sábado, 1 de agosto de 2026

Literatura

Análisis e Interpretación del Poema "La violencia de las horas" del Libro Poemas en Prosa de César Vallejo

Julio Carmona

La violencia de las horas

Todos han muerto.

Murió doña Antonia, la ronca, que hacía pan barato en el burgo.

Murió el cura Santiago, a quien placía le saludasen los jóvenes y las mozas, respondiéndoles a todos, indistintamente: «Buenos días, José! Buenos días, María!»

Murió aquella joven rubia, Carlota, dejando un hijito de meses, que luego también murió a los ocho días de la madre.

Murió mi tía Albina, que solía cantar tiempos y modos de heredad, en tanto cosía en los corredores, para Isidora, la criada de oficio, la honrosísima mujer.

Murió un viejo tuerto, su nombre no recuerdo, pero dormía al sol de la mañana, sentado ante la puerta del hojalatero de la esquina.

Murió Rayo, el perro de mi altura, herido de un balazo de no se sabe quién.

Murió Lucas, mi cuñado en la paz de las cinturas, de quien me acuerdo cuando llueve y no hay nadie en mi experiencia.

Murió en mi revólver mi madre, en mi puño mi hermana y mi hermano en mi víscera sangrienta, los tres ligados por un género triste de tristeza, en el mes de agosto de años sucesivos.

Murió el músico Méndez, alto y muy borracho, que solfeaba en su clarinete tocatas melancólicas, a cuyo articulado se dormían las gallinas de mi barrio, mucho antes de que el sol se fuese.

Murió mi eternidad y estoy velándola.

Con el título «La violencia de las horas», el locutor poético ha recurrido a la figura retórica de la sinécdoque en su sentido de mencionar a la parte (las horas) para referirse al todo (el tiempo). Y la hora, referida a cada uno de los sujetos del texto, es la que (en el imaginario popular) se suele llamar «la mala hora»: la hora de la muerte, que puede también consignarse como un acto violento, pues, como diría Unamuno, es la agonía o la lucha entre la vida y la muerte.

Paso analizar e interpretar este poema que figura en el libro de César Vallejo: Poemas en Prosa.

Todos han muerto.

¡Qué mayor violencia se puede constatar que con esta frase: «Todos han muerto»! Si se la relaciona con el título, «La violencia de las horas», esa violencia ejercida contra todos, constituye, realmente, un acto trágico. Aunque, en puridad, no sea sino una hipérbole que alude solo a seres cercanos al poeta (o conocidos por él), y hace, con cada una de sus «malas horas», una necrología puntual.

Murió doña Antonia, la ronca, que hacía pan barato en el burgo.

Al margen de la personalidad del personaje, «doña Antonia» (cuya ronquera la caracteriza), cabe destacar su trabajo de hacer «pan barato en el burgo», es decir: en el pueblo, donde, al parecer, muchos hogares solían preparar su propio pan, si no se pasa por alto el poema «XXIII» de Trilce, que alude al «valor de aquel pan inacabale» que la madre del locutor poético sabía preparar. Entonces se entiende el hecho de que la panadera Antonia hiciera un «pan barato», para los más pobres —o los más ociosos— del pueblo (que, seguro, no podían —o no querían— preparar su propio pan).

Murió el cura Santiago, a quien placía le saludasen los jóvenes y las mozas, respondiéndoles a todos, indistintamente: «Buenos días, José! Buenos días, María!»

(3) Si se coteja este párrafo (como se ha hecho en el anterior) con otro poema de Trilce, se lee en el «III» los siguientes versos: «Da las seis el ciego Santiago,» poema este en el que da la impresión de ser otro personaje relacionado con la iglesia, porque este es ciego y del cura no se dice esto; aunque del ciego se hace suponer que se trata del sacristán que hace sonar las campanas a determinadas horas (en este caso: las seis de la tarde). Y, si se trata del cura, el hecho de que se diga que le placía ser saludado por la juventud, debe colegirse que ese placer se habría de convertir en desplacer si es que notaba que los jóvenes no lo saludaban.1 Obviamente, su respuesta al saludo lleva a pensar que a todos los varones les endilgaba el nombre del padre (putativo) de Cristo, y a las mujeres, el nombre de la madre.

Murió aquella joven rubia, Carlota, dejando un hijito de meses, que luego también murió a los ocho días de la madre.

En este caso se trata de dos muertes: la «joven rubia, Carlota» y su hijo. Confirmándose la calificación de violencia (como algo injusto) asignada a las horas de esas muertes.

Murió mi tía Albina, que solía cantar tiempos y modos de heredad, en tanto cosía en los corredores, para Isidora, la criada de oficio, la honrosísima mujer.

La «tía Albina» entonaba canciones de tiempos pasados que aludían a modos de vida heredados, como es el hecho de que se pusiera a coser en los pasillos de su casa, alguna ropa para su «criada de oficio», también costumbre de heredad, criada para quien el locutor poético reserva un singular respeto, llamándola «honrosísima mujer».

Murió un viejo tuerto, su nombre no recuerdo, pero dormía al sol de la mañana, sentado ante la puerta del hojalatero de la esquina.

Hasta a los personajes anónimos les toca su mala hora. El viejo tuerto, dormía —con un solo ojo— imitando al sol (que es el único ojo del cielo), y «sentado ante la puerta del hojalatero» como esperando que el hojalatero (por asociación sonora con ojo) le pudiera arreglar el suyo, finado.

Murió Rayo, el perro de mi altura, herido de un balazo de no se sabe quién.

La muerte no perdona ni olvida, también aplicó su violencia contra el perro, y, literalmente, con un acto de violencia (no solo de las horas): «un balazo de no se sabe quién.»

Murió Lucas, mi cuñado en la paz de las cinturas, de quien me acuerdo cuando llueve y no hay nadie en mi experiencia.

Que «Lucas», el cuñado, muriera «en la paz de las cinturas,» esta frase podría aludir a una costumbre muy arraigada entre los varones del pasado: ser mujeriegos, y el indicio para atribuir al cuñado ese hábito es la expresión «en la paz de las cinturas» (en las cinturas, varias, que el cuñado abrazaba); por eso el locutor poético dice que de él se acuerda justo «cuando llueve» y hace frío y no tiene a una mujer junto a él (a quien abrazar por la cintura), es decir: ‘no hay nadie en su experiencia’: la experiencia actual: efectiva del locutor poético.

Murió en mi revólver mi madre, en mi puño mi hermana y mi hermano en mi víscera sangrienta, los tres ligados por un género triste de tristeza, en el mes de agosto de años sucesivos.

Por anécdotas de los amigos de CV, se sabe que en Trujillo llegó a tener en su poder un revólver con el que trató de suicidarse, si se relaciona este revólver con la frase: «Murió en mi revólver mi madre,» se puede decir que esta muerte de la madre es equivalente a la suya si él hubiera logrado el propósito del suicidio; por lo que respecta ‘a la muerte de su hermana en su puño’ ha de relacionarse con el sentimiento de impotencia ante la muerte de un ser querido, sentimienjto que solo impulsa a cerrar el puño con fuerza, y en el caso del hermano siente el dolor en el corazón que no solo es la víscera que se llena de sangre, sino que, en este caso, lo siente ensangretado: herido de muerte. Y siente a los tres familiares unidos «por un género triste de tristeza»; no es por el género lírico de Trilce, sino por una variedad especial de tristeza, que la siente el «yo» lírico. El último dato: muertos los tres «en el mes de agosto de años sucesivos», es un tanto difícil de verificar, si es por la coincidencia del mes, aunque no por la sucesión de los años, porque no todos murieron en el mismo año.

Murió el músico Méndez, alto y muy borracho, que solfeaba en su clarinete tocatas melancólicas, a cuyo articulado se dormían las gallinas de mi barrio, mucho antes de que el sol se fuese.

Las melodías del músico, también abatido por la muerte, estaban imbuidas de tal sentimiento que hasta ‘las gallinas se dormían inobservando su hora acostumbrada’: «antes que el sol se fuese».

Murió mi eternidad y estoy velándola.

Desde la infancia hasta la juventud las personas no se preocupan por la muerte, y se da la vida por «eterna»; después de esas edades, empieza la muerte a aguijonear con su guadaña, y esa «eternidad» se vuelve difunta, y lo que les queda a quienes pasan de esas edades, es velar la defunción de esa eternidad que, para entonces, ya se sabe: no es eterna.

Por la lectura de los poemas que conforman este libro se deduce el por qué se les considera poemas en prosa, ya que es casi un axioma que los poemas se escriben en verso y no en prosa. Pero la característica de estos es que nos dan una visión muy personal del poeta respecto de ciertos temas que son comunes a todos (como en este caso, la muerte); sin embargo, lo aquí expuesto es eso: la expresión de un yo lírico, que no expresa las cosas como se hace en la prosa narrativa: el cuento, la novela, refiriéndose a sucesos externos al escritor, sino, como ocurre con el poeta lírico, interiorizando esos hechos y presentándolos desde su propia manera de haberlos visto o vivido que no, necesariamente, habrán de coincidir con la visión de sus coetáneos.

________

(1) En sendos libros de dos amigos de CV, se dice que se trata del campanero (no del cura), Cf. Armando Bazán, (s/f). César Vallejo: dolor y poesía. Lima: Ediciones de la Biblioteca Universitaria, p. 29, y Ernesto More (1988). Vallejo en la encrucijada del drama peruano. Lima: Librería y Distribuidora Bendezú, p. 20.


Creación

Un Poema de Claude Mac Kay* 

 

Si Debemos Morir

 

Si debemos morir, que no sea como cerdos

cazados y cercados en sitio de vergüenza

rodeados por los perros hambrientos y rabiosos,

mofándose de nuestra desventurada suerte.

 

Si debemos morir, que sea con nobleza,

de manera que nuestra sangre no se derrame

inútilmente: y hasta los monstruos que enfrentamos

no tendrán más remedio que honrarnos aunque

(muertos.

 

Hermanos, afrontemos al común enemigo:

aunque ellos sean más, mostrémonos valientes,

y a sus mil golpes demos sólo un golpe mortal:

¿qué, si ante nosotros está abierta la fosa?

 

La descarga cobarde virilmente enfrentemos,

apretados al muro, muriendo, pero en lucha. 

 

*Nació en 1890 en las Antillas de lengua inglesa y murió en 1948. Es considerado el primer gran escritor de las Antillas de lengua inglesa que trascendió las fronteras de su patria. Libros: Home to Harlem (1928); Banjo: a Story Without a Plot (1929); Gingertown (1932); Banana Bottom (1933). Todos estos libros son de narrativa. Su obra poética también es cuantiosa.
CREACIÓN HEROICA