martes, 1 de mayo de 2018

Internacionales


Macri. Orígenes e Instalación de una Dictadura Mafiosa
(Quinta parte)

Jorge Beinstein

Capítulo 9
Economía de penuria y revuelta popular

Este texto fue publicado originalmente en Agosto de 2001 en el suplemento de la Asociación de Madres de Plaza de Mayo de “Pagina 12” bajo el título de “La revolución ausente”. Vivíamos los meses previos al derrumbe de Diciembre de ese año. Se presentaban en el horizonte varios escenarios posibles, entre ellos el de la degradación prolongada de la sociedad argentina que bauticé “economía de penuria” fundada en un sistema productivo reproduciéndose a baja intensidad, con millones de desocupados e indigentes, pero también el escenario de la revuelta popular producto de la creatividad, de la potenciación de las reservas culturales del pueblo. Felizmente fue esta última alternativa la que se concretó en las jornadas del 19 y 20 de Diciembre y en las movilizaciones de los meses posteriores, la bestia fue sacada del centro de la escena, pero pudo sobrevivir, preservar sus intereses acumulando fuerzas para futuras fechorías. Para la presente edición solo he suprimido un largo párrafo referido a la coyuntura económica internacional de ese momento que no creo pueda interesar al lector de 2017, también corregí algunos errores de edición.


SUMERGIDA EN UNA CIÉNAGA que la va tragando, la sociedad argentina experimenta un salto cualitativo siniestro, luego de tres años de recesión y en virtual cesación de pagos externos ha comenzado a transitar una depresión alentada por su propio gobierno que radicaliza la estrategia neoliberal.

El proceso de decadencia está ingresando en una nueva etapa, la de la instalación de un “sistema de penuria” cuyas componentes decisivas serían la baja intensidad de las actividades económicas y la presencia abrumadora de masas marginales e indigentes.

El ajuste actual con el argumento de buscar el “déficit fiscal cero” está logrando una descomunal contracción del consumo vía reducciones de salarios públicos y jubilaciones induciendo así a caídas importantes de los salarios privados. Si continua este proceso podrían llegar a producirse dos hechos decisivos en la reproducción del sistema: en primer lugar el achicamiento de manera durable de las importaciones obteniéndose un superávit del comercio exterior y en consecuencia excedentes de divisas que “ayudarían” al Estado a seguir pagando los intereses de la deuda(37) asegurando al mismo tiempo las remesas de beneficios empresarios al exterior; y segundo, una baja significativa de los salarios aumentando las tasas de beneficios de los grandes grupos económicos compensando así la contracción del mercado interno.

En síntesis, nos encontramos ante un gran saqueo de los ingresos y patrimonios de la mayoría de la población en beneficio de las mafias financieras locales-transnacionales. Ese fenómeno aparece como el resultado (forma parte de) la crisis del capitalismo argentino que a su vez converge con la desaceleración de la economía mundial impulsada por los países centrales.

Saqueo y recesión

Nuestro país expresa de manera exacerbada (periférica) la declinación global. Su situación actual aparece como la culminación de la era neoliberal iniciada por el gobierno de Menem(38) y profundizada por De La Rua en la cual funcionó un mecanismo de pillaje liderado por grupos financieros transnacionales (de los que forma parte la lumpenburguesía local) y un reducido núcleo de empresas extranjeras (servicios privatizados, petróleo, etc.) operando con altísimas tasas de ganancias. Fueron saqueados patrimonios e ingresos públicos, recursos naturales, estructuras productivas e ingresos privados. El remate a bajo precio de empresas estatales de servicios fue sucedido por el cobro de tarifas elevadas que absorbieron ingresos del conjunto de la economía, la transferencia de aportes provisionales a los fondos privados de jubilaciones (las “AFJP”) generó un enorme déficit fiscal factor decisivo del endeudamiento externo, la apertura importadora reforzada por la sobrevaluación de la moneda local causaron la desaparición de áreas importantes de la industria y el incremento de la desocupación lo que a su vez facilitó la precarización laboral y el deterioro de los salarios.

En un primer periodo (1991-1994) el saqueo fue compensado con fondos provenientes de las privatizaciones, ingresos de capitales especulativos y narcodólares, de ese modo el Producto Bruto Interno creció aunque ampliando los desequilibrios, pero desde mediados de los años 90 (cuando las desnacionalizaciones habían concluido) la reproducción del proceso depredador pudo ser prolongada gracias al crecimiento de la deuda externa que cubría el déficit fiscal y el desarrollo de una amplia gama de negocios parasitarios. Hacia 1998 el ritmo de expansión de la deuda empezaba a ser al mismo tiempo “insuficiente” (desde el punto de vista de las necesidades del sistema) y “demasiado grande” (comparado con la capacidad de pago del país), Argentina se endeudaba para poder pagar a los acreedores externos, el circulo vicioso del endeudamiento infinito desató la conocida loca carrera hacia la cesación de pagos.

Ello se combinó con las turbulencias financieras globales iniciadas en Asia del este (1997) y Rusia (1998) que marcaron el fin del derrame de fondos especulativos (legales e ilegales) hacia la periferia. Empezó la recesión argentina porque el saqueo de riquezas no encontraba contrapesos financieros suficientes. El modelo neoliberal ingresaba así en una depresión estructural acumulativa.

Desde una visión de largo plazo, abarcando el último cuarto de siglo podríamos señalar tres grandes saltos cualitativos del capitalismo argentino, el primero entre 1975 y 1976 (descomposición del gobierno de Isabel, implantación de la dictadura) fue el inicio de una transformación durable marcada por la hegemonía de grupos parasitarios, integrados a las redes financieras y mafiosas internacionales que fue devorando el tejido productivo; el segundo entre 1989 y 1991 golpeó a una sociedad mucho más deteriorada y consolidó el dominio total de dichos grupos, el tercer salto se está realizando ahora y consiste en la tentativa de instalación de una “economía de penuria”.

Lo que se produjo en ese largo período no fue una reconversión productiva al estilo de la emergencia del sistema agroexportador de fines del siglo XIX y de la industrialización de los años 30 y 40 sino una degeneración parasitaria cuya trayectoria estuvo cubierta por numerosas turbulencias y manotazos financieros, mezclados con efímeros periodos relativamente calmos durante los cuales se acumulaban desequilibrios que desataban nuevos desordenes. La euforia menemista, entre 1991 y fines de 1994 fue el caldo de cultivo de la recesión de 1995 (acentuada por la crisis mexicana), la seudoreactivación iniciada en 1996 aceleró el endeudamiento externo y el saqueo interno y preparó la recesión inaugurada en 1998 que a su vez derivó en el desastre actual. El momento presente aparece a la vez como el inicio de una posible nueva etapa de la decadencia, el hundimiento en una forma de barbarie radicalmente diferenciada de todo lo anterior, trágicamente novedosa.

La economía de penuria

Diversos rasgos definen ese futuro negro. En el plano económico la eternización del ajuste significará colocar al Estado al servicio exclusivo del pago de los intereses de la deuda cuyo peso abrumador impondrá una presión fiscal muy alta y un bajo nivel de los otros gastos públicos como salarios y jubilaciones que ahogarán todo renacimiento significativo del consumo ampliando la desocupación y la precarización laboral. Por otra parte el mantenimiento de los superbeneficios del sector financiero y las empresas privatizadas acorralará a las empresas nacionales sobrevivientes (especialmente a las pymes) y colocará una segunda lápida sobre la demanda de las clases medias y bajas.

Por supuesto el crédito internacional no podrá ser recompuesto de manera significativa durante mucho tiempo, la insolvencia o débil capacidad de pago argentina durará mientras exista la superdeuda y el sometimiento al pago irrestricto de sus intereses.

Seremos una economía funcionando a baja intensidad de tipo colonial gobernada por los usureros y otros grupos parasitarios. Esto producirá un efecto devastador en el plano social, la desocupación y la subocupación crecerán en progresión geométrica lo que arrastrará (ya lo está haciendo) a un amplio abanico de actividades informales cuyos nuevos desocupados no figuran en las estadísticas oficiales, la extensión y agravamiento de la pobreza y la marginalidad significará por ejemplo la hipertrofia de la indigencia urbana, la desaparición en esos sectores de servicios (salud, educación y otros) considerados hasta ahora conquistas básicas de la civilización. Resulta difícil imaginar esa nueva Argentina miserable que tendrá muy poco que ver con las descripciones conocidas de las sociedades periféricas pobres del pasado consideradas “atrasadas”, por el contrario nos encontramos ante un posible fenómeno de post-modernización decadente.

Estado, política y miseria

Debemos precisar un poco el tipo de mutación que está sufriendo el estado señalando que la dinámica “ajuste-crisis-ajuste” va eliminando las estructuras y funciones tradicionales heredadas de más de un siglo de desarrollo capitalista, que cubrían aspectos tales como la educación y la salud públicas, las grandes obras de infraestructura, la seguridad social, el empleo público provincial, etc., altamente deterioradas durante los años 90 pero todavía sobreviviendo (de manera agonizante). A la economía de penuria le correspondería un estado pequeño estructurado en torno de tres orientaciones básicas: primero, la recaudación de impuestos y la recuperación de divisas destinados sostener los pagos de la deuda externa y el envío al exterior de beneficios de los grupos económicos dominantes. Segundo, la represión de las protestas populares (articulando estructuras estatales y privadas, formales e informales) y tercero, la organización de sistemas de contención social, de control de los pobres, de sus expresiones hostiles al sistema. Represión y contención son las dos caras de una misma moneda. La miseria extrema de grandes sectores sociales es una componente fundamental del sistema, para que este persista en el tiempo deberá protegerse de sus víctimas, los millones de argentinos sumergidos, que tendrán que pelear contra sus verdugos para sobrevivir. Domesticar, contener, controlar a los miserables, a los marginados y sobreexplotados es hoy para el capitalismo argentino la prioridad estratégica número uno. Desde mediados de los años 90 en el Banco Mundial, en el Departamento de Estado de los Estados Unidos y otras estructuras imperiales se vienen promoviendo proyectos de contención social en la periferia, especialmente en América Latina sobre la base de que las transformaciones neoliberales de la economía hunden en la pobreza a enormes masas sociales urbanas y rurales, y que debe ser frenado su descontento. El armado de “redes de contención social” a través de subsidios a los indigentes es un objetivo clave del sistema regional de dominación complementario de diversos instrumentos represivos (“Plan Colombia”, reconversión y creación de fuerzas represivas nacionales y regionales especiales, etc.). El gobierno norteamericano, sus socios de la OTAN, la Iglesia, etc., acompañados lógicamente por la alta burguesía local promueven en nuestro país esos operativos de institucionalización de la miseria. Reprimir a los díscolos y al mismo tiempo integrar en la degradación a quienes, conformándose con su situación, acepten la caridad de los ricos. La ministra de trabajo, Patricia Bullrich, viene proponiendo la transformación de las protestas piqueteras en “organizaciones solidarias” legales encargadas de gestionar “planes trabajar” y distribuciones de bolsas de alimentos. Sueña con la constitución por esa vía de una suerte de burocracia de la marginalidad, obviamente corrupta, instrumento dócil de los políticos del régimen y los organismos de seguridad. En el mismo sentido apuntan proyectos de aparente “inspiración cristiana” de subsidios a los desocupados que buscan desviar las luchas encauzándolas hacia ese objetivo; obviando, dejando de lado “por el momento” las exigencias de cambios profundos en la estructura económica y social, es decir temas tales como la suspensión del pago de la deuda externa, la renacionalización de las empresas privatizadas y de la seguridad social, etc. Oponer reclamos esenciales de supervivencia inmediata a programas más amplios de cambio constituye un viejo truco conservador, una bien conocida trampa destinada a bloquear, desviar y dividir a los de abajo.

Obviamente este andamiaje de contención-represión es antagónico con la vigencia amplia de las libertades democráticas, su complemento político no puede ser otro que alguna forma de poder dictatorial, autoritario, más allá de los maquillajes circunstanciales (probablemente “civiles”) que deba adoptar.

La prédica actual acerca del “costo de la política” impulsada por los medios de comunicación locales, el Banco Mundial más el propio gobierno y los partidos políticos del régimen utilizando como justificación su propia corrupción, apunta en realidad a reducir o eliminar espacios de representación democrática (nacionales, provinciales, municipales).

El futuro de la involución

Pero nada asegura la permanencia de este régimen. Un primer obstáculo será el descontento popular que viene erosionando la legitimidad de las vallas de contención sindicales y políticas tradicionales desarrollando luchas desde abajo, no institucionales, por ejemplo los cortes de rutas en crecimiento exponencial. Un segundo obstáculo está constituido por el contexto internacional signado por la crisis con centro en los Estados Unidos y Japón pero incluyendo también a la Unión Europea y afectando al conjunto de la periferia, todo ello comprime el comercio internacional castigando especialmente a los precios de los productos vendidos por los países subdesarrollados, caotiza los flujos financieros, encarece los préstamos demandados por las regiones pobres, hace subir las sobretasas usurarias (el “riesgo país”) a que se ven sometidas. En América Latina esto se expresa a través de la desestabilización de los regímenes neoliberales.

Un tercer factor a considerar es el carácter inestable del capitalismo argentino dominado por una lógica de depredación insaciable, donde el achicamiento de la economía nacional debería incentivar la voracidad relativa de la mafia financiera, las contradicciones de intereses en su interior, la descomposición de sus élites políticas, el desmantelamiento de los estados provinciales y del aparato estatal nacional. Cada una de esas dificultades para la consolidación del sistema encontrarán formas, tentativas más o menos eficaces de corrección. Es previsible la reproducción de ensayos de contención popular a través del asistencialismo, de demagogias políticas centristas, semi progresistas, populistas conservadoras u otras, combinadas con represiones selectivas. Los Estados Unidos intentan compensar el descontrol en la región con nuevos esquemas de dominación, combinando ofensivas económicas (como el ALCA o las dolarizaciones) y militares (el Plan Colombia) con estrategias de reconversión de estructuras represivas locales. En fin, el desorden del régimen argentino, de su sistema de poder siempre puede generar convocatorias al cese o reducción de las rencillas internas, a la “unidad nacional” ante eventuales peligros de desborde de las masas sumergidas.

No es seguro el derrumbe del sistema, tampoco lo es su permanencia a mediano o largo plazo, nos encontramos ante un final no definido de antemano donde la lucha de clases, la confrontación entre los de arriba y los de abajo, entre la reproducción ampliada de la decadencia y la rebelión de las víctimas tendrá la última palabra.

Contrarrevoluciones

Todo lo expuesto sugiere una visión del pasado más extendida cubriendo unas cinco décadas de la historia argentina, desde mediados de los años cincuenta. Durante ese largo periodo se produjeron dos contrarrevoluciones (la primera en 1955 y la segunda en 1976) que consolidaron y aseguraron el proceso de declinación de nuestro capitalismo subdesarrollado, cuya última prosperidad, industrial (años 40 y 50) había encontrado serios límites locales e internacionales que agotaron su empuje inicial.

El golpe militar de 1955 expresó un cambio decisivo en las relaciones de poder favorable a los Estados Unidos y a una conjunción de fuerzas burguesas internas y externas que a partir de ese momento desarrollaron un prolongado esfuerzo de control (financiero, industrial, etc.) y de desarticulación de estructuras económicas proteccionistas, de distribución de ingresos hacia las clases bajas, educativas, sanitarias, etc., que fue degradando el mercado interno, el tejido industrial, el sistema de transportes, las empresas públicas de servicios. Esa dictadura militar inició un complejo camino de dominación, zigzagueante, con marchas y contramarchas, empates provisorios, con golpes de estado y gobiernos civiles nacidos de la proscripción electoral del peronismo modernizaciones culturales (impactando a un amplio abanico de sectores sociales, principalmente a las capas medias) paralelas a la acentuación del subdesarrollo económico y la polarización social.

Pero ese país entre estancado y declinante engendró fuerzas de resistencia y ruptura, tentativas de superación del sistema cuya expresión más alta fue la insurgencia revolucionaria de los años 60 y 70 con centro en un sujeto histórico inesperado, la juventud radicalizada de las capas medias encabezando en la culminación de su lucha a grandes sectores populares. Sin embargo esa embestida fue insuficiente tanto desde el punto de vista de su capacidad de convocatoria, como de su estructuración ideológica y organizativa. Un capitalismo sin destino positivo pudo bloquear y luego arrasar a esa rebelión, las Fuerzas Armadas fueron el ejecutor sanguinario de la contrarrevolución que desde 1976 acompañó al genocidio con cambios económicos y sociales que forjaron e instalaron un nuevo sistema de dominación de tipo parasitario.
1955 y 1976 marcaron dos momentos decisivos de nuestra historia, dos enviones hacia abajo, hacia el desastre de una sociedad periférica cuyas posibilidades de renovación capitalista eran muy débiles, casi inexistentes, pero que sin embargo no pudo generar cambios (sujetos) revolucionarios que saltaran por encima de sus bloqueos burgueses.

En el año 2001 nos encontramos en los inicios de una tercera contrarrevolución, la más profunda y retrógrada de todas. La trampa conservadora está nuevamente montada, aunque nunca como ahora el grado de integración (económica, política, ideológica e institucional) de la mayoría de la población al sistema ha sido tan floja, tan carente de ilusiones. Ello reduce la capacidad operativa de la derecha, plantea la posibilidad concreta de la emergencia de una insurgencia popular nueva, heredera de las anteriores pero cargada de una enorme densidad social, de un potencial de ruptura jamás antes visto en Argentina.

Reproducción conservadora, ruptura, crisis

La persistencia del país burgués (incluidas sus contrarrevoluciones, reformas fracasadas y estafas electorales) ha requerido la presencia dominante de mecanismos ideológicos e institucionales destinados a evitar, controlar y eventualmente aislar desbordes y radicalizaciones que podrían poner en peligro su existencia.

La sociedad argentina de hoy aparece polarizada entre una abrumadora mayoría de pobres, marginales e indigentes, de trabajadores, profesionales y pequeños empresarios precarios a la que se opone una mafia depredadora rodeada por un pequeño porcentaje privilegiado de la población. Sin embargo este corte visible y la inestable serie de eslabones sociales intermedios se encuentran atravesados por una trama cultural conservadora, red de seguridad esencial del sistema, envoltorio difícil de quebrar que bloquea las salidas, alimentando al (y nutriéndose del) proceso de decadencia, atrapando a una amplia variedad de dirigentes y estructuras políticas, sindicales y sociales cuyo rasgo común es la no-transgresión de los límites del sistema, el convencimiento irracional de que el Poder es inexpugnable, todopoderoso. Al interior de ese clima ideológico degradado, la revolución (concreta, practicable) aparece como una idea descabellada precisamente en el momento histórico en que la vía revolucionaria, de ruptura radical contra el régimen declinante es el único camino realista posible de superación positiva y durable de la crisis.

Dentro de ese pantano tienen un lugar destacado el centro-izquierda político en su eterna búsqueda de un capitalismo con rostro humano (recordemos al casi olvidado alfonsinismo-progre de los 80 o al Frepaso de los 90) y el oportunismo sindical, pero también debemos incluir a las izquierdas enanas, sin estrategias de poder, vegetando embrolladas en sus galimatías sectarios. Todo ello forma parte de un mundo en decadencia, que refuerza, remacha con su miseria moral la miseria material de los sumergidos sociales.

Temeroso de la rebeldía de los oprimidos, el sistema en crisis extrema sus dispositivos de control y bloqueo, anula o minimiza de manera virtual, comunicacional la protesta que emerge desde el subsuelo pero al hacerlo degrada, desprestigia a sus intermediarios, tapona las vías de escape, contribuye sin quererlo a la sobreacumulación de presión contestataria, de bronca popular. En realidad hace lo único que puede, la lógica de la crisis sobredetermina su comportamiento. Esa dinámica perversa se apoya en la ausencia de la revolución como proyecto y como bandera de lucha, antagónica a la degradación general, que solo puede estructurarse, extenderse y consolidarse desde abajo si su enemigo retrocede, se desordena, se desestructura. El oprimido empieza a existir como ser humano, a conquistar su dignidad solo cuando el opresor comienza a morir.


Notas:
(37) Obviamente esta “ayuda” puede resultar insuficiente dado el elevado grado de endeudamiento público de Argentina.
(38) Precedido por los avances reaccionarios de la dictadura militar (Martinez de Hoz & Co).

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