domingo, 1 de mayo de 2016

Internacionales

Nota:

Desde la presente edición de esta revista digital publicaremos, en tres partes, un artículo aparecido en la revista Monty Review sobre las condiciones económicas y políticas de las clases trabajadoras chinas y su lucha contra la restauración del capitalismo.

El artículo es esclarecedor y da al traste con las falacias con que corrientes oportunistas de todo el mundo pretenden encubrir la restauración del capitalismo en la patria de Mao, y ocultar así la formación de una fuerte burguesía burocrática.

Partidarios de la teoría revisionista del desarrollo de las fuerzas productivas, tales corrientes se revelan como revisionistas en toda la línea.

Mientras apoyan de hecho la supresión de la dictadura del proletariado y la restauración del capitalismo en China, algunas de esas corrientes se llenan la boca con palabras acerca de la Comuna de París.

Pero el ardid no les alcanza para ocultar su apoyo a la dictadura de la burguesía contra la dictadura del proletariado; al capitalismo contra el socialismo; a Deng Siaoping contra Mao; al revisionismo contra el marxismo-leninismo.

El desarrollo de la producción mercantil solo tiene sentido como impulsor de las fuerzas productivas en el socialismo cuando está gestionado por una dirección marxista-leninista, y no a una dirección revisionista como la actual dirección china.

Esa fue la lección de la NEP en tiempos de Lenin.

Y también la lección arrojada por la aplicación del programa implementado por el PCUS desde su XX Congreso realizado en 1956.

El artículo de Robert Weil expone, en términos generales, la creciente lucha de las clases trabajadoras contra la restauración del capitalismo, creciente ya en el año en que fue escrito y, actualmente, con perspectivas de convertirse en una lucha nacional.

01.05.2016.

COMITÉ DE RECONSTITUCIÓN JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI.


Las Condiciones de la Clase Trabajadora en China*

(Primera Parte)

Robert Weil**
Introducción

ESTE ARTÍCULO SE BASA primordialmente en una serie de encuentros con trabajadores, campesinos, organizadores y activistas de izquierda, en los que participé durante el verano de 2004 junto con Alex Day y otro estudioso de cuestiones chinas. Forma parte de un trabajo más extenso que publica el Oakland Institute como informe especial. Los encuentros tuvieron lugar sobre todo en Pekín y sus alrededores, así como en la provincia de Jilin, en el nordeste, y en las ciudades de Zhengzhou y Kaifeng, en la provincia central de Henan. Lo que hemos oído revela con toda claridad los efectos de las transformaciones masivas que tuvieron lugar en las tres décadas posteriores a la muerte de Mao Zedong, con el desmantelamiento de las políticas socialistas revolucionarias que se habían puesto en práctica bajo su liderazgo, y el retorno al «camino capitalista», lo que dejó a las clases trabajadoras en una posición cada vez más precaria. En este momento, en una sociedad que se contó entre las más igualitarias, se está produciendo el rápido crecimiento de la polarización entre extremos de riqueza en la cúspide y, en la base, crecientes filas de obreros y campesinos cuyas condiciones de vida empeoran día a día. Como ejemplo de esto, la lista de poseedores globales de miles de millones de dólares que publica la revisa Fortune de 2006 incluye siete de China continental y uno de Hong Kong. Aunque sus posesiones son pequeñas en comparación con las de Estados Unidos y otros lugares, representan la emergencia de un capitalismo chino completamente desarrollado. Una corrupción rampante vincula las autoridades del Partido y el Estado y los directores de empresa a los nuevos empresarios privados en una red de alianzas que está enriqueciendo una floreciente clase capitalista, mientras las clases trabajadoras son explotadas de una manera que no se veía desde hacía más de medio siglo.

Los trabajadores con los que hemos hablado pertenecían a las decenas de millones de trabajadores despedidos de sus antiguos empleos en las empresas de propiedad estatal, otrora los pilares de la economía, con pérdida de prácticamente todas las formas correspondientes de seguridad social que formaban parte de su unidad de trabajo: vivienda, educación, atención sanitaria y pensiones, entre otras. Cuando esas empresas de propiedad estatal se convirtieron en corporaciones regidas por el beneficio, ya mediante la venta directa a inversores privados, ya mediante su semiprivatización a cargo de empresarios y autoridades estatales y del Partido, la corrupción se hizo común.



Los campesinos con quienes estuvimos luchan por afrontar los efectos a largo plazo de la disolución forzosa de las comunas rurales y la introducción del sistema de responsabilidad familiar, en el que cada grupo familiar contrata con la aldea la cesión de una porción de tierra para cultivar. Al dejar el campo a merced del mercado global, la política de venta de tierras a inversores inmobiliarios que realizan los funcionarios locales sin las compensaciones adecuadas para los aldeanos, dejó, junto con la rampante devastación medioambiental de las áreas rurales, centenares de millones de personas luchando por encontrar un modo viable de ganarse la vida, al tiempo que los despojaba de los apoyos sociales colectivos de los que previamente habían disfrutado.

Más de cien millones de campesinos se han convertido en parte de la masiva migración a las ciudades, en busca de trabajo en la construcción, las nuevas fábricas orientadas a la exportación o los empleos más sucios y peligrosos, donde carecen de los derechos más elementales. En el caso de muchos inmigrantes, las condiciones se deterioran rápidamente a medida que se establecen de modo semipermanente en las comunidades urbanas y a medida que envejecen y sus problemas de salud se agravan.

Las clases trabajadoras chinas no han permanecido pasivas ante el deterioro de sus condiciones y la pérdida de los derechos de los que disfrutaron durante décadas gracias a la lucha y el sacrificio en la revolución socialista.

El conflicto de clases y la agitación social han alcanzado niveles desconocidos desde hace décadas. En la China de hoy, los trabajadores, los campesinos y los migrantes internos están protagonizando algunas de las mayores manifestaciones del mundo, que a veces llegan a implicar a decenas de miles de personas y culminan en violentos choques con las autoridades.



Incluso el ministro de seguridad publicó cifras que admitían que «los incidentes masivos, manifestaciones o motines» se elevaron en 2004 a 74.000, por encima de los 10.000 de la década anterior y de los 58.000 de 2003 (New York Times, 24 de agosto de 2005). La amenaza de creciente inestabilidad social representa un desafío cada vez más importante a los máximos dirigentes del Partido y del Estado, y ya ha tenido como consecuencia cambios de política en un intento de prevenir mayores agitaciones.

Incluso la llamada nueva clase media de profesionales y ejecutivos y las filas en rápida expansión de graduados universitarios, muchos de los cuales han florecido durante el boom económico de varias décadas, se está fragmentando.

El elevado coste de la educación, que bajo Mao fue prácticamente gratuita hasta los cursos de posgrado, está haciendo de ésta algo prohibitivo, sobre todo para las clases trabajadoras. Los graduados recientes tienen cada vez más dificultad para encontrar empleo. La tensión del mercado se cobra peaje incluso entre los que están en mejor situación. Las ganancias que ha producido el desarrollo económico —en especial el acceso más amplio a los bienes de consumo y a los alimentos, así como una mayor movilidad y más oportunidades de empleo—, se están recortando para millones de personas debido a la divisoria de clase en constante aumento y a la creciente inseguridad. En consecuencia, China está entrando en un período de áspera lucha de clases e incertidumbre política, cuya superación no será fácil. Para la clase trabajadora será muy difícil mejorar, y el resurgimiento de la izquierda, aunque muy significativa, está todavía en una etapa muy incipiente. Este ensayo explora esas complejidades y posibilidades. En general he omitido los nombres de personas y organizaciones con el propósito de protegerlas.

Conflicto y unidad

Al menos superficialmente, parecería que la convergencia de las condiciones de los trabajadores urbanos, los migrantes y los campesinos —e incluso muchos de los miembros de la clase media— suministraría la base para una amplia unidad de lucha contra quienes los explotan bajo las reformas del mercado capitalista y la apertura de China a las fuerzas económicas mundiales. Pero, lo mismo que en situaciones similares en Estados Unidos y en cualquier otro lugar del mundo, la unificación de las clases trabajadoras es más fácil de concebir en teoría que de realizar en la práctica. Difícilmente desaparecen los viejos prejuicios, especialmente la baja estima en que muchos chinos de las ciudades tienen al campesinado, agravados por nuevas formas de competencia producidas por la migración masiva de las áreas rurales a las ciudades y la manipulación de los que están en el poder, que emplean métodos ya bien comprobados de división y conquista para enfrentar a los distintos grupos entre sí.

A modo de ejemplo, cuando se le peguntó si los trabajadores de Pekín tenían la sensación de que los inmigrantes están ocupando sus puestos de trabajo, un activista con el que hablamos respondió: «Sí, algo de esa sensación se da sobre todo entre los despedidos». Muchos de ellos miran por encima del hombro a la población inmigrante. Durante los trabajos de limpieza tras una gran tormenta, algunos trabajadores urbanos observaron:

«Éste es el tipo de trabajo para el que están aquí los inmigrantes, que vienen de zonas donde nunca se ve dinero». Como para confirmar esa imagen, el New York Times (3 de abril de 2006), informaba acerca de los basureros del vertedero municipal de Shanghai, uno de los cuales trabajaba para pagar los 10.000 yuanes (1.250 dólares) de matrícula de escuela de enseñanza media de una hija, y los 1.000 yuanes (125 dólares) de la educación primaria de una segunda hija. Sin embargo, los sentimientos son recíprocos. Los inmigrantes, a su vez, dicen cosas similares, como «Ese se merece ser un trabajador despedido».

Según un modelo demasiado familiar en los Estados Unidos —donde, además de la condición de inmigrante, se tienen en cuenta la raza y la etnia—, hay trabajadores que ven como favoritismo los intentos del gobierno de ayudar a los inmigrantes a obtener el pago retroactivo y otros derechos que les corresponden. Los medios de comunicación aprovechan esas divisiones y promueven malas relaciones entre los diferentes grupos, diciendo que los proletarios urbanos sólo quieren tener empleos con extranjeros, afirmando a la vez que los inmigrantes están dispuestos a trabajar por «nada» y tratando de que los trabajadores despedidos los imiten, lo cual crea resentimiento. Sin embargo, el combustible para dicha manipulación lo proporciona la creciente brecha entre los ingresos urbanos y los rurales, ahora en proporción de 3,3 a 1, «superior a tasas similares en Estados Unidos y una de las más altas del mundo», (New York Times, 12 de abril de 2006).

Lo tajante de estas divisiones resulta evidente en la experiencia de los trabajadores de una fábrica de equipos de transmisión eléctrica de Zhengzhou, donde en 2001 se produjeron choques importantes. Allí, cuando se vendía la fábrica y ésta cerró, la policía arrestó por la noche a manifestantes que protestaban, entró y se llevó maquinaria como si se tratara de ladrones.

También llevó campesinos a cincuenta yuanes por día para que acarrearan el equipo. Esto culminó en una larga lucha. En parte para evitar la reacción pública al uso de la policía por la ciudad para que le hiciera el trabajo sucio, se contrató a campesinos que hicieran las veces de matones; éstos, portando cascos, utilizaron armas para golpear a los trabajadores. Se llevó una treintena de camiones con quinientos campesinos en el papel de esquiroles, ejemplo de lo que sucedía en todo Zengzhou. Un activista contó que cuando los trabajadores de la fábrica hicieron sonar una campana, «todo el mundo salió», lo que el 24 de julio de 2001 culminó en una batalla de cuatro horas entre campesinos y trabajadores. Ese día ganaron los trabajadores, pues acudieron en su ayuda trabajadores de otras fábricas, unos cuarenta mil en total. Aunque ocho trabajadores fueron detenidos y acusados de destruir la propiedad, también tuvieron ayuda legal y los capitalistas volvieron a perder. Como dijo un trabajador en referencia a los derechos que tenían antes de la reforma, entonces «nuestras leyes, las leyes de Mao», estaban vigentes. «Había tanta gente que el gobierno tuvo miedo.»

La magnitud de la acción popular hizo que las autoridades se dieran una tregua, pero bajo la presión de los capitalistas, los trabajadores fueron nuevamente arrestados, esta vez por la policía de seguridad pública para evitar los tribunales, y hubo diez días de lucha con los campesinos. De esa manera, se utilizó a los campesinos para sacar a los trabajadores de la fábrica, venderlo todo inmediatamente y despedir a 5.600 personas. Luego derribaron los edificios, incluidas las viviendas de los trabajadores, y entregaron la tierra a un inversor inmobiliario, quien construyó grandes almacenes y viviendas de lujo. Ahora, sin trabajo o sin casa, todo el mundo tiene miedo de seguir luchando. De vez en cuando, los policías se convierten en matones, se quitan el uniforme y actúan como una banda que protege a los propietarios capitalistas, incluso con cuchillos. En una planta de cerámica, una pandilla golpeó a un dirigente obrero casi hasta matarlo, pero las autoridades dejaron hacer y luego ignoraron las quejas.

De esta manera, la policía y otros agentes del gobierno no sólo atacan y reprimen directamente a los trabajadores de empresas de propiedad estatal, sino que azuzan a los diversos sectores de las clases trabajadoras unos contra otros. A pesar de la necesidad de unidad, esas experiencias hacen muy difícil la superación de los prejuicios y las divisiones existentes. Como dijo un activista obrero de la compañía de equipos eléctricos: «Los campesinos y los trabajadores deberían ser una familia; tuvimos que pelear con ellos, pero deberíamos trabajar juntos». Los que están en lados opuestos actúan de acuerdo con sus intereses a corto plazo. En la planta, hasta el jefe de policía dijo que no quería hacer lo que hizo, pero que estaba presionado.

Un trabajador le dijo que era «como un perro». El jefe de policía respondió: «Sí, pero si no te muerdo ahora, me desuellan». La sustitución de empresas de propiedad estatal por empresas constructoras privadas intensifica las divisiones. Las nuevas fábricas que se están construyendo en la región llevan sus trabajadores del campo, les pagan salarios bajos y no les proporcionan vivienda ni prestaciones sociales. Además, como dijo un trabajador, a diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos, en China los que son despedidos de empresas de propiedad estatal no pueden tener ni siquiera empleos en el sector de servicios, pues para eso se utilizan los campesinos, más baratos y fáciles de controlar. En consecuencia, a pesar del deseo de trabajar juntos, esas condiciones llevan inevitablemente al resentimiento entre distintos sectores de las clases trabajadoras.

No obstante estas divisiones y conflictos, cada vez se realizan mayores esfuerzos para lograr un nivel más alto de unidad entre sectores más amplios de los trabajadores urbanos y para crear vínculos más estrechos entre ellos y los campesinos, tanto con los que se quedan en las granjas como con los que emigran a las ciudades. Las manifestaciones alrededor de las fábricas de papel, textiles y de equipos de transmisión eléctrica de Zhengzhou, junto con la huelga de 13.000 taxistas de esa ciudad en 1997, muestran que decenas de miles de trabajadores de muchas empresas y sectores, lo mismo que miembros de la comunidad, se movilizaron en apoyo de quienes se oponían a la privatización, la pérdida de empleos y prestaciones sociales, o al aumento de impuestos o tarifas. No obstante, el modelo más común en toda China es el de los que trabajan en fábricas individuales y que deben hacer frente por sí mismos a sus empleadores y a los funcionarios del gobierno con ellos asociados. Con frecuencia, estos enfrentamientos —que pueden comprender acciones tales como echarse sobre las vías del ferrocarril y bloquear autopistas, o bien rodear y ocupar oficinas, así como otras maneras de interrumpir la actividad normal de la ciudad terminan con pequeños pagos a los trabajadores afectados, en absoluto suficientes para proporcionarles sostén a largo plazo, pero suficientes como para pacificar su demanda inmediata de algún tipo de alivio. En un intento de superar esta manera relativamente aislada de lucha, que en la mayoría de los casos demostró ser inadecuada para detener el avance general de la privatización, el desempleo y la pérdida de servicios y certezas, los trabajadores de las diferentes empresas de Zhengzhou están empezando a unirse. También en Kaifeng, donde la mayoría de las empresas de propiedad estatal ha cerrado dejando a 100.000 desempleadas, los trabajadores han expresado la necesidad de mayor unidad para salir victoriosos. Sólo recientemente, trabajadores de distintas plantas —tanto los muchos que ya han perdido su empleo como los pocos que aún continúan trabajando— han comenzado a desarrollar acciones conjuntas, realizar reuniones con representantes de cada una de las empresas y organizar protestas conjuntas que atraen participantes de todas ellas. Los activistas con los que hemos hablado allí estaban planeando una gran manifestación de trabajadores de todas las fábricas de la ciudad para fines de ese año.

Pero las perspectivas de esa acción unificada son inciertas. Quedan muchas divisiones en el proletariado urbano, tanto económicas como generacionales e incluso políticas; algunos dan más apoyo a las «reformas» y el gobierno, mientras que otros sostienen el enfoque socialista. Incluso un parque de Zhengzhou en medio de un distrito de clase trabajadora que visitamos está físicamente dividido entre grupos de trabajadores y jubilados de derecha y de izquierda, con predominio de los primeros en ciertas áreas y sobre todo durante el día, mientras que en otras zonas, y en particular por la noche, prevalecen los segundos. Como tuvimos oportunidad de comprobar directamente cuando nos detuvimos brevemente para hablar con algunos de los muchos que acuden diariamente al parque para relajarse, las discusiones pueden llegar a ser muy acaloradas y a veces incluso vagamente amenazantes. Algo análogo ocurre con las perspectivas de unidad entre trabajadores y campesinos, en la que los inmigrantes urbanos desempeñan en cierto modo el papel de intermediarios. El deseo de unirse existe, pero tanto las diferencias en sus condiciones como en el tratamiento que reciben del gobierno operan contra esos mayores niveles de unificación.

Bajo las reformas ha habido también una parcial inversión de fortunas.



Tanto en las ciudades como en el campo, las personas con las que hemos hablado afirmaban que hoy, en fuerte contraste con lo que sucedía durante la era socialista de Mao, algunos campesinos están en realidad mejor que muchos de los trabajadores urbanos. Puede que sigan siendo pobres y sigan luchando por sobrevivir —las familias campesinas más empobrecidas continúan estando en la peor situación de todas—, pero al menos tienen una parcela de tierra en la que pueden cultivar algo para comer. Incluso los inmigrantes más pobres pueden regresar a la aldea si las cosas les resultan muy difíciles en la ciudad. Sin embargo, los trabajadores urbanos no cualificados, sobre todo quienes han sido despedidos, no tienen realmente nada que perder, han sido reducidos una vez más a la clásica condición proletaria, o desprovistos de todo acceso a los medios de producción y literalmente condenados a morir de hambre sin ningún tipo de ayuda exterior. Si tienen un padre enfermo o incluso un hijo con matrículas escolares a su cargo, su situación puede ser realmente desesperada. Únicamente los más cualificados o que están en condiciones de montar una pequeña empresa tienen circunstancias más equiparables a las de los campesinos con su tierra.

En consecuencia, la unidad de acción de estas dos clases también es difícil de lograr. A menudo, las protestas y las manifestaciones tienen lugar casi simultáneamente en las ciudades y en el campo de los alrededores. De esos acontecimientos paralelos en Zhengzhou y Kaifeng y su entorno oímos hablar ya durante el breve período que estuvimos allí. En la segunda ciudad, veinte trabajadores acababan de ser arrestados en una fábrica, mientras que ese mismo día los campesinos protestaban en el condado vecino — rebelándose y llevando a cabo «actividades malas», como dijo un trabajador—, donde causaron daños a edificios del gobierno y bloquearon autopistas porque se los había timado acerca de una tierra destinada a la construcción de una carretera. Pero no había nexo entre estos acontecimiento prácticamente simultáneos, y todavía no había habido protestas conjuntas de obreros y campesinos.

Además, hay diferencias incluso en las formas de la reacción estatal a las manifestaciones de estas dos clases. Los trabajadores urbanos hacen frente a una represión particularmente dura de las autoridades locales, porque sus luchas son más visibles para el público, perjudiciales para las sedes urbanas del poder y un desafío directo al corazón mismo de las reformas: la privatización de empresas y la formación de la nueva clase capitalista.

Como dijo un trabajador, él y otros como él están furiosos, «necesitan estar juntos y “rebelarse”, pero, a diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos, se da por sentado que no dirán nada acerca de su situación». Sin embargo, «no temen morir, pues no poseen nada», de modo que seguirán luchando.

Las acciones en gran escala de los trabajadores se están incrementando en todo el país y terminan a veces con victorias locales, pero a menudo con el arresto y el encarcelamiento de los dirigentes. En contraste, a pesar de que, al menos teóricamente, la mejora de las condiciones rurales es hoy la política oficial, el aplastamiento de las protestas campesinas puede ser más brutal aún, porque son en gran medida invisibles, a menos que las acciones alcancen una escala lo suficientemente amplia como para llegar a ser percibidas por el público —como la matanza de unos veinte aldeanos en Dongzhou, provincia de Guangdong, en diciembre de 2005, por protestar contra la inadecuada compensación por la tierra incautada para una central eléctrica. A pesar de estas divisiones y estas barreras, se tiene la sensación de que las clases trabajadoras en las ciudades y el campo pueden pronto encontrar caminos hacia la unión, en la medida en que los campesinos están cada vez más furiosos y sus condiciones convergen con las de los trabajadores urbanos, y a medida que los inmigrantes envejecen y afrontan una situación de deterioro. Los activistas que ayudan a organizarse a todas las clases trabajadoras tratan de estimular el movimiento hacia la unificación, pero se trata de un proceso largo y difícil, que sólo ha comenzado a colmar el abismo que las separa.

El retorno de la izquierda

La posibilidad de niveles tan altos de unidad se ve favorecida por la presencia, entre campesinos, inmigrantes y clase trabajadora urbana, de individuos con gran experiencia en la lucha por el socialismo en China y con conocimiento del pensamiento marxista-leninista-maoísta. Ese legado histórico tiene fundamental significado para el resurgimiento actual de la izquierda en China. Como dijo un antiguo guardia rojo en Zhengzhou, la comprensión de una «lucha en dos frentes», la clara demarcación entre el socialismo de la revolución y el capitalismo del presente, tiene su origen primordialmente en las propias clases obreras y no en los intelectuales.

Adopta en particular la forma de lucha contra la corrupción, no sólo en el estricto sentido de oposición a la malversación y los sobornos, aunque eso forma parte del problema, sino con la intención más amplia de impedir que la alianza de funcionarios del Estado y del Partido, ejecutivos y empresarios, convierta por completo los medios de producción en propiedad privada de los capitalistas recién surgidos y dé marcha atrás a las conquistas socialistas de los trabajadores y los campesinos logradas durante la era revolucionaria. Los activistas, sobre todo en Zhengzhou y otras regiones, antiguos centros del movimiento comunista desde comienzos de la década de 1920, mantienen vivos la teoría, el espíritu y la práctica de la revolución.

En Zhengzhou, por encima de la principal esquina del centro de la ciudad, se eleva una torre con aspecto de doble pagoda, construida en 1971, para conmemorar el más de un centenar de trabajadores asesinados en una huelga general dirigida por los comunistas en 1923 en los ferrocarriles de Pekín a Hankou, salvajemente reprimida por el caudillo militar de la región. El legado de la era de Mao también se mantiene vivo hoy, y el nivel de la conciencia de los trabajadores es muy alto y conduce a la lucha en dos frentes.

Uno de los aspectos más notables que surgieron de las discusiones con los trabajadores en esa ciudad fue la sensación de titularidad de derechos que experimentan en las fábricas en las que acostumbran a trabajar. Fueran cuales fuesen los límites de la propiedad social y de los derechos de participación que la clase trabajadora tenía en las empresas de propiedad estatal —y que se demostraron inadecuados como salvaguarda contra las expropiaciones de las reformas de Deng—, no hay duda de que, en el fondo, estaban convencidos de que esas plantas eran básicamente «suyas».

*Artículo publicado en MR, vol. 58, nº 2, junio de 2006, pp. 25-48. Traducción Marco Aurelio Galmarini.

**· Robert Weil es autor de Red Cat, White Cat: China and the Contradictions of «Market Socialism» (Monthly Review Press, 1996), y otros artículos y ponencias sobre economía, política y condiciones laborales en China. Es un activista de toda la vida en movimientos de trabajadores, derechos civiles, antibélicos, ecologistas y de solidaridad internacional. En la actualidad es organizador de personal del sindicato de profesores y bibliotecarios de dos campus universitarios de California, donde además ha impartido clases de sociología y disciplinas afines. La publicación del informe completo que se cita en el primer párrafo está prevista para el verano de 2006. Para solicitarla, consúltese http://www.oaklandinstitute.org, o bien la dirección de correo electrónico info@oaklandinstitute.org.

1 comentario:

  1. EXCELENTE ARTICULO. Continuen con su buen trabajo de educacion politica...

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