domingo, 1 de abril de 2018

Creación


Un Poema de Julio Carmona

Alturas

Tú estás hecho Perú de patria y pueblo.

Alberto Hidalgo

Patria, carta de entrañas amorosas,
he subido a las alturas erizadas de tu nombre,
he llegado a duras penas a sus agudas notas,
allí donde se hace grito congelado
como el dolor en los labios de un hombre herido.
Llegué, vi y dejé
intactos tus cerros,
no quité nada a tu cielo. Solo grabé mi nombre
en su corteza de aire. Llegué para clavarme
en las espinas de tu altura, buscándote
el secreto, la flor, la maravilla.
Subí a tu cielo azul como a un campanario
y no encontré lo dulce que de ti buscaba.
Anduve por tus calles blancas,
comprobé sus techos rojos, mordí la pureza
de tus árboles. Y tus piedras, como todas
las alas, fieles a su trabajo,
me golpearon,
y no encontré, no vi, no hallé
la chispa de mi búsqueda.

Pero, de pronto —ciego,
ciego de mí—, me cosquilleó una mano,
suave como un suspiro,
tenue mano de nube derretida: era el hombre,
era el hombre que venía convertido en amigos,
con pellejos de llamas para la noche dura,
con ponchos y frazadas para un mejor mañana
(que no es lo mismo que decir buenas noches).
Y fue el mote del día siguiente,
y el queso nieve abierta en pecho tierno,
y el disculpen hermanos la pobreza,
fue lo que me condujo al borde mismo del sollozo.
Y quise no seguir buscando más.
Me parecía todo revelado.
Pero surgió la clara
dulzura de Graciela Eucalipto
ordeñando las ubres de La Noche
para la sed infinita de mi amor desierto,
ordenando a mis ojos la admiración y el éxtasis
para su doble calma de manantial sin ruido.
Todo sonaba a gusto de cereza:
el agua, el cardo, la totora, el cerro.
Y nuevamente y otra vez seguí buscando
otras dulces bellezas, más altas hermosuras:
y así aprendí a empinarme a tus alturas
para coger la mano del tiempo detenida
en cada flor o piedra o lluvia sin reposo.

En tus alturas, Patria, tramonté
el recuerdo de mi obrero:
por ese sufrimiento de las manos mordidas,
del dolor y la angustia
del caer desde siglos de sudores sin premio.
Y en tu espacio me vi pequeño, ínfimo.
Esas alturas no eran
para mi escuela ausente de epidermis oscura,
de pulmones ajados
por la cruda fiereza del humoso cemento.
Pero subir a tu nombre, Patria, es beber el cielo.
Y fui a enmendar mi adusta permanencia en la sombra.
En tus alturas todo era claro.
Pero también todo era helado.
Desde tu piel de piedra, pasando
por el mote pelado hasta el ardiente
cañazo (y del aguijón
del agua ni se diga) todo era frío.
Todo era frío menos los ojos vistos o vividos
en fogones tiernísimos alimentando el trago
calientito, en la fría madrugada
del toro-velay «que morirá mañana».
Todo era frío menos el llanto
del arpa, del wakrapuko
y el violín que volaba sus cuerdas
en medio de la noche,
aleteando un poncho de calores
para el baile redondo
de corazones hambrientos (tal en el día
vi avegar al cernícalo
en la penumbra del totoral
hurgando alas menudas).
Perú, carta escondida,
recién allí en la historia
de mi amor ardió tu nombre,
como un llanto de fuego llegó a enriquecerme:
Yo no tengo palabras sino mundos
metidos del dolor al dolor:
porque no todo es risa
en ti, Perú, si hasta tu nombre
tiene más cicatrices que la vida; y sabes,
Perú,
que no todo sufrimiento es pena dolorida,
pero sabes también por tus heridas
que si el dolor es pena pero pena vivida
es un anuncio opaco,
pero anuncio al fin y al cabo
                         de nuevos, bellos, buenos o mejores días.

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