José Carlos Mariátegui, de Eduardo Ibarra, a efecto de que cada activista –y especialmente los miembros del COMITÉ DE COORDINACIÓN POR LA RECONSTITUCIÓN DEL PARTIDO DE MARIÁTEGUI– tengan en cuenta la consecuencia de Mariátegui en el trabajo revolucionario, no obstante su condición de baldado. La grandeza de Mariátegui no reside únicamente en su genialidad como teórico, sino también en su absoluta entrega a la actividad práctica que desbrozaba la lucha por la constitución del partido del proletariado peruano y, por tanto, la lucha por la realización del Socialismo Peruano. Para un revolucionario proletario no puede haber excusas para no cumplir las tareas y los acuerdos. En esto Mariátegui también es un ejemplo a seguir. 

01.08.2026

Comité de Redacción. 

 

¡Defender el Pensamiento de Mariátegui de Toda Tergiversación y Desarrollarlo en Función de la Realidad Actual! 

 

El Proyectado Viaje a Buenos Aires de José Carlos Mariátegui 

(Extracto) 

E. I. 

VI 

EN SU TESTIMONIO publicado el 3 de octubre de 1930 en la revista Mundial, Fausto Posada, que había sido cronista obrero del periódico La Razón, recogió estos juicios del escritor uruguayo Emilio Frugoni:


A Mariátegui, baldado, no se atrevió el dictador a deportarlo; pero llegó a ponerlo bajo la vigilancia de un centinela de vista. He ahí el mejor símbolo de su personalidad y el más gráfico reconocimiento de su condición eximia. Aquel centinela de vista vigilando a un hombre paralítico representa ante la Historia el cuadro vivo y la paradoja desconcertante de la vida fecunda de ese hombre de ideas. Mariátegui imposibilitado para la acción; pero con el cerebro despierto y la pluma en la mano era la revolución en persona. Era la acción, a pesar de todo y era frente a él que debía colocarse, con el alma pronta, el símbolo de la autoridad y el orden.(11) (I: Lévano: 1979: 243).

En estas condiciones de operatividad, en las que, a partir de un momento dado, «el arma pronta» dibujaba el extremo a que habían llegado la vigilancia, el acoso, la represión y la amenaza gubernamentales, José Carlos Mariátegui llevó adelante el deslinde con el socialismo reformista, la polémica con el oportunismo pequeño burgués de Haya, el oportunismo de Luciano Castillo, el dogmatismo de algunos dirigentes del PSP y de la Tercera Internacional, dio nacimiento y reanudó la publicación de Amauta, publicó el periódico Labor, fundó el Partido Socialista del Perú, redactó los «Principios programáticos» de este partido y las fundamentales tesis «El problema indígena», «Antecedentes y desarrollo de la acción clasista» y «Punto de vista anti-imperialista», publicó los libros La escena contemporánea y 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, preparó los libros Defensa del Marxismo, Ideología y Política y El alma matinal y otras estaciones del hombre de hoy, contribuyó a la fundación de la Federación de Yanaconas, organizó la Confederación General de Trabajadores del Perú, instruyó a los delegados al Congreso Sindical de Montevideo y a la Conferencia Comunista de Buenos Aires, etcétera, etcétera. 

Estos hechos dan la medida del espíritu de lucha del fundador del Socialismo Peruano. 

Después de la Conferencia de Buenos Aires y del regreso de Paiva y Ravines al país, José Carlos Mariátegui se vio reducido a una situación minoritaria en el CC del PSP en punto al nombre del partido, la cuestión nacional y la política concreta.(12) Zahorí como pocos, el maestro lo sabía perfectamente. No obstante, su renuncia a la Secretaría General, obligada por su inminente viaje a Buenos Aires, no significó una renuncia a su militancia, ni formal ni de facto. No significó tomar las de Villadiego ni una expresión de anarquismo señorial, de individualismo huachafo, de egotismo pequeño burgués que pone la propia persona por encima de la organización. Su justificada decisión de establecerse en Buenos Aires y, por lo tanto, su igualmente justificada renuncia a la Secretaría General del Partido, no encerraron ninguna actitud escisionista y, por el contrario, significaron la afirmación de su militancia. 

Esta actitud da la medida del espíritu de partido del fundador del Socialismo Peruano. 

Vigilado, acosado, reprimido, amenazado, José Carlos Mariátegui, como hemos visto, desarrolló un inmenso trabajo teórico, político y organizativo. 

Ni cansado ni vencido, no renegó, pues, de la lucha interna del PSP. Ni cansado ni vencido, se aprestaba a continuar la lucha contra el oportunismo, por el partido de masas del proletariado, por el socialismo. 

Todo ello y, en general, toda su obra teórica y práctica, da la medida de la grandeza del fundador del Socialismo Peruano. 

José Carlos Mariátegui, nuestro Amauta de toda la vida (frase feliz de un articulista), pasó a la eternidad el 16 de abril de 1930, y esa grandeza suya es la imagen en la que cada agonista del Socialismo Peruano debe saber encontrar permanente inspiración.

 

Notas

[11] Es indudable que la palabra alma, que aparece en la cita, es un error tipográfico: la palabra que calza con el sentido de la cita, es la palabra arma. Por lo tanto, debe leerse: «con el arma pronta».

[12] Paiva y Ravines se habían convertido en partidarios de denominar Comunista al partido del proletariado peruano, y Hugo Pesce y Julio Portocarrero regresaron de Buenos Aires prácticamente ganados a dicha posición. Por eso no extraña que, treintaiséis días después del fallecimiento de José Carlos Mariátegui, la Reunión del 20 de Mayo de 1930 decidiera por mayoría absoluta el nombre de Comunista para el partido, con el solo voto discrepante de Martínez de la Torre, quien mantuvo la posición del maestro de denominarlo Socialista. Todavía en vida de José Carlos Mariátegui, Ravines había publicado el artículo El problema indígena en América Latina (El Trabajador Latinoamericano, Montevideo, marzo-abril de 1930, año IV, nº 30), cuyo texto niega las tesis mariateguianas sobre la cuestión nacional (ver: II: 1980: 35-38). En octubre de 1930, es decir apenas seis meses después de fallecido el maestro, el Primer Pleno de la Confederación General de Trabajadores del Perú acordó que, «Sobre el problema indígena reconoce su carácter fundamentalmente económico y el derecho de los indios no sólo a la reconquista de sus tierras, sino también a disponer de sí mismos, organizando sus propias repúblicas aymaras y keshwas». Julio Portocarrero presidió el mencionado Pleno, y suscribió el acuerdo. Desde luego, su cambio de opinión sobre el tema (en la Conferencia Comunista de Buenos Aires había defendido la posición mariateguiana sobre el punto) no pudo haber sido repentino (ver: I: Kapsoli: 1980: 64-73). Finalmente, Ravines y otros eran partidarios de la política de «clase contra clase», acordada por el VI Congreso de la Internacional (17 de julio-1º de setiembre de 1928), política contraria a la de José Carlos Mariátegui, la cual, por cierto, se ajustaba a la de frente unido. Los primeros pasos de la «desamautización» del partido se dieron, pues, en vida del maestro, pero solo pudo ser consumada después que la muerte lo abatiera.

 


Nota:

El artículo que sigue es una contribución al esclarecimiento del problema del desarrollo del marxismo y del derivado problema de su denominación contemporánea, y, por consiguiente, una contribución a la reconstitución del partido de Mariátegui. 

01.08.2026.

Comité de Redacción. 

 

El Maoísmo Nominal de J. P. Ballhorn y Otras Cuestiones 

(Primera Parte) 

E. I. 

EN LOS ÚLTIMOS días un compañero tuvo la iniciativa de remitirme el artículo «Hacia una defensa del maoísmo», de J. P. Ballhorn, publicado en dos partes, el 1 y el 11 de mayo de 2019, en el blog Viejo Topo. En dicho artículo, su autor ha dejado escrito lo que sigue:

 

Eduardo Ibarra sostiene que es un error hablar de “maoísmo”, pero en realidad solo se opone al empleo del término “maoísmo”, porque curiosamente sí está de acuerdo en que Mao ha desarrollado el marxismo y hasta esboza una sustentación de por qué lo considera así. Por este motivo llamo a la postura de Ibarra la “tesis nominal”, pues su resistencia a asumir el maoísmo se basa únicamente en una logomaquia. Cabe preguntarnos, ¿por qué esa renuencia terminológica? Eso es algo que podría comprender un trabajo aparte. Mientras tanto, lo que sí vamos anunciando es que las disputas sobre el lugar que le corresponde a Mao, la distinción entre “época” y “etapa” del marxismo, entre otras cuestiones problemáticas planteadas por Ibarra, las trataremos en el trabajo extenso y completo sobre el tema que nos convoca.

entre quienes han tratado de negar la posibilidad del maoísmo desde un enfoque más o menos histórico, se encuentra Eduardo Ibarra, de quien ya comentamos algunas cosas (tesis nominal), y cuyo historicismo se ve empantanado por la perspectiva esquemática que aún conserva… 

Como es lógico, nadie está obligado a responder cada cosa que se diga sobre las ideas de uno pero, por cuanto la interpretación torcida de los términos de mi aludido planteamiento puede conducir a confusión al lector en una cuestión tan importante como es el desarrollo del marxismo, no tengo más remedio que responder a Ballhorn. 

En mi libro El desarrollo de la teoría del proletariado y el problema de su denominación (junio de 2012), expuse los términos de esta última cuestión. No está demás señalar que en otros escritos he examinado igualmente el problema de la denominación de la doctrina: por ejemplo en los capítulos I, II III y XXVII de mi libro El pez fuera del agua. Crítica al ultraizquierdismo gonzaliano (enero de 2010). 

Pues bien, por las cosas que dice en su artículo, es improbable que Ballhorn desconozca los mencionados textos, por lo que resulta escandalosa la falsificación que comete del fundamento de mi planteamiento: la ligazón intrínseca entre la cuestión del desarrollo del marxismo y la cuestión de su denominación actual. Esta falsificación, de otro lado, revela que Ballhorn no ha sabido plantear los términos del problema del desarrollo del marxismo ni, por lo tanto, los términos del problema de su denominación. 

Como he recordado ya, en mi argumentación el problema de la denominación de la doctrina no puede ser resuelto al margen del desarrollo del marxismo; así, es un hecho que, en el análisis de esta cuestión, juegan tanto el valor universal del desarrollo del marxismo concretado por Lenin como el carácter epocal del mismo. 

En Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, Engels señaló que sin la obra de Marx «la teoría no sería hoy, ni con mucho, lo que es. Por eso ostenta legítimamente su nombre.» Esta afirmación no significa que el pensamiento de Engels quedara fuera del marxismo, pues, como es obvio, está comprendido en él. Del mismo modo, en Los fundamentos del leninismo, Stalin definió el leninismo como «el marxismo de la época del imperialismo y de la revolución proletaria». Esta definición no quiere decir que el pensamiento de Stalin quedara fuera del leninismo, pues, como es evidente, está comprendido en él. Lo mismo puede decirse del pensamiento de Mao, el cual, puesto que tiene las mismas raíces históricas que el leninismo, no representa una nueva época en el desarrollo de la doctrina; por eso está comprendido en el concepto de leninismo. 

Es decir, el problema de la denominación de la doctrina quedó resuelto primero con el término marxismo y, después, con el término marxismo-leninismo. 

Es debido a esto que, cuando los guardias rojos de la revolución cultural china acuñaron el término maoísmo, Mao les recordó que vivimos aún en la época del imperialismo y de la revolución proletaria, y que el leninismo es el marxismo de la época del imperialismo y de la revolución proletaria (ver el «Informe Político al Décimo Congreso del PCCh»). 

Es decir, Mao se opuso a la incorporación del término maoísmo a la denominación de la doctrina; o sea, como diría Ballhorn, «curiosamente» Mao rechazó el término maoísmo, cayendo así en una «logomaquia». 

Como se ve, nuestro articulista apunta alto.      

Por lo expuesto, se comprende que la inclusión del término maoísmo en la denominación de la doctrina en calidad de «tercera etapa», implica la negación del leninismo como el marxismo de nuestra época y, por esta razón, el término «marxismo-leninismo-maoísmo» se revela improcedente. 

En 1998, escribí: 


si la revolución china es una continuación de la revolución rusa en las condiciones de un país semicolonial y semifeudal, el pensamiento de Mao es un desarrollo directo del leninismo, pues sus raíces históricas son las mismas que las de éste. Sobre la nueva democracia es un desarrollo de Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática, y la teoría de la continuación de la revolución en las condiciones del socialismo es un desarrollo de las tesis planteadas por Lenin en su artículo La economía y la política en la época de la dictadura del proletariado. En consecuencia, es correcto señalar que la teoría y la táctica de Mao sobre la nueva democracia es un desarrollo de la teoría y la táctica de la revolución proletaria en general, y su teoría y su táctica de la continuación de la revolución en el socialismo es un desarrollo de la teoría y la táctica de la dictadura del proletariado en particular. (El desarrollo de la teoría del proletariado y el problema de su denominación, Ediciones Creación Heroica, Lima, 2012, p. 65). 

Esta cita da cuenta del desarrollo del marxismo concretado por Mao y, por esto, da al traste con la antojadiza acusación de Ballhorn de que niego «la posibilidad del maoísmo». 

Víctima del embrollo que tiene en la cabeza, Ballhorn extendió sus acusaciones al decir que me opongo «al empleo del término “maoísmo”». Pero la siguiente afirmación de mi autoría echa por tierra esta otra acusación, tan antojadiza como la anterior: 


El pensamiento de Mao tiene valor universal y, teniendo en cuenta esto, puede hablarse de maoísmo. Ahora bien, es de conocimiento general que el mundo ha experimentado grandes cambios, pero no ha cambiado la época, y, así, el aporte de Mao al marxismo, con todo lo grande que es, no corresponde a una nueva época histórica y, teniendo presente esto, no es correcto hablar de maoísmo, sencillamente porque para designar al marxismo de nuestra época existe un ismo consagrado, el leninismo, por el cual actualmente hay que entender no solo los pensamientos de Lenin y Stalin, sino también el pensamiento de Mao. (Ob. cit., pp. 67-68). 

Es decir, si bien es cierto que el término maoísmo no se justifica en la denominación de la doctrina, puede utilizarse sin embargo para referirnos al pensamiento de Mao que, como se sabe, tiene valor universal. Así, he utilizado el mencionado término en diferentes escritos, como por ejemplo no hace mucho en una nota de mi artículo «La lucha interna del partido proletario» (27 de febrero de 2019), publicado inicialmente en el blog CREACIÓN HEROICA y, luego, en forma de folleto, de manera que está al alcance de mi desorbitado crítico. 

En el texto «Concepción y método marxistas» (escrito el 12 de noviembre de 1998 y publicado primero en forma de folleto, después en la red y por último como primer capítulo de mi libro El desarrollo de la teoría del proletariado y el problema de su denominación), escribí: 


La lectura de El Capital da cuenta de que Marx era perfectamente consciente de la contradicción como el núcleo de la dialéctica (su análisis de la mercancía así lo demuestra). Y el despliegue de su exposición sobre el movimiento de la economía capitalista (así como, en general, el conjunto de su obra) demuestra que igualmente era consciente de la universalidad de la contradicción, de la particularidad de la contradicción, de la contradicción principal y el aspecto principal de la contradicción, de la identidad y la lucha entre los aspectos de la contradicción y del papel del antagonismo en la contradicción. En consecuencia, cae por su peso la pregunta: ¿en qué consisten, entonces, los aportes de Lenin y Mao a la dialéctica marxista, o, mejor dicho, cómo entender estos aportes?

Es posible que alguien quiera entender que la dialéctica de Marx y Engels es una dialéctica a la que le faltan los conceptos expuestos por Mao en su trabajo «Sobre la contradicción». Pero la verdad es que la dialéctica de los fundadores es completa y no incompleta, es decir, es una dialéctica que no requiere ser completada. Esta es una sencilla verdad. Por consiguiente, puede decirse que los aportes de Lenin y de Mao a la dialéctica consisten en haber explicitado lo que en Marx y Engels no estaba completamente expuesto teóricamente, lo que en ellos se encontraba en cierto grado en estado implícito, latente, tácito, es decir, en haber expresado, argumentado, expuesto teóricamente la dialéctica de los fundadores. Y, esto no es poco mérito. (Ob. cit., pp. 30-31). 

Ahora, veintiún años después y, como se verá enseguida, alardeando de sus lecturas, nuestro articulista ha dicho: 


Mis lecturas de Hegel fueron radicalmente depuradoras de toda concepción vulgar que mantuviese hasta el momento acerca de la dialéctica, pero además me hizo reparar en algo clave: Lenin y Mao no habían hecho más que explicitar los distintos aspectos de la dialéctica marxiana, por tanto, en modo alguno sus reflexiones sobre la dialéctica podrían considerarse “desarrollos”. Esta conclusión no solo ponía en cuestión algún desarrollo de Mao en la dialéctica, sino también de Lenin… 

Esta afirmación contiene una evidente repetición de mis argumentos acerca de la exposición de Lenin y Mao de la dialéctica, aunque de forma un tanto distorsionada. Sin embargo, no voy a reclamarle a Ballhorn, pero, eso sí, no puedo evitar subrayar que el hecho pone en evidencia una criticable deshonestidad intelectual de su parte. Pero, además, debo llamar la atención sobre algo particularmente expresivo: al copiarme, Ballhorn agregó una idea de su cosecha: la negación de todo mérito de Lenin y Mao en la exposición de la dialéctica. 

Como se ve, aquí también nuestro articulista apunta alto. 

La afirmación de Ballhorn según la cual mi «historicismo se ve empantanado por la perspectiva esquemática que aún conserva», no merece en realidad mayor comentario, pues, como hemos visto, mi «perspectiva esquemática» consiste precisamente en haber planteado debidamente tanto los términos del problema del desarrollo del marxismo como del problema de su denominación contemporánea. 

En conclusión, al reducir el problema de si el término maoísmo se justifica o no en la denominación de la doctrina a la cuestión del valor universal de los aportes de Mao, Ballhorn ha puesto de manifiesto que todo lo que hace es copiar el planteamiento de Abimael Guzmán, quien, a su vez, repite lo sostenido por otros autores. 

Es decir, sin ser consciente en absoluto, Ballhorn se encuentra prisionero de una concepción nominal del problema de la denominación de la doctrina: no importa que el leninismo sea el marxismo de nuestra época, pues, según él, el término maoísmo debe aparecer de todas maneras en la denominación de la doctrina. Como es claro, de tal guisa escamotea la cuestión de las raíces históricas comunes del pensamiento de Lenin y el pensamiento de Mao. 

Así, pues, la concepción nominal de Ballhorn –como la de algunos otros–, es un verdadero punto muerto en su argumentación, así como, por otro lado, al calificar mi planteamiento de «nominal», se muestra como el ladrón que grita ¡al ladrón! 

Y bien, confutadas sus acusaciones, resta esclarecer algunas otras cuestiones contenidas en su artículo. Veamos estas cuestiones. 

Es un hecho que Ballhorn ha tomado de Abimael Guzmán la definición del maoísmo como «nueva, tercera y superior etapa del marxismo». Sus propias palabras lo confirman: 


buscar por primera vez una sustentación del maoísmo como “nueva, tercera y superior etapa del marxismo”… 

Ya he precisado las razones por las cuales el término marxismo-leninismo-maoísmo es incorrecto como denominación de la doctrina; ahora, para exponer lo que encierra la definición del maoísmo como «nueva, tercera y superior etapa del marxismo», es suficiente copiar lo que escribí al respecto en diciembre de 2002:

 

analicemos la lógica del jefe senderista desde el interior de ella misma. La definición del maoísmo como «tercera etapa del marxismo» encierra la idea de que es «una nueva etapa», pues es evidente que no podría ser una «tercera…», si no fuese una «nueva etapa». De manera que definir el maoísmo como «nueva, tercera… etapa del marxismo», es un pleonasmo. En consecuencia, la inclusión del concepto nueva en la definición del pensamiento de Mao, sencillamente no se justifica. En el mejor de los casos, sirve ahí como un elemento de apoyo para darle sonoridad a la expresión, pero nada más. Y esto puede tener algo de literario, pero no tiene nada de científico.

Por lo demás, es evidente que no es correcto plantear a secas que el maoísmo es superior al leninismo y al marxismo. En todo caso, esto requiere explicación. En su contenido más general, el marxismo es la concepción del mundo del proletariado revolucionario, y ni en Lenin ni en Mao existe nada superior a esta concepción como tal concepción, pues la concepción del mundo de Lenin y Mao es la concepción del mundo de Marx y Engels. Por consiguiente, a fin de esclarecer el problema, es necesario hacer una distinción entre concepción y teoría, es decir, entre principios y elementos teóricos. Precisamente Stalin hizo esta distinción en la «Entrevista con la primera delegación de obreros norteamericanos», al señalar que «Lenin no “añadió” ningún “principio nuevo”» al marxismo, sino que «aportó al tesoro general del marxismo elementos nuevos en comparación con lo que se le pudo dar en el período del capitalismo preimperialista». Por eso agregó que «los elementos nuevos que Lenin aportó al tesoro del marxismo se basan plena y enteramente en los principios sentados por Marx y Engels». Por eso precisó que «en este sentido, precisamente, decimos nosotros que el leninismo es el marxismo de la época del imperialismo y de las revoluciones proletarias». Esto quiere decir que en este sentido, y solo en este sentido, puede decirse que el leninismo es un desarrollo del marxismo: en el sentido de que, en la esfera de la teoría, es un salto, así como en aquella otra de los principios es una continuación del marxismo. Esto significa que solo en un sentido especial el leninismo puede ser considerado como superior al marxismo y el pensamiento de Mao como superior al leninismo: en el sentido de que, entendido como una época en el desarrollo del marxismo, el leninismo comprende elementos teóricos que representan un nivel más alto de la praxis revolucionaria en comparación al marxismo, y que el pensamiento de Mao comprende a su vez elementos teóricos que representan un nivel más alto de la praxis revolucionaria en comparación al leninismo entendido, en este caso, como el pensamiento de Lenin y Stalin. Pero, en la medida en que el jefe senderista no utiliza el término superior en este sentido especial sino en su acepción gruesa, lo que hace es sobrevalorar el pensamiento de Mao en detrimento del leninismo y el marxismo. (Ob. cit., pp. 30-31). 

Por otro lado, nuestro articulista niega la existencia de la filosofía y de la economía política marxistas. Argumentando lo primero, afirma que la tesis de las tres partes integrantes del marxismo «se cae por completo», porque en el libro La ideología alemana sus autores no fundaron «una nueva filosofía», sino que proclamaron «el fin de la filosofía» y, argumentando lo segundo, sostiene que Marx nunca pretendió elaborar una nueva teoría económica», sino únicamente «una crítica de la economía política». De esta forma Ballhorn castra el marxismo con el resultado de que lo reduce a solo socialismo científico: «este aspecto, el político-práctico, es el que realmente hace el cuerpo del marxismo como doctrina», dice en su artículo. 

Pero ocurre que, precisamente en «Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo», Lenin señaló: 


Su doctrina [la de Marx] apareció como continuación directa e inmediata de las doctrinas de los más grandes representantes de la filosofía, la economía política y el socialismo.

La doctrina de Marx es todopoderosa porque es exacta. Es completa y armónica, dando a los hombres una concepción del mundo íntegra… El marxismo es el sucesor natural de lo mejor que la humanidad creó en el siglo XIX: la filosofía alemana, la economía política inglesa y el socialismo francés.

estas tres fuentes del marxismo… son, a la vez, sus tres partes integrantes. (Marx, Engels, Marxismo, recopilación, Editorial Progreso, Moscú, s.f., pp. 61-62). 

Pero Ballhorn desvaloriza el texto de Lenin porque, según dice, se trata de «un folleto de divulgación, es decir, no [de] un trabajo teórico sobre el marxismo». De esta forma sugiere que «Tres fuentes y tres partes» no tiene ningún valor teórico y, así, pone en evidencia que ignora que, en la literatura marxista, la diferencia entre un texto que puede llamarse «de divulgación» y otro que puede llamarse «teórico», no reside en que el primero traiciona la exposición veraz de los principios del marxismo, de su estructura y de sus ideas cardinales. Ejemplo relevante de esto es el libro de Lenin El imperialismo, fase superior del capitalismo. Como es de conocimiento general, este libro estudia el capitalismo monopolista como la fase superior del capitalismo y como la condición general de la revolución proletaria mundial; por eso, constituye un hito en la historia del pensamiento marxista; y sucede que este libro, de indudable valor teórico, lleva precisamente el subtítulo siguiente: «ensayo de divulgación».(1) 

Es preciso señalar, además, que el intento de desintegrar las partes del marxismo apareció hace mucho entre algunos autores, como los revisionistas de la Segunda Internacional, quienes sostenían que el marxismo surgió sin el fundamento de una filosofía y que, por lo tanto, se trata únicamente de una teoría económica y política.(2) Este planteamiento es lo que Ballhorn pretende reciclar, llevando, para peor, a un punto extremo la desintegración del marxismo. Ocurre, sin embargo, que la crítica de Marx y Engels a la filosofía clásica alemana fue realizada sobre la base de un determinado instrumental teórico, precisamente filosófico, cuyo proceso de formación en las primeras obras de los fundadores resulta expresivo por sí mismo; no obstante, esta realidad no ha merecido la más mínima atención por parte de nuestro articulista. ¿Cómo Marx y Engels hubieran podido desarrollar la crítica de la filosofía de Hegel y Feuerbach si no hubieran contado con un instrumental teórico propio, con una filosofía nueva por principio? Cualquier filosofía no puede ser criticada realmente sino sobre el plano de la filosofía. 

La crítica de la filosofía clásica alemana implicó un doble movimiento, que en esencia fue uno solo: la crítica del idealismo dialéctico hegeliano y del materialismo antropológico de Feuerbach y la reelaboración de todo lo que tales tendencias filosóficas tuvieron de correcto significó, al mismo tiempo, el surgimiento de la filosofía marxista: fusión del materialismo y la dialéctica y extensión de la dialéctica materialista al campo de la historia. Precisamente el materialismo histórico es el fundamento filosófico directo del socialismo científico. 

Marx esclareció: 


El hecho de que la dialéctica sufra en manos de Hegel una mistificación, no obsta para que este filósofo fuese el primero que supo exponer de un modo amplio y consciente sus formas generales de movimiento. Lo que ocurre es que la dialéctica aparece en él invertida, puesta de cabeza. No hay más que darle la vuela, mejor dicho ponerla de pie, y en seguida se descubre bajo la corteza mística la semilla racional. (El capital, t. I, postfacio a la segunda edición, Fondo de Cultura Económica, México, 2001, p. XXIV). 

Por su parte, Engels subrayó: 


A la filosofía desahuciada de la naturaleza y de la historia no le queda más refugio que el reino del pensamiento puro, en lo que aún queda en pie de él: la teoría de las leyes del mismo proceso de pensar, la lógica y la dialéctica. (Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, en Obras escogidas en tres tomos, Editorial Progreso, Moscú, 1980, t. III, p. 394). 

Y, precisamente aquella puesta de pie de la dialéctica y esta superación de la filosofía especulativa, hizo que Lenin señalara lo que sigue: 


En El Capital, Marx aplicó a una sola ciencia la lógica, la dialéctica y la teoría del conocimiento materialista [no hacen falta 3 palabras: es una y la misma cosa], que tomó todo lo que había de valioso en Hegel y lo desarrolló. (Cuadernos filosóficos, Editorial Librerías Allende, Buenos Aires, 1974, p. 309). 

Es decir, la filosofía marxista es la dialéctica materialista, la teoría del conocimiento materialista, la lógica dialéctica (no hacen falta tres palabras). 

Por lo expuesto sobre el punto, la afirmación de Ballhorn en el sentido de que Marx y Engels no fundaron una nueva filosofía, no tiene el mérito de la originalidad, y se revela como un torpe intento de reciclar una vieja posición antimarxista. 

Ciertamente la dialéctica es un método científico, pero lo es en el sentido de su cientificidad filosófica, y no en el sentido de serlo con el alcance limitado de la cientificidad de una ciencia particular. Pero, dando por sentado que la dialéctica no es filosofía, nuestro articulista sugiere que apenas es «un método científico» y, de esta forma, niega su alcance universal, es decir, la universalidad de sus leyes. 

Como se ve, aquí también nuestro articulista apunta alto. 

El surgimiento y desarrollo de la economía política marxista experimentó un movimiento semejante al de la filosofía marxista en su proceso de surgimiento: la crítica de la economía política burguesa y principalmente de Adam Smith y David Ricardo, determinó la aparición de teorías, nuevas por principio, sobre el valor, el dinero, la plusvalía, la acumulación del capital, la cuota media de ganancia, la renta del suelo, etcétera, etcétera, etcétera, formándose y desarrollándose así la economía política marxista. Y basta conocer El capital para persuadirse de que en sus páginas se concretó de la forma más genial dicha economía política. 

Como se sabe, la negación de la existencia de la economía marxista tiene vieja data: economistas burgueses y reformistas consumados sostenían que el fundador de la concepción comunista del mundo copió su teoría económica de Ricardo, Rodbertus y los socialistas utópicos. Es decir, aquí tampoco Ballhorn tiene el mérito de la originalidad. Pero la existencia de una economía política marxista no solo es una realidad incuestionable, sino que, además, proporciona los fundamentos económicos de la misión histórica del proletariado. Por eso su negación significa desarmar al proletariado en beneficio de la burguesía. 

Como se ve, aquí también nuestro articulista apunta alto. 

En resumidas cuentas, es notorio que Ballhorn tiene asumido un enfoque unilateral de la concepción del mundo de Marx y Engels: habla de la crítica de los fundadores a la filosofía clásica alemana, pero no es capaz de ver en esta misma crítica la formación y el desarrollo de la filosofía marxista; habla de la crítica a la economía política clásica inglesa, pero no es capaz de ver en esta misma crítica la formación y el desarrollo de la economía política marxista. 

En «Tres fuentes y tres partes», Lenin señaló con toda razón: 


Sólo el materialismo filosófico de Marx señaló al proletariado la salida de la esclavitud espiritual en que han vegetado hasta hoy todas las clases oprimidas. Sólo la teoría económica de Marx explicó la situación real del proletariado en el régimen general del capitalismo. (Marx, Engels, Marxismo, p. 66). 

No obstante, como se ha visto, Ballhorn niega sin más la existencia de la filosofía y la economía política marxistas y, de esta forma, niega el hecho de que, desde el principio, la concepción comunista del mundo apareció con sus tres partes integrantes interactuando dialécticamente entre sí.

 

Notas

[1] A propósito de esta cuestión, copio lo que César Lévano recordó en un ensayo: «Al remitir su trabajo [El imperialismo, fase superior del capitalismo], Lenin había enviado también, en correo aparte, una tarjeta postal –truco para burlar la censura– en que precisaba: «El subtítulo: “ensayo de divulgación”, es seguramente indispensable, porque numerosos elementos importantes están expuestos conforme a ese género de obras.» (Lenin y Mariátegui, autores varios, Empresa Editora Amauta, Lima, 1980. p. 202).

[2] Es menester anotar que el planteamiento de los teóricos de la Segunda Internacional ha sido asumido, con algunos matices, por no pocos autores contemporáneos. Ballhorn se suma ahora a esta legión.

 

24.05.2019.

 


Nota: 

El presente artículo, escrito a cuatro manos, prueba de la manera más irrefutable la descomposición ideológica y moral de Jaime Lastra y su acólito Carlos Moreno, su irrefrenable utilización de la mentira, de la calumnia, de la sofistería y de otros métodos criollos, así como la actitud servil de quienes acompañan la tramposa “reconstitución” de Lastra, reconstitución que, como se desprende limpiamente de sus acciones, se reducen a unificar a revisionistas, liquidadores y oportunistas de todo pelaje. ¡Los ratones de despenseros! El hecho de que durante casi dos años (desde el “Pronunciamiento” del CRJCM del 31 d setiembre de 2024) Israel Terry no se ha atrevido a desmentir lo que sostenemos en el artículo que republicamos (seguramente por no caer en la miseria moral de los Lastra y los Moreno), es la mejor prueba de la verdad que nos asiste y de la falsaria actitud de estos dos liquidadores. 

Todo marxista sabe que si decir la verdad es revolucionario, decir mentiras es reaccionario. 

01.08.2026.

Comité de Redacción. 

 

¡Defender el Pensamiento de Mariátegui de Toda Tergiversación y Desarrollarlo en Función de la Realidad Actual!

 

La Verdad se Busca en los Hechos

César Risso/Eduardo Ibarra

PREVIAMENTE CITADO, el 17 de agosto de 2024 el suscrito César Risso se vio con Israel Terry, quien le alcanzó una propuesta de Jaime Lastra, según la cual el CRJCM estaba “invitado” a participar en “una escuela” que desarrollaría el siguiente temario: 1) la coyuntura política y la necesidad histórica del partido del proletariado; 2) el proceso de reconstitución del Partido Socialista fundado por Mariátegui; y, 3) situación actual de la reconstitución. Según la propuesta, el primer punto sería desarrollado por Ramón García (cabeza de un grupo negador del marxismo-leninismo, del partido de clase, de la Reconstitución, etc.); el segundo sería desarrollado por Eduardo Ibarra (miembro del CRJCM); y el tercer punto por César Risso (igualmente miembro del CRJCM) y el propio Lastra (cabeza del grupo proponente de la “escuela”, grupo distinguido, hasta ese momento, por su oportunismo de derecha).

       El objetivo de la “escuela”, según dijo Terry, era “fortalecer un núcleo de dirección” que asumiera la tarea de impulsar la Reconstitución. De esta forma el oportunismo de derecha del grupo de Lastra devino liquidacionismo de derecha. Cualquier marxista puede entender que amalgamar en un mismo organismo de tipo partidario a marxista-leninistas (CRJCM) y liquidadores (grupos de García y de Lastra) equivale, sin discusión, a liquidar el partido de clase y, por consiguiente, la propia reconstitución del partido de Mariátegui.

       Lo que vino después es historia que resumimos del modo siguiente: “Pronunciamiento” del CRJCM (con fecha del 31 de agosto de 2024 y publicado en la edición de CREACIÓN HEROICA del 1 de setiembre del mismo año); publicación en la edición del 1 de febrero de nuestro blog el artículo “El liquidacionismo de derecha de Jaime Lastra y la reconstitución del partido de Mariátegui”, de Eduardo Ibarra; publicación en el número 34 del blog que dirige Lastra de un artículo firmado por el “CCH”, pero escrito por el mencionado, así como el artículo “Breve comentario sobre un artículo de Eduardo Ibarra”, de Carlos Moreno; publicación en la edición de marzo de nuestro blog del artículo “Falsificaciones e infundios en defensa del liquidacionismo de derecha”, de César Risso, y el  comienzo de la publicación en partes del artículo “El trasfondo de un artículo de Carlos Moreno”, de Eduardo Ibarra; un comentario de Carlos Moreno colgado en el índice, enviado por nosotros, de la edición de julio de CREACIÓN HEROICA. 

Los cínicos recursos con los que, en su aludido artículo, Lastra pretendió negar su propuesta de constituir “un núcleo de dirección” como el indicado arriba, se explican no solo porque, como cualquier persona de mentalidad pequeño burguesa, no reconoce su caída en uno de los dos más extremos oportunismos, como es el liquidacionismo (el otro es el socialchovinismo), sino también, porque, según puede entenderse ahora, su propuesta de constituir el mencionado “núcleo” fue una iniciativa a espaldas de los activistas concurrentes a la “escuela”, que más tarde Lastra llamó “conferencias”. Este hecho pone al descubierto que todo lo que hace Lastra es engañar y utilizar a dichos activistas para consumar su plan de liquidar el partido de clase y, por lo tanto, liquidar la Reconstitución. Y todo esto, ¡precisamente a nombre de la Reconstitución! Así que ningún activista que se autoestime, puede seguir poniéndole las espaldas a Lastra para que cabalgue sobre ellas. 

La reconstitución del partido de Mariátegui solo puede llevarse hasta el fin sin el liquidacionismo y contra el liquidacionismo. Esta es una verdad indiscutible para cualquier marxista. 

Pues bien, volvamos al principio. Como marxistas sabemos que la verdad se busca en los hechos, y lo reseñado en los dos primeros párrafos del presente artículo son los hechos. Frente a ellos, solo caben dos actitudes: revolcarse en la miseria moral que significa negarlos con las más escandalosas falacias y las más viles calumnias, como han hecho Lastra y Moreno, o asumir honradamente el reconocimiento de los mismos. Hoy Israel Terry se encuentra ante esta disyuntiva. Si, por razones subalternas, asumiera la primera actitud, los marxistas lo considerarán como tendrían que considerarlo; si asumiera la segunda, ello significaría que en el grupo de Lastra todavía hay quien no se ha olvidado que, en el plano de la conciencia, el marxismo es la dignidad del hombre, y, en el plano de la política, la busca de la verdad en los hechos expresa la condición revolucionaria de los luchadores de la causa proletaria.


31.08.2025.


CREACIÓN HEROICA