viernes, 2 de enero de 2015

Historia



Sobre la Revolución de Túpac Amaru*

Emilio Choy


En la historia del Perú, las fuerzas que tratan de introducir mejoras o cambios en la estructura de la sociedad parece que son inevitablemente derrotadas, una o más veces, antes de lograr la victoria. Los Borbones pretendieron mejorar la penetración hacia la selva a través de la ex­pansión de las misiones franciscanas —progresistas para su tiempo—, pero fueron derrotados por un sistema de guerra prolongada, bajo la inspiración de los hijos de Loyola, llevado a la práctica por Juan Santos Atahualpa en 1742-56? Pero no siempre las guerras que se proclaman independentistas tienen un contenido de avanzada, aunque, en lo formal en este caso, permitieron deducir que se podía vencer al poderío español aun sin ayuda exterior, si se lograba una buena y adecuada organización.

Los Borbones, al introducir la innovación de expulsar a los jesuitas de todo el imperio, dieron un paso trascendental si se tiene en cuenta que ello significaba prescindir de un aliado poderoso en las colonias aun cuando, después, el vacío dejado por ellos fuera cubierto por la burguesía de origen español y de españoles nacidos en América. No obstante la decadencia, forzada por las medidas impuestas por los Borbones para impedir el desarrollo de la economía virreinal, hubo cierto crecimiento de la burguesía comercial que, sin alcanzar los niveles de los siglos an­teriores, fue lo suficientemente importante como para interesarlos en la política de dominación borbónica brindándoles el control del vasto impe­rio monopolista de los jesuitas sobre los productos agropecuarios, obrajes y establecimientos comerciales.

Un sector de la burguesía, y quizás hasta en su conjunto, pudo tener el deseo de independizarse, en la década del 80, coincidiendo con Túpac Amaru, pero no era una decisión firme. Sólo el pueblo, compuesto por el campesinado, artesanos, mineros, obrajeros, un pequeño sector de la burguesía provinciana y conspiradores de las ciudades, en particular del sur del país, fueron los que se decidieron por el separatismo.

La derrota de 1780, y la de 1814, o sea la revolución de Pumacahua, conllevaron un avance indispensable para que las fuerzas revolucionarias maduraran en experiencias y organización, proceso que se consolida en 1821 y culmina con la batalla de Ayacucho. No es que los peruanos rehuyeran la lucha por la independencia, sino que un vasto sector de la clase que debió asumir la lucha por ese ideal estaba aristocratizado, en el sentido de que compartía las migajas del festín colonial, y se hallaba confiado en que las concesiones que haría la metrópoli serían cada vez mejores, permitiéndoles crecer bajo el calor del colonialismo post- Bonaparte y a la sombra de las ilusiones que produjo la revolucionaria Constitución de Cádiz. Por otro lado, se cuidaban del pueblo, cuyas iras habían sentido en 1780 y en 1814.

Por eso la burguesía aristocratizada, y aun la ennoblecida por la compra de títulos, terminó inclinándose por la lucha debido a que las condiciones internas habían madurado a tal punto que fueron obligadas a tener que asumir la dirección en las lides emancipadoras, y, cuando lo hicieron, llevaron a cabo su tarea con la ayuda de fuerzas que llegaron de países hermanos pero, fundamentalmente, con el aporte principal de los peruanos.1 No olvidemos que el Perú, así como México, fueron centros de dominación reforzados por poderosas fuerzas enviadas especialmente de la metrópoli, para afianzar el colonialismo.

Así como los neogranadinos requirieron la ayuda británica en volu­men considerable, el Perú precisó la ayuda de países vecinos porque la tarea de liberación no era únicamente un problema de carácter nacional, sino que tenía una fisonomía continental. Por eso ayudaron, tanto como el Perú ayudó, a preparar la lucha liberadora mediante los gigantescos movimientos del campesinado en 1780 y 1814.

Notas
[1] Es conveniente destacar que fuerzas estrechamente vinculadas a la metrópoli por coincidencia de intereses tuvieron que cambiar de posición. Las contradicciones de dependencia entre la burguesía colonial y la de la metrópoli pueden tornarse en coli­sión antagónica. Las instancias en la historia no son fijas; creer en tal estabilidad es ignorar que la dialéctica histórica se articula en los cambios debido al desarrollo de las fuerzas productivas. El desarrollo triunfal del capitalismo como sistema mundial a comienzo del siglo XIX y el debilitamiento del sistema del feudalismo aburgue­sado del imperio español precipitado por la invasión napoleónica creó la coyuntura que precipitó, por la pendiente de la emancipación, a sectores que las vísperas eran decididamente defensores de la metrópoli.

Pumacahua, de brigadier al servicio de las armas reales, enemigo del movimiento de Túpac Amaru a fines del siglo XVIII, se tornó en independentista en 1814. Las condi­ciones de la política mundial habían cambiado y los conductores de pueblos no actúan sin tener en consideración estas modificaciones que repercuten en la destrucción de las viejas estructuras.

*Publicado originalmente en Idea, artes y letras, enero-junio de 1968, año XIX, nos. 71-72, p.7. (Nota del Comité de Redacción)

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