Nota:
El artículo que publicamos a continuación –cuya primera parte fue publicada en la edición de febrero de este blog– es una contribución al desarrollo de la línea política general del Partido y, por consiguiente, a la reconstitución del partido de Mariátegui. Solo hace falta debatir sus términos, perfilar mejor algunos de ellos, desagregar o agregar otros o, en su defecto, mantener sus términos tal como están expuestos, para ser aprobados como documento básico de la Reconstitución.
01.04.2026.
Comité
de Redacción.
¡Defender el Pensamiento de Mariátegui de Toda Tergiversación y
Desarrollarlo en Función de la Realidad Actual!
La Línea Política
General del Partido
(Segunda y Última Parte)
Eduardo Ibarra
EN CUANTO A LA política internacional del Partido, Mariátegui sostuvo:
Cumplida su función
de trazar las orientaciones de una acción internacional de los trabajadores, la
Primera Internacional se sumergió en la confusa nebulosa de la cual había
emergido. Pero la voluntad de articular internacionalmente el movimiento
socialista quedó formulada. Algunos años después, la Internacional reapareció
vigorosamente. El crecimiento de los partidos y sindicatos socialistas requería
una coordinación y una articulación internacionales. La función de la Segunda
Internacional fue casi únicamente una función organizadora. Los partidos
socialistas de esa época efectuaban una labor de reclutamiento. Sentían que la
fecha de la revolución social se hallaba lejana. Se propusieron, por
consiguiente, la conquista de algunas reformas interinas. El movimiento obrero
adquirió así un ánima y una mentalidad reformistas. El pensamiento de la
social-democracia lassalliana dirigió a la Segunda Internacional. A
consecuencia de este orientamiento, el socialismo resultó insertado en la
democracia. (…) la Segunda Internacional fue una máquina de organización… la
Tercera Internacional es una máquina de combate. (La escena contemporánea).
La revolución rusa
constituye, acéptenlo o no los reformistas, el acontecimiento dominante del
socialismo contemporáneo. (Defensa del
marxismo).
El marxismo-leninismo
es el método revolucionario de la etapa del imperialismo y de los monopolios.
El Partido Socialista del Perú, lo adopta como su método de lucha. (Ideología y política).
Vosotros sabéis,
compañeros, que las fuerzas proletarias de Europa se hallan divididas en dos
grandes bandos: reformistas y revolucionarios. Hay una Internacional Obrera
reformista, colaboracionista, evolucionista y otra Internacional Obrera
maximalista, anticolaboracionista, revolucionaria. Entre una y otra ha tratado
de surgir una Internacional intermedia. Pero que ha concluido por hacer causa
común con la primera contra la segunda. (Historia
de la crisis mundial).
El C.C. del partido adhiere a la Tercera Internacional y acuerda trabajar por obtener esta misma adhesión de los demás grupos que integran el partido. (Martínez de la Torre, Apuntes para una interpretación marxista de historia social del Perú).
De esta forma el Socialismo Peruano tomó partido por la Revolución Rusa, el marxismo-leninismo y la Tercera Internacional fundada por Lenin en 1919, sumando su partido a las filas del movimiento comunista internacional.
Esta es, pues, expuesta suficientemente, la línea política general del Partido en el período de su Constitución.
II
Veamos ahora cómo se presenta esta línea en la actualidad. Como es reconocido, la sociedad peruana ha experimentado cambios significativos desde el tiempo en que Mariátegui trazó la línea política general del Partido. Para efecto de actualizar esta línea, es inescapable tener en cuenta estos cambios.
Pues bien. En cuanto al carácter de la sociedad peruana, a partir de la liquidación de la “segunda semifeudalidad” ocurrida en la segunda mitad de los años ochenta, el modo de producción capitalista dejó de ser el predominante para convertirse en el modo de producción exclusivo en la formación económico-social peruana. La liquidación de la semifeudalidad por la vía campesina y la transformación del Perú en un país capitalista semicolonial, no semifeudal, es el cambio más importante producido en las últimas cuatro décadas en la base económica de la sociedad peruana.
En cuanto al carácter de la revolución peruana, se comprenderá que, como consecuencia del cambio anotado, nuestra revolución no es ya una revolución antifeudal, sino únicamente antiimperialista. Así, el campesinado se encuentra incorporado directamente a la lucha antiimperialista y las tareas socialistas en la etapa novodemocrática de nuestra revolución socialista se conservan por la vigencia de la comunidad campesina y los latifundios capitalistas que en nuestra economía agraria han reemplazado a los latifundios semifeudales. Esta realidad es la base de la línea política general del Partido en el período de su Reconstitución.
En cuanto a los instrumentos de la revolución subrayados por Mariátegui en el “Prefacio a ‘El Amauta Atusparia’”, la revolución continúa necesitando aquellos instrumentos: el partido de clase, el frente unido revolucionario y el ejército del pueblo.
En cuanto a la vía de la revolución, la línea política general del Partido no ha sufrido el más mínimo cambio: dicha vía continúa siendo la violencia revolucionaria como legítima respuesta a la violencia contrarrevolucionaria.
En cuanto al camino de la revolución, hay que reconocer que se ha producido un importante cambio que es necesario subrayar especialmente. Liquidada la semifeudalidad, no existe ya el terreno económico necesario para una guerra popular prolongada, consistente, como lo sabe todo el mundo, en cercar las ciudades desde el campo para tomarlas finalmente. Después de la indicada liquidación, el camino de la revolución peruana es la insurrección urbana, lo que no significa que, dada la situación de precariedad económica en que se encuentra la mayoría del campesinado, el campo no cumpla un papel relievante en la lucha por el poder.
En cuanto a las formas de lucha, hay que subrayar que no han experimentado ningún cambio. Sin embargo, ante la explosión de organizaciones de frente unido que participan en las elecciones y que se reclaman de izquierda, es necesario subrayar que la participación del proletariado consciente en las elecciones se justifica solo si las mismas son cabalmente utilizadas para propagandizar el programa de la revolución de nueva democracia y de las ideas del socialismo proletario. Esta política marca la diferencia entre los varios frentes de izquierda y de “izquierda” que esgrimen programas que no trascienden el régimen capitalista, de una parte, y el frente revolucionario, por otra. Ya Lenin señalaba a propósito de la aspiración reformista de ser gobierno:
Sólo los canallas o los bobos pueden creer que el proletariado debe primero conquistar la mayoría en las votaciones realizadas bajo el yugo de la burguesía, bajo el yugo de la esclavitud asalariada, y que sólo después debe conquistar el poder. Esto es el colmo de la estulticia o de la hipocresía, esto es sustituir la lucha de clases y la revolución por votaciones bajo el viejo régimen, bajo el viejo poder. (Obras escogidas en doce tomos, t. X, Editorial Progreso, Moscú, p. 164).
El “frente electoral” es una realidad que, bien vista, es un rebajamiento de la táctica y una anulación práctica de la estrategia revolucionaria: la táctica es actuada apenas como medio de llegar al gobierno y la estrategia de poder simplemente desaparece o tiene una existencia limitada al papel. La diferencia entre un frente reformista y un frente revolucionario, es que el primero es un frente que agrupa a todo elemento que pueda significar un voto más; mientras el segundo es un frente con la necesaria coherencia entre su programa revolucionario y su militancia revolucionaria (ver nuestro artículo “Acerca de las contradicciones antagónicas en el seno del pueblo”, que republicamos en la presente edición de CREACIÓN HEROICA); y que participa en la lucha electoral solo para desarrollar el cauce de la revolución como es la lucha directa de las masas. En consecuencia, tal como lo hemos recordado en el primer apartado del presente artículo, “conforme a su práctica mundial” el proletariado consciente “asistirá a las elecciones con meros fines de agitación y propaganda clasistas.” Por lo tanto, a la “agitación anti-imperialista”, hay que agregar la propaganda de que “sólo la revolución socialista opondrá al avance del imperialismo una valla definitiva y verdadera.”
En cuanto a la industrialización del Perú, contra lo que implícitamente plantean los programas de los frentes reformistas, está vigente la tesis mariateguiana de que la opresión imperialista no permite una industrialización independiente, es decir, que responda a los intereses del pueblo peruano. Solo la victoria de la revolución puede viabilizar la emancipación de nuestra economía. Creer que un eventual gobierno de izquierda o de “izquierda” puede realizar una industrialización independiente, es, en el fondo, creer que la vía de la revolución es la transición pacífica.
En cuanto a la política internacional del Partido, es necesario enfatizar que ella se basa en el marxismo-leninismo y en el internacionalismo proletario. Como es de conocimiento general, debido a una serie de factores objetivos y subjetivos, el movimiento comunista internacional se ha visto reducido casi a su mínima expresión. No obstante, en esta situación es más necesario todavía mantener en alto los principios marxista-leninistas. Después que las Internacionales cumplieran su papel en la historia de la revolución proletaria, lo que le hace falta al movimiento proletario mundial es establecer y desarrollar “la organización de un compañerismo basado en la igualdad” (Stalin). Esta nueva forma de organización del movimiento comunista internacional, implica la centralización ideológica, la coordinación política, la independencia teórica y la autonomía orgánica (ver nuestro artículo “La tercera Internacional y nuestro tiempo”, republicado en la edición pasada de CREACIÓN HEROICA). Ahora, pues, no es necesario ni posible un nuevo “centro orgánico” que ejerza una dirección centralizada sobre todos los partidos proletarios, sino un “centro ideológico-político” que, al mismo tiempo que permita unir ideológicamente y dar curso a una acción política coordinada de los partidos proletarios, les permita también su desarrollo teórico independiente y su proceso orgánico autónomo. Hace ya veintitrés años, escribimos al respecto lo que sigue:
En el mundo actual…
la necesidad de impulsar la revolución socialista impone a cada miembro del
M.C.I. que su órbita sea… la verdad particular como expresión concreta
de la verdad universal, o, para decirlo en otros términos, la lucha por
encontrar el camino propio de la revolución como
expresión concreta del universal camino de la revolución proletaria. Por
eso el M.C.I. no debe promover un “centro orgánico”, sino “la organización de
un compañerismo basado en la igualdad”. (El
pez fuera del agua).
Paralelamente al
problema de la organización del movimiento comunista internacional, está la
cuestión de la táctica que el proletariado debe adoptar actualmente a escala
mundial. Entre otras cosas, la situación del mundo se caracteriza por los
bestiales zarpazos de la fiera herida que es el imperialismo yanqui en declive y
sus notorios preparativos de una nueva guerra mundial. Esta política ha
agudizado las contradicciones entre el imperialismo y los países oprimidos,
entre el proletariado y la burguesía, entre el socialismo y el capitalismo e
incluso entre los propios países imperialistas. En estas condiciones, se desarrolla
un movimiento internacional por la defensa de la paz mundial y, al mismo
tiempo, un proceso de reagrupamiento de los países y de las organizaciones políticas.
Se perfila, pues, la construcción de un frente de todas las fuerzas que se
oponen a la política estadounidense de recuperar en exclusividad, mediante la
guerra, la hegemonía mundial, liquidar la independencia de diversos países y
someter a los pueblos de Asia, África y América Latina a una explotación más
despiadada y a una opresión más bárbara. En América Latina el imperialismo
yanqui ha puesto en marcha lo que su gobierno llama “el corolario de Trump a la
doctrina Monroe”. La intención es evidente: hegemonizar económica, política y
militarmente en Nuestra América y expulsar de la región a sus competidores,
especialmente a China y a la Federación Rusa.
Pues bien,
en este panorama general, el proletariado no puede asumir una posición de
indiferencia, pues ello sería una indiferencia con respecto al peligro de una
nueva guerra mundial, a la lucha decisiva contra el imperialismo yanqui y al
destino de la humanidad por decenas y decenas de años. En la situación que
vivimos, no basta decir, como dicen algunos, que la guerra que tiene lugar en
Medio Oriente (que de hecho involucra no solamente a los intervinientes directos
sino también a China, a la Federación Rusa y a otros países) es una guerra imperialista
y con esta frase ponerle punto final al análisis, con lo que se abona la idea
de proponer al proletariado y a los pueblos del mundo una pretendida
neutralidad. Pero quienes plantean de este modo la cuestión de la guerra actual
no se dan cuenta de que el proletariado y los pueblos intervienen en ella de
todos modos, a fortiori, pero no de la forma en que deben hacerlo,
y esta situación podría hacerse general en el caso del estallido de una nueva
guerra mundial. En la conferencia “El fracaso de la Segunda Internacional”, Mariátegui
señaló las circunstancias por las cuales en la Primera Guerra Mundial “los
proletarios europeos se asesinasen los unos a los otros” (Historia de la crisis mundial).
Así, pues, limitarse a señalar que los actuales conflictos bélicos son
“entre imperialistas” y no hacer ningún
esfuerzo por profundizar el análisis, es condenar a los hombres y a las mujeres
de las masas populares a que se asesinen los unos a los otros en una lucha que
no tendría el justo objetivo de una lucha contra el enemigo principal de los
pueblos del mundo. Socialmente fragmentado y orgánicamente debilitado, el proletariado
debe cumplir de todos modos sus deberes como la fuerza que se opone más
consecuentemente que cualquier otra al sistema capitalista. Concretamente, el
imperialismo no puede ser derrotado de una buena vez en toda la faz de la Tierra
y, por esto, todo análisis de la actual situación internacional debe,
inescapablemente, identificar con toda precisión al enemigo principal de los pueblos.
¿Quién es el enemigo principal de los pueblos del mundo? ¿La Federación Rusa? ¿La República Popular
China? ¿Irán? No, probadamente no. El enemigo principal es el imperialismo
yanqui y sus socios.
La lucha
por la revolución mundial exige que el proletariado aplique una táctica única,
y esta táctica no puede comprender sino dos aspectos que guardan entre sí una muy
determinada relación: la necesidad de desarrollar el movimiento mundial por la
paz y de desarrollar el frente unido internacional contra el imperialismo
yanqui. De este modo el proletariado y con él los pueblos del mundo pueden
cumplir sus deberes en el período actual de la lucha de clases a escala internacional. Si puede o no ser
prevenida una nueva guerra mundial depende enteramente de la movilización de
las masas en todos los países. Por ahora esta movilización es limitada y
solamente se presenta en algunos países, pero el movimiento existe y se
desarrollará en la medida en que los hechos hagan ver a los pueblos que el
imperialismo yanqui se propone desencadenar una nueva guerra mundial que, si se
limitara a ser convencional, traería centenares de millones de muertos, heridos
y mutilados de las clases trabajadoras, y, si dicha guerra derivara en una
guerra nuclear, significaría la desaparición o casi desaparición de la especie
humana. La posibilidad de una conflagración nuclear es muy grande, pues si el imperialismo
yanqui y sus socios estuvieran siendo derrotados en la guerra convencional,
respondiendo a su naturaleza de clase sus representantes más insanos
utilizarían la bomba atómica. Así, pues, se entenderá que el proletariado puede
y debe cumplir un importante papel en impulsar el movimiento por la paz que,
como es natural, debe comprender a todos los países, a todas las naciones y a
todos los pueblos amantes de la paz mundial.
Asimismo, el proletariado debe intervenir decididamente en la vertebración del frente unido internacional contra el imperialismo yanqui, manteniendo en todo momento, tanto en la lucha por la paz mundial como en el frente unido internacional, su independencia ideológica, política y orgánica y desempeñar así un rol de dirección en todo espacio donde ello fuera posible. El frente unido internacional antiyanqui encierra algunos problemas que hay que saber resolver concretamente. En la actualidad, el proletariado de cada país debe proponerse desarrollar la lucha por la toma del poder, incluso si esta lucha es dirigida por otras fuerzas revolucionarias. Esto es válido tanto para los países alineados con el imperialismo yanqui como para aquellos que se alinean contra este imperialismo, exceptuando aquellos países de posición antiyanqui directamente involucrados en la guerra regional de Medio Oriente, pues en estos casos actuar de otro modo sería favorecer al imperialismo yanqui, enemigo principal de los pueblos. Esto mismo sería tanto más válido si la guerra mundial no puede ser evitada. En este caso, en los países que mantuvieran una posición antiyanqui el proletariado tendría que posponer la lucha por sus ideales de clase y subordinarla a la lucha por derrotar al enemigo principal. Pero, naturalmente, la “unidad nacional” no podría actuarse a la manera del revisionista Earl Browder, sino como una forma específica de la lucha de clases en las circunstancias de la lucha contra el imperialismo yanqui y sus socios y, por lo tanto, como una política que le permita al proletariado y a los pueblos una intervención importante en la toma de decisiones. Como se comprenderá, en las circunstancias de una nueva guerra mundial se desarrollaría necesariamente una situación revolucionaria en muchísimos países y, dada esta situación, el proletariado debe aprovecharla para tomar el poder o contribuir a ello. En otras palabras, el proletariado no tendría que dejar pasar la oportunidad de llevar hasta la victoria la lucha por la liberación nacional en los pueblos oprimidos y la guerra civil revolucionaria en los países capitalistas.
Esta es, brevemente
expuesta, la línea política general del Partido desarrollada conforme a la actual
realidad del Perú y el mundo.
Nota
En la primera edición
de El pez fuera del agua, se decía: “el M.C.I. no debe poner ya el acento en
un ‘centro orgánico’, sino en ‘la organización de un compañerismo basado en la
igualdad’. Esta formulación ha sido reemplazada, en la ya preparada pero aun no
publicada segunda edición del mencionado libro, por la formulación que aparece
en el presente artículo.
Nota:
El artículo que sigue prueba lo que el autor del mismo ha señalado hace tiempo: el grupo de Lastra no ha defendido, ni actualizado ni desarrollado ningún aspecto de la Reconstitución. Por el contrario, ha tergiversado la Creación Heroica de Mariátegui en cuestiones decisivas e implementado una visión liberal tanto en su trabajo partidista como en su trabajo frentista. Así, pues, no es culpa de nadie sino del propio indicado grupo que, desde hace tiempo, se encuentre al margen de la lucha por la Reconstitución.
01.09.2015.
Comité de
Redacción.
¡Defender el Pensamiento de
Mariátegui de Toda Tergiversación y Desarrollarlo en Función de la Realidad
Actual!
El Falso Marxismo-Leninismo de Jaime Lastra
(Segunda y Última Parte)
E. I.
STALIN DEFINIÓ el leninismo como el marxismo de la época del imperialismo y de la revolución proletaria, definición general de la que se desprende esta definición específica: “o más exactamente [el leninismo es] la teoría y la táctica de la revolución proletaria en general, la teoría y la táctica de la dictadura del proletariado en particular”, definición que solo se comprende y tiene legitimidad en el marco de aquella definición general.
El leninismo es una época en el desarrollo del marxismo. Stalin no dice esto explícitamente, pero con su definición del leninismo, lo da a entender sin margen a dudas. ¿Cómo podría ser que el leninismo, marxismo de nuestra época, no sea una época en el desarrollo del marxismo? El leninismo es, pues, el marxismo de nuestra época y, por lo tanto, no solo comprende el pensamiento de Lenin, sino también el de Stalin y el de Mao y, en una mirada prospectiva, puede decirse que podría comprender asimismo cualquier otro pensamiento marxista de valor universal que pueda surgir en nuestra época: la teoría de la continuación de la revolución bajo la dictadura del proletariado es una teoría abierta y los nuevos problemas relativos al paso al comunismo que surgirán necesariamente, hacen razonable la hipótesis de una nueva etapa en el desarrollo del marxismo de nuestra época.
Que el leninismo es el marxismo de nuestra época quiere decir que sus raíces históricas son el imperialismo y la revolución proletaria. Precisar esta cuestión es absolutamente indispensable y, dadas las circunstancias, completamente ineludible en el debate sobre el pensamiento de Mao. Por eso, un maoísta delirante pero informado como Abimael Guzmán, ensayó una solución al problema de las raíces históricas de este pensamiento. En la recopilación Guerra popular en el Perú. El pensamiento Gonzalo, t. II, pp. 313-314, se lee:
El maoísmo es la aplicación del marxismo-leninismo a los países atrasados, de la ofensiva estratégica de la revolución mundial y de la continuación de la revolución bajo la dictadura del proletariado.
Sin embargo, ocurre que “los países atrasados”, la revolución proletaria mundial –que Guzmán creyó que en los años ochenta estaba a la ofensiva estratégica– y la continuación de la revolución bajo la dictadura del proletariado, son realidades propias de la época del imperialismo y de la revolución proletaria. No representan, pues, una nueva época histórica; por lo tanto, Guzmán se equivocó. Dadas sus raíces históricas, el pensamiento de Mao es un desarrollo directo del marxismo de nuestra época, del leninismo, y, por ello, un desarrollo del marxismo-leninismo. En consecuencia, el término leninismo abarca el pensamiento de Mao y, debido a esta razón, en la denominación de la doctrina no tiene lugar el término maoísmo; darle un lugar en la denominación de la doctrina, es reducir el leninismo a simple etapa del marxismo y hacer lo mismo con el propio marxismo.
Por otro lado, levantar un marxismo a secas es renunciar al leninismo y, por consiguiente, abjurar del marxismo-leninismo, pues encierra la idea de que el leninismo es un fenómeno exclusivamente ruso. El fondo de esta idea es la negación de la potencia generatriz del marxismo para desarrollarse como verdad universal y, por lo tanto, la idea de que solo puede desarrollarse como verdad particular. Esta idea fue puesta de manifiesto por un seguidor de Ramón García al escribir que “Lenin es para Rusia y Mao para China”. En cuanto a lo segundo, tal idea se encuentra en la literatura del revisionismo chino, cuyos representantes niegan el valor universal del pensamiento de Mao al definir el mismo nada más como “la integración de los principios universales del marxismo-leninismo con la práctica concreta de la revolución china” («Resolución» de la VI Sesión Plenaria del XI Comité Central del PCCh, 27 de junio de 1981).
Como es de conocimiento común, el revisionismo jruschoviano-brezhneviano no renunció formalmente a la denominación de la doctrina como marxismo-leninismo. Pero defenestró a Stalin y prácticamente congeló a Lenin. De este modo su “marxismo-leninismo” solo le sirvió como diversivo, como tapadera, como engañabobos; así, los marxista-leninistas auténticos saben que el “marxismo-leninismo” jruschoviano-brezhneviano es revisionismo. Dada esta situación, es necesario señalar que, cuando es auténticamente asumido, el marxismo-leninismo da cuenta de la adhesión a la doctrina de Marx, Engels, Lenin, Stalin, Mao. Esto significa que esta denominación tiene un valor explicativo en relación a la denominación de la doctrina como marxismo-leninismo, pero, por cuanto este término representa el nombre políticamente exacto de la doctrina, la denominación de la misma según la nomenclatura de sus representantes no tiene una plena validez política independiente de su denominación como marxismo-leninismo.
Pues bien, como todos los que quieren saberlo lo saben, Lastra ha suplantado el marxismo-leninismo por el liberalismo (ver nuestro artículo “El trasfondo de un artículo de Carlos Moreno”). Por lo tanto, ¿cómo podría decirse que su marxismo-leninismo es auténtico?
En una Intervención en la Conferencia de Representantes de Partidos Comunistas y Obreros realizada en Moscú en noviembre de 1957, Mao señaló:
En realidad, hay diversos tipos de marxistas: marxistas en un 100 por ciento, marxistas en un noventa por ciento, marxistas en un 80 por ciento, marxistas en un 70 por ciento, marxistas en un sesenta por ciento, marxistas en un cincuenta por ciento, y algunos son marxistas sólo en un 10 ó 20 por ciento. (Obras escogidas, t. V, p. 562).
Puesto que desde hace tiempo Lastra se muestra partidario del liberalismo y es uno de sus introductores entre las clases trabajadoras, puede decirse que es marxista solo al 10 o 20 por ciento, pero únicamente si se considera de manera relajada el lenguaje que utiliza.
Si se mira bien, la exposición de Lastra sobre el marxismo-leninismo es descriptiva y no analítica, razón por la cual no ha sido capaz de revelar la esencia del problema en cuestión. Así, se limita a decir que tal organización plantea tal cosa, tal otra organización plantea tal otra cosa y que lo correcto es lo que él dice solo porque él lo dice: “… la desviación ultraizquierdista… [cambió] la formulación de marxismo-leninismo, pensamiento Mao-tsetung por marxismo-leninismo-maoísmo” (“El trabajo por la reconstitución de la vanguardia”, artículo publicado en la edición 35 de la espuria Creación Heroica, p. 5); “Las tendencias de oportunismo de derecha (sic) procedieron a desconocer la BUP queriendo reducirla a la sola mención (sic) de ‘marxismo’” (ibídem)(2); “consideramos que una formulación a la doctrina (sic) sería: adherir a la doctrina de Marx, Engels, Lenin, Stalin y Mao” (lugar citado, p. 6).
Comprobadamente, pues, Lastra se limita a describir y, encima, tiene el descaro de decirle al lector: “[nosotros] consideramos que…”, sin explicar absolutamente porqué considera lo que considera.
Es decir, también aquí Lastra juega a ser Dios: cree que basta su palabra, y que, puestos de hinojos, los lectores tienen que creer en ella.
Veamos una cuestión más. Ya hemos anotado que el nombre políticamente exacto de la doctrina proletaria es marxismo-leninismo, y que, en relación a este nombre, la denominación de la doctrina como la de “Marx, Engels, Lenin, Stalin, Mao”, tiene un valor explicativo. Pero sucede que, como hemos visto, Lastra autonomiza esta denominación al mismo tiempo que hace a un lado la denominación políticamente exacta de la doctrina.
Lastra dice:
El debate de (sic) una justa y correcta denominación de la doctrina continuará, pero evitando rupturas por formalismos, cuando en lo esencial se tiene unidad.(3)
Aquí Lastra muestra, una vez más, que suele repetir a su congénere García, quien, falseando los términos del correcto planteamiento del problema de la denominación de la doctrina, muy suelto de huesos llegó a esgrimir este sofisma:
la discusión hasta bizantina acerca de si la doctrina se denomina Marxismo-leninismo o Marxismo–leninismo-maoísmo. Así, la posición respecto al marxismo se entiende como la lucha por un guion más o un guion menos” (“El partido de Mariátegui”, artículo publicado en la red).
Esta necedad fue desmontada hace mucho por nosotros (ver nuestro artículo “Acerca de algunos sofismas”, publicado en CREACIÓN HEROICA.
Es claro, pues, que, quienes postulan un pretendido “marxismo-leninismo-maoísmo”, lo que hacen es negar el leninismo como el marxismo de nuestra época; y quienes reducen la denominación de la doctrina al solo término marxismo, lo que hacen es negar la potencia intrínseca del marxismo de desarrollarse como verdad universal. Y, obviamente, ambas posiciones no son precisamente marxismo.
No obstante, Lastra cree que el problema de la denominación de la doctrina es nada más que un “formalismo” y, además, que este “formalismo” no impide la “unidad” (partidaria, se sobreentiende, pues aquí se trata de la doctrina), porque, según agrega, “en lo esencial se tiene unidad”. Así, pues, se impone esta pregunta: ¿qué es, en la frase citada, “lo esencial”? Lastra no dice absolutamente nada acerca de esto. Por eso, hay que subrayar: el conjunto que hacen las diferentes denominaciones de la doctrina, encierra precisamente estas cuestiones esenciales: 1) potencia intrínseca del marxismo de desarrollarse como verdad universal; 2) el leninismo es una época en el desarrollo del marxismo; 3) el pensamiento de Mao tiene las mismas raíces históricas que el leninismo; 4) basta el término leninismo para dar cuenta del marxismo de nuestra época. En consecuencia, las discrepancias en torno a la denominación de la doctrina no son ni pueden ser un simple “formalismo”, sino una cuestión teórica de primera importancia. Entonces, ¿cómo hablar de unidad partidaria, como hace Lastra, con quienes niegan las esenciales cuestiones propias del marxismo-leninismo que acabamos de reseñar? ¿Cómo puede decirse que “en lo esencial se tiene unidad” con los negadores del marxismo-leninismo? ¿Cómo? Es evidente, pues, que, hasta cuando trata de una cuestión tan básica en la construcción del Partido, tan determinante en la lucha por la Reconstitución, como precisamente es la cuestión de la doctrina marxista-leninista, Lastra no puede sofrenar su liberalismo, es decir, su proclividad a la conciliación, a la metafísica, a la adulación, a la amalgama. De esta forma promueve la unidad partidaria de los marxista-leninistas con sus adversarios (revisionistas de “izquierda” a lo Guzmán y revisionistas liquidadores del grupo de García). Por consiguiente, cualquiera que mantenga su sano juicio marxista, no puede dejar de ver que, con aquello de que “en lo esencial se tiene unidad” con los negadores del marxismo-leninismo, Lastra promueve, solapadamente, un partido doctrinariamente heterogéneo. Así revela su oposición a la Reconstitución, que, como bien se sabe, tiene como base ideológica el marxismo-leninismo, doctrina que no admite en absoluto la negación del leninismo como el marxismo de nuestra época.(3)
Por otro lado, hay que anotar que en los textos “El trabajo por la reconstitución de la vanguardia”, “¿Reafirmación o reformulación de la base de unidad partidaria?” y “Debate sobre marxismo-leninismo-maoísmo (Parte 1)” (pésimamente escritos, dicho sea de paso), hay un verdadero cúmulo de equívocos, incoherencias, ambigüedades, absurdos y hasta frases ininteligibles, como por ejemplo la que sigue: “unidad ideológica doctrinalmente homogénea” (“El trabajo por la reconstitución…”, p. 5).
Así, pues, lo anotado hasta aquí basta para mostrar que el artículo de Lastra sobre la verdad universal no es ninguna contribución a la reconstitución del partido de Mariátegui, sino, por lo contrario, una argumentación que abona la propuesta de un partido doctrinariamente heterogéneo.
Así las cosas, si llegara el momento de la amalgama Lastra se vería en un verdadero aprieto para expresar en una formulación única la “unidad” de todos los amalgamados: los que niegan el marxismo-leninismo con aquello de las “tres etapas” del marxismo, los que lo niegan con aquello del marxismo a secas y los que levantan de la boca para afuera el marxismo-leninismo.
Como vemos, si el “marxismo-leninismo-maoísmo” de Lastra fue falso, ahora su “marxismo-leninismo” también es falso, pues el liberalismo sigue siendo el patrón que guía toda su divagación “teórica” y todo su practicismo (que no es lo mismo que práctica). No darse cuenta de esta realidad, es incapacidad; y tratar de encubrirla con un poco de fraseología, es servilismo.
Es preciso subrayarlo: con los textos producidos en el COMITÉ DE RECONSTITUCIÓN JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI, la lucha por la Reconstitución cuenta con una teoría desarrollada sobre la verdad universal del proletariado y el problema de su denominación.
Notas
[2] Lastra tergiversa la realidad,
pues esta da cuenta de que no son varias tendencias las que sostienen un marxismo a secas (“Las tendencias de
oportunismo de derecha”), sino únicamente el grupo
encabezado por Ramón García.
[3] Sin embargo, es
posible colegir que la famosa “esencia” sea la idea según la cual entre la
posición de Lastra y las posiciones del revisionismo de “izquierda” de Abimael
Guzmán y del liquidacionismo de derecha García sobre la verdad universal, no
debe dar lugar a ninguna “ruptura”, pues
entre las tres posiciones hay “unidad”: si, según Lastra, hay que “evitar
rupturas” con respecto a tales posiciones, es decir que hay que evitar romper
con el revisionismo de “izquierda” y el liquidacionismo de derecha, es porque
Lastra se siente en una situación de unidad ideológica con los negadores del
marxismo-leninismo y, precisamente por esto, es que quiere evitar una “ruptura”
con los mismos. ¡Esta es la “esencia” de la que habla nuestro confusionista
liquidador!
[4] No obstante, en el artículo “El trabajo por la reconstitución…”, Lastra se llena la boca hablando de la base de unidad partidaria: “adherir a la BUP, hoy en proceso de reformulación”; “sobre esta reformulación habrá que ir precisando y aterrizando mediante la coordinación y cooperación ante los requerimientos de las masas en resistencia y lucha contra la clase dominante”. Esta última afirmación es confusa, imprecisa, ambigua, y hay que preguntarse qué habrá querido decir Lastra realmente. ¿Cree nuestro liquidador que la “reformulación” (concepto no explicado exactamente en su artículo) de la base de unidad depende de “los requerimientos de las masas”? En lo que concierne al aspecto ideológico de la base de unidad, hay que subrayar que ninguna “coordinación” y ninguna “cooperación” es posible con los negadores del marxismo-leninismo para lo que Lastra llama “reformulación” de dicha base. Cuando Stalin escribió Los Fundamentos del Leninismo y Cuestiones del leninismo, no “coordinó” ni “cooperó” con los oportunistas; lo que hizo fue desplegar la lucha teórica contra ellos, y lo que resultó fue la fundamentación, insuperada, del leninismo como el marxismo de nuestra época. La pretendida “reformulación” de la base de unidad no depende, en su aspecto ideológico, de “los requerimientos de las masas”. No decir las cosas claramente sobre esta cuestión, da lugar, pues, a que se pueda pensar que Lastra cree que la adopción del marxismo-leninismo por el Partido depende de tales “requerimientos” y de tal “coordinación” y tal “cooperación”, cuando todo marxista sabe perfectamente que aquella adopción no es ni puede ser más que un resultado de la actividad consciente de la vanguardia. “Los requerimientos de las masas” deben ser tenidas en cuenta para la elaboración de las reivindicaciones inmediatas. En todo caso, la apelación de Lastra a “las masas en resistencia y lucha contra la clase dominante”, es una clara expresión de que las luchas masivas le sirven para disimular su insolvencia teórica y dejar en la sombra su posición oportunista en relación al marxismo-leninismo y, por lo tanto, a la Reconstitución.
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