miércoles, 1 de abril de 2015

Historia


(Cuarta Parte)


Emilio Choy


LA PRODUCCIÓN INDUSTRIAL INGLESA hería la hacienda del gobierno es­pañol por todos los medios. Pero también afectaba otros intereses; su baratura no admitía la competencia de las manufacturas que existían en la América española o en la metrópoli. Durante el monopolio, el contrabando fue el medio eficaz para introducir sus productos. Todos los medios eran buenos para ampliar sus mercados. Si Inglaterra había "ayudado" a los iroqueses, ¿por qué no estaba también obligada, por sus conveniencias, a "ayudar" a Túpac Amaru? Pero en ningún momento debemos imaginarnos que de haber culminado el movimiento de 1780 con la separación de las colonias de España para caer bajo la dirección inglesa, hubiéramos tenido mejor suerte. Con los métodos refinados del colonialismo inglés, sacudir su opresión hubiera sido mucho más difícil. Los ingleses deseaban eliminar a los virreyes españoles, para reemplazar­los por virreyes británicos. Habrían tratado de convertir a Túpac Amaru en una especie de rajah, o sea en un simple administrador de los intereses británicos. En el mejor de los casos, los ingleses hubiesen tratado de con­vertir el virreinato del Perú en una multitud de territorios gobernados al estilo de Jamaica para facilitar su explotación.

Surge la pregunta: ¿por qué, en el caso hipotético que proponemos, no se hubiera desarrollado el Perú a la manera del Dominio del Canadá? Porque los progresos que lograron los canadienses con relación al Perú y el resto de la América hispánica, por la dificultad de amarrar al hom­bre a la tierra en forma de servidumbre, especialmente al indígena, y la importancia de la industria peletera obligaban a comerciar con los indios en lugar de explotarlos en los trabajos agrícolas. También influyó la abundancia de tierras, el desarrollo de la industria maderera debido a las exigencias de la demanda de construcciones navales de la misma metrópoli, y el impulso de los saladeros de pescado que dieron al Canadá un capitalismo industrial de un empuje mayor que el que se pudo desen­volver en la América española.

Las probabilidades de triunfo del movimiento de Túpac Amaru dis­minuyeron en lugar de aumentar con la orientación probritánica. Lo que podía convenir a los comerciantes ingleses resultaba perjudicial a los in­tereses de los terratenientes, comerciantes y manufactureros criollos en el virreinato peruano. Las maniobras británicas contribuyeron a impedir la alianza que tanto buscaba el cacique de Tungasuca, o sea la formación de un frente unido criollo e indígena contra la dominación española. De haberse cristalizado esta alianza habría surgido el Washington peruano; pero los agentes de la City sólo querían debilitar el imperio español, llenar una parte del vacío de su imperio que se producía con la indepen­dencia norteamericana, conquistando las colonias de potencias rivales o ampliando sus mercados; pero no entraba en sus cálculos ayudar a fun­dar una república al estilo norteamericano en las colonias que poseían los españoles en la América del Sur.

La postura que asumió la dirección del movimiento de Túpac Amaru desde los primeros momentos revelaba, en los hechos, ataque a fondo con­tra los intereses vitales de los criollos, que coincidía con las conveniencias británicas y atentaba contra el porvenir de la rebelión. El famoso de­creto de libertad de los esclavos del 16 de noviembre de 1780, que se anticipa al de Ramón Castilla en tres cuartos de siglo, más que un golpe contra el gobierno español, era mortal para los propietarios de esclavos de los ingenios azucareros, en su mayor parte criollos.

La libertad de algunas decenas de miles de esclavos hubiera dejado en ruinas a la agricultura costeña. Los productores británicos de azúcar en las Antillas hubieran capitalizado entonces la ruina de la industria azu­carera en el Perú. Otra medida equivocada fue la liquidación tenaz de los obrajes, batanes y chorrillos, cuya desaparición significaba la elimi­nación de las manufacturas de telas nacionales, como tocuyos y bayetas, que vestían a gran parte de la población del virreinato y eran exportadas a otras regiones. Los perjudicados en este caso también fueron los criollos en su mayor parte, y los beneficiados los importadores de telas extran­jeras. Los productores ingleses y españoles se hubiesen aprovechado de la ruina total de la producción textil nativa.

También el grupo de los monopolistas limeños (importadores que tenían la exclusiva en la introducción de mercaderías, lo que les permitía tener una flota naviera de relativo volumen para la movilización de pro­ductos) se sintió perjudicado con la guerra de Túpac Amaru contra el reparto que hacían los corregidores. Los corregidores eran funcionarios que se dedicaban a hacer justicia con derecho a repartimiento, tenían subalternos que cobraban impuestos. Pero los comerciantes limeños, para poder vender mercaderías sin salida, utilizaban a los corregidores como intermediarios; así conseguían vender sus "huesos" a precios exor­bitantes, habilitando a estos funcionarios. Igualmente, los ganaderos de Tucumán se valían de ellos para vender sus famosas mulas, que si bien eran útiles y se repartían a los indios, éstos tenían que pagar un precio que era varias veces superior a su precio real (4).

Esta actitud de Túpac Amaru contra los corregidores y los repar­timientos estaba justificada; pero movilizó en contra suya al poderoso grupo de los comerciantes limeños.

Los dueños de minas también se vieron afectados. Este numeroso e importante grupo se enriquecía en sociedad con la corona de España, ya que tenía que entregar a los representantes del rey, al principio, el quinto, que después fue rebajado a la mitad, o sea el décimo de la producción de los metales preciosos; en compensación, la corona les garantizaba la ex­plotación inhumana de los indios con una paga ínfima a pesar de las leyes protectoras de Indias, cuando estas mismas leyes habían reglamentado y legalizado la horrorosa institución de la mita minera. La metrópoli, aunque no en la legislación, pero sí en los hechos, toleraba el exterminio de la masa indígena en las minas. Túpac Amaru libertó a los mitayos; la destrucción de la mita era, pues, justa, pero no la destrucción de la industria minera, que fue arrasada en muchos lugares; sin que los directores del movimiento hicieran nada por contrarrestarla, más bien alentaron esta destrucción.

Las haciendas también fueron saqueadas.

Estos golpes asestados a los sectores más importantes de los criollos impidieron el desarrollo de la liberación nacional. Se trataba de una lucha por la independencia, pero también era una guerra que atentaba contra las formas de propiedad de aquellos que eran necesarios para fortalecer el poder del movimiento; de este modo, Túpac Amaru perdió el apoyo de los sectores sin cuya participación la independencia, en esos momentos, no era posible de alcanzar. El mismo Lewin nos da el dato en su libro cuando interpola el poema colonial en que se "formula con una plasticidad sorprendente los fines sociales de los indios":

Nos hicieran (los victoriosos indios, B.L.) trabajar
del modo que ellos trabajan
y quanto aora los rebajan, nos hicieran rebajar:
nadie pudiera esperar
Casa Hacienda, ni esplendores
ninguno alcanzará honores
todos fueran Pleveios
fuéramos Indios de ellos
y ellos fueran los Señores (5)

Notas
[4] Luis Antonio Eguiguren. Guerra separatista. Crónica de Melchor Paz, págs.. 293-338; Diálogo crítico, t.1.

[5] B. Lewin, ob.cit. pág. 199. 

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