Análisis e Interpretación del Poema "La violencia de
las horas" del Libro Poemas en Prosa
de César Vallejo
Julio Carmona
La violencia de las horas
Todos han muerto.
Murió doña Antonia, la ronca, que hacía pan barato
en el burgo.
Murió el cura Santiago, a quien placía le saludasen
los jóvenes y las mozas, respondiéndoles a todos, indistintamente: «Buenos
días, José! Buenos días, María!»
Murió aquella joven rubia, Carlota, dejando un
hijito de meses, que luego también murió a los ocho días de la madre.
Murió mi tía Albina, que solía cantar tiempos y
modos de heredad, en tanto cosía en los corredores, para Isidora, la criada de
oficio, la honrosísima mujer.
Murió un viejo tuerto, su nombre no recuerdo, pero
dormía al sol de la mañana, sentado ante la puerta del hojalatero de la
esquina.
Murió Rayo, el perro de mi altura, herido de un
balazo de no se sabe quién.
Murió Lucas, mi cuñado en la paz de las cinturas,
de quien me acuerdo cuando llueve y no hay nadie en mi experiencia.
Murió en mi revólver mi madre, en mi puño mi
hermana y mi hermano en mi víscera sangrienta, los tres ligados por un género
triste de tristeza, en el mes de agosto de años sucesivos.
Murió el músico Méndez, alto y muy borracho, que
solfeaba en su clarinete tocatas melancólicas, a cuyo articulado se dormían las
gallinas de mi barrio, mucho antes de que el sol se fuese.
Murió mi eternidad y estoy velándola.
Con el título «La violencia de las horas», el locutor poético ha recurrido
a la figura retórica de la sinécdoque
en su sentido de mencionar a la parte
(las horas) para referirse al todo
(el tiempo). Y la hora, referida a cada uno de los sujetos del texto, es la que
(en el imaginario popular) se suele llamar «la mala hora»: la hora de la
muerte, que puede también consignarse como un acto violento, pues, como diría
Unamuno, es la agonía o la lucha entre la vida y la muerte.
Paso analizar e interpretar este poema que figura en el
libro de César Vallejo: Poemas en Prosa.
Todos han muerto.
¡Qué mayor violencia se
puede constatar que con esta frase: «Todos
han muerto»! Si se la relaciona con el título, «La violencia de las horas», esa
violencia ejercida contra todos, constituye, realmente, un acto
trágico. Aunque, en puridad, no sea sino una hipérbole que alude solo a seres
cercanos al poeta (o conocidos por él), y hace, con cada una de sus «malas
horas», una necrología puntual.
Murió doña Antonia, la ronca, que hacía pan barato
en el burgo.
Al margen de la personalidad
del personaje, «doña Antonia» (cuya ronquera
la caracteriza), cabe destacar su trabajo de hacer «pan barato en el burgo», es
decir: en el pueblo, donde, al parecer, muchos hogares solían preparar su
propio pan, si no se pasa por alto el poema «XXIII» de Trilce, que alude al «valor de aquel pan inacabale» que la madre
del locutor poético sabía preparar. Entonces se entiende el hecho de que la
panadera Antonia hiciera un «pan barato», para los más pobres —o los más
ociosos— del pueblo (que, seguro, no podían —o no querían— preparar su propio
pan).
Murió el cura Santiago, a quien placía le saludasen
los jóvenes y las mozas, respondiéndoles a todos, indistintamente: «Buenos
días, José! Buenos días, María!»
(3) Si se coteja este párrafo (como se ha hecho en el anterior) con otro
poema de Trilce, se lee en el «III»
los siguientes versos: «Da las seis el ciego Santiago,» poema este en el que da
la impresión de ser otro personaje relacionado con la iglesia, porque este es ciego y del cura no se dice esto; aunque
del ciego se hace suponer que se
trata del sacristán que hace sonar las campanas a determinadas horas (en este
caso: las seis de la tarde). Y, si se trata del cura, el hecho de que se diga
que le placía ser saludado por la
juventud, debe colegirse que ese placer se habría de convertir en desplacer si
es que notaba que los jóvenes no lo
saludaban.1 Obviamente, su respuesta al saludo lleva a pensar que a
todos los varones les endilgaba el nombre del padre (putativo) de Cristo, y a
las mujeres, el nombre de la madre.
Murió aquella joven rubia, Carlota, dejando un
hijito de meses, que luego también murió a los ocho días de la madre.
En este caso se trata de dos
muertes: la «joven rubia, Carlota» y su hijo. Confirmándose la calificación de
violencia (como algo injusto) asignada a las horas de esas muertes.
Murió mi tía Albina, que solía cantar tiempos y
modos de heredad, en tanto cosía en los corredores, para Isidora, la criada de
oficio, la honrosísima mujer.
La «tía Albina» entonaba
canciones de tiempos pasados que aludían a modos de vida heredados, como es el
hecho de que se pusiera a coser en los pasillos de su casa, alguna ropa para su
«criada de oficio», también costumbre de heredad, criada para quien el locutor
poético reserva un singular respeto, llamándola «honrosísima mujer».
Murió un viejo tuerto, su nombre no recuerdo, pero
dormía al sol de la mañana, sentado ante la puerta del hojalatero de la
esquina.
Hasta a los personajes
anónimos les toca su mala hora. El viejo tuerto, dormía —con un solo ojo—
imitando al sol (que es el único ojo del cielo), y «sentado ante la puerta del hojalatero» como esperando
que el hojalatero (por asociación sonora con ojo) le pudiera arreglar el suyo, finado.
Murió Rayo, el perro de mi altura, herido de un
balazo de no se sabe quién.
La muerte no perdona ni
olvida, también aplicó su violencia contra el perro, y, literalmente, con un
acto de violencia (no solo de las horas): «un balazo de no se sabe quién.»
Murió Lucas, mi cuñado en la paz de las cinturas,
de quien me acuerdo cuando llueve y no hay nadie en mi experiencia.
Que «Lucas», el cuñado,
muriera «en la paz de las
cinturas,» esta frase podría aludir a una costumbre muy arraigada entre los
varones del pasado: ser mujeriegos, y el indicio para atribuir al cuñado ese
hábito es la expresión «en la paz de las cinturas» (en las cinturas, varias,
que el cuñado abrazaba); por eso el locutor poético dice que de él se acuerda
justo «cuando llueve» y hace frío y no tiene a una mujer junto a él (a quien abrazar por la cintura), es decir: ‘no
hay nadie en su experiencia’: la experiencia actual: efectiva del locutor poético.
Murió en mi revólver mi madre, en mi puño mi
hermana y mi hermano en mi víscera sangrienta, los tres ligados por un género
triste de tristeza, en el mes de agosto de años sucesivos.
Por anécdotas de los amigos
de CV, se sabe que en Trujillo llegó a tener en su poder un revólver con el que
trató de suicidarse, si se relaciona este revólver con la frase: «Murió en mi revólver mi madre,» se puede decir que esta
muerte de la madre es equivalente a la suya si él hubiera logrado el propósito
del suicidio; por lo que respecta ‘a la muerte de su hermana en su puño’ ha de relacionarse con
el sentimiento de impotencia ante la muerte de un ser querido, sentimienjto que
solo impulsa a cerrar el puño con fuerza, y en el caso del hermano siente el
dolor en el corazón que no solo es la víscera que se llena de sangre, sino que,
en este caso, lo siente ensangretado: herido de muerte. Y siente a los tres
familiares unidos «por un género triste de tristeza»; no es por el género lírico de Trilce, sino por
una variedad especial de tristeza,
que la siente el «yo» lírico. El último dato: muertos los tres «en el mes de agosto de años sucesivos», es un tanto
difícil de verificar, si es por la coincidencia del mes, aunque no por la
sucesión de los años, porque no todos murieron en el mismo año.
Murió el músico Méndez, alto y muy borracho, que
solfeaba en su clarinete tocatas melancólicas, a cuyo articulado se dormían las
gallinas de mi barrio, mucho antes de que el sol se fuese.
Las melodías del músico,
también abatido por la muerte, estaban imbuidas de tal sentimiento que hasta
‘las gallinas se dormían inobservando su hora acostumbrada’: «antes que el sol
se fuese».
Murió mi eternidad y estoy velándola.
Desde la infancia hasta la
juventud las personas no se preocupan por la muerte, y se da la vida por
«eterna»; después de esas edades, empieza la muerte a aguijonear con su
guadaña, y esa «eternidad» se vuelve difunta, y lo que les queda a quienes
pasan de esas edades, es velar la defunción de esa eternidad que, para entonces, ya se sabe: no es eterna.
Por la lectura de los poemas que conforman este libro se
deduce el por qué se les considera poemas en prosa, ya que es casi un
axioma que los poemas se escriben en verso y no en prosa. Pero la
característica de estos es que nos dan una visión muy personal del poeta
respecto de ciertos temas que son comunes a todos (como en este caso, la
muerte); sin embargo, lo aquí expuesto es eso: la expresión de un yo lírico,
que no expresa las cosas como se hace en la prosa narrativa: el cuento, la
novela, refiriéndose a sucesos externos al escritor, sino, como ocurre con el
poeta lírico, interiorizando esos hechos y presentándolos desde su propia
manera de haberlos visto o vivido que no, necesariamente, habrán de coincidir
con la visión de sus coetáneos.
________
(1) En
sendos libros de dos amigos de CV, se dice que se trata del campanero (no del
cura), Cf. Armando Bazán, (s/f). César Vallejo: dolor y poesía. Lima:
Ediciones de la Biblioteca Universitaria, p. 29, y Ernesto More (1988). Vallejo
en la encrucijada del drama peruano. Lima: Librería y Distribuidora
Bendezú, p. 20.