Una Interpretación
del Poema III de España, aparta de mí este cáliz
Julio
Carmona
Solía
escribir con su dedo grande en el aire:
«¡Viban
los compañeros! Pedro Rojas»,
de
Miranda de Ebro, padre y hombre,
marido
y hombre, ferroviario y hombre,
padre
y más hombre, Pedro y sus dos muertes.
Papel
de viento, lo han matado: ¡pasa!
Pluma
de carne, lo han matado: ¡pasa!
¡Abisa
a todos los compañeros pronto!
Palo
en el que han colgado su madero,
lo
han matado;
¡lo
han matado al pie de su dedo grande!
¡Han
matado, a la vez, a Pedro, a Rojas!
¡Viban
los compañeros
a la
cabecera de su aire escrito!
¡Viban
con esta b del buitre en las entrañas
de
Pedro
y de
Rojas, del héroe y del mártir!
Registrándole,
muerto, sorprendiéronle
en
su cuerpo un gran cuerpo, para
el
alma del mundo,
y en
la chaqueta una cuchara muerta.
Pedro
también solía comer
entre
las criaturas de su carne, asear, pintar
la
mesa y vivir dulcemente
en
representación de todo el mundo.
Y
esta cuchara anduvo en su chaqueta,
despierto
o bien cuando dormía, siempre,
cuchara
muerta viva, ella y sus símbolos.
¡Abisa
a todos compañeros pronto!
¡Viban
los compañeros al pie de esta cuchara para siempre!
Lo
han matado, obligándole a morir
a
Pedro, a Rojas, al obrero, al hombre, a aquél
que
nació muy niñín, mirando al cielo,
y
que luego creció, se puso rojo
y
luchó con sus células, sus nos, sus todavías, sus hambres, sus pedazos.
Lo
han matado suavemente
entre
el cabello de su mujer, la Juana Vásquez,
a la
hora del fuego, al año del balazo
y
cuando andaba cerca ya de todo.
Pedro
Rojas, así, después de muerto,
se
levantó, besó su catafalco ensangrentado,
lloró
por España
y
volvió a escribir con el dedo en el aire:
«¡Viban
los compañeros! Pedro Rojas».
Su
cadáver estaba lleno de mundo.
Introducción
El número III de este poema
indica que, además de él, no hay otro título específico (como sí se da con los
dos previos: I «Himno a los voluntarios de la República», y II «Batallas»).
Empero, pienso que a ese poema III cuando se lo menciona (independientemente
del libro) brota, por su propio peso, el nombre del personaje: Pedro Rojas.
Aunque en el mismo libro hay otros personajes que alientan la vida de sus
respectivos poemas: Ernesto Zúñiga (poema VI) y Ramón Collar (poema VIII), pero
Pedro Rojas es el personaje poético más increíble como símbolo de un pueblo que
no muere, a pesar de todos los pedros rojas que murieron por él. Más, incluso,
que el hombre anónimo del poema «Masa» que no muere porque es el mismo pueblo,
vivo, que no lo deja morir. Paso, enseguida, a interpretar el poema:
Solía escribir con su dedo
grande en el aire:
«¡Viban los compañeros!
Pedro Rojas»,
de Miranda de Ebro, padre y
hombre,
marido y hombre, ferroviario
y hombre,
padre y más hombre, Pedro y
sus dos muertes.
Lo que sorprende al lector,
en el primer verso, no es que haya un personaje que tenga la costumbre de
escribir, sino que lo haga en el aire y con su dedo grande. Y el lector puede
decir: «cosa de poetas», y pasa al segundo verso en el que se precisa qué es lo
que ese personaje escribe: «¡Viban los compañeros! Pedro Rojas». Ah, caramba
―insiste el lector― este sujeto no escribe en su casa y en un papel, sino en la
calle, al aire libre, y se trata de una consigna política, pues el poema (y
todo el libro) está situado en el contexto de la guerra civil española, y Pedro
Rojas está vivando a sus compañeros, y lo hace con una falta ortográfica «viban»,
lo cual quiere decir que es un hombre del pueblo (sin preparación académica).
Entonces, lo más probable es que ese hombre lo que hace son pintas en la calle,
y el lugar indicado para ello son las paredes; y, si es así, lo más seguro es
que está escribiendo su frase con una brocha, la misma que se convierte en «su
dedo grande» (que, después, será «pluma de carne»). Y cuando el locutor poético
dice que lo hace «en el aire», es porque el aire tiene la costumbre de
arrastrar los papeles que están en el suelo y tienen escritura, y en este caso
son las personas que pasan ―como el aire― y se llevan lo escrito con la arenga
de dar vivas a los compañeros que están en los campos de batalla, y es una
manera de hacer que los transeúntes tomen conciencia de esa realidad que puede
parecer extraña porque no se percibe en la ciudad. Y lo más contundente de todo
es que ese mensaje escrito tiene la firma del escritor: Pedro Rojas, que se
está jugando la vida, es decir, que está firmando su sentencia de muerte,
porque se puede decir, entonces, que es identificable y, por tanto, hombre
muerto, como habrá de confirmarse después.
Y en
los versos siguientes se expone la condición civil de Pedro Rojas, cuyo lugar
de procedencia es «Miranda de Ebro» (Región de España de carácter industrial,
especialmente, ferroviario, lo cual resalta su condición de obrero), y que
tiene una familia, y su ser «padre» y «marido» respalda su condición de
«hombre», y, para mayor constancia de su ser obrero, es, más exactamente:
ferroviario, y esa doble constancia, de tener familia y de ser obrero, su
muerte de hombre, será también doble; por eso el locutor poético concluye su
descripción así: «Pedro y sus dos muertes».
Papel de viento, lo han
matado: ¡pasa!
Pluma de carne, lo han
matado: ¡pasa!
¡Abisa a todos compañeros
pronto!
Con el símbolo «papel de
viento», el locutor poético convierte a la pared, en la que está el mensaje de
Pedro Rojas, en el papel que los transeúntes lo llevarán para que se divulgue
la noticia de que «lo han matado» (ya que era una muerte anunciada), y,
por eso, le dice «¡pasa!» con premura, que lo haga rápido. Y, al mismo tiempo,
al «dedo grande» ―la brocha con la que Pedro Rojas materializó su mensaje, y es
su «pluma de carne» ― igualmente le dice que debe difundir la infausta noticia.
Y, por eso, el locutor poético, revive el estilo de Pedro Rojas (con faltas
ortográficas) y escribe: «¡Abisa a todos compañeros pronto!» Obsérvese que la
palabra «compañeros» no va precedida del artículo «los», y lo hace así para que
esa forma indeterminada involucre a todo el pueblo, sin distinción ideológica.
Palo en el que han colgado
su madero,
lo han matado;
¡lo han matado al pie de su
dedo grande!
¡Han matado, a la vez, a
Pedro, a Rojas!
El primer verso de esta
estrofa es una reminiscencia de la cruz cristiana («Palo» que es el símbolo de
la gendarmería, de la opresión) y en el que han clavado su cuerpo («madero» la
madera es más que el palo: el hombre es más que sus asesinos), constituyendo
todo esto el lugar en el que se ha perpetrado ese crimen, y es apelado también
por el locutor poético para que tome conciencia de lo ocurrido, que no es poca
cosa: «lo han matado», y como testigo de ese suceso está «su dedo grande»: su
brocha. Y otra vez se anuncia la duplicidad de su muerte: han matado a Pedro,
el obrero, nombre con el que era conocido por todos; pero también han matado a
Rojas que es el apellido con que formó su hogar y con el que firmó su sentencia
de muerte, y el que heredan sus hijos y su mujer.
¡Viban los compañeros
a la cabecera de su aire
escrito!
¡Viban con esta b del buitre
en las entrañas
de Pedro
y de Rojas, del héroe y del
mártir!
En los dos primeros versos
de esta estrofa (y hasta en el tercero), el locutor poético reitera el estilo
con faltas ortográficas del personaje Pedro Rojas, quien pusiera a los
compañeros en el lugar preferencial de su aire escrito: la cabecera, para pedir
que sigan viviendo, porque su vida representa la libertad de ese aire.
Y,
de inmediato, el locutor poético explica la falta de ortografía: «¡Viban con
esta b del buitre en las entrañas…», y el lector interpreta que la «b del
buitre» está en el centro de la palabra «Viban» que son las entrañas de esa
palabra; pero también resultan ser las entrañas de Pedro Rojas, en
representación de Prometeo, el personaje de la mitología griega que fue el
primero en sentir amor por la humanidad toda, y se sacrificó por ella para
darle la libertad del albedrío, la capacidad de decidir por ella misma y que no
dependa su destino de la voluntad de los dioses en el cielo y de los poderosos
en la tierra, recibiendo Prometeo el castigo de estos, que consistía en que un
buitre le devorara las entrañas per omnia saecula saeculorum: por todos
los siglos de los siglos. Es entonces, que en Pedro Rojas se está repitiendo el
sacrificio de Prometeo, en representación de todos los trabajadores en lucha
contra los señores del poder. Y este sacrificio lo resume su doble muerte: como
héroe de su clase y como mártir de su hogar.
Registrándole, muerto,
sorprendiéronle
en su cuerpo un gran cuerpo,
para
el alma del mundo,
y en la chaqueta una cuchara
muerta.
Pedro también solía comer
entre las criaturas de su
carne, asear, pintar
la mesa y vivir dulcemente
en representación de todo el
mundo.
Y esta cuchara anduvo en su
chaqueta,
despierto o bien cuando
dormía, siempre,
cuchara muerta viva, ella y
sus símbolos.
¡Abisa a todos compañeros
pronto!
¡Viban los compañeros al pie
de esta cuchara para siempre!
Para sorpresa de sus
asesinos (pues son ellos los que hurgan en su ropa, haciendo el registro al que
están facultados): «sorprendiéronle / en su cuerpo un gran cuerpo, para / el
alma del mundo», porque su cuerpo es el cuerpo que le falta al alma del mundo:
porque los héroes y mártires son los que mantienen viva el alma del mundo (y un
mundo que necesita de héroes y mártires para vivir es un alma sin cuerpo, por
el gran esfuerzo que hacen los poderosos para que esto sea así). Pero esos
asesinos, asalariados del poder, descubrieron además «una cuchara muerta», que
es el símbolo del hambre: un objeto que no se usa es un objeto muerto: una cuchara
muerta no cumple con su objetivo de ser usada para comer, y si no hay qué
comer: hay hambre.
La
«cuchara muerta» es el símbolo del hambre del mundo, y, en el caso de Pedro
Rojas, su cuchara muerta significa, además, el hambre de sus hijos; es una
cuchara que estando vivo la tenía para usarla él mismo y también para «las
criaturas de su carne», no solo de su casa sino del mundo; porque, él estando
vivo, como todas «las criaturas de su carne» solía asear, pintar / la mesa»,
acciones que son remedo (pintura) del aseo y la mesa (reales) de los poderosos
y los pudientes (me viene a la memoria la imagen de la comida, consistente en
un zapato, en la película de Chaplin, El pibe); sin embargo, Pedro
Rojas, como símbolo de los trabajadores, suele «vivir dulcemente / en
representación de todo el mundo» (el mundo de los pobres). O sea que la cuchara
era parte de la vida de Pedro Rojas, y anduvo con ella, dice el locutor
poético, «despierto o bien cuando dormía, siempre», ya sea que estuviera muerta
(sin uso) o «viva, ella y sus símbolos»: el hambre y la pobreza. Por eso, la
muerte de Pedro Rojas debe ser conocida por todos, porque él también está
muriendo en representación de todos los de su clase. Y el grito del escrito de
Pedro Rojas debe hacerse unánime: «¡Viban los compañeros al pie de esta cuchara
para siempre!»
Lo han matado, obligándole a
morir
a Pedro, a Rojas, al obrero,
al hombre, a aquél
que nació muy niñín, mirando
al cielo,
y que luego creció, se puso
rojo
y luchó con sus células, sus
nos, sus todavías, sus hambres, sus
pedazos.
Cuando el locutor poético
escribe «Lo han matado, obligándole a morir» el lector puede pensar que hay una
flagrante redundancia; pero también puede pensar que hay dos maneras de matar a
alguien, una, poniéndolo en una prisión de por vida, y, dos, usando un arma. En
el primer caso, no lo obligan a morir; pero lo que ha ocurrido con Pedro Rojas
es el segundo: que lo han obligado a morir. Y, es una muerte doble, como se ha
reiterado desde el principio del poema, por eso dice que han matado a Pedro (el
obrero), a Rojas (el padre), dos en uno: el hombre, aquel que, como todos,
«nació muy niñín» y, como para él todo era grande, nació «mirando al cielo»
(esto también se puede interpretar como que desde niño le enseñaron a creer en
el dios del cielo); pero, igual como todos los hombres, «luego» creció, aunque
—no como todos—: «se puso rojo» se volvió comunista y, con la adopción de esa
ideología, «luchó con sus células», es decir, lo hizo con todo su organismo, y
fue una lucha dialéctica consigo mismo: negando lo que hay que hacer, que es
luchar con sus dudas, porque «todavía» no ha llegado el momento, porque es
luchar con «sus hambres» (si lo pierdo todo) y también con «sus pedazos», es
decir, luchar con todo lo que le queda después de haber perdido todo.
Lo han matado suavemente
entre el cabello de su
mujer, la Juana Vásquez,
a la hora del fuego, al año
del balazo
y cuando andaba cerca ya de
todo.
La expresión «Lo han matado
suavemente» parece contradecir lo leído antes: «obligándole a morir»; pero no
hay contradicción: lo obligan a morir torturándolo con agresiones pertinaces,
tercas, obstinadas («suavemente»); pero lo peor es que esas torturas fueron
hechas frente a su mujer que solo tenía su cabello para protegerlo: «Lo han
matado (…) entre el cabello de su mujer la Juana Vásquez,» y eso ha ocurrido «a
la hora del fuego», cuando los compañeros se batían, a fuego cruzado, con los
fascistas; «al año del balazo», cuando recién empezaba a organizarse la
república y se da el levantamiento de las huestes franquistas, «y cuando andaba
cerca ya de todo», es decir, cuando se creía haber alcanzado lo más esperado
hasta entonces: liberarse del estado feudal, monárquico y despótico. Porque no
se trataba de instaurar el socialismo, sino de defender lo conquistado: la
república burguesa.
Pedro Rojas, así, después de
muerto,
se levantó, besó su
catafalco ensangrentado,
lloró por España
y volvió a escribir con el
dedo en el aire:
«¡Viban los compañeros!
Pedro Rojas».
Su cadáver estaba lleno de
mundo.
Hay expresiones que
sintetizan lo expuesto en esta estrofa, por ejemplo: «Si volviera a nacer,
haría lo mismo». Y este es el caso de Pedro Rojas, que adelanta lo que ocurrirá
en el poema «Maza», solo que de manera inversa: que se vuelve a la vida por la fuerza
del mundo. En este poema es Pedro Rojas quien vive por los demás, no es porque
todos lo quieren; es porque él quiere a todos; por eso se levanta, después de
muerto, «besa su catafalco ensangrentado», llora «por España» y vuelve «a
escribir con el dedo en el aire: / «¡Viban los compañeros! Pedro Rojas». No
podía, no debía morir definitivamente, porque él representa a todos, porque
todos son él: porque en su cuerpo se sorprende un gran cuerpo de todos para el
alma del mundo (versos 18, 19 y 20). El mundo siempre necesitará de héroes como
Pedro Rojas, mientras haya injusticia: mientras todos no estén parados a la
misma altura, para –así– recién saber quién es el más alto (Brecht).
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