lunes, 2 de abril de 2018

Internacionales



Macri. Orígenes e Instalación de una Dictadura Mafiosa

(Cuarta parte)
Jorge Beinstein

Capítulo 7
Tiempos oscuros


Este texto fue difundido en la web desde diciembre de 2015 con el título “Argentina oscilando entre la crisis de gobernabilidad y la dictadura mafiosa”, https://beinstein.lahaine.org/argentina-oscilando-entre-la-crisis-de-gobernabilidad-y-ladictadura-mafiosa/


HA SIDO SEÑALADO HASTA EL HARTAZGO que por primera vez en un siglo el 10 de Diciembre de 2015 la derecha llegó al gobierno sin ocultar su rostro, sin fraude, sin golpe militar, a través de elecciones supuestamente limpias, se trataría de un hecho novedoso.

Es necesario aclarar tres cosas:

En primer lugar resulta evidente que no se trató de “elecciones limpias” sino de un proceso asimétrico, completamente distorsionado por una manipulación mediática sin precedentes en Argentina activada desde hace varios años pero que finalmente derivó en un operativo muy sofisticado y abrumador. Consumada la operación electoral la presidenta saliente fue destituida unas pocas horas antes de la transmisión del mando presidencial mediante un golpe de estado “judicial”, demostración de fuerza del poder real que establecía de ese modo un precedente importante, en realidad el primer paso del nuevo régimen.

Esto nos lleva a una segunda aclaración: el kirchnerismo no produjo transformaciones estructurales decisivas del sistema, introdujo reformas que incluyeron a vastos sectores de las clases bajas, reclamos populares insatisfechos (como el juzgamiento de protagonistas de la última dictadura militar), implementó una política internacional que distanció al país del sometimiento integral a los Estados Unidos y otras medidas que se superpusieron a estructuras y grupos de poder preexistentes. Pero no generó una avalancha plebeya capaz de neutralizar a las bases sociales de la derecha quebrando los pilares del sistema (sus aparatos judiciales, mediáticos, financieros, transnacionales, etc.) desarticulando la arremetida reaccionaria. La alternativa transformadora radicalizada estaba completamente fuera del libreto progresista, la astucia, el juego hábil y sus buenos resultados en el corto y hasta en el mediano plazo maravilló al kirchnerismo, lo llevó por un camino sinuoso, acumulando contradicciones marchando así hacia la derrota final. Nunca se propuso transgredir los límites del sistema, saltar por encima de la institucionalidad elitista-mafiosa de las camarillas judiciales apuntaladas por el partido mediático componentes de una lumpenburguesía que aprovechó el restablecimiento de la gobernabilidad post 2001-2002 para curar sus heridas, recuperar fuerzas y renovar su apetito.

Como era previsible las clases medias, grandes beneficiarias de la prosperidad económica de los años del auge progresista, no se volcaron de manera agradecida hacia el kirchnerismo sino todo lo contrario; azuzadas por el poder mediático retomaron viejos prejuicios reaccionarios, su ascenso social reprodujo formas culturales latentes provenientes del viejo gorilismo, del desprecio a “la negrada” enlazando con la ola regional y occidental en curso de aproximaciones clasemedieras al neofascismo. No se trató entonces de una simple manipulación mediática manejada por un aparato comunicacional bien aceitado sino del aprovechamiento derechista de irracionalidades ancladas en los más profundo del alma del país burgués.

La tercera observación es que el fenómeno no es tan novedoso. Si bien es cierto que el proceso de manipulación electoral se inscribe en el marco del declive del progresismo latinoamericano y que fue realizado de manera impecable por especialistas de primer nivel seguramente monitoreados por el aparato de inteligencia de los Estados Unidos, no deberíamos olvidar que antes de la llegada del peronismo en 1945 la sociedad argentina había sido moldeada por cerca de un siglo de república oligárquica (que no fue abolida durante el período de gobiernos radicales entre 1916 y 1930) dejando huellas culturales e institucionales muy profundas, atravesando las sucesivas transformaciones de las élites dominantes como una suerte de referencia mítica de una época donde supuestamente los de arriba mandaban mediante estructuras autoritarias estables. Constituye una curiosa casualidad cargada de simbolismo pero lo cierto es que fue el presidente “cautelar-instantáneo” Federico Pinedo, impuesto por la mafia judicial, el encargado de entregar el bastón presidencial a Macri. Federico Pinedo, nieto de Federico Pinedo, una de la figuras más representativas de la restauración oligárquica de los años 1930, bisnieto de Federico Pinedo Rubio intendente de Buenos Aires hacia fines del siglo XIX y luego diputado nacional durante un prolongado período como representante del viejo partido conservador. Seguir la trayectoria de esa familia permite observar el ascenso y consolidación del país aristocrático colonial construido desde mediados del siglo XIX. El lejano descendiente de aquella oligarquía fue el encargado de entregar los atributos del mando presidencial a Mauricio Macri, por su parte heredero de un clan familiar mafioso de raíz italo-fascista (34), instaurador de un “gobierno de gerentes”. Los avatares de un golpe de estado instantáneo establecieron un simbólico lazo histórico entre la lumpenburguesía actual y la vieja casta oligárquica.

La crisis

El contexto económico internacional viene dado por una crisis deflacionaria motorizada por el desinfle de las grandes potencias económicas. Estados Unidos, la Unión Europea y Japón navegando entre el crecimiento anémico, el estancamiento y la recesión, China desacelerando su crecimiento y Brasil en recesión sobredeterminan una coyuntura marcada por el enfriamiento de la demanda global lo que deprime los precios de las materias primas y estanca o achica los mercados de productos industriales. En suma un panorama mundial negativo para un país como la Argentina, principalmente exportador de materias primas y en menor escala de productos industriales de mediano-bajo nivel tecnológico.

Ante ese ciclo internacional adverso, desde el punto de vista teórico la economía Argentina, para no caer en la recesión debería apoyarse cada vez más en la expansión y protección de su mercado interno, su tejido industrial, su autonomía financiera. Sin embargo el gobierno de Macri inicia su mandato haciendo todo lo contrario: achicando el mercado interno mediante la reducción drástica en términos reales de salarios y jubilaciones, aumentando el endeudamiento externo, desprotegiendo al grueso de la estructura industrial. A ello apuntan sus decisiones económicas iniciales como la megadevaluación, la eliminación o disminución de impuestos a las exportaciones, la suba de las tasas de interés, la liberalización de importaciones, y pronto la eliminación de subsidios a los servicios públicos con el consiguiente aumento de sus tarifas. Se trata de una gigantesca transferencia de ingresos hacia los grupos económicos más concentrados (grandes exportadores agrarios, empresas y especuladores financieros poseedores de fondos en dólares, etc.), de un saqueo descomunal que se irá prolongando en el tiempo al ritmo de las subas de precios, las depresiones salariales, las devaluaciones y los tarifazos. Crecerá la desocupación, la pobreza y la indigencia, la concentración de ingresos avanzará (ya está avanzando) rápidamente, el crecimiento económico nulo o negativo serán inevitables.

Según ciertos expertos estaríamos embarcados en una vorágine completamente irracional marcada por la declinación del grueso de la industria y la desintegración de la sociedad resultado de la aplicación ortodoxa de recetas neoliberales “equivocadas”. Pero el gobierno no se equivoca, actúa según la dinámica de una lumpenburguesía portadora de una racionalidad instrumental cuyo fin no es otro que el de la acumulación rápida de riquezas saqueando todo lo que se le cruza en el camino. La racionalidad de los bandidos dueños del poder no es la del desarrollo económico armonioso que anida en la cabeza de ciertos economistas.

Así es como hemos pasado de una versión suave de la política económica contra-cíclica (desde el punto de vista de la tendencia de la economía global) a una política pro-cíclica que se incorpora con notable ferocidad a la degeneración general (financiera, institucional, ideológica, etc.) del mundo capitalista.

El progresismo gobernó entre 2003 y 2015 restableciendo la gobernabilidad del sistema, todo anduvo bien mientras la bestia lamía sus heridas en un contexto de relativa prosperidad recomponiéndose del terremoto de los años 2001-2002, pero desde 2008 las cosas fueron cambiando: el achatamiento del crecimiento económico exacerbó su voluntad por acaparar una porción mayor de la torta, en ese sentido el 10 de diciembre de 2015 puede ser visto como el punto de inflexión, como un salto cualitativo del poder draculiano de las élites dominantes inaugurando una etapa de decadencia de la sociedad argentina. Las fuerzas entrópicas, devastadoras, lograron imponer su dinámica.

Dos escenarios

Nos encontramos ante los primeros pasos de una aventura autoritaria de trayectoria incierta. No se trata de un hecho producto del azar sino del resultado de un prolongado proceso de maduración (degeneración) de las élites dominantes de Argentina convertidas en jaurías depredadoras coincidente con el fenómeno global de financierización y decadencia. Basta con echarle una mirada al gobierno y sus respaldos donde sobreabundan personajes acusados de ser delincuentes financieros como Prat Gay, Melconian o Aranguren, o “padrinos” como Cristiano Rattazzi, Paolo Roca, Franco Macri (y su hijo-presidente), o de otros señalados como agentes de la CIA como Susana Malcorra o Patricia Bullrich (35), para percibir que la tragedia local no es más que un apéndice periférico de un capitalismo global embarcado en una loca carrera liderada por lobos de Wall Street, militares delirantes y políticos corruptos destruyendo países enteros, triturando instituciones, saqueando recursos naturales imponiendo un proceso de destrucción a escala planetaria.

La lumpenburguesía argentina, su articulación mafiosa en la cúpula del poder (empresario, judicial, mediático) y sus prolongaciones institucionales y abiertamente ilegales ha dejado de ser la fuerza dominante en las sombras, jaqueando, condicionando, bloqueando o imponiendo, para asumir abiertamente el gobierno. Esto puede ser atribuido a varios motivos entre otros a la inexistencia de un elenco de “políticos” con capacidad de decisión como para implementar el mega-saqueo en curso, entonces son los gerentes los que deben hacerse cargo de manera directa del Poder Ejecutivo, es decir “técnicos” ajenos al embrollo electoral (36).

El nuevo esquema resulta sumamente eficaz a la hora de adoptar medidas contundentes contra la mayoría de la población pero aparece muy poco útil para amortiguar el inevitable descontento popular (incluido el de una porción significativa de incautos votantes de Macri). Las camarillas sindicales podrán durante un período generar inacción, algunos políticos provinciales empujarán en el mismo sentido, los medios masivos de comunicación buscarán distraer, confundir, justificar (ya lo están haciendo) intensificando la campaña de idiotización pero todo eso es insuficiente frente a la magnitud del desastre en curso.

Por otra parte el carácter lumpen, inestable del régimen macrista afectado por previsibles disputas internas, golpes financieros, turbulencias exógenas de todo tipo propias de un sistema global a la deriva y además (principalmente) presionado por una base social cuyo descontento irá ascendiendo como una avalancha gigantesca, va dejando al descubierto la única alternativa posible de gobernabilidad mafiosa.

Se trata de la formación de un sistema dictatorial con rostro civil y de configuración variable. Tiene claros antecedentes internacionales recientes, viene guiado por el aparato de inteligencia de los Estados Unidos y se apoya en la llamada doctrina de la Guerra de Cuarta Generación cuyo objetivo central es la transformación de la sociedad objeto de ataque en una masa amorfa, degradada, acosada por erupciones “desprolijas” de violencia caótica y en consecuencia impotente ante el saqueo. Irak, Libia, Siria aparecen como experiencias de manual extremas y lejanas, por el contrario México o Guatemala son paradigmas latinoamericanos a tener en cuenta aunque la especificidad argentina aportará seguramente rasgos originales. Tenemos que pensar en una combinación pragmática de distintas dosis de represión directa “clásica”, judicialización de opositores sindicales, políticos, etc., bombardeo mediático (diversionista y/o demonizador), represión clandestina, incentivos a la rivalidades intrapopulares (cuanto más sanguinarias mejor), irrupción de bandas que aterrorizan a la población (como las “maras” en América Central o los batallones de narcos de México), fraudes electorales, etc. De ese modo Argentina entraría de lleno en el siglo XXI signado por el ascenso del capitalismo tanático.

Sin embargo esa estrategia no se puede instalar plenamente de un día para otro, requiere tiempo y una cierta pasividad inicial de las bases populares, además encontraría serias dificultades ante una sociedad compleja como la Argentina, con un amplio abanico de clases bajas y medias portadoras de culturas, capacidad de organización, de historias que desde la mirada superficial de los gerentes financieros y de los expertos en control social no aparecen como amenazas visibles (o aparecen como resistencias o nostalgias impotentes) pero que constituyen latencias, bombas de tiempo de enorme poder que pueden estallar en cualquier momento. Este desafío desde abajo converge con el temor de los de arriba a puebladas inmanejables conformando grandes interrogantes gelatinosos que generalizan la incertidumbre en las élites, deterioran su psicología.

La no viabilidad de ese escenario siniestro, su posible empantanamiento, dejaría abierto el espacio para el desarrollo de un segundo escenario: el de una crisis de gobernabilidad mucho más devastadora que la de 2001. En ese caso la fantasía elitista de la recomposición dictatorial-mafiosa del poder político no habría sido otra cosa que una ilusión burguesa acompañando al fin de la gobernabilidad, al comienzo de un período de alta turbulencia, de desintegración social de duración impredecible. El progresismo tan despreciado por las élites y sus preservativos de clase media, habría sido un paraíso capitalista destruido por sus principales beneficiarios.

Como vemos el infierno mafioso no es inevitable aunque no deberíamos subestimar la capacidad operativa de sus ejecutores locales y su mega padrino imperial, los Estados Unidos, están lanzados a la reconquista de su patio trasero latinoamericano. ¿Hacia donde va esta historia?: la resistencia popular tiene la respuesta.


Capítulo 8
Los Avatares de un Sujeto Casi Inexistente. Democracia Ilusoria y Reproducción del Sistema

Este texto fue difundido en la web desde septiembre de 2015, con el título “Argentina: los avatares de un sujeto casi inexistente. Democracia ilusoria y reproducción del sistema”, http://rcci.net/globalizacion/2015/fg2153.htm


En Argentina se vota muy seguido lo que ha terminado por imponer una imagen de democracia reforzada por la existencia de redes sociales, encuestas de opinión, elecciones sindicales y universitarias, asociaciones no gubernamentales y otras “expresiones” de la sociedad civil. Las proscripciones electorales pertenecen a un muy lejano pasado cuando el peronismo era visto como “el hecho maldito del país burgués”, según nos lo explicaba John William Cooke, para pasar a ser ahora una pieza clave de la gobernabilidad del sistema.

Todo ese universo que se presenta como la demostración de que se trata de un país libre viene cumpliendo un rol decisivo en la reproducción de un régimen que al finalizar la dictadura militar en 1983 encontró en la “legitimación democrática” un reemplazo estabilizador a la violencia explícita de las Fuerzas Armadas. Pero cuando pasamos de la imagen a la realidad, la “democracia recuperada” se disuelve velozmente dejando al descubierto reducidos espacios de poder que manipulan estratégicamente a la sociedad sin que ninguna fuerza popular los controle, acomodándose a los juegos globales de las grandes potencias y sus exigencias coloniales.

El largo plazo (parasitismo y desarticulación social)

El telón de fondo de la farsa está conformado por un conjunto de fenómenos interrelacionados que remodelaron a la sociedad argentina. Los procesos de desindustrialización y concentración de ingresos iniciado hacia 1955 y acelerado desde 1976 generó una masa muy extendida de marginales y semimarginales, de pobres e indigentes sin integración económica estable, que se expandía al mismo tiempo que las clases altas acumulaban riquezas, donde la especulación financiera y los negocios parasitarios en general, ocupaban el lugar central. Esas élites enlazan su dinámica con los polos dominantes completamente financierizados del capitalismo global. Los lobos de Wall Street son hoy los paradigmas amorales de nuestra lumpenburguesía integralmente sumergida en una subcultura decadente regida por el comportamiento depredador.

Desde aquella remota “revolución libertadora” de 1955 que instauró una dictadura militar bajo la bandera de la restauración de la democracia y la “democracia sin proscripciones” de la actualidad existe un hilo conductor, una continuidad histórica profunda que atraviesa las transformaciones del sistema. Esta afirmación aparece como demasiado dura, como una extrapolación caprichosa, sin embargo se va haciendo razonable cuando comparamos a la proscripción electoral explícita de la era gorila con las formas implícitas pero increíblemente eficaces de negación real de la soberanía popular de la actualidad.

En aquellos años el pueblo peronista se sentía brutalmente apartado de las estructuras de poder, ahora la masa sumergida o las capas más económicamente integradas de la base social se sienten impotentes ante poderes que les sonríen, las adulan, las manipulan y las esquilman mientras deciden entre ellos los temas importantes. La claridad de la prohibición abierta se ha convertido en una situación confusa, en un mundo de apariencias.

El poder (interdependencias y contradicciones)

En Argentina la legitimidad democrática del poder se va esfumando a medida que recorremos sus cuatro espacios principales.

El poder político está conformado por un conjunto heterogéneo de dirigentes del estado elegidos por el voto popular (diputados, presidentes, intendentes, legisladores locales, etc.). Suele decirse que el pueblo elige pero no gobierna, en realidad tampoco tiene mucha libertad para elegir. En términos prácticos está obligado a decidir entre candidatos viables con chances reales de imponerse que ni siquiera necesitan seducir a estructuras políticas extendidas con sus afiliados, caudillos locales y corrientes internas o a los aparatos sindicales. Su viabilidad depende de su capacidad de marketing, del favoritismo del poder mediático, de la voluntad de ciertos jefes del aparato estatal y sobre todo de la disponibilidad de fondos de campaña rapiñados al estado u otorgados por los grandes grupos económicos. Esta “democracia” nos deja incluso la posibilidad de dejar en paz nuestras conciencias y votar por candidatos testimoniales cuya posibilidad de triunfo es nula. Se trata en síntesis de un grupo de poder que en parte se autoelije y en parte es elegido por otros grupos de poder que establecen condicionamientos, bloqueos, correcciones, reprimendas dictadas por las dinámicas de sus componentes que no imponen una racionalidad general, una reproducción durable del sistema sino la preservación de privilegios, impunidades o la obtención de ventajas económicas.

Pasamos luego a las mafias judiciales, zona opaca con miembros elegidos de manera indirecta a través de algunas instancias del poder político aunque sabemos bien que se trata en su mayor parte de la autoelección a través de juegos de intrigas internas y a veces en combinación con los círculos políticos implicados en las designaciones y en ciertos casos bajo presión mediática.

Por su parte el poder mediático no necesita recurrir a la legitimidad electoral, se trata de aparatos consagrados a la manipulación de la población, el multimedios Clarín es el paradigma, sus estrechas vinculaciones con mafias judiciales y empresarias y sus tenebrosos lazos con diversas dictaduras militares, su relación colonial con estructuras de poder de los Estados Unidos le permiten operar con total impunidad. Finalmente el poder económico incluye a los grandes grupos de negocios con base local como Techint o Arcor o externa como FIAT o el Citibank, pero sobre todo a las redes financieras navegando en el turbulento mar de operaciones legales, semilegales e ilegales, orientando al conjunto del tejido empresario dominante a su vez apéndice de la trama financiera global.

Por debajo quedan factores de poder viejos y decadentes como la Iglesia católica, camarillas emergentes como el lobby sionista o la gangsterocracia sindical y por supuesto las Fuerzas Armadas.

Es esa constelación elitista la que somete a la sociedad argentina, el voto popular es para ellos un adorno que hace presentable la imagen del Poder o que es utilizado como instrumento en sus disputas internas.

El futuro

Pero lo que aparece como un sistema diabólico de degradación generalizada capaz de manipular a todas las oposiciones es en realidad una masa de bandidos prisionera de una dinámica que la va llevando de crisis en crisis. La marea menemista de los años 1990 terminó en el caos de 2001 y desde un fragmento del poder político fue restablecida la gobernabilidad aprovechando una coyuntura internacional favorable (suba de precios de la commodities) apartándose de las recetas neoliberales ampliando el mercado interno de clases medias y bajas y reforzando la intervención económica del estado. El sistema fue reequilibrado, suavemente corregido y volvió a funcionar, lo que a poco de andar reprodujo las tendencias entrópicas que habían generado el desastre anterior, las élites vienen presionando con cada vez mayor furia intentando concentrar ingresos y arrastrando a amplios sectores de las capas medias embriagadas en una prosperidad efímera, enceguecidas por su odio a los pobres. Acorralan al progresismo gobernante, lo acosan con sus instrumentos financieros, mediáticos y judiciales, desprecian sus correctivos neokeynesianos y le ofrecen dos alternativas: ceder a sus exigencias económicas (como ya ha ocurrido en Brasil) o ser barridos del poder político (como tal vez termine por ocurrir en Brasil). Los progresistas resisten, se quejan de la irracionalidad de quienes “nunca han ganado tanto como ahora” sin entender la lógica profunda, cortoplacista rapiñera de la lumpenburguesía dominante.

Cuando se produjo el derrumbe de 2001 (culminación de un deterioro sistémico que atravesó todo el gobierno de la Alianza) quedó al desnudo el carácter mentiroso de la “democracia recuperada” y se produjo una avalancha popular rugiendo “que se vayan todos”, pero la marea fue finalmente canalizada y evacuada y el capitalismo volvió a funcionar en buena medida en contra de las ideas de importantes grupos de poder aferrados a sus rutinas depredadoras. Ahora que el crecimiento económico se aplana, las clases dirigentes buscan seguir con su ritmo de enriquecimiento e incluso aumentarlo exigiendo una porción sustancialmente mayor de la torta lo que de producirse instalaría una dinámica de concentración de ingresos, endeudamiento público, ajuste fiscal, empobrecimiento y marginalización que tarde o temprano llevaría a una crisis de gobernabilidad probablemente muy superior de la de 2001. Los grupos de poder más extremistas y sus padrinos de Washington creen que en ese caso podría evitarse la avalancha popular mediante la mexicanización preventiva del país, la ideología de la Guerra de Cuarta Generación aparece con la sucesora de las teorizaciones justificadoras de las democracias controladas, sucesoras a su vez de la doctrina de la seguridad nacional.

Pero entre la teoría y la realidad existe un enorme espacio plagado de incertidumbres, lo único seguro es que el fin de los equilibrios actuales introduciría a la sociedad argentina en una terra incógnita donde la rebelión popular protagoniza uno de los escenarios posibles, donde la democracia de los de abajo podría emerger alentada por la crisis de gobernabilidad. El pueblo como sujeto se haría presente, volvería a existir, gracias a la declinación de sus opresores así como estos se reproducen gracias a la cosificación del pueblo.


Notas:

(34) Horacio Verbitsky, "A las Malvinas en subte. El rol de la P-2, los Macri, FIAT y TECHINT en la guerra de 1982", http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-190366-2012-03-25.html 4
(35) ARGENTINA: la nueva ministra de Exteriores pertenece a la CIA, según Diosdado Cabello. El presidente de la Asamblea Nacional (AN) de Venezuela, Diosdado Cabello, declaró que la canciller argentina, Susana Malcorra, pertenece a la Agencia Central de Inteligencia de EE.UU. (CIA, por sus siglas en inglés). “Estuvo aquí, la recibí yo en mi oficina, es la CIA misma, se la nombraron de canciller al señor (Mauricio) Macri”, presidente electo de Argentina, subrayó Cabello en su programa semanal de los miércoles, transmitido por el canal estatal Venezolana de Televisión (VTV). También Patricia Bullrich reporta a “la agencia” y probablemente lo hagan otros y otras, como Laura Alonso. El rumor que corre es que Macri prácticamente no conoce a Malcorra y que le fue impuesta telefónicamente por el Departamento de Estado. Pájaro Rojo, 11/12/2015, http://pajarorojo.com.ar/?p=20433
(36) Aunque el ejercicio del gobierno los obligue a intervenir en el tema, seguramente con sus métodos autoritarios.

Socialismo


Visita al Hombre Futuro*

Aníbal Ponce

AL VIAJERO QUE LLEGA A RUSIA después de haber atravesado la España jesuítica de Gil Robles, la Francia de los decretos-leyes, el vasto campo de concentración de la Alemania, la Polonia torturada y mártir, le invade de pronto –como si bruscamente le cambiaran el paisaje– la impresión de vivir en otro mundo, de respirar en otro ambiente, de pisar sobre otra tierra. Dijérase, en efecto, que se hubiera escapado de su tiempo y que por virtud de una de esas fantasías tan gratas al capricho de Wells, le fuera dado adelantarse a su hora, aproximarse al futuro, empinarse sobre los siglos que vendrán.

        Ha dejado a sus espaldas una sociedad que se desangra en la miseria y el oprobio, una sociedad en que los desocupados se cuentan por millones1, en que la inteligencia enmudece y la cultura se humilla, en que se detienen las ciencias como no sean las que sirven a la guerra, en que se niegan y escarnecen aquellos mismos “derechos del hombre” que hace poco más de un siglo la burguesía prometió para todos, y en que ha llegado a tal punto la conciencia de su propia ignominia que no ha vacilado en confesar por boca de un ex presidente del Consejo de ministros de Francia que en el momento actual es imprescindible “encadenar de nuevo a Prometeo”2.

        Tiene, en cambio, a su frente, y tan pronto atraviesa el arco de Negoroloiev –sobrio arco de triunfo que lleva en letras de hierro las palabras memorables que invitan a la unión de los obreros del mundo–, una sociedad que no solo ha resuelto todos los problemas de la desocupación y de la crisis, sino que al poner al servicio de cada uno de los tesoros de la cultura y de la técnica reservados hasta ahora a una exigua minoría, ha abierto para el progreso humano horizontes tan vastos como hasta hoy no era dado sospechar. La utopía enorme, que parecía destinada a flotar entre las nubes, tiene ya en los hechos su confirmación terminante: con excepción de un cuatro por ciento que aún persiste bajo forma de islotes sin importancia, ya no hay en Rusia propiedad privada sobre los instrumentos de producción3. El mismo día en que llegué a Moscú me fue dado comprobarlo de manera por completo inesperada. Se representaba en el Palacio de la Cultura las Almas muertas de Gogol. En el hall, un museo de trajes, instrumentos y muebles trataba de reconstruir de manera adecuada la atmósfera de la comedia. Con ayuda de fotografías y estadísticas un hombre joven explicaba en los entreactos –como es costumbre en todos los teatros de la Rusia Nueva– el carácter de la pieza, el significado de los personajes, el valor estético de la realización. Muchachos y muchachas formaban la totalidad de su auditorio: es decir, las generaciones más nuevas, las más limpias, las que nada o casi nada conservan del pasado. Cuando yo me acerqué, el orador les explicaba que “en otro tiempo”, un puñado de hombres se repartían de todos e imponían a los paisanos la misma vida de las bestias. Con un nudo en la garganta le escuchaba yo. ¡”En otro tiempo”, venturosos muchachos! ¿De qué tiempo sería yo; yo que venía de un país en que unas cuantas familias disfrutan de extensiones tan enormes que podrían sustentar a un pueblo entero?4 ¿De qué tiempo sería yo, sino de un pasado remotísimo, muerto ya para siempre desde 1917, aunque se empecine todavía en conducir al mundo con su mano descarnada de cadáver?

        De tiempos muy distintos son, sin duda, estos hombres y mujeres, que en las fábricas y en las granjas, en los laboratorios y en las escuelas, solo piensan en construir, en crear, en superar lo existente. Construir: he ahí en efecto el verbo de la Rusia Nueva; construir en las técnicas, construir en la cultura, construir en el alma.

        Para esta sociedad en que el trabajo ha dejado de ser un tormento5, han retrocedido los límites de lo imposible. En las estepas, en las montañas, en los desiertos, en los pantanos, en los torrentes, surgen como por ensalmo las maravillas del hombre. Aldehuelas perdidas, villorrios hasta ayer desconocidos, adquieren de pronto repercusión universal. Pocos, muy pocos, ni en el mismo Ural, sabían dónde estaba la montaña Magnitaya. ¿Quién no conoce hoy Magnitogorsk, una de las más grandes empresas siderúrgicas del mundo?

        Escasos ancianos de Moscú se acuerdan todavía del pantano de Sukin, una de las ofensas del zarismo. ¿Quién no sabe hoy que sobre el viejo pantano la Revolución ha instalado orgullosa una de las más formidables empresas del viejo y del nuevo continente?

        Hace trece años, la estación Hidrocentral de Voljov parecía la realización del más desmesurado de los sueños. ¡Qué poca cosa resulta hoy junto a las maravillas de la estación del Dnieper! ¡Pero qué poca cosa parecerán muy pronto las maravillas del Dnieper frente a la estación de Kamichin que se está construyendo!

        Con semejante entusiasmo, ¿qué problema no podrá ser resuelto? “No podemos”, “no sabemos”, “son expresiones que nosotros ignoramos”, ha dicho Bujarin no hace mucho6. Y toda la vida actual, ahí está para probarlo. A comienzos del año pasado el consumo de agua por habitante no podía ser en Moscú mucho más de ciento cincuenta litros diarios; cantidad insuficiente a todas luces si se piensa que en París, por ejemplo, el consumo es tres veces mayor. Pero lo duro, lo difícil era que del río Moscova y sus afluentes ya no se podía obtener más. Solo un camino quedaba: obligar al Volga a remontar su curso, desviando hacia Moscú una parte de sus aguas. Y ese proyecto, que pertenece a una nueva variedad de lo maravilloso –proyecto absurdo según se decía, porque no se ha visto jamás que un río remonte el curso de sus aguas– no solo está ya casi concluido7, no solo asegurará en breve seiscientos litros diarios a cada habitante de Moscú, sino que convertirá a la ciudad hasta ayer mediterránea en un puerto poderoso a donde podrán llegar vapores de veinte mil toneladas…8

        El nuevo ritmo de la vida ha incorporado a su marcha tribus que hasta ayer no tenían alfabeto; poblaciones que hasta ayer no sabían qué es el rayo. Sajalin era antes de la Revolución la más terrible de las colonias penales del zarismo. Isla del Lejano Oriente, poblada por miserables nacionalidades de pescadores –los orochi y los nentsi que el despotismo casi había exterminado–, Sajalin no solo no conserva el más mínimo rastro del viejo presidio y de la indigna miseria, sino que se ha convertido ahora, por obra y gracia del poder obrero, en una comarca poderosa que contribuye a construir el socialismo con su carbón, su petróleo y sus bosques. En vez del Sajalin de los condenados, el Sajalin de los constructores: ¿no es acaso el indicio y el símbolo de la nueva vida?

        El hombre, como factor consciente de la evolución; el hombre, transformando a la naturaleza y a la sociedad de acuerdo a un plan minuciosamente elaborado; el hombre que ha dejado de ser el esclavo sumiso o desesperanzado para convertirse en el dueño completo de sus fuerzas: ése es el hombre soviético que introduce su voluntad en lo que parecía inaccesible, el hombre soviético que invierte el curso de los ríos, renueva el alma de las viejas tribus, transforma a su antojo la flora y fauna. Por medio de su sistema de hibridación, el botánico Mitchurin ¿no ha creado centenares de especies nuevas? Zavadovski y sus colaboradores ¿no dirigen ya el ciclo sexual de los ganados? Sometiendo a las semillas a temperaturas adecuadas, el académico Lysenko, ¿no h transformado el “trigo de invierno” en “trigo de verano”? ¿Qué valor pueden conservar las viejas nociones de biología, etnografía o geografía física frente a estos hombres que se saben capaces de cultivar en las zonas casi polares de la Siberia las mismas especies vegetales que solo creíamos posibles en las tibias regiones del Mediodía?

***

        ¿Qué es lo que explica semejante ardor, tan extraordinaria capacidad de trabajo, tan increíble desborde de poderío humano? Frente a cualquiera de las grandes obras rusas, los técnicos extranjeros que todavía trabajan bajo los Soviets han dicho alguna vez: antes de que esta fábrica comience a producir se necesitarán largos años. Pero Moscú ha contestado al mismo tiempo: “nosotros no podemos esperar largos años; la fábrica debe empezar a trabajar en cortos meses”. Los técnicos extranjeros sonreían; pero cada mañana no podían creer lo que miraban: la fábrica crecía a estirones como los adolescentes. ¡Qué iban a comprender los extranjeros! Ellos venían de países en que el trabajo del obrero es la esclavitud que solo sirve para asegurar el ocio de unos pocos. Esquilmado por una sociedad que llama “interés público” al interés de los enemigos de su clase, ¿cómo ese obrero va a mirar con buenos ojos a los instrumentos y al ambiente de su propia explotación? Pensando en el obrero del capitalismo calculaban los técnicos de la burguesía, y por eso cada día fracasaban sus cálculos frente al obrero socialista que se los desbarataba9.

        ¿Qué técnico burgués pudo prever, por ejemplo, el final inesperado de la construcción del subterráneo de Moscú, espectáculo magnifico que guardo en mi recuerdo como a una de las cosas más emocionantes que yo he visto? El subterráneo de Moscú ha sido construido en un tiempo extraordinariamente inferior al calculado porque siete mil muchachos y muchachas de las juventudes leninistas dejaron por un tiempo los libros y las aulas; formaron sus brigadas de trabajo y bajaron a ayudar a los obreros. Desde las tareas de la excavación hasta el adorno de los mármoles, en todo pusieron mano los muchachos, y cuando las obras terminaron, volvieron otra vez a las aulas y los cursos, orgullosos de haber contribuido en su medida a construir la patria que es de todos. Y ese es el secreto del desarrollo prodigioso: la Nueva Rusia es una enorme usina en que todos colaboran porque acrecientan así una riqueza que es común. Y porque es común, los hombres trabajan más y más ligero de lo que pueden trabajar los hombres10. En las granjas y en las fábricas, en las escuelas y en los clubes, en los laboratorios y en los archivos, cualquiera conoce a maravilla cómo va avanzando el Plan en los diversos frentes; y hasta en la colonia Bolchevo, reformatorio de muchachos delincuentes, me encontré una tarde sobre los bancos de trabajo y según los méritos de cada cual, la banderita roja del Plan que se cumple o la banderita negra del Plan en retraso.

        En manos de la burguesía la cultura y la técnica prometieron convertirse en instrumentos poderosos de liberación del hombre. Pero el terror al poderío creciente de las masas llevó a la burguesía a renegar de esa ciencia y a arrojarse en el seno de las supersticiones religiosas. En manos del proletariado, en cambio, la cultura no tiene secretos que esconder ni conquistar que renegar. Ha abierto para todos las puertas de sus institutos y ha demostrado con el prodigioso empuje de su joven cultura que solo las masas son capaces de dar al hombre la totalidad de sus dimensiones. El mismo obrero que trabaja por la mañana en la granja o las usinas, asiste por la tarde al club o los museos, frecuenta por la noche el teatro o los conciertos. Ediciones fabulosas de los mejores libros publicados dentro y fuera del país se agotan en pocos días y mientras en el resto del mundo se acumulan los obstáculos para impedir a las masas el ingreso a las escuelas, la Nueva Rusia desparrama a manos llenas el tesoro de la cultura, alienta la más mínima inquietud renovadora. Jamás un trabajador científico ha encontrado en parte alguna un ambiente más adecuado, condiciones más propicias. Jamás un escritor o un artista, en ningún país de la tierra, ha tenido a su lado un público más alerta y comprensivo. Al arrancar a la cultura de su soledad desdeñosa, el arte y la ciencia se han transformado de inmediato en funciones sociales de una importancia primordial: la ciencia porque transforma el hombre al transformar el mundo; el arte porque le enseña a comprenderse a sí mismo11.

        La economía capitalista desgarra al individuo, y lo mutila y lo fragmenta en especialidades unilaterales. La victoria del proletariado, al arrancar al hombre de la especialidad que lo convierte en un muñón, lo integra en la vida de la comunidad, le asigna junto a su tarea concreta una orientación universal. Los trabajadores científicos han reconocido que lejos de morirse la llamada “ciencia pura” en el ambiente febril del socialismo, adquiere por el contrario un desenvolvimiento incalculable tan pronto se coloca una correa de transmisión entre las exigencias vitales de la obra colectiva y la investigación hasta ayer solitaria de los laboratorios. Los problemas urgentes de la hora vienen de tal modo a golpear sus puertas, y por encontrar solución a esas preguntas trabajan los institutos con una rapidez que nunca habían tenido; en medio de una solicitud que nunca habían sospechado. Así también, el díscolo impertinente que hay en el fondo de todos los artistas educados en ambientes de la burguesía, ha debido reconocer que si la victoria del proletariado representa el final del individualismo como principio que divide a los hombres y se opone a su mutua comprensión, es asimismo el comienzo de las personalidades amplias, de las individualidades que se diferencian pero no se oponen. Entre las masas rebañegas de los mujiks antiguos y los actuales trabajadores de choque de un koljós12; entre el pobre fanático de los antiguos regimientos y el combatiente magnífico del Ejército Rojo13; entre el obrero gris de las fábricas de antes, y el técnico de hoy que trepa a saltos los cursos de las facultades14; entre la desdichada mujer que el zarismo envilecía, hija de esclava y madre de esclavas, y la consciente constructora de hoy, para quien están abiertas de par en par las mismas puertas hasta ayer solo franqueables para el hombre15, ¿no abundan a millares los testimonios que nos permiten concluir que nunca se han dado condiciones tan favorables para la “vegetación humana”, circunstancias tan completas para el desarrollo armonioso de la vida?

        Como algunos hombres de ciencia en los primeros tiempos de la Revolución, muchos fueron los artistas que creyeron también que el arte se moriría en el estruendo de los motores y los martillos, entre las luces violentas y el aire agitado de la Revolución Rusa. Pocos días después de escuchar en París a Paul Valéry pronosticar la muerte de la poesía, y a Lenormand el crepúsculo del teatro, me fue dado comprobar en la URSS que no hay una fábrica sin un círculo de arte; círculo en que no solo se comentan y discuten las mejores producciones, sino en que se crean también las condiciones más propicias para que el proletariado extraiga de sus filas a sus propios escritores16. Jamás comprendí como entonces la falsedad del verso del poeta alemán: “debe primero morir en la vida lo que habrá más tarde de florecer en cantos”. Bien sé que hay un arte tan frágil y encogido que se desmaya en cuanto entra en contacto con la vida. Es el arte de las clases sociales que agonizan; el arte obscuro y hermético, rebuscado y exangüe. Pero hay otro arte que florece con la vida que canta: el arte del proletariado victorioso que ya está expresando al hombre nuevo. No sin sorpresa lo pudieron comprobar los corresponsales de los diarios extranjeros cuando acompañaron en su gira al poeta Besymenski. Poeta de las grandes masas, sus poemas y sus epigramas han llegado tan adentro en el corazón de los obreros que cuando realiza su viaje habitual por las usinas, los trabajadores de los pueblos más lejanos ponen a su paso por las calles, en grandes carteles que ellos mismos decoran, las estrofas más significativas del poeta. Y si a los técnicos extranjeros les parecía inexplicable por qué trabajan febrilmente los obreros de Rusia, tampoco pudieron comprender los periodistas extranjeros este espectáculo para ellos increíble: la Rusia de las usinas y de los altos hornos, la Rusia de las hidrocentrales y de los tractores, reverencia de tal modo a sus poetas que los tranvías y los automóviles desfilaban en las calles bajo banderolas recubiertas de versos.

***

        En una página hermosa de su Anti-Dühring vaticinaba Engels que el proletariado pondría fin a la prehistoria humana e inauguraría la verdadera historia17. Para él, el descubrimiento del fuego mediante el frotamiento había emancipado al hombre de sus antepasados animales, como la transformación del calor en movimiento le había dado con la máquina la posibilidad de una nueva emancipación. Entre esos dos descubrimientos prodigiosos –el que le apartó del simio, el que le dio después la premisa necesaria para dejar de ser esclavo– habrían transcurrido, según Engels, todos los siglos de nuestra prehistoria: prehistoria sí, porque a pesar de su momentos de extraordinario esplendor, el hombre no era todavía el dueño consciente de las fuerzas sociales. La producción social, en efecto, seguía obedeciendo a leyes que él no comprendía, y que lo dominaban por lo tanto como poderes extraños. Al socializar, en cambio, los instrumentos de producción, y al derribar para siempre las barreras que se oponían al libre desarrollo de las fuerzas sociales, el proletariado por vez primera en el mundo comienza a trazar la historia del hombre con plena conciencia de lo que quiere y de lo que hace. El desorden fantástico de la sociedad burguesa deja el puesto a la organización proletaria sometida a un plan. Ajusta el hombre, desde entonces su propia vida, y entra triunfante como señor auténtico de la naturaleza y de la economía. Todo lo que hasta ahora le dominaba y oprimía pasa a ponerse a su servicio, y por primera vez, también, adquieren validez universal los grandes valores que hasta entonces solo enmascaraban los intereses de las clases dominantes.

        En una sociedad dividida en clases, el “interés común”, las “exigencias colectivas”, la “moral social” o la “justicia humana” son mentiras inicuas, ideales mentidos que no han coincidido jamás con los intereses verdaderos de todos los hombres. Expresión del dominio de una clase, la “cultura”, la “moral”, la “sabiduría”, nunca ha  sido hasta hoy valores absolutos “atemporales”, “visibles tan solo para los ojos del Espíritu”; las pretendidas “instancias incondicionadas y absolutas” –sobre las que tanto gustan de ahuecar la voz los pintorescos petimetres de nuestra filosofía oficial– no han tenido nunca, desde Platón hasta Max Scheler, otra estabilidad que la del poder de la clase dominante. Esa es la verdad concreta, la verdad histórica: la que se ha ido gestando en las luchas de la vida social, y la que esas mismas luchas de la vida social modifican y reforman. Todos los llamados “valores absolutos” se han resuelto siempre en el más descarriado relativismo de clase. Se han resuelto, he dicho; pero no se resolverán. El mismo proceso histórico que nos impuso la sociedad dividida en clases como un hecho necesario, la está barriendo ahora al poner en los puños del proletariado el control de las fuerzas productivas. La existencia de una clase dominante, ineludible en los tiempos en que la división del trabajo se realizaba sobre la base de instrumentos de rendimiento reducido, resulta hoy no solo un anacronismo, sino también un obstáculo que la misma marcha de la historia impone el deber de derribar. Salta hoy, en efecto, a los ojos del menos avisado, la incapacidad patente de la burguesía para conducir la historia. En vísperas de la revolución del 48, el Manifiesto Comunista anunciaba ya su fracaso irremediable. “La sociedad no puede seguir viviendo –decía– bajo el imperio de esa clase; la vida de la burguesía se ha hecho incompatible con la vida de la sociedad.”18

        Pero en el mismo instante en que la tragedia de esa clase se anunciaba, otra clase surgía –abastecida de experiencia por la lucha de siglos– para tomar sobre sus hombros la pesada herencia. Sobre la sexta parte del mundo sabemos ya lo que ha hecho; sobre el resto del mundo no tardaremos en ver lo que hará. Para su gloria le ha tocado la misión heroica de liberar al hombre, y de inaugurar de verdad el humanismo pleno. En extensión y en profundidad, ella es la única que puede invocar sin mentira a los “valores absolutos”, porque ella es la única que tiene derecho a hablar “sub specie generis humani”. Cuando ella dice del hombre, es del Hombre en su totalidad a lo que alude19; del Hombre que no necesita para vivir el sufrimiento de un “monstruo con muchos pies y sin cabeza”.

        En el momento más impetuoso de la ascensión del capitalismo alemán, su filósofo representativo hizo descender a Zaratustra de la montaña para traer a la humanidad la buena nueva del “superhombre”. Sabemos hoy, demasiado bien, la trágica realidad que anticipaban aquellos sueños en apariencia tan grandiosos. Su mismo profeta no tuvo que esperar a la reacción sanguinaria de su patria de hoy para anunciarnos que odiaba por encima de todo a esa canalla socialista –eran sus palabras– que, convertida en apóstol de la plebe, “destruyen la satisfacción del obrero en su pequeña existencia”, y le enseñan la envidia y la venganza20. A través de los siglos, la “humanidad”, según vemos, no ha variado gran cosa para la burguesía: cuando el Renacimiento nos hablaba del “hombre” o cuando en su etapa imperialista anunciaba el “superhombre”, siempre necesitó como condición ineludible volverse iracunda contra las masas obreras.

        El proletariado, en cambio, no disimula con palabras enormes promesas absurdas que no puede cumplir. Sabe que el superhombre es innecesario porque el hombre todavía no se ha realizado. Ayudarlo a nacer es su destino21, y para ello no ha recurrido jamás al verbo apocalíptico de ningún Zaratustra con la serpiente y el águila: le ha bastado entrecruzar el martillo y la hoz para que el dedo de la historia señalara en ese símbolo, la humilde grandeza del Hombre.

***

        Señoras, señores: Al final de este curso, que ha encontrado una resonancia cordial que yo no preveía, permítanme ustedes despedirme con esta impresión de exultante optimismo. Bien triste cosa es el mundo de hoy para quien no sepa contemplarlo en una amplia perspectiva. Fascismo, terror, guerra inminente, no son sin duda para alentar a nadie. Bajo su influencia inmediata, se desesperan unos en la angustia, buscan otros en el pasado la solución. Cuando se examina, sin embargo, el abigarrado espectáculo de hoy con los claros ojos del que ha aprendido a descubrir en las luchas de clases el motor de la historia, todo adquiere de pronoto una ordenación precisa, todo asume de inmediato una significación que lo ilumina. Se impone entonces como una verdad de evidencia, la certidumbre de que vivimos sobre el filo que separa dos edades: una, la prehistoria de que hablaba Engels; otra, la historia que para Rusia ha comenzado ya. Conmovedor instante de la vida del mundo en que sabemos por fin a donde vamos; dichoso instante que justifica en nosotros una exaltación jubilosa y que nos trae también casi sin quererlo, para confrontarlo y superarlo, el recuerdo de otro instante parecido en que resonó sobre la tierra un grito nunca oído de alborozada confianza.

        En las páginas modestas del libro de memorias de un obscuro comerciante de Florencia, Giovanni Rucellai, el Renacimiento nos ha dejado con el orgullo de la burguesía naciente, toda la satisfacción de la nueva clase que se echaba a caminar. De la historia de ese mercader muy poco o casi nada ha llegado hasta nosotros. Pero quizá por lo mismo tiene su testimonio un alcance extraordinario, nos conmueve su voz con máxima elocuencia. Una mañana, tal vez, en que Rucellai se detuvo más allá de lo habitual a contemplar desde la altura de Vallombroso la silueta casi perdida de su ciudad nativa con sus puertas guerreras, sus flechas y sus domos; o una tarde quizás entre el pueblo de estatuas de la plaza de la Signoria, mientras el sol poniente pintaba de azafrán las murallas del Palazzo, el obscuro mercader sintió hasta tal punto la alegría de vivir que no pudo menos que volcar en su libro de memorias esta prodigiosa acción de gracias que nunca es posible leer sin emoción: “Gracias te sean dadas, Dios mío, por haberme hecho nacer en esta ciudad y en este tiempo.”22 El grito de júbilo no correspondía a un momento pasajero ni a una embriaguez individual: casi con idénticas palabras resuena en Mateo Palmieri23, su compatriota; y lo recoge en Alemania, casi un siglo después, Ulderico de Hutten: O soeculum! O litterae! Juvat vivere!24

        Dicha de vivir acompañaba a la burguesía en los tiempos heroicos de su ascensión triunfal. Por boca de sus humanistas y sus mercaderes le hemos oído lanzar a todos los vientos su confianza en la vida, su promesa segura en la realización de los valores humanos. De sobra sabemos, sin embargo, que todo aquello pasó muy pronto, y que aun en el instante más alto de la curva solo alcanzó a conmover las fibras de un puñado de hombres ricos que nunca pensó en compartir con el popolo minuto su alegría de vivir.

        Más felices que el mercader obscuro de Florencia, somos nosotros los contemporáneos del Renacimiento verdadero; y si en aquel instante pudo Rucellai expresar su regocijo frente al esplendor perecedero que comunicó a su Florencia la liberación de una exigua minoría, ¿cómo no vamos a poder nosotros, ante el espectáculo prodigioso de millones de seres liberados, y de otros millones resueltos ya a liberarse, salir al encuentro de la Historia para decir tan alto como la voz lo permita que estamos viviendo con lucidez absoluta este momento, el más dramático de la vida del hombre, y que tan seguros nos sentimos del porvenir inevitable –cualquiera sea la suerte personal que el destino nos reserve– que ya podemos desatar al viento la infinita alegría de vivir ahora?
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(*) Capítulo VII del libro Humanismo burgués y humanismo proletario, Aníbal Ponce. Editorial Cartago, Buenos Aires, 1975.
(1) 22 millones a principios de 1935.
(2) Al inaugurar la escuela de Bornmouth, el arzobispo de York se declaró también enemigo resuelto de las invenciones. “Si estuviera en mis manos –dijo– destruir el motor de explosión, de buenas ganas lo haría.” Ver: Gorki, “À propos de la culture”, en: La Littérature Internationale, Moscú, núm. 8, 1935.
(3) En 1925, la economía socialista representaba el 48,8% de la producción; el sector capitalista, el 6,5%; la pequeña economía privada, el 44,7%. En 1934, los mismos sectores estaban representados por 95,81%; 0,08%; 4,10%. Es decir, que en el momento actual el 96% de los fondos de producción pertenecen al Estado, a los koljoses y a la cooperación. Ver: Molotov, La sociedad socialista y la democracia soviética, Ediciones Europa-América, Barcelona, 1935, pp. 107-108, sin nombre de traductor.
(4) En la provincia de Buenos Aires (Argentina), cincuenta familias poseen en conjunto 4.663.575 hectáreas.
(5) La palabra “trabajo” se deriva de “tripalium”, instrumento de tortura formado de tres piezas. En un principio, trabajar significaba atormentar.
(6) Boukarine, “La crise de la culture capitaliste et les problemae de la culture en URSS”, en: La Littérature Internationale, Moscú, núm. 4, 1935, p. 84.
(7) Kogan y saslavski, “Le canal Moskova-Volga”, en: Le Journal de Moscou, octubre 18 de 1935.
(8) Para tener una idea aproximada de lo que será Moscú en breve plazo, veáse: “Le plus grand Moscou”, en Le Journal de Moscou, 20 de julio de 1935.
(9) “De una maldición que era bajo el capitalismo, el trabajo se ha convertido en el país socialista en una causa de honor, de valentía y de heroísmo.” Manuilski, Engels en la lucha por el marxismo revolucionario, Ediciones Sociales Internacionales, Barcelona, 1935, p. 10.
(10) El minero Alexis Stajanov, uno de los hombres más populares de la URSS, ha dado nombre a un movimiento espontáneo de organización del trabajo. Gracias a su entusiasmo y a su iniciativa consiguió en una ocasión extraer 102 toneladas de carbón en las seis horas que dura la jornada de trabajo, superando más de diez veces el rendimiento medio de los obreros de la mina. Desde entonces se llama “stajanovista” a todo obrero manual o intelectual que trabaje con la eficiencia de Stajanov.
(11) “Rechazamos un arte y una literatura que se proponen distraer a los hombres de las preocupaciones de la vida. Nuestra literatura y nuestro arte son una potente fuerza de organización. Los artistas soviéticos que nos dan imágenes vigorosas en los libros y en los lienzos, en la escena y en la pantalla, refuerzan la moral de millones de ciudadanos soviéticos sobre el plano emocional. Con ejemplos vivientes enseñan a vencer las supervivencias burguesas; comunican a los hombres el amor del trabajo y del heroísmo, los impulsan a nuevas conquistas en la ciencia, el arte y la cultura socialista.” Alexandré Deustch, “Les artistas et les écrivains au pays des Soviets”, en: Le Journal de Moscou, 1° de octubre de 1935.
(12) Ver: León Moussinac, Je reviens d’Ukraine, Editions Sociales Internationales, París, 1933.
(13) Lipman, Diario de un soldado rojo, edic. Europa-América, Barcelona, 1935, sin nombre de traductor.
(14) Los hombres de Stalingrado, edic. Europa-América, Barcelona, 1935.
(15) Niourina, Femmes Soviétiques, ed. cit. En igual sentido: Conus, La mujer y el niño en la Unión Soviética, edit. Cenit, Madrid, 1934, sin nombre de traductor.
(16) La resolución del XIII Congreso del Partido Comunista de la URSS decía en su artículo primero: “La labor fundamental del partido en la esfera de la literatura artística debe orientarse en el sentido de la obra creadora de los obreros y campesinos, convertidos en escritores en el proceso de avance cultural de las masas populares y de la Unión Soviética. Los «corresponsales» obreros y campesinos deben ser considerados como las reservas, de las cuales saldrán los nuevos escritores.” Ver: Polonski, La literautura rusa en la época revolucionaria, ed. cit., p. 267.
(17) Engels, Anti-Dühring, ed. cit., p. 114 y ss.
(18) Marx y Engels, Manifiesto Comunista, trad. De W. Roces, edit. Cenit, Madrid, 1932, p. 72.
(19) “El cuarto estado, cuyo corazón no contiene el menor germen de privilegio, se confunde por lo mismo con toda la humanidad; su causa es la causa de toda la humanidad, su libertad es la libertad humana, su reino es el reino de todos.” F. Lassalle, Discours et Pamphlets, trad. De Dave y Remy, edit. Giard, París, 1903, p. 138.
(20) Abrevio así el pensamiento de Nietzche, Obras completas, trad. Ovejero, edit. Aguilar, Madrid, 1932, t. VIII, p. 48.
(21) Nietzsche creía, además, que en la sociedad de tipo socialista “la vida sería negada y sus raíces cortadas”… Idem, p. 76.
(22) Woodward, La pedagogía del Rinascimiento, trad. de Codiugnola y Lazzari, edit. Vallecchi, Firenze, 1923, p. 78.
(23) Monnier, Il quattrocentro, ed. cit., t. II, p. 52.
(24) S. Zweig, Erasme, ed. cit., pp. 127 y 183.

domingo, 1 de abril de 2018

Literatura


Confesiones de Tamara Fiol ¿un novelón indigesto?

(Décimo octava Parte)

Julio Carmona

        3.3.3 No toda oposición contradictoria es dialéctico-marxista

        Cuando MG polariza el quehacer literario (ya lo hemos visto) en La generación del 50 lo hace entre dos tendencias, la sociologista y la formalista, pero reduce la primera a solo el plano del contenido, y dice que los «sociologistas [están], más atentos a la génesis y contenido de las obras, como [los] formalistas, interesados en los sistemas literarios» (p. 33).Y esta idea la repite en la p. 35:

En las décadas del sesenta y setenta se imponen diversos formalismos, pero a la vez, en oposición, surgen corrientes ligadas al marxismo y la sociología de la literatura (aunque se trate de un marxismo académico de filiación socialdemócrata) que privilegia [sic: no se pierda de vista que está hablando de “corrientes” que —obviamente— privilegian, y no “privilegia”] el contenido de las obras y las condiciones de su producción y consumo.

        Y, cotejando ambas citas, se ve que a las corrientes sociologistas o marxistas les reduce su ámbito de acción a la ‘génesis o producción y contenido de las obras’, mientras que a las formalistas les reserva una dimensión más amplia: «los sistemas literarios», como si el contenido y la producción y génesis no fueran también parte de un sistema, máxime si está citando a Lukács, de quien (sin ser el más idóneo representante de la estética marxista) dice «vincula orgánicamente (…) la producción literaria a los procesos más amplios de carácter económico-social» (p. 33), lo cual, pues, da por resultado la formulación de un sistema literario más vasto que el inmanente sistema literario formalista. Sistema literario —dígase de paso— íntimamente ligado al tópico del esteticismo y el hedonismo. Y aunque sea un tópico que aparece matizado con otras formulaciones, siempre está presente en las últimas propuestas de MG, confrontado inclusive con la propuesta realista (que —sin dudas— también lucha por producir buena literatura). Y por eso decimos que el tratamiento de la contradicción por parte de MG no es dialéctico, porque este método enseña que una vez identificada la contradicción antagónica principal (en este caso, la corriente formalista), la otra contradicción (la corriente realista) pasa a ser una contradicción no antagónica; sin embargo, MG ha actuado en sentido inverso. Él ha dejado de actuar como realista y proyecta su actuación en el sentido formalista. Veamos un ejemplo:

… he morigerado en algo el tono confrontacional de mis exposiciones, he cuidado en matizar más mis planteamientos, he conferido más peso a la línea del placer que toda obra válida suscita… (El pacto con el diablo, p. 16).

        Y se impone una pregunta: ¿quién decide la validez de una obra?, ¿el especialista, el crítico, el autor, el lector común? Si se admitiera la existencia de un criterio universal y único para hacer ese zanjamiento, entonces se estaría reconociendo la existencia de un «valor eterno, suprarreal, un absoluto ideal», es decir, un fundamentalismo metafísico que el MG de los años ochenta rechazaba al cuestionar el imaginario formalista, cuya conformación se reduciría «a una élite, a un conjunto selecto de personalidades tocadas por el fuego del espíritu y, por tanto, encarnaciones de la Idea, o del Bien, la Belleza y la Verdad» (La generación…, p. 36). Sin embargo, hoy por hoy, en esa progresión se inscribe la siguiente conclusión de MG respecto de la realización de un personaje de José María Arguedas:

Muchos años después, tomando a Alencastre como modelo, Arguedas concibió al personaje don Bruno de su novela Todas las sangres, personaje que no me resultó del todo convincente, deficiencia que atribuí a problemas de orden artístico en su plasmación literaria, pues me parecía que la mentalidad y tormentos de don Bruno iba (sic) más allá de las posibilidades humanas de un misti de nuestras serranías. (Los Andes…, 14).

        La opinión de MG es, a su vez, opinable, discutible, controvertible, problemática: Si el modelo —real— también era ‘un misti de nuestras serranías’, ¿por qué «su reflejo», que también representa a un misti de las mismas serranías, vería disminuidas sus «posibilidades humanas»? Y esa opinión de MG es, además, impugnable, porque parte de la preexistencia de un valor artístico único, porque cree en un absoluto estético o artístico, a pesar de que ahí no está aplicando una incisión «de orden técnico/artístico», sino basándose en una observación impresionista relacionada con el contenido de «mentalidad, tormentos y posibilidades humanas», en flagrante contradicción con su propia propuesta. Ilustremos lo afirmado. En la penúltima página del ensayo Los Andes… (p. 113), dice:

…la narrativa que tiene como escenario los Andes no ha perdido vigencia y todavía tiene mucho camino por donde transitar. No me cabe la menor duda que la (sic) tendrá, pero con la condición de que se integre a la tradición de la novela moderna mundial200 y abandone cierta ideología metafísica en el sentido que “la esencia de lo peruano” lo (sic) constituyen las sociedades andinas.

        En principio y continuando con las cisuras previas para determinar errores, tomemos el que se desprende de la siguiente frase: «No me cabe la menor duda que la tendrá». He ahí otra anfibología —a las que MG ya nos tiene acostumbrados. El verbo «tener» está relacionado con el «camino por transitar», y, de ser así, ha debido decir: ‘No me cabe la menor duda que lo tendrá’; pero también puede ser que haya querido referirse a la ‘vigencia no perdida’, en cuyo caso debió decir: ‘No me cabe la menor duda que no la perderá’. Y el mismo error se constata al final de la cita; ahí debió decir: ‘la esencia de lo peruano la constituyen las sociedades andinas’, con mayor razón si la expresión «la esencia de lo peruano» va encerrada entre comillas.

        Y, por otro lado, aquello de «la tradición de la novela moderna mundial» no deja de emanar el tufillo de «cierta ideología metafísica», pues debe precisarse que se está hablando de la ‘tradición de la novela burguesa mundial’, porque la modernidad occidental está fatalmente unida a la burguesía, y es a esa ‘modernidad occidental’ que se está refiriendo MG, pues en la presentación del libro ha dicho: «“Mis clásicos” los he circunscrito al área de Occidente del cual (sic), de una u otra manera, forma parte Latinoamérica.» (El signo ‘sic’ destaca que se está refiriendo “al área”, por lo tanto, ha debido decir: ‘de la cual’). Y, realmente, no tiene por qué ser esa la única ‘novela mundial’ o, mejor, no debe ser la única. Además, esa imagen de una «tradición mundial» única, encaja con otros planteamientos absolutistas del mismo autor. Siempre en Los Andes… dice estar dirigiéndose a «un público no especializado de todas las capas sociales». Pero digamos en principio que, en tanto el espíritu que anima al mensaje ofrecido «no tiene un carácter académico ni erudito, sino hedonístico, personal y desacralizado», debe concluirse que con esta última expresión, «desacralizado» MG está tomando distancia del marxismo, pues desde esta posición no es lo más pertinente hablar de «capas» sino de clases sociales. ¡Qué diferencia con lo que decía en los años ochenta!: «Mi agradecimiento también a El Diario (sic) por haberme permitido que una selección de textos en torno a los escritores del 50 llegara a un público más vasto y clasistamente situado201 Y más adelante del mismo libro dirá: «En la medida que el concepto o categoría de Generación soslaye o niegue la categoría de Clase Social y la lucha de clases, cualquier aplicación del método generacional resultará unilateral y mistificador» (p. 35).

        Y, asimismo, por más ecuménico que el emisor pretenda ser, no todos los receptores recibirán su mensaje con la misma desaprensión. Con mayor razón si se ofrece con un carácter especial, personal, hedonista, que no todos tienen porqué compartir; es decir, no todos estarán de acuerdo con el hedonismo, ni todos tienen que coincidir con los gustos personales del emisor. Y muchos se pondrán a la defensiva al buscar explicarse el término ‘desacralizado’, y se preguntarán: ¿qué es aquello que se está desacralizando?, ¿es a la literatura a la que se le está despojando su carácter sacro?, ¿o se alude al abandono de una concepción ideológica preexistente, y que ya no existe más y por eso dice que la ha desacralizado?, sin percatarse que esa desacralización tiene también un cierto tufillo a «ideología metafísica», pues el supuesto vacío ideológico es a su vez una forma de ideologización.


        3.3.4 Dime a quién alabas…

Esto se demuestra con la preferencia por determinados autores y la prescindencia de otros. Lo cual se da incluso cuando critica a los puristas; por ejemplo, en La generación…, para citar unos versos de Rodolfo Hinostroza dice que son manifestación de eso que dio en llamarse «el fin de las ideologías, o como negación de la Historia y oposición a todo tipo de Poder, dicho a veces con incuestionable esplendor verbal» (p. 31). Pero, obviamente el ‘incuestionable esplendor verbal’ no minimiza la aberración ideológica. Albert Camus, a través de uno de sus personajes dice: «En general tengo debilidad por el hablar elegante. Es una debilidad que me reprocho, pues sé bien que el gusto por la ropa fina no impide que se tengan los pies sucios. El estilo, como la popelina, esconde a veces un eczema» (A-1956: 7).

        El hecho mismo de que se ofrezca «la Primera Serie Narrativa como homenaje al primer centenario del nacimiento de Jorge Luis Borges», es significativo o sintomático. Con mayor razón, si en todo el trabajo hay un esfuerzo por demostrar que ese acercamiento crítico o valorativo de «Mis clásicos», se hace con privilegio de lo hedonístico o del esteticismo, con elogios reiterativos a la ‘excelencia formal’; por ejemplo, en la p. 25 de Los Andes… se encuentra uno de los tantos panegíricos que en los últimos años le ha prodigado a Mario Vargas Llosa: «… La utopía arcaica. José María Arguedas y las ficciones del indigenismo, ensayo apasionante, irritante y polémico, de lectura ágil, que demuestra una vez más el gran ensayista que también es VLl». Ditirambos a este autor que tendrán su clímax al anunciarse el otorgamiento del premio Nobel; MG dijo:

Más allá de mis discrepancias ideológico-políticas, siempre en mis escritos consideré a Mario Vargas Llosa el primero entre los novelistas vivos del Perú y como un notable ensayista. Hoy, sin ninguna reserva, lo saludo y le envío mis felicitaciones. Como pocos escritores en el mundo, merece el Premio Nobel por su gran talento, por su excepcional disciplina de trabajo y por la constancia de una obra que ha venido construyendo a lo largo de más de 50 años. Una obra ficcional y ensayística en la que, de acuerdo con sus propios principios, se dan la mano su preocupación por el Perú, por el destino de todos los pueblos del mundo y por el futuro de la humanidad. (¿?)202

        Suena a tautología (y a derramar incienso) eso de insistir en las bondades literarias-formales de un autor. Y esto, en relación con MVLl, es atosigante. Cuánta razón tenía J. C. Mariátegui cuando dijo: «No le hacemos ninguna concesión al criterio generalmente falaz de la tolerancia de las ideas. Para nosotros hay ideas buenas e ideas malas», (y —agregamos nosotros— por más que vengan ocultas en lustrosos envoltorios o en «papel regalo»).

        Por eso no extraña que MG concluya la «Presentación» a Los Andes… señalando que su trabajo «al fin y al cabo constituye un testimonio de simpatías y gratitud por los autores de mis ficciones favoritas, sin las cuales la vida me hubiera resultado de un aburrimiento insoportable.» Expresión esta última casi mimética de esta otra de Mario Vargas Llosa: este dice que la lectura de Víctor Hugo (durante su estancia estudiantil en el colegio militar «Leoncio Prado») «Era un gran refugio (…): la vida espléndida de la ficción daba fuerzas para soportar la vida verdadera. Pero la riqueza de la literatura hacía también que la realidad real se empobreciera.» (2004: 15). Es la ilusión obcecada que el hombre tiene de su propia visión del mundo, de pensar que lo que él conoce del mundo es el mundo, como lo sugiere la parábola de la rana que piensa que el cielo tiene el tamaño de la boca del pozo en que ella se encuentra. Esa ilusión la explicó, magistralmente, Albert Einstein cuando dijo que «Toda nuestra ciencia, comparada con la realidad, es primitiva e infantil... y sin embargo es lo más preciado que tenemos.» Y está bien que nos solacemos en lo que da nuestra «invención», pero no la deifiquemos, no la convirtamos en un fetiche. Es decir: que el arte esté por encima de la vida, ¿puede imaginarse una expresión más metafísica? Obviamente, la mentalidad desacralizada de MG no admite lo contrario: que la vida sea el único «arte interminable» y, por lo tanto, que ella es la única que impide cualquier aburrimiento. El hecho mismo de que la vida permita producir —a partir de ella, y no de ninguna fatamorgana— nuevas ficciones (incluso sin que existan las ficciones que pudieran hacer superar un aburrimiento momentáneo), ya es una demostración incontrovertible de su preeminencia sobre cualquier ficción, porque es de la vida que surge cualquier ficción, y creer, pensar o «inventar» que ocurre lo contrario es un absurdo. Y, por eso, tampoco extraña que en la edición primera de La generación… se destaque la obra de Jorge Eduardo Eielson, un poeta inmerso en las dos primeras posibilidades de manifestarse el «yo»: «el yo cautivo y solipsista» y «el yo en contienda con el mundo». Y habla de él con reverencia, aunque dice —con cierto subyacente pudor— que:

Eielson no es un gran poeta, pero sí, tal vez, el primero entre los excelentes poetas de su generación (p. 84),

        Y en la valoración de la figura y la obra de un poeta vinculado al canon individualista, formalista, esteticista (aunque desde la perspectiva de las ‘dos primeras manifestaciones del yo’ estatuidas por MG) está menguando la imagen y la obra de los poetas de la «tercera manifestación», del «yo en busca de lo comunitario»; porque, si «Eielson no es un gran poeta», pero ‘es el primero’ entre los de su generación, estos resultan rebajados a la mediocridad, aunque —con sibilina contradicción: y ya hemos visto que no por plantear contradicciones se es dialéctico— se diga de ellos que ‘son excelentes’, qué: ¿excelentes mediocres?

        Y en el ámbito contencioso de la lucha de clases, esos compañeros de generación de Eielson son los que deben ser defendidos por un estudioso de la literatura ligado al marxismo, porque son los poetas que no se evaden de la realidad, que no se enemistan con la realidad, sino que reconocen ser sus deudores y se integran a ella para cambiarla comunitariamente. En todo caso, lo que se impone es justipreciar sus logros y proyectar sus alcances con los aportes que el caso amerite. Este era el método adoptado por J. C. Mariátegui cuando constató que en su época «Por cierto relajamiento de la organización industrial, se estaba produciendo casi únicamente una novela de lujo. La novela popular era abandonada a los autores revolucionarios o fabricada con viejos moldes, con gastadas matrices.» Entonces él observó la necesidad de elaborar «una nueva manufactura, que tenga en cuenta la evolución del gusto y las necesidades de los consumidores»203, pero sin prescindir de su esencia popular ni abandonar sus perspectivas ideológicas y estratégicas. Son, pues, los escritores del realismo quienes merecen y deben ser relevados, máxime si se trata de un estudio que ha sido escrito —por propia declaración del autor: «desde la perspectiva de un pensamiento situado» (op. cit., p. 14); es decir, su adhesión debió apostar por ‘la posibilidad del yo en busca de lo comunitario’. Y esto era tanto más urgente si ese «pensamiento situado»:

apuesta por la esperanza de una futura solidaridad humana; en las condiciones concretas que vive nuestro país este pensamiento supone estudiar las producciones espirituales y las formas de conducta de los miembros de la generación del 50 a la luz de los dos hechos esenciales y antagónicos de nuestro tiempo: por un lado, la crisis sin salida en que se debate el viejo orden, y por otro, la perspectiva de un cambio radical abierto por la forma más alta de la lucha popular y que desde hace siete años viene conmoviendo los cimientos de la sociedad peruana (p. 15).204

        Sin embargo, como MG —ya desde la época de La generación…— había asumido la concepción teórica del esteticismo, concepción que preconiza la existencia de una sola literatura, que debe ser juzgada con un solo canon, entonces aplicó ese criterio para valorar a los miembros de dicha generación. He ahí, pues, la tradición occidental y peruana unidas a través no de los productores poéticos (que, como todos los seres humanos en sus relaciones y realizaciones, son contradictorios), sino del «yo» que se objetiviza a través de ellos para ofrecernos la imagen de una realidad derrelicta (para usar un término caro al poeta Juan Ojeda), que sería la versión del poeta «cautivo y solipsista» y «en contienda con el mundo». Pero MG prefiere dar relieve a sus dos primeras propuestas de «división del yo», con detrimento de la tercera (y esto desde antes de su «conversión» esteticista, lo que —en definitiva— demuestra que no existió tal conversión, sino que es la constante de un origen prístino). Veamos

Hay que destacar que la literatura occidental de nuestro tiempo ha logrado crear con deslumbrantes recursos lingüísticos y técnicos una crepuscular mitología de la conciencia infeliz del yo, sea en la cautividad subjetivista o en contienda con el mundo [ergo: ambas se unimisman], en cambio menos memorable (“sic”)205 y/o convincentes (salvo como consolación retórica) son sus logros expresivos en la búsqueda de la integración del yo en lo comunitario (p. 30).

        Destaquemos aquí solo eso de ‘logros menos memorables’. Lógicamente, para los lectores especialistas en literatura (que, por lo común, se ubican en las clases que tienen más acceso a la cultura dominante: burguesía y pequeña burguesía), puede que sean más memorables esos poemas formalistas. Pero no debe olvidarse que también hay lectores de la clase obrera, del campesinado y de la pequeña burguesía que, poseyendo también una selectiva memoria estética, prefieren la tendencia poética relacionada con «la búsqueda de la integración del yo en lo comunitario» y que inclusive ignoran o no dominan los valores de esa «literatura occidental» relevada por MG. Y están en todo el derecho de afirmar que la literatura por ellos celebrada es la memorable. Aquí cabe recordar el aforismo de que ‘en gustos y en colores no pueden imponer nada, por escrito, los autores’. O, a final de cuentas, tan válida es la actitud asumida por MG, como la siguiente de José Carlos Mariátegui: «El artista que en el lenguaje del pueblo escribe un poema de perdurable emoción vale, en todas las literaturas, mil veces más que el que, en lenguaje académico, escribe una acrisolada pieza de antología.»

        3.3.5 La concepción teórico-literaria de MG

        La propuesta de MG obedece a la concepción teórica del formalismo, concepción de origen burgués que está relacionada —de manera subsidiaria— a la clase pequeñoburguesa. Y llega a la conclusión de adosársela a la generación del cincuenta, dice:

en suma es hoy, en su conjunto, la gente que ha accedido al poder espiritual del país y, a excepción de ciertas disidencias y de algunas figuras marginales, han terminado por convertirse, como agentes de la continuidad histórica, en los intelectuales orgánicos de las capas medias (con figuras coherentes, controversiales y aun degradadas) que han hallado cabida en la estructura general del Estado y de sus aparatos de ilusión y coerción de conciencias. («Prólogo» a la primera edición de La generación del 50, p. 19).

        Y, en el fondo, la incisión analítica que MG hace como impronta de la generación del 50 se reducirá al imaginario de la clase media (más propiamente: pequeña burguesía). De manera concluyente, en la p. 37 dice que va a tratar de la referida generación: «la obra, el pensamiento y la trayectoria vital del conjunto de intelectuales y artistas nacidos mayoritariamente en el seno de la mediana y pequeña burguesía», es decir, circunscribe los puntos de vista de dicha generación a los valores, perspectivas y angustias de esa clase social, llegando a la conclusión de que «No es la celebración de la vida el sabor fundamental de esta generación.» (…) «dos grandísimas zorras parecen seducirlos en especial: la soledad y la muerte» (p. 21). Pero obsérvese que habla de la «clase media» como un todo único y sin fisuras. Incluso, de manera un tanto manipuladora, cita a Víctor Mazzi de la siguiente manera:

Aunque por razones sociales, histórico concretas (sic), este tono depresivo persiste aún (sic) en poetas de filiación proletaria: No preguntéis por el amor, el pan o la rosa/ aquí donde nos circunda el fuego de los bárbaros/ y crece la matanza como un desolladero (Mazzi) (p. 22. Negrita del autor).

        Con la frase inicial, seguramente ha querido decir ‘razones histórico-sociales”, si no debió decir: ‘razones sociales, históricas concretas, y, mejor aun: ‘razones sociales e históricas concretas’. En segundo lugar, adviértase que el adverbio «aun» debe escribirse sin tilde, pues no equivale a «todavía», sino a «inclusive» o «hasta». Y, por último, calificamos de manipuladora esta cita206, porque ese «tono depresivo» —denunciado por MG— no es lo conclusivo del poema de Mazzi. Ahí se está tomando solo tres versos que, al ser separados de su contexto, se les está cargando con otro sentido. Esos versos, dentro del poema proletario (no pequeñoburgués) de Mazzi, son la presentación dialéctica del elemento negativo que permite confrontarlo con lo esperanzado del yo plural usado por el poeta —en la continuación del poema—: «Aquí, ay, tan sólo nos basta sentir/ el golpe del frío en las entrañas/ o arder con el bosque de los sueños/ para entender la devastación del hombre», y para —en síntesis dialéctica— concluir con el sentido último, válido, del poema: «No preguntéis por los vivos,/ no preguntéis por los muertos, en tanto no se levanten los puños/ de la cólera y el odio del pueblo»207, es decir, una visión poética enraizada en el pensamiento proletario: «vivimos la prehistoria de la humanidad», la misma que será superada con la conquista de la sociedad comunista, con la que recién empezará la verdadera historia de la humanidad; pero esta no se alcanzará con lamentaciones o hundimientos en el pantano del pesimismo, sino con «la cólera y el odio del pueblo». Es la concepción poético-política vista como la confrontación de un «optimismo del ideal» por un «pesimismo de la realidad», que José Carlos Mariátegui admitió como válida al referirse a esa dicotomía propuesta por José Vasconcelos.

        Y aun cuando MG ha reconocido la existencia de la poesía proletaria, a través de Mazzi (uno de sus altos representantes –esta es opinión nuestra, JC), y a pesar, inclusive, de hacer el mismo reconocimiento de otras voces que apostaban por la visión contraria al pesimismo, la angustia y la desesperanza, es decir la visión del optimismo o la expectación de un mundo mejor, siempre queda la sensación de que se quiere cargar a toda la generación del cincuenta con esa calificación primera (del pesimismo, la angustia y la desesperanza). Es decir, se percibe que es una apreciación inducida por el mismo crítico o analista, pues cuando dice vislumbrar la presencia de su contraria, es para reducir sus alcances. Y en ese sentido una voz emblemática es la de Alejandro Romualdo; pero, a pesar de reconocer que su voz ‘se elevará como crítica y autocrítica de la poesía de su generación’, la descalifica, refiriéndose a ella como una «voz un tanto estentórea» (pp. 22-23). Y, así, dice que Romualdo «… dentro de esta línea postulará una escritura poética al servicio de la instauración del reino de la dicha» (aunque esta incisión no deje de rezumar cierta malicia irónica, y agrega): «o de la persistencia de la rebeldía hasta el advenimiento del reino de la libertad como en el espléndido ‘Canto coral a Túpac Amaru’.» No se pierda de vista este recurso reticente —de uso reiterativo por parte de MG— cuando se refiere a la poesía social de la generación del cincuenta, es decir, que al unísono la pondera con adjetivos positivos (espléndida) y la devalúa con otros restrictivos (estentórea); poetas excelentes, pero menos importantes que el ‘no grande Eielson’, etc. A este tipo de apreciación la sabiduría popular ha sabido responder acuñando esta expresión: «Mejor, no me defiendas, compadre», o también se le puede aplicar el aforismo maoísta de desconfiar cuando te suben a lo más alto de la montaña, pues el golpe será más duro cuando te dejen caer. Por eso se advierte, a las claras, que esa opción esperanzadora a favor de una poética distinta a la de la angustia, el pesimismo y la desesperación, se ve clausurada de inmediato por parte de MG, de la siguiente manera:

Pero como quiera que las bases sociales de la vida no han sido cambiadas y la existencia individual y social se torna cada vez más dura, este tipo de poesía se vuelve retórica y comienza a sonar inauténtica, sobre todo por obra de los epígonos, y entonces se acentúa y resurge la voz más sentida de los poetas del 50: la de la amargura, la frustración y el escepticismo (pp. 22-23).

        La primera frase de la cita es un razonamiento similar a este otro de Mario Vargas Llosa: «No sería menos iluso creer que puede surgir una “literatura proletaria” mientras la burguesía siga en el poder.»208 Y esa oposición que, realmente, existe: una poesía del pesimismo (formalismo) y otra del optimismo (realismo), y que para un marxista debiera ser el punto de partida para apuntalar a la segunda y reforzar sus alcances teórico-prácticos (dentro de la tradición inaugurada por J. C. Mariátegui, César Vallejo o Bertolt Brecht), MG prefiere ampararse en la existencia —absolutista— de una literatura occidental hegemónica (con las características que él destaca, y ya anotadas). Es decir, no es que MG niegue la existencia de una literatura opuesta a la dominante de la desesperación y la angustia pequeñoburguesa, sino que encandilado por los «deslumbrantes recursos lingüísticos y técnicos» de la literatura dominante en la ‘modernidad occidental’, devalúa a su opuesta por considerarla ‘menos memorable, de insuficientes recursos técnicos u obediente a una retórica de la consolación, estentórea o inauténtica’ (todas estas son calificaciones usadas por MG).

        Por ejemplo, después de hacer una confutación progresiva de la literatura de la modernidad occidental, llega a la conclusión de que no puede soslayarse a la «saga proletaria y de nueva democracia», aunque siempre resaltando su limitación formal: «escrita con modestia verbal», dice. Veamos la cita en extenso:

… es comúnmente aceptada la postulación de Sartre, según la cual la modernidad literaria se inicia con Baudelaire y Flaubert, figuras más bien de transición de un mundo que avanza hacia el capitalismo tardío, es decir hacia la era del imperialismo, cuyo profeta, según la afirmación de Lukacs, fue Nietzsche. La gran paradoja consiste en que esta denominada “modernidad” literaria está penetrada de un sentimiento de decadencia, de la conciencia de pertenecer a una fase tardía de la cultura, consecuencia, por un lado, de la pérdida de fe en la burguesía como clase portadora del progreso de la humanidad, y por otro, de la perspectiva del socialismo que desde la Comuna de París de 1871 ha dejado de ser un fantasma para convertirse en posibilidad concreta, terriblemente concreta y que para la sensibilidad refinada e hipersensible de los cuadros intelectuales y artísticos salidos del mundo burgués será sinónimo de barbarie, lo cual no impedirá por cierto que ya en este siglo no pocos de estos cuadros se adhieran a la barbarie real del fascismo.

En realidad, las causas profundas de aquello que Freud denominó “el malestar de la cultura” son el reflejo en la vida cotidiana, en la existencia individual y social, y en las condiciones de la crisis del Absoluto burgués, de la contienda entre capitalismo y socialismo, y de ahí el pánico, el vacío y el silencio: Murphy (el primero y más “optimista” entre los desechos humanos de Beckett), en la paz del manicomio, cuyas cenizas arrojadas en una taberna serán luego barridas junto con las colillas, escupitajos, vómitos y otros detritus en una de esas albas lacerantes de que habla Rimbaud: la ascesis por la drogadicción hacia ese silencio casi mineral de Burroughs; o la “purificación” del mundo mediante la barbarie fascista: los Cantos pisanos o Viaje hacia el fondo de la noche,209 pero también, aunque escrita con modestia verbal la saga proletaria y de nueva democracia: La verdadera historia de AQ, o la defensa de la razón y del espíritu científico, como el Galileo de Brecht (pp. 30-31).

        La extensa cita, pues, confirma lo dicho. MG reconoce la lucha de contrarios en la literatura; pero obsérvese que lo hace recogiendo el tópico de la modernidad literaria ligada a Baudelaire y Flaubert; sin embargo, en lugar de resolver ese tema en el plano correspondiente, es decir, literario, desvía su óptica hacia la confrontación ideológico-política. Y cuando se espera que de ese cotejo surja la valoración de sus literaturas con independencia y justa apreciación de sus proyectos estético-literarios, se pone de relieve la supuesta excelencia formal de la tendencia formalista (como si esta excelencia formal fuera de su propiedad o de su exclusivo uso, excluyéndola inclusive o exonerándola de su trasfondo fascista), es decir: la tendencia imbuida de espíritu burgués o pequeñoburgués. Y cuando —de manera escueta— se alude a la tendencia «proletaria y de nueva democracia», se la devalúa — desde la óptica crítico/formalista— recurriendo a una supuesta «modestia verbal». Y no es la única apreciación —casi maniquea— de este contraste. En otros ensayos reitera estos «nuevos» y casi obsesivos tópicos: de exaltación del formalismo y devaluación del realismo. Y ello va acompañado, por supuesto, de una actitud heterodoxa, muy al gusto del paladar pequeñoburgués.210

        Por último, ese desprecio a los poetas que discrepan del canon literario occidental (o que no se someten sumisamente a él) se aprecia también en la novela, Confesiones de Tamara Fiol, cuando en ella se elige un mecanismo caricaturesco que después va a ser aplicado en la valoración de los poetas que en los años cincuenta del siglo pasado eran reunidos bajo la denominación de «poetas sociales». El mecanismo caricaturesco está relacionado con el uso de unas castañuelas por parte de un sacerdote para entonar himnos religiosos o alabanzas al fascismo, dice: «El hermano Matías los conducía a la oficina del director, el hermano Guido, pero antes Matías sacaba las castañuelas y recitaba o cantaba canciones de la Falange…» (p. 267). Y en la p. 268, cuando se dice que el hermano Matías había sido trasladado a un colegio fuera del Perú, Arancibia dice que en su nostalgia «ningún hermano sustituyó al hermano Matías y sus castañuelas». Luego, en la p. 270, se completa la manipulación: Arancibia dice:

Había recordado que una vez llegaron a Piura los llamados “poetas del pueblo” y dieron un recital en el teatro municipal. Escuchándolos, Raúl Arancibia se había acordado de las castañuelas del hermano Matías, pero el cascabeleo había dejado de fastidiarle el oído cuando uno de los poetas de nombre Enrique Garrido Malaver leyó un poema que se llama ‘La piedra absoluta’, que no lo había aburrido ni dejado indiferente. Créeme, Bracamonte, le había dicho, el poema me sorprendió y recordó de paso algunos versos que se le habían grabado en la memoria.

        Lo explicable en esta diatriba contra los «poetas del pueblo» se explicara si se tratase solo de poetas apristas, pero resulta que ese grupo estaba constituido por los más renombrados poetas de la tendencia social conformantes de la generación del cincuenta: Rose, Valcárcel, Romualdo, Scorza y el que menciona, Garrido (Julio, no Enrique) estaba adscrito más bien a la tendencia «pura», con lo que MG está pagando tributo no solo a su adhesión al hedonismo, sino a ese despotismo —por él censurado— contra los «escritores dedicados a la creación literaria» pertenecientes a la tendencia realista o clasista. Lo sorprendente es que esa mención a los «poetas del pueblo» es recurrente en MG, en la novela Kymper (2014), vuelve a hacer idéntica mención. El mismo personaje Bracamonte aparece con el nombre de Ney. Y Kymper —en diálogo con su padre— dice:

—Sí, papá, Ney reconoce que es aprista, pero aclara enseguida que, antes que aprista, es poeta. “Poeta, Kymper”, me dijo. “¿Sabes lo que significa ser poeta?”. (sic) Me preguntó si recordaba a los llamados “poetas del pueblo”, cuando llegaron al Guadalupe para dar un recital. Todos ellos eran militantes apristas, pero Ney quedó decepcionado al escucharlos. Qué manera de levantar la voz, de vociferar, y esos versos elementales de ritmo monocorde. “No, Kymper”, me dijo, “para mí poetas son Eguren y Martín Adán. ¿Quieres saber lo que es un poeta? Léete, muchacho, “La niña de la lámpara azul” o “Aloysius Acker” (…) [y el padre de Kymper le responde]:

—Mira, Tito, coincido con tu amigo, aunque yo salvaría a Garrido Malaver (…) (pp. 289-290).

        Al parecer los juicios favorables a Garrido Malaver no son solo de los personajes, sino también del narrador. Pero lo cierto es que Carlos Araníbar se encarga de poner las cosas en claro sobre el particular. De esos «poetas malos del aprismo» Araníbar recuerda solamente a tres: Alberto Valencia, Antenor Samaniego —de quienes no ha quedado ningún texto poético memorable—, y de Julio Garrido Malaver dice —en remembranza de Francisco Bendezú— que: «Los juicios de Paco en materia literaria eran demoledores. A Alberto Valencia le criticaba imitar a Julio Garrido Malaver (‘veterano’ shilico, de 36 años) y, muy en particular, a Antenor Samaniego, ambos del Partido del Pueblo. A Garrido lo juzgaba “poeta que no se atreve a ser universal”.» (Araníbar, A-2013: 179 ss). Obviamente, si Garrido no había trascendido las lindes del provincianismo (lo cual no es poco decir) y los otros poetas apristas le iban a la zaga, es indudable la mediocridad de todos ellos.

        Obviamente, la actitud hedonista (de carácter burgués o pequeñoburgués) asumida por MG, no solo se solaza en rebajar el valor de esos «poetas del pueblo» apristas, sino que esta denominación incluía los nombres de Juan Gonzalo Rose, Gustavo Valcárcel, Manuel Scorza, Alejandro Romualdo, cuyo caso —con la fustigación de MG— ya hemos tratado en el apartado: 4.1 En El pacto con el diablo. Y solo una visión sesgada o manipuladora puede sugerir que haya coincidencia entre todos ellos.
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(200) En La cabeza y los pies de la dialéctica, realiza el enjuiciamiento de José de la Riva Agüero y dice que según él: «… dos razas han contribuido a la formación del carácter literario de los peruanos: la española y la indígena. De ellas, la primera es el elemento fundamental y la única que ofrece posibilidades de desarrollo a nuestra literatura; sin embargo, por las vicisitudes de la raza española en América, ese probable desarrollo —degradado, además, por pecado de origen— será lento, y realmente posible sólo si permanece fiel a la tradición y al espíritu españoles.» (pp. 101-102). Y, más adelante, MG llama a esto: «ideas, preconceptos, fobias, tabúes», ¿no será que otra vez el búmeran ha regresado a su punto de partida?
(201) «Prólogo» a la primera edición de La generación del 50, p. 17. No debe perderse de vista que este prólogo es suprimido en la segunda edición o reemplazado por otro que —en cierta medida— lo contradice.
(202) Declaración dada al blog Socialismo Peruano Amauta.
(203) «Populismo literario y estabilización capitalista», El artista y la época, p. 34.
(204) Esa ‘perspectiva de cambio’ expuesta al final de la cita alude, obviamente, a la lucha armada de Sendero Luminoso. Una crítica acerva a esa «lucha armada» puede leerse en el libro de Eduardo Ibarra, A2010.
(205) Destacamos el signo “sic” entrecomillado, para dar a entender que en la segunda edición ha sido corregido, en caso contrario indica que permanece.
(206) «Sé muy bien que separar unas líneas de su contexto puede acentuarles el sentido o conferirles un sentido distinto» (Félix Grande, Occidente, ficciones, yo, Madrid, Cuadernos para el diálogo, 1968, p. 45).
(207) Veamos —en plan de intertextualidad— la relación de esos versos de Víctor Mazzi, con estos otros de César Vallejo, que ya hemos citado antes: «Amémonos / los vivos a los vivos, que a las buenas cosas muertas / será después». La contrapartida de Mazzi es: ‘no preguntemos por los vivos, luchemos con ellos que es la mejor forma de amarlos, y no preguntemos por los muertos, que al final de la lucha ya habrá tiempo para amarlos’.
(208) Mario Vargas Llosa, «José María Arguedas descubre al indio auténtico», en: Visión del Perú, N° 1, Lima, agosto, 1964, pp. 1-7. Este mismo trabajo fue publicado, con otro título: «José María Arguedas y el indio», en: Casa de las Américas, N° 26, Oct. Nov, 1964, pp. 139-147. MV va más lejos en su aversión al proletariado. En una de sus ficciones —muy subliminalmente, por cierto— utiliza el término «proletario» en forma peyorativa, dice: «La barriada, en efecto, era en ese entonces una Universidad del Delito, en sus especialidades más proletarias: robo por efracción o escalonamiento, prostitución, chavetería, estafa al menudeo, tráfico de pichicata y cafichazgo» (VARGAS Llosa, Mario (1977). La tía Julia y el escribidor. Barcelona: Seix Barral, p. 299).
(209) En La cabeza y los pies de la dialéctica, menciona a los autores de estos libros con la misma caracterización: «… como lo ha mostrado de manera dramática la historia de nuestro tiempo, el arte no es incompatible con la barbarie, y así escritores como Cèline y Pound, al servicio del fascismo, han podido crear obras de una poderosa imaginación verbal» (p. 85). Y, en realidad, este tópico (que lo artístico se dé en escritores reaccionarios) no está en discusión; lo cuestionable es adoptar su canon estético para valorar al trabajo de los escritores clasistas, y llegar siempre a la conclusión de que el de los primeros es excelente y memorable, y el de los segundos, modesto y periclitable.
(210) En reciente entrevista, dice: «mi marxismo se complementa con mi apertura hacia el pensamiento contemporáneo. Digamos que hay una actitud heterodoxa. Mi marxismo es heterodoxo, pero creo que sigo perteneciendo al mismo campo.» Revista digital: Lee por gusto, entrevista de Jaime Cabrera Junco.
CREACIÓN HEROICA