lunes, 4 de mayo de 2026

Stalin

 

Stalin. Historia y Crítica de una Leyenda Negra

(27)

Domenico Losurdo

LA ANDADURA COMPLEJA Y CONTRADICTORIA DE LA ERA DE STALIN 

Del nuevo impulso de la «democracia soviética» a la «noche de San Bartolomé»

 

Es necesario en todo caso afirmar -como reconoce contradictoriamente uno de los autores del Libro negro del comunismo-la necesidad de la «inserción de la violencia política bolchevique antes y estaliniana después, en la "larga duración" de la historia rusa»: es necesario no perder de vista «la "matriz" generadora del estalinismo que supuso el período de la Primera guerra mundial, de las revoluciones de 1917 y de las guerras civiles tomado en su conjunto». Y por lo tanto, gestado cuando nadie puede prever la llegada de Stalin al poder, y antes n de la revolución de los bolcheviques, el "estalinismo" no es el resultado en primer lugar ni de la sed de poder de un individuo ni de una ideología, sino más bien del estado de excepción permanente que invade Rusia a partir de 1914. Como hemos visto, ya desde comienzos del siglo diecinueve a ciertas personalidades diversas no se les escapan los signos premonitorios de la inaudita tempestad que se cierne sobre el país colocado entre Europa y Asia, y ésta comienza a manifestarse en toda su violencia con el estallido de la Primera guerra mundial. Es desde aquí, desde la amplísima escala del Segundo período de desórdenes, donde hay que tomar impulso. No por caso se trata de un fenómeno de andadura todo menos unilineal: lo veremos atenuarse en los momentos de relativa normalización y manifestarse en toda su dureza cuando el estado de excepción alcanza su cénit.

Comencemos planteándonos una pregunta preliminar: ¿a partir de qué momento se puede hablar respecto de la Rusia soviética de dictadura personal y solitaria? Historiadores respetables parecen estar de acuerdo en un punto esencial: «A comienzos de los años treinta Stalin no era todavía un autócrata. No se veía exonerado de tener que enfrentarse a la crítica, a la disensión y la propia y auténtica oposición dentro del partido comunista». No se ha producido todavía la llegada al poder en solitario de un líder coronado por el culto a la personalidad: persiste la tradición leniniana de «dictadura de partido» y de poder oligárquico325. Los historiadores aquí citados utilizan indiferentemente las dos categorías; de todas formas la segunda se atiene mal a un régimen que estimula una fortísima promoción social de las clases subalternas y que abre la vida política y cultural del país a estratos sociales y grupos étnicos hasta aquél momento totalmente marginados. Parece claro que, a partir en todo caso de 1937 y del desencadenamiento del Gran terror, la dictadura de partido cede su puesto a la autocracia.

¿Debemos entonces distinguir dos fases dentro del "estalinismo"? Pese a tener el mérito de poner en duda la habitual visión "monolítica", esta periodización no constituye un auténtico paso adelante en la comprensión de aquellos años: quedarían por explicar todavía el paso de la primera a la segunda fase y la forma concreta de ambas.

Para ser conscientes del problema, veamos lo que ocurre a mediados de los años veinte, en un momento en el que, superada la crisis aguda representada por la intervención extranjera y la guerra civil, la NEP ha conseguido ya resultados significativos: no solamente no hay autocracia, sino que pese a continuar la dictadura del partido comunista, la gestión del poder tiende de aln modo a hacerse más "liberal". Bujarin parece permitirse llegar a reivindicar una suerte de rule of law, imperio de la ley. «El campesino debe tener frente a sí el orden soviético, el derecho soviético, la ley soviética y no el arbitrio soviético, moderado por una "oficina de reclamaciones" cuya ubicación es desconocida». Son necesarias «claras normativas legales», vinculantes también para los comunistas. El Estado se debe implicar en el «pacífico trabajo organizativo», y el partido, en su relación con las masas, debe «adoptar la persuasión y solamente la persuasión». Ya no tiene sentido el terror: «éste pertenece ya al pasado»326. Se trata de dejar espacio a la «iniciativa de las masas»: en tal contexto es necesario contemplar favorablemente el florecimiento de «asociaciones populares» y «organizaciones voluntarias»327.

No estamos frente a opiniones meramente personales. Estos son los años del «duunvirato»328: Bujarin gestiona el poder junto a Stalin, que en 1925 pide repetidas veces la «liquidación de los vestigios del comunismo de guerra en el campo» y condena la «desviación» que denuncia una imaginaria «restauración del capitalismo» llegando así «a reavivar la lucha de clases en el campo» y «la guerra civil en nuestro país»329. Es necesario darse cuenta sin embargo de que «estamos en la fase de la edificación económica»329.

El desplazamiento del acento, de la lucha de clases a la edificación económica comporta consecuencias relevantes también en el plano político: la primera tarea de los estudiantes comunistas es la de «enseñorearse de la ciencia»331. Sólo así pueden aspirar a desarrollar un papel dirigente: cuenta «la competencia»; «ahora se exige que la dirección sea concreta, práctica». Y por tanto: «Para dirigir verdaderamente es necesario conocer el propio trabajo, es necesario estudiarlo concienzudamente, pacientemente, con perseverancia»332. La centralidad de la edificación económica y por lo tanto de la competencia hace menos rígido el monopolio del partido: «es indispensable que el comunista se comporte hacia el sin-partido de igual a igual», aún más por el hecho de que «el control de los miembros del partido» por obra de los «sin partido» puede producir resultados bastante positivos333.

En conjunto, se impone para Stalin un cambio político radical: «hoy ya no es posible dirigir con métodos militares»; «ahora no necesitamos la máxima presión, sino la máxima ductilidad, tanto en la política como en la organización, tanto en la dirección política como organizativa»; es necesario dedicarse a captar, y de manera receptiva, «las aspiraciones y necesidades de los obreros y de los campesinos». También en lo que respecta a los campesinos, que a menudo se muestran más atrasados que los obreros, la tarea de los comunistas y de los cuadros es la de «aprender a convencerlos sin ahorrar para esta tarea tiempo ni esfuerzo»334.

No se trata solamente de asimilar una pedagogía política más sofisticada. Es necesario acabar con elecciones puramente formales y teledirigidas, con una mala costumbre que conlleva «la falta de control, el abuso de poder, el arbitrio de los administradores». Se requiere un giro radical: «la vieja práctica electoral era un remanente del comunismo de guerra, que debía ser liquidada como práctica nociva y podrida de arriba a abajo»335. Se trata ahora «de reactivar los Soviets, de transformar los Soviets en auténticos órganos electivos, de instaurar en el campo los principios de la democracia soviética»336.

Ya antes de Octubre los Soviets habían comenzado a transformarse en «estructuras burocráticas», y viendo menguar «la frecuencia y consistencia de las asambleas»337; pero ahora, devueltos a su función originaria, los Soviets están llamados a asegurar «la participación de los trabajadores en el trabajo cotidiano de administración del Estado»338. ¿De qué manera ocurre ésto?

Ocurre a través de organizaciones surgidas a iniciativa de las masas, a través de comisiones y comités de todo tipo, conferencias y asambleas de delegados que se forman alrededor de los Soviets, a través de los organismos económicos, los comités de fábrica y de oficina, las instituciones culturales, las organizaciones del partido, las organizaciones de la Unión de la Juventud, las cooperativas de todo tipo, etc. etc. Nuestros compañeros quizás no se dan cuenta del hecho de que alrededor de nuestras organizaciones de base del partido, soviéticas, culturales sindicales, educativas, de la Unión de la Juventud comunista, del ejército, de las secciones femeninas, y de todo tipo, se agitaba un auténtico hormiguero de organizaciones, comisiones, conferencias surgidas espontáneamente, que abarcan a masas de millones de obreros y campesinos sin partido, un hormiguero que crea con su trabajo cotidiano, imperceptible, meticuloso y silencioso la base y la vida de los Soviets, la fuente de la fuerza del Estado sovíétíco339.

Por todas estas razones es erróneo «identificar el partido con el Estado»: es más, proceder así «significa desnaturalizar el pensamiento de Lenin». Por otra parte, una vez consolidada la posición del nuevo Estado en el plano interno e internacional, es necesario «extender la Constitución a toda la población, incluida la burguesía»340.

En este momento, retomando algunas expresiones utilizadas por Marx en el momento de la celebración de la Comuna de París, Stalin mira con interés el ideal del sometimiento e incluso extinción del aparato estatal. La reactivación de los Soviets y de la participación política quiere ser un paso en tal dirección. Se trata «de transformar nuestro aparato estatal, de vincularlo a las masas populares, hacerlo sano y honesto, simple y barato»341; deben además impulsarse las asociaciones que surgen de la sociedad civil: éstas «conectan los Soviets con los "estratos inferiores" más profundos, funden el aparato estatal con masas de millones de hombres y suprimen gradualmente todo aquello que puede parecer una barrera entre el aparato estatal y la población»342. En conclusión: «La dictadura del proletariado no es un fin en sí mismo: la dictadura es un medio, es la vía que lleva al socialismo. ¿Y qué es el socialismo? El socialismo es el paso de la sociedad en la que exista la dictadura del proletariado a la sociedad sin Estado»343. Desde luego no el final, sino más bien una perceptible disminución de la «dictadura del proletariado» y del partido parece estar a la orden del día.

A esta línea de apertura común a Bujarin y Stalin, pero descrita por los seguidores de Zinoviev como «bolchevismo del campesino medio»344, le sigue la crisis que desemboca en la liquidación de la NEP, en la colectivización forzada de la agricultura y en la industrialización a marchas forzadas, con la consiguiente radical expansión del universo concentracionario. Lo que determina el cambio no es, como se dice a menudo, el furor ideológico del grupo dirigente, es decir, la manía de liquidar toda forma de propiedad privada y de mercado. Mientras tanto, no debe menospreciarse la presión proveniente de abajo; en sectores nada despreciables de la sociedad continúa actuando la nostalgia por el igualitarismo previo a la introducción de la NEP. Además entra en juego otro elemento.

Casi como queriendo responder al tipo de interpretación hoy dominante, de noviembre de 1928 Stalin afirma que quien dirige la Unión Soviética es «gente sobria y tranquila», angustiada sin embargo por el problema de cómo defender «la independencia» de un país decididamente más atrasado que los potenciales enemigos que lo rodean345. Actúa por lo tanto la preocupación por una situación internacional percibida como cada vez más amenazadora. A finales de noviembre de 1925 había sido estipulado el tratado de Locarno. Reaproximando Francia y Alemania, había recompuesto la fractura de las potencias occidentales que se habían enfrentado durante la Primera guerra mundial, sancionado así el aislamiento de la URSS: no faltaban voces que pedían «una cruzada europea contra el comunismo»346. De modo que en Moscú, personalidades de primer plano como Zinoviev, Radek y Kamenev subrayan dramáticamente el peligro de agresión que se está dibujando en el Horizonte.347

Interviene, algunos meses después, el golpe de Estado que corona en Polonia la ascensión al poder de Pilsudski, un enemigo declarado de la Unión Soviética: en su estudio está bien a la vista el Napoleón de David, retratado mientras pasa los Alpes; en realidad Pilsudski lo admiraba por su invasión dé Rusia. Esta última empresa había contado con la participación de los polacos: lo subraya con orgullo el nuevo hombre fuerte de Varsovia, que aspira a arrancar Ucrania a la URSS para hacer de ella un aliado fiel y subalterno348. El 24 de agosto de 1926, Pilsudski rechaza la propuesta de Moscú de un tratado de no agresión, y más tarde el ministro de Exteriores soviético denuncia los planes de Polonia dirigidos a «adquirir un protectorado en los países bálticos». El año después la situación internacional se oscurece aún más: Gran Bretaña rompe relaciones comerciales y diplomáticas con la Unión Soviética y el mariscal Ferdinand Foch invita a Francia a hacer lo mismo; en Pekín la embajada de la URSS sufre la incursión de las tropas de Chiang Kai-shek, azuzadas quizás desde Londres (al menos según Moscú), mientras en Varsovia el embajador soviético es asesinado por un emigrado de la Rusia blanca; finalmente, en Leningrado se produce una explosión en una sede del Partido comunista.

Llegados a este punto, es el mismo Tuchacevsky, jefe del Estado Mayor, el que hace sonar las alarmas y exige una rápida modernización del ejército. La NEP no parece ya capaz de resolver el problema: sí, la economía da señales de recuperación y en 1926-1927 ha vuelto a los niveles anteriores a la guerra pero en lo que respecta a la producción industrial y la tecnología, la distancia respecto a los países capitalistas más avanzados permanece igual. Se imponen medidas incisivas o drásticas349. Y en los ámbitos militares se presiona por medidas similares también en la agricultura, con el fin de asegurar la regularidad del aprovisionamiento para el frente. Como se ve, el giro de 1929 no es resultado del capricho azaroso de Stalin, que de hecho debe, si no contener, al menos encauzar el empuje proveniente del ámbito militar: rechazando los sorprendentes objetivos reivindicados sobre todo por Tuchacevsky, advierte del «militarismo rojo» que, apuntando exclusivamente a la industria armamentística, correría el riesgo de comprometer el desarrollo económico y por lo tanto la misma modernización del aparato militar en su conjunto350. El viraje no es tampoco el resultado de un cisma ideológico: más allá del poder del partido comunista y de las relaciones sociales vigentes en la URSS está en juego la existencia de la nación: esta es la opinión de una gran parte del grupo dirigente soviético, comenzando obviamente por Stalin.

La alarma parece estar más justificada por el hecho de que al oscurecerse el horizonte internacional tanto en el plano diplomático como en el económico (1929 es el año de la Gran depresión) se le añade dentro de Rusia la "crisis del trigo" (la brusca caída de la cantidad de trigo puesta en el mercado por los campesinos): «colas para adquirir alimentos se generalizaron en las ciudades» provocando un ulterior agravamiento de la crisis. Era una situación que «no podía no ir contra las directrices de Bujarin» -observa uno de sus biógrafos-351. Es en este punto donde la suerte del duunvirato está echada. La ruptura no se explica sólo por los escrúpulos morales del miembro derrotado del duunvirato, que prevé con antelación la «noche de San Bartolomé» provocada por la colectivización forzada de la agricultura (supra, pp. 138-139). Lo que provoca la fractura interna es sobre todo otro factor. También Bujarin está gravemente preocupado por el peligro de una guerra, pero no cree que se pueda encontrar una solución en el plano puramente nacional: la victoria real definitiva del socialismo en nuestro país no es posible sin la ayuda de otros países y de la revolución mundial». El dirigente bolchevique, que ya había condenado la paz de Brest-Litovsk como una deserción cobarde y nacionalista de la causa de la lucha internacional del proletariado revolucionario, continúa siendo fiel a tal visión del internacionalismo:

Si exageramos nuestras posibilidades, podría surgir una tendencia... "a escupir" sobre la revolución internacional: tal tendencia podría dar origen a una ideología específica, un "bolchevismo nacional" peculiar, o cualquier otra cosa en este mismo espíritu. De aquí a otras tantas ideas aún más peligrosas no hay más que un paso.352

Stalin, sin embargo, parte con mayor realismo de la premisa de la estabilización del mundo capitalista: la defensa de la URSS es en primer lugar una tarea nacional. No se trata solamente de promover la industrialización del país a marchas forzadas: como demuestra la "crisis del grano", la afluencia de alimentos del campo hacia la ciudad y el ejército no está en absoluto garantizado. A este problema era especialmente sensible un dirigente como Stalin, que a partir de la rica experiencia acumulada en el transcurso de la guerra civil había subrayado varias veces la importancia primordial que tendrían para un futuro conflicto la estabilidad de la retaguardia y los suministros alimentarios provenientes del campo. He aquí las conclusiones que emanan de una carta a Lenin y de una entrevista a Pravda, respectivamente del verano y del otoño de 1918: «la cuestión de los aprovisionamientos alimentarios está naturalmente conectada con la militar». Es decir: «un ejército no puede subsistir mucho sin una retaguardia sólida. Para que el frente sea estable es necesario que el ejército reciba regularmente de la retaguardia los complementos, suministros militares y avituallamientos». Todavía en vísperas de la agresión nazi, Stalin prestará gran atención a la agricultura, considerada como un elemento central de la defensa nacional353. Se entiende entonces por qué al final de los años veinte la colectivización de la agricultura pareciera la vía obligatoria si se quería acelerar drásticamente la industrialización del país y asegurar de manera estable a las ciudades y el ejército los suministros que necesitan todo en previsión de la guerra. En efecto:

Dejando aparte los costes humanos, los resultados económicos del primer plan quinquenal fueron sorprendentes. Incrementando un 250% su producción industrial, la Rusia soviética daba pasos de gigante para convertirse en una gran potencia industrial [...]. Obviamente, el "gran salto adelante" en la economía industrial de la Rusia soviética conllevaba un "gran salto adelante" en el sector militar, con los gastos militares multiplicándose por cinco entre 1929 y 1940354.

Más modestos son los resultados alcanzados en la agricultura, donde la superación de la economía de subsistencia y la centralización crean en todo caso condiciones más favorables para el normal avituallamiento de un ejército de grandes dimensiones.

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(325) Tucker (1990), p. 120; cfr. también Cohén (1986), pp. 54-5.

(326) En Cohén (1975), pp. 204-5.

(327) lbid, p. 209.

(328) lbid, pp. 215 SS.

(329) Stalin (1971-73), vol. 7, pp. 106,309 y 292 (= Stalin, 1952-56, vol. 7, pp. 143,403 y 380-1).

(330) lbid, p. 110 (= Stalin, 1952-56, vol. 7, p. 148).

(331) Ibid, p. 76 (= Stalin, 1952-56, vol. 7, p. 104).

(332) lbid, pp. 148-9 (= Stalin, 1952-56, vol. 7, pp.  197-8).

(333) Ibid, pp. 167-8 (= Stalin, 1952-56, vol. 7, pp.  221-2).

(334) Ibid, pp. 109 y 147 (= Stalin, 1952-56, vol. 7, pp.  147 y 195).

(335) Ibid, pp. 158-9 (= Stalin, 1952-56, vol. 7, pp.  210-1).

(336) Stalin (1971-73), vol. 7, p. 108 (= Stalin, 1952-56, vol. 7, p. 145).

(337) Figes (2000), p. 555.

(338) Stalin (1971-73), vol. 7, p. 139 (= Stalin, 1952-56, vol. 7, p. 185).

(339) Ibid, pp. 139-40 (= Stalin, 1952-56, vol. 7, p.  186).

(340) lbid, pp. 139 y 160 (= Stalin, 1952-56, vol. 7, pp.  185 y 212).

(341) lbid, pp. 108-9 (= Stalin, 1952-56, vol. 7, p. 146); cfr. Marx, Engels (1955-89), vol. 17, p. 341.

(342) Stalin (1971-73), vol. 7, p. 140 (= Stalin, 1952-56, vol. 7, p. 187); cursivas en el original.

(343) Ibid, pp. 137-8 (= Stalin, 1952-56, vol. 7, p. 183).

(344) Ibid, p. 329 (= Stalin, 1952-56, vol. 7, p.  428).

(345) Stalin (1971-73), vol. 11, pp. 219-20.

(346) Taylor (1996), p. 89.

(347) Carr (1968-69), vol. 2, pp. 265-6.

(348) Jedrzejewicz (1982), pp. 93-4 y 145-6.

(349) Davies (1989), pp. 441-2 y 462; Schneider (1994), pp. 197-206; Mayer (2000), pp. 619. 623 y 625.

(350) Davies (1989), pp. 443-7.

(351) Cohén (1975), pp. 263-4.

(352) lbid, p. 191.

(353) Wolkogonow (1989), pp. 506-7.

(354) Mayer (2000), pp. 630-1.

 

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