viernes, 1 de julio de 2016

Internacionales


Las Condiciones de la Clase
Trabajadora en China

(Tercera y Última Parte)



Robert Weil

HAY OTRAS SEÑALES igualmente significativas de este creciente resurgir de la izquierda y de la expansión de sus nexos con la lucha de la clase trabajadora.

En 1999 estuvimos con estudiantes de la Universidad de Qinghua, en Pekín —a menudo considerada como el MIT de China****— que formaban parte de un pequeño grupo de estudios marxistas, uno de los pocos que habían surgido recientemente, en especial en las universidades más de élite. Hice la observación entonces que, para ser eficaces, tendrían que encontrar una manera de trascender sus campus y conectar con las clases trabajadoras, algo que el movimiento estudiantil de Tiananmen de 1989 no había conseguido. En esa lucha, aunque más tarde se unieron muchos trabajadores, al menos de Pekín —que recibieron a su vez los embates de una violencia y una represión asesinas que acabaron con ella—, el abismo entre los estudiantes y las clases trabajadoras estaba fundamentalmente sin zanjar.

En Changchun, en el nordeste, por ejemplo, donde tuvo lugar una versión reducida del mismo movimiento, los trabajadores de la gran planta de First Auto se negaron a unirse a los estudiantes que se declararon en huelga en las universidades, amarga experiencia que había dejado a los estudiantes expuestos a una durísima represión y los había llevado a reevaluar su aislamiento respecto de las clases trabajadoras. Al final, como tan a menudo ha sucedido en la historia china, el que aplastó el movimiento en Tiananmen, tras la negativa de los regimientos estacionados en las cercanías de Pekín, fue un ejército formado ampliamente por campesinos. Las lecciones de esa época no fueron desaprovechadas por la actual generación de estudiantes de izquierda, y en el verano de 2004 el cambio no pudo haber sido más impresionante. Hoy, los estudiantes activistas dejan los campus universitarios en cantidades significativas para tomar contacto con las clases trabajadoras, estudiar sus condiciones, ofrecerles apoyo legal y material y volver a sus aulas con informes de lo que sucede en las fábricas y las granjas.

Un veterano guardia rojo de la Revolución Cultural, que sigue siendo un organizador decisivo de la izquierda en Zhengzhou, explicó el gran cambio que se ha producido en la relación entre obreros y estudiantes. Ya en 2000, los estudiantes del grupo de estudios marxistas de la Universidad de Pekín, la principal institución de estudios superiores del país, empezaron a visitar fábricas en esa ciudad. A partir de 2001 y hasta el presente, todos los años llegaban grupos de estudiantes de la Universidad de Qinghua.

En 2004 fueron a Zhengzhou unos ochenta estudiantes procedentes de otro campus importante de Pekín. Las autoridades nacionales temen el crecimiento de estos contactos e intentan desalentarlos. En contraste con la gratuidad de los viajes en tren y otros estímulos que se ofrecían durante la Revolución Cultural a los estudiantes que deseaban recorrer el país, hoy el gobierno procura detener ese flujo, rehusándose incluso a vender billetes a las delegaciones de estudiantes, o negándoles el derecho a apearse en Zhengzhou. No obstante, siguen llegando. Van a las fábricas y algunos incluso vivieron en ellas durante las primeras fases de la lucha en esa ciudad, para tratar de ayudar a detener los cierres de plantas. Una vez iniciado en Zhengzhou, ese movimiento se extendió al nordeste, así como a otras regiones del país. También llega a las zonas rurales, donde los estudiantes van a las aldeas para realizar actividades similares, llevar material, establecer contactos, ofrecer apoyo legal y, en general, romper el aislamiento que sienten muchos activistas campesinos. Hoy, en la Universidad de Pekín, y muchas otras instituciones de educación superior, se ha creado específicamente con ese fin una organización llamada Hijos de los Campesinos, que, pese a su nombre, incluye igualmente muchas «hijas».***** Un activista de izquierda con quien habíamos estado en 1999 y que en aquel momento parecía ser prácticamente el único que investigaba las condiciones de la clase trabajadora y estimulaba a otros a hacerlo, explicó que en 2004 los estudiantes parecían muy motivados por sí mismos y no necesitaban el liderazgo de otros como él. Ahora son ellos quienes toman la iniciativa.

Este movimiento se ve al mismo tiempo impulsado y facilitado por los cambios en la constitución y las condiciones del propio cuerpo estudiantil universitario. Con el triple de matriculados universitarios que en 1999, hay más estudiantes que proceden de familias de clase trabajadora y muchos de ellos afrontan dificultades cada vez mayores para financiar sus estudios y, una vez graduados, para encontrar trabajo. El resultado es la expansión de la base social para la creación de empatía y unidad de muchos estudiantes universitarios con trabajadores y campesinos. Las universidades chinas son menos reductos de privilegiados y tienen un carácter más masivo que en los años iniciales de la reforma, cuando, como reacción a la Revolución Cultural, Deng Xiaoping cargó el acento sobre el ser «experto» en lugar de «rojo» y reforzó el retorno a requisitos de ingreso más exclusivos. El resultado es que hoy los estudiantes de izquierda están cubriendo el hueco entre los intelectuales de élite y los que luchan en las fábricas y las granjas, de quienes hoy son muchas veces parientes, o al menos pertenecientes a las mismas clases de las que ellos son originarios. En algunos aspectos, por tanto, el escenario actual en China no se asemeja a nada más que al de los primeros días de la Revolución Rusa, cuando Lenin conducía a los estudiantes marxistas a los distritos fabriles para conectar con los obreros. La diferencia decisiva está en que ahora, por supuesto, no es sólo que muchos estudiantes provengan de familias de trabajadores y de campesinos, sino que los jóvenes izquierdistas chinos, incluso cuando buscan a tientas una nueva relación con las clases trabajadoras, tienen a sus espaldas cincuenta años de experiencia socialista revolucionaria bajo el liderazgo de Mao sobre la cual construir. Los conceptos, las políticas y las relaciones de esa época no pueden —y no deberían— aplicarse sin modificación alguna a la situación diferente de hoy en día. Pero siguen siendo una inmensa reserva de ideas y prácticas revolucionarias en las que la izquierda puede inspirarse a la hora de abordar las condiciones de las clases trabajadoras ante las reformas capitalistas y el actual escenario de mercantilización global. Lejos de ser nuevas, las ideas de izquierda están ya profundamente arraigadas entre los trabajadores y los campesinos.

No obstante, sería un grave error exagerar esas tendencias. La izquierda china como fuerza reconocible es todavía pequeña, marginal y está dividida —como las propias clases trabajadoras— en muchos grupos y facciones.

Lo mismo que ocurre con la izquierda en todo el mundo, ha tenido que hacer frente al desmoronamiento del mundo que había conocido y está tratando de encontrar nuevas sendas a seguir sin un equipo único de conceptos unificadores en torno al cual organizarse y movilizar a las clases trabajadoras.

En gran medida, la vanguardia de hoy en China son los propios trabajadores y los campesinos, que libran lo que por momentos son grandes batallas. Aunque en general están dirigidos por izquierdistas de sus propias filas, hasta ahora es muy escaso, si es que existe, un movimiento organizado de la izquierda en su conjunto. Nuevas ideologías en competencia —que incluyen conceptos reformistas liberales y socialdemócratas— plantean también un desafío a la izquierda. En un desarrollo que evoca la situación de los Estados Unidos, hasta el término «clase» se utiliza menos en la actualidad, para hablar en cambio de «grupos sociales débiles» en el mercado, mientras que el concepto de explotación se usa explícitamente con menos frecuencia. Estas tendencias se ven reforzadas por el estilo de vida de muchos profesionales urbanos, sea cual fuere su posición política. Algunos intelectuales, incluidos los que se consideran izquierdistas, ganan mucho dinero en las ciudades y carecen en general de cualquier tipo de vínculos con las clases trabajadoras, cuyas condiciones pueden parecerles cada vez más distantes en comparación con sus propias experiencias.

Los que intentan tomar posiciones públicas o traducir sus ideas en acción son ampliamente reprimidos, aunque no se trata necesariamente de una cuestión de derecha o de izquierda. Que el gobierno actúe depende más bien de cuánto se aparte uno del marco de referencia aceptado. Incluso un organizador de inmigrantes que favorecía las reformas y defendía la privatización de la tierra con el fin de convertir a los campesinos en «ciudadanos» independientes, fue arrestado por tratar de realizar un mitin en Pekín para promover los «derechos humanos». Cualquier intento abiertamente organizado de poner fin al régimen unipartidario es una línea imposible de cruzar, y cualquier cosa que parezca socavar el dominio del Estado sobre todas las áreas de la actividad pública puede crear rápidamente problemas, con independencia de su contenido político específico.

Sin embargo, para las autoridades la izquierda constituye una amenaza especial, puesto que tiene el potencial de dar más organización a la lucha de la clase obrera en rápida expansión. Típico de esta actitud es el cierre del Sitio de Internet y las Listas de Discusión de los Trabajadores de China.

A diferencia de la mayoría de los otros foros de este tipo, éste era «el primer sitio de internet manejado por la izquierda en China que permitía a los trabajadores y agricultores hablar de sus luchas en defensa del socialismo en la China de hoy». En él los intelectuales, incluidos los que formaban parte de las clases trabajadoras, podían «participar en discusiones con los trabajadores sobre problemas de los trabajadores»******. Este enlace representa una amenaza particular para los dirigentes del Partido y el Estado, porque, como explicó uno de los miembros de su colectivo editor en Pekín, «el gobierno no está haciendo socialismo». Sobre esa base, «los trabajadores diferencian entre el Partido Comunista del período maoísta y el de hoy». Desde el punto de vista de las clases trabajadoras, es decisivo que sus voces se oigan. «Esto es lo que una democracia socialista debería desear: que los trabajadores tengan el tipo de democracia que el capitalismo no podría proporcionar». Pero el sitio de internet fue clausurado mediante la imposición de un exorbitante arancel de registro, que los miembros de las clases trabajadoras no podían permitirse pagar. Entre los trabajadores y los campesinos, las crecientes filas de intelectuales, y también en la nueva clase media, hay una amplísima demanda de mayor transparencia, tanto en el sistema económico como en el político, y la reclamación de su derecho a una mayor participación en las decisiones que los afectan. Aunque la «democracia» electoral de estilo norteamericano todavía pueda carecer de amplio atractivo, mucha gente habla ya abiertamente de derechos democráticos. Para algunos, la meta principal es la libertad de expresión, mientras que para otros lo son los partidos de oposición.

Muchos trabajadores hablan hoy incluso de que «el sistema unipartidario no funciona». Se están realizando foros, incluso en el seno del Partido, en busca de una manera de abrir más espacio para el debate abierto, y las nacientes ONG de la «sociedad civil» cubren una amplia gama de temas, como los relativos a los derechos de las mujeres y al medio ambiente.

En consecuencia, son amplios los sentimientos favorables a la democracia, y el gobierno sabe que no puede reprimirlos. Lo que está tratando de hacer para responder a este desafío es introducir el cambio en forma gradual.

Pero las políticas oficiales de reformas en esta área —como elecciones en los gobiernos de aldeas—, pese a una superficial democratización, suelen toparse con una actitud cínica por parte de las clases trabajadoras, pues en gran parte sólo se las usa para ratificar las designaciones que el Partido realiza desde arriba. En esto, lo mismo que en tantas otras áreas, los recuerdos de la era socialista, y en especial la participación, durante la Revolución Cultural, de los trabajadores y los campesinos en el gobierno de sus fábricas y granjas, e incluso las universidades y los gobiernos locales, continúa sirviendo de referencia y contrasta fuertemente con la actual eliminación de todos esos derechos políticos. Como dijo un trabajador, «las reformas democráticas, tal como el gobierno las ha aplicado hasta ahora, atacan el corazón mismo de la revolución de Mao y ponen patas arriba la vida de los trabajadores; son en realidad una forma de venganza y represalia de que se hace objeto a la clase obrera».

La clave de un enfoque aceptable de la reforma política, por tanto, estará en encontrar, una vez más, una manera de reunir el concepto izquierdista de control obrero y campesino y el de democracia participativa, que hoy forma parte de la agenda progresista global. Esta búsqueda ya ha comenzado.

En la carta de 2004 a Hu Jintao que redactaron los veteranos de la revolución, una de las principales exigencias era revitalizar las luchas de masas desde abajo como medio de controlar el abuso de poder y dar a las clases trabajadoras mismas un papel directo en las funciones del Partido y del Estado, como parte de un sistema democrático. Pero los obstáculos para la construcción de un movimiento unitario y la realización de esos cambios revolucionarios son tan desalentadores en China como en cualquier otro lugar del mundo. Los trabajadores y los campesinos más viejos creen que, a pesar del legado recibido del pasado, si no se alcanza pronto un mayor nivel en la lucha por el socialismo, el recuerdo de la era de la revolución morirá, y los miembros de la generación más joven no conocerán ni perseguirán otra cosa que el deseo de enriquecerse y sumarse a la cultura consumista. En ese caso, tendrán que empezar otra vez desde el principio, por así decirlo, si es que alguna vez se deciden a afrontar la necesidad de un cambio fundamental.

Pero los chinos tienen la ventaja de haber estado allí, de haberlo hecho antes. Por lejana que la perspectiva pueda parecer a veces, China todavía tiene la posibilidad de una vía rápida a la renovada revolución socialista, un desarrollo que volvería a sacudir el mundo. Es claro que sólo se trata de una entre las muchas situaciones posibles en China en el futuro próximo.

La complejidad y la polarización de su estructura de clases están empujando a la sociedad china en direcciones contradictorias. Esto es evidente en los recientes desarrollos, tanto de las condiciones de las clases trabajadoras como de la respuesta del Partido y del Estado a los nuevos desafíos. En un intento de prevenir la agitación en el campo, los dos máximos líderes, Hu Jintao y Wen Jiabao, han introducido una serie de cambios en la política rural, de tangibles efectos dramáticos. Uno de esos cambios consistió en la eliminación del impuesto agrícola a los campesinos, así como la de la mayoría de las tasas locales —muchas de ellas, ilegales— que habían sido una fuente importante de protestas. También hay planes de aumento de la inversión en las áreas rurales, incluso en fábricas de ciudades pequeñas y aldeas, y especialmente en educación y atención médica, así como en restauración medioambiental. Junto con la fijación de un precio más favorable para los bienes agrícolas, estos ajustes han aliviado significativamente la presión económica sobre muchas familias campesinas. Hay incluso conversaciones oficiales de las Nuevas Aldeas Socialistas, aunque el sentido de este término no está claro hasta ahora y puede que se trate simplemente de un intento de poner a las políticas ya en ejecución una etiqueta nominalmente más izquierdista. La profundidad de las reformas dentro de las reformas que se han anunciado está por ver, sobre todo dado el récord de incumplimientos en el nivel local —factor endémico de la gobernanza china— y la venta incesante de tierra campesina para negocios inmobiliarios por parte de funcionarios corruptos, que en muchas zonas continúa con idéntica intensidad. Sin embargo, hay un impacto que ya se advierte muy claramente. En una asombrosa inversión de la situación, hace tan sólo unos tres años, aproximadamente, las zonas exportadoras de las regiones costeras están experimentando una creciente escasez de trabajadores, pues los inmigrantes están regresando en grandes cantidades a sus aldeas o, por lo menos, a ciudades del interior, no tan lejos de su casa, en parte para aprovechar la mejora de las condiciones en éstas, y en parte como en señal de creciente rechazo de la dura explotación de las fábricas de la costa. Esta inversión del proceso migratorio es un reflejo de la mayor conciencia, resistencia y auto organización de los inmigrantes, muchos de los cuales son ahora veteranos experimentados y no seguirán aceptando las condiciones que los sedujeron en sus años juveniles. Incluso está empezando a agotarse la corriente de jóvenes trabajadores inmigrantes y sobre todo de campesinas pobres, que era lo que las fábricas preferían y que debían afrontar las más extremas condiciones de explotación.

Aunque esto ha tenido el efecto positivo de forzar a las industrias de exportación a elevar los salarios y los subsidios en un esfuerzo por continuar atrayendo un volumen suficiente de fuerza de trabajo, también hay ya señales de que los empleadores están apretando el acelerador a fondo con el desplazamiento de sus fábricas a países de costes más bajos aún, como Vietnam, India y Bangladesh. En consecuencia, dada la naturaleza del mercado capitalista global al que China está cada vez más ligada, la revisión del actual sistema no tiene una solución simple. Aunque el mercado interno está creciendo, cualquier caída importante en la competitividad global y una consecuente ralentización económica, que es precisamente el gran temor que obsesiona a la dirección china, no sólo socavaría rápidamente la capacidad para producir las revisiones políticas que Hu y Wen están intentando, entre ellas un nuevo énfasis en la «equidad social», sino que también amenazaría con desórdenes en gran escala.

La incapacidad de la mercantilización capitalista para resolver tales contradicciones continúa dando nueva fuerza a la izquierda. Un notable ejemplo de esta creciente influencia se hizo evidente en marzo de 2006:

[P]or primer vez quizá en una década el Congreso Nacional Popular (el Parlamento regido por el Partido Comunista) [estuvo] dominado íntegramente por un debate ideológico sobre socialismo y capitalismo que muchos suponían enterrado desde hacía mucho tiempo por la prolongada racha de crecimiento económico.

El debate obligó al gobierno a archivar un borrador de ley que protegía los derechos de propiedad —y que, se esperaba, pasaría sin dificultad el trámite formal— y puso de relieve la influencia renaciente de un grupo pequeño, pero vociferante, de estudiosos y consejeros políticos de tendencia socialista. Estos anticuados pensadores izquierdistas utilizaron la creciente brecha en los ingresos en China y el aumento de la inquietud social para sembrar dudas acerca de lo que consideran apresurada búsqueda nacional de la riqueza privada y del desarrollo económico impulsado por el mercado… Quienes subestimaron este ataque como un retroceso a una época anterior infravaloraron la persistente atracción de las ideas socialistas en un país en que las flagrantes disparidades entre ricos y pobres, la corrupción rampante, los abusos laborales y la toma de tierras ofrecen un diario recordatorio de todo lo que China se ha desviado de su ideología oficial (New York Times, 12 de marzo de 2006).

Aunque, a largo plazo, el proyecto de ley sobre la propiedad probablemente termine por ser aprobado de una u otra manera, al menos por ahora tendrán que retirarse las intenciones de «permitir un papel mayor al mercado en educación y atención médica», así como a los llamamientos todavía más radicales a favor de la privatización de la tierra.

Hasta los máximos líderes se han sentido obligados, una vez más, a volver, siquiera sea superficialmente, a la senda del socialismo, que sigue siendo la base teórica del gobierno y del Partido Comunista, no obstante sus prácticas capitalistas:

Desde su acceso al poder en 2002, el señor Hu también ha tratado de establecer sus credenciales izquierdistas, ensalzando el marxismo, alabando a Mao y financiando una investigación que haga de la ideología socialista, oficial, pero a menudo ignorada, algo más pertinente a los tiempos que corren. (New York Times, 12 de marzo de 2006).

Se han resucitado incluso los métodos de la era de Mao en un esfuerzo por restaurar la menguante legitimad del Partido, al que la opinión general considera profundamente corrupto:

Al igual que una gigantesca compañía preocupada por el desorden organizativo y una imagen pública en bancarrota, el partido Comunista chino está tratando de reconvertirse en una máquina eficiente y moderna. Pero para eso ha elegido uno de sus instrumentos políticos más antiguos: una campaña ideológica al estilo de Mao, completada con los necesarios grupos de estudio.

Durante más de catorce meses, los setenta millones de miembros rasos del partido recibieron la orden de leer discursos de Mao y Deng Xiaoping, así como ese soporífero tratado de más de 17.000 palabras que es la Constitución del Partido. Los mítines obligatorios incluían sesiones en las que los cuadros debían ofrecer autocríticas y también criticar a todos los demás. (New York Times, 9 de marzo de 2006).

Tomada en serio por algunos como un esfuerzo de reforma y ridiculizada por otros, puede que la campaña sea menos importante por su impacto directo que por la admisión implícita de que el Partido se había alejado demasiado de su papel «al servicio del pueblo», al que Mao lo había convocado, y no digamos de sus metas revolucionarias originales. Hay pocos, si acaso alguno, que esperan que Hu y Wen dirijan un resurgimiento de la revolución socialista, o ni siquiera que lleven a cabo radicales desviaciones de la senda capitalista con la que el Partido y el Estado estuvieron comprometidos durante treinta años y a la que tan fuertemente atadas están hoy en día las fuerzas económicas. Pero la promoción oficial de conceptos socialistas y el estudio de Mao tienen que abrir forzosamente más espacio para un renacimiento de la izquierda que aborde una crisis que no hace más que agravarse. Invirtiendo una cierta tendencia a la insularidad y el aislamiento de los recientes foros globales, hay también un conocimiento cada vez mayor de las luchas de las fuerzas de izquierda de todo el mundo y lazos más estrechos con ellas, a pesar de los intentos gubernamentales por limitarlos mediante las redes de comunicación y organización global, nuevas y en rápida expansión.

El empeoramiento de las condiciones de las clases trabajadoras está empujando rápidamente a éstas en una dirección más radical y militante.

No sólo en las filas de trabajadores y campesinos, sino también entre muchos intelectuales e incluso algunos sectores, al menos, de la nueva y más amplia clase media, hay una comprensión cada vez mayor y más profunda de que el capitalismo global no tiene respuesta para su situación y que el socialismo revolucionario que construyeron bajo Mao ofrece como mínimo el esbozo de otra manera de salir hoy adelante. En las fábricas y en las granjas, los obreros y los campesinos de China no sólo resisten las nuevas formas de explotación capitalista, sino que tienen recuerdos de otro mundo que ya saben que es posible. Por su vida durante la era socialista antes de las reformas, son conscientes de que existen alternativas viables al ascenso incontrolado del capitalismo global.

A pesar de este legado, no es posible ni deseable ningún retorno simplista al pasado. Demasiadas cosas han cambiado y demasiados genios se han dejado salir de la botella como para volver simplemente a meterlos en ella. Habrá que reexaminar los fracasos y los errores del pasado, así como los éxitos y las victorias, y habrá que encontrar nuevas maneras de superar las limitaciones de la primera era del socialismo, en China así como en otros lugares. No es fácil predecir qué dirección adoptará la lucha en el futuro. Pero mientras avancen, es posible que las clases trabajadoras también miren hacia atrás para volver a encontrar su propia vía hacia una nueva sociedad socialista, que combine sus luchas históricas y actuales con el movimiento global de hoy en día y produzca otra vez una transformación revolucionaria.

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****Por el Massachussetts Institute of Technology, en Boston (EEUU), donde enseña entre otros Noam Chomsky. [T.]
*****Esta aclaración tiene sentido en inglés porque Sons (Hijos) es una voz exclusivamente masculina. [T.]

******Stephen Philion, «An Interview with Yan Yuanzhan», MRZine, http://mrzine.monthlyreview. org/philion130306.html.

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