viernes, 1 de julio de 2016

Economía

“Sin el indígena no hay peruanidad posible”(*)


Santiago Ibarra
                                                            
Introducción

ENTRE LOS AÑOS 2000 Y 2015 la pobreza en el Perú ha pasado de afectar del 54% de la población nacional, al 23% de la misma. Es importante destacar que esta reducción, conforme a los parámetros utilizados por el Instituto Nacional de Estadísticas e Informática (INEI) –desde luego discutibles-, se ha producido dentro de un contexto económico altamente favorable al Perú y a Latinoamérica en general, debido en gran medida al incremento de la demanda de minerales e hidrocarburos desde los países asiáticos y otras regiones del mundo, y todavía más debido al incremento del precio de esos recursos. También es importante destacar que esta reducción no tiene la apariencia que se le quiere dar, porque un 40% de los peruanos, es decir, más de 12 millones de personas, tienen ingresos de menos de mil soles mensuales, y es probable que frente a una reducción mayor del crecimiento económico caigan nuevamente en las estadísticas oficiales de pobreza.

Asimismo, en un contexto de crisis económica europea y de caída de la tasa de crecimiento económico de los países de Asia del Este, en algunos países latinoamericanos se ha iniciado ya el proceso inverso: el aumento de la pobreza oficial, como en Argentina, que afecta actualmente a más del 36% de su población, gracias a las medidas neoliberales que recientemente ha tomado el gobierno de Macri, algo que se viene venir también con el gobierno neoliberal de Temer en Brasil (gobierno resultante de un golpe de estado blando). Entre tanto varios países de Europa occidental están en una profunda crisis económica, como España, donde hay hambre, desempleo y pobreza, pero donde a nadie se le ocurre intervenir militarmente, a diferencia de lo que ocurre en Venezuela, donde se ha creado una crisis económica mediante el desabastecimiento, buscando derrocar al gobierno de Maduro. ¿Por qué deberíamos pensar que el Perú sería la excepción a esta corriente internacional, en la cual hay períodos de reducción de la pobreza y hay también períodos de aumento de la misma?

Para el caso del Perú, nos interesa en este artículo señalar que la pobreza continúa concentrada en la sierra del Perú, en la población que tiene como idioma materno el quechua u otra lengua nativa, en la población que se autoidentifica como indígena, en la población rural. Está concentración, como se verá, es todavía más abrumadora para el caso de la extrema pobreza. Evidentemente, esta observación la hacemos con fines a la vez analíticos y políticos: a través de la misma queremos señalar que entre nosotros tenemos al colonialismo, pues los orígenes de la postración material de la población quechua tiene sus raíces en la conquista y el colonialismo español, y a través de distintos mecanismos se ha reproducido hasta la fecha.

La pobreza por regiones naturales

La Sierra alberga al 27.9% de la población peruana, menos de un tercio del total, pero contiene al 48,1% de los pobres del país, a casi la mitad del total. La Costa, de otro lado, alberga al 56,3% de la población peruana, más de la mitad del total, pero contiene al 34,5% de los pobres del país, un tercio del total. Finalmente, la Selva concentra al 14% de la población peruana, y alberga al 17,4% de los pobres del Perú1.

La pobreza según la lengua materna

En el Perú menos del 16% de la población tiene como lengua materna un idioma nativo (el 13,2% lo tiene en el quechua, el 1,8% en el aymara, y el resto en otras lenguas nativas) Mas para el año 2014, según el INEI, “la pobreza afectó al 35,4% (8,5% pobre extremo y 26,9% pobre no extremo) de las personas que mencionan tener como lengua materna una lengua nativa, siendo casi el doble de la incidencia en la población con lengua materna el castellano, 19,5% (3,3% pobres extremos y 16,2% pobres no extremos)”2.

Asimismo, “De acuerdo con el área de residencia, tanto en el área rural como urbana, incidió en mayor proporción entre la población que tiene como lengua materna una lengua nativa (48,2% y 21,1%, respectivamente)”3.

La pobreza según el área de residencia

En el Perú el 75,9% de la población reside en el área urbana y solo el 24,1% reside en el área rural; sin embargo, la pobreza afecta al 46% de la población que vive en el área rural, en tanto que en el área urbana la pobreza afecta al 15,3% de la población. Asimismo, el área rural concentra al 48,8% de los pobres del país4.

La pobreza según el origen étnico

La pobreza afecta al 26,8% de la población que se autoidentifica de origen nativo (quechua, aymara o de origen amazónico), en tanto que a la población negra afecta en un 19,3%. A la población que se autoidentifica como blanca afecta en un 18,5% y a los mestizos en un 14,1%5.

¿Y dónde se concentran las personas extremadamente pobres?

Los pobres extremos –cuyos ingresos personales alcanzan para cubrir apenas el costo de una canasta básica alimentaria (excluye el costo de vivienda, agua, luz, transporte, telefonía y otros gastos que efectuamos en la vida cotidiana)- se concentran mayoritariamente en el área rural del país: el 82,3% de ellos residen en esa área6.

De acuerdo con las regiones naturales, el 69,7% del total de los pobres extremos se encuentran en la Sierra, el 18,4% están en la Selva y el 11,9% en la Costa7.

La herencia colonial

Como puede observarse, la pobreza no está homogéneamente distribuida a lo largo y a lo ancho del país, ni tampoco entre los grupos que se identifican como indígenas, mestizos, negros o blancos. Puede observarse que, proporcionalmente, la pobreza se concentra en la población de origen quechua, mestizos y negros. De otro lado, la pobreza se concentra proporcionalmente en la sierra del Perú, tradicionalmente quechua, aymara y campesina.

No es posible entonces dejar de mencionar que la conquista y el colonialismo español -que sometió a sangre y fuego a la población quechua y a otros grupos étnicos del país, sumiéndolos en la servidumbre y en la degradación material-, está en el origen del problema que destacamos en el presente artículo. Lo que tenemos hoy es una prolongación de ese pecado original.

Entre otras cosas, el colonialismo español desestructuró la pauta indígena de ocupación del territorio -el famoso control vertical de los pisos ecológicos, a partir del cual lograban dar un balance a su dieta diaria alimenticia8-, destruyó sus sistemas productivos, expropió sus tierras y les negaron todos los medios de ascenso material y espiritual.

En la cima de la pirámide de clases teníamos a hacendados, mineros y comerciantes españoles y criollos, mientras que en la base teníamos a indígenas y negros, reducidos a la servidumbre o al trabajo forzoso en las minas, bajo el tristemente célebre sistema de mitas.

Luego, bajo la República, las élites económicas y políticas del Perú, de mentalidad colonial, no tuvieron nunca interés en cambiar la situación material del indígena. Al contrario, la empeoraron. Y hoy en día el estado privilegia las inversiones en la agroindustria por encima del desarrollo de la economía campesina, o privilegia la minería a la agricultura.

Hubo y hay, entonces, una alta correlación entre raza, etnia, clase y pobreza.

Lo que hoy tenemos como concentración de la pobreza entre los quechuas, mestizos y negros es una expresión de lo que tuvimos bajo el colonialismo español y que la colonizada burguesía peruana ha prolongado en el tiempo.

La burguesía peruana tiene conectados sus intereses al capital monopolista extranjero. Y siente desprecio por la población indígena, a la que ve inferior, a la que menosprecia profundamente, a la que niega toda humanidad. Sobre esta burguesía recae hoy en día la responsabilidad del estado de miseria de un sector considerable de las masas indígenas.

Descolonización

De otro lado, así como existe una correlación importante entre raza, etnia, clase y pobreza (puesto que las clases populares son fundamentalmente indígenas, mestizos y negros), también es importante señalar que tras esa estructura existe un elemento que importa mucho: el control de la economía y del poder político por parte del capital monopolista extranjero y por parte de una ínfima minoría de la población cuyos intereses están conectados a los del capital monopolista extranjero.

Sin atacar este control de la economía y del poder político, como decía José Carlos Mariátegui, sin democratizar la economía y el poder político, no será posible dar solución a los problemas de la población indígena, mestiza y negra. No será posible en suma ninguna descolonización. Esta ruta puede verse como parte de la larga transición al socialismo.

Como decía José Carlos Mariátegui: "...Cuando se habla de la peruanidad, habría que empezar por investigar si esta peruanidad comprende al indio. Sin el indio no hay peruanidad posible."9

Ahora bien, el problema no es sólo económico, social, sino también cultural. Por eso debemos hacernos algunas preguntas y tratar la cuestión en términos culturales.

¿De qué peruanidad podemos hablar en un país donde las mayorías indígenas y mestizas están excluidas del derecho al bienestar material y a la ascensión espiritual? ¿De qué peruanidad hablamos cuando el alma colectivista indígena no alcanza a darle contenido y forma al Perú? ¿De qué peruanidad podemos hablar en un país donde las expresiones negacionistas de occidente no están ausentes?

Todos tenemos de una y otra tradición, forman parte de nuestras vidas cotidianas y de nuestra intimidad. Vivimos entre esos dos mundos. Cuando se niega a una de las dos tradiciones negamos al hermano, al amigo, al cercano, al conocido, algún parentesco, el idioma que hablamos. Nunca se niega ni se odia lo desconocido o lo distante.

Para Mariátegui el Perú es un proyecto, no una realidad consumada. La tradición indígena existe y sobrevive pero es a la vez sofocada. La tradición occidental es también negada muchas veces aunque es dominante. Por eso Mariátegui hablaba de peruanizar el Perú.

Mariátegui formulaba su proyecto de la siguiente manera: “No es mi ideal un Perú Incaico ni un Perú Colonial, sino un Perú Integral”.

Es decir, paralelamente a la democratización de la economía y del poder político, debe construirse el Perú Integral: tanto la tradición indígena como la tradición occidental forman parte de la peruanidad.

Este es el otro elemento que el camino de la descolonización debe incorporar en el país: la construcción del Perú Integral. Es un proyecto, no una realidad. ¿Dónde está el sujeto capaz de llevarlo adelante?

El proyecto de la burguesía nativa es de mayor conexión y mayor sintonía con la globalización neoliberal, reduciendo a lo sumo lo indígena a un conjunto de tesoros arqueológicos, pero negando al indígena concreto de carne y hueso, negando sus necesidades, demandas materiales y cosmovisión, las mismas que ve como una amenaza a sus intereses de clase10. A la vez, la burguesía nativa es prisionera y promueve la cultura individualista y consumista, propia del capitalismo y gran obstáculo del proyecto de descolonización.

El proyecto nacional popular está presente entre otros en los movimientos indígenas-campesinos que cuestionan la inversión minera contaminante y en los movimientos juveniles y de trabajadores urbanos que defienden sus salarios y sus derechos laborales. Esos movimientos integran en gran medida la tradición occidental y la modernidad, y proponen un proyecto económico de desarrollo agrícola y un proyecto de desarrollo industrial en sintonía con los requerimientos de conservación ambiental y de desarrollo social sostenible.

Este es el proyecto que requiere el Perú para que las grandes mayorías indígenas, mestizas y negras atraviesen el anhelado cauce del progreso, del bienestar material y el ascenso espiritual.
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(*) Algunas de las reflexiones del presente artículo se las debemos al intercambio que sostenemos en el grupo Descolonización y Psicoanálisis, del cual tengo el honor de ser miembro. En especial, le debe al líder espiritual del grupo: el psicoanalista André Gautier, a la vez amigo y maestro.   

Notas:
(1)  Instituto Nacional de Estadística e Informática, Perfil de la pobreza por dominios geográficos, 2004-2014. Lima, Gráfica Publi Industria E.I.R.L., agosto de 2015.
(2)  Ibid.
(3)  Ibid.
(4)  Ibid.
(5)  Ibid.
(6)  Ibid.
(7)  Ibid.
(8)  Murra, John, La organización económica del Estado Inca. Siglo XXI editores.
(9) Mariátegui, José Carlos, “El problema primario del Perú”, 1925. Texto disponible en internet.
(10) Cfr. Méndez, Cecilia, Incas sí, indios no. Texto disponible en internet.





Las Proyecciones Burguesas de la Economía Peruana

César Risso

EL MES DE ABRIL DEL AÑO EN CURSO el Consejo de Ministros presentó el documento Marco Macroeconómico Multianual 2017-2019.

        El documento fue sometido a revisión por el Consejo Fiscal, del cual tomamos la información para evaluar las perspectivas de la economía peruana para los años 2017-2019.

        En cuanto al escenario internacional, se prevé que la economía mundial crezca 3% el 2016, y 3,4% el 2017, no obstante que las proyecciones de crecimiento de la economía china son de 6% para el 2016 y 5,2% para el 2017. Aparentemente estaría implícita una fractura de la economía china respecto de la economía mundial.

Esto resulta curioso, dado que la demanda de materia prima por parte de China ha presionado los precios al alza, y en consecuencia una menor tasa de crecimiento de la producción china presionaría a los precios de la materia prima a la baja.

        La situación para nuestros principales socios comerciales es semejante a la de China, puesto que estos crecerán a tasas menores, pasando de una tasa de crecimiento de 1,7% en el 2015 a 1,4% en el 2016.


        Este entorno internacional, según el Consejo Fiscal, no sería perjudicial para la economía peruana, la cual mejoraría su tasa de crecimiento de 3,3% en el 2015 a 3,8% en el 2016. Si ya esto es extraño, más extraño resulta aun que el documento señale que este crecimiento se sustenta en la ejecución de megaproyectos mineros, a pesar de la caída de los precios de los minerales. Es decir, la menor tasa de crecimiento de la producción de nuestros principales socios comerciales no afectaría la extracción y exportación de materia prima.

        A esta situación se suma el déficit en la balanza comercial, esto es, nuestras importaciones serán mayores que nuestras exportaciones, no obstante que los términos de intercambio de nuestro país han disminuido, es decir, que nuestras exportaciones compran cada vez menos importaciones.

        Con respecto al déficit fiscal, se proyecta reducirlo a través de la reducción de Gasto del Gobierno General en bienes y servicios. Habría que ver específicamente cuáles son los bienes y servicios que se reducen, y cómo esto afectará a las empresas privadas proveedoras del sector público, y en consecuencia al empleo.

        Dadas las incongruencias señaladas y las perspectivas de la economía peruana para el año 2016, el futuro inmediato es sombrío. Al parecer, le toca a PPK desarrollar una política conservadora, precisamente lo contrario de su grandilocuente “revolución social”.

        Esta situación genera una reacción de la burguesía que la induce a reducir la inversión:

“Así, los menores precios de materias primas afectan las decisiones de inversión (la proyección de la inversión privada se redujo de 2,0% a -1,2%) y de contratación; esto último, junto con un menor ingreso disponible de la economía afectan al consumo privado (la proyección del consumo privado se revisó de 3,6% a 3,2%).”1

        La población empieza a echar mano de lo que puede, en este caso a usar la tarjeta de crédito, que se entrega con mucha facilidad al no requerir mayor información del usuario, para completar su consumo corriente, esto es las necesidades básicas. Vale decir que con los ingresos que tienen, ya no cubren sus gastos. En consecuencia, estamos pasando la frontera de consumo, y es cuestión de tiempo para que se rompa la cadena de pagos.

        Hay que añadir, que las medidas para privar a las AFP para administrar una parte de los fondos de los jubilados, es entre otras cosas expresión del conflicto entre los sectores de la burguesía representados por las AFP y el de la construcción. El 25% de disposición de los fondos para pagar la cuota inicial de la adquisición de una vivienda así lo indica.

        Con esto, aparte de permitir a la burguesía dedicada a la construcción apropiarse de una mayor parte de la plusvalía extraída a los trabajadores asalariados, se extiende ficticiamente la capacidad de compra y con ello se va forjando las condiciones de una cada vez más aguda crisis económica.

        Al respecto, se tiene que, según ASBANC, la morosidad del sistema financiero ha aumentado. Lo cual perfila una situación de crisis económica.

“Al cierre de mayo de 2016, la morosidad bancaria llegó a 2.86%, cifra mayor en 0.10 puntos porcentuales frente a abril de 2016 y en 0.20 puntos porcentuales en comparación con mayo de 2015.”2

“Según tipo de crédito, el avance de la morosidad de mayo de 2016 responde principalmente al aumento en el porcentaje de atrasos de los créditos a medianas empresas, seguido de similar comportamiento en los créditos de consumo e hipotecarios, y en menor medida por los impagos de créditos a pequeñas empresas y a microempresas, lo que fue parcialmente compensado por una menor morosidad en grandes empresas y en los créditos corporativos, según se aprecia en el siguiente cuadro.”3


       
        En estas circunstancias, lo más probable sea que la reducción de la inversión privada signifique la disminución de trabajadores de las empresas, lo cual conducirá a una mayor morosidad, y en consecuencia a que se desate una aguda crisis económica.


        El futuro gobierno pretende resolver en parte el problema de la falta de inversión con inversión extranjera directa, para lo cual ya ha pedido a la burguesía chilena que invierta en nuestro país. De esto ya saben los capitalistas chilenos, pues tienen grandes inversiones en nuestro país. Pero ellos se mueven también teniendo en cuenta el escenario nacional e internacional, y lo más probable es que sean los primeros en reducir el número de trabajadores de sus empresas en Perú.

        Siendo esta la situación económica actual, y la perspectiva inmediata de la crisis económica, los trabajadores deben actuar organizados para enfrentar las medidas que implementará la burguesía. O somos los trabajadores los que asumimos las consecuencias de la crisis económica, o las soporta la burguesía.
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Notas:

Literatura


Mario Vargas Llosa: La Ambivalencia Como Método Ideal


Julio Carmona

EN EL ARTÍCULO PRECEDENTE hemos visto que los postulados teóricos de MV parten  de  una  concepción dualista de la realidad.1 A ésta él la divide —teóricamente— en “realidad real” y “realidad ficticia”. Y aunque ambas intercambian sus cualidades, MV establece que la vocación literaria no sólo se cifra en el rechazo de la primera sino en la superioridad valorativa de la segunda. Pero, como los materiales para la construcción de ésta (“realidad ficticia”) sólo puede proporcionárselos la otra (“realidad real”), y él siempre está en desacuerdo y hasta en enemistad con esta última, entonces el mayor énfasis de su trabajo artístico se alimenta (y se convierte en reflejo) de su lado negativo, de sus aspectos pesimistas, con el ánimo evidente de censurarla, de hacerla siempre objeto de su furia (justificando así su rol permanente de “rebelde ciego”), pero sin dejar entrever un resquicio esperanzador, lo que —en el fondo— conduce al objetivo de cimentar su perennidad. Es en ese sentido que dice:

La mejor contribución de la literatura al progreso humano: recordarnos (sin proponérselo en la mayoría de los casos) que el mundo está mal hecho, que mienten quienes pretenden lo contrario —por ejemplo, los poderes que lo gobiernan—, y que podría estar mejor, más cerca de los mundos que nuestra imaginación y nuestro verbo son capaces de inventar. (D-2001: 37.)2

Esa misma concepción ambivalente de la teoría se complementa con su práctica narrativa, en la medida que en las lindes de la primera —dice— el novelista se ve impulsado a hacer una “reedificación de la realidad” para de esa manera “testimoniar su desacuerdo con el mundo”, con lo cual está afirmando que todo novelista piensa que la realidad está mal edificada. De ahí su desacuerdo con ella y su afán de ‘reedificarla.’ Y una lógica elemental nos lleva a suponer que esa “reedificación” tiene que ser para mejor, es decir, ofrecer a los lectores un mundo nuevo, diferente, mejor que el mundo rechazado. Pero la constatación que hacemos los lectores es que no hay tal “mundo reedificado”: es la presentación de un mundo tal como lo conocemos en su conformación natural (no hay, por lo demás, ninguna justificación para que el novelista esté en desacuerdo con el mundo natural, aunque MV nunca hace esta distinción y dice estar enemistado con toda la realidad), y en lo que se refiere a la conformación social de su “reedificación” (que, en el fondo, es con la que se supone el novelista está en desacuerdo: “por ejemplo, los poderes que lo gobiernan” —como dice en la cita precedente) en la práctica narrativa de MV las cosas se presentan tan desquiciadas como —o peor de lo que— las conocemos en la realidad misma, como lo hace constar un crítico de su narrativa:

En la etapa inicial [de la obra de MV] predominan mundos caóticos, corrompidos, inmorales, falsos, aniquilantes; mundos que no ofrecen solución ni esperanza; mundos que son reflejos de segmentos de la realidad. (...) en la segunda etapa, de madurez, de razonamiento ideológico, de ataque a sus antiguas creencias y de defensa de las nuevas, de reacomodo a un sistema conservador, se corresponde con una producción  literaria conservadora y tradicional (...) Es ella una literatura mimética que trata de copiar la realidad y que sigue los patrones que rigen esa realidad real.3

Y todo esto se puede verificar en su práctica narrativa. Pero adelantemos que a la práctica novelística de MV puede aplicársele el diagnóstico que de la novela burguesa hace Bertolt Brecht cuando dice que ella pretende configurar, “todavía hoy en cada caso, ‘un mundo’.” Pero —dice Brecht— “esto lo hace de una forma puramente idealista, partiendo de un concepto del mundo: el modo de ver más o menos privado de su ‘creador’” (del novelista.) Y, entonces, el resultado es que “Del mundo real se llega a conocer sólo algo del autor y nada del mundo.” (E-1979: 110.) Consideramos, por lo tanto, que, ideológicamente hablando, no hay una distancia insalvable entre la obra narrativa de MV y su concepción teórica de la literatura, pese a que uno de sus censores, el colombiano Óscar Collazos, dice que:

... por un lado está el novelista, respondiendo de una manera auténtica a un talento vertiginoso y real, y por otro el intelectual, el teorizante seducido por las corrientes del pensamiento europeo, que no sabe qué hacer con ellas en las manos y que —en definitiva— no puede insertarlas ni apropiarse de ellas para incorporarlas a la realidad latinoamericana; un intelectual tratando de probarse a sí mismo capaz de ser como ellos, de acercarse a ellos, de ser —de alguna manera— un tributario de sus exigencias. (D-1969: 21.)4

Mas, a favor de nuestro criterio abona el mismo MV cuando manifiesta su admiración por “la concordancia entre la teoría y la práctica”, aunque reconoce que “en nuestro mundo, es cada vez más infrecuente”. Y por eso dice que “es una cosa que admiro cada vez más (...) porque la vida empuja a los hombres a ser inconsecuentes, o porque hay un desfase entre la moral real y la moral teórica.” (C-2004: 155.) Con algo más de perspicacia, entonces —creemos nosotros—, el escritor peruano Miguel Gutiérrez Correa, en 1966, anotaba a propósito de la novela La casa verde, que “el moralista que se encierra en Vargas Llosa parece enseñar finalmente que toda rebelión es inútil y conduce al fracaso.”5 Y ese fracaso —dice José Ignacio López Soria—:

desemboca —por el camino de la desilusión— en rebeldía interior, en una especie de revolucionarismo inmanente que no le hace daño al sistema. El tercerismo pretendidamente conciliatorio, después de un corto período de inestable equilibrio, termina inclinándose a posiciones regresivas.6

Es decir, que esa visión fatalista de una realidad en la que la frustración es su principal condimento, no sólo no se modificará en el juicio ideológico de MV, sino que se irá volviendo absolutista, generalizadora, y se acentuará más en su concepción de la “violencia política” reflejada en sus novelas.7 Por eso, en una entrevista, así lo reconoce, ante la siguiente propuesta de quienes lo entrevistan: “Decías que la novela aspiraba a expresar la frustración y el fracaso de una sociedad que vive una experiencia política determinada. Al parecer, La guerra del fin del mundo va más allá, buscando expresar el fracaso de todas las ideologías.” Y MV responde:

En cierta forma sí. Si algo quiere demostrar la novela es el fracaso de las ideologías, al explicar el fenómeno humano, individual o social. La ideología es un esquema que puede explicar una zona de la realidad, pero nunca agotar la totalidad de ella, que es compleja, sutil, imprevisible. Si la ideología no es flexible y no trata de adaptarse a esa complejidad cambiante de la realidad, entonces no le queda otra cosa que tratar de recortarla y ahí empieza la violencia. (C-2004: 129-130.)8

 Y esa visión paranoica se hace evidente en las novelas que tratan más específicamente el tema de la violencia política, que obsesiona a MV, como son: La guerra del fin del mundo (1981), Historia de Mayta (1984) y Lituma en los Andes (1993), en las que adquiere visos de paranoia total.9 Pongamos ejemplos. El Barón de Cañabrava (de quien Ángel Rama dijo, no sin razón, que era el alter ego de MV)10, personaje de La guerra..., expresa: “Reconozco que me he quedado obsoleto. Yo funcionaba mejor en el viejo sistema, cuando se trataba de conseguir la obediencia de la gente hacia las instituciones, de negociar, de persuadir, de usar la diplomacia y las formas. Lo hacía bastante bien. Eso se acabó, desde luego. Hemos entrado en la hora de la acción, de la audacia, de la violencia, incluso de los crímenes. Ahora se trata de disociar totalmente la política de la moral.” (A-1981: 330-331, cursiva nuestra.)11 Y en Historia de Mayta dice que en el Museo de la Inquisición:

hay un ingrediente esencial, invariable, de la    historia de este país, desde sus tiempos más remotos: la violencia. La moral y la física, la nacida del fanatismo y la intransigencia, de la ideología, de la corrupción y de la estupidez que han acompañado siempre al poder entre nosotros, y esa violencia sucia, menuda, canalla, vengativa, interesada, parásita de la otra.12 Es bueno venir aquí, a este Museo, para comprobar cómo hemos llegado hasta lo que somos hoy, por qué estamos como estamos.  (A-1985: 124.)

Esa visión negativa de la violencia (generalizada a toda violencia: la de los de arriba, la de los de abajo y la de los del medio) es la que subyace en la violencia social y política que MV plasma en sus novelas para exorcizar de ella a toda la realidad. En Lituma en los Andes, dice:

¿No tienen todos su locura, aquí? ¿No están locos los terrucos? ¿Dionisio, la bruja, no andan rematados? ¿No estaba tronado ese teniente Pancorbo que quemaba a un mudo para hacerlo hablar? ¿Quieres más locumbetas que esos serruchos asustados con mukis y degolladores? ¿No les faltan varios tornillos a los que andan desapareciendo a la gente para calmar a los apus de los cerros? (A-1993: 281.)

La violencia, parece decirnos MV, no sólo se ha generalizado, sino que ‘nunca ha tenido ni tendrá buenos resultados’. Sea cual fuere: la violencia de arriba o la violencia de abajo, deja saldos luctuosos y la sociedad sigue dividida entre los de arriba y los de abajo. Y la espiral se sigue desarrollando. Y los de abajo y los de arriba recurrirán a ella para hacer más de lo mismo. Y MV siempre se las ha arreglado —en sus novelas o en sus ensayos— para expresar esa su visión recusadora de “toda violencia”. Lo dice Roland Forgues, crítico amigo suyo: “Hay que ver con qué talento [el talento del ‘mentiroso’, ciertamente] has sabido burlarte de las nociones de bien y de mal para denunciar todas las violencias.” (D-2001: 19.)

Pero, como el pensamiento de MV no es dialéctico, pasa por alto que si los esclavos, de hace veinte siglos, no se hubieran rebelado violentamente, hasta hoy siguiésemos padeciendo esa esclavitud. Si bien es cierto la esclavitud cambió de formas y aún hoy se puede decir que existe con el calificativo de “asalariada”, no menos cierto es que no es lo mismo el esclavo que luchó junto a Espartaco que el obrero actual que igualmente lucha por acabar con la ‘esclavitud moderna’. Las dos luchas se caracterizan por ser violentas. Y las dos tienen sus méritos y logran objetivos positivos, aunque MV diga —a través del narrador de Historia de Mayta, que: “El hijo de Mayta debe andar por los treinta años. ¿Tuvo la vida normal que quería su madre? ¿Ha tomado partido por los rebeldes e internacionalistas o por el Ejército y los “marines”? ¿O, como su madre, cree que una y otra cosa [una y otra violencia] son la misma basura? (p. 207.) Es ésta una “reprobación de la violencia”, al decir de Ángel Rama, que este autor analiza así:

El manejo de una conceptuación pasatista, desenfocada y marginal a los problemas centrales que se desarrollan en la novela, conduce a una convencional reprobación de la violencia (la famosa partera de la Historia), que aunque sea un discurso muy cultivado por los estratos que prefieren olvidar que con ella conquistaron su actual poder, carece de rigor intelectual porque a la vez carece de realismo histórico. (D-2001-a: 243.)

Contra el corolario de MV —pues: que cualquier violencia, ya sea revolucionaria o reaccionaria “son la misma basura”— podemos decir que no, que no toda violencia es mala. No lo es, por ejemplo, la manifestación, violenta, de un sindicato marchando por las calles exigiendo mejores condiciones de vida, de trabajo y de dignidad humana.13 Si este tipo de manifestaciones (con los saldos trágicos que la historia no olvida) no se hubieran producido —desde Espartaco, pasando por Sacco y Vanzetti hasta el último caso del ‘obrero desconocido’- las condiciones de esclavitud asalariada que vivimos en la actualidad serían más feroces de lo que son, y los trabajadores seguiríamos agobiados por horarios de trabajo de más de ocho horas, y, especialmente, el número de obreros lisiados por condiciones de trabajo salvajes sería mayor.

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Notas

(1)  “El dualismo es amparo de la trascendencia. Y nada más dualista que la distinción aristotélica entre Dios y el mundo, entre el intelecto agente y el intelecto pasivo: es más eliminación que solución de un problema.” (Toffanin, E-1953: 129.)
(2)  Nótese que esa apreciación de absoluta negatividad no deja ninguna alternativa en contrario. Es más, una posible alternativa es atribuida sólo a los ‘poderes que gobiernan al mundo’, lo que descalifica a cualquier otra opción, porque —según MV: “La buena literatura muestra las insuficiencias de la vida, la limitación de todo poder para colmar las aspiraciones humanas.” (C-1993: 90.)
(3)  Balmiro Omaña, “Ideología y texto en Vargas Llosa: sus diferentes etapas”, en: D-2001-a: 37-46.
(4)  Y, al parecer, es ésta una apreciación que se apresuró en sostener Ángel Rama en su segunda intervención en la polémica con MV, la misma que termina de la siguiente manera: ‘Creo que puede descreerse de sus tesis y beneficiarse de la perspicacia realista de sus novelas.’ (C-1973: 37.)
(5)  Miguel Gutiérrez, “Mito y aventura en La casa verde”, Narración N° 1, Revista literaria peruana, Lima, noviembre, 1966, p. 29. (Cursiva nuestra.) [El calificativo de ‘moralista’ atribuido por Miguel Gutiérrez a MV, encaja con la del decadente expuesta en la cita de Basadre, Cf. Capítulo 1, p. 59.]
(6)  José Ignacio López Soria, “A propósito de ‘Vargas Llosa, pre y post’”, en: D-2001-a: 27.
(7)  “Yo creo —ha dicho MV— que en un país como el mío la violencia está en la base de todas las relaciones humanas. Se halla omnipresente en todos los instantes de la vida de un individuo.” (Conversación con Harss, cit. por José Miguel Oviedo, “Los Jefes: aprendizaje de la realidad”, en: D-2001-a: 109.)
(8)  Obsérvese que la crítica reservada en esta cita por MV a las ideologías es aplicable a su rechazo absoluto de la realidad, en tanto él empieza rechazando un aspecto de la realidad y luego lo generaliza a toda la realidad; o sea que su rechazo absoluto de la realidad es “un esquema que puede explicar una zona de la realidad, pero nunca agotar la totalidad de ella, que es compleja, sutil, imprevisible.” ‘Si [en ese esquema de MV, como] la ideología no es flexible y no trata de adaptarse a esa complejidad cambiante de la realidad, entonces no le queda otra cosa que tratar de recortarla...” y de ahí su limitación que impide hacerlo generalizable, teóricamente, a toda la novela.
(9)  En otra entrevista, preguntado MV cómo detendría la espiral de violencia, responde: “La verdad es que no soy muy optimista, pero creo que es muy importante estar parado sobre la tierra y tener conciencia de dos cosas: la primera, que en estos últimos años la violencia ha alcanzado proporciones desmesuradas y escalofriantes. Y luego, hacerle frente todos los que estamos interesados en salvaguardar, ya no digo un sistema democrático, sino ciertas formas de vida civilizada. Y en eso, creo, debería haber un espectro amplísimo, en que estén representados la izquierda, el centro y la derecha, que coincida en detener la brutalidad y la barbarie.” (C-2004: 149.)
(10) Ángel Rama, “Mario Vargas Llosa y el fanatismo por la literatura” en: D-2001-a: 239.  “Algunas de las propias ideas de MV” —dice Ángel Rama— “el lector las encontrará en el Barón de Cañabrava. Para él Canudos ha sido ‘esa historia estúpida, incomprensible, de gentes obstinadas, ciegas, de fanatismos encontrados’.”
(11) Arnold Hauser precisa que lo “significativo de la mentalidad de un escritor no es tanto por quién toma partido, como a través de los ojos de quien mira.” (E-1964-II: 384.)
(12) Nótese la diferencia cualitativa usada para ambas violencias, la de las clases dominantes es producto del “fanatismo, la intransigencia, la ideología, la corrupción, la estupidez”; en tanto la del pueblo es “sucia, menuda, canalla, vengativa, interesada, parásita de la otra”. En la novela ¿Quién mató a Palomino Molero? Uno de los personajes también hace alusión a la violencia que compromete a todos, pero devaluando a los de abajo. Dice: “También los avioneros me sorprendieron (...) Hay un fondo bestial, en todos Cultos o incultos, todos. Supongo que más en las clases bajas, entre los cholos. Resentimientos, complejos.” (p. 157.) Y esto es achacable al autor porque es lo mismo que dice en su autobiografía, El pez en el agua. Hablando de su experiencia en el Colegio Militar “Leoncio Prado” dice: “Al terminar el almuerzo (...) los de cuarto se lanzaron sobre nosotros como cuervos. Los ‘blanquitos’ éramos una pequeña minoría en ese gran océano de indios, cholos, negros y mulatos, y excitábamos la inventiva de nuestros bautizadores.” (C-1993: 103.)

(13) La violencia —decía el poeta francés, Luis Aragón— existirá incluso en el ámbito ideológico, y, así, dice: “... los artistas jamás renunciarán a oponerse los unos a los otros, a negarse recíprocamente: la paz aparente entre ellos es sólo una fachada. ¿Quién puede pues hablar de coexistencia pacífica de las ideologías?”, en: “Prólogo” a Roger Garaudy, E-1964: 14.

Internacionales


Las Condiciones de la Clase
Trabajadora en China

(Tercera y Última Parte)



Robert Weil

HAY OTRAS SEÑALES igualmente significativas de este creciente resurgir de la izquierda y de la expansión de sus nexos con la lucha de la clase trabajadora.

En 1999 estuvimos con estudiantes de la Universidad de Qinghua, en Pekín —a menudo considerada como el MIT de China****— que formaban parte de un pequeño grupo de estudios marxistas, uno de los pocos que habían surgido recientemente, en especial en las universidades más de élite. Hice la observación entonces que, para ser eficaces, tendrían que encontrar una manera de trascender sus campus y conectar con las clases trabajadoras, algo que el movimiento estudiantil de Tiananmen de 1989 no había conseguido. En esa lucha, aunque más tarde se unieron muchos trabajadores, al menos de Pekín —que recibieron a su vez los embates de una violencia y una represión asesinas que acabaron con ella—, el abismo entre los estudiantes y las clases trabajadoras estaba fundamentalmente sin zanjar.

En Changchun, en el nordeste, por ejemplo, donde tuvo lugar una versión reducida del mismo movimiento, los trabajadores de la gran planta de First Auto se negaron a unirse a los estudiantes que se declararon en huelga en las universidades, amarga experiencia que había dejado a los estudiantes expuestos a una durísima represión y los había llevado a reevaluar su aislamiento respecto de las clases trabajadoras. Al final, como tan a menudo ha sucedido en la historia china, el que aplastó el movimiento en Tiananmen, tras la negativa de los regimientos estacionados en las cercanías de Pekín, fue un ejército formado ampliamente por campesinos. Las lecciones de esa época no fueron desaprovechadas por la actual generación de estudiantes de izquierda, y en el verano de 2004 el cambio no pudo haber sido más impresionante. Hoy, los estudiantes activistas dejan los campus universitarios en cantidades significativas para tomar contacto con las clases trabajadoras, estudiar sus condiciones, ofrecerles apoyo legal y material y volver a sus aulas con informes de lo que sucede en las fábricas y las granjas.

Un veterano guardia rojo de la Revolución Cultural, que sigue siendo un organizador decisivo de la izquierda en Zhengzhou, explicó el gran cambio que se ha producido en la relación entre obreros y estudiantes. Ya en 2000, los estudiantes del grupo de estudios marxistas de la Universidad de Pekín, la principal institución de estudios superiores del país, empezaron a visitar fábricas en esa ciudad. A partir de 2001 y hasta el presente, todos los años llegaban grupos de estudiantes de la Universidad de Qinghua.

En 2004 fueron a Zhengzhou unos ochenta estudiantes procedentes de otro campus importante de Pekín. Las autoridades nacionales temen el crecimiento de estos contactos e intentan desalentarlos. En contraste con la gratuidad de los viajes en tren y otros estímulos que se ofrecían durante la Revolución Cultural a los estudiantes que deseaban recorrer el país, hoy el gobierno procura detener ese flujo, rehusándose incluso a vender billetes a las delegaciones de estudiantes, o negándoles el derecho a apearse en Zhengzhou. No obstante, siguen llegando. Van a las fábricas y algunos incluso vivieron en ellas durante las primeras fases de la lucha en esa ciudad, para tratar de ayudar a detener los cierres de plantas. Una vez iniciado en Zhengzhou, ese movimiento se extendió al nordeste, así como a otras regiones del país. También llega a las zonas rurales, donde los estudiantes van a las aldeas para realizar actividades similares, llevar material, establecer contactos, ofrecer apoyo legal y, en general, romper el aislamiento que sienten muchos activistas campesinos. Hoy, en la Universidad de Pekín, y muchas otras instituciones de educación superior, se ha creado específicamente con ese fin una organización llamada Hijos de los Campesinos, que, pese a su nombre, incluye igualmente muchas «hijas».***** Un activista de izquierda con quien habíamos estado en 1999 y que en aquel momento parecía ser prácticamente el único que investigaba las condiciones de la clase trabajadora y estimulaba a otros a hacerlo, explicó que en 2004 los estudiantes parecían muy motivados por sí mismos y no necesitaban el liderazgo de otros como él. Ahora son ellos quienes toman la iniciativa.

Este movimiento se ve al mismo tiempo impulsado y facilitado por los cambios en la constitución y las condiciones del propio cuerpo estudiantil universitario. Con el triple de matriculados universitarios que en 1999, hay más estudiantes que proceden de familias de clase trabajadora y muchos de ellos afrontan dificultades cada vez mayores para financiar sus estudios y, una vez graduados, para encontrar trabajo. El resultado es la expansión de la base social para la creación de empatía y unidad de muchos estudiantes universitarios con trabajadores y campesinos. Las universidades chinas son menos reductos de privilegiados y tienen un carácter más masivo que en los años iniciales de la reforma, cuando, como reacción a la Revolución Cultural, Deng Xiaoping cargó el acento sobre el ser «experto» en lugar de «rojo» y reforzó el retorno a requisitos de ingreso más exclusivos. El resultado es que hoy los estudiantes de izquierda están cubriendo el hueco entre los intelectuales de élite y los que luchan en las fábricas y las granjas, de quienes hoy son muchas veces parientes, o al menos pertenecientes a las mismas clases de las que ellos son originarios. En algunos aspectos, por tanto, el escenario actual en China no se asemeja a nada más que al de los primeros días de la Revolución Rusa, cuando Lenin conducía a los estudiantes marxistas a los distritos fabriles para conectar con los obreros. La diferencia decisiva está en que ahora, por supuesto, no es sólo que muchos estudiantes provengan de familias de trabajadores y de campesinos, sino que los jóvenes izquierdistas chinos, incluso cuando buscan a tientas una nueva relación con las clases trabajadoras, tienen a sus espaldas cincuenta años de experiencia socialista revolucionaria bajo el liderazgo de Mao sobre la cual construir. Los conceptos, las políticas y las relaciones de esa época no pueden —y no deberían— aplicarse sin modificación alguna a la situación diferente de hoy en día. Pero siguen siendo una inmensa reserva de ideas y prácticas revolucionarias en las que la izquierda puede inspirarse a la hora de abordar las condiciones de las clases trabajadoras ante las reformas capitalistas y el actual escenario de mercantilización global. Lejos de ser nuevas, las ideas de izquierda están ya profundamente arraigadas entre los trabajadores y los campesinos.

No obstante, sería un grave error exagerar esas tendencias. La izquierda china como fuerza reconocible es todavía pequeña, marginal y está dividida —como las propias clases trabajadoras— en muchos grupos y facciones.

Lo mismo que ocurre con la izquierda en todo el mundo, ha tenido que hacer frente al desmoronamiento del mundo que había conocido y está tratando de encontrar nuevas sendas a seguir sin un equipo único de conceptos unificadores en torno al cual organizarse y movilizar a las clases trabajadoras.

En gran medida, la vanguardia de hoy en China son los propios trabajadores y los campesinos, que libran lo que por momentos son grandes batallas. Aunque en general están dirigidos por izquierdistas de sus propias filas, hasta ahora es muy escaso, si es que existe, un movimiento organizado de la izquierda en su conjunto. Nuevas ideologías en competencia —que incluyen conceptos reformistas liberales y socialdemócratas— plantean también un desafío a la izquierda. En un desarrollo que evoca la situación de los Estados Unidos, hasta el término «clase» se utiliza menos en la actualidad, para hablar en cambio de «grupos sociales débiles» en el mercado, mientras que el concepto de explotación se usa explícitamente con menos frecuencia. Estas tendencias se ven reforzadas por el estilo de vida de muchos profesionales urbanos, sea cual fuere su posición política. Algunos intelectuales, incluidos los que se consideran izquierdistas, ganan mucho dinero en las ciudades y carecen en general de cualquier tipo de vínculos con las clases trabajadoras, cuyas condiciones pueden parecerles cada vez más distantes en comparación con sus propias experiencias.

Los que intentan tomar posiciones públicas o traducir sus ideas en acción son ampliamente reprimidos, aunque no se trata necesariamente de una cuestión de derecha o de izquierda. Que el gobierno actúe depende más bien de cuánto se aparte uno del marco de referencia aceptado. Incluso un organizador de inmigrantes que favorecía las reformas y defendía la privatización de la tierra con el fin de convertir a los campesinos en «ciudadanos» independientes, fue arrestado por tratar de realizar un mitin en Pekín para promover los «derechos humanos». Cualquier intento abiertamente organizado de poner fin al régimen unipartidario es una línea imposible de cruzar, y cualquier cosa que parezca socavar el dominio del Estado sobre todas las áreas de la actividad pública puede crear rápidamente problemas, con independencia de su contenido político específico.

Sin embargo, para las autoridades la izquierda constituye una amenaza especial, puesto que tiene el potencial de dar más organización a la lucha de la clase obrera en rápida expansión. Típico de esta actitud es el cierre del Sitio de Internet y las Listas de Discusión de los Trabajadores de China.

A diferencia de la mayoría de los otros foros de este tipo, éste era «el primer sitio de internet manejado por la izquierda en China que permitía a los trabajadores y agricultores hablar de sus luchas en defensa del socialismo en la China de hoy». En él los intelectuales, incluidos los que formaban parte de las clases trabajadoras, podían «participar en discusiones con los trabajadores sobre problemas de los trabajadores»******. Este enlace representa una amenaza particular para los dirigentes del Partido y el Estado, porque, como explicó uno de los miembros de su colectivo editor en Pekín, «el gobierno no está haciendo socialismo». Sobre esa base, «los trabajadores diferencian entre el Partido Comunista del período maoísta y el de hoy». Desde el punto de vista de las clases trabajadoras, es decisivo que sus voces se oigan. «Esto es lo que una democracia socialista debería desear: que los trabajadores tengan el tipo de democracia que el capitalismo no podría proporcionar». Pero el sitio de internet fue clausurado mediante la imposición de un exorbitante arancel de registro, que los miembros de las clases trabajadoras no podían permitirse pagar. Entre los trabajadores y los campesinos, las crecientes filas de intelectuales, y también en la nueva clase media, hay una amplísima demanda de mayor transparencia, tanto en el sistema económico como en el político, y la reclamación de su derecho a una mayor participación en las decisiones que los afectan. Aunque la «democracia» electoral de estilo norteamericano todavía pueda carecer de amplio atractivo, mucha gente habla ya abiertamente de derechos democráticos. Para algunos, la meta principal es la libertad de expresión, mientras que para otros lo son los partidos de oposición.

Muchos trabajadores hablan hoy incluso de que «el sistema unipartidario no funciona». Se están realizando foros, incluso en el seno del Partido, en busca de una manera de abrir más espacio para el debate abierto, y las nacientes ONG de la «sociedad civil» cubren una amplia gama de temas, como los relativos a los derechos de las mujeres y al medio ambiente.

En consecuencia, son amplios los sentimientos favorables a la democracia, y el gobierno sabe que no puede reprimirlos. Lo que está tratando de hacer para responder a este desafío es introducir el cambio en forma gradual.

Pero las políticas oficiales de reformas en esta área —como elecciones en los gobiernos de aldeas—, pese a una superficial democratización, suelen toparse con una actitud cínica por parte de las clases trabajadoras, pues en gran parte sólo se las usa para ratificar las designaciones que el Partido realiza desde arriba. En esto, lo mismo que en tantas otras áreas, los recuerdos de la era socialista, y en especial la participación, durante la Revolución Cultural, de los trabajadores y los campesinos en el gobierno de sus fábricas y granjas, e incluso las universidades y los gobiernos locales, continúa sirviendo de referencia y contrasta fuertemente con la actual eliminación de todos esos derechos políticos. Como dijo un trabajador, «las reformas democráticas, tal como el gobierno las ha aplicado hasta ahora, atacan el corazón mismo de la revolución de Mao y ponen patas arriba la vida de los trabajadores; son en realidad una forma de venganza y represalia de que se hace objeto a la clase obrera».

La clave de un enfoque aceptable de la reforma política, por tanto, estará en encontrar, una vez más, una manera de reunir el concepto izquierdista de control obrero y campesino y el de democracia participativa, que hoy forma parte de la agenda progresista global. Esta búsqueda ya ha comenzado.

En la carta de 2004 a Hu Jintao que redactaron los veteranos de la revolución, una de las principales exigencias era revitalizar las luchas de masas desde abajo como medio de controlar el abuso de poder y dar a las clases trabajadoras mismas un papel directo en las funciones del Partido y del Estado, como parte de un sistema democrático. Pero los obstáculos para la construcción de un movimiento unitario y la realización de esos cambios revolucionarios son tan desalentadores en China como en cualquier otro lugar del mundo. Los trabajadores y los campesinos más viejos creen que, a pesar del legado recibido del pasado, si no se alcanza pronto un mayor nivel en la lucha por el socialismo, el recuerdo de la era de la revolución morirá, y los miembros de la generación más joven no conocerán ni perseguirán otra cosa que el deseo de enriquecerse y sumarse a la cultura consumista. En ese caso, tendrán que empezar otra vez desde el principio, por así decirlo, si es que alguna vez se deciden a afrontar la necesidad de un cambio fundamental.

Pero los chinos tienen la ventaja de haber estado allí, de haberlo hecho antes. Por lejana que la perspectiva pueda parecer a veces, China todavía tiene la posibilidad de una vía rápida a la renovada revolución socialista, un desarrollo que volvería a sacudir el mundo. Es claro que sólo se trata de una entre las muchas situaciones posibles en China en el futuro próximo.

La complejidad y la polarización de su estructura de clases están empujando a la sociedad china en direcciones contradictorias. Esto es evidente en los recientes desarrollos, tanto de las condiciones de las clases trabajadoras como de la respuesta del Partido y del Estado a los nuevos desafíos. En un intento de prevenir la agitación en el campo, los dos máximos líderes, Hu Jintao y Wen Jiabao, han introducido una serie de cambios en la política rural, de tangibles efectos dramáticos. Uno de esos cambios consistió en la eliminación del impuesto agrícola a los campesinos, así como la de la mayoría de las tasas locales —muchas de ellas, ilegales— que habían sido una fuente importante de protestas. También hay planes de aumento de la inversión en las áreas rurales, incluso en fábricas de ciudades pequeñas y aldeas, y especialmente en educación y atención médica, así como en restauración medioambiental. Junto con la fijación de un precio más favorable para los bienes agrícolas, estos ajustes han aliviado significativamente la presión económica sobre muchas familias campesinas. Hay incluso conversaciones oficiales de las Nuevas Aldeas Socialistas, aunque el sentido de este término no está claro hasta ahora y puede que se trate simplemente de un intento de poner a las políticas ya en ejecución una etiqueta nominalmente más izquierdista. La profundidad de las reformas dentro de las reformas que se han anunciado está por ver, sobre todo dado el récord de incumplimientos en el nivel local —factor endémico de la gobernanza china— y la venta incesante de tierra campesina para negocios inmobiliarios por parte de funcionarios corruptos, que en muchas zonas continúa con idéntica intensidad. Sin embargo, hay un impacto que ya se advierte muy claramente. En una asombrosa inversión de la situación, hace tan sólo unos tres años, aproximadamente, las zonas exportadoras de las regiones costeras están experimentando una creciente escasez de trabajadores, pues los inmigrantes están regresando en grandes cantidades a sus aldeas o, por lo menos, a ciudades del interior, no tan lejos de su casa, en parte para aprovechar la mejora de las condiciones en éstas, y en parte como en señal de creciente rechazo de la dura explotación de las fábricas de la costa. Esta inversión del proceso migratorio es un reflejo de la mayor conciencia, resistencia y auto organización de los inmigrantes, muchos de los cuales son ahora veteranos experimentados y no seguirán aceptando las condiciones que los sedujeron en sus años juveniles. Incluso está empezando a agotarse la corriente de jóvenes trabajadores inmigrantes y sobre todo de campesinas pobres, que era lo que las fábricas preferían y que debían afrontar las más extremas condiciones de explotación.

Aunque esto ha tenido el efecto positivo de forzar a las industrias de exportación a elevar los salarios y los subsidios en un esfuerzo por continuar atrayendo un volumen suficiente de fuerza de trabajo, también hay ya señales de que los empleadores están apretando el acelerador a fondo con el desplazamiento de sus fábricas a países de costes más bajos aún, como Vietnam, India y Bangladesh. En consecuencia, dada la naturaleza del mercado capitalista global al que China está cada vez más ligada, la revisión del actual sistema no tiene una solución simple. Aunque el mercado interno está creciendo, cualquier caída importante en la competitividad global y una consecuente ralentización económica, que es precisamente el gran temor que obsesiona a la dirección china, no sólo socavaría rápidamente la capacidad para producir las revisiones políticas que Hu y Wen están intentando, entre ellas un nuevo énfasis en la «equidad social», sino que también amenazaría con desórdenes en gran escala.

La incapacidad de la mercantilización capitalista para resolver tales contradicciones continúa dando nueva fuerza a la izquierda. Un notable ejemplo de esta creciente influencia se hizo evidente en marzo de 2006:

[P]or primer vez quizá en una década el Congreso Nacional Popular (el Parlamento regido por el Partido Comunista) [estuvo] dominado íntegramente por un debate ideológico sobre socialismo y capitalismo que muchos suponían enterrado desde hacía mucho tiempo por la prolongada racha de crecimiento económico.

El debate obligó al gobierno a archivar un borrador de ley que protegía los derechos de propiedad —y que, se esperaba, pasaría sin dificultad el trámite formal— y puso de relieve la influencia renaciente de un grupo pequeño, pero vociferante, de estudiosos y consejeros políticos de tendencia socialista. Estos anticuados pensadores izquierdistas utilizaron la creciente brecha en los ingresos en China y el aumento de la inquietud social para sembrar dudas acerca de lo que consideran apresurada búsqueda nacional de la riqueza privada y del desarrollo económico impulsado por el mercado… Quienes subestimaron este ataque como un retroceso a una época anterior infravaloraron la persistente atracción de las ideas socialistas en un país en que las flagrantes disparidades entre ricos y pobres, la corrupción rampante, los abusos laborales y la toma de tierras ofrecen un diario recordatorio de todo lo que China se ha desviado de su ideología oficial (New York Times, 12 de marzo de 2006).

Aunque, a largo plazo, el proyecto de ley sobre la propiedad probablemente termine por ser aprobado de una u otra manera, al menos por ahora tendrán que retirarse las intenciones de «permitir un papel mayor al mercado en educación y atención médica», así como a los llamamientos todavía más radicales a favor de la privatización de la tierra.

Hasta los máximos líderes se han sentido obligados, una vez más, a volver, siquiera sea superficialmente, a la senda del socialismo, que sigue siendo la base teórica del gobierno y del Partido Comunista, no obstante sus prácticas capitalistas:

Desde su acceso al poder en 2002, el señor Hu también ha tratado de establecer sus credenciales izquierdistas, ensalzando el marxismo, alabando a Mao y financiando una investigación que haga de la ideología socialista, oficial, pero a menudo ignorada, algo más pertinente a los tiempos que corren. (New York Times, 12 de marzo de 2006).

Se han resucitado incluso los métodos de la era de Mao en un esfuerzo por restaurar la menguante legitimad del Partido, al que la opinión general considera profundamente corrupto:

Al igual que una gigantesca compañía preocupada por el desorden organizativo y una imagen pública en bancarrota, el partido Comunista chino está tratando de reconvertirse en una máquina eficiente y moderna. Pero para eso ha elegido uno de sus instrumentos políticos más antiguos: una campaña ideológica al estilo de Mao, completada con los necesarios grupos de estudio.

Durante más de catorce meses, los setenta millones de miembros rasos del partido recibieron la orden de leer discursos de Mao y Deng Xiaoping, así como ese soporífero tratado de más de 17.000 palabras que es la Constitución del Partido. Los mítines obligatorios incluían sesiones en las que los cuadros debían ofrecer autocríticas y también criticar a todos los demás. (New York Times, 9 de marzo de 2006).

Tomada en serio por algunos como un esfuerzo de reforma y ridiculizada por otros, puede que la campaña sea menos importante por su impacto directo que por la admisión implícita de que el Partido se había alejado demasiado de su papel «al servicio del pueblo», al que Mao lo había convocado, y no digamos de sus metas revolucionarias originales. Hay pocos, si acaso alguno, que esperan que Hu y Wen dirijan un resurgimiento de la revolución socialista, o ni siquiera que lleven a cabo radicales desviaciones de la senda capitalista con la que el Partido y el Estado estuvieron comprometidos durante treinta años y a la que tan fuertemente atadas están hoy en día las fuerzas económicas. Pero la promoción oficial de conceptos socialistas y el estudio de Mao tienen que abrir forzosamente más espacio para un renacimiento de la izquierda que aborde una crisis que no hace más que agravarse. Invirtiendo una cierta tendencia a la insularidad y el aislamiento de los recientes foros globales, hay también un conocimiento cada vez mayor de las luchas de las fuerzas de izquierda de todo el mundo y lazos más estrechos con ellas, a pesar de los intentos gubernamentales por limitarlos mediante las redes de comunicación y organización global, nuevas y en rápida expansión.

El empeoramiento de las condiciones de las clases trabajadoras está empujando rápidamente a éstas en una dirección más radical y militante.

No sólo en las filas de trabajadores y campesinos, sino también entre muchos intelectuales e incluso algunos sectores, al menos, de la nueva y más amplia clase media, hay una comprensión cada vez mayor y más profunda de que el capitalismo global no tiene respuesta para su situación y que el socialismo revolucionario que construyeron bajo Mao ofrece como mínimo el esbozo de otra manera de salir hoy adelante. En las fábricas y en las granjas, los obreros y los campesinos de China no sólo resisten las nuevas formas de explotación capitalista, sino que tienen recuerdos de otro mundo que ya saben que es posible. Por su vida durante la era socialista antes de las reformas, son conscientes de que existen alternativas viables al ascenso incontrolado del capitalismo global.

A pesar de este legado, no es posible ni deseable ningún retorno simplista al pasado. Demasiadas cosas han cambiado y demasiados genios se han dejado salir de la botella como para volver simplemente a meterlos en ella. Habrá que reexaminar los fracasos y los errores del pasado, así como los éxitos y las victorias, y habrá que encontrar nuevas maneras de superar las limitaciones de la primera era del socialismo, en China así como en otros lugares. No es fácil predecir qué dirección adoptará la lucha en el futuro. Pero mientras avancen, es posible que las clases trabajadoras también miren hacia atrás para volver a encontrar su propia vía hacia una nueva sociedad socialista, que combine sus luchas históricas y actuales con el movimiento global de hoy en día y produzca otra vez una transformación revolucionaria.

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****Por el Massachussetts Institute of Technology, en Boston (EEUU), donde enseña entre otros Noam Chomsky. [T.]
*****Esta aclaración tiene sentido en inglés porque Sons (Hijos) es una voz exclusivamente masculina. [T.]

******Stephen Philion, «An Interview with Yan Yuanzhan», MRZine, http://mrzine.monthlyreview. org/philion130306.html.
CREACIÓN HEROICA