lunes, 2 de abril de 2018

Socialismo


Visita al Hombre Futuro*

Aníbal Ponce

AL VIAJERO QUE LLEGA A RUSIA después de haber atravesado la España jesuítica de Gil Robles, la Francia de los decretos-leyes, el vasto campo de concentración de la Alemania, la Polonia torturada y mártir, le invade de pronto –como si bruscamente le cambiaran el paisaje– la impresión de vivir en otro mundo, de respirar en otro ambiente, de pisar sobre otra tierra. Dijérase, en efecto, que se hubiera escapado de su tiempo y que por virtud de una de esas fantasías tan gratas al capricho de Wells, le fuera dado adelantarse a su hora, aproximarse al futuro, empinarse sobre los siglos que vendrán.

        Ha dejado a sus espaldas una sociedad que se desangra en la miseria y el oprobio, una sociedad en que los desocupados se cuentan por millones1, en que la inteligencia enmudece y la cultura se humilla, en que se detienen las ciencias como no sean las que sirven a la guerra, en que se niegan y escarnecen aquellos mismos “derechos del hombre” que hace poco más de un siglo la burguesía prometió para todos, y en que ha llegado a tal punto la conciencia de su propia ignominia que no ha vacilado en confesar por boca de un ex presidente del Consejo de ministros de Francia que en el momento actual es imprescindible “encadenar de nuevo a Prometeo”2.

        Tiene, en cambio, a su frente, y tan pronto atraviesa el arco de Negoroloiev –sobrio arco de triunfo que lleva en letras de hierro las palabras memorables que invitan a la unión de los obreros del mundo–, una sociedad que no solo ha resuelto todos los problemas de la desocupación y de la crisis, sino que al poner al servicio de cada uno de los tesoros de la cultura y de la técnica reservados hasta ahora a una exigua minoría, ha abierto para el progreso humano horizontes tan vastos como hasta hoy no era dado sospechar. La utopía enorme, que parecía destinada a flotar entre las nubes, tiene ya en los hechos su confirmación terminante: con excepción de un cuatro por ciento que aún persiste bajo forma de islotes sin importancia, ya no hay en Rusia propiedad privada sobre los instrumentos de producción3. El mismo día en que llegué a Moscú me fue dado comprobarlo de manera por completo inesperada. Se representaba en el Palacio de la Cultura las Almas muertas de Gogol. En el hall, un museo de trajes, instrumentos y muebles trataba de reconstruir de manera adecuada la atmósfera de la comedia. Con ayuda de fotografías y estadísticas un hombre joven explicaba en los entreactos –como es costumbre en todos los teatros de la Rusia Nueva– el carácter de la pieza, el significado de los personajes, el valor estético de la realización. Muchachos y muchachas formaban la totalidad de su auditorio: es decir, las generaciones más nuevas, las más limpias, las que nada o casi nada conservan del pasado. Cuando yo me acerqué, el orador les explicaba que “en otro tiempo”, un puñado de hombres se repartían de todos e imponían a los paisanos la misma vida de las bestias. Con un nudo en la garganta le escuchaba yo. ¡”En otro tiempo”, venturosos muchachos! ¿De qué tiempo sería yo; yo que venía de un país en que unas cuantas familias disfrutan de extensiones tan enormes que podrían sustentar a un pueblo entero?4 ¿De qué tiempo sería yo, sino de un pasado remotísimo, muerto ya para siempre desde 1917, aunque se empecine todavía en conducir al mundo con su mano descarnada de cadáver?

        De tiempos muy distintos son, sin duda, estos hombres y mujeres, que en las fábricas y en las granjas, en los laboratorios y en las escuelas, solo piensan en construir, en crear, en superar lo existente. Construir: he ahí en efecto el verbo de la Rusia Nueva; construir en las técnicas, construir en la cultura, construir en el alma.

        Para esta sociedad en que el trabajo ha dejado de ser un tormento5, han retrocedido los límites de lo imposible. En las estepas, en las montañas, en los desiertos, en los pantanos, en los torrentes, surgen como por ensalmo las maravillas del hombre. Aldehuelas perdidas, villorrios hasta ayer desconocidos, adquieren de pronto repercusión universal. Pocos, muy pocos, ni en el mismo Ural, sabían dónde estaba la montaña Magnitaya. ¿Quién no conoce hoy Magnitogorsk, una de las más grandes empresas siderúrgicas del mundo?

        Escasos ancianos de Moscú se acuerdan todavía del pantano de Sukin, una de las ofensas del zarismo. ¿Quién no sabe hoy que sobre el viejo pantano la Revolución ha instalado orgullosa una de las más formidables empresas del viejo y del nuevo continente?

        Hace trece años, la estación Hidrocentral de Voljov parecía la realización del más desmesurado de los sueños. ¡Qué poca cosa resulta hoy junto a las maravillas de la estación del Dnieper! ¡Pero qué poca cosa parecerán muy pronto las maravillas del Dnieper frente a la estación de Kamichin que se está construyendo!

        Con semejante entusiasmo, ¿qué problema no podrá ser resuelto? “No podemos”, “no sabemos”, “son expresiones que nosotros ignoramos”, ha dicho Bujarin no hace mucho6. Y toda la vida actual, ahí está para probarlo. A comienzos del año pasado el consumo de agua por habitante no podía ser en Moscú mucho más de ciento cincuenta litros diarios; cantidad insuficiente a todas luces si se piensa que en París, por ejemplo, el consumo es tres veces mayor. Pero lo duro, lo difícil era que del río Moscova y sus afluentes ya no se podía obtener más. Solo un camino quedaba: obligar al Volga a remontar su curso, desviando hacia Moscú una parte de sus aguas. Y ese proyecto, que pertenece a una nueva variedad de lo maravilloso –proyecto absurdo según se decía, porque no se ha visto jamás que un río remonte el curso de sus aguas– no solo está ya casi concluido7, no solo asegurará en breve seiscientos litros diarios a cada habitante de Moscú, sino que convertirá a la ciudad hasta ayer mediterránea en un puerto poderoso a donde podrán llegar vapores de veinte mil toneladas…8

        El nuevo ritmo de la vida ha incorporado a su marcha tribus que hasta ayer no tenían alfabeto; poblaciones que hasta ayer no sabían qué es el rayo. Sajalin era antes de la Revolución la más terrible de las colonias penales del zarismo. Isla del Lejano Oriente, poblada por miserables nacionalidades de pescadores –los orochi y los nentsi que el despotismo casi había exterminado–, Sajalin no solo no conserva el más mínimo rastro del viejo presidio y de la indigna miseria, sino que se ha convertido ahora, por obra y gracia del poder obrero, en una comarca poderosa que contribuye a construir el socialismo con su carbón, su petróleo y sus bosques. En vez del Sajalin de los condenados, el Sajalin de los constructores: ¿no es acaso el indicio y el símbolo de la nueva vida?

        El hombre, como factor consciente de la evolución; el hombre, transformando a la naturaleza y a la sociedad de acuerdo a un plan minuciosamente elaborado; el hombre que ha dejado de ser el esclavo sumiso o desesperanzado para convertirse en el dueño completo de sus fuerzas: ése es el hombre soviético que introduce su voluntad en lo que parecía inaccesible, el hombre soviético que invierte el curso de los ríos, renueva el alma de las viejas tribus, transforma a su antojo la flora y fauna. Por medio de su sistema de hibridación, el botánico Mitchurin ¿no ha creado centenares de especies nuevas? Zavadovski y sus colaboradores ¿no dirigen ya el ciclo sexual de los ganados? Sometiendo a las semillas a temperaturas adecuadas, el académico Lysenko, ¿no h transformado el “trigo de invierno” en “trigo de verano”? ¿Qué valor pueden conservar las viejas nociones de biología, etnografía o geografía física frente a estos hombres que se saben capaces de cultivar en las zonas casi polares de la Siberia las mismas especies vegetales que solo creíamos posibles en las tibias regiones del Mediodía?

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        ¿Qué es lo que explica semejante ardor, tan extraordinaria capacidad de trabajo, tan increíble desborde de poderío humano? Frente a cualquiera de las grandes obras rusas, los técnicos extranjeros que todavía trabajan bajo los Soviets han dicho alguna vez: antes de que esta fábrica comience a producir se necesitarán largos años. Pero Moscú ha contestado al mismo tiempo: “nosotros no podemos esperar largos años; la fábrica debe empezar a trabajar en cortos meses”. Los técnicos extranjeros sonreían; pero cada mañana no podían creer lo que miraban: la fábrica crecía a estirones como los adolescentes. ¡Qué iban a comprender los extranjeros! Ellos venían de países en que el trabajo del obrero es la esclavitud que solo sirve para asegurar el ocio de unos pocos. Esquilmado por una sociedad que llama “interés público” al interés de los enemigos de su clase, ¿cómo ese obrero va a mirar con buenos ojos a los instrumentos y al ambiente de su propia explotación? Pensando en el obrero del capitalismo calculaban los técnicos de la burguesía, y por eso cada día fracasaban sus cálculos frente al obrero socialista que se los desbarataba9.

        ¿Qué técnico burgués pudo prever, por ejemplo, el final inesperado de la construcción del subterráneo de Moscú, espectáculo magnifico que guardo en mi recuerdo como a una de las cosas más emocionantes que yo he visto? El subterráneo de Moscú ha sido construido en un tiempo extraordinariamente inferior al calculado porque siete mil muchachos y muchachas de las juventudes leninistas dejaron por un tiempo los libros y las aulas; formaron sus brigadas de trabajo y bajaron a ayudar a los obreros. Desde las tareas de la excavación hasta el adorno de los mármoles, en todo pusieron mano los muchachos, y cuando las obras terminaron, volvieron otra vez a las aulas y los cursos, orgullosos de haber contribuido en su medida a construir la patria que es de todos. Y ese es el secreto del desarrollo prodigioso: la Nueva Rusia es una enorme usina en que todos colaboran porque acrecientan así una riqueza que es común. Y porque es común, los hombres trabajan más y más ligero de lo que pueden trabajar los hombres10. En las granjas y en las fábricas, en las escuelas y en los clubes, en los laboratorios y en los archivos, cualquiera conoce a maravilla cómo va avanzando el Plan en los diversos frentes; y hasta en la colonia Bolchevo, reformatorio de muchachos delincuentes, me encontré una tarde sobre los bancos de trabajo y según los méritos de cada cual, la banderita roja del Plan que se cumple o la banderita negra del Plan en retraso.

        En manos de la burguesía la cultura y la técnica prometieron convertirse en instrumentos poderosos de liberación del hombre. Pero el terror al poderío creciente de las masas llevó a la burguesía a renegar de esa ciencia y a arrojarse en el seno de las supersticiones religiosas. En manos del proletariado, en cambio, la cultura no tiene secretos que esconder ni conquistar que renegar. Ha abierto para todos las puertas de sus institutos y ha demostrado con el prodigioso empuje de su joven cultura que solo las masas son capaces de dar al hombre la totalidad de sus dimensiones. El mismo obrero que trabaja por la mañana en la granja o las usinas, asiste por la tarde al club o los museos, frecuenta por la noche el teatro o los conciertos. Ediciones fabulosas de los mejores libros publicados dentro y fuera del país se agotan en pocos días y mientras en el resto del mundo se acumulan los obstáculos para impedir a las masas el ingreso a las escuelas, la Nueva Rusia desparrama a manos llenas el tesoro de la cultura, alienta la más mínima inquietud renovadora. Jamás un trabajador científico ha encontrado en parte alguna un ambiente más adecuado, condiciones más propicias. Jamás un escritor o un artista, en ningún país de la tierra, ha tenido a su lado un público más alerta y comprensivo. Al arrancar a la cultura de su soledad desdeñosa, el arte y la ciencia se han transformado de inmediato en funciones sociales de una importancia primordial: la ciencia porque transforma el hombre al transformar el mundo; el arte porque le enseña a comprenderse a sí mismo11.

        La economía capitalista desgarra al individuo, y lo mutila y lo fragmenta en especialidades unilaterales. La victoria del proletariado, al arrancar al hombre de la especialidad que lo convierte en un muñón, lo integra en la vida de la comunidad, le asigna junto a su tarea concreta una orientación universal. Los trabajadores científicos han reconocido que lejos de morirse la llamada “ciencia pura” en el ambiente febril del socialismo, adquiere por el contrario un desenvolvimiento incalculable tan pronto se coloca una correa de transmisión entre las exigencias vitales de la obra colectiva y la investigación hasta ayer solitaria de los laboratorios. Los problemas urgentes de la hora vienen de tal modo a golpear sus puertas, y por encontrar solución a esas preguntas trabajan los institutos con una rapidez que nunca habían tenido; en medio de una solicitud que nunca habían sospechado. Así también, el díscolo impertinente que hay en el fondo de todos los artistas educados en ambientes de la burguesía, ha debido reconocer que si la victoria del proletariado representa el final del individualismo como principio que divide a los hombres y se opone a su mutua comprensión, es asimismo el comienzo de las personalidades amplias, de las individualidades que se diferencian pero no se oponen. Entre las masas rebañegas de los mujiks antiguos y los actuales trabajadores de choque de un koljós12; entre el pobre fanático de los antiguos regimientos y el combatiente magnífico del Ejército Rojo13; entre el obrero gris de las fábricas de antes, y el técnico de hoy que trepa a saltos los cursos de las facultades14; entre la desdichada mujer que el zarismo envilecía, hija de esclava y madre de esclavas, y la consciente constructora de hoy, para quien están abiertas de par en par las mismas puertas hasta ayer solo franqueables para el hombre15, ¿no abundan a millares los testimonios que nos permiten concluir que nunca se han dado condiciones tan favorables para la “vegetación humana”, circunstancias tan completas para el desarrollo armonioso de la vida?

        Como algunos hombres de ciencia en los primeros tiempos de la Revolución, muchos fueron los artistas que creyeron también que el arte se moriría en el estruendo de los motores y los martillos, entre las luces violentas y el aire agitado de la Revolución Rusa. Pocos días después de escuchar en París a Paul Valéry pronosticar la muerte de la poesía, y a Lenormand el crepúsculo del teatro, me fue dado comprobar en la URSS que no hay una fábrica sin un círculo de arte; círculo en que no solo se comentan y discuten las mejores producciones, sino en que se crean también las condiciones más propicias para que el proletariado extraiga de sus filas a sus propios escritores16. Jamás comprendí como entonces la falsedad del verso del poeta alemán: “debe primero morir en la vida lo que habrá más tarde de florecer en cantos”. Bien sé que hay un arte tan frágil y encogido que se desmaya en cuanto entra en contacto con la vida. Es el arte de las clases sociales que agonizan; el arte obscuro y hermético, rebuscado y exangüe. Pero hay otro arte que florece con la vida que canta: el arte del proletariado victorioso que ya está expresando al hombre nuevo. No sin sorpresa lo pudieron comprobar los corresponsales de los diarios extranjeros cuando acompañaron en su gira al poeta Besymenski. Poeta de las grandes masas, sus poemas y sus epigramas han llegado tan adentro en el corazón de los obreros que cuando realiza su viaje habitual por las usinas, los trabajadores de los pueblos más lejanos ponen a su paso por las calles, en grandes carteles que ellos mismos decoran, las estrofas más significativas del poeta. Y si a los técnicos extranjeros les parecía inexplicable por qué trabajan febrilmente los obreros de Rusia, tampoco pudieron comprender los periodistas extranjeros este espectáculo para ellos increíble: la Rusia de las usinas y de los altos hornos, la Rusia de las hidrocentrales y de los tractores, reverencia de tal modo a sus poetas que los tranvías y los automóviles desfilaban en las calles bajo banderolas recubiertas de versos.

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        En una página hermosa de su Anti-Dühring vaticinaba Engels que el proletariado pondría fin a la prehistoria humana e inauguraría la verdadera historia17. Para él, el descubrimiento del fuego mediante el frotamiento había emancipado al hombre de sus antepasados animales, como la transformación del calor en movimiento le había dado con la máquina la posibilidad de una nueva emancipación. Entre esos dos descubrimientos prodigiosos –el que le apartó del simio, el que le dio después la premisa necesaria para dejar de ser esclavo– habrían transcurrido, según Engels, todos los siglos de nuestra prehistoria: prehistoria sí, porque a pesar de su momentos de extraordinario esplendor, el hombre no era todavía el dueño consciente de las fuerzas sociales. La producción social, en efecto, seguía obedeciendo a leyes que él no comprendía, y que lo dominaban por lo tanto como poderes extraños. Al socializar, en cambio, los instrumentos de producción, y al derribar para siempre las barreras que se oponían al libre desarrollo de las fuerzas sociales, el proletariado por vez primera en el mundo comienza a trazar la historia del hombre con plena conciencia de lo que quiere y de lo que hace. El desorden fantástico de la sociedad burguesa deja el puesto a la organización proletaria sometida a un plan. Ajusta el hombre, desde entonces su propia vida, y entra triunfante como señor auténtico de la naturaleza y de la economía. Todo lo que hasta ahora le dominaba y oprimía pasa a ponerse a su servicio, y por primera vez, también, adquieren validez universal los grandes valores que hasta entonces solo enmascaraban los intereses de las clases dominantes.

        En una sociedad dividida en clases, el “interés común”, las “exigencias colectivas”, la “moral social” o la “justicia humana” son mentiras inicuas, ideales mentidos que no han coincidido jamás con los intereses verdaderos de todos los hombres. Expresión del dominio de una clase, la “cultura”, la “moral”, la “sabiduría”, nunca ha  sido hasta hoy valores absolutos “atemporales”, “visibles tan solo para los ojos del Espíritu”; las pretendidas “instancias incondicionadas y absolutas” –sobre las que tanto gustan de ahuecar la voz los pintorescos petimetres de nuestra filosofía oficial– no han tenido nunca, desde Platón hasta Max Scheler, otra estabilidad que la del poder de la clase dominante. Esa es la verdad concreta, la verdad histórica: la que se ha ido gestando en las luchas de la vida social, y la que esas mismas luchas de la vida social modifican y reforman. Todos los llamados “valores absolutos” se han resuelto siempre en el más descarriado relativismo de clase. Se han resuelto, he dicho; pero no se resolverán. El mismo proceso histórico que nos impuso la sociedad dividida en clases como un hecho necesario, la está barriendo ahora al poner en los puños del proletariado el control de las fuerzas productivas. La existencia de una clase dominante, ineludible en los tiempos en que la división del trabajo se realizaba sobre la base de instrumentos de rendimiento reducido, resulta hoy no solo un anacronismo, sino también un obstáculo que la misma marcha de la historia impone el deber de derribar. Salta hoy, en efecto, a los ojos del menos avisado, la incapacidad patente de la burguesía para conducir la historia. En vísperas de la revolución del 48, el Manifiesto Comunista anunciaba ya su fracaso irremediable. “La sociedad no puede seguir viviendo –decía– bajo el imperio de esa clase; la vida de la burguesía se ha hecho incompatible con la vida de la sociedad.”18

        Pero en el mismo instante en que la tragedia de esa clase se anunciaba, otra clase surgía –abastecida de experiencia por la lucha de siglos– para tomar sobre sus hombros la pesada herencia. Sobre la sexta parte del mundo sabemos ya lo que ha hecho; sobre el resto del mundo no tardaremos en ver lo que hará. Para su gloria le ha tocado la misión heroica de liberar al hombre, y de inaugurar de verdad el humanismo pleno. En extensión y en profundidad, ella es la única que puede invocar sin mentira a los “valores absolutos”, porque ella es la única que tiene derecho a hablar “sub specie generis humani”. Cuando ella dice del hombre, es del Hombre en su totalidad a lo que alude19; del Hombre que no necesita para vivir el sufrimiento de un “monstruo con muchos pies y sin cabeza”.

        En el momento más impetuoso de la ascensión del capitalismo alemán, su filósofo representativo hizo descender a Zaratustra de la montaña para traer a la humanidad la buena nueva del “superhombre”. Sabemos hoy, demasiado bien, la trágica realidad que anticipaban aquellos sueños en apariencia tan grandiosos. Su mismo profeta no tuvo que esperar a la reacción sanguinaria de su patria de hoy para anunciarnos que odiaba por encima de todo a esa canalla socialista –eran sus palabras– que, convertida en apóstol de la plebe, “destruyen la satisfacción del obrero en su pequeña existencia”, y le enseñan la envidia y la venganza20. A través de los siglos, la “humanidad”, según vemos, no ha variado gran cosa para la burguesía: cuando el Renacimiento nos hablaba del “hombre” o cuando en su etapa imperialista anunciaba el “superhombre”, siempre necesitó como condición ineludible volverse iracunda contra las masas obreras.

        El proletariado, en cambio, no disimula con palabras enormes promesas absurdas que no puede cumplir. Sabe que el superhombre es innecesario porque el hombre todavía no se ha realizado. Ayudarlo a nacer es su destino21, y para ello no ha recurrido jamás al verbo apocalíptico de ningún Zaratustra con la serpiente y el águila: le ha bastado entrecruzar el martillo y la hoz para que el dedo de la historia señalara en ese símbolo, la humilde grandeza del Hombre.

***

        Señoras, señores: Al final de este curso, que ha encontrado una resonancia cordial que yo no preveía, permítanme ustedes despedirme con esta impresión de exultante optimismo. Bien triste cosa es el mundo de hoy para quien no sepa contemplarlo en una amplia perspectiva. Fascismo, terror, guerra inminente, no son sin duda para alentar a nadie. Bajo su influencia inmediata, se desesperan unos en la angustia, buscan otros en el pasado la solución. Cuando se examina, sin embargo, el abigarrado espectáculo de hoy con los claros ojos del que ha aprendido a descubrir en las luchas de clases el motor de la historia, todo adquiere de pronoto una ordenación precisa, todo asume de inmediato una significación que lo ilumina. Se impone entonces como una verdad de evidencia, la certidumbre de que vivimos sobre el filo que separa dos edades: una, la prehistoria de que hablaba Engels; otra, la historia que para Rusia ha comenzado ya. Conmovedor instante de la vida del mundo en que sabemos por fin a donde vamos; dichoso instante que justifica en nosotros una exaltación jubilosa y que nos trae también casi sin quererlo, para confrontarlo y superarlo, el recuerdo de otro instante parecido en que resonó sobre la tierra un grito nunca oído de alborozada confianza.

        En las páginas modestas del libro de memorias de un obscuro comerciante de Florencia, Giovanni Rucellai, el Renacimiento nos ha dejado con el orgullo de la burguesía naciente, toda la satisfacción de la nueva clase que se echaba a caminar. De la historia de ese mercader muy poco o casi nada ha llegado hasta nosotros. Pero quizá por lo mismo tiene su testimonio un alcance extraordinario, nos conmueve su voz con máxima elocuencia. Una mañana, tal vez, en que Rucellai se detuvo más allá de lo habitual a contemplar desde la altura de Vallombroso la silueta casi perdida de su ciudad nativa con sus puertas guerreras, sus flechas y sus domos; o una tarde quizás entre el pueblo de estatuas de la plaza de la Signoria, mientras el sol poniente pintaba de azafrán las murallas del Palazzo, el obscuro mercader sintió hasta tal punto la alegría de vivir que no pudo menos que volcar en su libro de memorias esta prodigiosa acción de gracias que nunca es posible leer sin emoción: “Gracias te sean dadas, Dios mío, por haberme hecho nacer en esta ciudad y en este tiempo.”22 El grito de júbilo no correspondía a un momento pasajero ni a una embriaguez individual: casi con idénticas palabras resuena en Mateo Palmieri23, su compatriota; y lo recoge en Alemania, casi un siglo después, Ulderico de Hutten: O soeculum! O litterae! Juvat vivere!24

        Dicha de vivir acompañaba a la burguesía en los tiempos heroicos de su ascensión triunfal. Por boca de sus humanistas y sus mercaderes le hemos oído lanzar a todos los vientos su confianza en la vida, su promesa segura en la realización de los valores humanos. De sobra sabemos, sin embargo, que todo aquello pasó muy pronto, y que aun en el instante más alto de la curva solo alcanzó a conmover las fibras de un puñado de hombres ricos que nunca pensó en compartir con el popolo minuto su alegría de vivir.

        Más felices que el mercader obscuro de Florencia, somos nosotros los contemporáneos del Renacimiento verdadero; y si en aquel instante pudo Rucellai expresar su regocijo frente al esplendor perecedero que comunicó a su Florencia la liberación de una exigua minoría, ¿cómo no vamos a poder nosotros, ante el espectáculo prodigioso de millones de seres liberados, y de otros millones resueltos ya a liberarse, salir al encuentro de la Historia para decir tan alto como la voz lo permita que estamos viviendo con lucidez absoluta este momento, el más dramático de la vida del hombre, y que tan seguros nos sentimos del porvenir inevitable –cualquiera sea la suerte personal que el destino nos reserve– que ya podemos desatar al viento la infinita alegría de vivir ahora?
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(*) Capítulo VII del libro Humanismo burgués y humanismo proletario, Aníbal Ponce. Editorial Cartago, Buenos Aires, 1975.
(1) 22 millones a principios de 1935.
(2) Al inaugurar la escuela de Bornmouth, el arzobispo de York se declaró también enemigo resuelto de las invenciones. “Si estuviera en mis manos –dijo– destruir el motor de explosión, de buenas ganas lo haría.” Ver: Gorki, “À propos de la culture”, en: La Littérature Internationale, Moscú, núm. 8, 1935.
(3) En 1925, la economía socialista representaba el 48,8% de la producción; el sector capitalista, el 6,5%; la pequeña economía privada, el 44,7%. En 1934, los mismos sectores estaban representados por 95,81%; 0,08%; 4,10%. Es decir, que en el momento actual el 96% de los fondos de producción pertenecen al Estado, a los koljoses y a la cooperación. Ver: Molotov, La sociedad socialista y la democracia soviética, Ediciones Europa-América, Barcelona, 1935, pp. 107-108, sin nombre de traductor.
(4) En la provincia de Buenos Aires (Argentina), cincuenta familias poseen en conjunto 4.663.575 hectáreas.
(5) La palabra “trabajo” se deriva de “tripalium”, instrumento de tortura formado de tres piezas. En un principio, trabajar significaba atormentar.
(6) Boukarine, “La crise de la culture capitaliste et les problemae de la culture en URSS”, en: La Littérature Internationale, Moscú, núm. 4, 1935, p. 84.
(7) Kogan y saslavski, “Le canal Moskova-Volga”, en: Le Journal de Moscou, octubre 18 de 1935.
(8) Para tener una idea aproximada de lo que será Moscú en breve plazo, veáse: “Le plus grand Moscou”, en Le Journal de Moscou, 20 de julio de 1935.
(9) “De una maldición que era bajo el capitalismo, el trabajo se ha convertido en el país socialista en una causa de honor, de valentía y de heroísmo.” Manuilski, Engels en la lucha por el marxismo revolucionario, Ediciones Sociales Internacionales, Barcelona, 1935, p. 10.
(10) El minero Alexis Stajanov, uno de los hombres más populares de la URSS, ha dado nombre a un movimiento espontáneo de organización del trabajo. Gracias a su entusiasmo y a su iniciativa consiguió en una ocasión extraer 102 toneladas de carbón en las seis horas que dura la jornada de trabajo, superando más de diez veces el rendimiento medio de los obreros de la mina. Desde entonces se llama “stajanovista” a todo obrero manual o intelectual que trabaje con la eficiencia de Stajanov.
(11) “Rechazamos un arte y una literatura que se proponen distraer a los hombres de las preocupaciones de la vida. Nuestra literatura y nuestro arte son una potente fuerza de organización. Los artistas soviéticos que nos dan imágenes vigorosas en los libros y en los lienzos, en la escena y en la pantalla, refuerzan la moral de millones de ciudadanos soviéticos sobre el plano emocional. Con ejemplos vivientes enseñan a vencer las supervivencias burguesas; comunican a los hombres el amor del trabajo y del heroísmo, los impulsan a nuevas conquistas en la ciencia, el arte y la cultura socialista.” Alexandré Deustch, “Les artistas et les écrivains au pays des Soviets”, en: Le Journal de Moscou, 1° de octubre de 1935.
(12) Ver: León Moussinac, Je reviens d’Ukraine, Editions Sociales Internationales, París, 1933.
(13) Lipman, Diario de un soldado rojo, edic. Europa-América, Barcelona, 1935, sin nombre de traductor.
(14) Los hombres de Stalingrado, edic. Europa-América, Barcelona, 1935.
(15) Niourina, Femmes Soviétiques, ed. cit. En igual sentido: Conus, La mujer y el niño en la Unión Soviética, edit. Cenit, Madrid, 1934, sin nombre de traductor.
(16) La resolución del XIII Congreso del Partido Comunista de la URSS decía en su artículo primero: “La labor fundamental del partido en la esfera de la literatura artística debe orientarse en el sentido de la obra creadora de los obreros y campesinos, convertidos en escritores en el proceso de avance cultural de las masas populares y de la Unión Soviética. Los «corresponsales» obreros y campesinos deben ser considerados como las reservas, de las cuales saldrán los nuevos escritores.” Ver: Polonski, La literautura rusa en la época revolucionaria, ed. cit., p. 267.
(17) Engels, Anti-Dühring, ed. cit., p. 114 y ss.
(18) Marx y Engels, Manifiesto Comunista, trad. De W. Roces, edit. Cenit, Madrid, 1932, p. 72.
(19) “El cuarto estado, cuyo corazón no contiene el menor germen de privilegio, se confunde por lo mismo con toda la humanidad; su causa es la causa de toda la humanidad, su libertad es la libertad humana, su reino es el reino de todos.” F. Lassalle, Discours et Pamphlets, trad. De Dave y Remy, edit. Giard, París, 1903, p. 138.
(20) Abrevio así el pensamiento de Nietzche, Obras completas, trad. Ovejero, edit. Aguilar, Madrid, 1932, t. VIII, p. 48.
(21) Nietzsche creía, además, que en la sociedad de tipo socialista “la vida sería negada y sus raíces cortadas”… Idem, p. 76.
(22) Woodward, La pedagogía del Rinascimiento, trad. de Codiugnola y Lazzari, edit. Vallecchi, Firenze, 1923, p. 78.
(23) Monnier, Il quattrocentro, ed. cit., t. II, p. 52.
(24) S. Zweig, Erasme, ed. cit., pp. 127 y 183.

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