domingo, 1 de mayo de 2016

Política

Nota:

Con algunas precisiones, solicitadas por algunos compañeros, republicamos el artículo sobre el frente unido de la izquierda peruana de nuestro compañero Eduardo Ibarra.

08.05.2016

El Frente Unido de la Izquierda Peruana


Eduardo Ibarra


¿Es necesario el frente unido de la izquierda peruana, en el sentido más amplio de este término? ¿Es posible este frente?

        No puede darse respuesta a estos interrogantes sin tener en cuenta algunos antecedentes.

        En el artículo La unidad de la izquierda y el pensamiento de Mariátegui, publicado en la revista Marka el 29 de agosto de 1979, Ricardo Luna Vegas escribió lo siguiente: “… todas las organizaciones políticas pertenecientes a la izquierda peruana reconocen la autoridad ideológica, política y moral de José Carlos Mariátegui”. “Los problemas económico-sociales del Perú de 1979-80 son, sin duda, de una magnitud mucho mayor que los del Perú de 1923-30, en que le tocó actuar a Mariátegui. Pero la esencia de esos problemas y de sus soluciones sigue siendo la misma. Por tanto es conveniente que los dirigentes de todas las agrupaciones políticas de la izquierda marxista busquen orientación en el pensamiento de Mariátegui y, en particular, en el volumen 13 de sus Obras Completas, titulado Ideología y Política. En especial deberían detenerse a reflexionar sobre su artículo de 1924, titulo ‘El 1 de Mayo y el Frente Unico’”. “Y, en el mismo volumen, deberían examinar también el esquema del Programa del Partido Socialista del Perú redactado por Mariátegui, que contiene valiosas ideas, muchas de ellas aún vigentes, tanto en su parte doctrinaria como en la sección en que se enumeran las ‘reivindicaciones inmediatas’” (1).

Por su parte, en el documento ¡Desarrollemos la creciente protesta popular!, setiembre 1979, Abimael Guzmán sostuvo que  “el frente único es para la lucha armada y ésta es el crisol en que se forjan y desarrollan el frente único y el Partido” (Guerra Popular en el Perú. El pensamiento Gonzalo, recopilación y edición de Arce Borja, Bruselas, 1989, t.I, p.136).  

Es decir, mientras Luna Vegas promovía, según se deduce del contexto de la situación, un frente para la lucha electoral, Guzmán promovía otro para la lucha armada.

De esa forma se plantearon dos estrategias: una, que tenía la pretensión de acumular fuerzas para ser gobierno; otra, que tenía el propósito de tomar el poder, pero sin llevar la lucha de clases, en el curso de la acumulación de fuerzas en la lucha electoral, hasta el  “punto de ebullición”.

Así, un sector de la izquierda expresó su reformismo, y el otro su revolucionarismo a ultranza.

De esa forma la izquierda acentuó su fractura.

Ahora es historia la implosión de Izquierda Unida, así como la derrota del PCP-SL

Y si las organizaciones que fueron parte de Izquierda Unida le deben al pueblo peruano una autocrítica, el PCP-SL le debe otra autocrítica.

Ahora que las aguas han vuelto a su nivel, y que todas las fuerzas de izquierda, sin excepción, dicen reconocer a Mariátegui como su fuente teórica, y que, asimismo, reconocen que la lucha electoral es una forma de acumular fuerzas, hay que tomarles la palabra, y, por lo tanto, es necesario puntualizar algunas cuestiones.

Mariátegui señaló: "Como socialistas, podemos colaborar dentro del Apra o alianza o frente único, con elementos más o menos reformistas o socialdemocráticos -sin olvidar la vaguedad que estas designaciones tienen en nuestra América- con la izquierda burguesa y liberal, dispuesta de verdad a la lucha contra los rezagos de feudalidad y contra la penetración imperialista".

De esta cita es menester destacar dos cosas: 1) colaborar, dentro del frente, con elementos reformistas y socialdemocráticos y con la izquierda burguesa y liberal; 2) lucha contra los rezagos de feudalidad y contra el imperialismo.

En un país como el Perú, el frente unido es el problema de la relación del proletariado con la burguesía media (la izquierda burguesa y liberal), o, para decirlo en otros términos, la relación del socialismo con las tareas democráticas.

Al mismo tiempo, es la relación entre el proletariado revolucionario y la pequeña burguesía reformista (elementos socialdemocráticos).

Por lo tanto, en su proceso de construcción, el Frente Unido del Pueblo Peruano puede incluir elementos reformistas y de la “izquierda burguesa y liberal”, pero, claro está, a condición de que estén dispuestos de verdad a la lucha contra la opresión imperialista, el capitalismo burocrático y el gamonalismo supérstite.

Lo mismo vale para un posible frente de la izquierda: los elementos reformistas pueden ser parte del mismo, pero, desde luego, a condición de que acepten un programa que comprenda la lucha contra las mencionadas tres montañas que pesan sobre el pueblo peruano.

En los últimos tiempos, los hechos han confirmado la fractura de la izquierda: el Frente Amplio se constituyó sin que sus promotores se propusieran la unidad de toda la izquierda, y un sector de la izquierda ortodoxa (de alguna manera hay que llamarla) tiene constituido desde hace algún tiempo un frente escasamente representativo.

¿Cuál es, hoy por hoy, la realidad que tenemos delante?

En primer lugar, la dispersión ideológica y política de nuestro pueblo (hegemonía de la burguesía); en segundo lugar, la necesidad de construir el Frente Unido del Pueblo Peruano con un programa inspirado en el programa de Mariátegui (lucha por la hegemonía del proletariado); en tercer lugar, una izquierda fracturada, tal como se ha visto.

En el proceso de construcción del Frente Unido del Pueblo Peruano, ¿tiene la izquierda un papel especial que jugar?

Bien podría la izquierda constituir un frente que establezca un programa como el sugerido, y convertirse así en la base de la construcción del Frente del Pueblo Peruano.

Bien podría, si el Frente Amplio se esforzara por no seguir siendo poco amplio, y el frente de cierto sector de la izquierda ortodoxa se esforzara por dejar a un lado su aislacionismo.

El Frente Unido del Pueblo Peruano es para la revolución, y no para ningún fin reformista.

Por lo tanto, el frente de la izquierda tiene que tener el mismo objetivo.

Por eso, llamar a la unidad de la izquierda en nombre de la lucha contra el neoliberalismo, es recortar el objetivo del frente.

La lucha contra el neoliberalismo es, obviamente, un aspecto de la lucha del pueblo peruano y, por lo tanto, es también un aspecto de la lucha de la izquierda, pero no puede ser el objetivo fundamental en ninguno de los dos casos. 

La experiencia venezolana y otras experiencias han demostrado ya los límites de “la lucha contra el neoliberalismo”.

A propósito, es pertinente la siguiente cita de Mariátegui: “Sin prescindir del empleo de ningún elemento de agitación anti-imperialista, ni de ningún medio de agitación de los sectores sociales que eventualmente pueden concurrir a esta lucha, nuestra misión es explicar y demostrar a las masas que sólo la revolución socialista opondrá al avance del imperialismo una valla definitiva y verdadera” (Punto de vista anti-imperialista, en Ideología y política, p.91).

Por otro lado, llamar a la unidad de la izquierda sin establecer programáticamente la lucha por el poder, es promover la unidad por la unidad, y, de hecho, el seguidismo respecto al programa reformista del Frente Amplio.

Pues bien, para terminar, dejamos en negro sobre blanco que sería necesario construir un frente de la izquierda en el sentido general del término, pero sobre la base de un programa que comprenda, entre otras cosas, la liquidación de la opresión imperialista y la explotación del capitalismo burocrático y del gamonalismo supérstite.

Pero, naturalmente, surgen estas preguntas: ¿será posible ese frente ahora? ¿Es posible, ahora, un frente de la izquierda que impulse el Frente Unido del Pueblo Peruano, y que, así, se convierta en su base y su centro?

Puede decirse que el frente de la izquierda peruana es una necesidad, pero no puede decirse con igual certidumbre que actualmente sea posible.

El sectarismo, el aislacionismo, el “frente sectario”, son productos de la histórica fractura de la izquierda peruana.

Son el producto del mal manejo de la dialéctica en el seno del pueblo: una cosa son las legítimas luchas ideológicas en el marco del proletariado, y otra cosa es la necesidad de la unidad del pueblo peruano en la lucha común contra el enemigo común; aquellas luchas no tienen por qué impedir esta unidad; y, esta unidad, no tiene por qué impedir la independencia de cada integrante del frente y, por lo tanto, la legítima lucha de ideas en su interior.

 El sectarismo, el aislacionismo, el “frente sectario”, son males que solo pueden ser superados a condición de que todas las fuerzas y todas las corrientes pongan el objetivo general de la revolución por encima de cualquier interés particular.

Por lo tanto, en consecuencia, ergo, hay que seguir rebanando el pan.

Notas
[1] Luna Vegas habla de la izquierda marxista, concepto que aplica con una generalidad que no compartimos. En el artículo La creación heroica de Mariátegui y el liquidacionismo de derecha, hemos criticado dicha generalización, pues comporta la idea de que las corrientes oportunistas y revisionistas son distintas escuelas del marxismo. Por otro lado, es menester reconocer que, en su citado artículo, Luna Vegas planteó una idea pionera en relación a la vigencia de Mariátegui y su programa como cuestión básica para el frente unido de la izquierda peruana, cuestión actualmente válida no solo para un sector de la misma, sino para todas sus corrientes en general.   

¡Viva la Unidad Revolucionaria del Pueblo Peruano!
¡Retomar y Actualizar el Programa de Mariátegui!
¡Continuar el Camino de Mariátegui!


11.03.2016.





¡Defender el Pensamiento de Mariátegui de toda tergiversación y desarrollarlo en función de la realidad actual!


La Creación Heroica de Mariátegui y el Liquidacionismo de Derecha

(Sexta Parte)


Eduardo Ibarra

LA CONTRADICCIÓN ENTRE EL MARXISMO y el revisionismo es antagónica.

Por eso Lenin señaló: “… cuando el marxismo hubo desplazado a todas las doctrinas más o menos completas hostiles a él, las tendencias que se albergaban en estas doctrinas comenzaron a buscar otros caminos. Cambiaron las formas y los motivos de lucha, pero la lucha continuó. Y el segundo medio siglo de existencia del marxismo (década del 90 del siglo pasado) comenzó con la lucha de la corriente hostil al marxismo, en el seno de éste”. “Esta corriente debe su nombre al ex marxista ortodoxo Bernstein, que es quien más ruido hizo y quien dio la expresión más completa a las enmiendas hechas a Marx, la revisión de Marx, al revisionismo” (Marxismo y revisionismo, ibídem, pp.112-113).

La lucha del marxismo contra el revisionismo es la continuación de la lucha de Marx y Engels contra el oportunismo en el siglo XIX.

En efecto, desde la década de 1840, los fundadores desarrollaron una consecuente lucha contra diversas corrientes de pensamiento adversas al marxismo: jóvenes hegelianos, economistas vulgares, proudhonianos, blanquistas, bakuninistas, lassalleanos, positivistas (Dühring), socialdemócratas de derecha alemanes, posibilistas franceses, fabianos ingleses.

Acerca de esas luchas, Lenin observó: “… lo que nos interesa… no es la apreciación desde el punto de vista histórico de la justeza o exageración de los ataques de Marx contra determinados socialistas, sino la opinión que tenía Marx desde el punto de vista de los principios acerca de determinadas corrientes del socialismo en general” (ibídem, p.71; cursivas en el original; elipsis nuestras).

Desde el punto de vista de los principios significa que Marx y Engels defendieron la pureza del marxismo frente a concepciones contrarias, y, desde luego, sin que les preocupara en absoluto ser calificados de doctrinarios.

Lenin señaló que “el leitmotiv de [las luchas contra las diversas corrientes del socialismo en general] es una advertencia contra el ‘ala derecha’ del partido obrero, es una guerra implacable (a veces, como la de Marx en los años 1877-1879, una guerra furiosa) contra el oportunismo en las filas de la socialdemocracia” (ibídem, p.70).

Y, nadie puede tener la menor duda de que tales luchas impulsaron el desarrollo de la teoría marxista.

Como es de conocimiento general, la lucha de Marx y Engels contra el oportunismo fue continuada en nuestra época por Lenin, Mao y otros teóricos marxistas (Mariátegui entre ellos).

Pues bien, Lenin señaló: “La época imperialista no tolera la coexistencia en un mismo partido de los elementos de vanguardia del proletariado revolucionario y la aristocracia semipequeñoburguesa de la clase obrera… La vieja teoría de que el oportunismo es un ‘matiz legítimo’ dentro de un partido único y ajeno a los ‘extremismos’ se ha convertido hoy día en el engaño más grande de la clase obrera, en el mayor obstáculo para el movimiento obrero. El oportunismo franco, que provoca la repulsa inmediata de la clase obrera, no es tan peligroso ni perjudicial como esta teoría del justo medio, que exculpa con palabras marxistas la práctica del oportunismo, que trata de demostrar con una serie de sofismas la inoportunidad de las acciones revolucionarias, etc. Kautsky, el representante más destacado de esta teoría y al mismo tiempo el prestigio más autorizado de la II Internacional, se ha revelado como un hipócrita de primer orden y como un virtuoso en el arte de prostituir el marxismo” (La bancarrota de la II Internacional, ibídem, p.275).

Acerca de esa “teoría” de Kautsky de la conciliación con el revisionismo, Lenin puntualizó: “Ahora toda la cuestión consiste en decidir si, como hacen Kautsky y Cía., hay que intentar introducir nuevamente ese pus en el organismo, en aras de la ‘unificación’ (con el pus), o si para contribuir a la completa curación del organismo del movimiento obrero, es menester eliminar esa podre del modo más rápido y cuidadoso, aunque este proceso produzca temporalmente dolor” (ibídem, p.285).

Por eso llegó a la conclusión de que “Es absurdo seguir considerando el oportunismo como un fenómeno interior de Partido (ibídem, p.287); y que “… en principio debemos exigir ineludiblemente la plena ruptura con el oportunismo” (ibídem, p.281).

Lenin desenmascaró la treta de Kautsky: “Observemos de paso que llamando socialistas a los no bolcheviques de Rusia, es decir, a los mencheviques y eseristas, Kautsky se guía por su denominación, es decir, por la palabra, y no por el lugar que efectivamente ocupan en la lucha del proletariado contra la burguesía. ¡Magnífico modo de concebir y aplicar el marxismo!” (36).

Ese magnífico modo de concebir y aplicar el marxismo, es copiado por García, quien, como se sabe, le extiende certificado de socialista a los distintos matices del oportunismo y del revisionismo actuantes en nuestro medio. Es decir, la treta de García es la treta de Kautsky.

Precisamente, con base en esa treta, desde hace tres décadas, más o menos, nuestro liquidador promueve la “teoría” kautskiana de la convivencia de marxismo y oportunismo (37).

Así, pues, en este caso también, García repite servilmente al renegado Kautsky.

        Por lo tanto, todo lo que hacen los demás liquidadores es repetir a Kautsky, vía García.

El trasfondo de la posición de García copiada de Kautsky, es la negación del antagonismo entre el marxismo y el revisionismo.

Esa negación se expresa en el hecho de que para nuestro liquidador los diversos matices de oportunismo y de revisionismo no son nada más que diferentes “escuelas del marxismo”. Con este mísero argumento pretende sentar una base ideológica para su partido-amalgama.

Así, pues, en el Perú de hoy, el revisionismo continúa su lucha contra el marxismo, y, en síntesis, se presenta como la abjuración del marxismo-leninismo; la negación de la filiación marxista-leninista de Mariátegui y el PSP; la reformista teoría del camino municipal al socialismo; la tentativa de liquidar el partido de clase.

Ahora bien, si alguien tuviera alguna dificultad para entender las razones teóricas expuestas, puede entender, en cambio, seguramente, el significado del intento del grupo de García de fusionarse con el PCP-Unidad.

El PCP-Unidad es un partido que ha heredado la vieja tradición revisionista de diversos Comités Centrales posteriores a abril de 1930, y que, tempranamente, tomó partido por el revisionismo contemporáneo, con las conocidas consecuencias políticas que ello trajo aparejado.

Y, como es de conocimiento general, el PCP-Unidad no se ha autocriticado en absoluto de su consuetudinario revisionismo y de su frecuente política de conciliación de clases.

No se ha autocriticado en la teoría ni se ha rectificado en la práctica.

Precisamente con ese partido el grupo de García intentó fusionarse y guarda todavía la esperanza de fusionarse.

¡Los liquidadores anhelan fusionarse con el partido representante tradicional del revisionismo peruano! Es decir, ¡aspiran a fusionarse con un partido que es heredero ideológico del “PCP fundado el 20 de mayo de 1930”! (38).

Pero, desde luego, no debe extrañar que el grupo liquidacionista quiera fusionarse con el PCP-Unidad (así como con otras corrientes  revisionistas), pues, como se ha visto, sus integrantes han renegado de la lucha contra el revisionismo contemporáneo y levantan posiciones revisionistas supuestamente nuevas.

De manera que el intento de fusión que comentamos no sería otra cosa que la fusión de dos matices de revisionismo.

Y, revisionismo más revisionismo, igual revisionismo (39).

Engels señaló: “… ya el viejo Hegel decía que un partido demuestra su triunfo aceptando y resistiendo la escisión. El movimiento proletario pasa necesariamente por diversas fases de desarrollo, y en cada una de ellas se atasca parte de la gente, que ya no sigue adelante. Esa es la única razón de que en la práctica la ‘solidaridad del proletariado’ se lleve a cabo en todas partes por diferentes grupos de partido que luchan entre sí a vida o muerte, como las sectas cristianas del Imperio romano en la época de las peores persecuciones” (carta a Augusto Bebel del 20 de junio de 1873, en OE en tres tomos, t.II, p.458).

Por su parte, Mariátegui señaló: “Los elementos que trabajamos por el socialismo, con los obreros y campesinos, daremos vida a nuestro Partido Socialista. Los que con un programa nacionalista revolucionario quieran organizar a la pequeña burguesía, son muy libres de hacerlo. Si su partido, hipotético por el momento llega a ser una organización de masas, no tendremos inconveniente en colaborar eventualmente con él con objetivos bien definidos. Los términos del debate quedan así bien esclarecidos y todo reproche por divisionismo completamente excluido. No hay por nuestra parte divisionismo sino clarificación. Queremos que se constituyan fuerzas homogéneas; queremos evitar el equívoco; queremos salir del confusionismo. ¿Puede haber doctrinal y teóricamente un propósito más neto y más oportuno? Lo dudo” (carta a Mario Nerval del 28 de junio de 1929, Correspondencia, t.II, p. 597. Cursivas mías).

 Es decir, tanto el dialéctico Engels como el dialéctico Mariátegui comprendían perfectamente que la solidaridad revolucionaria del proletariado solo es posible a través de la lucha ideológica en su seno.

Sin embargo, García, oculto tras el seudónimo de Eusebio Leyva, escribió: esas auténticas taras que durante décadas (especialmente en los 70) estragaron como un cáncer el movimiento socialista y popular”.Esta práctica, revivida en la segunda década del Siglo XXI, es retrógrada, patéticamente contra la marcha del progreso y de la Historia” (40).

Pero seamos objetivos.

Ya arriba hemos reseñado sucintamente la lucha de Marx y Engels contra las diversas corrientes del oportunismo durante el siglo XIX, lucha que permitió mantener la pureza del marxismo. Ahora señalemos, sucintamente también, que Lenin llevó adelante una consecuente lucha contra diversas corrientes revisionistas (economismo, menchevismo, liquidacionismo, socialchovinismo), luchas acerca de las cuales él mismo señaló que habían permitido al bolchevismo crecer, fortalecerse y templarse.

Y si la lucha de Marx y Engels determinó que en la década del noventa del siglo XIX el marxismo triunfara sobre las otras ideologías existentes en el movimiento obrero, en nuestra época la lucha de Lenin determinó el triunfo del marxismo sobre el revisionismo de la Segunda Internacional y, específicamente, sobre sus variantes rusas, lo cual, como es evidente, permitió llevar la Revolución Rusa hasta la victoria, así como, después, la lucha de Mao contra las variantes chinas del revisionismo permitió el triunfo de la Revolución China.

En el Perú, desde los años 1920 hasta fines de los años 1960, el marxismo peruano empeñó la lucha contra diversas tendencias oportunistas y revisionistas: el anarcosindicalismo; el oportunismo pequeño burgués del aprismo naciente; el revisionismo de Luciano Castillo; el oportunismo de izquierda, primero, y de derecha, después, de Ravines; el revisionismo browderista; el revisionismo jruschoviano; los remanentes del revisionismo de Sotomayor; el oportunismo de derecha disfrazado de “izquierda”; el liquidacionismo de derecha.

En los años setenta tuvo lugar la lucha contra el liquidacionismo de “izquierda” de García, entre otras luchas.

Desde luego, en esta última década hubo algunas escisiones que fueron el resultado de un mal manejo de la contradicción y aun del apetito de algún caudillo de pacotilla (cosas que incluso se han repetido posteriormente), pero nada de esto impide ni puede impedir reconocer el contenido ideológico de las diversas luchas que finalmente han clarificado la situación, y que, por lo tanto, han demarcado debidamente las diversas fuerzas.

Ahora mismo, la lucha contra el liquidacionismo de derecha de García es una necesidad absoluta de la lucha ideológica del proletariado consciente, y su desarrollo ha permitido esclarecer la vigencia del marxismo-leninismo, el carácter doctrinariamente homogéneo, de clase, del PSP y la filiación marxista-leninista de Mariátegui, entre otras cuestiones de fundamental importancia.

Sin embargo, según la óptica kautskiana de García, toda la lucha de Marx y Engels contra las diversas corrientes del socialismo en general, y particularmente toda la lucha de Lenin, Mao, Mariátegui y otros teóricos marxistas contra el revisionismo, ha sido una “práctica retrógrada” (41).

Pues bien, la dialéctica le permitirá a cualquier marxista comprender que las luchas mencionadas arriba tuvieron su fuente en objetivas contradicciones sociales (42).

Esa es la visión marxista de las luchas ideológicas ocurridas en el seno del pueblo peruano, y, por lo tanto, a esta visión tiene que atenerse quienquiera que desee estudiar seriamente la historia de tales luchas ideológicas y comprenderlas cabalmente.

En cambio, como se ha visto, García quiere vender la idea de que tales luchas han sido provocadas, en todos los casos, por el perverso ánimo divisionista de los individuos, y no por legítimas discrepancias.

Esa opinión idealista, metafísica, superficial, confusionista, no es inocente en modo alguno. Con ella nuestro liquidador busca deslegitimar la más que centenaria lucha del marxismo contra el oportunismo y el revisionismo, y, específicamente, la lucha del marxismo peruano contra tales desviaciones (desde los tiempos de Mariátegui a hoy), y de esta forma oscurantista justificar su plan de un partido doctrinariamente variopinto.

Tanto durante el tiempo en el que el marxismo ruso no pasó de ser una corriente ideológica (1883—1894), como cuando se convirtió en una organización vinculada al movimiento obrero de masas (a partir del último año nombrado), no cesó un solo instante la lucha contra las diversas corrientes revisionistas, lucha que no impidió la unidad revolucionaria del pueblo ruso en la lucha común contra el enemigo común, sino que, por el contrario, la hizo posible y la hizo realidad.

Mariátegui desarrolló firme lucha contra diversas corrientes oportunistas y revisionistas desde su regreso al Perú en abril de 1923 hasta su muerte, y esta lucha permitió la constitución del PSP, la fundación de la CGTP y de la Federación de Yanaconas del Perú, es decir, la hegemonía del proletariado consciente en el movimiento de masas.

Lo precisado se explica porque la lucha del marxismo contra el oportunismo y el revisionismo es una cosa, y la lucha común contra el enemigo común es otra cosa; porque, por lo tanto, la primera lucha no tiene por qué impedir la segunda; porque, finalmente, solo por medio de aquella lucha el proletario consciente puede lograr una lucha común contra el enemigo común sin la limitación que le impondría una hegemonía del reformismo.

En el seno del pueblo hay muchas corrientes ideológicas y, esto, es completamente natural. Por lo tanto, la unidad revolucionaria del pueblo es la unidad de dispares en la lucha común contra el enemigo común.

En conclusión, las luchas en el seno del pueblo no impiden ni tienen por qué impedir su unidad en la lucha común contra el enemigo común cuando la dirección revolucionaria tiene la capacidad de lograrla a pesar de las fisuras internas.

Como se ha visto, esa es la lección de la experiencia bolchevique, del PSP y de otras experiencias.

Pero la superficialidad pretende que, después de 1930, el pueblo peruano no ha alcanzado la necesaria unidad ¡por las luchas ideológicas en su seno! ¡Pretende que “durante décadas”, y “especialmente en los 70”, esas luchas impidieron la unidad del pueblo y del Socialismo Peruano! ¡Pretende que “Esta práctica, revivida en la segunda década del Siglo XXI, es retrógrada”!

Durante décadas, dice García, es decir, desde los años 1920. Especialmente en los 70, dice también, es decir, en los tiempos de la lucha contra el liquidacionismo de derecha de Saturnino Paredes y el liquidacionismo de “izquierda” del propio García (entre otras luchas, obviamente). Esta práctica, revivida en la segunda década del siglo XXI, dice finalmente, es decir, en estos tiempos en que él mismo, García, ha falsificado cuestiones fundamentales dirimentes del pensamiento de Mariátegui y está empeñado en liquidar el partido de clase.

Es decir, nuestro liquidador pretende tener patente de corso para renegar el marxismo-leninismo, falsificar a Mariátegui, promover el reformista camino municipal al socialismo y liquidar el partido de clase, y para, ante nuestra lucha contra semejantes posiciones, ponerse a gritar: ¡esa lucha es una práctica retrógrada que va contra el progreso y la Historia!

Para el liquidacionismo, pues, marchar a favor de la Historia es negar el materialismo y asumir el idealismo; es abjurar de la dialéctica y adherirse a la metafísica; es falsificar los hechos históricos y difundir un triste cuento.

Así, pues, tenemos al idealista García contra el materialista Lenin; al metafísico García contra el dialéctico Mariátegui; al falsario García contra los veraces Lenin, Mariátegui, etcétera.

El lloriqueo de García por las clarificadoras y demarcadoras luchas ideológicas en el seno del proletariado, es una expresión de su talante pequeño burgués, de su concepción oportunista, de su inveterada costumbre de tergiversar los hechos para llevar agua a su molino.

La negación de la realidad del revisionismo; la falsificación de las luchas del marxismo contra el oportunismo y el revisionismo; el intento de liquidar el partido de clase; son algunas de las consecuencias de la abjuración del marxismo-leninismo que caracteriza a García (43).

Pero, por eso mismo, tales cuestiones constituyen una ruptura fundamental respecto a la Creación Heroica de Mariátegui.

Notas
[36] La revolución proletaria y el renegado Kautsky, ibídem, p.392. Y más adelante agregó el jefe de la revolución rusa“… Kautsky no podía haber dado mejor prueba acreditativa  de su caída política. ¡Kerensky era también ‘socialista’, camaradas obreros, sólo que ‘de un matiz distinto’!” (ibídem, p.478). Por lo demás, no se debe olvidar que Ebert, Scheidemann y Noske, responsables de los asesinatos de Carlos Liebknecht y Rosa Luxemburgo, ¡también eran “socialistas”! 
[37] Por cuanto en la lucha entre el marxismo y el revisionismo, se configura, por lo general, una posición ecléctica, conciliadora, centrista, es pertinente citar las siguientes afirmaciones de Lenin respecto a esto: “Liebknecht –se queja Engels– es un conciliador y trata siempre de encubrir con frases las divergencias” (Ibídem, p.74) “En el fuego de la lucha revolucionaria, los hombres que se dedican a conciliar lo inconciliable no serán mas que pompas de jabón”. En nuestro medio hay no pocos casos de eclecticismo y conciliacionismo respecto al revisionismo, pero aquí podemos mencionar uno que conocemos muy bien: el caso de Jaime Lastra, quien, como se sabe, se pasó casi una década poniéndole el hombre al plan de García de liquidar el partido de clase, y que, desenmascarado, actualmente muestra su debilidad ideológica respecto a un grupo salido del PCP-Unidad, grupo que, como se sabe también, no ha abandonado las posiciones del revisionismo. El mencionado conciliador, como todo el resto de conciliadores, no pasa, en su discurso, de encubrir con frases las divergencias con el revisionismo. Léase la prueba de nuestro aserto: “Reconocerse ser parte de una tendencia, grupo, partido o secta no es que sea negativo por el solo hecho del significado de esas palabras. Lo valorativo está en la praxis política del integrante y de su colectividad, que puede ser positiva o negativa. Por ejemplo, no es MALO ser ‘marxista’, ‘marxista-leninista’, ‘marxista-leninista-maoísta’; tampoco lo es ser ‘guevarista’, ‘mariateguista’, ‘trotskista’, ‘fidelista’, etc. Lo positivo y negativo de cada colectividad se verá en su praxis política. Los antecedentes son solo una referencia a tener en cuenta. Con toda la importancia y consecuencias que esos antecedentes puedan significar, lo decisivo es el comportamiento actual y las perspectivas de esas tendencias, grupos, partidos y sectas políticas” (artículo fechado el 10 de octubre de 2011 y publicado en el blog Camino Socialista; mayúsculas en el original). El lector puede comparar esta cita con la posición neta y la lucha firme de Marx, Engels, Lenin, Mariátegui y otros marxistas contra el oportunismo, y comprobar por sí mismo que Lastra se ha convertido en una verdadera pompa de jabón que algunos oportunistas utilizan para sus propios fines. Para un análisis más detallado del conciliacionismo de Lastra, puede consultarse nuestro artículo La Reconstitución y la política concreta III, 11.02.2015.
[38] Como se sabe, García sostiene la idea de que la reunión del 20 de mayo de 1930 no se limitó a cambiar el nombre del partido fundado por Mariátegui el 7 de octubre de 1928, sino que fundó un otro partido. Esta idea es repetida servilmente por Aragón, Pérez, Velásquez y demás liquidadores. Obviamente este no es el lugar adecuado para esclarecer si la aludida reunión fundó un otro partido, o, en su defecto, sentó cierta base para desandar lo establecido por Mariátegui, manteniéndose, al mismo tiempo, en el interior del PCP, una corriente marxista-leninista, cuya lucha de décadas cobró sus frutos ideológico-políticos y orgánicos a partir de la década de los sesenta, lo cual constituye una particularidad de su historia. Como se ha comprobado varias veces, García es una persona marcadamente maniobrera. Por ejemplo, mientras en el artículo El movimiento comunista, sostiene que el partido de Alemania (se refiere al Partido Socialista Unificado de Alemania que estuvo en el poder, partido hundido hasta las narices en el pantano del revisionismo), es “El Partido de Marx”, considera, por el contrario, que el cambio de nombre aludido arriba determinó la liquidación del Partido de Mariátegui; es decir, mientras por un lado pretende encontrar una continuidad orgánica entre el Partido Socialdemócrata Alemán (el partido de Marx y Engels) y el mencionado PSUA, por otro lado niega la continuidad orgánica del partido de Mariátegui más allá del 20 de mayo de 1930 (y esta es una de las claves del problema). ¿Cómo es, pues, eso de que el PSUA es el “Partido de Marx”, y que el PCP “no es el Partido de Mariátegui”? Mientras en el PSUA no quedó del marxismo sino la fraseología, en los años sesenta el PCP retomó (mal que bien) el pensamiento de Mariátegui, lo estableció como piedra angular de su base de unidad y acordó la tarea de la reconstitución partidaria. ¿Por qué García no aplica para este partido la lógica que aplica para el partido alemán? ¿A qué se debe esta doble contabilidad? Pues al hecho de que para parecer muy mariateguista, García pretende desconocer al PCP bajo el pretexto del cambio de nombre y de línea oficial, con lo cual niega la lucha de décadas entre el marxismo y el oportunismo en sus filas, que finalmente arrojó los frutos señalados (y esta es otra clave del problema). Por eso, dicha pretensión de mariateguismo se revela como una simple impostura, que se presenta más grosera todavía, cuando se tiene en cuenta que nuestro liquidador falsifica completamente la verdad doctrinal y orgánica del PSP y que, como si esto fuera poco, abriga la intención de fusionarse con el PCP-Unidad, partido heredero ideológico de la reunión de mayo de 1930 (no en el sentido específico de continuar la desviación izquierdista que finalmente se impuso bajo la batuta de Ravines, por cierto, sino en el sentido general de desviación del marxismo-leninismo). En un artículo con fecha 7 de octubre de 2014, Manuel Velásquez, con impresionante simpleza –que no es lo mismo que simplicidad–, dejó escrito:en mayo de 1930, el traidor Eudocio Rabines daba vida al Partido Comunista en el Perú. Este partido, ajeno en la teoría y en la práctica al constituido por el Amauta, sin embargo, usufructuó y dilapidó todo el esfuerzo de organización que demandó la construcción del partido proletario”. Es decir, el grupo liquidador pretende ocultar así su propia condición, precisamente ajena a la teoría y la práctica del Partido de Mariátegui, así como su intento de fusionarse con un partido igualmente ajeno a dicha teoría y a dicha práctica. Como se ve, la incoherencia, la tergiversación de los hechos históricos y la deshonestidad política es general en el grupo liquidacionista. Lo que ocultan, pues, los liquidadores con aquello de “ajeno a la teoría y la práctica” (en el sentido absoluto de la frase), es lo que hemos apuntado arriba: la existencia en el PCP de una corriente marxista-leninista que luchó hasta lograr la expulsión del absceso revisionista y la elección de una nueva Dirección (de la cual, a partir de un momento, fue parte el propio García, dicho sea de paso). Este resultado histórico da al traste con la oportunista intención de los liquidadores, pues demuestra que, no obstante encontrarse la Dirección del PCP, durante largas décadas, bajo el control de diversas tendencias oportunistas, hubo una tendencia mariateguiana que mantuvo en alto el pendón del marxismo-leninismo, y que marcó con su lucha, actuada al margen y aun contra los diversos Comités Centrales, el camino que finalmente permitió la victoria sobre el revisionismo. Este Camino –que no es otro que el Camino de Mariátegui– es negado sin más por García y sus repetidores, convirtiendo así la mencionada victoria en algo como surgido por generación espontánea, en algo enigmático, inexplicable, incomprensible. Obviamente, lo expuesto aquí sobre la lucha entre dos líneas en el PCP y su resultado ideológico y orgánico, es una cuestión que escapa a la mentalidad superficial de García y sus repetidores.        
[39] De hecho, García hace el mismo camino de José Sotomayor, quien, después de participar de la expulsión el grupo revisionista de Jorge del Prado y de ser, finalmente, desenmascarado como representante de los remanentes del revisionismo, solicitó su reincorporación al PCP-Unidad. Desenmascarado como liquidacionista y renegado de la lucha contra el revisionismo contemporáneo, García anhela ahora, como está dicho, fusionarse con el PCP-Unidad, por lo que nadie puede dejar de ver lo que esto tiene de común con Sotomayor: el deseo de volver al redil.
[40] Y de esa forma desvergonzada ha escrito quien, como es de conocimiento común, en 1975 pretendió escindir el Partido, no obstante que, siendo la cabeza del liquidacionismo de “izquierda”, se le otorgaba a la sazón la oportunidad de rectificar su desviación.
[41] Porque ¿cómo puede decirse, por ejemplo, que la lucha de Lenin contra el revisionismo internacional y ruso fue justa, y, al mismo tiempo, que la lucha del marxismo peruano contra el revisionismo nacional e internacional ha sido algo que desde los tiempos de Mariátegui ha sido una “práctica retrógrada”?
[42] Esa dialéctica Lenin la expresó del siguiente modo: “el carácter dialéctico del desarrollo social, que se produce en medio de contradicciones y a través de contradicciones, constituye una fuente permanente de discrepancias” (Las divergencias en el movimiento obrero europeo, en Contra el revisionismo, p.127).
[43] Hay, desde luego, otras consecuencias más, pero analizarlas todas requiere un artículo aparte. Por ahora, basta señalar que, conforme se ha podido constatar, la sustracción del término leninismo de la denominación de la verdad universal del proletariado no es una simple cuestión terminológica, como tramposamente pretende García con su frasecilla “un guión más o un ismo menos” (El partido de Mariátegui), sino que, a ojos vistas, constituye una verdadera abjuración de elementos fundamentales del contenido del leninismo.

11.11.2015.


Disyuntiva Electoral y Lucha de Clases

César Risso

LA ACTUAL COYUNTURA electoral está promoviendo la decisión de escoger a uno de los dos candidatos que quedan en contienda. Las agrupaciones de izquierda que han participado en las elecciones del presente año se apuran a evaluar su participación en esta segunda vuelta. Dos son hasta ahora las conclusiones a las que llegan para afrontar la segunda vuelta: el voto anti Keiko, que implícitamente es un voto a favor de Pedro Pablo Kuczynki, y el voto viciado o nulo, que podría favorecer a Keiko Fujimori.

        Analicemos esta situación para aclarar el significado de esta segunda vuelta.

        Partamos de una extrapolación de escenarios. Trasladémonos hasta el año 1990. Imaginemos que el ganador no fue Alberto Fujimori, sino Pedro Pablo Kuczynski (quien no fue candidato presidencial en aquella oportunidad). Y preguntémonos cuáles hubieran sido las medidas de política económica que hubiese aplicado, y en seguida las medidas políticas.

        En el campo económico no hay ninguna duda de que hubiese hecho exactamente lo mismo que Alberto Fujimori. Recordemos que este aplicó no medidas originales, sino las medidas llamadas del Consenso de Washington, medidas que venían recomendadas en los  documentos oficiales del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional.

        Este Consenso recomendaba la reducción del aparato del Estado, es decir, despido masivo de trabajadores, y retiro del Estado de la actividad económica a través de la venta de las empresas públicas.

        En cuanto a los controles de precios de parte del Estado, la recomendación era que estos deberían flotar libremente, es decir, dejar al libre mercado la formación del precio del dinero (tasa de interés), del dólar (tipo de cambio), de la fuerza de trabajo (sueldos y salarios), de los servicios públicos (tarifas de agua, luz, etc.), y la eliminación de controles para que la inversión extranjera tenga las puertas abiertas para la libre explotación de nuestros recursos. Además de eliminar la estabilidad laboral, y prácticamente destruir a los sindicatos. Todo esto configura el sometimiento abierto al imperialismo.

        Respecto de la política económica y de las reformas del Estado, no hay ni la más mínima duda que Pedro Pablo Kuczynki hubiese hecho lo mismo e incluso algo más.

        Con respecto a la política implementada por Alberto Fujimori, dado que este se sometió a los dictados del imperialismo norteamericano, aplicó todas sus recomendaciones. El escenario era de la presencia y accionar de Sendero Luminosos y del MRTA. Para enfrentar a estas agrupaciones el imperialismo tiene experiencia. En Nicaragua, Colombia, El Salvador, etc., aplicó una política indiscriminada de represión de los campesinos indígenas; formó grupos paramilitares, desaparecieron dirigentes sindicales y campesinos, torturaron y asesinaron estudiantes, así como a los familiares de estos dirigentes y estudiantes. Aplicaron la política de rastrillaje; todo lo cual fue aprendido a lo largo de la historia represiva de la burguesía, con las diversas experiencias revolucionarias de los obreros y campesinos en el mundo, particularmente con la experiencia fascista de los italianos, y la de los Nazis en Alemania.

        Cuando se dan movimientos revolucionarios que ponen en tela de juicio el poder de la burguesía, y amenazan arrebatárselo, la burguesía actúa no solo como clase nacional sino como clase planetaria.

        Para que no se piense que esta es una propaganda anti Kuczynski, recuérdese la política represiva de Fernando Belaunde Terry, y la de Alan García Pérez.

        Pero hay que añadir algo más. La experiencia histórica también nos enseña que las tendencias reformistas asumen el papel de la burguesía cuando están en el poder. Lo sucedido en Alemania con la Liga Espartaco, liderada por Carlos Liebknecht y Rosa Luxemburgo, a raíz de la lucha revolucionaria de los obreros en Berlín es sintomático del accionar de la burguesía en su versión reformista. Fueron precisamente los líderes socialdemócratas Ebert, Scheidemann y Noske, quienes encabezaron la represión contra este movimiento promoviendo el asesinato de estos líderes revolucionarios, y masacrando a miles de trabajadores que luchaban por su liberación definitiva de las garras del capital.

        La burguesía en cualquiera de sus versiones defiende la explotación capitalista, ya sea neoliberal o no, reformista o no; su objetivo es defender el sistema capitalista, aunque en el caso de la versión reformista de la burguesía, que se hace pasar por ser de izquierda, con el pueril convencimiento de que se puede eliminar la corrupción, la delincuencia, y el abuso contra los trabajadores, para promover la igualdad de oportunidades. Por ello no hablan de socialismo, por ello no hablan de explotación del trabajador asalariado ni de plusvalía, ni de las diversas formas en que la burguesía explota a los trabajadores de las comunidades campesinas de la sierra y de las comunidades nativas de la selva.

        En consecuencia, se trata de que la burguesía puede llevar como su representante a una mujer como Keiko Fujimori, o a un hombre como Pedro Pablo Kuczynski. Para efectos de la defensa de los intereses de la burguesía nacional e imperialista lo mismo da.

        Pero surge la pregunta de cómo llegamos a esta situación. Cómo es posible que un pueblo que ha vivido la represión y dictadura fujimorista pueda elevar al primer puesto de las elecciones a la hija del dictador Fujimori; o a un representante del gran capital, habiendo vivido situaciones de crisis económica, de desempleo, de pobreza permanente, de abuso de las empresas transnacionales, etc.

        La respuesta viene dada por la actuación de las fuerzas políticas y por la estructura de clase de la sociedad peruana.

        La política llevada a cabo por la burguesía ha sido la de una propaganda permanente de la posibilidad de hacer de los pobres unos pequeños propietarios, poniéndoles al alcance de la mano esta posibilidad, a través de capacitación, que ha estado a cargo de las ONGs. Otro mecanismo ha sido el de la difusión ideológica a través de los centros de estudio superiores. El neoliberalismo, como sinónimo de libertad individual, el libre mercado, etc., se difunden como un dogma. Esto lamentablemente ha prendido en el pueblo. Además, se presenta la democracia, como si fuese neutra frente a las clases sociales, cuando la verdad es que esta es una democracia de clase, esto es, una democracia burguesa, que por tanto defiende los intereses de la burguesía en contra de los intereses del proletariado y del pueblo trabajador en general.

      De parte de la izquierda reformista, lo que hemos tenido es el reforzamiento de la posibilidad de llegar a ser ricos, de ser parte de la clase burguesa, con la capacitación y el apoyo del Estado a través del crédito barato, y de algunos beneficios tributarios para que puedan iniciar sus negocios. Es decir, se les vende la idea de que solo al interior de este sistema se puede lograr el bienestar material. Para ellos no hay desarrollo cualitativo de la sociedad, por lo tanto la superación es estrictamente cuantitativa.

        Esta izquierda, revisionista y oportunista, que además tiene como modelos las experiencias de Venezuela, Bolivia y Ecuador, donde nos venden una nueva versión del dominio del capital sobre el trabajo, a través del socialismo de mercado, termina redondeando para los intereses de la burguesía planetaria, la idea de que hemos llegado al tope del desarrollo social, y que por lo tanto el contenido de la sociedad capitalista no cambiará, aunque es posible que se pueda actuar desde el poder una política filantrópica, que es finalmente el ideal del reformismo.

        En otras palabras, las tendencias verdaderamente proletarias han tenido, no obstante su permanente esfuerzo, una escasa influencia en los movimientos populares. Su prédica de la lucha de clases, de la conquista del poder político, de la lucha por el socialismo, etc., son motejadas de terrorista. Incluso, hasta los más redomados reformistas son calificados de terroristas.

        Sobre los intereses que representa el neoliberalismo las cosas están claras, pues corresponden a los intereses de la burguesía imperialista y de la burguesía intermediaria, y de la gran burguesía en nuestro país. La política reformista y revisionista, representa los intereses de clase de la pequeña burguesía, a la que se ha sumado toda la corriente de los emprendedores, que como sabemos se han convertido en agentes del gran capital para hacer de sus familias trabajadores sin remuneraciones, esto es, para ponerlos gratuitamente al servicio del gran capital.

        Las comunidades campesinas de la sierra, tienen la propiedad colectiva de la tierra, pero el usufructo privado del resultado de su trabajo directo. De modo que se desenvuelven como parte de la producción mercantil simple, pues al ser los trabajadores directos, son a la vez propietarios de su producción. No son pues trabajadores asalariados. Su objetivo es incrementar sus ingresos. Sin embargo, dependiendo de la situación de las comunidades campesinas, como por ejemplo su ubicación geográfica, estas pueden dedicarse casi exclusivamente a la producción para su propio consumo.

Así pues, estos pequeños propietarios colectivos o exclusivamente privados, lo que requieren es el apoyo de parte del Estado para mejorar sus actividades, para obtener tecnología, acceso al crédito, etc. Esto es, forman parte de la pequeña producción mercantil, y en consecuencia estarían inmersas en la política burguesa, cuyos representantes son los reformistas y revisionistas, así como las ONGs.

        Esta es la estructura de clases que da como resultado la presencia de dos candidatos de ultra derecha en la segunda vuelta.

        Y en el marco de esta situación, en la actual coyuntura electoral, cuánta propaganda socialista hemos hecho; cuánto hemos aprovechado para esclarecer el carácter de la explotación capitalista; cuánto hemos hecho por desenmascarar las diversas tretas de las que se vale la burguesía para ampliar la explotación capitalista, etc.

        La izquierda proletaria está en déficit en su labor de desarrollar conciencia de clase. El resultado de la primera vuelta es una clara llamada de atención para las fuerzas proletarias.

        Como quiera que sea, cualquiera de las dos soluciones planteadas, tendrá como resultado la organización de las dos tendencias populares que se han ido gestando en estas elecciones; aunque existen muchos otros grupos y movimientos que vienen desarrollando luchas concretas.

      La clave de la lucha por el socialismo en esta coyuntura está en saber aprovechar estos dos movimientos para desarrollar la propaganda socialista, para reorientar estas luchas de la confrontación con los males superficiales del capitalismo, coadyuvando así en el fortalecimiento de la organización política de las amplias masas de trabajadores explotados por el capital, hacia la lucha por la superación definitiva del capitalismo y la implantación del socialismo.


Crítica de la Noción de Clase Social Oficialmente Utilizada

Santiago Ibarra


EN LA MITAD DE LA SEGUNDA DÉCADA del siglo XXI, en un escenario marcado por la crisis económica internacional y la concentración del 54% de la riqueza global en el 1% de la población mundial –concentración que aumenta todos los días-, es necesario someter a crítica el aparato conceptual con que se manejan las estadísticas y las políticas de reducción de la pobreza.

Así, a continuación vamos a hacer un análisis de algunas de las principales ideas que están detrás de los estudios de pobreza, específicamente, las ideas que están detrás del concepto de clase normalmente utilizado.

Se pretende que el problema de la polarización social y la pauperización se originan en una mala distribución de las riquezas

En el Perú, y en otras partes del mundo, la literatura oficial define a la clase social según los ingresos monetarios que percibe el individuo, y clasifica a la población en tres clases sociales: 1) la clase baja, integrada por las personas con ingresos menores a cuatro dólares diarios; 2) la clase media, compuesta por los individuos con un ingreso de entre cuatro y doce dólares diarios y, 3) la clase alta, conformada por personas cuyos ingresos son superiores a los doce dólares diarios.

De entrada, podemos observar que en esta definición de clase social se halla excluido el criterio de la relación del individuo respecto a los medios de producción, así como la relación que los individuos mismos establecen entre sí en el proceso de producción (las relaciones sociales de producción), que pueden ser relaciones de cooperación o relaciones de explotación.

Como el criterio definitorio de clase social es el ingreso monetario, en la literatura oficial el problema de la polarización social y la pauperización radica en una excesiva concentración de la riqueza en uno de los polos de la sociedad.

Así, las políticas que recomiendan implementar para disminuir la pobreza son la implementación de políticas públicas redistributivas del ingreso.

Es decir, para este enfoque no hay ningún problema estructural que resolver, porque no considera que existiera algún antagonismo entre las clases sociales, entre trabajadores y burguesía.

Para el marxismo, en cambio, un núcleo del concepto de clase social lo constituyen las relaciones que establecen los individuos con los medios de producción y las que las personas establecen entre sí en el proceso de producción, es decir, la propiedad privada y la explotación del trabajo por el capital.

En este sentido, para el marxismo, la distribución del producto se halla determinada por la propiedad sobre los medios de producción. El capitalista, dueño de los medios de producción y que explota la fuerza de trabajo de los trabajadores (que son los verdaderos productores de la riqueza global), será el que retiene para sí la mayor parte del producto, y la menor deberá ser distribuida entre las personas que hacen la mayoría de la sociedad.

Así, para Marx, el problema de la polarización y pauperización es estructural, y, por tanto, su solución debe ser radical, es decir, su solución pasa por tomar el problema por la raíz, por la socialización de los medios de producción. Este es para Marx un momento inicial pero fundamental para acabar con la miseria de las mayorías.


La disolución de las clases trabajadoras en el concepto de clases medias

Otro de los problemas del aparato conceptual en cuestión, que toma en cuenta los ingresos monetarios de la gente para clasificarla en una clase social determinada, y no el lugar que la persona ocupa en el conjunto del proceso de producción, es que convierte a gruesos sectores de los trabajadores en clases medias: las familias de trabajadores cuyos ingresos per cápita son superiores a los cuatro dólares diarios. Se llega entonces al absurdo de considerar como clase media a la familia de una joven madre soltera con un solo hijo, que trabaja como cajera en una cadena de farmacias, y cuya remuneración es un salario mínimo de 850 soles mensuales; o a una familia joven de cuatro miembros en la que ambos padres trabajan como obreros de una fábrica y obtienen un ingreso mensual de 2.000 soles; o una familia de cuatro personas, con el padre trabajando en una cadena de tiendas comerciales y la esposa trabajando como empleada doméstica, con un ingreso total mensual de 1.800 soles.

Con el criterio de ingresos monetarios para determinar la clase social a la que un individuo pertenece, se convierte en clase media a trabajadores del ámbito productivo y del ámbito de la realización del plusvalor (este último tiene tanta importancia como el primero, si vemos el problema desde el punto de vista global de la acumulación de capital: la ganancia del capital contenida en el capital mercancía no podría realizarse sin la venta final del producto), e incluso a trabajadoras del hogar, es decir a trabajadoras del ámbito de la reproducción de la fuerza de trabajo. Con ese criterio se excluye a miles de trabajadores objeto de explotación y se los incluye en una categoría más atractiva pero que falsea la realidad, como es la “clase media”, que hasta produce la sensación de “bienestar” y “progreso”.

Esta manera de definir las clases sociales elimina el antagonismo entre las “clases bajas” y la “clase alta”, o para emplear nuestro lenguaje que es más exacto, el antagonismo entre trabajadores y burguesía, porque se oculta que la riqueza es producida por el trabajo, y que las ganancias de las “clases altas” se originan en el trabajo impago de las “clases bajas”, de los trabajadores.

Lo cierto es que el conjunto de estos trabajadores forma parte de la clase de los desposeídos, determinado por el lugar que ocupan en la producción, productores directos de plusvalor, trabajadores asalariados en el ámbito de la realización del plusvalor y trabajadores en el ámbito reproductivo, más allá de si los ingresos del trabajador cubren el costo de una canasta básica familiar o no (lo “normal”, lo generalizado es que no cubra ese costo). 

Ocultamiento del carácter de las clases dominantes

Y así como se oculta la existencia de clases sociales explotadas y dominadas, más allá de las diferencias de ingreso que existe entre sus miembros, se oculta también el carácter de la clase que se encuentra en la cúspide de la pirámide social, como son las transnacionales y el poder que tienen en el país, la burguesía financiera, la burguesía industrial, la burguesía compradora y la clase terrateniente. Es decir, se oculta su carácter expoliador y su alianza con el capital monopolista extranjero, esquilmador de los pueblos del mundo.  

Hacia un cuestionamiento estructural del orden establecido

Como puede observarse, no es posible ir lejos con solo cuestionar la distribución de las riquezas. Pero es esto a lo que se limita la literatura oficial. Sin embargo, para lograr cambios fundamentales es necesario ir más allá: reivindicar el cambio estructural, la socialización de las riquezas. En la lucha de clases se suele cuestionar la distribución de la riqueza, mas no la estructura económica de la sociedad. La socialización es solo el primer paso de la solución del problema, pero es un paso fundamental e insoslayable.


El Pesimismo de
Juan Croniqueur

(Décima y Última Parte)


Jorge Oshiro

EN ESTA PERSPECTIVA ENCONTRAMOS el aporte valioso de A. Flores Galindo, en el que insiste en

"la imagen inusual de un político que no teme a la confidencia y no oculta los predios del alma".

Esta unidad indivisible de lo real (lo ‹particular› y lo ‹público›) se manifestó especialmente en su religiosidad. Ya nos hemos referido al aspecto místico de nuestro poeta y de su experiencia en su retiro en el Convento de los Descalzos en Lima, que han quedado testimoniados en dos sonetos.

Paralelamente a este fenómeno, complementándose y contradiciéndose  mutuamente encontramos la misma experiencia religiosa-mística, esta vez volcada hacia el exterior, hacia la calle, hacia las masas: la experiencia de las procesiones limeñas en octubre, en homenaje al Señor de los Milagros.

Aquí tenemos también de nuestro autor dos testimonios escritos: primero, un artículo periodístico aparecido en octubre de 1914. «La procesión tradicional». Para Juan Croniqueur esta procesión se caracterizaba por ser "uno de los últimos rezagos del pasado tradicional"  (Castro Arenas).

En ella, escribía el joven periodista,

"palpita en el alma de Lima colonial, el alma de nuestro pueblo de criollos perezosos y juerguistas, místicos y sensuales“.

Fuera de lo juerguista, encontramos aquí caracterizaciones del criollo que corresponde también a las del mismo autor, el de la pereza, el misticismo y la sensualidad.

Esta anotación es importante porque nos muestra que el propio autor se siente partícipe de todo un conjunto, del cual él expresa su carácter. Pero lo fundamental en este misticismo sensual es su carácter de multitud. En el segundo testimonio dejado por el autor peruano (abril 1917)

"Las manifestaciones de la fe de una multitud son imponentes. Dominan, impresionan, seducen, oprimen, enamoran, enternecen. La contemplación de una muchedumbre que invoca a Dios conmueve siempre con irresistible fuerza y honda ternura" (F.Galindo).

Los adjetivos utilizados por Juan Croniqueur expresan elocuentemente el concepto de ‹misticismo sensual›. No se reduce jamás a una manifestación ‹espiritual descarnada›. La religiosidad mariateguiana es sensual porque es corporal, porque lo corporal y lo espiritual forman para él una identidad indisoluble: dos expresiones modales de una misma sustancia (Spinoza). Flores Galindo comenta al respecto:

"Juan Croniqueur se conmueve por el carácter colectivo del sentimiento y por el arraigo que puede tener esa tradición para unir un conjunto de voluntades".

Esta aguda observación del historiador peruano es vital, pues nos indica ya los primeros pasos del joven Mariátegui en su descubrimiento de las masas y su importancia de ellas en la historia y en el proceso revolucionario. Flores Galindo continúa:

"Es así como Juan Croniqueur descubre el poder movilizador que tienen los mitos, las creencias, las tradiciones, la religión, cuando trasciende el fervor individual (el  ámbito cerrado de la celda ascética) se confunden con las multitudes y las calles de una ciudad".

Y termina esta reflexión con la siguiente sentencia:

"El poder de las ideas y de las tradiciones cuando se encarnan en una multitud será, desde entonces, un planteamiento central (casi diríamos un criterio de verdad) para Mariátegui".

Aquí se encuentra ya prefigurada todas sus ideas y planteamientos al respecto del mito como factor revolucionario que trataremos posteriormente.

El descubrimiento de las multitudes en las tradicionales procesiones limeñas no fue el único factor que posibilitó a Juan Croniqueur a superar su pesimismo inicial.

El otro factor importante es el descubrimiento paulatino del carácter de la cultura dominante peruana del momento histórico, aristocratizante y elitaria y de su crítica y distanciamiento de ella.

Esta cultura estaba para el joven periodista alejada de la vida, insistiendo exageradamente en el formalismo y en la erudición. Su artículo-crítica a un discurso del joven más prominente de la cultura aristocrática peruana, José de la Riva Agüero, nos muestra esta actitud.

El título del artículo ya trae algo de la ironía corrosiva que caracteriza este trabajo de Juan Croniqueur: «Un discurso, 3 horas, 46 minutos, 51 citas. ¿Gramática? ¿Estilo? ¿Ideas?»

Mientras en los poemas y las cartas a Ruth el yo del poeta era un yo abierto al mundo, donde la sinceridad era su mejor virtud, encontramos aquí a un Juan Croniqueur que se esconde detrás de la ironía, que va a desencadenar su crítica a partir de una máscara que la misma ironía impide presentarse como la propia y verdadera. El artículo comienza con una anotación de aparente información: («De las memorias de un pobre diablo») y dice:

"Yo soy un hombre ingenuo, bien intencionado y cristianísimo que leo los periódicos, releo los editoriales, observo la guerra, colecciono estampillas, estudio heráldicas, asisto a las conferencias públicas, me visto de levita en los días de semana santa, creo en nuestra democracia, creo en nuestro progreso, creo en nuestros eruditos, creo en nuestras autoridades literarias y científicas. Soy un humildísimo admirador de todas nuestras glorias pasadas, presentes y futuras. Yo las reverencio aún cuando las ignore. Yo tengo todos los optimismos patriotas que cuantos me rodean me exigen" (en: Castro Arenas).

Este pasaje de «Las memorias de un pobre diablo» da una aguda referencia a toda una crítica frontal de la cultura establecida y de la cual nuestro periodista y poeta toma clara distancia.

Juan Croniqueur critica en Riva Agüero como representante de una cultura que se niega a la renovación, al cambio, a las innovaciones de todo tipo y que defiende el pasado como realidad insuperable.

Y como esta realidad carece de vitalidad, la cultura se reduce a la pura erudición y al purismo de las formas. Es importante subrayar aquí la forma de la crítica es ya ampliamente 'mariateguiana': el joven periodista va a seguir a su criticado en su terreno, acepta tácticamente los argumentos de su contendor y la crítica la va a hacer dentro del terreno escogido por su oponente.

Así, aceptando el "purismo" proclamado por Riva Agüero va a analizar en el texto mismo hasta qué punto este principio es ‹practicado› por su autor. Y va  a descubrir, más allá  de su contenido ideológico, que el joven aristócrata peruano comete enormes faltas de gramática, de sintaxis y de estilo.

Esta actitud crítica del joven periodista peruano la vamos a encontrar a lo largo de toda su obra: a pesar de defender un terreno teórico propio, el discurso del adversario teórico no lo va rechazar en bloque ni mucho menos a priori.

Juan Croniqueur parte del principio implícito que del adversario hay algo que aprender, que siempre puede haber algo positivo en su reflexión, aún cuando ella no corresponda a los intereses manifiestos por él mismo.

Esto no significa de ningún modo que él busque la conciliación, todo lo contrario1. El distanciamiento y la ruptura del joven Mariátegui con la cultura dominante se aprecia pues ya con toda claridad en este período, pero se va manifestar con mucho más fuerza en su activa participación en el movimiento literario alrededor de la revista «Colónida», fundada por el poeta y periodista peruano Abraham Valdelomar.

«Colónida» tuvo una efímera vida pero fue suficiente para canalizar todo un movimiento de una nueva generación en transición. Ella, dice Mariátegui en sus «Siete Ensayos»:

"representó una insurrección- decir una revolución sería exagerar su importancia- contra el academismo y sus oligarquías, su énfasis retórico, su gusto conservador, su galantería dieciochesca y su melancolía mediocre y ojerosa".

Este movimiento no llegó a cristalizarse en una escuela en lo estético-literario ni llegó a tener una concepción política.

"El 'colonidismo' negó e ignoró la política. Su elitismo, su invidualismo, lo alejaban de las muchedumbres, lo aislaban de sus emociones".

En esta cita nos ofrece el propio Mariátegui el mejor resumen de su propia situación en este período. Por un lado su individualismo y elitismo y por otro sus sentimientos de simpatía por la muchedumbre y sus fuerzas, aún cuando en estos momentos está limitado a su dimensión religiosa.

Este apolitismo de «Colónida» y del propio Juan Croniqueur era su esencial limitación y debilidad. El joven Mariátegui lo va superar en los meses y años que viene en su creciente participación activa en el movimiento popular a través del periódico, fundado por él y César Falcón, «La Razón», en 1919.

La deportación a Europa (1919-1923) le va a ofrecer la apertura de un nuevo período de su vida y la profundización y ampliación de la experiencia de su relación con las multitudes.

___________
(1) Mariátegui siempre representó la tesis que cada cual debe defender lo mejor posible su posiciones: "A los individuos tocan las posiciones netas; la conciliación, la transacción es obra de la historia tan sólo; es un resultado" (Siete Ensayos).

No hay comentarios:

Publicar un comentario

CREACIÓN HEROICA