domingo, 9 de junio de 2013

Páginas del Marxismo Latinoamericano


Henri de Man y la “Crisis"

del Marxismo


José Carlos Mariátegui


EN UN VOLUMEN QUE TAL VEZ AMBICIONA LA MISMA RESONANCIA y divulgación de los dos tomos de La Decadencia de Occidente, de Spengler, Henri de Man se propone —traspasando el lími­te del empeño de Eduardo Bernstein hace un cuarto de siglo— no sólo la “revisión” sino la "liquidación” del marxismo.

La tentativa, sin duda, no es original. El marxismo sufre desde fines del siglo XIX —es­to es desde antes de que se iniciara la reacción contra las características de ese siglo racionalis­ta, entre las cuales se le cataloga— las acome­tidas, más o menos documentadas o instintivas, de profesores universitarios, herederos del ren­cor de la ciencia oficial contra Marx y Engels, y de militantes heterodoxos, disgustados del for­malismo de la doctrina del partido. El profesor Charles Andler pronosticaba, en 1897, la “diso­lución” del marxismo y entretenía a sus oyen­tes, en la cátedra, con sus divagaciones erudi­tas sobre ese tema. El profesor Masaryk, aho­ra Presidente de la República Checoeslovaca, diagnosticó, en 1898, la “crisis del marxismo”, y esta frase, menos extrema y más universitaria que la de Andler, tuvo mejor fortuna. Masaryk acumuló, más tarde, en seiscientas páginas de letra gótica, sus sesudos argumentos de sociólo­go y filósofo sobre el Materialismo Histórico, sin que su crítica pedante que, como se lo pro­baron en seguida varios comentadores, no asía el sentido de la doctrina de Marx, socavase mí­nimamente los cimientos de ésta. Y Eduardo Bernstein, insigne estudioso de Economía, procedente de la escuela social-democrática, formu­ló en la misma época su tesis revisionista, ela­borada con datos del desarrollo del capitalismo, que no confirmaban las previsiones de Marx res­pecto a la concentración del capital y la depau­peración del proletariado. Por su carácter eco­nómico, la tesis de Bernstein halló más largo eco que la de los profesores Andler y Masaryk; pero ni Bernstein ni los demás "revisionistas” de su escuela, consiguieron expugnar la ciudadela del marxismo. Bernstein, que no pretendía suscitar una corriente secesionista, sino recla­mar la consideración de circunstancias no previs­tas por Marx, se mantuvo dentro de la social-democracia alemana, más dominada entonces, de otro lado, por el espíritu reformista de Lasalle que por el pensamiento revolucionario del autor de El Capital.

No vale la pena enumerar otras ofensivas menores, operadas con idénticos o análogos argu­mentos o circunscritas a las relaciones del marxismo con una ciencia dada, la del derecho verbigracia. La herejía es indispensable para comprobar la salud del dogma. Algunas han ser­vido para estimular la actividad intelectual del socialismo, cumpliendo una oportuna función de reactivos. De otras, puramente individuales, ha hecho justicia implacable el tiempo.

La verdadera revisión del marxismo, en el sentido de renovación y continuación de la obra de Marx, ha sido realizada, en la teoría y en la práctica, por otra categoría de intelectuales re­volucionarios. Georges Sorel, en estudios que separan y distinguen lo que en Marx es esencial y sustantivo, de lo que es formal y contingente, representó en los dos primeros decenios del si­glo actual, más acaso que la reacción del senti­miento clasista de los sindicatos, contra la de­generación evolucionista y parlamentaria del so­cialismo, el retorno a la concepción dinámica y revolucionaria de Marx y su inserción en la nue­va realidad intelectual y orgánica. A través de Sorel, el marxismo asimila los elementos y adqui­siciones sustanciales de las corrientes filosóficas posteriores a Marx. Superando las bases racio­nalistas y positivistas del socialismo de su épo­ca, Sorel encuentra en Bergson y los pragma­tistas ideas que vigorizan el pensamiento socia­lista, restituyéndolo a la misión revolucionaria de la cual lo había gradualmente alejado el aburguesamiento intelectual y espiritual de los partidos y de sus parlamentarios, que se satisfa­cían, en el campo filosófico, con el historicismo más chato y el evolucionismo más pávido. La teoría de los mitos revolucionarios, que aplica al movimiento socialista la experiencia de los movimientos religiosos, establece las bases de una filosofía de la revolución, profundamente impregnada de realismo psicológico y sociológi­co, a la vez que se anticipa a las conclusiones del relativismo contemporáneo, tan caras a Henri de Man. La reivindicación del sindicato, como factor primordial de una conciencia genuinamente socialista y como institución característi­ca de un nuevo orden económico y político, señala el renacimiento de la idea clasista sojuz­gada por las ilusiones democráticas del período de apogeo del sufragio universal, en que retum­bó magnífica la elocuencia de Jaurés. Sorel, es­clareciendo el rol histórico de la violencia, es el continuador más vigoroso de Marx en ese pe­ríodo de parlamentarismo social-democrático, cuyo efecto más evidente fue, en la crisis revo­lucionaria post-bélica, la resistencia psicológica e intelectual de los líderes obreros a la toma del poder a que los empujaban las masas. Las Re­flexiones sobre la Violencia parecen haber influi­do decisivamente en la formación mental de dos caudillos tan antagónicos como Lenin y Mussolini. Y Lenin aparece, incontestablemente, en nuestra época como el restaurador más enérgico y fecundo del pensamiento marxista, cuales­quiera que sean las dudas que a este respecto desgarren al desilusionado autor de Más allá del Marxismo. La revolución rusa constituye, acép­tenlo o no los reformistas, el acontecimiento do­minante del socialismo contemporáneo. Es en ese acontecimiento, cuyo alcance histórico no se puede aún medir, donde hay que ir a buscar la nueva etapa marxista.

En Más allá del Marxismo, Henri de Man, por una suerte de imposibilidad de aceptar y comprender la revolución, prefiere recoger los malos humores y las desilusiones de pos-guerra, del proletariado occidental, como expresión del estado presente del sentimiento y la mentalidad socialistas. Henri de Man es un reformista desengañado. El mismo cuenta, en el prólogo de su libro, como las decepciones de la guerra des­trozaron su fe socialista. El origen de su libro, está, sin duda, en "el abismo, cada vez más pro­fundo, que lo separaba de sus antiguos correli­gionarios marxistas convertidos al bolchevismo”. Desilusionado de la praxis reformista, de Man —discípulo de los teóricos de la social-democracia alemana, aunque el ascendiente de Jaurés suavizara sensiblemente su ortodoxia— no se de­cidió, como los correligionarios de quienes ha­bla, a seguir el camino de la revolución. La "li­quidación del marxismo”, en que se ocupa, re­presenta ante todo su propia experiencia perso­nal. Esa "liquidación" se ha operado en la con­ciencia de Henri de Man, como en la de otros muchos socialistas intelectuales, que con el ego­centrismo peculiar a su mentalidad, se apresu­ran a identificar con su experiencia el juicio de la historia.

De Man ha escrito, por esto, deliberadamen­te podríamos decir, un libro derrotista y nega­tivo. Lo más importante de Más allá del Marxis­mo es, indudablemente, su crítica de la política reformista. El ambiente en el cual se sitúa, para su análisis de los móviles e impulsos del proletariado, es el ambiente mediocre y pasivo en el cual ha combatido: el del sindicato y el de la social-democracia belgas. No es, en ningún momento, el ambiente heroico de la Revolución que, durante la agitación post-bélica, no fue ex­clusivo de Rusia, como puede comprobarlo cual­quier lector de estas líneas en las páginas rigu­rosamente históricas, periodísticas —aunque el autor mezcle a su asunto un ligero elemento no­velesco— de La Senda Roja, de Alvarez del Vayo. De Man ignora y elude la emoción, el pathos revolucionario. El propósito de liquidar y supe­rar el marxismo, lo ha conducido a una crítica minuciosa de un medio sindical y político que no es absolutamente, en nuestros días, el medio marxista. Los más severos y seguros estudiosos del movimiento socialista constatan que el rec­tor efectivo de la social-democracia alemana, a la que teórica y prácticamente se siente tan cer­ca de Man, no fue Marx sino Lassalle. El reformismo lassalliano se armonizaba con los móvi­les y la praxis empleados por la social-demo­cracia en el proceso de su crecimiento, mucho más que el revolucionarismo marxista. Todas las incongruencias, todas las distancias que de Man observa entre la teoría y la práctica de la social democracia tudesca, no son, por ende, estricta­mente imputables al marxismo, sino en la medi­da que se quiera llamar marxismo a algo que había dejado de serlo casi desde su origen. El marxismo activo, viviente, de hoy, tiene muy poco que ver con las desoladas comprobaciones de Henri de Man que deben preocupar, más bien, a Vandervelde y demás políticos de la so­cial-democracia belga, a quienes, según parece, su libro ha hecho tan profunda impresión.


*El presente escrito fue publicado originalmente en Variedades el 7 de julio de 1928, y hace parte del libro Defensa del Marxismo como su primer capítulo. En sus líneas, Mariátegui, entre otras cosas, da cuenta de su indeclinable posición anti-revisionista y señala que “Lenin aparece, incontestablemente, en nuestra época, como el restaurador más enérgico y fecundo del pensamiento marxista”. Por eso agrega que es en la Revolución Rusa “donde hay que ir a buscar la nueva etapa marxista”. Estas aserciones, o, mejor, estas adhesiones, hicieron que en los Principios Programáticos del Partido Socialista estableciera puntualmente: “El marxismo-leninismo es el método revolucionario de la etapa del imperialismo y de los monopolios. El Partido Socialista del Perú, lo adopta como su método de lucha” (OC, t.13, p.160). Esta afirmación programática demuestra que el maestro no solo reconoció el leninismo como un desarrollo de valor universal del marxismo, sino que, además, determinó la obligatoriedad del partido del proletariado de reconocer este desarrollo. Por eso habló de marxismo-leninismo. Estas verdades relativas a la filiación doctrinal de Mariátegui y el PSP, no pueden ser escamoteadas por ninguna falacia. (El Comité de Redacción).    


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