lunes, 1 de septiembre de 2014

Historia

El Pensamiento Burgués y la Colonia*

(Primera Parte)


Emilio Choy


LA BURGUESÍA PERUANA COMUNICA CON CIERTA claridad su presencia en la primera mitad del siglo XVIII, en la que brillan las grandes insurrecciones indígenas, como la de Juan Santos de Atahualpa, Túpac Amaru y otros caudillos que marchan a la vanguardia de movimientos separatistas. La burguesía peruana no se siente capaz de incorporarse a movimientos tan tumultuosos; más cómoda, está agrupada bajo el solio virreinal. Si alguien lleva más contradicciones porque es fidelista y pide reformas es ella; pero separatismo, independencia ni qué pensarlo. Es también ella la que gritará o hará eco a los pasquines que proclaman: ¡Viva el rey, y abajo el mal gobierno!. Domina y es fuerte en muchos campos de la economía: obrajes, minas, comercio, navegación, haciendas en la sierra, sembríos de caña en la costa, ingenios, etc., pero su suerte está al lado del virreinato; es modesta: la mejora de la administración pública y una mayor participación en ella es su ambición.

        La primera mitad del siglo XVIII vio irrumpir triunfalmente en el Perú, a pesar de la oposición escolástica, las doctrinas del pensamiento burgués. –Nos referimos a la filosofía emancipadora de Descartes, la teoría de la circulación de la sangre enunciada por el cirujano inglés Harvey en 1628 y los estudios de Newton.

        Si en los círculos intelectuales oficiales del Perú se aceptó la crítica del Dr. Francisco Botoni a los métodos escolásticos entonces imperantes en San Marcos; si autoridades universitarias, como el Dr. Juan de Avendaño y Campoverde, catedrático de Vísperas de Medicina de San Marcos, y el ilustre Don Pedro Peralta y Barnuevo tuvieron que permitir la introducción de teorías científicas que servirían para demoler el viejo edificio de la escolástica, basada en inútiles discusiones, en una dialéctica ago­tadora y estéril, ¿no estamos frente a síntomas importantes de que ya existía en el Perú una clase burguesa, aunque de poco poder? Es cierto que la corriente de la ilustración era favorecida por los Borbones, pero el pensamiento ilustrado no iba a florecer en terreno estéril. Las condi­ciones eran propicias debido al desarrollo alcanzado por la nobleza abur­guesada, los terratenientes, los comerciantes, los propietarios de minas, obrajes y otras manufacturas, y también los artesanos.

La escolástica trasunta lo más característico del pensamiento medio­eval. Su imposición en los centros educativos durante los primeros siglos de la Colonia tenía su finalidad: convertir en excelentes sumisos de la monarquía española a los educandos. Barreda y Laos escribe: "Se edu­caba para hacer de la juventud legión de monjes y esclavos".

No nos debe asombrar que se proclamara como "estudiante ideal" al que se mantuviera "ciego a la luz de esta vida, aun a ciegas ve mejor lo que hace". Al respecto, escribe el autor de la Vida Intelectual de la Colonia: Para asegurar el prestigio de la teología dogmática y de la ciencia antigua, el maestro jesuita Martín de Jáuregui despertaba en sus discípulos el amor a los viejos doctores eclesiásticos, el respeto a la tradición y el odio a todo esfuerzo innovador; decía a sus alumnos: "Se ha introducido en el mundo la mentira con capa de verdad y, así, el remedio será decir la verdad con capa de mentira".

El 27 de setiembre de 1752, un Decreto Real confirma una ratificación dada por el virrey Conde de Monclova y Marqués de Villagarcía a una prohibición del Conde de Castellar prohibiendo que se admitieran en la Universidad mestizos, zambos, mulatos y cuarterones. Lo que parece ser una sencilla prohibición dictada de acuerdo a los intereses aristocráticos, más bien tiene su raíz política en la burguesía que, como clase ascen­dente, descubre la necesidad de distinguirse aunque sea por el tono de la piel, y bloquear a los demás sectores el acceso a los estudios académicos. El decreto será virreinal pero la inspiración ha sido burguesa; ella quiere hacer exclusiva la cultura que está desarrollándose. Por eso creemos valedera la afirmación de Jorge Castellanos en su estudio "Las Raíces de la Ideología Burguesa Cubana" de que la cultura de la burguesía es "discriminadora, antinegrista. La hegemonía política y económica se reflejaba en el mundo del espíritu".

La más notable figura enciclopédica del siglo XVIII, que podemos considerarla como el Descartes peruano, es el famoso José Eusebio Llano y Zapata. Es curioso comprobar cómo este gran investigador —cuyo saber abarcaba "medicina, literatura, ciencias físicas y naturales; y siendo aún joven gozó de prestigio literario entre sus contemporáneos"— no fue un producto universitario. Llano y Zapata, como fiel discípulo de Descartes, fue un incansable observador de la naturaleza; reflejaba las aspiraciones de una clase que poseía cierta audacia intelectual. Su obra maestra, de la que se conoce un solo tomo, Memorias Histórico-Físicas, Crítico-Apologéticas de la América Meridional, aunque publicada en 1761 y dedicada a Carlos III es evidente que también pertenece a la primera mitad del siglo, cuando el autor aún no había salido del Perú. El Dr. Barreda y Laos nos informa que esta obra sigue los consejos de Nicolás de Cusa, Descartes y Gassendi.1

En su tiempo fue calificada

"la primera en su género y la única en el mundo que con tanta universalidad, verdad y desinterés comprende la física e historia de estos países. Empieza el autor por el más noble metal y acaba con el más escondido fósil. Trata del más gigante árbol, y termina en la más humilde planta. Describe el más hermoso animal y no olvida el insecto más despreciable. Corre por los ríos más caudalosos descubriendo sus fuentes y origen y no omite el menos fecundo lago".

Llano y Zapata hizo caso omiso del "pasado, admitiendo sólo aquello que la fuerza y la evidencia de la razón le podían obligar a creer"; por eso escribía al marqués de Villa Orellana en tono crítico, refiriéndose a la enseñanza desde Cádiz en 1858:

"Todas son abstracciones y disputas bien inútiles. No se da un paso que no sea en esta parte pérdida de tiempo, malogro de la juventud y ruina de los ingenios. Tropiezos casi inevitables y que siempre han de salir al encuentro a todos los que se mezclan en cuestiones que ni en lo físico ni en lo moral traen algún provecho al espíritu de los hombres, antes vuelven inútiles todas las opera­ciones de la inteligencia, haciéndolas caer en la insensatez, furor o manía, si no es ya en un pirronismo confirmado. Desearía que conocieran esto todos los maestros: desterrarían entonces de sus escuelas tantas inutilidades, sofisterías e impertinencias en que hasta ahora los tiene envueltos las observaciones de peripato. To­das ellas no son otra cosa que unos trampantojos de las aulas con que, por lo común, se engañan bobos y descaminan los incautos"

La salida que proponía nuestro gran racionalista era estudiar

"la naturaleza que sabe demostrar físicamente a los ojos cuan­to propone el entendimiento, como que ella misma es el órgano por donde se explican los secretos de sus más admirables y peregrinas producciones. Lo cierto es que, si en nuestros países se muda de sistema literario, se verán en poco tiempo las ventajas que yo les promuevo con el cultivo de la Metalurgia y estudio de las Ciencias Naturales".

Las ideas pedagógicas de este anti-escolástico preconizaban la en­señanza del quechua como llave maestra para el dominio de todas las lenguas del Perú, así como el latín lo era para las lenguas generales de Europa. El autor de las Memorias Histórico... no era anticlerical. Tampoco podía calificársele de enemigo del rey, porque su obra más bien estuvo empeñada en orientar la administración de la metrópoli. Podría considerársele como un reformista empeñado en mejorar la enseñanza de la ciencia, rompiendo con la escolástica, introduciendo mejoras en los estudios de las ciencias naturales, abandonando la teología y abarcando asignaturas útiles, a la vez que revalorizaba el idioma nativo.

El espíritu reformista de Llano y Zapata expresa el modesto grado de progreso alcanzado por la burguesía criolla; pero no vaya a creerse que sólo hombres como Llano y Zapata y Peralta y Barnuevo eran de los pocos dedicados al estudio de la ciencia. Debido a la dedicación del historiador-arquitecto Harth Terré nos ha sido posible conocer a otro gran racionalista surgido del gremio de los sombrereros limeños. Datos y análisis proporcionados por un trabajo inédito permiten apreciar cómo entre gente de "baja esfera", como se denominaba a los artesanos, podía también surgir el notable precursor de la aviación, no sólo peruana sino americana. Nos referimos a Santiago de Cárdenas, alias el Volador, na­tural de Lima, que con todo coraje dedica su "Nuevo sistema de Nabegar por los Aires sacado de las observaciones de la Naturaleza Bolátil... que el autor dedica a su 'Amada Patria' en honor de sus Patriotas". Parece que un mismo espíritu anima a estos peruanos, porque la idea de patria no sólo aparece dos tercios de siglo después sino que antecede en su génesis a la independencia.

Llano y Zapata, en rapto de entusiasmo, había escrito, "se me había deslizado la pluma arrebatada del celo que la inflama hacia el adelan­tamiento y progresos de nuestros compatriotas". (Carta al Arz. de Char­cas). Ambos han cogido el mensaje de los Comentarios, lanzado por Garcilaso, el iluminista y anti-escolástico que, en el siglo anterior, pedía a sus compatriotas virtud y estudio, porque el Inca creía firmemente en el porvenir de su patria, que indios, mestizos y criollos forjarían un Nuevo Mundo independiente de España, así como los españoles habían conseguido emanciparse del Imperio Romano y estructurar a su vez un enorme imperio. Para conseguirlo, escribía: "ruego y suplico se animen y adelanten en el ejercicio de virtud, estudio y milicia, volviendo por sí y su buen nombre".

Notas
[1] En el art. 13, parte X, nos cita un Diderot; no hemos podido verificar si es el autor de la Enciclopedia. (Memorias Histórico-Físicas, Crítico-Apologéticas de la América Meridional).

*El presente ensayo apareció originalmente en la revista Idea, artes y letras, Lima, setiembre-octubre de 1957, año VIII, nº33, pp.1-11. (Nota de la Redacción)



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