domingo, 1 de febrero de 2015

Ciencias Naturales


El Hombre Como Primate.

(Segunda Parte)


M.F. Niesturj


De todas maneras, el centro de gravedad, también en el hombre contemporá­neo, con sus piernas largas, está situado comparativamente alto. Por eso, la para­da en dos apoyos comparativamente estrechos — plantas de los pies — resulta ser no muy estable y exige la tensión constante del aparato muscular-ligamentoso no sólo en la región coxofemoral y la extremidad más inferior, sino también de la espalda, abdomen y cuello.

Por la misma razón, es incómoda la parada en dos pies en los grandes antropoides, con su peso frecuentemente grande (hasta 300 kg en el gorila) y la prepon­derancia de la masa de la parte anterior o superior del cuerpo. Es más fácil que el gibón realice la marcha erecta con su pequeño peso (6-18 kg), pero él, durante eso, se ayuda a sí mismo, balanceándose con las extremidades anteriores levanta­das, demasiado largas para moverse largo rato en cuatro patas. El cuerpo de los antropoides, en general, está adaptado al movimiento por los árboles con el modo de braquiación; por la tierra ellos se desplazan como si fuera en la posición origi­nal "seudocuadrúpeda", más bien, en la posición semierecta, apoyándose sobre las falanges medias o finales de las manos.

En relación estrecha con los distintos tipos de locomoción se encuentra la diferencia bastante brusca de las proporciones del cuerpo en el hombre y los an­tropoides. Mientras que la longitud de los pies en el hombre respecto a la lon­gitud del tronco constituye el 139-197%, en los gibones es igual al 113-149% y en los grandes antropoides es menor, el 95-131 %. La longitud relativa de las manos es correspondientemente igual al 152,7% en el hombre; 246% en el gibón; 180% en el chimpancé; 188,5% en el gorila de la costa; 223,6% en el orangután; y en los monos inferiores es no más del 145% (en el coaitá — 191%). Sin embargo, según la suma relativa de las longitudes de los hombros y antebrazos, el hombre (180-132%) está más cerca de los antropoides (130-225%), que de los monos in­feriores (no más del 118%), excepto el coaitá (140%). En general, por las propor­ciones de las extremidades, y de todo el cuerpo, el hombre puede ser más bien deducido no del mono inferior, sino del tipo menos especializado del antropoide. De todas maneras, en este aspecto, el hombre se alejó tanto de los monos cuadrú­pedos que como señaló ya hace tiempo Georges Cuvier, él no es capaz de moverse en cuatro patas, ya que durante eso, sus rodillas casi no tocan la tierra y los ojos se dirigen hacia abajo.

Con la marcha erecta, en el hombre, se relaciona el uso preferencial de uno u otro pie para el apoyo principal durante la parada, y también el desarrollo de la simetría funcional y estructural correspondiente; tiene lugar asimismo el uso preferencial por el hombre de una u otra extremidad superior libre en función de apoyo (sinistropedio, dextropedio). Es necesario señalar que por la asime­tría del esqueleto de las manos, el hombre se distingue bruscamente de los antro­poides (Schultz, 1937). En relación estrecha con el uso preferencial de la mano derecha o izquierda está la formación de los centros del lenguaje, en los dextrómanos, en el hemisferio izquierdo, y en los zurdos, en el derecho. Hasta cierto grado eso se explica por el hecho de que durante el habla alguna participación toman también las manos, ya que las vías de conducción hacia las manos van a través de la pirámide de la médula oblongada, desde la corteza del gran hemis­ferio del lado opuesto.

La liberación de las extremidades superiores de la función de la locomoción condicionó la posibilidad del paso al uso y después a la fabricación de herramien­tas y armas. Esto condujo a que se produjeran algunas modificaciones en la acti­vidad funcional y estructura de la mano. Aquí se refiere, en primer término, al desarrollo progresivo del dedo gordo y su propiedad de oponerse a los demás, la diferenciación de la estructura e independencia del movimiento de los II-V de­dos; en parte, hay que añadir también cierto alargamiento del II dedo, gracias a lo cual para algunos hombres es característica la fórmula digital: 3>2>4>5>1 en lugar do la común, 3>4>2>5>1, propia también de los monos.

La mano humana conservó, en lo general, el tipo fundamental de estructura de los antropoides fósiles y tiene gran semejanza con la mano del gorila y chim­pancé, mientras que la planta cambió bruscamente. Para realizar las acciones laborales, manipulaciones finísimas y movimientos hábiles resultó ser suficiente la transformación morfológica comparativamente pequeña de la mano. Hace fal­ta señalar el desarrollo muy fuerte de los dibujos de las líneas papilares en el pulpejo de los dedos (dibujos circulares) y en la palma.

Los rasgos de adaptación del cuerpo humano a la marcha erecta se descu­bren no sólo en el aspecto exterior, sino también, aunque menos manifiestamente, en la estructura interna, en particular, en la musculatura, en la topografía de los órganos internos. La musculatura del hombre, en general, se caracteriza, ante todo, por su acomodación para mantener el cuerpo en posición erecta. En la ex­tremidad inferior lograron un gran desarrollo los músculos glúteos, cuadríceps, gastrocnemio, soleo, peroneo anterior (tercero), en fin, el músculo cuadrado de la planta; entre los músculos de la espalda son muy fuertes el sacrospinal y el largo de la cabeza (m. longissimus capitis); más débilmente que en los antropoi­des están desarrollados los músculos del cuello y de la espalda, que sostienen y giran la cabeza, por ejemplo, el músculo largo del cuello y el oblicuo inferior do la cabeza. En relación con la transformación de la planta pierden la independen­cia funcional los músculos abductor y aductor del dedo gordo, pero conserva aún un aislamiento morfológico considerable.

En el esqueleto humano, además de la columna vertebral encorvada, las apó­fisis espinosas cervicales dirigidas caudalmente, las cinco vértebras comunes en la composición del sacro, y también la caja torácica con su ancho esternón, com­primida en sentido anteroposterior, señalaremos el omóplato, alargado en direc­ción cráneo-caudal y la pelvis ósea ensanchada. El índice de altura y anchura de la pelvis del hombre es igual a 74-85, en los grandes antropoides 87, en los gi- bones 121, en los monos inferiores 135. En el hombre las alas de los ilíacos son anchas, con grandes fosas, manteniendo la gravedad de los órganos abdominales. La inclinación de la pelvis con respecto al plano horizontal es de 60° aproxima­damente, es decir, ésta constituye con la columna vertebral un ángulo de cerca de 30°, y en los monos se encuentra a lo largo del último. El orificio pelviano tiene un diámetro transversal mayor que en los monos, en los cuales el diámetro más grande es anteroposterior. Las fosas trocleares están separadas ampliamente.

En el esqueleto de la extremidad inferior del hombre se necesita señalar: el cuello largo del fémur y el gran ángulo cervícodiafisario (121-133°); la columna está fuertemente expresada; la línea áspera está muy desarrollada en relación con la insertación de muchos músculos; el cóndilo externo del fémur es mayor que el interno. La tibia está más próxima al peroné que en los antropoides. El esqueleto de la planta se caracteriza por estar arqueado en sentido transversal, lo que también se observa en los monos, condicionado por la disposición original de los huesos navicular, cuboide y los tres cuneiformes; en el hombre es especí­fico el arqueamiento en sentido longitudinal favorecido por los huesos del tarso y el metatarso. El astrálago y el calcáneo son anchos; el ángulo entre sus ejes, en el hombre, (de—8 a +12°), es menor que en los antropoides (de +16 a +26°); las caras articulares del primer hueso metatarsiano y el cuneiforme lateral son planas. Las falanges media y distal del meñique se fusionan a veces.

Los dispositivos para la marcha erecta en el sistema vascular tienen su ex­presión en la región del corazón y el cayado de la aorta, y también en la compo­sición de la extremidad inferior. En dependencia de la ampliación y aplanamiento de la caja torácica, el corazón con su diámetro transversal más grande, en compa­ración con el dorso-abdominal, se encuentra casi todo más a la izquierda de la línea media; del cayado aórtico, como en el gorila y el chimpancé, parten, en su mayor parto, tres arterias: el tronco braquiocefálico, la carótida izquierda y la subclavia izquierda, y algunas veces las cuatro (si la primera se divide en caró­tida derecha común y subclavia derecha).

En la composición de la extremidad inferior están desarrolladas fuertemente las arterias glúteas y peroneas, pero, como regla, está ausente la arteria safena, tan bien expresada en los demás primates; la compensación por su pérdida es el desarrollo intenso de las arterias tibiales anterior y posterior. Al mismo tiempo, la arteria plantar externa en el hombre, al igual que en los antropoides, está mu­cho más desarrollada, lo que se puede relacionar con la mayor carga sobre los pies, en comparación con los monos inferiores.

Las arterias palmares superficiales en el hombre, de acuerdo con la libera­ción completa de las manos y del mantenimiento del cuerpo, están desarrolladas con más intensidad que en el gorila.

La mayoría de los rasgos característicos de la estructura del cuerpo humano están relacionados con la marcha. Esto es uno de los testimonios más convincen­tes de quo para el hombre uno de los antepasados comparativamente más recien­tes fue el gran mono antropomorfo ortógrado.

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