domingo, 1 de febrero de 2015

Historia

                                                                    
(Primera Parte)


Emilio Choy


Boleslao Lewin, en su notable estudio titulado Los movimientos de emancipación de Hispano América y la independencia de Estados Uni­dos, hace una afirmación curiosa sobre la política británica de mediados del siglo XVIII, con relación a las colonias hispanoamericanas:

"Insistimos —dice— en que no se trata, en el caso de Vernon, ni tampoco en el de Anson, aunque en menor escala, de simples proyectos anexionistas, sino de favorecer —teniendo en vista los intereses británicos— la emancipación de las colonias. Proyectos de simple anexión imperialista hubo muchos, siendo, sus autores no siempre ingleses. Hay que tenerlo bien presente para evitar interpretaciones unilaterales, aunque en el siglo XVIII toda la labor en el sentido indicado se concretaba en Londres" (p. 28).

Es un hecho comprobado que la política británica en el siglo XVIII, y posteriormente, estuvo encaminada a dominar al mundo con la producción de su avanzada industria, y no a lo que nos quiere probar Lewin, de favorecer la emancipación de las colonias españolas. Si Inglaterra se empeñó en guerra contra Francia y España, el objetivo era desplazar de las colonias de estos dos países a las autoridades nombradas por los monarcas borbónicos, no con la finalidad de liberar a los pueblos, sino de conquistarlos o anexionarlos. Lewin apuntala su afirmación en los documentos del capellán de la expedición del Almirante Jorge Anson, Ricardo Walter, los que fueron recopilados por el matemático Robins, documentos que para Boleslao Lewin demuestran que los ingleses aconse­jaban "fomentar el descontento de los habitantes de las colonias y ayudar —sobre todo a los indios araucanos— en su lucha para liberarse del yugo español".

   Las manifestaciones del matemático Robins no pasaban de ser un gesto de buena voluntad de un súbdito de Su Majestad. Estos loables deseos diferían de las intenciones del gobierno inglés que sólo miraba por los intereses de su comercio internacional. Era práctica usual del go­bierno británico intentar someter a los pueblos que recibían su "ayuda". Ya en tiempos de la Reina Isabel había contribuido con cierta "ayuda" en la lucha de los Países Bajos contra la dominación española en 1585; el precio que tuvieron que pagar los holandeses fue el de tener que acep­tar a tres británicos como miembros del Consejo de Estado y sacrificar el comercio marítimo de los Países Bajos en beneficio de los armadores ingleses (1).

   Si los ingleses, como dice Lewin, estaban interesados en fomentar el descontento de los nativos para liberarlos del yugo español, ¿cómo se explica el hecho de que la formidable flota del almirante Pocock, con su escuadra de 30 navíos, cien buques de transporte y catorce mil hombres de desembarco, conquistó La Habana y parte de la isla, y sin embargo no la liberó del dominio español?

La técnica colonial británica nos es bien conocida a través de la his­toria. Desde el siglo XVII los británicos empujaban a sus aliados indios, los iroqueses, contra los hurones que luchaban al lado de los franceses, para desplazar a éstos en el mercado de pieles y detener la expansión francesa en el Canadá. Lo misno pensaban los que enviaron la flota del Almirante Anson, aunque el matemático Robins como idealista hablase de emancipación de los araucanos. Empujar a los indios de Chile contra los españoles y someterlos después significaba para los emprendedores burgueses de la City liberarlos del yugo español.

La diplomacia británica actuaba con dobleces y cualquier medio era adecuado para lograr sus objetivos. Mientras en la América Meridional hablaba de libertar a los indígenas y a los criollos, en la América Septen­trional las colonias inglesas que luchaban por su independencia veían amenazados sus esfuerzos con la movilización de los indios por agentes británicos contra las fuerzas de la naciente república norteamericana. Por eso la Declaración de Independencia de los EE.UU. de 1776 acusaba que Inglaterra "ha excitado insurrecciones domésticas entre nosotros, y ha procurado irritar contra nosotros a los habitantes de nuestras fron­teras, los Indios feroces y salvajes, cuyo método conocido de hacer la guerra es una destrucción de todas las edades, sexos y condiciones indistintamente".

Las insurrecciones que Gran Bretaña excitaba contra los colonos norteamericanos no eran para independizar a los indios, estaban en­caminadas al exclusivo fin de llenar el objetivo británico del siglo XVIII: "La Expansión de Inglaterra en el Nuevo Mundo y en Asia es la fórmula que abarca para Gran Bretaña la historia del siglo XVIII".

Las guerras que sostuvo con Francia, España y Holanda fueron para imponer los productos de sus fábricas en todos los rincones del globo, uti­lizando para ello su poderosa flota con la que derrotó a sus competidores en el comercio marítimo.

Que los británicos apoyaran la guerra que Túpac Amaru sostuvo contra la dominación española es un hecho que surgía de las necesidades de los industriales de las islas. La propagación de leyendas por toda la América española presentando a los ingleses como los futuros libertadores era fruto de la acción diligente de los agentes secretos que se esforzaban en introducir no sólo las mercaderías británicas, sino ideas separatistas encaminadas a debilitar el imperio colonial español.

Notas
[1] El gobierno inglés sólo miraba su conveniencia, aunque ello significaba dejar a sus aliados en la estacada.
Cuando ocurrió la rebelión de los catalanes contra el gobierno el Borbón Felipe V, la ayuda inglesa duró hasta que se firmó el tratado de Utrecht el 14 de marzo de 1713. Después, las fuerzas británicas abandonaron a sus aliados catalanes. Fue estéril la resistencia que duró trece años. Inglaterra y sus gobernantes no sólo traicionaron a sus heroicos aliados que siguieron la lucha solos, sino acordaron con el Rey de España la abolición de los fueros para "hacer en Cataluña lo mismo que había hecho en Aragón". La Fuente. Historia de España, tomo VIII, 1857.

*Publicado como sobretiro de la Revista del Museo Nacional, t. XXIII, Lima, 105-1: p23. Este trabajo, que empezamos a publicar, tiene, como seguramente se han percatado nuestros lectores, exactamente el mismo título que el que hemos publicado en nuestra edición anterior, pero, huelga decirlo, se trata de otro trabajo. (Nota de la Redacción).

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