viernes, 18 de enero de 2013

Las Dimensiones de la Realidad: El Surrealismo en el Mundo, Jorge Oshiro



Las Dimensiones de la Realidad:
El Surrealismo en el Mundo.

(Primera Parte)

Jorge Oshiro

                                                                                 

Las dimensiones de la realidad: El surrealismo.

El alma matinal: Octavio Paz y el Surrealismo[1]

El surrealismo como actitud humana.

"Día a día se hace más patente que la casa construída por la civilización occidental se nos ha vuelto prisión, laberinto sangriento, matadero colectivo. No es extraño, por tanto, que pongamos en entredicho a la realidad y que busquemos una salida".

Se puede apreciar que el punto de partida del poeta mexicano es el mismo que el del revolucionario peruano: la crisis de la cultura occidental. Pero es remarcable el acento que pone Octavio Paz en el «aspecto violento» de esta crisis: «laberinto sangriento, matadero colectivo», dice él.

Mariátegui reflexionaba después de la Primera Guerra Mundial y el triunfo de la Revolución Rusa, cuyo efecto se sentía en todos los países del globo. Octavio Paz lo hace después de la Segunda Guerra Mundial con el afianzamiento y desarrollo de los Estados Unidos como el primer poder imperialista en el mundo y de la propagación, fortificación y establecimiento del estalinismo en el movimiento obrero a nivel internacional.

Mariátegui es un pensador que le toca vivir un período que él mismo denomina revolucionario. Oscar Paz es un poeta que vive (en el momento de su conferencia sobre el Surrealismo), la época de la «Guerra Fría», la guerra de Corea, del Mackartismo y la persecusión y aniquilamiento de la oposición contra Stalin, (Trotsky había sido asesinado en 1940), es decir, una época de reconstrucción capitalista europea en un ambiente de violencia (el recuerdo de las bombas en Hiroshima y Nagasaki era aún sentida); en una palabra a Octavio Paz le toca vivir un período de reflujo revolucionario y, para decirlo con una palabra mariateguiana, de un cierto «desencantamiento» frente a la Revolución.

Este cuadro diferente en el cual ambos pensadores latinoamericanos viven se va a reflejar también en su apreciación del surrealismo. Pero el punto de partida es el mismo: la realidad que les tocaba vivir era para ellos negativa y por lo tanto era imprescindible superarla. Octavio Paz:

"No es extraño, por tanto, que pongamos en entredicho a la realidad y que busquemos una salida" (op.cit.).

El poeta mexicano continúa en el mismo pasaje:

"El surrealismo no pretende otra cosa: es un poner en radical entredicho a lo que hasta ahora ha sido considerado inmutable por nuestra sociedad, tanto como una desesperada tentativa por encontrar una vía de salidad".

No en busca de una salvación, continúa el poeta, sino de una salida hacia la «verdadera vida». Para Mariátegui la civilización occidental estaba en disolución, de erosión cultural-moral; para Octavio Paz ella se estaba reconstruyendo con la ayuda intensa de la tecnología, la ciencia y las máquinas, naturalmente fundamentada en un racionalismo, cientifismo y un positivismo cada vez más encarnizados. En ese sentido escribe:

"Al mundo de «robots» de la sociedad contemporánea el surrealismo opone los fantasmas del deseo, dispuestos siempre a encarnar en un rostro de mujer" (op.cit.).

Con esto pone Octavio Paz las bases teóricas de su interpretación del surrealismo. Al mundo de los «robots», es decir al mundo de la técnica, de la ciencia, al mundo cartesiano de la Razón, va oponer el mundo de los cuerpos vivientes, de los deseos, es decir el mundo spinoziano del Conatus, aquí, expresado poeticamente, en «un rostro de mujer». Pero seguir ese «rostro de mujer» es

"seguir a esa muchacha que sonríe y delira, internarse con ella en las profundidades de la espesura verde y oro, en donde cada árbol es una columna viviente que canta, es volver a la infancia".

Este pasaje intensamente poético tiene diversidad de elementos significativos. La muchacha es el Deseo, «que sonríe y delira», o sea que expresa la vida por su afirmación de la alegría y la superación de los límites de una razón controladora.[2] «Internarse con ella en la espesura verde y oro, en donde cada árbol es una columna viviente» expresa el deseo del retorno a la Naturaleza, más allá de la «ciudad», símbolo del dominio controlado por la Ciencia,«es volver a la infancia», no solamente a la infancia individual sino también del género humano, a la infancia mitológica.[3]

Esos poderes intactos, continúa el poeta, "constituyen nuestra manera propia de ser y se llaman: imaginación y deseo". Octavio Paz, siguiendo a los surrealistas, define al hombre no por su Razón, sino por algo aún más original y fundamental, su Deseo; y no por el pensar científico-cartesiano, (ni mucho menos por su pensar instrumental) sino por la base de ella, por su pensar espontáneo no-cosificado, cuando éste es creador, en otras palabras, por su imaginación:

"El hombre es un ser que imagina y su razón misma no es sino una de las formas de ese continuo imaginar" (op.cit.).

A la «Razón-Pensamiento» opone el par «Sentimiento-Imaginación» como lo anterior, no solamente en el sentido cronológico sino también en la profundidad ontológica del fundamento. Y ¿qué es este «imaginar», este «desear»?.
Como ya se ha desarrollado en otra parte de este trabajo en el análisis de la Potencia spinoziana, el deseo y la imaginación no se define por lo que es, sino por su negación dialéctica, por lo que no es, por su proyección en el futuro: Octavio Paz escribe en este sentido:

"En su esencia, imaginar es ir más allá de sí mismo, proyectarse, continuo trascenderse" (op.cit.).

Pero reiteremos con Octavio Paz, que el ser humano imagina porque desea y en ese sentido escribe él:

"...el hombre es el ser capaz de transformar el universo entero en imagen de su deseo".

Y no en el sentido «subjetivo» que fuga ante la realidad, sino en el sentido más genuinamente revolucionario. "Y por esto es un ser amoroso, sediento de una presencia que es la viva imagen, la encarnación de su sueño". Esta «presencia», «viva imagen», «encarnación de su sueño» es a la vez la mujer amada como la sociedad libre.

"Movido por el deseo, aspira a fundirse con esa imagen y, a su vez, convertirse en imagen".[4]

Octavio Paz continúa: 

La máxima de Novalis: "el hombre es imagen", la hace ya suya el surrealismo. Pero la recíproca también es verdad: "la imagen es el hombre". El hombre es su proyección, es la Potencia proyectada. Pero el hombre no es un mero ser pasivo portador de esta imagen. 

El surrealismo en cuanto parte del Deseo y de la Imagen no puede ser reducido a una escuela ni aun fenómeno únicamente contemporáneo. Octavio Paz:

"El surrealismo es una actitud del espíritu humano. Acaso la más antigua y constante, la más poderosa y secreta".

En este sentido habría que relacionarlo con la mitología antigua, en la antigua Grecia con la figura de Dionisos.


El surrealismo como rebelión

Pero lo fundamental del Surrealismo es su actualidad como rebelión:

"Movimiento de rebelión total, nacido de Dadá y su gran sacudimiento, el surrealismo se proclama como una actividad destructora que quiera hacer tabla rasa con los valores de la civilización racionalista y cristiana" (op.cit.).

Pero a diferencia del movimiento Dadá es el surrealismo una empresa revolucionaria que aspira a transformar la realidad. La primera gran rebelión es dirigida contra la cosificación de la realidad:

"Los entes y objetos que constituyen el mundo se nos han vuelto cosas útiles, inservibles o nocivas. Nada escapa a esta idea del mundo como un vasto utensilio: ni la naturaleza, ni los hombres, ni la mujer misma: todo es un para... ¡todos somos instrumentos! (op.cit.).

Este es su anticapitalismo. El se niega, por otro lado, ver la realidad como un conglomerado de cosas buenas o malas, "unas henchidas del ser divino y otras roídas por la nada. Este es su anticristianismo", dice Octavio Paz. Esta idea de moral y utilidad le son extranjeras.

Pero el Surrealismo es una rebelión contra el reduccionismo cientifista de pretender ver la realidad «neutralmente» a la manera del hombre de ciencia , es decir se niega ver el mundo como un objeto o grupo de objetos desnudos de todo valor, desprendidos del espectador.

Según el surrealismo nunca es posible ver «el objeto en sí»; siempre está iluminado por el ojo que lo mira, siempre está moldeado por la mano que lo acaricia, lo oprime o lo empuña. En este sentido retoman la fórmula de Arnim: «Discierno con pena lo que veo con los ojos de la realidad de lo que veo con los ojos de la imaginación».

Naturalmente, dice el poeta,

"se trata de los mismo ojos, sólo que sirviendo a poderes distintos". Así la poesía "vuelve a ser una operación mágica".


La liberación del subconsciente y «los campos magnéticos»

Las imágenes de los sueños proporcionan ciertos arquetipos para esta subversión de la realidad. La locura, ese discurso marginado de la sociedad, según Foucault, es tomada en serio e integrada en el discurso surrealista. Todas estos métodos subversivos tienden a

"abolir esta realidad que una civilización vacilante nos ha impuesto como la sola y única verdadera".

Rota la hegemonía del racionalismo utilitario,

"el mundo no se presenta ya como «un horizonte de utensilios», sino como un campo magnético. Todo está vivo: todo habla o hace signos".[5]

Y en esta perspectiva se reconquista aquello que el racionalismo había oprimido:

"Espacio y tiempo vuelven a ser lo que fueron para los primitivos: una realidad viviente, dotada de poderes nefastos o benéficos, algo en suma, concreto y cualitativo, no una simple extensión mensurable".

La crítica anti-cartesiana no puede ser más manifiesta:

"Mientras el mundo se torna maleable al deseo, escapa de las nociones utilitarias y se entrega a la subjetividad".

"Mientras el mundo se torna maleable al deseo" dice el poeta. Traducido filosóficamente: "mientras se considere la realidad dentro de una relación dialéctica de individuos (en el sentido spinoziano) que se interaccionan, es decir, que son a la vez modos de una misma sustancia y son activos y pasivos, en otras palabras, mientras se considere el mundo dentro de la visión del determinismo de lo viviente (Spinoza:Et.I Prop.28), «escapa de las nociones utilitarias», es decir no se caerá en el racionalismo utilitario.

Esto quiere decir que la conciencia no se verá como una entidad ontológicamente diferente al conjunto de la realidad llamada «Naturaleza», ni ella podrá ver a ésta como pura pasividad y por lo tanto como «medio para un fin», o sea, no verá al «hombre en la Naturaleza como un imperio dentro de otro imperio" (Spinoza,III.Introd.).

El poeta mexicano lo traduce poéticamente:

«el mundo no se presenta ya como un «horizonte de utensilios» sino como un campo magnético».

«Campo magnético»: magnífica fórmula para manifestar la interrelación de causalidad recíproca de modos individuales que expresan un mismo atributo.

El surrealismo abandona el campo teórico cartesiano del Sujeto-Objeto y retoma para sí el campo teórico spinoziano del determinismo de lo viviente.

Y es dentro de este sistema, donde no hay sujetos, y por lo tanto no puede haber objetos, donde hay sólo individuos vivientes, que actúan (y sufren la acción de otros individuos) siguiendo las determinaciones de la ley de la perseverancia en el ser (Spinoza:«in suo esse perseverare conatur»:Et.III.Prop.6) que puede afirmar el poeta «el mundo se torna maleable al deseo, y se entrega a la subjetividad».

Aquí el fenómeno no es meramente «exterior», aquí ni siquiera se trata de un «fenómeno», es decir lo que "aparece a la conciencia, sino de un «Erlebnis», vivencia de una totalidad sentida, interior y exteriormente a la vez, por lo tanto muy superior y mucho más compleja e intensa que la mera observación del fenómeno.

En el momento que el pensamiento abandona el terreno teórico cartesiano, en el momento que destruye el esquema «sujeto-objeto», escribe el poeta:

"Aquí la subversión adquiere una tonalidad más peligrosa y radical. Si el objeto se subjetiviza, el yo de disgrega"[6].

El «yo» que se disgrega aquí es el «yo cartesiano», el yo del famoso «cogito ergo sum». Es el yo «objetivizador», es el yo de la ciencia observadora, es el «yo-substancia», ontológicamente diferente al «objeto» de su observación.

Esta ruptura del «yo cartesiano», esta ruptura del «yo- subjetivo» y el «yo-objetivo», ya la habían efectuado los poetas. A esto agrega el poeta mexicano que a dos mil años de distancia los poetas occidentales descubren una enseñanza central en la religión budista:

"el yo es una ilusión, una congregación de sensaciones, pensamientos y deseos" (op.cit.).

Pero la referencia que nos ofrece Octavio Paz al budismo, temo, que más que aclarar la cuestión, la oscurece. Es necesario distinguir entre una concepción filosófica racionalista cartesiana del yo, predominante en el pensamiento burgués occidental y la realidad (natural, histórica y cultural) de cada individualidad concreta.

Cuando se afirma que «la corriente temporal del yo se dispersa en mil gotas coloreadas» no se refiere el poeta naturalmente a la individualidad concreta y real de tal o cual persona. Lo que se afirma es que la idea de un «yo-sustancia» independiente y «detrás» de todas las apariencias es una ilusión.

En ese sentido la fenomenología ha puesto las cosas en claro. Pensar que destruido el «yo-sustancia», nos diluímos en un azar de fenómenos sin consistencia es todavía moverse en el plano cartesiano-idealista.[7] Lo que es necesario aquí es cambiar de terreno teórico, cambiar de perspectiva. Lo que diferencia los diversos individuos en la realidad no es la sustancia, sino la potencia contenida en cada individuo. Y esta potencia es Conatus, es decir, Deseo.

Pero este Deseo (siempre individual, es decir, modal) no es un deseo «puro», ni «libre». Es un Deseo condicionado, determinado dentro de una infinidad de concatenaciones causales.[8] En la proposición siguiente va afirmar Spinoza que «es imposible que el hombre no sea una parte de la Naturaleza y que no pueda padecer otras mutaciones...» y de esto se sigue, en el corolario, que el hombre está necesariamente sometido siempre a las pasiones.

Es decir que una gran parte de su modo de ser del hombre es «pasividad», son pasiones. Es imposible que el hombre no tenga hambre, no tenga sed, no sienta el deseo de amar. Y el ser del «yo» lo constituye ontológicamente esto que llamamos hambre, esta sed, este deseo de amar. «Yo» soy el hambre que siento, esta sed, este deseo de amar. Pero es importante de reiterar que yo soy consciente de ello.[9] Esta conciencia es primeramente una conciencia espontánea. Pero además de la conciencia espontánea el hombre es consciente de ser consciente, es decir tiene también una conciencia reflexiva, la «idea ideae» spinoziana.

Es esta conciencia reflexiva la que permite la aparición de la "claridad y distinción" del propio yo en el mundo. Y a través de esta conciencia de la conciencia somos 'nosotros' y somos 'otros' a la vez, es decir, introduce la aparición del «sí-mismo» en el mundo como posibilidad y como necesidad.

Y con la conciencia reflexiva se echa las bases del conocimiento de que el hombre en su momento original no es «sí-mismo», en otras palabras, la conciencia reflexiva nos hace conscientes de nuestra alienación, de nuestro «pecado original».[10]

El surrealismo era consciente de todo esto. Sabía que el hombre como Deseo estaba determinado, de allí su búsqueda de la liberación de estos determinismos. El surrealismo expresa esta búsqueda en la "escritura automática",[11] o sea:

"El dictado del pensamiento no dirigido, emancipado de las interdicciones de la moral, la razón o el gusto artístico".

Vemos que la «escritura automática» no era otra cosa que el intento de superar la conciencia racionalista por un retorno a la conciencia espontánea, un retorno a la virginidad anterior, protegida por la conciencia reflexiva  que se defiende de la sociedad establecida e dominante con todo el complejo de prohibiciones y mandatos que esto implica. Como se puede suponer:

"Nada más difícil que llegar a este estado de suprema distracción. Todo se opone a este frenesí pasivo, desde la presión del exterior hasta nuestra propia censura interior y el llamado «espíritu crítico" (op.cit.).

Según Octavio Paz es un estado inalcanzable. Supondría, dice él,

"un estado que suprimiría las diferencias entre el yo, el super-ego, y el inconsciente. Inalcanzable en su estado absoluto," pero fragmentariamente admite el poeta, siguiendo a Breton que ella, la escritura automática "es el modo más seguro para «devolver a la palabra humana su inocencia y su poder creador originales»".

Pero más allá de su dudoso valor, según la escritura automática puede compararse a los ejercicios espirituales de los místicos:

"Se trata de llegar a en estado paradójico de pasividad activa, en el que el 'yo pienso' es substituído por el 'se piensa' (op.cit.).

Lo que se trata es de superar la ilusión de la sustancialidad del yo que el mundo nos impone o que nosotros mismos hemos creado para defendernos del exterior.


La superación del yo cartesiano

El «yo» nos aplasta y esconde nuestro verdadero ser. "Negar al yo no es negar al ser" escribe Octavio Paz siguiendo a Spinoza, tal como lo habíamos expuestos en líneas arriba. Y prosigue afirmando:

"La renuncia a la identidad personal no implica una pérdida del ser sino, precisamente, su reconquista. El poeta es ya todos los hombres. La naturaleza arroja sus máscaras y se revela tal cual es".[12]

Octavio Paz afirma que el anhelo de los grandes poetas ha sido siempre «ser todos los hombres» y que este anhelo exige necesariamente la destrucción del yo. En categorías spinoziana significa que el poeta descubre que el “yo” no es sustancia como creía Descartes, sino solamene “una expresión específica” de algo que lo abarca (llamémoslo Dios o Naturaleza). Todos los hombres son expresiones de una misma sustancia.

"La empresa poética no consiste tanto en suprimir la personalidad como en abrirla y convertirla en el punto de intersección de lo subjetivo y lo objetivo".[13]
       
Y en este sentido comenta el poeta mexicano que el surrealismo intenta de suprimir la oposición entre el yo y el mundo, entre lo interior y lo exterior, "creando objetos que son interiores y exteriores a la vez". Expresado en nuestra terminología: descubriendo a los verdaderos individuos reales, más allá de la relación sujeto-objeto.


«La poesía colectiva» y el compromiso político

Aquí entra el poeta a exponer una de las ideas más importantes de su conferencia:

"Si mi voz ya no es mía, sino la de todos, ¿por qué no lanzarse a una nueva experiencia: la poesía colectiva? (op. cit. Subr.JO).[14]

Después de formular este pensamiento, el poeta lo profundiza:

"En verdad, la poesía siempre ha sido hecha por todos. Los mitos poéticos, las grandes imágenes de la poesía en todas las lenguas, son un objeto de comunión colectiva" (op.cit.Subr.JO).

Los surrealistas no solamente fueron conscientes de este hecho sino que intentaron más, aspiraron a convertir "esa participación en una nueva forma de creación". Ejemplos de este intento está en la publicación de varios libros escritos colectivamente.

El serio propósito de liberar el Deseo de las cadenas de los dogmas sociales, culturales, históricos, llevó a los surrealistas a plantear su inscripción en el terreno de la lucha política: "la emancipación del espíritu humano, meta del surrealismo", ¿no exigía una previa liberación de la condición social del hombre? y así:

"La Revolución Surrealista se transforma en 'el Surrealismo al servicio de la Revolución".

Sin embargo este entusiasmo de los poetas no era compartido por los militantes del partido comunista:

"La máquina burocrática del Partido Comunista acabó por rechazar a todos aquellos que no pudieron o no quisieron someterse".

Al final de muchos intentos de reconciliación y nuevas rupturas, se vio claro, dice Octavio Paz,"que la síntesis era imposible". Estalinismo y surrealismo se hicieron polos cada vez más antagónicos. Reducidos a su propio medio, continúa el poeta mexicano, el surrealismo no ha cesado de afirmar que la liberación del hombre debe ser total:

"En el seno de una sociedad en la que realmente hayan desaparecido los señores, nacerá una poesía que será creación colectiva, como los mitos del pasado. Asistirá el hombre entonces a la reconciliación del pensamiento y la acción, el deseo y el fruto, la palabra y la cosa. La escritura automática dejaría de ser una aspiración: hablar sería crear" (Subr.JO).

En una sociedad «sin señores», es decir en una sociedad en donde las relaciones humanas sean de tal manera que se excluya toda forma de poder, de privilegio y de explotación,(o sea en una comunidad auténtica humana donde el «Gemeinschaftsgefühl»  (el sentimiento de comunidad) sea el sentimiento humano fundamental y todo esfuerzo dirigido a la «Geltung» (afán de notorieda y «Macht» (poder) desaparezcan) por lo tanto en una sociedad sin clases, «nacerá una poesía creadora», y con ella, toda actividad creadora, y en fin toda actividad será colectiva.

La referencia al mito es fundamental pues él, en sus orígenes corresponde a la sociedad llamada «primitiva», a una sociedad sin clases, o con una división de clases muy poco desarrollado. Y se sabe que la ruptura de la sociedad en clases, diferentes y antagónicas, que trajo el patriarcalismo consigo, trajo también la ruptura entre la teoría y la praxis, y naturalmente entre el «deseo y el fruto», es decir, entre el trabajo y el producto de éste.

«La escritura automática dejaría de ser una aspiración: hablar sería crear».

Ya se ha referido en otro lugar la relación íntima que existe entre la aparición del Logos, el Mercado y la Escritura.

El desplazamiento coactivo del pensamiento mitológico por el pensamiento racional, del Mito por la Filosofía y la Ciencia viene a la par con el desplazamiento del hablar vivo y creativo por la Escritura.

A medida que avanza la división de clases, (que avanza paralelamente con el desarrollo del conocimiento técnico y científico), se va formando una casta de intelectuales (religiosos al comienzo) al servicio de las clases dominante; estos son los portadores de las «Letras», de la Escritura; el pueblo y el conjunto de las clases explotadas permanecen «iletradas», «analfabetas».

Así se va desarrollar una cultura dominante, caracterizado por la Escritura por un lado, y una cultura popular, fundamentalmente basado en la tradición oral por otro.

La tesis de Octavio Paz de la reconquista del hablar como acto creador implica entonces la liberación de una serie de sistema de opresiones establecidas ya sea dentro del conjunto social, ya sea dentro de la «sujetividad» del individuo, es decir opresión entre los hombres y nivel de grupos o clases o bien a nivel de la interioridad del propio individuo.

El proceso de división de la sociedad en clases antagónicas ha implicado por lo tanto la desvalorización permanente de la «palabra viva» en detrimento de la escritura, de la desvalorización de lo fragmentario en beneficio de lo sistemático, del desprecio de lo efímero frente a lo «perenne».

La palabra viva se ha ido banalizando, ha ido perdiendo profundidad y creatividad. Por ende las relaciones humanas han sufrido las consecuencias inevitable de este deterioro.

La comunidad primitiva ha sido sustituída paulatinamente por la unidad social de individuos atomizados de relaciones exteriores que leen más y hablan -dialogan- menos, o bien el hablar se ha convertido en una actividad con poca sustancia; la sustancia de la comunicación ha pasado y pasa a la relación escritura-lectura; la comunicación se hace abstracta y cada vez más cerebral.


[1] En 1954 organizó la Universidad Nacional de México un ciclo de conferencias. En una de ellas intervino el poeta Octavio Paz y afirmaba que era revelador que los organizadores de este evento hayan pensado en el surrealismo como uno de los grandes temas de nuestra época. Este movimiento intelectual europeo tuvo en realidad gran importancia en la aparición y desarrollo en Latinoamérica de una nueva conciencia impulsando así una poderosa corriente de autonomía cultural, que servía de fondo a una resistencia política contra el avance cada vez más intenso del imperialismo norteamericano en esta parte del mundo. Los intelectuales de la primera generación, entre los cuales encontramos a Mariátegui se nutrieron del surrealismo. Intelectuales algo más jóvenes que el revolucionario peruano, pero con la misma preocupación y objetivos como Alejo Carpentier (1911) ya tratado anteriormente y Octavio Paz (1914) hicieron la misma experiencia. Es interesante examinar la recepción que hace el poeta mexicano del surrealismo en los años cincuenta para luego compararlo con la interpretación mariateguiana de los años veinte. El interés de esta introducción es aquí remarcar la continuidad histórica de esta preocupación filosófica en el nuevo continente en torno a su identidad y autonomía cultural y mostrar que la preocupación teórica del revolucionario peruano no fue un hecho aislado ni debido al azar. En este sentido ya lo hemos relacionado con Carpentier en un capítulo anterior. (El texto de la conferencia aquí tratado apareció luego en «Las peras del Olmo». México. 1985 con el título «El surrealismo»)
[2] Comparar: Giorgio Colli: "La locura es el origen de la sabiduría". «Die Geburt der Philosophie». (El nacimiento de la filosofía).
[3] "Seguir esos llamados es partir a la reconquista de los poderes infantiles. Esos poderes -más grandes quizá que los de nuestra ciencia orgullosa- viven intactos en cada uno de nosotros” (Op. Cit).
[4] Este pasaje de Octavio Paz recuerda muy bien la fórmula mariateguiana: "¡La fuerza de los revolucionarios no está en su ciencia; está en su fe, en su pasión, en su voluntad" («El hombre y el mito») O bien otra en el mismo artículo: "La historia la hacen los hombres poseídos e iluminados por una creencia superior, por una esperanza super-humana"¿qué sería esta creencia superior» sin ese imaginar, sin ese «ir más allá de sí mismo», y qué sería «esa esperanza super-humana» si el hombre no es movido por el deseo, o mejor si él no es su mismo deseo, si no está sediento de una presencia que es la viva imagen, la encarnación de su sueño»? (op.cit.).
[5] Es decir se retorna a aquello que como decía Mariátegui «la Razón ha(bía) extirpado del alma de la civilización burguesas, es decir, los residuos de sus antiguos mitos
[6] Desde Blake y los románticos alemanes, dice Octavio Paz, todos los poetas han repetido incansablemente. La idea del doble -que ha perseguido a Kafka y a Rilke. Así Nerval escribía en una foto suya: «Yo soy el otro» y Rimbaud su ya célebre «Yo es otro»". O Juan Ramón Jimenez en un poema: "Yo no soy yo/Soy este/ que va a mi lado sin yo verlo/ que, a veces, voy a ver, y que a veces olvido. /El que calla, sereno, cuando hablo,/ el que perdona, dulce, cuando odio,/ el que pasea por donde no estoy,/ el que quedará en pie cuando yo muera". O también el francés Guillaume: «je me disais Guillaume il est temps que tu viennes/ Un jour je m'attendais moi même/Pour que je sache enfin celui-là que je suis..."Y en un libro", continúa O. Paz,"de Benjamin Péret, «Je sublime», la corriente temporal del yo se dispersa en mil gotas coloreadas, como el agua de una cascada a la luz solar"(op.cit.)
[7] Volvemos a Spinoza y hacemos con él la distinción ya mencionada entre diferencia real y diferencia modal. Entre dos «yos» no existe una diferencia real, sino modal, pues ambos son expresiones diferentes de una misma sustancia. En este sentido si se diluye «el yo sustancial» con esto no perdemos nuestra realidad, pues el «yo» nunca ha sido sustancia; pero por otro lado el modo no es menos «realidad» que la sustancia. Estamos aquí muy lejos de la Idea platónica, en la cual toda realidad empírica sólo es una pálida sombra de las Ideas Eternas en el mundo de las Ideas. La sustancia spinoziana se expresa en la infinidad de modos y «no-es» sin estas expresiones, es decir, la realidad de la sustancia se expresa a través de la realidad de los modos. No perdemos realidad, lo que sí perdemos es la ilusión de ser sustancia, de creernos diferenciarnos «sustancialmente» del otro yo, que cada yo-sustancia es un «microcosmo» o una mónada cerrada y perfecta en sí misma
[8] Spinoza: "La fuerza con que el hombre persevera en existir es limitada e infinitamente superada por la potencia de las causas externas" (Et. IV. Prop.3).
[9] Ver Et. III. Prop.9: "El alma...se esfuerza por perseverar en su ser...y es consciente de este esfuerzo suyo"
[10] El psicoanálisis nos hizo ver claramente que no somos puramente conciencia o que el fenómeno de la conciencia era mucho más complejo y contradictorio que la filosofía tradicional había presupuesto o se negaba a aceptar. Nos hizo conscientes que el «mundo exterior» ya estaba establecido en nuestra «interioridad» en la forma de «Super-ego», en otras palabras que eramos seres establecidos en la sociedad y sus reglas sociales y que por otro lado «es imposible que el hombre no sea una parte de la Naturaleza» y que «el hombre está sometido necesariamente siempre a las pasiones», es decir que el hombre era fundamentalmente el Inconscient
[11] «La poesía colectiva» y el compromiso político», donde se habla de la "reconciliación del pensamiento y la acción, el deseo y el fruto, la palabra y la cosa", es decir el re-descubrimiento del pensamiento mítico anterior a la introducción del pensamiento racional moderno.

[12] Este pasaje recuerda la definición de Dios que hace Unamuno (muy cercano a la intuición de Mariátegui) "...es el principio de solidaridad entre los hombres todos y en cada hombre, y de los hombres con el Universo ...".
[13] La tesis de Octavio Paz que los poetas han querido ser «todos los hombres» coincide con la fórmula adleriana del «Sentimiento de comunidad» (Gemeinschaftsgefühl)
[14] Ver Apéndice B. Introducción. la misma idea en la fórmula: «Mariátegui, pensador colectivo».

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