martes, 1 de mayo de 2018

Internacionales


Macri. Orígenes e Instalación de una Dictadura Mafiosa
(Quinta parte)

Jorge Beinstein

Capítulo 9
Economía de penuria y revuelta popular

Este texto fue publicado originalmente en Agosto de 2001 en el suplemento de la Asociación de Madres de Plaza de Mayo de “Pagina 12” bajo el título de “La revolución ausente”. Vivíamos los meses previos al derrumbe de Diciembre de ese año. Se presentaban en el horizonte varios escenarios posibles, entre ellos el de la degradación prolongada de la sociedad argentina que bauticé “economía de penuria” fundada en un sistema productivo reproduciéndose a baja intensidad, con millones de desocupados e indigentes, pero también el escenario de la revuelta popular producto de la creatividad, de la potenciación de las reservas culturales del pueblo. Felizmente fue esta última alternativa la que se concretó en las jornadas del 19 y 20 de Diciembre y en las movilizaciones de los meses posteriores, la bestia fue sacada del centro de la escena, pero pudo sobrevivir, preservar sus intereses acumulando fuerzas para futuras fechorías. Para la presente edición solo he suprimido un largo párrafo referido a la coyuntura económica internacional de ese momento que no creo pueda interesar al lector de 2017, también corregí algunos errores de edición.


SUMERGIDA EN UNA CIÉNAGA que la va tragando, la sociedad argentina experimenta un salto cualitativo siniestro, luego de tres años de recesión y en virtual cesación de pagos externos ha comenzado a transitar una depresión alentada por su propio gobierno que radicaliza la estrategia neoliberal.

El proceso de decadencia está ingresando en una nueva etapa, la de la instalación de un “sistema de penuria” cuyas componentes decisivas serían la baja intensidad de las actividades económicas y la presencia abrumadora de masas marginales e indigentes.

El ajuste actual con el argumento de buscar el “déficit fiscal cero” está logrando una descomunal contracción del consumo vía reducciones de salarios públicos y jubilaciones induciendo así a caídas importantes de los salarios privados. Si continua este proceso podrían llegar a producirse dos hechos decisivos en la reproducción del sistema: en primer lugar el achicamiento de manera durable de las importaciones obteniéndose un superávit del comercio exterior y en consecuencia excedentes de divisas que “ayudarían” al Estado a seguir pagando los intereses de la deuda(37) asegurando al mismo tiempo las remesas de beneficios empresarios al exterior; y segundo, una baja significativa de los salarios aumentando las tasas de beneficios de los grandes grupos económicos compensando así la contracción del mercado interno.

En síntesis, nos encontramos ante un gran saqueo de los ingresos y patrimonios de la mayoría de la población en beneficio de las mafias financieras locales-transnacionales. Ese fenómeno aparece como el resultado (forma parte de) la crisis del capitalismo argentino que a su vez converge con la desaceleración de la economía mundial impulsada por los países centrales.

Saqueo y recesión

Nuestro país expresa de manera exacerbada (periférica) la declinación global. Su situación actual aparece como la culminación de la era neoliberal iniciada por el gobierno de Menem(38) y profundizada por De La Rua en la cual funcionó un mecanismo de pillaje liderado por grupos financieros transnacionales (de los que forma parte la lumpenburguesía local) y un reducido núcleo de empresas extranjeras (servicios privatizados, petróleo, etc.) operando con altísimas tasas de ganancias. Fueron saqueados patrimonios e ingresos públicos, recursos naturales, estructuras productivas e ingresos privados. El remate a bajo precio de empresas estatales de servicios fue sucedido por el cobro de tarifas elevadas que absorbieron ingresos del conjunto de la economía, la transferencia de aportes provisionales a los fondos privados de jubilaciones (las “AFJP”) generó un enorme déficit fiscal factor decisivo del endeudamiento externo, la apertura importadora reforzada por la sobrevaluación de la moneda local causaron la desaparición de áreas importantes de la industria y el incremento de la desocupación lo que a su vez facilitó la precarización laboral y el deterioro de los salarios.

En un primer periodo (1991-1994) el saqueo fue compensado con fondos provenientes de las privatizaciones, ingresos de capitales especulativos y narcodólares, de ese modo el Producto Bruto Interno creció aunque ampliando los desequilibrios, pero desde mediados de los años 90 (cuando las desnacionalizaciones habían concluido) la reproducción del proceso depredador pudo ser prolongada gracias al crecimiento de la deuda externa que cubría el déficit fiscal y el desarrollo de una amplia gama de negocios parasitarios. Hacia 1998 el ritmo de expansión de la deuda empezaba a ser al mismo tiempo “insuficiente” (desde el punto de vista de las necesidades del sistema) y “demasiado grande” (comparado con la capacidad de pago del país), Argentina se endeudaba para poder pagar a los acreedores externos, el circulo vicioso del endeudamiento infinito desató la conocida loca carrera hacia la cesación de pagos.

Ello se combinó con las turbulencias financieras globales iniciadas en Asia del este (1997) y Rusia (1998) que marcaron el fin del derrame de fondos especulativos (legales e ilegales) hacia la periferia. Empezó la recesión argentina porque el saqueo de riquezas no encontraba contrapesos financieros suficientes. El modelo neoliberal ingresaba así en una depresión estructural acumulativa.

Desde una visión de largo plazo, abarcando el último cuarto de siglo podríamos señalar tres grandes saltos cualitativos del capitalismo argentino, el primero entre 1975 y 1976 (descomposición del gobierno de Isabel, implantación de la dictadura) fue el inicio de una transformación durable marcada por la hegemonía de grupos parasitarios, integrados a las redes financieras y mafiosas internacionales que fue devorando el tejido productivo; el segundo entre 1989 y 1991 golpeó a una sociedad mucho más deteriorada y consolidó el dominio total de dichos grupos, el tercer salto se está realizando ahora y consiste en la tentativa de instalación de una “economía de penuria”.

Lo que se produjo en ese largo período no fue una reconversión productiva al estilo de la emergencia del sistema agroexportador de fines del siglo XIX y de la industrialización de los años 30 y 40 sino una degeneración parasitaria cuya trayectoria estuvo cubierta por numerosas turbulencias y manotazos financieros, mezclados con efímeros periodos relativamente calmos durante los cuales se acumulaban desequilibrios que desataban nuevos desordenes. La euforia menemista, entre 1991 y fines de 1994 fue el caldo de cultivo de la recesión de 1995 (acentuada por la crisis mexicana), la seudoreactivación iniciada en 1996 aceleró el endeudamiento externo y el saqueo interno y preparó la recesión inaugurada en 1998 que a su vez derivó en el desastre actual. El momento presente aparece a la vez como el inicio de una posible nueva etapa de la decadencia, el hundimiento en una forma de barbarie radicalmente diferenciada de todo lo anterior, trágicamente novedosa.

La economía de penuria

Diversos rasgos definen ese futuro negro. En el plano económico la eternización del ajuste significará colocar al Estado al servicio exclusivo del pago de los intereses de la deuda cuyo peso abrumador impondrá una presión fiscal muy alta y un bajo nivel de los otros gastos públicos como salarios y jubilaciones que ahogarán todo renacimiento significativo del consumo ampliando la desocupación y la precarización laboral. Por otra parte el mantenimiento de los superbeneficios del sector financiero y las empresas privatizadas acorralará a las empresas nacionales sobrevivientes (especialmente a las pymes) y colocará una segunda lápida sobre la demanda de las clases medias y bajas.

Por supuesto el crédito internacional no podrá ser recompuesto de manera significativa durante mucho tiempo, la insolvencia o débil capacidad de pago argentina durará mientras exista la superdeuda y el sometimiento al pago irrestricto de sus intereses.

Seremos una economía funcionando a baja intensidad de tipo colonial gobernada por los usureros y otros grupos parasitarios. Esto producirá un efecto devastador en el plano social, la desocupación y la subocupación crecerán en progresión geométrica lo que arrastrará (ya lo está haciendo) a un amplio abanico de actividades informales cuyos nuevos desocupados no figuran en las estadísticas oficiales, la extensión y agravamiento de la pobreza y la marginalidad significará por ejemplo la hipertrofia de la indigencia urbana, la desaparición en esos sectores de servicios (salud, educación y otros) considerados hasta ahora conquistas básicas de la civilización. Resulta difícil imaginar esa nueva Argentina miserable que tendrá muy poco que ver con las descripciones conocidas de las sociedades periféricas pobres del pasado consideradas “atrasadas”, por el contrario nos encontramos ante un posible fenómeno de post-modernización decadente.

Estado, política y miseria

Debemos precisar un poco el tipo de mutación que está sufriendo el estado señalando que la dinámica “ajuste-crisis-ajuste” va eliminando las estructuras y funciones tradicionales heredadas de más de un siglo de desarrollo capitalista, que cubrían aspectos tales como la educación y la salud públicas, las grandes obras de infraestructura, la seguridad social, el empleo público provincial, etc., altamente deterioradas durante los años 90 pero todavía sobreviviendo (de manera agonizante). A la economía de penuria le correspondería un estado pequeño estructurado en torno de tres orientaciones básicas: primero, la recaudación de impuestos y la recuperación de divisas destinados sostener los pagos de la deuda externa y el envío al exterior de beneficios de los grupos económicos dominantes. Segundo, la represión de las protestas populares (articulando estructuras estatales y privadas, formales e informales) y tercero, la organización de sistemas de contención social, de control de los pobres, de sus expresiones hostiles al sistema. Represión y contención son las dos caras de una misma moneda. La miseria extrema de grandes sectores sociales es una componente fundamental del sistema, para que este persista en el tiempo deberá protegerse de sus víctimas, los millones de argentinos sumergidos, que tendrán que pelear contra sus verdugos para sobrevivir. Domesticar, contener, controlar a los miserables, a los marginados y sobreexplotados es hoy para el capitalismo argentino la prioridad estratégica número uno. Desde mediados de los años 90 en el Banco Mundial, en el Departamento de Estado de los Estados Unidos y otras estructuras imperiales se vienen promoviendo proyectos de contención social en la periferia, especialmente en América Latina sobre la base de que las transformaciones neoliberales de la economía hunden en la pobreza a enormes masas sociales urbanas y rurales, y que debe ser frenado su descontento. El armado de “redes de contención social” a través de subsidios a los indigentes es un objetivo clave del sistema regional de dominación complementario de diversos instrumentos represivos (“Plan Colombia”, reconversión y creación de fuerzas represivas nacionales y regionales especiales, etc.). El gobierno norteamericano, sus socios de la OTAN, la Iglesia, etc., acompañados lógicamente por la alta burguesía local promueven en nuestro país esos operativos de institucionalización de la miseria. Reprimir a los díscolos y al mismo tiempo integrar en la degradación a quienes, conformándose con su situación, acepten la caridad de los ricos. La ministra de trabajo, Patricia Bullrich, viene proponiendo la transformación de las protestas piqueteras en “organizaciones solidarias” legales encargadas de gestionar “planes trabajar” y distribuciones de bolsas de alimentos. Sueña con la constitución por esa vía de una suerte de burocracia de la marginalidad, obviamente corrupta, instrumento dócil de los políticos del régimen y los organismos de seguridad. En el mismo sentido apuntan proyectos de aparente “inspiración cristiana” de subsidios a los desocupados que buscan desviar las luchas encauzándolas hacia ese objetivo; obviando, dejando de lado “por el momento” las exigencias de cambios profundos en la estructura económica y social, es decir temas tales como la suspensión del pago de la deuda externa, la renacionalización de las empresas privatizadas y de la seguridad social, etc. Oponer reclamos esenciales de supervivencia inmediata a programas más amplios de cambio constituye un viejo truco conservador, una bien conocida trampa destinada a bloquear, desviar y dividir a los de abajo.

Obviamente este andamiaje de contención-represión es antagónico con la vigencia amplia de las libertades democráticas, su complemento político no puede ser otro que alguna forma de poder dictatorial, autoritario, más allá de los maquillajes circunstanciales (probablemente “civiles”) que deba adoptar.

La prédica actual acerca del “costo de la política” impulsada por los medios de comunicación locales, el Banco Mundial más el propio gobierno y los partidos políticos del régimen utilizando como justificación su propia corrupción, apunta en realidad a reducir o eliminar espacios de representación democrática (nacionales, provinciales, municipales).

El futuro de la involución

Pero nada asegura la permanencia de este régimen. Un primer obstáculo será el descontento popular que viene erosionando la legitimidad de las vallas de contención sindicales y políticas tradicionales desarrollando luchas desde abajo, no institucionales, por ejemplo los cortes de rutas en crecimiento exponencial. Un segundo obstáculo está constituido por el contexto internacional signado por la crisis con centro en los Estados Unidos y Japón pero incluyendo también a la Unión Europea y afectando al conjunto de la periferia, todo ello comprime el comercio internacional castigando especialmente a los precios de los productos vendidos por los países subdesarrollados, caotiza los flujos financieros, encarece los préstamos demandados por las regiones pobres, hace subir las sobretasas usurarias (el “riesgo país”) a que se ven sometidas. En América Latina esto se expresa a través de la desestabilización de los regímenes neoliberales.

Un tercer factor a considerar es el carácter inestable del capitalismo argentino dominado por una lógica de depredación insaciable, donde el achicamiento de la economía nacional debería incentivar la voracidad relativa de la mafia financiera, las contradicciones de intereses en su interior, la descomposición de sus élites políticas, el desmantelamiento de los estados provinciales y del aparato estatal nacional. Cada una de esas dificultades para la consolidación del sistema encontrarán formas, tentativas más o menos eficaces de corrección. Es previsible la reproducción de ensayos de contención popular a través del asistencialismo, de demagogias políticas centristas, semi progresistas, populistas conservadoras u otras, combinadas con represiones selectivas. Los Estados Unidos intentan compensar el descontrol en la región con nuevos esquemas de dominación, combinando ofensivas económicas (como el ALCA o las dolarizaciones) y militares (el Plan Colombia) con estrategias de reconversión de estructuras represivas locales. En fin, el desorden del régimen argentino, de su sistema de poder siempre puede generar convocatorias al cese o reducción de las rencillas internas, a la “unidad nacional” ante eventuales peligros de desborde de las masas sumergidas.

No es seguro el derrumbe del sistema, tampoco lo es su permanencia a mediano o largo plazo, nos encontramos ante un final no definido de antemano donde la lucha de clases, la confrontación entre los de arriba y los de abajo, entre la reproducción ampliada de la decadencia y la rebelión de las víctimas tendrá la última palabra.

Contrarrevoluciones

Todo lo expuesto sugiere una visión del pasado más extendida cubriendo unas cinco décadas de la historia argentina, desde mediados de los años cincuenta. Durante ese largo periodo se produjeron dos contrarrevoluciones (la primera en 1955 y la segunda en 1976) que consolidaron y aseguraron el proceso de declinación de nuestro capitalismo subdesarrollado, cuya última prosperidad, industrial (años 40 y 50) había encontrado serios límites locales e internacionales que agotaron su empuje inicial.

El golpe militar de 1955 expresó un cambio decisivo en las relaciones de poder favorable a los Estados Unidos y a una conjunción de fuerzas burguesas internas y externas que a partir de ese momento desarrollaron un prolongado esfuerzo de control (financiero, industrial, etc.) y de desarticulación de estructuras económicas proteccionistas, de distribución de ingresos hacia las clases bajas, educativas, sanitarias, etc., que fue degradando el mercado interno, el tejido industrial, el sistema de transportes, las empresas públicas de servicios. Esa dictadura militar inició un complejo camino de dominación, zigzagueante, con marchas y contramarchas, empates provisorios, con golpes de estado y gobiernos civiles nacidos de la proscripción electoral del peronismo modernizaciones culturales (impactando a un amplio abanico de sectores sociales, principalmente a las capas medias) paralelas a la acentuación del subdesarrollo económico y la polarización social.

Pero ese país entre estancado y declinante engendró fuerzas de resistencia y ruptura, tentativas de superación del sistema cuya expresión más alta fue la insurgencia revolucionaria de los años 60 y 70 con centro en un sujeto histórico inesperado, la juventud radicalizada de las capas medias encabezando en la culminación de su lucha a grandes sectores populares. Sin embargo esa embestida fue insuficiente tanto desde el punto de vista de su capacidad de convocatoria, como de su estructuración ideológica y organizativa. Un capitalismo sin destino positivo pudo bloquear y luego arrasar a esa rebelión, las Fuerzas Armadas fueron el ejecutor sanguinario de la contrarrevolución que desde 1976 acompañó al genocidio con cambios económicos y sociales que forjaron e instalaron un nuevo sistema de dominación de tipo parasitario.
1955 y 1976 marcaron dos momentos decisivos de nuestra historia, dos enviones hacia abajo, hacia el desastre de una sociedad periférica cuyas posibilidades de renovación capitalista eran muy débiles, casi inexistentes, pero que sin embargo no pudo generar cambios (sujetos) revolucionarios que saltaran por encima de sus bloqueos burgueses.

En el año 2001 nos encontramos en los inicios de una tercera contrarrevolución, la más profunda y retrógrada de todas. La trampa conservadora está nuevamente montada, aunque nunca como ahora el grado de integración (económica, política, ideológica e institucional) de la mayoría de la población al sistema ha sido tan floja, tan carente de ilusiones. Ello reduce la capacidad operativa de la derecha, plantea la posibilidad concreta de la emergencia de una insurgencia popular nueva, heredera de las anteriores pero cargada de una enorme densidad social, de un potencial de ruptura jamás antes visto en Argentina.

Reproducción conservadora, ruptura, crisis

La persistencia del país burgués (incluidas sus contrarrevoluciones, reformas fracasadas y estafas electorales) ha requerido la presencia dominante de mecanismos ideológicos e institucionales destinados a evitar, controlar y eventualmente aislar desbordes y radicalizaciones que podrían poner en peligro su existencia.

La sociedad argentina de hoy aparece polarizada entre una abrumadora mayoría de pobres, marginales e indigentes, de trabajadores, profesionales y pequeños empresarios precarios a la que se opone una mafia depredadora rodeada por un pequeño porcentaje privilegiado de la población. Sin embargo este corte visible y la inestable serie de eslabones sociales intermedios se encuentran atravesados por una trama cultural conservadora, red de seguridad esencial del sistema, envoltorio difícil de quebrar que bloquea las salidas, alimentando al (y nutriéndose del) proceso de decadencia, atrapando a una amplia variedad de dirigentes y estructuras políticas, sindicales y sociales cuyo rasgo común es la no-transgresión de los límites del sistema, el convencimiento irracional de que el Poder es inexpugnable, todopoderoso. Al interior de ese clima ideológico degradado, la revolución (concreta, practicable) aparece como una idea descabellada precisamente en el momento histórico en que la vía revolucionaria, de ruptura radical contra el régimen declinante es el único camino realista posible de superación positiva y durable de la crisis.

Dentro de ese pantano tienen un lugar destacado el centro-izquierda político en su eterna búsqueda de un capitalismo con rostro humano (recordemos al casi olvidado alfonsinismo-progre de los 80 o al Frepaso de los 90) y el oportunismo sindical, pero también debemos incluir a las izquierdas enanas, sin estrategias de poder, vegetando embrolladas en sus galimatías sectarios. Todo ello forma parte de un mundo en decadencia, que refuerza, remacha con su miseria moral la miseria material de los sumergidos sociales.

Temeroso de la rebeldía de los oprimidos, el sistema en crisis extrema sus dispositivos de control y bloqueo, anula o minimiza de manera virtual, comunicacional la protesta que emerge desde el subsuelo pero al hacerlo degrada, desprestigia a sus intermediarios, tapona las vías de escape, contribuye sin quererlo a la sobreacumulación de presión contestataria, de bronca popular. En realidad hace lo único que puede, la lógica de la crisis sobredetermina su comportamiento. Esa dinámica perversa se apoya en la ausencia de la revolución como proyecto y como bandera de lucha, antagónica a la degradación general, que solo puede estructurarse, extenderse y consolidarse desde abajo si su enemigo retrocede, se desordena, se desestructura. El oprimido empieza a existir como ser humano, a conquistar su dignidad solo cuando el opresor comienza a morir.


Notas:
(37) Obviamente esta “ayuda” puede resultar insuficiente dado el elevado grado de endeudamiento público de Argentina.
(38) Precedido por los avances reaccionarios de la dictadura militar (Martinez de Hoz & Co).

Ética

El Ideal Moral Burgués*

Paul Lafargue

EL IDEAL HEROICO, lógico y simple, reflejaba en el pensamiento la realidad ambiente, sin extremadas exageraciones: erigía como primeras virtudes del alma humana las cualidades físicas y morales que debían reunir los héroes bárbaros para conquistar y conservar los bienes materiales, los cuales bienes les elevaban a la primera condición entre los ciudadanos más dignos y dichosos de la tierra.

        La realidad de la naciente sociedad burguesa no correspondía a este ideal. Las riquezas, los honores y los placeres ya no eran el precio del valor y de las otras virtudes heroicas, tanto más cuanto que en nuestra sociedad capitalista la pro­piedad no es la recompensa del trabajo, del orden y de la economía. Sin embargo, las riquezas continuaban siendo el objeto de la actividad humana, convirtiéndose más y más en su único y supremo objeto. Para conseguir este objeto tan ardientemente deseado, bastaba poner en acción las cualidades heroi­cas, en otra época tan apreciadas. Pero como la naturaleza humana no se había despojado de estas cualidades, aunque en las nuevas condiciones sociales resultasen inútiles y hasta perjudiciales "para abrirse paso en la vida", y como en las repúblicas antiguas eran causas engendradoras de conflictos y de guerras civiles, urgía dominarlas, dándoles una satisfac­ción platónica, a fin de utilizarlas para la prosperidad y la conservación del nuevo orden social.

        Los sofistas emprendieron la tarea. Unos, no pretendiendo desvirtuar la verdad, reconocieron y proclamaron bien alto que la posesión de las riquezas era "el supremo bien" y que los placeres físicos e intelectuales que proporcionaban constituían "la última aspiración del hombre". Sostenían resueltamente el arte de conquistarlas por todos los medios, lícitos e ilícitos y el de escapar a las desagradables consecuencias que podía entrañar la violación de las leyes y de las costumbres.

        Otros sofistas, tales como los cínicos y muchos estoicos, en abierta oposición contra las leyes y contra las costumbres, querían volver al estado presocial y "vivir según la naturale­za". Estos afectaban sentir despreció a las riquezas, afirmando ostensiblemente que "el único rico era el sabio"; no obstante, este desprecio afectado con las riquezas estaba en oposición con la manera de conducirse, con el sentimiento general, del que ellos no podían desprenderse y a menudo con el tono dema­siado declamatorio que empleaban. Además, ni unos ni otros se preocupaban en querer dar un sentido utilitario y social a sus teorías morales, y esto era precisamente lo que reclamaba la democracia burguesa.

        Otros sofistas, tales como Sócrates, Platón y gran número de estoicos, abordaron de frente el problema moral: no erigie­ron en dogma el desprecio de las riquezas, reconociendo, por el contrario, que eran una de las condiciones de vida y hasta de virtud, aunque habían dejado de ser su recompensa. El hom­bre justo ya no debía pedir al mundo exterior el premio de sus virtudes, sino buscarlo en su fuero interno, en su concien­cia, que debía guiar por los principios eternos, colocados más allá del mundo de la realidad, que sólo podía esperar obte­nerlos en la otra vida. No se sublevaban contra las leyes y las costumbres, como los cínicos; por el contrario, aconsejaban someterse y amoldarse a ellas, recomendando a todos y cada uno que se conformasen con su suerte y con su situación social.

        Así San Agustín y los Padres de la Iglesia impusieron como un deber a los esclavos cristianos el redoblar el celo para su amo en la tierra, a fin de merecer las gracias del amo celestial.

        Sócrates, que había vivido en intimidad con Pendes, y Platón, que había frecuentado las cortes de los tiranos de Siracusa, eran profundos políticos y no veían en la moral y en la religión más que instrumentos para gobernar los hom­bres y mantener el orden social.

        Estos dos sutiles genios de la filosofía sofística, son los fundadores de la moral individualista de la burguesía, de la moral que sólo puede poner en contradicción las palabras y los actos y dar una sanción filosófica a la doble vida, a la vida ideal, pura, y a la vida práctica, impura; manifiesta contra­dicción una de otra. Así las "muy nobles y muy honestas damas" del siglo XVIII habían llegado a hacer del amor una especie de partida doble, consolándose del amor intelectual en que se deleitaban con amantes platónicos, y gozando material­mente del amor físico con sus maridos y con uno o más amantes.

        La moral de toda sociedad basada sobre la producción mer­cantil, no puede substraerse a una manifiesta contradicción, que es consecuencia de los conflictos en que se halla envuelto el hombre burgués.

        Si la burguesía sólo mantiene su dictadura de clase por la fuerza, tiene precisión, para dominar la energía revolucionaria de las clases oprimidas, de hacerlas creer que su orden social es la realización más perfecta posible de los eternos principios que adornan la filosofía liberal, que Sócrates y Platón habían formulado más de cuatro siglos antes de Jesucristo.

        La moral religiosa no escapa a esta fatal contradicción. Si la más elevada fórmula de dicha moral es "amaos unos a otros", las iglesias cristianas, para acreditar sus tiendas, sólo piensan en convertir a los heréticos por el hierro y por el fuego, a fin de substraerlos, dicen, de las penas eternas del infierno.

        El medio social bárbaro, que engendraba la guerra y el comunismo del clan, llegó a desenvolver hasta los más elevados límites las nobles cualidades del ser humano; las cualida­des físicas, el valor, el estoicismo moral; el medio social bur­gués, basado sobre la propiedad individual y la producción mercantil erige, por el contrario, en virtudes cardinales las peores cualidades del alma humana, el egoísmo, la hipocresía, la intriga y el engaño1.

        La moral burguesa, que Platón hace descender de lo alto de los cielos y que coloca por encima de dos viles intereses, refleja tan modestamente la realidad, que los sofistas, en vez de buscar una palabra nueva para designar el principio, que según Víctor Coussin es "la moral completa", emplearon el vocablo corriente y le llamaron Bien: to agathon. Cuando el ideal cristiano se formó al lado y a continuación del ideal filo­sófico, experimentó las mismas contingencias. Los Padres de la Iglesia le imprimieron el sello de la utilidad vulgar.

        Beatus, que les paganos empleaban para designar rico, y que Varron define diciendo que es "el que posee muchos bienes", qui multa bona possidet, en el latín eclesiástico quiere decir el que posee la gracia de Dios; Beatitud, de cuya pala­bra Petronio y los escritores de la decadencia se sirven para designar riquezas significa, bajo la pluma de San Jerónimo, felicidad celeste; Beatísimo, el epíteto dado por los escritores del paganismo al hombre opulento, se aplica a los patriarcas, a los padres de la Iglesia y a los santos.

        La lengua nos ha demostrado que los bárbaros, por su procedimiento antropomórfico acostumbrado, habían incorporado sus virtudes morales a los bienes materiales. Pero los fenómenos económicos y los acontecimientos políticos, que prepararon el terreno para el advenimiento del modo de producción y de cambio de la burguesía, rompieron la primitiva unión establecida entre lo moral y lo material. El bárbaro no se avergon­zaba de esta unión, pues eran las cualidades físicas y morales, de las que él resultaba el más acérrimo defensor, las que ponía en acción con la conquista y conservación de los bienes materiales; el burgués, por el contrario, se avergüenza de las bajas acciones que ha de realizar para llegar a hacer fortuna: por eso quiere hacer creer y acaba por creerlo él mismo, que su alma se eleva por encima de la materia y se nutre de verdades eternas y de principios inmutables. Pero la lengua, incorregi­ble denunciadora, nos revela que bajo el tupido velo de la moral más pura se esconde el ídolo soberano de los capitalistas, el Bien, el Dios-propiedad.

        La moral, lo propio que los demás fenómenos de la activi­dad humana, cae bajo la ley del materialismo económico for­mulado por Marx: "El modo de producción de la vida material domina en general el desenvolvimiento de la vida social, polí­tica e intelectual".

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(*) Parte III del libro El Origen de las Ideas Abstractas. https://www.marxists.org/espanol/lafargue/1890s/1898.htm
(1) Los escritores burgueses tienen la costumbre de achacar todos los vicios de la civilización a los bárbaros, a quienes los capitalistas roban, explotan y exterminan con el pretexto de civilizarles, cuando en realidad lo que hacen es corromperles física y moralmente con el alcohol, la sífilis, la biblia, el trabajo forzoso y el comercio.
Los viajeros que se han puesto en contacto con pueblos salvajes, no contaminados por la civilización, han quedado sorprendidos de sus virtudes morales, y Leibnitz, que vale tanto él solo como todos los filósofos del liberalismo, no podía menos que rendirles homenaje. "Cónstame, dice, que los salvajes del Canadá viven unidos y en paz: aunque entre ellos no existe ninguna especie de magistrados, nunca o apenas nunca se ve en aquella parte del mundo, querellas, odios o guerra, a no ser entre hombres de distintas naciones o de distintas lenguas. Casi calificaría este hecho de milagro político, que Hobbes no hizo resaltar bastante. Los mismos niños, jugando juntos, rara vez llegan a las manos, y si en alguna ocasión se exceden algo, sus mismos compañeros bastan para hacerles entrar en razón. No se crea, por eso, que sean insensibles o de temperamento pasivo, sino muy vivaces, según lo demuestran en la ven­ganza a las ofensas que reciben y en el temple con que desafían la adver­sidad. Si estos pueblos pudiesen unir un día tan grandes cualidades naturales a nuestras artes y a nuestros conocimientos, a su lado sería­mos simples caricaturas humanas".

Literatura


Confesiones de Tamara Fiol ¿un novelón indigesto?

(Décimo novena Parte)

Julio Carmona

        IV. Errores, erratas y datos irrelevantes

        En este capítulo vamos a incluir las fallas correspondientes a los errores, las erratas y los datos irrelevantes contenidos en la novela Confesiones de Tamara Fiol, motivo de análisis de este trabajo. Consideramos como ‘error’ —de acuerdo con el DRAE— a un concepto equivocado o juicio falso; ejemplo, dice TF:

En su tipo de mestizo aindiado de piel clara, Baltasar Azpur era un joven guapo y hasta sexy que, como escuché comentar con mala leche, hacía recordar cierto poema a Túpac Amaru de Romualdo, un conocido poeta peruano (p. 36).

        En primer lugar, hay aquí una expresión de racismo por parte de TF: ¿qué es eso de «aindiado»?, en todo caso ha debido decir de «mestizo serrano».211 En segundo término, no se entiende por qué el comentario relacionado con el poema es calificado de «mala leche», tal vez porque con él se insinúa que Azpur estaba condenado a ser descuartizado; pero lo erróneo en definitiva es que en el poema de Romualdo no se hace ninguna descripción física de Túpac Amaru, como para que se pueda establecer dicha comparación. Por lo demás, ha debido decir: ‘hacía recordar a cierto poema…’ y aun así la formulación sigue siendo errónea pues a nadie se puede comparar con un poema, tal vez sí con el personaje del poema, pero siempre y cuando este sea descrito ahí, lo que no ocurre en el poema aquí aludido. Y, por último, eso de «cierto poema a Túpac Amaru de Romualdo» suena a despectivo, porque es un solo poema de Romualdo a Túpac Amaru, entonces se tiene que decir: ‘el poema a Túpac Amaru de Romualdo’.

        Por lo que respecta a la ‘errata’ —siempre de acuerdo con el DRAE— la consideramos como equivocación material cometida en lo impreso o manuscrito; ejemplo: En la parte final de la p. 11, dice: «Fuera de los los…», sic: repetición viciosa del artículo. Por último, por «datos irrelevantes» entendemos aquellos elementos que no contribuyen al desarrollo de la novela, pasando a constituir, más bien, situaciones o hechos prescindibles. Veamos un ejemplo con la siguiente anécdota en que aparece un dato que consideramos como tal, irrelevante: TF refiere que fue invitada —junto con Emperatriz e Isabela— por Arancibia para asistir a una fiesta que la regenta de un prostíbulo daba en su casa (no en el prostíbulo), y ellas — confundidas— fueron maquilladas de manera excesiva. «… las tres —dice— acentuamos el grosor de nuestros labios con lápiz labial color púrpura, pestañas y uñas postizas, cejas depiladas y ojeras verdes.» Lo cierto es que se produce la siguiente situación equívoca:

La casa de la patrona no era una casa, mi amor: era una mansión en la zona más exclusiva de Orrantia, con un amplio jardín y un porche con pilares y arcos. En toda la cuadra habían (sic: había), aparcados, automóviles de lujo, Cadillacs, Mercedes, Pontiacs. Nos salió abrir (sic: a abrir) un mayordomo que me pareció que nos miraba con estupor212. Dijo que esperáramos un momento y volvió a cerrar la puerta. Un minuto después apareció una señora que al propio Arancibia le costó reconocer como la mami dueña de una cadena de burdeles y casas de citas. Nos echó una mirada severa y declaró. “Esta es una fiesta para gente decente, no para putas” y nos cerró con un portazo. Tiempo después, un narrador que de tiempo en tiempo se dejaba caer por el Palermo, con esta anécdota que parece que se la contó Isabela, escribió un cuento cómico y delicioso (p. 305).

        El dato que nos parece irrelevante (aparte de la redundancia y el queísmo) es el que hemos destacado con cursiva. Si no va a mencionar el nombre del escritor aludido, ¿para qué hacer la alusión? La anécdota se está contando como un hecho ocurrido en la «realidad de la novela», no interesa si con ella se ha hecho o no otra narración. Aunque parece ser que se oculta la identidad del escritor insinuado por diferencias personales, o por otras razones como ya hemos adelantado respecto de Carlos E. Zavaleta. Por último, reiteramos la prescripción chejoviana de que en una historia nunca se debe incluir una pistola a no ser que esta deba ser disparada. La ley inversa también funciona. Si una pistola es disparada debe de haber aparecido antes. ¿No es aplicable esta prescripción al caso del escritor cuyo nombre se ha omitido? Por otro lado, debemos precisar aquí que para ilustración de cada caso vamos a seguir el orden de aparición en la lectura, es decir, considerando la progresión numérica de las páginas, salvo en los casos en que se aglutinan por pertenecer a un mismo tema. Finalmente, aquí omitimos —en lo posible— los casos que son expuestos en los capítulos precedentes.

1. El primer párrafo de la p. 12 empieza así: «Después de que, al fin, accedió (…) me había dicho…», y ha debido decir: «me dijo»; y, de preferencia, debió quedar así: ‘Cuando, al fin, accedió (…) me dijo…’ y es tanto más urgente suprimir la forma «había» del verbo auxiliar, ya que en el segundo párrafo de esta página hay una repetición profusa y viciosa de dicha forma que, además, va junto a otras palabras de la misma terminación «ía», lo que deviene cacofónico. La repetición viciosa del auxiliar «había» se repite al final de la p. 269 y siguiente, y con otros sonidos similares: «guías», «Matías» y «decía». Asimismo, el segundo párrafo de la p. 12 debió unirse al primero, pues trata del mismo asunto: el retrato de TF, retrato del que «dígase de paso» no se vuelve a hablar más, pese a que ahí se dice que había sido prestado por Emperatriz, la amiga de TF, por tanto debió indicarse que fue devuelto (si no, se entiende que el narrador, finalmente, lo hurtó), y, en todo caso, no debió indicarse que la amiga de TF se lo prestó sino que se lo obsequió: para que fuera puesto en la carátula de la novela.213

2. En la misma p. 12 dice: «Recuerdo que pensé: este humor ácido era una forma, más bien obvia, de conjurar cualquier sentimiento autocompasivo». Y ha debido decir ‘este humor ácido es una forma…’, porque ese retroceso al pensamiento del pasado, convierte a este en presente, como si fuera una «cita textual». Por ejemplo, un caso similar se da en la p. 400: «“Se ha coqueado”, me dijo Tamara que había pensado». (No dice: ‘Se había coqueado’).

3. También en la p. 12 hay dos expresiones (entre paréntesis: «me pareció a mí»), que salen sobrando, puesto que nadie más que él (el narrador) está contando los hechos, y a nadie más que a él tiene que parecerle así (salvo que fuera un narrador omnisciente, y no es el caso). Dice: «“… con su sonrisa y mirada francas, sin atisbos (me pareció a mí) de coquetería ni de sutiles insinuaciones.» Obviamente, el lector se hace cargo de que es al narrador a quien le parece eso. Y, al final de la página, dice: cuando avanza TF con sus muletas «(con un ruido de metales, chirriante, me pareció a mí)», en principio, después de «metales» no ha debido ir coma, pues «ruido de metales» es frase sustantivada y su adjetivo es «chirriante»; y, obviamente, a él tiene que parecerle; no está indicando que hubiera otra persona a quien pudiera parecerle eso o algo distinto, que justifique la aclaración. Y es una acotación que se habrá de repetir otras veces, por ejemplo en la p. 32: «Y así, por segunda vez en esa noche, volví a escuchar (por lo menos para mí) la extraña y lacerante música ayacuchana». La frase que va entre paréntesis, parece aducir que es «por lo menos para mí» que la escucha por segunda vez, porque si se ha querido decir que el paréntesis explicativo se refiere a los adjetivos de «extraña y lacerante música», pues el paréntesis ha debido ir después de «la (por lo menos para mí) extraña y lacerante música…».

4. En el mismo segundo párrafo de la p. 12 hay una mala construcción, dice: «Por supuesto, los años de invalidez habían deformado su cuerpo y la cara —que en la foto se veía pequeña—, se le había anchado quizá por el uso de la cortisona. Vagamente me había figurado…” Después de «su cuerpo» ha debido ir coma, si no la fluidez de la lectura lleva a unir la deformación al cuerpo y a la cara; hasta la palabra «cuerpo» concluye una oración, por eso debe ir coma para separar la otra oración «y la cara (…) se le había anchado». Asimismo, después de la frase explicativa puesta entre guiones, no debe ir coma. Luego, después de «Vagamente» debe ir coma, si no da la sensación de que el hablante se había figurado, a sí mismo, vagamente. Este tipo de coma se usa para demarcar al sujeto; veamos otro ejemplo, ubicable al comenzar el tercer párrafo de la p. 12: «Apenas la vi trasponer la puerta del bar me puse de pie», en este caso la oración principal es «me puse de pie» (con sujeto tácito: Yo), la oración que la antecede es complemento del predicado: «apenas la vi trasponer la puerta del bar», y en este caso no debe ir coma separándolos; pero en la forma como aparece en el ejemplo, sí debió ir coma después de «bar», porque se ha invertido el orden de la oración: el complemento del predicado precede al sujeto.

5. En el mismo párrafo, pero ya en la p. 13, hay otra confusión con el verbo ‘ser’. Dice: «Al despedirse, los ojos de la joven eran como si me advirtieran… », ¿qué cosa es ‘ser como si advirtieran’?, ha debido decir, en todo caso: ‘los ojos de la joven me miraron como advirtiéndome’...

6. Empezando el primer párrafo de la p. 13, dice: «Luego Tamara me impidió que llamara al mozo y en los diez o doce minutos siguientes me sometió a un interrogatorio…» Aquí también se ha omitido un signo de puntuación (coma o, mejor, punto) que separe las dos oraciones: ‘Luego Tamara me impidió que llamara al mozo. Y en los diez o doce minutos…’ Pero al final de la cita también hay un error, que se hubiera evitado omitiendo el artículo «un», si quedaba sola la preposición «a» (‘me sometió a interrogatorio’) no habría problema, pero «un interrogatorio» precisa de adjetivo (intenso, exhaustivo, penetrante, agudo).

7. Hacia la mitad del mismo párrafo (p. 13), el narrador describe sus propios rasgos externos que, según él, TF está observando, y dice: «Después, con alguna ironía, examinó mi look: cabellera crecida terminada en una colita, cuidada barba de cinco días y mis lentes la llevaron a evocar por un segundo a John Lennon.» En principio (igual que en los casos anteriores), antes de la conjunción «y» que precede a «mis lentes» ha debido ir coma, para separar las frases distintas. Pero también hay aquí la intromisión del narrador omnisciente que sabe lo que ocurre en el pensamiento de sus personajes, sin que estos lo manifiesten de manera explícita: eso de ‘sus lentes la llevaron a evocar por un segundo a John Lennon’ tendría que saberlo TF, pero no el narrador, a no ser que ella lo manifieste explícitamente, pero no es el caso. Otros casos de intromisión del narrador omnisciente (incluso del autor) son los siguientes: En la p. 21 hay un dato que debería tenerse como una suposición, y él lo da por un hecho concreto: «Te decía que cuando se anunció la llegada de la comisión de parlamentarios, el general jefe de la Zona de emergencia ordenó desenterrar a los muertos e incinerarlos…» La acción puede parecer real, pero el narrador no podía saber quién dio la orden, solo suponerlo (y es impensable que él hubiera estado en el lugar de los hechos), por lo tanto ha debido decir: ‘se supo que el general…’ o ‘trascendió que el general…’ Asimismo, en la p. 138, se lee lo siguiente: «Curiosamente volvió a mencionar el nombre de Arancibia (lo cual hizo que los ojos de Morgan se iluminaran de codicia y esperanza)…»; con esta cita no se da el caso del «narrador omnisciente», sino de la intromisión del autor, pues solo este puede saber lo que está ocurriendo en los estados de ánimo del narrador, y en ningún momento se dice que este papel se le esté asignando también a la protagonista, que, por lo demás, es la única que está observando a Morgan, por lo tanto, el lector se tiene que preguntar: ¿quién dice que ‘los ojos de Morgan se iluminaron de codicia y esperanza’? Otra forma de omnisciencia se da en la p. 215: «Luego con la misma furia el viejo se despidió de mí y cerró la puerta de la parroquia, llevándose a Ebert.» Si dice que «cerró la puerta», el narrador no puede saber si se llevó a Ebert o si este se quedó un tiempo más detrás de la puerta o se dirigió solo a otro sitio sin «ser llevado» por el viejo. En todo caso, pudo decir: ‘Y Ebert también desapareció detrás de ella’. En la misma página (comienzo del párrafo siguiente) dice: «Hubiera sido bueno sentarse un momento en la placita que enmarcaba el atrio de la iglesia»; pero no explica ‘por qué hubiera sido bueno’ y, sin embargo, demora para describir el entorno de la placita, por tanto, mejor ha debido decir: ‘Me senté un momento en la placita’ y «reparé en un mendigo…, etc.»

8. Al final de la p. 13, dice: «Y sí, en estas circunstancias había surgido su nombre…» El adverbio de afirmación «sí» ha debido ir entre dos comas y no con una sola, es una afirmación que se puede omitir: ‘Y en estas circunstancias había surgido…’, y si se incluye la afirmación, es como un elemento accesorio, que debe ir entre comas.

9. «No hizo ningún comentario, más bien (como yo lo esperaba) quiso saber sobre mi condición de cronista de guerra. Siempre soy cauto y sobrio en mis respuestas cuando me preguntan por este oficio que elegí» (p. 14). La frase «que elegí» es un ripio; se sobrentiende, es obvia, está demás. Al final de esta página (14) se vuelve a usar otra palabra que constituye un ripio, dice: «Todo esto lo conté en forma parca, omitiendo mis otras misiones por temor a parecer petulante», pero en realidad incurre en petulancia al agregar el adjetivo posesivo «mis», pues el sustantivo «misiones» no lo necesitan y se sobreentiende que son suyas. Por último, en las dos últimas líneas de la citada página, dice: «Mi entrevistada pidió un jugo de piña y yo, un exprés con un vaso de agua con hielo», y otra vez falla el uso de la coma, esta ha debido ir antes de la conjunción «y», que hila dos oraciones distintas; pero también el pedido del narrador pudo quedar mejor así: ‘un exprés y un vaso con agua y hielo’, para evitar repetir la preposición «con».

10. En la p. 15 el narrador dice que TF se opuso a que grabe la entrevista: «“Nada de grabadora”, me advirtió cuando saqué el artefacto de mi mochila.» Y es una negativa que amerita ser justificada. Máxime si en otra oportunidad le dice que unas estudiantes universitarias le grabaron otra entrevista y hasta le ofrece darle los casetes (p. 20), le dice: «Me entregaron una copia de las grabaciones. Si lo deseas, te las hago llegar.» Entonces, debió precisarse la razón por la que permitió ser grabada en un caso, y en el otro no. Y lo raro también, por parte del narrador, es que estando tan preocupado por tener una grabación de lo conversado, no dice ni «sí» ni «no» ante ese ofrecimiento que le hace TF de hacerle llegar la grabación realizada por las alumnas. Es más, en la p. 21, el narrador le sugiere a TF que reconsidere su negativa a ser grabada, pero dice que ella se reafirmó en su decisión, sin que precise el móvil de la misma. Y esa negativa a ser grabada va a obligar al narrador a contradecirla, generando incluso sentimientos de culpa en él, aunque por lo común esas acciones autopunitivas devienen placenteras. En la p. 180, MB, acompañado de Muriel, están escuchando la voz grabada de TF, indicándose ahí mismo que MB ha transgredido la oposición de TF a ser grabada. Muriel dice: «Esta vez espero que la hayas grabado.» Y Morgan responde: «Sí. Para mi vergüenza. Aquí tengo los casetes.»214 Es, pues, de parte de TF una negativa innecesaria. Incluso hasta conlleva una actitud un tanto sádica, pues obliga al entrevistador a grandes esfuerzos para recordar todo lo que ella le refiere. Aunque, al parecer él no se encuentra exento de sadismo, pues cuando se encuentran por primera vez en el restaurante en que se han citado, la hace caminar hasta el fondo del amplio local (cuando pudo elegir una mesa más cercana a la puerta), dice él: «Me gusta el local. Es una construcción amplia de un solo piso (p. 11) … mientras (con un ruido de metales, chirriante, me pareció a mí) ella se dirigía a la mesa que yo había elegido al fondo del salón» (p. 12). Y lo más desconcertante es que, en la p. 15, agrega que el salón estaba casi vacío: «… sólo había ocupadas dos mesas más, ubicadas en extremos opuestos, y un sujeto cuarentón bebía una cerveza en la barra», de tal suerte que MB bien pudo elegir una mesa cercana a la puerta. O sea que ella —igual— lo está obligando a realizar un gran esfuerzo para recrear o rememorar todo lo que van a conversar.

11. En la p. 16, TF dice: «¿no te basta con el reportaje que le hiciste a las seguidoras del Presidente Gonzalo215? ¿O no pudiste hacerlo?» (Y, en párrafo aparte, continúa el narrador): «“Todo lo contrario”, respondí»; pero, de inmediato, hace una larga digresión en torno a los cigarrillos que gusta fumar, y  termina el párrafo, pero se pasa a otro en el que sigue hablando de los cigarros, y, ahí mismo, continúa con la respuesta que dejó trunca, cuando lo anterior — relacionado con el cigarro— ha debido ir en el párrafo precedente, y esa continuación de la respuesta ha debido iniciar el nuevo párrafo.

12. En la p. 19, el narrador dice: «De modo que admití que, en efecto, había sido Corso, Corso Geldres, quien me habló por primera vez de Arancibia cuando tomé contacto con él.» Después de Arancibia debe ir coma, pues de otra forma se crea la confusión de que escuchó hablar de Arancibia cuando tomó contacto con él (con el mismo Arancibia). Además, al comienzo de la cita debió evitarse el uso repetido de la conjunción «que»: «De modo que admití que…».

13. Dice el narrador: «Y en un esfuerzo por ser sincero con ella, le revelé la hipótesis que manejaba Corso…» (p. 20). Después de la conjunción «Y», ha debido ir una coma que justifique a la que sigue (luego de «ella»), si no esta sale sobrando. Es un caso similar a la falla número 9. Son frases incidentales que deben ir entre comas.

14. En la p. 21 se escribe esta frase con una coma que está demás: «Le di las gracias. (…) Luego, continué:». Esa coma fuera pertinente si el verbo señalara una explicación; pero no es así, lo que está indicando es una acción que se da después de otra previa: «Le di las gracias. (…) Luego continué:».

15. En la p. 21 se dice: «… la comisión que había nombrado el Congreso para investigar las desapariciones de civiles.» Y es preciso preguntar: ¿se puede hablar de otro tipo de desapariciones?, ¿desapariciones de militares, por ejemplo, o de senderistas? (sin contar que los senderistas también son civiles, pero es imposible suponer que se haga referencia a ellos).

16. En la p. 21 se lee: «[Le respondí que una de las primeras cosas que hice para preparar mi reportaje sobre las mujeres de Sendero fue viajar a tierra ayacuchana]»; sobre esta acotación digamos que — en toda la novela— pocas veces (si no nunca) se usan los corchetes y menos encerrando expresiones en cursiva, y en este caso ninguna de las dos acciones se justifican; pudo usarse paréntesis, simplemente, y sin cursiva, nada hay que justifique lo otro.216

17. En la p. 23 dice: «Era un sueño ver el sol dorado que despuntaba por los cerros sobre la (sic) torres de las treinta y tres iglesias.» Ha debido decir: «las torres». Además, desde el punto de observación del narrador, ¿se aprecian las treinta y tres iglesias?

18. En la p. 23, dice: «Patrullas del ejército nos interceptaron en tres oportunidades pidiendo nuestros documentos.» La construcción es propia de los quechua hablantes, incluyendo el uso del gerundio («pidiendo»), máxime si quien habla no es un lugareño sino la protagonista, TF. Asimismo, es innecesario adosar el adjetivo «nuestros» al sustantivo «documentos». Ha podido decir: ‘Nos interceptaron algunas patrullas del ejército que pedían documentos’.

19. En la misma p. 23 hay otro error de construcción; TF dice que Taylor: «Después nos invitó a Malenita y a mí a tomar un auténtico desayuno huamanguino en el mercado. La vida proseguía, me dijo, y a la mujer que nos sirvió los humeantes platos de caldo de cabeza de carnero con exquisito mote le habían matado a dos de sus hijos.» Veamos: a) ya ha dicho que ella va con Malenita y con Taylor, entonces solo debió decir «nos invitó»: es obvio que es a Malenita y a ella, no había nadie más. b) después de la frase «me dijo», da la impresión de que a la mujer le va a decir otra cosa, y no es así; lo que se ha debido agregar es esto: ‘y nos contó que a la mujer…’ y, c) es de muy mal gusto que, previo al mensaje principal: «le habían matado dos de sus hijos», vaya el siguiente agregado: «que nos sirvió los humeantes platos de caldo de cabeza de carnero con exquisito mote», este dato en todo caso ha debido ir en la parte en que anuncia que fueron invitadas a tomar el «auténtico desayuno huamanguino».

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(211) En La invención novelesca utiliza un trato más decoroso: «… varios profesores de la universidad de estirpe andina se habían casado o convivían con mujeres blancas…» (p. 33). Ese uso de lo ‘andino’ lo explica José Cerna de la siguiente manera: «Uso la expresión “andino” en el sentido amplio en que se usa en los estudios de ciencias sociales del área, incluyendo no solamente “los andes”, sino toda el área de influencia de las culturas prehispánicas, desde el uso de los recursos marinos, pasando por las zonas costeras y los Andes en sus diversos “pisos”, hasta la Amazonía» (CERNA, A-2004: 66).
(212) Para evitar el «queísmo» la redacción debió quedar así: ‘Nos salió a abrir un mayordomo que —me pareció— nos miraba con estupor’.
(213) Retrato que, intuimos, corresponde a la primera esposa de MG, y que al ser atribuido a TF denigra la memoria de aquella.
(214) «Cuanto más se prohíbe algo, más popular se hace. Las cosas prohibidas suelen ser las más divertidas.» Mark Twain.
(215) Es pertinente destacar que en ninguna parte de la novela se hace referencia a Abimael Guzmán por su nombre, siempre se le llama «Presidente Gonzalo». Solo en el «epílogo» se hará esa referencia. «Me adjuntaba, me decía, pues acaso pudieran tener algún interés para mí, una serie de recortes periodísticos de los meses que siguieron al autogolpe de Fujimori, del 5 de abril, hasta unas semanas después de la captura del Presidente Gonzalo» (p. 429). (Primera y única mención de esta captura.) «… todos los reporteros no se abastecían para informar sobre la secuencia de atroces atentados que tuvieron lugar en Lima hasta semanas después de la caída de Abimael Guzmán, el Presidente Gonzalo» (p. 434). Primera y única mención de Guzmán, con su nombre. En este caso MG ha actuado en sentido contrario de lo que ocurrió con su ensayo la Generación del 50, del cual —en el Prólogo a su segunda edición— dice: «En cuanto a los intelectuales que se hallaban en posiciones ideológicas cercanas a Sendero, el libro no les resultaba del todo satisfactorio, pues aparte de estar en desacuerdo con mis ideas estéticas y con algunos de mis juicios literarios, consideraban que mi lenguaje no era lo suficiente clasista (por ejemplo, no aludía a Guzmán como ‘Presidente Gonzalo’) y que la irreverencia de mi escritura tenía un signo extraño al espíritu proletario» (2008, 15). ¿Se puede decir que al ocurrir lo contrario en la novela —en relación con el nombre—, se ha hecho la rectificación del caso? Sin embargo, en el referido ensayo, MG incurre en la misma intransigencia al referirse al Grupo Intelectual Primero de Mayo (GIPM), dice ahí: «… si se leen con detenimiento los textos del GIPM … se observará que no hay ninguna mención al Partido ni al marxismo-leninismo, en cambio hay repudio a las posiciones sectarias» [alusión al mismo Sendero] «e invocaciones abstractas a la Justicia Social y a la Humanidad, lo que en suma revela concepciones obreroartesanales y reminiscencias anarco-sindicalistas» (op. cit., p. 101).
(216) En la p. 88, al comenzar el primer párrafo, se pone una acotación en cursiva y entre paréntesis «(la pregunta me toma por sorpresa y medito unos instantes antes de responder)», obsérvese que no son corchetes sino paréntesis, y en este caso cabe el uso de la cursiva, porque se está utilizando la técnica del diálogo dramático, en el que las acotaciones suelen ir de esa manera, pero no es el caso de lo cuestionado en la p. 21.




¿Poética de la Mercancía o Mercancía de la Poética?

Julio Carmona

COMO PARTE DEL TRABAJO de investigación literaria, uno se va encontrando con textos que, en apariencia, son convincentes; pero que, en esencia, nos sorprenden por su vacua locuacidad. Pongo un ejemplo: «Voy a hablar de la mercancía y la relación de la poesía con ella, aunque lo que voy a decir constituye también una reivindicación de las vanguardias de la primera parte del siglo XX y de su importancia, en cuanto proyecto inacabado, para nuestra actualidad [a]. A pesar de lo complejo del tema, se lo puede resumir en términos sencillos: la mercancía es una relación social entre las cosas [b2]; la poesía es una relación entre las palabras –o la materia gráfica o sonora– [b1], capaz, en los mejores casos, de poner en tela de juicio la totalidad de la vida» [c] (William Rowe, «Poética de la mercancía», en: Revista Vallejo y Co. Tomado de: www.revistadossier.cl).

a)     Obviamente, este autor acepta su filiación ideológico-literaria con el formalismo, al pretender «una reivindicación de las vanguardias de la primera parte del siglo XX y de su importancia, en cuanto proyecto inacabado, para nuestra actualidad», con lo que no hace otra cosa que sugerir su resucitación, porque, según él, el proyecto vanguardista quedó inacabado, y lo que falta —como tarea de los formalistas— es retomarlo para continuarlo y ver cómo acabará, en la actualidad (una actualidad que no tiene cuándo acabar, pues lo mismo vengo escuchando desde hace ya más de cincuenta años).

b1) Y, en efecto, su filiación formalista explícita la presenta al final de la cita al dar su definición de poesía como «una relación entre las palabras –o la materia gráfica o sonora–». Y entonces uno se pregunta: ¿y la relación de la poesía con la vida dónde queda? Pero el autor de la cita, antes de responder, nos exige ver una premisa previa de su meditación, que dice: «la mercancía es una relación social entre las cosas» [b2], como si las cosas tuvieran una autonomía absoluta, y no fueran medios para las relaciones humanas. Esta proposición de Rowe Carlos Marx, en El Capital, la contradice así: «… de cualquier modo que se juzguen las máscaras que llevan los hombres en esta sociedad, las relaciones sociales de las personas en sus trabajos respectivos se revelan claramente como sus propias relaciones personales, en vez de disfrazarse de relaciones sociales de las cosas, de los productos del trabajo» (A-1972-1: 80). Y, obviamente, dentro de las «cosas» deberemos incluir a la poesía, si es que se la considera como mercancía: o sea que la relación de la poesía es con las cosas, mas no con la vida ni con los seres humanos. Pero advertido de que hicimos esta lectura, aun sin cuidarse de ver si esa situación de la mercancía tiene relación con su siguiente silogismo, el autor responde de inmediato:

c) ‘esa relación entre las palabras debe ser capaz’ «en los mejores casos, de poner en tela de juicio la totalidad de la vida». Es decir, que si un poema ‘no pone en tela de juicio la totalidad de la vida’ no es «un caso mejor», porque, más bien, seguro, lo que estará sugiriendo es que lo que debe ponerse en tela de juicio es la sociedad tal como está organizada desde hace más de dos mil años. Y de este desquiciamiento la vida no tiene la culpa. Quien la tiene es la organización de unos cuantos hombres que ejercen dominio sobre una inmensa mayoría que lucha para salvar a la vida de esa opresión.

        Sin embargo, el autor citado, en otro momento, todavía dice: «¿Existe alguna, entre las necesidades humanas, que no se haya convertido en mercancía global?» Y, claro, nos obliga a retrucarle, que, del mismo modo como no creemos que ‘la mercancía sea una relación entre las cosas’, tampoco nos parece apropiado decir que ‘las necesidades humanas sean mercancías’ o que puedan convertirse en eso, sino al revés, que son las mercancías las que satisfacen o cubren las necesidades humanas. Ya, en las primeras páginas de su libro capital, dice Marx: «… la mercancía es un objeto externo, una cosa que, en virtud de sus propiedades, satisface necesidades humanas de cualquier clase» (op. cit.: 39). Y con el mismo ejemplo que pone se despeja la duda, porque él dice que «la excepción sería el aire», convirtiendo así al aire en necesidad humana, cuando es al contrario —como ya dije— que, en todo caso, el aire es un medio para cubrir una necesidad, pero él en sí no es una necesidad, ni tampoco una mercancía, a pesar de que el autor así lo considera:«… habría que decir que en el tiempo del gobierno de Margaret Thatcher corría el rumor de que el aire mismo iba a venderse enlatado». Es totalmente desfasado considerar al aire como mercancía, Marx, refiriéndose a: «el aire, los prados naturales, el suelo virgen, etc.» dice que: «Un objeto puede ser útil sin ser mercancía» (op. cit.: 44). Y, más aun, Marx agrega: «El que con aquello que produce satisface sus propias necesidades, no crea más que un valor de uso personal. Para producir mercancías debe producir no solo valores de uso, sino también valores de uso para otros, valores de uso sociales. (Y no solo para otros. El campesinado de la Edad Media producía el trigo del tributo para el señor feudal y el trigo del diezmo para el clero. Pero ni el trigo del tributo ni el trigo del diezmo eran mercancías por el hecho de haber sido producidos para otros. Para ser mercancía el producto debe ser entregado al otro, al que lo consume, mediante un cambio)» (Ibíd.: 45). En nota a pie de página F. Engels dice ser quien ha «intercalado este párrafo entre paréntesis porque su omisión ha dado frecuentemente motivo a que los lectores se equivocasen creyendo que Marx considera mercancía cualquier consumido por otro que no sea su productor». Y este parece ser el caso de W. Rowe. Y, bueno, siempre convirtiendo los casos particulares en generalidades, para Rowe resulta que una acción frustrada del gobierno británico, confirma su aserto de que el aire (de haberse llegado a vender en lata) hubiera sido una necesidad humana convertida en mercancía.

        Y lo mismo se puede decir de todo el artículo, que no busca explicar cómo el poema deriva en mercancía, sino cómo en algunos casos los poemas explican la transformación del objeto real actuante en el poema, en objeto «fetiche», y, así, dice, por ejemplo: «la relación del texto de Stein con la mercancía reside en la relación de los sentidos con el espacio y no en la ausencia del campesino que cuidó a la vaca, del carnicero que produce la carne, de la señora que limpia la habitación». Y es, en ese sentido, que Rowe concluye de la siguiente manera: «El trabajo enajenado, el trabajo abstracto no es simplemente algo que el progreso rescatará. Lo que ha de cambiarse es la totalidad del sistema que convierte la vida de una persona en mercancía o, en el caso de nosotros que trabajamos en la universidad, del sistema que convierte el conocimiento en mercancía». Aquí creo pertinente hacer la siguiente observación: no es el «conocimiento» del profesor universitario el que se convierte en mercancía. Es su trabajo en sí el que se está considerando como mercancía. El conocimiento es igual que «el aire, los prados naturales, el suelo virgen, etc.», cuya utilidad no lo convierte en mercancía.

        Por lo demás, luego de leído el texto queda la sensación de que ha habido un abuso conceptual, en tanto el título mismo, «Poética de la mercancía», que lleva a pensar en una absurda pretensión de los poetas de explicar con la poesía el proceso de producción de todas las mercancías que tengan cabida, nominalmente, en sus poemas; con lo cual poema mismo se estaría convirtiendo en mercancía de la poética, casi como decir: poética de la silla, poética del zapato, poética del lápiz, etc. Y todo eso hace recordar al título de Proudohn, Filosofía de la miseria, que Marx transformó en Miseria de la filosofía.

Creación


Miguel Hernández*

Elegía


En Orihuela, su pueblo y el mío, se
Me ha muerto como el rayo Ramón
Sijé, con quien tanto quería

Yo quiero ser llorando el hortelano
De la tierra que ocupas y estercolas,
Compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
Y órganos mi dolor sin instrumento,
A las desalentadas amapolas

Daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
Que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
Un hachazo invisible y homicida,
Un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
Lloro mi desventura y sus conjuntos
Y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
Y sin calor de nadie y sin consuelo
Voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
Temprano madrugó la madrugada,
Temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
No perdono a la vida desatenta,
No perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
De piedras, rayos y hachas estridentes
Sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
Quiero apartar la tierra parte a parte
A dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
Y besarte la noble calavera
Y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
Por los altos andamios de las flores
Pajareará tu alma colmenera

De angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
De los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
Y tu sangre se irán a cada lado
Disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
Llama a un campo de almendras espumosas
Mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
Del almendro de nata te requiero,
Que tenemos que hablar de muchas cosas,
Compañero del alma, compañero.

10 de enero de 1936

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(*) Miguel Hernández nació el 30 de octubre de 1910 en Orihuela (España) y falleció el 28 de marzo de 1942. Es uno de los poetas de referencia de la Generación del 27.
De forma autodidacta aprendió las bases de la buena literatura, dejando guiarse por maestros como Paul Verlaine, Miguel de Cervantes, Pedro Calderón de la Barca y, sobre todo, Luis de Góngora.

Durante la Guerra Civil Española es apresado y condenado a muerte en marzo de 1940 pero gracias a la intercesión de varios amigos influyentes consiguió que lo conmutaran a cambio de 30 años de prisión. En prisión fue aquejado por diversas enfermedades y falleció de bronquitis cuando tan sólo tenía 31 años.
Entre sus obras podemos destacar "Perito en lunas", "La nana de la cebolla" y "Cancionero y romancero de ausencias".
CREACIÓN HEROICA