La
Divinidad, el Dinero y el Poder del Imperialismo*
Eduardo
Galeano
El poder divino
LA ÚLTIMA NOCHE del año
1970, tres banqueros de Dios se dieron cita en un hotel de Nassau, en las islas
Bahamas. Acariciados por la brisa del trópico, envueltos en un paisaje de
tarjeta postal, Roberto Calvi, Michele Sindona y Paul Marcinkus celebraron el
nacimiento del año nuevo brindando por la aniquilación del marxismo. Doce años
después, ellos aniquilaron el Banco Ambrosiano.
El
Banco Ambrosiano no era marxista. Conocido como la banca dei preti, el
banco de los curas, el Ambrosiano no admitía accionistas que no fueran
bautizados. Ésta no era la única institución bancaria ligada a la Iglesia. El
Banco del Espíritu Santo, fundado por el papa Paulo V allá por el año 1605, ya
no hacía milagros financieros en beneficio divino, porque había pasado a manos
del estado italiano, pero el Vaticano tenía, y sigue teniendo, su propio banco
oficial, piadosamente llamado Instituto para Obras de Religión (IOR). De todos
modos, el Ambrosiano era muy importante, el segundo banco privado de Italia, y
su naufragio fue definido por el diario Financial Times como la más
grave crisis de toda la historia bancaria de Occidente. La colosal estafa dejó
un agujero de más de mil millones de dólares y comprometió directamente al
Vaticano, que era uno de sus principales accionistas y uno de los mayores
beneficiarios de sus préstamos.
Muchos
camellos pasaron por el ojo de esa aguja. El Ambrosiano tejió una telaraña
universal para el lavado de dólares que venían del tráfico de drogas y de
armas, trabajó codo a codo con las mafias de Sicilia y de los Estados Unidos, y
con la red del narcotráfico en Turquía y en Colombia. Sirvió de vehículo para
la evasión del fruto de los contrabandos y secuestros de la Cosa Nostra
y fue una regadera de dólares para los sindicatos polacos, en lucha contra el
régimen comunista. También abasteció generosamente a la contra en
Nicaragua, y en Italia a la logia P-2: estos masones se aliaron a la Iglesia,
su enemiga de siempre, para enfrentar unidos al enemigo de ahora, el peligro
rojo. Los capos de la P-2 recibieron del Ambrosiano cien millones de dólares,
que contribuyeron a su prosperidad familiar y que los ayudaron a formar un
gobierno paralelo, y a realizar atentados terroristas, para castigar a la
izquierda italiana y asustar a la población.
El
vaciamiento del banco se fue cumpliendo, a lo largo de los años, a través de
muchas bocas financieras abiertas en Suiza, las Bahamas, Panamá y otros
paraísos fiscales. Jefes de gobierno, ministros, cardenales, banqueros,
capitanes de industria y altos burócratas fueron cómplices del saqueo
organizado por Calvi, Sindona y Marcinkus. Calvi, que administraba fondos para
la Santa Sede y presidía el Ambrosiano, era famoso por el hielo de su sonrisa y
por su habilidad para las piruetas contables. Sindona, rey de la Bolsa
italiana, hombre de confianza del Vaticano para sus inversiones inmobiliarias y
financieras, servía también de vehículo para las contribuciones de la embajada
norteamericana a los partidos italianos de derecha. En varios países poseía
bancos, fábricas y hoteles, y hasta era dueño del edificio Watergate, en
Washington, que había ganado escandalosa fama gracias a la curiosidad del
presidente Nixon. El arzobispo Marcinkus, que presidía el Instituto Obras para
la Religión, había nacido en Chicago, en el mismo barrio que Al Capone. Hombre
fornido, siempre con un habano en la boca, monseñor Marcinkus había sido
guardaespaldas del Papa antes de convertirse en el jefe de sus negocios.
Los
tres habían trabajado por la mayor gloria de Dios y de sus propios bolsillos.
Bien se puede decir que tuvieron una carrera exitosa. Pero ninguno de los tres
pudo escapar al destino de persecución y martirio que los evangelios habían
anunciado a los apóstoles de la fe. Poco antes de la quiebra del Banco
Ambrosiano, Roberto Calvi apareció ahorcado bajo un puente de Londres. Cuatro
años después, Michele Sindona, preso en una cárcel de máxima seguridad, pidió
un café con azúcar: le entendieron mal, y le sirvieron un café con cianuro.
Unos meses más tarde, se dictó orden de captura contra el arzobispo Marcinkus,
por bancarrota fraudulenta.
El poder político
Hace sesenta años, el
escritor Roberto Arlt aconsejaba a quien quisiera hacer carrera política:
-Usted proclame: «He
robado, y aspiro a robar en grande». Comprométase a robar hasta la última
pulgada de tierra argentina, a vender el Congreso e instalar un conventillo en
el Palacio de Justicia. En sus discursos, diga «Robar no es fácil, señores. Se
necesita ser un cínico, y yo lo soy. Se necesita ser un traidor, y yo lo soy».
Según
el escritor argentino, ésta sería una fórmula de éxito seguro, porque todos los
sinvergüenzas hablan de honestidad, y la gente está harta de mentiras. Un
político brasileño, Adhemar de Barros, conquistó al electorado del estado de
San Pablo, el más rico del país, con el lema «Rouba mas faz», Él roba pero
hace. En Argentina, en cambio, aquel consejo no tuvo nunca éxito entre los
candidatos, y en nuestros días sigue resultando imposible encontrar a un
político que tenga el coraje de anunciar lo que robará, o que a viva voz
confiese lo que ya robó, y no hay ningún saqueador de fondos públicos capaz de
reconocer: «Robé para mí, robé para darme la gran vida». Si su conciencia
existiera, y fuera capaz de tormento, el ladrón diría, en todo caso: «Lo hice
por el partido, por el pueblo, por la patria». Es por amor a la patria, que
algunos políticos se la llevan a su casa.
La
fórmula de Roberto Arlt no funcionaría. Ningún político brasileño ha copiado la
receta de Adhemar de Barros. Por regla general, está comprobado, las que más
votos rinden son las artes de teatro, las buenas actuaciones, las máscaras bien
elegidas. Como dice otro escritor argentino, José pablo Feinmann, el éxito
electoral suele recompensar el doble discurso y la doble personalidad. Al igual
que Superman y Batman, los superhéroes, muchos políticos profesionales cultivan
la esquizofrenia, y ella les da superpoderes, como el timorato Clark Kent se
vuelve Superman con solo sacarse los anteojos, y como el insípido Bruce Wayne
se convierte en Batman no bien se pone la capa de murciélago.
No
se necesita ser un experto politólogo para advertir que, por regla general, los
discursos solo cobran su verdadero sentido cuando se los lee al revés. Pocas
excepciones tiene la regla: en el llano, los políticos prometen cambios y en el
gobierno cambian, pero cambian… de opinión. Algunos quedan redondos, de tanto
dar vueltas; produce tortícolis verlos girar, de izquierda a derecha, con tanta
velocidad. ¡La educación y la salud, primero!, claman, como clama el capitán
del barco: ¡Las mujeres y los niños, primero!, y la educación y la salud son
las primeras en ahogarse. Los discursos elogian al trabajo, mientras lo hechos
maldicen a los trabajadores. Los políticos que juran, mano al pecho, que la
soberanía nacional no tiene precio, suelen ser los que después la regalan; y
los que anuncian que correrán a los ladrones, suelen ser los que después roban
hasta las herraduras de los caballos al galope.
A
mediados del 96, Abdalá Bucaram conquistó la presidencia de Ecuador diciendo
ser el azote de los corruptos. Bucaram, un político estrepitoso que creía que
cantaba como Julio Iglesias y creía que eso era un mérito, no duró mucho en el
poder. Fue derribado por una pueblada, pocos meses después. Una de las gotas
que desbordó el vaso de la paciencia popular fue la fiesta que ofreció
Jacobito, su hijo de dieciocho años, para festejar el primer millón de dólares
que había ganado haciendo milagros en las aduanas. En 1990, Fernando Collor
llegó a la presidencia de Brasil. En una campaña electoral breve y fulminante,
que la televisión hizo posible, Collor vociferó sus discursos moralistas contra
los marajás, los altos funcionarios públicos que desvalijaban al estado.
Dos años y medio después, Collor fue destituido, cuando estaba hundido hasta el
cuello en los escándalos de sus cuentas fantasmas y de sus fastuosas
exhibiciones de riqueza súbita. En 1993, también el presidente de Venezuela,
Carlos Andrés Pérez, fue despojado de su cargo, y condenado a prisión
domiciliaria, por malversación de fondos. En ningún caso, nunca nadie en la
historia de América Latina ha sido obligado a devolver el dinero que robó: ni
los presidentes derribados, ni los muchos ministros renunciados por comprobada
corrupción, ni los directores de servicios públicos, ni los legisladores, ni
los funcionarios que reciben dinero por debajo de la mesa. Nunca nadie ha
devuelto nada. No digo que no hayan tenido la intención: es que a nadie se le
ocurrió la idea.
No
solo se roba dinero. A veces, también, se roban elecciones, como ocurrió en
México en 1988, cuando el candidato opositor de izquierda, Cuahutémoc Cárdenas,
fue despojado de la presidencia que había ganado, por mayoría de votos, en las
urnas. Años después, en 1997, algunos legisladores del PRI, el partido de
gobierno, acusaron al líder de la oposición de derecha, Diego Fernández de
Cevallos, de haber recibido catorce millones de dólares por su complicidad en
el fraude. La prensa destacó la noticia, porque el intercambio de puñetazos
convirtió a esa sesión parlamentaria en una velada de boxeo, y lo del soborno
fue bastante comentado, pero se pasó por alto, como si tal cosa, algo que era
mucho más grave: esa denuncia implicaba una confesión de la estafa electoral
por parte de los propios legisladores oficialistas.
Los
robos mayores pertenecen al orden de los vicios aceptados por costumbre.
Mientras se desprestigia la democracia, difunde la moral del vale todo: nadie
triunfa meando agua bendita. ¿Cuántos norteamericanos creen que sus senadores
tienen muy altos niveles éticos? El dos por ciento. A fines del 96, el
diario Página 12 publicó en Buenos Aires una reveladora encuesta de
Gallup: siete de cada diez jóvenes argentinos opinaban que la deshonestidad es
la única vía que conduce al éxito. Y nueve de cada diez entrevistados, jóvenes
y no jóvenes, reconocieron que era una práctica habitual la evasión de
impuestos, y el pago de sobornos a la burocracia y a la policía.
Se
castiga abajo lo que se recompensa arriba. El robo chico es delito contra la
propiedad, el robo grande es derecho de los propietarios. Los políticos sin
escrúpulos no hacen más que actuar de acuerdo con las reglas de juego de un
sistema donde el éxito justifica los medios que lo hacen posible, por sucios
que sean: las trampas contra el fisco y contra el prójimo, la falsificación de
balances, la evasión de capitales, el vaciamiento de empresas, la invención de
sociedades anónimas de ficción, las subfacturaciones, las sobrefacturaciones,
las comisiones fraudulentas.
El poder de los
secuestradores
Según el diccionario, secuestrar
significa «retener indebidamente a una persona para exigir dinero por su
rescate». El delito está duramente castigado por todos los códigos penales;
pero a nadie se le ocurriría mandar preso al gran capital financiero, que tiene
de rehenes a muchos países del mundo y, con alegre impunidad, les va cobrando,
día tras día, fabulosos rescates.
En
los viejos tiempos, los marines ocupaban las aduanas para cobrar las
deudas de los países centroamericanos y de las islas del mar Caribe. La
ocupación norteamericana de Haití duró diecinueve años, desde 1915 hasta 1934.
Los inversores no se fueron hasta que el Citibank cobró sus préstamos, varias
veces multiplicado por la usura. En su lugar, los marines dejaron un
ejército nacional fabricado para ejercer la dictadura y para cumplir con la
deuda externa. En la actualidad, en tiempos de democracia, los tecnócratas
internacionales resultan más eficaces que las expediciones militares. El pueblo
haitiano no ha elegido, ni con un voto siquiera, al Fondo Monetario
Internacional ni al Banco Mundial, pero son ellos quienes deciden hacia dónde
sale cada peso que entra en las arcas públicas. Como en todos los países
pobres, más poder que el voto tiene el veto: el voto democrático propone y la
dictadura financiera dispone.
El
Fondo Monetario se llama Internacional, como el Banco se llama Mundial, pero
estos hermanos gemelos viven, cobran y deciden en Washington; y la numerosa
tecnocracia jamás escupe el plato donde come. Aunque Estados Unidos es, por
lejos, el país con más deudas en el mundo, nadie le dicta desde afuera la orden
de poner bandera de remate a la Casa Blanca, y a ningún funcionario
internacional se le pasaría por la cabeza semejante insolencia. En cambio, los
países del sur del mundo, que entregan doscientos cincuenta mil dólares por
minuto en servidumbre de deuda, son países cautivos, y los acreedores les
descuartizan la soberanía, como descuartizaban a sus deudores plebeyos, en la
plaza pública, los patricios romanos de otros tiempos imperiales. Por mucho que
esos países paguen, no hay manera de calmar la sed de la gran vasija agujereada
que es la deuda externa. Cuanto más pagan, más deben; y cuanto más deben, más
obligados están a obedecer la orden de desmantelar el estado, hipotecar la
independencia política y enajenar la economía nacional. Vivió pagando y
murió debiendo, podrían decir las lápidas.
Santa
Eduviges, patrona de los endeudados, es la santa más solicitada de Brasil. En
peregrinación acuden a sus altares miles y miles de deudores desesperados,
suplicando a los acreedores no les lleven el televisor, el auto o la casa. A
veces, santa Eduviges hace el milagro. Pero, ¿cómo podría la santa ayudar a los
países donde los acreedores ya se han llevado al gobierno? Esos países tienen
la libertad de hacer lo que les mandan hacer unos señores sin rostro, que viven
muy lejos y que, a larga distancia, practican la extorsión financiera. Ellos
abren o cierran la bolsa, según la sumisión demostrada ante el right
economic track, el camino económico correcto. La verdad única se impone con
un fanatismo digno de los monjes de la Inquisición, los comisarios del partido
único o los fundamentalistas del Islam: se dicta exactamente la misma política
para países tan diversos como Bolivia y Rusia, Mongolia y Nigeria, Corea del
Sur y México.
A
fines del 97, el presidente del Fondo Monetario Internacional, Michel
Camdessus, declaró: «El estado no debe dar órdenes a los bancos». Traducido,
eso significa: «Son los bancos quienes deben dar órdenes al estado». Y, a
principios del 96, el banquero alemán Hans Tietmeyer, presidente del
Bundesbank, había comprobado: «Los mercados financieros desempeñarán, cada vez
más, el papel de gendarmes. Los políticos deben comprender que, desde
ahora, están bajo el control de los mercados financieros». Alguna vez el
sociólogo brasileño Hebert de Souza, Betinho, propuso que los presidentes se
marcharan a disfrutar de cruceros turísticos. Los gobiernos gobiernan cada vez
menos, y cada vez se siente menos representado por ellos el pueblo que los ha
votado. Las encuestas revelan la poca fe: creen en la democracia menos de la
mitad de los brasileños y poco más de la mitad de los chilenos, los mexicanos,
los paraguayos y los peruanos. En las elecciones legislativas del 97, Chile
registró la mayor cantidad de votos en blanco o nulos de toda su historia. Y
nunca habían sido tanto los jóvenes que no se tomaron el trabajo de inscribirse
en los padrones.
El poder globalitario
En sus doce años de gobierno
desde 1979, Margaret Thatcher ejerció la dictadura del capital financiero sobre
las islas británicas. La dama de hierro, muy elogiada por sus virtudes
masculinas, puso fin a la era de los buenos modales, pulverizó a los obreros en
huelga, y restableció una rígida sociedad de clases con celeridad asombrosa.
Así, Gran Bretaña se convirtió en el modelo de Europa. Mientras tanto, Chile se
había convertido en el modelo de América latina, bajo la dictadura militar del
general Pinochet. Los dos países modelos figuran, ahora, entre los países más
injustos del mundo. Según los datos sobre la distribución del ingreso y el
consumo, publicados por el Banco Mundial, una honda brecha separa, actualmente,
a los británicos y chilenos que tienen de sobra, de los británicos y chilenos
que viven de sobras. En ambos países, por increíble que parezca, la desigualdad
social es mayor que en Bangladesh, India, Nepal o Sri Lanka. Y, por increíble
que parezca, los Estados Unidos han logrado una desigualdad mayor que la que
padece Ruanda, desde que Ronald Reagan empuñó el timón en 1980.
La
razón del mercado impone sus dogmas totalitarios, que Ignacio Ramonet llama globalitarios,
en escala universal. La razón se hace religión, y obliga a cumplir sus
mandamientos: sentarse derechito en la silla, no alzar la voz y hacer los
deberes sin preguntar por qué. ¿Qué hora es? La que usted mande, señor.
En
los aporreados países del sur del mundo, los de abajo pagan la buena letra que
hacen los de arriba, y las consecuencias están a la vista: hospitales sin
remedios, escuelas sin techos, alimentos sin subsidios. Ningún juez podría
mandar a la cárcel a un sistema mundial que impunemente mata por hambre, pero
ese crimen es un crimen, aunque se cometa como si fuera la cosa más normal del
mundo. «El pan de los pobres es su vida. Quien se lo quita, es un asesino»,
dice la Biblia (Eclesiástico, 34) y el teólogo Leonardo Boff comprueba que, en
nuestros días, el mercado está celebrando más sacrificios humanos que los
aztecas en el Templo Mayor o los cananeos al pie de la estatua de Moloch.
La
mano comercial del orden globalitario roba lo que su mano financiera presta.
Dime cuánto vendes y te diré cuánto vales: las exportaciones latinoamericanas
no llegan al cinco por ciento de las exportaciones mundiales, y las africanas
suman el dos por ciento. Cada vez cuesta más lo que el sur compra, y cada vez
vale menos lo que vende. Para comprar, los gobiernos se endeudan más y más, y
para cumplir con la usura de los préstamos, venden las joyas de la abuela y a
la abuela también.
A
las órdenes del mercado, el estado se privatiza. ¿No habría que desprivatizarlo,
más bien, estando como está el estado en manos de la banquería internacional y
de los políticos nacionales que lo desprestigian para después venderlo,
impunemente, a precio de ganga? El tráfico de favores, el canje de empleos por
votos, ha hinchado de parásitos a los estados latinoamericanos. Una
insoportable burrocracia ejerce el proxenetismo, en el sentido original
del término: hace dos mil años, la palabra proxeneta designaba a quienes
resolvían los trámites burocráticos a cambio de propinas. La ineficacia y la
corrupción hacen posible que las privatizaciones se realicen con el visto bueno
o la indiferencia de la opinión pública mayoritaria.
Los
países se desnacionalizan a ritmo de vértigo, con excepción de Cuba y también
de Uruguay, donde un plebiscito popular rechazó la enajenación de las empresas
públicas, con un 72 por ciento de los votos a fines de 1992. Los presidentes
viajan por el mundo, convertidos en vendedores ambulantes: venden lo que no es
suyo, y esa actividad delictiva bien merecía una denuncia policial, si la
policía fuera digna de confianza. «Mi país es un producto, yo ofrezco un
producto que se llama Perú», ha proclamado, en más de una ocasión, el
presidente Alberto Fujimori.
Se
privatizan las ganancias, se socializan las pérdidas. En 1990, el presidente
Carlos Menem mandó al muere a Aerolíneas Argentinas. Esta empresa pública, que
daba ganancias, fue vendida, o más bien regalada, a otra empresa pública, la
española Iberia, que era un ejemplo universal de mala administración. Las
rutas, internacionales y nacionales, se cedieron por quince veces menos de su
valor, y dos aviones Boeing 707, que estaban vivos y volando y tenían para
rato, fueron comprados al módico precio de un dólar con cincuenta y cuatro
centavos cada uno.
En
su edición del 31 de enero del 98, el diario uruguayo El Observador
felicitó al gobierno de Brasil por su decisión de vender la empresa telefónica
nacional, Telebras. El aplauso al presidente Fernando Henrique Cardoso, «por
sacarse de encima empresas y servicios que se han convertido en una carga para
las arcas estatales y los consumidores», se publicó en la página 2. En la
página 16, el mismo diario, el mismo día, informó que Telebras, la empresa más
rentable de Brasil, generó el año pasado ganancias líquidas por 3.900 millones
de dólares, un récord en la historia del país.
El
gobierno brasileño movilizó un ejército de seicientos setenta abogados para
hacer frente al bombardeo de demandas contra la privatización de Telebras; y
justificó su programa de desnacionalizaciones por la necesidad de dar al mundo
señales de que somos un país abierto. El escritor Luiz Fernando Verissimo opinó
que esas señales «son algo así como aquellos sombreros puntiagudos que en la
Edad Media identificaban a los bobos de la aldea».
El poder del casino
Dicen que la astrología fue
inventada para dar la impresión de que la economía es una ciencia exacta. Nunca
los economistas sabrán mañana por qué sus previsiones de ayer no se han
cumplido hoy. Ellos no tienen la culpa. Se han quedado sin asunto, la verdad
sea dicha, desde que la economía real dejó de existir y dejó paso a la economía
virtual. Ahora mandan las finanzas, y el frenesí de la especulación financiera
es, más bien, tema de psiquiatras.
Los
banqueros Rotschild se enteraron por palomas mensajeras de la derrota de
Napoleón en Waterloo, pero ahora las noticias corren más veloces que la luz, y
con ellas viaja el dinero en las pantallas de las computadoras. Un anillo digno
de Saturno gira, enloquecido, alrededor de la tierra: está formado por los
2.000.000.000.000 de dólares que cada día mueven los mercados de las finanzas
mundiales. De todos esos muchos ceros, que marea mirarlos, sólo una ínfima
parte corresponde a transacciones comerciales o a inversiones productivas. En
1997, de cada cien dólares negociados en divisas, apenas dos dólares y medio
tuvieron algo que ver con el intercambio de bienes y servicios. En ese año, en
vísperas del huracán que barrió las Bolsas de Asia y del mundo, el gobierno de
Malasia propuso una medida de sentido común: la prohibición del tráfico de
divisas no comerciales. La iniciativa no fue escuchada. El griterío de las
Bolsas mete mucho ruido, y sus beneficiarios dejan sordo a cualquiera. Por
poner un ejemplo, en 1995, sólo tres de las diez mayores fortunas de Japón
estaban ligadas a la economía real. Los otros siete multimillonarios eran
grandes especuladores.
Diez
años antes de la crisis actual, el mercado financiero había sufrido otro
colapso. Distinguidos economistas de la Casa Blanca, del Congreso de los
Estados Unidos y de las Bolsas de Nueva York y de Chicago intentaron explicar
lo que había ocurrido. La palabra especulación no fue mencionada en ninguno de
esos análisis. Los deportes populares merecen respeto: cuatro de cada diez
norteamericanos participan de alguna manera en el mercado de valores. Las
bombas inteligentes, smart bombs, eran las que mataban iraquíes en la guerra
del Golfo sin que nadie se enterara, salvo los muertos; y el smart money es el
que puede rendir ganancias del cuarenta por ciento, sin que se sepa cómo. Wall
Street se llama así, Calle del Muro, por el muro alzado hace siglos para que no
se fugaran los negros esclavos: Wall Street es actualmente el centro de la gran
timba electrónica universal, y la humanidad entera está prisionera de las
decisiones que allí se toman. La economía virtual traslada capitales, derriba
precios, despluma incautos, arruina países y, en un santiamén, fabrica
millonarios y mendigos.
En
plena obsesión mundial de la inseguridad, la realidad enseña que los delitos
del capital financiero son mucho más temibles que los delitos que aparecen en
las páginas policiales de los diarios. Mark Mobius, que especula por cuenta de
miles de inversores, explicaba a principios del 98, a la revista alemana Der
Spiegel: Mis clientes se burlan de los criterios éticos. Ellos quieren que
multipliquemos sus ganancias. Durante la crisis del 87, otra frase lo había
hecho famoso: «Hay que comprar cuando por las calles corre la sangre, aunque la
sangre sea mía». George Soros, el especulador más exitoso del mundo, que amasó
fortuna derribando sucesivamente a la libra esterlina, la lira y el rublo, sabe
de qué está hablando cuando comprueba: «El principal enemigo de la sociedad
abierta, creo, ya no es el comunismo, sino la amenaza capitalista».
El
doctor Frankenstein del capitalismo ha generado un monstruo que camina por su
cuenta, y no hay quien lo pare. Es una suerte de estado por encima de los
estados, un poder invisible que a todos gobierna, aunque ha sido elegido por
nadie. En este mundo hay demasiada miseria, pero hay también demasiado dinero,
y la riqueza no sabe qué hacer consigo misma. En otros tiempos, el capital
financiero ampliaba, por la vía del crédito, los mercados de consumo. Estaba al
servicio del sistema productivo, que para ser necesita crecer: actualmente, en
plena desmesura, el capital financiero ha puesto al sistema productivo a su
servicio, y con él juega el gato con el ratón.
Cada
derrumbe de las Bolsas es una catástrofe para los inversores modestos, que se
han creído el cuento de la lotería financiera, y es también una catástrofe para
los barrios más pobres de la aldea global, que sufren las consecuencias sin
comerla ni beberla: de un manotazo, cada crisis les vacía el plato y les
evapora los empleos. Pero rara vez las crisis bursátiles hieren de muerte a los
sacrificados millonarios que día tras día, curvada la espalda sobre la
computadora, las manos callosas en el teclado, redistribuyen la riqueza del
mundo decidiendo el destino del dinero, el nivel de las tasas de interés y el
valor de los brazos, de las cosas y de las monedas. Ellos son los únicos
trabajadores que pueden desmentir a la mano anónima que alguna vez escribió, en
un muro de Montevideo: Al que trabaja, no le queda tiempo para hacer dinero.
___________
(*) Galeano, Eduardo. Patas
arriba. La escuela del mundo al revés. Se ha tomado algunos apartados de la
sección: Trabajos prácticos: cómo triunfar en la vida y ganar amigos. El
título ha sido colocado por Creación Heroica.
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