viernes, 2 de enero de 2015

Páginas del Marxismo Latinoamericano



La Herencia Cultural

(Segunda Parte)


Aníbal Ponce


A los diez años de aquellas polémicas, la solución nos parece muy clara. Pero entre el tumulto de la guerra civil y la amenaza perpetua de la invasión extranjera, no es difícil comprender la confusión y el desconcierto. Ignoraban los unos que no se trataba de una restauración de los clásicos sino de su asimilación crítica por las masas obreras corno el Re­nacimiento había sido la asimilación del pasado en nombre de la burguesía mercantil; desconocían los otros que el arte proletario no es el arte de los desarrapados, que el despre­cio de los graves problemas del estilo no es en el fondo más que una torpe jactancia de analfabetos. Sin ceder en un ápice las posiciones del comunismo ni apartarse una línea de la ideología proletaria, el Partido Comunista llamaba a sus auténticos deberes a todos esos escritores y escritorcillos que hasta al mismo Lenin encontraban un poco reaccionario; escritores, por lo demás que repetían sobre su propio frente cultural –sin que tal vez se dieran cuenta– todas aquellas otras discusiones que hoy nos resultan tan ridículas sobre el carácter burgués o no burgués de las macetas con flores, de la ropa a la medida, del “rouge” en las mejillas o en los labios… ¡Como si Marx hubiera dejado de servir a la clase obrera  porque pulía y repulía sus frases con amor de estilista! (13). ¡Como si Engels la hubiera traicionado también, porque no perdió jamás ni en los modales ni en el traje su elegancia de gentleman! (14). Nihilismo en unos; incomprensión en otros; sectarismo en muchos: eso era, en general, lo que ocurría.

        Pero había algo más que no era fácil decir; aún en muchos de los artistas o los teóricos entregados a la causa de la Revolución, se encubría una actitud de desconfianza o de recelo con respecto a la capacidad de las grandes masas. Se suponía que la influencia de los clásicos podía corromper, apagar o desviar una conciencia revolucionaria todavía juvenil; sin comprender que las masas que habían hecho la revolución tenían ya una conciencia más que suficiente para tomar del pasado los valores que correspondieron al ascenso de la burguesía y para rechazar a su vez cuantos sirvieron de reflejo a su disgregación y decadencia.

***

Estudiar, criticar y asimilar los “clásicos” desde el punto de vista del proletariado revolucionario suponía naturalmente un elevado nivel de cultura general, de bienestar colectivo, de desahogo económico. Sin la transformación correlativa en la higiene y el confort, en la alimentación y el reposo, todo hubiera quedado en el aire, como una construcción arti­ficial y caprichosa. Por otro lado, no por ser menos ruidosa, la lucha de clases había terminado. Los continuos procesos con motivo de este atentado o de aquel "sabotage" demos­traban que la guerra continuaba solapada, pero tenaz. Desde las "chozas de lectura" hasta los "rincones rojos", desde las escuelas de fábrica hasta las facultades obreras, desde el baño diario hasta el cepillo de dientes, desde las "cruzadas culturales" hasta la lucha antirreligiosa: en todo había que pensar para que ni un solo hombre quedara excluido de los conocimientos más elementales, de la cultura más primitiva. ¿De qué serviría —le confesaba Lenin a Clara Zetkin— que esta noche concurran diez mil personas a un gran teatro y mañana otras diez mil, mientras millones de seres gritan por adquirir el arte de deletrear y escribir su nombre, y a quienes hay que entrarles además en la cabeza que el mundo está regido por leyes naturales y no por fantasmas y encanta­dores? (15).

Todo eso había que hacer, en efecto, y todo eso se hizo (16). En la industria, el número de personas con instrucción téc­nica pasó de 69,000 que eran en el primer plan quinquenal, a 172,000 en el segundo; con instrucción superior de 60,000 a 112,000. En el ramo del transporte, el número de los pre­parados por las escuelas técnicas ascendió de 28,000 a 97,000 y los promovidos por las escuelas técnicas superiores, de 8,000 a 28,000. En igual medida, como es de suponer, disminuyó la sujeción al especialista extranjero contratado. Nuevos cua­dros de especialistas soviéticos, en las mismas escuelas de la URSS, son ahora los constructores más firmes del socialismo. Y a medida que el obrero transformaba su alma junto a la máquina que él mismo ha creado, y que el paisano adquiría en el koljós un espíritu nuevo, un horizonte cada vez más dilatado se fue abriendo ante las masas. En su novela titu­lada El Segundo día de la creación, ha contado Ehrenburg el primer contacto de los obreros y de los paisanos con las manifestaciones altísimas del arte: desde los comienzos, en que algo hay de aturdimiento y desazón hasta el instante en que la poesía o el teatro les descubre de pronto, con ruda alegría, la existencia de un mundo hasta entonces ignorado (17). "Kolka se acostó —dice— pero no pudo dormir. Las extrañas pala­bras de los versos llenaban su mundo, y Kolka maravillado, prestaba atención a esos rumores. Además de las cosas, com­prendía que existían las palabras y que las palabras viven con una vida que les pertenece. El mundo que ya de por sí le parecía vasto, más inconmensurable se le mostraba ahora" (18).

***

En qué medida Shakespeare contribuyó a hacer "más inconmensurable" el mundo que nacía, en qué forma ha sido asimilado y discutido entre las masas obreras de Rusia es lo que vamos a ver ahora en un rápido bosquejo.

La historia de las diversas maneras cómo Shakespeare ha sido interpretado, es uno de los ejemplos más elocuentes de la utilización clasista de las obras de arte. Casi sesenta años después de la muerte de Shakespeare, el bibliotecario de Luis XIV, Nicolás Clement, escribía lo siguiente: "Este poeta inglés tiene una hermosa imaginación, piensa con naturalidad, se expresa con finura; pero estas bellas cualidades están empañadas por las suciedades que añade a sus comedias" (19). Para la monarquía absoluta del siglo XVII, levantada sobre los hombros de los feudales derrotados, la obra de Shakespeare con su pintura violenta del feudalismo resultaba tan inoportuna como grosera. Nietos o biznietos de aquellos nobles feroces que desfilan en las tragedias del gran William, los nobles domesticados por el monarca absoluto consumían en los refinamientos de la corte una vida que sus abuelos y bisabuelos asesinos habían gastado de otro modo. Para ellos las empolvadas tragedias de Racine o de Corneille, sin hecatombes y sin estertores (20). "Un salvaje borracho" era lo que Shakespeare debía, en efecto, parecerles; un salvaje que sólo podía ser representado a condición de corregirlo y perfumarlo.

No podía ser de esa opinión la burguesía revolucionaria del siglo XVIII. En tres artículos de la Enciclopedia, Diderot tomó por su cuenta la defensa de Shakespeare. Pero tan pronto la burguesía consiguió el poder y contuvo sus ímpetus, aparecieron con el romanticismo las dos corrientes fundamentales que lo atraviesan: una, aristocrática y feudal, que con Chateaubriand reacciona contra Shakespeare; otra, pequeño burguesa, revolucionaria en apariencia, pero utopista en realidad, que enarbola con Goethe, Schiller, Hugo, Stendhal, Sand, la bandera de Shakespeare.

Abigarrado movimiento que se desnaturalizó muy pronto, a raíz del viraje que la misma burguesía comenzaba a rea­lizar: después de atacar al feudalismo en sus cimientos, el capitalismo empezaba a buscar el auxilio de su apoyo frente a la amenaza cada vez más resuelta del común enemigo proletario. Shakespeare comenzó a transformarse al mismo tiempo en un motivo espectacular de cortejos y coronaciones, en que la exterior actitud de los detalles históricos disimulaba apenas una calurosa exaltación del feudalismo.

Notas
[13] MEHRING, Carlos Marx, Historia de su vida, pág.252, traducción Roces, edición Cenit, Madrid, 1932.
[14] RIAZANOV, Marx y Engels, pág.164, traducción de Alberti y Adelio, edición Claridad, Buenos Aires, 1933.
[15] ZETKIN, Obr. cit., pág.19.
[16] MOLOTOV, La Unión Soviética en 1937, págs. 61, 63 y sig., "Edicio­nes Europa-América", Barcelona, 1935.
[17] EHRENBURG, Le deuxieme jour de la creation, pág. 45, traducción Etard, editor Gallimard, París, 1933.
[18] Idem, Pág.47.
[19] SIDNEY LEE, Shakespeare, sa vie et son oeuvre, pág.321.
[20] Al referirse al poeta trágico del siglo de Luis XIV, TAINE hace notar que evita con cuidado la verdad cruda, la emoción desordenada, “los caprichos de la imaginación y la fantasía, como Sahakespeare”. Filosofía del arte, tomo I, pág. 99, traducción Cebrián, editor Espasa-Calpe, Madrid, 1933.

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