viernes, 18 de enero de 2013

Una Semblanza a Puertas Abiertas, Julio Carmona



Una Semblanza a Puertas Abiertas

Julio Carmona



EN LA FIGURA DE VÍCTOR MAZZI TRUJILLO concurren varios signos de singularidad. En primer lugar, su calidad de intelectual autodidacta. Usufructuario de un bagaje cultural –y especialmente literario– que podía causar la envidia a muchos académicos. Y esa acuciosidad de estudio le permitió ser poseedor de una también envidiable biblioteca que decrecía o agrandaba según los avatares de su profesión de librero viejo, profesión –esta– en la que también destacó. No en vano sus amigos –mayormente jóvenes, entonces– le decíamos El Viejo Mazzi (sin tomar conciencia de que algún día habríamos de ser merecedores de su apelativo, aunque no de sus virtudes. Y, a propósito, uno de los jóvenes de entonces fue el poeta Magno Dueñas, fallecido hace pocos días. Sirva, pues, también esta semblanza de homenaje a su memoria).

       Pero en Mazzi ese afán por cultivar el intelecto adquiere especial singularidad si no se pierde de vista la dureza del trabajo material que debe desplegar el obrero. Hay una foto que conserva la feliz confluencia de esas dos actividades de Víctor (que figura en el libro antológico de su poesía, titulado No descansada vida, publicado el 2006), foto en la que aparece Mazzi junto a cuatro compañeros de trabajo (en una pausa, dice la leyenda, en la construcción de la Hidroeléctrica de Carhuamayo), y él aparece ahí concentrado en la lectura un libro. Las duras condiciones de trabajo del obrero de construcción no constituyeron una barrera para alcanzar la meta, autoimpuesta, de formación cultural.

       Recuerdo mucho (y considero justo mencionarlo aquí como un rasgo definidor de su espíritu solidario, propio de los hombres de su clase) que un amigo me cedió en préstamo su casa, en el distrito de Independencia, en el Pueblo Joven el Milagro, propiamente un cerro que está a espaldas de la Universidad Nacional de Ingeniería. Ese amigo con su familia se habían trasladado a una casa mejor ubicada, y la que me ofreció tenía puerta a la calle, pero no en la que daba al interior del lote rodeado por las paredes vecinas, aunque sin techo, y, por previsión, era menester colocar una puerta. Mazzi lo hizo. Agarró comba y martillo para hacer los huecos pertinentes y encajó la puerta con animosa pericia.

       Otra de las facetas que singularizan la imagen de nuestro querido Viejo Mazzi, dentro de su faceta cultural, es el alto nivel de erudición que había alcanzado como conocedor de la música del jazz. Poseedor de una muy bien nutrida colección de discos de ese género, causaba admiración observarlo degustar con fruición las interpretaciones de sus más destacados intérpretes (cuyos nombres e instrumentos diferenciaba y encomiaba) en las sesiones de audición que solía regalarnos en las múltiples reuniones amicales que teníamos en su acogedora vivienda. Víctor era un anfitrión excepcional, noctámbulo como él solo, incansable conversador, aunque también impenitente fumador (sus profundas y sonoras absorciones de humo eran motivo de jolgorio para quienes lo rodeábamos).

       Cabe destacar –de manera especial, como consecuencia de su amor por los libros– su condición de poeta, la misma que se enriquece con el calificativo de “proletario”. Él como pocos se hace merecedor de esa mención que César Vallejo ostenta, por derecho propio y por primogenitura, en el ámbito nacional, y Bertolt Brecht, Paul Eluard o Nazim Hikmet, en el internacional. Porque el poeta proletario no lo es solo por los logros artísticos de su trabajo creador (que Mazzi llegó a manejar con relevante solvencia), sino además por la consecuencia ideológica que lo respalda, con una identificación a toda prueba con la causa última de los trabajadores, que significa el conquistar las complacencias del pan y del espíritu para toda la humanidad con el triunfo del comunismo. Y en esta dimensión, Mazzi nunca dejó de ser un ortodoxo y un maximalista.

       Pero Víctor Mazzi Trujillo no sólo fue creador de poesía proletaria; también fue su difusor, y como tal logró publicar (con el auspicio de Francisco Carrillo, otro llorado maestro de la literatura) una antología de la Poesía Proletaria peruana, y dejó en preparación una que reservaba para la poesía proletaria latinoamericana. Pero, además, fue su defensor. Y en ese sentido amplió las bases dejadas por los fundadores de este tipo especial de poesía: José Carlos Mariátegui y César Vallejo. Para todos ellos la pertinencia del concepto “literatura proletaria” ya no está en discusión. Es un hecho incontrastable. Y lo es tanto como la existencia de las demás literaturas que producen las otras clases que conforman el espectro social de cualquier nación. La historia de la lucha de clases no sólo se verifica en la dimensión estrictamente material de las vicisitudes sociales, políticas y económicas. También tiene su expresión en el dominio cultural.

       Resulta ser expresión de una impostura el pretender imponer la idea de que en cada nación existe una sola literatura. Y tanto no es así, como que no existe una sola economía, una sola educación o una sola ideología. El hecho de que una sea la dominante o visible o impuesta (con los diferentes mecanismos de influencia que controla en el marco de la cultura oficial) no debe conducir, a nadie, a transigir en la aceptación de ese paralogismo. El hacerlo conlleva el riesgo de perder la propia identidad y asumir una prestada o falsa que puede convertirnos en emisarios inconscientes de una visión del mundo contraria a nuestros propios intereses o expectativas o esperanzas. Y Mazzi era consciente de esa definición. Por eso escribió: “Señor lector,/ su atención y cuidado/ que detrás de cada verso/ hay/ hombres trabajando”.

Porque el trabajo del mismo modo que nos dignifica, nos significa e identifica. Y es el trabajo el acto social por excelencia que ordena la clasificación de los habitantes de una nación en grupos bien definidos llamados clases sociales. Y cada clase social: burguesía, pequeña burguesía, campesinado y proletariado, generan a sus propios poetas; por lo tanto, esta clasificación no sólo significa deslinde valorativo de sus productos culturales respectivos, sino también respeto hacia ellos. Siendo contrarias y hasta antagónicas algunas de sus manifestaciones creadoras, no se trata de oponerlas en un plano de competencia para determinar que una es mejor que la otra. Lo decisivo es saber que son diferentes. Saber que cada cual domina en su propio ámbito sus pesos y flaquezas, e impedirá el menosprecio o la abominación del antípoda. Y en tal sentido escribió Mazzi:

Ciudad adentro
entre el énfasis y el hambre
compondrá el ruido
de alguna melodía
o sorteando el tiempo
pretérito imperfecto
dirá cómo nace el día
cuando la noche es larga
de seguro también
no ha de ser extraño
diciendo a golpe de lata
que está por aparecer el sol
y en ese instante
alguien con un cerillo
en algún lugar cercano
encenderá una pradera.

Es decir, que el poeta proletario (y los poetas de las clases aliadas suyas, también revolucionarias: pequeña burguesía y campesinado) diferencia su canto del otro, el poeta de la poesía socorrida por el orden. La tonada será diferente, y la “tomada” de posición, también.

       No hace mucho pude leer (en esa ágora virtual que es Facebook) el siguiente texto atribuido a José Saramago: “Los únicos interesados en cambiar el mundo son los pesimistas, porque los optimistas están encantados con lo que hay”, y, con todo el respeto que se merece el maestro, se le debe rectificar señalando que se puede ser pesimista de la realidad y optimista del ideal (conforme a la concepción mariateguiana), y, felizmente, junto al texto de Saramago, venía este otro de Mario Benedetti –otro poeta del optimismo: “Un pesimista es sólo un optimista bien informado.” Y es pertinente suscribir esta frase complementaria de Benedetti, porque un pesimista informado del presente es un optimista en relación con el futuro. Y esta reflexión sirve para resaltar el exultante optimismo de Mazzi, en ese sentido relevado. Porque también era un pesimista a ultranza de la realidad presente. Pero nunca dejó de soñar con un Perú Nuevo dentro de un Mundo Nuevo. Nunca dejó de pensar que la construcción del socialismo no es una utopía sino una realidad alcanzable, y, en todo caso, siempre asumió la convicción de que las utopías existen para ir a su conquista. Mazzi lo presenta así, poéticamente:

SOL
abajo
se obstina una inmensa nube
en hacer sombría esta región de fábricas
campamentos
ferrovías
y algunas que otras flores en macetas
“Amo las maravillosas nubes”
-decía Baudelaire-
refiriéndose sin duda
a su mundo
aislado y remoto
empero
aquí
no cabe repetirlo
porque el sol es la única alegría
que entreabre el horizonte
donde hormiguean los seres sin descanso.

Hay una anécdota que quisiera referir en esta oportunidad. Está vinculada a mi relación amical con Víctor, y se refiere a siete años previos a nuestro primer encuentro personal (hecho este que ocurrió en 1972). Cursaba yo el quinto año de secundaria (en 1965) en el Colegio “San José” de Chiclayo, y allí se formó el Club de Radio y Periodismo, al que, por supuesto, me integré. Y dentro de las actividades que nos propusimos realizar estaba la de publicar una revista, que titulamos “Alborada” (aun creo que conservo un par de ejemplares en el “cuarto de los Aurelianos Buendía”), y en uno de los (dos o tres números que publicamos) hicimos un homenaje a José Carlos Mariátegui. Y, como es de suponer, yo fui el encargado de la sección “Literatura”, en la que puse una selección de poemas dedicados a Mariátegui. Y del libro de poemas ídem, elegí dos, y uno de ellos fue el de Víctor Mazzi, sin saber que –como dije– siete años después habría de conocerlo personalmente, y que sería mi maestro, mi amigo y mi camarada.

       En el año de 1980, publiqué mi libro No sólo de amor, en el que incluí un poema dedicado a Víctor, sin pensar –por supuesto– que nueve años después él iba a trasladarse a vivir en nuestro recuerdo; pero en dicho poema, premonitoriamente, señalo esa pervivencia. Ahora, aunque suene a irreverente el leer poemas ajenos a los del poeta homenajeado, pido permiso para hacerlo como mi permanente homenaje al hombre y al poeta:

Sus paredes no ostentan ni un diploma
-sólo los de modestia y honradez-, empero
es profesor de vida o poesía,
especialista en risas. Cuando asoma
su infatigable charla al cenicero
o cuando suelta rienda a su alegría
injuria y abofetea a la tristeza
que es bruma en mi país desde hace tiempo.
Sin embargo y con todo nunca olvida
la dirección del viento. Y canta y cuenta
lo que ve, vive, bebe o vivifica.
Víctor Mazzi es el nombre de esa risa,
con Justina y sus hijos vive cerca
del sol, vale decir, vive en Chosica.
¡VÍCTOR MAZZI: PRESENTE!

*Intervención del autor en la presentación del libro Víctor Mazzi Trujillo o la Poesía de Clase, preparado por Jesús Cabel y Víctor Mazzi Huaycucho. (El Comité de Redacción).

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