martes, 7 de marzo de 2017

Edición Extraordinaria: Día Internacional de la Mujer (Parte 3)

La Mujer y la Política


José Carlos Mariátegui


Uno de los acontecimientos sustantivos del siglo veinte es la adquisición por la mu­jer de los derechos políticos del hombre. Gradualmente hemos llegado a la igualdad política y jurídica de ambos sexos. La mu­jer ha ingresado en la política, en el parla­mento y en el gobierno. Su participación en los negocios públicos ha dejado de ser ex­cepcional y extraordinaria. En el ministerio laborista de Ramsay Mac Donald una de las carteras ha sido asignada a una mujer, Miss Margarita Bondfield, que asciende al gobier­no después de una laboriosa carrera políti­ca: ha representado a Inglaterra en las Con­ferencias Internacionales del Trabajo de Washington y Ginebra. Y Rusia ha encarga­do su representación diplomática en Norue­ga a Alexandra Kollontay, ex-comisaria del pueblo en el gobierno de los soviets.

Miss Bondfield y Mme. Kollontay son, con este motivo, dos figuras actualísimas de la escena mundial. La figura de Alexandra Kollontay, sobre todo, no tiene sólo el inte­rés contingente que le confiere la actualidad. Es una figura que desde hace algunos años atrae la atención y la curiosidad europea.

Y mientras Margarita Bondfield no es la primera mujer que ocupa un ministerio de Es­tado, Alexandra Kollontay es la primera mu­jer que ocupa la jefatura de una legación.

Alexandra Kollontay es una protagonis­ta de la Revolución Rusa. Cuando se inau­guró el régimen de los soviets tenía ya un puesto de primer rango en el bolchevismo. Los bolcheviques la elevaron, casi inmedia­tamente, a un comisariato del pueblo, el de higiene, y le dieron, en una oportunidad, una misión política en el extranjero. El ca­pitán Jacques Sadoul, en sus memorias de Rusia, emocionante crónica de las históri­cas jornadas de 1917 a 1918, la llama la Virgen Roja de la Revolución.

A la historia de la Revolución Rusa se halla, en verdad, muy conectada la historia de las conquistas del feminismo. La consti­tución de los soviets acuerda a la mujer los mismos derechos que al hombre. La mujer es en Rusia electora y elegible. Conforme a la constitución, todos los trabajadores, sin distinción de sexo, nacionalidad ni religión, gozan de iguales derechos. El Estado comu­nista no distingue ni diferencia los sexos ni las nacionalidades; divide a la sociedad en dos clases: burgueses y proletarios. Y, den­tro de la dictadura de su clase, la mujer proletaria puede ejercer cualquier función pública. En Rusia son innumerables las mu­jeres que trabajan en la administración na­cional y en las administraciones comunales. Las mujeres, además, son llamadas con fre­cuencia a formar parte de los tribunales de justicia. Varias mujeres, la Krupskaia y la Menjinskaia, por ejemplo, colaboran en la obra educacional de Lunatcharsky. Otras in­tervienen conspicuamente en la actividad del partido comunista y de la Tercera Inter­nacional, Angélica Balabanoff, verbigracia.

Los soviets estiman y estimulan gran­demente la colaboración femenina. Las ra­zones de esta política feminista son noto­rias. El comunismo encontró en las mujeres una peligrosa resistencia. La mujer rusa, lo campesina principalmente, era un elemento espontáneamente hostil a la revolución. A través de sus supersticiones religiosas, no veía en la obra de los soviets sino una obra impía, absurda y herética. Los soviets com­prendieron, desde el primer momento, la ne­cesidad de una sagaz labor de educación y adaptación revolucionaria de la mujer. Mo­vilizaron, con este objeto, a todas sus adherentes y simpatizantes, entre las cuales se contaban, como hemos visto, algunas muje­res de elevada categoría mental.

Y no sólo en Rusia el movimiento feminista aparece marcadamente solidarizado con el movimiento revolucionario. Las rei­vindicaciones feministas han hallado en to­dos los países enérgico apoyo de las izquierdas. En Italia, los socialistas han propug­nado siempre el sufragio femenino. Muchas organizadoras y agitadoras socialistas pro­ceden de las filas del sufragismo. Silvia Pankhurst, entre otras, ganada la batalla sufragista, se ha enrolado en la extrema iz­quierda del proletariado inglés.

Mas las reivindicaciones victoriosas del feminismo constituyen, realmente, el cum­plimiento de una última etapa de la revo­lución burguesa y de un último capítulo del ideario liberal. Antiguamente, las relaciones de las mujeres con la política eran relacio­nes morganáticas. Las mujeres, en la sociedad feudal, no influyeron en la marcha del Estado sino excepcional, irresponsable e indirectamente. Pero, al menos, las mujeres de sangre real podían llegar al trono. El de­recho divino de reinar podía ser heredado por hembras y varones. La Revolución Francesa, en cambio, inauguró un régimen de igualdad política para los hombres; no para las mujeres. Los Derechos del Hombre podían haberse llamado, más bien, Derechos del Varón. Con la burguesía las mujeres que­daron mucho más eliminadas de la política que con la aristocracia. La democracia bur­guesa era una democracia exclusivamente masculina. Su desarrollo tenía que resul­tar, sin embargo, intensamente favorable a la emancipación de la mujer. La civilización capitalista dio a la mujer los medios de aumentar su capacidad y mejorar su posi­ción en la vida. La habilitó, la preparó para la reivindicación y para el uso de los dere­chos políticos y civiles del hombre. Hoy, fi­nalmente, la mujer adquiere estos derechos. Este hecho, apresurado por la gestación de la revolución proletaria y socialista, es to­davía un eco de la revolución individualis­ta y jacobina. La igualdad política, antes de este hecho, no era completa, no era total. La sociedad no se dividía únicamente en clases sino en sexos. El sexo confería o negaba derechos políticos. Tal desigualdad desaparece ahora que la trayectoria histórica de la democracia arriba a su fin.

El primer efecto de la igualación polí­tica de los varones y las mujeres es la entra­da de algunas mujeres de vanguardia en la política y en el manejo de los negocios pú­blicos. Pero la trascendencia revolucionaria de este acontecimiento tiene que ser mucho más extensa. A los trovadores y los enamorados de la frivolidad femenina no les falta razón para inquietarse. El tipo de mujer, producido por un siglo de refinamiento capi­talista, está condenado a la decadencia y al tramonto. Un literato italiano, Pitigrilli, clasifica a este tipo de mujer contemporá­nea como un tipo de mamífero de lujo. Y bien, este mamífero de lujo se irá agotando poco a poco. A medida que el sistema socia­lista reemplace al sistema individualista, de­caerán el lujo y la elegancia femeninas. Paquín y el socialismo son incompatibles y enemigos. La humanidad perderá algunos mamíferos de lujo; pero ganará muchas mu­jeres. Los trajes de la mujer del futuro se­rán menos caros y suntuosos; pero la condi­ción de esa mujer será más digna. Y el eje de la vida femenina se desplazará de lo in­dividual a lo social. La moda no consistirá ya en la imitación de una Mme. Pompadour ataviada por Paquín. Consistirá, acaso, en la imitación de una Mme. Kollontay. Una mujer, en suma, costará menos, pero valdrá más.

Los literatos enemigos del feminismo te­men que la belleza y la gracia de la mujer se resientan a consecuencia de las conquis­tas feministas. Creen que la política, la uni­versidad, los tribunales de justicia, volve­rán a las mujeres unos seres poco amables y hasta antipáticos. Pero esta creencia es in­fundada. Los biógrafos de Mme. Kollontay nos cuentan que, en los dramáticos días de la revolución rusa, la ilustre rusa tuvo tiem­po y disposición espiritual para enamorar­se y casarse. La luna de miel y el ejercicio de un comisariato del pueblo no le parecie­ron absolutamente inconciliables ni antagónicos.

A la nueva educación de la mujer se le deben ya varias ventajas sensibles. La poe­sía, por ejemplo, se ha enriquecido mucho. La literatura de las mujeres tiene en estos tiempos un acento femenino que no tenía antes. En tiempos pasados la literatura de las mujeres carecía de sexo. No era gene­ralmente masculina ni femenina. Represen­taba a lo sumo un género de literatura neu­tra. Actualmente, la mujer empieza a sen­tir, a pensar y a expresarse como mujer en su literatura y en su arte. Aparece una literatura específica y esencialmente femenina. Esta literatura nos descubrirá ritmos y colo­res desconocidos. La Condesa de Noailles, Ada Negri, Juana de Ibarbourou, ¿no nos hablan a veces un lenguaje insólito, no nos revelan un mundo nuevo?

Félix del Valle tiene la traviesa y origi­nal intención de sostener en un ensayo que las mujeres están desalojando a los hom­bres de la poesía. Así como los han reempla­zado en varios trabajos, parecen próximas a reemplazarlos también en la producción poética. La poesía, en suma, comienza a ser oficio de mujeres.

Pero ésta es, en verdad, una tesis humo­rística. No es cierto que la poesía masculi­na se extinga, sino que por primera vez se escucha una poesía característicamente fe­menina. Y que ésta le hace a aquellas, tem­poralmente, una concurrencia muy venta­josa.

Publicado en Variedades el 15.03.1924.



Las Reivindicaciones Feministas


José Carlos Mariátegui


Laten en el Perú las primeras inquietu­des feministas. Existen algunas células, al­gunos núcleos de feminismo. Los propugnadores del nacionalismo a ultranza pensa­rán probablemente: he ahí otra idea exótica, otra idea forastera que se injerta en la mentalidad peruana.

Tranquilicemos un poco a esta gente aprensiva. No hay que ver en el feminismo una idea exótica, una idea extranjera. Hay que ver, simplemente, una idea humana. Una idea característica de una civilización, peculiar a una época. Y, por ende, una idea con derecho de ciudadanía en el Perú, como en cualquier otro segmento del mundo ci­vilizado.

El feminismo no ha aparecido en el Perú artificial ni arbitrariamente. Ha apare­cido como una consecuencia de las nuevas formas del trabajo intelectual y manual de la mujer. Las mujeres de real filiación fe­minista son las mujeres que trabajan, las mujeres que estudian. La idea feminista prospera entre las mujeres de oficio intelec­tual o de oficio manual: profesoras universitarias, obreras. Encuentra un ambiente propicio a su desarrollo en las aulas uni­versitarias, que atraen cada vez más a las mujeres peruanas, y en los sindicatos obre­ros, en los cuales las mujeres de las fábri­cas se enrolan y organizan con los mismos derechos y los mismos deberes que los hom­bres. Aparte de este feminismo espontáneo y orgánico, que recluta sus adherentes en­tre las diversas categorías del trabajo feme­nino, existe aquí, como en otras partes, un feminismo de diletantes un poco pedante y otro poco mundano. Las feministas de este ­rango convierten el feminismo en un simple ejercicio literario, en un mero deporte de moda.

Nadie debe sorprenderse de que todas las mujeres no se reúnan en un movimien­to feminista único. El feminismo tiene, ne­cesariamente, varios colores, diversas ten­dencias. Se puede distinguir en el feminis­mo tres tendencias fundamentales, tres colores sustantivos: feminismo burgués, femi­nismo pequeño-burgués y feminismo prole­tario. Cada uno de estos feminismos formu­la sus reivindicaciones de una manera dis­tinta. La mujer burguesa solidariza su femi­nismo con el interés de la clase conservadora. La mujer proletaria consustancia su fe­minismo con la fe de las multitudes revolu­cionarias en la sociedad futura. La lucha de clases —hecho histórico y no aserción teórica— se refleja en el plano feminista. Las mujeres, como los hombres, son reacciona­rias, centristas o revolucionarias. No pue­den, por consiguiente, combatir juntas la misma batalla. En el actual panorama hu­mano, la clase diferencia a los individuos más que el sexo.

Pero esta pluralidad del feminismo no depende de la teoría en sí misma. Depende, más bien, de sus deformaciones prácticas. El feminismo, como idea pura, es esencial­mente revolucionario. El pensamiento y la actitud de las mujeres que se sienten al mis­mo tiempo feministas y conservadoras care­cen, por tanto, de íntima coherencia. El conservantismo trabaja por mantener la organización tradicional de la sociedad. Esa organización niega a la mujer los derechos que la mujer quiere adquirir. Las feminis­tas de la burguesía aceptan todas las conse­cuencias del orden vigente, menos las que se oponen a las reivindicaciones de la mujer. Sostienen tácitamente la tesis absurda de que la sola reforma que la sociedad necesi­ta es la reforma feminista. La protesta de estas feministas contra el orden viejo es de­masiado exclusiva para ser válida.

Cierto que las raíces históricas del fe­minismo están en el espíritu liberal. La re­volución francesa contuvo los primeros gérmenes del movimiento feminista. Por prime­ra vez se planteó entonces, en términos pre­cisos, la cuestión de la emancipación de la mujer. Babeuf, el leader de la conjuración de los iguales, fue un asertor de las reivin­dicaciones feministas. Babeuf arengaba así a sus amigos: "no impongáis silencio a es­te sexo que no merece que se le desdeñe. Realzad más bien la más bella porción de vosotros mismos. Si no contáis para nada a las mujeres en vuestra república, haréis de ellas pequeñas amantes de la monarquía. Su influencia será tal que ellas la restaura­rán. Si, por el contrario, las contáis para al­go, haréis de ellas Cornelias y Lucrecias. Ellas os darán Brutos, Gracos y Scevolas". Polemizando con los anti-feministas, Babeuf hablaba de "este sexo que la tiranía de los hombres ha querido siempre anonadar, de este sexo que no ha sido inútil jamás en las revoluciones". Mas la revolución francesa no quiso acordar a las mujeres la igualdad y la libertad propugnadas por estas voces jacobinas o igualitarias. Los Derechos del Hombre, como una vez he escrito, podían haberse llamado, más bien Derechos del Va­rón. La democracia burguesa ha sido una democracia exclusivamente masculina.

Nacido de la matriz liberal, el feminis­mo no ha podido ser actuado durante el proceso capitalista. Es ahora, cuando la tra­yectoria histórica de la democracia llega a su fin, que la mujer adquiere los derechos políticos y jurídicos del varón. Y es la re­volución rusa la que ha concedido explícita y categóricamente a la mujer la igualdad y la libertad que hace más de un siglo recla­maban en vano de la revolución francesa Babeuf y los igualitarios.

Mas si la democracia burguesa no ha realizado el feminismo, ha creado involunta­riamente las condiciones y las premisas mo­rales y materiales de su realización. La ha valorizado como elemento productor, como factor económico, al hacer de su trabajo un uso cada día más extenso y más intenso. El trabajo muda radicalmente la mentalidad y el espíritu femeninos. La mujer adquiere, en virtud del trabajo, una nueva noción de sí misma. Antiguamente, la sociedad desti­naba a la mujer al matrimonio o a la barraganía. Presentemente, la destina, ante todo, al trabajo. Este hecho ha cambiado y ha ele­vado la posición de la mujer en la vida. Los que impugnan el feminismo y sus progresos con argumentos sentimentales o tradicionalistas pretenden que la mujer debe ser educada sólo para el hogar. Pero, práctica­mente, esto quiere decir que la mujer debe ser educada sólo para funciones de hembra y de madre. La defensa de la poesía del ho­gar es, en realidad, una defensa de la servi­dumbre de la mujer. En vez de ennoblecer y dignificar el rol de la mujer, lo disminuye y lo rebaja. La mujer es algo más que una madre y que una hembra, así como el hom­bre es algo más que un macho.

El tipo de mujer que produzca una ci­vilización nueva tiene que ser sustancialmente distinto del que ha formado la civilización que actualmente declina. En un artículo so­bre la mujer y la política, he examinado así algunos aspectos de este tema: "a los trova­dores y a los enamorados de la frivolidad femenina no les falta razón para inquietar­se. El tipo de mujer creado por un siglo de refinamiento capitalista está condenado a la decadencia y al tramonto. Un literato italia­no, Pitigrillo, clasifica a este tipo de mujer contemporánea como un tipo de mamífero de lujo”.

"Y bien, este mamífero de lujo se irá agotando poco a poco. A medida que el sis­tema colectivista reemplace al sistema individualista, decaerán el lujo y la elegancia fe­ministas. La humanidad perderá algunos mamíferos de lujo; pero ganará muchas mu­jeres. Los trajes de la mujer del futuro se­rán menos caros y suntuosos; pero la con­dición de esa mujer será más digna. Y el eje de la vida femenina se desplazará de lo individual a lo social. La moda no consisti­rá ya en la imitación de una moderna Mme. Pompadour ataviada por Paquín. Consisti­rá, acaso, en la imitación de una Mme. Kollontay. Una mujer, en suma, costará me­nos, pero valdrá más".

El tema es muy vasto. Este breve ar­tículo intenta únicamente constatar el carác­ter de las primeras manifestaciones del fe­minismo en el Perú y ensayar una interpre­tación muy sumaria y rápida de la fisono­mía y del espíritu del movimiento feminis­ta mundial. A este movimiento no deben ni pueden sentirse extraños ni indiferentes los hombres sensibles a las grandes emociones de la época. La cuestión femenina es una parte de la cuestión humana. El feminismo me parece, además, un tema más interesan­te e histórico que la peluca. Mientras el fe­minismo es la categoría, la peluca es la anécdota.

Publicado en Mundial el 19.11.1924.



 Cambiar los Paradigmas. Mujeres Peruanas. El Otro Lado de la Historia*


Sara Beatriz Guardia



Ciudadanía y Sufragio

Resulta paradójico que el ideal de transformar la sociedad con un nuevo orden social y cultural impulsado por los filósofos de la Ilustración mantuviera a las mujeres subordinadas al hombre. Como dijera en 1673, el filósofo cartesiano Poulin de la Barre en su libro Sobre la igualdad de los sexos: "el sexo castiga a la mitad de la especie a una perpetua minoría de edad"1. Es más, pensadores de entonces coincidieron con Rousseau, uno de los ideólogos de la educación como “fuerza transformadora de la sociedad”, cuando en Emilio planteó que,

“toda la educación de las mujeres está hecha especialmente para agradar al hombre; si el hombre debe agradarle a su vez, es una necesidad menos directa, su mérito está en su potencia, agrada por el solo hecho de ser fuerte. Convengo en que no es esta ley del amor, pero es la de la naturaleza, anterior al amor mismo”2

La propuesta de Rousseau consistía en una sociedad de productores independientes donde la propiedad privada fuera considerada como un derecho individual, y como dice en El contrato social (1762), existiera “la igualdad de todos los ciudadanos en el sentido de que todos deben disfrutar de los mismos derechos”3. En el Discurso sobre los Orígenes de la Desigualdad (1755), precisa que se trata de una propiedad pequeña puesto que un derecho ilimitado propiciaba la explotación, pero como las mujeres no podían poseer propiedades productivas ni grandes ni pequeñas, integraban la sociedad civil, pero no eran miembros de pleno derecho. Es mas, Rousseau pensaba que era necesario mantenerlas en situación de dependencia porque los juicios y opiniones que vertían estaban mermados por sus “pasiones inmoderadas”, por lo que necesitaban de la protección y guía masculina para enfrentarse al reto de la política4. Lógica nada extraña en esa época. Según Macpherson “un demócrata del siglo XVIII podía concebir una sociedad de una sola clase y excluir a la mujer; igual que un antiguo demócrata ateniense podía concebir una sociedad de una sola clase y excluir a los esclavos”5

Los profundos cambios originados durante la Revolución Industrial y la Revolución Francesa (1789), posibilitó que las mujeres impusieran la premisa que todos los seres humanos tienen los mismos derechos y obligaciones. Además, revueltas y manifestaciones en defensa de sus derechos como cuando en 1789, Luis XVI proclamó la convocatoria de los Estados Generales a fin de que la nobleza, el clero y el pueblo presenten sus reclamos, excluyendo a las mujeres. Entonces, se lanzaron a las calles y marcharon hacia Versalles. En la sublevación de 1789, como en la de mayo de 1793, las mujeres fueron, "como dirían las autoridades de la época, “las agitadoras”6

“¿No han violado el principio de igualdad de derechos al privar con tanta irreflexión a la mitad del género humano; es decir, excluyendo a las mujeres del derecho de la ciudadanía?”7, se preguntaba entonces Condorcet. Pero al instaurarse la nueva república, la Asamblea rechazó su solicitud de implementar una educación en términos de igualdad para hombres y mujeres. Entre 1793 y 1794, los jacobinos cerraron clubes de mujeres prohibiendo su presencia en cualquier tipo de actividad política. El nuevo código civil napoleónico, cuya extraordinaria influencia ha llegado prácticamente a nuestros días, se encargaría de plasmar legalmente dicha «ley natural»8. Ante lo cual, Voltaire, criticaba que a pesar de que las mujeres habían demostrado ser capaces de gobernar en varias monarquías hereditarias de Europa, “el hombre siempre ha sido señor de la mujer, fundándose en esta fuerza casi todo lo del mundo”9.

Un cambio importante se produjo con el socialismo utópico10 que surgió como respuesta a la difícil situación de los trabajadores explotados. En 1830, Charles Fourier (1772-1837), vinculó la opresión económica a la opresión sexual, y  sostuvo que el status de la mujer permitía medir el nivel de progreso social de una determinada sociedad y caracterizo la igualdad entre los sexos como un rasgo esencial del socialismo. En ese período, Flora Tristán propugnó la reivindicación de las mujeres desde una perspectiva feminista, política, y social en su condición de obrera11, con lo cual "se adelantó a Marx"12, señalando en su libro La Unión Obrera que “la mujer es el proletario del mismo proletario”13

Pero es Carlos Marx en los Manuscritos de 1844, quien definió la familia como la primera relación social y a la mujer como la primera propiedad del hombre. El enfoque mar­xista concluye que la emancipación del hombre y de la mujer sólo se lograra con la transformación de las estructuras socioeconómicas, y en ese sentido la liberación de la mujer forma parte de la teoría y práctica de la lucha por la emancipación de toda la sociedad. “La relación inmediata, natural, -dice Marx- del hombre con el hombre es la relación del hombre con la mujer y del carácter de era relación puede concluirse hasta qué punto el hombre se ha comprendido a sí mismo como ser genérico, como hombre. La relación del hombre con la mujer es la relación más natural del ser humano con el ser humano.

Corresponde a este período un notable ensayo titulado: Vindicaciones de los derechos de las mujeres, de Mary Wollstonecraft (1759-1797), quien contra la imagen recurrente de la mujer como un ser débil, superficial y pasivo, sostuvo que no sólo era capaz de asumir el reto político sino también el liderazgo, pero que la carencia de educación y el aislamiento doméstico habían frenado su desarrollo como ciudadanas de pleno derecho. En 1844, Elizabeth Candy Staton, Lucrecia Mott, Mary M'Clintoch, Jane Hunt y Marta Wright, celebraron la primera Convención de Mujeres, e hicieron pública una resolución llamada "Declaración de Sentimientos y Resoluciones de Séneca Falls", donde exigieron igualdad de condiciones ante la ley, la religión, la educación y el trabajo.

Nació así el movimiento feminista y sufragista, "una de las manifestaciones históricas más significativas de la lucha emprendida por las mujeres para conseguir sus derechos"14, que congregó a las mujeres sin distinción de clases sociales, ideologías y credos, pero coincidentes en reclamar los derechos que les negaban. En 1882, Hubertine Auclert, socialista y defensora del sufragio femenino, fue la primera en proclamarse feminista en su revista La Citoyenne, término que fue aceptado en el primer congreso feminista realizado en Paris en mayo de 1892 por Eugénie Potonie-Pierre y sus compañeras del grupo Solidarité. A partir de lo cual, el término se fue extendiendo hasta que nació en el siglo XIX como “movimiento a través del cual la mujer proclama el derecho a la autonomía, su derecho a ser ciudadana, su derecho al trabajo, a la educación y a una plena participación política15.

     Basándose en la teoría marxista, August Bebel escribió en 1879 La mujer y el socialismo, un importante libro que alcanzara a tener 53 ediciones. Para Bebel la liberación de la humanidad no era posible sin la independencia social y equiparación de los sexos. Su aporte fundamental radica en destacar la necesidad de tres factores para lograr la emancipación femenina: 1. Incorporación al trabajo productivo. 2. Activa participación social, política y presencia en la dirección y orientación de la sociedad socialista. 3. Socialización de las tareas domésticas. Es necesario aliviar el trabajo en el hogar que ha pesado durante siglos exclusivamente sobre sus hombros: Sin revolución de la vida doméstica, señaló, no podrá liberarse la mujer16.

La lucha por la igualdad de derechos en el Perú

En abril de 1930 murió José Carlos Mariátegui y el 22 de agosto, la guarnición militar de Arequipa se sublevó al mando del comandante Luis M. Sánchez Cerro, quien depuso al Presidente Leguía. Recibido apoteósicamente en Lima, un año después Sánchez Cerro fue elegido Presidente Constitucional. El nuevo mandatario, al frente del derechista Partido Unión Revolucionaria, inició su régimen en medio de una profunda crisis política que concluyó en 1933 cuando fue asesinado. El general Oscar R. Benavides, ocupó su lugar hasta 1939, como Presidente de la República.

     Es en el terreno político de esos años que la presencia de las mujeres inauguró nuevos caminos. Proscrita la legalidad del Partido Comunista y del Partido Aprista, las mujeres ganaron terreno en la militancia partidaria y en la organización de comités de lucha y grupos de apoyo. Las mujeres del Partido Comunista participaron en tres frentes: sindical, partidario, y en Frente Único de Solidaridad Socorro Rojo Internacional, organismo de ayuda a los presos políticos, creado por la Central General de Trabajadores del Perú en 1931. Integrado por obreros, estudiantes e intelectuales, debió su mayor impulso a la presencia de Ángela Ramos, que desempeñó durante varios años el cargo de secretaria general y a mujeres como Adela Montesinos, Carmen Saco. Alicia del Prado, Alicia Bustamante, Celia Bustamante, Carmen Pizarro, María Argote, Pepita Pizarro, Raquel y Estela Bocangel, entre otras.

     Mientras que la presencia de las mujeres en el Partido Aprista, también en la clandestinidad, se orientó a la formación de comités de lucha y grupos de apoyo. Y, aunque en el Primer Congreso Nacional las reivindicaciones femeninas merecieron el respaldo partidario, el rol de las mujeres tuvo más carácter asistencial. La familia y la madre aprista, le dieron una dimensión distinta a la participación política, no obstante que Magda Portal y Carmen Rosa Rivadeneira, intentaron organizar a la militancia femenina bajo otros causes.

Cuando el Apra volvió a la legalidad en 1933, las mujeres rescataron el rol político e ideológico de la participación femenina. A lo largo de estos años tomaron parte en diversas tareas y en el frente antifascista, generándose un conflicto interno entre las más connotadas dirigentes y Haya de la Torre, renuente a concederles un mayor espacio político. En 1948, Magda Portal renunció al Apra y al Comando de Mujeres Apristas porque las conclusiones del Segundo Congreso contenían el siguiente enunciado: Las mujeres no son miembros activos del Partido Aprista porque no son ciudadanas en ejercicio. “Me levanté y pedí la palabra - recuerda Magda Portal - Haya dio un golpe en la mesa y dijo: No hay nada en cuestión. Insistí con energía que quería hablar y él volvió a repetir lo mismo. Ante esto, me levanté con un grupo de mujeres y dije en voz alta: ¡Esto es fascismo! Después me eligieron Segunda Secretaria General de Partido, pero me quitaron la dirección del Comando de Mujeres. No volví nunca más al Partido"17. El frente femenino se desarticuló hasta que en 1950, bajo la dictadura del general Odría, el Apra volvió a la clandestinidad. 

     Varias mujeres fueron apresadas como Alicia del Prado, que en 1933, fue acusada de proselitismo político y de ser militante del Partido Comunista por lo que sufrió prisión durante tres años. Al salir en libertad en 1936, fundó “Acción Femenina”, organización del Partido Comunista orientada a la formación y educación política de las mujeres militantes de ese partido, con el fin de capacitarlas para acceder a cargos de dirección. Eran los años previos a la Segunda Guerra Mundial, donde la lucha contra el fascismo y la difusión de las ideas socialistas constituían aspectos centrales del pensamiento progresista. Las mujeres de varios países europeos se agruparon en el Comité Internacional de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo; mientras que en el Perú, “Acción Femenina”, amplió sus fronteras de trabajo convirtiéndose en un frente amplio en el que confluyeron mujeres de distinta filiación política, lo que a su vez hizo posible la constitución del Comité de Ayuda a las Víctimas de la Segunda Guerra Mundial Alas Blancas presidido por la entonces esposa del Embajador de Inglaterra.

     Las tareas del Comité Alas Blancas, abarcaron la recolección de ropa y medicinas para enviarlos a los frentes de lucha. Cientos de mujeres recorrieron las calles de Lima y de otras ciudades del Perú solicitando colaboración, mientras Alicia del Prado y la presidenta de Alas Blancas visitaban las ciudades del país llamando al boicot para los productos alemanes y denunciando los crímenes del fascismo. Al finalizar la guerra, el Comité Alas Blancas se disolvió mientras que “Acción Femenina” prosiguió su labor hasta 1952, año en que la dictadura de Odría cerró su local, persiguió a sus dirigentes y apresó a Maximina Argote quien estuvo dos años en la cárcel acusada de comunista.

     La derrota del fascismo produjo al término de la contienda, la polarización entre el sistema capitalista y socialista, y la debacle de las potencias coloniales hostigadas por la ola nacionalista que recorrió el continente africano y asiático. A nivel ideológico influyó la hazaña de las Fuerzas Aliadas y del Ejército Rojo en la liberación de Europa, factor decisivo de muchos acontecimientos mundiales en las conquistas democráticas y el ascenso de las organizaciones populares tras la derrota nazi. Todo lo cual influyó en la situación de la mujer, unido al hecho de que las mujeres reemplazaron la mano de obra masculina durante los años de la guerra. En Inglaterra, más del 40% de los trabajadores de la producción bélica fue femenino. Y, si antes de 1940 en las fábricas de productos químicos en Estados Unidos no había ninguna trabajadora mujer, un año más tarde en una sola compañía 470 mujeres trabajaban en tres turnos18. Esto posibilitó una mayor capacitación, y el acceso de las mujeres a profesiones hasta entonces consideradas masculinas como ingeniería, química, electricidad, medicina y arquitectura. También trajo abajo la vieja teoría de la ineficiencia de las mujeres en trabajos técnicos o científicos, y obligó a las empresas a pagar un salario más justo a las mujeres que realizaban el mismo trabajo que los hombres y con igual eficacia.

     En 1945, del Congreso Femenino de París, nació la Federación Democrática de Mujeres, después la Federación Mundial de la Mujer; mientras que en América Latina, entre 1946 y 1949, se conformaron organizaciones y federaciones de mujeres en Argentina, Chile, Cuba, México, Brasil y República Dominicana; en la década del 50 en Costa Rica, Guatemala, El Salvador, Venezuela, Colombia, Uruguay, Ecuador y Paraguay; y posteriormente en Haití, Honduras, Perú y Panamá.

     También un clima más propicio para el reconocimiento de los derechos de las mujeres, a partir del principio de la igualdad de derechos humanos de la Carta de las Naciones Unidas. En la Convención Interamericana de Mujeres, realizada en Bogotá el 30 de marzo de 1948, los gobiernos americanos representados en la Novena Conferencia Internacional Americana, señalaron que era aspiración de la comunidad americana equilibrar a hombres y mujeres en el goce y ejercicio de los derechos políticos, y acordaron “que el derecho al voto y a ser elegido para un cargo nacional no deberá negarse o restringirse por razones de sexo”.

Es en este período que la mayoría de gobiernos latinoamericanos otorgaron a las mujeres el derecho al sufragio. Aunque en algunos países hubo una presión de las mujeres como en el caso del Perú donde la Asociación Femenina Universitaria luchó por esta conquista, el voto fue otorgado con fines de utilización política de la mujer de los sectores medios. Esta conquista democrática, importante en sí, no encontró su debida expresión en un continente donde la mayor parte de analfabetos eran y son mujeres. El derecho al sufragio femenino se otorgó en Canadá: 1918; Ecuador: 1920; Brasil: 1932; Uruguay: 1932; Cuba: 1934; El Salvador: 1939 (limitado); República Dominicana: 1942; Jamaica: 1944; Guatemala: 1945 (limitado); Panamá: 1945; Trinidad Tobago: 1946; Argentina: 1947; Venezuela: 1947; Suriname: 1948; Chile: 1949; Costa Rica: 1949; Haití: 1950; Barbados: 1950; Antigua y Bermuda: 1951; Dominica: 1951; Granada: 1951; Santa Lucía: 1951; Bolivia: 1952; México: 1953; Guyana: 1953; Honduras: 1955; Nicaragua: 1955; Perú: 1955; Colombia: 1957; Paraguay: 1961; Bahamas: 1962; Bahamas: 1962; Belice: 1964.

El derecho al sufragio de las mujeres peruanas se logró el 7 de setiembre de 1955, mediante Ley Nº 12391, durante el gobierno del general Odría, que no era precisamente un demócrata. Su gobierno se caracterizó por una total ausencia de libertades políticas y una sistemática represión a sus opositores. Su objetivo no fue otro que reelegirse, para lo cual necesitaba el voto proveniente de sectores populares donde su esposa, María Delgado de Odría, había realizado un intenso trabajo con las mujeres.

     En la década del 50 diversos pueblos de América Latina atravesaron un período de gran convulsión social, producto de la lucha del movimiento democrático contra regímenes militares y dictaduras civiles, que tuvo una importante repercusión en el triunfo de la Revolución Cubana. Durante esos años revistas como "Hora del Hombre", "Peruanidad", "Excélsior", "De todas partes", publicaron poemas, artículos y cuentos de varias mujeres como María Rosa Macedo de Camino, Isabel de la Fuente, Felisa Moscoso, Eva Morales, Hortensia Málaga de Cornejo, y Carlota Carvallo de Núñez.

     Precisamente la revista "Hora del Hombre" que reunió a los intelectuales progresistas de esos años, y que estuvo dirigida por Jorge Falcón, contenía una sección femenina donde se daban a conocer diferentes actividades de la mujer, avances de su incorporación a nivel socio económico, e información de la participación femenina en la URSS en la reconstrucción de ciudades destruidas por la guerra. Un artículo publicado en esta revista, y escrito por una estudiante de pedagogía, da cuenta del cambio de percepción y del discurso de las mujeres a comienzos de los 50. Traza líneas que permiten vislumbrar el despegue del movimiento feminista en la década del 60 primero en Europa y Estados Unidos, y posteriormente en América Latina: 

"Es indudable que vivimos en una época en la que las mujeres escalan posiciones y ocupan un lugar privilegiado dentro de distintas actividades de la vida misma. El prejuicio que circunscribía única y exclusivamente a lo doméstico el campo de acción femenina, se va desarraigando cada vez más. La línea divisoria que existiera hasta hace muy poco tiempo entre lo que se daba en llamar actividades masculinas y femeninas, ha ido desapareciendo paulatinamente, conforme la práctica ha demostrado que la mujer puede desempeñarse tan bien o mejor que el hombre en muchas de aquellas que antes le estaban completamente vedadas.
(...) La educación moderna, si es que cabe hablar de épocas tratándose de educación, va cayendo poco a poco en un desprecio a las atenciones y delicadezas que se merecen quienes usan las faldas y saben hace sentir que realmente las llevan. Me refiero a la cortesía traducida ya sea en una frase amable, en ceder un asiento en el ómnibus, en un gesto, en fin, en esa serie de pequeñas cositas que reunidas, no sólo nos hacen reparar a nosotras en que la caballerosidad todavía existe, sino que hace recordar a los caballeros, que por más que nuestras actividades puedan ir paralelas a las de ellos, biológicamente, por lo menos, permanecemos tan diferentes como siempre. Entiéndase que no me refiero a las fórmulas y reverencias de antaño, sino a algo más profundo y más a tono con la época en que vivimos. Para terminar, quisiera aclarar que si al hablar de la mujer moderna he omitido la palabra "glamour", "tea-bridge" y "rouge", ha sido porque he querido evitar en lo posible hablar de ese tipo de mujer que se empeña en pintarse los labios en forma de sandía, hablar continuamente del último modelo o de su actor favorito y cuyas únicas actividades se reducen a estar en  público, a prepararse para estar en público, a recuperarse de los efectos de haber estado en público, y que, por añadidura y no sé por que extraña razón, se empeña en llamarse a sí mismas: "mujeres modernas"19.

Movimiento Femenino

En 1949, Simone de Beauvoir proclama: No se nace mujer, se llega a serlo, en su libro El segundo sexo, el ensayo feminista más importante del siglo. Todo lo que se ha escrito después en el campo de la teoría feminista ha tenido que contar con esta obra sea para continuar sus planteamientos y seguir desarrollándolos, o para criticarlos oponiéndose a ellos20. Desde la perspectiva de la filosofía existencialista analiza el origen histórico y las referencias culturales en la construcción de “un segundo sexo”, que ningún destino biológico define, “es la civilización en conjunto quien ha elaborado ese producto intermedio entre el macho castrado al que se califica como femenino”21. Un ser dependiente y con relaciones de sometimiento con el otro sexo22.

Entonces, los grupos femeninos no eran reconocidos e incluso el feminismo era mirado con desconfianza. Esto obedecía principalmente a que no hubo en el Perú ni en América Latina un feminismo de larga tradición, “con su filosofía, el liberalismo, y su encarnación económica, el capitalismo. Libertad (individual) e igualdad (como) principales ejes de su lucha”23. Por ello, a pesar de la intensa lucha de las mujeres no accedieron a una participación política hasta el último tercio del siglo XX, “según la definición que de ésta hace la ciencia política, es decir, capacidad do representación a través del sistema de partidos políticos, ejercicio del voto y manejo del poder en las instituciones de gobierno»24.

Entre 1960 y 1970, el movimiento femenino con diferentes corrientes teóricas y tendencias que explican las causas de la subordinación y las estrategias del cambio de las relaciones y condición de las mujeres, cobró notable impulso en Europa y Estados Unidos, en el contexto de una América Latina marcada por un clima de agitación social, dictaduras militares, y una fuerte presencia del pensamiento de izquierda y marxista. Tres obras teóricas tuvieron entonces una notable repercusión: La mística de la feminidad (1963) de Betty Friedman; Política sexual (1969) de Kate Millet; y La dialéctica del sexo (1970) de Sulamith Firestone.

Tuvieron el mérito de analizar el patriarcado y el género desde el psicoanálisis y el marxismo, a través de lo cual estudiaron las relaciones de poder al interior de la familia y la sexualidad. Para Kate Millet, la relación entre los sexos es una relación de poder, sintetizada en su célebre afirmación: Lo personal es político. Pero lo interesante de esta corriente del feminismo no solo radicaba en sus obras teóricas, sino en la organización de grupos de autoconciencia donde las mujeres empezaron a contar sus propias experiencias. Lo que originó la capacidad de verse a sí mismas, y nuevas formas de solidaridad entre mujeres que impulsarían aún más su desarrollo.

Según Joan W. Scott, escribir la historia del feminismo no significa escoger entre la estrategia de la igualdad o de la diferencia, como si ésta pudiera resolver todas las contradicciones vividas. Una historia del feminismo debe ser, “la historia de las mujeres (y de algunos hombres) constantemente inmersos en la resolución de los dilemas que enfrentan”25.
                                                          
         A partir de la década del ochenta y noventa se inició un nuevo orden signado por el triunfo de lideres de la derecha, el agotamiento de las ideologías, la disolución de la Unión Soviética, la  debacle del socialismo en los países de Europa del Este, y el liderazgo económico, político y militar de Estados Unidos. Esto originó la formación de bloques geopolíticos encabezados por Estados Unidos, países de Europa y de Asia, mientras África y América Latina quedaban en la periferia bajo el impulso de políticas de desregulación, privatización y disminución del rol del Estado en la producción. Política que no ha solucionado el desempleo, ni la desarticulación de los procesos productivos, y mucho menos la grave crisis de distribución del ingreso que explica los profundos abismos sociales que se dan26.

En ese contexto, el trabajo de las organizaciones femeninas y feministas respondió a la incorporación creciente de la mujer al mercado del trabajo antes predominantemente masculino. Entre 1961 y 1981, la tasa de crecimiento de la Población Económicamente Activa Femenina alcanzó el 70% superando largamente la tasa de crecimiento masculina27. Sin embargo, se trataba de un trabajo donde las mujeres eran “la mayoría sólo en aquellos empleos de tiempo parcial, de bajo o ningún salario”28. Tampoco los índices de alfabetismo se redujeron en las zonas de extrema pobreza ni mejoraron las condiciones de salud para las mujeres que habitaban esas zonas.

     En las dos últimas décadas América Latina ha iniciado un camino que intenta ser propio, con un fuerte sesgo nacional, democrático, e inclusivo con los sectores marginados, y de reconfiguración de la inserción de los pueblos indígenas en el proyecto nacional. En este contexto, el movimiento femenino latinoamericano afronta el reto de lograr una equidad que incluya todas las voces, también las indígenas y marginadas. Porque, “la lucha por relaciones más equitativas entre hombres y mujeres se ha convertido en un punto medular en la lucha de las mujeres indígenas organizadas”29. Así también, en las organizaciones populares las mujeres están luchando para cambiar una tradición que las excluye y oprime. Un formidable reto para el feminismo contemporáneo que necesariamente en América Latina deberá trazarse estrategias que engloben género, raza y clase.   

Otro reto, es que las mujeres se asuman como sujetos históricos en el contexto de una nueva historiografía; es decir, una nueva valoración de las experiencias femeninas mediante una nueva forma de abordar la historia, la revisión de modelos que han impregnado a todos los grupos sociales, y los factores diferenciales que afectan a las mujeres.

Significa reemplazar la lógica tradicional practicada en las ciencias sociales por una nueva manera femenina de abordar el pensamiento crítico siguiendo una lógica de investigación diferente a la aplicada en la historiografía tradicional. Es decir, reescribir la historia desde una perspectiva femenina, plantear nuevas formas de interpretación, y revisar conceptos y métodos existentes con el objetivo de convertir a las mujeres en sujetos de la historia, reconstruir sus vidas en toda su diversidad y complejidad, inventariar las fuentes con las que contamos, y dar un sentido diferente al tiempo histórico, subrayando lo que fue importante en sus vidas.

     La historia de las mujeres se presenta así como un elemento transformador de las mismas mujeres, y constituye un paso decisivo para su emancipación. Significa también otorgarle una mayor coherencia a nuestra historia al desarticular el carácter excluyente y discriminador de las representaciones discursivas del otro, establecidas en la colonia a través de patrones de poder basados en una jerarquía social, étnica, de raza y género. 

*El presente texto es el capítulo XX del libro cuyo título es el mismo que aparece aquí. Lima, 2013, 5ta edición, pp. 299-309. El texto nos fue remitido por la propia autora.



1Amelia Valcárcel. Sexo y Filosofía. Barcelona, 1991,  p. 9.
2Jean-Jacques Rousseau. Emilio o De la Educación. Madrid, 1998, p. 535.
3Jean-Jacques Rousseau.  El contrato social. Madrid, 1988, p. 76.
4David Held.  Modelos de democracia. Madrid, 1991, p. 100.
5Ibídem,  p. 100.
6D. Godineau. Citoyennes Tricoteuses. Les femmes du peuple à Paris pendant la RévolutionAix-en-Provence, 1988.
7 Condorcet. "Essai sur l’admission des femmes au droit de la cité". Las Mujeres y la Revolución. Barcelona, 1974.
8Ana de Miguel. “Feminismos”. 10 palabras claves sobre la mujer. Navarra, 1995, p. 226.
9 Voltaire. Diccionario Filosófico. Tomo III. Buenos Aires, 1964, p. 184.
10Federico Engels, refutó las tesis del socialismo utópico en su libro: Del socialismo utópico al socialismo científico, publicado en 1892.
11 Flora Tristán. Union ouvrière. Paris, 1986.
12Jorge Basadre. Apertura. Textos, Cultura y Política, escritos entre 1924 y 1977. Lima, 1978, p. 246.
13Magda Portal. Flora Tristán, precursora. Lima, 1983, p. 21.
14Mary Nash - Susana Tavera. Experiencias desiguales: Conflictos sociales y respuestas colectivas. Madrid, 1995, p. 58.
15Karen Offen. "Definir el feminismo: un análisis histórico comparativo". Historia Social No. 9, Valencia, 1991, p. 110.
16August Bebel. La mujer y el socialismo. La Habana, 1974, p. 45.

17Sara Beatriz Guardia. Mujeres Peruanas. El otro lado de la historia. Lima, 1985. Primera Edición. Entrevista a Magda Portal, p. 84.
18 Hanna Garry. "La mujer sustituye al hombre en las industrias de guerra". "En América", Revista mensual de los intelectuales. No. 22, noviembre de 1943.
19Ettel de Lloc. "La mujer moderna". Hora del Hombre. Lima, marzo de 1950.
20Simone de Beauvoir. El segundo sexo. Valencia, 1998, p.7.
21Simone de Beauvoir. El segundo sexo. Buenos Aires. Ediciones Siglo XX, 1962, p. 13.
22Isabel Morant. “El sexo en la historia”. Ayer, No. 17, 1995, p. 37.
23 Louise Toupin.  Qu'est-ce que le féminisme? Quebec: Centre de documentation sur l'éducation des adultes et la condition féminine (CDEACF), 1997.
24Lola G. Luna. “Los movimientos de mujeres en América Latina o hacia una nueva interpretación de la participación política”. Barcelona. Universitat de Barcelona, Boletín Americanista, N°. 45, 1995, p. 251.
25Joan Wallach Scott. A cidadã paradoxal: as feministas francesas e os direitos do homem. Florianópolis: Editora Mulheres,  2002.
26Agustín Haya de la Torre. La restauración neoliberal. Lima: Fundación Andina, 1994, p. 83.
27Virginia Guzmán, Patricia Portocarrero. Dos veces mujer. Lima: UNIFEM, Flora Tristán, Mosca Azul Editores, 1985.
28 Cecilia López Montaño. “La dimensión de género del capital social. Equidad de género: una decisión política.  Socialismo y Participación No. 92, Lima, abril del 2002.
29Aída Hernández Castillo Salgado. “Distintas maneras de ser mujer: ¿Ante la construcción de un nuevo feminismo indígena?. 

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