sábado, 1 de julio de 2023

Economía

El Velado Reconocimiento de la Crisis Económica

Cesar Risso

LAS PROYECCIONES del crecimiento de la producción (PBI) en nuestro país para el año 2023, difieren de una entidad a otra, aunque todas coinciden en corregir a la baja dichas proyecciones. Por ejemplo, el BCR considera que el PBI crecerá este año en 2,2%, luego de haber planteado una tasa de crecimiento de 3%, y posteriormente de 2,6%. El Banco de Crédito (BCP) estima que el crecimiento será de 1,3%, cuando originalmente consideró que sería de 1,8%. Mientras tanto, el Instituto Peruano de Economía (IPE) llega a calcular una tasa de crecimiento del PBI de 1,7%.

Como podemos apreciar, hay un reconocimiento de que la producción en la primera mitad del año ha caído. Esta disminución de la producción tiene consecuencias como la disminución del empleo. Aunque la medición del empleo da cada vez menos información veraz. El nivel de informalidad, así como la búsqueda de soluciones ajenas al mercado laboral formal por parte de la población, elimina de la PEA (población económicamente activa) a buena parte de la fuerza laboral. En otras palabras, el nivel de desempleo que se calcula por parte del INEI es menor al real, con lo cual se logra presentar un panorama menos grave de lo que es.

Cuánto significa esta rectificación del crecimiento de la producción:

“Si ha estado atento a la información económica, sabrá que el Banco Central (BCR) redujo su pronóstico de crecimiento del producto bruto interno (PBI) de 2,6% a 2,2% para este año. A primera instancia, pareciera que no fuera gran cosa reducir algo en 0,4%, hasta que recordamos que esto es el equivalente a perder 4.000 millones de soles, o unos 400 soles al año por hogar.”1

Si realizamos algunos cálculos aproximados, se tiene que la reducción mensual sería de un poco más de 33 soles por hogar; considerando el pago a la seguridad social y al sistema de pensiones, así como la inflación, entonces el salario mínimo quedaría reducido a 803 soles. Este es uno de los impactos de la crisis económica que estamos viviendo. Menos empleo y menos capacidad de compra.

Si la inversión privada ha caído en 12% en el primer trimestre de este año, entonces, además de lo que hemos comentado, las expectativas de ganancias de los empresarios han disminuido. Esto se refleja en la proyección del BCR del aumento de la inversión, que baja de 1% a -0,5%. Sin embargo, estas proyecciones se basan en que el segundo semestre sea favorable, lo cual no se puede predecir, puesto que el nivel de incertidumbre es alto. Por ejemplo, la magnitud del impacto del fenómeno del Niño, así como las protestas por sacar a Dina Boluarte, entre otras luchas del pueblo.

La situación de crisis tiene varios mecanismos, pero en el fondo es el resultado de la búsqueda de ganancias por parte de la burguesía. Si la tasa de ganancia está por debajo de la esperada, entonces la inversión disminuirá, con lo cual impactará sobre la producción. Es decir, dado que la burguesía no puede alcanzar el objetivo de ganar más, entonces arrastra a todo el país a la recesión. Si la burguesía se hunde, nos hundimos todos.

Pero esto es así en el capitalismo. Como se puede apreciar, por las proyecciones de las entidades burguesas, vemos que el capitalismo entra en periodos de crisis, tanto a nivel nacional como a nivel mundial, afectando la vida de las clases trabajadoras y del pueblo en general. Así las cosas, pareciera que el mensaje es: si la burguesía no gana, el pueblo no come. Aunque, como ya sabemos por la pandemia, el sector de productores campesinos es capaz de sostener la alimentación al margen de la burguesía.

Veamos la preocupación de la burguesía respecto de la situación económica que estamos atravesando:

“La caída de la economía peruana en el inicio del 2023 (-0,4%) esconde importantes diferencias al interior del país: 17 regiones mostraron un crecimiento negativo, lo que es solo comparable a los resultados causados por la pandemia en el 2020. Peor aún, siete regiones –incluida Lima– entraron en recesión técnica al acumular dos trimestres de caídas consecutivas.”2

No obstante la gravedad de la situación, las expresiones que se utilizan tratan de aminorar la percepción de la magnitud de la crisis. Por ejemplo, cuando dicen “crecimiento negativo”; o cuando describen la crisis como si solo fuera de 17 regiones, cuando es la crisis económica del país en su conjunto.

La práctica de la burguesía para afrontar la crisis consiste en hacerla recaer sobre las clases trabajadoras. El aviso sobre esto ya está dado.

La revista ECONOMIÁ lanzó el pasado mayo el siguiente titular: “Reducir la pobreza a niveles antes del Covid-19 llevaría 30 años.”3 Pues bien, ya sabemos que todo el esfuerzo de política económica va a estar orientado a enfrentar la situación de crisis. La política económica, en el actual sistema capitalista, consiste en favorecer en la obtención de mayor ganancia a la burguesía. Es decir, se van a promover medidas que aumentan la explotación de los trabajadores. Y la propaganda burguesa nos dirá que es necesario que así sea, pues es la única forma de aumentar la producción y el empleo, y, finalmente de reducir la pobreza.

Sin embargo, la crisis económica en el capitalismo es un fenómeno cíclico. Resulta entonces que las crisis son inevitables. En el intento de comprender la esencia de las crisis la burguesía evalúa una serie de explicaciones. Consideremos dos aspectos que toca la burguesía en este sentido.

Con el título La maldición de los recursos naturales, Miguel Palomino describe lo siguiente:

“En segundo lugar, y aquí viene la madre del cordero, todos los estudios sobre la maldición de los recursos naturales discuten ampliamente que la superabundancia de recursos fiscales atrae a la corrupción siempre dispuesta a beneficiarse del abundante dinero público. Así, vemos que la supuesta maldición de los recursos naturales es en verdad en el Perú una maldición de los recursos fiscales. Desde 1991, el presupuesto público se ha multiplicado por 9, ajustado por inflación. Cosa parecida sucede con las municipalidades y ni hablar de los gobiernos regionales que antes no existían, y hoy manejan ingentes cantidades en manos de quien logre elegirse.”4

En otras palabras, mayor ingreso para el Estado como resultado de los impuestos que pagan las empresas transnacionales que extraen minerales de nuestra tierra, invita a la corrupción. Aquí hay dos conclusiones falsas. Primero, las empresas mineras pagan muy pocos impuestos, pues terminan devolviéndoselos; y segundo, que con mayores o menores ingresos del Estado, la corrupción se ha hecho consustancial al capitalismo peruano.

Pero el autor señala, además, que los mayores ingresos de dólares por la exportación de los minerales, provoca la caída del tipo de cambio.

“El factor económico a que nos referimos es que la enorme exportación de petróleo trae una abundancia de dólares presionando a la baja su precio. Con eso resulta muy difícil competir con las importaciones. En sencillo (y a riesgo de simplificar), mejor es no producir casi nada e importar casi todo barato, pues siempre habrá con qué pagarlo.”5

Lo que manifiesta el autor es que, al tener elevados ingresos por las exportaciones de los recursos naturales, entonces cae significativamente el precio del dólar y por lo tanto las importaciones se hacen mucho más baratas, a tal punto que sería más provechoso comprar en el exterior todos los bienes en lugar de producirlos en el interior del país.

Estas reflexiones, que tienen cierto asidero, revelan algunas de las contradicciones que se presentan en el sistema capitalista. Tener considerables volúmenes de recursos naturales es hasta cierto punto perjudicial. Tener elevados ingresos fiscales, precisamente por los recursos naturales, también lo es. Lo que hace que esto sea así es el capitalismo. Como lo que reina en este sistema es la anarquía de la producción, entonces las empresas pugnan por arrebatarse las ganancias entre ellas, y los países entran en la pugna a través de las medidas de política económica y, poniendo a disposición de las grandes empresas sus fuerzas armadas para amenazar o simplemente saquear a los países que poseen estos recursos.

Si no estuviese de por medio la ley económica fundamental del capitalismo, entonces los recursos naturales tendrían un uso racional en función de las necesidades de toda la población; pero en este sistema lo que mueve a la economía es la ganancia.

Así, buscando ganar cada vez más la burguesía del mundo no hace otra cosa que provocar crisis cada vez más agudas. No entienden que sus móviles egoístas son la causa de las crisis económicas. Así funciona el capitalismo, y así seguirá hasta que llegue a su fin.

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(1) https://www.ipe.org.pe/portal/el-pais-que-olvido-como-crecer/

(2) https://www.ipe.org.pe/portal/siete-regiones-entraron-en-recesion-durante-el-primer-trimestre-del-2023/

(3) https://www.revistaeconomia.com/reducir-la-pobreza-a-niveles-antes-del-covid-19-llevaria-30-anos/.

(4) https://www.ipe.org.pe/portal/la-maldicion-de-los-recursos-fiscales/

(5) Ibidem.

Internacionales

Los Sucesos en Rusia y los Mercenarios de la Guerra y la Información*

Por Álvaro Verzi Rangel** | 28/06/2023

EL MAYOR DESAFÍO de las más de dos décadas en el poder del presidente ruso Vladimir Putin, se resolvió sin sangre, pero para los medios occidentales ha mostrado la debilidad de su régimen y de su estrategia en Ucrania, donde quedó demostrado que fuerzas de mercenarios combaten junto al ejército regular sin orden y, a veces, en confrontación.

Después de apuntarse aparentes éxitos como el control de la importante ciudad sureña de Rostov del Don y de algunas guarniciones militares, Prigozhin reculó y aceptó el acuerdo mediado por el presidente de Bielorrusia, Alexander Lukashenko, que acuerda que se trasladará a territorio bielorruso con garantías para su vida y las de quienes lo secundaron, Los miembros de Wagner que no participaron en el motín podrán integrarse al ejército regular ruso.

La noticia de la rebelión cayó como balde de agua fría sobre el Kremlin. En su breve mensaje a la nación, la mañana del sábado el mandatario ruso calificó la decisión de Prigozhin de “traición” y “puñalada por la espalda” al ejército y al pueblo rusos.

La directora del canal de televisión estatal ruso Russia Today (RT), Margarita Simonyan, sostuvo que “sin duda, la rebelión del grupo Wagner contra el Kremlin fue un acto organizado por los servicios de inteligencia del Reino Unido, Estados Unidos y quizás uno de la región de Asia Occidental”. El canal de televisión israelí i24 News se hizo eco de dicha declaración, señalando que Simonyan se refería al régimen israelí, específicamente a su servicio de espionaje, el Mossad.

Es arriesgado aventurar cualquier pronóstico acerca del impacto que esta efímera aventura tendrá en la moral de las tropas rusas, en la capacidad de Putin de mantener su autoridad, en la estructura de mando de sus fuerzas armadas y, en última instancia, en el desarrollo de las operaciones bélicas en el extenso frente ucranio. 

Lo que dejaron en evidencia esas 24 horas de amotinamiento fue el carácter propagandístico de los grandes medios de comunicación occidentales; su alineamiento total con la agenda de los gobiernos y las corporaciones que hacen de la guerra un gran negocio y el mejor pretexto para desviar la atención de sus graves problemas internos; la rusofobia que plaga a sus redacciones y que se abstiene de cualquier objetividad. 

Es lo que el comunicólogo Aram Aharonian llama “la internacional del terror mediático”, que se aprovecha a diario del asesinato de la verdad. Al menos desde la invasión a Irak.

El episodio puso al descubierto nuevamente la total falta de escrúpulos con que empresas mediáticas de pretendido prestigio están dispuestas a inventarse noticias, sea para ganar la encarnizada lucha por las audiencias o para empujar narrativas con la expectativa de que la contaminación informativa termine por convertir sus anhelos en realidades.

Lo que omiten los medios occidentales es que Ucrania se ha convertido en un territorio de alta participación de organizaciones militares privadas que responden a los Estados Unidos y, en general, a las principales potencias de la OTAN. Los beneficios de utilizar este tipo de empresas privadas son claros para los gobiernos: las compañías privadas gozan de amplias libertades y muchas menos restricciones a sus operaciones que los ejércitos regulares. 

Y las formalidades se vuelven más tenues cuando los contratistas son grandes corporaciones armamentistas interesadas en trasladar y probar nuevos equipos directamente en el terreno en el conflicto. Tras los asesinatos cometidos por los mercenarios en Irak y Afganistán, los gobiernos de EEUU y la OTAN procuraron situar bajo las sombras los contratos con organizaciones militares privadas o a rechazar su vinculación si ésta se hace pública.

Los gobernantes ucranianos y sus aliados celebraron la revuelta como una señal de debilidad rusa, un indicio del inminente desmoronamiento de las fuerzas armadas y el punto de inflexión que llevará a la victoria final de Kiev en el campo de batalla. 

Lo que dejó en claro el episodio, es que se convierte en una advertencia sobre el peligro a permitir o estimular el surgimiento de milicias privadas que no responden a otro interés que el lucro y que se encuentran sujetas a la voluntad de individuos como Prigozhin, temerarios, inmorales y ajenos a cualquier miramiento ético en la búsqueda de sus objetivos. Todos recuerdan la salvaje intervención de los mercenarios de la estadounidense Blackwater junto a tropas estadounidenses en Irak.

Según los medios, que diagnosticaron la caída no solo de Putin sino de Rusia, los servicios de Inteligencia de Estados Unidos había[n] sido avisado de una posible rebelión del grupo de mercenarios Wagner y de su líder, Yevgeni Prighozin, un día antes de la rebelión de la tarde-noche del viernes con la toma de la ciudad de Rostov, sede del cuartel del mando sur del Ejército. 

The Washington Post señaló que Prigozhin habría ofrecido a las autoridades ucranianas revelar la posición de las tropas rusas que participaban en la guerra. Moscú habló de fake-news, Prigozhin dijo que era algo ridículo. Pero el Post ya había hecho su trabajo de desinformación.

Los documentos, filtrados a través de Discord, dicen que Prigozhin realizó la oferta a finales de enero, en medio de grandes bajas en las filas del Grupo Wagner: contactó con los servicios de Inteligencia militar ucranianos (HUR) para trasladar que, si Kiev retiraba a sus fuerzas de Bajmut, daría a Ucrania información sobre la posición de tropas rusas.

Serguei Shoigú, ministro de Defensa ruso, uno de los apoyos claves de Putin desde su llegada al poder, siempre consideró un advenedizo a Prigozhin, un empresario que pasó diez años en prisión y que se forjó vendiendo perros calientes en las calles, regentando restaurantes, explotando minas de oro en África y, finamente, logró una vertiginosa ascensión como contratista militar, patrón de los mercenarios del Grupo Wagner.

El choque entre Prigozhin y Shoigú había disparado la tensión en las fuerzas armadas rusas. El momento clave ocurrió el 10 de junio, cuando el Ministerio de Defensa ruso ordenó a Wagner que se acogiera a la política del gobierno por la que todos los grupos de voluntarios armados debían firmar contratos con el Ejército. 

El viernes, Prigozhin, decidió romper de manera definitiva con los altos mandos militares rusos, amotinar a sus tropas y emprender una marcha hacia Moscú para exigir que le entregaran al ministro de Defensa, Serguei Shoigu, y al jefe del Estado Mayor, Valery Gerasimov, a quienes responsabiliza por los malos resultados de la guerra en Ucrania. 

Los mercenarios, paramilitares y presos sacados de las cárceles del grupo Wagner fueron hasta ahora la punta de lanza de la ofensiva rusa contra Bakhmut, en la región minera de Donetsk, donde los ucranianos erigieron su bastión en la parte del Donbás que había escapado a la conquista rusa y donde se desarrollaron duros combates, con miles de muertos por ambas partes, pero sobre todo en las unidades atacantes Wagner.

La elección que hizo Putin de romper con Prigozhin tiene un problema: detrás queda un ejército de 25 mil combatientes armados con tanques, carros blindados, cañones y el arsenal que les quedó de su asalto a Bakhmut.

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(*) Tomado de https://rebelion.org/los-sucesos-en-rusia-y-los-mercenarios-de-la-guerra-y-la-informacion/

(**) Sociólogo y analista internacional, Codirector del Observatorio en Comunicación y Democracia y analista senior del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)

Fuente: https://estrategia.la/2023/06/26/los-sucesos-en-rusia-y-los-mercenarios-de-la-guerra-y-la-informacion/


Filosofía

La Palabra Como Envoltura Material del Pensamiento

V. M. Boguslavski

LA PALABRA CONSTITUYE una conexión necesaria y el medio de formación y existencia del concepto. El criterio de que existen conceptos sin palabras se basa en una contraposición idealista de pensamiento y lengua. Al separar de la materia la conciencia; al separar el pensamiento del cerebro (del que ése es un producto) y del mundo objetivo (del que el pensamiento es un reflejo), el idealismo separa, a la vez, pensamiento y lengua pese a que en las palabras y oraciones de esta última se fijan los resultados de la actividad cognoscitiva del pensar: los conceptos, los juicios y los raciocinios.

        Marx y Engels indicaron que los idealistas, del mismo modo que “aislaron el pensamiento como fuerza independiente, tuvieron que aislar la lengua en cierto reino independiente y especial”.1 De ahí las lucubraciones reaccionarias de los idealistas acerca de la palabra como si ésta no solo no fuera capaz de expresar el concepto, sino que, por el contrario, constituyera un obstáculo para la expresión de los conceptos e incluso impidiera que éstos se expresasen.

        Ya Bergson sostuvo un criterio irracionalista afirmando que el pensamiento no es conmensurable por medio de la palabra y que las palabras dificultan la expresión de aquél. Esta opinión se ha difundido mucho en la filosofía y en la lingüística burguesas idealistas de nuestros días.

        La defensa de este punto de vista por parte de los idealistas actuales se halla estrechamente relacionada con la del criterio de que todo cuanto existe no constituye más que cierto estado de nuestra conciencia y ésta no es un producto de la naturaleza, sino su creadora. Para el positivismo lógico, por ejemplo, “el concepto y su objeto son una misma cosa. Semejante identidad, empero, no significa de ningún modo la sustantivación del concepto, sino más bien la «funcionalización» del objeto”,2 es decir, la reducción de la existencia del objeto a la existencia del concepto o a la representación del mismo. “… Todos los objetos -afirma R. Carnap- pueden hallarse constituidos por «mis vivencias elementales» … Cualquier objeto que no sea una de mis vivencias queda con ello reducido a un objeto imaginado…”3 Se sostiene, pues, la tesis siguiente: existir significa hallarse en el número de mis vivencias, es decir, se parafrasea el famoso “esse est percipi” de Berkeley. Los positivistas lógicos niegan la existencia de la realidad objetiva: “…el adscribir la propiedad de «real» a una sustancia, cualquiera que sea -dice Carnap- (sea materia, energía, un campo magnético no importa qué) no puede ser logrado mediante ningún experimento, y resulta, por tanto, metafísico”.4

        Para el punto de vista que estamos examinando, incluso formular la pregunta de si existe el mundo exterior, significa incurrir en el pecado de “metafísica”. R. Carnap reprocha a B. Russell, a quien le une la comunidad de ideología, el que “Russell a menudo plantea los problemas que a continuación se indican, en los cuales (independientemente de la solución que se les dé) se trasluce el punto de vista realista que implicite contienen. Son estos problemas: el de si existen las cosas físicas cuando no se observan, el de si existen otras personas; el de si existen las clases, etc.”5

        Carnap ve la diferencia de su concepción respecto al viejo solipsismo en que el positivismo lógico no presupone nada ni a nadie a que o a quien esto dado sea dado.6 Para él “la existencia del «yo» no es la condición inicial de las cosas en lo dado. Del cogito no se sigue sum; «yo tengo una vivencia» no se sigue que yo soy; de ello se desprende solo que existe una vivencia”.7 El estado inicial de lo dado en el cual no solo es imposible que el individuo se distinga a sí mismo respecto a los demás individuos, sino que, además, “no se hace ninguna diferencia entre las vivencias, las cuales, según su subsiguiente constitución, se clasificarán en percepciones, alucinaciones, sueños, etc.”,8 no necesita, naturalmente las palabras. Las palabras no son capaces de expresar este fantástico maremagno, en el que resulta imposible distinguir nada.

        Partiendo de la concepción subjetivo-idealista de los positivistas lógicos, Wittgenstein afirma que “nosotros no podemos expresar por medio de la lengua lo que por sí mismo se expresa en ella”.9

        La falta de claridad, la vaguedad del sentido en que unas u otras palabras se emplean, no solo son inadmisibles en matemáticas, ciencia en que desde hace mucho tiempo se está trabajando para eliminar tal falta de claridad. También para otras ciencias, y en política, este problema tiene suma importancia. V. I. Lenin señaló la necesidad de precisar en toda discusión teórica el sentido que se da a las palabras. La labor realizada durante los últimos decenios a fin de puntualizar el significado de palabras que se aplican en distintas ramas del saber, tiene, por ello, gran valor no solo teórico, sino, además, práctico, como ha demostrado la creación de las modernas máquinas de cálculo y análisis.

        Los idealistas, empero, han falsificado inmediatamente estos resultados científicos, lo mismo que los éxitos de la física contemporánea y se han apresurado a declarar que los nuevos datos científicos confirman su gnoseología reaccionaria. V. I. Lenin puso reiteradamente de manifiesto la esencia metafísica del sofisma de que hacen uso los idealistas y que consiste en tomar un principio cierto en determinados límites, perfectamente establecidos, y aplicarlo más allá, transformándolo en su principio opuesto. De verdadero pasa a ser falso. A semejante sofisma recurren los neopositivistas. Del principio cierto de que el significado de algunas palabras es poco preciso (o sea que las palabras aludidas se emplean con distintos significados), los neopositivistas sacan la conclusión completamente falsa de que casi todas las palabras importantes carecen de significado. Según Chase, son sin sentido y carecen de significado palabras como: patria, nación, humanidad, ley, progreso, comunismo, masas, trabajo, capital, fascismo, Wall Street, etc.10

        Después de afirmar que las palabras más importantes de la lengua utilizadas por los individuos carecen de sentido, los positivistas llegan ala conclusión de que las palabras en general no son capaces de expresar lo que el hombre piensa. Según el criterio de los idealistas subjetivos, todo cuanto se relaciona con el hombre pertenece al mundo de las sensaciones y de las percepciones, constituye el mundo “de lo dado”, mundo que, afirma Chase, “no puede ser expresado por medio de palabras”.

        Al defender la tesis de que “un pensamiento enunciado es una mentira”, los idealistas subjetivos van tan lejos que A. Tarski, por ejemplo, llega a la conclusión de que “en lo que respecta al habla, coloquial, por lo visto es imposible no solo definir el concepto de verdad, sino incluso utilizar este concepto de manera consecuente y en concordancia con las leyes de la lógica”.11 R. Carnap afirma que “por cuanto el significado se puntualiza por medio de palabras y, por consiguiente, es impreciso, la conclusión a que se llega por este camino solo puede ser imprecisa y ambigua”.12

        Los idealistas semánticos sostienen el criterio de que la incapacidad de las palabras para expresar nuestros conceptos impide que los individuos puedan comprenderse cabalmente. La falta de comprensión mutua da origen, según ellos, a los problemas sociales, causa de encarnizada lucha en la sociedad capitalista. “¿Por qué muchos principios, si existen en general -pregunta Stuart Chase-, resultan tan crueles en sus consecuencias tangibles y tan fuera de lugar en relación con lo que ocurre en el mundo real? A mi juicio, una de las respuestas puede hallarse en la estructura de la lengua que utilizamos.”13 Chase considera, en consecuencia, que la causa de las catástrofes sociales en que se ve sumido el hombre de la actual sociedad capitalista radica no en el dominio del capital, no en su tiranía, sino en la “tiranía de las palabras”. Es preciso luchar no contra el capitalismo y el fascismo (esto no son más que palabras sin sentido), sino contra la tiranía de las palabras, contra la errónea utilización de las palabras. Tal es el problema que resuelve la semántica de Chase y de lo que como él piensan. “… Si el conocimiento de la semántica -dice- fuera general y las personas se preocuparan de evitar los fallos en la comunicación, es muy dudoso que la catástrofe pudiera comenzar.”14 Es obvio el carácter socialmente reaccionario de semejantes teorías. Al afirmar que las causas de las calamidades por las que atraviesa el hombre del mundo capitalista de nuestros días radica en la “estructura del idioma que se usa”, en la imperfección de los medios de comunicación utilizados por los individuos, y no en el régimen social capitalista, esta teoría infunde la idea de una supuesta “lamentable esterilidad de la mayor parte de la literatura consagrada a la reforma económica y social”;15 sostiene que resultan infructuosos todos los esfuerzos encaminados a transformar las relaciones sociales. La lucha contra el capitalismo, entendido como palabra huera, se declara disparatada; la panacea de todos los desastres sociales se halla en el perfeccionamiento de las palabras y de la estructura de la lengua, en la mejora de los medios de comprensión recíproca entre las personas.

        No todos los representantes del idealismo semántico llegan a conclusiones tan manifiestamente reaccionarias, pero tales conclusiones se siguen necesariamente de su manera de entender la correlación existente entre palabra y concepto. En su basa se halla la tesis formulada ya por Schopenhauer de que “Los pensamientos mueren en el mismo instante en que quedan encarnados en palabras.”

        Los neopositivistas intentan fundamentar la tesis de que nuestros conceptos no exigen palabras, en el hecho de que cierta parte de las matemáticas se expone “en forma simbólica exacta, en la cual no figura ninguna palabra” y en que “… si queremos estudiar aritmética, álgebra y análisis y, en general, todo lo que habitualmente se denomina matemática pura (exclusión hecha de la geometría) hemos de partir de tres palabras. Un símbolo significa cero; otro, número, y el tercero sigue a. Quien quiera dedicarse a la aritmética necesita saber lo que estas ideas significan. Ahora bien, introducidos estos símbolos para tres ideas, su ulterior desenvolvimiento ya no exige ni una palabra”.16

        ¿Puede, sin embargo, admitirse que los hechos aducidos constituyen una razón para negar la necesidad de las palabras para los conceptos científicos? Russell reconoce que las ciencias indicadas pueden ser consideradas como el desarrollo de tres “ideas” únicamente a condición de que se dé un determinado contenido a estas “ideas”. No es difícil comprender que el contenido de dichos conceptos se elige de modo que, de antemano, encierre la posibilidad de obtener los resultados alcanzados por las ciencias matemáticas en el transcurso de dos milenios y medio. Los tres conceptos indicados pueden servir de punto de partida para el desarrollo de las teorías matemáticas precisamente porque se han elaborado a base de ellas, de las que constituyen síntesis abstracta y resultado. Como reconoce el propio Russell, no es posible elaborar y explicar estos conceptos sintéticos de la matemática, que resumen el desarrollo multisecular de dicha ciencia, sin recurrir a las palabras. Hay que añadir a esto, además, que para estructurar las teorías matemáticas, aparte de las tres “ideas” indicadas, se requieren reglas para su uso, lo cual no puede hacerse sin palabras.

        Por otra parte, toda conclusión obtenida teóricamente de conceptos dados por medio de reglas dadas, solo tiene sentido en la medida en que puede ser puesta de manifiesto a base de estos conceptos y reglas que se expresan, necesariamente, por medio de palabras. ¿Dónde están, pues, los conceptos “sin palabras”? Los éxitos gigantescos de la ciencia alcanzados gracias al simbolismo matemático resultan tan insuficientes para negar que la palabra es necesaria al concepto como lo son los adelantos alcanzados en el empleo de cifras y códigos. La existencia de los correspondientes sistemas que se emplean al hacer uso del simbolismo matemático y de las claves es posible tan solo gracias a conceptos y reglas -que sirven de punto de partida- necesariamente encarnados en palabras. Solo esto hace posible el cambio de las palabras por otros significados, con la particularidad de que también el orden de dicha sustitución se establece por medio de palabras.

        El concepto es la imagen de la realidad objetiva, es el reflejo de ésta en el cerebro del individuo. Ahora bien, tal reflejo es sumamente original. Crearlo significa reflejar la realidad formando una imagen que incluya únicamente ciertos rasgos del objeto sin contener otras facetas del mismo, imagen que una en sí muchos objetos diferentes unos de otros. Para crear una imagen semejante, tan abstracta y tan alejada de lo sensorial, es necesaria una base material sólida. Esta base material radica en determinados sonidos con los que se concatenan en la conciencia del hombre facetas y propiedades destacadas de los objetos. Donde esta base fónica material falta (por ejemplo, en los animales superiores), no es posible la abstracción, no es posible la formación de conceptos. En concepto no puede surgir ni puede existir sin una base material, verbal. Mientras no hay palabras ni oraciones, no hay pensamientos abstractos ni juicio ni raciocinios. También en el pasado los conceptos surgían exclusivamente a base de palabras, como actualmente se forman y utilizan al pensar tan solo mediante palabras, pues la propia naturaleza del concepto como abstracción, como imagen que carece de relieve sensorial, exige una base material verbal.

        La separación de pensamiento y lenguaje, característica de las orientaciones burguesas contemporáneas de la filosofía y de la lingüística, se halla íntimamente ligada a la concepción subjetivo-individualista del pensar como fenómeno puramente individual y subjetivo. Desde el punto de vista del positivismo lógico, el material de las múltiples vivencias individuales es completamente distinto. “La serie de vivencias es distinta para cada sujeto. Si, a pesar de ello, se llega a un acuerdo al dar nombre a formaciones constituidas a base de las vivencias, no es que se haga referencia al material de dichas formaciones, en todo diferente, sino que se recurre a designar formalmente sus estructuras.”17 Aquí se lleva, pues, hasta el absurdo, la idea expuesta ya por Hegel de que “la lengua expresa, en esencia, tan solo lo universal. Ahora bien, lo que se piensa es particular, especial. Resulta, por tanto, imposible expresar por medio de la lengua lo que se piensa”.18

        Partiendo de la idea de que nuestros conceptos constituyen algo subjetivo, los idealistas semánticos llegan a la conclusión de que los conceptos son “inexpresables” mediante palabras de la lengua común a todos los miembros de una sociedad. Tal es la razón de que planteen el problema acerca del derecho de cada individuo a inventar a su capricho símbolos especiales para sus conceptos.

        Al afirmar que en sus conceptos cada persona piensa algo profundamente individual, inherente solo a sí mismo, y que las palabras de la lengua corrientemente admitida son comunes para todos, los idealistas infieren de ello que las palabras no son idóneas para expresar los conceptos individuales.

        La negación del carácter social de los conceptos y del pensamiento en general constituye una grave deformación de los que se entiende por esencia del concepto, y ello es causa de que dicha negación lleva a la conclusión reaccionaria de que la lengua no sirve para expresar los pensamientos del hombre. El pensamiento puede surgir y surge exclusivamente en la sociedad; se produce y existe tan solo como fenómeno, pero su naturaleza es social. Los pensamientos, los conceptos y los raciocinios nacen en la mente de las personas exclusivamente en el proceso de su hacer social, al comunicarse durante su labor conjunta con vistas a obtener los recursos necesarios a su existencia.

        Sin el trabajo, sin la actividad conjunta de los individuos, sin comunicarse en el proceso de su hacer común, resultaría imposible el propio surgimiento del pensar abstracto.

        La comunidad de pensamientos de las personas que entran en comunicación durante el trabajo productivo, posee profundas raíces en la realidad objetiva, de la cual son reflejo los pensamientos del hombre.

        Cuanto de común en los conceptos de las personas, no es producto de la arbitrariedad subjetiva. No es el resultado de la “creación libre” de la conciencia individual. En el grado del pensar abstracto, se refleja en el cerebro del hombre lo que existe de manera general y objetiva, independientemente de la conciencia de las personas, en los objetos y procesos de la naturaleza y de la sociedad.

        No hay que entender esta tesis en el sentido de que se niega el papel activo de la conciencia. En la formación de las abstracciones, desempeña un enorme papel, el trabajo creador de la imaginación, sin la cual no pueden surgir ni el concepto ni la representación general. Sin embargo, a pesar de que, como indicó Lenin, en cada concepto se da un trocito de fantasía, a pesar de la unilateralidad y falta de plenitud de toda abstracción, lo general del concepto es un reflejo de lo general existente de modo objetivo en los objetos y en los procesos del mundo material, es un reflejo de las concatenaciones objetivas de este mundo.

        “… El pensamiento -escribió Engels-, si no incurre en error, puede reunir los elementos de la conciencia en una unidad tan solo si en ellos o en sus prototipos reales dicha unidad existe ya de antemano. Al cepillo del limpiabotas no van a salirle glándulas mamarias por el hecho de que lo incluyamos en la misma categoría que los mamíferos.”19

        Resulta, pues, evidente que para los pensamientos del hombre es característico reflejar lo que hay de general en la propia realidad; a la vez, hasta ciertos límites, existe una comunidad de conceptos en las distintas personas, lo que hace posible que éstas se entiendan entre sí. La comunidad de conceptos de las diferentes personas se explica también por el hecho de que refleja lo que hay de general en los fenómenos de la realidad objetiva y también porque estos conceptos surgen únicamente en la sociedad, en el proceso de comunicación entre las personas y solo gracias a esta comunicación que tiene lugar en el transcurso de la producción social.

        “La conciencia, por tanto, desde el principio es un producto social y así será mientras exista el hombre.”20 En lo que respecta al “yo”, que vela a los ojos de los solipsistas el universo entero, este “yo”, esta conciencia de sí mismo ni siquiera puede darse sin el “tú”. Únicamente en virtud de su comunicación con otras personas, el hombre adquiere conciencia de sí mismo como individualidad.

        A la luz de estos principios del marxismo-leninismo, claros e irrebatiblemente fundamentados, se pone de manifiesto toda la falsía de la contraposición subjetivo-idealista entre los conceptos como algo exclusivamente individual y las palabras como fenómeno social.

        La lingüística científica niega la existencia de conceptos sin palabras, ficción que se asienta en la tendencia a separar el pensamiento de su base material fónica que la lengua le proporciona, a separar materia y conciencia.

        Como prueba de la existencia de conceptos sin palabras, se sacan a relucir a menudo los “dolores de la acción creadora”, cuya esencia se pretende explicar por la falta de palabras en la lengua para expresar los pensamientos y los sentimientos subjetivos, individuales y sin palabras que surgen en la conciencia del que crea.

        Por lo que toca a esta manera de interpretar los “dolores de la acción creadora”, hay que indicar, ante todo, que sentir y comprender los propios sentimientos no constituyen de ningún modo una misma cosa. Mientras el hombre no ha comprendido su sentimiento, de una u otra manera, es decir, mientras este sentimiento no se ha reflejado en su conciencia bajo el aspecto de pensamiento acerca del sentimiento, nada puede decir acerca de este último. La cuestión no estriba en que no sea posible “expresar” el sentimiento o el concepto, ni que falten palabras en la lengua para que el individuo enuncie sus conceptos, como afirman los idealistas, sino en la falta de conceptos. Solo pueden enunciarse los conceptos, los juicios, cuando surgen; pero mientras no se hayan encarnado en palabras no han nacido. Resulta, por ende, que los “dolores de la acción creadora” estriban, ante todo, en los esfuerzos para comprender, para llegar a conocer determinados fenómenos (incluyendo en ellos las emociones), y en formar acerca de ellos conceptos ciertos. Dichos esfuerzos constituyen el proceso del pensar que se produce forzosamente en forma verbal.

        Además, la enorme riqueza del vocabulario, los recursos fraseológicos y estilísticos de la lengua, los múltiples enlaces significativos de cada palabra con muchas otras palabras de la lengua dada, si se saben elegir con acierto los vocablos y su concatenación fraseológica, permiten expresar los matices más sutiles de los conceptos, las tonalidades emocionales, estilísticas y estéticas más delicadas del pensamiento. Para el escritor, por ejemplo, “los dolores de la acción creadora” consisten en buscar, en el riquísimo tesoro de la lengua, las palabras y expresiones que, además de contener determinados conceptos, permiten dar una representación artística de la realidad en el sentido emotivo, estilístico y estético, es decir, permiten reflejarla en imágenes artísticas. El que lo miembros de una clase social no comprendan los pensamientos y reivindicaciones de otra clase, no se debe a que los conceptos sean inexpresables, a la pobreza de la lengua, sino a las contradicciones de la sociedad dividida en clases.

        En una obra de Chéjov vemos a un ingeniero cuyas palabras no hallan eco entre los campesinos, a quienes, desea ayudar. Les dice:

-      Si fuerais justos, pagaríais el bien con el bien.

 Sjod se rascó y replicó:

-      Hay que pagarle. Bueno… Pero cuánto hay que pagar no se sabe…

-      Se lo preguntaremos al juez (A. P. Chéjov).

¿Puede achacarse esta incomprensión a la “falta de capacidad expresiva” de la lengua?

        Las contradicciones de la sociedad basada en la explotación llevan a menudo a tal estado en que las ideas y los sentimientos, los conceptos y los juicios enunciados por un individuo son acogidos hostilmente por parte de determinadas clases sociales (se niegan a reconocer esas ideas y sentimientos). Pero explicar esto por insuficiencia de la lengua, por incapacidad de la lengua para expresas dichas ideas y sentimientos, significa adoptar la posición de los idealistas que cargan sobre la lengua la responsabilidad por todas las contradicciones del régimen social burgués, por todos los sufrimientos a que el capitalismo condena a los trabajadores.

        Desde el punto de vista de esta teoría, la ignominia del fascismo y la lucha de los pueblos contra él no son más que un resultado de la imperfección de la lengua que impide a la gente entenderse. “Una lengua buena -dice S. Chase- nos ayudará a tratar de las cosas reales de nuestro medio; ahora, hablamos confusamente, en idiomas distintos.”21 La vida refuta decididamente este criterio mostrando que la lengua y las palabras que en ella se emplean expresan magníficamente todos los conceptos, todos los pensamientos de las clases que luchan entre sí. Si es Estado burgués, por ejemplo, se niega a satisfacer determinadas reivindicaciones de los obreros, es absurdo culpar de ello a la lengua. La culpa la tiene el régimen social en que el Estado es un instrumento de que disponen los capitalistas en su lucha contra el proletariado.

        Los idealistas semánticos, al afirmar que las lenguas vivas existentes no son capaces de expresar nuestros conceptos, y al plantear al problema de que es preciso crear “una buena lengua”, parten del principio subjetivista según el cual la elección de la lengua o la invención de palabras y reglas para su utilización, dependen de la voluntad y del capricho de la conciencia individual. Desde estas posiciones, se interpreta la aparición de toda palabra nueva como si el hombre creara un signo para sus pensamientos individuales, por considerar que en la lengua comúnmente admitida (precisamente por ser común) no existen palabras adecuadas.

        En realidad, el nacimiento de una nueva palabra constituye un proceso que no tiene nada que ver con lo que los idealistas se imaginan. Al entrar en conocimiento de la naturaleza y de la sociedad, se entera el hombre de la existencia de objetos y procesos que hasta entonces desconocía. Estos objetos y procesos se reflejan en la mente de las personas formando nuevos juicios, raciocinios y conceptos, lo cual no es posible, naturalmente, sin el ropaje de la lengua, sin la envoltura verbal.

        El proceso de formación de un nuevo concepto científico puede mostrarse de manera esquemática y en líneas generales -importantes para la cuestión que examinamos- a base del siguiente ejemplo. A finales del siglo XVIII y en la primera mitad del siglo XIX, a consecuencia del desarrollo de la industria, la química había acumulado ya una importante cantidad de datos acerca de la composición de diferentes combinaciones químicas y acerca de las correlaciones cuantitativas en que los distintos elementos entraban en dichas combinaciones. Aunque se habían acumulado muchos datos de este género, se hallaban desconectados y se los consideraba como si entre ellos no hubiera ninguna relación. Cuando la acumulación de tales datos llegó a cierto grado, surgió, naturalmente, la necesidad de confrontarlos entre sí. Dicha confrontación puso de manifiesto las conexiones que había entre los distintos datos acumulados acerca de las combinaciones químicas y se concluyó (1852) que el átomo de cada elemento podía combinarse únicamente con una cantidad determinada de átomos de los demás elementos. Se comprobó prácticamente dicha hipótesis y se vio que era verdadera para todas las combinaciones entonces conocidas. De esta manera surgió el nuevo concepto científico de “valencia”.

        Como es natural, al principio este nuevo concepto se formuló combinando palabras que de manera descriptiva ponían de manifiesto el contenido del nuevo concepto utilizando conceptos y palabras anteriormente elaborados. De otro modo, el concepto nuevo no habría podido surgir. Apareció como concepto relativo “a la propiedad del átomo de formar combinaciones químicas con un número determinado de otros átomos”. Se utilizaron, así, conceptos y palabras anteriormente conocidos: “átomo”, “combinación química”, etc. Más tarde empezaron a utilizarse palabras especiales para expresar dicho concepto: “atomicidad”, “valor”. Tan solo en el siglo XX se generalizó para dicho concepto el término “valencia”.

        Un concepto científico cualitativamente nuevo solo puede formarse a base de la práctica histórico-social en desarrollo y mediante la acumulación de una cantidad suficiente de raciocinios que generalicen dicha práctica. A su vez, estos raciocinios, cada uno de los cuales aporta un conocimiento cualitativamente nuevo, solo pueden llevarse a cabo si la práctica, en desarrollo, ha permitido allegar suficiente cantidad de juicios que reflejen facetas y conexiones de la realidad objetiva, anteriormente desconocidas. La formación de dichos juicios solo cabe en el transcurso de la actividad práctica sustentada sobre un nivel de conocimientos anteriormente alcanzado y, por ende, sobre conceptos elaborados antes.

        El juicio en que se reflejan aspectos y vínculos -por primera vez descubiertos- de diversos fenómenos, contiene conceptos elaborados con anterioridad. Cada juicio de esta clase adquiere cuerpo en una proposición, y los conceptos contenidos en el juicio se hallan manifiestos mediante palabras nacidas anteriormente. Luego, utilizamos necesariamente estas proposiciones cuando realizamos inferencias a base de conocimientos (juicios) recién adquiridos y pasamos a elaborar un nuevo concepto. Así, pues, un nuevo conocimiento (nuevos juicios, correspondientemente, proposiciones de nuevo contenido) adquirido a base del quehacer práctico constantemente renovado, se halla revestido, al principio, con una forma vieja (conceptos elaborados antes y -correspondientemente- viejas palabras). Ahora bien, al llegar a cierta etapa, pasamos a un grado cualitativamente nuevo en el desenvolvimiento de nuestro saber, formamos nuevos conceptos cuyo contenido, al principio, puede expresarse en forma descriptiva mediante un grupo de palabras (a las que se han asignado conceptos anteriormente elaborados). Luego, el nuevo conocimiento se adscribe a una palabra especial o a una combinación de palabras. Una y otra pueden consistir en antiguas formaciones adaptadas a la nueva significación o pueden ser de nuevo cuño. Ello depende de las leyes de la lengua dada. En ambos casos, el nuevo concepto implica un cambio en la lengua, aunque no sea más que por la adquisición de un nuevo significado fundamental por parte de una de las palabras o expresiones de la misma.

        Esta es la razón de que consideremos perfectamente justa la crítica a que L. S. Kovtún somete las opiniones sustentadas en publicaciones de nuestro país afirmando que la palabra no es capaz de transmitir de manera adecuada el contenido del concepto y que el significado de la palabra no se desarrolla a la par que avanza el saber del hombre concerniente a dicho significado. El que una palabra del dominio común se retrase respecto al significado de un término científico no es motivo para negar el progreso del significado corriente de la misma. Además, la existencia de la terminología científica impugna directamente la tesis de que la palabra no es capaz de dar a conocer el concepto científico. “… Para la palabra -observa L. S. Kovtún- no son de ningún modo, indiferentes los cambios que se producen en el contenido del concepto que aquélla exprese mediante su significado. Cambios semejantes pueden tener consecuencias que afecten directamente a la lengua y lleven a cierta limitación o ampliación de las concatenaciones libres de las palabras… a la transformación de las combinaciones libres de la palabra en combinaciones fraseológicas, etc.”22

        Tenemos, pues, que el hontanar de nuevas palabras y de nuevos conceptos no radica en la arbitraria voluntad de un individuo ni es su afán de inventar un signo para el divino “yo” inexpresable en el idioma común de los hombres. La formación de un nuevo concepto (lo mismo que la de todos los conceptos viejos) no tiene un origen subjetivo ni espiritual, sino que es objetivo y material. La fuente de las nuevas palabras y de los nuevos conceptos se halla en los objetos y procesos del mundo material, que tienen existencia objetiva, de los cuales son reflejo los nuevos conceptos creados en el proceso del quehacer social de los hombres. La actividad del ser humano transforma la realidad material, y con ello condiciona el desenvolvimiento del conocer humano que refleja en sus conceptos con creciente profundidad y amplitud de realidad objetiva.

        Sobre el problema relativo al origen de nuevas palabras en relación con el nacimiento de nuevos conceptos que reflejan nuevos fenómenos, arrojan diáfana luz las palabras de V. I. Lenin que a continuación citamos y que fueron escritas contra los populistas que defendían tenazmente la expresión “oficio” (es decir, ocupación colateral) para designar todas las ocupaciones de los campesinos fuera de la parcela.

        “… Refieren al “oficio” todas las ocupaciones, sean de la clase que sean, a que se dedican los campesinos fuera de la parcela; fabricantes, obreros, dueños de molinos, campos de regadío, aparceros y jornaleros: acaparadores, mercaderes y peones; comerciantes en madera y leñadores; contratistas y albañiles; representantes de las profesiones liberales, empleados y mendigos, etc., todos son “¡hombres de oficio!” Este salvaje uso de la palabra es una supervivencia de la tradicional… concepción según la cual, en la “parcela” se halla la ocupación “auténtica” y “natural” del mujik, y todas las demás ocupaciones se incluyen indistintamente en los oficios “colaterales”. Mientras existía el régimen de servidumbres, semejante empleo de la palabra tenía su raison d’être, pero ahora todo esto constituye un escandaloso anacronismo. Semejante terminología entre nosotros se mantiene también, en parte, porque armoniza perfectamente con la ficción relativa al campesino “medio” y excluye directamente la posibilidad de estudiar la diferenciación del campesinado…”23

        A nuestro parecer, en las palabras que anteceden se ve con meridiana claridad que el nacimiento de nuevos fenómenos sociales (en relación con el desarrollo del capitalismo en Rusia) exige de nosotros nuevos conceptos que reflejen fielmente dichos nuevos fenómenos: el intento de aplicar viejos conceptos a los nuevos fenómenos es una deformación reaccionaria de la realidad, es una farsa. La aplicación de nuevos conceptos exige a su vez, naturalmente, una nueva terminología y renunciar a la que ha envejecido en las nuevas condiciones del “salvaje uso de la palabra”. Semejante “uso” de las palabras fue uno de los recursos de que echaron mano los populistas en su afán de refutar, costara lo que costara, el hecho objetivo de la diferenciación de las clases en el campo.

        El ejemplo aducido es una prueba convincente de que el origen de las nuevas palabras y expresiones no es, de ningún modo, resultado de los esfuerzos de las personas que no encuentran palabras en el idioma para “expresarse a sí mismas”, para expresar “su individualidad”.

        En realidad, el nacimiento de nuevas palabras no es, ni mucho menos, el producto de la creación “libre” de personas que sienten que no pueden “expresar” su “yo” individual. Es un proceso objetivamente condicionado que se verifica con carácter necesario y que es inherente a la regularidad objetiva. Los individuos que por primera vez elaboran el nuevo concepto o que hallan para él la expresión verbal, llevan a cabo una labor que ha madurado objetivamente, en un momento en que se hallan ya en sazón los medios que permiten ejecutarla, pues la tarea ha emergido de las necesidades de desarrollo material de la vida de la sociedad, objetivamente producidas.

        Mientras que las causas de la aparición de nuevos conceptos y palabras radican en el proceso objetivo del desarrollo de la sociedad y del conocimiento, el procedimiento concreto en virtud del cual se crea la nueva palabra en la lengua dada (o la nueva significación de una palabra vieja) depende de las leyes específicas del idioma en cuestión. Estas leyes poseen también carácter objetivo y excluyen toda arbitrariedad. En el nacimiento de nuevas palabras no solo se pone de manifiesto la regular aparición de nuevos conceptos, sino que, además, se revelan las leyes de la formación de palabras interiormente propias de la lengua dada en el correspondiente grado de su desarrollo.

        Tenemos, por tanto, que no existen ni pueden existir pensamientos -entre ellos, conceptos- fuera de las palabras. Todo concepto se encarna, se fija en una palabra o en un grupo de palabras en las que halla su expresión material. Mientras no existan tales palabras, mientras no se han hallado, no existe tampoco el concepto.

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(*) D. P. Gorski y otros, Pensamiento y lenguaje, Boguslavski, La palabra y el concepto, La palabra como envoltura material del concepto. Editorial J. Grijalbo, México, D. F., 1966, págs. 193-206.

(1) C. Marx y F. Engels: Obras, t. 3. Editorial del Estado de Literatura Política, Moscú, 1955, pág. 448.

(2) R. Carnap, Der logische Aufbau der Welt, Berlín, 1928, pág. 6.

(3) R. Carnap, Der logische Aufbau der Welt, Berlín, 1928, pág. 220.

(4) Ibídem, pág. 250.

(5) R. Carnap, Der logische Aufbau der Welt, Berlín, 1928, pág. 247. En este caso, por realismo se entiende materialismo.

(6) Ibídem, pág. 86.

(7) Ibídem, pág. 226.

(8) Ibídem, pág. 86.

(9) Citado según el libro de Cornforth La ciencia contra el idealismo, Editorial de Literatura Extranjera, Moscú, 1948, pág. 190.

(10) V. I. Lenin, Obras, t. 31, pág. 83.

(11) Citado según el libro de Adam Schaffer Algunos problemas de la teoría marxista-leninista acerca de la verdad, Editorial de Literatura Extranjera, Moscú, 1953, pág. 98.

(12) Citado según el libro de Cornforth La ciencia contra el idealismo, pág. 222.

(13) Citado según el libro de Cornforth En defensa de la filosofía, Editorial de Literatura Extranjera, Moscú, 1951, pág. 144.

(14) Ibídem, pág. 140.

(15) Citado según el libro de Cornforth En defensa de la filosofía, Editorial de Literatura Extranjera, Moscú, 1951, pág. 137.

(16) B. Russell, Últimos trabajos acerca de los principios de la matemática. “Nuevas ideas en matemáticas”. Primer cuaderno, S. Petersburgo, 1913, páginas 86-87.

(17) R. Carnap, Der logische Aufbau der Welt, pág. 21.

(18) G. Hegel, Werke, t. XIV, Berlín, 1833, págs. 143-144.

(19) F. Engels, Anti-Dühring, Editorial del Estado de Literatura Política, 1953, pág. 40.

(20) C. Marx y F. Engels, Obras, t. 3, pág. 29.

(21) Citado según el libro de Cornforth En defensa de la filosofía, página 142.

(22) Problemas de lingüística, núm. 5, 1955, pág. 71.

(23) V. I. Lenin, Obras, t. 3, págs. 69-70. [El texto en referencia se encuentra en El desarrollo del capitalismo en Rusia, en el cual se dice “diferenciación” en lugar de “descompensación” como se señala en el libro del cual tomamos el texto. CH].


Literatura

Crítica a André Coyné sobre los Escritos en Prosa de CV

Julio Carmona

ANDRÉ COYNÉ fue uno de los primeros estudiosos extranjeros que se interesó por la obra de César Vallejo. Si no me equivoco fue en las décadas del 40 o 50 del siglo pasado que inició su peregrinar por dicha obra, peregrinaje que incluye su visita a Santiago de Chuco, en donde descubrió la partida de bautismo que le sirvió para determinar la controvertida fecha del nacimiento de nuestro poeta. Es, pues, una tarea que merece ser resaltada. Sin embargo, ese mérito, se ve desmerecido por algunas opiniones suyas que menoscaban su idoneidad. Me remito a una de sus cuestionables opiniones. Dice:

«Media un abismo entre la poesía de Vallejo y sus demás escritos. El abismo en sí es revelador y nos interesa como tal. [a] Las crónicas que en 1925, 1926 o 1927, el autor de Trilce manda desde París a revistas limeñas [b] reflejan una voluntad de orden, más aún, de autenticidad, que dicta los juicios sobre los hombres y las obras. [c] Esa voluntad, si bien acierta a definir valores ya seguros —desde Baudelaire y Dostoievski hasta Proust y Reverdy— se equivoca cuando denigra, por ejemplo, al surrealismo o a la primera novela de Bernanos» [d]. (1989: 184-189).1

a)   «Media un abismo entre la poesía de Vallejo y sus demás escritos.2 El abismo en sí es revelador y nos interesa como tal.» Si bien, es cierto, esta no es una aserción privativa del señor Coyné (hay otros que corean lo mismo, aunque no con tanta asertividad3, casi apodíctica)4, la afirmación de Coyné tiene el plus de la ‘agresividad pasiva’ (como ya lo destaqué en la explicación de la palabra asertividad). Porque eso de establecer la existencia de un abismo entre dos medios no comparables —el verso y la prosa— es, por decir lo menos, una hipérbole infeliz. Y lo peor es que eso lo haga como una verdad que no necesita demostración, es decir, sin el sustento debido. Y, pues, de esa manera, ya establecida como tal verdad, el crítico puede decir todo lo que se quiera5, hasta una tautología, como la frase que la sigue: que «el abismo en sí es revelador». Obvio, si se demuestra que hay tal abismo, pues, tiene que ser revelador (a no ser que —como en este caso— esa demostración brille por su ausencia, basada solo en la creencia de que el lector así la asumirá, sin chistar). Y la frase que sigue: «y nos interesa como tal», sorprende, no por ser redundante —como la precedente— sino por su ambigüedad, porque cabe preguntar: ¿Qué es lo que le ‘interesa como tal’: el abismo en sí, o lo que revela? Si es lo primero pues, entonces, tendrá que demostrar el porqué es tal abismo. Y si es lo segundo, que diga también qué es ‘lo que revela’. Sin embargo, como veremos a continuación, ninguna de esas cuestiones es puesta en evidencia, y solo se verá que usa la, previamente, ya «devaluada» prosa de CV (devaluada por él) solo para llevar agua a su molino.

b)   «Las crónicas que en 1925, 1926 o 1927, el autor de Trilce manda desde París a revistas limeñas…». Nótese en el comienzo de esta proposición que —contra lo que uno espera: que sea la respuesta a las cuestiones surgidas— está sesgando su afirmación primigenia, pues en esta ha comparado la poesía de CV con todos «sus demás escritos»: es decir, todo lo que no es poesía o verso, sino todo lo que está en prosa —aunque seguro exceptúa a los poemas en prosa—; pero a lo que se refiere, en particular, es a sus crónicas, y reducidas a las que escribiera en los años 25, 26 y 27: y esas crónicas no son todos «sus demás escritos».

c)   «… reflejan una voluntad de orden, más aún, de autenticidad, que dicta los juicios sobre los hombres y las obras.» Y esto (que sigue y completa la proposición anterior —que dejé en suspenso), sorpresivamente, no es una calificación negativa. Todo lo contrario, o, al menos, releva algunos méritos atendibles: porque dice que es una prosa de orden y autenticidad, y que sirve de medio a una voluntad que ‘dicta juicios sobre hombres y obras’.

d)   Sin embargo, lo que sigue y pone punto final a la cita: «Esa voluntad, si bien acierta a definir valores ya seguros —desde Baudelaire y Dostoievski hasta Proust y Reverdy— se equivoca cuando denigra, por ejemplo, al surrealismo o a la primera novela de Bernanos». En primer lugar, aquí AC restringe lo que ha observado como favorable en la prosa de CV, pues hace ver que eso ya antes ha sido realizado por otros autores que menciona: «desde Baudelaire y Dostoievski hasta Proust y Reverdy». En segundo término, cabe destacar que es interesante precisar que lo observado sobre la opinión de CV respecto de Bernanos, ya la había planteado AC en la revista Las moradas (que dirigía E. A. Westephalen), en la década de los cuarenta del siglo pasado. Y ya entonces, como ahora, decía lo mismo de la crítica de CV. Considero pertinente reproducir lo que escribió en la década del 40 del siglo pasado (y repitió en 1989):

«En una crítica del todo equivocada, la primera que ha presentado a Bernanos en una revista peruana (Mundial, 1926) César Vallejo después de leer la primera novela del autor, escribe: “Su profundo anacronismo psicológico lo ha perdido, y el señor Bernanos no podrá lograr abrir la brecha espiritual que necesita nuestra época… Los mozos de ahora han visto ya a Satán en las trincheras…”» (1947: 104).

Y ahí dice AC que esta crítica de CV es «del todo equivocada», precisando que es «la primera [mas no precisa que es también la única] que ha presentado a Bernanos en una revista peruana». Pero, por su lado, Coyné solo toma una parte de la cita a que alude: «Los mozos de ahora han visto ya a Satán en las trincheras». Y opone a esa cuestión lo siguiente: «Pero Bernanos también había peleado en las trincheras y su obra no tiene ningún carácter de una obra al margen». Sin embargo, del hecho de que un autor haya participado directamente en una guerra de trincheras no se ha de inferir, de buenas a primeras, que su obra se incline por el tratamiento de esa situación. Y el mismo Coyné contradice lo que ha dicho de Bernanos: «que su obra no tiene ningún carácter de una obra al margen», pues en la segunda página de su artículo ha escrito que «No todos los realistas son escritores», y agrega que también lo es «la muchedumbre fácilmente reconocible de los negadores del espíritu, de los doctores que lo matan y de los viejos que lo entierran» (p. 89). Es decir: ¡eso es lo que criticaba CV a la obra de Bernanos! Su propensión a separar ‘lo material que fenece de lo espiritual que permanece’; no se pierda de vista que ese es el título del artículo de Coyné en Las Moradas: «Bernanos, “testigo de lo que dura”», que no es sino una parte de la cita que corona al artículo: «… la clase de servicios que presto y me hacen pasar, entre los muchos imbéciles, por un demoledor,  cuando yo no querría —Dios lo sabe— sino permanecer hasta el fin, en una sociedad que se deshace en polvo, como el testigo de lo que dura frente a todo lo que da la ilusión de durar…» (p. 88). De tal manera que CV no se equivocó al poner en su sitio a Bernanos, es decir, en el campo de los metafísicos. Y más bien quien yerra de manera clamorosa es Coyné (en su libro de 1989) al decir de CV que «se equivoca cuando denigra (…) a Bernanos». ¡Guarda!: «denigra» es una palabra bastante fuerte que, atribuida a la voluntad de CV, es una imputación —a su vez— denigrante. Asumiendo solo las acepciones del diccionario: «1. Decir cosas negativas en contra del buen nombre, la fama y el honor de una persona; 2. Dirigir a una persona insultos o juicios despectivos», no son —de ninguna manera— aplicables a la voluntad de CV. Y es preciso descartar el infundio, citando la única6 referencia que CV hace de Bernanos en sus crónicas Desde Europa:

«A este respecto he de citar un libro tremendo, “Bajo el Sol de Satán” que acaba de publicar Georges Bernanos y que toda la crítica francesa reputa como una obra genial. En ese libro hay párrafos espantosos. Se trata de lo que acabo de expresar: del tormento místico de nuestra época. Para una mentalidad clara, despreocupada y amiga del sport, esta novela ha de parecer una úlcera terrible. Yo mismo no he podido sustraerme a la repulsión de ese libro. Me ha dado náuseas. No, precisamente, porque se trate allí de un gran motivo religioso, a la manera medioeval, sino tal vez porque el señor Bernanos no ha sabido tratarlo. ¡Qué magnífico flanco para una gran obra: Dios! ... ¡La dicha eterna! ... ¡La manera de llegar a ella! ... ¡Las fuerzas y direcciones del espíritu! ... ¡Las fuerzas y direc­ciones del cuerpo! ... ¡Las lóbregas encrucijadas y los sutiles y perlados crepúsculos del infinito!... Pero el señor Bernanos olvida que estamos en 1926 y no en el año en que murieron Abelardo y Eloísa, ni siquiera en los días de León Bloy. Su profundo anacronismo psicológico le ha perdido, y “Bajo el Sol de Satán” no podrá lograr abrir la brecha espiritual que ne­cesita nuestra época. A estos muchachos que se han muerto de todos los dolores, de todas las miserias y de todas las tragedias humanas en 1914, no se les podrá tocar el corazón sino mostrándoles otros dados del destino, otras posibilidades de ascensión, más inmediatas, más humanas, más uni­versales, que las posibilidades encuadradas dentro de una sola disciplina religiosa, ésta o aquélla. El rostro de Satán habría que buscarlo fuera de la iconografía católica; las llagas del mártir habría que buscarlas en otra cintura que no fuese la del abate Donissants. Estos mozos de ahora han visto ya a Satán en las trincheras y a los santos penitentes en la Cruz Roja.

¡Señor León Daudet! ¡Voto por el gran espíritu católico de usted! Pe­ro permítame tomar mi sombrero y alejarme sin ruido del templo, antes de darme cuenta de que el nuevo cura de Ars, de M. Bernanos, ha fallecido de martirio, en la sombra propicia del confesonario.

¡Mi generación pide otra disciplina de la vida!...»7

Y es —reitero— la única crítica que CV hace a Bernanos y a su obra. Y en ella no se aprecia nada de denigrante ni para el autor ni para la obra. No se extralimita fuera de ella. Solo la confronta con el referente que debió tener en cuenta al escribirla. Y, por lo demás, el señor Bernanos —si pudiera— se sentiría halagado de que CV se ocupara de una obra que ya no existe (igual que el señor Bernanos). Pero Coyné ha considerado esa crítica de CV como si se la hubiera hecho al Espíritu Santo. Y, una vez más, no sustenta lo que afirma: no dice por qué esa crítica resultó ser «denigrante» (al menos para su parecer). Por lo tanto, si no se ponen las pruebas para que una acusación sea considerada denigrante —desde el punto de vista de lo justo— esa acusación es falsa o difamatoria. Pero estamos tratando de juicios literarios y en ellos quienes los ejercen resultan ser inimputables, aunque sí pueden ser contradichos o refutados, o, si no, temperados por quien los emitió. Y es así que André Coyné consiente en admitir los aciertos de la «voluntad del juicio crítico» de CV, y dice:

«Por cierto, tiene razón el cronista en censurar, en la nueva poesía latinoamericana “a base de palabras o metáforas nuevas”, mucha “pedantería de novedad” y en querer disociar a los poetas simplemente novedosos de los realmente nuevos [a]; solo que, llegado el caso de especificar nombres, enzarza entre los primeros a Neruda, Borges y Maples Arce [b], y les opone como dechado de los segundos al solo Pablo Abril de Vivero8, y eso por “la humana hermosura de [su] llana elocución y de [su] rara virtud de emocionar”» (1989) [c]

a)   Como ya he dicho, Coyné admite lo positivo del juicio vallejiano, relacionado con lo que está ocurriendo en el quehacer poético de su momento, dominado básicamente por el vanguardismo, y, asimismo, reconoce que en oposición a este releva a otro quehacer poético que se yergue, potencialmente, contra el ímpetu arrollador del primero.

b)   Pero —y en seguida— Coyné precisa cuáles son los poetas cuestionados por CV: Neruda, Borges y Maples Arce; sin embargo, no se cura en salud pues no es eso lo que él hace cuando se trata de sustentar lo que afirma. Y, cuando lo hace —como en este caso— confunde los términos, porque cuando CV menciona a los citados por él no es que los esté devaluando. Solo señala que esos poetas de Hispanoamérica no están haciendo otra cosa que seguir a los que están de moda en París9, y así dice: «Un verso de Neruda, de Borges, de Maples Arce, no se diferencian en nada de uno de Tzara, de Ribemont o de Reverdy», es decir, que está cuestionando su seguidismo de la tendencia formalista, descuidando las esencias de su realidad. Por eso, CV agrega: «En Chocano, por lo menos, hubo el barato americanismo de los temas y nombres. En los de ahora, ni eso» (1987: 204). Es más, CV precisa, cuando —por lo menos— se refiere a Borges que pone como ejemplo a su Fervor de Buenos Aires, y no a toda su obra (como sí lo hace Coyné con todos los «demás escritos» de CV), y dice que «ejercita un fervor bonaerense tan falso, como lo es el latino-americanismo de Gabriela Mistral y el cosmopolitismo a la moda de todos los muchachos americanos de última hora» (p. 205).

c)   Y lo mismo que he dicho en el apartado precedente se puede decir de lo que Coyné considera desfasado por referirse a Pablo Abril de Vivero, estimo que considerando erróneo el énfasis puesto por CV en ‘lo humano y la llaneza de su elocución y su virtud para emocionar’. Y no hay tal desfase ni error. CV opone, al malabarismo tecnicista de la vanguardia, lo humano y lo llano en el decir, así como el valor de lo emotivo. Esas son cualidades que CV siempre ha relevado desde sus inicios hasta antes de su final. Y si el ejemplo que tiene más a la mano es el de su amigo Pablo Abril, ¿qué de censurable hay en eso? ¿Acaso los críticos, cuando tratan de las obras de su momento, lo hacen pensando que esas obras van a ser inmortales? No todos los críticos se limitan a comentar obras consagradas. Pero la soterrada ironía de Coyné —al subestimar ‘lo humano, lo llano y lo emotivo’ relevados por CV— se explica por su adhesión a la poesía formalista, es decir, al vanguardismo. Y es lo que aflora en los dos siguientes párrafos que transcribo en extenso:

«Afortunadamente, cuando apartándose de censuras y celebraciones extrañas, Vallejo considera su obra personal, la reivindica sin admitir siquiera debate. [a] A fines de 1925, al referirse a opiniones adversas a Trilce (libro que ha de valerle en 1926 su inclusión en el índice de la nueva poesía americana editado en Buenos Aires por Hidalgo, Huidobro y Borges), el entonces enemigo de tantos “vanguardistas … por cobardía o indigencia” [b] rehúsa comentar sus versos y confía tranquilo en el juicio del futuro: “Siempre gusté de no discutirme ni explicarme, pues creo que hay cosas o momentos en la vida de las cosas que únicamente el tiempo revela y define”.

a)   Es obvio que si a CV le pedían una opinión sobre su obra no iba a hacerlo con ‘auto-censuras o auto-celebraciones extrañas’. Y no es acertado que se diga que (a su obra) «la reivindica sin admitir siquiera debate», pues, al completar más adelante este aserto, resulta que no se ratifica esa supuesta reivindicación: Vallejo —dice Coyné— «rehúsa comentar sus versos y confía tranquilo en el juicio del futuro: “Siempre gusté de no discutirme ni explicarme, pues creo que hay cosas o momentos en la vida de las cosas que únicamente el tiempo revela y define”.»

b)   En esta parte, hay una ironía soterrada de Coyné, cuando dice de Trilce que es un «(libro que ha de valerle en 1926 su inclusión en el índice de la nueva poesía americana editado en Buenos Aires por Hidalgo, Huidobro y Borges),» insinuando que CV fue injusto con Borges, y que este tuvo la hidalguía de incluirlo en ese «nuevo índice», a él que había actuado como «enemigo de tantos “vanguardistas … por cobardía o indigencia”10». Pero sigamos con la cita de Coyné:

Por más que Vallejo valorice la emoción, no nos llegaría su emoción de no estar sostenida por una “estética” original que dista mucho de la “llana elocución” de Ausencia de Pablo Abril y, ajena a las recetas y mentiras enumeradas en el artículo “Contra el secreto profesional”, [c] no por eso se somete a “la razón de Paul Souday” o al trillado “buen gusto”, sino que de todas maneras pertenece —valga lo que valga el termino— al ámbito del vanguardismo. El estilo redime los trozos más sentimentales, hasta lastimeros de Trilce, y es un estilo marcado por el “aire del tiempo”, aun cuando manifiesta caracteres personales, [d] los que, borrada la agresividad, sellarán los largos períodos de 1937, solemnes, religiosos, y simultáneamente devastados por el cataclismo de seguir dándose “contra todas las contras”, a la espera de dar “con el jamás de tanto siempre”. [e]

c)   Luego, vuelve a ironizar en torno al reclamo que CV hace para que la poesía nueva exprese también una nueva emoción, y sugiere que si hay emoción en su poesía es gracias a «estar sostenida por una “estética” original» (aludiendo a la estética vanguardista como se verá en la siguiente alerta). Pero aun agrega Coyné que es una estética «ajena a las recetas y mentiras enumeradas en el artículo “Contra el secreto profesional”,» y otra vez se descubre al crítico lanzar acusaciones (esta vez de mentiroso a CV) sin explicar cuáles son esas mentiras.

d)   he aquí lo de AC, que adelantamos en la alerta precedente, cuando dice: que la ‘estética original’ de CV «de todas maneras pertenece —valga lo que valga el término— al ámbito del vanguardismo.» Y hasta llega a decir que es ese estilo vanguardista el que «redime los trozos más sentimentales, hasta lastimeros de Trilce». Porque es un estilo, el vanguardista [dice], «marcado por el “aire del tiempo”, aun cuando manifiesta caracteres personales». Es decir que los «caracteres personales» del estilo vallejiano valen poco, pues lo cierto es que está «marcado por el “aire del tiempo”», es decir, el aire privatizado del vanguardismo. Si se tuviera que reivindicar los estilos que ‘dejan su marca en el aire del tiempo’, pues lo mismo se tendría que decir del mismo vanguardismo respecto del modernismo, del cual —según observación de Ángel Rama— «ninguna poesía moderna puede prescindir de [su] aportación», pues el modernismo, según Rama «estableció las bases de una creación autónoma y vigente; nutre la poesía posterior, le permite vivir y desarrollarse» (cit. por Yudice, D-1985: 58).11 Realmente, yo siento la tentación de suponer —con ucronía— que si CV viviera usaría la expresión popular: «No me defiendas, compadre».

e)   Aquí hay que destacar que esos «caracteres personales», resaltados por Coyné, que tendría el estilo vanguardista de CV, se desarrollarían en España, aparta de mí este cáliz, previamente «borrada la agresividad», de Poemas humanos, se entiende, porque en este libro se manifiesta abiertamente la adhesión de CV al marxismo, contrariamente —sugiere Coyné— a lo que pasa en el libro posterior en que aparecen «los largos períodos de 1937, solemnes, religiosos, y simultáneamente devastados por el cataclismo». Y concluye así la cita de Coyné

Apreciamos mejor la distancia que separa al prosista —sincero y algo descarrilado hasta 1928, luego aplicado a servir la causa que le parece entonces contener la mayor carga de humanidad de la historia—, del poeta superior a cuanto escriba sobre poetas, y cuyo instinto le prohíbe malgastar la poesía o hacer oficio de ella, aunque sea con las más justas intenciones, prefiriendo acallarla a prostituirla como pronto se dedicaría a prostituirla Neruda»12 [f] (p. 185. La cursiva es mía).

f)    Y, en este último párrafo, Coyné retoma la idea primigenia (que dio pauta para iniciar las alertas de este comentario): que el prosista está separado del poeta, aunque aquí —hay que reconocerlo— morigera su valoración de la prosa, pues distingue la que va hasta 1928, en la que dice: ‘el prosista era sincero y algo descarrilado’, de la posterior a ese año en la que mostrará su adhesión al marxismo. Pero insiste en que el poeta siempre será «superior a cuanto escriba sobre poetas». Y—pretendiendo inmiscuirse en las decisiones íntimas del poeta— todavía añade que su «instinto le prohíbe malgastar la poesía o hacer oficio de ella, aunque sea con las más justas intenciones», es decir, está insinuando que Poemas humanos fue un ‘malgasto de poesía’, y añade que prefirió «acallarla a prostituirla como pronto se dedicaría a prostituirla Neruda», justamente, se refiere al Neruda posterior a las vanguardistas Residencias, con las que Coyné —con seguridad— sí se identificaba. Por favor: «Andá a cantarle a Gardel».13

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Notas:

(1) Esta referencia a Bernanos, Coyné la había planteado ya cuarenta años antes, mostrando desde ya un afecto idealista hacia dicho autor, tanto así que da la impresión de que la crítica a él es poco menos que se hubiera hecho al espíritu santo. Más adelante hago una cita de este artículo.

(2) En página anterior ha hecho un adelanto de esta idea: «… sólo en su poesía fue verdaderamente genial: verdaderamente lúcido» (p. 183).

(3) ‘La asertividad es una habilidad social que permite a la persona comunicar su punto de vista desde un equilibrio entre un estilo agresivo y un estilo pasivo de comunicación’.

(4) Xavier Abril también lo hace: «El estilo cambia radicalmente del verso a la prosa. A pesar de ciertas reconocidas crudezas usadas por Vallejo en Trilce y en Poemas humanos, habrá que convenir en que son diferentes, en calidad, a las aportadas, por ejemplo, en El tungsteno. El desnivel se debe no solo a un problema de elaboración, propiamente dicho, sino a la circunstancia de reproducir un eco costumbrista de la realidad. Vallejo paga, con ello, su tributo al “realismo” tardío y a la anécdota naturalista, directa chabacana, como se dio en el siglo XIX. (…) Este no es un defecto exclusivo de Vallejo. Sabido es que han incurrido en él cuantos se han sacrificado alegremente al reproducir los detritus y los humores contingentes de la sociedad humana, confundiéndolos, no sin cierto entusiasmo gregario, con los signos positivos de la misma» (1980: 137).

(5) «… el crítico teológico considera como algo perfectamente natural el que haya de hacerse, en el campo filosófico, todo lo necesario para que él pueda charlar acerca de la pureza de la crítica resuelta y total, y se considera como el verdadero triunfador sobre la filosofía…» (Marx, 1982: 559).

(6) Situación, esta, que rectifica lo dicho por AC, cuando escribe que es «la primera que ha presentado a Bernanos en una revista peruana», aunque esta acotación es ambigua porque no se sabe si es la primera de CV, y que después hay otra de él, o que después de CV otros autores también habrían hablado o que en el futuro pudieran hablar de Bernanos.

(7) César Vallejo, «París renuncia a ser centro del mundo», en: Mundial, N° 320, 28 de julio de 1926. Ver también: César Vallejo, 1987: 105).

(8) Sobre esta contradicción, aparente, en la apreciación crítica de CV, Marta Ortiz Canseco dice: «Vallejo alabó siempre la poesía de su amigo Pablo Abril de Vivero, y sin embargo no dedica los mismos halagos al hermano de este, Xavier Abril, considerado hoy mejor poeta» (…) «Esta antología se basa en la relevancia de que un autor como Vallejo, imbuido de su época, alabe a poetas como Pablo Abril o Alcides Spelucín, y no a otros como Alberto Hidalgo o Martín Adán, valorados ahora por encima de los demás» (2013: 10). Con ese criterio inclusivo de todos los poetas aparecidos entre 1921 y 1931, concluye la autora que busca «mostrar la variedad de la época» e invertir «el orden de algunos cuestionamientos: como el hecho de llamar a esta década vanguardista, excluyendo todo lo demás» (op. cit.: 12).

(9) Una reflexión más atinada (aunque no exenta de prejuicio) sobre este tópico es la siguiente: «Recuérdese que Vallejo discutió la poesía escrita por Mistral, Neruda y Borges, tildándolas casi como reproducciones europeas. Pese a la injusticia de sus afirmaciones en ellas se observa la búsqueda de una independencia literaria que ofrezca un ritmo propio.» (Polanco, 2018).

(10) Si bien es cierto Coyné ha cuidado en poner comillas a la frase «vanguardistas… por cobardía o indigencia», siempre resulta ser riesgoso extraer frases cortadas de una cita más amplia, pues, para un lector no avisado, puede dar la impresión de que al referirse a CV como el «enemigo de tantos “vanguardistas… por cobardía o indigencia”» pareciera que la «cobardía o indigencia» las está aplicando al «enemigo de tantos vanguardistas» (o sea a CV).

(11) La misma consideración propugna Saúl Yurkievich (1996).

(12) Otro crítico que se aprovecha de hacer la comparación Vallejo/Neruda es Pedro Granados (2014), cuando dice lo siguiente: «Nunca mejor ubicado o autodefinido, el yo poético es entonces, en estos poemas de “Nostalgias imperiales”, radicalmente un ser solar. Por no decir también, a su modo, un Inca, real y actuante; aunque, debemos puntualizarlo desde el principio, muy distante de la autorrepresentación modernista megalómana y grandilocuente (tipo José Santos Chocano) o de una melancolía algo posterior y no menos oportunista (tipo Pablo Neruda)» (p. 111).

(13) Enrique Ballón refiere la opinión que Georgette tenía de Coyné: «… respecto a los textos crítico-biográficos de André Coyné y Juan Larrea en que yo sustentaba los datos atribuidos a las vicisitudes circunstanciales del poeta. Enarbolando su propio testimonio, desbarataba las especulaciones de Coyné y Larrea sobre los sucesos atribuidos por ellos a la vida de Vallejo. En su criterio esos anecdotarios no eran sólo no fiables sino desinformados, malintencionados y hasta infamantes» (S/f: 14). Además, se puede hacer una cita textual de la carta de Georgette dirigida a Ballón: «Cuando se ha sido testigo de sus quejas estridentes contra los alumnos de la Alianza Francesa, frotando sus piernas contra las suyas; que lo he visto, cierto día que yo discutía con él sobre el marxismo irrefutable de Vallejo, la espuma acumulada en sus labios crispados de furia; (…) uno se pregunta lo que tal hombre tiene de común con Vallejo» (S/f: 13).

Referencias bibliográficas

Abril, Xavier (1980). Exégesis trílcica. Lima: Labor.

Ballón, Enrique (S/f). Manuscritos poéticos de César Vallejo. (Texto en PDF hallado en Internet sin dirección Web).

Coyné, André (1989). César Vallejo. Trujillo: Ediciones SEA.

          André (¿1949?). «Bernanos, “Testigo de lo que dura”», en: Las moradas N°s 7-8, Lima: s/e.

Granados, Pedro (2014-1). «Trilce: modernización y mito», en: Varios, Vallejo-2014. Actas del Congreso Internacional Vallejo Siempre. Lima: Cátedra Vallejo. 4 tomos.

Marx, Carlos (1982). «Manuscritos económico-filosóficos de 1844», en: Escritos de juventud. México: FCE

Ortiz Canseco, Marta (2013). Poesía peruana 1921-1931. Lima: Librería Sur.

Polanco Salinas, Jorge (2018). «El hambre en César Vallejo», ponencia presentada en el Coloquio a 100 años de la escritura de Los Heraldos negros. Organizado por CEPIB-UV, Universidad de Valparaíso, Facultad de Filosofía, Chile.

Vallejo, César (1987). Desde Europa. Lima: Fuente de Cultura Peruana.

Yurkievich, Saúl (1996). La movediza modernidad. Madrid: Taurus.


CREACIÓN HEROICA