El Compromiso del Intelectual
Paul A. Baran
¿QUÉ ES UN INTELECTUAL? La respuesta más lógica
parecería ser esta: una persona que trabaja con su intelecto, proveyendo a su
subsistencia (o, si no necesita preocuparse de esas cosas, por mero interés
personal), mediante el empleo de su cerebro más bien que de sus músculos. Empero,
por simple y directa que sea, esta definición resulta completamente inadecuada,
si se la considera en términos generales. Por ser aplicable a cualquiera que no
realice labores físicas, no se ajusta a lo que la mentalidad común entiende por
“intelectual”.
Indudablemente, las expresiones vulgares que califican
al “cráneo” de nuestros días, imaginándolo como el clásico profesor de la
melena larga y revuelta, sugiere que en algún punto de la conciencia del
público existe una noción diferente. Esa noción distingue a cierta categoría de
personas ubicadas en un estrato más angosto que el de aquéllos que “trabajan
con el cerebro”.
No
se trata de un juego de palabras. La existencia de estos dos conceptos
distintos refleja una condición social bien diferenciada, cuya comprensión
puede acercarnos a apreciar mejor el puesto y la función del intelectual en la
sociedad. Porque la primera definición, con todo lo amplia que es, se aplica
exactamente a un vasto grupo de personas que constituye un importante sector de
la sociedad: los individuos que trabajan con su mente y no con sus músculos,
que viven de sus ideas y no de sus manos. A éstos les llamaremos trabajadores
intelectuales. Son los médicos, los directivos de empresa y los
propagadores de cultura, los bolsistas y los profesores universitarios. No hay
nada de peyorativo en esta generalización; no más de lo que puede haber en el
concepto "todos los americanos", o en "todas las personas que
fuman en pipa".
La
sostenida proliferación de ese grupo de trabajadores intelectuales representa
uno de los frutos más espectaculares del desarrollo histórico hasta el
presente. Refleja un aspecto de importancia crucial en la división social del
trabajo, que arranca desde la temprana cristalización de un clero profesional y
culmina con el avance del capitalismo: nos referimos a la separación entre la
actividad mental y la manual, entre los "cuellos duros" y los
"cuellos azules".
Tanto
las causas como las consecuencias de esta separación son complejas y profundas.
Posibilitada por la expansión continua de la productividad, y contribuyendo
poderosamente a ella, se ha convertido al mismo tiempo en una de las facetas
principales de la desintegración progresiva del individuo, esto es, de lo que
Marx llamaba la "alienación del hombre de sí mismo". Esta alienación
se expresa no sólo en el efecto desarticulador y distorsionante de dicha
separación sobre el crecimiento y desarrollo armónico del individuo —efecto que
no se mitiga, sino que tan sólo se disimula en el hecho de que los
intelectuales puedan hacer algún "ejercicio físico" y los
trabajadores manuales tengan acceso ocasional a la "cultura"—, sino
también en la radical polarización de la sociedad en dos campos excluyentes,
aunque no desvinculados entre sí.
Tal
polarización, que se interpone en el centro del antagonismo entre las clases
sociales, genera una espesa niebla ideológica capaz de oscurecer los desafíos
reales que enfrenta la sociedad. Esa niebla crea problemas tan falsos y abismos
tan destructivos como los que resultan del prejuicio racial o la superstición
religiosa. Porque todos los trabajadores intelectuales tienen un evidente
interés común: no ser confinados a la más laboriosa, menos remunerativa y —ya
que son ellos quienes fijan las pautas de la respetabilidad— menos respetable
actividad manual. Guiados por este interés, tienden a enaltecer su propia
posición, a exagerar la dificultad de su trabajo y la complejidad de las
aptitudes que se requieren para realizarlo, y sobrevalorar la importancia de la
educación formal, los títulos académicos, etc. Siempre buscando proteger su
posición, se colocan en contra de la labor manual, se identifican con los
trabajadores intelectuales que forman la clase dirigente y se consustancian con
el orden social que los ha elevado a aquella situación, creando y protegiendo
sus privilegios.
Así,
dentro del capitalismo, es clásico que el trabajador intelectual sea el fiel
servidor, el agente, el funcionario y el vocero del sistema capitalista.
Inevitablemente concibe el estado de cosas existente como un estado natural, y
se interroga sobre él sólo dentro del área limitada de su preocupación
inmediata.
Esta
preocupación se refiere al trabajo que tenga entre manos. Puede que esté
satisfecho con el nivel de costos de la fábrica que posee o administra o en la
cual está empleado, y posiblemente busque la forma de reducirlo. En otros casos
su cometido será "vender" a la opinión pública un nuevo jabón o un
candidato político, y en tal supuesto cumplirá su función cuidadosa y
científicamente. Quizá no le satisfaga el conocimiento alcanzado sobre la
estructura del átomo, en cuyo caso dedicará su energía prodigiosa y su talento
a encontrar modos y medios de expandir aquel conocimiento. Alguien se sentirá
inclinado a calificarlo como un técnico, pero es fácil que este término sea mal
entendido. Como presidente de un consorcio, el trabajador intelectual puede
tomar resoluciones ponderadas que afecten a la economía nacional, así como a la
labor y las vidas de miles de personas. Como funcionario importante del
gobierno, puede influir decisivamente en el curso de los asuntos
internacionales. Y como titular de una gran fundación u organización científica
le cabe determinar la dirección y los métodos de investigación de gran cantidad
de hombres de ciencia durante un prolongado periodo.
Es
evidente que todo esto no se ajusta a la definición del "técnico",
que generalmente identifica a individuos cuya tarea no es ya formular políticas
sino llevarlas a la práctica, no fijar objetivos, sino buscar los métodos para
alcanzarlos, no bosquejar los grandes proyectos, sino cuidar de los detalles
pequeños. Y aun así, la designación de "técnico" se acerca más de lo
que sugeriría el uso común de la palabra a lo que quiero significar con la
expresión “trabajador Intelectual”.
Porque,
repito, el propósito de la labor y el pensamiento del trabajador intelectual es
la tarea particular que tiene en sus manos. Es la racionalización, el dominio y
el manejo de cualquier aspecto de la realidad que constituye su preocupación
inmediata. En este aspecto difiere muy poco —si algo difiere— del trabajador
manual que modela láminas de metal, realiza el montaje de un motor o coloca los
ladrillos de una pared. Para decirlo en términos negativos, el trabajador
intelectual no se dirige, como tal, al significado de su trabajo, a su
sentido, a su ubicación dentro de la total estructura de la actividad social. Y
aun dicho en otros términos, no le preocupa la relación que tenga el segmento
de realización humana dentro del cual le toca operar, con los otros segmentos y
con la totalidad del proceso histórico. Su modo "natural" es ocuparse
de sus propios asuntos y, si es concienzudo y ambicioso, alcanzar toda la
eficacia y el éxito posibles. En cuanto a lo demás, dejar que los otros también
se ocupen de lo suyo, sea lo que sea. Habituado a pensar en términos de
adiestramiento, experimentación y competencia, el trabajador intelectual
considera que el ocuparse de esa totalidad es una especialidad entre tantas.
Tal es, en su concepto, la "esfera" de los filósofos, los
funcionarios religiosos o los políticos así como la "cultura" o los
"valores" constituyen la esfera de los poetas, artistas y sabios.
No
es que cada trabajador intelectual se formule explícitamente y sustente a
conciencia este punto de vista. Pero tiene casi podría decirse una afinidad
instintiva con las teorías que lo originan y racionalizan. Una de ellas es el
conocido y prestigiado concepto de Adam Smith de que, en el mundo, cada uno de
los que cultivan su propio jardín contribuyen al florecimiento de los jardines
de todos. A la luz de esta filosofía, la relación con la totalidad se desplaza
del centro de la preocupación del individuo y lo afecta en todo caso muy
marginalmente en su capacidad como ciudadano. Y la fuerza e influencia de esta
filosofía derivan de la muy importante verdad que encierra: la de que, bajo el
capitalismo, el todo se ubica ante el individuo como un proceso totalmente
objetivado e irracionalmente impulsado por fuerzas oscuras que él mismo es incapaz
de discernir y sobre las que no puede actuar.
La
otra teoría que refleja la condición y satisface los requisitos del trabajador
intelectual es el concepto de separación entre los medios y los fines, del
divorcio entre la ciencia y la tecnología por un lado, y la formación de
objetivos y valores, por el otro. Esta posición, cuyo vetusto arraigo iguala
por lo menos a la de Adam Smith, ha sido hábilmente descripta por C. P. Snow
como un "medio de retraerse"1. Según las propias palabras
de Snow, “aquellos que buscan retraerse, dicen: nosotros producimos las
herramientas. Allí concluimos. Queda para ustedes el resto del mundo;
los políticos, determinarán cómo se han de usar las herramientas. Ellas pueden
emplearse para propósitos que la mayoría de nosotros consideramos malos. Si es
así, lo lamentamos mucho, pero como hombres de ciencia eso no nos concierne”. Y
lo que vale para los científicos se aplica con igual fuerza a todos los demás
trabajadores del intelecto.
No
es necesario decir que el "retraimiento" conduce, en la práctica a la
misma actitud de "ocuparse de sus propios asuntos" propugnada por
Smith. Es lo mismo pero definido de manera distinta. Y cada actitud permanece
esencialmente inmodificada por la disposición actualmente generalizada a
depositar la fe personal en el gobierno más bien que en el principio del laissez
faire; a sustituir por la mano invisible de Dios la más concreta, si no
necesariamente la más beneficiosa, mano del estado capitalista. El resultado es
el mismo: la preocupación por el todo parece irrelevante al individuo, y éste,
al dejar la preocupación a otros, acepta eo ipso la estructura existente
del todo como algo dado, al mismo tiempo que suscribe los criterios de
racionalidad prevalecientes, los valores dominantes, y los encasillamientos
socialmente forzados de la eficiencia, las realizaciones, el éxito.
Es
en la relación con los problemas presentados por el proceso histórico total
donde debe buscarse la brecha decisiva que separa a los intelectuales de los
trabajadores del intelecto2. Porque lo que señala al intelectual y
lo distingue de los trabajadores del intelecto, así como de todos los demás, es
que su preocupación por el proceso histórico total no es un interés de
naturaleza tangencial, sino que toma cuerpo en su pensamiento e influye
notablemente en su trabajo. Por supuesto, ello no implica que el intelectual,
en su actividad diaria, mantenga permanente contacto con todo lo que se refiere
a la evolución histórica. Esto sería naturalmente un imposible. Lo que sí
quiere decir es que el intelectual vive buscando sistemáticamente relacionar
cualquier área específica en la que pueda estar trabajando, con los demás
aspectos de la existencia humana. Estamos aquí frente a un esfuerzo por
interconectar cosas que para los trabajadores del intelecto, ubicados en la
estructura de las instituciones capitalistas e imbuidos de la ideología y la
cultura burguesas, aparecen necesariamente colocadas en compartimientos
separados del conocimiento y el trabajo de la sociedad. Por cierto, es este
esfuerzo por interrelacionar lo que constituye una de las características
sobresalientes del intelectual. Y, del mismo modo, es este esfuerzo lo que
identifica a una de las principales funciones del intelectual en la sociedad:
servir como símbolo y como mentor del hecho fundamental de que los aspectos
aparentemente autónomos, desarticulados y separados de la existencia social
bajo el capitalismo —la literatura, el arte, la política, el ordenamiento
económico, la ciencia, las condiciones culturales y físicas del pueblo—
solamente pueden ser comprendidos (e influidos) si se los visualiza claramente
como partes de la totalidad global del proceso histórico.
Este
principio, “la verdad es el todo”, para usar una expresión de Hegel, lleva
implícita la ineludible necesidad de negarse a aceptar como cosa dada, o
considerarla inmune al análisis, cualquier parte aislada del todo. Sea que la
investigación se refiera a la desocupación en un país, al atraso y la miseria
en otro, al estado de la educación en este instante o al desarrollo de la
ciencia en cualquier momento futuro, nunca el conjunto de las condiciones que
prevalezcan en la sociedad podrá tomarse como algo dado e irreversible; nunca
se considerará como un problema "extraterritorial". Y resulta de todo
punto inadmisible abstenerse de poner al desnudo las complejas relaciones entre
cualquier fenómeno que constituye un problema, y aquello que es incuestionablemente
la entraña vital del proceso histórico: la dinámica y la evolución del orden
social en sí mismo.
Todavía
más importante es advertir las consecuencias de la costumbre, cultivada con
tesón por los ideólogos burgueses, de considerar que los llamados
"valores" contenidos en el pueblo están fuera del alcance de la
observación científica. Porque estos "valores" y "juicios
éticos" que para los trabajadores del intelecto son sustancia intocable,
no llueven del cielo. Ellos constituyen aspectos y resultados importantes del
proceso histórico y no basta limitarse a tomar conocimiento de los mismos, sino
que deben examinarse con relación a su origen y a la función que les cabe en el
desarrollo histórico. En rigor, la desfetichización de los "valores",
"juicios éticos" y demás, la identificación de las causas sociales,
económicas y físicas de su surgimiento, cambio y desaparición, así como la
revelación de los intereses específicos a los cuales sirven en determinado
momento, representan la mayor contribución individual que pueda hacer un
intelectual a la causa del progreso humano.
Y
esto suscita un nuevo problema. Al interpretar que sus funciones consisten en
la aplicación de los medios más eficaces para lograr determinados fines, los
trabajadores del intelecto adquieren una visión agnóstica de los fines en sí
mismos. En su carácter de especialistas, administradores y técnicos, creen que
nada tienen que ver con la formulación de los objetivos, no se sienten
calificados para expresar su preferencia por un objetivo u otro. Como se dijo
más arriba, admiten que pueden tener ciertas preferencias como ciudadanos pero
sostienen que ellas no importan ni más ni menos que las preferencias de los
demás ciudadanos. Y como expertos, científicos o sabios, se abstienen de
refrendar uno u otro de tales “juicios de valor”.
Debe
quedar perfectamente claro que tal abstención involucra en la práctica el apoyo
del statu quo, la colaboración con aquéllos que buscan obstruir
cualquier cambio en el orden de cosas existente encaminado a lograr un orden
mejor. Es esta “neutralidad ética” la que ha llevado a más de un economista,
sociólogo o antropólogo a declarar que en tanto que hombre de ciencia,
no puede expresar opinión alguna sobre si sería mejor o peor para los pueblos
de los países subdesarrollados entrar por las rutas del crecimiento económico,
y es en nombre de la misma “neutralidad ética” que eminentes hombres de ciencia
han dedicado sus energías y su talento a la invención y al perfeccionamiento de
la guerra bacteriológica.
A
esta altura podría objetarse que estoy desviándome de la cuestión, ya que el
problema surge precisamente de la imposibilidad de deducir en forma exclusiva
por medio de la evidencia y la lógica qué es bueno y qué no lo es, o qué
contribuye al bienestar humano en lugar de conspirar contra él. Por más fuerza
que tenga este argumento, está decididamente fuera de la cuestión. Puede
admitirse sin dificultad que no hay posibilidades de llegar, con respecto a lo
que es bueno y lo que es malo para el progreso humano, a un juicio que sea absolutamente
válido sin limitaciones de tiempo y espacio. Pero tal juicio absoluto y
universalmente aplicable es lo que podría llamarse un objetivo falso, y el
insistir en él refleja uno de los aspectos de una ideología reaccionaria. La
verdad es que lo que constituye una oportunidad para el progreso humano, para
el mejoramiento de la vida del hombre, y asimismo lo que conduce o ayuda a su
realización, difiere entre un período y otro de la historia, y entre una y otra
región del mundo. Los interrogantes relativos a cuáles son los juicios
convenientes no han sido nunca interrogantes abstractos o especulativos
acerca de lo "bueno" y lo "malo" en general. Han
constituido siempre problemas concretos colocados entre los compromisos
de la sociedad a causa de las tensiones, contradicciones y cambios del proceso
histórico. Y en ninguna época ha existido la posibilidad o, digamos mejor, la
necesidad de llegar a soluciones absolutamente válidas En todo tiempo se
percibe un desafío a la utilización de la ciencia, el conocimiento y la
experiencia acumulados por la humanidad para lograr la mayor aproximación
posible a lo que constituye la mejor solución bajo condiciones determinadas.
Pero
si fuéramos a seguir a los partidarios del "retraimiento" y a los de
la "neutralidad ética", dados a ocuparse de sus propios asuntos,
estaríamos impidiendo que el estrato social que precisamente tiene (o debe
tener) el mayor conocimiento, la educación más compleja y la más grande
posibilidad de explorar y asimilar la experiencia histórica, pudiera proveer a
la sociedad de la orientación humana y la inteligente guía que le son tan
necesarias en cada coyuntura concreta de su trayectoria. Si, como lo destacó
hace poco un eminente economista, "todas las opiniones posibles cuentan,
ni más ni menos, tanto como la mía", ¿cuál es, entonces, la contribución
que los científicos y trabajadores del intelecto de toda clase pueden y están
dispuestos a hacer al bienestar de la sociedad? La respuesta de que tal
contribución consiste en el "saber hacer" para aplicarlo a la
realización de cualesquiera objetivos que la sociedad elija, no es en absoluto
satisfactoria. Pues debería resultar obvio que las "elecciones" de la
sociedad no se producen por milagro, que la sociedad es guiada hacia ciertas
"elecciones" por los intereses que cuentan con la posibilidad de
ejercer la necesaria presión. La renuncia del trabajador intelectual a
intervenir en los resultados de esas "elecciones" está lejos de
producir un vacío en el área de la formación de los valores. Lo que hace en
realidad es dejar el campo libre a los charlatanes, pillos y otros muchos seres
cuyos designios serán cualquier cosa menos humanitarios.
No
está demás mencionar otro argumento que enarbolan algunos de los más firmes
“neutralistas éticos”. Observan, algunas veces con grandilocuencia, que después
de todo no puede en manera alguna establecerse, sobre la base de la evidencia y
la lógica, que haya alguna virtud en ser humanitario: ¿Por qué no van a sufrir
hambre algunos pueblos, si su sufrimiento ayuda a otros a disfrutar de la
abundancia, la dicha y la libertad? ¿Por qué debe uno luchar por una vida mejor
para las masas en lugar de poner buen cuidado en proteger los intereses
propios? ¿Por qué debemos preocuparnos de "arrojar margaritas a los
cerdos", como se dice vulgarmente, si tal preocupación nos acarrea
inconvenientes o incomodidades? ¿No es la postura humanitaria en sí misma un "juicio
de valor" carente de base lógica?
Hace
unos treinta años, en una asamblea pública, me hizo estas preguntas un líder
estudiantil nazi (el cual con el tiempo se convirtió en miembro prominente de
la SS y funcionario de la Gestapo), y la mejor respuesta que pude darle
entonces sigue siendo hoy la respuesta mejor que soy capaz de imaginar: una
discusión de fondo sobre los asuntos humanos sólo puede llevarse a cabo con
seres humanos; uno pierde su tiempo si pretende hablar con bestias sobre
asuntos referidos a las personas.
Este
es el problema sobre el cual no puede transigir un intelectual. Los
desacuerdos, las discusiones y las luchas enconadas son inevitables y por
cierto indispensables para discernir la naturaleza -y los medios de
realización- de las condiciones necesarias para la salud, el desarrollo y la
felicidad del género humano. Pero la adhesión al humanismo, la insistencia en
el principio de que la búsqueda del progreso humano no requiere justificación
científica o lógica, constituye lo que podría llamarse los cimientos
axiomáticos de todo esfuerzo intelectual significativo, unos cimientos sin cuya
aceptación ningún individuo puede considerarse ni ser tenido como un
intelectual.
Aunque
los escritos de C. P. Snow no dejan dudas de que él aceptaría sin reservas este
punto de partida, se diría que en su opinión el compromiso del intelectual
puede reducirse a la obligación de decir la verdad. (¡Vale la pena hacer notar
aquí que tampoco existe una base de evidencia o de lógica para respaldar la
afirmación de que la verdad es preferible a la mentira!) En rigor, el principal
motivo de su admiración por los hombres de ciencia es la devoción de éstos por
la verdad. "Los científicos —dice en el discurso aludido anteriormente—
quieren descubrir qué hay. Sin ese deseo no hay ciencia. Es la fuerza
motora de toda la actividad. Ella induce al científico a profesar un sacrosanto
respeto por la verdad, a cada palmo de su trayectoria. Esto es, si quiere usted
descubrir qué es lo que hay, no debe engañarse a sí mismo ni engañar a los
demás. No debe mentirse a sí mismo. En términos más crudos, no debe usted
falsear sus experimentos" (subrayados en el original). Y si bien estas
normas nos acercan mucho a la formulación del compromiso básico del intelectual,
están lejos de considerar la totalidad del problema. Porque el problema no es
meramente establecer si se dice la verdad, sino qué cosa constituye la
verdad en un caso determinado, sobre qué se la dice y sobre qué
se la calla.
Aún
en la esfera de las ciencias naturales resultan de importancia estos problemas,
y existen poderosas fuerzas en acción que canalizan las energías y capacidades
de los hombres de ciencia en ciertas direcciones, anulando o esterilizando los
resultados de su trabajo en otros. Cuando se extiende a cuestiones relacionadas
con la estructura y la dinámica de la sociedad, el problema asume una
significación singular. Porque una afirmación cierta sobre un hecho social
puede (y es lo más probable) transformarse en una mentira si el hecho a que se
refiere es desprendido del todo social del que forma parte integral; es decir,
si el hecho es aislado del proceso histórico que le dio origen. Así, en este
campo, lo que constituye una verdad frecuentemente se busca y se dice (sin
arriesgar la seguridad propia) con referencia a cuestiones que realmente no
importan, y la búsqueda y enfatización de esa clase de verdad se convierte en
poderosa arma ideológica de los defensores del statu quo. Por el otro
lado, la actitud de decir la verdad sobre lo que importa, buscar la verdad
acerca del todo, y descubrir las causas sociales e históricas y las
interrelaciones de las distintas partes del todo, es sistemáticamente
desacreditada por anticientífica y especulativa, y se la castiga incluso
mediante la discriminación profesional, el ostracismo social y la intimidación
directa.
El
deseo de decir la verdad es por lo tanto sólo una de las condiciones necesarias
del intelectual. La otra es la valentía, la disposición a continuar la
investigación racional, hasta dondequiera que ella conduzca, y a acometer “la
crítica despiadada de todo lo existente, despiadada en el sentido de que no ha
de echarse atrás ni por asustarse de sus propias conclusiones ni por conflictos
con cualquier poder que sea" (Marx). Un intelectual es de tal modo, en
esencia, un crítico social, una persona cuya preocupación es identificar,
analizar, y por esa vía contribuir a superar, los obstáculos que se oponen a un
orden social mejor, más humano y más racional. Como tal se convierte en la
conciencia de la sociedad y en el vocero de cuantas fuerzas progresistas
contenga ésta en un período cualquiera de la historia. Y como tal es
inevitablemente considerado un "creador de problemas", una
"molestia", por la clase dirigente que procura conservar el statu
quo, así como por los trabajadores del intelecto a su servicio, que acusan
al intelectual de ser utópico o metafísico en el mejor de los casos, y
subversivo o sedicioso en el peor.
Cuanto
más reaccionaria es una clase dirigente, más evidente resulta que el orden
social sobre el cual reina se transforma en un impedimento para la liberación
humana, y más se aprecia que su ideología está contaminada por el
anti-intelectualismo, el irracionalismo y la superstición. Del mismo modo, en
estas condiciones, se hace cada vez más difícil para el intelectual resistir a
las presiones sociales desatadas contra él, evitar la rendición frente a la
ideología dominante y no sucumbir en el cómodo y lucrativo conformismo de los
trabajadores intelectuales. Bajo condiciones tales se hace cuestión de suprema
importancia y urgencia el insistir en la función y subrayar el compromiso del
intelectual. Porque es bajo tales condiciones que cae dentro de su esfera, como
una responsabilidad y a la vez como un privilegio, la tarea de salvar de la
muerte la tradición de humanismo, raciocinio y progreso que constituye la
herencia más valiosa legada a nuestra sociedad por la evolución histórica de la
humanidad entera.
Puede
acusárseme de identificar al intelectual con un verdadero héroe y reprocharme
que no es razonable exigir a las personas que resistan a todas las presiones de
los intereses creados, que pongan el pecho a los peligros que amenazan su
bienestar individual, por servir la causa del progreso humano. Estoy de acuerdo
en que no sería razonable exigir esto, ni lo pretendo. La historia nos
enseña que muchos individuos, aún en las edades más oscuras y bajo las
condiciones más severas, fueron capaces de trascender sus intereses propios y
privados, y subordinar estos a los intereses de la sociedad considerada como un
todo. Ello requirió siempre mucha valentía, mucha integridad y mucha
inteligencia. Todo lo que cabe esperar por ahora es que nuestro país produzca
también su "cuota" de hombres y mujeres dispuestos a defender el
honor del intelectual contra toda la furia de los intereses dominantes y
contra todos los embates del agnosticismo, el oscurantismo y la inhumanidad.
________
(*) Tomado de https://omegalfa.es/downloadfile.php?file=libros/el-compromiso-del-intelectual.pdf, y cotejado con el texto del mismo título como parte
de la publicación Excedente económico e irracionalidad capitalista,
Cuadernos de Pasado y Presente N° 3, Siglo XXI. 3ra edición, 1973, Argentina.
(**) Paul Baran 1910-1964)
es quizá el economista marxista que aborda con mayor profundidad el problema
del desarrollo económico. Es de hecho un precursor en el que se basaron las
posteriores teorías de la dependencia. En su libro de 1957 "La Economía Política
del Crecimiento" explora las razones del subdesarrollo analizándolo en
relación con el imperialismo y el colonialismo. Analiza y muestra la diferente
problemática a la que se enfrentan los países subdesarrollados, con la que se
encontraron países como Japón y Australia. Distingue el papel de los sectores
agrícola e industrial en los países subdesarrollados considerando que el
desarrollo debería venir del sector industrial pero concluyendo que ese
desarrollo no es posible por la falta de un mercado interior y por la
competencia simultánea de los países desarrollados. Paul Baran trabajó en la
Universidad de Stanford, en la que fue notablemente discriminado por sus ideas.
(1) Discurso pronunciado ante la Asociación
Norteamericana para el Progreso de la Ciencia, en Nueva York, el 27 de
diciembre de 1960 y publicado en Monthly Review de febrero de 1961. Los
subrayados son del original.
(2) Para evitar un posible
malentendido digamos que los trabajadores intelectuales pueden ser (y algunas
veces lo son) intelectuales, y que los intelectuales son frecuentemente
trabajadores del intelecto. Digo frecuentemente, porque más de un trabajador
industrial, artesano o granjero puede ser (y lo ha sido a menudo en algunas
situaciones históricas) un intelectual sin necesidad de ser un trabajador del
intelecto.
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