viernes, 3 de julio de 2015

Filosofía

Interacción de los Contrarios en el Desarrollo

(Novena y Última Parte)


S. Meliujin


EXISTEN, ASIMISMO, CONTRADICCIONES comunes por la for­ma, pero distintas por su contenido. Así, por ejemplo, es característica de todos los estados de la materia la contra­dicción entre los factores internos y externos. Pero la corre­lación entre lo interno y lo externo puede, al mismo tiempo, condicionar tanto el desarrollo como la desintegración de los sistemas, en dependencia del contenido de los factores dados.

Al estudiar las formas de las contradicciones, surgen, involuntariamente, las siguientes preguntas: ¿Se llega en el desarrollo a la solución de algunas contradicciones? ¿Puede llegarse a un estado en el que las contradicciones fundamen­tales del sistema dado queden resueltas?

Es evidente que las contradicciones del primer grupo no pueden resolverse por principio, ya que serán inherentes a los nuevos estados de materia que se originen. Por lo que se refiere a las contradicciones del segundo y tercer grupo, que determinan el desarrollo ascendente y la desintegración de los sistemas, algunas de ellas se solucionan con el tiempo. En particular, todas las contradicciones que provocan la desin­tegración se solucionan después que el sistema se convierte en otras formas de la materia, completamente distintas, ya que entonces carecen de base para existir. Sin embargo, el sistema de nueva creación se caracterizará por nuevas con­tradicciones, que habrá que solucionar de nuevo. Es total­mente imposible la superación definitiva de todas las contradicciones, ya que todo desarrollo no es solamente la solu­ción, sino también el surgimiento de contradicciones nuevas por principio. Gracias a ello, el desarrollo de la materia cons­tituye un proceso indestructible, inherente a todos los estados de la misma.

La posibilidad de solucionar las contradicciones aclara el problema de las interrelaciones de los contrarios. De aquí se deduce que los contrarios no son absolutamente irrecon­ciliables entre sí, sino que pueden, en determinadas condi­ciones, apagarse mutuamente o bien convertirse en formas cualitativas distintas. Los objetos y fenómenos opuestos no se excluyen absolutamente, sino en algunas de sus pro­piedades y tendencias. Por ejemplo, las partículas y las anti­partículas se oponen recíprocamente unas a otras sólo por el signo de la carga eléctrica y del momento magnético, mientras que otras propiedades suyas son iguales. Durante la interacción de las partículas y las antipartículas esas pro­piedades opuestas se "apagan" unas a otras, y resultado de ello es la aparición de microobjetos completamente nuevos. En relación con eso debemos detenernos brevemente en el problema de la "identidad" y la penetración recíproca de los contrarios.

Los clásicos del marxismo han indicado en más de una ocasión que la unidad de los contrarios se produce objetiva­mente y la calificaban a veces de identidad; decían que es "posible el desarrollo en su contrario",10 es decir, transfor­mación de los contrarios, el paso de uno a otro. ¿En qué sentido han de comprenderse estas tesis?

Es evidente que la tesis de la "identidad" de los contra­rios no puede considerarse en el sentido de que son efecti­vamente idénticos entre sí. Como lo indica la propia palabra "contrarios", estos fenómenos se diferencian radicalmente entre sí por alguna de sus propiedades. Por ello el concepto de "identidad" de los contrarios no es afortunado. Se trata de un concepto heredado de la filosofía hegeliana y puede inducir a error. Por este motivo es más correcto hablar de la unidad, y la penetración recíproca de los contrarios. Esta penetración recíproca tiene lugar, efectivamente, en todos los sistemas materiales: la estabilidad del cuerpo presupone su variabilidad; en un objeto material finito está potencialmente contenido lo infinito; una multitud de elementos dis­cretos, directamente adheridos entre sí, constituyen una sus­tancia continua; las conexiones internas de un sistema son asimismo externas para sus elementos componentes, etc.

Por lo que se refiere al tránsito recíproco de los contra­rios, hemos de decir lo siguiente. Si existen dos objetos o fenómenos que tengan propiedades opuestas +A y —A, la tesis del desarrollo en su contrario no puede comprenderse en el sentido de que + A se convierte en —A, y viceversa. Se ha de comprender de otro modo: + A y —A, al interactuar, se convierten en un fenómeno nuevo por principio con nuevos contrarios inherentes a él: +B y —B. Estos últi­mos difieren de raíz de los contrarios antes existentes y vie­nen a ser como polares con relación a ellos. Resultado de ello es que +A se convierte en +B y —A en —B.

Con el tiempo, +B y —B se convierten, a su vez, en +C y —C, etc. De este modo el curso general del desarrollo puede representarse con el siguiente esquema:





El fenómeno 1: +A y —A no se convierten el uno en el otro.

Pero el fenómeno 1 se transforma en el fenómeno 2. Le corresponden los contrarios +B y — B, pero tampoco trans­mutan recíprocamente.

El fenómeno 2 se convierte en el fenómeno 3 con los con­trarios +C y —C, etc. Además, +A, +B y +C guardan una relación de contrarios, lo mismo que —A, —B y —C.

He aquí unos ejemplos concretos para el esquema dado. Supongamos que el electrón y el positrón u otros pares de partículas interactúan entre sí. El electrón no se convierte directamente en positrón, y viceversa, pero ambos se transforman en cuantos-gamma, en cuya estructura hay contra­rios completamente distintos.

En la sociedad, las clases antagónicas no se convierten la una en la otra, pero la solución de las contradicciones entre ellas conduce a la formación de un régimen social nuevo por principio, cuyas contradicciones difieren de raíz de las viejas. En general, la solución de las contradicciones en fenómenos donde hay aspectos opuestos no significa que se conviertan recíprocamente unos en otros, sino que el fenó­meno dado se transforma en otro completamente distinto con sus propias e inherentes contradicciones nuevas de principio.

Notas

[10] V. Lenin, Cuadernos filosóficos. En Obras completas, ed. Rusa, t.38, pásg.258.

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