lunes, 1 de septiembre de 2014

Páginas del Marxismo Latinoamericano

El Proletariado y la Máquina

Las Premisas Objetivas del Humanismo Proletario

(Primera Parte)


Aníbal Ponce


EN LOS TIEMPOS LEJANOS DE SU ASCENSIÓN triunfal, la bur­guesía auguraba por boca de su filósofo máximo el triunfo ruidoso de las ciencias y el dominio seguro sobre la natura­leza. Influenciado por los avances de la mecánica, Descartes escribía en la sexta parte de su Discurso del Método: "En lugar de esa filosofía especulativa que se enseña en las escuelas, es posible encontrar una filosofía práctica gracias a la cual, conociendo la fuerza y las acciones del fuego, del agua, del aire, de los astros, de los cielos y de todos los otros cuerpos que nos rodean, tan distintamente como cono­cemos los diversos oficios de nuestros artesanos, las podría­mos emplear de la misma manera para todos los usos adecua­dos y hacernos así dueños y señores de la naturaleza".[1]

En los tiempos actuales del crepúsculo burgués, Bergson reniega de la invención mecánica que nos ha dado el señorío del hombre sobre el planeta, y asegura que la mecánica no "volverá a encontrar su dirección verdadera, no prestará ser­vicios proporcionados a su potencia, sino a condición de que la humanidad inclinada hasta ahora hacia la tierra, aprenda a levantar los ojos hacia el cielo".[2]

Una mecánica al servicio de un hombre orgulloso de su razón y de su ciencia, era lo que Descartes anunciaba emo­cionado: una mecánica inútil entre las manos de un hombre desconcertado y vacilante, es la que Bergson nos anuncia ahora con un temblor senil. Era ayer la confianza en el progreso, en los ideales humanos, en el conocimiento racional; es hoy la angustia frente al desastre seguro, y con la negación del pro­greso, el refugio en la mística y el más allá. A la sucesión ininterrumpida de las invenciones ha reemplazado la crisis de la técnica; al elogio de la vida victoriosa, la prédica de la vida patriarcal; al mercado mundial que desparramó el oro y lo centuplicó en una orgía suntuosa, las fronteras cerradas y las naciones que se vuelven hacia dentro; al parlamentarismo y la democracia, la dictadura terrorista de los grandes bancos.

¿Qué ha ocurrido en el mundo que nos explique seme­jante vuelco? En lo más profundo, la crisis general del ca­pitalismo; en lo más superficial, las ideologías confusas que reflejan. La burguesía confiaba en la razón y en el pro­greso indefinido cuando sabía que la dirección de la historia estaba entre sus manos; la marcha hacia adelante le parece hoy abominable porque sabe también con igual certidumbre que le será arrebatado a breve plazo su comando de la nave del mundo.

Si se analiza, en efecto, lo que hay de más significativo en el pensamiento burgués contemporáneo, se descubre en­seguida, como en el Alcestes de Eurípides, los cantos que­jumbrosos de las plañideras, las cabelleras cortadas de los parientes en duelo, el ruido de las manos que anuncian que todo ha concluido. De Spengler a Bergson, de Berdaief a Keyserling, de Gina Lombroso[3] a Georges Duhamel, sólo hay un mismo quejido, un idéntico lamento: nuestra civili­zación decae, nuestro mundo agoniza porque el maquinis­mo ha asesinado el alma. Un alma es, para ellos, lo que nuestras máquinas requieren; un alma lo que las técnicas exigen. Porque la que tienen ahora, si es que no ha muerto ya, es —para decirlo en el lenguaje de Bergson— "dema­siado pequeña para llenar el cuerpo, demasiado débil para dirigirlo".

***

Esa larga diatriba contra las máquinas y la racionaliza­ción va a probarnos muy pronto cómo los ideólogos de la bur­guesía, a fuerza de juzgar siempre en abstracto, pasan de lado —a sabiendas o no— frente al núcleo central de los pro­blemas. A un obrero que le interrogó varias veces para com­prender su tarea, Taylor le dijo un día estas palabras terribles: "Usted no tiene necesidad de pensar! Hay otros aquí que están pagados para eso".[4] La respuesta tremenda nos lleva de la mano hasta el corazón de nuestro asunto: en pleno siglo XX junto a las maravillas de las máquinas, el obrero sigue siendo para el capitalista el monstruo con "muchos pies y sin cabeza" de que hablaba el humanismo. A un técnico ilustre se lo acaban de escuchar; de un industrial famoso lo volverán a oír ahora. "El trabajo de repetición, o sea la reproducción con­tinua de una operación idéntica por procedimientos exactos —dice Henry Ford—, constituye una perspectiva horrible para cierta clase de hombre. A mi me causa horror. Por nada del mundo podría hacer las mismas cosas cada día; en cambio, para otros, me atrevo a decir para la mayoría de los hombre» la repetición no tiene nada de repulsivo".[5] Cuando la técnica está exigua y escaso el rendimiento de las fuerzas pro­ductivas, la división del trabajo impuso esa mutilación inelu­dible: para unos el esfuerzo rudo, para otros el "ocio digno". Pero a medida que las máquinas liberaban al hombre de un trabajo hasta ayer agotador, saltaba a los ojos de manera cada vez más agresiva esta contradicción escandalosa puesto que el hombre ya tiene entre sus puños el instrumento de do­minio que Descartes anunciaba, ¿cómo es posible que continúe todavía la secular separación entre la teoría y la práctica, la inteligencia y la voluntad, la cultura y el trabajo, el espíritu y las manos?

En 1827, a propósito de la primera crisis de la industria inglesa. Sismondi pronosticaba que dentro de breve tiempo, el rey de Inglaterra, único habitante de una isla sin obreros, haría realizar por un ejército de autómatas el trabajo com­pleto de su imperio.[6] Así lo creían muchos y no por cierto de los más ilusos. Un siglo después de Sismondi sabemos ahora con evidencia plena que la máquina nada vale de por sí, si no de acuerdo al régimen social en que va incluida. Para el capitalista que la creó, la máquina no puede ser otra cosa que un detalle más en un régimen feroz de explotación, y sería absurdo querer corregir sus pretendidos estragos sin tocar para nada al sistema social que la dirige. Porque esa misma máquina que en el régimen capitalista hace del obrero un apéndice sin alma;[7] y que dentro siempre de ese régimen arrebata el trabajo a millones de obreros, es precisamente una de las condiciones absolutamente necesarias para que el triunfo del proletariado pueda devolver al hombre su "fertilidad perdida".8

La máquina tritura al obrero y lo degrada cuando la máquina está al servicio de un régimen social que sólo ve en el provecho privado el único móvil de la vida: para ese régimen es justo y es moral que el obrero que está junto a las máquinas no tenga ni el derecho de pensar. La máquina, en cambio, libertará al hombre dentro de un régimen social en el cual haya dejado de ser un instrumento perfeccionado para intensificar la explotación, y en el cual, lejos de llevar consigo la desocupación, el salario exiguo y la vejez precoz, aporte, al contrario, con la reducción de la jornada y el bienestar cre­ciente, la posibilidad de asomarse por fin a ese mundo de la cultura que con tanta obstinación se le ha rehusado. Las máquinas tendrán entonces "el suplemento del alma" que hoy hace suspirar a Bergson, y la mecánica, también, sin ne­cesidad de consolarse con la mística, levantará los ojos "hasta el cielo". Hasta el cielo, sí; porque en la sociedad de clases en que vivimos todavía no hay una sola palabra que no tenga sentido bien distinto de acuerdo al subrayado de la clase social que la pronuncia. Con motivo de la Comuna de París, y en una de sus cartas a Kugelmann, Marx saludaba con entu­siasmo el ímpetu de la revolución que trepaba orgullosa al "asalto del cielo".9 El cielo de Marx no era por cierto, el mismo cielo de Bergson hacia el cual su mística nos llama, el viejo cielo del "más allá",10 que la burguesía declaró de­sierto en los tiempos de sus victorias sobre la naturaleza pero que ha vuelto a repoblar ahora con sus angustias y sus des­conciertos en los tiempos actuales de sus derrotas frente a la economía.11 Y tan adecuado no sólo para calmar sus propias turbaciones, sino también para inducir a las masas a la re­signación y a la mansedumbre, que Bertrand Russell ha podido enunciar no hace mucho su boutade feliz: "la religión es la esencia de que los dioses están siempre de parte del gobierno". El cielo que el proletariado asalta es, en cambio, el reino que el hombre aspira a construir sobre la propia tierra; el cielo de Epicuro que el joven Marx reverenciaba en la pri­mera página de su tesis de doctor"12 y desde el viejo atomista, hasta los materialistas franceses del siglo XVIII simboliza el esfuerzo perenne por realizar ese "hombre" tantas veces anun­ciado como veces traicionado. Antes de las máquinas era uto­pía insensata pretender escalarlo; después de las máquinas sólo es ceguera de clase el pretender impedirlo.

* * *

Junto a las máquinas surgieron, en efecto, y digámoslo desde ya, las primeras condiciones objetivas del humanismo proletario. En el tomo I de El Capital, al referirse a las es­cuelas de usina que Owen por vez primera había introducido en Inglaterra, Marx señalaba, y con razón, que estaba allí "en germen la educación del porvenir", porque al combinar el trabajo manual con el trabajo intelectual hacía de ese sis­tema "el único método capaz de producir hombres comple­tos".13 Para Marx, por lo tanto, la posibilidad de formar hombres plenos, armoniosamente desenvueltos, no comenzaba sino en determinado momento del desarrollo histórico. Todas las tentativas anteriores para realizar esos "hombres" estaban destinadas al fracaso; y aun en el supuesto de una sinceridad total, ningún reformador lo hubiera conseguido a causa de las mismas resistencias de la historia. El "hombre completo" que el humanismo prometía era tan irrealizable como el "hombre natural" que Rousseau presentaba en el Emilio. "Vivir es el oficio que yo quiero enseñarle —decía Rousseau—. Al salir de mis manos no será, lo reconozco, ni magistrado, ni sacerdote, ni soldado; será ante todo un hombre".14 Lás­tima sin embargo, que veinte páginas después añada: "el pobre no tiene necesidad de educación".15 Para convertirlo en hombre, Rousseau comienza haciendo de su Emilio un hombre rico. . .16 Verdad es que después pretende enseñarle los oficios, y para eso lo pasea de taller en taller.17 Quiere que esté listo para todos,18 aunque más tarde se perfeccione en uno solo. Pero también es cierto que casi enseguida nos explica que apenas si una vez por semana Emilio podía con­currir a su taller….19

Aún en el caso de que Emilio hubiera podido concurrir todos los días, Rousseau, decía a sabiendas una inexactitud. En las condiciones de la pequeña industria, cada oficio exige una larguísima práctica. Ningún hombre los hubiera podido asimilar a todos, y el mismo Emilio tiene muy pronto que detenerse en uno.20 Cuando la gran industria apareció, en cambio, la idea de una educación politécnica se impuso por sí misma. La tecnología, a su vez, descubrió al mismo tiempo las pocas formas fundamentales del movimiento de acuerdo a las cuales, a pesar de la variedad de los instrumentos, se ejecuta todo acto productivo del cuerpo humano. Lo que en tiempos del artesanado resultaba irrealizable se volvió ahora accesible casi sin esfuerzo; para conseguir el dominio de esos "grupos pocos numerosos de formas fundamentales del mo­vimiento", ningún obrero tendría que agotarse en un apren­dizaje interminable.

Pero al exigir frecuentes desplazamientos de una rama a otra de la producción, la gran industria requería además obreros capaces de orientarse en condiciones nuevas. En vez de permanecer toda la vida confinado en pequeñas operacio­nes de detalle, el obrero podía pasar de una máquina a otra, de una profesión a otra. Y con ese pasaje surgía por natural exigencia, la necesidad de ideas generales, de nociones de conjunto, de vastas síntesis que las orienten.

Dentro de la concepción de Marx, la educación politécnica impartida en las escuelas de usina —educación en que la teoría y la práctica armonizadas con la gimnasia y el trabajo productivo asegurarían "el desarrollo universal de las capacidades humanas" —adquiere una importancia tal que ya figura como esbozo en la Miseria de la Filosofía21 y en el Proyecto de profesión de fe comunista de Engels,22 que se desenvuelve en el pasaje de El Capital que he recor­dado, que adquiere amplio desarrollo en el Anti-Dühring23 y que reaparece vigorosa como exigencia inmediata en la Crítica del Programa de Gotha.24 La posibilidad, pues, de combinar a la sombra de la gran industria el trabajo productivo con la enseñanza general le parecía a Marx uno de los elementos más formidables para construir el hombre nuevo, es decir, un hombre "de desarrollo integral para quien las diversas funciones sociales no serían más que maneras dife­rentes y sucesivas de su actividad".25

Notas
[1] Descartes, Discours de la Methode, en Oeuvres Completes, pág. 47, edición Garnier, París, sin fecha.
2 Bergson, Les deux sources de la morale et de la religion, pág. 335, edición Alean, París, 1932.
3 El libro de Gina Lombroso, La Tragedia del Progreso, editor Aguilar, Madrid, 1932, una de las obras más ingenuas que se hayan escrito sobre el “maquinismo”, 'es precisamente el libro en el cual se funda Bergson para su capítulo final de Les deux sources de la morale et de la religión. En la nota de la pág. 329 lo llama "beau livre."
4 Frienmann, Machine et humanisme, en revista "Europe", número 151, pág. 442, julio 15 de 1935.
5 Ford, Mi vida y mi obra, traducción Slaby, editorial Orbi, Barce­lona, 1924.
6 Halevt, Sismondi, pág. 81, edición Alean, 1933.
7 Engels. Anti-Dühring, págs. 300 y 31, traducción Roces, editorial Cénit,
Madrid,1932.
8 Malraux, Le temps du Mepris, pág.12, edición Gallimard, París, 1935.
9 MARX, lETTRES a Kugelmann, pág.163, traducción Michel, “editions Sociales
   Internationales”, París, 1930.
10  Bergson, obr. cit., págs. 341-342.
[11] Engels, Anti-Dühring, pág. 347. Para el desarrollo de la misma tesis véase Laeargde, Le déterminisme économique de Karl Marx, pág. 297 y sig. editor Giard, París, 1928. Con criterio más justo que el de Lafargue, Henry ha abordado el mismo tema en Les origines de la Religion, pág. 41 y sig., "Editions Sociales Internationales", París, 1935.
[12`] Marx, Différence de la Philosophie de la Nature ches Démocrite ét chez E picure, en Oeubres philosophiques, tomo I, pág;. XIV-XV, edición Costes, París. 1927.
[13] Marx, Le Capital, tomo III, págs. 169, 175, Í76. Traducción Mo- litor, editor Costes. París. 1924.
[14] Rousseau, Emile ou de L'Education, tomo I, págs. 34 y 430, edición Nelson, París, sin fecha.
15 Idem, tomo I, pág. 53, Sofía, también, es "bien nacida", tomo II, pág. 251.
[16] Idem, tomo I, págs. 305, 310.
[17] Idem, tomo I, pág. 331.
18 Idem, tomo I, pág. 335.
19 Idem, tomo I, pág. 335
20 El mismo error de Rousseau es el que repiten más tarde Proudhon y Bakunin. Ver Grouzdev, Marx et Engels sur l’educatiuon, en l’ecole dans U.R.S.S., pág. 12, Voks, volumen I-II, Moscú, 1933 y Marx, Miseria de la Filosofía, pág. 86, traducción Mesa, Buenos Aires, 1923.
21 Marx, Miseria de la Filosofía, pág. 86, Buenos Aires, 1923
22 Engels, Principios de Comunismo, publicado como apéndice al Manifiesto Comunista, pág. 399, traducción Roces, editorial Cenit, Madrid, 1932.
23 ENGELS, Anti-Dühring, pág. 319, y siguiente, traducción Roces, editorial Cenit, Madrid, 1932.
24 Marx y Engels, Critiques des Programmes de Gotha et d'Erfurt, pág. 37, "Bureau d'editions", París, 1933.
25 Marx, Le Capital, tomo III, pág. 175, traducción Molitor.

Historia

El Pensamiento Burgués y la Colonia*

(Primera Parte)


Emilio Choy


LA BURGUESÍA PERUANA COMUNICA CON CIERTA claridad su presencia en la primera mitad del siglo XVIII, en la que brillan las grandes insurrecciones indígenas, como la de Juan Santos de Atahualpa, Túpac Amaru y otros caudillos que marchan a la vanguardia de movimientos separatistas. La burguesía peruana no se siente capaz de incorporarse a movimientos tan tumultuosos; más cómoda, está agrupada bajo el solio virreinal. Si alguien lleva más contradicciones porque es fidelista y pide reformas es ella; pero separatismo, independencia ni qué pensarlo. Es también ella la que gritará o hará eco a los pasquines que proclaman: ¡Viva el rey, y abajo el mal gobierno!. Domina y es fuerte en muchos campos de la economía: obrajes, minas, comercio, navegación, haciendas en la sierra, sembríos de caña en la costa, ingenios, etc., pero su suerte está al lado del virreinato; es modesta: la mejora de la administración pública y una mayor participación en ella es su ambición.

        La primera mitad del siglo XVIII vio irrumpir triunfalmente en el Perú, a pesar de la oposición escolástica, las doctrinas del pensamiento burgués. –Nos referimos a la filosofía emancipadora de Descartes, la teoría de la circulación de la sangre enunciada por el cirujano inglés Harvey en 1628 y los estudios de Newton.

        Si en los círculos intelectuales oficiales del Perú se aceptó la crítica del Dr. Francisco Botoni a los métodos escolásticos entonces imperantes en San Marcos; si autoridades universitarias, como el Dr. Juan de Avendaño y Campoverde, catedrático de Vísperas de Medicina de San Marcos, y el ilustre Don Pedro Peralta y Barnuevo tuvieron que permitir la introducción de teorías científicas que servirían para demoler el viejo edificio de la escolástica, basada en inútiles discusiones, en una dialéctica ago­tadora y estéril, ¿no estamos frente a síntomas importantes de que ya existía en el Perú una clase burguesa, aunque de poco poder? Es cierto que la corriente de la ilustración era favorecida por los Borbones, pero el pensamiento ilustrado no iba a florecer en terreno estéril. Las condi­ciones eran propicias debido al desarrollo alcanzado por la nobleza abur­guesada, los terratenientes, los comerciantes, los propietarios de minas, obrajes y otras manufacturas, y también los artesanos.

La escolástica trasunta lo más característico del pensamiento medio­eval. Su imposición en los centros educativos durante los primeros siglos de la Colonia tenía su finalidad: convertir en excelentes sumisos de la monarquía española a los educandos. Barreda y Laos escribe: "Se edu­caba para hacer de la juventud legión de monjes y esclavos".

No nos debe asombrar que se proclamara como "estudiante ideal" al que se mantuviera "ciego a la luz de esta vida, aun a ciegas ve mejor lo que hace". Al respecto, escribe el autor de la Vida Intelectual de la Colonia: Para asegurar el prestigio de la teología dogmática y de la ciencia antigua, el maestro jesuita Martín de Jáuregui despertaba en sus discípulos el amor a los viejos doctores eclesiásticos, el respeto a la tradición y el odio a todo esfuerzo innovador; decía a sus alumnos: "Se ha introducido en el mundo la mentira con capa de verdad y, así, el remedio será decir la verdad con capa de mentira".

El 27 de setiembre de 1752, un Decreto Real confirma una ratificación dada por el virrey Conde de Monclova y Marqués de Villagarcía a una prohibición del Conde de Castellar prohibiendo que se admitieran en la Universidad mestizos, zambos, mulatos y cuarterones. Lo que parece ser una sencilla prohibición dictada de acuerdo a los intereses aristocráticos, más bien tiene su raíz política en la burguesía que, como clase ascen­dente, descubre la necesidad de distinguirse aunque sea por el tono de la piel, y bloquear a los demás sectores el acceso a los estudios académicos. El decreto será virreinal pero la inspiración ha sido burguesa; ella quiere hacer exclusiva la cultura que está desarrollándose. Por eso creemos valedera la afirmación de Jorge Castellanos en su estudio "Las Raíces de la Ideología Burguesa Cubana" de que la cultura de la burguesía es "discriminadora, antinegrista. La hegemonía política y económica se reflejaba en el mundo del espíritu".

La más notable figura enciclopédica del siglo XVIII, que podemos considerarla como el Descartes peruano, es el famoso José Eusebio Llano y Zapata. Es curioso comprobar cómo este gran investigador —cuyo saber abarcaba "medicina, literatura, ciencias físicas y naturales; y siendo aún joven gozó de prestigio literario entre sus contemporáneos"— no fue un producto universitario. Llano y Zapata, como fiel discípulo de Descartes, fue un incansable observador de la naturaleza; reflejaba las aspiraciones de una clase que poseía cierta audacia intelectual. Su obra maestra, de la que se conoce un solo tomo, Memorias Histórico-Físicas, Crítico-Apologéticas de la América Meridional, aunque publicada en 1761 y dedicada a Carlos III es evidente que también pertenece a la primera mitad del siglo, cuando el autor aún no había salido del Perú. El Dr. Barreda y Laos nos informa que esta obra sigue los consejos de Nicolás de Cusa, Descartes y Gassendi.1

En su tiempo fue calificada

"la primera en su género y la única en el mundo que con tanta universalidad, verdad y desinterés comprende la física e historia de estos países. Empieza el autor por el más noble metal y acaba con el más escondido fósil. Trata del más gigante árbol, y termina en la más humilde planta. Describe el más hermoso animal y no olvida el insecto más despreciable. Corre por los ríos más caudalosos descubriendo sus fuentes y origen y no omite el menos fecundo lago".

Llano y Zapata hizo caso omiso del "pasado, admitiendo sólo aquello que la fuerza y la evidencia de la razón le podían obligar a creer"; por eso escribía al marqués de Villa Orellana en tono crítico, refiriéndose a la enseñanza desde Cádiz en 1858:

"Todas son abstracciones y disputas bien inútiles. No se da un paso que no sea en esta parte pérdida de tiempo, malogro de la juventud y ruina de los ingenios. Tropiezos casi inevitables y que siempre han de salir al encuentro a todos los que se mezclan en cuestiones que ni en lo físico ni en lo moral traen algún provecho al espíritu de los hombres, antes vuelven inútiles todas las opera­ciones de la inteligencia, haciéndolas caer en la insensatez, furor o manía, si no es ya en un pirronismo confirmado. Desearía que conocieran esto todos los maestros: desterrarían entonces de sus escuelas tantas inutilidades, sofisterías e impertinencias en que hasta ahora los tiene envueltos las observaciones de peripato. To­das ellas no son otra cosa que unos trampantojos de las aulas con que, por lo común, se engañan bobos y descaminan los incautos"

La salida que proponía nuestro gran racionalista era estudiar

"la naturaleza que sabe demostrar físicamente a los ojos cuan­to propone el entendimiento, como que ella misma es el órgano por donde se explican los secretos de sus más admirables y peregrinas producciones. Lo cierto es que, si en nuestros países se muda de sistema literario, se verán en poco tiempo las ventajas que yo les promuevo con el cultivo de la Metalurgia y estudio de las Ciencias Naturales".

Las ideas pedagógicas de este anti-escolástico preconizaban la en­señanza del quechua como llave maestra para el dominio de todas las lenguas del Perú, así como el latín lo era para las lenguas generales de Europa. El autor de las Memorias Histórico... no era anticlerical. Tampoco podía calificársele de enemigo del rey, porque su obra más bien estuvo empeñada en orientar la administración de la metrópoli. Podría considerársele como un reformista empeñado en mejorar la enseñanza de la ciencia, rompiendo con la escolástica, introduciendo mejoras en los estudios de las ciencias naturales, abandonando la teología y abarcando asignaturas útiles, a la vez que revalorizaba el idioma nativo.

El espíritu reformista de Llano y Zapata expresa el modesto grado de progreso alcanzado por la burguesía criolla; pero no vaya a creerse que sólo hombres como Llano y Zapata y Peralta y Barnuevo eran de los pocos dedicados al estudio de la ciencia. Debido a la dedicación del historiador-arquitecto Harth Terré nos ha sido posible conocer a otro gran racionalista surgido del gremio de los sombrereros limeños. Datos y análisis proporcionados por un trabajo inédito permiten apreciar cómo entre gente de "baja esfera", como se denominaba a los artesanos, podía también surgir el notable precursor de la aviación, no sólo peruana sino americana. Nos referimos a Santiago de Cárdenas, alias el Volador, na­tural de Lima, que con todo coraje dedica su "Nuevo sistema de Nabegar por los Aires sacado de las observaciones de la Naturaleza Bolátil... que el autor dedica a su 'Amada Patria' en honor de sus Patriotas". Parece que un mismo espíritu anima a estos peruanos, porque la idea de patria no sólo aparece dos tercios de siglo después sino que antecede en su génesis a la independencia.

Llano y Zapata, en rapto de entusiasmo, había escrito, "se me había deslizado la pluma arrebatada del celo que la inflama hacia el adelan­tamiento y progresos de nuestros compatriotas". (Carta al Arz. de Char­cas). Ambos han cogido el mensaje de los Comentarios, lanzado por Garcilaso, el iluminista y anti-escolástico que, en el siglo anterior, pedía a sus compatriotas virtud y estudio, porque el Inca creía firmemente en el porvenir de su patria, que indios, mestizos y criollos forjarían un Nuevo Mundo independiente de España, así como los españoles habían conseguido emanciparse del Imperio Romano y estructurar a su vez un enorme imperio. Para conseguirlo, escribía: "ruego y suplico se animen y adelanten en el ejercicio de virtud, estudio y milicia, volviendo por sí y su buen nombre".

Notas
[1] En el art. 13, parte X, nos cita un Diderot; no hemos podido verificar si es el autor de la Enciclopedia. (Memorias Histórico-Físicas, Crítico-Apologéticas de la América Meridional).

*El presente ensayo apareció originalmente en la revista Idea, artes y letras, Lima, setiembre-octubre de 1957, año VIII, nº33, pp.1-11. (Nota de la Redacción)



Filosofía

Interacción de los Contrarios en el Desarrollo

(Segunda Parte)

S. Meliujin


SI NOS FIJAMOS EN LA ESTRUCTURA DE LA MATERIA, veremos que la idea de la unidad de contrarios se confirma con la máxima brillantez en el hecho de la existencia de partículas y antipartículas. A casi toda partícula le corresponde determinada antipartícula, que se distingue de ella por el signo de la carga eléctrica o del momento magnético. Las partículas y las antipartículas no pueden existir conjuntamente durante un largo período de tiempo, ya que durante las colisiones interactúan entre sí de modo que desaparecen como tales, transformándose en fotones u otros microobjetos. Las antipartículas se originan artificialmente, pero solo durante las reacciones nucleares de gran energía, por ejemplo, en aceleradores potentes o en los rayos cósmicos. Debido a ello, la unidad de esos contrarios en la microestructura de la materia puede ser temporal y relativa únicamente. Pero en la escala del cosmos puede ser constante.

De los datos teóricos de la física actual se deduce que los átomos construidos por antipartículas tienen la misma estabilidad que los átomos corrientes. En los núcleos de esos átomos habrá antiprotones y antineutrones, y en torno de los núcleos girarán positrones en vez de electrones. Si la cantidad de esos átomos es muy elevada, constituirán un antimundo entero. Por ahora resulta imposible distinguir un antimundo semejante de la sustancia del mundo corriente a base tan sólo de los datos espectrales, ya que las características espectrales de los átomos dependen del cuarto grado de la carga eléctrica y son, por consiguiente, iguales para toda clase de átomos. La existencia de dichas formas de la materia podrá descubrirse por algunos otros efectos. En las regiones donde la sustancia del antimundo entre en colisión con la sustancia corriente habrán de producirse potentes procesos de transformación de partículas materiales en radiación; la región dada será entonces una fuente de elevada radiación de ondas electromagnéticas y partículas cósmicas. Hasta la fecha, sin embargo, no se ha conseguido descubrir las regiones donde la radiación pueda ser producida por semejantes procesos. Por ello, la hipótesis del antimundo no está directamente confirmada por ahora; sin embargo, ya no se duda de su sentido objetivo, pues se desprende lógicamente de todo el aparato teórico de la física moderna del microcosmos, que ha sido profundamente confirmado por la práctica.

¿Cómo se realiza en el ejemplo citado la idea de la unidad de los contrarios? Si examinamos una partícula cualquiera en nuestro mundo y alguna partícula de carga opuesta en el antimundo, veremos que, pese a ser opuestos, no constituyen una unidad, pues pertenecen a sistemas completamente distintos y en la practica no interactúan entre si. Sus relaciones no serán contradictorias.

        La unidad de contrarios se producirá en el caso solamente de que la partícula y la antipartícula entablen una acción directa y recíproca entre sí, cosa que puede ocurrir durante la generación artificial de las antipartículas. Mas esa unidad será relativa y temporal, ya que los pares de partículas opuestas se convierten bien en radiación electromagnética, bien en otros microobjetos.

        Sin embargo, no debemos olvidar que toda partícula integra el cuerpo macroscópico y éste forma los sistemas cósmicos. Estos últimos pueden interactuar directamente con los sistemas correspondientes del antimundo y, en ese caso, la unidad de los contrarios continuará todo el tiempo que se quiera, siempre que no se produzca la colisión directa de esos sistemas. De este modo, la unidad de los contrarios, que radica en las leyes del microcosmos, se realiza directamente en la escala del cosmos.

        En la estructura de la materia lo continuo y lo discontinuo constituyen las oposiciones más importantes. Estas propiedades de los objetos materiales se encuentran e constante interacción recíproca. Su unidad se manifiesta en algunos aspectos. Cualquier cuerpo macroscópico que parece continuo por su estructura está constituido en realidad por numerosas partículas discretas. Las propias partículas discretas son formaciones de materia sumamente complejas, que poseen propiedades corpusculares y ondulatorias y están indisolublemente unidas a diversos campos. Los electrones, por ejemplo, se manifiestan en su interacción recíproca, durante su absorción y radiación, como partículas; pero su movimiento en el espacio y su dispersión, al pasar la reja de difracción, están supeditados a leyes ondulatorias. La corriente de electrones después de su dispersión forma en la pantalla un cuadro de interferencia, que se produce sólo al dispersarse las ondas, pero no las partículas.

        Esta unidad de propiedades corpusculares y ondulatorias es posible únicamente en el movimiento de las micropartículas y se refleja en las correlaciones de la mecánica cuántica. La mecánica cuántica determina para cada micropartícula una cierta longitud de onda, que depende de su masa y velocidad de movimiento. La longitud de onda expresa la región de la posible localización espacial de la partícula, en virtud de lo cual los microobjetos no pueden considerarse como formaciones discretas claramente determinadas, poseedoras de dimensiones geométricas absolutamente exactas e invariables. Las dimensiones reales de los microobjetos dependen de su velocidad y del carácter de su recíproca interacción; por ello la idea del carácter discreto
De la partícula debe completarse con la de su continuidad.

        La unidad de lo continuo y lo discontinuo se manifiesta en la conexión entre las partículas y los campos. Cada micropartícula no existe por separado, sino que interactúa constantemente con diversos campos que agrupan las partículas en sistemas más complejos. El campo no es algo exterior con relación a la partícula, sino que está íntimamente unido a su microestructura. Algunas propiedades importantes de las partículas representan las constantes de su relación con los campos correspondientes. Así, la masa es la característica de la conexión de las partículas con el campo gravitacional; la carga eléctrica es la constante de su vínculo con el campo electromagnético, y las cargas mesónicas, propias de algunas partículas, expresan sus nexos con los campos mesónicos. Como dichas propiedades son inseparables de las partículas, deducimos de ello la indisoluble unidad de las partículas y los campos. El campo viene a ser la continuación, por decirlo así, exterior de la esencia interna de las micropartículas y resulta imposible señalar con exactitud el límite donde acaba la propia partícula y comienza su campo exterior. Por ejemplo, el radio del protón se valora en 710-14 cm, pero esa magnitud tiene un valor relativo, ya que caracteriza la región donde está distribuido el campo mesónico que forma parte íntimamente de la estructura del protón. Sin embargo, todos los campos son una forma de materia que está distribuida sin interrupción en el espacio. Por tanto, los microobjetos que existen realmente constituyen, en relación con su distribución espacial, la unidad de lo continuo y lo discontinuo.

        Gracias a esas peculiaridades de los microobjetos, su esencia interna es una unidad de lo finito y lo infinito. La partícula, como formación discreta, se caracteriza siempre por un número finito de grados de libertad. A diferencia de ello, el campo electromagnético y gravitacional representa sistemas materiales donde el número de grados de libertad es infinito; para describirlos se necesitaría una infinita multitud de parámetros. Ahora bien, como los campos son inseparables de las partículas, todo microobjeto, en relación con los grados de libertad, representa de hecho la unidad de lo finito y lo infinito.

        La unidad de los contrarios dados se observa igualmente en otro plano. Toda micropartícula es inagotable en su estructura y está compuesta por una cantidad infinita de ciertos elementos de la materia, cualitativamente distintas, con un número infinito de propiedades. Sin embargo, esa infinita multitud de elementos se unifica en una determinación cualitativa única, ya que, con respecto a otras formas de la materia, cada micropartícula es una formación íntegra de la materia.

        La unidad de lo finito y lo infinito se observa igualmente en la distribución espacial de los microobjetos y de todos los demás cuerpos. Es sabido que todo cuerpo material ocupa un volumen de espacio limitado. Sin embargo, el campo creado por el cuerpo dado tiende a una difusión ilimitada en el espacio. El campo radiado se lleva siempre una parte de la materia que constituye el cuerpo dado y asegura así su conexión con otros cuerpos. Gracias a la acción de los campos, el cuerpo finito pone de manifiesto su existencia en sistemas materiales tan alejados de él como se quiera. La propia posibilidad de conocer las propiedades de sistemas cósmicos extremadamente alejados se basa, precisamente, en el hecho de que los objetos materiales, en su distribución espacial, representan la unidad de o finito y lo infinito.


Creación

Un Poema de Mahomoud Darwish*

Confesión de un Terrorista


        Ocuparon mi patria,
        expulsaron mi pueblo,
anularon mi identidad.
Y me llamaron terrorista.

Confiscaron mi propiedad,
arrancaron mis frutales,
demolieron mi casa.
Y me llamaron terrorista.

Legislaron leyes fascistas,
practicaron el odiado apartheid,
destruyeron, dividieron, humillaron.
Y me llamaron terrorista.

Asesinaron mis alegrías,
secuestraron mis esperanzas,
esposaron mis sueños.
Cuando rechacé todas las barbaridades,
ellos… ¡mataron un terrorista!


*Poeta palestino.


Un Poema de Eduardo Ibarra

Franja de Gaza



Mientras miras las telenovelas que más te gustan, y sonríes,
o se te salen las lágrimas, o simplemente miras y miras,
el ejército del estado terrorista de Israel
bombardea de día y bombardea de noche
al pueblo de Gaza: niños, mujeres, ancianos, hombres,
mueren en las calles, en las escuelas, en los hospitales,
a la orilla del mar, en las viviendas,
en los edificios de refugiados por las Naciones Unidas (¿Unidas?):
mueren destrozados, calcinados, con la boca abierta,
como llamando a los hombres del mundo, a las mujeres del mundo,
a los niños del mundo,

y avanza por tierra el ejército sionista, alienado, frenético,
demoliendo casas, asfixiando el aire,
ahogando el agua, disparando sin tregua contra todo
lo que se mueve y no se mueve.

Mientras lees este poema y descubres que tienes un alma
en tu alma, ojos en tus ojos, una boca que puede gritar,
un brazo presto, y, en algún lugar, un palo, una piedra,
un pedazo de metal para arrojarlos contra los agresores
del pueblo de Gaza,                                                

súbitamente cae en tu habitación una bomba, y, lentamente,
veo entre los escombros tu cuerpo diseminado: tus ojos fuera
de sus cuencas, tus pulmones sin aire, tus piernas
sin andadura, tus brazos rotos, tu voz apagada, apagada,
mas, rápidamente, percibo que estás muerta pero que no estás muerta,

exactamente como los asesinados niños de Gaza,
como las asesinadas mujeres de Gaza,
como los asesinados ancianos de Gaza,
como los asesinados hombres de Gaza,

todos, sin excepción, inmortales, Inmortales, INMORTALES. 
CREACIÓN HEROICA