lunes, 1 de septiembre de 2014

Opinión

Negación, Eliminación y Exacerbación de las Diferencias. Derecho a la Diferencia, Derecho a la Semejanza

Santiago Ibarra

Preliminares

LA DIVERSIDAD ES UNA CARACTERÍSTICA DE LAS sociedades humanas desde su misma aparición. De norte a sur y de este a oeste las primeras formaciones comunitarias se distinguieron unas a otras en sus formas de organización económica y social tanto como en sus expresiones culturales. En gran medida estas diferencias se explican por los distintos ambientes geográficos y climáticos en que a esas sociedades les tocó desenvolverse. A la vez, esas sociedades compartieron rasgos comunes: tenencia colectiva de la tierra, distribución equitativa del producto, inexistencia de clases sociales y de estado en el sentido estricto de los términos, etc. Con esta constatación histórica queremos llamar la atención sobre el hecho de que la diversidad nos acompaña a los seres humanos desde hace varios milenios y que a la vez esas mismas sociedades compartieron problemas y necesidades comunes (escasez, sequías, desastres naturales diversos, necesidad de incrementar la productividad del trabajo, etc.) Hoy, al igual que milenios atrás, la diversidad viene cruzada por problemas y necesidades comunes, sólo que ahora se impone la necesidad de acordar acciones a nivel regional y planetario para afrontarlas.

La expansión mundial del capitalismo: negación, eliminación y exacerbación de las diferencias

La expansión mundial del capitalismo desde fines del siglo XV trajo consigo, vía la más descarnada violencia, la desaparición de numerosos grupos étnicos en América, Asia y África, expropiándoseles sus tierras y los recursos naturales que ellas contenían. Víctimas del colonialismo, en América Latina veinte millones de indígenas perecieron entre 1500 y 1800. Los colonizadores y sus intelectuales afirmaron que su misión era civilizatoria, tanto como hoy lo hace Estados Unidos y Europa occidental en Medio Oriente y el resto del mundo. De hecho, se consideraba a los indígenas seres inferiores a quienes había que transmitir la cultura y los valores del capitalismo (sed de ganancia) y de occidente (cristianismo, aunque los orígenes de esta religión no se ubiquen precisamente en occidente). Por eso, no sólo el fusil, sino también la iglesia católica fueron los dos elementos esenciales mediante los cuales se llevó a cabo esta asimilación y la negación del otro, del indígena y del negro, sin que, finalmente, pudieran cumplir en términos absolutos este proyecto. En todos los casos, el colonialismo implicó e implica todavía hoy la negación y la conculcación de la dignidad e integridad moral del indígena, del negro, del asiático.

Como resultado y relacionado con el colonialismo (y del capitalismo), todavía hoy tenemos los más variados casos de traumatismos y despersonalización: autonegación, discriminación del semejante con un color de piel distinto, discriminación del extranjero, violencia al interior y entre comunidades, violencia intrafamiliar, violencia social callejera, drogadicción y alcoholismo. El colonialismo no es un asunto del pasado, sino también del presente. No es posible concebir el capitalismo al margen del colonialismo, como algunos errónea e ingenuamente  creen, y muestran no haber comprendido las enseñanzas de Lenin al respecto.

Ahora bien, frente a la ofensiva del colonialismo, del imperialismo y del capitalismo los pueblos del mundo ofrecieron sacrificada resistencia, armadas unas veces, pero además hay que considerar la resistencia cultural que pervive hasta la actualidad. Así, los indígenas han debido defender sus territorios –los ambientes que les garantizaban la reproducción de sus sociedades- en distintos momentos de la historia. En lo que se refiere a su resistencia cultural ha cristalizado mediante la idealización de su pasado, que hacen contrastar con las desigualdades sociales, la lógica mercantil del capitalismo, el consumismo y sus guerras permanentes –lo que, en lo que se refiere a las desigualdades y las guerras, obviamente, pertenece más al imaginario que a la realidad histórica- y estructuras discursivas que reivindican la solidaridad, la ayuda mutua, la reciprocidad, en contraste con la competencia inmisericorde propia del capitalismo y la pérdida masiva de valores en que nos debatimos en el capitalismo contemporáneo. Estos marcos discursivos reciben nombres diferentes según se trate de las nacionalidades y grupos étnicos: Sumaj Qamaña entre los aymaras, Suma Kawsay entre los quechuas, Ñandoreko entre los guaraníes de Bolivia, entre otros. Considero aquí pertinente preguntarse: estos discursos, ¿son realmente una recuperación fidedigna, sin distorsión alguna de la cultura andina ancestral?, ¿no se trata más bien de una reinvención contemporánea efectuada por intelectuales indígenas tomando elementos del mundo andino… y del mundo occidental?

De otro lado, debemos considerar que las realidades nacionales de los Estados Unidos y de los países de Europa occidental se han modificado bastante a raíz de los enormes flujos migratorios desde las periferias a esos países. Para los partidarios del estado nacional monoétnico esta situación constituye sin duda un problema. En estos países millones de negros, árabes, africanos y latinos sufren una mayor explotación de su fuerza de trabajo, así como las más variadas  formas de discriminación y la segregación incluso territorial al interior de los Estados Unidos y de Europa occidental, en suma, la negación y la denigración de su dignidad. Esos inmigrantes sufren en carne propia esa opresión, como traumatismos, como despersonalización, como melancolía, como acumulación de frustraciones, e incluso como odio y desconfianza profunda hacia el europeo, sentimientos y vivencias que están detrás de las rebeliones de estos inmigrantes en Estados Unidos y Europa occidental.  
 
En Europa occidental, la exacerbación de los nacionalismos, el surgimiento de los chovinismos, a la vez que traducía poderosos intereses económicos en cada una de las naciones europeas y camina sobre una dinámica y lógica propias, conducía a la eliminación física de hombres de nacionalidades distintas. Así, durante la primera guerra mundial (1914-1918) fueron asesinados diez millones de  personas, y durante la segunda guerra mundial (1939-1945) fueron asesinados cincuenta millones de personas. Solamente los nazis, cuya ideología apelaba a la idea de la superioridad racial aria, a la sangre, a la comunidad, asesinaron a seis millones de judíos y amenazaban con conquistar el mundo. Y habrá que recordar que fue el ejército rojo y el pueblo ruso –no los Estados Unidos- los que derrotaron a los nazis. Veintiséis millones de rusos murieron en esta gesta heroica.  

Luego de la segunda guerra mundial se consolidaría en Europa occidental el Estado de bienestar, y el capitalismo alcanzaría importantes tasas de crecimiento económico a  nivel planetario. Para explicarse la consolidación del Estado de bienestar en Europa occidental es absolutamente superfluo recurrir al modelo de un “capitalismo bueno”. Como lo ha dicho en numerosas oportunidades el teórico marxista Samir Amin, aquél surgió para impedir la expansión del socialismo en esa región. Fue el miedo al comunismo que finalmente hizo posible la instauración del Estado de bienestar en esta región del mundo. Pero la bella época duró poco tiempo, y desde fines de la década de 1970 el Estado de bienestar iba a ser desmantelado poco a poco hasta que este hecho en los últimos años es reconocido por economistas burgueses como Paul Krugman como expresión de una profunda crisis de la economía capitalista.

Las crisis son consustanciales al capitalismo. El equilibrio es entonces temporal. (Esto deberían entenderlo en el Perú de una vez por todas aquellos que ven en su actual crecimiento económico una tendencia sin fin en el tiempo). Así, pues, la crisis estructural del capitalismo que se inicia en los primeros años de la década de 1970 se perpetúa en las décadas de 1990 y en la del 2000. Remitiéndonos a la última, a la de 2008, con epicentro en los Estados Unidos, producto de la hiperfinanciarización de su economía y de la de Europa, estrangula las economías ya no sólo de los países de las periferias, sino la de los propios países del centro, y deja tras de sí millones de desempleados y millones de personas sin ingresos o con sus ingresos fuertemente reducidos. La precarización de la fuerza de trabajo termina de hacerse realidad en Europa occidental. 

La crisis es propicia para una nueva exacerbación de los nacionalismos, de la xenofobia, del racismo, de las diferencias en general. Se busca nuevamente el chivo expiatorio para responsabilizarlo de la crisis. ¡No es el gran capital financiero, sino el inmigrante, el negro, el latino, los responsables de la crisis!

Es objeto de justificada preocupación que en las últimas elecciones europeas la extrema derecha haya alcanzado altos porcentajes de votación en distintos países de Europa. Esta derecha, como acabamos de decir, responsabiliza a los inmigrantes, árabes, africanos y latinos de la crisis económica y la inseguridad ciudadana. Sus rasgos comunes son su chovinismo, su xenofobia, su racismo, su anticomunismo rabioso e incluso su homofobia. En la mayoría de países la extrema derecha ha obtenido entre el 10% y el 20% de los votos, y en tres países, Francia, Inglaterra y Dinamarca, entre el 25% y el 30% de los mismos (1).

Está claro que esta clase de discursos exacerban las diferencias. No existe la especie humana, única, sino razas y naciones superiores y razas y naciones inferiores, seres normales y seres anormales. De ahí al genocidio, a la masacre, a la matanza indiscriminada, al asesinato del niño, hombre o mujer de un color distinto de piel, hay un solo paso.

No deja de sorprender la aceptación que entre la ciudadanía tiene hoy por hoy esa clase de discursos. Buscar afirmar su pertenencia a un grupo social, nacional, étnico o religioso determinado, desconociendo al prójimo, excluirlo de derechos, torturarlo y asesinarlo sin ninguna clase de remordimientos. Y luego sentirse satisfechos, omnipotentes, y ver y sentir después que sus grupos de pertenencia se consolidan.

En las últimas semanas el mundo ha sido testigo de una catástrofe humana, de un genocidio en el pleno sentido del término: dos mil doscientos palestinos han sido asesinados y diez mil quinientos han sido heridos. Más de cuatrocientos mil palestinos desplazados y centenares de miles de niños y adultos están traumatizados. Los agresores: el estado terrorista de Israel -con el respaldo de los Estados Unidos y de la Unión Europea, por los intereses que se juegan en esa región del mundo- que desde su ideología sionista, que apela al mito de la tierra prometida, expropia de sus tierras a los palestinos, los asesina y masacra, y se niegan a reconocerle su derecho a conformarse como un estado independiente.  

Asimismo, es necesario recordar que los odios raciales contra los negros en los Estados Unidos son plenamente actuales, como lo muestra el miserable y cobarde asesinato del joven negro Michael Brown a manos de un policía blanco en la ciudad de Ferguson, estado de Missouri. Según fuentes del propio FBI, en los últimos siete años dos personas negras son asesinadas semanalmente por policías blancos. La gran mayoría de estos asesinatos quedan en la más absoluta impunidad.

En América Latina no está ausente ni mucho menos la exclusión y la violencia en razón de la nacionalidad y en razón de la raza (2). A veces ambas se confunden, como en Argentina, con la exclusión y discriminación de los bolivianos; en Chile, con la discriminación de bolivianos y peruanos. En el Perú la xenofobia se efectúa contra los ecuatorianos, y el racismo es el pan de cada día contra los connacionales indígenas. En Bolivia la xenofobia tiene lugar contra los peruanos. En todos los casos está presente el chovinismo, el nacionalismo exaltado, la exacerbación de las diferencias, y en todos los casos también, el sentimiento de incertidumbre y el miedo al desempleo, así como el miedo a la pérdida de la identidad. Es innegable que esta situación confabula contra la necesaria integración latinoamericana.

Derecho a la diferencia, derecho a la semejanza

Es necesario anotar que desde que el capitalismo surgió se inicia la historia universal, como anotaron Marx y Engels en La ideología Alemana (1845) y El Manifiesto Comunista (1848) No obstante esta universalización, esta conformación de una economía mundial única, y al lado del universalismo burgués, los particularismos, lejos de amenguarse y finalmente disolverse, se han robustecido e incluso proliferado, con consecuencias calamitosas para la vida de los seres humanos. Recordemos un solo hecho histórico adicional a los anotados: el genocidio en Ruanda (1994), donde en tres meses fueron asesinadas un millón de personas, que debiera llamar a la reflexión profunda y a la toma de políticas públicas que enfrenten el desafío.

El discurso de la diferencia ha sido y es usado por los movimientos indígenas en defensa de sus culturas y de sus hábitats. Esta reivindicación es completamente justa. Demandan el reconocimiento de sus culturas. Pero, al respecto, es necesario preguntarse si los particularismos están ausentes en los discursos de esos movimientos.

A la vez, hay que ser conscientes de que el discurso de la diferencia es usado por la derecha para justificar las diferencias de clase, la existencia de ricos y pobres, del imperialismo y de las naciones oprimidas, del capital y del trabajo, del terrateniente y del campesino. La finalidad de este discurso es justificar el statu quo establecido. 

En el marco del proyecto emancipatorio, dentro del cual entra naturalmente la cuestión indígena, la cuestión de la diferencia adquiere un sentido distinto. De entrada, el reconocimiento del otro implica la negación de las diferencias de clase. No puede haber verdaderamente respeto por el otro en condiciones de desigualdad. Porque, por ejemplo, el capital explota la fuerza de trabajo y es bastante común que liquide los derechos laborales de los trabajadores. Y la burguesía financiera despoja de sus riquezas a los pueblos del Tercer Mundo mediante el endeudamiento. Desde luego, tampoco puede haber respeto por el otro en el seno de relaciones laborales feudales o semifeudales, esclavistas o semiesclavistas. También implica, desde luego, la negación de discursos y prácticas que denigran, por ejemplo, a la mujer y la reducen a un mero objeto al que incluso se le puede azotar, apedrear, violar, asesinar.

De ahí que solamente puede haber un verdadero respeto por el otro en un nuevo orden civilizatorio. Para ello es crucial conquistar una igualdad sustantiva que reemplace y supere a la igualdad formal existente hoy en día.

Contrariamente, la exacerbación de las diferencias opone los unos a los otros y precipita los genocidios, las masacres, los asesinatos, el apartheid, la exclusión. Impide la unificación de esfuerzos para hacer frente juntos los grandes problemas de la clase y de la humanidad.

Samir Amin plantea en un breve y sugerente ensayo, Diversidad heredada y diversidad en la invención del futuro, que el derecho a la diferencia debe entrelazarse con “su opuesto complementario y de la misma categoría”, “el derecho a la semejanza”, porque la acentuación y la exacerbación del derecho a la diferencia niega, por ejemplo, “el derecho individual inalienable de no aceptar que a uno se lo defina por su pertenencia a una comunidad heredada” (3). Justamente las concepciones que incluso al interior de las clases populares apelan a los identitarismos, a la definición de la identidad del individuo por su pertenencia a la comunidad heredada, alienta la exacerbación de las diferencias, cortocircuitando de esta manera la unidad al interior de las clases populares.

Y continúa Samir Amin: se trata de que “las políticas del Estado establezcan las condiciones de igualdad a pesar de la diversidad; por ejemplo, creando escuelas en las diversas lenguas practicadas. ‘A pesar’ significa aquí solamente que no se intente fijar la diversidad en cuestión, que se permita que la historia haga su trabajo y que tal vez conduzca a una asimilación que, por lo tanto, ya no será forzada. Se trata de que la diversidad no se resuelva en la yuxtaposición de comunidades cerradas y que, por eso mismo, terminen siendo hostiles entre sí” (4).

Ni negación de las diferencias, ni su exacerbación. Afirmación del derecho a la diferencia, a la vez que afirmación del derecho a la semejanza. Hemos querido llamar la atención acerca del hecho de que si bien por un lado el imperialismo y el colonialismo negaron al diferente (al indígena, al negro) con fines de dominio, también es corriente que aprovechen esas diferencias, las acentúen, las exacerben, para enfrentar a sectores del pueblo entre sí, también, obviamente, con fines de dominio sobre los trabajadores y de control sobre los recursos naturales. Y esta es una trampa que no siempre es enfrentada con la lucidez necesaria.

Es complejo el camino que deben seguir los proyectos emancipatorios. Unificación de los esfuerzos y de las fuerzas anti-imperialistas y anti-capitalistas; enfrentamiento de los problemas comunes por fuerzas distintas. A la vez, el desafío es construir una cultura universal que afirme simultáneamente los valores de la igualdad y la libertad. 

Notas:
(1)        Michael Löwy, “Diez tesis sobre la extrema derecha” en: Rebelión, 10 de junio de 2014.
(2)        Martín Hopenhayn y Alvaro Bello, Discriminación étnico-racial y xenofobia en América Latina y el Caribe. Santiago de Chile, CEPAL- Serie Políticas Sociales 47, mayo de 2001.
(3)        Más allá del capitalismo senil. Por un siglo XXI no norteamericano. Buenos Aires: Paidós, 2005, p. 291.
(4)        Ibid., pp. 291-292.

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