jueves, 17 de enero de 2013

Ciencias Sociales Prólogo a la Cuarta Edición de ”Perú: Mito y Realidad” (Primera Parte), Julio Roldán



Ciencias Sociales



Prólogo a la Cuarta Edición de ”Perú: Mito y Realidad”

(Primera Parte)

Julio Roldán

La primera parte de este proyecto fue escrita y publicada a mediados de la década del 80 del siglo pasado. Esta entrega comprendió el tiempo histórico-social que hoy prologamos por cuarta vez. La segunda parte debería abarcar desde los años 30 del Siglo XX hasta el fin de la mencionada centuria.

La guerra subversiva vivida en el Perú en las dos últimas décadas del siglo XX, que enfrentó al PCP-MRTA contra el Estado peruano, y otras inquietudes intelectuales del momento impidieron, en una primera etapa, concretizar la anunciada segunda parte de la investigación. Posteriormente fue el exilio, además de otros problemas teóricos, los que obligaron posponer, una vez más, la misma. La verdad es que no sabríamos precisar hasta cuándo.

En vista de que el interés por la segunda parte del proyecto pasó a un segundo plano, en nuestro programa de investigación, hemos decidido limitarnos, por el momento, a escribir este Cuarto prólogo. La intención es actualizar determinados conceptos, confrontarnos con unos segundos y desechar unos terceros que fueron dados por válidos cuando se escribió este libro hace 30 años atrás.

La verdad es que en el tiempo transcurrido, cerca de tres décadas de la publicación de la primera parte, han sucedido cambios en la realidad peruana, en nuestro modo de abordar ciertos fenómenos histórico-sociales y en nuestra manera de discernir determinados conceptos sociológico-culturales que hacen meritorio un replanteamiento conceptual en unos casos o una reformulación teórica en otros.

Metodología

El título de la investigación Perú, mito y realidad sigue siendo válido. Él sintetiza, en buena medida, lo que deseamos, deseábamos, expresar. Estos dos conceptos articulan ese enjambre dialéctico entre la realidad-real y la realidad imaginada-deseada en el período histórico-social investigado y sistematizado. El mutuo endose, entre la realidad y la fantasía, es uno de los aspectos fundamentales que da contenido al concepto de mito. Con la diferencia de que la realidad-real tiene sus límites en el espacio y su momento en el tiempo. Mientras que el mito activado, normalmente, rompe con estas condiciones espacio-temporales para transformarse en un ente en sí y para sí. Luego, desplegado en el imaginario colectivo, en un ente para todos. No está de más recalcar que lo mencionado debe entenderse en el plano de la representación simbólica. Representación que descansa, en un determinado nivel, en la subjetividad colectiva.

Estos hechos imaginados-reales-re-imaginados son trabajados ideológica y políticamente en función de ciertos intereses. Normalmente en dirección del orden establecido. A favor del discurso hegemónico. A la par, son expuestos como si fueran la única verdad. Al mismo tiempo la realidad, o las realidades, ideadas con la misma tónica, en el mismo sentido, son presentadas como mito o mitificadas. Una buena parte de la historia político-social cultural de este país ha sido, es, expuesta siguiendo esta orientación teórico-metodológica. Éste es uno de los rasgos que caracteriza la historia social oficial peruana. Esta historia se escribe, se difunde, se imparte y se impone como si fuera una verdad indiscutible.

Este heterogéneo fenómeno es, de ida, de vuelta y de revuelta, la realidad metamorfoseada en fantasía. La fantasía metamorfoseada en realidad. El ente transformado en deseo. El deseo transformado en ente. En ese incesante ir y venir, se cierra el círculo hasta devenir, frecuentemente, una tautología. Y de ésta, normalmente, al absurdo, sólo media un pequeño trecho. No obstante ello, en la mayoría de las veces, es aceptada sin ningún tipo de duda.

Ésta es la labor teórica asumida-desarrollada por la mayoría de intelectuales-académicos que responden a los intereses de las clases dominantes en todos los sistemas histórico-sociales que hasta hoy conocemos. Los más, sin habérselo propuesto, asumen la tarea de justificar, a la par de garantizar, ideológica y políticamente, el orden social establecido. Dicho ejercicio “científico” se hace en todo momento y en todo lugar. Siempre con la sacrosanta engañifa de la “imparcialidad” del investigador. De la “objetividad” del analista. Del quehacer “científico” del intelectual. Esta producción se transforma en poder ideológico. En poder político. En poder cultural. En ideología hegemónica. La palabra de los intelectuales-académicos adscritos al orden, hablada o escrita, deviene discurso; luego en poder para ejercer dominio y control en aras del sistema dominante, a decir del filósofo Michel Foucault (1926-1984).

Toda esta actividad académica, este quehacer intelectual,  redunda, de igual modo, en alimentar y re-alimentar la fuerza de la tradición en cualquiera de los niveles que se piense. Y la tradición es, generalmente, la fuente de donde bebe el conservador. Es el cuerpo, normalmente, donde se activan las células del reaccionario. Apoyarse en la tradición es, posiblemente, uno de los métodos más eficaces de trabajar la historia, de hacer política y de producir cultura. Todo ello, frecuentemente, redunda a favor del mundo oficial. En beneficio del sistema imperante.

El rol de la tradición en la sociedad no es sólo patrimonio del país que hoy nos ocupa. Por el contrario, es un hecho generalizado mundialmente. Karl Marx (1818-1883), hace más de un siglo y medio, en torno al rol de la tradición, afirmó: “La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse a transformarse y a transformar las cosas, crear algo nunca antes visto, en esas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, tomando prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal.” (Marx, 1970: 95)

Esta tradición, con todo su peso, con todo su equipaje, con todos sus atavíos, con todos sus temores, como ha sido mencionada en la cita precedente, se evidencia con mayor nitidez en determinados espacios geográficos. En coyunturas históricas específicas. Por lo tanto, liberarse de la tradición, sin pensar que es imposible, es una tarea larga y complicada. Una de las mayores ventajas que tienen los intelectuales comprometidos en la defensa de los intereses político-sociales dominantes, es pensar y actuar siguiendo la tradición. En la medida que ésta no requiere ningún esfuerzo. Se mueve automáticamente. Se desarrolla espontáneamente. Se reproduce por inercia y en cadena. Conociendo esta vieja práctica, el filósofo Friedrich Nietzsche (1834-1900), con su conocido desdén hacia el pueblo, preguntaba: “Lo que la plebe aprendió en otro tiempo a creer sin razones, ¿quién podría destruírselo mediante razones?” (Nietzsche, 1995: 387)

Sólo en contadas ocasiones la tradición, conocida también como “el peso de la historia”, como “la fuerza del pasado”, ha desempeñado un rol progresista en la evolución-transformación-revolución social. Esto tiene su vórtice en la resistencia, que no es más que la expresión de la contradicción que todo fenómeno natural, social o espiritual entraña y que a la vez lo recorre de principio a fin. Ello ha sido evidenciado por los intelectuales comprometidos, no sólo con el saber y la ciencia, sino también con la vida político-social en muchos momentos históricos.

Las ciencias sociales tienen sus respectivas disciplinas. Ellas se diferencian por su objeto de estudio, por su método y por sus leyes particulares. No obstante lo afirmado, compartimos la idea de que las ciencias sociales y humanas están, por naturaleza, ínterrelacionadas. Sus diferencias sólo obedecen a distintos niveles y grados en el proceso de investigación. Si hay necesidad de separarlas, debe ser sólo en la forma, consecuencia de las circunstancias. Para luego volverlas a entender, en un nivel superior, como un todo contradictorio pero único.

Esta forma de abordar los fenómenos humanos-sociales, es tema de contienda al interior de los humanistas y científicos sociales. El motivo es que los especializados, en particular los “súper-especializados”, les recusan su generalidad. Mientras que para los otros, estos últimos ya no harían ciencia. Ellos habrían rebajado el conocimiento a nivel de una técnica. Como los “especializados” son conocidos y los encontramos por doquier, nosotros queremos mencionar a los otros que, conociendo los riesgos de la generalización en unos casos o de la superficialidad en otros, siguen fieles al método interdisciplinario.

El sociólogo Juan José Sabreli (1930-), hace algunos años atrás, declaró: “Primero, no creo en una disciplina. En general me consideran sociólogo, pero no soy un sociólogo propiamente dicho, porque en mis libros combino sociología, historia y filosofía; amén de teoría política, de psicología social.” (Roffé, 2006: 89)

De igual manera, el también sociólogo Gonzalo Portocarrero (1947-), sobre el mismo tópico, escribió: “... desde siempre, me sentí convocado por lo interdisciplinario. Esta libertad para ir herrando entre conceptos de distintas disciplinas se la debo a la Sociología pues en la tradición de esta disciplina está el impulsarnos a la búsqueda de otras perspectivas. Entonces, así, leyendo una cosa, y también la otra, llegué a los llamados ‘estudios culturales’, a una estrategia de leer la realidad que enfatiza lo fecundo de cruzar las fronteras de los campos disciplinarios en la perspectiva de hacer visibles conexiones que suelen escapar a la atención de quienes se concentran en un solo enfoque. Pero, claro, la estrategia de saber un poco de muchas cosas tiene sus riesgos, sobre todo la ligereza y la frivolidad, pero también tiene sus promesas como la de lograr panoramas más amplios y comprensivos.” (Portocarrero, 05-07-2012)

Reconociendo los límites, los riesgos de esta forma de abordar la investigación, suscribimos los puntos de vista de los científicos sociales líneas arriba citados. La razón es que la metodología ínterdisciplinaria nos permite comprender con más claridad las vinculaciones internas y las mutuas influencias de los fenómenos investigados-analizados-sintetizados. Ello redunda en un conocimiento más amplio de los fenómenos estudiados y, a la par, nos permite comprender mejor cómo se auto-influencian las partes con el todo y el todo con las partes.

Las investigaciones concebidas a través de la metodología interdisciplinaria, normalmente, son de largo alcance. Muchas de ellas no son atractivas en el momento. Mientras que algunas de las especializadas, o “súper-especializadas”, tienen éxito inmediato pero a la vez efímero. La circunstancial popularidad de este tipo de investigaciones se esfuma al transcurrir el tiempo. La razón es que por centrar en la coyuntura descuidan la estructura. El concentrarse en el momento contribuye, casi siempre, a perder la visión de conjunto. Mientras que las interdisciplinarias tienen la ventaja de tomar en cuenta los dos niveles en el proceso de investigación.

Esta contienda es antigua y generalizada. Hay muchas  investigaciones en las últimas décadas, que recogiendo algunos conceptos parciales del post-modernismo, del post-marxismo, del post-colonialismo, de los Estudios culturales, etc., han trabajado los temas del patriarcalismo, de género, de “raza”, de cultura y de la “identidad”, sin vinculación entre ellas. Y menos aún con relación al concepto de clase.

No se puede negar que las corrientes de pensamiento mencionadas han contribuido significativamente a la profundización de conceptos, ampliar objetivos, en el estudio de las ciencias sociales. El problema es que algunos de sus seguidores, a la vez que han soslayado el tema central de clase y la lucha entre ellas, han despolitizado la historia. Han despolitizado la economía. Han limado el filo crítico de la ciencia social. Han limitado su visión a una determinada especialidad. Ello redunda en la sobrevaloración de la parte y, dentro de ella, de la técnica. De esa manera el sistema ha ganado buenos aliados. El orden existente, el capitalismo como modo de producción histórico, dejó de ser el centro de la crítica de las ciencias sociales.

Confirmando la pérdida de norte de la mayoría de estos científicos sociales, el filósofo Slavoj Zizek (1951-) escribió: “Estamos entonces librando nuestras batallas de computadora por los derechos de las minorías étnicas, de los homosexuales, varones y lesbianas, de los diferentes estilos de vida, y así sucesivamente, mientras el capitalismo continúa su marcha triunfal.” (Zizek, 2011: 237)

Líneas después insiste en la idea de cómo esta despolitización de las investigaciones sociales es el mejor servicio que hacen los científicos sociales al orden establecido. Sus palabras: “El precio de esta despolitización de la economía es que en cierto sentido ha quedado despolitizado el ámbito mismo de la política: la lucha política, propiamente dicho, se ha transformado en la lucha cultural por el reconocimiento de las identidades marginales y por la tolerancia de las diferencias.” (Zizek, 2011: 237)

Pero para demostrar que la ley de la contradicción se cumple una vez más, hay otro grupo de científicos sociales, que orientándose por las mismas corrientes de pensamiento líneas arriba mencionados, insisten en el método interdisciplinario y de politización de las ciencias sociales. Consiguientemente no cejan en su crítica al sistema capitalista, sea en su versión de capitalismo de Estado o en su versión de capitalismo de libre concurrencia. Hoy llamado neoliberalismo.

Teniendo como antecedentes, entre otras, la prédica socialista e internacionalista de Flora Tristán (1804-1844), la prédica anarquista contra la dominación patriarcal de clase de Emma Goldman (1869-1940) y la prédica comunista internacionalista de Alexandra Kollontai (1872-1952), Mujeres, raza y clase de Ángela Davis (1944-), ¿Pueden hablar los subalternos? de Gayatri Chakravorty Spivak (1942-), La dominación masculina de Pierre Bourdieu (1930-2002) y El género en disputa de Judith Butler (1956-), serían algunos de los ejemplos de investigaciones científico-sociales interdiciplinarias de crítica al orden establecido.

Ademas de ver la relación de clase, género y “raza”, un punto clave en los trabajos mencionados es su persistencia en la idea de cientifizar la política. A la par, politizar la ciencia. Moralizar la política. A la par, politizar la moral. De esa manera, luchar en mejores condiciones contra la ideología del sistema dominante.

Lo último, metodológicamente, está ligado al tiempo. Estamos pensando en el rol del ayer para comprender el hoy en función del mañana. Si no somos conscientes de esa interrelación temporal, se cae, una vez más, en la circunstancia, en la coyuntura. Esta metodología de trabajo estaría más emparentada con el periodismo de investigación antes que con las ciencias sociales. El escritor Juan Goytizolo (1931-), siguiendo al crítico literario Mijail Bajtin (1895-1975), con mucha razón afirmó: “... una obra no puede vivir en el futuro, si no se apoya en el pasado, pues lo que existe meramente en función del presente está condenado a desaparecer con él.” (Goytizolo, 2004:208)

Si revisamos la producción teórica en el Perú, en el último siglo, nos damos cuenta que las investigaciones de carácter interdisciplinario, las que han sido trabajadas con una visión panorámica, donde se relacionan pasado, presente y futuro, son las que mejor expresan la realidad de este país. No obstante la “generalidades” que puedan tener, se siguen leyendo. Su influencia continúa siendo significativa en esta rama del conocimiento a pesar del tiempo transcurrido. La producción teórica de los cuatro intelectuales más conocidos (Belaúnde, Mariátegui, Haya de la Torre y Basadre) que publicaron en los años 20-30 del Siglo XX es paradigmática.

De la generación del 50 sólo mencionemos como ejemplos a Historia de las ideas en el Perú contemporáneo, de Augusto Salazar Bondy (1925-1974); Los dueños del Perú, de Carlos Malpica (1929-1993); Estado, clase y nación en el Perú, de Julio Cotler (1932-); Los orígenes de la civilización en el Perú, de Luis Guillermo Lumbreras (1936-); Visión histórica del Perú, de Pablo Macera (1929-), etc.

Mientras que entre los libros que fueron publicados en los últimos 30 ó 40 años siguiendo esta metodología, se puede mencionar a Un siglo a la deriva, de Heraclio Bonilla (1941-); Perú, 1820-1920: Un siglo de desarrollo capitalista en el Perú, de Ernesto Yepes (1942-); Historia del movimiento obrero peruano, de Denis Sulmont (1944-); Buscando un Inca, de Alberto Flores Galindo (1947-1990); La generación del 50. Un mundo dividido, de Miguel Gutiérrez (1940-); Los movimientos campesinos en el Perú, de Wilfredo Kapsoli (1944-); Los mitos de la democracia, de Henry Pease (1944-), Marcial Rubio (1948-) y Laura Madalengoitia (1951-); Los orígenes coloniales de la violencia política en el Perú, de Jorge Lora Can (1952-), etc.

Otro tema discutible al interior de los científicos sociales y humanistas es el concepto de distancia. Estamos pensando en la distancia cultural. Materializar una investigación, directamente en el medio cultural donde están ocurriendo los hechos, permite ganar profundidad, pero en contraparte se limita el panorama. Se pierde la interrelación de los fenómenos entre sí. De igual modo, se ganan vivencias en la investigación directa, pero paralelamente se pierde objetividad. Claro que lo ideal sería la combinación de los dos niveles en el proceso de investigación, interpretación y síntesis. Pero como ello no es frecuente, tenemos que terminar dando, una vez más, la razón al escritor párrafos antes citado cuando declaró: “... sólo en la distancia se puede alcanzar, de algún modo, esa visión doble del que conoce íntimamente una cultura y la observa con la perspectiva que proporciona la distancia, situación que le otorga una mirada más aguda y penetrante que la de aquel que permanece todo el tiempo inmerso en su propia cultura,...” (Goytizolo, 2004:200)

Para terminar esta parte, deseamos mencionar que Perú, mito y realidad fue escrito, de igual manera este Cuarto prólogo, desde la concepción y el método marxista. Naturalmente hasta donde entendimos, entendemos, esta corriente de pensamiento. Ello implica tomar distancia de aquellos científicos sociales que, aparentemente, hacen ciencia por ciencia, producen conocimiento por conocimiento. De los académicos que, supuestamente, no tienen ningún compromiso con la sociedad, por añadidura, tampoco con la política.

Por el contrario, nosotros pensamos que en una sociedad marcada por una serie de fenómenos histórico-sociales como el patrialcalismo, el racismo, la mentalidad colonial, el culturalismo, el clasismo, nadie está al margen de tal o cual concepción o método. Que sean conscientes o no, que lo digan o no, no implica que sus investigaciones estén al margen de dichas influencias y orientaciones.

A la par de la concepción y método mencionado, tenemos, de igual modo, una declarada intensión política. No somos de aquellas personas que investigan para la ultra-tumba. El saber tiene, siempre, un sentido y un objetivo para la vida. Toda teoría social que se precie de tal debe ser crítica. Crítica del orden social establecido. Así lo han demostrado muchos científicos sociales. Para probarlo, sólo habría que leer a los arriba mencionados y la producción de los representantes de la Escuela de Frankfurt, que con rigor se llama Teoría crítica, entre otros. En resumidas cuentas: Una teoría crítica que trabaje por descubrir nuevas leyes sociales y a la vez contribuya a la transformación social.

En el Perú, no somos los primeros en hacer esta declaración de parte. Tampoco seremos, naturalmente, los últimos. Para no rememorar a muchos científicos sociales que han dejado enseñanzas valiosas en esta dirección, nos limitaremos a citar al historiador Alberto Flores Galindo. Él cierra el último trabajo que publicó en vida (en los Agradecimientos) con estas dos ideas: “Éste es un libro que parte del marxismo pero para internarse en un mundo interior (…), ocuparse de invenciones, espacios imaginarios, mitos, y sueños. Nada de eso impide que sea un libro en el que subyace, ininterrumpidamente, un discurso político.” (Flores Galindo, 1987: 370)

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